jueves, 26 de enero de 2017

Las debilidades de la democracia

En mi anterior entrada cuestionaba el juicio que merecería a las generaciones futuras –dentro de tres o cuatrocientos años- el actual dogma de la democracia de partidos políticos como forma suprema de buen gobierno. Parto del principio de que ninguna forma de articular el estado y la participación ciudadana en los asuntos de gobierno ha sido permanente a lo largo de la historia, y todo aquello que en su momento fue celebrado como el summum de la acción política ha caído en el descrédito y ha sido sustituido por teorías progresivamente más participativas, pero sin que ello signifique necesariamente que la democracia de partidos tal como la conocemos hoy en día sea realmente la forma suprema de gobierno con que pueda dotarse la humanidad. Eso de que no existe nada más allá de lo que hoy tenemos se corresponde con una visión muy etnocéntrica y basada en la hipótesis del “fin de la historia” que no sólo no está corroborada por hechos incuestionables, sino que más bien al contrario, nos obliga a plantearnos esa repetitiva necesidad que tenemos los humanos de creer que “lo actual” es el último y definitivo avance en casi todos los ámbitos. En ese sentido, es famosa aquella aseveración compartida por muchos de los más grandes científicos de primeros del siglo XX según la cual, con los avances producidos en la física y la química en aquellas fechas (que fueron enormes y constituyeron realmente un gran salto adelante en la comprensión de la naturaleza de la materia), en muy pocos años no quedaría ya nada por investigar y la física teórica quedaría como un cuerpo solidificado, inamovible, estático y majestuoso. Nada más lejos de la realidad, que se empeña en demostrarnos que cada respuesta genera nuevas preguntas para el hombre inteligente, y que el avance en el conocimiento no tiene fin desde una perspectiva humana (los dioses seguramente lo ven distinto, pero como no comparten sus cosas con los humildes humanos, no cuentan en este terreno).
 
Por ello me ratifico en que la democracia representativa de partidos no va a ser el final de la historia sociopolítica de la humanidad, y estoy absolutamente convencido de que en un futuro tal vez lejano, los habitantes de este planeta la verán como una curiosidad semejante a la que experimentamos nosotros al estudiar los primeros planteamientos democráticos en la época de la Grecia clásica. Tanto los avances tecnológicos como el surgimiento de nuevas filosofías políticas harán sucumbir a largo plazo este modo de articular la política en el que nos encontramos tan asentados en los países occidentales. Y eso será así porque la democracia de partidos tiene muchas debilidades, y algunas de ellas son críticas, sólo mitigadas por otra célebre aseveración del siglo XX, afirmativa de que la democracia tal vez no sea el mejor sistema de gobierno posible, pero que es el mejor que tenemos.  Lo cual, aparte de ser una majadería conceptual, es un callejón sin salida intelectual, porque viene a afirmar que ante el desconocimiento  de otros medios, nos conformamos con el que hemos creado y lo elevamos a dogma central de la política. Lo cual, se mire por donde se mire, es equivalente a la tesis de aquellos astrónomos que durante milenios se empeñaron en que, a falta de mejor cosa que refutar, era el Sol el que daba vueltas  alrededor de la Tierra. Tesis también elevada a dogma oficial, con el consiguiente chorreo de condenas, excomuniones, abjuraciones y demás castigos destinados a quienes no compartieran el “evidente” geocentrismo del universo entero, como bien experimentó Galileo en sus propias carnes.
 
Con la democracia sucede exactamente lo mismo: que cualquier cuestionamiento del dogma puede conducir al hereje temerario como mínimo al escarnio, o incluso a presidio por apología de infames delitos contra el estado de derecho, lo cual resulta sensiblemente análogo a los procesos por herejía contra Galileo y sus seguidores hace ya unos cuatrocientos años. Y precisamente por eso resulta extraordinariamente preocupante, debido a una interesada y artificial confusión de conceptos.
 
Y es que la primera debilidad de la argumentación democrática subyace al axioma de la generalmente asumida interdependencia entre democracia y derechos civiles, algo que no creo que nadie haya demostrado, ni en la teoría ni en la práctica. De modo que nos encontramos con que se usan de forma insistente e intercambiable –como si fueran sinónimos- la democracia y las libertades civiles. Y eso no es cierto, ni a un nivel semántico, ni a un más elevado nivel filosófico, y desde luego tampoco en el ámbito puramente político. Esta interpretación interesada de la democracia como vehículo o garante de las libertades civiles, además de ser errónea, conduce a diversos atolladeros en los que la sociedad occidental se ha visto metida  en los últimos tiempos. Uno de ellos es el de introducir legislaciones penales contra delitos de mera opinión, calificándolos de apología del terrorismo, incitación al odio, xenofobia y otras tipificaciones merecedoras de sanción. Así que para proteger a la democracia se restringe un derecho fundamental como el de la libertad de expresión, con lo que ya se desvirtúa a primera vista esa  absurda concepción de la democracia como vehículo y garantía de las libertades y derechos civiles. Hay muchos más ejemplos de restricciones importantísimas a las libertades en nombre de la defensa de la democracia, con lo que sólo consigue ponerse de manifiesto que la democracia es, en sí misma, mucho más endeble de lo que aparenta en principio, y que requiere de una serie de medidas de protección jurídica (en forma de una resurrección de los  viejos delitos de lesa majestad) que implican recortar los derechos de los ciudadanos de un modo digamos que llamativo.
 
El relativamente reciente debate entre libertad individual y seguridad colectiva es otro ejemplo de hasta qué punto la democracia no puede garantizar, ni de lejos, todas las libertades reconocidas en la Carta de Derechos Humanos, pues nos encontramos ya en un punto en que las excepciones al ejercicio de los derechos civiles empiezan a ser mayoría frente a la regla teórica. Por tanto, resulta procedente cuestionarse hasta dónde son las libertades realmente dependientes de un régimen político democrático. O dicho de otro modo, deberíamos preguntarnos si sería posible un régimen no democrático en su articulación política pero que fuera respetuoso con los derechos civiles individuales. La situación inversa la conocemos y es patente en la actualidad, donde hay varios estados basados en la democracia de partidos pero  que son muy restrictivos –o directamente punitivos- respecto al ejercicio de determinados derechos civiles. Ejemplos clarísimos de ello los tenemos en países que he citado en ocasiones anteriores, como Rusia, Turquía, Israel o la India, por citar sólo algunos de los más poderosos y representativos.
 
Alguien argumentará que no se conoce ningún régimen no democrático que respete los derechos civiles, pero esa afirmación no sustenta nada y tampoco implica  que la evolución futura de muchos estados vaya en la dirección apuntada: no a la democracia pero sí al respeto por los derechos individuales (recordemos que la ausencia de pruebas no es lo mismo que la prueba de la ausencia).Ese parece el rumbo escogido por  uno de los estados más antiguos del mundo, como es la China, que gestiona una apertura continuada de los derechos civiles (muy lenta y progresiva) pero sin cuestionar en ningún momento la esencia del régimen comunista en lo que se refiere a la estructura política del estado. En relación con esta orientación de China hay varios pensadores del bloque oriental que cuestionan ciertas disidencias en favor de la democracia occidental como meros intentos de conseguir participar de una parte del poder político, pero sin tener en cuenta para nada el genuino bienestar ciudadano. Y eso tiene visos de ser cierto porque muchos de los ciudadanos lo que quieren es vivir en paz y que les dejen hacer y decir libremente, pero no tienen ningún interés manifiesto en la política. En resumen, les da lo mismo que su gobierno sea comunista o no, mientas les dejen ir haciendo a su aire y les respeten cierto grado de libertad personal.
 
Por otra parte,  otro sector de los politólogos ha puesto de manifiesto que lo realmente importante no es la existencia de un régimen democrático en la forma, sino la vigencia de una estricta separación de poderes, ya que una democracia en la que el legislativo, el ejecutivo y lo judicial no están claramente delimitados, separados y –sobre todo- contrapesados, es una democracia inerme y carente de significado real. Y en esas estamos en muchos países occidentales, donde la separación de poderes no es que sea cuestionable, es que  puede afirmarse que es una farsa, como sucede en casi todos los regímenes iberoamericanos y también (aunque duela reconocerlo) en España. Ahí queda eso, para reflexión sobre qué es más importante, si el formalismo democrático o la separación de poderes.
 
Otra grieta muy importante y que se denota especialmente en las democracias maduras consiste en un hastío ciudadano en consonancia con la insatisfacción que provoca el hecho de ser llamados cada cuatro años a las urnas para después pasarse por el forro a la mitad de la población. Pues ésa es otra de las debilidades de la democracia, que está pensada teóricamente como un juego de suma no cero, es decir, aquél en el que todos los participantes pueden resultar beneficiados. Cuando la democracia se convierte, como así viene siendo desde hace tiempo, en un juego de suma cero, en el que el ganador se lo lleva todo y el perdedor se queda con un palmo de narices, se está perjudicando seriamente la confianza de la población en el sistema político, porque media ciudadanía se siente arrojada a los leones en beneficio de la otra mitad. Por eso los regímenes presidencialistas, como el francés o el norteamericano, intentan  poner mucho énfasis en la separación de poderes, a fin de minimizar los riesgos de que la democracia se convierta en un juego de suma cero. Una democracia sin un buen sistema de equilibrios y contrapoderes no puede garantizar nada, ni los más elementales derechos fundamentales.
 
