miércoles, 27 de julio de 2016

La izquierda se equivoca

La izquierda se equivoca. Toda, sin excepción, muestra los síntomas generales de una afección que padece toda la clase política occidental, pero en mayor medida la española: el cortoplacismo, la falta de visión estratégica y el uso de anteojeras caballunas como método de encajonamiento político en unos cauces tan estrechos que no permiten la más mínima flexibilidad. Y, por supuesto, aquello tan guerrista y español de “el que se mueva no sale en la foto”, que pone de manifiesto una vez más la contrastada querencia española por la democracia al estilo franquista, es decir, orgánica, organizada y organillera, pero sin contenido. La pena es que, vaya por donde, el generalísimo se rodeaba de gente bastante pragmática, al menos en su última década de reinado absoluto, mientras que aquí el realismo queda sustituido por un pim pam pum de declaraciones maximalistas, posados más o menos fotográficos para la galería electoral y una falta de liderazgo y de proactividad que provocan un fuerte peristaltismo intestinal en cualquier humanoide con una mente mínimamente despejada de nubarrones ideológicos, o sea, de prejuicios.

A la izquierda le falta astucia política y visión algo más allá de los cuatro años inmediatamente posteriores a la celebración de elecciones. En suma, a la izquierda le falta releer, repasar y reestudiar a Confucio, Maquiavelo y Baltasar Gracián, por ese mismo orden, y no sólo comprender, sino aplicar a rajatabla, la máxima de que al adversario es mejor darle cuerda hasta que se ahorque con ella, en vez de pretender arrebatársela de las manos y enseñarle, en el propio cuello izquierdoso, cómo se cuelga uno del árbol más cercano; una estupidez que, por otra parte, le hace un inmenso favor a la derecha de toda la vida, que apreciará muy elocuentemente que sean los propios rivales políticos los que se esmeren en la demostración de lo que es un suicidio político, y de paso se lo ahorren (el suicidio) a Mariano y compañía.

Obviamente, Rajoy no tiene prisa alguna, porque de seguir así, será el claro vencedor de este round y, como nos despistemos, tendrá la mayoría absoluta los próximos 4 años (aunque con la duda explícita de quien esto escribe respecto a cuándo comenzarán a contar los próximos cuatro años) y las manos libres para legislar a su antojo, es decir, arrodillándonos nosotros y pasando el rodillo él por encima de nuestras vidas de decrépita clase media. Sin embargo, una cosa es evidente; tanto, que me parece increíble que nadie ponga el grito en el cielo y en la tierra: para una izquierda todavía muy dividida por rencillas, rencores y personalismos, lo mejor es que gobierne el PP durante la próxima legislatura. Y para España en general también, dicho sea desde la postura de quien es obviamente muy de izquierdas, pero también muy de sí mismo y antipartidista por definición.

Salvo que nuestros políticos sean idiotas consumados e irrecuperables (cosa que prefiero no creer y asirme a que son sencillamente tan ambiciosos que su ansia de poder les nubla el entendimiento), lo primero que tendrían que hacer nuestras izquierdas plurales e irredentas es asumir que la crisis ni se ha acabado ni se va a acabar en breve y que es muy factible que una nueva burbuja, provocada por el exceso de liquidez y los tipos de interés demasiado bajos que están favoreciendo este presunto resurgir económico que no es tal (en versión doméstica, lo que tenemos ahora viene a ser como meter al paciente febril en la bañera con mucho hielo: la fiebre seguro que baja, pero la infección sigue), acabe explotando de nuevo, y esta vez nos va a dejar con las vísceras esparcidas por toda la estancia occidental, que va a quedar tan hecha unos zorros que no habrá manera de repintarla.

Y si la crisis no sólo no se ha acabado, sino que es muy factible que se agudice un poco más, siguiendo esa gráfica en dientes de sierra con perfiles cada vez más profundos y abisales de la que nos advierten muchos economistas independientes, lo mejor es dejar que quienes aplicaron la receta inicial de austeridad y monetarismo se las arreglen ellos solos para después explicar a la gente cómo es que su maravillosa solución no sólo no ha funcionado, sino que lo acaba enviando todo a pastar al final. En cambio, estos pardillos de la izquierda quieren impedir a toda costa que gobierne Rajoy, para así tener ellos la patata caliente en las manos y que les pase como al bueno de Zapatero, que por seguir la estela del neoliberalismo desenfrenado inaugurado por Aznar metió al país de lleno en el cotarro especulativo que le acabó reventando en plena cara, esa cara de Mr. Bean que ya le venía de antes, pero que se le quedó como congelada cuando le explicaron de qué iba la cosa en realidad.

Y es que hay que leer más a Gracián (por lo menos) y dejar que las hostias se las peguen los demás. O como mínimo, recordar aquello de que “en tiempos de tribulación, no hacer mudanza”. Y como el riesgo de que lluevan chuzos de punta en los próximos cuatro o cinco años es más que evidente, lo mejor es dejar que les aticen en el cráneo a los rivales políticos mientras la izquierda esté bien resguardada bajo el toldo de la oposición. Es de una lógica tan aplastante que resulta pueril, sobre todo teniendo en cuenta que gobernar a toda costa en este momento tan delicado es como hacer malabarismos con cerillas en una fábrica pirotécnica. Además, gobernar para no poder aplicar más que una ínfima parte del programa social previsto, vistas las circunstancias, es una actitud suicida desde el punto de vista electoral. El electorado suele ser rencoroso como gato apaleado, y si la izquierda no cumple lo prometido, el fracaso en las siguientes elecciones puede ser de campeonato, aunque te llames Sánchez y seas guapo, o Iglesias y lleves coleta.

Michael Hudson, uno de los economistas más honestos que ha dado el siglo XX, decía, en el tramo fin del documental “Cuando Explotan las Burbujas”  al ser preguntado sobre si era optimista respecto al futuro, y en tono más irónico que sarcástico: “Sí, creo que habrá un colapso financiero en el mundo, que habrá un nuevo sistema, y después volveremos a empezar desde cero”. Bien, muchos más opinan lo mismo, y que lo que ahora estamos viviendo es como esas mejorías aparentes que se dan en los pacientes agónicos poco antes del desenlace final, cuando se invierten todas las fuerzas que le quedan al cuerpo para intentar frenar lo inevitable. Con nuestro modo de vida occidental sucede lo mismo, tratando de insuflarle una vida que se le escapa por las costuras. Deje la izquierda, por tanto, que sea el PP quien sople y sople hasta quedar exhausto. Y entonces será el momento de cambiar algunas cosas. Las fundamentales.

Así que a la vista está que lo inteligente, astuto y maquiavélico es permitir que gobierne Rajoy en clara minoría, impedirle usar el rodillo parlamentario del que no dispondrá y, más bien al contrario, aplicárselo a su ejecutivo cada vez que sea posible, pero sin que se note demasiado. La economía occidental seguirá su curso de colisión previsto tanto si gobierna el PP como la izquierda, así que lo más sensato es dejar que gobierne Mariano y siga desgastando al PP, para que en las próximas elecciones, el batacazo sea de los que la derecha no se recupere en ocho o diez años. En cambio, si persiste la actitud actual de líneas rojas y obstruccionismo, lo único que va a suceder es que el PP cada vez se va sentir más parapetado en su posición, más reforzado en sus críticas a los rivales y más apreciado por la porción de electorado natural que le abandonó en las dos últimas convocatorias, y que ya ha empezado a recuperar a costa de Ciudadanos y del PSOE.

Parece mentira que a estas alturas, sólo los grandes dictadores triunfantes del siglo XX (Franco, Stalin, Mao) hayan tenido la perspicacia de dejar que las cosas madurasen por su propia dinámica y les facilitara la toma y el mantenimiento del poder en el momento oportuno. Todo lo que tenían de sangrientos y totalitarios se compensaba con una perspicacia y una paciencia dignas de encomio. Supieron esperar su momento, que es aquél en el que la fruta está tan madura que no se precisa esfuerzo alguno para la recolecta, y se quedaron con la canasta entera durante un montón de años. También parece mentira que los presuntos estrategas de los partidos políticos no sepan apreciar que esta lección es independiente de ideologías, y que pretender forzar la máquina suele dar resultados más que indeseados, rotundamente nefastos para el interés propio. Este Occidente del siglo XXI vive atenazado por la prisa en conseguir objetivos. Y la prisa es enemiga del trabajo bien hecho, y sobre todo, de los beneficios a largo plazo.

Del mismo modo que la longevidad en occidente está sobrevalorada, y así nos va, con legiones de ancianos viejos como olivos bíblicos y marchitos como trigo en el Sahara, conseguir el  poder a cualquier precio también está tremendamente sobrevalorado, sin tener en cuenta que la tarifa por su uso es de las que tiene trampa. Si estás en situación de debilidad, no sólo lo acabarás perdiendo, sino que la factura que te presentará el destino al cobro será de aquellas para las que hará falta mucho crédito antes de  liquidar la deuda algún lejano día. Con intereses y recargos. Y eso, esta izquierda deshilachada, fragmentada y poco realista, no está en condiciones de poder asumirlo. Así que si algún lector tiene contactos en los comités federales, comisiones ejecutivas y demás parafernalia partidista de nuestras izquierdas, casi le suplicaría que haga llegar esta opinión a quienes han de tomar sus decisiones al respecto, que tampoco son tantos, por mucho que presuman de democracia interna y transparencia en la gestión. Que no se diga que alguien no les advirtió desde su pequeña tarima ciudadana.

