miércoles, 8 de octubre de 2014

Es lo que hay

Es muy posible que la entrada de hoy disguste a más de uno, pero -como afirma el saber popular-  “alguien lo tenía que decir”. Y hay que decirlo alto y claro: la democracia que tenemos es la mejor que podemos tener hoy y en el futuro, tal y como están diseñadas las cosas. Y esta afirmación vale no sólo para Cataluña y España en particular, sino también para Europa y el resto del mundo occidental.

Y viene esto a cuento de dos tendencias que me parecen claramente nefastas. La primera, muy extendida, que califica la democracia española como especialmente corrupta, lo que denota muy poco conocimiento del resto de las democracias occidentales contemporáneas. La corrupción está igualmente extendida en los Estados Unidos de América (donde algunos autores han propuesto soluciones ingeniosas, como la prohibición absoluta de que cualquier político pueda recibir una remuneración mayor que el más alto de los sueldos que se perciben en la administración pública al cesar en el cargo y pasar al sector privado, idea ésta que parte del principio de antifragilidad expuesto por Taleb y otros muchos). Ese sencillo mecanismo impediría el numeroso tráfico que existe a través del sistema actual de puertas giratorias, que no se inventó en España.

Podría citar muchos más ejemplos al respecto, pero la conclusión final sería la misma: éste es un país de ilusos utópicos, desengañados y frustrados. Y tal vez, aunque el desengaño y la frustración estén en cierto modo justificados, ya va siendo hora de despertar y acomodarnos de una vez a la realidad. Y sobre todo, de dejarnos de gimoteos ridículos. La democracia que tenemos es la que hay, y no vamos a mejorarla en el contexto del sistema capitalista liberal.

Bien están las utopías en la medida de que la consecución de algunos –pero no todos- de sus nobles objetivos pueda servir para mejorar cualquier aspecto político de las sociedades modernas. Pero no es de recibo la pretensión de configurar una utopía al completo a sabiendas de que no puede prosperar porque existen limitaciones de base que lo impiden. Del mismo modo que la utopía marxista se reveló incompatible con las sociedades contemporáneas, pues colisionaba con algunos elementos fundamentales de la propia naturaleza humana (como la imposibilidad de tener una sociedad totalmente planificada a nivel central); la democracia como nos la quieren promover resulta igualmente utópica, porque parte de un principio de que la bondad y la ética se pueden imponer en la vida pública sin costes añadidos. Lo cual es rotundamente falso.

Como se ha puesto de manifiesto infinidad de veces, lo que no forma parte del orden natural es muy difícil de mantener puro e inmaculado. En otros términos, lo que no forma parte de la naturaleza –ese prodigio evolutivo que encuentra continuamente el mejor camino adaptativo a lo largo del tiempo- se ha de mantener con un coste (digamos energético) muy alto.

La naturaleza no es democrática en absoluto. La naturaleza es cruelmente darwiniana y jerarquizante. Dentro de cualquier especie, predominan de forma absoluta los procesos verticales-jerárquicos sobre los horizontales-democráticos (si entendemos democracia como un proceso abierto y participativo por igual a todos los miembros de la especie). En ese sentido, las sociedades humanas, por razones puramente biológicas, responden (de forma natural) a ese mismo esquema. Tengo el absoluto convencimiento de que la mayoría de las sociedades humanas son jerárquicas, dominantes  y no democráticas. Y todo ello pese al ya desacreditado y anacrónico concepto que algunos sociólogos new age, muy empapados de filosofía barata pero con muy poco trabajo de campo, nos quisieron hacer creer durante decenios sobre la supuesta liberté,  igualité y fraternité de los pueblos primitivos. Y mucho menos sobre la interesada versión de que las sociedades llamadas primitivas eran de estructura democrática y cooperativa. Hoy en día sabemos que la inmensa mayoría de las sociedades humanas son de una rigidez jerárquica apabullante que se manifiesta en las notorias diferencias de poder real entre hombres y mujeres, ricos y pobres, jóvenes y ancianos. Y entre clanes y familias de una misma tribu. Y entre tribus de una misma etnia. Y así hasta el infinito y más allá.

Así pues, la sociedad democrática igualitaria resulta ser un invento muy reciente (el voto pleno para todos los mayores de edad sin distinción no prosperó hasta bien entrado el siglo XX) y que no responde al esquema natural de organizar a los individuos que se observa en la naturaleza, y por descontado, en nuestros parientes más próximos, los primates. Si alguien es tan iluso de creer que se pueden vencer eones de tiempo evolutivo con una estructura cerebral organizada hacia la jerarquía y la sumisión mediante unos pocos cientos de años de estructuras democráticas, hay que decirle bien claro que es un iluso, un indocumentado, o ambas cosas.

Por tanto, siendo tan reciente y antinatural la democracia, es normal que deba gastarse mucha energía en mantenerla, y que además, resulte muy imperfecta, pues no estamos preparados más que por la razón y el intelecto a asumir los costes de ser siempre limpiamente democráticos.  Lamentablemente, este razonamiento no está escrito en nuestros genes, y por tanto, resulta imposible de transmitir automáticamente a las generaciones posteriores, como el color del pelo o de los ojos.  La democracia se (re)construye en cada generación, y tenemos que hacerlo partiendo de la base de que es un mecanismo que intenta corregir nuestra naturaleza más intima, y que por ello, es dificilísimo hacerlo bien.

En una ocasión anterior, escribí en este mismo blog que la democracia es la transversalización del poder político, frente a una naturaleza humana que tiende a ejercer el poder de forma concentrada y vertical. También escribí que eso conlleva también una transversalización de la corrupción, que pasa de estar concentrada en unas pocas manos, a difundirse entre amplios estratos sociopolíticos. Y que eso no tiene remedio, porque la corrupción es innata y consustancial al ser humano. A fin de cuentas no hace más que reflejar un concepto universalmente aceptado en genética: el del egoísmo del individuo para perdurar y perpetuarse. A costa del bienestar o la vida de otros individuos, si ello es preciso. En todo caso, algunos filósofos escépticos del pasado ya habían comprendido muy bien la naturaleza básicamente corruptible del ser humano. Al respecto resulta muy recomendable leer a Séneca, por otra parte tan hispano(romano).

Así que la democracia formal permite transversalizar, ampliar y diluir el poder político y la corrupción inherente al mismo. Por eso parece haber más corrupción que en tiempos de la dictadura. En primer lugar porque una de las ventajas de la democracia es la menor opacidad respecto a otros regímenes políticos, pero sobre todo, porque la transversalidad hace que la corrupción sea una capa más delgada pero más extendida en el conjunto de la población, y por tano, más visible.  Es como el petróleo o el aceite: un par de bidones ocupan muy poco espacio y pasan inadvertidos, pero viértalos en una piscina y el desastre parecerá de proporciones épicas.

A este efecto de transversalización de la corrupción hay que añadir otro aún más poderoso que se cierne sobre las democracias formales, y que se concreta en el efecto contrario que se da a nivel económico y financiero. La  globalización económica de los últimos decenios no se ha traducido en una pareja transversalidad del poder financiero, sino en su opuesto: una intensísima concentración económica en grandes conglomerados transnacionales, y una equivalente concentración financiera con la desaparición de muchos bancos de tamaño pequeño y mediano, y la concienzuda destrucción del sistema de ahorro popular basado en las cajas de ahorros.

El resultado es monstruoso. Tenemos un poder financiero concentrado y transnacional y un poder político transversal y local, si se me permite la expresión. Tenemos una estructura económica vertical que domina el mundo como una espada de Damocles y unas estructuras políticas mucho más horizontales, débiles, y mucho más diluidas en el seno de la sociedad, por lo que resultan mucho más vulnerables y permeables a los designios del poder económico. Por tanto, son mucho más fácilmente corruptibles, en un sentido amplio del término, como podríamos referirnos al sistemático incumplimiento de los programas electorales debido a presiones del sector financiero y de las grandes empresas, como bien sabe el señor Obama, al que no deja de ser un sarcasmo denominar “el hombre más poderoso del  mundo”. Eso también es corrupción, sólo que más insidiosa y menos perceptible.

En definitiva, no podemos esperar de la democracia liberal formal, basada en la alternancia de partidos, una regeneración política trascendental ni en un futuro próximo ni en el lejano. Del mismo modo que las acusaciones contra la endeblez de la democracia liberal ya surgían de mentes preclaras hace más de cien años, ocurrirá exactamente lo mismo en el siglo que viene, porque el problema es estructural. La democracia hay cosas que no puede darnos por mucho que nos esforcemos. Es una lucha en vano, porque la cuota de corrupción y de sumisión al poder económico-financiero existirá siempre, más o menos velada.

Así que tal vez debamos centrarnos en lo que si nos ofrece la democracia: transparencia, libertad individual y colectiva, libertad de expresión y de asociación…. Libertad de pensamiento y de acción, esencialmente. Eso es mucho más de lo que podían soñar nuestros bisabuelos en toda Europa. El resto es lloriqueo sinsentido, discusión sobre el sexo de los ángeles, voces clamando en el desierto de la utopía.

Una inútil pérdida de tiempo frente a la voracidad humana por la riqueza y el poder.

miércoles, 1 de octubre de 2014

De la vida, la decadencia y la muerte

Despido el verano una noche en la playa, en un chiringuito delicioso del Maresme mediterráneo, con buena música de fondo y mejor compañía. Mar plana, cielo estrellado y viento en calma que invitan a esas reflexiones en las que a veces nos ahondamos los humanos cuando el entorno nos causa esa placidez de la mente que abre canales de comunicación y ansias de explorar los misterios de la vida. Y también de la muerte.

Y en esas estaba con una de esas buenas y muy viejas amigas cuya amistad perdura años y años aunque sólo nos encontramos ocasionalmente (y quizá precisamente por eso), que me comentaba lo dura que es la experiencia de tener a un familiar directo ingresado en una residencia asistida para ancianos. Tanto por lo que significa como experiencia personal, traumática en cuanto al hecho de convertirse en  espectador de un ser querido que se va desvaneciendo lentamente ante tu mirada impotente, como por el espectáculo aterrador de todos quienes le rodean a  uno en esos lugares a donde vamos a parar cuando ya no podemos valernos por nosotros mismos.

Y me explicaba asombrada como casi todos se aferran desesperadamente a la vida, aunque no les queda otra esperanza que la de aguardar la llegada de una muerte que, finalmente, se revelará como piadosa.  Bajo ese cielo estrellado que nos hacía sentir aún más si cabe nuestra insignificancia y cuestionarnos el sentido de nuestra propia existencia, nos preguntábamos el porqué de ese afán por seguir viviendo así, cuando es más que evidente que nuestras vidas ya carecen, no sólo de utilidad propia o ajena, sino de cualquier posibilidad de aportar nada a nuestra contabilidad vital.