Y quiero acabar aquí con una argumentación de cosecha propia que creo digna de tener en cuenta. La democracia de partidos sólo resulta eficaz y funcional cuando se basa en la existencia de un consenso de fondo sobre los principios fundamentales de una sociedad diversa. Cuanto mayor es la población, mayores son las disensiones y más difícil es generar ese necesario consenso sobre el que reposan los cimientos democráticos. Por eso son mucho más difíciles de gobernar los estados grandes que los pequeños, se mire como se mire. Pero además resulta que cuando se cuestionan las bases mismas del funcionamiento social –lo cual coincide con los períodos de grandes crisis sistémicas por las que atraviesa cíclicamente la humanidad- y no existe un consenso sobre el modelo de sociedad hacia el que converjan más o menos todas las voluntades, la democracia se demuestra totalmente insuficiente para contener la presión de los diversos sectores y acaba sucumbiendo bien a impulsos revolucionarios, bien a embates regresivos y autoritarios. O bien se pudre lentamente mientas la ciudadanía se aleja de la política y de las urnas. En este sentido, la democracia es como un árbol frondoso que sólo da cobijo con buen tiempo, pero que cuando el vendaval arrecia, pierde todo su follaje y no sirve para resguardarnos de las inclemencias del tiempo.
 
Y es que el futuro puede que nos diga que para preservar las libertades y derechos civiles la democracia de partidos es una construcción demasiado endeble, y sea necesaria algún tipo de estructura mucho más sólida.

miércoles, 18 de enero de 2017

Año nuevo, errores viejos

Después de casi un mes de ausencia, vuelta a empezar. Toca escribir para dejar constancia de una época que para todos los europeos se manifiesta de lo más turbulenta. Toca escribir para exorcizar los viejos errores en este nuevo año. La concatenación de sucesivas crisis económicas, sociales y políticas ha sumido a Europa en un período de miedo e incertidumbre que no se veía desde la segunda guerra mundial. Pues a fin de cuentas, los ya lejanos conflictos regionales en la zona de los Balcanes jamás se vieron como algo que afectara directamente a la sociedad europea, sino como un molesto brote de violencia periférica que, sin la ayuda del amigo americano, la UE hubiera sido incapaz de atajar, en gran medida porque no representaba un peligro inmediato para la estabilidad del continente.


Ciertamente, lo que está sucediendo en la actualidad es un claro exponente de que la política internacional demanda una visión a largo plazo, de la que nuestros dirigentes lamentablemente carecen. La mayoría de ellos  se ha escudado en la imprevisibilidad de los acontecimientos para justificar los inmensos errores que han cometido en los últimos años, pero ello no es excusa para los profesionales de la política que pese a esa imprevisibilidad, tienen la obligación de considerar todos los escenarios que puedan ser plausibles, y actuar en consecuencia para tratar de minimizar los daños, si finalmente las cosas van por los derroteros menos favorables. Que es lo que ha sucedido en el último año, sin que al parecer nadie lo viera (o quisiera ver) venir.


Un año que es digno heredero y fiel reflejo de los gravísimos errores cometidos desde primeros del siglo XXI en materia de política internacional, que han repercutido muy negativamente en la vida de los ciudadanos europeos y norteamericanos, lo cual está indisolublemente ligado al brote de numerosos movimientos claramente reactivos frente a las políticas que se están llevando a cabo en el bloque occidental. El auge de partidos radicales tildados de forma mediática como populistas (lo cual es una grave subestimación de lo que en realidad representan, así como de sus aspiraciones) tiene su razón de ser en decisiones políticas tan bienintencionadas como inútiles, porque jamás se ha tenido en cuenta que la democracia sólo es fuerte cuando el viento sopla a favor, pero cuando el andamiaje institucional sufre el embate de sucesivas oleadas perturbadoras, lo que se manifiesta es la fragilidad de un sistema que siempre se ha autopresentado como la panacea de todos los males y símbolo de fortaleza y estabilidad social. Lamentablemente, esa tesis no es cierta, ni lo será nunca.


En primer lugar, muchos psicólogos sociales han advertido en multitud de ocasiones que la democracia no puede imponerse, sino que es algo que brota casi espontáneamente cuando las condiciones sociales lo permiten, es decir, cuando una sociedad está madura para asumir el compromiso que supone  para todas las partes implicadas, o sea, las instituciones y la ciudadanía. Imponer instituciones democráticas a una sociedad que no está preparada conducirá indefectiblemente al fracaso. Cosa que ya vimos hasta el hartazgo en Afganistán, en Iraq o en Libia, por poner sólo los ejemplos más flagrantes y recientes. Del mismo modo, otros estados han adoptado formas democráticas de representación popular, pero cuyos fundamentos se resquebrajan desde los cimientos, pues la sociedad destinataria no está preparada culturalmente para afrontar el hecho de que la democracia es algo más que votar cada equis años y poder quejarse de lo mal que lo hacen sus dirigentes, sino que exige asumir una serie de compromisos personales con unos valores que a veces van a chocar con los intereses individuales de cada ciudadano o con los de su colectivo más inmediato.


No es sólo que los valores culturales, sociales  y religiosos de una sociedad concreta muchas veces suelen colisionar frontalmente con los principios de la democracia occidental (entre los cuales el respeto a los derechos humanos es uno de los pilares que la sustentan, al menos teóricamente), sino que durante estos últimos años nos hemos encontrado con una serie de líderes occidentales que, a falta de algo mejor que ofrecer, han servido el plato de la democracia como otra forma de religión, con dogmas inapelables cuya consecuencia es una especie de Cruzada que no tiene nada que ver con el cristianismo, pero que adopta los mismos aspectos totalitarios que aquél durante los conflictos con el Islam durante la Edad Media.  Por supuesto, tensar el concepto de democracia hasta ese punto no puede dejar de ocasionar serios problemas, porque la desvirtúa totalmente y la aleja de su fin primordial, que no es otro que la adopción voluntaria de los principios del estado de derecho por una masa crítica de la población, circunstancia que no se ha dado en ninguno de los países antes citados, pero que tampoco resulta muy fluida en otros actores muy poderosos (y solo formalmente democráticos) con intereses en Oriente Medio, como es el caso de Turquía (ja), Egipto (jaja), Israel (jajaja) y Rusia (jajajaja).


Por otra parte, la democracia -como la felicidad- no es un ente absoluto que se consigue de una vez por todas y queda inmutable como un florero sobre la mesa de los derechos del hombre, sino una aspiración hacia un estado relativo que -como la felicidad de nuevo- es inalcanzable si no se pone en el contexto adecuado de tiempo, lugar y oportunidad. La democracia no es una verdad fija e inmutable, ni se consagra como una esencia universal de la humanidad. Este es un defecto bastante aposentado en las mentes occidentales, algo perturbadas por ese concepto nefasto de "fin de la historia" que se puso tan de moda a finales del siglo XX, obviando que la democracia no es el punto final de la evolución política y social y que ni siquiera sabemos si es el mejor modo de gobernar una sociedad compleja y tecnológicamente avanzada. Está por ver (y habrá que hablar de ello dentro de trescientos años) cual será el destino final de las democracias al estilo occidental y el juicio que les deparen las generaciones futuras.


Una cosa resulta bastante evidente: en situaciones de crisis, los valores democráticos, que constituyen una aspiración colectiva, se confrontan duramente con la suma de los egoísmos individuales, que legítimamente pretenden salvaguardar el statu quo personal frente a las sacudidas de la historia. En este sentido, es tan insensato pretender que todo el mundo entienda y apruebe las migraciones masivas de estos dos últimos años, como reclamar la creación de una torre de marfil occidental blindada frente a toda penetración del tercer y el cuarto mundo. Se trata de ser realistas, es decir, orientar nuestra acción política hacia un futuro mejor para todos, pero sin olvidar que eso es irrealizable ni siquiera a medio plazo, por la misma razón que he expuesto antes: una sociedad necesita estar madura para aceptar ciertos cambios. Y desde luego, cuando los cambios son impuestos por fuerzas ajenas e incontroladas, los resultados suelen ser cataclísmicos, que se perciben en hechos como el Brexit, el triunfo de Trump en EEUU o la más que posible dinamitación interna de las esencias de la  UE por las tensiones migratorias recientes.


Del mismo modo que los científicos comprenden que hay logros imposibles por el momento pero que pueden ver la luz en el futuro y que precisamente por ello hay que ser paciente e ir paso a paso, en la acción política también habría que actuar del mismo modo y mantener los ideales democráticos bien vivos, pero sin pedir que nos consigan cosas que están más allá de lo actualmente aceptable y sostenible. Si algo debe quedar bien claro para el futuro, después de las hecatombes de los últimos años, es que hay que avanzar en pos de los derechos humanos gradualmente, asentando los cimientos y levantando piso sobre piso, etapa a etapa. No se puede saltar a la democracia total como si fuera el juego de la oca: si falla una estructura inferior las que estén por encima se tambalearán y casi con toda certeza, acabarán derrumbándose sobre el resto del edificio.


Habrá quien piense que lo que propongo es de un conservadurismo extremo, pero nada más lejos de la realidad. Hay que alejarse de todos los fundamentalismos, porque simplifican y banalizan cuestiones muy complejas. El conservadurismo no nos lleva a ninguna parte, porque no permite a la sociedad evolucionar, por muy bien dotada que esté de mecanismos democráticos. De forma análoga pero opuesta, querer  correr demasiado (como los insensatos que propugnan una política de puertas abiertas para todos cuantos quieran venir a occidente) sólo puede traer consecuencias negativas al no dar tiempo a sedimentar las sucesivas oleadas migratorias. Una sedimentación que requiere de tiempo para la integración y de mucha pedagogía para que todos acepten el reparto de un bienestar cada vez más escaso.


Si una lección deberíamos aprender de estos últimos años es que desde que la humanidad existe, de forma natural (digamos que resulta una imposición biológica) el yo siempre tendrá prioridad sobre el nosotros, y el nosotros siempre irá por delante del ellos. La aspiración final del idealista democrático es conseguir que una sociedad madure lo suficiente para borrar la distinción entre yo, nosotros y ellos. Pero eso no es algo que se pueda programar, salvo que pretendamos una democracia puramente formal pero vacía de contenido. Hay que ser muy cuidadoso no sólo respecto a los pasos que se dan, sino a cómo y cuándo se dan, so pena de conseguir dar alas a los excluyentes que están avanzando por el mundo entero gracias al disgusto y la insatisfacción de amplísimas capas sociales que ven como se tambalea la sociedad que construyeron tras la segunda guerra mundial, y lo que es peor, ahora creen con un fervor casi religioso en las recetas simplificadoras de uno u otro signo.


