jueves, 31 de mayo de 2018

La mancha humana. A propósito de Alfonso Guerra

The Human Stain (La Mancha Humana) es el título de la última de las obras de la trilogía americana de Philip Roth, en la que retrataba ácida y cruelmente la sociedad norteamericana contemporánea. El argumento gira entorno a un decano de una universidad que es objeto de un ataque injusto por parte de unos alumnos absentistas (tanto que no han ido jamás a clase) y especialmente idiotas que le denuncian por un supuesto comentario racista que no era tal, pero que sacado de contexto, acaba con su carrera universitaria y conduce a la muerte a su mujer, primero, y a él mismo, más adelante, sin que nadie salga en su apoyo. Una de las obras maestras de Roth (en realidad, casi toda su producción puede calificarse así), y que contiene algunas perlas literarias como ésta: “La verdad no se revela de golpe. Aunque el mundo está lleno de gente que va por ahí creyendo saberlo todo de ti o de tu vecino, en realidad lo que no se sabe carece de fondo. La verdad acerca de nosotros es interminable. Como lo son las mentiras”

Esta gente que cree saberlo todo de ti sin tener apenas indicios de la realidad, pero que se cree a pies juntillas el mensaje predominante acerca de tal o cual persona, y que -cosa que muchos ya veíamos venir- se ha enseñoreado de la cultura política europea, y muy especialmente de la española, actualmente magnificada por los voceros del españolismo cañí. Y para mayor vergüenza ajena, hay que incluir en ese grupo a algunos representantes de lo que creíamos que era la izquierda progresista, y que a la postre no han sido más que figurantes en el cambiazo neoliberal de los valores socialistas, que ahora encarnan personajes de la calaña de Alfonso Guerra o Pedro Sánchez, cada uno en su estilo. El primero en su pose doctoral, tan contundente como falsaria, y tan falsaria como rencorosa. El segundo, en su habitual estulticia política, que le conduce de suicidio en suicidio, solamente arropado por esa pinta y modales de presentador guaperas de telediario, pero con un contenido absolutamente insustancial y carente de todo mérito intelectual.

A lo que íbamos, Roth se vale del caso Lewinsky para encuadrar históricamente la moral persecutoria y la apología de lo políticamente correcto que invade el país norteamericano –esa corrección que cuando menos suele ser éticamente reprobable, si no es que consiste directamente en una inmoralidad indecente- que lleva sistemáticamente a sus víctimas a un calvario ilustrativo de esa plaga que Roth califica sin ambages de “éxtasis de la mojigatería”, al cual nos tiene acostumbrados de siempre nuestra rancia derechona, con independencia de las siglas que la contengan, y que más recientemente (pero no tanto, no se vayan ustedes a creer, que la cosa viene de lejos), se ha extendido a buena parte de la autodenominada izquierda hispana, un título más falso que los que otorga con tanta facilidad la Universidad Rey Juan Carlos a alumnos distinguidos.  

Extraigo otro fragmento memorable de la novela: “(Cuando Lewinsky y Clinton) se comportaron en el Despacho Oval como dos adolescentes en un aparcamiento (...) hicieron que reviviera la pasión general más antigua de Estados Unidos, e históricamente tal vez su placer más traicionero y subversivo: el éxtasis de la mojigatería. En el Congreso, en la prensa y en las cadenas de televisión, los pelmazos virtuosos que actúan para impresionar al público, locos por culpabilizar, deplorar y castigar, estaban en todas partes moralizando (...) con un frenesí calculado..."

A quien el párrafo anterior no le recuerde al linchamiento del movimiento independentista en general, y al de nuestro presidente de la Generalitat, Quim Torra, en particular, debo recomendarle que se gradúe tanto la vista como el oído, y procure pasar por un reciclaje intelectual y político acelerado, porque resulta obvio que le han sometido a un intenso lavado de cerebro, con centrifugado incluido. Que sin duda le habrá dejado las ideas muy limpias, muy claras y muy democráticamente suavizadas, pero lamentablemente teñidas de ese triste tono gris uniformizador del pensamiento único imperante en el que la disidencia es motivo de anatema y excomunión.