Hay una respuesta que parece evidente: la vida lucha siempre por seguir adelante, por continuar a cualquier precio. Pero una reflexión profunda – ésa que tanto favorecen las últimas noches de verano, lánguidas y cálidas todavía- nos hizo descartar esa opción. Tanto por motivos biológicos como espirituales, ese afán de perdurar tan arraigado en el mundo occidental  tendría que estar absolutamente descalificado. Y sin embargo ahí estamos, en una sociedad con cada vez más viejos y cada vez en peor estado. Más dependientes, física y mentalmente. Y más desesperados por no morir, todavía.

Me decía Tonya – así se llama mi vieja amiga, en una amistad que se fraguó cuando ella era casi  una niña y yo un joven todavía muy verde- que no tiene ningún sentido esa especie de afán por aferrarse a una existencia que ya carece de todo sentido, incluso en el plano espiritual. Y que incluso es muy decepcionante ver como esas personas, que objetivamente viven porque les ayudamos a mantenerse con vida, harían lo que fuera por seguir viviendo así, en un estado que a todas luces resulta penoso en muchos casos. Y también resulta muy difícil valorar una cualidad subjetiva a ese asirse desesperadamente a la vida, máxime cuando tenemos en cuenta que la gran mayoría se declaran creyentes en alguna de las grandes  religiones monoteístas.

Está claro que si la vida deseara perpetuarse incluso en la ancianidad, tendría algún sentido objetivo. La naturaleza no dota a los seres vivos de mecanismos superfluos, porque tienen un coste que no aporta nada en términos evolutivos y de supervivencia de la especie a partir de un umbral de vejez determinado. En principio, el propósito de la vida es perpetuarse a sí misma a través de los genes, y cuando un organismo es incapaz de reproducirse o de ayudar a otros a alcanzar la madurez necesaria para seguir trayendo generación tras generación al mundo, la naturaleza prescinde de él. El mecanismo es claro: los animales viven mientras su vida tiene un sentido reproductivo, entendido en un sentido amplio. Determinadas especies muy longevas, como los elefantes, lo son porque las tías y abuelas de la manada son las encargadas de educar y de transmitir información muy valiosa y necesaria para la subsistencia de los más jóvenes. Es decir, que la vida tiene sentido mientras una generación todavía es capaz de aportar información valiosa (genética o de otro tipo) a la generación siguiente, pero acabada esa tarea, se extingue y deja paso al siguiente escalón. Desde el punto de vista biológico, el mecanismo es intachable, y por eso son muchos los animales viejos que se dejan morir, literalmente, o que concluyen su existencia en un acto supremo de reproducción que los deja exhaustos y moribundos, como los salmones.

Descartado el mecanismo biológico como explicación del afán de supervivencia de los más ancianos, nos queda como única explicación un indeseable efecto secundario de la inteligencia humana, matizado por factores de índole cultural y religiosa. Parece como si, al dotarnos de inteligencia, nuestra aspiración a codearnos con la divinidad se centrara en un deseo irreprimible y contradictorio de perdurar en la vida terrenal. Llegar a la vida eterna pero sobre la faz de la tierra. Sin embargo, hay muchas otras culturas que aceptan el valor simbólico de la muerte como una regeneración y un paso necesario para el mantenimiento de la vida. Aceptar la muerte no sólo con resignación, sino como algo que se busca y se espera al final de la vida es bastante común en muchas culturas orientales. Y no está de más recordar, como hizo mi amiga, que en la India son multitud quienes van a Varanasi al final de sus vidas a dejarse morir una vez concluido su ciclo vital. Tal vez es por la fe en el karma y  en futuras reencarnaciones, cada vez superiores. O sea, por la firme creencia en una ley que retribuye los actos de cada vida en una reencarnación posterior.

A la luz de este fenómeno, que es tanto religioso como cultural y que permite a la gran mayoría de los miembros de culturas orientales (incluida la musulmana) aceptar la muerte como algo mucho menos aterrador que la visión que tenemos en occidente, parece inevitable llegar a la conclusión de que el drama de la ancianidad occidental tiene mucho que ver con un erróneo enfoque cultural  cuyas raíces ahondan mucho más profundamente en algún fallo garrafal de la religión mayoritaria cristiana.

Pese a las promesas a los fieles de la existencia de una vida ulterior tras la muerte, de un paraíso al que van eternamente las almas buenas, lo que se vislumbra al levantar el velo de la doctrina oficial de las iglesias cristianas es algo muy semejante a la desconfianza más absoluta. Una especie de fe obligada por el dogma pero cuyos cimientos son totalmente vulnerables. Los creyentes occidentales lo son de palabra pero no de corazón. Parece como si temieran, literalmente, que ese cielo paradisíaco al que oficialmente aspiran sea, en realidad, una invención doctrinaria.

Así se explicaría, por ejemplo, que los musulmanes yihadistas actúen con una convicción que les lleva a la inmolación personal, frente a la tradicional pusilanimidad europea, en la que el mero  hecho de morir por una causa religiosa (y aquí está de menos la bondad o perversión de la causa, ya que no se cuestiona eso sino lo inconmovible de la fe personal) se considera como mínimo una excentricidad, o bien directamente un signo de locura fanática.

Los que somos ateos siempre hemos manifestado que nuestra carencia de fe requiere de mucha valentía, porque lo único que nos ofrece una visión estrictamente naturalista de la vida es que tras nuestra muerte no queda nada de nosotros, salvo los genes que hayamos transmitido a generaciones posteriores y  el legado espiritual e intelectual que hayamos dejado a quienes nos han rodeado en vida. En ese sentido es mucho más fácil ser creyente, porque tras la muerte parece que a los cristianos les aguarda el equivalente a un premio gordo infinito y eterno. Y sin embargo, se resisten a irse, rotos por el alzheimer, corroídos por enfermedades degenerativas, impedidos en sillas de ruedas, dependientes de otras manos que los alimenten. ¿Qué sentido tiene eso?

Muy pocas opciones para una respuesta a esa incógnita. Una de las posibles es que la fe cristiana está mal asentada sobre unas premisas totalmente incorrectas. Tal vez – y ahí es donde mi amiga Tonya iluminó parte de ese oscuro embrollo- se debe a que en la cultura occidental, la muerte se ve como lo opuesto a la vida, su antítesis, mientras que en otras culturas y religiones más enraizadas con la naturaleza y con el universo, la muerte se percibe como opuesta al nacimiento, pero nunca a la vida. La muerte se integra en la vida como un paso más en una serie de trayectos cuyas respectivas fronteras son nacimientos y muertes, pero en los que la vida es un continuo que no se extingue con la desaparición del cuerpo físico.

Tal vez sea esa una de las posibles respuestas. Tal vez no, pero lo cierto es que nuestros ancianos criados en la fe cristiana suelen contemplar la muerte con poca serenidad y mucha desesperación, y eso les lleva a agarrarse al clavo ardiendo de una existencia horrible en muchas ocasiones. Una existencia llevada al límite por los avances de la tecnología médica, pero que no ofrece nada productivo ni a ellos ni a la sociedad que les acoge.

Y eso nos lleva a otra reflexión sobre la religión cristiana en general, y la católica en particular. Una doctrina tan insistente en la vida terrenal como algo pasajero y de poca trascendencia, y en el más allá como una puerta a la unión con la divinidad tras la muerte, pero con tan poco éxito real, tal vez debería replantearse si su marketing milenario está absolutamente mal orientado. Es como si la Coca Cola tuviera millones de seguidores que a la hora de la verdad se rindieran ante la Pepsi. O como ser de izquierdas pero votar a la derecha en cada decisión trascendental. Es una total incongruencia espiritual, filosófica y moral. Nuestros cristianos parecen los creyentes del “por si acaso”, es decir, creyentes desconfiados. Como en la célebre apuesta de Pascal, son creyentes porque si no existe Dios, no pierden nada, pero si existe, la ganancia es máxima.

La religión cristiana hace tiempo que abandonó la senda espiritual y se acomodó a un mundo centrado en el materialismo, en lo físico y tangible. Y un occidente materialista, pese a tener incrustada la religión desde el inicio de los tiempos, ha fracasado a la hora de integrar la trascendencia de la vida en un mundo regido por las posesiones terrenales y la riqueza. La cristiana se ha transformado en una religión formalista en la que en el momento supremo –el que se supone que da sentido trascendental a nuestra vidas- se da un paso atrás. La muerte no se contempla como una puerta misteriosa, sino como un precipicio sin fondo. Falla el encaje entre vida y muerte, lo que demuestra la escasa convicción en la vida eterna que tenemos en occidente pese a que el lema de la mayor superpotencia de todos los tiempos sea, irónicamente, “In God we trust”.

“En Dios confiamos”, pero por lo visto no tanto como para encomendarnos serenamente a él al final de nuestras vidas.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Transversalidad

Me resulta difícil comprender cómo se las apañan reputadas figuras del mundillo intelectual español para traicionar los más elementales principios del rigor analítico, con tal de defender sus posturas que, por muy legítimas que sean, no deberían hacer abstracción de la realidad social en la que vivimos a fin de acomodarlas  a su particular lecho de Procusto. Quiero decir con ello que las opiniones no se pueden validar ajustando los hechos a la medida del observador, recortando por aquí y por allá, o añadiendo falsedades de cosecha propia para hacer más vibrante y creíble su discurso.

Valga esto para todos los Savateres, Españas, Azúas, Boadellas y (últimamente) Goytisolos, que desde el púlpito que les facilita El País, se inventan una realidad social de Cataluña totalmente distorsionada y falsa, en la que acomodan la talla de la sociedad catalana a la medida de su lecho mental. Igual que hacía Procusto, se dedican a amputar las piernas que les parecen demasiado largas y a estirar los miembros que se les antojan cortos para que quepan perfectamente en la cama en la que ellos han decidido acomodar su idea de Cataluña. O mejor dicho, de cómo debería ser Cataluña, muy a su pesar.

 Por eso dicen las barbaridades que dicen, y asocian conceptos puramente políticos a fenómenos totalmente sociales. Meten a todos en el mismo saco, les aplican el molde de sus convicciones personales y de ahí sale la figurita del catalán excluyente y segregador, de acuerdo a la conveniencia de las ideas centrales y centralistas que, esas sí, siempre han proliferado por la meseta, teñidas de un vacuo europeísmo que -por falaz e interesado- no engaña a nadie.