Ni torre de marfil, ni playa abierta a todo el mundo. Salvaguardar lo que tenemos es esencial para poder exportarlo más adelante. Y todo debe hacerse en el momento oportuno y considerando la historia como lo que es realmente: un evento muy complejo y a largo plazo. Si no somos capaces de actuar en consecuencia, la democracia occidental perecerá bien bajo el peso de la cerrazón y la intolerancia, o bien sepultada por la oleada de quienes vienen aquí sólo como fruto de la desesperación y el odio, pero sin compartir ninguno de los valores de nuestra sociedad.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

Aznar el Grande

Aznar se ha despedido del PP mediante su forma habitual de hacer las cosas: estruendosamente y casi rayando en lo esperpéntico. En su misiva dirigida a Rajoy se nota cómo cada una de sus frases destila el resentimiento contra la cúpula actual del partido por no saber reconocerle sus presuntos méritos antes y después de su liderazgo. Muy al estilo aznariano, el expresidente se queja de una traición prácticamente unánime, confundiendo  tal vez que una cosa es la gratitud por los servicios prestados, y otra muy distinta convertirse en una hipoteca para las generaciones futuras. Además, parece que el señor Aznar olvidó, hace ya mucho tiempo, que la gratitud es cosa intangible y que se paga con honores, pero nunca con poder efectivo, que es lo que él quería tener en el PP, aunque fuera en la sombra.

Al señor Aznar cabe agradecerle que supo transformar un partido vetusto y anquilosado como el PP en una formidable organización moderna integrante de toda la derecha española sin que prácticamente nadie rechistara bajo sus órdenes. Sus ocho años de mandato, no obstante, se le subieron a una cabeza ya de por sí bastante amueblada  para la megalomanía, uno de los rasgos más distintivos de este personaje que de tan español que fue, sólo le faltó resucitar el imperio de los Austrias. Fiel a aquella divisa de engrandecer España a toda costa (y a sus amigos también), sentó las bases de un crecimiento económico descacharrante, basado en el ladrillazo, en la liquidación de activos del estado, y en las prebendas amiguistas a las grandes corporaciones donde había sentado a sus íntimos. Es posible que tuviera que hacerlo para meter a España en el pelotón de cabeza de las naciones, pero el coste de su forma de entender el crecimiento económico se pagó después en forma de un burbujeante estallido de la corrupción, en la implosión acelerada del casi monocultivo económico inmobiliario español y en un fenómeno de puertas giratorias y de intereses cruzados entre las grandes corporaciones y el poder político nunca vista anteriormente, cuyo penúltimo episodio fue el ascenso y caída de su incompetente esposa a la alcaldía de Madrid.

En los últimos años Aznar se ha convertido en una caricatura de sí mismo, y no deben quedarle muchos amigos de la vieja guardia para reconvenirle y explicarle que en el PP actual estorba más que otra cosa. Atrincherado en la fundación FAES, ha vuelto a caer en la grandilocuencia de pretender ser el único think tank del PP, con la grosería añadida de no discernir que una cosa son las mentes que proponen las líneas ideológicas, y otra cosa es pretender convertir al partido (y de rebote al parlamento) en el brazo ejecutor de FAES. Está claro que eso le ha sentado como un tiro por la espalda, pero se debe, una vez más, a su concepción imperial y megalomaníaca del poder político: Aznar no se ha querido ir nunca. Lo hizo porque se enredó en su propia promesa de sólo dos legislaturas y tras el batacazo de marzo de 2004, en el que se hundió hasta las ingles en su propia miseria intelectual y se convirtió en el payaso de la clase política y de su propio partido defendiendo la autoría de ETA en los atentados de Madrid, para que no pareciera que el atentado era la clara respuesta fundamentalista a la participación de España en la guerra de Iraq.

Esos días de marzo le desacreditaron como un mentiroso falaz con tal de eludir responsabilidades y capaz de cualquier cosa para auparse en la pirámide política. Desdde ese día, en la sede del PP lo vieron venir cuando desde la FAES pretendía una constante intromisión en las líneas de gobierno del presidente Rajoy. FAES pretendía ser la mano que movía la marioneta (en este caso, el gobierno de la nación) y se encontró con serias resistencias, organizadas tanto desde el entorno de Rajoy como desde los viejos barones del partido, que veían que atar su destino a las intemperancias de Aznar era sellar un futuro más bien negro.

Doce años después de su cese como presidente del gobierno, y con independencia de filias y fobias personales, la historia ha demostrado que la base de todas las catástrofes que ha tenido España desde 2008 en adelante la puso Aznar y su grupo de amiguetes que se hicieron con el poder político, económico y financiero durante los años dorados, sin efectuar la más mínima previsión de futuro (lo cual no es óbice para reconocer también que el zapaterismo que le sustituyó padeció de más  de lo mismo, pero con el agravante de ser en versión naíf, que es el colmo de la incompetencia política). Y las nuevas generaciones del PP están muy dispuestas a manifestarle al expresidente su gratitud por lo que aportó a un partido que jamás hubiera podido constituirse en alternativa real al felipismo de no haber sido por él, pero que prefieren no darle demasiada cancha, visto su histrionismo político cada vez más evidente, su mala leche acumulada rebosante en esa mirada que lo dice todo, y su incomodidad manifiesta en esa tensión que se adivina en su porte en todas sus comparecencias públicas. Aznar no está cómodo en el PP, porque no solamente no manda (que es lo que a él le gustaría) sino que además no le hacen caso (que es lo menos a lo que puede aspirar un ego tan superlativo como el suyo).

Una vez más – y ya van muchas- Aznar ha confundido su autoridad moral en la derecha española y su indudable bagaje político con una especie de derecho de pernada sobre sus sucesores, que no están por esa labor. A diferencia de Fraga, cuya presencia política una vez retirado casi siempre fue discreta y ponderada, ha pretendido estar en el candelero desde su misma abdicación al liderago del PP. Es como esos empresarios que, desconfiando de todo y de todos menos de sí mismos, ceden la poltrona a sus hijos pero les someten a una presión continua para que dirijan la empresa al viejo estilo. Al estilo del paterfamilias presuntamente incuestionable. Y eso, que en el ámbito familiar suele ser fuente de continuas y agrias disputas, en la jauría de la política (que sólo tiene de familia el nombre y cierto regusto mafioso) resulta imperdonable. A un viejo Don de la Cosa Nostra se le retira plácida o sanguinariamente, pero siempre se le retira definitivamente. Don José María no ha querido entender eso, y ha preferido dar un portazo altisonante de los suyos antes de que algún emisario lo liquidara sin piedad.

Su destino es el del arrinconamiento suave pero firme. Nada tiene que ver en concreto con la presunta traición de Rajoy: cualquier otro líder actual del PP sabría que hay que tener las manos libres para poder generar las sinergias necesarias para  gobernar en un período tan incierto. Lo que menos falta le hace al PP actual es un césar egotista y aferrado a un modo de hacer que, como siempre en la alta política española desde los tiempos del siglo de oro, es de gloria para hoy y desastre para mañana. Como la dinastía de los Austrias, lo tuvo todo en su mano y no supo gestionarlo para las generaciones venideras. Su grandilocuencia y su afán por destacar a toda costa y por no saber callar y desaparecer a tiempo ha empañado su imagen y su legado ante muchísimos de sus antiguos admiradores, y es motivo de escarnio entre su legión de detractores, incluso en la misma derecha hispana (cosa que también le ha sucedido a otro ilustre colega muy cercano a su estilo pomposo y dogmático, Nicolás Sarkozy). El expresidente perdió su imperio y su influencia por empeñarse en ser, sin ningún género de dudas, Aznar el Grande.

jueves, 15 de diciembre de 2016

A vueltas con el IVA

El FMI acaba de solicitar, de nuevo, que España suba el tipo impositivo del IVA, especialmente en lo referente a los artículos con IVA reducido, como la restauración. Resulta extraño que un organismo teóricamente tan competente como el Fondo Monetario Internacional aborde esta cuestión sin tener en cuenta otros factores que indican una gran debilidad en la recaudación por impuestos y que son un clamor entre quienes se mueven en el ámbito tributario en España.

Aún a riesgo de provocar las iras de un amplio colectivo, muchos afirmamos que en España lo que falla descaradamente es un concepto que nadie se atreve a tocar, aunque los técnicos de Hacienda hace mucho tiempo que lo vienen señalando como una de las mayores fuentes de fraude tributario en este país. Un fraude entrecomillado, porque lo permite la legislación, y que además supone un serio agravio para la mayoría de los declarantes de IRPF, es decir, aquéllos que están sujetos a rendimientos por el trabajo por cuenta ajena. Un fraude consentido y enorme, del que tenemos ejemplos a mansalva y que podemos ver de forma continuada con nuestros propios ojos.

Resulta que según las propios datos de Hacienda, la renta media de los autónomos no alcanza los diez mil euros anuales, y supone menos de la mitad de la renta media de los trabajadores por cuenta ajena. Sin entrar en mayor detalle eso ya sería risible, por la sencilla razón de que las rentas del trabajo inferiores a doce mi euros suponen sólo un 41% del total de las declaraciones y corresponden, mayoritariamente, a pensionistas de jubilación antiguos, contratos a tiempo parcial y desempleados. Es decir, que la inmensa mayoría de los trabajadores a tiempo completo declaran rentas superiores a los doce mil euros, mientras que la inmensa mayoría de los autónomos declaran rentas inferiores en más de dos mil euros a ese importe.