Los “pelmazos virtuosos” de los que habla Roth ya hace tiempo que invaden nuestras medios de comunicación y forman parte de esa categoría de personas repugnantes que practican un fundamentalismo extremo bajo cierta apariencia democrática que, si el maestro Jean François Revel reviviera, le llevaría de nuevo a la tumba tras un agudísimo shock, al constatar como España es cada vez más América, pero no en el sentido que el habría deseado (el de adoptar los valores positivos de la sociedad estadounidense, que siempre defendió cuando la izquierda española era antiyanki por definición), sino en el totalmente contrario. Esa España que ha asimilado el marco político más alucinantemente simplón y reduccionista, acompañado de una moralina igualmente rancia e incompatible con la que debería ser una sociedad avanzada. Claro que así hemos llegado hasta Trump, al que mucho criticamos, pero al que pronto veremos reproducido en la arena política española como un perfecto clon del original. Y si no, al tiempo, porque los estrategas del márketing político ya han demostrado hasta dónde se puede llegar para obtener y retener el poder a toda costa.

Y así resulta que Alfonso Guerra afirma con rotundidad que Quim Torra es un nazi, con lo que de paso, afirma con la misma contundencia que todos los catalanes independentistas que apoyan al nuevo presidente de la Generalitat lo son también por contagio. Puedo afirmar sin ningún género de dudas que lo que en los demás políticos es mera incultura y desconocimiento, en el señor Guerra es algo perfectamente calculado. Y no porque conociera anteriormente al  President –que seguro que no, pues era un total desconocido fuera del entorno de Ómnium Cultural, cuya presidencia ejerció interinamente durante la corta transitoriedad que  hubo tras el fallecimiento de Muriel Casals- sino porque  Guerra es un hombre con un notable afán de conocimiento, y de quien dudo que se sumerja en ningún asunto sin haberse documentado a fondo.

Y precisamente por ese talante propio de Alfonso Guerra, sus palabras son mucho más indignantes que cuando las pronuncia ese busto parlante llamado Pedro Sánchez, quien seguro que no lee nada, y si acaso lo que lee son los resúmenes que le prepara su equipo asesor, sin filtrarlos ni cuestionarlos. Pero entre ambos hacen bueno el comentario de Roth sobre la sociedad norteamericana y esa necesidad de culpabilizar  en todo momento a cualquier adversario que se sale de lo políticamente correcto. Y si hace falta, se le acosa hasta destruirle, y si no es suficiente con los ataques personales, se recurre a la familia, como ha sido el caso de Quim Torra.

Y la realidad es que es posiblemente cierto que Torra sea  un independentista radical, como lo somos muchos que, como me decía ayer una buena amiga, lo que sentimos desde hace tiempo es vergüenza de ser españoles, y a quienes no nos queda más remedio que la radicalización de la defensa de nuestra identidad frente a una que nos quieren imponer, como si existiera un estándar que certificara lo correcto. Un estándar no consensuado, sino impuesto por las gónadas del españolismo más apisonador, fuera del cual se es reo de casi cualquier delito de lesa patria.

Pero que sea un radical no le descalifica ni como persona ni como político. Lo que sucede es que la radicalidad está siendo desterrada de la sociedad como un sacrificio en el altar de lo políticamente correcto, es decir, de lo insulso, de lo no beligerante, de todo aquello que conduce a la apatía y al consentimiento de cualquier atrocidad, como el hecho de que España siga aún gobernada por un partido político absolutamente corrupto, y que sus más que posibles sucesores sean una partida de filibusteros de derechas incorruptos pero de una catadura intransigente y diríase que “salafista”, si el término se pudiera aplicar a una formación como C’s, dispuestos a arrasar con cualquier diferencia que vaya más allá de lo puramente intrascendente. “Sólo veo españoles”, dijo hace poco Rivera, lo cual puso los pelos de punta a mucha gente por lo demás en uso de sus facultades mentales, porque indica una voluntad claramente uniformizadora y una vocación ultraderechista indisimulada (no sé si accidentalmente) por parte del nuevo mesías español. Un mesías de un país extasiado por la mojigatería política como nunca lo había estado antes.

Y es que la radicalidad, que está actualmente proscrita por ser mala para los intereses de muchos de quienes están en la cúspide de la pirámide social española, siempre ha sido la esencia de los genuinamente valientes. El auténtico cristianismo es radical, no contemporizador con las élites dirigentes (¿o acaso Jesucristo no era radical?). El pacifismo genuino es radical, dispuesto incluso a afrontar la cárcel y el exilio, como bien saboreó Gandhi en su época. Y el político auténtico ha de ser radical, al menos en su constructo intelectual, porque de lo contrario está vendido de entrada al trapicheo y al cambalache bajo la peregrina justificación de que todo es negociable (hasta la dignidad personal y el respeto de la historia).