Cabe resaltar, de entrada, que la mayoría de los nacionalismos pequeños, como se ha señalado en mutitud de ocasiones, son reactivos -cuando no puramente defensivos-  frente a otro nacionalismo de corte más invasor y agresivo. En ese sentido, el nacionalismo no es siempre una opción enarbolada interesadamente por un partido político para ensanchar su base electoral o para conseguir beneficios de cualquier tipo, cosa que los citados intelectuales omiten sistemáticamente.Ciertamente, no se puede negar que en ocasiones, el nacionalismo es un herramienta exclusivamente política, dirigida desde la cúpula de determinadas formaciones hacia las bases sociopolíticas que forman su electorado. Pero en muchas ocasiones el nacionalismo no es una opción vertical dirigida de arriba a abajo, sino una actitud transversal que permea por ósmosis desde una amplia base hasta las cúpulas políticas.

Negar este hecho es una aberración interesada, y lo es por partida doble. Primero, porque la identificación que está haciendo determinada clase intelectual españoloide del independentismo catalán con la abyecta situación de CiU es una marranada, además de una mentira, sabedores como son de que CiU nunca ha sido una fuerza independentista, sino que se subió al carro obligada por el tirón social de un movimiento totalmente transversal como es la ANC. Y segundo, porque si pretendemos buscar relaciones causales, la causa primera fue un movimiento social como la ANC -que aglutina a gentes de muy diversas sensibilidades políticas- y el efecto fue que los partidos políticos, totalmente descolocados ante la innovación que representaba un movimiento de base sin filiación (ni disciplina) política, hubieron de adherirse o distanciarse de ella para salvaguardar a gran parte de su electorado, disconforme con la posición oficialista vigente hasta el momento.

Esto de la transversalidad es algo que nuestros intelectuales parecen desconocer, no se yo si interesadamente (pues nunca se atisba comentario suyo al respecto). En todo caso, es fundamental para comprender muchos nacionalismos que, como el catalán, ni son excluyentes ni segregadores. Y decir lo contrario es una estupidez de gran calibre, además desmentida por la cotidianidad en las calles de (casi) cualquier población catalana.

Lo de la división en dos Cataluñas puede ser cierto, pero no porque unos se llamen Pérez y otros Viladomiu. Somos muchos -y orgullosamente me encuentro entre ellos- los que somos independentistas sin tener un pedigrí de pureza étnica. Yo mismo tengo sangre germánica, judía, andalusí y aragonesa mezclada con la catalana en mis venas, y escribo este blog en castellano sin avergonzarme por ello. Y conozco a muchos independentistas que son inmigrantes o hijos de inmigrantes en Cataluña, a quienes nadie ha negado el pan y la sal por proceder de Ponferrada, Lepe o El Ferrol.

Del mismo modo que el origen no identifica al independentista (y quien así lo manifiesta públicamente es un bellaco que no sabe argumentar sus ideas limpiamente), tampoco la  afinidad política lo define. Esa interesadísima alineación (y alienación) que pergeñan los medios afines al centralismo jacobino entre un determinado partido político catalán (hoy en horas bajas) y el independentismo es una canallada vergonzante que sólo se sostiene por el presunto prestigio de los plumíferos que la sustentan sin más mérito que tener reservada una columna semanal en diarios españolistas de gran tirada. Lo que me parecería muy bien si expresaran sus opiniones como eso, meras opiniones a contrastar, no como dogmas de fe de los cuales el lector ha de beber como si fueran las fuentes mismas del conocimiento.

El concepto de transversalidad es fundamental a la hora de entender determinados nacionalismos, como el catalán, que agrupa a gentes de derecha e izquierda, urbanitas y rurales, universitarios y menestrales, jóvenes y ancianos. La transversalidad es opuesta a la verticalidad partidista, como bien habrán notado estos días los votantes del PP tras la dimisión del ministro Gallardón.

Gallardón ha dimitido porque Rajoy, que es un infame pero no un idiota, es consciente de que el tema del aborto es transversal. No polariza a la sociedad española  entre izquierda y derecha, sino que aglutina también a gentes del PP contra la cúpula de su partido, y eso es algo intolerable desde el punto de vista electoral. En ese sentido, la transversalidad es mucho más fuerte que cualquier ideología política que, por definición, tiende a la sectarización vertical. De ahí la obediencia ciega, la disciplina de voto, la asunción en bloque del programa político impulsado por las élites de los partidos políticos: verticalidad en su esencia más pura.

Guste o no, el independentismo catalán es transversal. Ello no quiere decir que el hogar común del independentismo sea un "melting pot" equidistante y proporcional entre las distintas sensibilidades. Por supuesto, que unas predominan más que otras, pero lo fundamental es reconocer que en la bandera estelada se reconocen personas de muchos orígenes, procedencias, ideologías y  hasta lenguas maternas diferentes. Y eso, ni Goytisolo lo puede enmendar, por mucho que mienta en su condición de invitado estrella de El País. El independentismo catalán puede ser criticado  en muchos aspectos (en todo caso, no menos que el rampante y disimulado nacionalismo español que se percibe cada vez que se rasca bajo ese pretendido europeísmo de salón y conveniencia), pero no por ser de iniciativa política, en el sentido de ser fomentado por algunos partidos. Al contrario, es de origen social, popular y callejero, y tras él arrastra a muchos partidos que se mostraban cuando menos indecisos (si no renuentes) hasta hace bien poco.

Y si algún malintencionado se pregunta de donde surgió la iniciativa, les recordaré con todo mi empeño que el infausto y deplorable recurso de inconstitucionalidad contra el Estatut de 2007, promovido por la derechona fáctica y mediática, fue la causa directa de que muchos ciudadanos catalanes se preguntaran si había algo más infamante que recurrir artículos del Estatut que otros estatutos de autonomía calcaban y que nunca fueron recurridos por ser promulgados en otras regiones más "españolas". Es decir, que el nacionalismo centralista español negaba a Cataluña lo que concedía a Andalucía, por poner un ejemplo.

Una cosa es casi segura (si es que se puede hablar en semejantes términos del devenir de una sociedad): si no hubiera sido por el recurso y el posterior varapalo del Tribunal Constitucional, las aguas no vendrían hoy tan turbulentas. O sea, que además de infames, los nacionalistas españoles son gilipollas (según diccionario de la RAE: tonto, lelo).

Y ya que hoy escribo sobre transversalidad, planteo otra cuestión. Hay bastantes pensadores que se plantean si la democracia es un epifenómeno; es decir, una cosa que parece tener una relación causal con otra pero que en realidad no es así. Destejiendo el misterio, hay quien se pregunta si la democracia formal es realmente una consecuencia lógica del afán de libertad humano (que es lo que nos han vendido) o bien responde a otras causas ocultas a simple vista pero de mucho mayor calado. Y como hoy hablamos de transversalidad, propongo una de las muchas posibles respuestas: la democracia  sería una forma de transversalizar el poder. En las formas tradicionales de gobierno, el poder se estructura de forma totalmente vertical (teocracias, dictaduras, imperios). La democracia formal consigue que el poder se abra a diversos sectores, y de hecho, se convierta en un fenómeno transversal y alternante. Pasa de una estructura vertical a una estructura horizontal, en la que cualquier formación puede subir o bajar en función del espectro político y de los vaivenes de la opinión pública.

Sin embargo, tal vez me quedo con una definición mucho más pesimista. Así como la verticalidad concentra la corrupción en unos pocos y siempre los mismos, la transversalidad democrática permite diversificar la corrupción entre un amplio abanico de reparto de favores y prebendas a lo largo de todo el espectro. Y eso es bueno para los políticos y sus intelectuales a sueldo (como bien conoce el eje PPSOE), pero acaso no tanto para la ciudadanía.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Independencia y antifragilidad

En reiteradas ocasiones he argumentado a favor de la independencia de Catalunya desde una perspectiva no emocional. tampoco desde una perspectiva puramente económica, porque cualquier predicción económica es tan buena como echar una moneda al aire. Son ya muchos decenios de previsiones fallidas de altos organismos económicos mundiales y de laureados (autoproclamados) expertos en una materia en la que el mejor experto no puede predecir mejor que un parlanchín taxista de Brooklyn (sólo hay que ver en los últimos cinco años cuantas correcciones ha hehco el FMI o la OCDE a los indicadores de crecimiento económico. Mucha fórmula, mucho ajuste, pero la verdad es que rectifican cuatro a más veces al año. Lo cual lo único que indica es que sus indicadores no funcionan. Punto.

En ese sentido soy un independentista "talebiano" feroz. Y hoy voy a transcribir literalmente parte del último ensayo de Nassim Taleb titulado  "Antifrágil" (editorial Paidós, colección Transiciones, páginas 134 y sig.), con la intención de dejar bien claro que la independencia de Catalunya sería buena para sus habitantes, si descartamos las estrechas miras cortoplacistas. En ese sentido, repruebo agriamente a los colectivos de jubilados que decidirán, tanto en Escocia como aquí, el futuro de sus respectivas naciones. Porque son ellos, los que con su voto del miedo a perder las pensiones -que no sería el caso, por mucho que los voceros del ultranacionalismo español lo afirmen-  pueden echar a perder un proyecto que tal vez exija sacrificios ahora, pero sería para el bien de las generaciones futuras. Es decir, para sus hijos y  nietos. 

Antifrágil es todo aquello que se beneficia de lo aleatorio y de lo volátil. Que puede sufrir pequeñas pérdidas y oscilaciones a lo largo del tiempo, pero casi nunca una gran catástrofe. Antifrágil e slo que se fortalece con las situaciones de estrés. No e salgo simplemente robusto o resistente, sino algo que se beneficia de cierto tipo de estresores. La naturaleza es antifrágil, por ejemplo, y el mecanismo de su antifragilidad es la evolución. Dicho esto, cito a Taleb (que no es ningún desconocido: sus tres libros publicados hasta la fecha tienen millones de lectores, y él mismo es profesor de ciencias de la incertidumbre en la Universidad de Masschussets y en la London Business School. Por cierto, y por ello se ganó muchos rencorosos enemigos: fue el único que alertó ya en 2007 de la catástrofe financiera mundial que se avecinaba mediante su libro El Cisne Negro):

"Echemos un vistazo a la Europa anterior a la creación de más estados-nación de Alemania e Italia (vendidos como "reunificaciones", como si esos estados ya hubieran sido una unidad en un pasado romántico). Hasta la creación de estas entidades románticas, lo que había era una masa amorfa e inestable de ciudades-estado y pequeños estados en tensión permanente y con alianzas que cambiaban sin cesar. [...] Y esto nos muestra un aspecto reconfortante de los pequeños estados beligerantes: la mediocridad no uede afrontar más de un enemigo y una guerra aquí se convertía en una alianza allá. Siempre habái tensión en algún lugar pero sin grandes consecuencias, como las precipitaciones en las Islas Británicas; una lluvia fina  y constante que no causa grandes inundaciones es muchísimo más fácil de afrontar que lo contrario: unas sequías largas seguidas de lluvias torrenciales .