Las organizaciones de autónomos declaran que son el colectivo que ha sufrido el impacto de la crisis en mayor grado, afirmación gratuita donde las haya, porque no existe ninguna prueba en ese sentido, y todos los indicios señalan que la tasa de desempleo durante los años de la crisis ha sido mucho mayor que la tasa de cese de actividad de autónomos. Además, resulta irrefutable que en los años de máxima bonanza económica –esos años en los que muchísimos autónomos se paseaban en coches de alta gama, mientras que en el trabajo por cuenta ajena los mileuristas eran legión- la renta media de los autónomos sólo llegó a encaramarse hasta unos insuficientes trece mil euros, aún muy por debajo de la renta media del trabajo por cuenta ajena. En realidad, la renta de los autónomos siempre ha sido prácticamente la mitad de la de los trabajadores por cuenta ajena durante toda la serie histórica, lo cual demuestra que el mal está profundamente anclado en la concepción misma del sistema tributario español.

Resulta tremendamente vergonzoso asistir a las protestas de los colectivos de autónomos, cuando todos somos testigos, cada fin de semana, de cómo muchísimos vehículos se demoran en los peajes de autopistas para obtener el recibo que les permita deducir gastos que sólo presuntamente son laborales. Cuando señalé está situación a un autónomo conocido mío, replicó bastante airado que los autónomos también trabajan en domingo. Por supuesto que sí, le dije, pero no van con los niños, la señora, las bicicletas y el equipamiento playero en una descarada exhibición de relajación dominguera. Como tampoco es fácil encontrar ni un solo profesional, ni siquiera del pequeño comercio, que abra no ya los domingos, sino siquiera los sábados por la tarde, con el recurrente argumento de que no les sale a cuenta. Así que eso de que los autónomos no tienen horario debe ser indudablemente cierto, pero sólo de lunes a viernes.

Ante la indignación de mi conocido le hice notar que la factura del restaurante donde habíamos comido había desaparecido  misteriosamente en su cartera, y como esa, la de tantos comensales que  a nuestro alrededor había, con evidentes signos de no estar trabajando. Y finalmente, le hice desistir de sus pretensiones cuando  reparé en que, según la ley de los grandes números (y los datos de otros países de nuestro entorno) la renta media de los autónomos debería ser como mínimo similar a la de los trabajadores por cuenta ajena. Así que estamos ante un fraude consentido de miles de millones de euros que Hacienda podría recaudar fácilmente si se modificara, de una vez por todas, la muy laxa legislación tributaria para los autónomos, en vez de convertirlos mediáticamente en una especie de mártires de la causa laboral, eso sí, bastantes de ellos convenientemente montados en sus  audis y mercedes.

Conviene recordar que, según n la normativa de Seguridad Social, muchos administradores de empresas han de encuadrarse obligatoriamente en el régimen de autónomos. Y me estoy refiriendo a un colectivo que gana mucho dinero y que tributa muy poco. Como también cotizan por la base mínima  a la Seguridad Social, ésa que cuesta trescientos euros al mes, aunque ingresen cantidades que superen en mucho la base de cotización que escogen (en la mayoría delos casos, por pura tacañería y falta de solidaridad). Eso sí, después se quejan del escaso importe de su pensión, o de las deficiencias en los servicios públicos, sin ser conscientes, tal vez, de que su actitud tiene bastante más de parasitaria que de contributiva.

A mí me parece escandaloso (y tengo la convicción de que quienes lean estas líneas y cotejen lo que digo con los ejemplos próximos que tengan a mano opinarán lo mismo) que el régimen de autónomos se haya convertido en un refugio de fraude tributario legal a costa de los que están siempre controlados hasta el último céntimo por Hacienda. Es un agravio y un insulto casi equivalente al de las célebres SICAV que permiten que los muy ricos tributen una ridiculez por su patrimonio y ganancias. Y es muy posible (sin tener datos a mano) que el importe del fraude legal de los autónomos sea equivalente o superior al de las denostadas SICAV. Por la sencilla razón que adujo en su momento un ministro del ramo: “se obtiene más rendimiento recaudando un poco de muchos, que cobrando mucho a muy pocos”.

Pues en el caso español, ni lo uno ni lo otro. Pero lo que es nítido y transparente es que los autónomos, considerados en su conjunto, no son esa especie de parias heroicos que la presión mediática nos quiere tatuar indeleblemente en el cerebro. La presión tributaria en este país es muy desigual, mucho más que en Estados Unidos, por ejemplo, y estoy por afirmar (aún a riesgo de encabritar a más de uno) que la desigualdad es más transversal que vertical. Al menos, por lo que respecta al colectivo de trabajadores por cuenta ajena con ingresos medios, respecto a sus equivalentes autónomos en el mismo rango de rentas. Esa desigualdad transversal es una vergüenza nacional y un insulto a más de la mitad de la población productiva española. Y alguien debería decir basta, porque ya está de bien de lloriqueos y lamentaciones de un colectivo al que se le permite prácticamente camuflar la inmensa mayoría de sus ingresos. O hinchar desmesuradamente sus gastos, que viene a ser lo mismo, por muchos topes que se impongan.

Y al Fondo Monetario Internacional bien le vendría dejarse de zarandajas y perogrulladas, y centrarse en los fallos del sistema tributario español, en vez de apostar por las medidas fáciles, que siempre son las menos equitativas. Claro que con una directora como la señora Lagarde, genuina sucesora de sus polémicos y perversos antecesores, nada es de extrañar.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Después de Trump, el diluvio

La formación del gabinete del presidente electo norteamericano está demostrando una vez más, la ambivalencia de su carácter. Trump es un fanfarrón  verborreico y extremista, cosa que ha demostrado, en esta era de estupidez ovina generalizada, que genera muchos réditos electorales. Pero a la hora de la verdad, por muy ultra que se manifieste públicamente, sabe perfectamente que el ruido excesivo es malo para los negocios en general, y para el delicado encaje de la alta política en particular. Tiene una vertiente pragmática que muchos esperamos que suavice en gran medida su discurso populista. Donde ese adjetivo no pretende ser crítico con nada, sino sencillamente reflejar la realidad del mundo actual: están en alza los políticos que dicen en voz alta lo que la mayoría de la gente piensa en privado, generalmente de forma vergonzante por ser contrario no ya a lo políticamente correcto, sino a la declaración universal de derechos humanos.

Para todo ese electorado tan frustrado y rabioso, oir las cosas que dice Trump resulta como agua de mayo para la credibilidad de un advenedizo político recién llegado, pero luego falta poder poner en marcha todo lo dicho en campaña sin frustrar a sus votantes. Y eso es lo que convierte al nuevo equipo presidencial en algo muy peligroso, pues si bien Donald es un viejo marrullero –como ya se ha visto bastante en sus shows televisivos- también resulta ser un zorro que, como todo empresario, sabe que los negocios requieren de algo más que de baladronadas para poder triunfar. Los negocios exigen pragmatismo, y resulta muy difícil ser populista y pragmático simultáneamente con un mínimo grado de efectividad. Me da la sensación de que como no se ande con cuidado, se va a convertir en un fantoche repudiado internacionalmente por sus hasta ahora socios, y peligrosamente manipulado por tipos como Putin, que sin hacer tanto escándalo, manejan el cotarro con indiscutible habilidad.

Los primeros indicios son malos, porque se está rodeando de una serie de halcones tremendamente peligrosos, entre los que destaca el general Flynn, que es un extremista digno de la célebre película de Kubrik“¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú” . Un iluminado islamófobo que ha recibido la reprobación de buena parte de sus compañeros militares, y eso en un país donde ser militar quiere decir situarse a la derecha del espectro político, y en ocasiones tan a la derecha ue poco les faltaría para conspirar contra sus jefes civiles, como también reflejaba el film de política-ficción de John Frankenheimer “7 días de mayo”.

Por cierto, el hijo de Flynn ha sido discretamente cesado después de pasarse toda la campaña presidencial difundiendo noticias falsas y teorías conspiranoicas contra los demócratas en general y contra  Hillary Clinton en particular. Ahora ya demasiado evidente su sucia labor corrosiva, prescinden de él, pero el problema es que el cerebro que está detrás de todo es el del general Flynn, que será nada más y nada menos que el consejero de seguridad nacional de Trump, un hombre sin ninguna experiencia de política internacional y que podría convertirse en un títere de los algunos de los más notorios chalados del Pentágono y de la comunidad de inteligencia americana. O sea, que la situación real es muy delicada, porque esta gente, lo primero que tienen en vista es que sólo es democracia la americana, y que las demás son meras compañeras de viaje de la aventura imperial yanqui. O sea, que se las puede jorobar de lo lindo si ello sirve como justificación de la estabilidad norteamericana.

En resumen, que este gabinete parece surgido del infierno para revivir los peores días de la guerra fría, esta vez ampliada. Ya no existe el bloque soviético, pero ahora los enemigos se han multiplicado étnica, religiosa y socialmente: están por todos lados, y además vuelve a cobrar fuerza ese “enemigo interior” que dio alas al macarthismo en los años cincuenta del siglo pasado. Pero si entonces sólo era la prensa escrita, la radio y una incipiente televisión las que conspiraban para limpiar de presuntos comunistas la patria norteamericana, ahora son las redes sociales, totalmente contaminadas por la que podemos denominar sin ningún tapujo como insurgencia ultraconservadora, las que llevan al último rincón del planeta las falsedades y calumnias que se han estado poniendo de manifiesto durante la última campaña electoral norteamericana y que tanto rédito le han dado a Trump y su equipo.

