miércoles, 25 de mayo de 2016

El cambio de paradigma

El progreso real sólo se da cuando existe un cambio de paradigma. Los avances tecnológicos sin cambio de paradigma se pueden representar históricamente como “progreso”, pero en realidad son meras evoluciones poco trascendentes (desde el punto de vista conceptual) del paradigma preexistente. Esto último, un tanto farragoso, viene a ser un poco como las sucesivas versiones de un mismo modelo de vehículo: esencialmente siguen siendo lo mismo, por muchos gadgets presuntamente novedosos que vayan sumando versión tras versión.

Los cambios de paradigma son, más que evoluciones suaves, grandes saltos debidos a mutaciones afortunadas del orden tecnológico, que influyen de una manera general y permanente en la sociedad. Muchas veces son imprevisibles, aunque la tecnología que los permite ya esté ahí presente, aunque en forma embrionaria. Uno de los casos más evidentes se dio con la informática, cuando el mismísimo Bill Gates afirmó en 1981 que 640Kb de memoria deberían ser suficientes para todo el mundo. Una afirmación remachada once años después por su propia compañía durante el lanzamiento de Windows NT. Por aquel entonces estaban convencidos que 2 Gb de RAM era más de lo que cualquier aplicación podría requerir jamás. Retomaré esta cuestión más adelante para explicar el meollo de este post.

El problema del progreso tecnológico es que mucho de lo que nos presentan como tal no lo es, sino una mera puesta al día de tecnologías vetustas. Por ejemplo, la rueda de un Ferrari F40 no difiere conceptualmente de una rueda neolítica de madera. Eso no es progreso, sino evolución tecnológica. Progreso sería la invención y utilización masiva de un medio radicalmente distinto para sustentar vehículos por las carreteras, como por ejemplo, un sistema de colchón de aire que resultara barato, eficiente y seguro. Ahí tendríamos un cambio de paradigma más que evidente, al menos para los vehículos automóviles que se desplazan a ras de tierra. Sin embargo, existen otros paradigmas de nivel superior que dejarían al anterior fuera de combate, como por ejemplo, el diseño de un sistema de transporte privado que pudiera ser tan masivo como el coche de turismo, pero que fuera volador, con lo que las carreteras –tal como las conocemos hoy en día- quedarían un poco como  los caminos de carro actuales: de uso por excursionistas y nostálgicos de los viejos medios de locomoción.

Lo que está bastante claro dentro de este conjunto de paradigmas sucesivos y a veces anidados como muñecas rusas, en el que cada uno de ellos dinamita la utilidad práctica del anterior, es que su extensión planetaria tiene una influencia enorme y permanente en la conducta y hábitos sociales. Por el contrario, todo aquello que, por muy ultratecnológico que aparente ser, no borre del mapa la tecnología de la que procede, es que no constituye una forma de progreso real, sino que en la mayoría de las ocasiones constituye una mera estrategia empresarial destinada a equilibrar balances y estimular el consumo, sin aportar ningún cambio significativo en el modo de vida de sus usuarios. Resulta obvio que no es muy distinto -desde el punto de vista social- viajar en un turismo de hace cincuenta años y uno actual, si dejamos de lado las limitaciones mecánicas y de repuestos.

Evolución automovilística e informática son dos claros contraejemplos mutuos de lo que es y no es un cambio de paradigma. Como dijo con no poca ironía Robert Cringely, si la industria automovilística hubiera seguido el mismo desarrollo que los ordenadores, un Rolls-Royce costaría hoy 100 dólares, circularía un millón de millas con 3,7 litros y explotaría una vez al año, eliminando a todo el que estuviera dentro en ese momento. Lo cual sí habría resultado en un cambio de paradigma monstruosamente nefasto (aunque el Rolls no explotara una vez al año; dejo al lector que saque sus conclusiones al respecto). De modo que todo este preámbulo tiene mucho que ver con dejar sentado que muchas de las noticias que en las revistas divulgativas y los medios pseudocientíficos presentan como “progreso” están sumamente alejadas de lo que entiendo como Progreso (insisto en el adjetivo “tecnológico”). Concluyo: el genuino progreso significa siempre un salto, más que una tendencia. Un salto que se manifiesta en una modificación revolucionaria de los hábitos sociales.

Retomando las muy erróneas predicciones de los gurús de la informática de los primeros años ochenta, resulta que el siguiente cambio de paradigma en la informática vendrá de la mano de tecnologías hoy en día inexistentes, salvo a nivel experimental. Sucederá a lo largo de las próximas décadas, seguramente en los próximos cincuenta años, pero será tan radical que dejará toda nuestra tecnología de proceso de datos totalmente obsoleta. Se llama computación cuántica y para ello recurre no a los bits, sino a los qubits, y se fundamenta en los estados superpuestos de la materia que rigen el infinitesimal mundo de la mecánica cuántica. Sin entrar en detalles, lo que la computación cuántica permitirá a un solo ordenador equivaldrá a la potencia de miles de ordenadores conectados en paralelo simultáneamente. Es decir, la velocidad y capacidad de cómputo será en pocas décadas varios órdenes de magnitud superior a la que tenemos actualmente.

Las implicaciones de este cambio son enormes. No es como pasar del seiscientos al Ferrari F40. Vendrá a ser como pasar de la bicicleta al Airbus en muy poco tiempo. Y eso tendrá unas repercusiones sociales de tal magnitud que no podemos sino empezar a imaginarlas, porque darán un vuelco radical a nuestra forma de vivir (eso si antes no hemos dado nosotros el vuelco definitivo y nos hemos borrado como especie dominante del planeta, que eso sí sería un cambio de paradigma notable).  Voy a centrarme sólo en una de ellas, que puede tener unas consecuencias tremendamente negativas para la economía de muchos países. Y, bien mirado, España sería uno de ellos.

Hoy en día, la realidad virtual ha dejado de ser una hipótesis de ciencia ficción, y se está colando a gran velocidad en nuestros hogares, sobre todo en el ámbito de los videojuegos, pero también en muchas otras aplicaciones  de carácter profesional, como los simuladores. La computación cuántica hará posible que la realidad virtual se convierta en un estándar en muchos campos. La enorme potencia de cálculo de los ordenadores cuánticos permitirá simular con absoluto realismo casi cualquier entorno complejo, hasta el punto de que para el observador podría llegar a ser prácticamente indistinguible la copia del original, al menos en los aspectos visuales y geoespaciales. Así que nos encontraremos en el escenario que más o menos proponía el tan  genial como inestable Philip K. Dick en 1966, en cuyo relato “Podemos Recordarlo Todo para Usted” (y que posteriormente fue adaptado como la célebre película “Desafío Total”de Paul Verhoeven), se sugería una forma de turismo francamente curiosa, basada en la inyección de falsos recuerdos en la mente de los clientes. Dando un paso al lado, la realidad virtual generada por computación cuántica permitirá tener experiencias turísticas de viajes sumamente realistas a los clientes que, pagando un módico precio, quieran visitar el Taj Mahal sin moverse de la ciudad en la que residan. Con muchas ventajas añadidas para ese colectivo, más bien ovino, que englobamos en el difuso concepto de “turismo de masas”, y que se desplaza a toda velocidad por las principales urbes del planeta disparando fotos a diestro y siniestro y sin permanecer más de doce horas seguidas en el mismo lugar.

Obviamente, el viajero –que no turista- abdicará de semejante herejía, dispuesto a sentir en realidad el trajín del gusto por el viaje. Pero no nos engañemos, una realidad virtual lo suficientemente poderosa cautivará a muchísima clientela de las agencias de viajes, y podemos apostar a que los ordenadores cuánticos serán tan potentes que dejarán a la mayoría con la sensación de no saber si han estado o no realmente en Bombay, por un decir (para hacernos una idea somera de la potencia de cálculo de la computación cuántica, baste decir que los expertos en criptografía prevén que habrá que modificar todos los conceptos sobre seguridad informática, porque los sistema de cifrado más sofisticados de la actualidad serán absolutamente vulnerables a cualquier operación de ruptura de contraseñas y códigos).

La consecuencia a medio plazo es que toda la industria turística se verá muy seriamente afectada por la aparición masiva de la computación cuántica. Teniendo en cuenta los millones de puestos de trabajo directos (más otros tantos indirectos) que maneja el turismo a nivel mundial, los países con una gran dependencia del turismo en el PIB van a tener serios problemas para cuadrar su balanza de pagos. En España, el sector turístico representa más del 11 por ciento del PIB y del empleo total. Una caída de dichos porcentajes sólo a la mitad sería una catástrofe sin precedentes, que vendría a representar una pérdida de más de sesenta mil millones de euros de ingresos anuales y unas tasas de desempleo sólo vistas en los momentos más agudos de la crisis mundial de 2008-2015. Y ese escenario  está a la vuelta de la esquina en términos históricos.