miércoles, 20 de julio de 2016

Erdogan y el incendio del Reichstag

Cuando en febrero de 1933 el incendio del Reichstag propició el asalto definitivo al poder por parte de Hitler, se detuvo y condenó a un albañil holandés y comunista llamado Marinus Lubbe. El bueno de Marinus fue hallado vagando por los pasillos del Reichstag medio desnudo, algo requemado y decididamente ausente de cuanto lo rodeaba. Tenía antecedentes porque dos días antes había intentado prender fuego al palacio imperial, pero esencialmente era un minusválido medio ciego y algo lelo, por no decir francamente disminuido en sus facultades.  Eso le vino como anillo al dedo al partido nazi, que no vaciló en acusar de conspiración al partido comunista, agitar convenientemente a la opinión pública y presionar al anciano presidente  Hindenburg para que otorgara plenos poderes al canciller Hitler. De este modo se acabaron las libertades individuales en Alemania, se consagró el principio de partido único y se instauró definitivamente la dictadura nazi, so pretexto de defender la integridad de la nación alemana. La primera víctima fue el propio Lubbe, que fue ejecutado a principios de 1934.
 Años después, en 1981 y 1998, Lubbe fue absuelto  por tribunales alemanes, y es opinión bastante unánime que el incendio del Reichstag fue una maniobra muy astutamente urdida por el Partido Nazi, en lo que se convertiría en la más famosa operación de bandera falsa de la historia contemporánea.  La siguió unos pocos meses después la famosa purga de la Noche de los Cuchillos Largos de julio de 1934, en la que Hitler, ya con las manos libres a nivel gubernamental, aprovechó para deshacerse de todo posible rival interno. Para ello decapitó de forma brutal a las SA, cuyo líder Ernst Röhm se le antojaba a Hitler como un rival difícilmente manejable. Algunos cientos de personas fueron eliminadas y más de mil presuntos oponentes al régimen fueron detenidos.  Según los jefes de las SS, organización rival de las SA dentro del partido nazi, y absolutamente leal al Führer, era necesario eliminar a todos los rivales para evitar un golpe de estado. De hecho, las SS pergeñaron un informe con pruebas falsas del que se deducía que Röhm había recibido financiación exterior para derrocar a Hitler de forma violenta.
 Hitler calificó al supuesto plan para derrocarle como “ la peor traición de la historia” y aprovechó la ocasión para hacer una purga general de todos su rivales y enemigos dentro y fuera del partido. De esta manera, en cosa de año y medio, Hitler convirtió la democracia alemana en la peor dictadura europea conocida hasta la fecha. Y con el beneplácito de la ciudadanía casi en pleno, para eterna vergüenza del pueblo alemán. Y de las naciones europeas en general, muy democráticas ellas, pero que miraron para otro lado ante la barbarie que se estaba desatando en tierras germanas sencillamente para consolidar el poder omnímodo de un solo hombre, que arrastró a su pueblo y a toda Europa a la peor y más mortífera catástrofe humana de todos los tiempos.
 Harían bien todos los gobiernos occidentales en mirar con recelo y máxima suspicacia lo acontecido en Turquía en los últimos días. El presidente Erdogan es un individuo en extremo peligroso, como ha demostrado vistiéndose con piel de cordero cada vez que le convenía, para después aplastar a sus opositores sin piedad una y otra vez. Urdiendo mentiras sobre el PKK, al que acusaba sistemáticamente de estar detrás de todo atentado. Recortando libertades bajo pretextos muy similares a los de Hitler en el siglo anterior. Acumulando poder de forma subrepticia pero manifiesta y aislando a la oposición hacia un rincón cada vez más oscuro de la ya de por sí oscura democracia turca. Jugando un doble juego en el conflicto sirio-iraqí, para satisfacer tanto a sus aliados occidentales de la NATO como a los islamistas turcos que, sin pudor alguno, muestran su apoyo al yihadismo. Pues mientras aprovecha para bombardear a los kurdos afirmando indecentemente colaborar con la coalición internacional que pretende frenar la expansión de Estado Islámico en Oriente Medio, permite el tráfico de petróleo de contrabando con el que precisamente se financian los yihadistas.
 Son muchos los analistas que advierten que Erdogan es un peligro claro para la estabilidad de la zona a largo plazo, porque su deriva autoritaria es más que manifiesta, y porque no se debe olvidar que gran parte de su base electoral es declaradamente islamista, con todos los flecos que dicha declaración de principios conlleva, por mucho que pretendan manifestar una docilidad necesaria para el acercamiento al gran socio europeo. En cualquier caso, ese golpe de estado debe ser puesto en cuarentena por cualquier persona medianamente informada y escéptica ante las noticias consumadas que se presentan en forma sumamente propagandística. De entrada, los que vivimos el golpe  de estado de Tejero en 1981 sabemos perfectamente que aquello se resolvió rápidamente porque en el fondo sólo se había garantizado la participación en la conspiración de unos pocos mandos militares y civiles. Si un tercio de los generales con mando en plaza en España hubieran apoyado el golpe, podemos estar seguros de que la intentona no se hubiera resulto en veinticuatro horas. Ni muchísimo menos.
 Si en un ejército tan poderoso como el turco la tercera parte de sus mandos apoyara decididamente un golpe de estado, hubiera corrido mucha más sangre, y hoy Turquía estaría en plena situación de preguerra civil, como mínimo. Pero además, se produjeron miles de detenciones y destituciones de mandos policiales y judiciales con carácter casi inmediato, a la mañana siguiente. Salvo que Erdogan cuente con más medios que la CIA, la NSA y el FBI juntos, sería imposible tal celeridad si no existieran listas previas para una purga. Y de ello se deduce claramente que Erdogan y los suyos ya sabían de antemano lo que iba a pasar. Que lo indujeran ellos mismos o no es harina de otro costal y cuestión abierta a todo tipo de especulaciones, pero lo cierto es que el presidente turco dejó hacer y alentó a caer en la trampa a todos los que consideraba rivales u opositores. Es el más puro estilo de Hitler puesto al día, con llamamientos incendiarios al pueblo a través de las redes sociales, para poder montar su particular noche de los cuchillos largos a la turca.
 No se trata de justificar a los golpistas, a quienes en todo caso se debe imponer los valores democráticos por encima de todo. Se trata de desenmascarar a un antidemócrata vestido con un disfraz de conveniencia ante Occidente. Un caballo de Troya de las peores pesadillas que ya asolaron Europa hace ochenta años. Un hombre al que le valen todos los métodos para lograr su fines y que es un astuto y peligroso manipulador de la opinión pública. Un estadista cuyo referente histórico debe ser, sin duda, Adolf Hitler. Y cuyo momento histórico predilecto debe ser, con toda probabilidad, el incendio del Reichstag y todo lo que vino después.
 Occidente debe marcar distancias inmediatas con ese régimen hasta que se aclaren completamente las circunstancias de este fallido “putsch”. Es una exigencia democrática y de seguridad internacional contener cualquier apoyo al régimen de Erdogan mientras exista la más mínima sombra de duda sobre su intervención propiciatoria en este asunto. Porque lo último que nos faltaría sería que se presentara a ese individuo como un adalid de la democracia y paradigma del respeto a los valores del estado de derecho. Erdogan, como lo fue Hitler, escenifica una inmensa mentira y constituye un tremendo peligro para el futuro. Si las potencias occidentales actúan del mismo modo condescendiente que en el negrísimo bienio  de 1933-1934, nos encontraremos a las puertas de una catástrofe aún peor que la actual tragedia que se está produciendo en el oriente próximo.

miércoles, 13 de julio de 2016

La racanería como síntoma

Ha concluido la peor Eurocopa de fútbol en muchos años. Peor en el aspecto futbolístico, porque ha coronado a un equipo rácano, tosco y confiado al golpe de suerte, incapaz de marcar diferencias y vencedor de la mayoría de sus encuentros en la prórroga, por simple azar  y agotamiento del contrario. Un equipo en la antítesis de la creatividad, confiado exclusivamente a alguna genialidad de su estrella y al desliz inoportuno de la defensa contraria. Así que la corona del fútbol europeo la ostentará durante cuatro años un combinado que es lo opuesto al campeón de las dos ediciones anteriores. Y que viene a significar el final de una época, no sólo futbolística.
 Vaya por delante que el fútbol me trae sin cuidado, pero se me antoja un modelo capaz de explicar, mediante una analogía que viene como anillo al dedo, lo que está sucediendo en la alta (¿) política europea en los últimos años. Porque al futbol rastrero, puramente físico, especulativo, dogmático y carente de la más mínima elegancia, le corre pareja una política europea  a la que cabe describir con los mismos adjetivos. Con la diferencia de que el fútbol carece de la más mínima trascendencia, salvo para henchir el orgullo patriótico-nacionalista hasta grados insospechados, como se ha visto con la reciente concesión a la selección lusitana de la más alta condecoración civil portuguesa, lo cual es para partirse de risa –y para partirles la cara a los adocenados políticos que la han concedido- teniendo en cuenta que en Portugal están pasando las de Caín en el aspecto económico y social.
 La política europea dejó de ser de altura hace ya muchos años, pero actualmente ya se ha rebajado al nivel de vuelo gallináceo, que más bien corresponde a un aleteo desenfrenado a ras de tierra con considerable polvareda y casi ninguna efectividad aerodinámica.  Los políticos europeos son como los Mourinhos de la democracia, unos señores permanentemente malhumorados, dogmáticos y descalificadores de cualquier atisbo de creación imaginativa. Sus cacareados éxitos carecen de ética, y por supuesto de estética, que es lo menos que se le podría pedir a una política tan zafia como la practicada en los últimos años. O sea, exactamente igual que lo sucedido en la Eurocopa.
 Habrá quien opine que la comparación de fútbol y política es inconexa e irrelevante, pero a mi modo de ver, las sociedades suelen evolucionar de forma paralela en muchos de sus ámbitos. La filosofía subyacente a una sociedad suele acabar impregnando todos los rincones, especialmente aquellos en los que una gran masa de seguidores es directamente manipulada por unas élites que sistemáticamente convierten en dogmas inapelables sus métodos de trabajo. Lamentablemente, y por propia definición, el dogmatismo de vuelo rasante es sumamente excluyente y se presenta públicamente como una receta única e infalible para la solución de los más diversos problemas, sin atisbo de autocrítica ni concesión al menor grado de disidencia, que se descalifica sistemáticamente como ineficaz, inoportuna y una larga lista de calificativos peyorativos que buscan el descrédito de las fórmulas alternativas antes de que sean probadas.
 Estos ceporros  disfrazados de expertos (y utilizo la palabra con toda la intencionalidad académica posible: persona torpe e ignorante, pues torpe e ignorante es el dogmático que niega toda verosimilitud a cualquier opinión contraria a su pensamiento) han copado todos los ámbitos sociales y económicos desde finales del siglo XX,  y ahora viven un apogeo basado en recetas cuya eficacia es más que cuestionable, pero sobre las que no se permite ninguna disensión sin que un ejército de lacayos acuda al descrédito del osado que tenga la audacia de oponerse públicamente a la línea oficial marcada por un resultadismo (copio aquí la semántica futbolística al uso) que no recapacita sobre causas y efectos a largo plazo, y cuando lo hace, lo hace de forma tan sesgada y tergiversadora que da grima. Como ya decían los antiguos, el triunfo no es nada si no resulta convincente, y eso es algo que está sucediendo tanto en el fútbol como en la política europea (y en la española por descontado).
 Si algo debería ser fundamental en la evolución de una sociedad, habría de ser una adecuada valoración de la imaginación y la creatividad, eso que tan difusamente algunos se han empeñado en confundir con emprendeduría. El emprendedor es un tipo empecinado, correoso y con una fe inacabable en su idea y su capacidad, pero no necesariamente imaginativo. Suele suplir con mucho esfuerzo su carencia de recursos creativos. En cambio, el creativo es un individuo que en muchas ocasiones carece de tenacidad, pero que la suple con un pensamiento lateral exquisito, que le lleva a encontrar soluciones originales a problemas muy conocidos y no resueltos, o resueltos de forma insatisfactoria. Y esas soluciones suelen manifestarse en forma de una belleza subyacente que los físicos y matemáticos conocen perfectamente (es bien sabido que la gran mayoría de científicos ponen en cuestión cualquier teoría que resulte ser  embrollada y falta de elegancia. Según ellos –y comparto su opinión- cualquier teoría matemática que no sea bella y elegante es con toda probabilidad errónea).
 Así pues, frente al mourinhismo ramplón y destructivo tenemos a una escuela que propugna fórmulas mucho más éticas y creativas. Si entendemos por ética una forma de abordar las cuestiones humanas universales relacionadas con el bien y el fundamento de sus valores (retomo aquí otro concepto académico), creo que todos convendremos que la forma satisfactoria de hacer las cosas, desde patear un balón hasta aprobar un presupuesto estatal, es la forma ética y que refleje unos valores de progreso, no una regresión a las cavernas y la garrota, por muy eficaz que resulte a sus partidarios. Y es que el Progreso (como concepto elevado) sólo tiene sentido si no se fía exclusivamente a los resultados inmediatos y se apoya tanto en una ética sólida como en una concepción estética de la vida social, cuya suma conduzca a la armonía, esa aspiración humana universal. Lamentablemente, en esta época en la que sólo cuentan los resultados inmediatos, hablar de consecuciones elaboradas y a largo plazo pone de los nervios a todo ese rebaño de hijos de la doctrina neoliberal que parece que apunta alto y que en realidad dispara bajo.
 A nivel europeo, la política de ajustes brutales llevada a cabo insistentemente por todos los gobiernos es el equivalente al fútbol anodino, tosco y carente de imaginación de  la selección portuguesa. Es el resultadismo a corto plazo llevado a su máxima expresión disarmónica. Es la zafiedad elevada a categoría de medio prioritario para obtener cualquier fin. Ni siquiera se puede calificar de mediocre, porque no aporta nada más que sufrimiento a los millones de ciudadanos que han pagado en su carnes los delirios financieros y presupuestarios de nuestras élites. Es la racanería como síntoma de la degradación moral de la política que impregna completamente a la vieja Europa.

