martes, 29 de agosto de 2017

La pitada

Aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para traer el agua al molino de nuestra conveniencia parece ser uno de los rasgos definitorios de la especie humana, aunque en demasiadas ocasiones ello nos conduzca a comportamientos inconsistentes, cuando no abiertamente irracionales.

Lo peor de todo es que a esas conductas carentes de la más mínima congruencia lógica solemos oponer  un intrincado proceso de racionalización que sirve únicamente para justificarnos frente a los demás y frente a la historia, sin reparar que en la mayoría de las circunstancias, esas pseudojustificaciones nos hacen ahondar más en el ridículo de lo absurdo. En vez de sacar el agua clara, lo que hacemos es enturbiar nuestra mente con el objetivo, posiblemente inconsciente, de ser absolutamente miopes a las estupideces que decimos y hacemos. Algo así como llevar las gafas del intelecto empañadas expresamente, para tener una imagen borrosa que no nos muestre en detalle lo estúpidos que podemos llegar a ser.

Como ya declaré en mi anterior entrada, el atentado de Barcelona no era la ocasión adecuada para manifestar discrepancias políticas de ningún tipo, ni mucho menos para emprenderla contra nuestros gobernantes, por muy opuesta que fuera nuestra ideología respecto a la suya. En primer lugar, porque las víctimas se merecen un respeto en su dolor y en el de sus familias, venidas de todos los puntos del globo y casi con toda certeza con visiones y percepciones muy diferentes en el ámbito político, económico y social. La idea era unirnos a  todos en algo común, como es el sufrimiento inmerecido de aquellas víctimas en concreto, y en el de toda una ciudad que quería expresar su solidaridad con ellas.

Pero no fue así, al menos para una parte significativa de los asistentes al emotivo homenaje del sábado 26 de agosto de 2017. Asistí a la manifestación, coreé como todos el lema "No tinc por", y escuché emocionado las notas del Cant dels Ocells mientras miles de rosas rojas, blancas y amarillas se elevaban hacia el cielo de mi ciudad. Pero pese a ser de izquierdas e independentista, estuve en absoluto desacuerdo con los pitos al rey y a las autoridades del gobierno central que asistieron a la concentración de repulsa del yihadismo. El sábado no tocaba eso, porque quienes acudían lo hacían como representantes de las instituciones y no como miembros sectarios de una formación política concreta. 

Que a algunos no les guste que España sea una monarquía (entre  los que me cuento) no impide que todo país tiene su más alta representación institucional en alguna figura, sea rey de una monarquía o sea presidente de una república. Es un papel representativo de toda la nación. Si no gusta el modelo, hay que luchar por cambiarlo, pero mientras tanto, quien representa a todo el pueblo, al margen de criterios partidistas (y hay que subrayar ese concepto) es el jefe del estado, que en nuestro caso es, todavía, el rey Felipe. 

Que a media España no le apetezca lo más mínimo ser gobernada por el PP es más que comprensible, pero ante una catástrofe de cualquier tipo, el gobierno es quien dirije la nación, y a sus miembros corresponde asumir la responsabilidad y encabezar a toda la ciudadanía cuando las cosas se ponen feas, y eso no tiene nada que ver con el hecho de que sean de derechas o de izquierdas, sino con el de que todos formamos parte de una comunidad extraordianriametne compleja y diversa y que nunca llueve al gusto de todos. Pero cuando lo que llueve son chuzos de punta, necesitamos (y deberíamos estar agradecidos) todos los apoyos posibles, aunque vengan de nuestros adversarios en otras materias.

Si un seismo catastrófico destrozara Barcelona, me pregunto si todos los que pitaron al gobierno el día 26 de agosto también rechazarían la ayuda y la solidaridad del gobierno central. O al contrario, censurarían sin tapujos al gobierno si por el motivo que fuera Madrid diera la espalda a Barcelona y nos dejaran apañarnos con nuestra desgracia, nuestras víctimas y nuestro dolor.

Hay momentos en la vida en los que somos prioritariamente animales políticos, y está bien que así sea. Son esos momentos en que nuestras ideas políticas, sociales y económicas se baten en franca lucha con las de nuestros oponentes.. Pero hay otros momentos en los que debe primar el único factor totalmente incuestionable: pese a todas nuestras diferencias, somos iguales como humanos. Cualquier otra concepción  fomenta el odio simple y llanamente, aunque queramos disfrazarlo de mil maneras dsitintas. Lo cual no nos hace tan diferentes de los yihadistas que segaron tantas vidas en las Ramblas.

La visceralidad y la emocionalidad en la vida pública  son muy peligrosas, además de estúpidas. Quienes así actúan omiten todo control racional de sus pensamientos, y todo análisis crítico objetivo de su conducta. Y además lo empeoran todo con ideas francamente absurdas, como pretender conectar el terrorismo yihadista con la venta de armas por los países occidentales. El negocio armamentístico puede ser objteo de cuantos debates y críticas se quieran, pero no podemos olvidar que el atentado de las ramblas se hizo con material doméstico, adquirible en cualquier comercio, precisamente porque el Estado islámico hace ya tiempo que tiene  serias difcultades para abastecerse de armamento convencional con el que llevar a cabo sus acciones. Por otra parte, y como ya sabemos de antiguo, el mal no está en el cuchillo que compramos, sino en el uso que le damos. 

Pretender equiparar el negocio armamentístico con el yihadismo terrorista es totalmente incongruente, porque en última instancia nos lleva a un dilema similar al del huevo o la gallina, o peor aún, a una de esas argumentaciones recursivas en las que cada acto se conecta causalmente (y de forma totalmente simplista) con un acto anterior, lo cual nos lleva a una espiral reduccionista en la que el culpable inicial o causa primera del yihadismo pudo haber sido perfectamente Moisés llevando a su pueblo a Palestina en los tiempos bíblicos.

Para mayor escarnio, muchas de las octavillas y pancartas que lucían algunos asistentes eran un prodigio de desconexión psicológica y mental respecto a lo que estaba sucediendo. El rollo pretendidamente buenista que empleaban algunos en sus mensajes resultaba exasperante, porque parecía pedir perdón a los terroristas por haberles casi obligado a actuar así. Pongamos las cosas en su sitio, y no nos dejemos llevar por el síndrome de Estocolmo en versión yihad. Cuando se mata gente voluntariamente y a sangre fría, hay un sólo culpable, el asesino. Argumentar lo contrario es hacerle el caldo gordo a los ideólogos del terror y justificar su existencia. Y en un país como España, que durante decenios vivió bajo una lluvia de sangre del terrorismo, es vergonzoso que algunos se apunten a versiones estrambóticas y justificaciones heterodoxas de esa expresión del  mal absoluto que es el asesinato de seres humanos por pura y simple intolerancia. Desde luego, digamos no a la islamofobia, pero eso tampoco significa que tengamos que rasgarnos las venas colectivamente por inducir a los pobres islamistas a matarnos indiscriminadamente.

Lo que hizo un sector de los asistentes a la manifestación del día 26 de agosto es demagogia en estado puro, y es deplorablemente similar a las argucias que emplearon hace ya décadas los regímenes totalitarios para justificar una particular forma de entender la política, en la que toda ocasión es buena para apalear al adversario, sin antender a consideraciones éticas de ningún tipo. Es el todo vale puesto al servicio de una causa, la que sea, que se enaltece por encima de la razón, de la autocrítica, y de la conciencia desapasionada. 

Quiero pensar que muchos de los que pitaron al rey y a las autoridades lo hicieron de forma irreflexiva, impulsados por ese comportamiento gregario que se da casi siempre en las multitudes. Aún así, lo que hicieron los instigadores de la pitada y sus seguidores fue mucho más grave de lo que parece: rompieron el sentido de unidad y de respeto por las víctimas, antepusieron el credo político al humanitario, y a muchos nos hicieron sentir vergüenza y rabia por manipular en su propio y exclusivo interés un momento tan emotivo como aquél. Nunca más, en todos los sentidos.


martes, 22 de agosto de 2017

Los miserables


Y no, no me refiero a los integrantes de la célula yihadista que el 17 de agosto sembró el terror en las Ramblas de Barcelona, sino  a quienes les ha faltado tiempo para intentar sacar rédito político de esta tragedia, bajo el supuesto falaz de depurar responsabilidades.  Es vergonzoso que algunos periodistas e incluso clérigos católicos se pongan a repartir culpas a su conveniencia, carentes de todo respeto por las víctimas y por los barceloneses en general, que somos quienes hemos sufrido en nuestras vidas la conmoción y el dolor del atentado.