La amplísima difusión de barbaridades puestas como verdades inatacables a través de internet está cambiando no sólo la forma de hacer política en occidente, sino la misma percepción de la realidad. Como en la terrorífica 1984 de Orwell, hay montones de gente reescribiendo la historia a gusto de los conspiradores, exclusivamente en provecho de un Gran Hermano que puede convertirse, a medio plazo, en una forma de dictadura encubierta. Una dictadura del pensamiento global, por la vía de dejar huérfanos de fuentes informativas creíbles a los cientos de millones de ciudadanos occidentales que creen poder hallar la verdad escarbando en internet.  Y donde el colmo del peligro no está precisamente en la denostada “internet profunda”, sino en herramientas en principio tan inofensivas como Twitter, que se ha convertido en el arma ofensiva estratégica de cualquier hideputa que pretenda hundir la vida de un adversario, sin tener en cuenta las consecuencias, como recientemente sucedió en una pizzería de Washington, blanco de las iras de un chalado que se creyó que allí se escondía una red de prostitución infantil liderada nada menos que por la señora Clinton. Cosa que podía haber acabado en tragedia; aunque también tengo la sensación de que a Trump, Flynn y compañía, las tragedias individuales  les traen sin cuidado siempre que sirvan a la “seguridad nacional”, eufemismo que engloba casi cualquier cosa que se le pase por el lóbulo frontal al señor presidente. En el supuesto de que tenga un lóbulo frontal operativo, cosa que a veces parece dudosa, vista su irrefrenable impulsividad e histrionismo.

Pero si la historia puede acabar juzgando a Trump como un payaso afortunado (algo parecido a la que sucedió con Yeltsin, en otra dimensión histórica y sociológica), los que no tienen ni un pelo de clowns son los asesores que ha nombrado en primera instancia. Esos son verdaderos "perros locos" dispuestos a desmontar no sólo la herencia de Obama, sino a trastocar el orden mundial en aras de un patriotismo muy mal entendido y peor expresado, sumado a una visión ultramontana de las relaciones sociales. Es gente de un radicalismo tal que ni el viejo Ronald en sus mejores años se hubiera atrevido a postular para dirigir el país. Ni siquiera Bush hijo llegó tan lejos en su apuesta neocon. Y es que si algo tiene Trump es labia y empuje, y una irresistible tentación a dirigir el país como si fuera una más de sus empresas, al frente de la cual ha decidido poner a capataces de esos que podrían ppprotagonizar un anuncio de Marlboro y que podrían (uso un condicional meramente esperanzado) solucuonar los problemas internos y externos al estilo de Harry el Sucio. Lo cual no sólo es arriesgado, sino seguramente contraproducente para la salud de la democracia. Una palabra que últimamente usa de forma continuada mucha gente cuya trayectoria e ideario  me desasosiegan profundamente.

Y es que temo que Trump acabe siendo como el rey Sol: El estado soy yo. O peor aún, como su sucesor Luis XV, el que dijo: Después de mi, el diluvio. Y que nos apañemos el resto del mundo con las consecuencias de su política.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Idiocracia

El buen criterio, hijo de la inteligencia y de la cultura, no se propaga, sino que como éstas últimas, se cultiva. Y lo que sucede masivamente hoy en día es lo contrario a la paciente labor del agricultor, con la actual proliferación de opiniones efectuadas irreflexivamente y luego plasmadas sin ningún complejo ni el más mínimo pudor, publicadas a las cuatro vientos en las redes sociales y en las secciones de opinión de la prensa digital. Y es que lo que vemos actualmente es de pronóstico reservado, aunque aquellos que saben a lo que me refiero entenderán perfectamente que la situación es lo suficientemente grave como para ingresar a la humanidad entera en la UCI del pensamiento; y a los cerebros que pergeñan las paridas que se ven en las páginas web tal vez les iría mejor flotar en un tarro con formol para estudio de generaciones venideras, si es que queda la suficiente inteligencia humana como para esa tarea.

Hasta hace bien pocos años, la cosa era bastante más sencilla. Y más sensata, porque el único medio de alcanzar notoriedad pública era a través de las cartas al director, un proceso farragoso que requería, de entrada, tener que escribir con bolígrafo y papel pensando lo que se decía (y no como ahora, que muchos teclean barbaridades como posesos y le dan a la tecla intro antes de siquiera revisar la ortografía, y mucho menos aún antes de repensar siquiera el contenido de lo escrito). Aquello limitaba de entrada, por simple complicación técnica, el número de interlocutores mayormente airados que se dirigían a la prensa para ver publicadas sus reflexiones más o menos acertadas en la sección de Cartas al Director.

Por otra parte, las limitaciones de espacio disponible imponían severas restricciones a lo que se publicaba, por lo que existía una figura en todas las redacciones que seleccionaba, pero sobre todo filtraba, los contenidos de las cartas al director que se enviaban a la rotativa. Eso era un alivio, porque nos libraba de las sandeces y del afán de protagonismo de mucho descerebrado en potencia. También resultaba relajante saber que no se permitían escritos que denigraran, insultaran o descalificaran  sin fundamento las opiniones ajenas. Y lo mejor de todo, bajo ningún concepto se permitía la difusión de afirmaciones y noticias rotundamente falsas, que hoy inundan esos espacios de presunta libertad de expresión de forma voraz e imparable.

Y es que la gente ha confundido la libertad con la barbarie, que es lo que acaba sucediendo siempre que tan frágil derecho se entiende como una prerrogativa para hacer y decir lo que a uno le da la gana. Lo cual no sólo es falso, sino que además perturba el concepto mismo de libertad. De bien pequeño me enseñaron que mi libertad termina donde empieza la de los demás, y que no puedo disfrutarla a empellones, y mucho menos agresiva o expansivamente a costa de los derechos de mis conciudadanos del mundo. O como decía uno de mis antiguos maestros, la libertad es sobre todo la libertad de no hacer cualquier cosa; y además, la libertad de asumir las consecuencias de las cosas que hacemos. Es un paquete completo, del cual no podemos escoger sólo lo que nos interesa.

Lo que estoy diciendo es una obviedad, pero parece que la inmensa mayoría lo ha olvidado: la libertad sólo es tal cuando va acompañada de responsabilidad. Y una libertad responsable sólo puede alcanzarse mediante el cultivo intensivo del conocimiento y de la inteligencia. Y esos dos factores se echan muy en falta en las redes sociales y en la prensa digital. En el primer caso resulta comprensible, porque a fin de cuentas no existen auténticos moderadores de las redes  (salvo para suprimir exhibiciones epidérmicas y otras mojigateces por el estilo); pero en el segundo caso la inexistencia de filtros es espantosa hasta el punto de provocar crujido de dientes.

Y eso es así porque la prensa digital, por muy libre que presuma ser, no debe convertirse en el escaparate de salvajes, agresores, incultos y extremistas (los de verdad, esos que suelen acusar a los otros de ser extremistas sólo por adscribirse a otro rango del espectro ideológico). Las opiniones de los lectores no siempre son igualmente respetables ni tienen el mismo valor; no son equivalentes, especialmente cuando faltan a la veracidad de los hechos y se dedican a retorcer la información para simplemente usarla como arma para agredir a los demás. La prensa digital tiene detrás de sus páginas a unos profesionales que deberían velar, al menos, por el mantenimiento de un nivel aceptable de debate y por salvaguardar como mínimo las apariencias, en lugar de permitir que cada noticia se convierta en un combate barriobajero en un ring enfangado donde los lectores se embrutecen (aún más) practicando todo tipo de malas artes que se exponen al público como el no va más de la libertad de expresión.

La vergüenza de la prensa digital radica en que se permite absolutamente toda opinión, por sesgada, maliciosa, agresiva y falsaria que sea, y se le da el mismo valor informativo a los exabruptos de un mal nacido que a las reflexiones documentadas de un ciudadano prudente. A lo más que llega la prensa digital es a aquello tan manido y facilón de que no se hacen responsables de las opiniones de los lectores. Pues deberían, digo yo, a la vista de las atrocidades que se dicen sin tapujos en sus páginas. Pero no, todo vale con tal de incrementar la audiencia. Y cuanto más bestias sean los improperios de los lectores, pues miel sobre hojuelas para la cuenta de resultados.

Volviendo al principio: los valores no se propagan jamás, porque la propagación, como la diseminación, son puras fuerzas físicas no sometidas a ningún control ni examen racional. Las virtudes públicas y privadas no se adquieren por ósmosis ni por contacto, que es algo que nuestros ingenuos amigos americanos siempre han pretendido, y cuyos resultados a lo largo de la historia están a la vista de todos. En realidad, la virtud es algo que debe cultivarse: preparar el terreno, plantar la semilla, regar, abonar, recolectar, podar y vuelta a empezar. Es un proceso largo, paciente  y dificultoso que requiere un gran esfuerzo  y no tiene nada que ver con la mierda envasada con que nos pretenden endilgar una  cacareada libertad de expresión que no es ni lo uno ni lo otro. Simplemente es libertinaje de la grosería analfabeta. Y encima con ínfulas.

Siguiendo con el símil agrícola, lo que tenemos ahora no es un bonito campo de cultivo en el que germinan millones  de ideas fabulosas listas para el consumo de los demás y para su enriquecimiento personal. Lo que tenemos es un enorme terreno baldío invadido por zarzas y matojos, enredados unos con otros en una maraña sin ninguna utilidad, que lo único que efectivamente consigue es ahogar los pequeños brotes de inteligencia que surgen aquí y allá, asfixiados por la montaña de imbecilidades que les priva de luz y de la oportunidad de crecer y expandirse. Lo que estoy diciendo es que esa presunta "libertad democrática" es una asesina de la cultura y de la inteligencia; una secuestradora de la razón y de la reflexión, y una facilitadora de la barbarie y la intolerancia. Por tanto ni es libertad ni es democrática.

