miércoles, 28 de marzo de 2018

Cataluña: entre la violencia y el pacifismo



Para aviso de  ciudadanos despistados, periodistas ingenuos y analistas papanatas que destacan la imperiosa necesidad de que la "revolución" catalana sea ante todo pacífica, transcribo aquí, íntegro, un artículo aparecido inicialmente en theconversation.com y publicado poco después por el diario The Independent en 2016 (o sea, bastante antes de que  "el procés" se recalentara como actualmente), y  que deja bien claro que el mero pacifismo es no sólo inútil sino utópico en el contexto de un proceso de liberación nacional. Atención a determinados párrafos, que el lector avispado identificará de inmediato por la similitud conceptual respecto a lo que sucede entre Cataluña y España, y porque pone sobre la mesa la necesidad de que el catalanismo político escoja bien la claudicación definitiva o bien la confrontación ineludible si quiere conseguir sus objetivos (a muy largo plazo y con un sacrificio enorme). No hay una opción barata y rápida, porque Gandhi, sin el sustrato específico de violencia que sostuvo durante noventa años al independentismo indio, nada hubiera conseguido por sí solo.




La violencia olvidada que ayudó a India a liberarse del dominio colonial
El camino hacia la independencia no fue una simple historia de desobediencia civil

Por Joseph McQuade




La visión popular del viaje de la India hacia la independencia del gobierno británico es la famosa historia de la campaña extraordinaria de protesta no violenta de Mohandas Gandhi. Es un patrimonio aún hoy destacado durante las visitas de estado internacionales.

Pero había otro lado, a menudo olvidado, y mucho menos pacífico, de la lucha por la independencia de la India.


El dominio colonial británico en la India se había establecido a través de una serie de guerras libradas en todo el subcontinente desde mediados del siglo XVIII en adelante. Fue sangriento y gradual, y descansó sobre una delgada base de coerción y dominio militar.


Esto quedó dolorosamente claro con el levantamiento de 1857, en el que estallaron una serie de rebeliones en el norte de la India, que socavaron seriamente la confianza imperial. Aunque el motín fue aplastado, su recuerdo siguió inspirando a generaciones de anticolonialistas indios, que más tarde se referirían a él como la Primera Guerra de la Independencia.


Si bien los acontecimientos de 1857 fueron descritos por las autoridades coloniales en varios términos, incluyendo "motín", "rebelión" e "insurgencia", el primer acto de violencia anticolonial que recibió la etiqueta de "terrorismo", fue llevado a cabo más de 40 años después.


En 1897, dos hermanos asesinaron a W.C. Rand, un oficial del servicio civil responsable de tratar un brote de peste bubónica en la ciudad de Pune, cuyas medidas de entrada forzosa a domicilios, exámenes corporales y segregación fueron consideradas extremadamente duras.


Más tarde, después de que los funcionarios coloniales decidieran dividir la próspera provincia de Bengala en 1905, las formas no violentas de protesta popular fueron acompañadas por el crecimiento de células secretas de revolucionarios que buscaban socavar la autoridad imperial británica usando asesinatos selectivos y ataques con bombas.


Aunque la partición fue anulada en 1911, las organizaciones revolucionarias que engendró no desaparecieron. De hecho, se expandieron masivamente.


El 1 de noviembre de 1913, los revolucionarios indios que vivían en San Francisco publicaron el primer número de Ghadar, o Mutiny, un semanario radical que rápidamente desarrolló lectores a nivel mundial. En el verano de 1914, el Ghadar Party que fundaron fue una organización internacional, con más de 6.000 miembros y redes en América del Norte, Europa y Asia.

En febrero de 1915, los revolucionarios vinculados al partido Ghadar intentaron derrocar el dominio británico a través de un levantamiento ambicioso en el norte de la India. Liderados por Rash Behari Bose, un veterano revolucionario que había intentado personalmente asesinar al virrey de la India en 1912, los revolucionarios trataron de convencer al ejército indio para que se amotinase diseminando propaganda en Lahore, Rawalpindi y Meerut.

La trama se frustró después de que un espía pagado por los británicos penetrara en la organización, provocando una gran represión en la que cientos de radicales fueron detenidos. Bose se vio obligado a huir de la India, escapando a Japón, donde viviría el resto de su vida en el exilio.

Al mes siguiente, los revolucionarios de Ghadar en los Estados Unidos adquirieron dos barcos, el Annie Larsen y el Maverick. Planeaban realizar un gran levantamiento en armas en Calcuta el día de Navidad. Se programó para coincidir con otro levantamiento planificado en Birmania, que aún formaba parte de la India británica, y una incursión en las islas carcelarias de Andamán, en el que los radicales encarcelados serían liberados para tomar las armas contra los británicos.

Al igual que el levantamiento de febrero, el complot del Día de Navidad fue detectado y frustrado por los servicios de inteligencia colonial, que habían expandido sus operaciones a una escala global en respuesta al alcance transnacional de Ghadar.

Con la implementación de una estricta legislación de tiempos de guerra como la Ley de Defensa de la India, 1916 fue un punto de inflexión para la campaña revolucionaria, que fue llevada a la clandestinidad por los servicios de inteligencia imperiales, que detuvieron a varios cientos de presuntos revolucionarios.

Las organizaciones revolucionarias de la India no desaparecieron después de la Primera Guerra Mundial. Cuando expiraron las medidas de guerra, el gobierno colonial implementó la Ley Rowlatt de 1919 en un esfuerzo por extender los poderes ejecutivos al período de la posguerra. La legislación propuesta permitía a los sospechosos ser internados sin juicio y permitía que los casos políticos fueran juzgados sin jurados. Esto provocó indignación entre la mayoría de la población india, que lo consideró un insulto a su servicio leal durante la guerra.


En una reunión en Amritsar en abril de 1919, las tropas imperiales abrieron fuego contra una multitud de manifestantes desarmados, matando al menos a 379 personas y desatando ira en todo el país.


Este es el contexto en el que Mohandas Gandhi (generalmente llamado Mahatma por respeto) surgió para liderar el movimiento nacionalista indio, al que se unió con un mensaje de  no cooperación pacífica y resistencia no violenta. No obstante, las organizaciones anticoloniales más violentas formadas en los años anteriores y posteriores a la Primera Guerra Mundial influyeron en la política anticolonial y en la seguridad imperial hasta la independencia y partición de la India en 1947.

Después de la Segunda Guerra Mundial, muchos funcionarios británicos se inquietaron por el miedo al Ejército Nacional Indio, una organización militar formada por prisioneros de guerra indios liberados de la custodia japonesa y dirigidos por el famoso nacionalista Subhas Chandra Bose.

A pesar de ser derrotado militarmente, el INA fortaleció la inquietud británica de que la continua ocupación de la India se enfrentaría con una resistencia violenta. Tras el fin de la guerra, el juicio de los prisioneros de la INA supuso un serio problema para la legitimidad colonial y ayudó a alimentar el nacionalismo masivo que obligó a Gran Bretaña a retirarse en 1947.

Entonces, si bien es la memoria de Gandhi y la no violencia lo que ahora remarcan los políticos británicos cuando visitan la India, el otro lado de la historia es muy real y no debe olvidarse.

Recordar la historia de los revolucionarios indios no es solo una cuestión de llenar las lagunas históricas. Nos puede ayudar a obtener una perspectiva de la sociedad moderna al mirar el pasado reciente.

Ahora, una visita a India de la primera ministra británica Theresa May ha incluido una promesa con su homólogo indio, Narendra Modi, de que India y el Reino Unido trabajarán juntos para luchar contra el terrorismo en ambos países. No se sabe si discutieron o no el papel que jugó el terrorismo para asegurar la independencia de India de Gran Bretaña. Pero tal vez deberían haberlo hecho; tendrían mucho de qué hablar.

 Joseph McQuade is PhD candidate and Gates Scholar, at Cambridge University

jueves, 22 de marzo de 2018

Gasolina en Cataluña

Parece que la secuencia de acontecimientos da la razón a quienes advertían que la única salida para el proceso catalán consiste en un alineamiento estratégico de fuerzas y una confrontación directa, no sólo parlamentaria, sino también judicial y ciudadana. Como ejemplo significativo, las barbaridades del juez Llarena, que lo mismo decreta la complejidad de la causa judicial para alargar la instrucción del proceso un año más, que justo tres semanas después convoca a los investigados para decir que ya ha acabado la instrucción y procesarlos (en un  donde dije digo más ajustado al interés por joder que a la formalidad procesal y a las garantías jurídicas), y cuya impasibilidad ante la querella colectiva por prevaricación que le viene encima no es más que una máscara animosa impuesta por un régimen ahora ya descaradamente erdoganita y desprestigiado  internacionalmente por su falta de tacto y visión de las consecuencias de su actitud tan claramente autoritaria como carente de respeto a los derechos civiles en Cataluña. Todo hay que decirlo, en este momento, el independentismo social está reaccionando con mucha más entereza que el político, tal vez arredrado por el miedo a nuevos encarcelamientos y en gran parte descosido por intereses partidistas de los que la calle nada quiere saber en este momento. 

