miércoles, 29 de noviembre de 2017

El País, paradigma de la catalonofobia

De los agitados últimos dos meses hay tres cosas que me llaman sumamente la atención de entre toda la amplia panoplia de mentiras y distorsiones que han usado los políticos y medios de comunicación a modo de artillería pesada. Y quiero destacarlas porque hay algunas que son objetivamente perversas y no facilitarán la reconciliación ni a corto ni a largo plazo. Tengo la impresión, terriblemente corroborada por las informaciones que he podido recopilar, de que incluso dentro de muchos años los ataques que muchos catalanes han sentido como en carne propia han causado heridas que no cicatrizarán fácilmente, lo cual traerá consecuencias a largo plazo en forma de efecto búmeran con el que tendrán que lidiar generaciones posteriores.

En primer lugar, y como constatación de que el capital no tiene patria ni corazón, hay que destacar la actitud de las grandes empresas con sede en Cataluña. Su mastodóntica dimensión impide que sean precisamente fortalezas impermeables a la filtración de datos, y más pronto o más tarde se acaban conociendo los entresijos de sus decisiones. Y por lo que respecta a las dos entidades financieras –que de paso arrastraron a casi todas las demás corporaciones migrantes- ya es cosa sabida que la decisión de emigrar a otros parajes no tenía nada que ver con la posible efectividad de la independencia catalana, que todos los consejos de administración ya habían descontado anteriormente como inviable, puesto que habían obtenido garantías tanto del gobierno español como de Bruselas de que no se iba a tolerar una declaración de independencia unilateral. La consecuencia lógica de todo esto es que el presunto temor a quedar fuera de la UE era totalmente falso, y que el traslado de sedes sociales se hizo como advertencia y castigo para el pueblo catalán si persistía en su ánimo independentista.

La advertencia consistía en que ante una declaración de independencia, el capital de origen catalán haría todo lo posible por arruinar la economía del país, y hacer intolerablemente dolorosa la transición a una república independiente. El castigo consistió en arrastrar tras de sí a más de dos mil empresas para poder justificar una caída del PIB catalán con tintes dramáticos que revertiera el impulso independentista y lo sustituyera por un moderado catalanismo folclórico, que es lo que siempre han pretendido las élites del país. Y es que, por supuesto, ante el dios del dinero se rinde cualquier otra consideración, incluso las más elementales. Así que, al menos por lo que respecta a  CaixaBank y al Banco Sabadell, de quienes tengo fuentes fiables, ambas hicieron sus números, vieron que la mayor parte de su negocio está fuera de Catalunya (en una proporción inmensa) y les salía más a cuenta el castigo que podían infligir a sus clientes catalanes de toda la vida en comparación con sus muchos mayores intereses más allá del Ebro. Y de paso, dejaban una nota bien clara en las puertas del Palau de la Generalitat: que no contasen con ellas para nada.

La segunda cuestión punzante y que tendrá (de hecho está teniendo ya) un efecto rebote, es la animadversión centralista a TV3 y Catalunya Radio, por ser, según el novelado relato español, “unas fábricas de independentistas” totalmente parciales y carentes de objetividad. Dejando aparte los numerosos reconocimientos internacionales a la labor periodística de ambas instituciones, que no creo que se les haya otorgado por su parcialidad y ánimo de adoctrinamiento a lo largo de los años, lo cierto es que TV3 y Catalunya Radio no han hecho más que incrementar su cuota de participación en los medios informativos en los últimos meses. O sea, que han incrementado su audiencia de forma sostenida, lo cual es, en principio, la razón de ser de cualquier medio de comunicación según la teoría neoliberal al uso que tanto defienden El País y  demás lacayos.

Pero aunque así no fuera, lo cierto es que durante estos meses he procurado ser muy cuidadoso  comparando la información por una parte, y la opinión por la otra, de los medios a lado y lado de la trinchera. Como no soy experto laureado, sé que mi opinión no tendrá demasiado valor extrínseco, pero lo que sí puedo constatar es que si tanto yo como cientos de miles de catalanes nos hemos puesto de los nervios oyendo las animaladas de Albiol, las perogrulladas de primero de carrera de Arrimadas, los desesperados intentos de Iceta por mantener un discurso integrador, y los descarados desplantes de todos los miembros del gobierno español, así como viendo todas las manifestaciones unionistas y/o fascistas de estas semanas, es porque nos los han ofrecido los medios públicos catalanes sin dudarlo ni un momento ni arrinconándolas en recónditos parajes de los noticiarios, así como también nos han ofrecido el relato inmisericorde de la huida de empresas, las declaraciones y  opiniones diversas sobre el adoctrinamiento infantil en las escuelas y la autoflagelación de las fuerzas independentistas después del 155. Así que a muchos nos resultan difíciles de entender las consideraciones que se hacen desde medios tan tremendamente dependientes de la mano financiero-política que les da de comer como son los madrileños. El colmo de la vergüenza han sido los ataques de El País (que han merecido una carta de réplica del director de TV3 que tan "plural e independiente" diario ha desdeñado publicar), y que constituyen  un insulto a la inteligencia de todos los espectadores de la cadena catalana, porque son pura difamación vergonzosa. De lo que se deduce que, o bien el periodista que cubrió la célebre semana  en TV3 es un malnacido o no tiene ni puñetera idea de catalán, lo cual seguramente es cierto en ambas premisas. Abreviando: los ataques mediáticos y los de gente como Alfonso Guerra – ése “socialista sin fisuras” que tilda de renegados a quienes no comulgamos con su insufrible jacobinismo sevillano, que es peor que el madrileño- han provocado tal oleada de indignación en Cataluña, que en estas tierras se puede decir que ya se le contempla como la punta de lanza del ultranacionalismo español, lo cual le sitúa en la misma órbita que a los sectores más reaccionarios del PP.

El debate sobre la imparcialidad es cosa muy jugosa, porque los propios medios de comunicación se entreanudan los cordones de sus zapatos demagógicos y van de tropiezo en tropiezo. Una cosa es la imparcialidad y otra la equidistancia. Una cosa es la información, y otra la opinión. Y una cosa más es la ecuanimidad y otra la línea editorial.  Sin embargo, El País & Co, mezclan conceptos según su indecente interés, que es el del gobierno español, lo cual por si sólo justificaría la existencia de medios catalanes que contrapesaran tal situación, aunque sólo fuera como defensa frente a la artillería de la caverna. Hablemos claro: que sean totalmente equidistantes, meramente informativos y desideologizados sólo existen los teletipos de las agencias como Reuters, que simplemente sirven la noticia sin mayores comentarios. Los adjetivos, las calificaciones y las opiniones vendrán después efectuadas por los medios de comunicación propiamente dichos.

Pretender que TV3 sea como la agencia Reuters es un insulto a la inteligencia, porque uno de los objetivos fundacionales de la televisión pública catalana es el de promover y defender la cultura catalana en todos sus ámbitos, con preferencia a la cultura mayoritaria de los medios, que es la del nacionalismo español. Pero es que además, los voceros del reino confunden imparcialidad con equidistancia, que es lo que pretenden de la televisión pública catalana. En primer lugar, es infamante que se exija equidistancia a TV3 cuando el colmo de lo contrario es TVE, sin que hayan hecho nada por remediarlo los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP en cosa de cuarenta años (a lo que se ve, lo de los cuarenta años no acabó con Franco y debe ser el número mágico del resistente franquismo "residual") En segundo lugar, un medio público tiene que ser imparcial, sí, pero atendiendo a la definición estricta del término: “ausencia de prejuicios al realizar un juicio”. Es decir, ser imparcial no significa no hacer juicios de valor sobre una noticia, sino hacerlos de forma objetiva. En cambio, lo que pretenden en Madrid de TV3 es que no haga juicios de ningún tipo, es decir, que sea equidistante y no se moje. Es decir, que carezca de línea editorial. En resumen, que se convierta en una mera agencia de noticias, que es precisamente lo que no queremos los catalanes que vemos TV3 asiduamente (porque los otros son muy felices viendo exclusivamente Televisión Española)

Es cierto que ello implica un cierto localismo en el tratamiento de la información y en determinados asuntos obliga a barrer para casa según la línea editorial, pero es absurdo pretender de un medio de comunicación que se atenga a unas reglas que ningún otro está dispuesto a cumplir, con la única finalidad de maniatarlo, silenciar a sus profesionales y facilitar que nos tengamos que tragar la doctrina Arrimadas –por poner un ejemplo- a falta de cualquier otro adoctrinamiento posible, como si eso fuera el no va más de la pluralidad informativa, que es el cuento que pretenden que nos creamos los señores Guerra  y Caño, respectivamente.

Y para acabar con el trío de argumentos diseñados específicamente para hacer daño a la par que se falta descaradamente a la verdad, tenemos el tema de las pensiones, respecto al cual sí me considero voz autorizada e informada, así que sencillamente voy a exponer lo que –además- es de sentido común y se  recoge en toda la normativa internacional en materia laboral de la propia OIT. 

Primero, la pensión de jubilación, aquí como en Lituania y en Zimbabwe, no la paga el estado donde uno reside, sino el estado al cual uno ha efectuado las cotizaciones durante su vida laboral, o sea España para el caso que nos ocupa.  Eso es así, y es indiscutible. Otra cosa es que, si existen convenios bilaterales o reglamentos comunitarios (para los estados miembros de la UE), el pago directo lo deba hacer el estado de residencia aplicando diversos tipos de cálculos y prorratas. Pero quede claro que, en ausencia de convenios, la pensión de un residente en Catalunya la ha de pagar el estado español por todos los años que el trabajador estuvo cotizando a la Seguridad Social española que, por cierto, atiende al principio de caja única y por tanto es intransferible. O sea, que no hay excusas ni justificaciones para tan lamentable discurso unionista al respecto. Los pensionistas ya existentes cobrarían su pensión íntegra del estado español, y los nuevos que accedieran al sistema público de pensiones lo harían de España y Cataluña en proporción a los años cotizados en cada estado. Punto y final, salvo la acotación de que el pánico que produce en Madrid una Cataluña independiente es precisamente por eso. Y precisamente por eso, los voceros y bocazas del PP y C's se pasan el día diciendo justo lo contrario, sin que la Cosa Nostra mediática madrileña ose advertir tamaña desvergüenza ni por asomo.