Tal vez sea hora de asumir que en una sociedad justa y avanzada no todas las opiniones valen lo mismo, ni tienen el mismo derecho a ser aireadas a los cuatro vientos. Guste o no guste, la estupidez prolifera con mucha más rapidez e intensidad que la inteligencia y el criterio. Nos guste o no, necesitamos filtros moderadores, o al final nos cargaremos todo el montaje. No nos podemos permitir el lujo de que los idiotas detenten el poder mediático y en las redes sociales simplemente por su presencia masiva y asfixiante frente a una minoría sensata y reflexiva. Pues si no, se hará realidad el panorama que describía Mike Judge hace ya más de diez años en su ácida comedia Idiocracy. El título lo dice todo.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Stuxnet

La mayoría de la gente no ha oído jamás el término que da título a esta entrada. Como tampoco conoce a Shamoon, otro peligrosísimo espécimen de la panoplia viral de la red. De hecho, hay en este momento más patologías infecciosas en internet que biológicas afectando a humanos. Por otra parte, así como los avances en medicina han permitido cada vez combatir de forma más efectiva las enfermedades infecciosas, los patógenos de internet presentan día tras día mayor multiplicidad y variedad, por lo que la morbilidad y la "mortalidad" en los sistemas informáticos son cada vez mayores y causan daños más profundos y más extensos en las redes.

Así como la globalización de las personas está teniendo un impacto importante en la distribución de las patologías infecciosas humanas, con la aparición de nuevos focos de enfermedades en lugares antes inaccesibles o con el rebrote de patógenos que se consideraban extinguidos en occidente, la globalización de la red es una fuente continua de nuevos estragos informáticos. Los paralelismos entre biología  e internet son múltiples y nos permiten trazar un panorama a medio plazo que sólo se puede calificar de una manera: desalentador.

Los agentes infecciosos que causan enfermedades son muy variados pero tienen en común un factor que los limita: no están diseñados específicamente para explotar fallos en el delicado equilibrio corporal de los humanos. Son fruto de la evolución y de cientos o miles de mutaciones, que por ensayo y error les permiten adquirir el potencial para parasitar a los organismos vivos, los cuales deben reaccionar mediante su sistema inmunológico o perecer en el intento. Tampoco están diseñados para matar a su anfitrión, simplemente sucede que su letalidad es un efecto secundario de su actividad proliferativa. Con razón, muchos patólogos han afirmado que el patógeno perfecto es aquel que no mata  a su anfitrión, sino que aprovecha su maquinaria celular de forma eficiente para su reproducción y transmisión sin causarle más daño que el estrictamente necesario, aún así garantizando su supervivencia.

Por otra parte, el anfitrión siempre está poniendo algo de su parte para limitar los daños causados por el patógeno. El sistema inmune está en constante funcionamiento y tiene a limitar los efectos devastadores de los agentes infecciosos externos. En un organismo  no inmunodeprimido esto lleva a una situación de equilibrio más que razonable entre el mundo exterior y el interior. La catástrofe se produce cuando los humanos nos ponemos en contacto con agentes patógenos desconocidos para nuestro sistema inmune. Estos agentes nuevos pueden sortear sin dificultad las defensas orgánicas y causar daños letales, como sucedió en ambas direcciones cuando los europeos se pusieron en contacto masivo con los nativos americanos por vez primera. Y eso es lo que está sucediendo nuevamente en la actualidad para mayor alarma de la OMS, que constata como el contacto de humanos a larga distancia, facilitado por el incremento de los transportes a nivel mundial, está poniendo al descubierto nuevas infecciones antes raras en occidente (especialmente de origen vírico), o el repunte de viejas enfermedades que se creían extinguidas (como la tuberculosis).

Así pues, las concomitancias y analogías entre las enfermedades infecciosas y los virus informáticos son más que notables, pero con importantes matizaciones. Está  claro que la globalización de las comunicaciones a nivel epidemiológico implica la misma vulnerabilidad para humanos y ordenadores. Sin embargo, no hay que olvidar que tras los virus informáticos hay una inteligencia que los ha diseñado y que persigue unos objetivos claros, lo cual no puede decirse de los agentes biológicos. Y que convierte a los primeros en entes mucho más peligrosos que los segundos.

El porqué de semejante afirmación es bastante obvio: si los patógenos humanos fueran inteligentes, buscarían constantemente nuevas formas de infección de forma activa y consciente, lo cual pondría en un gravísimo aprieto a la humanidad en su conjunto, y con muy pocas probabilidades de supervivencia. Por suerte no es así, y una vez descubierta una estrategia terapéutica contra las infecciones, suele ser útil durante largos períodos de tiempo, hasta que aparezcan resistencias, como está ocurriendo en los últimos años con diversos tipos de bacterias “asesinas”. Sin embargo, la resistencia bacteriana a los antibióticos es un proceso meramente aleatorio, basado en mutaciones  espontáneas y ocasionales que nada tienen que ver con una inteligencia compleja rastreando vulnerabilidades.

Así que los patógenos de la red son muchísimo más peligrosos para el futuro de la humanidad que los agentes biológicos, aunque puedan tomar de ellos muchas de sus características, porque detrás de ellos hay una voluntad consciente y orientada a un propósito específico, lo cual no deja de ser muy difícil de combatir. Una voluntad que no se conformará con quedarse parada ante la primera barrera que le obstaculice el paso, sino que tratará por todos los medios de encontrar alternativas para llegar a su objetivo.

Y los medios de los que disponen los cibercriminales para encontrar alternativas son muchísimos y muy variados. A lo que hay que sumar el hecho incontestable de que, mientras que nuestro sistema inmune es autoadaptable y genera anticuerpos de forma automática frente a un agente externo, la red no dispone de nada parecido, y ha de limitarse a que otros cerebros humanos diseñen las contramedidas específicas para cada ciberataque. Eso se traduce en una pérdida preciosa de tiempo, que permite a los atacantes explotar las vulnerabilidades del sistema el tiempo más que suficiente para conseguir sus objetivos políticos o delictivos. En la red no existe la respuesta inmediata, sino sólo sistemas de alerta temprana que están a años luz del comportamiento de un sistema inmune en cuanto a especificidad y velocidad de reacción.

A media que se incrementa la conectividad en la red, es decir, a medida que más y más aparatos  dependen de internet para un correcto funcionamiento, los riesgos se incrementan exponencialmente, porque hay muchos más nodos de acceso a la red, muchos más sistemas vulnerables y, en definitiva, se expande geométricamente (o exponencialmente) la capacidad de los cibercriminales para hacer daño, tanto de forma cuantitativa –porque hay muchísimos más aparatos conectados a la red- como cualitativa –porque en la internet de las cosas casi todo, desde  la electricidad hasta el frigorífico, pasando por la puerta de nuestro hogar- estarán conectados a la red a fin de que podamos controlarlos desde nuestro smartphone. Lo cual quiere decir que los patógenos también podrán tomar el control de nuestro entorno doméstico.

Las implicaciones de esto son gravísimas. El coste de la ciberseguridad se puede disparar de forma exponencial e inasumible para la mayoría enlas próximas décadas. No hay que olvidar que en este asunto, los cibercriminales siempre van un paso por delante de las empresas y agencias de ciberseguridad (cuando no son éstas mismas las que diseñan peligrosos virus que luego se filtran al sector “privado” por diversos canales). Con razón dicen los expertos que en el futuro las guerras no se librarán físicamente, sino que el campo de batalla será el ciberespacio. Bien, la realidad es que actualmente el campo de batalla ya es el ciberespacio, como saben casi todos los gobiernos del mundo (busquen Stuxnet o Shamoon en internet y se hará evidente lo que estoy diciendo), pero a una escala que podríamos calificar de experimental, dada la juventud de la red y de la globalización de las comunicaciones.

Esas confrontaciones del futuro no serán menos letales que las guerras convencionales que ahora vemos en Siria o en cualquier otra parte del mundo. Imaginemos las consecuencias de un ataque informático que deje a un país sin distribución de agua o de electricidad. O que destruya completamente bases de datos como las de la Seguridad Social o Hacienda. No es ciencia ficción, es algo muy real y posible. A nivel personal, imaginemos qué supondría que alguien tomara el control de todas nuestras comunicaciones de forma subrepticia. Inadvertidamente, estaríamos en manos de la voluntad de un tercero que, en cualquier momento, podría obtener de nosotros casi cualquier cosa que se propusiera.

No se trata de fomentar desde aquí la paranoia, pero sí de alertar de que nuestras vidas pueden cambiar; en realidad van a cambiar drásticamente. Nuestra primera experiencia con los virus lentos, como el VIH, data de finales de los años setenta. Precisamente por lo lento e insidioso de su infección, el SIDA se convirtió en la peor pandemia del siglo XX antes de que siquiera pudiéramos soñar con la posibilidad de encontrar una forma de frenarla. Y todavía estamos buscando la forma de curarla. Lo importante del asunto, sin embargo, no es lo mortífera que ha sido, sino el hecho de que henmos tardado mucho tiempo en percatarnos de lo peligrosa que era y, sobre todo, tardamos muchísimo en cambiar nuestros hábitos sexuales. En resumen, nos hemos demorado demasiado en aprender a protegernos activa y pasivamente contra el VIH, y mientras tanto, han muerto unos cuarenta millones de personas y casi el doble han sido infectadas.

Si estas cifras son alarmantes, pensemos que en el contexto de la cibercriminalidad y de los ciberataques terroristas no serían más que minucias comparadas con el daño que los virus informáticos pueden llegar a hacer a una sociedad que esté total y absolutamente interconectada en la red. La catástrofe podría ser de dimensiones apocalípticas, y ya que hemos hablado de virus lentos, nada hay que impida diseñar un tipo de virus informático lento de verdad, que infecte insidiosamente miles de millones de sistemas conectados a internet y que resulte indetectable hasta que por alguna razón, alguien lo active de forma simultánea y global pasado mucho tiempo. Y puedo garantizar  a cualquier lector que así como hay virus biológicos que se esconden en reservorios del organismo y son absolutamente indetectables mientras están latentes, del mismo modo pueden diseñarse programas informáticos dormidos que no puedan ser rastreados de ningún modo mientras estén inactivados.