De modo que, en definitiva, el señor Torra es un radical, sí, pero no es racista, ni xenófobo, ni “supremacista”, ni del Ku Klux Klan, caramba. Y si se lee con detenimiento su bastante extensa obra al respecto, se apreciará hasta que punto su pensamiento político no puede verse reducido a lo que expresan algunos tuits que, se mire como se mire, son la peor manera de expresarse políticamente. Como digresión, yo estaría de acuerdo con que Twitter debería estar prohibido a todos los políticos y dirigentes sociales en general, porque obliga a condensar de forma muy poco eficaz, un torrente de pensamientos y sentimientos en muy pocos caracteres. Twitter no permite matices, sólo eslóganes, arengas e insultos. Twitter es sinónimo de Blitzkrieg, ataques relámpago tal vez muy intensos pero de una superficialidad, frivolidad y banalidad que sonrojan, y por eso no es una herramienta adecuada para la política, sino sólo para los navajazos políticos que nos asestamos día sí y otro también.

Y precisamente por eso, me parece vergonzoso e inadmisible que  Guerra y Sánchez, entre otros muchos, concluyan que el ideario político de Quim Torra se encuentre perfectamente dibujado en unos pocos tuits. Viene a ser como si ellos, que provienen de la izquierda marxista, hubieran adquirido toda su ideología no por la lectura de las obras de Marx, Engels y demás, sino a través de carteles callejeros de propaganda socialista. Aunque bien pensado, en el caso de Sánchez, seguramente haya sido así, visto su nivel de incultura política, que no parece tan relevante porque en comparación con el resto de la clase dirigente española, él al menos da el pego de las apariencias.

Pero lo de Guerra es otra cosa. Lo de Guerra es maldad en esencia pura, inquina destilada lentamente y criada en barrica de odio contra todo el catalanismo. Un odio que ya viene de lejos, de los tiempos del primer gobierno socialista. Él, el gran inquisidor que tuvo que dimitir por las trapacerías políticas de su hermano Juan, un consentido vividor de su apellido y del miedo que inspiraba en los círculos de poder. El mismo Guerra que usó toda su fuerza política para hacer daño dentro y fuera del PSOE a todos quienes se opusieran a su voluntad. Ése Guerra que le cortó las alas al socialismo catalán en los primeros años ochenta del siglo pasado, cuando se cargó el grupo parlamentario del PSC, que hasta entonces era un partido asociado pero independiente del PSOE. El mismo Guerra paladín del centralismo extremo y del jacobinismo más apolillado (junto con sus amigos Borrell, Bono, Rodríguez Ibarra, Blanco y un largo etcétera) que, por suerte, ya no está en el escenario, aunque desde el proscenio, sigue aventando el mismo discurso inflamado y echando combustible a esa hoguera de las pasiones en que él y los otros indecentes de su calaña han convertido a España, en la que pretenden incinerar a todo  el independentismo catalán.

Desde esta tribuna le digo a él y a todos lo que son como él, que desde Cataluña no se lo vamos a poner fácil. Estamos hasta las narices de su asqueroso discurso ultranacionalista español y que encima pretendan que les riamos las gracias. Como el virrey Millo, que después de hacer de lacayo y lamesuelas de los artífices del 155, encima se extraña y llama maleducado a Quim Torra porque no le estrechó la mano en un acto público. En mi casa, señor Guerra, señor Millo, no se estrecha la mano de los verdugos. Y no es mala educación, es higiene política.