Además,  en caso de independencia, es conclusión indefectible que si Catalunya soporta menos porcentaje de población (16%) que el porcentaje de PIB que produce en relación al conjunto de España (19%), y que sólo habría de pagar las pensiones generadas a los residentes en Catalunya desde el momento de la independencia, resulta bastante patente que el sistema de Seguridad Social catalán no tendría ningún problema de financiación al menos durante las primeras décadas. Simple aritmética para no adoctrinados por el centralismo mediático–político.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Lo bueno del 155

Puede parecer extraño que precisamente yo insinúe que el 155 haya significado algo positivo para el país, pero para aclarar dudas voy a recurrir primero a una analogía con la mecánica cuántica. En esta extraña disciplina todo conduce directamente a un principio probabilístico, que se formula en forma de una ecuación de onda, según la cual los objetos cuánticos no existen como tales en el espacio, sino como una densidad de probabilidad de encontrarlos en múltiples lugares o estados simultáneamente.

Eso es lo que viene a significar la célebre paradoja del gato de Schrödinger, según la cual, un gato en una caja cerrada conectada a un dispositivo que aleatoriamente puede matar al gato en función de si se activa o no una desintegración radiactiva con una probabilidad del cincuenta por ciento, está simultáneamente vivo y muerto (lo que se denomina técnicamente superposición de estados). Según la interpretación cuántica del proceso, no es posible saber previamente el estado del gato. Sólo cuando efectuamos la observación, la función de onda colapsa en un valor determinado y eliminamos la incertidumbre, y se nos da a conocer si el gato vive o muere.

En la vida social, y especialmente en política, podemos emplear esa analogía para afirmar que la situación general de un país es en general globularmente difusa, con una superposición de estados variados, y que sólo cuando se hacen observaciones precisas mediante experimentos bien determinados, el sistema colapsa y nos da una imagen mucho más exacta de lo que está sucediendo en algún ámbito concreto.

En España esto es lo que ha estado ocurriendo, con un marasmo de estados equívocos e indefinidos respecto a la cuestión catalana, y por eso, la analogía con la mecánica cuántica no es un disparate, sino una imagen muy poderosa del escenario antes y después de la crisis política de octubre. Rajoy, con la aplicación del artículo 155, ha venido a ser como el físico que abre la caja del gato y transforma el escenario probabilístico indeterminado en una solución precisa del  sistema acorde con una realidad concreta. Es decir, el artículo 155 nos ha permitido pasar de una imagen globular, difusa y emborronada de la realidad social española y catalana a otra mucho más fija, definida y enfocada. Y eso es muy bueno para que todos sepamos donde nos encontramos en este momento. Cuestión diferente es que la foto resultante tenga un aspecto mucho menos agradable de lo que podría esperarse en principio.

En primer lugar, hay que constatar que la celebrada “Marca España” ha quedado muy tocada internacionalmente, al menos en el plano socio-político. La incapacidad de manejar con sutileza y mano izquierda las tensiones internas, sumada a arengas muy poco democráticas sino más bien trogolodíticas como la internacionalmente famosa “a por ellos”, ha hecho muchísimo daño en el exterior.  Cualquiera que tenga contactos en el extranjero puede dar fe de ello, con independencia de su orientación política. España acaba de rebajar su prestigio internacional a la categoría de las repúblicas del este de Europa, o aún peor, al de esa Turquía que ahora Europa ve como a una apestada cuyo ingreso en la Unión es prácticamente inviable.

En concordancia con ello, el gobierno español se ha retratado como uno de los más autoritarios a la par que incapaces de generar diálogo en un país más necesitado de él que nunca. La consecuencia ha sido evidente, y la rigidez gubernamental y su incapacidad de reconducir la situación  de un modo que no fuera meramente monolítico y electoralista le ha pasado factura, en forma de un “apoyo incondicional pero con advertencias” respecto del que los medios españoles sólo han destacado el apoyo de los gobiernos europeos al gobierno de Rajoy, y han omitido lo que todo el mundo que tenga un pie mental fuera de los Pirineos ha visto: que las advertencias contra el uso de la fuerza y el autoritarismo han sido más bien severas, y sobre todo, que el 155 no podía aplicarse tan a largo plazo como deseaba el gobierno español. De ahí que, pese a la rotunda oposición de toda la patronal, las elecciones se hagan el primer día posible, laborable para más inri, cosa no vista por estos pagos desde hace un tiempo inmemorial.

Una tercera consecuencia es que el mundo entero ha visto que España es un país sometido a muy fuertes movimientos tectónicos sociales, que al igual que con las placas de nuestro planeta, periódicamente desencadenan seísmos de mayor o menor intensidad, y que ponen de relieve que España es zona sísmica de alto riesgo y que no puede descartarse un terremoto de magnitud importante  en un momento u otro de  su futuro. En esta situación, resulta absurdo pretender negar la evidencia. Y aún es más absurdo pretender desmontar los argumentos del adversario remontándose a cuestiones arcanas y lejanas en la historia. Los hechos son los hechos, y si la cuestión catalana tiene razón de ser  o no es totalmente irrelevante, porque lo que importa es que está ahí y no va a desaparecer por el mero hecho de negarla, del mismo modo que la falla de San Andrés cruza California y un día se tragará Los Ángeles, por más que  sus habitantes pretendan vivir como si no fuera a suceder. La diferencia estriba en que mientras la tectónica de la Tierra es impredecible y sus consecuencias son casi inevitables, la tectónica social puede modularse, controlarse y minimizar los daños con las solas herramientas del diálogo, las políticas a largo plazo y eliminado una agresividad que sólo encabrona más al personal. Y también asumiendo  que en un país, por grande que sea, o precisamente por ello, no puede aplicarse el rodillo político y tratar a toda la población por igual, lo cual requiere de cierta explicación.

Lo cierto es que el problema catalán es -en un porcentaje muy importante- un problema económico y de una solidaridad interregional muy mal entendida, como si fuera obligatorio mantenerla eternamente sin exigir nada a cambio. Países mucho más ricos, como Estados Unidos, no tienen ningún mecanismo institucional que imponga al gobierno federal la obligación de compensar a los miembros de la federación, y de ahí que haya casos históricos de unos cuantos estados al límite de la quiebra (Minnesota, Illinois y algunos más), y que diversas ciudades –como ejemplo sonado y famoso, Detroit- se hayan tenido que declarar judicialmente en quiebra.  Es decir, la democracia y el estado de derecho no eximen de la responsabilidad de que cada palo aguante su vela una vez transcurrido un tiempo prudencial, y eso es lo que no ha sucedido en España en los últimos cuarenta años (que ya son años para poner remedio al sur español), y esta cuestión de fondo es de la que se hacen eco internacionalmente en todos los foros serios, cuestionando la tremenda parcialidad de los sucesivos gobiernos españoles a la hora de fijar los criterios de financiación de las diversas regiones en clave estrictamente electoral.

Otro hecho que ha quedado claramente demostrado para todo observador imparcial es que España dista mucho de ser una sociedad abierta. Con franco horror, muchos europeos comentan el espeluznante espectáculo de intolerancia y agresividad que se vierte en las redes sociales, con una clara predominancia de la derecha . Lo cual confirma el hecho de que el franquismo, en todas sus variantes, está bien vivo en la sociedad española, y no específicamente a nivel político, sino permeando a todas las capas sociales. La sociedad española no ha superado los siglos de gobiernos autoritarios y de represión y prácticamente cada español lleva en su ADN un gen de la intolerancia y la cerrazón que se activa con una facilidad pasmosa. Que las divergencias políticas se diriman a cuchilladas en twitter es algo que no ayuda precisamente a mejorar la imagen de España y la de los españoles, que vuelve a estar al nivel de cuando se consideraba a todo ciudadano al sur del los Pirineos como un auténtico bruto cargado de fanatismo y rencor hacia el adversario. Algo que constatamos incluso entre las clases universitarias y con supuesta formación, que se dejan llevar arrebatadas por discursos incendiarios e insultos sonrojantes.

En el aspecto puramente político, la aplicación del 155 ha tenido un curioso efecto vintage: la foto ha quedado en tonos sepia. No sé qué pretenden el señor Rivera y sus Ciudadanos, pero la imagen de su discurso actual es clavada, literalmente, a la del Partido Radical de Alejandro Lerroux en los años veinte y treinta del siglo pasado. No quiero extenderme en comparaciones y recomiendo al lector interesado que acuda a las bibliotecas y hemerotecas y descubrirá con cierto asombro como partes enteras del ideario (y de los discursos) lerrouxistas se han incorporado sin ningún género de dudas al posmoderno discurso de C’s. Es decir, el de un partido de derechas sin complejos pero laico a más no poder, republicano y notoriamente patriótico y anticatalán. Y muy dado a las actuaciones contundentes, como demuestra el hecho de que fue el “Ciudadanos” de 1934 el encargado de la brutal represión de las huelgas en Asturias, por si alguien no lo recuerda  con claridad.  Lo que sí es evidente es que las maniobras actuales en la política española remedan las de los convulsos años  de la segunda república, sólo que ahora no tenemos república, sino una monarquía más que cuestionada en media España y cuyo prestigio ha caído a los niveles más bajos que se pueden recordar desde su restablecimiento. Un prestigio que ya no recuperará jamás.