Naturalmente, el contagio que desembocó en la posterior creación de más estados-nación a finales del siglo XIX nos llevó a la que vimos con las dos guerras mundiales y sus secuelas: más de sesenta millones de víctimas. La diferencia enre guerra y no guerra se hizo inmensa....Era como si un interruptor activara un efecto de "el que gana se lo lleva todo" en el campo de la industria, como si predominaran los sucesos raros (los cisnes negros). Un grupo de estados pequeños es similar al sector de la restauración: es volátil pero nunca sufre crisis generalizadas, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo en el (mastodóntico) sector bancario. La razón es que está compuesto por muchas unidades independientes pequeñas y que compiten entre sí: por separado no amenazan al sistema ni lo hacen saltar de un estado al otro. La aleatoriedad se distribuye en lugar de concentrarse.

Como nuestro amigo el pavo de Acción de Gracias, hay personas que se tragan ingenuamente la creencia de que el mundo es cada vez más seguro, algo que atribuyen, con la misma ingenuidad, al "bendito padre Estado". Es como decir que las bombas atómicas son más seguras porque estallan con menos frecuencia. [...] Cuando consideramos los riesgos no examinamos pruebas (que surgen demasiado tarde), sino que evaluamos posibles daños, y el mundo nunca ha sido más propenso a sufrir más daño que ahora, nunca. (nota: el síndrome del pavo se refiere a que un pavo bien alimentado y cada vez mejor tratado durante todo un año por su amo, prevé que el futuro será aún mejor, hasta que aparece un cisne negro impensable en el horizonte inmediato: cuando más satisfecho y esperanzado está es justo el día antes de que le corten el pescuezo para cocinarlo el día de acción de gracias. Una metáfora clarísima de lo que sucedió al mundo con la gran crisis de 2008).

[...]

Las características del riesgo de una confederación basada en un conjunto de municipios (al estilo de Suiza) son distintas de las del estado centralizado. El primero es estable a largo plazo a causa de alguna dosis de volatilidad"

Y añado yo, como aclaración, que el segundo es inestable a largo plazo porque pretende controlar la volatilidad al estilo de una olla a presión, que cuando revienta, se lleva todo por delante. Dicho de otro modo: a los grandes estados, igual que a los grandes bancos o los mastodónticos conglomerados industriales actuales, les sorprenden con mucha mayor facilidad esos cisnes negros que detonan imprevisiblemente y que tienen efectos devastadores a largo plazo. Cosa que a los entes más pequeños, flexibles, adaptados a la volatilidad y a la aleatoriedad inherente al mundo, no les sucede jamás. Véase Suiza.

El futuro es incontrolable, porque es aleatorio e incierto, es mucho mejor estar dentro de un sistema pequeño y dinámico, y que no pretenda la ingenua ficción de que la ultrarregulación y el tamaño desmesurado son antídotos contra el desastre. Todo lo contrario.

Así que espero que el futuro no sea de los grandes estados centralizados que han convertido el mundo en una especie de campo de concentración igualitario, pero que  ni aún así nos protegen del cisne negro. Confío en que algún día una mayoría social se de cuenta de la entelequia de "mejor unidos". Que perciba la mentira de la "Gran Europa sin fronteras". Que entienda que cuanto más grandes, mayor será la sensación subjetiva de estabilidad, pero que la dinámica del sistema tiende a causar, efectivamente, menos incidentes en un período dado de tiempo, pero de una magnitud muchísimo mayor.




jueves, 4 de septiembre de 2014

El regreso

Finalizado el paréntesis estival, siento un profundo desagrado hacia el aparato de aspecto más bien venenoso que me observa fijamente con su ciclópeo ojo negro desde el fondo de la habitación. Ciertamente, durante estos días no he visto la televisión y he sido, como cada año, extraordinariamente feliz mientras no he oido a esos bustos vociferantes, mayormente impresentables (aparte de su aspecto relamidamente afectado), desgranar como imbéciles la sarta de barbaridades con que se nos intoxica día a día desde cualquier medio informativo.

Formo parte de ese colectivo, reducido y lamentablememnte muy poco influyente, que cree que menos es más. Un argumento generalmente muy sólido y que en lo que respecta  a la información es de lo más útil. El bombardeo de noticias y opiniones al que nos sometemos voluntariamente cada día tiene mucho de masoquismo y aún más de estupidez. Pues es bien sabido que el exceso de información empacha el cerebro e impide formar opiniones acertadas, y mucho más aún juicios válidos sobre nuestro entorno (si es que la información tal como se nos sirve hoy en día es válida para emitir algún juicio ecuánime).

La saturación de información es nefasta, y cuando se trata de información mediatizada, sesgada y manipulada, es seguramente peor que la ausencia total de información. Y como muestra un ejemplo tomado de la vida real: si usted tiene unos fondos en renta variable y hace el seguimiento de su rendimiento cada treinta minutos, va a disponer de muchísima información totalmente inútil (y seguramente será candidato a una bonita úlcera sangrante). Para el propósito general de la mayoría de los inversores, lo que importa son las tendencias  a medio o largo plazo, así que no sirve de nada consultar las pantallas parpadeantes cada media hora, si lo que nos interesa es tener un visión cabal en el plazo de un año o así, del rendimiento de nuestros fondos.

Por otra parte, cuanta mayor es la información que embutimos en un mismo período de tiempo, también incrementamos el nivel de ruido: la señal no se amplifica, sino que se reitera,  interfiere consigo misma, y se mezcla con todo tipo de señales aleatorias o malintencionadas que multiplican el nivel de ruido de una forma asombrosa, hasta enmascarar la información valiosa. Además, está más que demostrado que la saturación de información no nos ayuda en absoluto a tomar mejores decisiones. Al contrario, el exceso de información nos hace tomar decisiones sesgadas por aspectos colaterales, por minucias que no afectan a las cuestiones esenciales de los problemas a los que nos solemos enfrentar. Nuestro cerebro no puede funcionar en paralelo de ningún modo. Al pensar de manera secuencial, el exceso de información tiende a bloquearnos porque no podemos procesar más que un número limitado de datos en un período de tiempo. 

Ante esta situación, el pensamiento crítico se tambalea y no queda otra opción que desconectar de la saturación sensorial con que nos castigan los medios de comunicación. La gente más lúcida ha renunciado a la televisión y a la prensa escrita. Para estar informados bastan los asépticos teletipos de las agencias de  noticias. Dejar las interpretaciones a unos señores a los que les pagan por predecir el pasado es una solemne estupidez indigna de una persona inteligente.

Por otra parte, escuchar las falacias narrativas de los locutores de los telediarios es otro acto de estupidez, salvo que sea para ponerse voluntariamente piedras en el hígado y escupir bilis hasta por los ojos. Un acto de masoquismo del que muchos nos desprendemos en vacaciones, cuando nuestros horarios se desajustan y las horas de comer y cenar no coinciden con los de la maldita prensa televisiva. Y así pasamos unos días comiendo y cenando sin tele, charlando con los demás comensales. Cotilleando si se quiere, pero al menos son nuestros cotilleos, no unos preparados y refritos un centenar de veces por unos periodistas insulsos y mayormente carentes de otro afán que el de cobrar su sueldo a fin de mes, para mayor gloria y satisfacción del patrón que los emplea.

Y eso cuando el periodista de turno es un simple lameculos que se ajusta al dictado del accionista mayoritario. Al menos en ese caso sabemos a que atenernos (como es el caso de las televisiones públicas españolas). A mi modo de ver es mucho peor cuando nos encontramos ante el presunto periodista independiente al que le falla algo tan esencial como un conocimiento profundo del tema sobre el que pondera. Nada hay más insufrible que un artículo de opinión de esos tan contundentes en los que los supuestos de partida son todos erróneos, mistificaciones o peor aún, falsedades hiladas de forma más o menos sofisticada para engañar a bobos. 

Porque hablando de falsedades, debemos ser conscientes de que los humanos somos muy buenos construyendo historias para explicar el pasado, aunque normalmente somos incapaces de acertar cual de los pasados posibles es el origen de los acontecimientos presentes. En sentido matemático es muy sencillo de exponer: para un suceso dado, suele haber infinidad de secuencias de hechos que lo pueden ocasionar. Encontrar la causa primera de cualquier suceso acontecido es una cuestión de evaluar adecuadamente las probabilidades. Y evaluar probabilidades es algo que a los humanos, incluso a los técnicamente formados, se nos da muy mal.

Así que recurrimos a rellenar los sucesos con narraciones que los justifican y explican, pero que no son especialmente acertadas casi nunca. Y menos cuando los que opinan son presuntos expertos en la materia. El problema del experto, del que han tratado muchos experimentos de psicología social, es que tiene un punto de vista muy estrecho y focalizado en alguna materia concreta, lo que le hace pasar por alto elementos seguramente esenciales del problema que aborda. De hecho, los expertos se equivocan más en sus juicios generales que los simplemente entendidos, pero que tienen una mayor amplitud de miras. Y por tanto, de pensamiento.

Así que, si algún propósito recomiendo para después de las vacaciones, es que deje usted de mirar la tele. Su salud mental saldrá ganando muchos enteros. Y su humor será más tranquilo y relajado, algo que los políticos no desean en absoluto. Le quieren a usted tenso y crispado, deduzca usted por qué.

jueves, 21 de agosto de 2014

Meteorología veraniega

En la entrada anterior mencionaba los sistemas complejos y dinámicos. Hoy, ya cerca del final del verano “vacacional” (que no astronómico), tengo unas enormes ganas de regodearme con las afirmaciones arriesgadísimas que hacen meteorólogos aficionados y profesionales en lo que se refiere a las predicciones estacionales. Y todo eso no para ciscarme en los probos “meteos”, que intentan luchar contra el caos determinista con herramientas imposibles, sino para hacer una traslación de las conclusiones al mundo económico, mucho menos determinista, mucho menos modelizable matemáticamente, mucho más sometido a procesos caóticos. Y por tanto, con mucha más incertidumbre que el clima, aunque nos quieran hacer creer lo contrario.

En el año 2013, la meteorología francesa predijo un verano sin verano, y se equivocó de cabo a rabo. Este 2014, y a las hemerotecas de abril y mayo me remito, todos los medios se hicieron eco de que este año sería más caluroso y seco que el promedio. Y la han pifiado, estrepitosamente, de nuevo. Porque este verano está resultando nuboso, fresco y muy lluvioso en toda la costa mediterránea. Tanto, que los lugareños se remiten al año 2002, que fue el anterior año sin verano de verdad, para efectuar las comparaciones oportunas.