Y sin embargo, no existe ningún programa político que se base en esas proyecciones para intentar contener lo que es evidente que va a suceder en pocos años. El siguiente cambio de paradigma informático va a significar tal revolución en el mercado laboral que no va a haber manera de mantener empleada a la gran mayoría de la población activa en el sector servicios. Tampoco la industria tradicional se va a ver beneficiada por este salto de gigante de las TIC, pues la capacidad de cómputo incrementada en cientos o miles de veces implicará que la robótica sufrirá un salto cualitativo y cuantitativo brutal, con la consiguiente pérdida masiva de puestos de trabajo no reemplazables. Hay muchos científicos serios que opinan que la computación cuántica abrirá definitivamente las puertas de la Inteligencia Artificial, y que eso va a suponer el mayor cambio tecnológico y social en la historia de la humanidad desde que apareció el Homo Sapiens sobre la faz de la tierra.

Si la evolución de las TIC se adentra por la senda cuántica, la sociedad del ocio será una realidad absoluta, y no un eufemismo interesado tal  como actualmente se define. Será un ocio forzoso para cientos de millones de trabajadores a los que la tecnología habrá dejado fuera de juego, por mucho que traten de reciclarse y recomponer su orientación profesional. La cuestión es saber qué nos propondrán los políticos cuando esto suceda. Y, sobre todo, a quien pretenderán culpabilizar de las consecuencias de su inacción actual. Una cosa está muy clara, y resulta terrorífica. En un mundo cuántico, el desempleo será la norma y no la excepción. Sobrará la mayoría de la población hoy considerada necesaria para el sostenimiento de la economía mundial. Peor que sobrar, será directamente un estorbo innecesario y prescindible, según los cánones del capitalismo más salvaje.

La revolución cuántica nos obligará, en definitiva, a reconsiderar los fundamentos socio-económicos de las sociedades avanzadas y a reconstruirlas desde sus mismos cimientos. Los paradigmas actuales ya no serán válidos, y lo mejor sería que alguien empezara a cuestionarlos desde el propio sistema. Hoy mismo, mejor que mañana.


miércoles, 18 de mayo de 2016

La Paradoja de Jevons

La inmensa mayoría de la gente desconoce quién era William Stanley Jevons, cuya relevancia en este artículo expondré más adelante, pero de quien de momento basta con saber que fue un hombre con una gran visión de lo que podía significar en realidad el progreso tecnológico hace exactamente 150 años. La cuestión vino a mi mente cuando hace pocos días mi mujer estaba ordenando su armario, una monstruosidad –como la de todos los miembros de mi hogar- cuya traducción directa e indiscutible es que resultaría del todo imposible que cualquiera de nosotros repitiera indumentaria en cosa un mes, vista la acumulación ingente de ropa que ocupa nuestro domicilio (y el de casi todos nuestros conciudadanos, incluidas las llamadas clases bajas).

Sobre todo si nos comparamos con nuestros abuelos o bisabuelos de principios del siglo XX, cuyo fondo de armario consistía en eso, un fondo del que solía verse el contrachapado, porque albergaba únicamente cuatro o cinco piezas de ropa entre las de diario y las de las fiestas de guardar. Por descontado, a mi abuelo, hombre contenido como pocos, le habría pasmado ver que su adorado nieto podía tranquilamente mudar y mudar de ropa cuantas veces quisiera y sin repetirse a lo largo de un número indeterminado, pero elevadísimo, de días. Es más, le habría resultado incomprensible que  un vestuario novísimo guarde retén indefinido en el armario por ser considerado aburrido, pasado de moda o inconveniente, pese a no tener más de un par de años de existencia y un uso limitado a unos pocos lavados. Sin contar con que hay ropa que todavía luce etiqueta en el perchero, casi suplicando ser estrenada.

Tal vez lo peor y más significativo de la paradoja que expondré  no sea eso, sino la profusión de artilugios con los que nos hemos ido esclavizando en el hogar. En casa, para tres personas disponemos de tres coches, tres televisiones, seis ordenadores, tres teléfonos de sobremesa, tres equipos de música y más teléfonos móviles de los que podríamos usar con ambas manos simultáneamente. Una foto bastante convencional de un hogar occidental. Y eso que somos una familia de clase media de las de verdad, o sea tirando a la mediana estadística nacional (es decir, al grupo más representado socioeconómicamente).

Para las generaciones que hemos vivido la expansión de la economía basada en el consumo todo esto resulta de lo más natural hasta que nos damos cuenta –si es que llegamos a ello tras un arduo proceso de reflexión- de que vamos montados en una bicicleta (la economía) en la que lo único que hacemos es pedalear como locos (consumir) porque a) nos han inducido a ello de todas las formas posibles, incluida la subliminal, y b) si paramos de pedalear, nos caemos de la bici y el tortazo es de los que no olvidaremos nunca. Por tanto, toca consumir, de forma desenfrenada y aberrante, y a eso nos hemos dedicado durante los últimos cincuenta o sesenta años de esta historia que, mucho me temo, acabará más que mal, porque pedaleamos y pedaleamos a) sin saber adónde vamos, y b) sin la más remota idea de porqué lo hacemos. Es decir, consumimos porque está en el orden del día, y ay de quien ose desmarcarse, porque entonces es un radical de izquierdas que pretende destruir la civilización occidental y volver a los soviets, etcétera.

Y es que, finalmente, los poderes casi maléficos que nos gobiernan han conseguido que confundamos el confort con la acumulación de gadgets y símbolos de estatus, sin que caigamos en la cuenta de que a) cuando una inmensa mayoría tiene esos símbolos de estatus, es que ya no son representativos de estatus alguno, y b) tanto acopio nos crea un montón de esclavitudes nuevas, que digo yo estarán pensadas para ocupar el inmenso y aburridísimo tiempo libre que tenemos en general para comernos el tarro, los unos; y para sufrir diversas manifestaciones de neurosis y otras pandemias psiquiátricas, los otros. Con lo fácil que era todo cuando nos limitábamos a luchar para sobrevivir un día más.

En fin, sarcasmos (más que merecidos) aparte, la cuestión subyacente consiste en que lo que los economistas adocenados llaman eufemísticamente “desarrollo” no es más que consumismo vendido por charlatanes de feria. Que el desarrollo de las sociedades necesita tecnología es cierto, pero no esta invasión abusiva de tecnología orientada exclusivamente al consumo. Llamar desarrollo al consumismo feroz es totalmente equivalente a denominar nutrición al hecho de atiborrarse de hamburguesas, por poner un ejemplo al alcance de los más lerdos. Si uno quiere ponerse hasta las jambas de BigMacs está en todo su derecho, pero eso no es equivalente a una nutrición equilibrada. Y dudo mucho que sea finalmente una actividad gozosa, como tampoco lo es la compra compulsiva, por mucho que nuestras anoréxicas blogueras de moda insistan en que se trata de una opción sumamente terapeútica (sin comentarios, salvo uno: internet también ha representado, por enésima vez en la historia de la humanidad, el contundente triunfo de la idiocia sobre la inteligencia).

Siempre me he considerado un admirador decidido del progreso tecnológico, pero no de éste tipo de pseudoprogreso que nos venden como si fuera una pócima milagrosa. Y aquí viene la justificación inicial de la mención al señor Jevons, el cual alcanzó la celebridad en los círculos entendidos por su “paradoja de Jevons”, mediante la que afirmaba ya a mediados del siglo XIX que, a medida que la tecnología aumenta la eficiencia con que se usa un recurso, se observa más un aumento del uso de dicho recurso que una disminución. Es decir, y poniendo la cuestión al día, resulta que la mejor eficiencia tecnológica se traduce en una disminución del impacto ambiental y energético por unidad fabricada, pero que dicha disminución se ve sistemáticamente anulada por la multiplicación exponencial del número de unidades consumidas. O sea, que la eficiencia tecnológica no sirve en absoluto para mejorar la preocupante condición ambiental y energética del planeta, sino todo lo contrario, debido  a que el consumo de los recursos planetarios se dispara de forma hiperbólica. Un argumento que, por cierto, es patrimonio de los militantes del cada vez más numeroso movimiento por el decrecimiento, que no son una pandilla de iluminados como algunos neoliberales sugieren, sino gente de gran trayectoria y calado ideológico. En clave didáctica y para profundizar en el tema, es recomendable leer a Serge Latouche antes de criticar frívolamente a  los partidarios del decrecimiento (que, por otra parte, también están en contra del llamado "desarrollo sostenible", por entender que ese postulado es una contradicción en sus propios términos).

Como ejemplo valga  el botón de la tecnología de comunicaciones móviles: el incremento de la eficiencia tecnológica introducida por Apple, Samsung y otros muchos fabricantes se ha traducido en un abaratamiento de los costes de producción y venta de terminales, pero en términos de balance medioambiental y de recursos, eso está resultando un desastre para la Tierra si la entendemos como un ecosistema global. Compramos móviles cada vez más sofisticados y cada vez más baratos (como antes sucedió con los ordenadores personales), pero el impacto de esas mejoras sobre el mundo deja mucho que desear en términos de sostenibilidad, pues cada vez hay miles de millones de teléfonos móviles que requieren ingentes cantidades de materiales no precisamente abundantes y que después, vista su escasa duración, están generando una enorme montaña de basura tecnológica. Valga la reflexión sobre aquel viejo teléfono de baquelita que duraba toda la vida de nuetros abuelos e incluso de nuestros padres, mientras que la vida media de un terminal móvil actual es de alrededor de un año. Nos hacen la vida más cómoda, pero al precio de que las generaciones futuras las pasarán muy moradas por nuestros devaneos consumistas sin demasiado sentido. Estamos dejando que la marea del consumismo crezca y crezca, y acabará arrasando nuestras playas del supuesto confort y el falso desarrollo.