 

Algunos se niegan a comprender que ante este tipo de ataques, una persona decente jamás utilizará lo sucedido como arma política, y menos aún para desacreditar a los líderes de opciones ideológicas contrarias. El terrorismo yihadista no conoce de creencias o ideologías, y sus víctimas no son españolas o extranjeras, ni de derechas ni de izquierdas, porque  son todo ello a la vez. Las víctimas del terrorismo son la clara representación de la diversidad social y cultural de Occidente, y nadie tiene ningún derecho de irrogarse el papel de fiscal y juez de nuestros dirigentes políticos, como han hecho de inmediato los desgraciados de la caverna mediática, y los no menos infames curas preconciliares que todavía se sienten envalentonados para hablar como cruzados de una causa que no es otra que la del odio simétrico y absolutamente equivalente al que nos profesan los yihadistas.

 

Es decir, estos individuos ruines, auténticos canallas de los medios, ultras cuya opinión rezuma rabia contra lo catalán y contra la izquierda a partes iguales, que están llenado de basura las redes sociales como una forma de atacar a sus adversarios, no respetan el hecho de que la mayoría de los barceloneses no estamos para estas gilipolleces ni antes del atentado ni ahora. Las víctimas del ataque somos todos, y por eso carece de sentido injuriar  a Puigdemont, a Colau, a Carmena, como también resulta un despropósito  análogo la amenaza de la CUP de no asistir a la manifestación de repulsa del sábado si a ella asisten los reyes o representantes del gobierno español.

 

Estas huestes malvadas no son nada, pero se hacen oir mucho con sus salvajadas, estupideces e intoxicaciones. La ultraderecha españolista ya se ha puesto manos a la obra, intoxicando todo lo posible, pese a ser evidente que sus maniobras son como heces arrojadas sobre las víctimas inocentes de la matanza del jueves pasado y sobre toda la ciudadanía barcelonesa, que respondió de forma unánime y sin distinciones a la llamada de solidaridad que se propagó como un tsunami en la tarde del 17 de agosto.

 

Si acaso, lo que hay que asumir es que el yihadismo está respondiendo a la presión policial mediante nuevos métodos de camuflaje cada vez más sofisticados y que dificultan la labor policial de detección. Si acaso también, va siendo hora de que algunos dejen de sembrar malignas imbecilidades como que esto ha sucedido porque la Generalitat impide que los Mossos colaboren con las fuerzas de seguridad del estado, cuando es bien sabido que el problema es la necesidad de integrar a los Mossos en organizaciones supranacionales como Europol e Interpol. Y, por descontado, parece del todo necesario incrementar la comunicación y coordinación de todas las fuerzas de seguridad europeas ante el reto del yihadismo que, nos guste o no, no va a acabar en breve.

 

Lo que se necesita para acabar con la yihad en Occidente es mucha unión, mucha pedagogía y sobre todo, no publicitar otra más de las barbaridades que lleva  a cabo la caverna con total desvergüenza e inmoralidad, como es criminalizar a todo el colectivo musulmán, y de paso, criminalizar a quienes les apoyan y les procuran una mayor y mejor integración en la sociedad que les acoge. Esos inmorales cuyas proclamas recuerdan a los pogromos que asolaron Europa durante siglos y de los que España siempre fue un buen ejemplo, con la expulsión de los judíos y la conversión forzosa de los hispanos musulmanes que llevaban ocho siglos de convivencia en esta tierra.

 

Nos toca tanto manifestar nuestra repulsa al terrorismo yihadista como a quienes pretenden erigirse en nuevos cruzados contra todo aquello que no les gusta de esta Barcelona libre y abierta a todas las creencias y opiniones. Los barceloneses hemos de aislar a esos seres despreciables y exigirles que nos dejen a solas con nuestro dolor y con nuestras víctimas, de todas la nacionalidades, creencias y religiones.  Hemos de gritarles  que las injurias y bajezas  que vomitan no son en nuestro nombre. Que ellos son los verdaderos miserables de esta historia.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Trump, el pirómano


Cómo juzgará la historia la presidencia de Donald Trump es algo que todos desconocemos a estas alturas tan incipientes de su mandato, pero lo que si ya podemos concluir es algo que se palpa en el presente desde que ese personaje histriónico –rayano en lo patológico, diría yo- ganó las elecciones norteamericanas. Esa afectación y teatralidad en todo su quehacer público son tan obvios que resultan fácilmente caricaturizables, lo cual se me antoja peligroso, porque esa inadvertida comicidad de su actitud pública oscurece un perfil mucho más peligroso de lo que aparenta. Trump no es un payaso con suerte, sino un narcisista con mucho poder, convencido de que puede con todo.

 

Esa manera suya de actuar y de gobernar ha puesto de manifiesto algo que tal vez no parece tan evidente a primera vista. Las personalidades de una radicalidad extrema son, con total independencia de su ideología política (si es que tienen alguna), elementos sumamente perturbadores de la sociedad civil porque crean una polarización transversal que suele ir mucho más allá de la tradicional división entre izquierdas y derechas, entre progresistas y conservadores. Es decir, consiguen lo contrario de lo deseable en una sociedad en crisis y con necesidad de renovación, pues su aparatosa puesta en escena rompe todo posible consenso político y fomenta la acritud y la agresividad en el enfrentamiento entre los adversarios.

 

Unos adversarios que, a medida que ese radicalismo histriónico permea hacia las capas más bajas de la sociedad, se convierten en enemigos alentados por un odio cada día más acentuado, lo cual puede desembocar –como así ha ocurrido en Charlottesville- en disturbios de una gravedad que no se puede minimizar, aunque hayan ocurrido al otro lado del Atlántico.

 

Y es que los Trumps de este mundo, cuyo discurso inflamado, su pose de suficiencia casi divina y su incapacidad manifiesta para empatizar con quienes no opinan como ellos, son muchos y diversos, aunque con unas mismas características psicológicas. Desde los islamistas radicales hasta el chavismo desenfrenado, pasando por diversidad de líderes africanos, todos beben del mismo estilo chulesco e intransigente de Trump. También todos se caracterizan por su incapacidad absoluta para ejercer la autocrítica y la aceptación de que pueden equivocarse – y de hecho se equivocan- como simples mortales que son, pese a todo su poder.

 

En esta ocasión, Trump se ha equivocado equiparando la violencia supremacista blanca con la violencia reactiva de sus oponentes, y ha sido incapaz de discernir (al menos públicamente) que por mucho votante redneck blanco, garrulo y pueblerino que conforme una parte sustancial de su base electoral, no puede andar por ahí disculpando todas las barbaridades que se dicen y hacen en una América profunda envalentonada desde el triunfo de su candidato presidencial.

 

La valía de un político es directamente proporcional a su valentía, incluso frente a quienes le han aupado al poder. Un político sólo puede ser calificado de estadista cuando realmente tiene en mente el bien común general y los principios elementales de civilidad y democracia por encima de la opinión de sus seguidores e incluso de sus propias ideas, porque un estadista gobierna para todo un país y en nombre de una idea común que debe estar por encima de los programas partidistas. Por eso Maduro jamás ha sido ni será un estadista. Y tampoco Trump, que de eso ni sabe ni contesta, y cuando lo hace es de una tibieza tal que sorprende, vistos sus habituales aires de gallo alfa del corral.

 

Pero tal vez la lección más importante de todas es que hay que desconfiar tremendamente de quienes se erigen en líderes mediante un discurso radical y polarizador, porque fomentan la división y el enfrentamiento en la sociedad. Una división que suele acabar en rupturas irreconciliables y en violencia callejera previa a una confrontación civil (como ha sucedido en Venezuela), y que parece inimaginable que suceda en los Estados Unidos, pero que no es descartable si su presidente sigue ese rumbo de colisión tan directo hacia todo quien se opone a su forma de entender el gobierno de su país.

 

Jalear a los descontentos puede ser muy rentable electoralmente, pero también es un arma muy peligrosa si no se controla cuidadosamente, porque una sola persona puede arrastrar a miles tras de sí. Pero lo que casi nunca consigue es parar a la masa embravecida una vez que ha adquirido inercia y velocidad. Las palabras inflaman, pero para apagar el incendio no suelen ser suficientes, salvo en los contados casos de huestes sumamente disciplinadas y fieles al líder incluso cuando frena y cambia de rumbo. No parece ser ese el panorama en los Estados Unidos, así que de momento, somos unos cuantos quienes vemos a Trump como un peligroso pirómano. Sólo nos queda confiar en que su equipo le esconda la caja de cerillas.

miércoles, 9 de agosto de 2017

La lección del caso Neymar

El caso Neymar resulta vergonzoso por varios motivos, todos extradeportivos, y que ponen sobre el tapete la escasísima estatura ética y el doble rasero de los aficionados al fútbol –ciudadanos comunes como todos- a la hora de juzgar la inmoralidad creciente en el mundo del deporte profesional, y muy especialmente en el fútbol.