Se preguntará el lector si es que los meteorólogos son unos paletos indocumentados, pero no. La mayoría de ellos son físicos con un profundo conocimiento científico. Lo que sucede es que trabajan en un área donde la incertidumbre es muy elevada, y mucho más a lo largo de la flecha del tiempo. Es decir, que cuanto más alejada en el tiempo es la predicción meteorológica, mucha menos confianza (en el sentido matemático del término) tiene. Hasta el punto de que las predicciones estacionales son tan poco fiables que sería prácticamente lo mismo pronosticar el tiempo a dos o tres meses vista tirando una moneda al aire.
 
El lector poco versado en ciencia podrá pensar que ello se debe a que no existe un modelo matemático preciso que describa el comportamiento atmosférico. Nada más lejos de la verdad. La mecánica y la dinámica de fluidos son bien conocidas desde hace muchos años, y las ecuaciones de un sistema de fluidos en movimiento están perfectamente determinadas desde que los científicos aún andaban con levita.

El problema es que se trata de ecuaciones diferenciales no lineales, que en general no tiene más solución que la aproximativa, y aún así. Y en este contexto, aproximativa quiere decir que hay que omitir decenas y decenas de variables y parámetros para que dichas ecuaciones sean mínimamente manejables. Para entendernos y simplificando mucho, en su versión bruta, las ecuaciones que describen el comportamiento atmosférico necesitarían de la potencia de cálculo de un ordenador inconcebiblemente enorme, del tamaño del sistema solar, y de un tiempo de cálculo seguramente superior a la edad del universo conocido. Sólo para obtener un grado de aproximación predictiva unos cuantos puntos mejor que el actual.

Si alguien cree que entonces es sólo cuestión de tiempo alcanzar un nivel tecnológico que nos facilite tanta potencia de cálculo y nos permita hacer predicciones meteorológicas estacionales más rigurosas, anda del todo punto equivocado. Como todo sistema complejo, el tiempo atmosférico es muy sensible a las condiciones iniciales. Eso quiere decir que una variación mínima, casi inapreciable, en las variables al principio del cálculo, se traduce en que los caminos posibles van divergiendo muchísimo en el tiempo. Los resultados se separan mucho al cabo de unos pocos días, no digamos ya transcurridas semanas o meses.

Para entendernos, dadas unas condiciones iniciales de temperatura, presión, humedad y dirección e intensidad del viento, una variación de la temperatura de una décima de grado, o de un milipascal de presión, o de la décima parte del uno por ciento de la humedad relativa, o de un segundo de arco en la dirección del viento, o todas ellas combinadas, dan lugar a dos modelos que evolucionan separadamente y que dan resultados tremendamente distintos al cabo de un tiempo de evolución de los cálculos matemáticos.

Para evitar estas situaciones, deberíamos conocer, con total y absoluta precisión, todas las variables involucradas y sus parámetros en el momento de inicio del cálculo. Pero se da la triste circunstancia de que dicho conocimiento exacto, infinitamente preciso, no sólo es inviable técnicamente, sino totalmente imposible, por una razón bastante parecida a la del principio de incertidumbre que opera en mecánica cuántica y que nos obliga a trabajar solamente en condiciones probabilistas. El problema que se suscita en meteorología es que la probabilidad de cualquier predicción estacional es tan baja que entra dentro del margen de error. Dicho de otra manera, el margen de error es tan grande, que la confianza matemática en la predicción estacional es casi nula, irrelevante.

Esto es lo que en matemáticas y física sucede en los sistemas caóticos deterministas, donde el concepto de caótico no tiene nada que ver con el concepto vulgar y mundano del caos. Caos, en terminología científica, no se refiere a desorden sino a sistemas deterministas (es decir, que pueden ser modelizados matemáticamente y cuyas soluciones podrían ser en principio obtenidas) pero muy sensibles a las condiciones iniciales. Tanto, que una variación de una milésima en uno de los datos que introducimos en las ecuaciones, puede dar resultados anormalmente distintos al cabo de unas cuantas iteraciones del sistema. (iterar no es más que introducir el resultado de un cálculo en la misma ecuación para obtener un nuevo resultado. Esa es la base de las predicciones meteorológicas).

Los sistemas caóticos son fascinantes y da la casualidad de que muchas de las cosas que vemos en la naturaleza (si no la mayoría) se rigen por un caos determinista. Caos que en ocasiones confluye en lo que técnicamente es lo más parecido a un punto de convergencia pero sin llegar a serlo nunca, denominado “atractor extraño”. Algo parecido a un punto de equilibrio pero sin que sea eso realmente, sino una especie de zona a cuyo alrededor pululan los resultados de las iteraciones que efectuamos. Por eso es virtualmente imposible llegar a “dominar” el clima, ni siquiera a predecirlo exactamente. Como tampoco se puede predecir exactamente la dinámica de poblaciones, ni la evolución de las especies. Ni siquiera el tan cacareado cambio climático.

Esa imposibilidad predictiva propia del modelo es mucho más acusada en la presunta ciencia económica, que como toda persona medianamente cultivada sabe, ni es ciencia, ni es capaz de predecir nada por exactamente los mismos motivos que la meteorología, pero mucho más graves. Por la sencilla razón de que mientras la “meteo” es una disciplina científica rigurosa, una rama consolidada de la física, pero afectada por un grado de complejidad extraordinario, la economía no es más que un conjunto de modelos matemáticos creados “ad hoc”, sin ninguna conexión con el mundo real. Son simplemente teorizaciones sin ningún contraste experimental (porque no pueden ser puestas a prueba previamente) ni ningún rigor científico, en el sentido en el que las ciencias “duras” aplican al concepto de rigor. Con un problema añadido, que afecta por igual a todas las autodenominadas “ciencias sociales”. Y es que el comportamiento humano sólo podría ser mínimamente modelizable si la conducta de los individuos, las sociedades y los estados fuera estrictamente racional, que no lo es nunca. Y ese plus de irracionalidad colectiva impide total y absolutamente cualquier modelización matemática del comportamiento de las sociedades. Y por supuesto, de los mercados.

En resumen, los económicos son modelos hipersimplificados ideados por señores con corbata que ocupan cátedra en alguna universidad prestigiosa y que, a lo sumo, acaban causando una catástrofe financiera cada pocos años, como es bien sabido. No deja de ser curioso que la mayoría de los premios Nobel de economía están implicados en los más sonados hundimientos de instituciones financieras norteamericanas de los últimos treinta años. Por algo será.

Sin embargo, esta sociedad moderna, cada vez más tecnológica pero menos crítica, ha encumbrado a los economistas a las posiciones clave de universidades, gobiernos, instituciones financieras y grandes empresas, sin siquiera ser conscientes de que convendría cuestionarse, a la vista de los resultados a largo plazo, si su “ciencia” no es como la del mal médico que acaba matando al paciente.

La economía ha venido al fin a ser como a homeopatía. Una disciplina carente de toda base científica, no verificable mediante ningún experimento, y que cuando se somete a tests adecuadamente asépticos, muestra que todo su potencial se basa en el efecto placebo, que no debe minusvalorarse nunca, porque sí que funciona. Sin embargo, que funcione el placebo no quiere decir, ni de lejos, que funcione la homeopatía. Funcionaría igual cualquier procedimiento sugestivo lo suficientemente potente y duradero como para influir de forma positiva y prolongada en el paciente.

No obstante, pese a que toda la comunidad científica y médica conviene en que la homeopatía es totalmente inviable como disciplina científica y que por tanto es un fraude pseudocientífico (igual que la astrología, el psicoanálisis y otras artes similares); lo cierto es que la sociedad ha sucumbido totalmente a sus seductoras promesas, de modo que las autoridades sanitarias permiten su venta en las farmacias. Para un autoestopista galáctico sería cuando menos chocante encontrar que el mismo comercio que dispensa medicamentos con recetas controladísimas despache pesudofármacos con la bendición del ministerio de sanidad. Para morirse de risa, viendo como se forran unos cuantos a base de agua aromatizada en bonitos envases que los crédulos pacientes pagan a precio de oro. Porque una cosa es absolutamente necesaria para que el negocio funcione: el efecto placebo sólo funciona mientras el paciente está convencido. Mientras es un creyente, porque cuando deja de serlo, la misma homeopatía que tan bien le iba deja de hacerle efecto instantáneamente.

Si alguien duda de mis palabras, que pruebe a hacer lo que hizo un buen amigo mío con su esposa, fanática de los procedimientos “naturales”. Una buena noche asaltó el botiquín donde atesoraba los innumerables recipientes de homeopatía y sustituyó su contenido por agüita mineral con un lejanísimo aroma a coñac. Para su regocijo, la homeopatía siguió funcionando a las mil maravillas con ella, con sus hijas y sus amigas. Ansiedad, depresión, estrés, dolor premenstrual. Todo lo seguía curando aquella agua que por no ser no era ni bendita.

Pues lo mismo sucede con la economía. Elevada, como la homeopatía, al altar de lo canónico pese a ser una pseudociencia no falsable (como estableció el filósofo de la ciencia Popper en sus criterios para distinguir la ciencia de lo que no lo es), domina nuestras vidas desde los más altos púlpitos, empezando por Harvard, Yale y la London School of Economics. Y sin embargo, su conocimiento real está tan atrasado y es tan irrelevante como lo era el de la medicina medieval, mucho antes de los tiempos de la higiene, las vacunas y los antibióticos. Con la diferencia de que estos individuos ganan sumas astronómicas por sus erróneos modelos y predicciones sin penalización alguna por sus floridos fracasos.

En estos días, tras tantos años  de “este es el modelo a seguir para salir de la crisis” que se revelan peligrosamente inexactos, y en los que las economías motrices de la URE se están estancando de nuevo pese a tanto dogma neoliberal, no está de más recordar aquella frase tan celtibérica y casposa, pero tan acertada en el contexto: los experimentos en casa y con gaseosa.


No sea que nos explote el invento.

viernes, 15 de agosto de 2014

Verano frío, otoño caliente

Que el otoño va a ser caliente  es un tópico que se repite año tras año desde que se instauró la crisis entre nosotros. Como esos parientes gorrones que llegan un buen día y no encontramos el momento para lograr que se marchen, y cuando nos damos cuenta se han convertido en un miembro (indeseado) más de la familia. Mi consejo, que repite el de mucha gente sabia, es el de aprovechar estos días de descanso para desconectar del diario y la televisión, agudizar nuestro sentido crítico y escéptico ante todas las noticias -especialmente las de carácter político- y sostener el firme propósito de hacer oídos sordos a la enorme cantidad de estupideces que se dirán a partir del primero de septiembre. Estupideces que se podrán repartir de forma bastante equitativa entre todos los miembros de la casta política, pero con un protagonismo acentuado de esas lumbreras del PP, los que no quieren que se celebre la consulta catalana; y los maquiavélicos de CiU que sí la quieren pero a condición de no ganarla bajo ningún concepto.