jueves, 24 de mayo de 2018

(Primo de) Rivera

Albert, majete, te advierto que como decimos coloquialmente, se te está yendo la pinza, y ya va siendo hora de que algún alejado tuyo –ya que los allegados oyen, callan y aplauden entusiáticamente hasta tus eructos (netamente españoles, sin ninguna duda)- te diga que esto que te pasa es más propio de una novela de Valle-Inclán que de un hombre de estado. Y es que el personal que te rodea o bien son zombis o están lobotomizados (cosa que no sería de extrañar, oyendo las estupideces que han aprendido a decir a tu sombra). Pero sin contar con ellos, pobres,  tambien es cierto que se te aplica con mucho sentido esa máxima que afirma que no hay peor odio que el que procede de la misma sangre. Y conste que no me estoy poniendo etnicista, ni racista, ni xenófobo, sino sencillamente estoy citando al gran Philip Roth, al que seguramente no has leído, porque leer al eterno candidato al Nobel y dedicarse a la política como tú lo haces -es decir, carente de todo escrúpulo- sin que se le desplome a uno la cara de vergüenza es prácticamente imposible. Claro también que vergüenza nunca has tenido, desde aquel primer poster electoral en el que salías en pelota a modo de reclamo para incautos. Tapando los genitales, por supuesto, porque más atrevimiento “a lo Cicciolina” era incompatible con las mentes bienpensantes a las que tu discurso –es decir, el de C’s- se dirige.

Así que daré por supuesto que no has leído jamás ninguna de las grandes críticas de Roth a la sociedad (norteamericana) de su tiempo y que, como buen judío outsider, retrató novelísticamente lo que  en carne propia era sufrir el odio de los suyos por culpa de su heterodoxia. Y como bien dijo el maestro Álvarez Solís hace bien pocos días en su columna, tú te has convertido en “El Hombre del Odio”, un odio que construyes tú mismo y arrojas contra cualquier adversario que huela, siquiera de lejos, a una cierta fragancia catalana. Eres un hombre que confunde soberbiamente a las gentes con tus mensajes cortos, eslóganes de publicista directos al corazón o al hígado, que no por bien dichos son verdaderos, una equivalencia que casi todo tu fanático electorado comparte, erróneamente, por supuesto. Cosas que sabes perfectamente de tu época en aquella liga universitaria de debates donde lo de menos era lo que uno creyera, sino defender metódica y entusiásticamente la posición que te tocaba en la competición por incompatible que fuera con los elementales principios de la ética. La cosa, desde entonces, consiste en aniquilar al adversario como sea, y tu sabes bien, chicarrón, que generar odio es la más eficiente de las armas para ello.

Viendo tu expresión facial, que aparte de gran ambición política y un ego descomunal denota un sádico hijoputismo  muy pasado por CaixaBank y ESADE (es decir, maquillado para no parecer lo que son unos y otros), se comprende que tu ejercicio de chaqueterismo político en doce años te haya llevado de un lado a otro del espectro político sin que se te haya torcido el gesto ni hayas recibido penalización alguna. O sea, que empezaste siendo más bien socialdemócrata, luego renegaste de ello y pasaste al liberalismo, y ahora ya te da todo lo mismo con tal de ganar, no sólo que te asocien con fascistas de toda la vida, sino que se incorporen a tus filas ultras encapuchados que reparten hostias por doquier, mientras asimilas su discurso, y te sitúas abiertamente en la digamos “ultraderecha democrática” (y permíteme omitir la precuela pepera de tu carrera política en las Nuevas Generaciones, porque eso sería como una especie de círculo vicioso). Lo cual, bien mirado es un oxímoron, una contradicción en sus términos, y sobre todo, la constatación de que a ti la ideología te da lo mismo, mientras sirva a tus propósitos personales. Que no son precisamente de regeneración de la vieja España, que es irregenerable, irrecuperable e incurable mientras tú y tipos como tu sigan dando cobijo y salvaguardia a los fascistas de toda la vida.  Porque Albert, guapo –con esa guapura relamida y afectada que en general suscita tanta suspicacias entre el género masculino como humedades vaginales en determinados especímenes del femenino-, lo tuyo es increíble en tanto que todavía nadie ha cuestionado tu honestidad política, lo cual más que notable, resulta  asombroso en un político joven que en menos de diez años ha virado de la socialdemocracia a la extrema derecha sin que ello le haya costado la carrera. En países con más tradición democrática, estas traiciones se suelen pagar muy caro, como le ha pasado al exsocialista Manuel Valls, otro que tal, que ha sido defenestrado sin piedad por sus veleidades.

