jueves, 19 de abril de 2018

Lo que la posverdad esconde

Que lo de menos es la amplia gama de delitos que podrían haber cometido los presos-políticos-presos independentistas es algo que a estas alturas ya todo el mundo da por descontado, menos Jiménez Losantos, los fascistas estratosféricos de Vox y unos miles de tuiteros hiperintoxicados de españolidad patriotera. La cuestión es, en resumen, que ser inocentes o culpables de los delitos que se les imputan no tiene la menor relevancia política, aunque luego los Jordis y compañía se pasen diez años en la cárcel hasta que el Tribunal de Estrasburgo los excarcele, le imponga una indemnización de campeonato al estado español y Rajoy se descojone en su butaca de jubilado, porque a él, a aquéllas alturas, nadie  irá a reclamarle nada.

Porque aquí la cuestión no es judicial, aunque todo el tinglado esté disfrazado de esa guisa, y el atrezzo por el que los personajes deambulan en esta tragicomedia sea notoriamente jurídico. Es un aditivo para que los acríticos comulguen con ruedas de molino sin atragantarse con el nauseabundo aroma de la putrefacción a la que la clase política ha condenado a los jueces en España, cargándose de paso y al trote largo la separación de poderes, cosa que en este momento casi nadie -excepto los antes mencionados- cree que exista en el estado español. Yo apuntaría que tal vez sí existe un esbozo de independencia judicial, pero que está sometida a tensiones políticas tan inmoderadas en determinados asuntos, que pasan por encima de cualquier otra consideración sin que ningún juez se atreva a decir esta boca es mía, visto lo ocurrido anteriormente con Garzón, Silva, Vidal y alguno otro. Sólo así se explica que M. Rajoy sea desconocido para toda la judicatura, mientras que en cambio, la Guardia Civil se saque de la manga unos dineros malversados que hasta el ministro Montoro niega, y acudan los togados del tribunal supremo en tropel a pedir extradiciones sin cuento. Es decir, los jueces son humanos y, ideologías aparte, también tienen miedos y ambiciones personales. Y desde luego, una tendencia innata a no morder la mano que les da de comer, es decir, la de quien les puede servir un menú de tres estrellas Michelin, o dejarlos en un tascucio de barrio con un menú de seis euros.

Como decía, la cuestión no es judicial, sino puramente política. Y es cosa sabida que en este país, que es el que más políticos en activo tiene del hemisferio occidental, nuestros gobernantes no saben hacer política, sino que sólo saben politiquear, que es cosa bien distinta y peyorativa. Ante la escasa talla de estadistas de nuestros políticos y su nula capacidad negociadora (que es la base sobre la que se asienta cualquier actividad política medianamente aceptable en un estado de derecho), los jefazos de Madrid han optado por la vía más sencilla, como ha sido tirar encima de los independentistas a sus irredentas tropas del Supremo y del antiguo Tribunal de Orden Público (ahora ya sabemos por qué nunca lo disolvieron, sino que lo transformaron en ese engendro denominado Audiencia Nacional, que podía volver a serles muy útil cuando hubiera que girar la tortilla) en persecución manifiesta y salvaje de cualquier independentista que se ponga inocentemente a tiro, aunque sea por llevar una nariz de payaso.

La cuestión, repito, es dar un escarmiento tan sensacional a los independentistas, que aunque diez años después las instancias europeas les den la razón, ya no queden ni ganas, ni fuerzas, ni gente con ánimos para volver a intentar independizarse de España. Así que a los fascisto-demócratas que nos gobiernan les da lo mismo la justicia, la equidad, la seguridad jurídica, la proporcionalidad y todas esas martingalas que sirven, sí, pero sólo para el ejercicio cabal del derecho y el respeto de los procedimientos, pero no valen para nada cuando se trata de conseguir objetivos políticos. O mejor, dicho, cuando incapaces de hacer política de la buena, tratan de reconvertirlo todo a una pamema judicial que le dé a todo el asunto una pátina de legalidad bajo la que esconder el núcleo duro de las heces con que se está alimentando el presunto estado de derecho español, como si nada.

O sea, que ya les está bien que todo se alargue y alargue de forma indeterminada, mientras puedan tener a buen recaudo a los rehenes de  Estremera y aledaños, con toda la intención de quebrarles a ellos y en consecuencia, quebrar el ánimo del colectivo  independentista a cualquier precio, por exagerado y estrafalario que resulte a ojos de cualquier observador imparcial. Por eso mismo, les da igual la opinión que tenga de ellos la comunidad internacional, porque saben que fronteras adentro de España, nadie puede obligarles a nada, pese a cierto horror con el que se empiezan a contemplar internacionalmente los frutos de la transición española de 1977, hasta ahora alabados y halagados sin cuento, lo cual ya era muy preocupante años antes de todo el estallido catalán, cuando la trama del 23 F quedó sin que se descabezara la auténtica cúpula ideológica y fáctica. Una constante  que se repitió durante los años de plomo del PSOE y su guerra sucia con el GAL y la policía (ex)franquista usada para torturar y asesinar abertzales y etarras sin tener que pasar por el molesto trámite de un juicio con luz y taquígrafos.

Porque todos parecen haber olvidado que la guerra sucia y la corrupción viene de mucho antes del PP. Viene de cuando Felipe y Alfonso, esa pareja de personajes que con sus modos de poli bueno y poli malo inauguraron la época de un postfranquismo mafioso que se alimentaba de los mismos brebajes que el caudillo y sus socios. A cambio de poner a España en  el mapa y que Europa dejara de mirarla como una apestada, sentaron las bases de un nuevo autoritarismo corrompido que ha llegado, amplificado, hasta nuestros días, cerrando el círculo iniciado cuarenta años atrás. Y es que, como siempre ha dicho la sabiduría popular, las manzanas podridas en el cesto sólo hacen que acelerar la putrefacción de las sanas . En el cesto español se dejaron todas las manzanas franquistas, que han ido enmoheciendo todas las virtudes de aquella joven democracia que parecía tan prometedora en 1977.

Y encima la única solución que se le ocurre a este país es lanzar al estrellato a Rivera, el nuevo Alejandro Lerroux del siglo XXI. Francamente esperpéntico.

jueves, 12 de abril de 2018

The Post

Quienes hayan visto la película The Post seguramente se habrán hecho la misma reflexión que yo al finalizar su proyección, porque pese a la dificultad de seguir algunos de sus diálogos, debido a la proliferación de personajes históricos específicamente norteamericanos, y por tanto  en su mayoría desconocidos o apenas esbozados en la memoria del público europeo, la película es en sí un canto a la libertad de prensa y a la valentía de editores, redactores y periodistas para defenderla. Y no precisamente se trata de la libertad de prensa tal como se entiende aquí en España, sino a la libertad de prensa como un bien precioso e imprescindible para el desarrollo y mantenimiento de la democracia.

Tanto es así, que la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de América, dice en su traducción literal: “El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa; ni el derecho a la asamblea pacífica de las personas, ni de solicitar al gobierno una compensación de agravios”.  Precisamente la lucha por la libertad e independencia de la prensa motivó la durísima batalla legal que en 1971 mantuvieron el gobierno de la administración Nixon y los diarios The New York Times y The Washington Post por el derecho de estos últimos a publicar filtraciones que demostraban cómo el gobierno americano había mentido a la opinión pública y manipulado sistemáticamente la información relativa a la guerra del Viertnam, un hecho que precipitó en gran medida la aceptación de la derrota americana en Indochina y el posterior cese de las hostilidades, unos años más tarde.

La resolución de la Corte Suprema de los EEUU contiene una reflexión especial de uno de sus miembros, el juez Black, que tajantemente afirmó que “la prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernantes”. (literalmente: In the First Amendment the Founding Fathers gave the free press the protection it must have to fulfill its essential role in our democracy. The press was to serve the governed, not the governors. The Government's power to censor the press was abolished so that the press would remain forever free to censure the Government. The press was protected so that it could bare the secrets of government and inform the people. Only a free and unrestrained press can effectively expose deception in government). Esta defensa tan rotunda de la libertad de prensa, entendida como independencia real de los medios respecto a intereses de terceros,  debería hacer reflexionar a cualquier periodista en activo, y aún más a los estudiantes de periodismo, sobre la situación en España.