Por otra parte, la tan comentada fractura social ha resultado ser, en definitiva, el catalizador de muchos indecisos, normalmente despolitizados y apáticos, a quienes la descarga eléctrica del "procés" ha hecho tomar conciencia ciudadana en un sentido u otro, lo cual es positivo de por sí. Además, la fractura social ha consistido en aflorar temas que siempre han estado ahí, pero que por diversos motivos estaban enterrados profundamente en los cimientos de la sociedad catalana  y resultaban casi imposibles de desentrañar. La sacudida independentista ha removido las losas que pesaban sobre la conciencia colectiva y ha permitido aflorar la realidad  de una Cataluña que si era una balsa de aceite, era básicamente por autocensura. La lástima es que la discusión se haya llevado en la mayoría de las ocasiones por trazados pasionales más que racionales, pero eso es lo habitual cuando se tienen políticos que más que bomberos son pirómanos en busca de su particular incendio.

Todas estas cosas, y algunas más, son lo que nos ha dejado de bueno la aplicación del artículo 155 en Cataluña. Todos hemos quedado retratados, escaneados y escrutados en lo más íntimo. La España de 2017 ya  no es una entidad globular y difusa, presuntamente democrática y abierta; sino un fotograma congelado en alta definición que nos muestra cómo es en realidad en toda su miseria colectiva, que es mucha, demasiada como para no sentir más que tristeza y náusea.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Cataluña, independencia y lucha de clases

Si se desbroza todo el jaleo mediático de las últimas semanas a cuenta de lo que está sucediendo en Cataluña, y si de paso nos aplicamos en separar el grano del fundamento de la paja de las opiniones vertidas sin ton ni son, los insultos irreflexivos y los juicios apresurados sin ejercicio de pensamiento crítico alguno, nos quedará una verdad desnuda que pocos han acertado a poner de relieve. Y esto es especialmente válido para los grandes medios de comunicación, que han acudido en tropel a la reivindicación de un interés que no es colectivo, y que desde luego no es el de la clase trabajadora, por mucho que se esfuercen en intentar maquillarlo así. Para los escépticos o indocumentados, recomiendo el excelente y profundo artículo de Francisco Javier Ruiz Collantes, catedrático de la UPF de Barcelona, publicado el pasado 5 de noviembre en “Público” y que con el título de “Cataluña y la solidaridad interregional en España” ponía el dedo meticulosamente en la llaga al dejar bien claro que en el fondo, la apuesta del soberanismo, alentada desde unas bases claramente populares desligadas de una burguesía empresarial catalana siempre vinculada al unionismo españolista, tiene tanto de contienda independentista como de lucha de clases, porque a fin de cuentas, el problema real es que la solidaridad interregional en España sólo ha servido para apuntalar a las clases dominantes en el centro-sur de España, sin que haya servido tanta transferencia de  fondos durante décadas para construir un futuro mejor en esas regiones, sino para mejorar el tren de vida de los grandes propietarios y latifundistas.

Hace poco más o menos dos años, Pablo Castellano, el defenestrado maestro de socialistas, siempre tan punzante como honesto, decía en una entrevista que le hizo Cristina S. Barbarroja para “Público” el literal que sigue a propósito del régimen de 1978: "…la metástasis de la democracia aparencial española, la farsa democrática que no tiene en cuenta el progreso de la ciudadanía, sino la conservación del poder en las manos de siempre", para concluir con notable frustración que "nada nace nuevo hasta que lo viejo ha agotado su proceso… y el régimen es un régimen que lo tiene todo no atado y bien atado, sino pactado y bien pactado". La ventaja de los viejos desterrados de la política, como lo fue él por el clan de los sevillanos del PSOE, es que no tienen ninguna necesidad de morderse la lengua y pueden llamar a las cosas por su nombre sin peligro de que el Alfonso Guerra de turno les aparte de la foto por díscolos contra el líder supremo, X.

Cabe recordar que la corriente Izquierda Socialista, que Castellanos presidió durante años, se oponía rotundamente al sistema personalista, jacobino y tremendamente centralizado en el líder, un tal Felipe González que surgió del congreso del PSOE de Suresnes allá por los primeros años setenta del siglo pasado. A fin de cuentas, la historia ha demostrado que González no era más que un plutócrata que le puso un vestido moderno a España pero sin cambiarle una ropa interior que ahora ya apesta, de tantos años tapando las vergüenzas de un sistema que no murió en 1978, ni mucho menos. También es ésa la respuesta al porqué en España no hay una ultraderecha fuerte como en el resto de Europa: es tan sencillo como asumir que los fascistas nunca se fueron, sino que se integraron en los partidos políticos (preferentemente, pero no sólo, en el PP) con un éxito más que notable. De hecho, han corrompido todo el sistema y se han infiltrado en todos los poderes, desde el ejecutivo hasta el judicial, y por descontado, el mediático, y se han asimilado a neodemócratas con el visto bueno de una Unión Europea que sólo tiene interés en lo mismo que siempre han tenido las clases dominantes, la  tríada mágica que conforma los pilares de la gran mentira en la que vivimos en Occidente. Me refiero al conocidísimo mantra neoliberal: crecimiento económico, estabilidad política, y seguridad nacional. Y para ello, vale todo, como valió antes cualquier justificación de la barbarie imperial neocolonialista que constatamos ya desde bastante antes de que las Torres Gemelas se fueran al suelo, pero mucho más después, con la absurda guerra de Iraq como ejemplo preeminente y notorio.

La misma seguridad, estabilidad y crecimiento que nos auguran ahora Rajoy y sus variados corifeos, una vez aplicado el artículo 155 en Cataluña, como remedio de todos los males. Aunque algunos vemos estas recetas como la antesala de lo peor por venir todavía. Triste es constatar que a una parte sustancial de la sociedad lo único que le importa de verdad es esa tríada, aún a costa de perder gradualmente gran parte de los derechos y libertades por los que tanta gente sufrió y murió en el pasado. Parece que la mayoría prefiere la esclavitud de un trabajo precario y mal remunerado a luchar por una mejor redistribución de la riqueza. También parece que esa mayoría silenciosa de la que tanto se jactan los unionistas, prefiere la paz del cementerio al debate real sobre las opciones políticas y las libertades civiles. Y desde luego, esa misma “mayoría” está dispuesta a que nos amordacen a todos por el bien de la seguridad nacional antes que a defender la libertad de pensamiento y expresión. En definitiva, la mayoría silenciosa parece aceptar la renuncia a la libertad de todos a cambio de las migajas del plato de los poderosos y sobre todo,  a asumir de nuevo que en el futuro ya no habrá ciudadanía, sino un feudalismo tecnológico y posmoderno que hará las delicias de los omnipotentes pastores del rebaño de vasallos en que se habrá metamorfoseado la sociedad civil dentro de unas décadas.

Por ejemplo, cuando los líderes hablan de crecimiento están obviando un hecho clarísimo, basado en que el crecimiento de hoy lo es a costa del de mañana, porque los recursos son finitos y la riqueza que pueda crear el planeta también. La llamada “senda de la recuperación y el crecimiento económico” acaba abruptamente un día u otro si no se cambia radicalmente el modelo productor de riqueza, que a fin de cuentas no es más que la conversión de un tipo de bienes (en sentido amplio), en otros de mayor valor añadido. Matemáticamente  resulta evidente que en un sistema cerrado, como pueda ser la economía global del planeta, todo esto tiene un límite más allá del cual no se puede ir, por puro agotamiento del sistema. En la reciente crisis  económica global, la política oficial ha sido la de intentar impedir que la economía colapsara a través de una ingente monetización, es decir, la emisión de una cantidad astronómica de dinero por parte de los bancos centrales. Sólo en Estados Unidos, durante los años críticos, la base monetaria se ha multiplicado por cuatro (de 870 mil millones de dólares a más de 3 billones). Algo similar ha ocurrido en Europa, con las inyecciones mensuales de dinero del BCE. Ahora bien, ese dinero no se ha destinado en absoluto al sostenimiento del estado del bienestar, sino a enjugar deuda, salvar entidades financieras de la quiebra, y reintegrar pérdidas a los inversores. Eso quiere decir, que la cínicamente llamada “senda de la recuperación” significa, en realidad, impedir que los ricos pierdan dinero a costa de precarizar continuamente a las clases trabajadoras.

A fin de que la working class se mantenga apaciblemente en el redil, esas descaradas medidas de protección del poderoso –que se han traducido en un brutal incremento de las desigualdades sociales en todo Occidente- se han acompañado de otras de carácter extremadamente demagógico relativas a la necesaria estabilidad política y social, donde estabilidad significa en el fondo parálisis social y aceptación sin cuestionamiento de la doctrina gubernamental, es decir, de la doctrina neoliberal de los mercados globales. Quienes se salen del guión preestablecido son tachados de radicales extremistas, populistas utópicos o, malévola y directamente, de enemigos de la democracia. Así pues, la estabilidad se configura como una herramienta de dominación de la sociedad, en la que el disidente es un peligroso elemento que pone en peligro la “paz social” y “los logros democráticos”  conseguidos con el sacrificio, no de todos, sino exclusivamente  de los trabajadores.

Y por último, si la “estabilidad” es la correa al cuello de las clases trabajadoras, la seguridad nacional es el bozal con el que se amordaza cualquier intento de reorganización política, económica o social. Todo lo que ponga no ya en peligro, sino simplemente en cuestión el statu quo vigente es percibido como una amenaza para la seguridad, y tratado en consecuencia, a base de medidas legales  (promulgación de leyes represivas como la Ley Mordaza), policiales (la ampliación del poder represivo de los cuerpos de seguridad del estado más allá de las meras funciones de orden público),  de inteligencia (mediante espionaje masivo a la población y la aplicación al enemigo interior de medidas de contrainsurgencia más o menos maquilladas) y mediáticas (con la utilización abusiva de los medios de comunicación afines como altavoces de propaganda propia y de destrucción periodística de la credibilidad y dignidad del adversario). Todo esto sucede ya en Europa, y muy particularmente en España, con el beneplácito de Bruselas, los mercados y las grandes corporaciones, que han visto poner en peligro los tres pilares de su dominio en esa pequeña región del continente  llamada Cataluña. La cuestión es que Rajoy y los demás saben que hay que cortar la infección antes de que se propague, y por eso aquí va a valer todo en los próximos meses, no por el valor intrínseco del noreste de la península ibérica, sino por el riesgo de contagio a muchas otras regiones de esa Europa hoy propiedad exclusiva de los ricos y poderosos.

