miércoles, 22 de octubre de 2014

Ética y legalidad

El escándalo de las tarjetas opacas de Bankia resulta aleccionador respecto a algunas cuestiones que últimamente se ventilan de muchos asuntos patrios, y cuyo tratamiento asimétrico denota -una vez más- el doble rasero que utilizan los políticos de todos los signos para confundir (si no engañar directamente) a la opinión pública.

El meollo de la cuestión radica en si el uso de las ahora célebres tarjetas era legal o no; y si el desconocimiento de la norma -por otra parte muy criticable tratándose de altos responsables económicos de una importantísima entidad financiera- podría ser un atenuante de alguna responsabilidad tributaria. Sin embargo, en la discusión sobre la legalidad de la utilización de esos instrumentos se ha perdido algo de mucho más valor. Y se ha perdido también la ocasión de dar en la diana en lo que respecta a lo que debe exigirse a un gestor de una caja de ahorros.

Como bien señalan muchos autores, agarrarse a la legalidad de una medida para excusar un comportamiento indecente es vergonzoso. Precisamente para eludir este tipo de actitudes, todas las legislaciones avanzadas tipificaron el tráfico de influencias como delito en sus respectivos códigos penales. El tráfico de influencias era una forma habitual de hacer negocios hasta hace relativamente poco tiempo, por la sencilla razón de que no era delito, aunque muchos juristas vieron que eso proporcionaba unas ganancias fabulosas a determinados individuos por razón de los puestos de responsabilidad que ocupaban en entidades públicas y privadas. La tipificación penal del tráfico de influencias fue un triunfo de la virtud sobre el vicio. Pero sobre todo fue una victoria de la ética frente a la legalidad.

Todavía hoy en día hay acciones que no están expresamente penadas por la ley, y a las que se acogen expertos en materia financiera o tributaria para obtener pingües beneficios vedados al común de los mortales. Menciona Nassim Taleb en uno de sus libros que hace tiempo que no dirige la palabra a un ex-alto ejecutivo de la Reserva Federal estadounidense por haber diseñado un sistema que permite a los muy ricos saltarse el límite de cien mil dólares de garantía  de los depósitos en entidades financieras (un análogo de los cien mil euros por impositor de los que responde el Fondo de Garantía de Depósitos en España cuando un banco se va a pique).  El sujeto en cuestión alardeaba del mucho dinero que estaba ganando gracias a que conocía los resortes internos del sistema financiero norteamericano y eso le permitía encontrar atajos para los ricachones, que aumentaban sus garantías enormemente respecto al resto de ciudadanos y con cargo al erario público, en el colmo de un avaricioso cinismo. 

He aquí un caso en el que el ejecutivo de la FED se vanagloriaba de una acción totalmente carente de ética, y se amparaba en que a fin de cuentas, lo que hacía era plenamente legal. Y eso es lo que debería hacernos reflexionar sobre la catadura moral de muchos individuos que, amparados en la legalidad (o más bien alegalidad) de una acción, vulneran descaradamente los más elementales principios de la ética profesional. Y de la personal también.

La confrontación entre ética y legalidad viene de lejos, y ya los filósofos griegos tocaron el tema profusa y profundamente, sin que los siglos transcurridos desde entonces hayan permitido siquiera vislumbrar una mejora en las codiciosas conductas de los más ricos. Y es que pinchamos en hueso cuando nos aferramos a la legalidad de nuestras acciones a sabiendas de que éstas no son virtuosas.

La ética se funda en la virtud de las personas o, como mínimo, en su moderación. Las personas intemperantes -y no digamos las que ya han caído en el vicio, como los Rato, Blesa y compañía- carecen del freno de toda norma interior que les guíe por el camino de la rectitud y la honestidad. Y nuestros tiempos están repletos de ejemplos de personas extraordinariamente legales y legalistas, pero que carecen de toda ética, y desde luego de virtud y moderación.

Así pues resulta evidente que desde una perspectiva social, los dirigentes de Cajamadrid y de Bankia que favorecieron el expolio de la entidad haciendo uso de sus tarjetas opacas merecen toda la reprobación posible, tanto de la ciudadanía, como de la profesión bancaria y de la clase política, con total independencia de si finalmente algún tribunal decide que su actuación fue legal. En definitiva, desde una perspectiva ética y humana, Blesa y sus compinches son unos personajes repugnantes que no merecen más que el repudio y el ostracismo civil.

Pero la confrontación entre ética y legalidad no se queda ahí. Va mucho más allá de este y otros casos similares que infectan el tejido económico español (y occidental). Porque también impregna cuestiones puramente políticas y sociales, envenenando lo que debería ser un diálogo sensato sobre muy diversos asuntos, a cuenta de la interesada preeminencia que casi todos los políticos quieren dar a la legalidad sobre la ética, como si ésta fuera una emanación de aquélla.

Y no es cierto que así sea. La legalidad es la plasmación técnica de unos principios que en algún caso son éticamente aceptables y en otros son meramente circunstanciales y responden a los intereses de una mayoría, sin que el hecho de ser mayoritarios - y esto es de capital importancia- signifiquen que sean necesariamente éticos. Por eso los principios éticos suelen ser estables y perdurables, mientras que la legalidad es variable con el  transcurso del tiempo y el devenir de las circunstancias sociales. Precisamente ese es el motivo de que muchas conductas tenidas por legales en tiempos pretéritos hoy en día se consideran aberrantes y totalmente descartables en una sociedad moderna. Por ejemplo (y sin entrar en el espinoso asunto de la pena de muerte), ningún país avanzado contempla la prisión por deudas civiles, que sí estuvo vigente en muchos códigos legales hasta bien entrado el siglo XIX.

Más ejemplos: la mayoría de edad es un asunto legal, sobre el que la ética puede pronunciarse, pero con escasa relevancia porque aquélla se fija según criterios políticos, en los que el marco legal puede desviarse más que notablemente del concepto ético de madurez para ejercer los derechos de un ciudadano libre. También el derecho de sufragio ha tenido muchas variaciones legales, sin que para ello haya influido en exceso su conceptuación ética fundamental, que es la de la igualdad de todos los seres humanos con independencia, sobre todo, de su sexo. 

Sin embargo, los políticos se aferran de forma invariable a la legalidad para justificar su inmovilismo, como si la legalidad fuera el marco de referencia fijo e inexpugnable sobre el que se asienta la convivencia social. Y resulta fundamental sacudirnos ese yugo legalista para ser verdaderamente libres. Mientras la legalidad impere por encima de la justicia, y mientras el formalismo judicial impere por encima de la ética, las sociedades, por muy modernas que sean, estarán totalmente sometidas al criterio de los políticos y juristas que con sus tejemanejes y sofismas podrán impedir el ejercicio del más preciado don que todavía tenemos, que es la libertad.

Siguiendo el mismo razonamiento, aducir que la legalidad impide la transformación social que reclama una parte o toda la ciudadanía es tan vergonzoso que debería hacer sonrojar a quienes utilizan tan barato argumento contra los deseos de los ciudadanos. Y, efectivamente, viene eso a cuenta de Cataluña y de su proceso independentista. Utilizar la legalidad para encadenar a un pueblo es penoso, pero utilizarla para amordazarlo y que no pueda siquiera expresar su opinión en un marco cívico es un desastre que vulnera los más elementales principios de la ética. Por muy legales que sean los instrumentos que se utilicen.

Por encima de la ley está la justicia social, entendida como una aspiración inalienable de todo ser humano libre. Por encima de la justicia social está la ética, que se fundamente en la virtud y la honestidad. Nadie debería ser obligado a acatar leyes que sean manifiestamente injustas; y desde luego, nadie debería ser obligado a acatar leyes que vulneran los principios éticos fundamentales sobre los que se debería asentar la convivencia humana. 

Pero ante todo, nadie debería utilizar el argumento de la legalidad para justificar su prepotencia política y su carencia de ética y virtud. Y eso es lo que hace el gobierno español y quienes le secundan con Cataluña.

jueves, 16 de octubre de 2014

Lecciones del ébola

No es que mi intención perpetua sea jugar a la contra, pero en esta ocasión siento la tentación de desmarcarme de la corriente mayoritaria, consistente en vapulear al gobierno en general y a casi todos sus ministros en particular por cualquier acción u omisión que cometan en sus labores. Vive dios que si en mi vida he sido, soy y seré antialgo, es que soy un sujeto antiPP casi visceral, pero también creo que no es de recibo el varapalo sistemático sólo por representar una opción política que me resulta odiosa. Al césar lo que es del césar.

Viene esto a cuento del jaleo mediático, político y sindical que se ha montado en torno al contagio del virus ébola  a una trabajadora sanitaria en el hospital Carlos III. Cosa que, por otra parte, cualquier profesional medianamente informado y no excesivamente politizado sabía que iba a pasar en un momento u otro, gobernara quien gobernara y se adoptaran las medidas que se adoptaran. Grietas de seguridad existen siempre, y casi todas son debidas a aquel  factor humano que novelaba Graham Greene. Por este motivo, pese a las salidas del tiesto del responsable sanitario de la Comunidad de Madrid, absolutamente censurables; y a  las evidentes carencias comunicativas de la ministra del ramo, Ana Mato, de cuya competencia general para el desempeño de su puesto también podemos dudar, me siento obligado a criticar a quienes han salido de inmediato a la caza del pato de feria armados con sus rifles  retóricos, sean psoecialistas, sindicaleros o presuntos profesionales médicos. 

Estos últimos, por cierto, resultan de una ambigüedad espantosa, porque a cualquier tipo con bata blanca que se acerque a un micrófono se le otorga repercusión mediática nacional, cuando en realidad en medicina hay más especialidades y subespecialidades que  en ingeniería, por un decir. O sea, que es como preguntarle a un ingeniero de minas porqué se ha desplomado el avión que sobrevolaba su cabeza, como si el buen hombre hubiera de ser también un experto en aeronáutica. (Esto me recuerda –y a muchos de mis compañeros también- lo inadvertidamente hilarante que llega a resultar la escena en la que algún conocido notoriamente despistado nos espeta aquello de “tú que eres funcionario de Tal, a ver si me explicas….” Como si todos los empleados públicos estuviéramos igualmente capacitados para terciar en la normativa cinegética en los parques naturales, por ejemplo.)