Pues a fin de cuentas, la pregunta que debemos hacernos todos, de ahora en adelante, es la de aquellos que se plantean si producir más es crecer (el dogma neoliberal por antonomasia), o eso es una falacia inventada para mantener pedaleando la bicicleta con la que tiramos del carro de los megamillonarios mientras nos uncimos más y más al yugo de la esclavitud consumista. Si estamos convencidos de esa falacia, nuestra apuesta es la de aprender a vivir mejor con menos (otro de los lemas del decrecimiento). O como decía Gandhi: “vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir”.

jueves, 12 de mayo de 2016

El móvil y la vulnerabilidad

Cuando hace 65 millones de años un meteorito gigantesco se empotró en el Yucatán, causó una hecatombe ecológica de dimensiones colosales, provocando la extinción de las formas de vida dominantes durante más de 150 millones de años: los dinosaurios. Sin embargo, la catástrofe no afectó a formas de vida más sencillas, como los pequeños protomamíferos de la época, que rápidamente proliferaron para ocupar los nichos que dejaron vacíos los hasta entonces reyes del planeta. Y así hasta la actualidad. La suposición más verosímil es que las formas de vida más grandes, complejas y organizadas fueron más vulnerables ante un cambio drástico de las condiciones del ecosistema terráqueo, y que las formas más sencillas o con un menor grado de autoorganización y complejidad eran (y son actualmente) mucho más resistentes ante variaciones drásticas del entorno.
 Ese argumento es válido hoy en día, por supuesto, hasta el punto de que ante una catástrofe extintiva como las que ha padecido la Tierra en ocasiones anteriores, casi con toda certeza sobrevivirían casi todos los microorganismos, muchas plantas de escaso porte y fácil reproducción y los artrópodos. En resumen, a mayor tamaño y complejidad, mayor es la vulnerabilidad de los sistemas biológicos ante fenómenos catastróficos imprevistos. La excepción son aquellos entes biológicos complejos pero descentralizados y autónomos, como las colonias de hormigas, donde el conjunto es un superorganismo formado por individuos independientes, en cuyo caso, la destrucción de una gran parte de sus miembros no impide la reconstrucción de la colonia (salvo que fallezcan todas las posibles reinas). Ya dicen los biólogos que en la próxima extinción masiva, las hormigas, las cucarachas, y posiblemente las ratas, heredarán la Tierra.
 Los sistemas biológicos más complejos son más vulnerables porque dependen de muchos factores cruzados para su supervivencia. Es decir, cuanto mayor es la complejidad, existen más variables que pueden fallar o ser vulnerables ante un ataque externo no previsto. De modo que un sistema muy complejo, para ser viable a largo plazo, necesita incorporar lo que técnicamente se denomina redundancia para evitar colapsos que impidan no ya su normal funcionamiento, sino la viabilidad del propio sistema. La naturaleza, en general, es poco redundante, porque la redundancia es muy cara en términos evolutivos. Además, la evolución es ciega y no tiene preferencias, de modo que no se “preocupa” por el futuro, en el sentido de que ningún ente evolutivo se dedica a hacer predicciones sobre el mañana para anticiparse a posibles problemas de sus sistemas de funcionamiento. Por eso los mamíferos tenemos solamente algunos órganos redundantes (pulmones, riñones, testículos), pero para los más vitales no tenemos recambio alguno.
 Cuando allá por los años noventa la industria automovilística se propuso implantar sistemas de dirección electrónica de los coches, se encontró con que los volantes electrónicos eran mucho menos fiables que los sistemas de dirección tradicionales, mecánicos. La conclusión a la que llegaron es que necesitaban circuitos redundantes para garantizar que en una curva no se saliese el vehículo del carril por un fallo del sistema de dirección electrónico. Y eso salía mucho más caro, de modo que se abandonó la idea en espera de tiempos mejores. La conclusión es que los sistemas mecánicos son mucho más fiables que los electrónicos por dos motivos: sencillez y robustez. Una dirección de cremallera puede fallar, pero por muy pocos motivos y todos realmente poco probables, salvo en caso de colisión. Un sistema eléctrico, en cambio, puede fallar en uno o varios de sus múltiples componentes y no solo por un accidente externo, sino también por un fallo impredecible del propio sistema.
 Por eso los instrumentos electrónicos son más caros, más complejos, exigen más mantenimiento y tienen mucha menor durabilidad que los mecánicos. Por ejemplo, una máquina de escribir de las de toda la vida aún funciona con toda certeza. En cambio, una máquina de escribir electrónica es un artilugio que en pocos años tendrá averías de toda índole, por muy buenos que sean sus componentes, aunque suprimamos de raíz la obsolescencia programada.  Igual ocurre con la telefonía: raro es el terminal clásico que no funcione, y aún podemos encontrar teléfonos de baquelita de cuando nuestras abuelas festejaban que funcionan perfectamente. En cambio un teléfono celular, por muy bien cuidado que esté, se averiará como mucho en cinco o diez años. Los ejemplos se pueden multiplicar para abarcar casi cualquier campo en el que la electrónica haya sustituido a la mecánica.
 Las telecomunicaciones son especialmente interesantes en lo que respecta a complejidad, redundancia y vulnerabilidad. Yo siempre he optado por la redundancia casera: cuando salgo de viaje siempre llevo dos móviles por si uno de ellos se estropea, cosa que suele suceder con más frecuencia de lo que uno imagina. Cuanto más sofisticado es un celular, más fácilmente da problemas a corto plazo. Cuanto más complejo es su diseño y más aplicaciones puede integrar, más corremos el riesgo de tener problemas. Es una cuestión puramente estadística y también de lógica de la abuela, pues cuantos más huevos pones en la cesta, peor será la catástrofe si tropiezas. La tecnología es muy interesante, pero significa asumir muchos riesgos, algunos muy poco valorados y mencionados. Con los teléfonos móviles, hoy en día, no sólo puedes llamar y recibir mensajes, sino efectuar compras y ventas de cualquier producto imaginable, efectuar transferencias y operaciones bancarias complejas, e incluso pagar en establecimientos comerciales, o controlar los electrodomésticos de casa; así como abrir y cerrar puertas o arrancar el coche. Tamaña concentración de funcionalidades puede ser muy cómoda, pero nos crea una situación de vulnerabilidad extrema. Nos fragiliza hasta el punto de que si se nos funde el móvil, podemos quedarnos absolutamente inoperantes como seres humanos de la sociedad occidental. Cuanto más operativo es nuestro móvil, más vulnerables somos a una avería. Lo cual no es que sea malo, es que es cataclísmico.
 Allá por los años sesenta, los científicos e ingenieros que trabajaban en programas nucleares, descubrieron, más pasmados que otra cosa, que una explosión nuclear de poca potencia pero a gran altitud en la atmósfera provoca un pulso electromagnético capaz de fundir cualquier circuito eléctrico o electrónico no especialmente protegido en miles de kilómetros a la redonda. Una explosión como la de Hiroshima a cuatrocientos kilómetros de altitud puede quemar literalmente todos los sistemas electrónicos de un continente (para una exposición muy didáctica y completa de este fenómeno, véase el enlace http://lapizarradeyuri.blogspot.com.es/2010/01/el-haarp-y-la-bomba-del-arco-iris-como.html)y retrotraernos en pocos minutos a los albores del siglo XX. Tampoco es que haga falta algo tan extremo: una tormenta solar especialmente potente puede crear graves problemas en el hemisferio que reciba de lleno las radiaciones ionizantes expulsadas por el Sol.
 La sociedad occidental se ha vuelto muy incauta en lo que a estos asuntos se refiere. Confiamos excesivamente en que el sistema, globalmente considerado, no puede fallar. Pero resulta terrorífico descubrir que la protección máxima y la redundancia de los sistemas sólo se da en las instalaciones militares y en las consideradas estratégicas para la seguridad nacional de cada país. Las grandes compañías de telefonía móvil tienen sus servicios fundamentales protegidos, pero no los referentes a las comunicaciones generales. Las antenas de telefonía celular que proliferan en nuestros tejados están totalmente indefensas ante un pulso electromagnético de gran altitud, y eso puedo provocarlo un país tan menospreciado como Corea del Norte con su tecnología actual, así que tal vez va siendo hora de que tengamos presente que todo cuanto tenemos en la nube y todo cuanto confiamos a la funcionalidad de nuestro teléfono móvil sin tener un respaldo no electrónico de esos datos  se puede volatilizar en un momento por causas naturales o artificiales, y lo que es peor, ser totalmente irrecuperable.
 Nos hemos encomendado a la tecnología, lo cual está muy bien, pero lo hemos hecho elevándonos cada vez más alto y sin paracaídas, lo que constituye, más que una temeridad, un suicidio programado a medio plazo. Yo, que ustedes, empezaría pedir a las compañías de telecomunicaciones y de electrónica en general que se pongan manos a la obra para crear sistemas redundantes y protegidos frente a fenómenos impredecibles, en lugar de atiborrarnos con aplicaciones que nos dan mucha comodidad pero que al mismo tiempo nos generan muchísima dependencia. Porque los cisnes negros existen, y cuando avistemos a éste ya será demasiado tarde para evitar la extinción de nuestra ultramoderna sociedad. 
Mientras tanto, seguiré llevando dos móviles a todas partes. Y confiándoles el menor número de funcionalidades posibles. Llámenme retrógrado si quieren.