Por eso han actuado como lo han hecho, con la máxima virulencia que les permitía la situación sin causar un pavoroso derramamiento de sangre. Por eso, muchos analistas opinan que el error de Puigdemont y los suyos fue no asumir que la fuerza negociadora sólo se podía conseguir poniendo un centenar de muertos sobre la mesa, un punto al que no estaban dispuestos a llegar. Eso es un grave problema cuando tu contrincante sabe que no te atreverás a dar el paso definitivo en la calle. Hay cosas que requieren sacrificios, y no se trata precisamente de tener medio gobierno en la cárcel, sino de conseguir un estado insurreccional que no se concibe a base de sonrisas y claveles, y mucho menos confiando en un diálogo racional entre las partes, tal como demuestra la historia de todas las independencias. Habidas y  por haber.

martes, 7 de noviembre de 2017

Cataluña, Orwell y la libertad

La lucha, ahora, ya no es entre el independentismo y el unionismo. Ojalá fuera sólo eso, porque lo que se juega en Cataluña ahora tendrá repercusiones a largo plazo en el llamado mundo libre. Son muchos –entre quienes me cuento- los que opinan que esta batalla tiene más que ver con el recorte progresivo y taimado de libertades que sufre todo Occidente desde mucho antes de la crisis del 2008, pero que obviamente se puso muy de manifiesto a partir de aquel momento.  A fin de cuentas, Rajoy y los suyos no son más que meros discípulos del neoliberalismo imperial que tan bien han retratado los intelectuales norteamericanos “malditos”. Malditos por decir verdades sumamente incómodas y que se han atajado a veces por las buenas, es decir, silenciándolas sistemáticamente; o por las malas, o sea, vituperando brutalmente a quienes han estado denunciando la deriva hacia sociedades cada vez más desiguales y precarizadas en el ejercicio de las libertades, so pretextos económicos, de estabilidad social o de seguridad nacional.

El poder no tiene ningún interés en que la ciudadanía reflexione, y mucho menos en que ejerza un pensamiento abiertamente crítico contra las aberraciones que los políticos a sueldo de las grandes corporaciones imponen a la población a cambio de un plato de lentejas, lo que lejos de ser una metáfora, es en lo que se está convirtiendo desde hace demasiado tiempo  el estado del bienestar.  Los círculos del poder están plagados de darwinistas sociales apenas disimulados que tienen en sus aliados mediáticos a unos excelentes publicistas de la miseria en la que están hundiendo los derechos civiles en casi todas partes. Los brotes de resistencia son tildados de extremismos, populismos o utopías irrealizables, cuando en realidad sólo son tímidas reivindicaciones de derechos que se consideraban inviolables hasta finales de los años sesenta y primeros setenta y cuyo cuestionamiento hubiera escandalizado hasta a la derecha conservadora de aquella época.

Lo que vino después fue una demolición progresiva e inimaginable de los valores democráticos. Los sucesivos líderes mundiales han contribuido notablemente a la degradación de Occidente y a  fomentar, de paso, esa imagen tan negativa que se tiene de los Estados Unidos y sus aliados en medio mundo, que no cree ninguna de las supuestas ventajas de la democracia imperialmente impuesta para mayor beneficio del establishment financiero y del complejo militar-industrial que maneja los hilos, ya sin necesidad de hacerlo en la sombra, porque mucha gente se ha vuelta tremendamente daltónica y, en definitiva, han preferido pasar de ser ciudadanos a súbditos primero; y de súbditos a mascotas de compañía (a veces en exceso molestas), a continuación.

Precisamente por eso, en el caso catalán se observa una clara dicotomía entre la actitud del poder político global, que ha cerrado filas en torno a Rajoy y sus secuaces, y mucha gente corriente no intoxicada por la prensa española, que no sólo ve con preocupación, sino con notable simpatía, ese embate de David contra Goliat, no tanto por comulgar con el independentismo, sino más bien por higiene democrática. Por fin, muchos se han dado cuenta de lo que otros llevamos denunciando años respecto a España: la democracia formal funciona impecablemente, pero ahí se acaba todo. Si te sales del guión, se entona el “a por ellos” en el más estricto sentido, ése que desencadenaron  hace ya muchos años en Estados Unidos contra toda disidencia, empleando para ello cualquier método, por sucio, brutal e inhumano que fuera.  El lector que desee salir de la inopia y documentarse de forma adecuada puede acudir al apabullante, incisivo y extraordinariamente documentado libro ¿Quien domina el Mundo?, de Noam Chomsky (Ediciones B, 2016).

Por si fuera poco, del mismo autor es muy recomendable ver el documental “Requiem por el Sueño Americano”, donde nos explica que la acumulación de riqueza y poder son factores que van de la mano y hacen virtualmente imposible un equilibrio entre el poder gobernante y la ciudadanía, sobre todo porque el sistema político garantiza todas las facilidades para las grandes corporaciones, quienes a su vez financian las campañas mediáticas que permiten a los políticos ganar elecciones. Un círculo vicioso y perverso, y si alguien desea un ejemplo, recordemos que los publicistas norteamericanos otorgaron  un premio a la mejor campaña de márketing de 2008, nada menos que a la que catapultó a Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos. Increíble -si uno es tan ingenuo como para seguir creyendo que la democracia actual es algo cojonudo- pero cierto, si se analiza con cierto escepticismo el papel que realmente interpretan nuestros gobernantes en la defensa de los derechos civiles y de la libertad de los ciudadanos.

Entre los poderosos existe un consenso mundial en que lo primordial es la estabilidad, a fuerza de anestesia y garrote. La estabilidad es imprescindible porque es buena para que ellos hagan sus negocios a lo grande, y encima nos digan lo muy positivos que resultan sus esfuerzos para nosotros, pobres mortales, que cada vez nos conformamos con un menor trozo del pastel en aras de esa tan preciada estabilidad. A cambio de la paz del cementerio, nos dan precariedad en casi todos los ámbitos, y no sólo en el laboral. En este momento, casi todas las libertades están precariamente sostenidas en Occidente. Más bien fúnebremente maquilladas. Si además nos ceñimos a países como Turquía o España, que tienen –con razón- los más bajos índices de percepción de la independencia judicial de  todo el mundo desarrollado, nos encontramos con que tipos como Erdogan o Rajoy puedan pasar por demócratas, pese a que se dedican, en sus respectivos ámbitos, a machacar a las minorías rebeldes, no ya faltando a la verdad, sino a  todas las evidencias, como han visto en todo el mundo estas últimas semanas a cuenta de la violencia en Cataluña, sólo ejercida por la policía y por los ultras. Salvo que se considere violencia intentar protegerse de las hostias de un uniformado español.

La decadencia moral de la clase política al servicio del poder ha llegado a tal nivel que el insigne Maza, fiscal general del estado, se ha atrevido a comparar los hechos del 1 de octubre con el golpe del coronel Tejero, pues en ambos casos no hubo derramamiento de sangre, con el deshonesto fin de equipararlos al delito de rebelión. Sólo que el señor Maza, que tiene más de inquisidor del siglo XVII que de fiscal del XXI,  omite que en 1981 los insurrectos se alzaron en armas y sacaron los tanques  a pasear por Valencia, y las metralletas a desconchar las paredes del Congreso. Lo cual debe ser una minucia legal para el Gran Inquisidor en la Causa General contra Cataluña. En mi país a gente como ésa la llamamos de otra manera que me ahorro, no sea que acabe también con los otros dos Jordis en presidio. Ya lo decía Orwell  respecto a su Gran Hermano: el uso de la neolengua para controlar y definir el pensamiento de la población y la reescritura de la historia según la conveniencia de quien detente el poder de cada momento, borrando todo  atisbo de realidad incómoda en el relato oficial de los hechos. Winston Smith, probo  funcionario del Ministerio de la Verdad y protagonista  de la novela “1984” estaría asombrado de la eficiencia de sus modernos discípulos. Yo, por si acaso, recomiendo a los lectores que tengan presente lo siguiente: cuanto más utilice un político, del signo que sea, la palabra “democracia”, mayor debería ser su escepticismo, y considerar que es mejor echarse a temblar y salir por piernas. Hace ya muchos años que el franquismo sociológico se apropió de la bandera española; ahora se están apoderando de la palabra “democracia” en ese ejemplo de manual de en qué consiste la neolengua orwelliana. Y la gente siguiéndoles como borregos sin ningún espíritu crítico, sin querer saber qué es lo que está pasando en realidad, no en Catalunya, sino en el mundo entero.

Otro ejemplo más del contexto orwelliano en el que nos movemos actualmente. Están circulando por la red un considerable número de mensajes advirtiendo del ignominioso pasado de personas que son relevantes en el proceso actual, como defensores de etarras o antiguos terroristas, con el fin de desprestigiarlos o asociar el terrorismo pasado con el independentismo actual. Los hechos son ciertos, pero omiten dos cosas: una, que se están refiriendo a causas cerradas por las que algunos fueron incluso juzgados y los delitos (en los casos en que los hubo) han prescrito. Dos, si nos remontamos a épocas como 1975 -por citar uno de los ejemplos que circulan en la red- podemos apostar que en el lado unionista hay también muchos esqueletos que guardar en el armario, sobre todo viniendo de gente que es la heredera directa de quienes aplicaron las últimas penas de muerte en España y ejercieron una violencia omnímoda en las calles hasta la llegada de la democracia, e incluso después. Por tanto, quienes difunden esa bazofia se están vomitando en los zapatos, así de simple.