Por suerte para el pueblo norteamericano, en Estados Unidos la prensa suele formar parte de conglomerados privados muy potentes donde los editores son los propietarios, sometidos a muy pocas restricciones debido a que la capitalización de las cabeceras es suficiente para no depender ni de las subvenciones gubernamentales más o menos encubiertas –en forma de publicidad institucional y otras artimañas muy conocidas por aquí- ni de los designios de un consejo de administración dominado por los bancos de Wall Street. Eso ha permitido que la prensa norteamericana se haya configurado como un auténtico contrapoder a las acciones del gobierno, de modo que incluso un hombre tan poderoso como el Presidente de los Estados Unidos debe andarse con mucho cuidado con lo que dice, hace o tiene planeado hacer, porque puede ser atacado sin piedad ninguna –caso de Donald Trump- e incluso ser descabalgado del cargo, como bien sufrió en sus carnes el propio Nixon en 1974.

Si buscamos paralelismos en España nos encontramos ante un panorama desolador, en el que la prensa nacional tiende a  alinearse sistemáticamente del lado de las tesis gubernamentales sin asomo del menor criticismo, o peor aún, cuando acata de forma servil y abyecta las órdenes de La Moncloa sin cuestionarse siquiera un ápice no ya de la verdad, sino tan solo la versoimilitud de algunas de las inconcebibles declaraciones y actuaciones del gobierno español, especialmente de los ministros Zoido y Catalá. Sólo así se comprende su alineamiento incuestionable del lado de la tesis gubernamental de la rebelión violenta en Cataluña, negando así la evidencia abrumadora de que tal violencia ni existió en su momento ni existe en la actualidad, motivo de escándalo internacional y retroceso impoarable del prestigio español en el extranjero. Sólo así se comprende también que la prensa nacional jalee las detenciones  de miembros de los CDR bajo la impropia y espeluzananta acusación genérica de “terrorismo”, por haber levantado barreras de peajes y haber cortado carreteras (cosa que la mayoría de los dirigentes más jóvenes del PP se hartaron de hacer cuando el último gobierno del PSOE para tratar de desestabilizarlo, como bien le han recordado al indecente Pablo Casado –cuando era dirigente de las Nuevas generaciones del PP- desde diversos medios digitales). Claro que entonces no habían modificado el Código Penal  a medias entre el PP y el PSOE para que todo lo que le diera la gana al gobierno de turno se pudiera etiquetar de “terrorismo”. Una vergüenza nacional inadmisible, pero que coló precisamente porque la prensa no ejerció como debía su papel crítico y analítico, sino todo lo contrario.

De este modo España se está configurando como el único país presuntamente democrático del mundo donde manifestarse en la vía pública y practicar la desobediencia civil pacífica puede ser constitutivo de un delito de terrorismo, lo que me parece –a falta de mayor información para contrastar- que es incluso más de lo que se ha atrevido Erdogan a hacer en Turquía, que es cualquier cosa menos un país donde las libertades civiles estén garantizadas. Y es que la Guardia Civil española se está configurando como una especie de guardaespaldas del verdadero terrorismo, que es el de Estado, auspiciado por los fiscales y jueces que tienen una visión de España que dista mucho de lo que es una democracia comprometida con las libertades civiles. Como por ejemplo, y ante una Europa que ha dado la espalda a las acusaciones de rebelión, el relato español está asociando ahora el delito de rebelión con una presunta violencia puramente intencional o verbal, de modo que -como ya anticipé hace algunos años- el delito ya no está en una acción inexistente, sino que se convierte en delito de pensamiento, más grave aún si se expresa públicamente. Erdogan desencadenado y más aún.

Pero el problema de fondo no es la Guardia Civil ni la judicatura, ni siquiera un gobierno manipulador y mentiroso como el de Rajoy, sino el triste e infame papel que está cumpliendo la prensa nacional al servicio de los intereses gubernamentales y del IBEX35. De un plumazo se han cargado todo lo que los estudiantes de periodismo estudian con ahínco durante sus años de formación univesitaria: la información veraz, la crítica objetiva basada en hechos y no en presunciones, el aparcamiento de prejucios personales e ideológicos y, ante todo, la independencia del periodista a la hora de informar. Todo eso se ha ido al carajo en los últimos años, al margen de la orientación ideológica de cualquier diario, la cual no sólo es legítima, sino necesaria. Pero una cosa es la orientación ideológica, y otra muy distinta convertirse en el Pravda de turno que no sólo se dedica a actuar de portavoz del oficialismo gubernamental, sino además se atreve a purgar sin contemplaciones  a todos los periodistas y redactores de columnas de opinión que no sean totalmente acríticos con la línea editorial, por más barbaridades que propugne, como es el caso de El País, El Mundo, ABC o La Razón, por citar a los cuatro diarios de mayor difusión en la capital del reino. Todos ellos han practicado en los últimos meses, pero especialmente El País, el acoso sistemático a los empleados o colaboradores díscolos e independientes, para acabar despidiéndolos sin contemplaciones pese a que en algunos casos se trataba de profesionales cualificados con una larga trayectoria en el diario y un más que justificado prestigio en sus respectivas áreas.

Pero por lo visto, cuando está en juego la unidad  estatal todo eso son minucias sin valor, pues  de lo que se trata es de cerrar filas en torno al relato oficial por inverosímil y bochornoso que resulte. Y si para ello hay que omitir datos, presentar imágenes falsas, fabricar argumentos espúreos, poner en primera línea a los periodistas más difamatorios y falaces y prestar las páginas de opinión a bárbaros mamarrachos que sólo saben escupir odio y rencor contra los catalanes, pues se hace y santas pascuas, que eso tendrá doble premio: el beneplácito paternalista del gobierno y la fidelidad del lector más indocumentado, crédulo y acrítico.

Precisamente por eso, aunque sólo sirva para remover algunas conciencias adormecidas, recomiendo vivamente a la audiencia que vea serenamente The Post de principio a fin, para constatar que periodismo es eso que nos muestran Hanks, Streep y el resto del elenco en la pantalla grande, y no ese penoso sucedáneo de la prensa española que nos vemos obligados a ingerir día sí y otro también.

jueves, 5 de abril de 2018

Novichok españolista

Estos últimos días circulan por la red diversos comentarios a propósito del uso de las técnicas goebbelsianas de propaganda por parte del gobierno español y sus divisiones panzer mediáticas en relación con el problema catalán. Se han hecho famosos los mal denominados once principios de Goebbels, aunque en ningún momento los formuló de forma tan sistemática el famoso ministro de  propaganda del Tercer Reich.  A fin de cuentas, las técnicas de Goebbels son tan antiguas como la política, y consisten básicamente en construir un relato en el que es necesario un enemigo común, a ser posible epítome de la maldad, sobre el que hay que difundir todo tipo de falsedades repetidas machaconamente una y otra vez, con el fin de crear un estado de ánimo en las masas muy proclive a la adopción de medidas drásticas (en los casos más civilizados) o de detonar auténticos pogromos, en el supuesto de hordas indocumentadas y proclives a la violencia. Finalmente, toda la rabia contenida se proyecta sobre el enemigo común, al cual hay que aplastar a toda costa  para preservar unos valores indeterminados que pueden ir desde la pureza de la raza hasta la unidad de la patria, pasando por la fe religiosa verdadera. En definitiva, todo el montaje se hace para que unos fines presumiblemente nobles justifiquen el uso de medios inmorales o directamente atroces, como es el caso de la España perseguidora de políticos catalanes por rebelión. En fin, nada que no supiera William Randolph Hearst y los redactores de sus diarios a finales del siglo XIX, que allanaron el camino para  que los yanquis le propinaran la penúltima soberana paliza a la España imperial  en su triste ocaso (la última fue la de Filipinas).

Lo único que ha cambiado desde los tiempos de Hearst es que el volumen de información circulante se ha  multiplicado de forma no ya geométrica, sino exponencial, casi acorde con el nivel de estulticia de los lectores, que, en vez de cuestionarse lo que sucede realmente y tratar de documentarse mediante diversas fuentes -necesariamente de distinto pelaje-, se limitan a dejarse saturar por el mismo mensaje repetido una y otra vez por sus acólitos  afines, de un modo tan histriónico e histérico que confluye en una posverdad inventada y generada a base de repetir mentiras. Como cuando para indicar la violencia catalana en las calles, prestigiosos diarios de Madrid, a falta de información gráfica veraz, utilizan las hostias que se repartieron en cualquier otro punto de la península. O sea, que lo que La Razón mostro en primera página ni era Cataluña ni eran independentistas, sino que era Valencia i ultras fascistas. Lo que cuenta es el titular y una gran foto, lo demás –es decir, la verdad- es un accesorio incómodo. Sobre todo si se cumple lo que decía Lluís Solà en su libro "Llibertat i Sentit": "La forma más cínica, más perversa i también, tal vez, más efectiva de descalificar a un enemigo es acusarlo de lo mismo que practica el poder descalificador....Calificar al otro de racista, nacionalista o ladrón,si se practica el racismo, el nacionalismo o el pillaje sistemático"

O cuando, en el clímax del delirio patriótico, tanto el ministro del interior como la fiscalía del estado se atreven a lo que ni el Ku Klux Klan intentó hace décadas, como es acusar a un movimiento de desobediencia civil  pacífico (allí fue el encabezado por Luther King, aquí son los CDR) de violencia por levantar barreras de peajes y cortar carreteras. Si Mandela levantara la cabeza, alucinaría en colores y estéreo al comprobar que un pequeño colectivo de un país presuntamente europeo, presuntamente civilizado y presuntamente moderno, además de presuntamente democrático, es atacado con la fiereza propia de quienes tratan de impedir la toma de la Bastilla o la Revolución de Octubre, que en esas si hubo sangre. Vamos, que lo de Soweto en su época se queda corto para lo que pretenden hacernos a los independentistas.

