domingo, 6 de octubre de 2013

Progresismo necio

La estupidez mediática de esta semana merece una reflexión especial, no sólo por el triste papel que en demasiadas ocasiones protagonizan los medios cuando se las quieren dar de progres, sino también  por el abyecto rol que juegan los colectivos que presuntamente promueven un concepto, el de la igualdad, que suelen distorsionar por desconocimiento, obcecación y, seguramente, una atroz falta de pensamiento crítico. O sea, por papanatismo ovejero.

El "notición" saltó cuando se dió a conocer que una autoescuela zaragozana cobraba distintas tarifas a hombres y mujeres para obtener el carnet de conducir. Que si misoginia, que si atentado a la igualdad de sexos, que si ilegalidad por discriminación negativa. En fin, una sarta de barbaridades y estupideces que, para más inri, había llegado a los juzgados, como si los jueces no estuvieran ya suficientemente saturados de trabajo y, sobre todo, como si la apaleada justicia española no tuviera otras prioridades a las que dedicar sus recursos y su tiempo.

Lo más obvio, antes de empezar a berrear como descerebrados, sería analizar el caso en profundidad y comparar con otros sectores donde dicha presunta discriminación se aplica sistemáticamente sin que nadie rechiste lo más mínimo. Debe ser que nuestros medios de comunicación y nuestros grupitos de combate progres aplican una lógica selectiva en función de la carnaza que les arrojen. Veamos.

Las empresas de seguros tienen una larga tradición en el análisis de costes de las primas de seguro para un capital dado. Es de todos conocido que contratar un seguro de vida no tiene el mismo precio si se trata de un varón que de una hembra. Salvando algunas circunstancias especiales de carácter médico, a igualdad de estado  físico y edad, la prima de seguro es más cara para un hombre que para una mujer, por una cuestión tan sencilla como que los hombres vivimos menos y somos más propensos a sufrir determinados episodios que acortan nuestras vidas sensiblemente en comparación con el sexo femenino. Y no he visto todavía a nadie protestar airadamente por la discriminación a la que se ven sometida los machos españoles. Sufrimos más percances y nos morimos antes que las hembras, y punto.

En otro orden de cosas, los catalanes tenemos una muy larga tradición de mutualismo médico. Rara es la familia que no está asociada a alguna de las potentísimas mutuas sanitarias que operan por aquí y que no paga rigurosamente sus más bien elevadas cuotas. Y también todo hijo de vecino sabe positivamente que no es lo mismo contratar un seguro médico a las veinte años que a los sesenta. Acercarse a la tercera edad y contratar un seguro médico es una experiencia dolorosamente cara y, sin embargo, todos aceptan que así debe ser, porque la morbilidad en la senectud es mucho más alta que en la lozanía de los veintitantos. Diferencias de hasta el doble de precio en las mensualidades, sin que se haya constituido hasta la fecha plataforma alguna en defensa de los pobres ancianos y jubilados a los que las mutuas médicas cobran unas tarifas muchísimo más elevadas que a los normalmente sanísimos jóvenes.

Podría continuar con unos cuantos ejemplos más. El análisis de costes no tiene nada que ver con la discriminación sexista ni con la de cualquier otro colectivo. Cualquier negocio que opere con una distribución de  clientes poco homogénea se ve en la tesitura de tener que fijar el mismo precio de sus servicios a todos ellos, o bien aplicar criterios de progresividad (o sea, de discriminación) de algún tipo para poder ofrecer tarifas más ajustadas a las necesidades según el espectro en el que se sitúe el cliente. Ser competitivo implica captar más clientes, y cuanto antes mejor. La mutuas médicas lo hacen cobrando tarifas mucho más baratas a los jóvenes, para fidelizarlos  durante muchos años, mientras hacen poco uso de los servicios médicos. Si se cobrase a los jóvenes un precio igual que a los ancianos, el coste sería tan alto que muchos veinte y treintañeros no contratarían el seguro, de modo que la base social de la mutua se vendría abajo. Pura lógica de costes y beneficios.

Todos los sistemas de aseguramiento privado modernos se basan en estos principios, que no son discriminatorios, sino racionales: el colectivo que supone mayor coste debe pagar más para mantener el equilibrio financiero de la empresa. O eso, o para que paguen menos los colectivos de mayor riesgo, deben pagar mucho más los colectivos del otro extremo del espectro, lo cual va en contra de toda lógica empresarial. En el caso que nos ocupa, una autoescuela debe considerar los colectivos a los que se dirige cuando ofrece un precio fijo. Porque, y ahí está el segundo quid de la cuestión, ofrecer un paquete cerrado implica más riesgo que ajustarse al cobro real del servicio. Cada negocio es un mundo, y no voy a entrar en polémicas estériles al respecto, pero igual que ofrecen precios distintos para hombres y mujeres, podrían hacerlo para colectivos con diversas edades, o con distintas características físicas o mentales, sin que por ello se pudiera hablar de discriminación de ningún tipo, sino de ajuste de costes y beneficios del paquete ofrecido.

Pero es que en ocasiones, los requisitos fijados no tienen nada que ver con los costes y beneficios, sino con criterios de idoneidad más o menos arbitrarios, pero que nadie se cuestiona. Para ser policía se exige una estatura mínima, distinta por cierto entre sexo masculino y femenino. Tendríamos aquí, si acaso, un problema de doble discriminación, por ser hombre y por ser  bajito. Y sin embargo, no se alzan voces airadas contra el atentado a la igualdad de derechos de los señores de baja estatura, ni por la horrible discriminación de que un policía machote debe medir 165 centímetros como mínimo, y en cambio su femenina colega sólo debe alcanzar los 160. Igual es que las señoras policías sólo detienen a enanos de circo.

Quiero acabar desmontando el falaz argumento de que como las mujeres tienen menos siniestros al volante que los hombres, el criterio de la autoescuela de marras es totalmente erróneo. Vista en un artículo de un renombrado bloguero y periodista, esta afirmación me puso los pelos de punta. En primer lugar, las estadísticas de siniestralidad no tienen en cuenta muchos factores (el fundamental de ellos es el relativo al número de accidentes sufridos por kilómetro recorrido por hombres y mujeres y del cual no existe ningún dato fiable en ningún país del mundo, básicamente porque es imposible); pero el más grave error del ilustre bloguero era el de equiparar la conducción de un vehículo una vez obtenido el permiso con la fase de aprendizaje y entrenamiento en el manejo de un automóvil, que es una cosa totalmente distinta. No voy a entrar en afirmaciones para las que carezco de datos, pero lo que si puedo afirmar con rotundidad, es que en términos generales aprender a conducir un coche debe ser más inmediato para un sexo que para otro, vista la historia evolutiva de la especie hasta que nos volvimos idiotas.

Resulta muy sospechoso que en la mayoría de las progresistas e igualitarias tertulias en las que se debate la igualdad entre los sexos jamás se cuestione que las mujeres tienen más habilidades verbales y de socialización que los hombres; pero en cuanto se menciona que los hombres se manejan mejor en temas como la orientación espacial y el manejo mecánico de instrumentos complejos, empiezan un histérico desmelenamiento contra lo que se les antojan terribles opiniones machistas. Opiniones que no son tales, sino que están refrendadas por infinidad de estudios en diversas sociedades, y que gozan de la casi unánime opinión entre los antropólogos de que la evolución dotó al macho y a la hembra humanos de unas habilidades específicas y diferenciadas que eran totalmente necesarias para la supervivencia de la especie. Y que no han desaparecido todavía de nuestro acervo genético porque hace demasiado poco tiempo que nos bajamos del árbol en el que vivían nuestros ancestros.