Que se paguen 222 millones de euros contantes y sonantes por un imberbe veinteañero da para muchas reflexiones, todas ellas preocupantes. No caeré en la fácil demagogia de decir eso tan manoseado de que es mucho dinero por alguien que se viste de calzón corto para darle patadas a un balón, pues mi intención es ir algo más allá. Un más allá que ya anunció el sumamente antipático, pero también clarividente Jose Mourinho, cuando afirmó que el problema no era el precio de Neymar, sino que de ahora en adelante, muchos futbolistas que no lo valen serán traspasados por cien millones, en un efecto burbuja de sobras conocido en todos los ámbitos económicos.

La hiperinflación del mercado del deporte ha sido causada por la irrupción desacomplejada de magnates rusos y árabes con la complacencia -si no complicidad- de las autoridades deportivas, como una forma, no tanto de hacer negocios e invertir capital, sino como reflejo de una egolatría y megalomanía sin límites que les otorgue el relumbrón social en occidente del que carecerían sin sus abultadísimos gastos, mayormente suntuarios. Pues el deporte profesional, a este nivel, no es más que un escaparate de egos que rinde muy poco beneficio real a los clubes, que mayormente necesitan estar permanentemente endeudados para seguir estando en la cima mediática y deportiva.

El Barça ingresa 222 millones de euros, pero ese dinero se ve inmediatamente comprometido en la imperiosa necesidad de nuevos fichajes, automáticamente encarecidos por la fabulosa cifra del traspaso de Neymar y por la codicia sin costuras de la jauría de managers, representantes y demás depredadores oportunistas del mundo del deporte que pululan alrededor de  cada estrella, por poco luminosa que sea. Nunca se sabe. Bien, sabemos una cosa: el Barça acabará pagando más por sus fichajes sustitutorios que lo cobrado por el traspaso de Neymar.

Al margen de que esta espiral inflacionista está conduciendo a una burbuja de imprevisibles consecuencias, y  aunque varios expertos en la materia han afirmado rotundamente que esta situación es insostenible a corto plazo, ya que los derechos televisivos y la venta de productos relacionados con los derechos de imagen no bastan ya  para compensar los costes de un mercado que lo está devorando todo, hay que tener presente que al parecer, nadie se cuestiona la procedencia del dinero con el que se están llevando a cabo esas monstruosas operaciones. Y los primeros culpables son las socios y aficionados.

Parece mentira que se ponga tanto empeño en, por ejemplo, controlar la procedencia de los diamantes que se exhiben en los escaparates de nuestras joyerías, a fin de certificar que no son “diamantes de sangre” exportados de las crueles guerras que se libran salvajemente en el corazón de África, y en cambio, nadie cuestione ni por un instante la limpieza del dinero que ponen sobre la mesa los  jeques árabes o los magnates exsoviéticos para satisfacer su afán de notoriedad. Ni tampoco nadie se cuestiona si ese enorme capital monetario se está utilizando para lavar dinero sucio o para asuntos de evasión fiscal. No, el aficionado lo único que quiere es que sus amados colores ganen cuantos más títulos mejor, y por ello se le induce a comportarse como un descerebrado pueril e ingenuo, a lo que se presta con un entusiasmo digno de mejor causa.

Esta dinámica favorece tremendamente la convergencia de intereses diversos (todos bastante aviesos) y el hinchado de la burbuja económica que vive el fútbol en particular. Como todas las burbujas, acabará reventando, por supuesto, pero el tema no es cuándo, sino cómo lo hará y en qué medida acabará perjudicando a todo el deporte. Cuando los globos pinchan, salpican con su contenido a todo el que se encuentre en su radio de acción. Y si el globo contiene mierda, eso es lo que caerá sobre las cabezas de los aficionados, que a fin de cuentas, son los que pagan el espectáculo a través de los múltiples canales mediante los que el sistema, perfectamente engrasado, devora sus ahorros de forma tan sistemática como merecida. Por estúpidos.

Porque una cosa está clara: esos magnates que ahora se vuelven locos por el futbol europeo, lo abandonarán con la misma prisa con la que llegaron cuando se les abra un panorama más ventajoso, en términos de imagen y poder mediático, en otras tierras. Si las ligas asiáticas llegan a ser tan impactantes como las europeas, habrá que ver cuál será el panorama dentro de unos años. Si el “soccer” en Estados Unidos acaba consolidándose como otro deporte mayoritario, no hay duda de que los jeques preferirán la dorada Nueva York a la crepuscular Paris, por citar sólo un ejemplo. Y todo eso acabará haciendo mucho daño al deporte de base. Antes, los dirigentes de los clubes eran personas comprometidas con el deporte, vinculadas a él desde siempre. Actualmente, el mundo del deporte es una ciénaga de oportunistas y especuladores que sólo buscan sacar tajada de un pastel que engorda mucho y muy deprisa, pero en el que no tienen mayor interés real que el que se deriva del poder y el dinero. En realidad, a muchos de ellos es más que probable que no les guste el deporte, del mismo modo que a muchos especuladores inmobiliarios la arquitectura les trae sin cuidado.

Eso es sumamente peligroso, porque es terreno abonado a graves infortunios, pues cuando en un negocio no hay alma (y no podemos obviar que el deporte profesional es ante todo un negocio), vale cualquier cosa. Lo hemos visto hasta la saciedad con los fondos buitre surgidos  durante la crisis económica mundial, para quienes lo único que cuenta es la cuenta de resultados. Ni el trabajo bien hecho, ni el capital humano, ni los valores y la seriedad del producto tienen la menor relevancia para esos nuevos emperadores del dinero. Lo mismo sucede con las actuales amos del fútbol, surgidos de la nada con los bolsillos repletos de euros para dilapidar, pero sin el menor asomo de corazón en sus compras. Nasser Al Khelaïfi es, ciertamente, el presidente del PSG, pero nadie dude que si el Futbol Club Barcelona o el Real Madrid fueran sociedades mercantiles, no habría dudado ni un instante en comprarlas para hacer con ellas lo mismo que está “construyendo” en París.

Y lo peor de todo es que en París, la que en su día fue la Ciudad-Luz, faro de la cultura occidental, han recibido al criajo con honores de casi jefe de estado. Incluso han tenido la atroz ocurrencia de utilizar la Torre Eiffel como luminosa bienvenida a Neymar, una ofrenda reservada para ocasiones muy contadas y especiales. Sólo hubiera faltado que le construyeran un arco de triunfo cual si fuera un nuevo Julio César entrando en Lutecia. Y como se dice vulgarmente, la gente aplaudiendo entusiasmada hasta con las orejas. Los refinados parisinos, interpretando lo que su jeque esperaba de ellos, pero que no deja de ser un espectáculo triste y deplorable, por mucha pasión con que quieran adornarlo.

martes, 1 de agosto de 2017

Turismofobia y estupidez

Ya lo advirtieron hace muchos tiempo algunos críticos del actual consistorio barcelonés, tachados de reaccionarios  o de fascistas por su oposición a la guerra declarada por la gente de la señora Colau al turismo en Barcelona. Una guerra más mediática y de opinión que otra cosa, que evidentemente tiene sus puntos de apoyo en cuestiones indudablemente ciertas, como la masificación, la incomodidad y la especulación que ha traído consigo el boom turístico de las últimas décadas. Pero también ha traído incuestionables beneficios a la ciudad, como demuestra el simple hecho de que el ayuntamiento barcelonés tiene un permanente superávit con el que incluso ha ayudado a enjugar los déficits de la Generalitat durante los años más duros de la crisis. Ese superávit ha permitido la creación, mantenimiento y mejora de infinidad de infraestructuras ciudadanas, y además está directamente vinculado a un dinamismo económico desconocido en Barcelona desde mucho antes de los Juegos Olímpicos de 1992.

Los radicales indocumentados de Arran, y sus asociados de la CUP seguramente son demasiado jóvenes para recordar cómo agonizaba esta ciudad  durante los años ochenta del siglo pasado. Seguramente también son demasiado dogmáticos como para permitirse un ejercicio democrático de autocrítica del que surja una propuesta realista para todos los habitantes de la ciudad, y no solo un estilo de vida basado en los radicalísimos principios “ideológicos” de Arran, basados más en la destrucción de lo existente y el okupacionismo que en la acción positiva para ofrecer una alternativa viable al modelo económico-social de Barcelona. Y seguramente, además, son excesivamente incultos como para siquiera hojear las tablas demográficas de Barcelona y ver por sus propios ojos cuán demagógica es su actitud frente al turismo y frente a sus propios conciudadanos.