Y es que la distorsión de la información a la que hemos llegado es mucho peor que la que existía en tiempos de Hitler. En los años dorados de la Alemania nazi, el problema era de monopolio informativo. Ahora, además del monopolio (en forma de unas pocas cabeceras de prensa serviles a la subvención y la ayuda pública del gobierno de turno y lacayas del poder económico del IBEX) hay que sumar unas tácticas de saturación que hubieran hecho las delicias de Goebbels. Por eso hace muchísima gracia que los medios madrileños acusen a los catalanes, en franca inferioridad, de ser hitlerianos en la aplicación de sus técnicas de propaganda, teniendo en cuenta que los superan en número de forma tan abrumadora, que aún parece mentira -como dice Pérez Reverte- (ser buen escritor no se traduce necesariamente en ser inteligente, como bien sabe la señora de Vargas Llosa) que en el extranjero hagan más caso mediático a las pequeños catalanes que a la todopoderosa España.

Y es que, como le respondió Sala I Martín al ínclito Pérez Reverte, a la vista de eso, tal vez el sublime académico tendría que cuestionarse dónde está la verdad en este asunto de la violencia, la rebelión y los malísimos supremacistas que somos los independentistas. Y es que el problema de la guerra de  la posverdad es que es una especie de novichok informativo, inodoro, incoloro e insípido pero tremendamente tóxico y prácticamente letal para las neuronas encargadas del pensamiento crítico independiente.

La única vacuna ante tanta barbarie informativa es ceñirse a los medios internacionales, por un lado; y prescindir totalmente de las redes sociales, por el otro. De esa manera he llegado a leer sólo The Guardian, las BBC News y Russia Today para contrastar los datos que me faciltia la prensa española y catalana. Y, por supuesto, me he prohibido seguir en Twitter a ni uno sólo de las facinerosos que, como Girauta, publican un intento de robo en un concesionario de automóviles como si fuera un acto vandálico de un CDR inexistente y se quedan tan anchos. Tanto, que se van a bailar sevillanas por ahí sin retirar ni una coma de lo puesto. Miente, que algo queda, pero claro, si esas barbaridades las hace un político profesional de la talla (o enanismo) de Girauta, qué no se le ocurrirá decir al mastuerzo de turno con el cerebro apolillado y las neuronas pintadas de rojo y gualda, en cuanto le dejen un teclado con el que insultar a los catalanes que no piensen como él.

Es cierto que este problema es bidireccional y desemboca en un cruce de acusaciones muchas veces sin fundamento en un sentido o en otro, pero como ya escribí en su momento eso carece de simetría, pues no es lo mismo el uso defensivo de las mismas armas que utiliza el enemigo con una finalidad claramente agresiva y destructora.  En esta, como en todas las contiendas de un David contra un Goliat, de lo que se trata es de fanatizar a un grupo de población enorme contra alguna minoría, sean judíos en el Tercer Reich, católicos en el Ulster, palestinos en Israel, inmigrantes en las costas europeas o infieles en el Islam. Y por supuesto, catalanes en España, de quienes se busca un sometimiento humillante a cualquier precio, con el inequívoco fin de que no se nos vuelva a ocurrir la idea de repetir el 1 de octubre en los próximos cien años.

Claro que, visto el ejemplo de casos anteriores que acabo de mencionar, lo único que así se consigue es cronificar la situación y enconarla aún más si cabe. Hace unas décadas, con que la prensa dejara de hablar del tema era suficiente para ir rebajando las tensiones paulatinamente, pero en la actualidad, con la infección informativa bullendo en las redes sociales, las heridas infligidas son personales e intransferibles y además se transmiten a una velocidad increíblemente más alta y con mucha más intensidad. Queda muy poco margen para la autovacunación o para otra defensa que no sea un contraataque virulento. Ahora las redes funcionan como un sustrato epidémico, en el que cualquier noticia falsa o malintencionada genera muchísimo daño en muy poco tiempo y sin remedio posible, por más desmentidos y correcciones que se hagan  después. Aunque no mate, deja marcas permanentes en la honorabilidad y sentimientos de muchas personas, no ya como colectivo, sino también individualmente, y eso es muy difícil de superar por años que pasen.

Al igual que el agente novichok con que se acusa a los rusos de envenenar a los Skripal (por cierto, otro caso de intoxicación informativa masiva en la que se lanzan acusaciones pero no se presentan pruebas contundentes), la falsedad en los medios sociales es extremadamente tóxica, aparentemente indetectable, de fácil difusión y  nulo control de sus efectos a largo plazo. Y la inexistencia de antídotos hace que el daño sea permanente e irreversible. En el caso de Cataluña, las consecuencias de la analogía son obvias: para salvar la unidad de España, se está matando la democracia. Para tratar de frenar la infección independentista, se está diseminado como nunca el germen del antiespañolismo en Cataluña. Al final, ¿que nos quedará?

miércoles, 28 de marzo de 2018

Cataluña: entre la violencia y el pacifismo



Para aviso de  ciudadanos despistados, periodistas ingenuos y analistas papanatas que destacan la imperiosa necesidad de que la "revolución" catalana sea ante todo pacífica, transcribo aquí, íntegro, un artículo aparecido inicialmente en theconversation.com y publicado poco después por el diario The Independent en 2016 (o sea, bastante antes de que  "el procés" se recalentara como actualmente), y  que deja bien claro que el mero pacifismo es no sólo inútil sino utópico en el contexto de un proceso de liberación nacional. Atención a determinados párrafos, que el lector avispado identificará de inmediato por la similitud conceptual respecto a lo que sucede entre Cataluña y España, y porque pone sobre la mesa la necesidad de que el catalanismo político escoja bien la claudicación definitiva o bien la confrontación ineludible si quiere conseguir sus objetivos (a muy largo plazo y con un sacrificio enorme). No hay una opción barata y rápida, porque Gandhi, sin el sustrato específico de violencia que sostuvo durante noventa años al independentismo indio, nada hubiera conseguido por sí solo.




La violencia olvidada que ayudó a India a liberarse del dominio colonial
El camino hacia la independencia no fue una simple historia de desobediencia civil

Por Joseph McQuade




La visión popular del viaje de la India hacia la independencia del gobierno británico es la famosa historia de la campaña extraordinaria de protesta no violenta de Mohandas Gandhi. Es un patrimonio aún hoy destacado durante las visitas de estado internacionales.

Pero había otro lado, a menudo olvidado, y mucho menos pacífico, de la lucha por la independencia de la India.


El dominio colonial británico en la India se había establecido a través de una serie de guerras libradas en todo el subcontinente desde mediados del siglo XVIII en adelante. Fue sangriento y gradual, y descansó sobre una delgada base de coerción y dominio militar.


Esto quedó dolorosamente claro con el levantamiento de 1857, en el que estallaron una serie de rebeliones en el norte de la India, que socavaron seriamente la confianza imperial. Aunque el motín fue aplastado, su recuerdo siguió inspirando a generaciones de anticolonialistas indios, que más tarde se referirían a él como la Primera Guerra de la Independencia.


Si bien los acontecimientos de 1857 fueron descritos por las autoridades coloniales en varios términos, incluyendo "motín", "rebelión" e "insurgencia", el primer acto de violencia anticolonial que recibió la etiqueta de "terrorismo", fue llevado a cabo más de 40 años después.


En 1897, dos hermanos asesinaron a W.C. Rand, un oficial del servicio civil responsable de tratar un brote de peste bubónica en la ciudad de Pune, cuyas medidas de entrada forzosa a domicilios, exámenes corporales y segregación fueron consideradas extremadamente duras.