Y algunos, por más que se disfracen de modernos, progresistas e igualitarios, todavía ni han bajado.


martes, 1 de octubre de 2013

Hernando, otro que tal

Del portavoz adjunto del PP, Rafael Hernando, dicen que sus declaraciones nunca dejan indiferente a nadie. Cierto, y es que es muy fácil causar estupor en los ciudadanos cuando se dicen tonterías del calibre con el que se despacha el señor portavoz, del cual no se sabe muy bien si juega a ser enfant terrible o, de forma mucho más plana, resulta que las entendederas del señor Hernando son muy, pero que muy limitadas. Y su capacidad de análisis también.

En su última salida de tono aduce, sin pararse a reflexionar (o sí, lo que resultaría muchísimo peor) ni avergonzarse  lo más mínimo que “La izquierda, o cierta izquierda, no entiende por qué en España no existe un gran partido de extrema derecha, como en Alemania, en Francia o en Holanda. Y lo que persiguen es alentar su aparición". Y se queda tan ancho, ante lo cual uno se ve en la necesidad de tener que responderle con cierta acritud, y  morderse la lengua para no tratarle de imbécil consumado, por respeto a la institución en la que habita profesionalmente, y de la representación que los ciudadanos le han otorgado.

Vamos  a ver, señor Hernando, antes de hablar, piense usted. Sí, es cierto que muchos se preguntan por qué en España no hay un partido de extrema derecha potente como en Francia, Alemania y Holanda (y como en Suecia, Dinamarca, Grecia, Austria y unos cuantos países del antiguo bloque del este). Y la respuesta, a poco que uno medite sensatamente, es tremendamente fácil. Y significativa.

En España no existe un gran partido de extrema derecha por la sencilla razón de que habita en el seno del propio PP. Así que, en vez de mostrarse tan ufano por ello, y en vez de acusar atolondradamente a los partidos de izquierda de fomentar su aparición, debería reflexionar porqué casi toda la extrema derecha española milita en un partido presuntamente democrático como el PP.
Lo más razonable es postular que la extrema derecha española cabe en el PP porque sus postulados están de alguna forma implícitos en parte del ideario político de la formación conservadora, lo cual ya le va bien desde el punto de vista del rédito electoral que obtiene, a costa de la fragmentación de la izquierda, que ya critiqué sobradamente en una entrada anterior.

Ni que decir tiene que conociendo como conocemos todos el carácter español y su nada esperanzadora tendencia a confiar en los estilos autoritarios de gobierno, heredada de los últimos estertores del franquismo, ni siquiera cabe la opción de soñar que en España, precisamente en España (qué risa) no exista una extrema derecha fuerte, porque resultaría de ello una anomalía histórico-socio-política tremenda. Pues resultaría ahora que somos más civilizados que nadie en el resto de Europa, y que nuestra sociedad ha desterrado para siempre la genuina violencia ultra que tanto quiso acojonarnos durante la detestable transición política que hicimos hacia esta democracia ahora tan descafeinada.

La verdad es que la inexistencia de una extrema derecha fuete en España se debe a que nunca se hizo una proceso de ruptura real con el franquismo y sus herederos, que  vieron  como la sociedad española los readmitía en el juego democrático sin siquiera rechistar, y les permitía enquistarse en lo más profundo del sistema representativo español, dejando aislados políticamente sólo a los escasos franquistas furibundos que no quisieron (para su honra, hay que reconocer) camuflarse bajo la sombra de la bandera constitucional. Pero la mayoría cambiaron la camisa azul y los principios del Movimiento Nacional  por el terno gris oscuro y una Constitución en la que no creían, pero a la que aprendieron enseguida a manipular en beneficio propio, por los siglos de los siglos y con el beneplácito santurrón de los demás partidos políticos, que suspiraron de alivio ante la poca sangre vertida en el proceso. Amén.

Que en España no haya ultraderecha no es sino culpa del PP, formación que debería hacer limpieza, no sólo de la corrupción que la corroe, sino de quienes amparándose en un ideario presuntamente democrático, no hacen más que obtener beneficios de la escasa voluntad de sus dirigentes por apartar toda tentación ultra, no sólo de su discurso, sino de su gestión política.

Afirmo con contundencia que, en efecto, una de las funciones primordiales de la izquierda española debería ser fomentar y alentar la creación de un auténtico partido de extrema derecha si ello fuera posible, aunque ciertamente eso resulta de lo más utópico, teniendo en cuenta los mutuos beneficios que reporta al PP acoger en su seno de militantes y votantes a auténticos energúmenos de extrema derecha que captan un nada despreciable número de votos de lo que podemos llamar, con mayor sentido que nunca, la España Profunda, por lo hondamente enquistados que están todos ellos en el engranaje de la democracia nacional.


Así que, señor Hernando, piense antes de hablar, y hágalo honestamente si ello le resulta posible. Que a usted y los suyos les convenga que no exista un partido de extrema derecha con representación parlamentaria no significa que eso sea saludable para la maltrecha democracia española. Ni mucho menos.

domingo, 29 de septiembre de 2013

A vueltas con el cambio climático

Esta semana ha sido noticia, de nuevo, el cambio climático. Sin embargo, las conclusiones de todas las reuniones de expertos siguen siendo las mismas. Descoranozadoras, porque insisten en un tipo de solución, si es que existe, absolutamente inaplicable.

En primer lugar, es bastante lamentable que la apisonadora mediática insista machaconamente en la aparente unanimidad de la comunidad científica no sólo sobre las causas, sino sobre la naturaleza misma del cambio climático.Por lo pronto, son muchos los reportes de distinguidos científicos que cuestionan en voz baja, las aparentes conclusiones aplastantes de la autoproclamada corriente dominante en el ámbito climático. La verdad es que todavía no se sabe si el cambio climático es permanente o si es una de tantas fluctuaciones seculares del clima de la tierra, que en ocasiones duran un par o tres de siglos, como ya sucedió en el pasado reciente pero a la inversa (la pequeña edad de hielo de mediados del milenio anterior).

Falta una serie temporal lo suficientemente larga que demuestre si el cambio es permanente o no. Pero aún falta mucho más, como saber si realmente las causas del cambio, en el supuesto de que se establezcan de forma indiscutible, son debidas de forma primordial a la actividad humana, o bien tienen causas astronómicas relacionadas con el ciclo solar. Bien pudiera ser que las causas fueran múltiples y se sumaran unas a otras, o incluso que hubiera fuerzas que actuaran de forma contradictoria, como el hecho -este sí claramente demostrado por los contrastados ciclos glaciales de los últimos milenios- de que el período interglacial de los últimos miles de años está llegando a su fin, con lo que este calentamiento podría ser el preludio de un enfriamiento mucho más catastrófico desde todas las perspectivas. Si el hielo llega de nuevo a cubrir todo el hemisferio norte en unos pocos cientos de años eso sería infinitamente más grave desde el punto de vista de subsistencia de la especie humana que un calentamiento progresivo pero dentro de los márgenes que posibilitan la vida, y especialmente la agricultura.

El tema del cambio climático es muy problemático porque cualquiera mínimamente versado en cuestiones de estadística sabe que a veces hay factores que muestran correlación pero que no están vinculados, o lo están mucho más débilmente que lo que parece a primera vista. Hay un caso que por hilarante no deja de ser paradigmático: una prestigiosa revista (la New England Journal of Medicine) publicó un artículo en el que se dictaminaba que los países con mayor consumo de chocolate tienen más premios Nobel, por lo que deducía que el consumo de chocolate incrementa la inteligencia. El estudio obviaba el hecho -como hacen la mayoría de los analfabestias que pululan por los medios de comunicación de masas-  de que la correlación no implica relación de causa a efecto. Ni mucho menos, y hay toneladas de noticias publicadas en la prensa en que se toman como indiscutibles correlaciones mal fundamentadas que dan para reirse mucho, sobre todo en temas médicos y alimentarios.