jueves, 7 de julio de 2016

El colapso de la democracia

Raffaele Simone es un intelectual de enorme prestigio, tanto por su aportación a su especialidad como por su obra política. En la línea de otros lingüistas ilustres, como Noam Chomsky, Simone es un pensador de izquierdas profundo y pesimista, y sus libros sobre la decadencia de la izquierda y de la democracia en general son esenciales para la comprensión de los tiempos modernos (debo acotar que los intelectuales de derechas, que también los hay, suelen ser todo lo contrario de Simone: optimistas y superficiales. A fin de cuentas, la derecha tiene motivos para ser optimista –los suyos van ganando de calle- y superficial: lo único que les importa es el dinero y el más puro darwinismo social).

Últimamente ha publicado un libro demoledor, El Hada Democrática, sobre el fracaso de la democracia en la consecución de sus ideales, en el que explica con nitidez cósmica el porqué del hastío popular ante la depresión (y la represión) de los fundamentos del estado de derecho por parte de los principales actores políticos en todos los países occidentales. Un libro que, por mucho sarcasmo que le ponga la tan locuaz como botarate Celia Villalobos en su bienvenida a los diputados de Podemos al Congreso, justifica por si solo el concepto, tan peyorativo y acuñado en los últimos cinco años, de “la casta”, de la que ella y sus amigos no sólo son adalides, sino también tributarios directos.

Para quienes no se sientan tentados de comprar su libro, el diario El País ha publicado recientemente una entrevista  con Simone que resulta ilustrativa de lo que está sucediendo en los últimos años. Yo tal vez añadiría a su pensamiento que hemos de ser conscientes de que la vieja dicotomía entre izquierda y derecha se ha sustituido, con una frivolidad pasmosa e indecente en boca de nuestros líderes políticos tradicionales, en una lucha entre lo que ellos llaman “moderación” (lo cual no es más que un eufemismo low cost para apelar al pánico y al inmovilismo ante el cambio que atenaza a la mitad más  miedosa del electorado occidental, para mayor gloria de las élites dirigentes) y lo que esos mismos líderes de siempre llaman –en un tono claramente amenazador y reprobatorio- “populismo radical”, de quienes, huérfanos de una izquierda real que les represente, han optado por simpatizar con movimientos de masas un tanto difusos y no estructurados, pero caracterizados por un ansia de cambio de unas estructuras que es obvio que, por mucho que se pretenda apuntalarlas, no resistirán muchos años más sin una rehabilitación profunda, desde sus mismos cimientos.

En el pensamiento de Simone subyace una idea profundamente corrosiva respecto a  que la democracia se sostiene en ficciones, en ideas utópicas que no se pueden realizar, pero que aceptamos como ciertas, y que se están pudriendo a marchas forzadas, para más inri. De todos los elementos que conforman la democracia, el más cuestionado actualmente es el de la representatividad de los políticos, un problema que ya enunció Ortega hace casi un siglo, al definir la representación como una acrobacia intelectual que finalmente se ha estrellado contra la tarima del escenario en la que se escenifica por culpa de la corrupción, los privilegios de los políticos, su estrecha asociación con las élites económicas y la globalización planetaria. Y también se manifiesta claramente algo que todos entendemos, pero pocos reconocen: el pensamiento natural humano no es democrático, sino absolutamente totalitario. Somos un especie evolutivamente condicionada a la jerarquización y al dominio, y eso se ve desde nuestra más tierna infancia. La democracia es un concepto aprendido, superpuesto a nuestro instinto básico antidemocrático a través de la cultura. Y es entonces cuando comprendemos porqué a nuestros líderes les interesa mucho hablar de democracia, pero sólo como un grueso maquillaje lingüístico aplicado a un afán de poder que no tiene nada de democrático. Y que se plasma en comportamientos totalmente naturales si se quiere, pero absolutamente antidemocráticos en su esencia, como bien sabemos por el (mal) ejemplo de partidos como el PP y el PSOE, cuya trayectoria democrática (en su sentido no banal, más profundo) es absolutamente desastrosa.

Para Simone es obvio que el mundo está en manos del supercapital, lo que ya se está demostrando contundentemente en diversos fenómenos de sumisión del poder institucional al económico, como ocurrirá con el tratado TTIP, por poner sólo un ejemplo. Eso nos conduce a lo que Simone denomina –no sin ironía- “democracia de baja intensidad”, en la que los partidos políticos tradicionales han agotado su papel histórico. La política necesita un reinicio, una tarea para políticos con imaginación, no para señores formados en las aulas de la tradición encorsetada del neoliberalismo, que ni es neo ni es liberal, sino una forma disfrazada de dictadura con unas cuantas manos de  barniz democrático. Lo que estamos viviendo, señores, ya no es democracia, sino una farsa en la que todo lo que se decide es nominalmente en pro de la ciudadanía, pero sin que realmente se la tenga en cuenta para nada realmente importante. De ahí el miedo cerval de los políticos tradicionales a las consultas populares, que según Simone (y muchos otros intelectuales no amordazados por su pertenencia al aparato partidista) deberían tener mucha más relevancia en el futuro, pues consisten en devolver a los ciudadanos algo de su soberanía, que en la actualidad ya no está cedida a los dirigentes políticos, sino arrebatada por el aparato partidista al servicio del supercapital.

Quienes son conscientes de esa usurpación democrática por parte unos de poderes meramente fácticos pero no constitutivos del estado de derecho, han confluido en el movimentismo en casi toda Europa, a falta de referentes reales que apuesten firmemente por una regeneración política y por sacudir el yugo del supercapital de las cervices de los parlamentarios. Esta semana hemos tenido un ejemplo de esa subordinación de la política a los intereses oscuros de unas élites opacas al gran público con la publicación del también demoledor informe Chilcot, sobre la responsabilidad del primer ministro británico, Tony Blair, en la guerra de Irak. Siete años y doce tomos de investigación minuciosa, que ponen fin a la utopía de la izquierda: Blair fue un sinvergüenza que metió a su país en una guerra injustificada y en la que miles de personas inocentes fallecieron sin más motivo que una mentira grandiosa urdida entre los tres “grandes” líderes Aznar, Blair y Bush para satisfacer unos intereses que nada tenían que ver ni con la democracia ni con el derecho internacional. Y que devastaron la democracia desde su propio púlpito. Y Blair, el muy desalmado, puso el epitafio a una izquierda que falleció por contemporizar con quienes han corrompido absolutamente los ideales de la democracia. 

Para resumir: el colapso de la democracia representativa es algo muy real. Poco falta para que de ella quede solamente una cáscara puramente estética y mediática, no representativa. Su interior, el cuerpo vivo que sustenta todo el organismo, agoniza por la inercia de unos ciudadanos cobardes y acomodaticios y por la codicia y el ansia desmesurada de poder de sus dirigentes. La democracia ya no es la fortaleza donde  dar cobijo a los derechos humanos esenciales, sino la guarida de los depredadores de esos mismos derechos. Y todos estamos atrapados en ella.

martes, 28 de junio de 2016

La conjura

Demasiadas veces la realidad es mucho más hilarante que los disparatados sketches de Monty Python en su momento de mayor esplendor. Esta semana hemos tenido unas cuantas escenas memorables que habrá que guardar en la despensa mental para retomarlas dentro de un par de años y poder decirles a sus protagonistas que se deberían haber dedicado a la comedia más que a la política. Y no me refiero a los resultados de las elecciones españolas, sino a las reacciones ante el triunfo del Brexit.

Y es que todos los que nos ayudan a entontecernos la vida y a amortajarnos las neuronas a poco que les dejemos, es decir,  periodistas, políticos y economistas, se han esforzado para alcanzar el máximo lucimiento del descojone y el esperpento europeo, que no por ello es menor al que ya estamos acostumbrados la mitad de los españolitos que tenemos cerebro y conciencia a partes iguales. Sobre todo porque, según ellos, las decisiones soberanas son estupideces, y no se puede dejar al pueblo tomar decisiones que corresponden a los políticos (sic). Lo cual corrobora dos sensaciones que los españolitos a los que antes he mencionado ya nos barruntábamos de un tiempo a esta parte. A saber, a) que los políticos no se consideran parte del pueblo, y b) por el mismo motivo, ellos son una élite que sí sabe lo que hace, mientras que el pueblo es idiota irremediable. Que, a fin de cuentas, es lo que en realidad piensan todo el tiempo menos cuando hay elecciones. Entonces no, entonces somos una ciudadanía profundamente madura y espléndidamente responsable, sobre todo si en vez de darles un zapatazo en los morros, les damos nuestro voto.