Más tarde, después de que los funcionarios coloniales decidieran dividir la próspera provincia de Bengala en 1905, las formas no violentas de protesta popular fueron acompañadas por el crecimiento de células secretas de revolucionarios que buscaban socavar la autoridad imperial británica usando asesinatos selectivos y ataques con bombas.


Aunque la partición fue anulada en 1911, las organizaciones revolucionarias que engendró no desaparecieron. De hecho, se expandieron masivamente.


El 1 de noviembre de 1913, los revolucionarios indios que vivían en San Francisco publicaron el primer número de Ghadar, o Mutiny, un semanario radical que rápidamente desarrolló lectores a nivel mundial. En el verano de 1914, el Ghadar Party que fundaron fue una organización internacional, con más de 6.000 miembros y redes en América del Norte, Europa y Asia.

En febrero de 1915, los revolucionarios vinculados al partido Ghadar intentaron derrocar el dominio británico a través de un levantamiento ambicioso en el norte de la India. Liderados por Rash Behari Bose, un veterano revolucionario que había intentado personalmente asesinar al virrey de la India en 1912, los revolucionarios trataron de convencer al ejército indio para que se amotinase diseminando propaganda en Lahore, Rawalpindi y Meerut.

La trama se frustró después de que un espía pagado por los británicos penetrara en la organización, provocando una gran represión en la que cientos de radicales fueron detenidos. Bose se vio obligado a huir de la India, escapando a Japón, donde viviría el resto de su vida en el exilio.

Al mes siguiente, los revolucionarios de Ghadar en los Estados Unidos adquirieron dos barcos, el Annie Larsen y el Maverick. Planeaban realizar un gran levantamiento en armas en Calcuta el día de Navidad. Se programó para coincidir con otro levantamiento planificado en Birmania, que aún formaba parte de la India británica, y una incursión en las islas carcelarias de Andamán, en el que los radicales encarcelados serían liberados para tomar las armas contra los británicos.

Al igual que el levantamiento de febrero, el complot del Día de Navidad fue detectado y frustrado por los servicios de inteligencia colonial, que habían expandido sus operaciones a una escala global en respuesta al alcance transnacional de Ghadar.

Con la implementación de una estricta legislación de tiempos de guerra como la Ley de Defensa de la India, 1916 fue un punto de inflexión para la campaña revolucionaria, que fue llevada a la clandestinidad por los servicios de inteligencia imperiales, que detuvieron a varios cientos de presuntos revolucionarios.

Las organizaciones revolucionarias de la India no desaparecieron después de la Primera Guerra Mundial. Cuando expiraron las medidas de guerra, el gobierno colonial implementó la Ley Rowlatt de 1919 en un esfuerzo por extender los poderes ejecutivos al período de la posguerra. La legislación propuesta permitía a los sospechosos ser internados sin juicio y permitía que los casos políticos fueran juzgados sin jurados. Esto provocó indignación entre la mayoría de la población india, que lo consideró un insulto a su servicio leal durante la guerra.


En una reunión en Amritsar en abril de 1919, las tropas imperiales abrieron fuego contra una multitud de manifestantes desarmados, matando al menos a 379 personas y desatando ira en todo el país.


Este es el contexto en el que Mohandas Gandhi (generalmente llamado Mahatma por respeto) surgió para liderar el movimiento nacionalista indio, al que se unió con un mensaje de  no cooperación pacífica y resistencia no violenta. No obstante, las organizaciones anticoloniales más violentas formadas en los años anteriores y posteriores a la Primera Guerra Mundial influyeron en la política anticolonial y en la seguridad imperial hasta la independencia y partición de la India en 1947.

Después de la Segunda Guerra Mundial, muchos funcionarios británicos se inquietaron por el miedo al Ejército Nacional Indio, una organización militar formada por prisioneros de guerra indios liberados de la custodia japonesa y dirigidos por el famoso nacionalista Subhas Chandra Bose.

A pesar de ser derrotado militarmente, el INA fortaleció la inquietud británica de que la continua ocupación de la India se enfrentaría con una resistencia violenta. Tras el fin de la guerra, el juicio de los prisioneros de la INA supuso un serio problema para la legitimidad colonial y ayudó a alimentar el nacionalismo masivo que obligó a Gran Bretaña a retirarse en 1947.

Entonces, si bien es la memoria de Gandhi y la no violencia lo que ahora remarcan los políticos británicos cuando visitan la India, el otro lado de la historia es muy real y no debe olvidarse.

Recordar la historia de los revolucionarios indios no es solo una cuestión de llenar las lagunas históricas. Nos puede ayudar a obtener una perspectiva de la sociedad moderna al mirar el pasado reciente.

Ahora, una visita a India de la primera ministra británica Theresa May ha incluido una promesa con su homólogo indio, Narendra Modi, de que India y el Reino Unido trabajarán juntos para luchar contra el terrorismo en ambos países. No se sabe si discutieron o no el papel que jugó el terrorismo para asegurar la independencia de India de Gran Bretaña. Pero tal vez deberían haberlo hecho; tendrían mucho de qué hablar.

 Joseph McQuade is PhD candidate and Gates Scholar, at Cambridge University

jueves, 22 de marzo de 2018

Gasolina en Cataluña

Parece que la secuencia de acontecimientos da la razón a quienes advertían que la única salida para el proceso catalán consiste en un alineamiento estratégico de fuerzas y una confrontación directa, no sólo parlamentaria, sino también judicial y ciudadana. Como ejemplo significativo, las barbaridades del juez Llarena, que lo mismo decreta la complejidad de la causa judicial para alargar la instrucción del proceso un año más, que justo tres semanas después convoca a los investigados para decir que ya ha acabado la instrucción y procesarlos (en un  donde dije digo más ajustado al interés por joder que a la formalidad procesal y a las garantías jurídicas), y cuya impasibilidad ante la querella colectiva por prevaricación que le viene encima no es más que una máscara animosa impuesta por un régimen ahora ya descaradamente erdoganita y desprestigiado  internacionalmente por su falta de tacto y visión de las consecuencias de su actitud tan claramente autoritaria como carente de respeto a los derechos civiles en Cataluña. Todo hay que decirlo, en este momento, el independentismo social está reaccionando con mucha más entereza que el político, tal vez arredrado por el miedo a nuevos encarcelamientos y en gran parte descosido por intereses partidistas de los que la calle nada quiere saber en este momento. 

Ya ha quedado claro que internacionalemnte España es como aquel compañero de tareas apestado pero necesario que hace el trabajo sucio a otras potencias que experimentan un pavor tembloroso al miedo del contagio, como el caso de Francia, que no ha tenido más remedio que aceptar que el vergonzante Manuel Valls se pasee por aquí predicando las bondades del centralismo gabacho, y lo necesaria que es para España la unidad a la française. Lo cual además de surrealista, resulta inaceptable, por decirlo educadamente. Si viramos el eje de simetría ciento ochenta grados e imaginamos qué sucederia en tierras galas si un españoleto traidor a su partido y loser calamitoso de una izquierda diluida en la marea neoliberal se paseara por Córcega dando lecciones a los corsos sobre las bondades de una unión patriótica al estilo superglue, podemos concluir con toda certeza que lo habrían corrido a  gorrazos, lo cual dice mucho a favor del nivel de tolerancia extraordinariamente elevado que tienen los catalanes con respecto a determinados imbéciles y las imbecilidades con las que se les quiere hacer comulgar.

La verdad es que la mala leche que se está poniendo a hervir en el cazo de las injusticias hispanas empieza a borbotear peligrosamente, y ha de acabar rebosando y pringando toda la cocina democrática nacional, y lo que escribo no es amenaza ni delito de odio ni majadería por el estilo, sino una mera constatación de la consecuencia termodinámica de la aplicación indiscriminada de calor a cualquier sustancia capaz de hervir. Donde la sustancia, en estos momentos, es la calle. Se equivocan de lado a lado los aspirantes a estadistas madrileños si creen que jodiendo a la cúpula política esto se va a acabar, porque ahora ya son las bases las que están hasta las ingles de unos y de otros, y el día menos pensado se van como cabras al monte y a ver quien es el guapo que  les lleva al redil de nuevo. Sobre todo cuando a la suma y sigue de los despropósitos, el Tribunal Supremo añade el de mantener a Joaquim Forn en la cárcel, pese a que la fiscalía había modificado su petición de prisión incondicional por la de libertad con fianza, lo que se mire por donde se mire, tiene todo el aire de una provocación descarada, por mucha argumentación jurídica que se babee sobre los terribles delitos que se le imputan al pobre hombre.