Así que en el asunto del cambio climático, por mucho y muy alto que berreen los voceras oficiales, estamos muy lejos de poder afirmar nada con certeza, lo cual ya sería motivo para reflexionar antes de proponer según qué medidas. Por supuesto, es cierto que debemos buscar el método de mantener el planeta lo más limpio posible y sobre todo con una gestión adecuada de los recursos energéticos. Pero eso está muy lejos de afirmar que debemos parar en seco para detener el cambio climático.

Dejando a un lado la barbaridad política de pretender que los países en vías de desarrollo renuncien a los mismos métodos que antes hemos usado en occidente sin compensaciones de  algún tipo (y aún con ellas, me temo), hemos de considerar el hecho de que el cambio climático podría muy bien ser inmune a cualquier iniciativa que adoptara la humanidad al respecto, aunque regresáramos voluntariamente a la edad de piedra. Si hay algún factor relevante más que la mera contaminación industrial y energética, cualquier iniciativa que adopten los gobiernos estará condenada al fracaso, no sin antes haber condenado a la mayoría de la población a penurias y sinsabores sin cuento, a causa de políticas restrictivas, y por tanto muy encarecedoras, del consumo de energía. Donde, qué curioso, los ganadores siempre serán los mismos, es decir, los grandes lobbies energéticos mundiales.

Así pues, lo racional sería que en vez de tratar de "regresar" a una situación anterior de menor producción de gases de efecto invernadero, nos pusiéramos todos a remar en la única dirección en la que podemos ciertamente hacerlo con un mínimo de efectividad: asumir que el cambio climático existe, que nada vamos a poder hacer por revertirlo, y que nos toca empezar a adoptar las políticas que nos lleven a adaptarnos a él de la mejor manera posible. En vez de luchar contra algo que nos supera (desde el punto de vista de la comprensión científica, de la predicción climática y de las acciones necesarias para revertirlo), deberíamos nadar a favor de la corriente y prepararnos, durante los próximos cien años, para adaptarnos a un planeta previsiblemente distinto pero todavía habitable. Todo ello sin dejar de luchar para hacerlo todo de una manera más limpia y sostenible, por descontado.

Es más que posible que la inercia del cambio climático sea tan grande que ni la supresión absoluta de las emisiones de gases de efecto invernadero llegara a frenarlo, porque aunque parezca minúscula a escala cósmica, la Tierra es un sistema físico enorme y una vez calentado, su enfriamiento será mucho más lento que el transcurso de unas cuantas generaciones humanas. Todo ello sin contar que los mejores modelos climáticos dan márgenes de error tan abultados que sonrojarían (y de hecho sonrojan) a cualquier físico avezado. En definitiva, en vez de tratar de poner una más que improbable marcha atrás, lo razonable sería adaptarse a las circunstancias y empezar a trabajar por un futuro con un clima distinto y ponernos manos a la obra aceptando que hay cosas contra las que no podemos luchar porque exceden de nuestra capacidad, incluso en el supuesto de un consenso mundial absoluto y definitivo.

Lo demás son cuentos apocalípticos que persiguen un fin que se me antoja muy turbio. Como siempre.

lunes, 23 de septiembre de 2013

La izquierda atrapada

La engañosa victoria de Merkel en las elecciones alemanas pone de manifiesto -o más bien corrobora totalmente- la situación actual de la izquierda parlamentaria en el mundo occidental. En primer lugar, la izquierda está fuertemente fragmentada, lo cual favorece el triunfo electoral de la derecha en casi todos los países, porque la derecha es mucho más inteligente. Juega con el miedo de los electores, y esa es casi su única baza electoral. Aglutinadas en torno a la fuerza que otorga el miedo a perder el presente, las fuerzas de la derecha no tienen inconveniente ninguno en formar un frente unido que abarca desde la ultraderecha más reaccionaria hasta el liberalismo centrista. 

En cambio, la izquierda, incapaz de insuflar esperanza en un futuro diferente, se divide entre facciones que pelean electoralmente y se autoperjudican dividiendo a su electorado natural. En las elecciones alemanas, los partidos de izquierda con representación en el parlamento superan en porcentaje de votantes a la derecha de Merkel, que aglutinando más que nunca sus fuerzas con el pegamento del miedo, han aumentado sus votos a costa de la práctica desaparición de sus socios liberal-demócratas.

Esa capacidad de movilización conjunta de la derecha tendría que dar mucho que pensar a todas las fuerzas progresistas, porque el mensaje es claro: o se agrupan, o el futuro seguirá siendo durante bastantes años de los poderes fácticos económicos y financieros, cuyo juego es muy sencillo: sembrar el terror sobre las clases trabajadoras, haciéndoles temer que perderán todo lo que tienen si se produce un giro a la izquierda.

En un plano más psicológico, todos estos lodos provienen de los polvos de la reunificación alemana, como ya resalté en otra ocasión. La verdad es que la incorporación de la misérrima población del este fue un golpe de suerte para la derecha, pues allí residía el caldo de cultivo de los votos que hoy han caído nuevamente en las redes de la derecha. Partiendo de la pobreza más absoluta, según los estándares occidentales, los alemanes del este se vendieron nada metafóricamente a la derecha por un plato de lentejas, pues era difícil estar peor de como estaban por aquellos primeros años noventa. La secuela de esto fue doble: en primer lugar el vertiginoso coste de la reunificación, del que se hicieron cargo las arcas del estado; segundo, un plan de ajuste iniciado diez años después, caracterizado por una "sinificación" laboral muy acentuada: reducción brutal de salarios, precarización laboral en constante aumento y por supuesto, los célebres minijobs, que no son más que formas vergonzantes de encubrir el paro real. Porque nadie me negará que con un salario de 400 euros al mes nadie puede llevar una vida independiente en Alemania. Sin embargo, para la población del este todo el proceso vino a ser el equivalente de traer a un campesino de Xinjiang a trabajar a la Volkswagen. Un gran salto adelante.

Al ver las barbas del vecino pelar, el votante de clase media alemana, en vez de poner a remojar las suyas, se ha alineado con los conceptos clásicos de la derecha neoliberal, tratando así de mantener dos ficciones: una, que esa clase media se verá más protegida con el gobierno de Merkel que con uno de izquierdas; dos, que el hecho de que la salud financiera, bursátil y macroeconómica de Alemania sea buena, se va a traducir en el mantenimiento del statu quo de la clase media que todavía sobrevive.

Nada más lejos de la realidad. El proyecto general de la derecha económica no es más que la apuesta decidida por conservar el poderío económico de los sectores tradicionalmente fuertes, que deben competir con las economías emergentes, a las cuales nadie pone coto en lo que se refiere a derechos humanos, laborales y sociales, que son prácticamente inexistentes. Por tal motivo, la única forma de competir consiste en proletarizar a las clases trabajadoras de todo occidente, reduciendo los costes y derechos  laborales lo más posible, mientras se confía en que poco a poco, las grandes masas proletarias de China y resto del bloque emergente vayan conquistando mejoras retributivas y laborales que hagan a esas economías menos competitivas frente a las occidentales, restableciendo un cierto equilibrio.

Pero eso será siempre a costa del bienestar de las generaciones presentes y futuras de europeos que verán como se irán perdiendo todas las conquistas tan duramente adquiridas durante casi doscientos años de lucha sindical y social. Es decir, recuperar la competitividad internacional en un mundo globalizado deberá ser siempre a costa de la gran masa trabajadora. En ese sentido, ya no existen, desde la perspectiva de la derecha económica, las clases medias. Todos somos nuevos proletarios, y no admitirlo es un ejercicio de ceguera voluntaria y estúpida. Aquellos que todavía se pueden pagar unas vacaciones o un coche nuevo temen perderlo, claro está, y por comparación creen que mientras mantengan esa posibilidad siguen siendo clase media, pero son incapaces de advertir que los recortes avanzan y avanzan como la gangrena en una pierna, y que la voracidad de la derecha no se detendrá en la rodilla, sino que proseguirá indefinidamente hasta la amputación total del miembro.