Las soluciones a corto plazo para toda esta problemática son casi inexistentes. Con bastante certeza, del mismo modo que ahora le empezamos a ver las orejas al lobo de la globalización económica y surgen muchas voces en contra, lo mismo sucederá con la globalización de la informática, y especialmente con la internet de las cosas.  En general, creo que el control en la red de la vida doméstica puede suponer un fiasco importante, por la desconfianza que generará en la mayoría de usuarios la simple posibilidad de ser espiados y controlados contra su voluntad y a distancia (algo que ya está sucediendo actualmente con las lecturas inteligentes del contador eléctrico, lo cual no es solo una invasión a la privacidad del usuario por parte de las compañías eléctricas, sino también una posible vía futura para el acceso a nuestro hogar de muchos patógenos informáticos a través de la instalación eléctrica).

La única prevención real consiste en cambiar nuestros hábitos. Igual que el avance del SIDA supuso una mayor cautela en la elección de los compañeros sexuales y el uso masivo de barreras mecánicas efectivas contra el virus (de modo que puede hablarse sin complejos de un antes y un después de la sexualidad humana desde mediados de los años ochenta); lo mismo habrá de suceder con el uso que damos a internet y a los sistemas de comunicación global, especialmente en lo referido a no poner todos los huevos en la misma cesta, algo arriesgadísimo y que sin embargo está proliferando de manera absurda en la telefonía móvil, en la que ya se nos presentan los terminales como utensilios para el pago directo de bienes y servicios accediendo directamente a nuestra cuenta corriente. Como si ya no fuera peligroso actualmente, vistos los numerosos casos de robos masivos de contraseñas y datos de redes sociales, el acceso no autorizado a las cámaras de los móviles y el saqueo de correos electrónicos de notables personalidades internacionales.  El teléfono móvil está actualmente concentrando lo mejor de las soluciones tecnológicas para la vida doméstica, pero también lo peor de sus vulnerabilidades. Si nuestro terminal queda bajo control ajeno, y si con él lo hacemos todo o prácticamente todo en nuestra vida diaria, estamos expuestos a un riesgo que ni la peor de las epidemias del pasado podría emular.

Cada vez somos más vulnerables y algo tendremos que hacer al respecto. O más interconexión o más seguridad, ése es el dilema. Es una elección difícil, pero no podremos escapar de ella.

jueves, 17 de noviembre de 2016

El miedo

En una entrada de octubre de 2012, ya advertía que los poderes mundiales estaban aplicando a rajatabla la ahora célebre doctrina del shock que postulaba hace ya casi diez años Naomi Klein en su valiente libro del mismo título. Desde entonces, las cosas no han hecho más que empeorar, porque bajo la bota del miedo cerval, los gobiernos tienen a los ciudadanos bien maniatados y resignados a un destino que es sombrío se mire como se mire. Y es que el miedo se ha convertido en el ingrediente esencial de nuestra vida social, el eje alrededor del cual se mueve toda la escena mediática, y el salvavidas al que se aferra la vieja política para tenernos dócilmente amansados.

Hace ya años que en las redes se ironiza sobre lo terriblemente hiperprotectores que nos hemos vuelto en las últimas décadas. No dejan de proliferar, en tono francamente ácido, comparativas sobre como éramos cuando niños o jóvenes, y lo poco que nos preocupaba que los columpios tuvieran bordes afilados o que fuéramos en bici sin casco, que era un artilugio que ni los más osados se hubieran atrevido a predecir. Pero detrás de la guasa hiperbólica de los powerpoints sociales, se esconde un hecho muy preocupante, como es la regresión de la humanidad occidental a una detestable situación pendular entre la parálisis y la rigidez normativa.

Parálisis porque nos estamos volviendo incapaces de hacer nada de lo que antes era normalísimo, por temor a ser tachados de irresponsables, inmaduros, o en el peor de los casos, de posibles delincuentes. Puede parecer broma, pero conozco casos de hombres que se niegan en redondo a tratar a niños desconocidos en la calle por temor a que se les señale maliciosamente como pederastas.  Conozco también a unos cuantos hombres que no saben cómo abordar a una mujer sin que continuamente entren en pánico por si serán objeto de una denuncia por acoso sexual.  A nivel institucional, con la histeria desatada acerca de la protección de datos, hemos llegado al punto de que en un mismo organismo público (para el que trabajo), los datos que recopila uno de los departamentos no pueden ser accedidos por otro departamento encargado de  la recaudación, porque se trata de “datos sensibles”, lo cual, dicho sea de paso, rebasa  de largo el concepto de ridiculez para caer directamente en la ciénaga del sinsentido burocrático.

Como me decía un amigo, hoy en día todo es absolutamente peligroso, casi todo es manifiestamente sancionable, y lo que todavía no está todavía diáfanamente delimitado y reglamentado, resulta ser sumamente sospechoso de desviación respecto a lo política y socialmente correcto, y alimenta las suspicacias de los moralistas de turno. De modo que vivimos en una sociedad supuestamente libre, pero que por exceso de reglas y sanciones –la mayoría de ellas de dudosa utilidad real- ha dejado de ser una sociedad abierta. Poco debía imaginar el pobre Karl Popper cuando, en relación a los enemigos de las sociedades abiertas, los enumeró y denunció como agentes externos a ellas. Tal vez con alguna quinta columna interior, pero para Popper, los enemigos de las democracias eran, esencialmente, ajenos a ellas.

Sin embargo, el tiempo ha venido a robarle la razón a él y a los demás adalides de la democracia liberal, porque el enemigo de la sociedad abierta es interior, y la corroe desde el núcleo mismo del sistema. La utilización masiva del miedo como elemento esencial de dominio de las masas, y en concreto de la ciudadanía occidental, comenzó siendo una de las tesis apoyadas de facto por la escuela de Chicago y llevada a la práctica por los contumaces Reagan y Thatcher, con notable éxito, hay que decir. Por lo tanto, esa visión apocalíptica de la sociedad y la necesidad de tenerla sometida a un control estricto fue calando entre todos los gobernantes occidentales, incluso los que procedían de ideologías más renuentes a aplicar el miedo en su forma extrema de terapia de shock paralizante.

El auge del terrorismo islamista observado a partir del atentado de las Torres Gemelas fue la guinda que coronó el pastel del terror institucional como forma de control y dominio de la ciudadanía, que quedó inerme por voluntad propia en manos de los supuestos guardianes de la libertad. Una libertad que  desde aquél fatídico 2001 se nos ha ido escapando de las manos como si fuera arena finísima. Porque lo que ha sucedido en los últimos quince años no es más que un recorte continuado de libertades al que hemos aplaudido como idiotas en nombre de una supuesta seguridad que sólo es real para quienes ejercen el poder, pero no para sus administrados. Una seguridad apreciable desde una perspectiva estrictamente “policial” y punitiva, pero que en nada se traduce en un mejor disfrute de los derechos fundamentales de la persona. Más bien al contrario.

El exceso de normas reguladoras, aplaudidas por los segmentos de población con menor capacidad de raciocinio –es decir, esa mayoría previamente inducida a creer a pies juntillas que cualquier problema se soluciona penalmente o aplicando criterios de restricción absoluta- sumada a la vorágine de miedo inducido mediáticamente – resultado de una prensa necesitada de una audiencia cada vez mayor, y del bien conocido fenómeno de que las buenas noticias no venden ni la mitad que las malas- nos han llevado a cercenar todo aquello que daba espontaneidad a la vida. Pues la vida es insegura por definición, y parece mentira que no nos demos cuenta de que si suprimimos la inseguridad, suprimimos la libertad misma. Lo que nos hace libres es lo incierto de nuestro destino en el día a día.  Y lo que nos hace disfrutarla gozosamente es eliminar el miedo como componente de la ecuación.

Durante años se ha dicho (y el cineasta Michale Moore ha sido especialmente punzante con este tema) que una diferencia esencial entre Estados Unidos y Canadá radica en que, históricamente, el primero de los dos países ha explotado siempre el miedo entre su población como arma política y social. Miedo a los negros, a los chicanos, a los comunistas, a los musulmanes; en resumen, miedo a las diferencias. Ese miedo pegajoso y espeso como sangre a medio coagular que ha conducido a que la primera democracia del mundo sea también la sociedad más descaradamente violenta en todos sus ámbitos, y con el mayor número de muertes por arma de fuego de todo occidente. Por el contrario, Canadá ha sido siempre un país mucho más jovial, menos atenazado por el pánico a casi todo, seguramente debido a  que sus élites no estuvieron nunca tentadas de utilizar el miedo como herramienta de control ciudadano. La consecuencia de todo ello es que Canadá sigue siendo uno de los países menos violentos del mundo. Y bastante más feliz que sus vecinos del sur.

Miedo y violencia están indisolublemente unidos. Bien sean miedo y  violencia institucionales, que es lo que se pergeña en los editoriales de la prensa y en los despachos ministeriales de todo occidente; o bien sean miedo y violencias insurgentes contra los valores establecidos, como efectivamente supieron emplear los talibanes afganos y sus tardíos discípulos del Estado Islámico. La solución a unos y otros es dejar de apostar por el miedo, asumir que la vida es dura y terrible por sí misma, y que nada de lo que hagamos por impedirlo la hará más dulce. Tal vez será más segura, pero también mucho más agria. Y con toda certeza, será el equivalente sociopolítico de un pulmón de acero, uno de esos trastos que te permiten respirar a condición de que estés paralizado e inmóvil de por vida, convertido en simple espectador de lo que sucede a tu alrededor, imposibilitado de ejercer en lo más mínimo tu libertad de decisión y de acción.