Es lo que tienen las provocaciones contínuas de los idiotas mediáticos cavernarios y de sus secuaces del frente ocluido unionista, que lo único que han conseguido hasta la fecha es encabronar más y más al personal, hasta el punto de que ya da igual que las familias se rompan y los amigos no se hablen, porque lo que hay flotando sobre las aceras es un hatred espeso y pringoso que va mucho más allá de la mera animosidad u hostilidad que nos manifestaba España, y que se ha convertido en nítida hispanofobia análoga, simétrica y equivalente a la que profesan los -ahora sí- enemigos españoles. No va a  haber cuartel, porque a muchos se les ha acabado la tolerancia ante los desplantes e insultos de las fuerzas del Eje, léase PP, C’s y PSOE. Y unos cuantos ya dicen, en plan semiclandestino, que para que se trate a los independentistas peor que a los asesinos de ETA, tal vez habría que reconsiderar la estrategia, y no precisamente por la vía de la sumisión, no sé si me explico.

Son muchos quienes me confiesan estar cabreadísimos y que ya ha llegado el momento de pasar diractemente al frentismo y dejarse de zarandajas. La constitución de un frente republicano que arremeta transversalmente y sin nombres y apellidos, sin siglas políticas y sin líderes carismáticos contra las tropas de asalto del Eje y contra sus quintacolumnistas en Cataluña, ésos que dicen ser catalanes pero que son otra cosa, cuyo nombre está por decidir, pero que en cualquier caso, será de botifler para abajo.

A mi me da que cuando las fuerzas del hipernacionalismo español empezaron a acosar a los independentistas como si fueran ratas no sabían bien a qué demonio estaban invocando, porque es bastante bien conocido el hecho –repetido hasta la saciedad en la historia- que ante los bombardeos en alfombra político-jurídicos  que profesan con tanto entusiasmo los neofascistas y sus compañeros de viaje (los de la equidistancia, la tercera vía y el negacionismo histórico), el enemigo suele optar por una vietconguización social-callejera que obligará a una escalada en la represión sin mejor efecto sobre la población civil que acrecentar el odio contra las fuerzas de ocupación, ahora ya más que evidente. En estos momentos, mentar en Cataluña a la Guardia Civil o la Policía Nacional es detonante de exabruptos impensables hace unos pocos años, y la sensibilidad social es más propia del Ulster de los años setenta que del siglo XXI. Y todo por no saber manejar las situaciones como es exigible a quienes tienen la sartén por el mango.

Cada acción tiene su reacción, y como muestra, el botón de las fotografías del rey ardiendo en muchos municipios catalanes hace escasas fechas. Si eso ha sucedido por una sentencia menor del Tribunal de Estrasburgo condenando a España por “solamente” limitar la libertad de expresión, imagine el lector lo que sucederá el día que los Llarena, Lamela y demás correveidiles togados del poder político se lleven un correctivo de aúpa y les caiga encima la absolución de todos los implicados por los delitos de sedición y rebelión, algo que dan por descontado todas las instancias jurídicas internacionales con dos dedos de frente, esos que le faltan a Rajoy y compañía para darse cuenta de que lo único que están haciendo es echar gasolina a un fuego que arderá dentro de años, pero que quemará media península. Es posible que entonces no sean las efigies fotográficas del rey las que ardan, sino que sin casi apercibirnos, nos encontremos en el nivel superior -al estilo de las fallas valencianas- pero con más efectos adversos para todos, independentistas y unionistas, equidistantes y no-alienados. Por síntomas de aviso alarmantes  no habrá quedado.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Stephen Hawking, in memoriam


Hoy ha fallecido Stephen Hawking, posiblemente el científico más influyente a nivel popular desde Einstein. Sus aportaciones a la cosmología y la astrofísica fueron inmensas, pero no menos que su indudable calidad como pensador en el ámbito de la filosofía de la ciencia y como divulgador de nociones muy abstractas y complejas, que él hizo asequibles a varias generaciones de  aficionados  a la ciencia. Para todos los que hemos tenido formación científica, su muerte tiene mucho de acontecimiento de alcance universal que merece ser recordado a través de algunas de sus reflexiones sobre el universo, la especie humana y el futuro de la humanidad, desde una perspectiva naturalista y despojada de elementos mágicos y sobrenaturales. Su pensamiento inspirador tiene mucho que ver con el nacimiento de movimientos internacionales, como The Brights Movement, cuyo ideario  tiene una gran deuda con las aportaciones de Hawking a la comprensión del universo en el que vivimos. Por eso hoy me limito a citar algunas de sus frases memorables, a modo de homenaje póstumo.

"Solo somos una raza de monos avanzados en un planeta más pequeño que una estrella promedio. Pero podemos entender el universo. Eso nos hace muy especiales"

"Dado que existe una ley como la de la gravedad, el universo pudo crearse a sí mismo de la nada, como así ocurrió. La creación espontánea es la razón de que exista algo, en vez de nada, de que el universo exista, de que nosotros existamos. No es necesario invocar a Dios para que encienda la mecha y ponga el universo en funcionamiento"

"La vida sería trágica, si no fuera graciosa"

"La raza humana necesita un desafío intelectual. Debe ser aburrido ser Dios y no tener nada que descubrir"

"Si las máquinas producen todo lo que necesitamos, el resultado dependerá de cómo se distribuyen las cosas. Todo el mundo puede disfrutar de una vida de lujo y ocio si la riqueza producida por las máquinas es compartida. O la mayoría de la gente puede acabar siendo miserablemente pobre, si los propietarios de las máquinas logran cabildear con éxito en contra de la redistribución de la riqueza"

"El peligro radica en que nuestro poder para dañar o destruir el medio ambiente o a nuestros pares, aumenta a mucha mayor velocidad que nuestra sabiduría en el uso de ese poder"

"La humanidad tiene un margen de mil años antes de autodestruirse a manos de sus avances científicos y tecnológicos"

 "Nuestra única posibilidad de sobrevivir a largo plazo es expandirnos hacia el espacio. Las respuestas a estas preguntas demuestran que hemos hecho un gran progreso en los últimos cien años, pero si deseamos seguir más allá de los próximos cien años, el futuro está en el espacio"

"La próxima vez que hablen con alguien que niegue la existencia del cambio climático, díganle que haga un viaje a Venus. Yo me haré cargo de los gastos"

"Debemos intentar comprender el comienzo del universo a partir de bases científicas. Puede que sea una tarea más allá de nuestras capacidades, pero al menos deberíamos intentarlo"

"Los virus de computadoras deberían ser considerados como vida. Pienso que esto dice algo acerca de la naturaleza humana, que la única forma de vida que hemos creado sea puramente destructiva. Hemos creado una forma de vida a nuestra imagen y semejanza"

"Si los extraterrestres nos visitaran, ocurriría lo mismo que cuando Cristóbal Colón desembarcó en América y nada salió bien para los nativos americanos"

"Limitar nuestra atención a cuestiones terrestres sería limitar el espíritu humano. El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, sino la ilusión del conocimiento"

"El universo no solo tiene una historia, sino cualquier historia posible"

"Einstein se equivocaba cuando decía que "Dios no juega a los dados con el universo". Considerando las hipótesis de los agujeros negros, Dios no solo juega a los dados con el universo: a veces los arroja donde no podemos verlos"

"Obviamente, debido a mi discapacidad, necesito ayuda. Pero yo siempre he tratado de superar las limitaciones de mi condición y llevar una vida lo más completa posible. He viajado por todo el mundo, desde la Antártida a la gravedad cero"

"No puedes permitirte estar discapacitado en espíritu a la vez que físicamente"

"La Humanidad es tan insignificante si la comparamos con el Universo, que el hecho de ser un minusválido no tiene mucha importancia cósmica"

"Considero al cerebro como un computador que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No hay paraíso o vida después de la muerte para los computadores que dejan de funcionar, ése es un cuento de hadas de gente que le tiene miedo a la oscuridad"

"Me he dado cuenta que incluso las personas que dicen que todo está predestinado y que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino, igual miran antes de cruzar la calle"

"Preguntarse qué había antes del Big Bang  es como preguntarse qué hay al norte del polo norte"
 "La inteligencia es la capacidad de adaptarse al cambio"

"Las personas tranquilas y silenciosas son las que tienen las mentes más fuertes y ruidosas"

"Las personas que se jactan de su cociente intelectual son unos perdedores"

"Mujeres. Ellas sí son un completo misterio"

viernes, 9 de marzo de 2018

9M

El día después de cualquier evento con una importante carga emocional suele ser adecuado para efectuar una reflexión en frío sobre las cuestiones más relevantes. Hoy,  9 de marzo, y tras las diversas celebraciones y reivindicaciones del Día Internacional de la Mujer, me parece un buen momento para hacer algunas consideraciones sobre este asunto en lo que respecta al hemisferio occidental.