En fin, volviendo a la rama de la que me he descolgado, quería decir en mi preámbulo que pese  a la mala leche que genera el gobierno del PP en cuanta persona pobre y sensata conozco, afirmo rotundamente que hacer sangre política de este asunto no es sólo un error, sino una estupidez, aunque sea una estupidez de izquierdas y por más que me duela el alma reconocerlo.  Vamos, que cargar contra la ministra y el bocazas de su consejero madrileño me apetece como a quien más, pero ahora no toca, que diría el molt honorable. Porque lo que toca es usar la cocotera fríamente y sacar conclusiones razonadas y razonables. Lo que llamo las lecciones del ébola.

Lección primera. Por mucho que se insista, la mayoría de las personas son reactivas, no proactivas. Los políticos, salvo notables excepciones, también son personas, y sus políticas suelen ser reactivas. Llanamente, la política en general no suele de carácter previsor, sino una reacción a las necesidades que marca el momento y el calendario electoral, aquí y en Botswana. Aunque soy un firme partidario de un estado fuerte frente a la corriente neoliberal vigente, tengo el firme convencimiento de que ningún gobernante en ejercicio es de un natural previsor, como tampoco lo es la mayoría de la población. Respondemos a las urgencias inmediatas y posponemos –procrastinamos- las decisiones que se atisban en un horizonte lejano, esperando el momento en el que ocurran. Será sumamente criticable, pero es así, y especialmente en temas de salud. Sólo reaccionamos cuando le vemos las orejas al lobo. Basta analizar nuestra actitud ante el tabaco y el alcohol, con unos costes sanitarios tremendos, pero de los que hacemos caso omiso hasta que nos diagnostican un cáncer de pulmón o una cirrosis hepática. Criticar al papá estado por no hacer lo mismo que somos incapaces de hacer nosotros por nuestro propio bien no deja de ser de un cinismo acongojante. Y este fenómeno se pone de manifiesto siempre en las crisis sanitarias.

Como en los cruces de calles: el semáforo no se instala hasta que hay unos cuantos accidentes graves (sirva esto como recordatorio de que si el político pone la tirita antes del corte, se arriesga a ser enormemente criticado por acometer gastos innecesarios).

Lección segunda. A lo sumo, la proactividad ante situaciones como la que nos concierne se suele limitar a la redacción de unos protocolos de actuación, más o menos fundamentados en las posibles experiencias anteriores. Sin embargo, las experiencias anteriores no tienen porqué ser un referente veraz respecto a lo que suceda en el futuro, porque el futuro es poliédrico. Tiene muchas caras y presentaciones distintas, en función de las circunstancias geográficas, sociales, económicas, políticas y un largo etcétera de variables que son eso, variables, no parámetros fijos. Por este motivo, los protocolos son básicamente herramientas teóricas, que deben ser puestas a prueba mediante ensayo y error. Aunque el error cueste vidas. Los accidentes de tráfico son un ejemplo de emergencia sanitaria para la que existen desde hace muchos años un conjunto de protocolos preventivos que se han tenido que ir variando sustancialmente en función de la evolución de las variables implicadas, desde el número de coches en la carretera hasta la potencia y seguridad activa y pasiva de los vehículos, pasando por el trazado de las vías de comunicación y la voluble conciencia social sobre los riesgos del automóvil. Y pese a lo estricto de dichos protocolos, siguen muriendo miles de personas en las carreteras cada año. Dicho queda.

Lección tercera. Un protocolo que se pone a prueba por vez primera va a revelar muchos fallos. En este caso, no vale decir que en África llevan años poniendo a prueba los protocolos. Y no vale porque son más de doscientos los sanitarios que han fallecido contagiados por ébola durante la crisis actual. O sea, que algo sigue fallando en los procedimientos o en su aplicación por los profesionales. Eso lo saben muy bien las empresas de software, que suelen lanzar sus productos como versiones “beta” para que usuarios valientes las pongan a prueba en sus ordenadores a riesgo de que se les cuelguen miserablemente por el mal funcionamiento de un programa. Si alguien se cuestiona el porqué de este proceder, la respuesta es sencilla y contundente: pese a los muchos millones que se invierten en diseñar cada nuevo programa y la cantidad de simulaciones que se hacen antes de lanzarlo al mercado, no es verificable hasta que se usa en condiciones reales, es decir, en una diversidad de ordenadores con multitud de programas que interfieren unos con otros en el comprimido espacio y tiempo del procesador. Sólo así se pueden percibir las interacciones potencialmente letales desde el punto de vista informático.

Lección cuarta. Por mucho que nos esforcemos en diseñar un protocolo perfecto en cuanto a su fiabilidad, siempre será usado por  humanos, seres falibles por naturaleza. El factor limitante, el cuello de botella en el uso de cualquier protocolo, es el factor humano, que puede fallar de múltiples y estrepitosas maneras. En ese sentido, no está de más recordar que, precisamente por ese motivo, los pilotos de avión se pasan muchísimas horas de vuelo en simuladores, hasta que automatizan todas las respuestas, por complejas que sean, de modo que es prácticamente imposible que cometan algún fallo. Algo que los militares siempre han entendido bien: el entrenamiento militar es la repetición constante, hasta la saciedad, de procedimientos potencialmente peligrosos pero que el soldado debe manejar con soltura absoluta (recuerdo ahora las muchas quejas que provocaba la instrucción militar en mis tiempos, precisamente por eso, por repetitiva y aburrida; sin que los críticos comprendieran que la repetición es el fundamento de la acción perfecta, o casi). Por eso también, las únicas unidades realmente preparadas para tratar emergencias biológicas son unidades militares o semimilitarizadas, constantemente adiestradas en el manejo de situaciones de alto riesgo de contaminación.

Al respecto, cabe señalar que las quejas por la escasa formación dada a los sanitarios del hospital Carlos III pueden parecer fundadas, pero ante la imposibilidad de hacer ejercicios de simulación previa, era obvio que alguien acabaría rompiendo el protocolo y contaminándose. Y si se cuestiona la causa de que no se hicieran simulaciones previas, me remito a la lección primera. Y también me permito reproducir la cínica afirmación de muchos instructores, desde militares a bomberos, que aseguran que la mejor manera de que se cumpla un protocolo a rajatabla es que alguien resulte lesionado o muerto por una inadecuada utilización de los procedimientos establecidos.

Lección quinta. De repente hay mucho experto por ahí hablando del ébola, que hasta hace pocos meses no era más que una anécdota al margen del noticiario mundial. En una entrada anterior ya advertí de la magnitud que podía adquirir este fenómeno, pero no fui capaz de prever hasta que punto todo el mundo se pondría a pontificar sobre el dichoso virus. La consecuencia directa de tanto parloteo ha sido la de escuchar una sarta de imbecilidades al respecto, sobre todo en lo relativo a los niveles de bioseguridad, aprendidos las más de las veces de una urgente ojeada a la correspondiente entrada de la wikipedia. Los expertos en bioseguridad no suelen ser médicos de plantilla de un hospital (aunque los hay), sino bioquímicos, microbiólogos y médicos que trabajan en laboratorios biológicos. Médicos clínicos formados en enfermedades altamente infecciosas hay pocos, y su valiosa opinión no tiene nada que ver con la de muchos presuntos expertos que están haciendo su agosto mediático a cuentas del dolor de las víctimas.

En ese sentido, no puedo resistir la tentación de meter el dedo en el ojo sindical, que se ha salido de madre acusando a las autoridades de nada menos que delito contra la salud de los trabajadores, sin que haya aún concluido la investigación –profesional, no la de la fiscalía, que ese es otro tema que pone los pelos como escarpias-  que dilucide si realmente ha habido negligencia o dolo en la actuación de los responsables sanitarios de todo este asunto. Aunque ya avanzo que en un protocolo novedoso, si se han seguido las recomendaciones de la OMS al respecto, poco habrá que hablar. Se concluirá  que la contaminación se debió al factor humano y santas pascuas, por mucha rabia que les  dé a los detractores del PP.

Con esto no me estoy alineando con quienes culpabilizan a la sanitaria contagiada y, simétricamente, exculpan de todo fallo a los responsables de la acción preventiva en esta desgraciada historia. Sólo quiero hacer hincapié en que es muy fácil ponerse histéricamente agresivo contra los políticos de turno sin considerar que todo lo novedoso implica la asunción de riesgos y de errores inevitables por uno u otro de los motivos que he señalado a lo largo de esta digresión. Los fallos pueden ser múltiples: de diseño de los procedimientos, de inadecuación de los materiales, y de los humanos que tienen que utilizar los protocolos. Pero siento decir, más allá del griterío dominante, que hay que reflexionar serenamente sobre el hecho de que decenas de profesionales sanitarios estuvieron en contacto con los dos misioneros fallecidos de ébola, y sólo una se ha contagiado hasta el momento. Por tanto, lo más probable, puestos a especular –pero con fundamento racional- es que no hayan fallado los protocolos, ni tampoco los  medios materiales. Todo es manifiestamente mejorable, pero lo empíricamente evidente es que ha fallado el factor humano directamente implicado.

Lo que por cierto, tiene su correlato en las analogías que he empleado a lo largo de este artículo. La inmensa mayoría de accidentes de tráfico son responsabilidad exclusiva de los conductores; los accidentes con armas de fuego son también mayoritariamente responsabilidad de sus usuarios.  De hecho, en los países occidentales avanzados, la práctica totalidad de accidentes de trabajo son directamente imputables a los profesionales que no utilizan todos los medios de seguridad establecidos (porque resultan engorrosos), o manipulan incorrectamente materiales peligrosos (por exceso de confianza), o no siguen las recomendaciones sobre seguridad laboral (por ser demasiado prolijas).  O todo ello al mismo tiempo.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Es lo que hay

Es muy posible que la entrada de hoy disguste a más de uno, pero -como afirma el saber popular-  “alguien lo tenía que decir”. Y hay que decirlo alto y claro: la democracia que tenemos es la mejor que podemos tener hoy y en el futuro, tal y como están diseñadas las cosas. Y esta afirmación vale no sólo para Cataluña y España en particular, sino también para Europa y el resto del mundo occidental.

Y viene esto a cuento de dos tendencias que me parecen claramente nefastas. La primera, muy extendida, que califica la democracia española como especialmente corrupta, lo que denota muy poco conocimiento del resto de las democracias occidentales contemporáneas. La corrupción está igualmente extendida en los Estados Unidos de América (donde algunos autores han propuesto soluciones ingeniosas, como la prohibición absoluta de que cualquier político pueda recibir una remuneración mayor que el más alto de los sueldos que se perciben en la administración pública al cesar en el cargo y pasar al sector privado, idea ésta que parte del principio de antifragilidad expuesto por Taleb y otros muchos). Ese sencillo mecanismo impediría el numeroso tráfico que existe a través del sistema actual de puertas giratorias, que no se inventó en España.