viernes, 6 de mayo de 2016

Idiosincrasia nacional


Esta semana nos ha traído la novedad -poco novedosa- de la convocatoria de nuevas elecciones generales. En medio del cabreo popular monumental por la falta de entendimiento de los políticos para formar coaliciones estables que permitan gobernar el país durante cuatro años, han surgido diversas interpretaciones para justificar la estupefacción que han causado estos cuatro meses largos en los que lo único relevante ha sido la bronca generalizada entre los líderes y barones de los respectivos partidos, incapaces de poner fin a una dialéctica de confrontación mutua y atados por sus propias declaraciones maximalistas en la campaña electoral de diciembre, que han mantenido después por aquello de sostenerla y no enmendarla, tan propia de esa presunta hidalguía española de la que tenemos larga y nefasta tradición.
 
Sin embargo, tengo la convicción de que muchas de las críticas ciudadanas a este proceso son absolutamente injustas, pues parecen atribuir a nuestros políticos defectos que no se encuentran presentes en el electorado. Lo cual se me antoja una majadería de cuidado, porque a fin de cuentas y mal que nos pese, nuestros gobernantes son un fiel reflejo –en lo que a idiosincrasia se refiere- de todos quienes les votamos. Me parecen risibles las comparaciones con lo que sucede en Alemania, donde pudo forjarse una gran coalición, por la sencilla razón de que –por muy tópico que parezca-  la actitud ante lo colectivo es muy diferente en Alemania y en España.
 
Los tópicos sobre las naciones pueden ser ridículos, trasnochados o directamente falsos, pero lo cierto e innegable es que cada país tiene una idiosincrasia colectiva específica y diferenciada de las otras naciones. Y se basa en siglos de una tradición forjada por razones históricas, sociológicas, religiosas, filosóficas e incluso climáticas. Cada país tiene sus memes socio-políticos grabados a fuego en su acervo genético social, y esos memes, a similitud de los genes biológicos, se transmiten de generación en generación salvo que una mutación afortunada o la simple mezcla causada por la heterogeneidad creada por sucesivas olas migratorias e influencias externas, los vayan diluyendo poco a poco.
 
España es país poco propenso a la receptividad de memes externos. Su insularidad real, en una península colgada del extremo del continente y separada de él por barreras físicas históricas, la ha hecho evolucionar (y ruego que me perdonen las analogías genético-darwinistas) aislada del resto de Europa occidental, lo que la ha convertido en un inmenso laboratorio evolutivo parecido a las islas Galápagos, pero en versión socio-política. En definitiva, este triste país ha ido por libre durante siglos, y no ha recibido más que pequeñas, esporádicas  y contadas dosis de memes del acervo europeo tradicional. De ahí nuestros clarísimos déficits democráticos pese a tener una democracia formal de casi cuarenta años de existencia.
 
La democracia exige una concepción de la sociedad como una comunidad colaborativa casi tanto como un esqueleto legal en el que primen los derechos constitucionales. Es decir, una democracia fundada tan sólo en la libertad personal no es una democracia si no consigue aglutinar a sus miembros alrededor de un proyecto común que esté por encima de sus intereses individuales. Eso lleva a la concepción de la nación como algo propio, y del nacionalismo como un elemento vertebrador de unas aspiraciones comunes. Sin embargo, el nacionalismo español, que (para qué negarlo, es de caseta de feria) siempre ha sido excluyente e incapaz de resolver el que, a mi modo de ver, es el mayor obstáculo para un correcto funcionamiento de una sociedad democrática: el individualismo feroz que anida en el interior de cada españolito de a pie.
 
Este país sólo se aglutina alrededor del deporte y del insulto a quienes son diferentes. En el resto de quehaceres, prima siempre una visión personalista e individual que trasciende hasta nuestros políticos, más forjados en el caudillismo que en el liderazgo. Mal que les pese a casi todos, la mayoría de los políticos se conducen de forma autoritaria e imperativa, pero ello no es debido a un mal específico de la clase política, sino a un exudado social que nos impregna globalmente. La convicción absoluta, sectaria e irremediablemente ciega sobre la validez de nuestras propias razones nos lleva a descalificar sistemáticamente las del oponente, cuando no  a ningunearlo directamente. Sólo así se comprende esa manía tan hispánica de gobernar contra la gente, aunque esa “gente” sean diez o doce millones de electores que han optado por una idea distinta.  Creo que no se le escapa a nadie que un proyecto de país tiene que responder a una ideología específica, pero ha de procurar ser lo suficientemente amplio para generar, si no consensos, al menos un grado de aceptación notable por parte de la sociedad en su conjunto. Lo contrario es jugar al ping pong legislativo, en el que las leyes aprobadas por unos son derogadas por los otros a las primeras de cambio.
 
Cuando se tiene en mente al país en su conjunto, y se transmite esa concepción vertebradora a lo largo y ancho del espectro social, es cuando se pueden forjar grandes coaliciones al estilo alemán, país donde lo colectivo siempre ha primado sobre lo individual desde el mismo momento de venir al mundo. Deutschland über alles, es expresión que lo dice todo, y que refleja un sentir popular tan ampliamente extendido que nadie se atreve a cuestionar. Otra cosa es que, en estados como Alemania, esa intensa vertebración común pueda ser utilizada de forma perniciosa y conseguir golpes tan espectaculares como el que sumió a Europa en la atrocidad del nazismo y de la segunda guerra mundial. Algo que los españoles hubiéramos sido (por suerte en este caso) incapaces de conseguir.
 
España es país de gente individualista y autoritaria. De ahí esa pasión por los gobiernes monocolores fuertes y apisonadores. De ahí ese odio cerval hacia los pueblos que, como Cataluña, llevan memes distintos en su tradición histórica.  El talante pactista y dialogante (no exento por ello de estratagemas tramposas) de los catalanes, unido a un sentido práctico bastante alejado de la “honra sin barcos” del hidalguismo español, ha sido siempre absolutamente incomprendido y denostado por el resto de España, hasta el punto de hablar despectivamente del “oasis catalán” en el que se mecía la política en el nordeste peninsular.  Como si fuera mejor andar siempre zurrándose a garrotazos, que parece ser la mejor manera de solucionar los problemas que han encontrado allende el Ebro.
 
Y todo ello sucede porque en Cataluña sí que ha existido el meme  vertebrador de un proyecto común valioso por encima de aspiraciones sectarias. De ahí las risas que hemos disfrutado en recíproca venganza contra los líderes estatales de los partidos que tanto  se burlaban de las dificultades para formar un gobierno en Cataluña, pero que al final se pudo constituir para mayor befa y escarnio de Rajoy, Sánchez y compañía, pues después de tanto ataque y tanta crítica feroz, han sido ellos los incapaces de pactar un gobierno para los cuarenta y tantos millones de residentes en el país. Por aquí en Cataluña todavía nos aguantamos las tripas de las carcajadas que nos ha deparado el escenario de estos últimos meses.
 
Y es que España es terreno abonado para los caudillos, democráticos o no, porque la sociedad española es caudillista, intolerante y cerrada al diálogo. Sólo falta ver cómo funcionan nuestras comunidades de vecinos para entender lo que, a escala mucho mayor, sucede en los pasillos del Congreso. Si a eso sumamos hasta qué punto el españolito medio es un bocazas de cuidado, que se suele acabar atragantando con sus propias palabras, cerramos la cuadratura del círculo de la imposibilidad para formar gobierno estatal. Pues las declaraciones maximalistas que tiñeron la campaña (y la postcampaña) electoral de diciembre, nos llevan a recordar que la prudencia más elemental nos aconseja practicar aquello de “nunca digas nunca jamás”. Si nuestros líderes se han pasado meses proclamando que nunca gobernarán con fulanito, o que jamás aceptarán según que partes del programa electoral del vecino, luego no pueden desdecirse sin incurrir en un profundo bochorno, que se podrían haber ahorrado si  no fueran tan grandilocuentemente estúpidos como para pasarse el día haciendo afirmaciones tajantes que luego les han cerrado cualquier vía de diálogo.
 