Así que para cuando quienes ingieren sin masticar la retórica anticatalana se enteren de qué va la cosa, ya se habrán convertido en los nuevos esclavos del sistema, dóciles y maleables, con sus derechos de juguete y sus libertades de papel maché. Por si acaso, me despido con un comentario que hizo el propio Orwell en su libro Mi Guerra Civil Española, y que dedico a todos los unionistas sobre lo ocurrido aquí, en mi tierra catalana, en las últimas semanas. 

“Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente(...) En realidad vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido según las distintas líneas de partido(...)Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo.  A fin de cuentas, es muy probable que estas mentiras, o en cualquier caso otras equivalentes, pasen a la historia (….). Sin embargo, es evidente que se escribirá una historia, la que sea, y cuando hayan muerto los que recuerden la guerra, se aceptará universalmente. Así que, a todos los efectos prácticos, la mentira se habrá convertido en verdad (…) El objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe o la camarilla gobernante controla no sólo el futuro, sino también el pasado. Si el jefe dice de tal o cual acontecimiento que no ha sucedido, pues no ha sucedido; si dice que dos y dos son cinco, dos y dos serán cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas, y después de las experiencias de los últimos años no es una conjetura hecha a tontas y a locas”

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El teatro democrático español

Eso tan manido de que hablando se entiende la gente es una estupidez monumental, porque sólo resulta válido en segmentos muy restringidos de la población dispuestos a escuchar al adversario y a analizar con detenimiento sus presupuestos de partida y cotejarlos con los propios con una precisión digna de un laboratorio científico. Lamentablemente, ese tipo de personas no se da entre la inmensa mayoría de los profesionales de los medios de comunicación, y mucho menos entre sus lectores, que sólo suelen buscar la reafirmación de lo que les segregan sus gónadas y  revestir así sus ideas con una pátina de verosimilitud que no consigue atenuar cierta admiración por el líder de opinión que más entronque con su sensibilidad, barriendo de un manotazo ese estorbo tan molesto que es la objetividad. Es una manifestación magnífica del permanente sesgo de confirmación que por desgracia está siempre presente en política, justo al contrario de cómo debería ser. El método científico nunca busca confirmar una hipótesis, sino encontrarle los puntos débiles. Falsarla, que decía Popper, para lo cual se necesita una buena dosis de coraje personal.

En el fondo sería mucho más sencillo admitir que casi todos los humanos nos guiamos por instintos primarios firmemente anclados en nuestra personalidad, entre los cuales está el de pertenencia al grupo, el miedo al aislamiento, el horror a afrontar cambios y salir del espacio de confort, la incomodidad de la incertidumbre del futuro, y desde luego, la más que justificable (entre primates) desazón a perder estatus y poder dentro de la jerarquía del grupo. Justificamos nuestro anclaje a determinadas opciones intentando racionalizar nuestras decisiones, y qué mejor modo de hacerlo que encontrando una víctima propiciatoria que permita aglutinar al grupo de forma consistente y tomar decisiones colectivas masivas que de otro modo, serían impensables (aunque a veces la víctima propiciatoria sea uno mismo, lo cual puede resultar de gran calado como hemos visto en el ámbito internacional a lo largo de décadas con la cuestión judía, por poner sólo el ejemplo más impactante).

Todo esto forma parte de los mecanismos lógicos de acción política, y resulta absurdo atacar al adversario por ello, ya que en nuestro bando encontraremos infinidad de pruebas de que sucede exactamente lo mismo, con asombrosa simetría. Por eso, la única manera de aproximarse de forma sensata al problema de los independentismos es buscando las causas primeras de todo, en un trabajo de arqueología sociológica que sólo pueden emprender quienes sean realmente expertos en la materia, es decir, quienes han dispuesto de un largo período de inmersión en el colectivo al que pretenden analizar. Así que, de entrada, habría que excluir de todo posible análisis a los meros observadores externos, del mismo modo que un antropólogo no lo es de verdad hasta que no ha hecho un trabajo de campo consistente en pasarse meses investigando las costumbres de una sociedad que le resulta ajena.

Guste o no, la catalana siempre ha sido una sociedad muy distinta a la española por causas muy variadas, y que tienen que ver con la reacción a un impulso homogeneizador que partió del centro de España casi en paralelo a la creación del estado moderno. Son muchos los historiadores que han reconocido que España y Cataluña han vivido de espaldas durante siglos, y eso evitó en muchos momentos una confrontación que resultó inevitable en otros. Cataluña siempre tuvo una vocación mediterránea y europea (cuando eso significaba ir a contracorriente del rancio españolismo carpetovetónico), mientras que España la tuvo atlántica -mientras hubo imperio- y endogámica. Y sus respectivas esferas de influencia han sido patentes de un modo que pocos analistas pueden negar, y que se manifiesta en la escasa participación histórica de Cataluña en los asuntos de España en proporción a su importancia demográfica y económica. Un dato incuestionable al respecto es el escasísimo número de políticos catalanes de peso en Madrid desde los albores del estado moderno (al cual no es ajeno el hecho de que Cataluña es un rincón de la península muy alejado del centro histórico de decisión) lo que pudo favorecer con los años el sentimiento de ser tratada como una especie de colonia productiva para el sostenimiento de una España indolente ante el progreso que representó la revolución industrial en el resto de occidente.

Ese tipo de relación entre Cataluña y España es fácil que se pueda agriar y resquebrajar según los sucesivos momentos críticos que debe afrontar cualquier sociedad a lo largo de su historia, sobre todo, si se perciben como agravios acumulativos que conducen al reforzamiento del sentido colectivo de la diferencia (en especial un si existe una lengua propia y unos signos de identidad claramente diferenciados del resto). El identitarismo siempre surge como respuesta a un sentimiento de agresión, que puede ser política, económica o –la más peligrosa de todas- a la esencia colectiva. Ésa conciencia de la agresión se ha manifestado en diversas ocasiones en los dos últimos siglos, y se acentuó de manera notable cuando el dique del nacionalismo de derechas que sostenía  CiU empezó a resquebrajarse ante la insuficiente respuesta de Madrid a cuestiones bastante candentes como -por ejemplo- las relativas a infraestructuras e inversiones públicas, que son las que permiten el crecimiento o estancamiento de un país.

Sin negar que en España debía hacerse un colosal esfuerzo para poner las infraestructuras al día de una Europa que estaba muchos años por delante, es notorio el hecho de que las inversiones del estado se hicieron durante años más por conveniencias electorales que por necesidades del desarrollo nacional. Esto se percibió en Cataluña como lo que claramente era, un clientelismo descarado con el dinero de todos, y especialmente de los catalanes. Resultó paradigmático que la primera línea de alta velocidad se trazara entre Madrid y Sevilla, para justificar una feria como la Expo del 92, que por desgracia (pero también previsiblemente) no tuvo mayor trascendencia futura en el desarrollo de la región andaluza, salvo algunos puentes sobre el Guadalquivir y un montón de yermos solares inútiles una vez desmontada la feria. Pero el colmo del  paradigma del agravio se dio cuando la alta velocidad aún tardó veinte años más en llegar a Barcelona, en un ninguneo incomprensible, teniendo en cuenta el marasmo de inversiones absurdas en que se comprometió el estado a lo largo y ancho de la geografía peninsular, y que están ahí para recordarnos a todos que a veces las causas primeras  de muchos desastres están tan a la vista y son tan enormes que ni las vemos. Por cierto, una historia semejante está sucediendo con el corredor del Mediterráneo, perjudicando así no sólo a Cataluña, sino de paso a todo el levante español.

Como este ejemplo podría traer docenas de los que se incubaron hace ya muchos años con la complicidad del PP catalán, que por eso pagó el precio de su descarado servilismo a los dictados de Madrid, en vez de luchar por el interés de sus posibles votantes en Cataluña, a los que sólo alimentaba con unos mendrugos de política rastrera facilona e inflamada de  una hispanidad que lo único que hacía era ocultar su inacción ate los problemas reales del desarrollo de Cataluña. No quiero decir con esto que los líderes de CiU fueran nuestros ángeles de la guarda, ni mucho menos, pero al menos su galería estaba donde debía estar, orientada a Cataluña, y no como la del PP catalán, que sólo miraba hacia la plaza del Sol.

Pero a lo que íbamos: la diferencia entre Cataluña y España no es sólo de lenguas, sino de lenguajes. Por eso, cuanto más hablamos, menos nos entendemos, aunque lo hagamos en el idioma común. Y por eso, hemos sustituido las armas de fuego por las verbales, que tal vez no maten, pero hacen mucho más daño colectivo, sobre todo en manos de quienes pretenden erigirse en ángeles exterminadores del desviacionismo catalán, léase García Albiol, o un desatadísimo Rivera, al que su apuesta figura de político moderno no le permite disimular que se ha lanzado como un poseso en pos del poder político en España a costa de lo que sea. Y cuando escribo “lo que sea” lo hago con total convencimiento de que este chico empieza a tener un serio problema de ponderación de la situación, que le podría llevar, en caso de tener el poder real en España, a un estado cataclísmico. Porque no olvidemos que, tal como se cotizan las palabras hoy en día, Rivera sólo puede ganar en España aplastando a Cataluña como a una cucaracha, que es lo que está haciendo con su cínica dialéctica de “concordia y entendimiento”.