Mal que les pese a muchos, la gentrificación de Barcelona, es decir, el proceso de desaparición de los viejos vecindarios y su sustitución por otros modelos de ocupación urbanística es un asunto que en Barcelona viene de muy lejos, y desde luego, de mucho antes del boom turístico. Para demostrar la falacia de Arran , de la CUP y de los “colauitas” en general, basta acudir a les series históricas de población. En 1970, Barcelona tenía una población de 1.754.000 habitantes. En 2001, sólo tenía 1.500.000, y eso era mucho antes del boom turístico actual. En la actualidad, en el epicentro de la masificación turística, Barcelona se ha recuperado algo, hasta 1.600.000 habitantes. Así que el manido recurso de la expulsión de vecinos de Barcelona a causa del turismo es más mentira que verdad. En todo caso, podemos hablar de sustitución de un tipo de vecindario por otro distinto.

Pero es que el peso demográfico de Barcelona ha ido cayendo de forma brutal con los años, sin que nada tenga que ver el reciente fenómeno turístico. En 1970, la población de Cataluña era de 5.100.000 habitantes, por  lo que la ciudad de Barcelona representaba casi el 34 por ciento de toda Cataluña. En 2001, la población catalana era de 6.500.000 personas, por lo que el peso relativo de Barcelona se había reducido hasta el 23 por ciento, una disminución espectacular que poco tenía que ver con el turismo, sino con los sucesivos booms inmobiliarios vividos desde mediados de la década de 1980. En la actualidad, los habitantes de Barcelona representan poco más del 21 por ciento del total de los catalanes, lo que manifiesta tanto un mayor reequilibrio demográfico entre Barcelona y su periferia, y entre Barcelona y el resto de Cataluña, como posiblemente una agudización del proceso de gentrificación del centro de la ciudad, que ha existido siempre. Baste recordar que a mediados de los ochenta, cundió el pánico en el ayuntamiento por la desertificación del Eixample, debido a la avanzada edad de sus cada vez menos numerosos residentes y al hecho de que muchas familias habían optado por residencias en las urbanizaciones situadas en la periferia de la metrópoli.

Los números no engañan, y el clima actual, como ya puse de manifiesto en una anterior entrada, ha sido artificialmente amañado desde el propio consistorio, sembrando las semillas de la turismofobia que actualmente se manifiesta en pintadas y acciones presuntamente reivindicativas que nada tienen que ver con la objetividad (global), y sí con el sectarismo, el incivismo y la intolerancia antidemocrática pura y dura.  Las gentes de Arran harían bien en documentarse y ser conscientes de que el mayor proceso de gentrificación que se dio en esta ciudad y en todo el país en general tuvo lugar cuando eran acaso unos cachorrillos de teta , y el decreto Boyer de liberalización de los alquileres significó incrementos del cien por cien para todo el mundo sin excepción en un plazo de tiempo muy corto, de apenas una legislatura.  Y además también afectó a los precios de compra de las viviendas de un modo que hoy en día nos parecería increíble: desde 1986 a 1992, la mayoría de los pisos pasaron a triplicar su precio, y en algunos barrios de Barcelona incluso más aún. Si los gamberros de Arran conocen el significado de la palabra “hemeroteca”, pueden consultar las varias que existen para ver lo cierto de mi afirmación.

Así que lo que ahora ocurre con el turismo y el alquiler vacacional es algo muy alejado de la verdad. Una verdad distorsionada tanto por intereses económicos como políticos, y aprovechada por grupúsculos de extrema izquierda que lo único que van a  conseguir finalmente es que la CUP deje de ser una formación de referencia de la izquierda, para convertirse en un grupo testimonial de desquiciados. Como describía magistralmente – y con no poca ironía- Slawomir Mrozek en su relato ultracorto “Revolución”, hay quien de lo novedoso pasa al inconformismo, y del inconformismo a la vanguardia, y de la vanguardia a la presunta revolución, sólo para descubrir que la revolución es dura, incómoda y difícilmente soportable, para acabar de vuelta al punto de partida, sólo que entre medio de todo ese maldito postureo cíclico, las sociedades que son víctimas de esas dinámicas suelen vivir en un escenario de demagogia, dogmatismo e intolerancia difícilmente compatibles con la auténtica democracia. Pero eso parece importarle muy poco a quienes, de uno y  otro bando, pueden sacarle réditos inmediatos a sus bárbaras falsedades y a sus atroces “acciones directas” presuntamente reivindicativas de un futuro mejor para los habitantes de Barcelona, pero que no son más que pirotecnia.

La gente de Arran (y en gran medida otros componentes de la CUP) pretenden imponer su modelo de ciudad, su estilo de vida y su forma de entender las dinámicas económicas. Prescinden de pedagogía y de lecciones históricas, y por tanto, pasan también de los hechos relevantes y objetivos.  Son violentos hasta la médula, porque saben que su único argumento es la violencia (verbal o de la otra), ya que carecen de suficiente cultura política y de suficientes recursos  intelectuales para someterse a un debate abierto y ante el escrutinio de una audiencia imparcial y no mediatizada por las consignas al uso.  Por eso atacan autobuses, emborronan fachadas y pinchan ruedas de bicicletas, porque carecen de otra justificación que su odio hacia la ciudad tal como es hoy en día, sin comprender que ya era así -y ciertamente, mucho peor- hace dos o tres décadas, y que el turismo no tiene la culpa -en absoluto- de los procesos evolutivos que suceden en todas las grandes urbes desde que el hombre abandonó las praderas de África y la vida de cazador-recolector, que es a lo que parecen aspirar de nuevo quienes siguen ciega y devotamente las estupideces que proclama y perpetra la muchachada de Arran.

miércoles, 26 de julio de 2017

El Villarato

Ahora resulta que “el Villarato” existió realmente, sólo que no tenía nada que ver con las especulaciones de la caverna mediática madrileña sobre el favoritismo de la Federación Española de Fútbol con el FC Barcelona. En realidad, los villaratos han existido siempre en todos los ámbitos, cuando determinadas estructuras de poder se han enquistado de tal modo que sus detentadores se han apropiado durante demasiado tiempo de todos los mecanismos de gestión, y lo que es peor, de los sistemas de control y fiscalización internos de cualquier entidad.

Lo sucedido con Ángel María Villar no es distinto a lo que vemos a diario en muchísimas organizaciones o en estados soberanos : la perpetuación de determinados individuos en el poder con la complicidad de muchos de los actores interesados. Una complicidad en ocasiones activa y en otras pasiva, por culpa de un dejar hacer motivado por un obtención de ventajas o por miedo a las posibles represalias. Es el viejo y reiterado sonsonete de que el que se mueve, no sale en la foto. Una forma de entender el ejercicio del poder cuyo paradigma es el señor Putin, que alternando entre la presidencia y la jefatura del ejecutivo de Rusia lleva más años controlando los destinos de su país que cualquiera de los líderes soviéticos de la guerra fría  .

Y es que la limitación de mandatos debería ser la forma más efectiva de impedir, en cualquier actividad, la corrupción que se va instaurando con los años, a medida que los dirigentes se sienten más fuertes, más impunes y con más capacidad de control de las estructuras sobre las que mandan.  Eso es algo tan  evidente que los norteamericanos hace ya mucho que impusieron la limitación de los mandatos presidenciales. En España, después de ver los últimos años de gobierno de Felipe González, quedó claramente de manifiesto que el poder ejercido durante demasiado tiempo conduce a unos niveles de corrupción inaceptables, cosa que se repitió posteriormente en multitud de Comunidades Autónomas y ayuntamientos de toda la geografía ibérica.

Pero en el caso del deporte en general, y del fútbol en particular, hay factores que agravan la situación hasta límites esperpénticos. Porque el deporte, contemplado como el nuevo opio del pueblo, ha sido el nicho perfecto para que multitud de delincuentes más o menos presuntos se hicieran fuertes y movieran millones a su antojo. El asunto tardó muchos años en estallar, pero cuando lo hizo, fue un maremoto espectacular: primero cayó la cúpula del COI y luego la de la FIFA por diversas y tremendas irregularidades en la designación de sedes y en el tráfico de favores mutuos. Era de esperar que tras las ominosas destituciones de Blatter y de Platini, en un momento u otro le había de tocar a la otra vaca sagrada del fútbol mundial. Ángel María Villar  fue vicepresidente de ambos organismos, y era el único superviviente de alto rango que quedaba en activo tras las debacles de los últimos dos años.