Ya ha quedado claro que internacionalemnte España es como aquel compañero de tareas apestado pero necesario que hace el trabajo sucio a otras potencias que experimentan un pavor tembloroso al miedo del contagio, como el caso de Francia, que no ha tenido más remedio que aceptar que el vergonzante Manuel Valls se pasee por aquí predicando las bondades del centralismo gabacho, y lo necesaria que es para España la unidad a la française. Lo cual además de surrealista, resulta inaceptable, por decirlo educadamente. Si viramos el eje de simetría ciento ochenta grados e imaginamos qué sucederia en tierras galas si un españoleto traidor a su partido y loser calamitoso de una izquierda diluida en la marea neoliberal se paseara por Córcega dando lecciones a los corsos sobre las bondades de una unión patriótica al estilo superglue, podemos concluir con toda certeza que lo habrían corrido a  gorrazos, lo cual dice mucho a favor del nivel de tolerancia extraordinariamente elevado que tienen los catalanes con respecto a determinados imbéciles y las imbecilidades con las que se les quiere hacer comulgar.

La verdad es que la mala leche que se está poniendo a hervir en el cazo de las injusticias hispanas empieza a borbotear peligrosamente, y ha de acabar rebosando y pringando toda la cocina democrática nacional, y lo que escribo no es amenaza ni delito de odio ni majadería por el estilo, sino una mera constatación de la consecuencia termodinámica de la aplicación indiscriminada de calor a cualquier sustancia capaz de hervir. Donde la sustancia, en estos momentos, es la calle. Se equivocan de lado a lado los aspirantes a estadistas madrileños si creen que jodiendo a la cúpula política esto se va a acabar, porque ahora ya son las bases las que están hasta las ingles de unos y de otros, y el día menos pensado se van como cabras al monte y a ver quien es el guapo que  les lleva al redil de nuevo. Sobre todo cuando a la suma y sigue de los despropósitos, el Tribunal Supremo añade el de mantener a Joaquim Forn en la cárcel, pese a que la fiscalía había modificado su petición de prisión incondicional por la de libertad con fianza, lo que se mire por donde se mire, tiene todo el aire de una provocación descarada, por mucha argumentación jurídica que se babee sobre los terribles delitos que se le imputan al pobre hombre.

Es lo que tienen las provocaciones contínuas de los idiotas mediáticos cavernarios y de sus secuaces del frente ocluido unionista, que lo único que han conseguido hasta la fecha es encabronar más y más al personal, hasta el punto de que ya da igual que las familias se rompan y los amigos no se hablen, porque lo que hay flotando sobre las aceras es un hatred espeso y pringoso que va mucho más allá de la mera animosidad u hostilidad que nos manifestaba España, y que se ha convertido en nítida hispanofobia análoga, simétrica y equivalente a la que profesan los -ahora sí- enemigos españoles. No va a  haber cuartel, porque a muchos se les ha acabado la tolerancia ante los desplantes e insultos de las fuerzas del Eje, léase PP, C’s y PSOE. Y unos cuantos ya dicen, en plan semiclandestino, que para que se trate a los independentistas peor que a los asesinos de ETA, tal vez habría que reconsiderar la estrategia, y no precisamente por la vía de la sumisión, no sé si me explico.

Son muchos quienes me confiesan estar cabreadísimos y que ya ha llegado el momento de pasar diractemente al frentismo y dejarse de zarandajas. La constitución de un frente republicano que arremeta transversalmente y sin nombres y apellidos, sin siglas políticas y sin líderes carismáticos contra las tropas de asalto del Eje y contra sus quintacolumnistas en Cataluña, ésos que dicen ser catalanes pero que son otra cosa, cuyo nombre está por decidir, pero que en cualquier caso, será de botifler para abajo.

A mi me da que cuando las fuerzas del hipernacionalismo español empezaron a acosar a los independentistas como si fueran ratas no sabían bien a qué demonio estaban invocando, porque es bastante bien conocido el hecho –repetido hasta la saciedad en la historia- que ante los bombardeos en alfombra político-jurídicos  que profesan con tanto entusiasmo los neofascistas y sus compañeros de viaje (los de la equidistancia, la tercera vía y el negacionismo histórico), el enemigo suele optar por una vietconguización social-callejera que obligará a una escalada en la represión sin mejor efecto sobre la población civil que acrecentar el odio contra las fuerzas de ocupación, ahora ya más que evidente. En estos momentos, mentar en Cataluña a la Guardia Civil o la Policía Nacional es detonante de exabruptos impensables hace unos pocos años, y la sensibilidad social es más propia del Ulster de los años setenta que del siglo XXI. Y todo por no saber manejar las situaciones como es exigible a quienes tienen la sartén por el mango.

Cada acción tiene su reacción, y como muestra, el botón de las fotografías del rey ardiendo en muchos municipios catalanes hace escasas fechas. Si eso ha sucedido por una sentencia menor del Tribunal de Estrasburgo condenando a España por “solamente” limitar la libertad de expresión, imagine el lector lo que sucederá el día que los Llarena, Lamela y demás correveidiles togados del poder político se lleven un correctivo de aúpa y les caiga encima la absolución de todos los implicados por los delitos de sedición y rebelión, algo que dan por descontado todas las instancias jurídicas internacionales con dos dedos de frente, esos que le faltan a Rajoy y compañía para darse cuenta de que lo único que están haciendo es echar gasolina a un fuego que arderá dentro de años, pero que quemará media península. Es posible que entonces no sean las efigies fotográficas del rey las que ardan, sino que sin casi apercibirnos, nos encontremos en el nivel superior -al estilo de las fallas valencianas- pero con más efectos adversos para todos, independentistas y unionistas, equidistantes y no-alienados. Por síntomas de aviso alarmantes  no habrá quedado.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Stephen Hawking, in memoriam


Hoy ha fallecido Stephen Hawking, posiblemente el científico más influyente a nivel popular desde Einstein. Sus aportaciones a la cosmología y la astrofísica fueron inmensas, pero no menos que su indudable calidad como pensador en el ámbito de la filosofía de la ciencia y como divulgador de nociones muy abstractas y complejas, que él hizo asequibles a varias generaciones de  aficionados  a la ciencia. Para todos los que hemos tenido formación científica, su muerte tiene mucho de acontecimiento de alcance universal que merece ser recordado a través de algunas de sus reflexiones sobre el universo, la especie humana y el futuro de la humanidad, desde una perspectiva naturalista y despojada de elementos mágicos y sobrenaturales. Su pensamiento inspirador tiene mucho que ver con el nacimiento de movimientos internacionales, como The Brights Movement, cuyo ideario  tiene una gran deuda con las aportaciones de Hawking a la comprensión del universo en el que vivimos. Por eso hoy me limito a citar algunas de sus frases memorables, a modo de homenaje póstumo.

"Solo somos una raza de monos avanzados en un planeta más pequeño que una estrella promedio. Pero podemos entender el universo. Eso nos hace muy especiales"

"Dado que existe una ley como la de la gravedad, el universo pudo crearse a sí mismo de la nada, como así ocurrió. La creación espontánea es la razón de que exista algo, en vez de nada, de que el universo exista, de que nosotros existamos. No es necesario invocar a Dios para que encienda la mecha y ponga el universo en funcionamiento"

"La vida sería trágica, si no fuera graciosa"

"La raza humana necesita un desafío intelectual. Debe ser aburrido ser Dios y no tener nada que descubrir"

"Si las máquinas producen todo lo que necesitamos, el resultado dependerá de cómo se distribuyen las cosas. Todo el mundo puede disfrutar de una vida de lujo y ocio si la riqueza producida por las máquinas es compartida. O la mayoría de la gente puede acabar siendo miserablemente pobre, si los propietarios de las máquinas logran cabildear con éxito en contra de la redistribución de la riqueza"

"El peligro radica en que nuestro poder para dañar o destruir el medio ambiente o a nuestros pares, aumenta a mucha mayor velocidad que nuestra sabiduría en el uso de ese poder"

"La humanidad tiene un margen de mil años antes de autodestruirse a manos de sus avances científicos y tecnológicos"