Así que lo mejor es no hablar demasiado, porque sólo sirve para exacerbar la animadversión entre colectivos y crispar los ánimos del vecindario. La gramática parda se ha convertido en la nueva norma lingüística. La apropiación de términos aparentemente sublimes por parte de un colectivo tremendamente agresivo que a la que puede se deja llevar por la rabia que le provoca que algunos cuestionemos nuestra pertenencia a un estado más que estropeado sólo conduce a más distanciamiento y a mayor ruptura. Y en eso tienen razón Albiol, Rivera y los demás: tardaremos generaciones en recomponer esta sociedad fracturada, a lo cual yo doy gracias a dios, porque si su concordia y convivencia significan pasar por el tubo de sus imposiciones, prefiero seguir viviendo de espaldas a ellos y a su España. Y no olvidemos que todo este jaleo tiene un telón de fondo específico, surgido de la marea del 15M:  la indignación por la vergonzosa gestión de la crisis económica y por la rendición de nuestros gobernantes a los dictados de los mercados, a costa del desmantelamiento del estado del bienestar y del brutal incremento de las desigualdades sociales. Una indignación que se trasladó a Cataluña como catalizador de una percepción legítima ya preexistente de un agravio recentralizador y anticatalán. Suma y sigue.

O sea, que quien encendió el fuego –no una, sino varias veces- ahora culpa a la leña de arder. A lo que ya estamos habituados en España, pero que no parece ser evidente para muchos líderes europeos, que se han quedado en la apariencia democrática de un estado que nunca ha llegado a serlo del todo. "Una profunda inseguridad late en el corazón del establishment político y mediático español sobre el calado que tiene la cultura democrática española. Y con buena razón". Son palabras de John Lee Anderson en el New Yorker, un periodista respetado a nivel mundial y que ha colaborado con los principales diarios del orbe siempre desde una postura independiente.

Yo añadiría que no hay ninguna duda. Simplemente la democracia española se asienta sólo sobre los mecanismos pero nunca ha sedimentado en los contenidos; es un disfraz, un mero atrezzo que tal vez convence a espectadores alejados en sus asientos de platea, pero que no engaña a quienes estamos en el escenario.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Es España una sociedad abierta?

En una entrada anterior afirmé que en España no hay demócratas, pues los dos siglos de gobiernos autoritarios han dejado una marca indeleble tanto en el pensamiento individual como en el colectivo respecto a la configuración política de la sociedad. Afirmaba también que el franquismo sociológico está bien vivo en casi todos los ámbitos debido, entre otras cosas, a la rendición democrática que supuso la transición de 1977. Sin embargo, dejé para mejor ocasión consideraciones muy relevantes sobre la cuestión fundamental que subyace, porque en estos días todos (y en este caso “todos” se refiere a la totalidad de los españoles de vocación u obligación) hablan de democracia y de su defensa, y se autoatribuyen la exclusividad de su ejercicio. Es decir, afirman que el oponente, por definición, no actúa democráticamente.

Con la palabra “democracia” ocurre como con muchos otros términos que demuestran que el lenguaje, las más de las veces, sirve para embrollar las cosas más que para comunicarnos, sobre todo si es lenguaje político. En realidad, existen dos problemas con la democracia. Uno es puramente designativo y formal. El otro es de mayor calado, pues abarca elementos conceptuales y de contenidos. Y para hacer una reflexión seria sobre la democracia hay que abordar ambos aspectos, si no se desea tener una teoría coja y ramplona sobre las llamadas sociedades democráticas (de las que pretendo demostrar que de ningún modo deberían denominarse así, sino sociedades abiertas).

En cuanto al aspecto formal, voy a emplear un símil muy conveniente para poner sobre el tapete el hecho, tan diáfano como interesadamente omitido, de que “democracia” tiene tantos significados que en realidad no significa nada a la hora de la verdad.  Es una palabra comodín, y precisamente por eso sirve para que tantos autoritarios se disfracen de lo contrario, y además prosperen como setas en un bosque húmedo. Y es que con la democracia ocurre que una misma palabra designa cosas distintas en ámbitos diferentes. También sucede a la inversa, cuando se le da nombres diferentes a la misma cosa en función de determinados intereses o perspectivas. La manera más sencilla de explicarlo es recurriendo a las analogías deportivas, que entienden hasta los más legos en la materia. Por ejemplo, la palabra “fútbol” se refiere, tanto en Norteamérica como en Europa, a un deporte que se juega en un campo de hierba, de dimensiones similares, con una pelota y once jugadores por equipo. Pero ahí termina todo parecido, pues se trata de dos deportes tan radicalmente diferentes que resulta obvio que el jugador de fútbol europeo no duraría ni cinco segundos en un campo de fútbol americano, y viceversa . Lo mismo sucede con determinados términos políticos: "libertario" no significa lo mismo en Norteamérica que en Europa; y lo mismo sucede con “liberal” o “izquierdista”. La conclusión a la que quiero llegar, es que “democracia” no significa lo mismo en España que en otras partes, y desde luego no significa lo mismo que en Catalunya, por lo que ya podemos desgañitarnos acusándonos unos a otros de antidemócratas, que no llegaremos a ningún lado, porque usamos la misma palabra con significados muy diferentes.

Por otra parte, los americanos llaman “soccer” a nuestro fútbol, y los europeos (mucho menos originales, qué le vamos a hacer) denominamos “fútbol americano” a su fútbol. Sin embargo, “soccer” y “futbol” son términos equivalentes, es decir, designan la misma cosa, aunque en Europa no usemos la primera de ambas palabras. Todo esto obliga a utilizar de manera muy sutil diversas equivalencias terminológicas según la parte del globo terráqueo en la que uno habite. De modo que resulta muy comprensible que para muchos seres humanos las discusiones políticas resulten de lo más aburrido y estéril, sobre todo porque se parte de definiciones, términos y significados que se prestan de un modo sospechoso a la tergiversación y al uso partidista. En España eso lo sabemos muy bien, pues fue un régimen de lo más autoritario el que acuñó el término “democracia orgánica” en la que todavía estamos viviendo según el parecer de muchos, sólo que antes lo orgánico era “la familia, el municipio y el sindicato” y ahora lo orgánico es “el partido, los medios de comunicación y las entidades financieras”, que son quienes modelan nuestras vidas a su antojo y conveniencia. Los jóvenes cachorrros de la política hispana viven también inmersos en esta contradicción semántica y sólo así se comprende que muy “democráticamente” obliguen a los automovilistas  en la plaza Francesc Macià de Barcelona a gritar “viva España” so pena de no dejarles pasar entre una barahúnda de banderas y alegres cantinelas próximas a un desmelenamiento más propio de un concierto de Ricky Martin que de una performance política callejera, en un ejercicio  de civismo y respeto por el conciudadano digno de mayor encomio (para el hispano que lea estas líneas, lo que antecede es un sarcasmo, por si no ha quedado suficientemente claro).

Así pues, tenemos un problema definiendo qué es la democracia, que es lo mismo que sucedió en Norteamérica hace unas décadas, cuando todo progresista era un enemigo peligroso de la democracia, es decir, un comunista al que purgar, lo cual obviaba el hecho – que Chomsky y otros han puesto de manifiesto en multitud de ocasiones- de que quienes se apropiaron del término “democracy” eran en realidad unos fascistas de tomo y lomo, con el senador McCarthy a la cabeza; cosa de la que aquí en España también sabemos bastante sin necesidad de remontarnos a la España de los años cincuenta, ni mucho menos.

Pero es que el segundo problema de la democracia, el conceptual, es de mucho mayor calado y nos conduce directamente a un vertiginoso abismo ideológico, porque en los últimos años se ha pretendido configurar la democracia como un cuerpo teórico repleto de axiomas inviolables, e infortunadamente para los que eso creen (entre los que se cuentan miles de titulados en ciencias políticas, y eso sí que es adoctrinamiento) ni es así, ni lo será jamás. No se “es” demócrata, ni mucho menos “se cree” en la democracia, del mismo modo que en física no se “es” relativista o “se cree” en la mecánica newtoniana. La democracia es solamente un marco de referencia que se adopta para regular en sus propias dimensiones y coordenadas el ejercicio de los libertades individuales y colectivas de una determinada sociedad.

En física, un marco de referencia es un conjunto de convenciones usadas por un observador para poder medir las magnitudes de un sistema, de manera que los resultados de dicha medición sean válidos y comprensibles para cualquier otro observador dentro de ese mismo marco de referencia. Lo esencial de esta definición es que si el sistema de referencia que adoptamos no es universal y no todo el mundo está de acuerdo en usar el mismo, nos encontramos en una situación caótica, equivalente a la que se daría en mecánica clásica si el sistema de coordenadas ortogonales no fuera aceptado por todos los físicos, o en mecánica relativista si no todos los científicos adoptaran el mismo sistema inercial de coordenadas espacio-temporales. Si fuera así, a estas alturas ni habríamos llegado a poner un puñetero satélite en órbita. Y sin embargo, eso es lo que precisamente sucede en política, donde el marco de referencia no sólo no es universal, sino que es interesadamente zarandeado según las conveniencias del poder de turno. Y así los poderes económicos y mediáticos llevan a la democracia como puta por rastrojo, rebajando cada vez su genuino significado a un mero eslogan publicitario vacío de todo contenido real. Como dijo el grandísimo I.F. Stone –posiblemente el mejor periodista independiente que ha dado el siglo XX-  todos los gobiernos mienten. Y cuanto más poder acumulan, más mienten. Y para mentir  a gusto y mansalva, nada como apropiarse de la palabra “democracia” y hacer un uso tan abusivo de ella que al final hasta dan ganas de pasarse al lado de los totalitarios, de tan terrible que resulta que nos administren contra nuestra voluntad tantísima democracia (esto es otro sarcasmo, aviso para despistados).