Pero era evidente que un personaje que llevaba casi treinta años de dominio absoluto del fútbol español, y que se había aupado a puestos de la máxima importancia dentro del organigrama futbolístico mundial, no podía ser ajeno a las tramas que inexorablemente se van creando cuando uno lleva mucho tiempo en un puesto de responsabilidad sin que nadie le pida cuentas regularmente. Y en el fondo, ahí está el quid de la cuestión. La corrupción en el deporte tiene unas características muy distintas a la corrupción política, porque está mucho más blindada por múltiples complicidades, a cual más vergonzosa.

Hubo complicidades de los clubes de fútbol, de las asociaciones de jugadores, de los árbitros, y durante muchos años, de la LFP, hasta que el ínclito Javier Tebas le puso la proa a Villar por véte a saber qué (oficialmente era porque Villar ejercía un control dictatorial en la RFEF). A todo ello se sumó el silencio del Consejo Superior de Deportes, debido a los éxitos internacionales del fútbol español y a la revalorización que ello suponía para la marca  España. Ahora todo el mundo se lava las manos y aparecen multitud de testimonios que indican que la cosa venía turbia de lejos, como no podía ser de otra manera. Y de tan lejos, pues  ya en 2003, el exsecretario de la federación denunció a Villar por irregularidades y todo quedó en agua de borrajas durante los siguientes catorce años, algo impensable en un escándalo de corrupción política o económica. Y es que la peor complicidad no ha venido de las instancias deportivas, sino es la que se ha generado entre el público, es decir, entre la ciudadanía aficionada al deporte y que ha permitido, durante demasiado tiempo, que se silenciara alevosamente cualquier tejemaneje que en cualquier otro sector de la sociedad haría temblar los cimientos del sistema.

Y es que, como han venido señalando diversos críticos en los últimos días, parece que la corrupción y la falta de ética en el deporte es algo no sólo tolerado, sino minimizado por los aficionados, que aplican un doble rasero moral según la porquería salpique en una u otra dirección. La condescendencia popular con los delitos fiscales de multitud de futbolistas ya es un mal indicio de por sí, injustificable en una sociedad avanzada. Pero peor resulta que se quiera poner un velo de silencio sobre todos estos temas y que la afición lo justifique y haga oídos sordos mientras sus equipos sigan conquistando títulos. Es decir, que ya no es mera condescendencia, sino encubrimiento masivo del delito a cuentas de la cosecha de triunfos patrioteros que las aficiones puedan saborear hasta el delirio. Y es que tristemente, todo lo que acontece en el mundo del deporte profesional hace bueno el lema de “panem et circenses”. Y también hace buena la opinión sumamente cínica pero temiblemente acertada, de que los ciudadanos son como niños, y como tales han de ser tratados. Y el fútbol (y el deporte-espectáculo en general) es el método más rápido y eficaz para romper todos los diques de racionalidad de los individuos y convertirlos en pueriles borregos totalmente manejables. Una regresión a la más tierna infancia consentida (y alentada) por quienes mueven los hilos.

Es gravísimo que una sociedad que pretenda ser avanzada haya endiosado a determinados personajes del mundillo deportivo y les perdone cualquier felonía a cambio de que sigan dando un gran espectáculo y triunfos a los socios y seguidores. Que ahora salgan responsables políticos diciendo que la detención del presidente de la RFEF demuestra que la justicia funciona para todos es una falacia descomunal, porque el escándalo Villar ha tardado una eternidad en estallar después de muchos años de cocerse a fuego lento con el consentimiento de todas las partes implicadas. Lo mismo que pasó con otros personajes que se enriquecieron y adquirieron fama y gloria a costa del movimiento olímpico o de la pasión mundial desatada por el fútbol, algo que seguramente conoce a la perfección el hombre más poderoso del deporte español, un tal Florentino Pérez, del que todos afirman que gobierna el país desde el palco del Bernabeu, pero nadie hace nada por impedirlo, no sea que las masas se descoloquen y la estabilidad del país se disloque por culpa de meter mano en las repugnantes entretelas del fútbol nacional.

Y es que ya va siendo hora de que las masas despierten del sueño absurdo en el que viven envueltas en su pasión de aficionados al deporte profesional, y que dejen de adorar al nuevo becerro de oro que se eleva en el altar de esa deplorable religión en la que todo se permite a sus sacerdotes.

miércoles, 19 de julio de 2017

Las cloacas

Que la democracia sólo existe como concepto muchas veces retórico, cuando no directamente demagógico, es algo que bastantes personas cultivadas asumen con una mezcla de naturalidad y resignación, convencidas como están de que la especie humana no está diseñada genéticamente para zarandajas tales como el estado de derecho, la igualdad ante la ley y otras bellas utopías por el estilo.

Que democracia es también un sustantivo a medio camino entre  el comodín semántico-político que sirve para todos los fines (especialmente el de autoprestigiarse de forma simple y gratuita) y la pantalla tras la que se cobijan toda clase de desalmados que sólo cuidan de sus intereses propios, es algo que esas mismas personas cultivadas y con ciertas dotes críticas saben perfectamente, hasta el punto de que es notoria la regla no escrita de que el talante democrático de cualquier político es inversamente proporcional al número de veces que emplea la palabra “democracia” o “estado de derecho” en sus discursos.

En realidad, nadie es demócrata, al menos no en el sentido estricto de la palabra. Ser demócrata significa asumir estar muchas veces en desventaja, no poder emplear los métodos que otros usan indiscriminadamente,  faltos de todo escrúpulo moral, y tener que poner la otra mejilla un día sí y otro también.  En resumen, ser demócrata es como una dimensión alternativa del cristianismo auténtico, y ya sabemos que cristianos nominales hay muchos, pero genuinos muy pocos, que casi siempre acaban muertos antes de lo previsto por la madre naturaleza.

Así que todos los políticos se llenan boca constantemente con el mantra de la democracia como un bien sagrado a proteger. El problema radica en saber primero en qué consiste ese bien tan sagrado, y segundo en cómo se debe defender. A la primera cuestión, la preocupante respuesta es que la democracia significa lo que cada uno quiera que signifique, a fin de llenar su morral del modo más conveniente y según las circunstancias. Se entiende así que la descerebrada  Arrimadas acuse al independentismo catalán de totalitario, así, tan alegremente, sumándose  a la horda de despreciables "demócratas" que tachan de nazis a los que piensan diferente a ellos.  O que la marisabidilla Soraya tenga el récord mundial de uso conjunto de las palabras “legalidad”, “ estado de derecho” y “democracia” con las que tapa precisamente las carencias más graves del gobierno y el partido al que pertenece, tal como ha puesto de manifiesto el temible documental “Las Cloacas de Interior” que, digámoslo de entrada, no está patrocinado por ningún partido político, sino por un grupo tan privado como Mediapro. O, por otra parte y para cumplir con el cupo femenino, la inefable Susana Díaz, con ese toque caudillista y amenazante con que exalta a sus huestes como si fuera el general Patton. Tres mujeres, tres presuntas ideologías distintas, tres formas de entender la democracia como un instrumento, pero no como un fin en si mismo. Por eso las tres usan y abusan del término a su conveniencia, porque al fin y al cabo, la democracia es como la plastilina: se le puede dar la forma que a uno convenga sin que se rompa jamás. Hasta en eso Franco fue más astuto que muchos de los actuales dirigentes españoles, diseñando ese Frankenstein de la democracia orgánica  que nos regaló en sus últimos años de mandato.

No resulta nada extraño, pues, que en sede parlamentaria, un comisario de policía, requerido sobre qué estaría dispuesto a hacer por España, afirme ser un patriota sin remilgos y estar dispuesto “a todo” (literalmente) por su país. Donde ese “a todo“ implica claramente cualquier medio ilegal. Y resulta más sorprendente que ante tales afirmaciones, ese individuo no sólo no sea públicamente reprobado, sino que no salga esposado del Congreso, que es el depositario de la soberanía popular y de la democracia. Porque ese policía se ha pasado la democracia y el estado de derecho por la entrepierna en aras de un patriotismo que se ha demostrado siempre muy peligroso para las personas de a pie.

Aunque a tenor del contenido del documental antes citado, está claro que la manipulación partidista de las fuerzas de seguridad del estado es una técnica habitual de los gobiernos de todos los colores, pues la cosa empezó ya con el PSOE en los lejanos años noventa del siglo pasado con los GAL, que no eran otra cosa que escuadrones de la muerte parapoliciales. Y ha continuado décadas después, contaminando a las sucesivas cúpulas del Ministerio del Interior, hasta que finalmente ha estallado un caso fenomenal con el ministro Fernández Díaz, fiel guardián de una forma degradada de democracia que se ha convertido en la  rehén del poder de turno.