Tristemente, esto que escribo está destinado a no servir de nada, ni entre mi entorno más próximo. Nos han contaminado con tanto miedo que ya forma como una costra adherida a nuestra piel de forma indisoluble. Ante cualquier problema, solicitamos la intervención de los poderes públicos y que todo se regule, se legisle, se normativice y, sobre todo, se castigue ejemplarmente. Cualquier novedad mediática acogida con cierto grado de disgusto lleva a la ciudadanía a dejar de serlo y convertirse en un populacho vociferante que exige soluciones rápidas y seguras para los avatares de la vida, jaleada por una prensa irresponsable que carga las tintas hasta lo inimaginable con tal de cubrir las cuotas de audiencia exigidas por sus accionistas.  Vivimos instalados en el horror que nosotros mismos hemos construido, por creer que todo hijo de vecino es un monstruo en potencia, y por nuestro convencimiento de que el estado puede evitar nuestro contacto con los terribles reveses de la vida. Ni lo uno ni lo otro son verdades irrefutables. Lo único cierto es que son excusas para que construyamos un vallado presuntamente inexpugnable a nuestro alrededor.

Lo que casi nadie acierta a gritar a los cuatro vientos es que ese muro no nos protege, sino que  nos encierra. No nos libera de nada, sólo nos aprisiona. No es que no deje entrar el viento de la maldad, es que no nos permite disfrutar del aire fresco. Parafraseando a Joseph Conrad, nos estamos adentrando en el corazón de las tinieblas. Estamos jodidos.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El triunfo del resentimiento

El pasado 11 de agosto escribía, en este mismo blog y  a propósito de Trump, lo siguiente: “el equivalente norteamericano a los indignados europeos de diverso pelaje y nacionalidad es, ni más ni menos, que Donald Trump”. Más adelante añadía: “así que resulta comprensible que personas como Trump aparezcan en tiempos de tribulación arremetiendo contra el sistema”, y casi concluía mi disertación con esta reflexión: “es cierto que dice públicamente lo que muchos piensan en privado, pero eso  no justifica nada. Mis pensamientos son muchas veces totalmente vergonzosos, como los de cualquier lector. En demasiadas ocasiones mi actitud política es sesgada, teñida de prejuicios y sostenida por un egoísmo tan rampante como injusto. Pero son opiniones privadas, no un programa político para sacar adelante a la nación más poderosa del mundo”.

Pues bien, los electores finalmente han dado la razón a Trump, que será el nuevo presidente norteamericano hasta el 2021 durante una etapa crucial de la historia de la humanidad, donde todo puede cambiar, pero no necesariamente para bien. Habrá que ver si Trump mantendrá ese discurso beligerante y sumamente agresivo con todo lo foráneo, y su consecuencia lógica que varios analistas ya han adelantado; es decir, el repliegue interior de los Estados Unidos para cerrarse en la concha de la americanidad excluyente, y que el resto del mundo se las apañe como pueda. Porque hay una cosa que sí está clara en el ámbito internacional: Trump es un proteccionista puro en materia económica y un antiintervencionista aún más diáfano en los asuntos exteriores, lo que contradice muchas versiones europeas de su talante, que lo dibujan como una especie de neandertal de la cachiporra, presto a la invasión de medio mundo. Nada más lejos de la verdad: Trump se ha definido en multitud de ocasiones como un candidato para los americanos exclusivamente, y su intención es la de que Estados Unidos deje de ser el gendarme del mundo y de sacarles las castañas del fuego a sus socios europeos, y de paso ahorrarse unos cuantos miles de millones de dólares en gastos militares. En resumen, que sus socios occidentales se las apañen por sí mismos es algo totalmente concordante con su manera de ser y de entender el mundo. Una manera rabiosamente individualista y carente de escrúpulos para la consecución de sus objetivos, que a partir de ahora serán los objetivos de toda la política exterior norteamericana. Está por ver si realmente es tan fiero el león como lo pintan, porque los condicionantes a la voluntad del presidente norteamericano son múltiples, sobre todo si tiene medio partido republicano en contra, pero de entrada el hombre apunta maneras de que va a haber cerrojazo general made in USA en todo aquello que el presidente entienda que no beneficia claramente a sus intereses.

Pero dejaré la tarea de los sesudos y extensos análisis a los profesionales a quienes corresponda, y que entre ellos debatan hasta la saciedad lo que va a representar para el mundo mundial el ascenso de Trump a la presidencia norteamericana. Y que también discutan acaloradamente hasta la saciedad y el aburrimiento las causas de la derrota electoral de la Clinton. Seguramente todos tendrán su parte de razón. Sin embargo, aficionado como soy a la síntesis conceptual, me voy a limitar a dar una explicación bastante acorde con lo que exponía en mi entrada del 11 de agosto.  Y es que Trump se ha presentado como un genuino candidato antisistema, un sistema al que ha tildado de corrupto y degenerado. En clave interior, sus ataques al establishment de Washington han sido demenciales, pero han conseguido el efecto que perseguían: denostar a una clase política convertida en La Casta (como en España), alejarla de la simpatía popular, y presentarse él mismo como un genuino candidato antisistema, que ha prometido hacer limpieza a fondo en la administración yanqui.

En ese aspecto lo tenía muy fácil: Hillary Clinton es la viva imagen del todopoderoso establishment de Washington DC, cultivada en la alta política, intelectualmente superior a casi todos sus contrincantes, y con un pasado muy ligado a los grupos de presión del entorno presidencial. Pese a su innegable experiencia, cualidades y veteranía, es evidente que Clinton podía ser fácilmente atacada ante las bases electorales más depauperadas del país como la candidata del “más de lo mismo”, como la candidata del Sistema para autoperpetuarse. Y eso, en un país que ha sufrido tan duramente la crisis del 2008 como Estados Unidos (aunque aquí nos parezca mucho peor la nuestra, lo cierto es que la pobreza norteamericana se ha disparado de una forma que aquí sería insostenible), ha sacudido las conciencias de los votantes más perjudicados por lo sucedido estos últimos años que atribuyen (no son cierta razón) a las élites de Washington y de Wall Street gran parte de la culpa del desastre en que se encuentran sumidas las antiguas clases medias norteamericanas.

En ese sentido, es muy fácil pontificar a toro pasado, pero seguramente hubiera sido mucho mejor contrincante para Trump un candidato más izquierdista, pero que conectase mejor con el malestar de la calle, como era el caso de Bernie Sanders, pues éste personaje también era otro antisistema, pero en la vertiente opuesta a Trump. Ambos eran outsiders en sus respectivos partidos, y ni Trump ni Sanders aparecían ante el público como “contaminados” por su vinculación con los grupos tradicionales de poder yanquis, y eso podría haber sido un valor añadido incuestionable a la candidatura demócrata, que hubiera podido reequilibrar el discurso antisistema y regeneracionista de Trump. La cuestión es que el malestar por la crisis se ha sesgado mediáticamente en una aparente incrementada presión popular por el ala izquierda de la política norteamericana, tradicionalmente vinculada al partido demócrata, pero lo cierto es que el malestar era transversal a todo el espectro social, y esa transversalidad significa que muchos votantes blancos pobres o empobrecidos en estos ocho últimos años optarían por un candidato que les prometiese cerrojazo. Una estrategia de catenaccio ultradefensivo que sólo podía darles Trump frente a una Clinton partidaria de la apertura, el libre comercio y los tratados multilaterales por los que hasta ahora habían apostado las grandes corporaciones multinacionales norteamericanas.

Pese a ser un tópico, los extremos concuerdan en muchas ocasiones. Trump y Podemos, o Syriza, tienen algunas cosas fundamentales en común, como ya advertí en su momento. Lo que cambia es el escenario social: USA no es España, Italia o Grecia, y las preferencias ciudadanas a ambos lados del atlántico se manifiestan de muy diferente manera ante problemas idénticos. Más enraizada con la tradición anglogermánica, la población descontenta americana ha optado por el retorno al nacionalismo y al proteccionismo interno, algo que está resultando evidente en Alemania, Austria, Holanda,  Francia y Gran Bretaña, lo que se manifiesta con un resurgir de una extrema derecha cuyo discurso tiene puntos de contacto más que evidentes con el de Trump. El sur de Europa es diferente: aquí el malestar se ha cebado con los partidos de izquierda tradicionales, facilitando el surgimiento de movimientos regeneracionistas más a la izquierda cuya pretensión es la misma que la de Trump: barrer el viejo sistema y sus representantes, y pasar las cuentas pendientes con unos cuantos de aquéllos. Con bastante menos éxito que el presidente americano “in péctore”.

Pero en definitiva, tanto unos como otros, pero especialmente Trump, representan el triunfo del resentimiento popular contra los poderes públicos tradicionales, que tendrían que habernos protegido de la catástrofe vivida en los últimos años, y no sólo no lo hicieron, sino que se aprovecharon de ella directa o indirectamente. Trump ha explotado a más no poder ese despecho y esa animadversión ciudadanas y los ha estado proyectando sobre Clinton y la nomenklatura de Washington, y sobre todas esas élites tan educadas, tan aristocráticas y tan poderosas que manejan el país. Y le ha dado muy buen resultado. Así que el cambio político, quién nos lo iba a decir, no ha venido de Europa, sino de Norteamérica. Y no ha venido  por la vía progresista, sino por la reaccionaria. Queda ahora por ver si será un cambio real, o si Trump se acabará plegando a las presiones internas y externas a las que, sin duda, estará sometido durante su mandato.

Para una persona cultivada, progresista y humanista, el triunfo de Trump puede resultar espantoso. Pero aun así hay que felicitarle. Ha sabido convertir la aversión de muchos indignados hacia el sistema político consolidado tras el final de la segunda guerra mundial en una arma más poderosa que cualquier otra en una contienda política, pese a sus salidas de tono, sus exabruptos, su machismo, su xenofobia y su misoginia. Que cada uno saque sus conclusiones sobre la (¿triste?) condición de la especie humana, pero admitámoslo:  Trump es el triunfo del resentimiento sobre la razón. Y si le va bien, la onda expansiva barrerá Europa de forma similar y con consecuencias imprevisibles para la UE.