Podría citar muchos más ejemplos al respecto, pero la conclusión final sería la misma: éste es un país de ilusos utópicos, desengañados y frustrados. Y tal vez, aunque el desengaño y la frustración estén en cierto modo justificados, ya va siendo hora de despertar y acomodarnos de una vez a la realidad. Y sobre todo, de dejarnos de gimoteos ridículos. La democracia que tenemos es la que hay, y no vamos a mejorarla en el contexto del sistema capitalista liberal.

Bien están las utopías en la medida de que la consecución de algunos –pero no todos- de sus nobles objetivos pueda servir para mejorar cualquier aspecto político de las sociedades modernas. Pero no es de recibo la pretensión de configurar una utopía al completo a sabiendas de que no puede prosperar porque existen limitaciones de base que lo impiden. Del mismo modo que la utopía marxista se reveló incompatible con las sociedades contemporáneas, pues colisionaba con algunos elementos fundamentales de la propia naturaleza humana (como la imposibilidad de tener una sociedad totalmente planificada a nivel central); la democracia como nos la quieren promover resulta igualmente utópica, porque parte de un principio de que la bondad y la ética se pueden imponer en la vida pública sin costes añadidos. Lo cual es rotundamente falso.

Como se ha puesto de manifiesto infinidad de veces, lo que no forma parte del orden natural es muy difícil de mantener puro e inmaculado. En otros términos, lo que no forma parte de la naturaleza –ese prodigio evolutivo que encuentra continuamente el mejor camino adaptativo a lo largo del tiempo- se ha de mantener con un coste (digamos energético) muy alto.

La naturaleza no es democrática en absoluto. La naturaleza es cruelmente darwiniana y jerarquizante. Dentro de cualquier especie, predominan de forma absoluta los procesos verticales-jerárquicos sobre los horizontales-democráticos (si entendemos democracia como un proceso abierto y participativo por igual a todos los miembros de la especie). En ese sentido, las sociedades humanas, por razones puramente biológicas, responden (de forma natural) a ese mismo esquema. Tengo el absoluto convencimiento de que la mayoría de las sociedades humanas son jerárquicas, dominantes  y no democráticas. Y todo ello pese al ya desacreditado y anacrónico concepto que algunos sociólogos new age, muy empapados de filosofía barata pero con muy poco trabajo de campo, nos quisieron hacer creer durante decenios sobre la supuesta liberté,  igualité y fraternité de los pueblos primitivos. Y mucho menos sobre la interesada versión de que las sociedades llamadas primitivas eran de estructura democrática y cooperativa. Hoy en día sabemos que la inmensa mayoría de las sociedades humanas son de una rigidez jerárquica apabullante que se manifiesta en las notorias diferencias de poder real entre hombres y mujeres, ricos y pobres, jóvenes y ancianos. Y entre clanes y familias de una misma tribu. Y entre tribus de una misma etnia. Y así hasta el infinito y más allá.

Así pues, la sociedad democrática igualitaria resulta ser un invento muy reciente (el voto pleno para todos los mayores de edad sin distinción no prosperó hasta bien entrado el siglo XX) y que no responde al esquema natural de organizar a los individuos que se observa en la naturaleza, y por descontado, en nuestros parientes más próximos, los primates. Si alguien es tan iluso de creer que se pueden vencer eones de tiempo evolutivo con una estructura cerebral organizada hacia la jerarquía y la sumisión mediante unos pocos cientos de años de estructuras democráticas, hay que decirle bien claro que es un iluso, un indocumentado, o ambas cosas.

Por tanto, siendo tan reciente y antinatural la democracia, es normal que deba gastarse mucha energía en mantenerla, y que además, resulte muy imperfecta, pues no estamos preparados más que por la razón y el intelecto a asumir los costes de ser siempre limpiamente democráticos.  Lamentablemente, este razonamiento no está escrito en nuestros genes, y por tanto, resulta imposible de transmitir automáticamente a las generaciones posteriores, como el color del pelo o de los ojos.  La democracia se (re)construye en cada generación, y tenemos que hacerlo partiendo de la base de que es un mecanismo que intenta corregir nuestra naturaleza más intima, y que por ello, es dificilísimo hacerlo bien.

En una ocasión anterior, escribí en este mismo blog que la democracia es la transversalización del poder político, frente a una naturaleza humana que tiende a ejercer el poder de forma concentrada y vertical. También escribí que eso conlleva también una transversalización de la corrupción, que pasa de estar concentrada en unas pocas manos, a difundirse entre amplios estratos sociopolíticos. Y que eso no tiene remedio, porque la corrupción es innata y consustancial al ser humano. A fin de cuentas no hace más que reflejar un concepto universalmente aceptado en genética: el del egoísmo del individuo para perdurar y perpetuarse. A costa del bienestar o la vida de otros individuos, si ello es preciso. En todo caso, algunos filósofos escépticos del pasado ya habían comprendido muy bien la naturaleza básicamente corruptible del ser humano. Al respecto resulta muy recomendable leer a Séneca, por otra parte tan hispano(romano).

Así que la democracia formal permite transversalizar, ampliar y diluir el poder político y la corrupción inherente al mismo. Por eso parece haber más corrupción que en tiempos de la dictadura. En primer lugar porque una de las ventajas de la democracia es la menor opacidad respecto a otros regímenes políticos, pero sobre todo, porque la transversalidad hace que la corrupción sea una capa más delgada pero más extendida en el conjunto de la población, y por tano, más visible.  Es como el petróleo o el aceite: un par de bidones ocupan muy poco espacio y pasan inadvertidos, pero viértalos en una piscina y el desastre parecerá de proporciones épicas.

A este efecto de transversalización de la corrupción hay que añadir otro aún más poderoso que se cierne sobre las democracias formales, y que se concreta en el efecto contrario que se da a nivel económico y financiero. La  globalización económica de los últimos decenios no se ha traducido en una pareja transversalidad del poder financiero, sino en su opuesto: una intensísima concentración económica en grandes conglomerados transnacionales, y una equivalente concentración financiera con la desaparición de muchos bancos de tamaño pequeño y mediano, y la concienzuda destrucción del sistema de ahorro popular basado en las cajas de ahorros.

El resultado es monstruoso. Tenemos un poder financiero concentrado y transnacional y un poder político transversal y local, si se me permite la expresión. Tenemos una estructura económica vertical que domina el mundo como una espada de Damocles y unas estructuras políticas mucho más horizontales, débiles, y mucho más diluidas en el seno de la sociedad, por lo que resultan mucho más vulnerables y permeables a los designios del poder económico. Por tanto, son mucho más fácilmente corruptibles, en un sentido amplio del término, como podríamos referirnos al sistemático incumplimiento de los programas electorales debido a presiones del sector financiero y de las grandes empresas, como bien sabe el señor Obama, al que no deja de ser un sarcasmo denominar “el hombre más poderoso del  mundo”. Eso también es corrupción, sólo que más insidiosa y menos perceptible.

En definitiva, no podemos esperar de la democracia liberal formal, basada en la alternancia de partidos, una regeneración política trascendental ni en un futuro próximo ni en el lejano. Del mismo modo que las acusaciones contra la endeblez de la democracia liberal ya surgían de mentes preclaras hace más de cien años, ocurrirá exactamente lo mismo en el siglo que viene, porque el problema es estructural. La democracia hay cosas que no puede darnos por mucho que nos esforcemos. Es una lucha en vano, porque la cuota de corrupción y de sumisión al poder económico-financiero existirá siempre, más o menos velada.

Así que tal vez debamos centrarnos en lo que si nos ofrece la democracia: transparencia, libertad individual y colectiva, libertad de expresión y de asociación…. Libertad de pensamiento y de acción, esencialmente. Eso es mucho más de lo que podían soñar nuestros bisabuelos en toda Europa. El resto es lloriqueo sinsentido, discusión sobre el sexo de los ángeles, voces clamando en el desierto de la utopía.

Una inútil pérdida de tiempo frente a la voracidad humana por la riqueza y el poder.

miércoles, 1 de octubre de 2014

De la vida, la decadencia y la muerte

Despido el verano una noche en la playa, en un chiringuito delicioso del Maresme mediterráneo, con buena música de fondo y mejor compañía. Mar plana, cielo estrellado y viento en calma que invitan a esas reflexiones en las que a veces nos ahondamos los humanos cuando el entorno nos causa esa placidez de la mente que abre canales de comunicación y ansias de explorar los misterios de la vida. Y también de la muerte.

Y en esas estaba con una de esas buenas y muy viejas amigas cuya amistad perdura años y años aunque sólo nos encontramos ocasionalmente (y quizá precisamente por eso), que me comentaba lo dura que es la experiencia de tener a un familiar directo ingresado en una residencia asistida para ancianos. Tanto por lo que significa como experiencia personal, traumática en cuanto al hecho de convertirse en  espectador de un ser querido que se va desvaneciendo lentamente ante tu mirada impotente, como por el espectáculo aterrador de todos quienes le rodean a  uno en esos lugares a donde vamos a parar cuando ya no podemos valernos por nosotros mismos.

Y me explicaba asombrada como casi todos se aferran desesperadamente a la vida, aunque no les queda otra esperanza que la de aguardar la llegada de una muerte que, finalmente, se revelará como piadosa.  Bajo ese cielo estrellado que nos hacía sentir aún más si cabe nuestra insignificancia y cuestionarnos el sentido de nuestra propia existencia, nos preguntábamos el porqué de ese afán por seguir viviendo así, cuando es más que evidente que nuestras vidas ya carecen, no sólo de utilidad propia o ajena, sino de cualquier posibilidad de aportar nada a nuestra contabilidad vital.

Hay una respuesta que parece evidente: la vida lucha siempre por seguir adelante, por continuar a cualquier precio. Pero una reflexión profunda – ésa que tanto favorecen las últimas noches de verano, lánguidas y cálidas todavía- nos hizo descartar esa opción. Tanto por motivos biológicos como espirituales, ese afán de perdurar tan arraigado en el mundo occidental  tendría que estar absolutamente descalificado. Y sin embargo ahí estamos, en una sociedad con cada vez más viejos y cada vez en peor estado. Más dependientes, física y mentalmente. Y más desesperados por no morir, todavía.