En este sentido, sería mejor dejarnos de tanta indigestión democrática y adoptar las convenciones que usó Karl Popper hace ya muchos años en su obra seminal “La sociedad abierta y sus enemigos”, y distinguir solamente entre sociedades abiertas y sociedades que aquí denominaré “cerradas” por conveniencia metodológica, aunque no era ése el término que utilizaba Popper en su ensayo. Podríamos definir (y creo que no me equivocaría) una sociedad abierta como aquella que en el  marco de referencia democrático (definido como el de “un hombre, un voto” y sin uso de la violencia como herramienta política) permite el libre ejercicio de todos los derechos y libertades individuales y colectivas reconocidas en la Carta de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. En la medida en que una sociedad limita parcialmente el libre ejercicio de esos derechos universales, se transforma en una sociedad más cerrada. En el extremo, las sociedades que no permiten el libre ejercicio de ninguno de los derechos universales son sociedades totalmente cerradas, absolutamente totalitarias.

En una época en la que ideología era mucho más importante que la economía, Popper concibió las sociedades abiertas y cerradas de un modo transversal  y externo (es decir, desde el liberalismo democrático al comunismo leninista), pero haciendo poco hincapié en que el enemigo de la sociedad abierta pudiera llegar a ser interno, un integrante de la propia sociedad abierta. Sin embargo, en la actualidad, la apertura o cerrazón de una sociedad se ha de medir no tanto por su desplazamiento horizontal (ideológico), sino por el vertical, es decir, por lo abierta o cerrada que es la relación de los ciudadanos con sus propios estamentos de poder, y especialmente con los económicos y mediáticos. Se entiende así que no sean igualmente abiertas dos sociedades tan formal y aparentemente democráticas como la rusa o la suiza. O como la estadounidense y la sueca. Y, por descontado, como la española y cualquier otra de su entorno inmediato.

Así que tenemos sociedades que son todas ellas democráticas en el sentido de haber adoptado un marco de referencia basado en el principio de un hombre, un voto, pero que no son igualmente abiertas en la que respecta al ejercicio de los derechos y libertades. Podemos representar esto de un modo también físico, como si la democracia fuera un prisma especial a cuyo través se proyectan los derechos y libertades universales. Una sociedad totalmente abierta será aquella en la que el prisma permita que la luz de los derechos humanos lo atraviese limpiamente y se descomponga en todo el espectro visible de colores políticos, desde el rojo hasta el violeta, siempre que la defensa de los diferentes “colores” no implique el uso de la violencia. Una sociedad será progresivamente más cerrada en la medida en que la luz de los derechos universales  sea parcialmente absorbida y los haces resultantes no abarquen la totalidad del espectro. En unas sociedades se absorberá el rojo (como sucede, de facto, en Estados Unidos, donde el comunismo es una opción totalmente tabú); en otras se eliminará el extremo azul del espectro (como en China, donde el tabú es el liberalismo democrático). En otras más, el prisma filtrará unos u otros colores de forma parcial o total, pero la conclusión fundamental es que la mayoría de las sociedades pueden ser igualmente democráticas en el aspecto formal, pero gradualmente más abiertas o cerradas en la medida en que respeten más o menos los derechos y libertades de sus ciudadanos. Y el medio para determinar lo abiertas o cerradas que son vendrá determinado por el grado de insatisfacción política y social de sus ciudadanos, y especialmente de las minorías  que convivan en su interior.

Cuanto más abierta es una sociedad en su conjunto, menores son las tensiones sociales en su interior. Este es el axioma que propongo para medir la salud democrática de un país. Cuando la intransigencia, la falta de diálogo y la voluntad de imponerse a toda costa sobre el oponente hacen su aparición, esa sociedad se convierte de forma gradual en una sociedad cerrada, cada vez más enemiga de los valores fundacionales de la Carta de Derechos Humanos y cada vez más cercana al oscurantismo autoritario, por mucho que se vista con los oropeles de una democracia formal. Y por mucho que los representantes políticos de las distintas opciones hispánicas se desgañiten afirmando lo democráticos que son ellos, y lo nazis que son los adversarios (catalanes, en este caso).

La represión de la voluntad de una parte significativa de la ciudadanía convierte a una sociedad abierta en cerrada, ya se trate de negros en Sudáfrica, homosexuales en Rusia, comunistas en Estados Unidos, musulmanes en Israel, o catalanes en España. La represión basada en un determinado orden legal para proteger un statu quo vigente que perturba a un sector significativo de la población nada tiene que ver con la democracia y su defensa, sino con la apertura o cerrazón de una sociedad. Y cuanto más cerrada es una sociedad, más peligran los valores representativos de la libertad y de los derechos humanos. Del mismo modo que la Patriot Act norteamericana supuso una involución real en el grado de apertura de la sociedad estadounidense, y la Ley Mordaza española vino a representar otro tanto en la península ibérica, la aplicación del artículo 155 en el modo en que va a hacerlo Rajoy es otra vuelta de tuerca al proceso general de demolición de las sociedades abiertas que se está dando en todo Occidente, con el concurso y la complicidad ignorantes de gran parte de la población. 1984 es aquí y ahora, y por lo que a nosotros respecta, se está escenificando en Catalunya.

martes, 17 de octubre de 2017

Ni Keep Calm ni hòsties

Ni keep calm, ni hòsties”. Viñeta reproducida profusamente en las redes sociales tras el encarcelamiento preventivo y sin fianza de los Jordis de Òmnium Cultural i ANC, respectivamente, y que pone de manifiesto que el nerviosismo está cundiendo entre las bases,  tanto cualitativa como cuantitativamente,  hasta un nivel cercano al del límite de resistencia de las válvulas de seguridad de la sociedad catalana. Aparte de la inoportunidad del momento –qué bien le sientan a la causa los mártires y qué poco se enteran Rajoy y los suyos- y por mucho código penal que haya  enredado en el asunto, va siendo hora de que se puntualicen algunas cosas que en Madrid y aledaños no parecen tener muy bien asimiladas. Claro que cada uno reacciona conforme a su cultura política y a sus atavismos históricos, y por eso estamos donde estamos.

Así las cosas, lo primero que me viene a la mente en estos difíciles momentos es que muchos de los que hablan de Catalunya lo hacen subidos en lo alto del mástil de una bandera (española, por supuesto) situada a cientos de kilómetros de Barcelona, por lo que ya no es que tengan visibilidad limitada (igual que sucede con su perspicacia sociopolítica), es que no vislumbran nada de lo que ocurre en realidad porque se lo tapa el horizonte rojigualdo situado a pocos kilómetros de la Cibeles.  O sea, que estos nombres famosos del intelecto hispano no es que meen fuera de tiesto, es que se mean por la pernera del pantalón y dejan su credibilidad futura para un buen repaso en la lavandería de la historia, a ver si les deja el uniforme ideológico bien limpio y planchado.

Siempre me han causado una mezcla de pasmo e indignación quienes se dedican a pontificar sobre lo que sucede sin pisar jamás el terreno. Algo inaudito, como si un corresponsal de guerra narrase las peripecias bélicas de cualquier conflicto sentado en el sofá de su casa y haciendo un refrito de las noticias que le llegan por el teletipo. Y encima esperase ganar el Prix Bayeux-Calvados, si supiera lo que es (una especie de Pulitzer  de los corresponsales bélicos). A estos presuntos intelectuales que andan cortos de casi todo y especialmente de vista, porque se limitan a mirar desde la lejanía, les sucede como a Graham McNamee, el celebérrimo comentarista de béisbol americano de los años veinte del siglo pasado, que llegó a la radio de chiripa, y aún de forma más rocambolesca se encontró retransmitiendo un partido histórico de las ligas mayores de béisbol americanas. El individuo en cuestión no tenía ni repajolera idea de béisbol, pero sí gozaba de un verbo florido y de una capacidad inusual para captar los detalles más asombrosos de lo que sucedía en las gradas, con lo que sus retransmisiones se convirtieron con el tiempo en las más seguidas y regocijantes de la radio americana de la época, porque suplía con creces sus carencias deportivas con un anecdotario y unas dotes de observación fuera de lo común.

Algún periodista deportivo, al comentar las retransmisiones de McNamee, llegó a afirmar que no sabía qué debía escribir, si el partido que estaba viendo con sus propios ojos, o el que estaba comentando al mismo tiempo McNamee por la radio, de tan gozosa –aunque inexacta en lo deportivo- que era su descripción del estadio y de lo que en él estaba sucediendo. Pues bien, a estos intelectuales patrios esencialmente mesetarios les sucede lo mismo. Y están metiendo la pata  hasta el corvejón porque aplican su imaginario colectivo a unos sucesos distantes en todos los sentidos, que no tienen nada que ver con el relato que les están haciendo los corresponsales nacionales.

El español al uso (y me ahorraré adjetivos sobre cualesquiera de sus múltiples virtudes y defectos) está muy embebido de liderazgos épicos, desde Viriato hasta Franco, pasando por El Cid y algunos más. Es decir, bebe de una cultura en el que líder hay sólo uno, quien arrastra a las masas incluso a su pesar y sin que la pobre chusma sepa cómo ha sucedido. Ese liderazgo heroico, en el que un individuo sobresaliente aglutina tras de sí a un ejército de descerebrados que no se cuestionan nada ni cuando se convierten en carne de cañón, está tan incrustado en la psique española que no hay manera de que entiendan de que no en todas partes es así. Es normal –aunque resulte deprimente- que España sea cuna de decenas de caudillos aún hoy día admirados, pese a que su aportación a la historia fue no más  enriquecedora que unos miles o millones de súbditos masacrados por su capricho. Y es que al español medio, y como decía John Carlin citando a Unamuno, lo que le va es la política de cuartel y sacristía. Lo que desea y  necesita es un líder fuerte, aunque sea un cenutrio de tomo y lomo, que no se arrugue ante nada y que embista como un miura, que para eso lo lleva estampado en la bandera.