No cabe duda que aún queda un buen trecho para conseguir la plena igualdad entre hombres y mujeres, pese a los avances de las últimas décadas. Por eso quiero centrarme en obstáculos que, a mi modo de ver, pueden significar un reto muy importante a superar en los próximos años. Retos que no serán fáciles de superar, porque implican un cambio de actitud global que no sé si seremos capaces de afrontar.

El primero es tal vez el más sencillo, porque es esencialmente cosmético, y relativo a la imagen de la mujer occidental moderna. Lamentablemente, el esterotipo de igualdad que nos muestran en muchas ocasiones los medios, y muy especialmente los cinematográficos y televisivos, no augura un camino fácil, debido a que en demasiadas ocasiones el arquetipo de mujer liberada es demasiado parecido a una versión de un hombre con tetas en vez de profundizar en lo esencialmente femenino. Es decir, el prototipo mediático de mujer liberada es en exceso masculino y masculinizante, como si para eliminar la sociedad patriarcal la solución fuera que todos seamos patriarcales, con independencia de nuestro sexo.

Se pone de manifiesto así una caricatura de la mujer dotada de todos los atributos típicamente masculinos, a excepción, claro está, de los puramente morfológicos y condicionados por nuestra dotación genética. Vemos así personajes femeninos cinematográficos capaces de hazañas antes reservadas a héroes masculinos, que si ya entonces resultaban poco creíbles, ahora caen en el más absoluto ridículo, porque se trata de mujeres agresivas, individualistas, nada cooperativas pero sí tremendamente competitivas, depredadoras con una empatía reducida hacia sus semejantes y capaces de la violencia más extrema para el cumplimiento de sus objetivos.

En resumen, la visión de la igualdad de los sexos que proponen muchos medios se centra sobre todo en que las mujeres sean como los hombres, con lo cual parece que se romperían todas las barreras sexuales por arte de magia. Sin embargo, esta visión simplista tiene efectos muy indeseables. Algunos opinan que para superar la sociedad patriarcal, el camino habría de ser más bien el contrario, es decir, acercar a los hombres a la visión femenina del mundo en un sentido positivo y asertivo. Reconvertir la masculinidad, alejándola de sus tradicionales roles históricos sería mucho más fructífero para la humanidad que el proceso inverso por el que parecen apostar muchos medios. Feminizar el mundo, más que a la inversa.

Pero otro sector advierte que lo más enriquecedor cultural y socialmente consiste en mantener la mayor diversidad posible en las sociedades humanas. La homogeneización sociocultural producto de la globalización se me antoja un error; pero la homegenización sexual que creo adivinar en el cine y la televisión me parece una terrible desgracia para el futuro de la humanidad. En ese sentido, cualquier iniciativa conducente a la equiparación de los sexos por la vía de la asimilación de  roles históricos tal vez nos convierta en sociedades más igualitarias desde el punto de vista sexual, pero considerablemente más pobres en todos los demás aspectos, porque mujeres y hombres comparten experiencias vitales diferentes por su mera condición biológica, y esas visiones del mundo distintas -en ocasiones radicalmente distintas- son fuente de evolución intelectual y moral de la especie. En resumen, me parece que lo que hay que hacer es profundizar en la comprensión entre uno y otro sexo, más que igualar los raseros conductuales, bien hacia una masculinización global de la sociedad, bien hacia una feminización igualmente global y perniciosa.

De todos modos, este problema me parece mucho menor que otro derivado de la pura dinámica económica de las sociedades liberales capitalistas. Con notable coherencia, la señora Arrimadas afirmó que no participaría en la huelga feminista del 8 de marzo porque le parecía un evento anticapitalista. Y efectivamente, así es, pues somos muchos quienes opinamos que el capitalismo actual es el principal obstáculo para la igualdad de la mujer en el ámbito laboral, y de rebote, en el social.  

El capitalismo neoliberal es el principal motor de las desigualdades en el mundo occidental. Se alimenta de la confrontación de grupos y sectores que luchan por unos recursos cada vez más escasos, especialmente el trabajo. Ante mucha demanda y una oferta que se reduce abruptamente, el capital puede fijar unas condiciones inhumanas de admisión o exclusión del mundo laboral de las que ya venimos siendo testigos desde hace años. A igualdad de otros factores, ya existe una confrontacion generacional muy seria, que conduce a la exclusión de los muy jóvenes o de los mayores de cincuenta años del mundo laboral. Esta lucha "vertical" entre generaciones resulta indiscutible en todos los países occidentales, y se ha intentado paliar a través de la precarización del empleo. La franja de los menores de veinticinco años y la de los mayores de cincuenta copa todos los ránkings de desempleo y de los contratos basura, muy mal retribuidos, temporales o a tiempo parcial. La proliferación de los eufemísticamente llamados "minijobs" es una forma como cualquier otra de disminuir las estadísticas de desempleo, pero no de facilitar la subsistencia de amplios sectores de la población, que con sueldos de miseria no pueden satisfacer las necesidades básicas, y desde luego no pueden gozar de ninguna independencia personal. O lo que es lo mismo, la igualdad de un amplísimo sector de la población es pura retórica, porque están imposibilitados de una vida digna como ciudadanos de presuntos estados de derecho cuyas prioridades reales van por otro lado (es decir, sólo hacia las variables de crecimiento económico, pero no hacia la divesificación y distribucion equitativa de ese crecimiento en todos los sectores y estamentos implicados).

Si esa tendencia se agudiza en el futuro (y todo parece indicar que así será), a la confrontación generacional por el acceso a los recursos económicos, se sumará una confrontación intersexual del mismo cariz. Si los mayores de cincuenta años en paro se han visto brutalmetne expulsados del mercado laboral, no encuentro ningún indicio que me permita suponer que algo parecido no vaya a suceder entre hombres y mujeres. La lucha por puestos de trabajo cada vez más escasos también se centrará en los sexos, y eso será un obstáculo monstruoso para la consecución de la igualdad de derechos laborales entre hombres y mujeres. Es más, vista la dinámica actual, y extrapolándola a unas décadas en el futuro, resulta especialmente desalentador imaginar que la brecha entre hombres y mujeres no sólo no disminuirá, sino que se incrementará por razones de solidaridad  de sexo, como antes hubo las luchas de clase, y después las luchas generacionales. 

Me gustaría encontrar el rastro de alguna esperanza positiva que impidiera en el futuro esa guerra de sexos que estoy vaticinado, pero no encuentro ninguna justificación para el optimismo. A lo sumo, adivino una profundización en la segmentación laboral y que, a igualdad de condiciones, los hombres tenderán a protegerse mutuamente, y las mujeres que estén en situaciones de poder suficiente, también. Pero eso desembocará en una forma más o menos benévola de apartheid sexual y, en última instancia, y viendo la desventaja de la que parten las mujeres occidentales, será una guerra que tendrán perdida en el futuro.

De ahí que mi convencimiento sea, incluso a falta de pruebas tangibles de ese oscuro próximo futuro que auguro, que la igualdad entre hombres y mujeres no depende tanto de iniciativas legislativas, culturales o educativas, sino de una profunda transformación del sistema capitalista de modo que sea capaz de generar recursos suficientes para todos, y a partir de ahí, que permita desarrollar políticas  igualitarias con verdadero impacto en la sociedad. Todo lo demás será cháchara insustancial para consumo inmediato de la ciudadanía, pero con muy poco efecto en las aspiraciones de igualdad y libertad de las mujeres.

martes, 27 de febrero de 2018

La España franquista

Esta semana se han producido  dos declaraciones reconfortantes para los independentistas, procedentes de ambos bandos del espectro político. Y las dos efectuadas por personas de reputación harto demostrada en sus respectivos ámbitos, lo cual viene a ser como una especie de prueba del nueve de que lo que venimos diciendo desde hace tiempo en este blog es más cercano a la verdad que lo que muchos unionistas afirman respecto a la solidez de la democracia española.