Me decía Tonya – así se llama mi vieja amiga, en una amistad que se fraguó cuando ella era casi  una niña y yo un joven todavía muy verde- que no tiene ningún sentido esa especie de afán por aferrarse a una existencia que ya carece de todo sentido, incluso en el plano espiritual. Y que incluso es muy decepcionante ver como esas personas, que objetivamente viven porque les ayudamos a mantenerse con vida, harían lo que fuera por seguir viviendo así, en un estado que a todas luces resulta penoso en muchos casos. Y también resulta muy difícil valorar una cualidad subjetiva a ese asirse desesperadamente a la vida, máxime cuando tenemos en cuenta que la gran mayoría se declaran creyentes en alguna de las grandes  religiones monoteístas.

Está claro que si la vida deseara perpetuarse incluso en la ancianidad, tendría algún sentido objetivo. La naturaleza no dota a los seres vivos de mecanismos superfluos, porque tienen un coste que no aporta nada en términos evolutivos y de supervivencia de la especie a partir de un umbral de vejez determinado. En principio, el propósito de la vida es perpetuarse a sí misma a través de los genes, y cuando un organismo es incapaz de reproducirse o de ayudar a otros a alcanzar la madurez necesaria para seguir trayendo generación tras generación al mundo, la naturaleza prescinde de él. El mecanismo es claro: los animales viven mientras su vida tiene un sentido reproductivo, entendido en un sentido amplio. Determinadas especies muy longevas, como los elefantes, lo son porque las tías y abuelas de la manada son las encargadas de educar y de transmitir información muy valiosa y necesaria para la subsistencia de los más jóvenes. Es decir, que la vida tiene sentido mientras una generación todavía es capaz de aportar información valiosa (genética o de otro tipo) a la generación siguiente, pero acabada esa tarea, se extingue y deja paso al siguiente escalón. Desde el punto de vista biológico, el mecanismo es intachable, y por eso son muchos los animales viejos que se dejan morir, literalmente, o que concluyen su existencia en un acto supremo de reproducción que los deja exhaustos y moribundos, como los salmones.

Descartado el mecanismo biológico como explicación del afán de supervivencia de los más ancianos, nos queda como única explicación un indeseable efecto secundario de la inteligencia humana, matizado por factores de índole cultural y religiosa. Parece como si, al dotarnos de inteligencia, nuestra aspiración a codearnos con la divinidad se centrara en un deseo irreprimible y contradictorio de perdurar en la vida terrenal. Llegar a la vida eterna pero sobre la faz de la tierra. Sin embargo, hay muchas otras culturas que aceptan el valor simbólico de la muerte como una regeneración y un paso necesario para el mantenimiento de la vida. Aceptar la muerte no sólo con resignación, sino como algo que se busca y se espera al final de la vida es bastante común en muchas culturas orientales. Y no está de más recordar, como hizo mi amiga, que en la India son multitud quienes van a Varanasi al final de sus vidas a dejarse morir una vez concluido su ciclo vital. Tal vez es por la fe en el karma y  en futuras reencarnaciones, cada vez superiores. O sea, por la firme creencia en una ley que retribuye los actos de cada vida en una reencarnación posterior.

A la luz de este fenómeno, que es tanto religioso como cultural y que permite a la gran mayoría de los miembros de culturas orientales (incluida la musulmana) aceptar la muerte como algo mucho menos aterrador que la visión que tenemos en occidente, parece inevitable llegar a la conclusión de que el drama de la ancianidad occidental tiene mucho que ver con un erróneo enfoque cultural  cuyas raíces ahondan mucho más profundamente en algún fallo garrafal de la religión mayoritaria cristiana.

Pese a las promesas a los fieles de la existencia de una vida ulterior tras la muerte, de un paraíso al que van eternamente las almas buenas, lo que se vislumbra al levantar el velo de la doctrina oficial de las iglesias cristianas es algo muy semejante a la desconfianza más absoluta. Una especie de fe obligada por el dogma pero cuyos cimientos son totalmente vulnerables. Los creyentes occidentales lo son de palabra pero no de corazón. Parece como si temieran, literalmente, que ese cielo paradisíaco al que oficialmente aspiran sea, en realidad, una invención doctrinaria.

Así se explicaría, por ejemplo, que los musulmanes yihadistas actúen con una convicción que les lleva a la inmolación personal, frente a la tradicional pusilanimidad europea, en la que el mero  hecho de morir por una causa religiosa (y aquí está de menos la bondad o perversión de la causa, ya que no se cuestiona eso sino lo inconmovible de la fe personal) se considera como mínimo una excentricidad, o bien directamente un signo de locura fanática.

Los que somos ateos siempre hemos manifestado que nuestra carencia de fe requiere de mucha valentía, porque lo único que nos ofrece una visión estrictamente naturalista de la vida es que tras nuestra muerte no queda nada de nosotros, salvo los genes que hayamos transmitido a generaciones posteriores y  el legado espiritual e intelectual que hayamos dejado a quienes nos han rodeado en vida. En ese sentido es mucho más fácil ser creyente, porque tras la muerte parece que a los cristianos les aguarda el equivalente a un premio gordo infinito y eterno. Y sin embargo, se resisten a irse, rotos por el alzheimer, corroídos por enfermedades degenerativas, impedidos en sillas de ruedas, dependientes de otras manos que los alimenten. ¿Qué sentido tiene eso?

Muy pocas opciones para una respuesta a esa incógnita. Una de las posibles es que la fe cristiana está mal asentada sobre unas premisas totalmente incorrectas. Tal vez – y ahí es donde mi amiga Tonya iluminó parte de ese oscuro embrollo- se debe a que en la cultura occidental, la muerte se ve como lo opuesto a la vida, su antítesis, mientras que en otras culturas y religiones más enraizadas con la naturaleza y con el universo, la muerte se percibe como opuesta al nacimiento, pero nunca a la vida. La muerte se integra en la vida como un paso más en una serie de trayectos cuyas respectivas fronteras son nacimientos y muertes, pero en los que la vida es un continuo que no se extingue con la desaparición del cuerpo físico.

Tal vez sea esa una de las posibles respuestas. Tal vez no, pero lo cierto es que nuestros ancianos criados en la fe cristiana suelen contemplar la muerte con poca serenidad y mucha desesperación, y eso les lleva a agarrarse al clavo ardiendo de una existencia horrible en muchas ocasiones. Una existencia llevada al límite por los avances de la tecnología médica, pero que no ofrece nada productivo ni a ellos ni a la sociedad que les acoge.

Y eso nos lleva a otra reflexión sobre la religión cristiana en general, y la católica en particular. Una doctrina tan insistente en la vida terrenal como algo pasajero y de poca trascendencia, y en el más allá como una puerta a la unión con la divinidad tras la muerte, pero con tan poco éxito real, tal vez debería replantearse si su marketing milenario está absolutamente mal orientado. Es como si la Coca Cola tuviera millones de seguidores que a la hora de la verdad se rindieran ante la Pepsi. O como ser de izquierdas pero votar a la derecha en cada decisión trascendental. Es una total incongruencia espiritual, filosófica y moral. Nuestros cristianos parecen los creyentes del “por si acaso”, es decir, creyentes desconfiados. Como en la célebre apuesta de Pascal, son creyentes porque si no existe Dios, no pierden nada, pero si existe, la ganancia es máxima.

La religión cristiana hace tiempo que abandonó la senda espiritual y se acomodó a un mundo centrado en el materialismo, en lo físico y tangible. Y un occidente materialista, pese a tener incrustada la religión desde el inicio de los tiempos, ha fracasado a la hora de integrar la trascendencia de la vida en un mundo regido por las posesiones terrenales y la riqueza. La cristiana se ha transformado en una religión formalista en la que en el momento supremo –el que se supone que da sentido trascendental a nuestra vidas- se da un paso atrás. La muerte no se contempla como una puerta misteriosa, sino como un precipicio sin fondo. Falla el encaje entre vida y muerte, lo que demuestra la escasa convicción en la vida eterna que tenemos en occidente pese a que el lema de la mayor superpotencia de todos los tiempos sea, irónicamente, “In God we trust”.

“En Dios confiamos”, pero por lo visto no tanto como para encomendarnos serenamente a él al final de nuestras vidas.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Transversalidad

Me resulta difícil comprender cómo se las apañan reputadas figuras del mundillo intelectual español para traicionar los más elementales principios del rigor analítico, con tal de defender sus posturas que, por muy legítimas que sean, no deberían hacer abstracción de la realidad social en la que vivimos a fin de acomodarlas  a su particular lecho de Procusto. Quiero decir con ello que las opiniones no se pueden validar ajustando los hechos a la medida del observador, recortando por aquí y por allá, o añadiendo falsedades de cosecha propia para hacer más vibrante y creíble su discurso.

Valga esto para todos los SavateresEspañas, Azúas, Boadellas y (últimamente) Goytisolos, que desde el púlpito que les facilita El País, se inventan una realidad social de Cataluña totalmente distorsionada y falsa, en la que acomodan la talla de la sociedad catalana a la medida de su lecho mental. Igual que hacía Procusto, se dedican a amputar las piernas que les parecen demasiado largas y a estirar los miembros que se les antojan cortos para que quepan perfectamente en la cama en la que ellos han decidido acomodar su idea de Cataluña. O mejor dicho, de cómo debería ser Cataluña, muy a su pesar.

 Por eso dicen las barbaridades que dicen, y asocian conceptos puramente políticos a fenómenos totalmente sociales. Meten a todos en el mismo saco, les aplican el molde de sus convicciones personales y de ahí sale la figurita del catalán excluyente y segregador, de acuerdo a la conveniencia de las ideas centrales y centralistas que, esas sí, siempre han proliferado por la meseta, teñidas de un vacuo europeísmo que -por falaz e interesado- no engaña a nadie.

Cabe resaltar, de entrada, que la mayoría de los nacionalismos pequeños, como se ha señalado en mutitud de ocasiones, son reactivos -cuando no puramente defensivos-  frente a otro nacionalismo de corte más invasor y agresivo. En ese sentido, el nacionalismo no es siempre una opción enarbolada interesadamente por un partido político para ensanchar su base electoral o para conseguir beneficios de cualquier tipo, cosa que los citados intelectuales omiten sistemáticamente.Ciertamente, no se puede negar que en ocasiones, el nacionalismo es un herramienta exclusivamente política, dirigida desde la cúpula de determinadas formaciones hacia las bases sociopolíticas que forman su electorado. Pero en muchas ocasiones el nacionalismo no es una opción vertical dirigida de arriba a abajo, sino una actitud transversal que permea por ósmosis desde una amplia base hasta las cúpulas políticas.