Y si la cosa debe ser grave, que hasta policías y guardias civiles en activo se atreven a  denunciar públicamente  lo que ocurre en Interior, así como la persecución sistemática de los agentes que no se doblegan a las presiones políticas, y el hostigamiento incesante a  todos aquellos que denuncian las prácticas irregulares de sus mandos directos. Porque, en definitiva, el ministerio del Interior se ha convertido, con el paso de los años, en la punta de lanza de los intereses particulares  del señor X y de sus padrinos elevados por enciam del bien y del mal en sus torres de marfil, que son quienes deciden qué es democracia, a quién se aplica el estado de derecho y, sobre todo, cómo se defiende su poco escrupulosa a la par que utilitarista concepción de la democracia. Lo cual sucede en este país y también en todos los demás, lo cual no es gran consuelo, salvo que uno sea chino y en el fondo se desopile con nuestras tonterías grandilocuentes sobre la igualdad de los ciudadanos y los derechos democráticos, porque ellos –los chinos-  saben perfectamente que en occidente se puede ser tan demócrata como te permita el sistema, pero si incomodas al poder establecido andas en la cuerda floja, porque entonces, como en el mejor de los episodios de House of Cards (siempre la realidad supera a la ficción) caerá sobre ti todo el peso de las fuerzas de seguridad en aras de eufemismos tan corrientes y multiusables como la seguridad nacional o el interés general y con métodos que sólo son delictivos cuando los usan los otros.

Y según quien define el interés general, se definen asimismo los límites de la democracia, lo cual nos conduce a situaciones  sumamente contradictorias y fácilmente degenerativas, como sucedió a raíz de los atentados del 11 de septiembre, cuya consecuencia más directa fue que para proteger la democracia se recortaron las libertades individuales de manera drástica en todo occidente. Ahora somos todos sospechosos habituales, salvo que se demuestre lo contrario, y el aparato de seguridad del estado nos lo recuerda continuamente, aunque de forma muy educada (por el momento). Y también nos recuerdan que para proteger la democracia –“su” democracia- vale todo, porque ella está por encima de cualquier otra consideración. Lástima que la democracia no se defina como un concepto universal inviolable, sino como una argucia legal encapsulada en pocas o muchas líneas de una constitución. Se equipara así lo legal con lo democrático, lo cual es, además de terrible, el primer y contundente paso para construir democracias puramente formales a medida de los poderosos que gobiernan nuestro destino.

Algo así quiso hacer el señor X en algún lugar de la cúpula del Ministerio del Interior, usando a policías para fines propios, malversando fondos públicos para conseguir datos comprometedores obtenidos de forma ilegal, facilitando actividades encubiertas a personajes de dudosa calaña, falsificando informes y documentos a medida de los intereses mediáticos del momento y, en definitiva, organizando una poderosísima mafia para un fin claramente partidista en el ministerio que debería velar por la seguridad y los derechos de todos los españoles, incluso de los desafectos. Espantoso.

miércoles, 12 de julio de 2017

Brazos abiertos

En los últimos días, la prensa se ha hecho eco de la nueva singladura de la ONG Proactiva Open Arms en una nueva misión de rescate de refugiados en el Mediterráneo. Los comentarios, por descontado, han sido sumamente elogiosos, sobre todo en los medios catalanes, teniendo en cuenta que Open Arms tiene su sede en Badalona, y sus acciones tienen especial repercusión en Cataluña. Yo suelo desconfiar de la unanimidad, especialmente si es apologética, y me sorprende sobremanera que no haya voces escépticas respecto a la utilidad real de este tipo de misiones.

Nadie puede negar el aspecto humanitario de los rescates en alta mar, salvando de una muerte casi segura a miles de refugiados. Pero el humanitario no es el único factor a considerar, salvo que nos dejemos arrastrar por una ingenuidad rayana en la idiotez. En acciones de este tipo se suelen plantear dilemas éticos de suma importancia que al parecer todos los interesados y los medios de comunicación parecen decididos a soslayar, llevados de un borreguismo francamente desesperanzador y que además constituye un contrapunto sumamente extraño a un criterio vigente en materia de terrorismo,  que todos los gobiernos procuran aplicar a rajatabla y que casi todo el mundo comprende y acepta, pese a las terribles consecuencias que puede tener para los individuos implicados.

Cuando organizaciones terroristas de todo el planeta llevan a cabo secuestros de civiles, existe un amplio consenso en que no se puede aceptar el chantaje de pagar el rescate, algo que en un principio no estaba tan claro y dio lugar a un intenso debate social en muchas naciones. El argumento de peso es que si el estado cede a las presiones terroristas y paga el rescate, está fomentando ulteriores secuestros con la misma finalidad. Dicho de otro modo, pagar el rescate es equivalente a fomentar el secuestro y la extorsión. La multiplicación exponencial de secuestros en todo el globo  acabó dando la razón a los gobiernos, que impusieron el criterio -raramente exceptuado- de no pagar los rescates exigidos. Dicho asunto quedaba en manos de las familias, amigos y organizaciones privadas, que si lo deseaban podían cumplir las exigencias de los criminales o negociar con ellos alguna salida airosa, mientras la postura oficial era la de no ceder bajo ningún concepto, incluso con el riesgo del asesinato de los rehenes.

Este tipo de actuación, vigente más o menos desde que el terrorismo palestino saltó a la palestra en los años setenta del siglo pasado, ha sido la preferida por casi todos los gobiernos azotados por cualquier forma de terrorismo. Ceder una vez era crear un precedente al que difícilmente podría oponerse nadie posteriormente. Si se paga por un rehén, se ha de pagar por todos los que vengan después, creando un efecto llamada muy pernicioso, tanto desde el punto de vista político, como social y económico.

Sorprende bastante que casi todo el mundo entienda que los gobiernos no deben ceder a este tipo de chantajes, por muy directamente que nos afecte como ciudadanos, y en cambio, nadie se cuestione las similitudes  entre las secuestros políticos y las pateras de refugiados, que las hay, y no pocas. Para comenzar, es de sobras conocido que si hay miles de refugiados agolpados en las playas del norte de África para cruzar el Mediterráneo en naves más que precarias, es porque existen unas mafias a las que esos desgraciados pagan cifras monstruosas por una travesía sin más garantía que la confianza en la suerte, y sin posibilidad de reclamación alguna, sobre todo si los interesados mueren en el intento. Por tanto, estamos ante un negocio redondo, brutal y despiadado, que está llenando las arcas de mafias con conexiones más que evidentes, y muy tenebrosas, con sectores del radicalismo islamista norteafricano.

Así pues, los primeros en aplaudir las acciones como las de Open Arms deben ser los grupos mafiosos, ya que esta actitud de brazos abiertos incondicionales les permite indicar a sus potenciales “clientes” que existe la posibilidad nada remota de que sean rescatados en alta mar por los barcos de esta u otra organización similar. Esto causa un efecto sumamente perturbador, porque alienta aún a más refugiados a intentar el salto a Europa, y también a pagar un precio cada vez más alto por el intento, sabedores de que existen diversos barcos rescatadores patrullando las zonas más calientes y que ahora existen más posibilidades de salvamento que hace unos pocos años.

Esta situación crea una realimentación positiva muy perversa que no va a conducir a nada bueno a ninguna de las partes realmente afectadas, y sólo sirve para generar un continuo de beneficios a las mafias que operan en el Mediterráneo. Pero es que hay más que añadir a este sombrío panorama. Si yo fuera un jefe de alguna de esas mafias, me ocuparía enseguida de destinar una parte de los beneficios a donaciones a Open Arms y otras organizaciones similares. Dedicar un parte ínfima pero sustancial a financiar el flete de barcos de rescate es una inversión segura, que permitirá incrementar el volumen de pasajeros transportados, y por tanto, la facturación del negocio. Algo que no acabamos de descubrir ahor amismo, porque la mafia norteamericana, por poner sólo un ejemplo harto conocido, lleva décadas invirtiendo en negocios limpios, no sólo para lavar dinero, sino para infiltrarse en sectores cuyo control le conviene a medio o largo plazo.