Nadie está a salvo, por mucho que algunos lo crean. Una creencia que es como la fe irracional en el hechicero, una creencia desesperada fomentada por el miedo a poderes casi sobrenaturales que les insuflan Merkel y sus secuaces. Un miedo a perder un presente gris, triste, atroz para la mayoría, pero que funciona muy bien por el egoísmo, la ceguera y la estupidez de quienes todavía conservan lo que algunos desgraciados de renombre  a este lado de los Pirineos llaman con total desvergüenza e impunidad, "privilegios" de los trabajadores. Y no sale nadie a partirles la cara, añado yo.

La izquierda, toda ella, debe hacer hincapié en que todos, absolutamente todos los que formamos parte de la clase trabajadora somos proletarios, como lo fueron la inmensa mayoría de nuestros abuelos. Y que un proletario que vota a la derecha es un inconsciente que no sólo cava su propia tumba, sino que además entra gustoso en ella y le da la pala al enterrador para que remate la faena. Para hacer calar este mensaje en la población hace falta un gesto valiente de unificación de la izquierda; es el momento de volver a reivindicar el frentepopulismo y por supuesto, la lucha de clases.

Muerto el marxismo, muchos nos quieren hacer creer que la lucha de clases ya no existe. Y en cierta medida tienen razón, y ello es debido a que una de ellas se ha retirado del campo de batalla, ha cedido todo el terreno y se ha rendido para conservar las migajas del festín, a costa de perder toda la dignidad y el autorrespeto. Es hora de que la izquierda comience a llamar a las cosas por su propio nombre, reivindique nuestro presente proletario, y se alce unida y combatiendo a la derecha de siempre para defender no nuestra casita en la playa, sino nuestra dignidad como trabajadores.

De lo contrario acabaremos perdiendo la una y la otra.

martes, 17 de septiembre de 2013

Independencia económica de Cataluña

Como cada 11 de septiembre en los últimos años, se han disparado las alarmas en los medios centrales y centralistas a cuenta de una posible independencia de Cataluña. También como siempre, se intenta jugar la baza del miedo a las consecuencias económicas de semejante posibilidad, especialmente respecto a la presunta caída de Cataluña en una especie de pobreza albanesa, consecuencia directa de su expulsión del "paraíso terrenal" de la Unión Europea.

He tenido que soportar muchos argumentos tan falaces y estúpidos que no merecen la pena ser discutidos. Son simplemente bazas del miedo, para acongojar a los posibles votantes dubitativos, pero que carecen de la más mínima verosimilitud. En el mejor de los casos, la mayoría de los escenarios catastróficos dibujados no son mas que pseudociencia adivinatoria, que como todos sabemos, y por lo que respecta a la economía, es lo más parecido a la magia del hechicero de la tribu.

Sin embargo, hay un argumento que me ha aportado el hijo de un buen amigo mío, en el que el se plantea un escenario que, por corrosivo, no me ha dejado indiferente, ya que se traduce en una mano de triunfo a favor de la independencia catalana. Para más inri, añadiré, antes de entrar en detalle, que se trata de un economista ampliamente formado en ESADE, para que luego digan que este tipo de instituciones sólo juegan a  favor del centralismo españolista.

La cuestión reside en si la exclusión de una Cataluña independiente de la Unión Europea sería en realidad la catástrofe que pregonan las aves de mal agüero mesetarias (y también algunas de por aquí). Dejando aparte el hecho de si la pertenencia a la UE representa actualmente más una carga que un soporte de la economía catalana, lo cual es ampliamente debatible y que dejo a los tertulianos de turno de la caverna mediática (que de algo tienen que vivir), hay una cuestión que nadie, absolutamente nadie, ha planteado públicamente, y que sería una poderosa arma en el arsenal catalán.

El escenario es bien sencillo, y toma como base otros países europeos que no forman parte de la Unión, entre otros, Andorra y Suiza. Como todo el mundo sabe, Andorra  no tiene moneda propia, sino que utiliza el euro para todas sus transacciones comerciales y financieras. Esto es, la salida de Cataluña no implicaría en ningún caso la necesidad de volver a la peseta o de crear una moneda propia, porque podría adaptarse el euro como patrón de referencia. La primera en la frente.

La segunda va directa al hígado. Cualquier país europeo no integrado en la Unión puede decidir su propia política fiscal y financiera. Nada impediría, pues, que una Cataluña independiente adoptara una política fiscal semejante a la Suiza; es decir, con importantes incentivos fiscales a las empresas (subvenciones a su implantación en territorio catalán, reducciones sustanciales del impuesto de sociedades). Y por lo que respecta a la política financiera, sin necesidad de caer en la trampa de convertirse en un paraíso fiscal, sí podría optarse por una legislación favorecedora de la entrada de capitales, con supresión de la fiscalidad al capital extranjero (especialmente a las grandes fortunas), admisión del secreto bancario y otras herramientas de captación financiera que usan no sólo el gobierno suizo, sino también otros como Gibraltar, Lichtenstein o incluso Luxemburgo.

En resumen, que ante la amenaza de exclusión de la Unión Europea, Cataluña podría optar muy bien por convertirse en la Suiza del Mediterráneo, o en un Gibraltar multiplicado a la enésima potencia, con el considerable incremento de ingresos de capital que ello representaría, y sin que ningún estado pudiera, de acuerdo con el derecho internacional, privarla de su capacidad soberana para actuar conforme a su propia legislación, siempre que no se cayera en la consideración de paraíso fiscal totalmente opaco. Y aún así, a la sumo habría que darle a Cataluña el mismo trato que a los demás países que he citado anteriormente. Sin comentarios, sobre todo por lo que respecta a un caso muy cercano, como es el de Gibraltar, donde capitales de todo el orbe circulan con total impunidad.

Resulta extraño que ante tanto ataque y contraataque economicista, esta cuestión fundamental, la de convertir a una Cataluña expulsada de la Unión en una Suiza del sur, no haya trascendido todavía en los medios de comunicación. Si gentes formadas en prestigiosas escuelas de negocios ya han dibujado un escenario semejante, debemos preguntarnos porqué no sale a la luz. Y para todos aquellos catalanes dubitativos ante la tesitura de la independencia, sería conveniente que aflorara esta posibilidad  en las redes sociales y se debatiera públicamente cuanto antes mejor. 

Vaya aquí mi granito de arena.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Jerarcas feudales y vasallos estúpidos

A algunos les puede parecer extrema la consideración con la que titulo esta entrada de blog, pero a mi, visto lo visto a lo largo de este año me da un no sé qué que empieza a soliviantarme contra mis conciudadanos, sobre todo por esa inercia pasiva y embobada con la que afrontan las grandes chingadas de nuestros políticos.
 
No está de más recordar que en los años 70, para conseguir sus objetivos absolutamente neoliberales –por mucho que enmascararan sus brutales actuaciones como una lucha “justificada” contra el comunismo- nuestros amigos americanos tuvieron que maniobrar para derrocar gobiernos y poner en su lugar a sangrientos dictadores que torturaron y mataron a diestro y siniestro para silenciar a las jóvenes democracias latinoamericanas, por poner un ejemplo.  Vamos, que amordazar a la sociedad civil no fue nada fácil y obligó a los brutales “milicos” a emplearse a fondo durante una buena pila de años.
 
Ahora el escenario es tan radicalmente distinto que asusta la mera comparación. Para conseguir los mismos fines que en los sangrientos 70, ahora nuestros jerarcas no han tenido que derramar ni una gota de sangre. A base de potencia mediática y de insuflar miedo en las almas de varias generaciones de occidentales vendidos sumisamente al conformismo consumista, están consiguiendo mucho más en este siglo XXI  que en los años setenta del pasado, y a un coste mucho menor.
 