Claro que a ti, como nadie te hace sombra en tu partido (cómo te van a hacer sombra, si tú mismo te encargaste de purgar a cualquiera que tuviera un discurso mínimamente aceptable y que contradijera levemente tus designios, y has aupado a los puestos de máxima relevancia a peleles sin sustancia, si exceptuamos el veneno anticatalán que babean regularmente), y tienes de adversarios a un partido paralizado por la corrupción a un lado, a cuyos cuadros les han caído esta misma semana 351 años de cárcel en la primera (y aún faltan varias) sentencias del caso Gürtel y anexos; y al otro lado tienes un partido dirigido por un estúpido -a estas alturas, para qué andarse con eufemismos- que ha hecho perder el norte a la mitad de la izquierda española (que ahora se despierta cada mañana recordando que lo importante no es el progreso, y la lucha contra el neocapitalismo salvaje que se esconde tras los programas de la derecha, sino la sagrada unidad de tu España) y cuya caída está más que garantizada, a poco que Susanita pueda hincarle esa dentadura de hiena que pasea. Resulta que, como digo, no tienes oposición ni dentro ni fuera, y tus cambios de chaqueta no te han pasado factura. Qué suerte tienes, camaleón campeón.

Y eso te hace envalentonarte y empezar a desbarrar de un modo que no creas, a mí personalmente me preocupa bastante, porque se empieza a parecer mucho al discurso previo a aquella Kristallnacht de noviembre de 1938 en las que tus émulos de las SA y las SS iniciaron la caza del judío, cosa que me parece que sucede reiteradamente en tus sueños húmedos en los que te ves a ti mismo  como El Bengador Gusticiero que arrasa con todos quienes porten algún símbolo de sospechosa catalanidad en ropas, usos y costumbres, todos ellos nefastos, nefandos y dignos de purificación por el fuego de la hoguera.

Aunque bien mirado, más que aquellos hombres de acción de las Sturmabteilung de 1938, te pareces cada vez más a tu medio homónimo general Primo de Rivera. Ése sí que era un espejo en el que mirarse, Rivera, porque consiguió lo que tu persigues: con la connivencia del rey y el apoyo de gran parte de la patronal, del ejército y de las fuerzas conservadoras, encabezó un directorio que concentró todos los poderes del estado –en este punto ya debes tener una abultada erección bajo tus calzoncillos de Klein, Calvin Klein-; acto seguido purgó a casi todos los políticos profesionales de la época derribando un régimen desprestigiado a base de retórica regeneracionista con gran aceptación general inicial, incluida de los socialistas de la época  que, aunque parezca mentira, no estaban dirigidas por un sosias de Pedro Sánchez–lo que ahora te debe llevar al borde de un clímax pletórico-; para finalmente llegar al estallido final de odio anticatalán que tantos réditos le supuso al primer Rivera gracias a la supresión de la Mancomunitat (o sea, un equivalente a tu deseo de un artículo 155 perpetuo para Cataluña) y que le llevó a retirar las Quatre Columnes de Montjuic, obra de Puig i Cadafalch, por sospechosamente catalanistas –lo cual, señor Albert "Primo de" Rivera,  ya te debería llevar a un orgasmo eyaculatorio de proporciones cósmicas.

Más o menos, la idea era ésa cuando los que todos sabemos decidieron crearte, aleccionarte y financiarte. El tuyo no es un partido surgido de un movimiento de masas, ni de una iniciativa popular. El tuyo, Primo, es  como el de 1923, un movimiento diseñado por determinadas élites en su afán de perpetuar un modelo que consideran beneficioso. Sobre todo para ellos, añado, porque parafraseando al icónico y lapidario comandante Waterford de esa espeluznante serie que es “The Handmaid’s Tale”, tus protectores, con Francesc de Carreras al frente, no sólo son conscientes, sino que comparten plenamente el sentido de la frase  “Sólo queríamos hacer un mundo mejor. Mejor nunca significa mejor para todos. Siempre significa peor para algunos”. Donde “algunos” quiere decir, en este contexto, la mayoría de los catalanes. Y es que de Carreras, por mucha cátedra de derecho constitucional que ocupe (yo diría que usurpa) y mucho pasado de luchador antifranquista que conste en su currículum, lleva en su ADN político el franquismo sociológico de su padre Narcís, que pese a haber sido presidente del Barça, era de aquellos catalanes franquistas recalcitrantes que pretendían reducir el catalanismo a una mera expresión folclórica, porque cualquier otra cosa era mala para sus negocios. Y es que, cuando nos hacemos mayores, cada vez nos parecemos más a nuestros padres, para bien o -más comúnmente- para mal.