Negar este hecho es una aberración interesada, y lo es por partida doble. Primero, porque la identificación que está haciendo determinada clase intelectual españoloide del independentismo catalán con la abyecta situación de CiU es una marranada, además de una mentira, sabedores como son de que CiU nunca ha sido una fuerza independentista, sino que se subió al carro obligada por el tirón social de un movimiento totalmente transversal como es la ANC. Y segundo, porque si pretendemos buscar relaciones causales, la causa primera fue un movimiento social como la ANC -que aglutina a gentes de muy diversas sensibilidades políticas- y el efecto fue que los partidos políticos, totalmente descolocados ante la innovación que representaba un movimiento de base sin filiación (ni disciplina) política, hubieron de adherirse o distanciarse de ella para salvaguardar a gran parte de su electorado, disconforme con la posición oficialista vigente hasta el momento.

Esto de la transversalidad es algo que nuestros intelectuales parecen desconocer, no se yo si interesadamente (pues nunca se atisba comentario suyo al respecto). En todo caso, es fundamental para comprender muchos nacionalismos que, como el catalán, ni son excluyentes ni segregadores. Y decir lo contrario es una estupidez de gran calibre, además desmentida por la cotidianidad en las calles de (casi) cualquier población catalana.

Lo de la división en dos Cataluñas puede ser cierto, pero no porque unos se llamen Pérez y otros Viladomiu. Somos muchos -y orgullosamente me encuentro entre ellos- los que somos independentistas sin tener un pedigrí de pureza étnica. Yo mismo tengo sangre germánica, judía, andalusí y aragonesa mezclada con la catalana en mis venas, y escribo este blog en castellano sin avergonzarme por ello. Y conozco a muchos independentistas que son inmigrantes o hijos de inmigrantes en Cataluña, a quienes nadie ha negado el pan y la sal por proceder de Ponferrada, Lepe o El Ferrol.

Del mismo modo que el origen no identifica al independentista (y quien así lo manifiesta públicamente es un bellaco que no sabe argumentar sus ideas limpiamente), tampoco la  afinidad política lo define. Esa interesadísima alineación (y alienación) que pergeñan los medios afines al centralismo jacobino entre un determinado partido político catalán (hoy en horas bajas) y el independentismo es una canallada vergonzante que sólo se sostiene por el presunto prestigio de los plumíferos que la sustentan sin más mérito que tener reservada una columna semanal en diarios españolistas de gran tirada. Lo que me parecería muy bien si expresaran sus opiniones como eso, meras opiniones a contrastar, no como dogmas de fe de los cuales el lector ha de beber como si fueran las fuentes mismas del conocimiento.

El concepto de transversalidad es fundamental a la hora de entender determinados nacionalismos, como el catalán, que agrupa a gentes de derecha e izquierda, urbanitas y rurales, universitarios y menestrales, jóvenes y ancianos. La transversalidad es opuesta a la verticalidad partidista, como bien habrán notado estos días los votantes del PP tras la dimisión del ministro Gallardón.

Gallardón ha dimitido porque Rajoy, que es un infame pero no un idiota, es consciente de que el tema del aborto es transversal. No polariza a la sociedad española  entre izquierda y derecha, sino que aglutina también a gentes del PP contra la cúpula de su partido, y eso es algo intolerable desde el punto de vista electoral. En ese sentido, la transversalidad es mucho más fuerte que cualquier ideología política que, por definición, tiende a la sectarización vertical. De ahí la obediencia ciega, la disciplina de voto, la asunción en bloque del programa político impulsado por las élites de los partidos políticos: verticalidad en su esencia más pura.

Guste o no, el independentismo catalán es transversal. Ello no quiere decir que el hogar común del independentismo sea un "melting pot" equidistante y proporcional entre las distintas sensibilidades. Por supuesto, que unas predominan más que otras, pero lo fundamental es reconocer que en la bandera estelada se reconocen personas de muchos orígenes, procedencias, ideologías y  hasta lenguas maternas diferentes. Y eso, ni Goytisolo lo puede enmendar, por mucho que mienta en su condición de invitado estrella de El País. El independentismo catalán puede ser criticado  en muchos aspectos (en todo caso, no menos que el rampante y disimulado nacionalismo español que se percibe cada vez que se rasca bajo ese pretendido europeísmo de salón y conveniencia), pero no por ser de iniciativa política, en el sentido de ser fomentado por algunos partidos. Al contrario, es de origen social, popular y callejero, y tras él arrastra a muchos partidos que se mostraban cuando menos indecisos (si no renuentes) hasta hace bien poco.

Y si algún malintencionado se pregunta de donde surgió la iniciativa, les recordaré con todo mi empeño que el infausto y deplorable recurso de inconstitucionalidad contra el Estatut de 2007, promovido por la derechona fáctica y mediática, fue la causa directa de que muchos ciudadanos catalanes se preguntaran si había algo más infamante que recurrir artículos del Estatut que otros estatutos de autonomía calcaban y que nunca fueron recurridos por ser promulgados en otras regiones más "españolas". Es decir, que el nacionalismo centralista español negaba a Cataluña lo que concedía a Andalucía, por poner un ejemplo.

Una cosa es casi segura (si es que se puede hablar en semejantes términos del devenir de una sociedad): si no hubiera sido por el recurso y el posterior varapalo del Tribunal Constitucional, las aguas no vendrían hoy tan turbulentas. O sea, que además de infames, los nacionalistas españoles son gilipollas (según diccionario de la RAE: tonto, lelo).

Y ya que hoy escribo sobre transversalidad, planteo otra cuestión. Hay bastantes pensadores que se plantean si la democracia es un epifenómeno; es decir, una cosa que parece tener una relación causal con otra pero que en realidad no es así. Destejiendo el misterio, hay quien se pregunta si la democracia formal es realmente una consecuencia lógica del afán de libertad humano (que es lo que nos han vendido) o bien responde a otras causas ocultas a simple vista pero de mucho mayor calado. Y como hoy hablamos de transversalidad, propongo una de las muchas posibles respuestas: la democracia  sería una forma de transversalizar el poder. En las formas tradicionales de gobierno, el poder se estructura de forma totalmente vertical (teocracias, dictaduras, imperios). La democracia formal consigue que el poder se abra a diversos sectores, y de hecho, se convierta en un fenómeno transversal y alternante. Pasa de una estructura vertical a una estructura horizontal, en la que cualquier formación puede subir o bajar en función del espectro político y de los vaivenes de la opinión pública.

Sin embargo, tal vez me quedo con una definición mucho más pesimista. Así como la verticalidad concentra la corrupción en unos pocos y siempre los mismos, la transversalidad democrática permite diversificar la corrupción entre un amplio abanico de reparto de favores y prebendas a lo largo de todo el espectro. Y eso es bueno para los políticos y sus intelectuales a sueldo (como bien conoce el eje PPSOE), pero acaso no tanto para la ciudadanía.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Independencia y antifragilidad

En reiteradas ocasiones he argumentado a favor de la independencia de Catalunya desde una perspectiva no emocional. tampoco desde una perspectiva puramente económica, porque cualquier predicción económica es tan buena como echar una moneda al aire. Son ya muchos decenios de previsiones fallidas de altos organismos económicos mundiales y de laureados (autoproclamados) expertos en una materia en la que el mejor experto no puede predecir mejor que un parlanchín taxista de Brooklyn (sólo hay que ver en los últimos cinco años cuantas correcciones ha hehco el FMI o la OCDE a los indicadores de crecimiento económico. Mucha fórmula, mucho ajuste, pero la verdad es que rectifican cuatro a más veces al año. Lo cual lo único que indica es que sus indicadores no funcionan. Punto.

En ese sentido soy un independentista "talebiano" feroz. Y hoy voy a transcribir literalmente parte del último ensayo de Nassim Taleb titulado  "Antifrágil" (editorial Paidós, colección Transiciones, páginas 134 y sig.), con la intención de dejar bien claro que la independencia de Catalunya sería buena para sus habitantes, si descartamos las estrechas miras cortoplacistas. En ese sentido, repruebo agriamente a los colectivos de jubilados que decidirán, tanto en Escocia como aquí, el futuro de sus respectivas naciones. Porque son ellos, los que con su voto del miedo a perder las pensiones -que no sería el caso, por mucho que los voceros del ultranacionalismo español lo afirmen-  pueden echar a perder un proyecto que tal vez exija sacrificios ahora, pero sería para el bien de las generaciones futuras. Es decir, para sus hijos y  nietos. 

Antifrágil es todo aquello que se beneficia de lo aleatorio y de lo volátil. Que puede sufrir pequeñas pérdidas y oscilaciones a lo largo del tiempo, pero casi nunca una gran catástrofe. Antifrágil e slo que se fortalece con las situaciones de estrés. No e salgo simplemente robusto o resistente, sino algo que se beneficia de cierto tipo de estresores. La naturaleza es antifrágil, por ejemplo, y el mecanismo de su antifragilidad es la evolución. Dicho esto, cito a Taleb (que no es ningún desconocido: sus tres libros publicados hasta la fecha tienen millones de lectores, y él mismo es profesor de ciencias de la incertidumbre en la Universidad de Masschussets y en la London Business School. Por cierto, y por ello se ganó muchos rencorosos enemigos: fue el único que alertó ya en 2007 de la catástrofe financiera mundial que se avecinaba mediante su libro El Cisne Negro):

"Echemos un vistazo a la Europa anterior a la creación de más estados-nación de Alemania e Italia (vendidos como "reunificaciones", como si esos estados ya hubieran sido una unidad en un pasado romántico). Hasta la creación de estas entidades románticas, lo que había era una masa amorfa e inestable de ciudades-estado y pequeños estados en tensión permanente y con alianzas que cambiaban sin cesar. [...] Y esto nos muestra un aspecto reconfortante de los pequeños estados beligerantes: la mediocridad no uede afrontar más de un enemigo y una guerra aquí se convertía en una alianza allá. Siempre habái tensión en algún lugar pero sin grandes consecuencias, como las precipitaciones en las Islas Británicas; una lluvia fina  y constante que no causa grandes inundaciones es muchísimo más fácil de afrontar que lo contrario: unas sequías largas seguidas de lluvias torrenciales .