 "Nuestra única posibilidad de sobrevivir a largo plazo es expandirnos hacia el espacio. Las respuestas a estas preguntas demuestran que hemos hecho un gran progreso en los últimos cien años, pero si deseamos seguir más allá de los próximos cien años, el futuro está en el espacio"

"La próxima vez que hablen con alguien que niegue la existencia del cambio climático, díganle que haga un viaje a Venus. Yo me haré cargo de los gastos"

"Debemos intentar comprender el comienzo del universo a partir de bases científicas. Puede que sea una tarea más allá de nuestras capacidades, pero al menos deberíamos intentarlo"

"Los virus de computadoras deberían ser considerados como vida. Pienso que esto dice algo acerca de la naturaleza humana, que la única forma de vida que hemos creado sea puramente destructiva. Hemos creado una forma de vida a nuestra imagen y semejanza"

"Si los extraterrestres nos visitaran, ocurriría lo mismo que cuando Cristóbal Colón desembarcó en América y nada salió bien para los nativos americanos"

"Limitar nuestra atención a cuestiones terrestres sería limitar el espíritu humano. El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, sino la ilusión del conocimiento"

"El universo no solo tiene una historia, sino cualquier historia posible"

"Einstein se equivocaba cuando decía que "Dios no juega a los dados con el universo". Considerando las hipótesis de los agujeros negros, Dios no solo juega a los dados con el universo: a veces los arroja donde no podemos verlos"

"Obviamente, debido a mi discapacidad, necesito ayuda. Pero yo siempre he tratado de superar las limitaciones de mi condición y llevar una vida lo más completa posible. He viajado por todo el mundo, desde la Antártida a la gravedad cero"

"No puedes permitirte estar discapacitado en espíritu a la vez que físicamente"

"La Humanidad es tan insignificante si la comparamos con el Universo, que el hecho de ser un minusválido no tiene mucha importancia cósmica"

"Considero al cerebro como un computador que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No hay paraíso o vida después de la muerte para los computadores que dejan de funcionar, ése es un cuento de hadas de gente que le tiene miedo a la oscuridad"

"Me he dado cuenta que incluso las personas que dicen que todo está predestinado y que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino, igual miran antes de cruzar la calle"

"Preguntarse qué había antes del Big Bang  es como preguntarse qué hay al norte del polo norte"
 "La inteligencia es la capacidad de adaptarse al cambio"

"Las personas tranquilas y silenciosas son las que tienen las mentes más fuertes y ruidosas"

"Las personas que se jactan de su cociente intelectual son unos perdedores"

"Mujeres. Ellas sí son un completo misterio"

viernes, 9 de marzo de 2018

9M

El día después de cualquier evento con una importante carga emocional suele ser adecuado para efectuar una reflexión en frío sobre las cuestiones más relevantes. Hoy,  9 de marzo, y tras las diversas celebraciones y reivindicaciones del Día Internacional de la Mujer, me parece un buen momento para hacer algunas consideraciones sobre este asunto en lo que respecta al hemisferio occidental.

No cabe duda que aún queda un buen trecho para conseguir la plena igualdad entre hombres y mujeres, pese a los avances de las últimas décadas. Por eso quiero centrarme en obstáculos que, a mi modo de ver, pueden significar un reto muy importante a superar en los próximos años. Retos que no serán fáciles de superar, porque implican un cambio de actitud global que no sé si seremos capaces de afrontar.

El primero es tal vez el más sencillo, porque es esencialmente cosmético, y relativo a la imagen de la mujer occidental moderna. Lamentablemente, el esterotipo de igualdad que nos muestran en muchas ocasiones los medios, y muy especialmente los cinematográficos y televisivos, no augura un camino fácil, debido a que en demasiadas ocasiones el arquetipo de mujer liberada es demasiado parecido a una versión de un hombre con tetas en vez de profundizar en lo esencialmente femenino. Es decir, el prototipo mediático de mujer liberada es en exceso masculino y masculinizante, como si para eliminar la sociedad patriarcal la solución fuera que todos seamos patriarcales, con independencia de nuestro sexo.

Se pone de manifiesto así una caricatura de la mujer dotada de todos los atributos típicamente masculinos, a excepción, claro está, de los puramente morfológicos y condicionados por nuestra dotación genética. Vemos así personajes femeninos cinematográficos capaces de hazañas antes reservadas a héroes masculinos, que si ya entonces resultaban poco creíbles, ahora caen en el más absoluto ridículo, porque se trata de mujeres agresivas, individualistas, nada cooperativas pero sí tremendamente competitivas, depredadoras con una empatía reducida hacia sus semejantes y capaces de la violencia más extrema para el cumplimiento de sus objetivos.

En resumen, la visión de la igualdad de los sexos que proponen muchos medios se centra sobre todo en que las mujeres sean como los hombres, con lo cual parece que se romperían todas las barreras sexuales por arte de magia. Sin embargo, esta visión simplista tiene efectos muy indeseables. Algunos opinan que para superar la sociedad patriarcal, el camino habría de ser más bien el contrario, es decir, acercar a los hombres a la visión femenina del mundo en un sentido positivo y asertivo. Reconvertir la masculinidad, alejándola de sus tradicionales roles históricos sería mucho más fructífero para la humanidad que el proceso inverso por el que parecen apostar muchos medios. Feminizar el mundo, más que a la inversa.

Pero otro sector advierte que lo más enriquecedor cultural y socialmente consiste en mantener la mayor diversidad posible en las sociedades humanas. La homogeneización sociocultural producto de la globalización se me antoja un error; pero la homegenización sexual que creo adivinar en el cine y la televisión me parece una terrible desgracia para el futuro de la humanidad. En ese sentido, cualquier iniciativa conducente a la equiparación de los sexos por la vía de la asimilación de  roles históricos tal vez nos convierta en sociedades más igualitarias desde el punto de vista sexual, pero considerablemente más pobres en todos los demás aspectos, porque mujeres y hombres comparten experiencias vitales diferentes por su mera condición biológica, y esas visiones del mundo distintas -en ocasiones radicalmente distintas- son fuente de evolución intelectual y moral de la especie. En resumen, me parece que lo que hay que hacer es profundizar en la comprensión entre uno y otro sexo, más que igualar los raseros conductuales, bien hacia una masculinización global de la sociedad, bien hacia una feminización igualmente global y perniciosa.

De todos modos, este problema me parece mucho menor que otro derivado de la pura dinámica económica de las sociedades liberales capitalistas. Con notable coherencia, la señora Arrimadas afirmó que no participaría en la huelga feminista del 8 de marzo porque le parecía un evento anticapitalista. Y efectivamente, así es, pues somos muchos quienes opinamos que el capitalismo actual es el principal obstáculo para la igualdad de la mujer en el ámbito laboral, y de rebote, en el social.  

El capitalismo neoliberal es el principal motor de las desigualdades en el mundo occidental. Se alimenta de la confrontación de grupos y sectores que luchan por unos recursos cada vez más escasos, especialmente el trabajo. Ante mucha demanda y una oferta que se reduce abruptamente, el capital puede fijar unas condiciones inhumanas de admisión o exclusión del mundo laboral de las que ya venimos siendo testigos desde hace años. A igualdad de otros factores, ya existe una confrontacion generacional muy seria, que conduce a la exclusión de los muy jóvenes o de los mayores de cincuenta años del mundo laboral. Esta lucha "vertical" entre generaciones resulta indiscutible en todos los países occidentales, y se ha intentado paliar a través de la precarización del empleo. La franja de los menores de veinticinco años y la de los mayores de cincuenta copa todos los ránkings de desempleo y de los contratos basura, muy mal retribuidos, temporales o a tiempo parcial. La proliferación de los eufemísticamente llamados "minijobs" es una forma como cualquier otra de disminuir las estadísticas de desempleo, pero no de facilitar la subsistencia de amplios sectores de la población, que con sueldos de miseria no pueden satisfacer las necesidades básicas, y desde luego no pueden gozar de ninguna independencia personal. O lo que es lo mismo, la igualdad de un amplísimo sector de la población es pura retórica, porque están imposibilitados de una vida digna como ciudadanos de presuntos estados de derecho cuyas prioridades reales van por otro lado (es decir, sólo hacia las variables de crecimiento económico, pero no hacia la divesificación y distribucion equitativa de ese crecimiento en todos los sectores y estamentos implicados).