Todo lo cual me suena a que a todos esos personajes los conceptos de democracia, soberanía popular y estado de derecho se les enredaron en alguna neurona atrófica en su más tierna adolescencia y no han podido procesarlos adecuadamente. Lo cual enlaza, indiscutiblemente, con el hecho fundamental de que la UE es un enorme aparato burocrático, al que el del tercer Reich ni siquiera llegaba a la suela de las sandalias y que justifica plenamente aquel célebre lema del despotismo ilustrado: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Con la circunstancia enojosa de que los déspotas que nos gobiernan han sustituido el primer sustantivo “pueblo” por otro mucho más punzante como “lobby”, que queda como más neoliberal y moderno.

Quien estas líneas escribe, que se considera español a la manera en que los esquimales groenlandeses son considerados daneses; y europeo en la misma medida en que lo es un francófono nativo de la Isla Reunión (es decir, por accidente o por obligación), eso de que nos gobierne una caterva de burócratas lobistas antidemocráticos (y en esos tres adjetivos soy absolutamente literal, así me  cuelguen de la horca) me parece una vergüenza descomunal, sobre todo porque quien osa manifestar el más tímido euroescépticismo resulta ser tildado de facha antediluviano que cuestiona diversos postulados (a estas alturas convertidos en dogma) sobre las bondades de una Gran Europa unida bajo el manto protector del Sacro Imperio Germánico. Cosa que muchos ingleses siempre han visto con enorme suspicacia, porque a fin de cuentas y ciñéndonos a los datos históricos, de Europa les han llovido más desgracias que otra cosa, por más que se empeñen en decirles lo contrario montones de sesudos analistas.

Pero a lo que íbamos. El primer respingo lo di cuando el inefable Toni Cruanyes(1) afirmó, en el clímax de la ufanía, que  “El Reino Unido estaba conmocionado por el triunfo del Brexit”, y se pasó el resto de su indescriptiblemente apocalíptica crónica reiterando lo fatal que se sentían los británicos por haber salido de la UE. Y digo yo que  a) o bien el tipo es imbécil redomado por  mucho que dirija un noticiario por lo demás tan prestigioso como sectario y localista o b) repentinamente  se le fundió un hemisferio cerebral al completo, justo ese que le permitiría contemplar al 52 por ciento de británicos que ganaron el referéndum. Pues me parece que no todos los británicos andan conmocionados dándose topetazos por las esquinas.

A continuación, las autoridades europeas, en una aparición digna de culebrón sudamericano, escenificaron de forma hiperrealista, con Jean-Claude  Juncker en plan estelar, el papel de mujer despechada tras el abandono del novio. Semejantes declaraciones, más propias de una  histérica maruja -cuyo marido la abandona por la peluquera del barrio en vivo y en directo en un reality show- que del presidente (no electo) europeo, demuestran hasta qué punto nuestros mandatarios son vulnerables a las más bajas pasiones humanas. En particular, me encandiló aquel equivalente al “ya que te vas, coge tus trastos y vete enseguida, que no te soporto” que muestran, de manera indudable, el altísimo nivel de estadista del señor Juncker y su cohorte de rebuznadores pseudoeuropeístas, que ven perder parte sustancial del momio del que se sustentan.

Para rematar la faena, los analistas económicos predijeron una debacle sin precedentes de la economía inglesa, que casi me hizo saltar las lágrimas al imaginar a unos famélicos ciudadanos británicos hechos unos zorros zarrapastrosos como en tiempos de Robin Hood, pobres, sólo por el hecho de que los mercados reaccionaron mal los primeros días. Me pregunto cómo podían reaccionar de otra manera aquellos que ven perder un chollo sensacional porque la maldita democracia se lo ha arrebatado de las garras. Les aseguro que he tomado muy buena nota de la cantidad de ominosas barbaridades que han proferido estos días conocidos personajes de la farándula económica (más circense que otra cosa), para dentro de un par de años retomar el hilo de su estupidez, que habrán ido desenrollando como el de Ariadna, y restregarles por sus jetas las imbecilidades que han llegado a aventurar estos días, llevados a) por el natural despecho del abandono pero también b) por el increíblemente profundo y bien provisto bolsillo de quienes pagan su nómina y tienen mucho que perder con el Brexit, que no son precisamente sólo los ciudadanos ingleses. En definitiva, no he encontrado ni uno de esos presuntos expertos al que no se le viera el dobladillo de su interés personal en las especulaciones que han tenido el valor de poner en negro sobre blanco (me temo que para su vergüenza futura). Pues la diferencia entre análisis y especulación es que el primero se fundamenta sobre datos fiables (datos que nadie –nadie- tiene en este momento), mientras que la especulación normalmente se basa en lo que deseamos que suceda.

Y ya puestos, yo también aventuro a decir a que a la Gran Bretaña le irá muy bien, rematadamente bien, porque en primer lugar tienen intacto su sistema financiero y monetario. En segundo lugar porque salir de esta UE les deja un margen de maniobra enorme  político y social. En tercer lugar porque el ticket británico (es decir, su aportación al presupuesto de la UE), pese a ser especialmente favorable a sus intereses, implicaba una aportación neta más que significativa a la UE, y ahora se lo podrán ahorrar. En cuarto lugar, porque otros países no-UE, como Noruega y Suiza, no es que vayan precisamente jodidos y lamentándose por su no pertenencia al club. En quinto lugar, porque como ya se vio con España en 1986 y los que después vinieron, sólo quieren pertenecer a la UE  a) los que pueden chupar del bote, es decir, los pobres y en vías de desarrollo y b) los que pueden manejar el cotarro a sus anchas, es decir, los extremadamente ricos y en posición hegemónica (lo cual resulta de lo más natural, por supuesto).  Curiosamente resulta que Gran Bretaña no se puede encuadrar ni el grupo a) ni en el b), mira por dónde. En sexto lugar, porque van a imponer un control férreo sobre su fronteras y así Bruselas no les podrá decir hasta dónde han de ser solidarios con los inmigrantes (hemos de ser conscientes de que la solidaridad británica nunca ha destacado por ser uno de los puntos fuertes de su cuerpo de virtudes, salvo que implique algún tipo de soberbio negocio colonial). En séptimo lugar, porque los británicos estarán fuera del TTIP, ese tratado transatlántico que pondrá a Europa de rodillas en muchos aspectos frente al grupo de países del NAFTA (USA, Canadá, México). Como que por otra parte el Reino Unido es miembro importantísimo de la Organización Mundial del Comercio (que tambien tiene sus tratados vinculantes) y, además, formará parte de la EFTA (Asociación Europea de Libre Comercio), la conclusión lógica es que estarán integrados en el EEE (Espacio Económico Europeo), al igual que sucede con Islandia y Noruega. Todo lo cual nos lleva, tras el embarazoso sopicaldo de siglas que acabo de plantificar, a que Gran Bretaña disfrutará de todas las ventajas de un Mercado Común europeo y muy pocas de sus desventajas.  Y porque, en octavo y último lugar, lo más fundamental de todo, aparte de viejos anacronismos sobre patrias y banderas y sus simétricos equivalentes en versión moderna sobre la importancia  y fortaleza de una Europa Unida (a la medida de las élites dirigentes), lo fundamental, digo, es que Gran Bretaña va a tener las manos libres para hacer la política económica que le dé la gana, sin que unos señores con acento extraño les digan lo que han de hacer con su presupuesto (2)

Y, ciertamente, también  pronostico (ya puestos, creo tener el mismo derecho que todos los descerebrados que me han precedido) que Londres no va a dejar de ser la capital financiera internacional que es hoy en día. No por fastidiar a sus exsocios europeos, sino porque pese a las apuestas de los despechados a favor de Frankfort como nuevo centro financiero mundial (sic!), resulta que los dineros que mueve Londres (rusos, asiáticos y árabes mayormente)  van a seguir confiando en lo mismo que han confiado siempre. Si tenemos en cuenta que Europa, aunque saque pecho, tiene que pagar el petróleo en dólares, y las importaciones asiáticas  también (y si no lo creen pregúntenle a cualquier empresario importador), la conclusión lógica es que ni  Europa ni el euro pintan tanto ni tan claro como nos quieren hacer creer los bruselinos, que son lo más parecido a un invasor extraterrestre que podamos ver en vivo y en directo. Y es que Europa, en efecto, es un gran mercado, pero nada más. Y eso lo saben en Moscú, Riad y Beijing, y en Londres también, por descontado. Y si no vemos claro el escaso peso político de la UE, recordemos los países balcánicos, primero, y a Ucrania, después.

Así que a lo que hemos asistido estos días es a una especie de conjuro mágico por parte de las fuerzas vivas paneuropeas. O sea, mucha palabrería y unos cuantos fuegos de artificio, como los de esos magos ineptos que describía magistralmente Terry Pratchett en sus humorísticas y corrosivas novelas. La diferencia radica en que esta novela se llama realidad. Y ciertamente hay una conjura. La de los necios.



(1)    Este individuo es un espécimen que habría que conservar en formol para la posteridad por su indudable pericia para presentar los noticiarios allí donde se cueza cualquier cosa, y de paso darse un fin de semana a costa del erario público, como si no se hubiera enterado de que a) allá donde va hay corresponsales de TV3 que pueden cumplir perfectamente su función y b) que hoy en día, con las videoconferencias y todo eso, resulta de lo más pintoresco que un presentador de noticiario se pase el día en el Airbus para endilgarnos su verborrea a los pies del Big Ben o de la torre Eiffel.
(2)    El déficit público británico es de los menores de toda Europa y sus presupuestos, de los más equilibrados. Si quieren saber porqué, los hay que opinan que es debido a que no forman parte de la moneda única ni están sujetos a los imperativos del BCE. Of course.

miércoles, 22 de junio de 2016

Miedo al Brexit

Llega un momento en la vida en que a uno, si es persona dada a la reflexión sensata y procura observar los acontecimientos a través del prisma de la ecuanimidad,  le hace tanta mella el hastío que ni siquiera apetece refutar la sarta de imbecilidades que llegan a pronunciar públicamente políticos de aquí y (por suerte, por aquello del mal de muchos) también de allá. Luchar contra la estupidez humana es como achicar agua de un bote con una pala de playa: un trabajo cuyo único fin es retrasar el hundimiento inevitable si no acude alguien al rescate.