Y es que en un juego donde “los principios” se aluden constantemente pese a que a la hora de la verdad todos sabemos para qué sirven, sería mucho más útil adoptar de buen principio la postura pragmática de que casi todo es negociable, sobre todo en política, donde al final el pragmatismo acaba imponiéndose en casi todas partes. Menos en España.

jueves, 28 de abril de 2016

Clean Hands

La extorsión es cosa muy fea, pero de límites imprecisos. Casi se podría afirmar que el delito de extorsión reside más en la mente del juzgador que en la del presunto delincuente. Forma parte de esos delitos en los que la lingüística tiene más peso que los hechos en sí mismos. Y eso lo convierte en la herramienta jurídica perfecta para saldar cuentas que de otro modo resultarían muy difíciles de cuadrar.
Básicamente, por extorsión entendemos la obtención de un beneficio patrimonial mediante intimidación. En prosa popular lo denominamos chantaje y todo el mundo se entiende. Lo que ya no se entiende tanto es que en unos casos el chantaje sea delito, y en otros –también muy evidentes- forma parte de las reglas del juego y nadie se escandaliza. Su formulación básica es  “quiero que tu hagas algo por mí, o si no….”, donde los puntos suspensivos implican alguna desgracia fácilmente conjeturable por parte del destinatario de la frase. Precisando un poco más, la extorsión se diferencia de las amenazas condicionales en que la primera tiene un objetivo claramente económico, mientras que las segundas no (“O te acuestas conmigo o le digo a tu marido que le pones cornamenta”), pero en el fondo vienen a ser lo mismo, y con penas iguales, de hasta cinco años a la sombra, que no son cosa de broma.
Ahora bien, en el mundo de los negocios, y en la vida social, los chantaje de uno y otro tipo son habituales, permanentes y considerados como algo prácticamente normal. Forman parte de eso tan nebuloso como lo que se denomina comúnmente “negociación” entre partes. Sólo que la negociación tiene sus límites (teóricos) en no causar daño a la parte contraria en beneficio propio. Algo tan ingenuo como ineficaz cuando se trata de obtener alguna ventaja.
De ahí que algunos afirmen que el chantaje sólo podría considerarse realmente delictivo cuando su trasfondo encubriera violencia, o bien cuando se pretendiera obligar al destinatario a cometer algún acto ilegal, pero no en los demás casos. En la mayoría de las negociaciones se trata de obtener ventajas o de reducir pérdidas (del tipo que sean), en las que todo el mundo tiene asumido que hay que ser idiota para no aprovechar las posibilidades de ganar. Ejemplo claro es la política, donde los partidos bisagra muchas veces ejercen este tipo de chantaje: o aceptas parte de mi programa (aunque sea a costa de tus electores) o te tumbo la legislatura. Y sin embargo, esto tan habitual merece a lo sumo algunos titulares chillones en la prensa, pero nunca un sumario judicial.

En el mundo económico también es muy habitual el chantaje entre empresas rivales, y es en los negocios donde se produce habitualmente y donde tiene un contenido claramente económico. Es decir, en las negociaciones económicas sería raro no poder afirmar que se consuman delitos de extorsión a diario, sin que las partes se quejen más allá de su mala suerte por haber tenido sus vergüenzas expuestas al adversario. En ese sentido, la denuncia penal de la extorsión es más bien una especie de contraofensiva del perjudicado, al cual se ha llevado al límite aquel en el que resulta válida la expresión “de perdidos al río”.
 Y algo así parece haber ocurrido con el caso de Manos Limpias, que lleva años chantajeando al personal a cambio de sustanciosas compensaciones económicas en nombre de sus representados. No son pocos quienes consideran que la operación en la que se ha puesto al descubierto la presunta extorsión reiterada de Manos Limpias y Ausbanc es un intento –bastante fallido, por cierto- de sacar del foco mediático y judicial a la infanta Cristina por el caso Noos. Pues resulta poco menos que estrambótico que anteriormente diversas entidades financieras hubieran pasado por el tubo de Ausbanc sin rechistar, lo cual es indicativo de que si no lo hacían, tenían más que perder, y que ya les estaba bien así.
 Parece que el  caso Noos ha resultado ser la piedra en el zapato de los señores Bernad y Pineda, que por lo demás, llevaban años con sus técnicas de negociación sin que nadie hubiera afirmado que había que enviarlos a presidio. Me consta que hasta los menos simpatizantes de Manos Limpias reconocen que esa entidad ha efectuado un trabajo importante en bastantes momentos en los que se imponía una tibieza generalizada hacia ciertos desmanes. Lo mismo puede afirmarse de Ausbanc. Y resulta muy importante no confundir la ideología política de Manos Limpias con el hecho de que algunas de sus iniciativas tenían su razón de ser (aunque otras fueran de lo más disparatado). Sin embargo, los mismos medios de comunicación que les dieron cancha durante años son ahora los que encabezan el histérico griterío acusador, con todos los pulgares hacia abajo,  descalificando la actuación global de esas entidades durante toda su trayectoria. Algo que ya estamos acostumbrados a ver en innumerables ocasiones y que muestra el aspecto más ruin de nuestra sociedad, ávida de espectáculos en blanco y negro, simplones y de fácil digestión, en lugar de ponderar, matizar y comprender que hay toda una gama de grises que son los que hacen la foto mucho más realista.
 Descalificar la trayectoria completa de una persona o entidad por una imputación judicial no sólo es un error, sino una peligrosa forma de pensar y de valorar el desempeño de un ciudadano. Quiero decir con ello que ni el señor Bárcenas, con todas sus actividades al margen de la ley, sea descalificable en su integridad por ello (que es lo que pretenden desde el PP), ni la acción de gobierno del señor Pujol puede ser defenestrada por una cuestión tributaria (que es lo que sugieren antiguos socios ideológicos), ni las querellas del señor Bernad pueden ser puestas todas ellas en cuestión porque presuntamente se haya aprovechado de las circunstancias en algunos casos. En general, uno puede ser un excelente gestor en alguna materia y un perfecto delincuente en otra distinta. Lo cual no lo convierte en delito por extensión o contagio todo aquello cuyas manos tocan, por mucho que un solo caso oscuro pueda despertar suspicacias generalizadas en cualquier observador.
 Y es que pasamos de la confianza absoluta a la absoluta desconfianza con mucha ligereza. Y de la adulación vergonzante a la lapidación clamorosa en un plis plas. Y eso resulta vergonzoso e injusto. Juzgar socialmente a una persona debería ser un ejercicio de honestidad, poniendo cada cosa en el fiel correspondiente de la balanza, en lugar de ese voluble todo o nada al que sometemos a las figuras públicas a las primeras de cambio. Y en ese ejercicio de ecuanimidad no valen ni filiaciones ni antipatías.
 Manos Limpias se me antoja un “sindicato” detestable por su ideología e intenciones, pero no por ello puedo negar que en algunas de las causas en que ha intervenido tenía motivos para hacerlo, sobre todo por la ineficacia y el servilismo de la fiscalía, como a muchos (incluido el juez instructor) les ha parecido que acontecía con la infanta Cristina, con quien el poder ejecutivo del país está actuando en plan “salvar al soldado Ryan”. O sea, a toda costa y sin parar en mientes. Y la posibilidad de que todo esto sea un montaje cuidadosamente planificado para que estalle justo cuando el juicio oral del caso Noos se pone interesante no es nada inverosímil, pues a las defensas les ha faltado tiempo para pedir la descalificación de Manos Limpias en el proceso, con lo que la infanta saldría incólume al no quedar acusación alguna en su contra. Cosa que, prudentemente, las magistradas han denegado con contundencia. Y con lógica, porque la extorsión no implica en absoluto que se fundamente en una falsedad.  Todo lo contrario, la extorsión sólo puede ser realmente efectiva si la amenaza que la sostiene es la de divulgar alguna verdad tremebunda sobre su destinario.
 Cosa distinta es que el chantajeado decida cortar por lo sano  y denunciar las presiones a las que está sometido, pero no por ello podemos presumir que el extorsionador  sea el (único) malo de la película. Si el chantaje responde a algún hecho real y verificable, la cuestión no muere con el procesamiento penal del chantajista, sino que habría que profundizar en qué elementos de la extorsión responden a hechos que deben dilucidarse con luz y taquígrafos, porque de ese modo, tal vez el chantajeado  también deba responder de sus actos ante un juez.  Y no irse de rositas, como pretendía la defensa de la infanta Cristina.