Fernando Suárez, ministro de Franco en su último gabinete, y uno de los gestores del harakiri político de las Cortes fascistas que dio paso a la tan loada como falaz “transición modélica” ha puesto el dedo en la llaga pseudodemocrática  en una entrevista en El Mundo respecto a  si existe un ADN franquista en la derecha española al contestar, literalmente, que “pero, ¿cómo no lo va a haber? El error es considerar eso como un insulto”. El primer jab en la blandita cara de los unionistas, seguido de un crochet no menos espeluznante, cuando afirma con rotundidad que “deslegitimar el franquismo es poner en riesgo la Corona”, para acto seguido concluir con un uppercut al mentón de los tibios defensores de la democracia imperfecta: la restauración de la monarquía “fue una decisión personalísima de Franco, no cabe la menor duda, y hay que ver qué patrimonio tan importante supone para nosotros en la actualidad”. Vencedor por KO en el primer asalto.

Para quien no se quiere enterar, lo dicho por Fernando Suárez tiene mucho que ver –más bien todo- con nuestra reiterada afirmación de que el franquismo sociológico sigue absolutamente vigente hoy en día, embebido en todos los resquicios de la política española, y por ósmosis, permeando en una sociedad que se cree muchas bobadas, siendo la primordial ese extraño convencimiento de que la catalanofobia es una muestra de acatamiento y respeto hacia la democracia.. Una sociedad donde la extrema derecha se ha desacomplejado totalmente y se viste con galas democráticas, tanto en el PP como en la más juvenil pero igualmente fascistoide Ciudadanos. Y ya sabemos que la extrema derecha española siempre ha hecho  su punta de lanza mediante un anticatalanismo feroz, secundada por los tontos útiles, que siendo catalanes, no quieren ver de qué va esta historia en realidad. Como dije la semana pasada, esto ya no va de independencia, ni siquiera de república, sino de libertad y nada más. Y quienes amparándose en una vieja trayectoria democrática les hacen el juego a los nuevos fascistas son tan responsables de lo que suceda en el futuro como los propios zombis del franquismo que ahora salen de las tumbas sin mayores miramientos. Hablemos claro: la posverdad española de hoy es una posverdad netamente franquista, y por eso muchos al otro lado de la valla hemos optado por el independentismo como vía de escape de un panorama futuro  más que desolador para las libertades. Y lo peor es que ni el PSOE ni Podemos parecen ser lo suficientemente fuertes como para plantarle cara a esa posverdad delirante, así que han optado por ponerse de su lado apelando a la indisoluble unidad de la patria. Ciscándose en su dignidad histórica y en la de sus conciudadanos.

Pero no sólo desde la extrema derecha le llueven los palos a esta democracia liberal de estar por casa que tenemos en la  península, sino que también le caen los chuzos desde la izquierda. Una figura tan prestigiosa en el ámbito de la sociología como Manuel Castells, nada sospechoso de independentista por otra parte, dejaba ir unos cuantos razonamientos de lo más suculentos en una entrevista para La Vanguardia. Dijo Castells: “Que la identidad , eso que tanto desprecian los autoproclamados “ciudadanos del mundo” (porque se lo pueden permitir) es el refugio comunitario que da sentido a quienes ya no confían en las instituciones. Ante el miedo a lo desconocido y a la pérdida de control sobre los mecanismos esenciales de la sociedad….se apela a la tribu. Y aunque la invocación parece siniestra, la feroz competición individualista donde impera la ley de la selva tiene como consecuencia el protector espacio de lo comunitario”. Y esto me ha traído recuerdos de unos cuantos buenos amigos míos que siempre me han criticado porque ellos “no tienen banderas” y porque según ellos “el independentismo es sólo una cortina de humo de la corrupción de los partidos catalanes”, sin querer darse cuenta de que, más bien al contrario, es un movimiento de base popular que arrastra a los partidos tras de sí.

De este modo tan sencillo, Castells no sólo explica el auge nacionalista, sino que lo justifica ante la cada vez mayor pérdida de control de los ciudadanos respecto a sus instituciones, manejadas y corrompidas por los mercados globales y la manipulación mediática. Y estamos aquí en lo que los antiglobalizadores hemos defendido durante años: que la mejor manera de defendernos de la avidez globalizadora es mediante la independencia frente a estos monstruos trituradores de diferencias. Que el precio a pagar es alto, resulta indudable; que  al menos de esta manera nos quedará intacta nuestra dignidad como ciudadanos, también. Es cuestión de escoger.

Sigue Castells con un aviso para navegantes: “ La soberanía cambia, pero la nación como comunidad cultural histórica y sentimiento colectivo, inductor de identidad y movilización, es más fuerte que nunca. Y precisamente como reacción a la globalización”. Y yo apostillo: A ver si os enteráis, unionistas homogeneizadores, que nosotros, los independentistas nos negamos a pasar por vuestro túrmix, que al final también os hará papilla a vosotros, infelices colaboracionistas.

No quiero hiperventilar, pero es que leyendo a Castells resulta casi imposible: “La democracia liberal ha colapsado porque ha perdido legitimidad en las mentes de los ciudadanos en todo el mundo. Y aunque hoy no hay alternativas…lo seguro es que las formas actuales de democracia se mantienen por inercia o por represión. Poca gente se las cree”.  Francamente sublime, y de ahí el subrayado. Sobran los comentarios, pero las palabras mágicas están ahí: colapso, pérdida de legitimidad, represión. A  alguien le suena?. A mi sí, porque es el discurso de mi gente, la de la ANC i de Òmnium.

Y a los que nos acusan de antieuropeístas – a quienes siempre hemos respondido que somos antieuropeístas de ésta Europa de cartón piedra centrada únicamente en el capital y en los mercados- Castells responde: “La Unión Europea fue el proyecto institucional más innovador de la historia. Pero se olvidaron de los ciudadanos, se olvidaron de la nación y se olvidaron de la democracia”. En definitiva, que se olvidaron de todo lo que era esencial en un régimen de libertades, presunto heredero de la revolución francesa. Al fin y al cabo, eso pone de manifiesto que los más europeístas del momento son quienes más colaboran a la pérdida de libertades ciudadanas. Dicho de otro modo: el fascismo no sólo se está apoderando del discurso democrático, sino además del discurso europeo. Acabáramos.

Concluyo con otra cita del doctor Castells, dirigida a los pusilánimes, cobardes y cambistas de la libertad, que son muchos y variados: “Las revoluciones políticas, violentas o pacíficas, son una constante de la historia porque corrigen los desfases que se producen en la práctica de las sociedades entre la evolución de la conciencia y la rigidez de las instituciones. Sin movimientos sociales y sin revoluciones políticas no existiría el cambio social. Y el cambio es ley de vida”.  Con ello, Castells viene a decirnos que la tensión entre un estado esclerotizado y una sociedad dinámica sólo puede resolverse desde fuera de las estructuras institucionales, y que cualquier intento para las reformas internas del sistema no es más que la confirmación del aforismo tan bien plasmado en El Gatopardo: que todo cambie para que todo siga igual. Léase Ciudadanos.

Concluyo hoy con una reflexión adicional a las muy interesantes aportaciones de Fernando Suárez y de Manuel Castells, ésta de mi propia cosecha. En esta semana de feria mundial de la telefonía móvil en Barcelona, y ante las amenazas continuas y las presiones para que el Mobile abandone su actual sede, quiero dejar patente el sentir de muchas personas que, como yo, empiezan a estar hartas de que toda la argumentación contra el catalanismo político se centre exclusivamente en lo económico, cuando lo verdaderamente grave es que nos están arrebatando nuestra dignidad como ciudadanos. Somos muchos ya los que consideramos que el dinero no es lo único importante, y que el silencio de los corderos estuvo tal vez justificado durante el desarrollismo de los años sesenta del pasado siglo, cuando casi todo el mundo prefirió el 600 a la libertad. Bien, fue la elección de nuestros padres después de haber sido aplastados por los mismos cuyos hijos hoy nos gobiernan; e incluso puede resultar comprensible teniendo en cuenta la enorme maquinaria militar y policial que arrasó media España en aquellos tiempos. Pero ahora aún estamos a tiempo de evitar que vuelva a suceder lo mismo otra vez.  Si posponemos nuestra reacción, serán nuestros hijos los que pagarán con creces nuestra cobardía. Porque no basta con querer cambiar las cosas, hay que posicionarse, arriesgarse y asumir sacrificios. La tibieza y la pusilanimidad son el terreno perfectamente abonado para las formas menos democráticas de gobierno. Así que, por mí, pueden quedarse el Mobile, pueden asfixiarnos económicamente, pueden tratarnos como a una colonia africana. Aún así, yo escojo mi dignidad, lo único que no pueden comprar ni someter.

martes, 20 de febrero de 2018

Conmigo o contra mí

Sí, a ti te digo, atiéndeme, lector equidistante, tibio y tal vez pusilánime. Ha llegado la hora de que reflexiones y que lo hagas urgentemente y considerando todos los factores en juego. Ha llegado el momento de que te des cuenta de que “esto” ya no va del proceso independentista, y ni siquiera va de repúblicas y monarquías. Y que nada tiene que ver lo poco o mucho que simpatices con nosotros, los catalanes.  