Terry Pratchett, una de las mentes más humorísticamente agudas que dio el siglo XX y a quien supongo descansando en la gloria de su Mundodisco, siempre dijo que lo realmente admirable de la especie humana era el tesón con el que había conseguido hacer de la estupidez una especie de enseña universal y memorable. Vamos, que lo habíamos hecho rematadamente bien, esto de ser estúpidos y encima, regocijarnos por ello. Desde luego, a la cabeza de tanta imbecilidad se posicionan, apelotonados a codazos, los políticos de todo pelaje ansiosos de pasar a la posteridad al precio que sea.

En España tenemos notorios ejemplos, dignos del máximo reconocimiento en esa área, pero en el extranjero no les van a la zaga. Ahora, por fin, se han puesto todos de acuerdo en una especie de pelotón internacional salvapatrias para defender la integridad de la Unión Europea. Alguno incluso debe ciscarse en tanta democracia que permita que un territorio decida, por su cuenta y riesgo, que no le conviene seguir asociado a una pandilla de burócratas explotadores de su peculiar momio, a la par que aduladores de la camarilla que gobierna la cancillería del Reich, y seguramente opinará que sería mucho mejor si los estatutos de la UE (porque llamar Constitución a ese bodrio que pergeñaron en lo que imagino varias noches de desorden etílico sería un grave insulto a la inteligencia) prohibiesen la escisión de ningún asociado so pena de enviarle los tanques para mantener la soberanía nacional y la integridad territorial de la gran Europa. Vamos, que para la legión PPSOE y demás satélites, los de Bruselas deben ser considerados como unos pipiolos que se olvidaron de coser las costuras del odre una vez lleno.

En esto los ingleses, que por su historia de corsarios son más astutos que la mayoría de los continentales, ya se las apañaron para tener hasta hoy una asociación con Europa sui generis, que en realidad les ha permitido durante un montón de años estar pero sin estar. Es decir, básicamente estar para amorrarse al pilón, y no estar para arrimar el hombro como los demás. A mi esta actitud, que se me antoja de lo más clarividente y sensata, siempre me ha parecido de un cínico pragmatismo muy propio de las islas Británicas, por otra parte sumamante admirable, teniendo en cuenta cómo las gastan nuestros padrinos teutones y sus amas de llaves gabachas. Porque en realidad tienen toda la razón del mundo quienes, con exquisita educación británica, claman para que les dejen de mangonear unos señores  de Bruselas con terno y maletín, que lo único que hacen es favorecer a sus propias entidades financieras mientras pretenden estrangular toda disidencia económica bajo el paraguas de una ortodoxia que nadie sabe del todo para que sirve, salvo para haber prolongado la crisis unos cuantos años más de lo necesario (los justos para sanear las cuentas de los amigos banqueros y demás copropietarios de los llamados mercados).

En resumen, que la campaña del Brexit se ha puesto en plan apocalíptico, tratando de evitar por todos los medios que los políticos británicos tengan que hacer lo que su pueblo desea en el fondo: que Europa les deje en paz por la vía de plantar ellos a Europa. Y, por supuesto, la mejor manera de no hacer lo que el pueblo desea es  poner en práctica la misma retahíla de estupideces Marianas que llevamos oyendo en España durante estos seis meses de campaña electoral permanente. Es decir, acusar al contrario de radical revolucionario, peligroso populista, extremista irracional y motherfucker empedernido. En resumen, lo que siempre ha hecho la derecha para acojonar al personal; meter el miedo en campaña en modo diluvio artillero sobre los estupefactos británicos de a pie.

Esto recuerda mucho al cisco de Cataluña con España, que al parecer supondría un grave quebranto sólo para los catalanes, pasando de puntillas sobre la catástrofe que representaría para España, que es de lo que en el fondo se trata. Y en Europa igual. Pese a las concesiones hechas al reino Unido durante toda la existencia de la CEE primero, y de la UE después, el Brexit sería una catástrofe de magnitud incomparable para los bruselinos en mucha mayor medida que para los británicos, sobre todo porque aquellos siguen teniendo las llaves maestras de dos cosas que ningún estado con dos dedos de cerebro debería ceder jamás: su moneda y un sistema financiero independiente.

Porque no nos llamemos a engaño: Europa se ha construido rematadamente mal.  No se puede ir a una moneda y banco central únicos si no existe previamente un acuerdo para una unión política y fiscal efectiva. Pasamos de un mercado común (cosa que estaba muy bien) a una unión en la que la cesión de soberanía por los países miembros se ha traducido en una disciplina sadomasoquista que es cuestionada por muchísimos de los expertos internacionales en la materia (en la medida que pueda llamarse experto a un señor que la pifia dos de cada tres veces que pronostica algo). Y si algo es cierto es que es rematadamente estúpido hacer unos Estados Unidos de Europa sólo para algunas cosas, precisamente las que más libertad de acción económica restan a los estados miembros, mientras que todo lo demás está en el aire. Cualquier mente algo más sagaz que la de un insecto se percatará de  que esa unión monetaria favorece exclusivamente al sistema financiero, pero deja mucho que desear en cuanto a las políticas sociales de los estados miembros, obligados a pasar por el tubo de una ortodoxia económica que, de nuevo, sólo beneficia a unas élites muy concretas.

Al final, la campaña del Brexit se ha desaguado por la cloaca del miedo cerval, y los escenarios que nos están dibujando estos últimos días vienen a ser como los de Europa justo tras el final dela segunda guerra mundial, sumada a una invasión de monstruos extraterrestres. Realmente espectacular resulta el nivel de especulación gratuito y malsano sobre las consecuencias del Brexit, cuando en realidad es prácticamente imposible siquiera esbozar cual sería el resultado a medio plazo de esa secesión para británicos y continentales.  No tienen ni puñetera idea, porque es imposible efectuar una simulación meramente indicativa de los procesos que tendrían lugar. Y como son conscientes de ello, los políticos juegan la carta del pánico a lo invisible e indemostrable. Un pánico que puede ser muy contagioso y efectivo, como ya demostró Orson Welles en su célebre alocución radiofónica sobre la invasión marciana de los años cuarenta.

La ventaja de especular sobre lo que es totalmente insondable (por mucho vestido pseudocientífico que quiera ponérsele) es que nadie puede demostrar lo contrario, por lo que cualquier escenario es válido a priori. En ese sentido, las campañas del miedo suelen ser muy efectivas, porque ante lo desconocido, los humanos solemos ser muy cobardicas, y si eso desconocido se dibuja como una monstruosidad capaz de engullirnos sin dejar rastro, suelen reaccionar poniendo gallardamente los pies en polvorosa después de haberse cagado convenientemente en los calzones. Y eso está en el manual básico de estilo de todo aspirante a político: cuando no puedas convencerlos por la vía racional, haz que tiemblen de espanto hasta los difuntos en sus cementerios.

Sólo por eso, merecen todos mis respetos los partidarios del Brexit. Por hacer frente a una campaña maliciosa, perversa y saturada de inexactitudes, falsedades e invenciones especulativas. Al menos son valientes frente a la incertidumbre, y son certeros en un cosa: esta Europa no es buena y nos manipula en interés de unos pocos. Muchos de nosotros, sin ser británicos, tampoco la queremos así.

jueves, 16 de junio de 2016

La seguridad europea


Para debates estériles, el de la seguridad en la Euro 2016, pues hablar de seguridad total en la Eurocopa resulta de lo más pueril, porque la seguridad interna –incluso en el Tercer Reich o en la Rusia soviética- jamás puede ser absoluta.  A lo más que puede aspirarse es a tender a ella como límite teórico, pero de forma análoga a lo que ocurre con la temperatura, cuyo cero absoluto existe pero resulta inalcanzable. Para los fans del conocimiento científico, a lo más frío que hemos llegado es a -273,144 grados centígrados, como quien dice a un pasito del cero absoluto, aun así totalmente inalcanzable por razones termodinámicas. En lo que hay que incidir es en el coste de alcanzar semejante friolera, que es astronómico en términos energéticos, y además no sostenible por largos períodos de tiempo.

La analogía de la seguridad con la consecución del cero absoluto no es una frivolidad, pues tiene muchísimas semejanzas. La primera es que la seguridad absoluta existe sólo como concepto teórico. La segunda es que el coste de alcanzar algo parecido a la seguridad total es enorme, tanto en términos económicos como en el de restricción de derechos fundamentales. Actualmente, una buena dotación policial se considera alrededor de un policía por cada trescientos o cuatrocientos ciudadanos, según los estados (con un máximo de uno cada doscientos y pico en los estados del sur -como España-, hasta uno cada quinientos en los estados escandinavos. Que cada uno saque sus propias conclusiones sobre la idiosincrasia de cada país). Obviamente, los estados policiales tienen mucha mayor dotación de cuerpos de seguridad interna, a los que hay que sumar los miles de confidentes y delatores civiles. Pero en un estado democrático, los límites de los costes y beneficios de dotarse de cuerpos de seguridad muy nutridos no permiten incrementar las dotaciones policiales de forma sustancial sin causar un grave desequilibrio presupuestario y un coste inasumible en relación con el PIB nacional.

Por ejemplo, Francia, con un policía por cada doscientos cincuenta habitantes, está cerca del límite máximo sostenible de cuerpos de seguridad por habitante. La seguridad total, con los tiempos que corren, requeriría aumentar esa dotación a como mínimo un policía por cada cien habitantes, lo que resultaría tan inasumible como que, en realidad, se necesitarían más de seiscientos mil miembros de las fuerzas de seguridad internas, más todo el aparato logístico para mantenerlos operativos. Una barbaridad, se mire como se mire.

Hay quien arguye que las tecnologías modernas permiten la sustitución de policías humanos por máquinas de vigilancia y seguimiento. Pero eso es un craso error, porque esas máquinas necesitan quien las maneje y (sobre todo) quien analice los resultados, y eso nos lleva a organizaciones como la NSA norteamericana, que en todos los sentidos es un monstruo, y desde luego en el de personal lo es de forma significativa, con sus más de cuarenta mil empleados y sus diez mil millones de euros de presupuesto estimado. Aparte de esa consideración, la presencia policial clásica en la calle es fundamental, por mucha tecnología que quiera utilizarse, pues muchos olvidan que las tecnologías benefician por igual a los chicos  buenos y a los malos de la película. Y en muchas ocasiones más a estos últimos que a los primeros, de modo que además de estar, hay que conseguir que te vean uniformado y ataviado como un terminator para poder tener un cierto efecto disuasorio.