Sin demasiado esfuerzo, con argumentos  presuntamente democráticos y  mintiendo abusivamente sobre los actuales “privilegios” de las clases trabajadoras  y la imposibilidad de mantener el estado del  bienestar, nuestros dirigentes políticos y económicos han abierto la puerta a un nuevo feudalismo aceptado por todos, bajo la excusa de que todos somos civilizados, estamos en estados de derecho y nos regimos por principios democráticos.
 
¿Pero es eso realmente cierto? Yo afirmo contundentemente que no, y dejo al lector la iniciativa para estrujarse las meninges y deducir donde está la falacia. Una falacia obvia desde la contemplación de sus resultados, puesto que estamos más amordazados que hace cuarenta años por la conjunción de fuerzas del dinero multinacional, la farsa de la globalización y el imperio de lo financiero sobre la sociedad civil y de la economía sobre la justicia social.
 
Nos creemos muy demócratas y en realidad somos una panda de vasallos apocados, que no rendimos vasallaje a la democracia, ni de lejos, sino a una serie de jerarcas semifeudales, que aspiran aún a mucho más de lo que nos han robado hasta ahora, y que nos irán usurpando el resto de nuestro bienestar y de nuestra dignidad sin pausa ni medida hasta que nos despertemos un buen día como lo que realmente vamos camino de ser, nuevos esclavos modernos y tecnologizados.  Nuestros señores feudales no necesitan de la violencia sangrienta, porque la ejercen cada día de forma soterrada y amenazante desde sus editoriales periodísticos, sus estudios de radio  y sus platós de televisión mediante su caterva de bufones a sueldo, esos que por unas pocas monedas de plata traicionan y engañan a la ciudadanía a diario. Es una violencia, como toda la violencia occidental actual, aséptica, psicológica, medida para no dejar marcas corporales, pero sí en nuestras mentes, aterrorizadas por la posibilidad de perder el cada vez más exiguo pedazo del pastel capitalista. Es una violencia transmitida por unos señores y señoras muy educados que elegimos cada cuatro años en el colmo del sarcasmo: que sea el propio pueblo quien escoja a sus verdugos. Verdugos de cuello blanco al servicio del señorío financiero de turno y de toda su corte de nobles de medio pelo, para su mayor gloria y beneficio. Y los vasallos la mar de contentos porque son libres de elegir la democrática espada con las que les rebanarán el pescuezo los lacayos del gran feudo occidental.
 
Mejor vasallo no hubo. Más estúpido tampoco.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Lerdos

Tras el paréntesis veraniego, volvemos a la carga. Esta vez con la literalidad de un impagable artículo de Javier Marías, publicado en El País Semanal del 8 de septiembre de 2013, con el título de “Lerdos, y gracias” y que me sirve de excelente prefacio para mi próxima entrada, que dedicaré a los jerarcas feudales y los vasallos estúpidos. Ahí queda eso:


Aunque los desapruebe, uno a veces comprende los procederes canallescos de políticos y empresarios. Entiende que quieran hacer lo que les venga en gana, que barran siempre para casa, que los unos aspiren a disfrutar de un poder cada vez más absoluto y amedrentador y los otros a mejorar hasta el infinito sus márgenes de beneficio a costa de la explotación de sus trabajadores y de encarecer sus productos. Uno se explica, hasta cierto punto, que todos añoren los tiempos de los señores feudales y ansíen retroceder lo más posible hasta ellos; al fin y al cabo, les resulta lo más cómodo y ventajoso. Todo partido político mira con envidia las épocas totalitarias (o los regímenes, que perduran en demasiados lugares), y su sueño sería, en el fondo, obtener en las elecciones lo que una vez se llamó “mayorías a la búlgara”, es decir, un porcentaje de votos del 98% o así.


Y todo empresario desalmado siente nostalgia de los días en que los empleados carecían de derechos y de protección, cuando podían contratar y despedir sin aviso ni indemnización alguna, cuando nada era “improcedente” en su ámbito y decidían a diario, caprichosamente, qué jornaleros trabajaban y cuáles no, tanto en las faenas del campo como en numerosas fábricas. Echan de menos ser temidos y también ser vistos como “dispensadores de favores”, como individuos magnánimos que podían espetarle a un desesperado: “Mira, te voy a hacer el inmenso favor de permitirte trabajar hoy para mí. Como el favor es inmenso, habrás de agradecerme que te pague una miseria y que disponga de todo tu tiempo a mi voluntad. No te quejarás de nada, faltaría más, ni pretenderás conseguir más de mí, ni por tu eficacia ni por tu antigüedad. Ten en cuenta que si te retiro el favor, tú y los tuyos no tendríais ni qué comer”. Expresado así, este discursillo suena a siglo XIX si no a medieval, pero si suavizan un poco los términos y se paran a pensar, verán que de hecho es a lo que se intenta volver, en gran parte del globo y desde luego en nuestro país.


Y ya digo, uno lo entiende, que estas condiciones las quieran recuperar los políticos y empresarios sin escrúpulos. Lo que ya le cuesta más concebir es que, tras un larguísimo periodo en el que las relaciones laborales no han sido así, en el que la gente ha aprendido a luchar por sus derechos y a trabajar con dignidad, esos individuos sean tan tarados (lo utilizo como se hace en el lenguaje coloquial) que ni siquiera sepan disimular y llevar a cabo su retroceso con discreción. Creo que todos nos condenamos y perdemos mucho más por lo que decimos que por lo que hacemos, y que se tolera mejor el doblegamiento y la explotación que la chulería y el recochineo. Son estos últimos los que a veces llevan a la gente a saltar, a agarrar una tea e incendiar unas oficinas o un banco, o a agredir al cretino de turno que ofende además de pisotear. La CEOE –los empresarios españoles– parece estar en manos de completos idiotas desde hace mucho, ellos sabrán por qué los eligen, o quizá es que en sus filas no hay más. Fue Presidente suyo Díaz-Ferrán, que no se abstuvo de soltar vilezas antes de parar en la cárcel acusado de delitos de gravedad. Ahora la preside Juan Rosell, que recientemente ha hablado de los “privilegios” de los contratos indefinidos (se refería a derechos, pero para él es “privilegio” cuanto no sea sometimiento e indefensión del trabajador) y ha propuesto retirárselos para incrementárselos a los contratos temporales, como si eso fuera a ser verdad. Es tan falso como que la reducción de salarios redunde en mayor empleo: redunda tan sólo en el dinero que los empresarios se ahorran y guardan, y eso lo saben hasta las cabras, aunque no el FMI ni el comisario europeo Olli Rehn.


Rosell ha destacado que los temporales son el 90% de los contratos que se hacen, y ha añadido como un ceporro: “y gracias”. Esa chulería y ese recochineo encorajinan a la gente infinitamente más que las propias condiciones abusivas de la “reforma laboral” de este Gobierno. Como, más que ver emigrar a los vástagos porque no encuentran empleo aquí, a los padres los enfurece que Esperanza Aguirre afirmara: “Los jóvenes se van por espíritu aventurero”, o que Fátima Báñez, precisamente Ministra de Empleo, redujera el forzoso éxodo a mera “movilidad exterior”. O que el de Educación, Wert, sostuviera que si los chicos no estudian, no es por las caras tasas que ha impuesto, sino porque muchas familias “no quieren dedicar dinero a la educación de sus hijos”; cuando es sabido que es lo primero que los padres procuran desde tiempo inmemorial. Aún más que ver a sus niños malnutridos, a la gente le indigna que los tertulianos afines al PP critiquen que en Andalucía se les diera una modesta merienda a esos críos y la califiquen de abuso al contribuyente y clamen: “Ya, y qué más. Que les regalen también una bici, si te parece”.