miércoles, 20 de abril de 2016

El azar perturbador

Los Talebitas somos pocos, pero afortunadamente algunos son muy influyentes en el entorno científico, aunque sistemáticamente ninguneados por el sector económico oficialista, que de hacer suyos los postulados formulados por Nassim Taleb sobre azar, imprevisibilidad y fragilidad de los sistemas, verían peligrar la inmensa mayoría de sus inútiles pero extraordinariamente bien remunerados puestos de trabajo. De hecho, la boutade más espectacular de Taleb fue su petición pública para suprimir el premio nobel de economía, debido a las nefastas consecuencias reales de la majadería en que se han convertido esos laureles, en los que se premian estudios que en realidad no van ninguna parte, salvo a engordar el bolsillo de sus destinatarios.
 Taleb es un apasionado de la aleatoriedad, y de lo mal que nos manejamos con ella, lo poco que sabemos preverla, y lo mucho que necesitamos buscar patrones de regularidad donde en realidad no los hay. Es decir, nos inventamos regularidades para justificar nuestra necesidad de que el mundo responda a una predictibilidad concreta. Lo cual nos ayuda a sentirnos más seguros, pero no a estarlo de veras. En su libro Fooled by Randomness (desafortunadamente traducido al castellano como “¿Existe la suerte?”, como si hubiera alguna duda sobre el azar que gobierna nuestras vidas), Taleb hace un divertido y significativo estudio sobre las hazañas deportivas, y como (en gran medida) las grandes rachas son más aleatorias que otra cosa, lo cual vale tanto para el básquet como el béisbol y, por descontado, el fútbolaunque él, como buen norteamericano, ni lo menciona.
 Uno de los grandes errores de la gente común consiste en considerar que una serie aleatoria implica que los datos han de estar repartidos de forma estadísticamente regular a lo largo de toda la serie, lo cual es una falacia de campeonato. Aunque es cierto que en una serie aleatoria de dígitos, si es suficientemente larga, estarán todos ellos representados de forma más o menos equitativa, no es menos verdad que dentro de la serie habrá muchos fragmentos en que determinados resultados se repetirán de forma que podríamos calificar de sorprendente. Cualquier jugador de ruleta sabe que, en promedio, a lo largo de una noche de juego, saldrá igual número de rojos que de negros. Pero también habrá visto como algunos se arruinaban la fiesta tras salir doce veces seguidas el negro mientras apostaban a  doble o nada al rojo.
 En versión barata puede reproducirse esta situación arrojando una moneda al aire cosa de quinientas veces. Muchos se sorprenderán al ver que pueden conseguirse rachas de hasta cuarenta caras seguidas o más, aunque el resultado global sea de casi empate entre caras y cruces. Este fenómeno, junto con el de regresión a la media (que es una constante de toda variable que forme parte de un sistema tendente al equilibro y que pueda medirse estadísticamente) nos da una explicación razonable a cosas aparentemente misteriosas.
 Por ejemplo, que el Futbol Club Barcelona haya cascado en la Champions, y esté a punto de tirar la liga por la borda tras haber encadenado treinta y ocho partidos seguidos sin perder. Y todo por culpa de una mala racha de cuatro partidos consecutivos perdidos. En realidad, lo que demuestra la estadística es que para un equipo determinado (con un presupuesto equis similar a lo largo del tiempo) el número de victorias y derrotas por temporada es bastante similar a lo largo de una serie histórica. Eso sí, puede encadenar cuarenta victorias consecutivas y en un momento determinado proclamarse campeón de toda competición que se le cruce por delante; pero antes o después volverá a perder partidos en número suficiente como para equilibrar la estadística, regresar a su valor medio y -si le ocurre en mal momento- perder toda oportunidad de conseguir títulos. El azar siempre está presente, y más en un sistema multivariable como es el deporte de equipo, aunque lo dicho también es válido para los deportes individuales, en los que el azar y la regresión a la media se han constatado infinidad de veces.
 Es obvio que no sólo el azar gobierna nuestras vidas, pero también lo es que siempre infravaloramos en exceso la suerte (buena o mala) que acompaña a todos nuestros actos. Y esto es así porque hay mucha gente que se gana la vida dibujando mapas del éxito (y sus simétricos mapas del fracaso), como si existieran recetas para triunfar en cualquier actividad. Lo que hace falta para triunfar en un reto difícil son dotes y un montón de azar en forma de buena suerte (o hacer trampas, que es recurso pocas veces mencionado en los libros de autoayuda). Y lo que menos falta hace son mapas o recetas. Porque como dice Taleb, es mucho mejor moverse sin mapa que con un mapa equivocado. Porque sin mapa, al menos seremos prudentes y tantearemos, y aunque existe la probabilidad de extraviarnos, también existe la de conseguir llegar a nuestras metas. Pero con un mapa equivocado, a buen seguro que nos perderemos en el cien por cien de las ocasiones (cosa que, por otra parte, saben bien quienes alguna vez han confiado ciegamente en las indicaciones del GPS para acabar con el coche en medio de un descampado que “no estaba ahí”).
 Así que los analistas futbolísticos pueden dejar de romperse los cascos buscando explicación al desastre del Barça en este mes de abril Sencillamente, el azar y la media histórica ponen las cosas en su sitio. Lo que sucede es que no es lo mismo perder cuatro partidos repartidos equitativamente entre cuarenta jornadas (digamos uno cada diez encuentros) que perderlos todos seguidos, por la sencilla razón de que las expectativas que se crean (y que se pierden) son radicalmente distintas en un caso y en otro, aunque estadísticamente sean idénticos. Y al que no crea en ello, le recomiendo que analice las tablas de triunfos y derrotas de la liga, coteje la serie histórica desde 1990 y se sorprenda de la regularidad que aparece en el trasfondo, con sus subidas y bajadas y sus regresiones a la media.
 Y es que la mente nos juega malas pasadas intentando dibujar un mapa del mundo en el que las cosas tengan una explicación empírica y sistemática, como si el caos y lo aleatorio no tuvieran cabida. Nos aferramos a clavos ardientes y ajustamos nuestras percepciones a ello, aunque objetivamente eso sea del todo ilusorio. Sólo así se explica la satisfacción que produce remontar una mala temporada y la frustración que causa tener un bajón, aunque en la línea de meta estemos igual en un caso que en otro. Por eso, psicológicamente (y sólo psicológicamente, aunque la gestión de las emociones tenga una notable influencia en el desempeño nuestras actividades) es mucho mejor empezar mal una actividad cualquiera (una competición deportiva, un máster en ciencias exactas o la jornada laboral) y acabarla bien, que a la inversa, aunque el resultado final sea el mismo en un caso que en otro. Así se comprende la euforia deportiva de los clubes que han estado bordeando el descenso de categoría durante la temporada para acabar salvándose y quedar –como cada año- en la parte media de la clasificación. Justo al contrario de los que han comenzado a lo grande, ganando lo impensable, para después acabar donde siempre, es decir, en la misma zona media de la tabla.
 Por cierto, en situaciones de fragilidad manifiesta es donde el poder del azar se manifiesta de forma más contundente, por la sencilla razón de que lo aleatorio se manifiesta con mayor intensidad cuantas más variables influyan y menos predecibles sean. Hay un ejemplo fascinante al respecto: una piedra de cinco kilos de peso será difícil que se mueva un metro en un año, salvo si algún fenómeno meteorológico intenso la afecta (una riada, por ejemplo). En cambio, los mismos cinco kilos de material pétreo, pero desmenuzados en arena, acabarán repartidos en un radio de decenas de metros a cabo de poco tiempo. Lo aleatorio se manifiesta de forma notable en situaciones de fragilidad, inestabilidad y con muchas variables en juego. Eso es, precisamente, lo que está sucediendo en España en este momento político. De modo que resulta totalmente estúpido ponerse a hacer predicciones (salvo las interesadas, que no son más que globos sonda o  manipulaciones mediáticas del sentir popular) sobre el resultado y consecuencias de unas posibles elecciones generales en junio.
 Igual de estúpido y azaroso que predecir quién ganará la liga cada año. Y por favor, que nadie crea aquello tan infantil de que gana el mejor. Determinar el mejor sólo puede hacerse con un número significativo de jugadas, cosa que saben muy bien en la NBA, y por eso las finales se juegan a la friolera de siete partidos. Aunque seguramente, si se hiciera al mejor de veintiún encuentros, o de noventa y nueve, el resultado sería sorprendentemente ambiguo. Para nuestra frustración, una repetición suficientemente larga nos daría el habitual cincuenta por ciento de triunfos para cada equipo. Por eso, el deporte (y la política) se apañan para que parezca que existe un resultado seguro: nos dan siete partidos porque parece más objetivo que una final a un solo encuentro y porque con un número impar de opciones no puede haber empate, pero en realidad lo que estamos haciendo es acercarnos a lo puramente estocástico: cuanto más intentemos afinar, más cerca nos encontraremos de la probabilidad del cincuenta por ciento (salvo que uno de los dos equipos sea de escolares imberbes, cosa harto improbable, por otra parte).
 Porque cuando las fuerzas están igualadas y el sistema no contiene grandes asimetrías, el resultado final depende, sobre todo, del azar. Lo cual vale tanto para el fútbol como para la política. De hecho, ambos son espectáculos tan similares como deleznables, en los que unos cuantos aupados sobre los hombros del pueblo explotan las emociones y debilidades de una gran masa en provecho propio. Los unos se enriquecen  fabulosamente en la misma medida en que los otros se cuecen en la miseria intelectual y psicológica de ser sistemáticamente engañados y manipulados para dar rienda suelta y satisfacción al instinto grupal, excluyente y competitivo hasta la agresión que llevamos grabado en nuestros genes.  