Por cierto, maledicentes hay que dicen que el suicidio político de Pujol es una de las maneras con las que CiU intenta desactivar el proceso soberanista desde sus propias entrañas. A mí me suena a argumento de novela de John Le Carré, pero hay que reconocer que cosas más audaces se han visto en los últimos años como para mantener simultáneamente tanto un sano escepticismo ante este tipo de rumores, y al mismo tiempo tener la mente suficientemente abierta a la amplitud de las perversas posibilidades –siquiera remotas- que se dan en el devenir político de un país. Como dije en otra entrada, sólo la perspectiva histórica nos dará el marco de referencia adecuado para juzgar lo que sucede en estos días.

Ahora bien, antes de bajar la persiana temporalmente voy a cerciorarme de dejar bien clara no ya mi postura a favor de la independencia de Cataluña, que es de sobras patente, sino las razones, todas ellas racionales, sólidas y fáciles de poner a prueba, que me impulsan a adoptar esa posición. Lejos de mi las estupideces viscerales de uno y otro bando, que apelan a las gónadas más que a la mente; o que procuran estimular únicamente la amígdala cerebral (ese lugar donde anidan nuestras pulsiones y emociones más primarias) en vez de alimentar los circuitos del neocórtex, ese prodigio evolutivo con el que la naturaleza dotó a los seres humanos, incluso a los políticos y los economistas, aunque también es harto sabido que ambas categorías de humanos no lo usan prácticamente para nada.

Yo no soy, en absoluto, un independentista emocional. Lo he dicho en infinidad de ocasiones. Mi independentismo se ha forjado tras muchos años de analizar el desempeño de muchas naciones, y llegar a la conclusión de que los estados grandes sólo se pueden gobernar desde la sistematización del cinismo, la demagogia, la mentira y la explotación. Y que son muy vulnerables a todo tipo de eventos inesperados. Sorprendentemente, me descubrí como inadvertido seguidor de la escuela antifragilista, esa corriente que empieza por enseñarnos que somos estúpidos porque pensamos casi siempre de forma irracional, que nos guiamos casi sistemáticamente por nuestras emociones incluso sin saberlo (o sabiéndolo y racionalizando en exceso) y que nos enseña dónde encontrar los puntos de apalancamiento que no sólo nos impiden ser frágiles, sino que nos hacen mucho más que solamente robustos. Un sistema antifrágil es aquel que no sólo no resulta perjudicado ante agentes de estrés externo (como agresiones de cualquier tipo), sino que la repetición de esas agresiones acaban por reforzarlo. Antifrágil es todo aquello que sale reforzado de situaciones de crisis, de incertidumbre, de volatilidad, de adversidad. Lo que se rompe ante la adversidad es frágil; lo que no se inmuta es robusto. Lo que se fortalece gracias a la adversidad es mucho más que robusto, es antifrágil.

Y lo primero que uno aprende sobre los sistemas frágiles es que sus paradigmas son tanto determinados estados nacionales como muchas estructuras económicas.  La fragilidad tiene una serie de características que se repiten de forma sistemática. Y algunas de sus características son bastante contraintuitivas. La menos comprendida de estas características negativas tiene que ver con el tamaño, y muchas de las demás se derivan de unas ineficaces dimensiones de los sistemas a los que fragilizan.

El tamaño grande da mucha fuerza, mucho poderío, pero sólo a un nivel teórico, lineal. Pero las estructuras vivas –y las sociales forman parte de esa categoría- no son lineales. Sometidos a ciertos niveles de estrés, los grandes sistemas se demuestran muy frágiles ante los fenómenos extremos, los conocidos cisnes negros. Tenemos una gran tendencia a pensar en términos de simetría y linealidad, pero la realidad no es así, ni mucho menos. El mundo es asimétrico, y las cosas que suceden son no lineales, desde el clima hasta la dinámica de poblaciones. Por ello una de las ramas más importantes de la física y de las matemáticas contemporáneas se centra en el estudio de los sistemas dinámicos complejos. Por cierto, no está de más señalar que la medalla Fields, que es el equivalente al premio Nobel de la ciencia matemática (pero mucho más serio y selectivo: sólo se otorga cada cuatro años), ha ido este año, entre otros galardonados, a un investigador de los sistemas dinámicos complejos.

Los sistemas de gran tamaño provocan una gran atracción a los humanos por la sensación de fuerza y de invencibilidad que transmiten. Pero es una sensación muy engañosa. Casi todos los sistemas colosales (y sobre todo los artificiales) son extraordinariamente vulnerables. A un nivel puramente biológico, no está de más recordar que si hoy en día estamos aquí peleándonos por un referéndum sobre la independencia, se debe sobre todo a que los sistemas biológicos más grandes y poderosos de la historia natural de la Tierra, los dinosaurios, se extinguieron masivamente por un acontecimiento singular (un cisne negro) que sucedió hace 65 millones de años. Acontecimiento que dejó vía libre a la expansión de unos animales pequeñísimos por aquel entonces, y que debido a su escaso tamaño, a su adaptabilidad y flexibilidad, se hicieron con todos los nichos disponibles.  Eran los mamíferos, y así hasta hoy en día.

Tampoco está de más recordar, que de las seis o siete grandes extinciones de especies que ha padecido la Tierra, la característica común a  todas ellas fue la escasa afectación que sufrieron los organismos que en términos de biomasa, son los más numerosos de todos: los microbios. Small is powerful, que diríamos. Llevado al plano del desarrollo social, deberíamos recordar que ninguno de las grandes imperios de la antigüedad ha sobrevivido a su propio éxito, y no precisamente por ser derrotado por otro imperio mayor. Más bien el contrario. Fueron hordas de bárbaros desorganizados los que hicieron caer a Roma. Y fueron hordas de vietnamitas desarrapados los que pusieron en jaque al imperio yanqui, demostrando una vez más que lo grande y potente no es garantía de victoria, ni mucho menos.

Vivimos ridículamente atenazados por el símil deportivo, donde la fuerza, la potencia y el número (de practicantes) hace a un país victorioso. Pero obviamos que el deporte es una actividad sumamente reglada, jerarquizada y, en resumen, domada. En el deporte todo es simétrico y lineal, previsible. Pero el desempeño histórico de las sociedades no está determinado previamente por unas reglas como las deportivas. Justamente a la inversa. Y no está de más señalar que cuando se intenta ajustar  una sociedad a unas reglas estrictas y arbitrarias (sea por la vía de una dictadura, sea por la de la presunta invariabilidad de las leyes fundamentales), en realidad se está intentando domar lo indomable, que es el discurrir de la vida en cualquiera de sus manifestaciones. Algo condenado al fracaso más pronto que tarde.

Lo grande es frágil, lo pequeño suele ser antifrágil. Lo grande tiende a la rigidez, lo pequeño es flexible. La grande tiene mucha inercia, lo pequeño es capaz de cambios súbitos.  Lo grande se esclerotiza en extremo; lo pequeño se adapta a los entornos cambiantes. Lo grande crece hasta dimensiones inmanejables y luego estalla en pedazos menores o se extingue. Lo pequeño no crece, se diversifica. Lo grande es pesado y lento; lo pequeño es ligero y rápido.

Grandes compañías como IBM o ITT en su momento álgido en los años setenta vieron como su excesivo tamaño las perjudicaba y las hacía ser mucho menos competitivas que la multitud de compañías pequeñas y dinámicas que surgieron al calor del primer boom tecnológico. La solución al inminente colapso fue en ambos casos el troceamiento en entidades más pequeñas y  la diversificación y especialización en nichos concretos. Parece que treinta años después, el ejemplo no sirvió de mucho y se vuelve al gigantismo empresarial que tan malos resultados ha dado en el pasado. Y en todo caso, frente  al enorme aparato burocrático de los sistemas de grandes dimensiones, que los hace ineficientes, existen sistemas en red, modularizados, que son mucho más efectivos en sus tareas. De hecho, el concepto de internet sólo puede funcionar así. Como una red enorme de  muchísimos pequeños nodos interconectados. Internet no es grande por si misma, como si fuera una organización jerárquica. Internet es grande por la suma de muchos elementos pequeños independientes.

Con los países sucede lo mismo. Existen ya muchos estudios que demuestran que los países más eficientes –en absolutamente todos los sentidos- dentro del entorno OCDE son los más pequeños: Suiza, Holanda, Noruega, Dinamarca, etc. Los países grandes aportan mucho PIB, mucha potencia en bruto, pero su gestión es infinitamente peor y en el fondo requieren de sistemas tremendamente jerarquizados y reglamentados en extremo. Los grandes países de la OCDE se llevan mal con la diversidad en su interior, abrumados por la necesidad de crear un marco uniforme para todos sus grupos sociales que a la postre generan insatisfacción generalizada. O bien requieren de un concepto absolutamente jacobino y centralista de la sociedad muy al estilo francés, que casa bien con una idea bastante trasnochada de la grandeza, pero además muy necesitada de una cohesión interna forzada por la vía del extremismo chauvinista (como el frente Nacional de Le Pen). Y por tanto muy expuesta a la fragilidad a largo plazo.

Nassim Taleb pone como ejemplo de fragilidad a los grandes estados-nación, frente a la antifragilidad, harto demostrada históricamente, de las ciudades-estado. Si nuestra cultura occidental se derrumba, la caída y la fragmentación afectará en primer lugar (y mucho más dura), a los grandes estados cuasi imperiales, como USA y los demás del G-7. Algo que resulta casi una obviedad, salvo que se sea tan estúpido como para creer en la perdurabilidad de las construcciones humanas. En la España “eterna”, por poner un ejemplo.

Un ejemplo, España, de un estado históricamente ineficiente, frágil pese a su dureza y a su aparente unidad e indisolubilidad. Un estado basado en la inexplicable premisa de “mejor juntos”, que no se justifica histórica ni socialmente y que apela sólo al tamaño y al PIB como indicadores de salud y bienestar sociales (!!!), a costa del enfrentamiento entre sus componentes regionales. Por eso soy independentista: “Small is powerful”

jueves, 7 de agosto de 2014

El ocaso de Pujol

Mucho se ha escrito estas últimas semanas sobre el caso Pujol y sus consecuencias. Cuanto más leo, más me reafirmo en mi nada original convicción –pues me han precedido en ella muchos ilustres pensadores- de que todo lo que se publica en la prensa contiene grandes dosis de estupidez,  de mentira, de especulación o de incompletitud. O de todas esas cosas a la vez. Vivimos en una época en la que el exceso de información es pernicioso, porque cada vez hay más ruido mediático, pero menos señal. Algo que los ingenieros conocen muy bien y que puede echar al traste cualquier intento de obtener una información veraz y útil.