Naturalmente, el contagio que desembocó en la posterior creación de más estados-nación a finales del siglo XIX nos llevó a la que vimos con las dos guerras mundiales y sus secuelas: más de sesenta millones de víctimas. La diferencia enre guerra y no guerra se hizo inmensa....Era como si un interruptor activara un efecto de "el que gana se lo lleva todo" en el campo de la industria, como si predominaran los sucesos raros (los cisnes negros). Un grupo de estados pequeños es similar al sector de la restauración: es volátil pero nunca sufre crisis generalizadas, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo en el (mastodóntico) sector bancario. La razón es que está compuesto por muchas unidades independientes pequeñas y que compiten entre sí: por separado no amenazan al sistema ni lo hacen saltar de un estado al otro. La aleatoriedad se distribuye en lugar de concentrarse.

Como nuestro amigo el pavo de Acción de Gracias, hay personas que se tragan ingenuamente la creencia de que el mundo es cada vez más seguro, algo que atribuyen, con la misma ingenuidad, al "bendito padre Estado". Es como decir que las bombas atómicas son más seguras porque estallan con menos frecuencia. [...] Cuando consideramos los riesgos no examinamos pruebas (que surgen demasiado tarde), sino que evaluamos posibles daños, y el mundo nunca ha sido más propenso a sufrir más daño que ahora, nunca. (nota: el síndrome del pavo se refiere a que un pavo bien alimentado y cada vez mejor tratado durante todo un año por su amo, prevé que el futuro será aún mejor, hasta que aparece un cisne negro impensable en el horizonte inmediato: cuando más satisfecho y esperanzado está es justo el día antes de que le corten el pescuezo para cocinarlo el día de acción de gracias. Una metáfora clarísima de lo que sucedió al mundo con la gran crisis de 2008).

[...]

Las características del riesgo de una confederación basada en un conjunto de municipios (al estilo de Suiza) son distintas de las del estado centralizado. El primero es estable a largo plazo a causa de alguna dosis de volatilidad"

Y añado yo, como aclaración, que el segundo es inestable a largo plazo porque pretende controlar la volatilidad al estilo de una olla a presión, que cuando revienta, se lleva todo por delante. Dicho de otro modo: a los grandes estados, igual que a los grandes bancos o los mastodónticos conglomerados industriales actuales, les sorprenden con mucha mayor facilidad esos cisnes negros que detonan imprevisiblemente y que tienen efectos devastadores a largo plazo. Cosa que a los entes más pequeños, flexibles, adaptados a la volatilidad y a la aleatoriedad inherente al mundo, no les sucede jamás. Véase Suiza.

El futuro es incontrolable, porque es aleatorio e incierto, es mucho mejor estar dentro de un sistema pequeño y dinámico, y que no pretenda la ingenua ficción de que la ultrarregulación y el tamaño desmesurado son antídotos contra el desastre. Todo lo contrario.

Así que espero que el futuro no sea de los grandes estados centralizados que han convertido el mundo en una especie de campo de concentración igualitario, pero que  ni aún así nos protegen del cisne negro. Confío en que algún día una mayoría social se de cuenta de la entelequia de "mejor unidos". Que perciba la mentira de la "Gran Europa sin fronteras". Que entienda que cuanto más grandes, mayor será la sensación subjetiva de estabilidad, pero que la dinámica del sistema tiende a causar, efectivamente, menos incidentes en un período dado de tiempo, pero de una magnitud muchísimo mayor.




jueves, 4 de septiembre de 2014

El regreso

Finalizado el paréntesis estival, siento un profundo desagrado hacia el aparato de aspecto más bien venenoso que me observa fijamente con su ciclópeo ojo negro desde el fondo de la habitación. Ciertamente, durante estos días no he visto la televisión y he sido, como cada año, extraordinariamente feliz mientras no he oido a esos bustos vociferantes, mayormente impresentables (aparte de su aspecto relamidamente afectado), desgranar como imbéciles la sarta de barbaridades con que se nos intoxica día a día desde cualquier medio informativo.

Formo parte de ese colectivo, reducido y lamentablememnte muy poco influyente, que cree que menos es más. Un argumento generalmente muy sólido y que en lo que respecta  a la información es de lo más útil. El bombardeo de noticias y opiniones al que nos sometemos voluntariamente cada día tiene mucho de masoquismo y aún más de estupidez. Pues es bien sabido que el exceso de información empacha el cerebro e impide formar opiniones acertadas, y mucho más aún juicios válidos sobre nuestro entorno (si es que la información tal como se nos sirve hoy en día es válida para emitir algún juicio ecuánime).

La saturación de información es nefasta, y cuando se trata de información mediatizada, sesgada y manipulada, es seguramente peor que la ausencia total de información. Y como muestra un ejemplo tomado de la vida real: si usted tiene unos fondos en renta variable y hace el seguimiento de su rendimiento cada treinta minutos, va a disponer de muchísima información totalmente inútil (y seguramente será candidato a una bonita úlcera sangrante). Para el propósito general de la mayoría de los inversores, lo que importa son las tendencias  a medio o largo plazo, así que no sirve de nada consultar las pantallas parpadeantes cada media hora, si lo que nos interesa es tener un visión cabal en el plazo de un año o así, del rendimiento de nuestros fondos.

Por otra parte, cuanta mayor es la información que embutimos en un mismo período de tiempo, también incrementamos el nivel de ruido: la señal no se amplifica, sino que se reitera,  interfiere consigo misma, y se mezcla con todo tipo de señales aleatorias o malintencionadas que multiplican el nivel de ruido de una forma asombrosa, hasta enmascarar la información valiosa. Además, está más que demostrado que la saturación de información no nos ayuda en absoluto a tomar mejores decisiones. Al contrario, el exceso de información nos hace tomar decisiones sesgadas por aspectos colaterales, por minucias que no afectan a las cuestiones esenciales de los problemas a los que nos solemos enfrentar. Nuestro cerebro no puede funcionar en paralelo de ningún modo. Al pensar de manera secuencial, el exceso de información tiende a bloquearnos porque no podemos procesar más que un número limitado de datos en un período de tiempo. 

Ante esta situación, el pensamiento crítico se tambalea y no queda otra opción que desconectar de la saturación sensorial con que nos castigan los medios de comunicación. La gente más lúcida ha renunciado a la televisión y a la prensa escrita. Para estar informados bastan los asépticos teletipos de las agencias de  noticias. Dejar las interpretaciones a unos señores a los que les pagan por predecir el pasado es una solemne estupidez indigna de una persona inteligente.

Por otra parte, escuchar las falacias narrativas de los locutores de los telediarios es otro acto de estupidez, salvo que sea para ponerse voluntariamente piedras en el hígado y escupir bilis hasta por los ojos. Un acto de masoquismo del que muchos nos desprendemos en vacaciones, cuando nuestros horarios se desajustan y las horas de comer y cenar no coinciden con los de la maldita prensa televisiva. Y así pasamos unos días comiendo y cenando sin tele, charlando con los demás comensales. Cotilleando si se quiere, pero al menos son nuestros cotilleos, no unos preparados y refritos un centenar de veces por unos periodistas insulsos y mayormente carentes de otro afán que el de cobrar su sueldo a fin de mes, para mayor gloria y satisfacción del patrón que los emplea.

Y eso cuando el periodista de turno es un simple lameculos que se ajusta al dictado del accionista mayoritario. Al menos en ese caso sabemos a que atenernos (como es el caso de las televisiones públicas españolas). A mi modo de ver es mucho peor cuando nos encontramos ante el presunto periodista independiente al que le falla algo tan esencial como un conocimiento profundo del tema sobre el que pondera. Nada hay más insufrible que un artículo de opinión de esos tan contundentes en los que los supuestos de partida son todos erróneos, mistificaciones o peor aún, falsedades hiladas de forma más o menos sofisticada para engañar a bobos. 

Porque hablando de falsedades, debemos ser conscientes de que los humanos somos muy buenos construyendo historias para explicar el pasado, aunque normalmente somos incapaces de acertar cual de los pasados posibles es el origen de los acontecimientos presentes. En sentido matemático es muy sencillo de exponer: para un suceso dado, suele haber infinidad de secuencias de hechos que lo pueden ocasionar. Encontrar la causa primera de cualquier suceso acontecido es una cuestión de evaluar adecuadamente las probabilidades. Y evaluar probabilidades es algo que a los humanos, incluso a los técnicamente formados, se nos da muy mal.

Así que recurrimos a rellenar los sucesos con narraciones que los justifican y explican, pero que no son especialmente acertadas casi nunca. Y menos cuando los que opinan son presuntos expertos en la materia. El problema del experto, del que han tratado muchos experimentos de psicología social, es que tiene un punto de vista muy estrecho y focalizado en alguna materia concreta, lo que le hace pasar por alto elementos seguramente esenciales del problema que aborda. De hecho, los expertos se equivocan más en sus juicios generales que los simplemente entendidos, pero que tienen una mayor amplitud de miras. Y por tanto, de pensamiento.

Así que, si algún propósito recomiendo para después de las vacaciones, es que deje usted de mirar la tele. Su salud mental saldrá ganando muchos enteros. Y su humor será más tranquilo y relajado, algo que los políticos no desean en absoluto. Le quieren a usted tenso y crispado, deduzca usted por qué.

jueves, 21 de agosto de 2014

Meteorología veraniega

En la entrada anterior mencionaba los sistemas complejos y dinámicos. Hoy, ya cerca del final del verano “vacacional” (que no astronómico), tengo unas enormes ganas de regodearme con las afirmaciones arriesgadísimas que hacen meteorólogos aficionados y profesionales en lo que se refiere a las predicciones estacionales. Y todo eso no para ciscarme en los probos “meteos”, que intentan luchar contra el caos determinista con herramientas imposibles, sino para hacer una traslación de las conclusiones al mundo económico, mucho menos determinista, mucho menos modelizable matemáticamente, mucho más sometido a procesos caóticos. Y por tanto, con mucha más incertidumbre que el clima, aunque nos quieran hacer creer lo contrario.

En el año 2013, la meteorología francesa predijo un verano sin verano, y se equivocó de cabo a rabo. Este 2014, y a las hemerotecas de abril y mayo me remito, todos los medios se hicieron eco de que este año sería más caluroso y seco que el promedio. Y la han pifiado, estrepitosamente, de nuevo. Porque este verano está resultando nuboso, fresco y muy lluvioso en toda la costa mediterránea. Tanto, que los lugareños se remiten al año 2002, que fue el anterior año sin verano de verdad, para efectuar las comparaciones oportunas.