Si esa tendencia se agudiza en el futuro (y todo parece indicar que así será), a la confrontación generacional por el acceso a los recursos económicos, se sumará una confrontación intersexual del mismo cariz. Si los mayores de cincuenta años en paro se han visto brutalmetne expulsados del mercado laboral, no encuentro ningún indicio que me permita suponer que algo parecido no vaya a suceder entre hombres y mujeres. La lucha por puestos de trabajo cada vez más escasos también se centrará en los sexos, y eso será un obstáculo monstruoso para la consecución de la igualdad de derechos laborales entre hombres y mujeres. Es más, vista la dinámica actual, y extrapolándola a unas décadas en el futuro, resulta especialmente desalentador imaginar que la brecha entre hombres y mujeres no sólo no disminuirá, sino que se incrementará por razones de solidaridad  de sexo, como antes hubo las luchas de clase, y después las luchas generacionales. 

Me gustaría encontrar el rastro de alguna esperanza positiva que impidiera en el futuro esa guerra de sexos que estoy vaticinado, pero no encuentro ninguna justificación para el optimismo. A lo sumo, adivino una profundización en la segmentación laboral y que, a igualdad de condiciones, los hombres tenderán a protegerse mutuamente, y las mujeres que estén en situaciones de poder suficiente, también. Pero eso desembocará en una forma más o menos benévola de apartheid sexual y, en última instancia, y viendo la desventaja de la que parten las mujeres occidentales, será una guerra que tendrán perdida en el futuro.

De ahí que mi convencimiento sea, incluso a falta de pruebas tangibles de ese oscuro próximo futuro que auguro, que la igualdad entre hombres y mujeres no depende tanto de iniciativas legislativas, culturales o educativas, sino de una profunda transformación del sistema capitalista de modo que sea capaz de generar recursos suficientes para todos, y a partir de ahí, que permita desarrollar políticas  igualitarias con verdadero impacto en la sociedad. Todo lo demás será cháchara insustancial para consumo inmediato de la ciudadanía, pero con muy poco efecto en las aspiraciones de igualdad y libertad de las mujeres.

martes, 27 de febrero de 2018

La España franquista

Esta semana se han producido  dos declaraciones reconfortantes para los independentistas, procedentes de ambos bandos del espectro político. Y las dos efectuadas por personas de reputación harto demostrada en sus respectivos ámbitos, lo cual viene a ser como una especie de prueba del nueve de que lo que venimos diciendo desde hace tiempo en este blog es más cercano a la verdad que lo que muchos unionistas afirman respecto a la solidez de la democracia española.

Fernando Suárez, ministro de Franco en su último gabinete, y uno de los gestores del harakiri político de las Cortes fascistas que dio paso a la tan loada como falaz “transición modélica” ha puesto el dedo en la llaga pseudodemocrática  en una entrevista en El Mundo respecto a  si existe un ADN franquista en la derecha española al contestar, literalmente, que “pero, ¿cómo no lo va a haber? El error es considerar eso como un insulto”. El primer jab en la blandita cara de los unionistas, seguido de un crochet no menos espeluznante, cuando afirma con rotundidad que “deslegitimar el franquismo es poner en riesgo la Corona”, para acto seguido concluir con un uppercut al mentón de los tibios defensores de la democracia imperfecta: la restauración de la monarquía “fue una decisión personalísima de Franco, no cabe la menor duda, y hay que ver qué patrimonio tan importante supone para nosotros en la actualidad”. Vencedor por KO en el primer asalto.

Para quien no se quiere enterar, lo dicho por Fernando Suárez tiene mucho que ver –más bien todo- con nuestra reiterada afirmación de que el franquismo sociológico sigue absolutamente vigente hoy en día, embebido en todos los resquicios de la política española, y por ósmosis, permeando en una sociedad que se cree muchas bobadas, siendo la primordial ese extraño convencimiento de que la catalanofobia es una muestra de acatamiento y respeto hacia la democracia.. Una sociedad donde la extrema derecha se ha desacomplejado totalmente y se viste con galas democráticas, tanto en el PP como en la más juvenil pero igualmente fascistoide Ciudadanos. Y ya sabemos que la extrema derecha española siempre ha hecho  su punta de lanza mediante un anticatalanismo feroz, secundada por los tontos útiles, que siendo catalanes, no quieren ver de qué va esta historia en realidad. Como dije la semana pasada, esto ya no va de independencia, ni siquiera de república, sino de libertad y nada más. Y quienes amparándose en una vieja trayectoria democrática les hacen el juego a los nuevos fascistas son tan responsables de lo que suceda en el futuro como los propios zombis del franquismo que ahora salen de las tumbas sin mayores miramientos. Hablemos claro: la posverdad española de hoy es una posverdad netamente franquista, y por eso muchos al otro lado de la valla hemos optado por el independentismo como vía de escape de un panorama futuro  más que desolador para las libertades. Y lo peor es que ni el PSOE ni Podemos parecen ser lo suficientemente fuertes como para plantarle cara a esa posverdad delirante, así que han optado por ponerse de su lado apelando a la indisoluble unidad de la patria. Ciscándose en su dignidad histórica y en la de sus conciudadanos.

Pero no sólo desde la extrema derecha le llueven los palos a esta democracia liberal de estar por casa que tenemos en la  península, sino que también le caen los chuzos desde la izquierda. Una figura tan prestigiosa en el ámbito de la sociología como Manuel Castells, nada sospechoso de independentista por otra parte, dejaba ir unos cuantos razonamientos de lo más suculentos en una entrevista para La Vanguardia. Dijo Castells: “Que la identidad , eso que tanto desprecian los autoproclamados “ciudadanos del mundo” (porque se lo pueden permitir) es el refugio comunitario que da sentido a quienes ya no confían en las instituciones. Ante el miedo a lo desconocido y a la pérdida de control sobre los mecanismos esenciales de la sociedad….se apela a la tribu. Y aunque la invocación parece siniestra, la feroz competición individualista donde impera la ley de la selva tiene como consecuencia el protector espacio de lo comunitario”. Y esto me ha traído recuerdos de unos cuantos buenos amigos míos que siempre me han criticado porque ellos “no tienen banderas” y porque según ellos “el independentismo es sólo una cortina de humo de la corrupción de los partidos catalanes”, sin querer darse cuenta de que, más bien al contrario, es un movimiento de base popular que arrastra a los partidos tras de sí.

De este modo tan sencillo, Castells no sólo explica el auge nacionalista, sino que lo justifica ante la cada vez mayor pérdida de control de los ciudadanos respecto a sus instituciones, manejadas y corrompidas por los mercados globales y la manipulación mediática. Y estamos aquí en lo que los antiglobalizadores hemos defendido durante años: que la mejor manera de defendernos de la avidez globalizadora es mediante la independencia frente a estos monstruos trituradores de diferencias. Que el precio a pagar es alto, resulta indudable; que  al menos de esta manera nos quedará intacta nuestra dignidad como ciudadanos, también. Es cuestión de escoger.

Sigue Castells con un aviso para navegantes: “ La soberanía cambia, pero la nación como comunidad cultural histórica y sentimiento colectivo, inductor de identidad y movilización, es más fuerte que nunca. Y precisamente como reacción a la globalización”. Y yo apostillo: A ver si os enteráis, unionistas homogeneizadores, que nosotros, los independentistas nos negamos a pasar por vuestro túrmix, que al final también os hará papilla a vosotros, infelices colaboracionistas.

No quiero hiperventilar, pero es que leyendo a Castells resulta casi imposible: “La democracia liberal ha colapsado porque ha perdido legitimidad en las mentes de los ciudadanos en todo el mundo. Y aunque hoy no hay alternativas…lo seguro es que las formas actuales de democracia se mantienen por inercia o por represión. Poca gente se las cree”.  Francamente sublime, y de ahí el subrayado. Sobran los comentarios, pero las palabras mágicas están ahí: colapso, pérdida de legitimidad, represión. A  alguien le suena?. A mi sí, porque es el discurso de mi gente, la de la ANC i de Òmnium.

Y a los que nos acusan de antieuropeístas – a quienes siempre hemos respondido que somos antieuropeístas de ésta Europa de cartón piedra centrada únicamente en el capital y en los mercados- Castells responde: “La Unión Europea fue el proyecto institucional más innovador de la historia. Pero se olvidaron de los ciudadanos, se olvidaron de la nación y se olvidaron de la democracia”. En definitiva, que se olvidaron de todo lo que era esencial en un régimen de libertades, presunto heredero de la revolución francesa. Al fin y al cabo, eso pone de manifiesto que los más europeístas del momento son quienes más colaboran a la pérdida de libertades ciudadanas. Dicho de otro modo: el fascismo no sólo se está apoderando del discurso democrático, sino además del discurso europeo. Acabáramos.