El problema de la señal y el ruido es un problema aparentemente reservado a las ciencias aplicadas, pero que es de plena aplicación al periodismo, hasta el punto de que muchos intelectuales críticos (y bastante disidentes) opinan que lo mejor es no leer la prensa (que contiene mucho ruido enmascarando la señal), y limitarse a los teletipos de las agencias, que simplemente facilitan datos informativos de forma aséptica (que contienen sólo señal). Aún más en los tiempos que corren, en los que los medios de comunicación, especialmente los escritos, nunca sirven a la verdad, sino a los intereses de los grupos dominantes que controlan sus consejos de administración. Por lo que en la mayoría de los casos son mero vehículo de bulos interesados o de revisiones torticeras de los hechos, acordes con la finalidad no de informar, sino de deformar la mente y la opinión del lector.

Me refiero al lector fiel, al que está predispuesto a creerse a pies juntillas el último editorial de su diario favorito y sus titulares de primera página, por más inverosímiles o carentes de pruebas sean; y no al crítico que trata de contrastar los datos entre varias fuentes –preferiblemente contrarias-  antes de formarse una opinión, y aún así se mantiene sanamente escéptico, que es una forma de mantener la cordura, especialmente en asuntos políticos. El lector crítico debe ser consciente de que el periodismo ilumina con una linterna de haz estrecho, y apunta su foco sólo a los puntos que le conviene, dejando en una interesada penumbra todo lo demás. En ese sentido les pasa como al borracho que ha perdido las llaves y las busca bajo el cono de luz de la farola a la que se aferra, incapaz de asumir que posiblemente se encuentren más allá, en la zona oscura. Sólo que los periodistas no están borrachos. Son muy conscientes de la farola a la que se agarran.

Todo esto viene a cuento del caso Pujol y de las tonterías que han dicho –a montones- todos los medios que esta vez, por extraño que parezca, han rebasado a toda máquina a sus patrones políticos, que guardan un comedido silencio en general, que igual se debe al acojone general que ha provocado el harakiri del Molt Honorable, sabedores como son de que en este país hay dosieres de todas y cada una de las figuras públicas relevantes. Dosieres con los que se chantajean y extorsionan de forma habitual personajes de uno y otro signo, en un precario equilibrio de poder semejante al de la época de la guerra fría, eso que llamaron la “disuasión mutua”. Una disuasión que de tanto en tanto se cobra alguna pieza cuando las costuras del sistema están a punto de reventar. En resumen, que los políticos guardan una sospechosa cautela en este tema, mientras que los periodistas la están liando parda.

Porque está claro que si el caso Pujol  está supurando de mala manera no es por el avance de las investigaciones judiciales ni mucho menos, sino por filtraciones de informes policiales (y parapoliciales también) que a buen seguro llegaron a  ojos del patriarca del clan antes de que se hicieran públicas. Uno desearía pensar que eso se hizo con el buen fin de salvaguardar el honor y la virginidad de la democracia española, pero lamentablemente, y visto como se han desarrollado los acontecimientos, más bien creo que se trata de una operación de corte mucho más político que moral, y que si no se vislumbrara en el horizonte la consulta popular sobre la independencia de Cataluña, todo este asunto seguiría enterrado bajo montones de otros dosieres durante muchos años, hasta que fuera preciso utilizarlo. O no.

Ahora bien, entre todas las sandeces que se han dicho, hay que destacar dos que merecen una respuesta detallada. Y contundente. La primera de ellas relativa a la afectación del proceso soberanista, que me temo que era el objetivo primordial de todo este estallido. La segunda en cuanto a la descalificación total de la figura de Jordi Pujol como presidente de la Generalitat durante sus años de mandato. Y consecuentemente con las dos anteriores, la pretensión de anular los argumentos de las fuerzas catalanistas relativos al déficit fiscal catalán y la necesidad de un mejor trato financiero por parte del Estado.

Se puede decir más alto, pero no más claro: el señor Pujol, como la mayoría de la militancia de CiU, no ha sido nunca independentista. Ni lo es ahora, pese a todas las inflamadas soflamas que proclaman algunos de sus más conspicuos dirigentes. CiU se apuntó al carro del soberanismo arrastrada por el tirón de ERC y para evitar mayores males electorales, pero como dicen muchos, el señor Mas tienen un marrón de cuidado, porque encabeza un proyecto que seguramente desea que fracase, pero no tanto como para que le hunda a él y a su formación en un abismo electoral y representativo. La equivalencia que hacen muchos medios madrileños entre el proceso soberanista y CiU es tan interesada como falsa. Es confundir al agente (muchas veces involuntario) con el dirigente, es decir, con la auténtica fuente de un movimiento.

En 1932 fue reelegido el presidente de Alemania, Hindenburg. Eso fue el principio del fin de la república de Weimar, porque la fuerza emergente la constituía el NSDAP de Adolf Hitler. Hindenburg nombró canciller del Reich a Hitler y poco después, firmó la ley que concedía todos los poderes del estado a Hitler. Ahora bien, no podemos pasar por alto que Hindenburg (el agente) nunca fue nazi, sino un patriota conservador alemán. El dirigente de todo era Hitler, que actuó siempre a la sombra hasta que llegó su momento. En ese sentido, las similitudes son obvias y obedecen a un patrón repetido hasta el hartazgo en la historia de la humanidad: una fuerza dominante pero debilitada (CiU) que adopta los principios de otra fuerza emergente y cada vez más poderosa (ERC y su equivalente social ANC), para no perder el tren del poder, pero que acaba sucumbiendo y barrida del escenario.

Así que atacar el proceso soberanista en la figura de Jordi Pujol porque actualmente lo encabeza el presidente Mas, y por tanto CiU (muy a su pesar), es la demostración palpable de que el nacionalismo español (aún) no ha encontrado un punto lo suficientemente débil y comprometedor en ERC como para atacarla directamente. Seguramente con este  movimiento en el que Pujol se suicida, la gran triunfadora sea ERC, y lo único palpable en Madrid sea a la postre una pequeña demora en un proceso que se intensificará si ERC alcanza la presidencia de la Generalitat. Porque una cosa es tratar con el señor Mas, que en el fondo desea que le saboteen la independencia de Cataluña; y otra tener que debatir con ERC, que no está para hostias y tiene las manos libres por el momento. O sea que habrá que ver si el nacionalismo catalán aún se refuerza tras ese episodio. Quienes conocen a Rajoy insinúan que su actual silencio es tanto una manifestación más de su conocido hermetismo como una escenificación de que el presidente español no ve claros los réditos de un posible hundimiento de CiU en Cataluña. En resumen, al gobierno central le conviene que siga CiU, no que quede desbancada por una formación con propuestas mucho más radicales.

La segunda cuestión de enjundia es la descalificación de toda la obra de Pujol como consecuencia de su confesión. Argumento al que se ha sumado todo el mundo como si de una carrera por ver quien mostraba más desafección a su figura. Todo el trasunto es deleznable, pero del mismo modo que se debe censurar sin ambages la evasión fiscal cometida por miembros de su clan, con el consentimiento tácito –por acción u omisión- del patriarca; debe señalarse que gran parte de su obra política sigue siendo válida y tiene plena vigencia. No se puede menospreciar tampoco la contribución de CiU a la tan exigida estabilidad política de España en diversas legislaturas. La historia de la construcción democrática de Cataluña y de España no puede obviar ni borrar de un plumazo el aporte que ha hecho Pujol y su formación durante muchos años, y especialmente durante los de la primera transición.

Por más que al final se demuestre que Pujol haya sido un evasor fiscal, eso no empequeñece su figura como estadista, a lo sumo enturbia el conjunto de su figura pública. Del mismo modo que Messi, por un decir, no será peor futbolista ni su aportación a la historia del fenómeno futbolístico será menor si finalmente le meten un paquete por evasión de impuestos. Las cosas hay que ponerlas en perspectiva. Muchos grandes hombres han sido pésimos estadistas. En contrapunto, muchos grandes estadistas han sido figuras como mínimo controvertidas en otros planos. De no ser por un tipejo como Stalin, Rusia jamás hubiera sobrevivido al empuje nazi, por poner un ejemplo. China hubiera seguido siendo un imperio feudal de no haber existido Mao, que también fue el último responsable (como Pujol) de la existencia de la corrupta y vil “Banda de los Cuatro” encabezada por su mujer.

Más cercano es el caso de Giulio Andreotti, a quien nadie ha negado nunca  sus dotes de estadista de nivel mundial y su habilísima capacidad para hacer de Italia una potencia moderna tras la derrota del fascismo. Un personaje que sobrevoló la escena política italiana durante  cincuenta años y sobre el que hay más que sombras relativas a su ética personal. En Italia se ha dado siempre por descontado el vínculo de “Il Divo” con la mafia y con sonados casos de corrupción, e incluso con asesinatos políticos como el de Aldo Moro. Los italianos, mucho más pragmáticos que los “románticos” españoles, siempre han pasado de puntillas por estas embarazosas relaciones de Andreotti, nunca probadas pero que eran de dominio público.

Y esa necesaria desvinculación de la figura pública de la privada, por más censurable que sea esta última, es la tónica que el juicio de la historia reserva a todos los estadistas desde la época de Hammurabi, por un decir. Y en íntima conexión con esta cuestión está el mejunje mental que muchos medios han empezado a cocinar mezclando la actividad delictiva de los Pujol con el déficit fiscal de Cataluña, como si la inmundicia de una contaminara y desmintiera al otro. O sea, y en plata, como si al ser los Pujol unos defraudadores, el déficit fiscal catalán fuera un fraude. Y eso, que es una majadería de gran calibre, está siento usado de forma absolutamente indigna por quienes buscan créditos con los que desacreditar, no ya al proceso soberanista, sino al conjunto de las instituciones catalanas, que no son, ni de lejos, solamente los Pujol y su partido. Y eso resulta especialmente insultante porque catalanes somos muchos, y no todos militamos en las filas de CiU ni somos afines al señor Pujol, aunque algunos, como yo mismo, no desmerecemos algunos de sus logros políticos por más que a título personal repudiemos la delictiva forma de enriquecimiento familiar que ha facilitado el expresidente. Pues, en definitiva, la falta de honorabilidad de una persona en relación con determinados negocios nunca puede presuponer que todos los ámbitos de su vida sean deshonrosos y deban ser borrados de los anales.