Así que estamos donde siempre había estado el debate –cuando aún había debate intelectual al respecto- sobre si no siempre la vida es lo más sagrado a salvaguardar. A veces, hay que sacrificar vidas humanas en aras de un interés superior, comunitario y global, que no tiene nada que ver con el egoísmo puro y duro, sino con cortar esos mecanismos de realimentación que incrementan exponencialmente el sufrimiento de los inocentes si no se extirpan de raíz.  Cierto que son soluciones duras, y también es cierto que en algunos casos pueden resultar inaceptables, pero al menos tienen que salir a la luz pública. Tienen que airearse y discutirse. Y la sociedad en su conjunto ha de disponer de los datos y argumentos necesarios para decidir de forma no bobalicona y ensimismada por un discurso puramente humanitarista y en exceso simplificador, que sirve de excelente coartada a quienes explotan el negocio del tráfico de personas.

miércoles, 5 de julio de 2017

Retrasados

La última, pero impactante, demostración de que los políticos sólo son capaces de gestionar a corto plazo (lo cual es una manera relativamente sutil de afirmar que son muy malos estrategas) se está dando en el ámbito de la economía colaborativa y en los cambios de tendencias sociales, que siempre van muy por delante de cualquier previsión política. Y no es un problema que suceda sólo en España, sino que es mal que afecta a todo el mundo occidental de forma reiterada. Eso dice mucho acerca de las dotes de estadistas de nuestros líderes mundiales, a quienes no me atrevería a pedir que fueran unos visionarios, pero a quienes al menos cabría exigir cierta perspicacia acerca del futuro a medio plazo, y que actuaran en consecuencia con las tendencias de gran parte de la sociedad. Que los políticos siempre vayan a remolque es muy mal indicio.

No cabe duda que el auge de las tecnologías de la información y de la comunicación ha hecho florecer, literalmente,  un estilo de vida marcadamente distinto al de hace unos pocos años. La velocidad de cambio socioeconómico en occidente es mucho más alta que nunca, pero ello no es excusa para que los bien retribuidos gabinetes que asesoran a nuestros gobernantes no hayan hecho su trabajo prospectivo y hayan alentado la puesta en práctica de medidas racionalizadoras en muchos ámbitos que han estado creciendo de forma tan exponencial como desordenada, léanse los casos de Uber o de Airbnb.

Por otra parte, los políticos han hecho lo que siempre hacen, es decir, tirar por el camino más cómodo, que es el de una actitud reaccionaria y nada proactiva, para congraciarse con un amplio sector de la ciudadanía que prefiere el estancamiento a la dinamización, el conservadurismo frente a la innovación, y el statu quo frente a la movilidad sociolaboral. Ciertamente, a todos nos va la comodidad, y no hay nada más cómodo que hacer que las cosas sigan como están. Como han sido siempre, con los mínimos cambios posibles, a ser posible centrados en el ámbito de lo meramente anecdótico o formal.

Sin embargo, cuando surgen formas realmente innovadoras de relación social o económica, se ponen de manifiesto las tremendas resistencias al cambio de parte de los sectores más inmovilistas, que son los que tradicionalmente se han venido beneficiando del statu quo vigente, es decir, empresarios y trabajadores por cuenta ajena. De este modo, unos y otros, a través de las asociaciones empresariales y los sindicatos, se empeñan en poner palos a las ruedas del cambio socioeconómico, atacando las formas más progresistas de economía colaborativa, con la absurda complicidad de los gobiernos que intentan ciegamente dar satisfacción  a sectores tradicionales sin tener en cuenta que el futuro no suele esperar a que a todos nos vengan bien los cambios. Más bien al contrario, quienes no se adaptan rápido suelen ser arrollados por las fuerzas de la evolución social, que son mucho más poderosas que cualquier intento de acotarlas dentro de los intereses tradicionales.

Así sucede con los taxistas y los hoteleros, ambos colectivos empeñados en una guerra cuyo combustible es el interés de unos estamentos que más pronto que tarde serán obsoletos, por más que los gobernantes se pongan de su lado a fin de no perder apoyos. Sin embargo, la ceguera de unos y otros no sólo no será recompensada, sino que finalmente significará mayores pérdidas y un retraso significativo en la adaptación de muchos sectores a la realidad que demanda la sociedad en su conjunto. Las maniobras intoxicadoras gubernamentales, reforzadas mediáticamente, podrán frenar los cambios temporalmente, pero el futuro no les pertenece, y habrá que aceptar la reconversión forzosa y necesaria de muchos sectores económicos, o su desaparición inminente. Aparte de que, además de un contrasentido fenomenal, resulta de un cinismo vergonzoso que los gobiernos “estimulen”, “alienten” y “apoyen” a los emprendedores de nuevas formas de negocio, mientras al mismo tiempo les cortan las alas para no perjudicar a los sectores tradicionales.

Tiene su gracia que sectores como el transporte de pasajeros o la hostelería no se hayan percatado que, antes que ellos, muchos otros sectores se hubieron de reconvertir para no perecer en la oleada de cambio que empezó en la década anterior al final del siglo XX. Muchos empleos tradicionales han desaparecido desde entonces, y muchos sectores económicos que fueron incapaces de reconvertirse, han quedado como residuos de una época gloriosa cuya pervivencia era imposible, como sucedió con el sector textil o con la minería, entre tantos otros. No hay duda de que las consecuencias para muchos empresarios y trabajadores fueron dramáticas, pero ello no es excusa para justificar un inmovilismo que, a la postre, acaba saliendo mucho más caro de lo imaginable. Y si no, que le pregunten a los capitostes del sector eléctrico, cuyas reticencias a las energías renovables sólo han servido para encarecer la factura eléctrica a los consumidores y para posponer medidas efectivas contra la contaminación y el cambio climático, cuyo coste final será enorme.

Los sectores económicos, y con ellos las empresas y los empleos, han aparecido y desaparecido continuamente desde la revolución industrial. No es que eso sea un signo del progreso, es que es una necesidad imperiosa para cualquier sociedad tecnológica y avanzada. Es totalmente imposible pretender el contrasentido del avance tecnológico y social sin que ello afecte al modo en el que las personas se ganan la vida. De ahí que el trasvase de mano de obra del sector productivo primario al sector industrial secundario fue el marchamo de la revolución industrial; y la transferencia de mano de obra , capital y conocimiento desde el sector secundario al sector de servicios terciario fue el signo de la revolución de las TIC. Y esas transferencias masivas y globales no se hicieron sin dolor, ni mucho menos.

Ahora ha aparecido un tercer jugador en el tablero. Frente a la histórica dicotomía entre capital-empresario y productor-trabajador, ha surgido un movimiento un tanto amorfo de economía colaborativa, en la que los ciudadanos vuelven a un esquema que parecía haber fenecido, como es el trueque de bienes y servicios. En el fondo es algo natural, que surge como reacción a la profunda crisis económica del 2008, en la que la clase trabajadora se vio en la necesidad de buscar alternativas que le permitiese tener una vida digna al menor coste posible. Frente a la avaricia de los hoteleros, surge un movimiento de ciudadanos dispuestos a prestar su casa a cambio de precios más módicos, con una doble ventaja: tener ocio asequible para unos, y una rentabilidad inmobiliaria adicional para otros. Ante el monopolio de los taxistas, surge un movimiento de otros ciudadanos dispuestos a usar su vehículo como fuente de liquidez, y a cambio prestan un servicio más barato al usuario final. Contra el intermediario especulador, nace un movimiento ciudadano de trueque directo de bienes y servicios, ventajoso para unos necesitados de liquidez y sobrados de bienes que ya no usan, y para otros que desean comprar bienes a un precio mucho más moderado que el del comercio tradicional.

Airbnb, Uber, Walapop. Meros nombres de proyectos  a los que se podrá poner cuantas trabas deseen los gobernantes de turno, so pretexto de control, regulación o moderación del mercado. En cualquier caso, aunque se les ataque denodadamente, incluso aunque se les niegue la existencia, sobre sus cenizas nacerán otros proyectos similares  e incluso más ambiciosos. La sociedad está cambiando muy deprisa, demasiado deprisa como para que nuestros líderes atiendan estúpidamente las reivindicaciones de sectores que están abocados a la reconversión total o a la desaparición, como tantos otros anteriormente.

Quienes se han opuesto a la dinámica de las sociedades, han acabado barridos por la vorágine de un futuro que se acerca siempre a una velocidad pasmosa, y han quedado relegados a un rincón de la historia. Serenos, faroleros, telefonistas, ascensoristas, cobradores, limpiabotas y tantos otros que en su momento dieron de comer a muchas familias y hoy no son más que un recuerdo anecdótico de un pasado no muy lejano. Hoy le está llegando el turno a una serie de colectivos que tal vez se creían inmunes a las veleidades del tiempo y de la historia, y que se resisten al cambio o la desaparición, pero en ese sentido la evolución es tan indiferente como cruel: o te adaptas al entorno cambiante, o si te retrasas, acabas pereciendo.

miércoles, 28 de junio de 2017

Data cooking

Hoy voy a utilizar un fenómeno local para ilustrar un conflicto general entre el poder y sus necesidades específicas –ya sean ideológicas o de orden práctico- y la adopción popular del tipo de respuesta deseado por el poder dominante. El grado de unión entre una población determinada y sus élites gobernantes se fortalece siempre que el mensaje del gobierno se incruste convenientemente en la mente de la mayoría de los ciudadanos, y de este modo se fomente la aceptación popular de las decisiones de gobierno, aunque objetivamente pueda darse el caso (que suele suceder) que dichas decisiones en realidad perjudican a la mayoría de la ciudadanía.