Concluyo con otra cita del doctor Castells, dirigida a los pusilánimes, cobardes y cambistas de la libertad, que son muchos y variados: “Las revoluciones políticas, violentas o pacíficas, son una constante de la historia porque corrigen los desfases que se producen en la práctica de las sociedades entre la evolución de la conciencia y la rigidez de las instituciones. Sin movimientos sociales y sin revoluciones políticas no existiría el cambio social. Y el cambio es ley de vida”.  Con ello, Castells viene a decirnos que la tensión entre un estado esclerotizado y una sociedad dinámica sólo puede resolverse desde fuera de las estructuras institucionales, y que cualquier intento para las reformas internas del sistema no es más que la confirmación del aforismo tan bien plasmado en El Gatopardo: que todo cambie para que todo siga igual. Léase Ciudadanos.

Concluyo hoy con una reflexión adicional a las muy interesantes aportaciones de Fernando Suárez y de Manuel Castells, ésta de mi propia cosecha. En esta semana de feria mundial de la telefonía móvil en Barcelona, y ante las amenazas continuas y las presiones para que el Mobile abandone su actual sede, quiero dejar patente el sentir de muchas personas que, como yo, empiezan a estar hartas de que toda la argumentación contra el catalanismo político se centre exclusivamente en lo económico, cuando lo verdaderamente grave es que nos están arrebatando nuestra dignidad como ciudadanos. Somos muchos ya los que consideramos que el dinero no es lo único importante, y que el silencio de los corderos estuvo tal vez justificado durante el desarrollismo de los años sesenta del pasado siglo, cuando casi todo el mundo prefirió el 600 a la libertad. Bien, fue la elección de nuestros padres después de haber sido aplastados por los mismos cuyos hijos hoy nos gobiernan; e incluso puede resultar comprensible teniendo en cuenta la enorme maquinaria militar y policial que arrasó media España en aquellos tiempos. Pero ahora aún estamos a tiempo de evitar que vuelva a suceder lo mismo otra vez.  Si posponemos nuestra reacción, serán nuestros hijos los que pagarán con creces nuestra cobardía. Porque no basta con querer cambiar las cosas, hay que posicionarse, arriesgarse y asumir sacrificios. La tibieza y la pusilanimidad son el terreno perfectamente abonado para las formas menos democráticas de gobierno. Así que, por mí, pueden quedarse el Mobile, pueden asfixiarnos económicamente, pueden tratarnos como a una colonia africana. Aún así, yo escojo mi dignidad, lo único que no pueden comprar ni someter.

martes, 20 de febrero de 2018

Conmigo o contra mí

Sí, a ti te digo, atiéndeme, lector equidistante, tibio y tal vez pusilánime. Ha llegado la hora de que reflexiones y que lo hagas urgentemente y considerando todos los factores en juego. Ha llegado el momento de que te des cuenta de que “esto” ya no va del proceso independentista, y ni siquiera va de repúblicas y monarquías. Y que nada tiene que ver lo poco o mucho que simpatices con nosotros, los catalanes.  

A ver, piensa un poco, y asume las consecuencias. Si eres de los que creen que el bien primordial de este país –de cualquier país-  más que el bienestar de sus ciudadanos, más que sus derechos fundamentales, más aún que su libertad personal, es la sagrada unidad de la patria, es que para ti la democracia no existe o es sólo un artificio instrumental para mantener un statu quo coyuntural de los poderosos, aunque la coyuntura dure quinientos años. Y entonces, también habrás de estar de acuerdo con las anexiones territoriales de los fuertes sobre los débiles, de las ocupaciones de territorios sine die y de la colonización abusiva de regiones por el bien de tu patria. Te habrá de parecer lógico y justo que los israelíes construyan asentamientos en tierra palestina, que los rusos arrasen el Donbass y que China se anexione el Tibet milenario. Todas ellas son razones de estado, convenientemente justificadas por el supremo interés nacional y la unidad de los territorios históricos de cada etnia, pueblo o nación. Pero entonces no presumas de demócrata, porque podrás decir que lo eres, pero será una mentira más entre tantas otras que utilizas para justificarte en voz alta. O lo que es mucho peor, para justificar a tus líderes, que necesitan tu voto para cubrir el expediente pseudodemocrático de cada cuatro años.

Sí, tú, que lees esto levantando una escéptica ceja y frunciendo la boca en un gesto de desaprobación, al parecer no entiendes que en este momento, lo de menos es la independencia de Cataluña, sino el tratamiento que se está dando a los catalanes  como pueblo. Todas las medidas que tu gobierno ha tomado son para crear un clima de terror bien calculado y documentado, para decirle a la ciudadanía que se ha equivocado en el voto de las elecciones del 21 de diciembre, y que esto no parará hasta que votemos correctamente, es decir, a quien tus líderes decidan que es conveniente para tu España. Cualquier otra opción será severamente castigada hasta que nos rindamos o nos liemos a tortas, que es lo que esperan con fruición en Madrid y en la caverna mediática, para justificar así una mayor represión, militar si se tercia.

A ti, que crees a pies juntillas todo lo que te explica una caverna que no pone los pies en Cataluña y habla de oídas de lo que aquí sucede, repitiendo consignas interesadas y repugnantemente falsas; sí, tú que tanto nos criticas y ni siquiera has estado aquí para verlo, tú que te crees todo lo que te dicen porque lo sabes de  un amigo de un cuñado de un sobrino de una prima tuya y por eso ya te convences de ser una voz autorizada para iniciar un pogromo anticatalán en la tasca de tu barrio, como hace siglos que se viene haciendo en la rancia España, primero contra los moros, luego contra los judíos y más tarde contra cualquiera que no acepte  pasar por el rodillo lingüístico-cultural de la vieja Castilla imperial; a ti te digo que no tienes ni idea de libertad, de respeto y de democracia. Y que todo ello te importa un rábano, igual que la corrupción, la desidia y el amiguismo del que se nutren los círculos de poder gubernamental.

Tú, que eres tan ingenuo como para creerte que los independentistas somos culpables de haber despertado el fascismo en España, sin que ni siquiera seas capaz de apreciar que precisamente por eso, porque el fascismo nunca ha estado muerto, es por lo que se ha despertado ahora con renovado vigor. El vientre de la bestia aún es fecundo, dijo Brecht hace muchas décadas, y ahora se está demostrando hasta qué punto es fértil y en qué medida sólo estaba hibernando en espera de mejores tiempos para medrar. Pues bien, a ti te digo que eres cómplice de ese fascismo nunca muerto, y también te digo que son muchísimos los ensayistas que advierten al mundo entero sobre como un “fascismo en nombre de la democracia” se está apropiando de forma sibilina e insidiosa del discurso político en todo Occidente. De un modo que en España es patente como en pocos sitios,  pues aquí los que más se proclaman demócratas son los que menos creen en la democracia (y lo demuestran con sus palabras, con sus actos y con sus gestos), los que se pronuncian como auténticos y confiables  son quienes más mienten; y los que se presentan como justos son quienes más prevarican descaradamente apoyados por el aparato “constitucional” del que tanto os llenáis la boca. Esa constitución “que nos dimos entre todos”, y que la mayoría de quienes estamos sufriéndola no la pudimos votar. Y ahora ni siquiera la podemos cambiar, porque es como el cánon bíblico para  los fundamentalistas cristianos, un ente intocable, inmutable y que según ellos contiene verdades indiscutibles, lo que les lleva a negar la edad de la tierra y la evolución de las especies. Igual que tú eres capaz de negar y silenciar la diversidad de opiniones en cuanto a lo que significa España para muchos de nosotros.

Como dijo en celebrada ocasión Dante Fachín frente a las puertas de la cárcel Modelo, lo que está en juego ahora es directamente la Libertad, así con mayúsculas, esa libertad que todos creímos en un momento histórico que habíamos recuperado de las garras del franquismo, y que a la postre se ha demostrado estar atada con largas cadenas a la mesa del general. Unas cadenas llamadas constitución y monarquía, ambas impuestas con una pistola depositada sobre la mesa de negociaciones, como ahora sabemos. Ambas garantes de un estado de cosas que facilita el mantenimiento de una plutocracia que ha fagocitado incluso a quienes siempre fueron considerados como el paradigma de una progresía hispana que ahora ha dejado a muchos en la estacada, huérfanos de proyecto, porque a Felipe y los suyos, de tanto sentarse a la mesa de los poderosos, se les ha puesto aspecto de banqueros o de capitostes del FMI.