Se preguntará el lector si es que los meteorólogos son unos paletos indocumentados, pero no. La mayoría de ellos son físicos con un profundo conocimiento científico. Lo que sucede es que trabajan en un área donde la incertidumbre es muy elevada, y mucho más a lo largo de la flecha del tiempo. Es decir, que cuanto más alejada en el tiempo es la predicción meteorológica, mucha menos confianza (en el sentido matemático del término) tiene. Hasta el punto de que las predicciones estacionales son tan poco fiables que sería prácticamente lo mismo pronosticar el tiempo a dos o tres meses vista tirando una moneda al aire.
 
El lector poco versado en ciencia podrá pensar que ello se debe a que no existe un modelo matemático preciso que describa el comportamiento atmosférico. Nada más lejos de la verdad. La mecánica y la dinámica de fluidos son bien conocidas desde hace muchos años, y las ecuaciones de un sistema de fluidos en movimiento están perfectamente determinadas desde que los científicos aún andaban con levita.

El problema es que se trata de ecuaciones diferenciales no lineales, que en general no tiene más solución que la aproximativa, y aún así. Y en este contexto, aproximativa quiere decir que hay que omitir decenas y decenas de variables y parámetros para que dichas ecuaciones sean mínimamente manejables. Para entendernos y simplificando mucho, en su versión bruta, las ecuaciones que describen el comportamiento atmosférico necesitarían de la potencia de cálculo de un ordenador inconcebiblemente enorme, del tamaño del sistema solar, y de un tiempo de cálculo seguramente superior a la edad del universo conocido. Sólo para obtener un grado de aproximación predictiva unos cuantos puntos mejor que el actual.

Si alguien cree que entonces es sólo cuestión de tiempo alcanzar un nivel tecnológico que nos facilite tanta potencia de cálculo y nos permita hacer predicciones meteorológicas estacionales más rigurosas, anda del todo punto equivocado. Como todo sistema complejo, el tiempo atmosférico es muy sensible a las condiciones iniciales. Eso quiere decir que una variación mínima, casi inapreciable, en las variables al principio del cálculo, se traduce en que los caminos posibles van divergiendo muchísimo en el tiempo. Los resultados se separan mucho al cabo de unos pocos días, no digamos ya transcurridas semanas o meses.

Para entendernos, dadas unas condiciones iniciales de temperatura, presión, humedad y dirección e intensidad del viento, una variación de la temperatura de una décima de grado, o de un milipascal de presión, o de la décima parte del uno por ciento de la humedad relativa, o de un segundo de arco en la dirección del viento, o todas ellas combinadas, dan lugar a dos modelos que evolucionan separadamente y que dan resultados tremendamente distintos al cabo de un tiempo de evolución de los cálculos matemáticos.

Para evitar estas situaciones, deberíamos conocer, con total y absoluta precisión, todas las variables involucradas y sus parámetros en el momento de inicio del cálculo. Pero se da la triste circunstancia de que dicho conocimiento exacto, infinitamente preciso, no sólo es inviable técnicamente, sino totalmente imposible, por una razón bastante parecida a la del principio de incertidumbre que opera en mecánica cuántica y que nos obliga a trabajar solamente en condiciones probabilistas. El problema que se suscita en meteorología es que la probabilidad de cualquier predicción estacional es tan baja que entra dentro del margen de error. Dicho de otra manera, el margen de error es tan grande, que la confianza matemática en la predicción estacional es casi nula, irrelevante.

Esto es lo que en matemáticas y física sucede en los sistemas caóticos deterministas, donde el concepto de caótico no tiene nada que ver con el concepto vulgar y mundano del caos. Caos, en terminología científica, no se refiere a desorden sino a sistemas deterministas (es decir, que pueden ser modelizados matemáticamente y cuyas soluciones podrían ser en principio obtenidas) pero muy sensibles a las condiciones iniciales. Tanto, que una variación de una milésima en uno de los datos que introducimos en las ecuaciones, puede dar resultados anormalmente distintos al cabo de unas cuantas iteraciones del sistema. (iterar no es más que introducir el resultado de un cálculo en la misma ecuación para obtener un nuevo resultado. Esa es la base de las predicciones meteorológicas).

Los sistemas caóticos son fascinantes y da la casualidad de que muchas de las cosas que vemos en la naturaleza (si no la mayoría) se rigen por un caos determinista. Caos que en ocasiones confluye en lo que técnicamente es lo más parecido a un punto de convergencia pero sin llegar a serlo nunca, denominado “atractor extraño”. Algo parecido a un punto de equilibrio pero sin que sea eso realmente, sino una especie de zona a cuyo alrededor pululan los resultados de las iteraciones que efectuamos. Por eso es virtualmente imposible llegar a “dominar” el clima, ni siquiera a predecirlo exactamente. Como tampoco se puede predecir exactamente la dinámica de poblaciones, ni la evolución de las especies. Ni siquiera el tan cacareado cambio climático.

Esa imposibilidad predictiva propia del modelo es mucho más acusada en la presunta ciencia económica, que como toda persona medianamente cultivada sabe, ni es ciencia, ni es capaz de predecir nada por exactamente los mismos motivos que la meteorología, pero mucho más graves. Por la sencilla razón de que mientras la “meteo” es una disciplina científica rigurosa, una rama consolidada de la física, pero afectada por un grado de complejidad extraordinario, la economía no es más que un conjunto de modelos matemáticos creados “ad hoc”, sin ninguna conexión con el mundo real. Son simplemente teorizaciones sin ningún contraste experimental (porque no pueden ser puestas a prueba previamente) ni ningún rigor científico, en el sentido en el que las ciencias “duras” aplican al concepto de rigor. Con un problema añadido, que afecta por igual a todas las autodenominadas “ciencias sociales”. Y es que el comportamiento humano sólo podría ser mínimamente modelizable si la conducta de los individuos, las sociedades y los estados fuera estrictamente racional, que no lo es nunca. Y ese plus de irracionalidad colectiva impide total y absolutamente cualquier modelización matemática del comportamiento de las sociedades. Y por supuesto, de los mercados.

En resumen, los económicos son modelos hipersimplificados ideados por señores con corbata que ocupan cátedra en alguna universidad prestigiosa y que, a lo sumo, acaban causando una catástrofe financiera cada pocos años, como es bien sabido. No deja de ser curioso que la mayoría de los premios Nobel de economía están implicados en los más sonados hundimientos de instituciones financieras norteamericanas de los últimos treinta años. Por algo será.

Sin embargo, esta sociedad moderna, cada vez más tecnológica pero menos crítica, ha encumbrado a los economistas a las posiciones clave de universidades, gobiernos, instituciones financieras y grandes empresas, sin siquiera ser conscientes de que convendría cuestionarse, a la vista de los resultados a largo plazo, si su “ciencia” no es como la del mal médico que acaba matando al paciente.

La economía ha venido al fin a ser como a homeopatía. Una disciplina carente de toda base científica, no verificable mediante ningún experimento, y que cuando se somete a tests adecuadamente asépticos, muestra que todo su potencial se basa en el efecto placebo, que no debe minusvalorarse nunca, porque sí que funciona. Sin embargo, que funcione el placebo no quiere decir, ni de lejos, que funcione la homeopatía. Funcionaría igual cualquier procedimiento sugestivo lo suficientemente potente y duradero como para influir de forma positiva y prolongada en el paciente.

No obstante, pese a que toda la comunidad científica y médica conviene en que la homeopatía es totalmente inviable como disciplina científica y que por tanto es un fraude pseudocientífico (igual que la astrología, el psicoanálisis y otras artes similares); lo cierto es que la sociedad ha sucumbido totalmente a sus seductoras promesas, de modo que las autoridades sanitarias permiten su venta en las farmacias. Para un autoestopista galáctico sería cuando menos chocante encontrar que el mismo comercio que dispensa medicamentos con recetas controladísimas despache pesudofármacos con la bendición del ministerio de sanidad. Para morirse de risa, viendo como se forran unos cuantos a base de agua aromatizada en bonitos envases que los crédulos pacientes pagan a precio de oro. Porque una cosa es absolutamente necesaria para que el negocio funcione: el efecto placebo sólo funciona mientras el paciente está convencido. Mientras es un creyente, porque cuando deja de serlo, la misma homeopatía que tan bien le iba deja de hacerle efecto instantáneamente.

Si alguien duda de mis palabras, que pruebe a hacer lo que hizo un buen amigo mío con su esposa, fanática de los procedimientos “naturales”. Una buena noche asaltó el botiquín donde atesoraba los innumerables recipientes de homeopatía y sustituyó su contenido por agüita mineral con un lejanísimo aroma a coñac. Para su regocijo, la homeopatía siguió funcionando a las mil maravillas con ella, con sus hijas y sus amigas. Ansiedad, depresión, estrés, dolor premenstrual. Todo lo seguía curando aquella agua que por no ser no era ni bendita.

Pues lo mismo sucede con la economía. Elevada, como la homeopatía, al altar de lo canónico pese a ser una pseudociencia no falsable (como estableció el filósofo de la ciencia Popper en sus criterios para distinguir la ciencia de lo que no lo es), domina nuestras vidas desde los más altos púlpitos, empezando por Harvard, Yale y la London School of Economics. Y sin embargo, su conocimiento real está tan atrasado y es tan irrelevante como lo era el de la medicina medieval, mucho antes de los tiempos de la higiene, las vacunas y los antibióticos. Con la diferencia de que estos individuos ganan sumas astronómicas por sus erróneos modelos y predicciones sin penalización alguna por sus floridos fracasos.

En estos días, tras tantos años  de “este es el modelo a seguir para salir de la crisis” que se revelan peligrosamente inexactos, y en los que las economías motrices de la URE se están estancando de nuevo pese a tanto dogma neoliberal, no está de más recordar aquella frase tan celtibérica y casposa, pero tan acertada en el contexto: los experimentos en casa y con gaseosa.


No sea que nos explote el invento.

viernes, 15 de agosto de 2014

Verano frío, otoño caliente

Que el otoño va a ser caliente  es un tópico que se repite año tras año desde que se instauró la crisis entre nosotros. Como esos parientes gorrones que llegan un buen día y no encontramos el momento para lograr que se marchen, y cuando nos damos cuenta se han convertido en un miembro (indeseado) más de la familia. Mi consejo, que repite el de mucha gente sabia, es el de aprovechar estos días de descanso para desconectar del diario y la televisión, agudizar nuestro sentido crítico y escéptico ante todas las noticias -especialmente las de carácter político- y sostener el firme propósito de hacer oídos sordos a la enorme cantidad de estupideces que se dirán a partir del primero de septiembre. Estupideces que se podrán repartir de forma bastante equitativa entre todos los miembros de la casta política, pero con un protagonismo acentuado de esas lumbreras del PP, los que no quieren que se celebre la consulta catalana; y los maquiavélicos de CiU que sí la quieren pero a condición de no ganarla bajo ningún concepto.