Los medios para fomentar esa aceptación popular de las decisiones gubernamentales son variados, desde la pedagogía política éticamente aceptable hasta la más aborrecible de las manipulaciones  colectivas a través de memes propagandísticos en los que lo que cuenta no es la veracidad sino la machaconería repetitiva de un eslogan –generalmente falso- que acaba empapando el tejido social.

Posiblemente uno de los medios más efectivos actualmente en uso –por su apariencia  de ciencia social aplicada y tranquilizadora de mentes ilusas- es la profusión de encuestas y datos estadísticos sobre el estado de opinión de la población. La estadística –repitámoslo por enésima vez- es una ciencia matemática altamente precisa y totalmente predictiva para entornos físicos, pero terriblemente manipulable cuando se aplica a las ciencias sociales. Primero, porque muchos autoproclamados estadísticos no tienen ni la más remota idea de lo que hacen, pues su formación matemático-probabilística es más que deficiente. Segundo, porque la población destinataria suele ser sumamente ignorante al respecto, y su conocimiento de la estadística no va más allá de las estúpidas encuestas  de respuesta múltiple de las revistas del corazón. Y tercero (y más importante) porque a los políticos no les importa en absoluto el rigor científico de las encuestas, sino que sirvan a  sus propósitos programáticos o coyunturales.

De ahí la expresión, relativamente moderna, del “cocinado de datos” estadístico para adecuarlo a los intereses del momento e influir de determinada manera en la población. Ni que decir tiene que cocinar los datos sin que se detecte rápidamente la maniobra es más bien difícil y requiere de altos conocimientos estadísticos. En realidad, por “cocina de datos” se suele entender más bien una selección sesgada de la muestra sobre la que se efectúa la estadística o bien  que el cuestionario de la propia encuesta ya esté previamente sesgado de manera que orienten al encuestado y propicien determinadas  respuestas. Lo más habitual es una mezcla de ambas cosas, finalmente aderezada con unas cuantas modificaciones sobre la encuesta ya efectuada para eliminar determinados segmentos de la muestra cuyas respuestas son poco convenientes para el resultado deseado.

A falta de conocer la metodología exacta efectuada por el Ayuntamiento de Barcelona, y como muy bien apuntaba el diario La Vanguardia hace unos pocos días, en la sala de máquinas del ayuntamiento debe haber alguien muy satisfecho por el resultado de la última encuesta ciudadana sobre los temas más candentes y que causan más preocupación. Ese alguien en la sombra debería ser consciente, sin embargo, de que en los resultados hay algo que chirría notablemente si uno sabe apartarse de los titulares tan contundentes como simplones con los que nos aporrean el cerebro a diario.

La cuestión es que, sorprendentemente, la mayor preocupación ciudadana del momento es el turismo. No la pobreza, ni el desempleo, ni la contaminación. Ni siquiera el referéndum por la independencia. No, resulta que a los barceloneses les preocupa sobremanera el turismo, lo que concuerda de forma casi milagrosa, con una de las principales prioridades políticas del equipo gobernante en Barcelona, al parecer empeñado en poner coto al tema turístico al precio que sea, incluso tergiversando la realidad del modo más aberrante y poniendo en práctica, por la izquierda, lo que tanto critican a la derecha tradicional. O sea, una falta absoluta de ética política, un magno desprecio por la inteligencia de la ciudadanía y una cínica validación de que el fin justifica los medios.

Y es que, con unos pocos datos en la mano, resulta muy fácil desmontar el argumento del equipo rector barcelonés. Tan sencillo como demostrar que, con el censo de población en la mano, es absolutamente imposible que la principal preocupación ciudadana sea el turismo. Según datos del propio Ayuntamiento, en Barcelona teníamos, a 1 de enero de 2016, 1.608.746 habitantes. De estos, viven en zonas conflictivas por el turismo poco más de 272.000, considerando los barrios de El Raval, el Gòtic, la Barceloneta, Sant Pere i la Ribera, la Sagrada Familia, la Dreta del Eixample, Sant Antoni, y el Poble Sec. En los demás barrios de Barcelona, el efecto del boom turístico o es nulo o es poco apreciable, y no hace falta ser un sociólogo con cátedra para apreciar semejante cosa; basta con haber  vivido aquí bastante tiempo y callejear mucho para apreciar que los turistas son un problema vecinal sólo en los barrios que he citado. Otra cosa es que a vecinos de otros barrios les guste más o menos el escaparate turístico en que se ha convertido Barcelona, pero de ahí a convertirlo en la mayor preocupación de la ciudad no es que vaya un trecho, es que va la distancia de la razón al delirio.

Así pues, resulta que todos los habitantes de las zonas en conflicto no llegan al 17 por ciento de la población barcelonesa, pero son tan sumamente influyentes en el sentir y pensar de todos los demás, desde la Zona Franca hasta Vallvidrera, que han conseguido que la mayor y prioritaria de las preocupaciones de Barcelona sea el turismo. Resulta raro, porque coincide plenamente con un par de las ideas programáticas del equipo de Barcelona en Comú, y de las que haría muy bien en desmarcarse ERC si no quiere verse salpicada por algo cuyo tufo es notoriamente ultra. Porque a fin de cuentas, resulta innegable que una cosa es regular el turismo en la ciudad (lo que a casi todos se nos antoja absolutamente necesario), y otra muy distinta es dar rienda suelta a un estado de opinión rabioso y ferozmente antiturístico, y que casi roza una xenofobia escasamente disimulada. Tan mal disimulada como absurda, porque no articula una alternativa económico-social realista que no le otorgue toda la razón a quienes despectivamente les han estado llamando durante años “perroflautas” desde el otro extremo de la calle.

Y es que la manipulación de datos y de conciencias no es un mal exclusivo de la derecha tradicional, sino más bien un síntoma generalizado de que la acción política, a falta de un compromiso ético y de un ideario convincente, se basa generalmente en la opción más sencilla, que es la de la mentira sistemática, aderezada con una avalancha de datos presuntamente incuestionables con el fin de crear un estado de opinión favorable al precio que sea. Algo que aplicó modernamente y con suma efectividad Goebbles en la Alemania nazi, pero que también usaron sus simétricos soviéticos estalinistas, y posteriormente toda una caterva de  siniestros y abominables políticos de todas las naciones, credos y colores, para justificar lo que casi siempre era injustificable a la luz de la razón y de la justicia.

Algunos opinamos que para este estado de cosas, en el que los diversos gobiernos quieren torcer nuestras voluntades para acomodarlas a su interés particular elevado a la categoría de dogma general irrenunciable, no hace falta democracia ni elecciones ni toda esa parafernalia cuatrienal con la que la mona se viste de seda. Algunos incluso afirman (y no les falta cierta razón) de que éticamente es más responsable e incluso aceptable una dictadura abierta que no una pseudodemocracia donde hasta “los nuestros” se comportan de forma tan vergonzosa y contraria a la moral como los adversarios.

Soy consciente de que lo que acabo de escribir resulta extraordinariamente escandaloso, pero peor resulta que un gobierno que se proclama de izquierdas, progresista, de esos que se presentan como próximos a los vecinos y sus necesidades reales, nos intente manipular de forma tan grosera y intencionadamente desviada hacia unos intereses que no son, ni de lejos, los de la mayoría de los barceloneses. Por eso, resulta preciso sacudir el nido de avispas, aún a riesgo de recibir algún picotazo. Pues a fin de cuentas, si a estas alturas no hemos entendido que el estado de derecho y la razón  ya sólo se pueden defender a nivel individual, al margen de cualquier colectivo que, pronto o tarde, acabará desvirtuado por las ambiciones del grupo dominante, es que somos idiotas. Si tenemos conciencia, hemos de convertirnos en outsiders sociopolíticos, y denunciar este estado de cosas cualquiera que sea su origen -de izquierda o de derecha-, y su finalidad, por muy virginal que parezca.  Y no dejarnos maniatar por un credo o unas convicciones que suelen ser las puertas traseras por las que se nos puede manipular fácilmente.