Sí, hombre, atiende, date cuenta de que –parafraseando a Carlos Delgado- no sólo Rivera es un lagarto de V, sino que lo son todos aquéllos a quienes tanto respetas y adoras como adalides de la legalidad y la democracia. El autoritarismo es camaleónico y se ha modernizado, y ahora se presenta bajo apariencias joviales, desenfadadas, juveniles y reformadoras. Pero el discurso es el mismo de los años treinta del siglo pasado. La exclusión del diálogo, el arrollamiento del adversario, el uso de amenazas y coacciones, la descalificación sistemática, el insulto oficial y oficioso, el empleo abusivo de una maquinaria judicial sometida y asimétrica, la utilización partidista de las fuerzas de seguridad y la permisividad desvergonzada con los bestiales cachorros del fascismo, que van por ahí agrediendo a gente normal y corriente porque se siente catalana antes que española, son muestras de que estamos donde siempre hemos estado: en una España intolerante, incapaz de sumar diversidad más allá del folclorismo demagógico y cursi. Una España imperial, colonialista y ultranacionalista; mucho más nacionalista que cualquiera de los independentistas catalanes, que, a fin de cuentas, en muchos casos nos hemos visto obligados a tomar un partido que no deseábamos, impelidos por el maltrato continuado del que hemos sido objeto desde aquel lejano 2006. Un  maltrato que era, esencialmente, abono electoral para un partido tan podrido como el PP, al que habéis votado una y otra vez sin asomo de vergüenza ni arrepentimiento.

Te diré una cosa que espero que no te sorprenda: si mi padre me tratase la mitad de mal que me ha tratado tu gente, no le dirigiría la palabra en el resto de mi vida. Es más, ni siquiera asistiría a su entierro. O sea, que teniendo en cuenta que ni contigo ni con tus líderes me une ningún lazo de parentesco, ya puedes imaginar cómo me siento respecto a ti y toda la caterva de tibios, equidistantes y xenófobos con quienes tengo la grandísima suerte de no tratar cada día.  Y también te puedes imaginar lo que pienso de tu España, que bien os la podéis quedar si tanto os place, pero dejadnos a nosotros en paz. Pero luego no os quejéis el día que tanto españolismo uniformador se transforme en un gobierno de sangre y plomo; eso sí, siempre vestido con las más modernas apariencias democráticas.

En resumen, lector, ahora que parece que se acerca el momento de los puños, porque aquí son muchos los que ya no quieren aguantar más, ten presente que no hay equidistancia o tibieza posible: o estás conmigo o estás contra mí.  Estás con la libertad o estás con el yugo, es tu elección, para la que espero que seas totalmente libre. Pero cuando escojas -ya sabes a qué me refiero- será definitivo, sin vuelta atrás. Serás mi aliado o mi enemigo, pero tanto da, porque nunca más volveré a sentarme a la mesa de tu negra y cainita España.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Insolencia española

Cuando se cumplen dos años desde el fallecimiento de Muriel Casals, el independentismo se encuentra en una encrucijada que muchos medios han querido presentar como una batalla de egos, pero que en realidad, y para quienes lo vivimos y conocemos desde el interior, refleja dos actitudes bien diferentes ante la insolencia española al tratar a Cataluña y a los catalanes.

Para ambos bandos independentistas, resulta obvio que son los españoles quienes atizan el odio, pero nos acusan a nosotros de  delitos de odio inexistentes, mientras españolistas descerebrados van tranquilamente por las calles y las redes sociales amenazando no sólo con palabras sino también con armas a quienes -con pretensión ignominiosa- denominan como catalufos. También resulta obvio que esos mismos “espaletos” –acrónimo recién inventado por español y paleto, por si no lo habían adivinado-  son quienes han ejercido violencia verbal y física contra los catalanes, mientras los jueces nos acusan de rebelión (o sea, una insurrección armada) que sólo está en los ojos de Llarena y de quienes pagan su sueldo. Por descontado, los espaletos se dejan adoctrinar y manipular cada día en los medios afines al régimen, sin tener ni la más remota idea de lo que en realidad sucede en Cataluña, cosa que viene siendo así desde hace varios años. Se atreven a juzgar, con tanta insolencia como estupidez y desconocimiento, el adoctrinamiento y la manipulación de los medios catalanes, cuando es cruda realidad que ni siquiera se han molestado en verlos, y mucho menos en traducirlos para entender lo que se dice en ellos. Asisten así, impertérritos y alborozados, a las tergiversaciones como las que hace unos meses ofreció la basura de El País, que incluso ha sido sentenciado a tener que publicar una corrección en sus páginas sobre determinadas afirmaciones relativas a TV3. O la basura audiovisual de TVE, que mereció una reprobación pública (y notoria) de sus propios periodistas por el tendencioso descaro en la desinformación de la cadena española.

En resumen, que el odio, la violencia y la manipulación extrema la están poniendo Rajoy y los millones de espaletos que babean ante las idioteces emanadas desde Madrid. Precisamente por eso el independentismo está en una encrucijada fácil de explicar. Por una parte, están quienes consideran que hay que mantenerse firmes, investir a Carles Puigdemont porque es el legítimo presidente, y asumir que irá más gente a la cárcel y se seguirá aplicando el 155. Y luego, habrá que volver a la carga una y otra vez, hasta que ya no quede espacio en las cárceles para tanto preso político. De esta estrategia, muy dura para los que la sufran, se acabaría concluyendo a nivel internacional que no hay diferencias remarcables entre la Turquía de Erdogan y la España de Rajoy, incapaz de asumir que es necesario un diálogo con una gran parte de los catalanes. Un Rajoy que tuviera que encarcelar a unos cuantos centenares, si no miles, de catalanes, se encontraría ante un problema de dimensiones descomunales a la hora de justificar tanta represión para un anhelo bastante extendido por estos lares.

El otro sector del independentismo aboga por una solución más sosegada, que pase por poder constituir un Govern, anular la aplicación del artículo 155 y recuperar la autonomía perdida. Esa opción, que parece la sensata a primera vista, presenta unos inconvenientes nada velados. Por una parte, la recuperación de la autonomía sería totalmente controlada y tutelada permanentemente por el Estado español, que seguiría con su continua presión sobre Cataluña mediante el recurso sistemático a las suspensión constitucional de todas las leyes e iniciativas que no fueran de su agrado. Por otra parte, una vez cogido el gusto a la intervención económica, nada impediría que Madrid  controlara permanentemente las cuentas de la Generalitat.

Bastantes  analistas tienen claro que este segundo escenario sería el más probable, y que eso conduciría a una situación en la que Cataluña sería la menos autonómica de las regiones españolas, y que de hecho nos enfrentaríamos a un virreinato de tintes sumamente recentralizadores conveniente y folclóricamente maquillado para alivio de débiles, tránsfugas y equidistantes. Y para mayor alborozo de los ya tantas veces mencionados espaletos anticatalanes.

Por otra parte, alegan los tibios, incrementar la presión sobre Rajoy mediante el recurso sistemático a la investidura de Puigdemont le va a hacer mucho daño a la economía catalana y eso causaría malestar social y distanciamiento respecto a las tesis independentistas. Cierto, pero los de la línea dura responden que cualquier daño a la economía catalana se trasladaría de inmediato a la española (que también sufriría las consecuencias a todos los niveles), y que no se pueden conseguir objetivos sin efectuar sacrificios, a veces muy duros. Y en eso tienen razón. Incluso Rajoy lo ha comprendido de primeras, cuando está sacrificando su credibilidad democrática a marchas forzadas para mantener la unidad de una España en cuyas esquinas habitamos muchos que nos ciscamos en ella. Ya lo afirmaron sin ambages y sin atragantarse: antes fuera de la Unión Europea que reconocer la independencia de Cataluña, que es la versión moderna de aquella España antes roja que rota. Aunque no se puede negar que tal vez -pero sólo tal vez- el acatamiento sin ambages de los designios de Madrid permitiría la salida, siquiera temporal, de los presos de Estremera y de Soto del Real. Pero otros muchos opinan que la apisonadora mediática y judicial no acabará con simples genuflexiones a la Constitución, y que habrá que llegar al Tribunal de Estrasburgo para restituir la verdad y el honor de quienes se han jugado su futuro por todos nosotros.

Entre ambas posturas, aliñadas con diversas variantes y consideraciones, yo estoy más bien con la de la resistencia, aún a costa de sufrir durante mucho tiempo, y a riesgo de llenar cárceles con más políticos catalanes. Porque una España envalentonada por un triunfo, por  pírrico que resultara, conduciría a una sumisión perpetua  de la catalanidad a un concepto  de predominio español en todos los ámbitos. Sería un retroceso equiparable a los antiguos lindes que supuso la instauración borbónica en Cataluña. Y lo que es peor, un frenazo drástico a una futura consecución de la República, no sólo para Cataluña, sino para toda España. Está claro que en Madrid premiarían al Borbón con un blindaje  de la monarquía mayor que el que tiene en la actualidad, en pago por los sucios servicios prestados con un claro sesgo derechista y autoritario.