Por cierto, maledicentes hay que dicen que el suicidio político de Pujol es una de las maneras con las que CiU intenta desactivar el proceso soberanista desde sus propias entrañas. A mí me suena a argumento de novela de John Le Carré, pero hay que reconocer que cosas más audaces se han visto en los últimos años como para mantener simultáneamente tanto un sano escepticismo ante este tipo de rumores, y al mismo tiempo tener la mente suficientemente abierta a la amplitud de las perversas posibilidades –siquiera remotas- que se dan en el devenir político de un país. Como dije en otra entrada, sólo la perspectiva histórica nos dará el marco de referencia adecuado para juzgar lo que sucede en estos días.

Ahora bien, antes de bajar la persiana temporalmente voy a cerciorarme de dejar bien clara no ya mi postura a favor de la independencia de Cataluña, que es de sobras patente, sino las razones, todas ellas racionales, sólidas y fáciles de poner a prueba, que me impulsan a adoptar esa posición. Lejos de mi las estupideces viscerales de uno y otro bando, que apelan a las gónadas más que a la mente; o que procuran estimular únicamente la amígdala cerebral (ese lugar donde anidan nuestras pulsiones y emociones más primarias) en vez de alimentar los circuitos del neocórtex, ese prodigio evolutivo con el que la naturaleza dotó a los seres humanos, incluso a los políticos y los economistas, aunque también es harto sabido que ambas categorías de humanos no lo usan prácticamente para nada.

Yo no soy, en absoluto, un independentista emocional. Lo he dicho en infinidad de ocasiones. Mi independentismo se ha forjado tras muchos años de analizar el desempeño de muchas naciones, y llegar a la conclusión de que los estados grandes sólo se pueden gobernar desde la sistematización del cinismo, la demagogia, la mentira y la explotación. Y que son muy vulnerables a todo tipo de eventos inesperados. Sorprendentemente, me descubrí como inadvertido seguidor de la escuela antifragilista, esa corriente que empieza por enseñarnos que somos estúpidos porque pensamos casi siempre de forma irracional, que nos guiamos casi sistemáticamente por nuestras emociones incluso sin saberlo (o sabiéndolo y racionalizando en exceso) y que nos enseña dónde encontrar los puntos de apalancamiento que no sólo nos impiden ser frágiles, sino que nos hacen mucho más que solamente robustos. Un sistema antifrágil es aquel que no sólo no resulta perjudicado ante agentes de estrés externo (como agresiones de cualquier tipo), sino que la repetición de esas agresiones acaban por reforzarlo. Antifrágil es todo aquello que sale reforzado de situaciones de crisis, de incertidumbre, de volatilidad, de adversidad. Lo que se rompe ante la adversidad es frágil; lo que no se inmuta es robusto. Lo que se fortalece gracias a la adversidad es mucho más que robusto, es antifrágil.

Y lo primero que uno aprende sobre los sistemas frágiles es que sus paradigmas son tanto determinados estados nacionales como muchas estructuras económicas.  La fragilidad tiene una serie de características que se repiten de forma sistemática. Y algunas de sus características son bastante contraintuitivas. La menos comprendida de estas características negativas tiene que ver con el tamaño, y muchas de las demás se derivan de unas ineficaces dimensiones de los sistemas a los que fragilizan.

El tamaño grande da mucha fuerza, mucho poderío, pero sólo a un nivel teórico, lineal. Pero las estructuras vivas –y las sociales forman parte de esa categoría- no son lineales. Sometidos a ciertos niveles de estrés, los grandes sistemas se demuestran muy frágiles ante los fenómenos extremos, los conocidos cisnes negros. Tenemos una gran tendencia a pensar en términos de simetría y linealidad, pero la realidad no es así, ni mucho menos. El mundo es asimétrico, y las cosas que suceden son no lineales, desde el clima hasta la dinámica de poblaciones. Por ello una de las ramas más importantes de la física y de las matemáticas contemporáneas se centra en el estudio de los sistemas dinámicos complejos. Por cierto, no está de más señalar que la medalla Fields, que es el equivalente al premio Nobel de la ciencia matemática (pero mucho más serio y selectivo: sólo se otorga cada cuatro años), ha ido este año, entre otros galardonados, a un investigador de los sistemas dinámicos complejos.

Los sistemas de gran tamaño provocan una gran atracción a los humanos por la sensación de fuerza y de invencibilidad que transmiten. Pero es una sensación muy engañosa. Casi todos los sistemas colosales (y sobre todo los artificiales) son extraordinariamente vulnerables. A un nivel puramente biológico, no está de más recordar que si hoy en día estamos aquí peleándonos por un referéndum sobre la independencia, se debe sobre todo a que los sistemas biológicos más grandes y poderosos de la historia natural de la Tierra, los dinosaurios, se extinguieron masivamente por un acontecimiento singular (un cisne negro) que sucedió hace 65 millones de años. Acontecimiento que dejó vía libre a la expansión de unos animales pequeñísimos por aquel entonces, y que debido a su escaso tamaño, a su adaptabilidad y flexibilidad, se hicieron con todos los nichos disponibles.  Eran los mamíferos, y así hasta hoy en día.

Tampoco está de más recordar, que de las seis o siete grandes extinciones de especies que ha padecido la Tierra, la característica común a  todas ellas fue la escasa afectación que sufrieron los organismos que en términos de biomasa, son los más numerosos de todos: los microbios. Small is powerful, que diríamos. Llevado al plano del desarrollo social, deberíamos recordar que ninguno de las grandes imperios de la antigüedad ha sobrevivido a su propio éxito, y no precisamente por ser derrotado por otro imperio mayor. Más bien el contrario. Fueron hordas de bárbaros desorganizados los que hicieron caer a Roma. Y fueron hordas de vietnamitas desarrapados los que pusieron en jaque al imperio yanqui, demostrando una vez más que lo grande y potente no es garantía de victoria, ni mucho menos.

Vivimos ridículamente atenazados por el símil deportivo, donde la fuerza, la potencia y el número (de practicantes) hace a un país victorioso. Pero obviamos que el deporte es una actividad sumamente reglada, jerarquizada y, en resumen, domada. En el deporte todo es simétrico y lineal, previsible. Pero el desempeño histórico de las sociedades no está determinado previamente por unas reglas como las deportivas. Justamente a la inversa. Y no está de más señalar que cuando se intenta ajustar  una sociedad a unas reglas estrictas y arbitrarias (sea por la vía de una dictadura, sea por la de la presunta invariabilidad de las leyes fundamentales), en realidad se está intentando domar lo indomable, que es el discurrir de la vida en cualquiera de sus manifestaciones. Algo condenado al fracaso más pronto que tarde.

Lo grande es frágil, lo pequeño suele ser antifrágil. Lo grande tiende a la rigidez, lo pequeño es flexible. La grande tiene mucha inercia, lo pequeño es capaz de cambios súbitos.  Lo grande se esclerotiza en extremo; lo pequeño se adapta a los entornos cambiantes. Lo grande crece hasta dimensiones inmanejables y luego estalla en pedazos menores o se extingue. Lo pequeño no crece, se diversifica. Lo grande es pesado y lento; lo pequeño es ligero y rápido.

Grandes compañías como IBM o ITT en su momento álgido en los años setenta vieron como su excesivo tamaño las perjudicaba y las hacía ser mucho menos competitivas que la multitud de compañías pequeñas y dinámicas que surgieron al calor del primer boom tecnológico. La solución al inminente colapso fue en ambos casos el troceamiento en entidades más pequeñas y  la diversificación y especialización en nichos concretos. Parece que treinta años después, el ejemplo no sirvió de mucho y se vuelve al gigantismo empresarial que tan malos resultados ha dado en el pasado. Y en todo caso, frente  al enorme aparato burocrático de los sistemas de grandes dimensiones, que los hace ineficientes, existen sistemas en red, modularizados, que son mucho más efectivos en sus tareas. De hecho, el concepto de internet sólo puede funcionar así. Como una red enorme de  muchísimos pequeños nodos interconectados. Internet no es grande por si misma, como si fuera una organización jerárquica. Internet es grande por la suma de muchos elementos pequeños independientes.

Con los países sucede lo mismo. Existen ya muchos estudios que demuestran que los países más eficientes –en absolutamente todos los sentidos- dentro del entorno OCDE son los más pequeños: Suiza, Holanda, Noruega, Dinamarca, etc. Los países grandes aportan mucho PIB, mucha potencia en bruto, pero su gestión es infinitamente peor y en el fondo requieren de sistemas tremendamente jerarquizados y reglamentados en extremo. Los grandes países de la OCDE se llevan mal con la diversidad en su interior, abrumados por la necesidad de crear un marco uniforme para todos sus grupos sociales que a la postre generan insatisfacción generalizada. O bien requieren de un concepto absolutamente jacobino y centralista de la sociedad muy al estilo francés, que casa bien con una idea bastante trasnochada de la grandeza, pero además muy necesitada de una cohesión interna forzada por la vía del extremismo chauvinista (como el frente Nacional de Le Pen). Y por tanto muy expuesta a la fragilidad a largo plazo.

Nassim Taleb pone como ejemplo de fragilidad a los grandes estados-nación, frente a la antifragilidad, harto demostrada históricamente, de las ciudades-estado. Si nuestra cultura occidental se derrumba, la caída y la fragmentación afectará en primer lugar (y mucho más dura), a los grandes estados cuasi imperiales, como USA y los demás del G-7. Algo que resulta casi una obviedad, salvo que se sea tan estúpido como para creer en la perdurabilidad de las construcciones humanas. En la España “eterna”, por poner un ejemplo.

Un ejemplo, España, de un estado históricamente ineficiente, frágil pese a su dureza y a su aparente unidad e indisolubilidad. Un estado basado en la inexplicable premisa de “mejor juntos”, que no se justifica histórica ni socialmente y que apela sólo al tamaño y al PIB como indicadores de salud y bienestar sociales (!!!), a costa del enfrentamiento entre sus componentes regionales. Por eso soy independentista: “Small is powerful”