He hablado otras veces de la conveniencia de la hipocresía. Cuando los empresarios y políticos son tan zotes que prescinden de ella y se dedican a chulearse, están tensando demasiado la cuerda, y ninguno queremos ver agresiones ni teas. Lo sabe cualquiera que haya leído dos libros de historia. Ya se ve que estos sujetos ni siquiera han leído uno en su vida. ¿Qué hacen ahí, tamaños lerdos?

miércoles, 21 de agosto de 2013

Tipejos

Artículo de Máximo Pradera publicado con el título "Falacias y falocias" en la edición del 13 de agosto de 2013 de "El Huffington Post".


Cuando las mujeres acusan a los hombres de ser esclavos de sus bajos instintos, dicen eso de que piensan con la polla. Por otro lado, sabemos por el diccionario etimológico que falacia, del verbo latino fallere (engañar) se refiere a un fraude o mentira en el razonamiento, con el cual se intenta DAÑAR a alguien.


Ahora bien ¿qué pasa cuando el razonador falaz expone sus argumentos, plagados de grietas lógicas, movido no tanto por maldad cuanto por incultura y/o estupidez? Si el sofista no trata realmente de engañar (aunque lo consiga sin querer), sino que razona con el órgano equivocado, por falta de formación o por una patética incapacidad a la hora de emplear el cerebro, no cabe, stricto sensu, hablar de falacia. Habría que pergeñar un nuevo vocablo, ¿falocia?, capaz de sugerir que el razonamiento es engañoso, pero también que quien lo ha formulado no es un malvado, sino un majadero que no piensa precisamente con la cabeza.


Javier Pradera me hubiera corregido ya a esta altura del párrafo, repitiendo aquello con lo que tanto le gustaba aleccionarme:


- Hijo, la maldad y la estupidez no son mutamente excluyentes.


Viene a cuento este preámbulo tras las reflexiones que me han surgido al leer el artículo de un tal Salvador Sostres, un escrito no sólo adulador, sino ignominiosamente hagiográfico, y que contiene, ya en el primer párrafo, tal cantidad de falacias de baratillo, que no es legítimo suponer que en el ánimo de quien las formula anide la voluntad de estafar intelectualmente al lector. Son razonamientos a los que se les ve el plumero tan de lejos, es como si un timador hubiera disfrazado los billetes auténticos con recortes de periódico, en vez de proceder al revés. Estaríamos hablando entonces de un incompetente, de un necio, o de lo que es igualmente verosímil, de un necio incompetente. No es posible -concluiríamos- que el tal Sostres esté tratando de confundirnos a propósito, porque si un sofista quisiera de verdad engañar, se preocuparía al menos, de conocer los secretos de su oficio.


A mi leal saber y entender, no estamos ante un puñado de falacias, sino de falocias.


Empieza Sostres:


Del hecho de que todos los totalitarismos hayan perseguido a Israel se puede extraer la lógica conclusión de que son el pueblo de la libertad.
Si al director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, le han perseguido y vigilado tanto socialistas como populares, es porque lejos de la tentación sectaria y servil, su compromiso es con el periodismo y con la verdad, indispensables garantías para una democracia de calidad y una sociedad libre.




En la primera frase encontramos una falacia de las llamadas, por los antiguos latinos, de non sequitur. Sostres se concede permiso a sí mismo para deducir de la premisa una conclusión que no se sigue, es decir, no obligatoria. También podría calificarse el razonamiento sostriano de falacia de generalización apresurada o secundum quid, que es la que se da al inferir una conclusión general a partir de una prueba insuficiente.


La falsedad del argumento se aprecia mejor si le damos estructura de silogismo.


Todos los totalitarismos han perseguido a Israel

Los totalitarismos están en contra de la libertad

ergo Israel es el pueblo de la libertad.



La licencia lógica que se concede Sostres a sí mismo nos permitiría también montar un silogismo análogo con el pueblo gitano:





Todos los totalitarismos han perseguido a los gitanos


Los totalitarismos están en contra de la libertad


ergo los gitanos son el pueblo de la libertad.





O ir incluso más allá, afirmando, por ejemplo:





Todos totalitarismos han perseguido a los falsifcadores de moneda


Los totalitarismos están en contra de la libertad


ergo los falsificadores de moneda son los adalides de la libertad.




Sólo el modo en que los gitanos someten a la mujer ya sería argumento suficiente para rebatir la tesis de que, si bien es cierto que han estado perseguidos durante siglos, el motivo por el que fueron (y son) acosados, detenidos y exterminados, es que son adalides de la libertad.


Sólo el modo en que los israelíes torturan a los palestinos valdría para afirmar que el compromiso de Israel no es con la libertad en general, sin con su libertad, que es la de hacer lo que les da la gana, violando los derechos humanos cuantas veces sea necesario.


Unos y otros han sido perseguidos a lo largo de la historia por ser diferentes, no porque defiendan la libertad con más ahínco que otros pueblos.


Otra cosa es que se pueda afirmar que una de las expresiones supremas de la libertad es el respeto hacia el que es diferente. Los homosexuales y los retrasados mentales también ha sufrido persecuciones sin límite a lo largo de la historia y a nadie se le ocurriría identificarlos como luchadores por la libertad, porque la persecución de la diferencia estigmatiza al perseguidor, pero no caracteriza moral ni ideológicamente al perseguido.


Por otro lado, la desacertada elección de Sostres del término totalitarismo parece insinuar que los judíos empezaron a ser perseguidos sólo a partir del surgimiento del estalinismo y del nazismo, pues, según nos explica la socorrida Wikipedia:


Los regímenes totalitarios, se diferencian de otros regímenes autocráticos por ser dirigidos por un partido político que pretende ser, o se comporta en la práctica, como partido único y se funde con las instituciones del Estado.

Sostres parece ignorar que los judíos también sufrieron una atroz persecución durante los largos años de régimen zarista, régimen autoritario donde los haya, pero al que sería incorrecto tachar de totalitario.


Una misma etnia puede estar perseguida bajo dos regímenes distintos por motivos diferentes. Stalin, por ejemplo, que por antizarista era un convencido anti-antisemita, decidió utilizar el profundo arraigo del odio ruso hacia los judíos para deshacerse de sus adversarios políticos, muchos de los cuales (Trotsky, Kamenev, o el poderoso Grigory Zinoviev) pertenecían a esa etnia. Pero también es cierto que el totalitarista Stalin fue el primer mandatario moderno que intentó buscar una patria definitiva para el errante pueblo de Israel, aunque los judíos de la Unión Soviética no se mostraran entusiasmados con la elección del dictador -el lejano oriente siberiano- y decidieran declinar amablemente la oferta -hecha a base de propaganda, no de fuerza militar- de trasladarse en masa a la llamada Región Autónoma Hebrea.


Es decir, que ni los judíos han sido perseguidos con el mismo encarnizamiento por nazis y estalinistas (el antisemitismo de Stalin cabría calificarlo de baja intensidad) ni por las misma razones. Hitler, ansioso por alzarse con el poder, sólo buscaba un culpable para justificar la caótica situación económica alemana y se aprovechó del tradicional odio a los judíos que ya existía en su país, antes de la llegada de totalitarismo nazi, para sus perversos propósitos.


En el artículo de Sostres, resulta asimismo pintoresco el salto de la primera a la segunda frase del párrafo, que también podemos reducir a un silogismo mentiroso:


Todos los totalitarismos (de izquierda y derecha) han perseguido a los adalides de la libertad.

PP y PSOE han perseguido a Pedro J.


Ergo Pedro J. es un adalid de la libertad (¿y los de PP y PSOE regímenes totalitarios?)




En esta nueva falacia sostriana está implícita la idea de que los judíos fueron perseguidos -igual que lo es ahora Pedro J.- por denunciar en la prensa los abusos del poder establecido, lo cual dista tanto de ser cierto como la doble pretensión de que Sostres es un intelectual y que además es independiente.


Pero ni PP ni PSOE son partidos totalitarios (resulta inaceptable el non sequitur que se produce al saltar de Stalin a Felipe González, o de Hitler a Rajoy) ni se puede afirmar que el PSOE sea un partido de izquierda, (¿qué tal la marca progre del PP?) ni cabe proclamar sin carcajada que Pedro J. haya estado perseguido siempre por los dos partidos.