Parece evidente que el reforzamiento monárquico de España pondría en serias dificultades a los partidos prorrepublicanos, esencialmente de izquierdas, y sería una baza a favor del PP de cara a próximas elecciones. Por el contrario, hay quien opina que la línea de dureza autoritario-monárquica del PP se vería seriamente comprometida si hubiera de estar continuamente bregando con una ebullición independentista en Catalunya que no pusiera fin a las pretensiones de liberación catalanas. Preso tras preso, al final se haría evidente que no habría manera humana de contener este estallido con la mera represión ejercida por el aparato legal y judicial. Sería entonces la hora de la violencia física o bien del diálogo, y la elección entre ambas opciones correspondería en exclusiva a Rajoy, quien tendría que elegir entre presentarse al mundo como el Erdogan del suroeste europeo, o bien tratar de redimir su imagen como la de un político finalmente dialogante y abierto.

En todo caso, nuestros muertos, con Muriel Casals a la cabeza, se merecen que no abandonemos la lucha por miedo a la represión de Madrid, a los ultras, a los jueces y a la guardia civil. Creo que toca jugar fuerte porque lo peor que puede suceder es que perdamos, pero si cedemos a la tentación del seny, y confiamos blandamente en recuperar la autonomía perdida, mi convicción personal es que ya habremos perdido. Así que, puestos a asumir el riesgo de la derrota, mejor venderla cara que por un plato de lentejas. Y mejor que lo hagamos unidos y en masa, que divididos y traicionados por nuestros temores y egoísmos. Ante la insolencia española, opongamos una terca resistencia catalana.

jueves, 8 de febrero de 2018

Sacrificar a un catalán

Soraya SS atesora un cúmulo de cualidades que hacen de ella un importante capital político para su partido, entre las que destacan su escasa empatía y comprensión del adversario, su cargante  tono enfático y marisabidillo, su discurso dogmático y beligerante, su escasa aversión por la mentira y la manipulación, su capacidad de tragarse los sapos que sea necesario para mantenerse en la cúspide del poder, sus inexistentes remordimientos  y su carácter totalmente desinhibido cuando se trata de tratar al oponente como si fuera una plaga de cucarachas; cualidades que en resumen definen su conducta política como si fueran consecuencia directa de que  Dios hubiera bajado en persona a entregarle las tablas de la ley. Dicho de otro modo, SSS reúne en sí todos los rasgos que hacen de la mayoría de los políticos ávidos de poder unos psicópatas sociales de cuidado, según diversos análisis que no son míos, sino de prestigiosos sociólogos del orbe entero.

Por ello es comprensible que espete con toda naturalidad que “si tanto nos cuesta sacrificar a un catalán” como si de un pollo de granja se tratara. Parece ser que la señora SS no acierta a comprender que para muchos de nosotros –y gran parte de la comunidad jurídica internacional- el president Puigdemont sigue siendo el legítimo presidente de la Generalitat de Catalunya. No sólo legítimo, sino legal, porque la aplicación del 155 ha sido una cosa de la más estrambótica ilegalidad, pues el artículo de marras prevé la adopción de medidas necesarias para el cumplimiento de las obligaciones por parte de una comunidad autónoma “díscola”, pero de ahí a pretender que el 155 autoriza a cesar al gobierno en pleno y disolver el parlamento va un trecho muy largo. El mismo que va de aplicar la legalidad a cargarse la soberanía popular que eligió a los parlamentarios y a su gobierno.

Es eso que los norteamericanos llaman lawfare, es decir el uso retorcido e interesado de las leyes como armas de guerra y de destrucción masiva del oponente. Algo que ha inspirado muy bien a democracias tan imperfectas como la española, véase Turquía, a quien se le ha permitido hacer una purga política sin precedentes sobre unas bases tan endebles que escandalizarían incluso al más acérrimo enemigo de los derechos humanos del pasado siglo XX.

Y es que el siglo XXI nos está trayendo las nuevas estrategias de las élites autoritarias en tiempos de turbación generalizada. La infiltración en los medios y en los partidos políticos de formas insidiosas de miedo y de odio; la polarización social como forma de dominio popular y de ocultación de los verdaderos problemas, y el exterminio del enemigo político por la vía de diseñar, aprobar y ejecutar leyes que están muy lejos del espíritu humanitario con el que se concibió la democracia. Ya saben, aquello de liberté, egalité, fraternité, que ha sido sustituido por el fetichismo legalista de légalité, légalité et un plus de légalité hasta que la legalidad nos salga por todos los orificios corporales, se solidifique convenientemente cual hormigón armado  y nos deje clavados como estatuas, de tanto miedo que tengamos hasta de salir de casa, pues en el fondo de eso se trata, de acojonar al personal hasta límites que produzcan parálisis, porque ya se sabe, la sagrada unidad de la patria está por encima de cualquier otra consideración, incluso de las libertades elementales.

Se comprende así que Rafael “Erdogan” Catalá, nuestro nada sutil ministro de injusticia, afirme con rotundidad y sin sonrojo alguno que es una “demanda social” que no se pueda indultar a los responsables convictos de sedición y rebelión  respecto a un delito que no se ha cometido  desde 1981 y que todavía no ha sido sometido a juicio por lo que respecta a los independentistas catalanes . Eso sí, el émulo del gran turco ha seguido sin despeinarse ni un pelo, pues al parecer es inexistente  una demanda social similar para que los delitos de corrupción tampoco puedan ser indultados, ya que al gobierno se le ha quedado atascada en el overdrive la palanca del indulto de los corruptos y sinvergüenzas, a quienes concede el perdón anualmente en un volumen cifrado en centenares al año.  A eso le llamo yo una justicia equitativa e igualitaria.

También se comprende que las masas enormemente informadas en volumen de datos inútiles o directamente falsos -y al mismo tiempo escasamente alfabetizadas en cuanto a calidad informativa- que pueblan el estado español se traguen sin apenas esfuerzo la propaganda bélica anticatalana, en un clima hostil que han creado el gobierno y los medios afines a partes iguales, necesitados de oxígeno para tapar los problemas de corrupción y las guerras intestinas del españolismo cañí. Un oxígeno incendiario, que ha avivado como nunca la hoguera del discurso xenófobo –porque de xenofobia anticatalana se trata, si hablamos sin pelos en la lengua- y que ha permitido al ministro Catalá –maldita la gracia de su apellido- que deduzca el corolario de que las masas claman por el apaleamiento sin perdón de rebeldes y sediciosos, mientras miran al otro lado de la calle en los casos de corrupción.

Señora SSS, señor Ministro de Injusticia: Carles Puigdemont será siempre el legítimo presidente de la Generalitat de Cataluña para muchísimos catalanes, por muchos artículos 155 que apliquen inventando fórmulas retorcidas y por muchas amenazas mafiosas con que nos “adviertan”. El hecho de que no pueda ser investido como presidente en la próxima legislatura no quita un ápice de verdad a esta afirmación. Como también es cierto que ustedes son los grandes enemigos de la democracia real, cuando con gran desenvoltura y total desparpajo se disponen a estrechar los márgenes del estado de derecho para proteger exclusivamente el artículo 2 de su Constitución, pasando por delante del artículo 1 (que parece que nadie ha leído a estas alturas), que propugna como valores fundamentales la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político, lo cual se plasma en el capítulo segundo del título primero, el de los derechos fundamentales y libertades públicas, ahora en vías de ser sacrificadas en el altar de la unidad nacional, pero con un trasfondo que va mucho más allá, como también iba en esa dirección la famosa Ley Mordaza.

La cuestión es que ustedes, señores de la mordaza, consideran que todos los medios son válidos para obtener sus fines presuntamente democráticos, pero en realidad lo único que hacen es encorsetar un statu quo que a estas alturas  ya ha demostrado a quien beneficia exclusivamente. Así que optan por el terror del oponente. Ahora somos los catalanes, mañana puede ser cualquiera. Como bien sabe el turco Erdogan, nada aglutina más a un pueblo desinformado que una buena campaña de intoxicación y la aplicación de  determinada legalidad como devastadora arma de combate contra el adversario. Y si se mete a diez o veinte mil presuntos enemigos del estado en la cárcel, mejor que mejor.  Las pruebas, la presunción de inocencia, la realidad y la justicia, son sólo molestos socavones en la autopista hacia el gobierno definitivo del gran corruptor corrompido. Socavones que se rellenan con la ignominia y la mentira y se apisonan con un sistema judicial abyecto y adicto al régimen.

Así que propongo a las señorías del gobierno que, antes de insultarnos pretendiendo que “sacrifiquemos a un catalán” como si de la matanza del cerdo se tratara,  tal vez se planteen la posibilidad de sacrificar a un gallego. O ya puestos, a una vallisoletana, pues en ambos casos hay motivos para la redención a través de la expiación de tantos pecados “democráticamente” cometidos.

viernes, 2 de febrero de 2018

Tender puentes?