jueves, 14 de abril de 2016

Conde

Mario Conde otra vez. Parece que la historia está condenada a repetirse en cada ciclo político, poniendo de manifiesto que los escenarios pueden variar, pero los guiones siguen siendo los mismos. Y algunos de los actores, empeñados en repetir cartel. Lo cierto es que, con independencia de los circunstancias puntuales del momento, los roles asumidos por los distintos estamentos político-económicos no se modifican sustancialmente por muchos años que pasen y por más escándalos que se aireen.
 La conclusión, desalentadora, es que la fenomenología de la inmoralidad pública y privada es invariable y consustancial a la democracia. La única ventaja de que gozamos hoy en día es que las cosas se ventilan públicamente en los medios de comunicación, y que podemos opinar sobre ellas libremente sin temor a que la policía política se persone en nuestro domicilio a altas horas de la madrugada. Pero esa mayor transparencia informativa no se traduce en un cambio profundo de la manera de entender la política y sus implicaciones en la economía. Y no tiene visos de variar significativamente en el futuro, próximo o lejano.
 Cualquier interesado en la historia de las democracias occidentales puede constatar que la corrupción es casi un paradigma inherente a la democracia, y que las herramientas para luchar contra ella nunca han sido suficientemente efectivas como para hacer desistir de las prácticas ilícitas a los avispados que siempre meten cuchara en el cazo común. Y es que también parece un paradigma de cualquier sociedad –con independencia del régimen político que la corone- que el ansia de poder crea fuertes alianzas entre los gestores de lo público y el mundo económico, no sólo para favorecer los intereses globales de unos y de otros, sino para el enriquecimiento personal  a cualquier precio.
 Donde el precio lo fijan los muchos bufetes especializados en la evasión de capitales y de impuestos (tanto da que se trate de evasiones legales como que no, pues lo fundamental –ya aludido en la anterior entrada de este blog- es la moralidad de las actuaciones en relación con el resto de la ciudadanía). En este sentido, las andanzas del señor Conde no son más censurables que las de cualquier otro. Lo que sucede es que a Conde lo tienen enfilado, y a otros no (por el momento). Y es que la búsqueda de responsables de delitos económicos tiene un clarísimo componente político, en el que la agenda del gobernante se rige por criterios de dosificación extraordinariamente calculados y complejos. No hace falta ser un conspiranoico convencido para suponer que el recientísimo castigo al expresidente Aznar por unas irregularidades en la gestión impositiva, aireadas por el propio ministro Montoro, son una manera de ejemplificar que el interés electoral del momento aconsejaba poner patas arriba las finanzas del presidente de honor del PP a fin de dar una imagen de imparcialidad y transparencia de la Agencia Tributaria (que nadie ha discutido nunca) y de los políticos que la dirigen y manipulan (cosa mucho más cuestionable).
 Quiero decir que ahora le venía bien a Montoro y sus mayorales dar a entender que la Agencia Tributaria no hace distingos, aunque todos sabemos que no es así, como bien puso sobre el tapete la bochornosa conducta de los mismos implicados en el caso de la Infanta Cristina, a quien se ha querido exonerar de toda culpa fiscal al precio que fuera. Y eso fue así no por culpa de la Agencia Tributaria, como ya protestaron enérgicamente los órganos representativos de los inspectores de hacienda en su momento, sino porque en el caso de la infanta estaba en juego la estabilidad de la monarquía (es decir, todo el tinglado constitucional sobre el que se vertebra el estado), y en el caso de Aznar lo que está en juego es la credibilidad del PP en su lucha contra las irregularidades tributarias.
 Ejemplo nítido de doble moral (como casi cualquier asunto que pasa por las manos del ministro de hacienda en funciones) y de que, en realidad, el control del poder tiene muy poco de democrático, y aún menos de moralmente aceptable. Y es que el problema no es que aquí delinca mucha gente, sino que está profundamente enraizado en lo más hondo del sistema el principio de que cualquier medio vale para conseguir los objetivos de las élites gobernantes. Y que esos objetivos no tienen porqué atender a nobles finalidades de interés general, sino antes al contrario, a la conservación partidista e incremento de las cuotas de poder político y económico, en una guerra brutal y francamente sucia para el reparto de las porciones correspondientes al más puro estilo mafioso. La única diferencia es que con la mafia sabe uno a qué atenerse (a fin de cuentas son hombres de honor,  aunque su concepto del honor se desvíe bastante del comúnmente aceptado) mientras que con éstos que nos gobiernan nunca se sabe ni cuándo, ni dónde ni como nos van a dar la siguiente puñalada. Porque para ellos el honor y la moral son auténticos estorbos, minucias a las que merece la pena eludir (o al menos intentarlo) porque si lo consiguen el premio es demasiado sabroso como para dejarlo escapar.
 Así que cuando merece la pena arriesgarse para hacerse fabulosamente rico o increíblemente poderoso, la solución no pasa por endurecer el código penal, que ya tiene 616 artículos y es más largo e increíblemente más farragoso que el Antiguo Testamento (que ya es decir), sino por un cambio genuino en las percepciones individuales y colectivas sobre lo que es aceptable y lo que es moralmente reprobable. Y en ese sentido no vamos por buen camino, ni en España ni el resto del mundo occidental. También en ese sentido resulta comprensible el resurgir de una extrema derecha internacional con afán regeneracionista. A fin de cuentas su argumento simplificador pero no menos hiriente es que antes de las democracias podía haber corrupción, pero al menos la controlaba el dictador de turno y sólo beneficiaba a unos pocos (proporcionalmente), mientras que ahora parece como si el pastel económico fuera asaltado desde muchos y muy variados frentes, de forma que el saqueo de lo público se ha institucionalizado y generalizado de un modo inconcebible en el régimen anterior.
 La tarta económica ha crecido en los últimos cuarenta años, pero el número de ratones decididos a rapiñarla se ha incrementado exponencialmente. Y eso no es culpa de unas leyes laxas o de una justicia blanda. Al paso que vamos, en este país, que prohíbe constitucionalmente la cadena perpetua pero la sustituye por el eufemismo de la prisión permanente revisable (a saber cómo, por quien y en qué condiciones de arbitrariedad), me juego los restos a que podríamos institucionalizar la pena de muerte por delitos económicos y el número de casos de corrupción no descendería significativamente (del mismo modo que el progresivo endurecimiento de las leyes penales en USA no ha reducido la delincuencia en las calles). Y es que los problemas sociales no se resuelven con leyes penales (o al menos, no solamente con leyes penales). En un sistema político tan permeable como la democracia de partidos, con tantas fisuras y recovecos, siempre habrá espacio para los sinvergüenzas que, como Conde, no sólo se llevaron dinero a espuertas, sino que después se apresuran a dar lecciones de moral económica a través de todos los altavoces mediáticos de los que han dispuesto (léase Intereconomía, entre otros).
 Es ésta una táctica de todos los corruptos, la de ser quienes más chillan en pro de la moralidad pública (como Il Cavaliere en Italia) que suele rendir buenas rentas a quienes la practican -en el colmo del cinismo- arrojando sobre los demás las toneladas de estiércol que ellos mismos producen a diario sin el menor recato. Dime de qué presumes y te diré lo que te falta: el acervo popular casi siempre acierta en sus refranes, pero sin embargo  el ciudadano de a pie sigue cayendo una y otra vez en las redes de estos encantadores de serpientes que, como Conde, no contentos con el poder económico, pretenden auparse a hombros del electorado montando su propio partido político para tratar de obtener también una buena cuota de poder político que les haga inmunes a cualquier investigación sobre sus turbios negocios. Menos mal que esta jugada no le salió bien al bueno de Mario
 Y a todo esto, hoy, aniversario de la proclamación de la república, nos queda la duda de si otra articulación del estado hubiera servido en el pasado o sería de utilidad en el futuro para impedir  esta degeneración pública de la moral privada. Y ciertamente creo que no, porque el mal está enraizado muy hondo en nuestra concepción de la sociedad, a la que se ve más como un estorbo para el cumplimiento de las aspiraciones individuales que como un esfuerzo común para hacer un país mejor. En general, nos importa muy poco el daño colectivo que podamos causar si un acto en concreto nos reporta beneficios individuales que no es probable que sean castigados de inmediato. El sistema neoliberal será todo lo democrático que se quiera, pero la conjunción de pdoer, dinero e individualismo feroz conforma una tríada maléfica de la cual casi ninguna moralidad escapa indemne.
Por eso Mario Conde es el símbolo de la persistencia de unas actitudes que -soy pesimista- no desaparecerán en el futuro. Y como dice la sabiduría antigua: los pueblos que no aprenden de sus errores, están condenados a repetirlos.  O lo que es lo mismo, Conde tendrá muchos y muy variados herederos en el futuro, que continuarán haciendo de las suyas para nuestra vergüenza, y ustedes saben bien por qué. 