Aunque luego se convirtió en un feroz detractor del GAL, hay que recordar, por ejemplo, con qué denuedo animaba el director de voz aflautada, en el año 83, (primer Gobierno de Felipe González, con José Barrionuevo al frente de Interior) desde las páginas del extinto Diario 16, a terminar con ETA de la forma que sea.


Bajo el título Hay que destruir a ETA, el editorial de Diario 16, refiriéndose a la actuación de varios geos en el frustrado secuestro del etarra Larretxea en Francia, decía:


"Es preciso cerrar filas en tomo a este buen Gobierno que tenemos, formado por hombres competentes y patriotas, dispuestos a conciliar los valores esenciales de libertad y seguridad".

Más adelante, señalaba:


"Frente al siniestro engranaje montado en torno al santuario francés, el Estado español tiene legitimidad moral para recurrir a veces a métodos irregulares".
Nadie en su sano juicio puede creerse que un periodista que estaba apoyando tan incondicionalmente a un gobierno, incluso en su guerra sucia contra ETA, fuera perseguido por Felipe González como los judíos en tiempos de Goebbels.


Por otro lado, en septiembre de 2011, a tan sólo dos meses de la victoria del PP en las generales, Pedro J. publicó una portada sobre el archivo del caso Bárcenas que en vez de hacer hincapié en las chapuzas jurídicas del turbio juez Pedreira, como habría hecho un periodista verdaderamente independiente, se recreba con descaro partidista en lo dañino que iba a resultar este injustificable sobreseimiento para el denostado Rubalcaba. Pedro J. saludaba por entonces con trompetas y clarines, la llegada del Nuevo Régimen y su periodismo era de claro apoyo al heredero de Aznar, un dirigente sin personalidad ni iniciativa alguna, al que el fogoso Pedro J. creía que iba a poder manejar como un pelele.


La lectura de estos y otros escritos del petulante director de El Mundo parece indicar, contrariamente a lo que sostiene Sostres, que Pedro J. no es atacado por gobiernos de uno y otro signo cuando publica la verdad, sino que se produce más bien el fenómeno inverso:


Cuando los gobiernos de uno y otro signo se escapan a su poder y capacidad de influencia y deciden hacer caso omiso a sus recomendaciones políticas y económicas, es él quien decide atacarlos, para castigar su rebeldía y su insolencia.


La prensa es el llamado Cuarto Poder y los periodistas de ego delirante, como Pedro J., llegan a creerse presidentes del Gobierno en la sombra y se indignan cuando sus opiniones y deseos no son tenidos en cuenta.


El hecho de que las informaciones que publica ahora El Mundo (al rebufo de la primera gran exclusiva de EL PAÍS sobre los papeles de Bárcenas) estén resultando, por el momento, veraces, no invalida la teoría de que Pedro J. sólo se compromete con el periodismo y la verdad, como proclama su melifluo tiralevitas, más que cuando un Gobierno decide llevarle la contraria.


¿Habría optado Pedro J. por tirar tan fuerte de la manta barcenesca si Rajoy y sus ministros hubieran estado comiendo en su manipuladora mano?


El artículo de Sostres contiene tal cúmulo de falacias e inexactitudes, que es imposible que ni siquiera un periodista tan limitado como él le haya dado el visto bueno sin un frío cálculo previo, cargado de oportunismo y de interés personal. Cálculo que podría resumirse en este pensamiento:


Son tantos los dividendos que voy a obtener regalándole abyectamente los oídos a mi director con este artículo, que no me importa quedar ante la opinión pública como un perfecto... falocista.


martes, 13 de agosto de 2013

Integridad pública, venalidad privada

Artículo original de Enrique Gil Calvo publicado en la edición impresa de "El País" del 12 de agosto de 2013

El clima institucional de nuestro país está gravemente deteriorado por lo que se percibe como un síndrome de corrupción generalizada. Así lo revelan los indicadores del CIS que, tras la publicación en febrero pasado de los llamados papeles de Bárcenas, cayeron entre un 20% (el indicador de confianza política) y un 30% (el de situación política actual), esperándose una nueva caída análoga para los de este último mes, tras la confesión judicial del antiguo tesorero del partido en el poder. Sin embargo, si atendemos al ranking de la corrupción global que viene publicando Transparencia Internacional, advertiremos que nuestra posición relativa no es tan mala como podría parecer, comparada con los países de nuestro entorno. Es probable que nuestros datos empeoren cuando se publiquen los de 2013, pero según el Índice de percepción de la corrupción de 2012, España se sitúa con 65 puntos en la posición 30ª del ranking mundial, mucho más cerca de Francia (posición 22ª con 71 puntos) que de Italia (posición 72ª con 42 puntos), aunque a gran distancia todavía de los europeos del norte que lideran la clasificación, encabezada por Dinamarca y Finlandia (con 90 puntos).

¿A qué se debe esta benévola imagen comparada de nuestro país, cuando según la prensa doméstica nuestra corrupción resulta desmesurada? La explicación es muy simple. La metodología usada por Transparencia Internacional recurre a encuestas que investigan sobre todo la práctica del soborno, que es relativamente frecuente en las sociedades emergentes o en los Estados fallidos, pero muy baja en nuestro país. Y para evitar ese sesgo que infravalora la corrupción española habría que distinguir dos clases de corruptelas distintas entre sí. Por una parte está la microcorrupción de los sobornos a empleados públicos, que en nuestro país son muy infrecuentes. Una excepción fue el caso Guateque, una trama de concesión de licencias exprés a locales comerciales que fue denunciada hace seis años en el Ayuntamiento de Madrid, con más de 100 imputados de los que 28 fueron finalmente procesados, siendo solo seis de ellos funcionarios o técnicos municipales.

Y luego está la macrocorrupción propiamente dicha, las tramas de cohecho con las autoridades públicas para la obtención de grandes contratos de obras y servicios, así como de infraestructuras urbanas. Es el caso de las redes clientelares como Gürtel o Filesa, así como todo el historial de cohechos revelado por la confesión de Bárcenas. Pero es preciso señalar que en esta corrupción a escala macro no intervienen los funcionarios, sino aquellos políticos de partido con capacidad para decidir (concejales, alcaldes, consejeros, ministros) y otros cargos de libre designación que forman parte de sus redes de confianza, así como por supuesto los empresarios corruptores y otros intermediarios especuladores o comisionistas. Y debe subrayarse que todos ellos, aunque ocupen cargos públicos electos, actúan en exclusiva defensa de intereses de parte, ya sea movidos por el afán de lucro que caracteriza a los intereses privados o por el afán de poder que caracteriza a los partidos políticos aunque digan defender el interés general.

Pero por extendida que esté, colonizando grandes áreas de las Administraciones públicas, esta macrocorrupción está muy localizada en las altas esferas del poder empresarial y político, sin que afecte para nada al grueso de los cuerpos de funcionarios y demás servidores públicos. De modo que, contra el estereotipo de PIGS con que nos descalifican los nórdicos, muy bien podría sostenerse justamente al contrario que España es un modelo de integridad pública, dado que la corrupción sólo contamina a las cúpulas de los partidos políticos y los grupos empresariales, siendo un coto privado de la casta dirigente y las hoy llamadas élites extractivas. Y así viene a corroborarlo el nuevo Barómetro Global de la Corrupción 2013 que acaba de hacer público Transparencia Internacional, que evalúa el impacto de la corrupción sobre diferentes sectores institucionales en una muestra de países seleccionados, entre los que figura España. Y de sus datos se deduce que la corrupción española, por comparación con nuestro entorno europeo, afecta sobre todo a los tres poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), pero no en absoluto a los servicios públicos (educación y sanidad) ni a los cuerpos de funcionarios, cuyas cifras de integridad o falta de corrupción son equiparables a las de los países nórdicos, con apreciable ventaja sobre Italia o incluso Francia.