Pero es que, además, hay otro factor que juega en contra de la baza tecnológica policial,  ya que, como cada vez demuestran más las acciones del yihadismo, se están usando a muchos individuos dormidos, que actúan por su cuenta y riesgo, con poca o ninguna estructura jerárquica y aún menor comunicación y coordinación entre grupos. Y por encima de todo, se vuelve al uso de sistemas pretecnológicos que no pueden ser fácilmente rastreados. Sólo a modo de ejemplo, si los servicios de inteligencia utilizan medios de escucha y seguimiento sofisticadísimos, pero el presunto sospechoso emplea palomas mensajeras para sus comunicaciones, mal servicio podrá hacer tanta tecnología para interceptar sus comunicaciones. Si además, el terrorista de turno tiene libertad total de actuación, y actúa como una célula individual (como en los últimos atentados en Francia), su localización y seguimiento pueden ser complicadísimos.

Los líderes del yihadismo son tan sanguinarios como inteligentes. Utilizan una astuta combinación de tecnologías modernas de captación (redes sociales, medios de comunicación sofisticados) con métodos milenarios de acción (sujetos durmientes, agentes encubiertos, agentes libres con autonomía para actuar, restricción de uso de la telefonía móvil en las comunicaciones) que les permiten causar mucho daño con escasas pérdidas y a bajo coste. Y sobre todo, con una facilidad extraordinaria de reestructuración de sus células operativas. Aparte de un hecho que no se escapa a nadie que haya trabajado mínimamente en este tipo de operaciones: es muy fácil saturar las defensas enemigas mediante un sistema masivo de señuelos, para tener entretenida a la policía en múltiples frentes sin que se sepa cuáles de ellos son callejones sin salida, o a lo sumo premios menores, mientras la célula fundamental se prepara tranquilamente para dar el gran golpe en el corazón de Europa.

Hace ya mucho tiempo que vengo afirmando –y los hechos me dan la razón- que la guerra del yihadismo contra occidente es una guerra esencialmente económica y de derechos humanos. La yihad no pretende conquistar Europa de la manera tradicional, sino conseguir que nuestro sistema se pervierta hasta convertirlo en un Gran Hermano opresivo, asfixiante y carísimo, que conduzca, por un lado, a la práctica eliminación de los derechos fundamentales constitucionales en toda la Unión Europea; y por otra parte, a una asfixia económica parecida a la que pretendió Ronald Reagan con su iniciativa de defensa estratégica frente a la URSS (con notable éxito, por cierto). Obligar al contrario a invertir más de lo conveniente en defenderse es una manera como cualquier otra de derrotarle; si además se consigue derribar el edificio constitucional sobre el que se asienta la sociedad atacada, pues miel sobre hojuelas.

Así que los que braman contra el gobierno francés por los fallos de seguridad en la Eurocopa, le están haciendo el caldo gordo al yihadismo internacional, porque la única solución sería poner dos o trescientos mil policías en la calle, o sea, a más que el total de los cuerpos de seguridad franceses en este momento. Es decir, habría que sacar también al ejército a la calle, con sus tanques y todo. Y no creo que la patria de la democracia europea moderna no se fuera a resentir hasta los cimientos por ello. Porque cuando se saca al ejército a patrullar, es el reconocimiento absoluto de que se está en guerra. Y de que no se está ganando, precisamente : lo siguiente es el estado de excepción y el toque de queda.

Yo no sé qué opinarán los lectores, pero personalmente me parece que prefiero el riesgo de un grado de inseguridad aceptable a tener que recluirme en casa a las nueve de la noche, o a pasear por los Campos Elíseos bajo la atenta y torva mirada de un tanquista encaramado en su torreta. Lo cual puede dar mucha imagen de haber convertido el país en una fortaleza (o más bien, en un batallón disciplinario), aunque siempre seguirán existiendo vulnerabilidades. Es una cuestión de mera entropía, algo que sin tener ni la menor idea de física, los guerrilleros españoles de las guerras napoleónicas descubrieron y aplicaron con tanto ahínco como éxito hace más de dos siglos contra las tropas del emperador francés.

Los fanáticos al estilo Trump no entienden que, en una trasposición sociológica del concepto, todo sistema tiende a aumentar su entropía hacia el máximo. Y que podemos definir la entropía sociológica como la relación entre el número de formas que puede adoptar un sistema cuando se desordena respecto a los modos que tiene de ser ordenado. Un vaso de cristal sólo tiene una forma de mantenerse íntegro, pero hay millones de formas en las que se puede romper. Por eso, es muy fácil romper un vaso, y en cambio es totalmente imposible reconstruirlo a partir de sus pedazos. Del mismo modo, una sociedad puede ser atacada de muchas más maneras que defendida. Por mucho que avance la tecnología y por mucho empeño que se ponga, siempre habrá más formas de agredir a una sociedad que de defenderla (sin destruir su esencia). Es una cuestión de límites como el del cero absoluto: cuanto más acercamos, más nos cuesta y mayor es el precio que pagamos en términos económicos y de libertades.

Es decir, y en eso es lo único en lo que tienen razón los fundamentalistas de la defensa absoluta, la única opción de aproximarnos a la seguridad total consiste en convertir a Europa en un estado policial. Semejante catenaccio interior nos llevaría finalmente a una dictadura similar que las que gobernaron Europa a mediados del siglo XX, algo a lo que ya se acercaron peligrosamente en estados Unidos con su Patriot Act y la iniciativa de la Homeland Security, con sus casi doscientos cincuenta mil empleados, fuertemente criticadas por la intelectualidad liberal por su deriva autoritaria y de supresión de garantías civiles. Y tampoco les ha servido para blindar el país contra quienes están dispuestos a atentar.

La protección total es una ingenuidad infantil, pues la libertad implica riesgos. Aunque a lo mejor  muchos preferirían vivir en un paraíso de tranquilidad interior. Como Corea del Norte.

jueves, 9 de junio de 2016

Venezuela, la excusa

Parece mentira lo poco que conocemos Venezuela. Y lo poquísimo que nos ha importado históricamente. Especialmente, a los líderes políticos españoles, que parecen no haber estudiado más historia venezolana que la que se refiere a la revolución bolivariana y el chavismo que surgió con ella a partir de 1999. Lo cual demuestra un grave analfabetismo político, una desfachatez suma, o más probablemente, la suma de ambas cosas.

Sucede que el discurrir histórico de Venezuela desde el final de la segunda guerra mundial no es que haya sido precisamente un paseo triunfal sobre un camino orlado de rosas. Ni mucho menos: desde los tiempos de Marcos Pérez, los gobiernos autoritarios y corruptos se han sucedido casi sin interrupción. De 1974 a 1999, los presidentes Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera, Jaime Lusinchi y Rafael Caldera han sido un claro ejemplo de ineptitud en lo económico y de desvergüenza en la corrupción. Esos veinticinco años crearon el ambiente propicio para la revolución bolivariana, pues siendo Venezuela un país rico en materias primas, era uno de los que tenía mayores índices de desigualdad entre sus ciudadanos.

El problema de la historia contada por políticos no es que aparezca sesgada, sino que se ofrece en porciones independientes para consumo de idiotas, con lo cual es más fácil disfrazar las adulteraciones. Venezuela era caldo de cultivo revolucionario desde hacía muchos años, y lo mismo hubiera sucedido en España si durante dos décadas no se hubiera hecho el menor gesto para acabar con la corrupción y la desigualdad rampantes que vivía el país caribeño. Así que, visto desde una perspectiva amplia y no sesgada ideológicamente (¿verdad, señores Rajoy, Rivera y cohortes?) lo extraño es que los autodenominados demócratas venezolanos de hoy sean los herederos directos de aquellas élites que se enriquecieron pasmosamente durante los años de plomo para el pueblo venezolano, mientras el petróleo hinchaba las arcas del estado y los bolsillos de las oligarquías cuyos hijos y nietos ahora se presentan como adalides de la democracia.

Esto es lo que suele pasar cuando un país (como sucedió con la transición Española) no hace una ruptura drástica y definitiva con su pasado político. Hay que entender que la derecha latinoamericana autoproclamada democrática suele tener unos tintes mucho más reaccionarios que sus equivalentes europeas, sobre todo porque está alentada y sostenida por el amigo americano, para quien cualquiera que se sitúe ligeramente más a la izquierda del neoliberalismo más extremo es un peligroso radical comunistoide que no hay que contener, sino exterminar. Por cierto, eso es lo que los EEUU estuvieron haciendo en el cono Sur hasta los años noventa sin el menor rubor. Y sin ninguna protesta de estos demócratas venezolanos de nuevo cuño que ahora braman por las calles de Madrid.

Por otra parte, aludir al "fracaso" de la revolución venezolana es tener mucha mala idea y menor conciencia. En realidad es un agravio a cualquier inteligencia mediana, porque si no se hubieran conjurado los ataques indisimulados de Estados Unidos y sus socios con la crisis (provocada) del precio del petróleo es más que factible que la propuesta social chavista hubiera salido adelante sin demasiados problemas. Como ya vimos en el caso de Cuba, es muy fácil acorralar a un país durante decenios, estrangularlo económicamente y luego aducir que todos los males son provocados por esos rojos de mierda que lo gobiernan, cuando en realidad, si se les hubiera permitido desarrollar dignamente sus  programas, es más que posible que hoy en día estuviéramos hablando de otro modo, tanto de Cuba como de Venezuela. Cuando le haces la vida imposible a alguien y tienes la sartén mundial por el mango, no te extrañe que a) se torne en un perro rabioso y b) que tus predicciones sobre su fracaso se cumplan. Nos ha jodido, el profeta Perogrullo.

No debemos olvidar que la mejor manera de radicalizar a cualquier ser viviente (y los humanos no somos una excepción) es acorralarlo hasta la asfixia económica y social, mientras el aparato mediático se dedica a machacar continuamente sobre las maldades intrínsecas del régimen. En fin, todo depende del color con que se miran las cosas, pero son muchos a quienes conozco  los que opinan que USA es un estado más policial que Venezuela, y que trata a los disidentes de formas  no muy distintas. Más sofisticadas, sí; pero diferentes, en absoluto. También tiene su gracia que el adalid de la democracia mundial tenga un sistema penitenciario tan obtusamente opaco que permita atrocidades como el penal de Guantánamo y luego hable de los presos políticos de Venezuela, que por cierto, son bastantes menos que los encerrados a cal y canto en la célebre prisión estadounidense.

Como también sorprende que un régimen tan autoritario y feroz como el de China sea llevado entre algodones por los mismos que critican al incompetente y paranoico de Maduro (que ciertamente lo es, lo cual no invalida el argumento principal de esta entrada). Por ahí asoma el viso de la maldad bajo la falda de la democracia americana (y española), al utilizar descaradamente raseros opuestos en función de las conveniencias geoestratégicas. O sea, que en el fondo importan mucho menos unos cuantos millones de chinos que unos miles de venezolanos bien venidos a mal, porque hacen cola en los supermercados desabastecidos (de acuerdo, exagero, pero es para poner el justo contrapeso a las imbecilidades de nuestro centro(?)derecha nacional).