jueves, 7 de abril de 2016

Panamá, entre lo legal y lo inmoral

Legalidad y moralidad no suelen ir de la mano, por mucho que los legisladores pretendan que los actos legales son siempre ajustados a la moralidad. Esto es así porque en muchos casos se legisla de un modo francamente sesgado, bien por omisión de determinados conceptos, bien por desproporción entre el concepto jurídico y la realidad social, o bien, en definitiva, por una falta de adecuación jurídica a las necesidades cambiantes de la sociedad civil. De ahí que muchos aspectos de las leyes se perciban como injustos o favorecedores de actuaciones poco éticas o francamente inmorales, como sucede habitualmente en las prácticas de los expertos mercantiles y tributarios tendentes a encontrar fisuras o agujeros en la legislación que les permitan hacer cosas que en general no están al alcance del común de los mortales. Es ese viejo estereotipo (pero no por ello menos cierto) de que quien tienes dinero suficiente para pagar un buen abogado especialista, siempre podrá encontrar un resquicio legal para satisfacer sus intereses; pero si se es un pelagatos que no tiene donde caerse muerto, lo más probable es que la justicia  le aplaste con todo el formidable peso de la ley, en seco y sin anestesia.
 Que la legalidad resulta tremendamente opresiva e injusta resulta bien patente cuando examinamos el código penal y atendemos a las diferentes penas según la calificación de los delitos. Que por robar un par de yogures en un supermercado te puedan caer un par de años a la sombra, mientras que al defraudador de un par también, pero de millones de euros, se salde la cuestión  con una multa y una condena menor es algo que todos hemos visto hasta la saciedad en los medios de comunicación. En el ámbito penal, las barbaridades en la aplicación estricta de la ley suelen resultar conmovedoras, pues es fácil apreciar cómo las percepciones cambiantes de la sociedad se traducen, muchas veces a destiempo, en un endurecimiento o relajación de las penas de una forma  carente de congruencia con el resto de delitos tipificados en el código, según el legislador quiera congraciarse con su electorado sin atender a un principio general de proporcionalidad criminal.
 Al tratar de objetivar toda conducta ilícita, la tozuda realidad nos demuestra que los tipos penales dependen en gran medida de supuestos de partida puramente ideológicos, sin relación ninguna con el daño real que esas conductas ilícitas puedan causar en sí mismas, y sobre todo sin tener en cuenta que una sociedad tan compleja como la actual no está preparada para el reduccionismo (a veces hasta el absurdo) con el que las leyes contemplan los castigos por conductas ilegales. De este modo llegamos a conclusiones tan aberrantes como que determinados delitos de sangre tengan penas inferiores a según qué delitos puramente ideológicos (como el de apología del terrorismo, que exige una apreciación tan extraordinariamente subjetiva que en última instancia depende del dolor de muelas que padezca esa mañana el magistrado de turno).
 Pero lo que más llama la atención de los sistemas legales represivos no es su asimetría interna (que ha llegado a algunos a apreciar que tal como están las cosas sería mejor volver al Código de Hammurabi, que institucionalizó el sistema de reciprocidad en las penas, es decir, la ley del talión, antes que seguir con este desbarajuste en que se ha convertido la legislación penal en casi todas partes, de tanto atender intereses contradictorios y surgidos de la urgencia o la presión mediática del momento), sino su asimetría externa. Es decir, su diferente grado de aplicación en función del estamento al que pertenezca cada individuo. Es aquí donde se manifiesta en todo su esplendor el alejamiento entre legalidad y moralidad; de hecho, la moralidad llega a quedar totalmente desfigurada  frente a lo previsto por la ley.
 Este caso  está teniendo reconocimiento mundial estos días a raíz de los Papeles de Panamá. Como se han apresurado a vomitar los interesados en todos los medios y de todos los modos posibles, la tenencia de cuentas y sociedades en paraísos fiscales no es necesariamente ilegal. Tampoco hacía falta que nos lo dijeran, pues casi todos somos conscientes de ello. Y somos conscientes en un sentido muy concreto, que nos lleva a considerar que existen dos clases de reglas de conducta lícitas; una para las élites ricas, y otra para todos los demás. Donde los demás tenemos que pasar por el ojo de la aguja administrativa o judicial por un quítame allá esas pajas y soportar que Hacienda nos dé un revolcón por una diferencia de cincuenta euros en la declaración de renta, mientras que los ricos pueden escaquear –legalmente, eso sí- una porción más que sustancial de su patrimonio al escrutinio de las autoridades fiscales, gracias a la constitución de las célebres SICAV u otros artilugios de ingeniería fiscal.
 Es aquí donde el concepto de la moralidad de los actos lícitos trastabillea y cae finalmente de bruces. Porque gracias a esta época de redes sociales y difusión global e instantánea de la información, todo el planeta es consciente de que el problema de los paraísos fiscales es que están diseñados desde una perspectiva totalmente inmoral, y que  por mucho que se amparen en la legalidad de las actuaciones, crean una distorsión tremenda en el trato fiscal de los ricos y de los pobres. Y  eso es así en todo el planeta, sin excepción alguna.
 Resulta obvio concluir que esto está sucediendo porque el legislador suele estar a sueldo (o directamente bajo la bota) de quienes detentan el poder económico, y por tanto, se legisla bajo la directriz principal de no perjudicar al poderoso. En cuestiones fiscales, ya es de sobra conocido el viejo dicho de que “es mejor cobrar un poco de muchos, que recaudar mucho de unos pocos”, como si dicho argumento validara todo el cinismo e hipocresía con los que Montoro y sus secuaces tratan a los ciudadanos corrientes y molientes. Por supuesto, ese es el típico sofisma pragmático y utilitarista que tiñe gran parte de las legislaciones fiscales occidentales dejando totalmente de lado a cualquier consideración de índole moral. De modo que, con el paso de los años, la brecha entre legalidad y moralidad se convertido en un abismo insalvable.
 Los medios han reproducido en grandes titulares la existencia de estas sociedades instrumentales creadas por el bufete panameño como si fuera una gran novedad (lo cual resulta muy sospechoso), pero muy pocos han incidido en que el problema no debe debatirse en el ámbito de lo que es legal, sino de lo que es moralmente aceptable. Y del mismo modo que yo, trabajador por cuenta ajena, no puedo percibir mi sueldo en una sociedad offshore y disfrutar de la evasión legal de impuestos que ello significa, habría que cuestionarse por qué los ricos están autorizados a ausentarse de cualquier conducta moral en lo relativo a su tributación y contribución al sostenimiento del estado en cuya bandera suelen envolverse cuando les interesa (que es justamente cuando tienen algo a ganar, ya todos somos conscientes de que el patriotismo de los millonarios sólo se exacerba cuando se trata de engordar su cuenta corriente).
 Porque mucho perorar sobre la unidad e indivisibilidad de la patria, pero ni hablar de poner del propio bolsillo para sostenerla, y mucho menos de la unidad e indivisibilidad del esfuerzo tributario. Lo de contribuir cada uno según su riqueza relativa sólo es válido para los pobretones asalariados y los autónomos de medio pelo. Y ahora, que esa tremenda discrepancia entre el discurso oficial y la realidad fiscal se ha hecho por fin patente con luz y taquígrafos, que nadie espere cambios sustanciales. Si los mismos que legislan son propietarios de múltiples sociedades offshore resulta difícilmente creíble que tengan el menor interés en luchar de forma efectiva contra los paraísos fiscales y la evasión legal de impuestos (por cierto, el término "evasión" se usa mucho en USA, pues por muy legal que sea, se trata de evadir el pago de los tributos que corresponderían en función del nivel de riqueza).
Como ya se ha visto en otras ocasiones, la lucha oficial  contra la opacidad fiscal y financiera solo sale a la palestra cuando se trata  de aflorar el dinero procedente de actividades francamente ilegales, como el tráfico de estupefacientes. Que nadie se llame a engaño: cuando los estados diseñan ofensivas de este tipo (como la que acabó con la banca Privada de Andorra a instancias de los todopoderosos Estados Unidos de América) no se atiende a cuestiones morales, sino sencillamente a todo un enorme sumidero de dinero negro que escapa al control del establishment económico, que a su vez controla a los poderes públicos. Es decir, sólo se persigue a los outsiders, no por delincuentes ni por inmorales, sino por no seguir las reglas del juego de los ricos de siempre.
 Así que la consecuencia principal de todo lo que ha salido a la luz estos días es que no va a suceder absolutamente nada. Tras la crisis financiera del 2008 que hizo tambalear el orden económico mundial todos los dirigentes occidentales clamaron a voz en grito que “nunca más”  y que se tomarían medidas para castigar a los responsables y para que no volviera a suceder cataclismo semejante, sin que hasta la fecha se haya movido un dedo en dicho sentido. Ahora sucederá exactamente lo mismo: habrá mucha palabrería hueca y mucha declaración altisonante y –salvo cuatro cabezas de turco cuidadosamente escogidas para mayor gloria electoral del gobierno de turno- los demás seguirán haciendo exactamente lo mismo que ahora sin inmutarse lo más mínimo. Porque saben perfectamente que la moralidad es cosa de imbéciles e idealistas. Y que lo que cuenta es el dinero, preferiblemente oculto y a salvo de cualquier intervención estatal.
 Por eso, cuando veamos esos conmovedores anuncios en los que hacienda nos instiga  a declarar hasta el último céntimo y ser intolerantes con la economía sumergida, más vale que todos y cada uno de los ciudadanos se cuestione, al menos, la dudosa moralidad de semejante mensaje. Yo, por mi parte y aún a riesgo de ser acusado de sedicioso y castigado de forma ejemplarizante, seguiré tratando de que mi fontanero me cobre las reparaciones de casa sin el IVA. El IVA que lo paguen Mossack & Fonseca y sus clientes y amigos.