A ver, piensa un poco, y asume las consecuencias. Si eres de los que creen que el bien primordial de este país –de cualquier país-  más que el bienestar de sus ciudadanos, más que sus derechos fundamentales, más aún que su libertad personal, es la sagrada unidad de la patria, es que para ti la democracia no existe o es sólo un artificio instrumental para mantener un statu quo coyuntural de los poderosos, aunque la coyuntura dure quinientos años. Y entonces, también habrás de estar de acuerdo con las anexiones territoriales de los fuertes sobre los débiles, de las ocupaciones de territorios sine die y de la colonización abusiva de regiones por el bien de tu patria. Te habrá de parecer lógico y justo que los israelíes construyan asentamientos en tierra palestina, que los rusos arrasen el Donbass y que China se anexione el Tibet milenario. Todas ellas son razones de estado, convenientemente justificadas por el supremo interés nacional y la unidad de los territorios históricos de cada etnia, pueblo o nación. Pero entonces no presumas de demócrata, porque podrás decir que lo eres, pero será una mentira más entre tantas otras que utilizas para justificarte en voz alta. O lo que es mucho peor, para justificar a tus líderes, que necesitan tu voto para cubrir el expediente pseudodemocrático de cada cuatro años.

Sí, tú, que lees esto levantando una escéptica ceja y frunciendo la boca en un gesto de desaprobación, al parecer no entiendes que en este momento, lo de menos es la independencia de Cataluña, sino el tratamiento que se está dando a los catalanes  como pueblo. Todas las medidas que tu gobierno ha tomado son para crear un clima de terror bien calculado y documentado, para decirle a la ciudadanía que se ha equivocado en el voto de las elecciones del 21 de diciembre, y que esto no parará hasta que votemos correctamente, es decir, a quien tus líderes decidan que es conveniente para tu España. Cualquier otra opción será severamente castigada hasta que nos rindamos o nos liemos a tortas, que es lo que esperan con fruición en Madrid y en la caverna mediática, para justificar así una mayor represión, militar si se tercia.

A ti, que crees a pies juntillas todo lo que te explica una caverna que no pone los pies en Cataluña y habla de oídas de lo que aquí sucede, repitiendo consignas interesadas y repugnantemente falsas; sí, tú que tanto nos criticas y ni siquiera has estado aquí para verlo, tú que te crees todo lo que te dicen porque lo sabes de  un amigo de un cuñado de un sobrino de una prima tuya y por eso ya te convences de ser una voz autorizada para iniciar un pogromo anticatalán en la tasca de tu barrio, como hace siglos que se viene haciendo en la rancia España, primero contra los moros, luego contra los judíos y más tarde contra cualquiera que no acepte  pasar por el rodillo lingüístico-cultural de la vieja Castilla imperial; a ti te digo que no tienes ni idea de libertad, de respeto y de democracia. Y que todo ello te importa un rábano, igual que la corrupción, la desidia y el amiguismo del que se nutren los círculos de poder gubernamental.

Tú, que eres tan ingenuo como para creerte que los independentistas somos culpables de haber despertado el fascismo en España, sin que ni siquiera seas capaz de apreciar que precisamente por eso, porque el fascismo nunca ha estado muerto, es por lo que se ha despertado ahora con renovado vigor. El vientre de la bestia aún es fecundo, dijo Brecht hace muchas décadas, y ahora se está demostrando hasta qué punto es fértil y en qué medida sólo estaba hibernando en espera de mejores tiempos para medrar. Pues bien, a ti te digo que eres cómplice de ese fascismo nunca muerto, y también te digo que son muchísimos los ensayistas que advierten al mundo entero sobre como un “fascismo en nombre de la democracia” se está apropiando de forma sibilina e insidiosa del discurso político en todo Occidente. De un modo que en España es patente como en pocos sitios,  pues aquí los que más se proclaman demócratas son los que menos creen en la democracia (y lo demuestran con sus palabras, con sus actos y con sus gestos), los que se pronuncian como auténticos y confiables  son quienes más mienten; y los que se presentan como justos son quienes más prevarican descaradamente apoyados por el aparato “constitucional” del que tanto os llenáis la boca. Esa constitución “que nos dimos entre todos”, y que la mayoría de quienes estamos sufriéndola no la pudimos votar. Y ahora ni siquiera la podemos cambiar, porque es como el cánon bíblico para  los fundamentalistas cristianos, un ente intocable, inmutable y que según ellos contiene verdades indiscutibles, lo que les lleva a negar la edad de la tierra y la evolución de las especies. Igual que tú eres capaz de negar y silenciar la diversidad de opiniones en cuanto a lo que significa España para muchos de nosotros.

Como dijo en celebrada ocasión Dante Fachín frente a las puertas de la cárcel Modelo, lo que está en juego ahora es directamente la Libertad, así con mayúsculas, esa libertad que todos creímos en un momento histórico que habíamos recuperado de las garras del franquismo, y que a la postre se ha demostrado estar atada con largas cadenas a la mesa del general. Unas cadenas llamadas constitución y monarquía, ambas impuestas con una pistola depositada sobre la mesa de negociaciones, como ahora sabemos. Ambas garantes de un estado de cosas que facilita el mantenimiento de una plutocracia que ha fagocitado incluso a quienes siempre fueron considerados como el paradigma de una progresía hispana que ahora ha dejado a muchos en la estacada, huérfanos de proyecto, porque a Felipe y los suyos, de tanto sentarse a la mesa de los poderosos, se les ha puesto aspecto de banqueros o de capitostes del FMI.

Sí, hombre, atiende, date cuenta de que –parafraseando a Carlos Delgado- no sólo Rivera es un lagarto de V, sino que lo son todos aquéllos a quienes tanto respetas y adoras como adalides de la legalidad y la democracia. El autoritarismo es camaleónico y se ha modernizado, y ahora se presenta bajo apariencias joviales, desenfadadas, juveniles y reformadoras. Pero el discurso es el mismo de los años treinta del siglo pasado. La exclusión del diálogo, el arrollamiento del adversario, el uso de amenazas y coacciones, la descalificación sistemática, el insulto oficial y oficioso, el empleo abusivo de una maquinaria judicial sometida y asimétrica, la utilización partidista de las fuerzas de seguridad y la permisividad desvergonzada con los bestiales cachorros del fascismo, que van por ahí agrediendo a gente normal y corriente porque se siente catalana antes que española, son muestras de que estamos donde siempre hemos estado: en una España intolerante, incapaz de sumar diversidad más allá del folclorismo demagógico y cursi. Una España imperial, colonialista y ultranacionalista; mucho más nacionalista que cualquiera de los independentistas catalanes, que, a fin de cuentas, en muchos casos nos hemos visto obligados a tomar un partido que no deseábamos, impelidos por el maltrato continuado del que hemos sido objeto desde aquel lejano 2006. Un  maltrato que era, esencialmente, abono electoral para un partido tan podrido como el PP, al que habéis votado una y otra vez sin asomo de vergüenza ni arrepentimiento.

Te diré una cosa que espero que no te sorprenda: si mi padre me tratase la mitad de mal que me ha tratado tu gente, no le dirigiría la palabra en el resto de mi vida. Es más, ni siquiera asistiría a su entierro. O sea, que teniendo en cuenta que ni contigo ni con tus líderes me une ningún lazo de parentesco, ya puedes imaginar cómo me siento respecto a ti y toda la caterva de tibios, equidistantes y xenófobos con quienes tengo la grandísima suerte de no tratar cada día.  Y también te puedes imaginar lo que pienso de tu España, que bien os la podéis quedar si tanto os place, pero dejadnos a nosotros en paz. Pero luego no os quejéis el día que tanto españolismo uniformador se transforme en un gobierno de sangre y plomo; eso sí, siempre vestido con las más modernas apariencias democráticas.

En resumen, lector, ahora que parece que se acerca el momento de los puños, porque aquí son muchos los que ya no quieren aguantar más, ten presente que no hay equidistancia o tibieza posible: o estás conmigo o estás contra mí.  Estás con la libertad o estás con el yugo, es tu elección, para la que espero que seas totalmente libre. Pero cuando escojas -ya sabes a qué me refiero- será definitivo, sin vuelta atrás. Serás mi aliado o mi enemigo, pero tanto da, porque nunca más volveré a sentarme a la mesa de tu negra y cainita España.