Pero si nos centramos en nuestro hispano terruño, lo que más vergüenza produce es la utilización descaradamente electoral de los males que aquejan al pueblo venezolano por parte del PP y Ciudadanos. Que yo sepa, jamás han armado tanto alboroto por lo que sucede en un socio europeo como Ucrania (que es un paraíso de fachas y corruptos), o el eterno aspirante a ingresar en la UE, Turquía (un paraíso de machistas islamistas disfrazados de Burberrys), puesto que lo de Venezuela es una comedia ligera comparado con lo que allí sucede.  En definitiva, es una vergüenza nacional que la única forma que se les ocurre de atacar a Podemos sea por sus vínculos con Venezuela, un país que, salvando sus históricos lazos con las Canarias, nunca ha contado para la España política y sociológica más que Guinea Ecuatorial, por un decir. Y eso que Guinea fue provincia española hasta los años setenta.

Y puestos a recordar, y ya que he mencionado a Guinea, ni Rajoy ni Rivera parecen reprobar que siendo más española que Venezuela, nunca haya conocido régimen democrático desde su independencia. Vamos, que los dictadores Macías y Obiang no eran tan malvados como Chaves y Maduro, al parecer de estos señores tan moderados que nos piden su voto para mantenernos en la senda de la estabilidad y la recuperación económica. Y eso que casi todos los españoles que allí residían tuvieron que poner los pies en polvorosa a las primeras de cambio. Y que cuarenta años después  Guinea Ecuatorial sigue siendo uno de los regímenes más sangrientamente antidemocráticos del mundo.

Y  es que, no nos engañemos, en realidad Venezuela importa un comino, salvo para intentar machacar a Podemos y quitarle la alfombra y el suelo electoral que hay bajo ella. Pero de lo que deberíamos tomar nota, con independencia de nuestro voto, es de cuan zafios y ruines son quienes se presentan como defensores de las libertades venezolanas mientras aquí no han movido un dedo para acortar las desigualdades económicas y la destrucción del estado del bienestar, que es de lo que se trata de solventar en las próximas elecciones. Alto y claro, lo que en el fondo dicen los líderes del PP y Ciudadanos cuando atacan a Pablo Iglesias por ser “bolivariano” es que lo que pretende Podemos es quitar dinero a los de siempre y repartirlo de otro modo.  Y a mi me parece que muchos millones de españoles tienen muy presente que, más que seguir creciendo y recuperando la economía (para que al final acabe recayendo de nuevo y causando otro holocausto económico para las víctimas de siempre) lo que toca es repartir mejor el PIB del país.

Claro que para el PP y Ciudadanos, pretender repartir mejor la riqueza nacional es equivalente a populismo, demagogia y chavismo extremista, no sea que se les enfaden los señores de la gran banca y de las todopoderosas escuelas de negocios patrias. A lo que se ve, según los adalides de nuestro centro(?)derecha, lo único que no es demagógico es usar la cuestión venezolana para "salvar" a España del peligro rojo. Y es que los hay que los tienen como el caballo de Espartero. 

miércoles, 1 de junio de 2016

Los Refugiados

La crisis de los refugiados en Europa se está gestionando de forma desastrosa. Los poderes públicos están atenazados entre una ola de xenofobia al estilo “Santiago y cierra España”–comprensible, teniendo en cuenta que las oleadas migratorias que tienen lugar en tiempos de crisis sistémica de una sociedad nunca van a ser bien recibidas por gran parte de la población- y otra ola de buenismo neoprogre redentorista -pero desenfocado, porque incluso en situaciones de bonanza no es posible acoger por las buenas a todo el que se presente en nuestras fronteras- que pretende una apertura de puertas ilimitada. Consideraciones de orden electoral llevan a la mayoría de gobiernos a adoptar una actitud que pretende ser prudente, pero que sólo es pusilánime, y que, a fin de cuentas, resulta insostenible, porque no se puede estar en la procesión y andar repicando al mismo tiempo. Las instituciones europeas también van a la deriva en este asunto, amordazadas por los sobresaltos nacionales de los diversos estados de la Unión Europea.

Y es que, objetivamente, la crisis de los refugiados va a tener un coste electoral para todos y cada uno de los gobiernos europeos, con la notable excepción de España, que  ha quedado momentáneamente al margen del tsunami migratorio generalizado que llega a Europa desde Turquía y Libia, principalmente. Un coste ineludible, porque la ciudadanía oscila entre el temor más que justificado a la posibilidad de que los inmigrantes vengan a significar más recortes salariales y de protección social a un estado de bienestar ya bastante maltrecho hoy por hoy (y que, cómo no, acabarán pagando las agotadísimas clases medias europeas), y otro temor, puesto de manifiesto por los activistas de izquierdas y pro derechos humanos, de que el cierre de fronteras implicará un recorte brutal de los derechos humanos en la vieja Europa. Así pues, entre el miedo a la pérdida de bienestar y el miedo a la pérdida de derechos, la otrora rica y acogedora Europa se retuerce como una serpiente que se muerde a si misma continuamente de una forma que no podemos permitirnos el lujo de prolongar indefinidamente, porque eso sí que nos traerá una quiebra social de magnitud insondable.

Y es que unos y otros, xenófobos ultras y progres buenistas, se equivocan de cabo a rabo, y con sus posturas maximalistas arrastran y nublan el juicio de nuestros líderes políticos, que ya no saben cómo deshacer el ovillo de contradicciones en el que llevan ya unos cuantos años enredados. Porque la cuestión radica en que, como es bien conocido, el tráfico de personas es un negocio sensacional, inmenso y con un margen de beneficios incomparable, sostenido con un riesgo mínimo. Actualmente, el tráfico ilegal de personas  representa mayor volumen económico que el de drogas o el de armas a nivel mundial, y todo en él es dinero negro, de una opacidad extrema, y del que una parte considerable se está reinvirtiendo en compra de armas y en actividades relacionadas con la yihad.

La cuestión es que hace solo unos pocos años, el tráfico de personas, aún siendo un gran negocio, no había adquirido ese liderazgo de la vergüenza humana que ostenta hoy en día. Y si ha ocurrido es por falta de previsión o, peor aún, por una ceguera política voluntaria que da la razón al gran Saramago cuando en su Ensayo sobre la Ceguera dice: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven». Y es que hay que ser muy corto de vista para no apreciar que el reguero de muertes y sufrimiento que traen consigo los refugiados no acabará nunca si no se toman medidas drásticas contra quienes se están enriqueciendo de una forma indecente y brutal a costa de la vida de muchos inocentes y de la estabilidad de las sociedades democráticas europeas.

Tampoco son ajenos a esta debacle los regímenes musulmanes del mundo entero. A fin de cuentas, el éxodo interminable de personas hacia Europa está compuesto en el cien por cien de los casos de musulmanes, sin que hasta el momento hayamos visto nacer una política de acogimiento en Arabia Saudí o Qatar, por poner un par de ejemplos notables de países con poderosos recursos económicos y, por descontado, mucha mayor afinidad cultural y social por sus “hermanos” sirios que las naciones europeas. Lo cual, ya con la mosca zumbando persistentemente detrás de la oreja, le lleva a uno a preguntarse cómo es posible que no haya surgido una sola voz en el escenario internacional reclamando mayor implicación de las naciones musulmanas en la resolución de la crisis humana desatada en Siria, Iraq y Afganistán. Parece como si todo estuviera organizado de modo que el peso de este desastre la asuman Merkel y compañía, en cuyo caso a muchos europeos nos gustaría saber por qué.

Como también nos gustaría saber por qué no se actúa “manu militari” contra las mafias que trafican con vidas humanas, ahora que ya hemos visto los extremos de crueldad a los que pueden llegar (como cortar las amarras de un pesquero sin motor  anegado de agua con cientos de mujeres y niños a bordo para dejarlos morir en el mar). Y es que me tienta pensar -hasta un total convencimiento- que a los poderes económicos mundiales les cuadran mejor las cuentas cuando los que sufren son los refugiados y los ciudadanos de los países que los acogen forzosamente, que no enviar a sus ejércitos -que para eso están o deberían estar- para ajustarles las cuentas a las grandes mafias de traficantes, que a su vez están directamente conectadas con el yihadismo y otras actividades más o menos violentas de desestabilización internacional.

O tal vez es que los mismos que con una mano atizan el fuego de la xenofobia son los que se benefician, directa o indirectamente, del enorme flujo de dinero procedente del tráfico de personas, en cuyo caso alguien haría bien en procurar desenmascararlos, en vez de tratar de vender a la ciudadanía europea la infumable solución de que aquí hay sitio para todos, deleznable eufemismo para significar que lo que hay para todos, a este paso, es un reparto equitativo de la miseria y un incremento de las desigualdades sociales y económicas. Eso sin contar que tanta inmigración masiva favorece, como ya sucedió en USA con los “espaldas mojadas”, nuevas formas de esclavitud laboral y social, y un empeoramiento de las condiciones generales de trabajo y de vida del conjunto de la población. O sea, un “fucking disaster”, que diría el bueno de Trump, cuyo lenguaje soez y populachero no desacredita un malestar de fondo de gran parte de la sociedad norteamericana a la que le dicen –como a la europea- que hay que ser más solidarios y receptivos, mientras las grandes fortunas se siguen encaramando hacia el olimpo de unos dioses que jamás habrían soñado con tanta riqueza (y concentrada en tan pocas manos).

Porque a fin de cuentas, lo que joroba a la gente normal y corriente no es hacer sacrificios para hacer un poco de sitio a los cientos de miles de inmigrantes recién llegados, sino que eso sea a costa exclusivamente de las clases populares, cada vez más encorsetadas y oprimidas entre unas paredes asfixiantes, levantadas por nuestros políticos con tan escaso acierto como inteligencia.Y es que parece que la lucha por los derechos humanos de unos deba ser a costa de los tan duramente conseguidos en decenios de lucha política y sindical de otros. 

O sea, la vieja historia del engaño y la mixtificación que ahora ya revientan las costuras del disfraz. Y luego nuestros líderes se quejan de la deriva radical de izquierdas y derechas que está experimentando el continente. Populismo, le llaman, sin asumir ni por un instante que todo se debe a su desidia e incompetencia.


miércoles, 25 de mayo de 2016

El cambio de paradigma

El progreso real sólo se da cuando existe un cambio de paradigma. Los avances tecnológicos sin cambio de paradigma se pueden representar históricamente como “progreso”, pero en realidad son meras evoluciones poco trascendentes (desde el punto de vista conceptual) del paradigma preexistente. Esto último, un tanto farragoso, viene a ser un poco como las sucesivas versiones de un mismo modelo de vehículo: esencialmente siguen siendo lo mismo, por muchos gadgets presuntamente novedosos que vayan sumando versión tras versión.