En los últimos días, diversos politólogos han expresado la opinión de que es necesario tender puentes para reanudar el diálogo en Cataluña y recomponer unas relaciones muy desgastadas por los acontecimientos de los últimos meses. Especialmente, quiero destacar un artículo de Montserrat Nebrera en El Nacional, por la ponderación de la que hace gala  en su redactado, incidiendo por igual en los errores de uno y otro bando, y señalando (cito literalmente) que “desde la barricada se llama equidistancia a la empatía, la capacidad de distinguir el infinito juego de grises de los aciertos y errores de la vida humana, y al reconocimiento de nuestros pecados capitales, que no son patrimonio de un grupo, de una tribu o una nación”.

Bellas palabras y bellas ideas para un mundo ideal, al que tal vez todos deberíamos aspirar, pero la realidad no es así. Cuando se habla de tender puentes, quiero entender que las partes se comprometen a construirlos simultáneamente desde las dos orillas, pero me parece que los maestros de la equidistancia pretenden que los independentistas no sólo lo  construyamos nosotros solos, sino que además paguemos el coste íntegro de la estructura.

Y por ahí no podemos, ni queremos, ni vamos a pasar muchos de nosotros. Me niego totalmente a tender puentes con el unionismo si antes no veo un gesto claro y nítido de reconocimiento hacia los millones de catalanes que, hartos  de lo que podríamos llamar suavemente “un trato asimétrico” respecto a otros pueblos del estado español, hemos alentado algo que podrá ser inconstitucional, pero como dicen todos los juristas con dos dedos de frente y un billetero no pagado por el estado, lo inconstitucional no es nunca directamente delictivo en cualquier país decente del mundo. Y por tanto, aquí ya comienza la asimetría de la que hablaba antes, porque la respuesta del unionismo ha sido la de tratarnos a todos como delincuentes, en la calle, en los medios y en los debates políticos. Y por ahí no pasamos.

No voy a tender puentes con quienes se han dedicado a negar la mayor, y han opinado ciegamente ante los sucesos del 1 de octubre, donde no hubo violencia popular, donde no hubo más resistencia que la pasiva, y donde las hostias sólo las dieron unos y la sangre y los moretones los pusimos  los otros. Y ahora eso lo saben hasta en las Naciones Unidas, donde van a empezar un proceso que el estado español ninguneará pero que dejará las cosas claras para el mundo entero.

No voy a abrazar a los conciudadanos que se autodenominan catalanes, pero no han dedicado jamás el más mínimo esfuerzo a aprender catalán ni a entender la cultura catalana -a eso que llaman integrarse-, aún cuando llevan casi toda su vida aquí.  Porque claro, como los catalanes sí sabemos español, no hace falta ni la más mínima cortesía para comunicarnos. Porque en el fondo, siempre se ha tratado de una imposición que los catalanes de verdad hemos llevado con estoicismo hasta que se nos han hinchado las narices de tanta cortesía  y urbanidad unidireccional.

No voy a reconciliarme con quienes votan al partido más corrupto de Europa y con más dirigentes procesados. A quienes votan al partido en el que nadie dimite. A quienes votan al partido de un presidente del gobierno del que hasta los suyos se rechiflan con  el “Emepuntorajoy” de los papeles de Bárcenas. A quienes votan como imbéciles al partido que se envuelve en la “sagrada unidad de España” para ocultar todas las vergüenzas –que son muchas- que tienen ellos como formación política, como gobierno y como representación de un estado apestoso y cañí del que muchos catalanes renegamos con razón.

No voy a estrechar la mano de quienes  me insultan autodenominándose “catalanes” y hacen todo lo posible para fastidiar a su presunta tierra y a su presunta gente catalana, porque la asfixia económica y política en la que vivimos les parece lo adecuado tanto a ellos como a los partidos políticos a los que votan. A un PSOE que traicionó descaradamente el Estatut del 2006. A un PP que impugnó en el Constitucional lo que previamente se había aprobado en el Parlament de Catalunya y en el Congreso y el Senado. A unos gobiernos que desoyeron el resultado del referéndum que aprobó el Estatut porque les convenía electoralmente en el resto de la península, usando a los catalanes como moneda de cambio.

No voy a perdonar a quienes dan su apoyo a fuerzas de  seguridad cuyos mandos afirman, tranquilamente, que “el 1 de octubre, la legalidad estaba por encima de la convivencia” para justificar su brutalidad represiva. Ni a quienes atienden a las afirmaciones escandalosas del  oficial de la Guardia Civil al mando del operativo respecto de que “ la prohibición de las pelotas de goma por el Parlament de Catalunya no les afecta a ellos”. Como si la puñetera Guardia Civil estuviera por encima del bien y del mal, y a ella no se aplicara la legalidad autonómica porque son quienes son, herederos directos del franquismo imperial. Como si el fetichismo legalista en el que viven -la expresión no es mía, sino de un relator de las Naciones Unidas- fuera la mejor medicina para fortalecer "su" democracia de estar por casa.

No olvidaré nunca a la gentuza del “a por ellos”, como si nosotros fuéramos animales  a los que se puede acorralar y vapulear, y los españoles fueran humanoides prehistóricos y garrulos armados con garrotas. Bien pensado, en definitiva lo son, porque a fin de cuentas, el español medio suele ser un fanático de la violencia en todas sus expresiones, que es la forma que tiene de manifestar su  odio por las  humillaciones sufridas a lo largo de los últimos siglos a manos de  mil potencias extranjeras. No es afirmación mía, sino de prestigiosos intelectuales: el españolito de a pie  es admirador de la fuerza y detesta el diálogo, que para él es mariconada que denota debilidad. Pues bien, con esos catañoles no voy a tender puentes, de ninguna manera.

Ni tampoco acercaré posiciones con quienes se dedican, al más puro estilo mafioso, a amenazar a los diputados electos, y de rebote a todo un pueblo que los ha votado, a sabiendas de que la Unión Europea no es capaz de otra cosa que mirar al otro lado por intereses geoestratégicos, y que permitirán una y mil veces que nos aticen por aquello de evitar el contagio a otras regiones del continente. De mafiosos los ha tachado ya gran parte de la poca prensa independiente mundial, y muchos politólogos expertos. Y yo, a los mafiosos y a sus secuaces no les doy la paz ni en misa.

No voy a permitir que quienes me han insultado de todas las maneras posibles, me han negado el saludo, y me han denostado por llevar un lazo amarillo, y ridiculizado por exigir la libertad de los rehenes políticos (pues así los definen muchos analistas internacionales, como rehenes del estado español) me digan ahora que pelillos a la mar y a ver si estrechamos las manos y recomponemos la convivencia que ellos rompieron, al permitir que el neofranquismo se apoderara en la calle y en los medios del discurso “constitucionalista” (qué risa y que vergüenza), como ya lo había hecho antes en las instituciones, y especialmente en una judicatura tremendamente politizada en cuyas manos dios nos libre de caer, por nimio que sea el motivo.

No. No tenderé puentes con quienes  les ha faltado tiempo para envolverse en la banderita rojigualda y salir a la calle contra la independencia de Cataluña, cuando jamás movieron un dedo  en el momento que tocaba. Cuando no salieron a la calle el 15M. Cuando ni pestañearon ante los recortes de todo tipo efectuados por las élites gobernantes. Cuando no se inmutaron cuando la sanidad y la educación pública se vinieron abajo por falta de financiación. Cuando les dio igual que el estado del bienestar se fuera al garete mientras ellos todavía pudieran mantenerse a flote a costa del sufrimiento de millones de conciudadanos. A todos esos que, siguiendo la consigna del gobierno, les parece más importante la unidad de la patria que el bienestar del pueblo.  A todos esos que siguen votando corrupción año tras año, legislatura tras legislatura.

En resumen, que los puentes los tiendan ellos, señora Nebrera, que los del margen izquierdo del Ebro  que somos y nos sentimos catalanes no vamos a hacerlo. Y por cierto, una acotación, eso de sentirse catalán y español está muy bien como quiebro ideológico-semántico, pero ahora ya carece de todo significado para muchos de nosotros. En Cataluña, en estos momentos, o eres español o eres catalán, con toda la carga que conlleva para unos y otros. La presunta equidistancia del bicéfalo catalán-español es un mero disfraz para la tibieza de unos o para el parafascismo de otros en un estado autoritario que ya ha sido calificado de “democracia imperfecta” en medios internacionales. Vamos, lo que muchos catalanes ya sabíamos desde hace siglos.