A veces parece imperativo recurrir a símiles más sencillos, como el familiar, para desmentir las testarudas afirmaciones de determinados articulistas y tertulianos que demuestran tan poca templanza y reflexión que dan miedo. Si a mi familia, durante años y años, alguien le debe dinero y mi padre ha estado mucho tiempo reclamándolo, la deuda no desaparecerá por el mero hecho de que él meta mano al bolsillo familiar para sus propios intereses. La deuda existe o no como entidad propia con independencia de quien la reclame. Y sobre todo con independencia de los atributos éticos, morales o incluso penales de quien lleve la voz cantante.

Argüir, como hacen algunos descerebrados, que el déficit de Cataluña no existe porque el hecho de que los Pujol desviasen dinero incapacita al gobierno de CiU para reclamar nada; o peor aún, que si el déficit de Cataluña existe es precisamente debido a que los Pujol se enriquecían a costa nuestra, es una solemne estupidez. Primero porque el déficit es muy superior a todos los millones de euros que el clan se haya podido agenciar. Segundo porque el  enriquecimiento de los Pujol no ha sido mayoritariamente a cargo del erario público, sino principalmente como compensaciones y contraprestaciones de turbios negocios llevados a cabo tanto en Cataluña como fuera de sus fronteras.  

En el futuro los historiadores, ya lejos del apasionamiento que tanto nos ciega en este país, pondrán la obra política de Pujol (y de otros tantos contemporáneos suyos) en su justa dimensión. Y evidentemente, aunque ahora sea un apestado y posiblemente muera como tal, su figura ocupará un lugar destacado en la historia de la construcción de la democracia en Cataluña y en España.

miércoles, 30 de julio de 2014

Ébola

Para esta semana tenía dos posibles entradas: el turbio asunto de la familia Pujol o el –esta vez sí- incontenible brote de virus Ébola que está propagándose por el África ecuatorial. Como soy partidario de analizar las cosas en perspectiva y con desapasionamiento exento de especulaciones, he decidido abstenerme de hablar de Jordi Pujol porque en este momento, lo más fácil es hacer el imbécil  y pasar por alto cosas fundamentales como me temo que están haciendo la mayoría de los sesudos analistas a cargo de este asunto. Entre ellas que hay que andarse con cuidado con el harakiri del Molt Honorable, porque es más que posible que su cadáver político oculte una bomba de explosión retardada, al más puro estilo iraquí.

Así que hoy prefiero escribir sobre el Ébola, un tema que me apasiona desde los primeros casos de infección con este virus desconocido hasta 1976 y que parece ser que corresponde a un salto entre especies, aunque su origen todavía es dudoso. Algunas hipótesis sostienen que el reservorio natural son murciélagos frugívoros, aunque está más que documentado que afecta a diversos primates, y que una mortandad enorme de gorilas en el área de distribución del virus fue debida a Ébola.

Lo realmente noticiable ahora es que en esta ocasión tenemos el peor brote de todos los detectados hasta el momento en los casi cuarenta años de historia epidémica de este virus. Más de mil doscientos afectados, casi setecientos muertos hasta el momento y, lo que es todavía peor, casos de contagio entre el personal sanitario dedicado a controlar la expansión de la infección. Entre ellos, el mayor especialista en Ébola de toda África, que falleció el martes 29 de julio, desconociéndose cómo se contagió.

En los años noventa, Richard Preston publicó un libro, titulado “La zona caliente”, que era un prodigio de narrativa divulgativa sobre el Ébola y sus demás parientes de la familia filovirus. Lo realmente aterrador –aparte de que no existía ni existe aún tratamiento alguno, ni vacuna preventiva- era que se trataba de un virus altísimamente contagioso y con una tasa de mortalidad tan alta que podía poner en peligro la especie humana con sólo unos pequeños cambios en su estructura genética.

Los brotes que se han ido detectando en estos cuarenta años han sido autocontenidos por el hecho de que el virus mata tan rápido que casi no da tiempo a que el portador pueda infectar a mucha gente.  La capacidad de un virus para matar masivamente depende de dos factores. La primera de ellas, su letalidad, es decir, la proporción de casos que fallecen sobre el total de infectados. La segunda de ellas, su capacidad de propagación entre poblaciones relativamente distantes.

Si tomamos como ejemplo el SIDA, tenemos el caso de un patógeno letal en una proporción enorme, y con una difusión garantizada gracias a que su huésped no es consciente de la enfermedad durante meses o años durante los cuales puede infectar a decenas o cientos de personas. Por suerte, con el SIDA tenemos medidas higiénicas que pueden impedir su transmisión, así como una medicación carísima que ha permitido a la sociedad occidental levantar un muro de contención altamente eficaz contra la pandemia.

Sin embargo, el caso del Ébola es diferente, mucho más parecido al de la célebre gripe de 1918 que mató entre cincuenta y cien millones de personas en pocos meses. Esa cepa de gripe (hoy conocida como H1N1) era tremendamente mortífera y con una capacidad de diseminación insospechada, debido a que su período latente de incubación era suficientemente amplio como para que el portador infectara a mucha gente antes de caer enfermo. El episodio se agravó por el hecho de que el final de la primera guerra mundial coincidió con movimientos masivos de población y de soldados que iban y venían de las zonas en conflicto y de los frentes de combate. La pandemia se extendió por el globo como un reguero de pólvora, y eso que sólo existían transportes lentos, como el barco y el tren. Causa pavor pensar que hubiera sucedido hoy en día, en el que miles de millones de personas se desplazan diariamente en coche mientras unos cuantos millones lo hacen en avión hacia todos los rincones del globo.

Con el Ébola tenemos todavía la suerte de que mata tan rápido que no da tiempo a crear un gran foco infeccioso que se disemine en progresión geométrica. Antes de que los enfermos puedan contagiar a mucha gente, ya están muertos. Por eso los brotes de la enfermedad en África se han ido saldando con a lo sumo un par de centenares de víctimas mortales. Hasta la fecha, porque este brote es el más extenso detectado actualmente, y además con un problema agravado: es transfronterizo y ya afecta a tres países de la zona (cuatro si contamos un caso detectado en Nigeria).

Indudablemente, incluso África no es inmune a la modernidad y a la mayor cantidad y velocidad de las interacciones entre las personas. Más desplazamientos, a más lugares y más lejanos que hace unos años. Los vectores de la transmisión humana se desplazan por tierra, mar y aire de forma mucho más rápida que antes, y esa es una baza a favor del Ébola. Pero hay otro factor mucho más preocupante aún, y que ya apuntó Richard Preston en “La Zona Caliente”.

Los virus, como los demás patógenos microbianos, tienen la capacidad de mutar mucho más rápido que las especies animales. Es tan sencillo de entender como de explicar. Una bacteria típica tiene una tasa de crecimiento exponencial. Vertiginosa. Se duplica cada pocos minutos en condiciones favorables, de modo que en pocas horas una sola bacteria puede haber generado millones y millones de descendientes. La capacidad de experimentar mutaciones depende de dos factores, el número de generaciones y el número total de individuos. Una especie que en pocos días llegue a generar muchos descendientes equivale a todas las generaciones de la especie humana desde el principio de los tiempos. Una especie que se duplica deprisa puede, en muy poco tiempo, superar el número total de individuos de la especie humana. Como las mutaciones son un proceso aleatorio pero que prima a los individuos mejor adaptados, sucede que las especies con la posibilidad de mutar rápidamente tiene una ventaja selectiva sobre las demás, sobre todo si son patógenas.

Ese es uno de los motivos de que en la carrera entre bacterias y antibióticos algunas de las primeras estén ganando, pues su capacidad de mutar y resistir a los fármacos es superior a la de la industria farmacéutica para sintetizar nuevos antibióticos eficaces. En el caso del Ébola, eso no es problema para el virus, porque no hay tratamiento ni vacuna en el horizonte próximo, pero puede mutar igualmente.

Puede mutar a una forma más benigna, menos infecciosa o con menor letalidad. Cierto, pero también puede mutar a una forma que sin ser más letal, sea capaz de sustentar a su huésped infectado durante más tiempo. Un vector que viva más es un vector más infeccioso y con capacidad de diseminar el virus más lejos y a más personas. Lo que vaticinó Preston en su libro es que el Ébola, como otros filovirus, ya había mutado en ocasiones anteriores, y que por eso existen varias cepas distintas. Y que seguiría mutando en el futuro, unas veces a formas más inofensivas, otras a formas mucho más agresivas. Y otras, a  formas muy expansivas que podrían dar lugar a brotes cada vez más extensos e incontrolables.

El día que el Ébola sea capaz de dar el salto entre continentes e infectar de forma masiva a unos cuantos centenares de personas allende los océanos que rodean África, vamos a tener un problema sanitario muy serio que puede matar en muy poco tiempo a muchas más personas que la gripe de 1918. Impermeabilizar las fronteras hoy en día es dificilísimo pese a toda nuestra tecnología, y si no que les pregunten a los responsables de inmigración de los países del sur de Europa, o a los rangers que patrullan con un éxito menos que moderado, la frontera de Estados Unidos con México. El siglo XXI es el de los movimientos masivos de población por todo el globo terráqueo, tanto controlados como incontrolados. Aplicar una cuarentena mundial sería tarea imposible, salvo que estuviéramos dispuestos a provocar un colapso de la economía global sobre la que se sustenta nuestro modo de vida.

Pues el cierre de fronteras no podría afectar sólo a las personas –lo cual ya sería gravísimo de por sí- sino a todo tipo de productos procedentes de las zonas calientes. Materias primas totalmente necesarias para mantener el motor de la economía en marcha. También ocasionaría la paralización del turismo y de los viajes de negocios. Parece de ciencia ficción, pero la mayoría de los expertos coinciden en que el escenario que describo no sólo es un guión de película catastrofista. El algo que en el CDC se toman muy en serio. Y el CDC (Center for Disease Control) de Atlanta, es la organización más importante del mundo en esta materia.

Este brote de Ébola es distinto, eso es todo lo que podemos afirmar hasta el momento. Pero si no remite en las próximas semanas, podremos afirmar que nos encontramos ante una emergencia mundial, que dejará el asunto de Jordi Pujol en mera anécdota localista. Lo más probable es que desaparezca de la misma forma misteriosa en que aparecen, espaciados por años, los diversos brotes. Si no es así, la hipótesis de la mutación maligna se habrá visto confirmada mucho antes de lo que los virólogos esperaban.


Preston acababa su libro con una admonición: “El Ébola había surgido en aquellas salas, había desplegado sus colores, se había alimentado y se había retirado al interior de la selva. Pero volverá.”. No era catastrofismo, era pura lógica evolutiva. El brote de este 2014 podría ser el anuncio de la proximidad de un nuevo apocalipsis biológico.