Los cambios de paradigma son, más que evoluciones suaves, grandes saltos debidos a mutaciones afortunadas del orden tecnológico, que influyen de una manera general y permanente en la sociedad. Muchas veces son imprevisibles, aunque la tecnología que los permite ya esté ahí presente, aunque en forma embrionaria. Uno de los casos más evidentes se dio con la informática, cuando el mismísimo Bill Gates afirmó en 1981 que 640Kb de memoria deberían ser suficientes para todo el mundo. Una afirmación remachada once años después por su propia compañía durante el lanzamiento de Windows NT. Por aquel entonces estaban convencidos que 2 Gb de RAM era más de lo que cualquier aplicación podría requerir jamás. Retomaré esta cuestión más adelante para explicar el meollo de este post.

El problema del progreso tecnológico es que mucho de lo que nos presentan como tal no lo es, sino una mera puesta al día de tecnologías vetustas. Por ejemplo, la rueda de un Ferrari F40 no difiere conceptualmente de una rueda neolítica de madera. Eso no es progreso, sino evolución tecnológica. Progreso sería la invención y utilización masiva de un medio radicalmente distinto para sustentar vehículos por las carreteras, como por ejemplo, un sistema de colchón de aire que resultara barato, eficiente y seguro. Ahí tendríamos un cambio de paradigma más que evidente, al menos para los vehículos automóviles que se desplazan a ras de tierra. Sin embargo, existen otros paradigmas de nivel superior que dejarían al anterior fuera de combate, como por ejemplo, el diseño de un sistema de transporte privado que pudiera ser tan masivo como el coche de turismo, pero que fuera volador, con lo que las carreteras –tal como las conocemos hoy en día- quedarían un poco como  los caminos de carro actuales: de uso por excursionistas y nostálgicos de los viejos medios de locomoción.

Lo que está bastante claro dentro de este conjunto de paradigmas sucesivos y a veces anidados como muñecas rusas, en el que cada uno de ellos dinamita la utilidad práctica del anterior, es que su extensión planetaria tiene una influencia enorme y permanente en la conducta y hábitos sociales. Por el contrario, todo aquello que, por muy ultratecnológico que aparente ser, no borre del mapa la tecnología de la que procede, es que no constituye una forma de progreso real, sino que en la mayoría de las ocasiones constituye una mera estrategia empresarial destinada a equilibrar balances y estimular el consumo, sin aportar ningún cambio significativo en el modo de vida de sus usuarios. Resulta obvio que no es muy distinto -desde el punto de vista social- viajar en un turismo de hace cincuenta años y uno actual, si dejamos de lado las limitaciones mecánicas y de repuestos.

Evolución automovilística e informática son dos claros contraejemplos mutuos de lo que es y no es un cambio de paradigma. Como dijo con no poca ironía Robert Cringely, si la industria automovilística hubiera seguido el mismo desarrollo que los ordenadores, un Rolls-Royce costaría hoy 100 dólares, circularía un millón de millas con 3,7 litros y explotaría una vez al año, eliminando a todo el que estuviera dentro en ese momento. Lo cual sí habría resultado en un cambio de paradigma monstruosamente nefasto (aunque el Rolls no explotara una vez al año; dejo al lector que saque sus conclusiones al respecto). De modo que todo este preámbulo tiene mucho que ver con dejar sentado que muchas de las noticias que en las revistas divulgativas y los medios pseudocientíficos presentan como “progreso” están sumamente alejadas de lo que entiendo como Progreso (insisto en el adjetivo “tecnológico”). Concluyo: el genuino progreso significa siempre un salto, más que una tendencia. Un salto que se manifiesta en una modificación revolucionaria de los hábitos sociales.

Retomando las muy erróneas predicciones de los gurús de la informática de los primeros años ochenta, resulta que el siguiente cambio de paradigma en la informática vendrá de la mano de tecnologías hoy en día inexistentes, salvo a nivel experimental. Sucederá a lo largo de las próximas décadas, seguramente en los próximos cincuenta años, pero será tan radical que dejará toda nuestra tecnología de proceso de datos totalmente obsoleta. Se llama computación cuántica y para ello recurre no a los bits, sino a los qubits, y se fundamenta en los estados superpuestos de la materia que rigen el infinitesimal mundo de la mecánica cuántica. Sin entrar en detalles, lo que la computación cuántica permitirá a un solo ordenador equivaldrá a la potencia de miles de ordenadores conectados en paralelo simultáneamente. Es decir, la velocidad y capacidad de cómputo será en pocas décadas varios órdenes de magnitud superior a la que tenemos actualmente.

Las implicaciones de este cambio son enormes. No es como pasar del seiscientos al Ferrari F40. Vendrá a ser como pasar de la bicicleta al Airbus en muy poco tiempo. Y eso tendrá unas repercusiones sociales de tal magnitud que no podemos sino empezar a imaginarlas, porque darán un vuelco radical a nuestra forma de vivir (eso si antes no hemos dado nosotros el vuelco definitivo y nos hemos borrado como especie dominante del planeta, que eso sí sería un cambio de paradigma notable).  Voy a centrarme sólo en una de ellas, que puede tener unas consecuencias tremendamente negativas para la economía de muchos países. Y, bien mirado, España sería uno de ellos.

Hoy en día, la realidad virtual ha dejado de ser una hipótesis de ciencia ficción, y se está colando a gran velocidad en nuestros hogares, sobre todo en el ámbito de los videojuegos, pero también en muchas otras aplicaciones  de carácter profesional, como los simuladores. La computación cuántica hará posible que la realidad virtual se convierta en un estándar en muchos campos. La enorme potencia de cálculo de los ordenadores cuánticos permitirá simular con absoluto realismo casi cualquier entorno complejo, hasta el punto de que para el observador podría llegar a ser prácticamente indistinguible la copia del original, al menos en los aspectos visuales y geoespaciales. Así que nos encontraremos en el escenario que más o menos proponía el tan  genial como inestable Philip K. Dick en 1966, en cuyo relato “Podemos Recordarlo Todo para Usted” (y que posteriormente fue adaptado como la célebre película “Desafío Total”de Paul Verhoeven), se sugería una forma de turismo francamente curiosa, basada en la inyección de falsos recuerdos en la mente de los clientes. Dando un paso al lado, la realidad virtual generada por computación cuántica permitirá tener experiencias turísticas de viajes sumamente realistas a los clientes que, pagando un módico precio, quieran visitar el Taj Mahal sin moverse de la ciudad en la que residan. Con muchas ventajas añadidas para ese colectivo, más bien ovino, que englobamos en el difuso concepto de “turismo de masas”, y que se desplaza a toda velocidad por las principales urbes del planeta disparando fotos a diestro y siniestro y sin permanecer más de doce horas seguidas en el mismo lugar.

Obviamente, el viajero –que no turista- abdicará de semejante herejía, dispuesto a sentir en realidad el trajín del gusto por el viaje. Pero no nos engañemos, una realidad virtual lo suficientemente poderosa cautivará a muchísima clientela de las agencias de viajes, y podemos apostar a que los ordenadores cuánticos serán tan potentes que dejarán a la mayoría con la sensación de no saber si han estado o no realmente en Bombay, por un decir (para hacernos una idea somera de la potencia de cálculo de la computación cuántica, baste decir que los expertos en criptografía prevén que habrá que modificar todos los conceptos sobre seguridad informática, porque los sistema de cifrado más sofisticados de la actualidad serán absolutamente vulnerables a cualquier operación de ruptura de contraseñas y códigos).

La consecuencia a medio plazo es que toda la industria turística se verá muy seriamente afectada por la aparición masiva de la computación cuántica. Teniendo en cuenta los millones de puestos de trabajo directos (más otros tantos indirectos) que maneja el turismo a nivel mundial, los países con una gran dependencia del turismo en el PIB van a tener serios problemas para cuadrar su balanza de pagos. En España, el sector turístico representa más del 11 por ciento del PIB y del empleo total. Una caída de dichos porcentajes sólo a la mitad sería una catástrofe sin precedentes, que vendría a representar una pérdida de más de sesenta mil millones de euros de ingresos anuales y unas tasas de desempleo sólo vistas en los momentos más agudos de la crisis mundial de 2008-2015. Y ese escenario  está a la vuelta de la esquina en términos históricos.

Y sin embargo, no existe ningún programa político que se base en esas proyecciones para intentar contener lo que es evidente que va a suceder en pocos años. El siguiente cambio de paradigma informático va a significar tal revolución en el mercado laboral que no va a haber manera de mantener empleada a la gran mayoría de la población activa en el sector servicios. Tampoco la industria tradicional se va a ver beneficiada por este salto de gigante de las TIC, pues la capacidad de cómputo incrementada en cientos o miles de veces implicará que la robótica sufrirá un salto cualitativo y cuantitativo brutal, con la consiguiente pérdida masiva de puestos de trabajo no reemplazables. Hay muchos científicos serios que opinan que la computación cuántica abrirá definitivamente las puertas de la Inteligencia Artificial, y que eso va a suponer el mayor cambio tecnológico y social en la historia de la humanidad desde que apareció el Homo Sapiens sobre la faz de la tierra.

Si la evolución de las TIC se adentra por la senda cuántica, la sociedad del ocio será una realidad absoluta, y no un eufemismo interesado tal  como actualmente se define. Será un ocio forzoso para cientos de millones de trabajadores a los que la tecnología habrá dejado fuera de juego, por mucho que traten de reciclarse y recomponer su orientación profesional. La cuestión es saber qué nos propondrán los políticos cuando esto suceda. Y, sobre todo, a quien pretenderán culpabilizar de las consecuencias de su inacción actual. Una cosa está muy clara, y resulta terrorífica. En un mundo cuántico, el desempleo será la norma y no la excepción. Sobrará la mayoría de la población hoy considerada necesaria para el sostenimiento de la economía mundial. Peor que sobrar, será directamente un estorbo innecesario y prescindible, según los cánones del capitalismo más salvaje.

La revolución cuántica nos obligará, en definitiva, a reconsiderar los fundamentos socio-económicos de las sociedades avanzadas y a reconstruirlas desde sus mismos cimientos. Los paradigmas actuales ya no serán válidos, y lo mejor sería que alguien empezara a cuestionarlos desde el propio sistema. Hoy mismo, mejor que mañana.