En suma, lo que caracteriza a nuestros servidores públicos no es la corrupción, sino la moral cívica, que les hace anteponer la defensa de los derechos de los ciudadanos a los que prestan servicios por delante de sus propios intereses personales. Nuestros docentes, nuestro personal sanitario, los funcionarios de nuestras Administraciones públicas, no están en venta: ni se venden al mejor postor ni, por tanto, aceptan sobornos. En cambio, los ejecutivos financieros o los empresarios privados sí se venden al mejor postor, y los políticos de partido (o de sindicato) también están en venta, a juzgar por la muy elevada corrupción privada y partidista. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué hay en los intereses privados y partidistas que les permite caer en la corrupción? Sin duda lo hacen porque el fin justifica los medios: en el amor, como en la guerra, todo vale. El amor al poder y la riqueza, pero también la guerra comercial (es decir, la competencia de mercado) y la guerra política (es decir, la lucha por el poder). En la doble contabilidad de Bárcenas, los empresarios donantes se hacen corruptores para adquirir ventaja sobre sus competidores, y los políticos receptores se dejan corromper para adquirir mayor ventaja sobre los partidos rivales.

El problema es que en estos tiempos en que se nos impone por miedo a la crisis el neoliberalismo anglosajón (Escila) o el ordoliberalismo alemán (Caribdis), el imperativo categórico es la sacrosanta competitividad privada. Los neoliberales nos impulsan a privatizar lo público para ganar rentabilidad económica y los ordoliberales nos exigen ajustar el déficit público para ganar racionalidad administrativa. Pero en ambos casos el objetivo es el mismo: la competitividad. Es la nueva regla de oro que también se impone a los servicios públicos, obligados a competir en un mercado libre donde todo se compra y se vende al mejor postor, lo que en la práctica conduce a la corrupción por la vía de la venalidad. Es el destino al que parece conducirnos la liberalización de lo público, cuya moral cívica de servicio al público es sustituida y suplantada por la nueva moral lucrativa de servicio al cliente privado. El problema es que con ello se pueda perder también la integridad pública, en la medida en que parezca un coste deficitario. Pues ese y no otro es el dilema de nuestro tiempo: competitividad venal o integridad de oficio. Se aceptan apuestas.

Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

viernes, 9 de agosto de 2013

Vacunas

El anuncio de una nueva vacuna contra la malaria –aún en los inicios de su experimentación en humanos-  no ha resultado una grata sorpresa para mí. Más bien al contrario, porque de lo único que estoy seguro es que ahondará en las recurrentes crisis alimentarias que sacuden África con periodicidad casi aplastante. Como el SIDA, las fiebres hemorrágicas y otra legión de patógenos que devastan el tercer mundo, la malaria es el principal dique de contención de un estallido demográfico en las países subdesarrollados que podría llevar a todas las sociedades afectadas a un colapso definitivo.

No es que yo sea especialmente malthusiano, pues confío, y mucho, en las tecnologías agrícolas y alimentarias como panacea para un mundo cada vez más superpoblado. La Tierra puede dar mucho más de sí, si se la explota adecuadamente y se emplea la biotecnología de forma sensata (por mucho que a demasiados ecologistas de salón, que saben de bioquímica y biotecnología lo que yo de literatura egipcia, les cause un profundo espanto la asociación de la agricultura con la química). Sin embargo, la cuestión no está en la producción de alimentos, sino en la sostenibilidad económica de un mundo superpoblado.

O lo que es lo mismo, deberíamos plantearnos la cuestión de que para qué salvar tantas vidas tercermundistas si luego no van a tener la oportunidad de subsistir dignamente. Cuanto más se incremente la población en las zonas subdesarrolladas sin que ese crecimiento lleve pareja una sustancial mejora de las economías nacionales que se traduzca en mejores condiciones de vida para toda la población, más rápidamente se estará gestando una burbuja demográfica que sólo puede explotar por la vía de las hambrunas y la guerra.

Me pregunto, y no es una cuestión retórica, si no es una salvajada salvar a un niño de la malaria para que años después sea un escuálido adolescente que fallezca de hambre o acabe cosido a tiros en una de las innumerables guerras endémicas en el Tercer Mundo. Ese incremento de la esperanza de vida no se sabe muy bien para qué, fomentado por las bienintencionadas acciones de hombres europeos de bata blanca, no sirve de nada sino va acompañado de otras medidas de mucho mayor calado. ¿Bienintencionadas, he dicho? Quizás no tanto.

Los avances históricos en la medicina occidental han corrido parejos a unas mejoras sustanciales de las economías nacionales. Eso se ha traducido en que los avances médicos y farmacológicos han estado siempre correlacionados con los avances en capacidad adquisitiva, calidad de vida y educación. Sobre todo respecto a esta última y la consiguiente difusión de las estrategias anticonceptivas que limitan la enorme fecundidad teórica de la especie humana. De este modo, los incrementos en la esperanza de vida occidental han evolucionado en paralelo a los índices de desarrollo humano (IDH) y a la contención del crecimiento de la población de los países desarrollados.

Prevenir la malaria de forma definitiva por medio de una vacuna totalmente efectiva sin garantizar al propio tiempo el desarrollo económico y social del tercer mundo es equivalente a poner una bomba termonuclear retardada de millones de megatones en el epicentro de los focos de la malaria, que casualmente son países en su mayoría subdesarrollados o en vías de desarrollo. Es promover de forma indirecta una catástrofe alimentaria, medioambiental y demográfica en unas zonas ya tremendamente castigadas -si no definitivamente condenadas- y al límite de supervivencia. Y por descontado, es aumentar la dependencia de los países subdesarrollados de la caridad occidental.

No son los avances sanitarios los que han promovido el bienestar de las poblaciones, ni mucho menos. Al contrario, el bienestar económico y social facilita los avances sanitarios. Imponer el criterio eurocéntrico es cometer de nuevo los viejos errores del colonialismo, como cuando la multinacional Nestlé se dedicaban a repartir toneladas de leche en polvo por una África subsahariana en la que no había agua potable con que disolverla. No podemos actuar en contra de la lógica y el sentido común, ni empezar la casa por el tejado. Es fundamental facilitar el desarrollo económico sostenible de los países del tercer mundo, como paso previo a una educación generalizada y de calidad suficiente como para romper viejos prejuicios y tabúes que faciliten la adopción del control de natalidad como un mecanismo natural de regulación demográfica. Y como llave de acceso a un tipo de economía que permita el desarrollo generalizado y sostenible de toda esa zona.

Cualquier otra actuación es muy propia de un “buenismo” de corte blanco y occidental (muy acentuado en multitud de ONG) pero que en el mejor de los casos sólo significa gastar dinero a lo tonto, como justificación autocomplaciente de nuestro estilo de vida; mientras que en el peor de los casos se traduce directamente en catástrofes humanas que se podían prevenir perfectamente con un poco de sentido común. Recomiendo, y no es la primera vez, la lectura del impagable libro “Blanco bueno busca negro pobre”, de Gustau Nerín, que constituye la crítica más demoledora e irónica que jamás he visto sobre los desastres causados por las buenas intenciones de las ONG occidentales en África.

Y el sentido común nos dice que una vacuna para la malaria en este momento sólo servirá para que alguien gane el premio Nobel de medicina, como no podría ser de otra manera; mientras la industria farmacéutica se forre vacunando a todo quisque con grandes beneficios mientras dure la patente. Pero lo que es para los negritos de África, la malaria es el menor de sus problemas, y que los vacunemos contra la malaria para luego acabar contrayendo el SIDA, contra el que no hay cura (ni la habrá en muchos años) sino sólo medicamentos de contención carísimos, resulta un sarcasmo macabro. Y cruel.