Sin  embargo, esos zangolotinos del intelecto obvian el hecho de que seiscientos kilómetros dan para mucho, en especial para distanciarse rotundamente de ciertas maneras de sentir y actuar. Afirmar, como se ha hecho reiteradamente, que es Puigdemont quien arrastra a Catalunya hacia el abismo, o que esta rebeldía popular es cosa de unos pocos que manejan los hilos, es muy propio de la villa y corte, pero no de una nación mucho más acostumbrada al consenso y al pactismo. Pretender también que la detención de Jordi Cuixart y Jordi Sànchez sirva para descabezar el movimiento independentista es además de erróneo, de una torpeza limítrofe con la imbecilidad. Y sostener que el independentismo es cosa de unos cuantos “terroristas”, mientras por otro lado -y gracias a las soflamas de Soraya y compañía- cada vez los “indepes” son más y se cuentan por millones, es hacer la política del avestruz. Y lo que es peor, es inducir a muchos españoles a creerse a pies juntillas lo que no está sucediendo en Catalunya.

Porque lo que aquí sucede es que pueden detener y encarcelar a quien quieran, que de nada servirá, porque el independentismo es poliédrico, caleidoscópico y  tentacular. Y por cada cabeza que corten resurgirán unas cuantas más, como las de la Hidra mitológica.  Alto y claro: no es Puigdemont quien tira del carromato, sino que son unos millones de ciudadanos quienes lo empujan, a ver si lo entienden de una vez los Mcnamees de turno, que sólo ven la algarabía de las gradas y no se enteran del partido que se está jugando en la cancha. Pueden enviar a quien quieran a reprimir esto que no se sabe muy bien lo que es, pero que está muy cerca de convertirse en una sublevación popular, pero si quieren hacerlo de forma rotunda tendrán que hacerlo a lo bestia, porque el sentimiento nacional de Catalunya se fortalece a cada palo recibido. Y cada amenaza, cada insulto, cada detención, cada registro, cada requisa y cada ilegalización –si es que llegan a producirse, lo  que consistiría en el peor error que podría cometer Rajoy en toda su vida- lo único que consiguen es aglutinar aún más a los miles y miles de ciudadanos que si antes albergaban dudas, ahora ya no les cabe ninguna de que España ya no es su sitio. Y no lo será jamás de nuevo. Media Catalunya ya le ha dado la espalda a España para siempre, y me  temo que en Madrid no se dan cuenta de lo que eso significa para el futuro del estado español, pues el tiempo del “Keep Calm” podría está agotándose.

martes, 10 de octubre de 2017

De banderas rojigualdas

De esta semana última, me quedo con la lapidaria  frase de Julio Anguita, relativa a la manifestación unionista de Barcelona: “No sois fascistas por sacar  vuestra bandera. Sois fascistas porque sólo la sacáis para oprimir”. Y el califa me dejó bastante pensativo sobre el asunto, no porque calificara de fascistas a los abanderados de España, sino por el hecho de que la bandera española signifique opresión para muchas personas, no precisamente separatistas y  catalanas. Dejando a un lado la ominosa presencia de la bicolor durante los años de la dictadura, y que merced a la transición democrática se incorporó como símbolo de continuidad de una época oscura (creo que hubiera sido mejor para todos redefinir la bandera y no sólo limitarnos a sustituir el águila franquista por  el escudo real), me he propuesto hoy adentrarme en este extraño mundo de las banderas, unos artilugios de los que he hablado en otras ocasiones con prevención, pero a los que las circunstancias nos obligan constantemente a izar sobre nuestras cabezas, queramos o no.

Y es que las banderas son ante todo símbolos, y como tales sólo pueden representar unas pocas cosas: identidad, rebelión, o dominación, como ejes principales de su uso.  Me voy a centrar en éste último aspecto y tratar de ligarlo con los diversos nacionalismos a los que las banderas pueden amparar. Una cosa es evidente a estas alturas, por lo que debe asumirse como un axioma: negar el nacionalismo español es una estupidez de gran calibre, y una absurda forma de atribuir a los demás lo que muchos son incapaces de asumir como propio debido a un irreflexivo y escaso raciocinio, aunque sean premios nobel de literatura, por un decir. Me refiero a un señorito peruano que apoyó pública y reiteradamente a Ollanta Humala en las elecciones de su país. Ollanta fue el líder del  Partido Nacionalista Peruano, que –como resulta obvio- se declaraba netamente nacionalista en sus postulados. Nada más que añadir, salvo que tal vez también conviene recordar que Perú se declaró independiente de España en 1821 mediante esa conjura independentista que tanto repudia Vargas Llosa en los catalanes. Es aquello de la paja en el ojo ajeno.

Así que existe un potentísimo nacionalismo español a gran escala, como existe el francés, el alemán y el inglés, éste último recientemente ratificado por el Brexit. Si sometemos cada uno de estos nacionalismos a un cuidadoso escrutinio, veremos que lo son en una medida muy superior a la esperada en un contexto europeo, pues cada vez que se ha tratado de avanzar en la integración política de la Unión Europea, el coro de quejas y lamentaciones sobre la pérdida de soberanía nacional ha sido de proporciones épicas, llegando incluso a torpedear el célebre Tratado Constitucional Europeo, que después de serias derrotas en Francia y Holanda, pasó al cajón de los olvidados. Y eso que sólo era una tímida aproximación a la eliminación de la soberanía nacional en un futuro lejano.

Quedó claro así que la Unión Europea sólo lo es en términos mercantiles, laborales y de libre circulación. Lo demás es aderezo para una salsa fundamentalmente económica, porque las reticencias de los estados a ceder competencias a Bruselas más allá de las actualmente establecidas parecen totalmente invencibles (sobre todo después del auge del euroescepticismo en casi todos los países de la Unión). Ahora bien, centrados en este marco de referencia, la cuestión es si los que niegan la posibilidad de independencia de Catalunya son los mismos que se negarían en redondo a una total integración de España en una Unión Europea en el que la soberanía nacional dejara de existir, y la bandera española quedara solamente como un elemento más o menos folclórico pero al que no podrían abrazar para proclamar la independencia española. Si alguien duda de la respuesta a esta pregunta, es que tiene un problema serio de sociología conductual. Y para que los catalanes que me leen lo entiendan, lo describiré de esta manera: en una hipotética Catalunya independiente, si la Val d’Aran deseara independizarse de la patria catalana, no sería de recibo que los mismos que hoy enarbolamos la estelada, la usáramos para atizar (dialécticamente, en principio) a los araneses en virtud de una sagrada unidad de Catalunya. No les parece?

Las ciencias sociales conductuales están muy de moda, porque demuestran el grave error que  ha atenazado a la psicología, la sociología y la economía durante muchas décadas, que consiste en suponer que las personas toman sus decisiones de manera racional. Nada más lejos de la verdad, como demostró primero Daniel Kahneman y posteriormente economistas conductuales como Dan Ariely o Richard Thaler, flamante Nobel de Economía 2017. Y es de agradecer que hayan laureado a un economista muy crítico con las teorías tradicionales sobre la racionalidad del mercado y la previsibilidad de la conducta de los consumidores, que entre él y otros han dejado hechas unos zorros, y que demuestran la sentencia de uno de ellos: “Si algún político cree poder predecir el desarrollo de la economía, es que no tiene ni idea de lo que habla”. Punto.

Dicho esto, en economía todo es impredecible, pero una cosa sí está clara: un mercado único, abierto, globalizado y sobre todo homogeneizado es esencial para que los ricos sean más ricos. O si preferimos decirlo de forma más elegante, para concentrar el poder económico de forma gradual e imparable, aunque difusa y lejana.  Así que el poder económico siempre estará contra los nacionalismos disgregadores, y a cambio estará a favor de los nacionalismos expansivos y, por supuesto, opresores, por ser la opresión una consecuencia lógica del expansionismo. Esos nacionalismos grandotes que se atribuyen no sólo la legalidad –diseñada a su medida- sino su legitimidad, conseguida a base de ondear banderitas ante las narices de los bobos de turno, que son muchísimos en todas partes, pero con una notable diferencia: los nacionalismos disgregadores (“a la catalana”)  suelen ser reactivos y apuestan por el autogobierno real. Los nacionalismos expansivos suelen ser más que proactivos, agresivos, y están siempre del lado del poder económico. Y ahí es donde la frase de Julio Anguita adquiere toda su dimensión y significado, porque junto a los fascistas de verdad, los de toda la vida, tenemos a las personas que no se han parado a pensar ni por instante porqué claman por una España unida. Salvo que sepan muy bien que su cuestión de fondo es mayormente económica, con lo que mejor sería que se dejaran de zarandajas y de banderas. O puestos a usarlas, que llevaran una  de fondo verde y con el símbolo del dólar en el centro.

Se podría objetar a mi argumentación que el poder tiende siempre a expandirse y ser opresor, también en países pequeños. Cierto, pero también lo es el hecho –que coinciden a señalar bastantes sociólogos- que resulta preferible un poder cercano y concreto a uno lejano y difuso, porque éste último es mucho más difícil de controlar  y combatir. Quienes adoptamos este punto de vista somos independentistas sin necesidad de banderas, aunque muchas veces no nos dejen otra opción que usarlas para contrarrestar las agresiones de los nacionalismos expansivos.

El alineamiento del nacionalismo español con el poder económico puede que tal vez pase inadvertido a los cientos de miles de unionistas que vinieron a Barcelona el 8 de octubre, pero no por ello resulta menos evidente para muchos ciudadanos de izquierdas que saben que los primeros en manipular y apropiarse de la bandera española han sido los de siempre: la derecha y el dinero. Para muchos, el ondear de esa bandera no es más que el símbolo de la perpetuación de una clase dirigente formada a la sombra del autoritarismo político y de la asfixia económica de los disidentes. Y, por supuesto, de la complicidad de muchos a los que, como dijo Anguita, su patria les cabe en una caja de zapatos.