Y vamos a dejar una cosa clara, Primo de Rivera: catalanes no son quienes tú dices que son. La hija del policía no es catalana, aunque se exprese correctamente en nuestra lengua. Los millones de residentes en Cataluña que no han nacido aquí, ni se han esforzado por integrarse, y ni siquiera son capaces de chapurrear catalán después de lustros viviendo aquí, no son catalanes, ni falta que les hace. Para ser catalán hay que haber nacido aquí, o en el supuesto de no haberlo hecho, haber aceptado la catalanidad como una segunda piel. Lo cual no quiere decir que se haya de ser independentista, ni mucho menos (incluso se puede ser españolista, faltaría más), pero sí hay que admitir que se forma parte de una sociedad con peculiaridades que uno debe asumir. Y cuando empezamos por no aceptar ni los símbolos ni la cultura ni la lengua, no nos puedes meter a todos en el mismo cajón. Así que catalán eres tú, Rivera (Primo de), por supuesto, aunque como los judíos de Roth, manifiestes un odio insano hacia tu propia gente por no ser tan caudillistas hacia tu persona y tus ideas empotradas por ese correoso think tank de ilustres apellidos catalanes pero tan profundamente españolistas como lo eres tú mismo. Pero casi todos los demás a quienes diriges tu ardor guerrero no son catalanes ni lo han sido, ni lo serán nunca. Viven en Cataluña, pero jamás aceptarían ser catalanes, ni siquiera como mal menor, porque para ellos, más que en su casa, viven en territorios ocupados por derecho de conquista.

Claro que es normal ser caudillista cuando el líder indiscutible eres tú mismo, verdad, Albert? Tal vez debería decir que más que líder eres lo que cierto capitoste de cierta entidad financiera otrora catalana me reconoció recientemente. Díjome que habían creado un Frankenstein político y que lo peor de todo era que el engendro funcionaba, aún a costa del dolor que sabían que ello iba a causar a mucha gente decente por el mero hecho de no sentirse identificada con una manera de ser español que a muchos les revuelve las tripas, Primo.  Y quieres saber por qué? Pues es sencillo de entender, porque el españolismo cañí es equivalente a autoritarismo, uniformización, homogeneización y saqueo. Ya lo vieron venir  los de la generación del 98, y lo padecieron y retrataron también  los de la del 27, que renegaban de la misma España -ésa que tú y tus frankensteincitos de salón añoráis- con los mismos epítetos que usamos ahora para definir esa curiosa manera de ser español, casi ná,  y que vosotros afirmáis que son adjetivos supremacistas (por cierto, palabro que no existe en tu idioma castellano), racistas, xenófobos y excluyentes.

Lo que te decía, Rivera alias "Primo de", tus creadores saben que han hecho algo monstruoso y contra natura, y temen que se les vaya de las manos. En realidad es tan sencillo como que ya se les está yendo  de las manos y tendrán que acabar contigo de aquí a unos años de la misma manera que acabaron con el general Primo de Rivera. Es decir, empujándolo al vacío cuando ya no les fue útil.  Porque si algo eres, pese a tu astucia y tu mala leche, es prescindible cuando ya no les sirvas. Hasta fieles allegados tuyos consideraban no hace muchos años que te ibas a quemar por tener la vela encendida por los dos lados. Te lo aviso, chavalote, estás quemando etapas demasiado deprisa. Ahora, “todos te ponen ojitos” porque no tienes ni cuarenta años y estás en la estela ascendente, pero no dudes de que te jubilarán en cuanto  no seas necesario; mucho antes si además resultas molesto. Eres el político de diseño más exitoso (por no decir el único) de la historia reciente española, pero ése es precisamente tu talón de Aquiles. Que te han fabricado y puesto en el escaparate unas fuerzas que nada tienen de populares y que a nadie sirven salvo a los de siempre.

P.D.: Por si quieres profundizar tú mismo en tu historia, te recomiendo el impagable artículo de Jordi Graupera, publicado inicialmente en El Singular Digital, y que puedes consultar (y rebatir, si te parece) en http://jordigraupera.cat, con el título “Un dels nostres: Qui és l’Albert Rivera?”

martes, 15 de mayo de 2018

Bombardear Barcelona

Hombre, Federico, conste que yo te entiendo si hago un esfuerzo supremo por surfear en tus circunvoluciones cerebrales y en ese lóbulo frontal que ya no controla  la expresión de tus emociones más internas e intensas, pero eso de bombardear Barcelona, aparte de ser un muy poco original plagio de anteriores ocasiones, resultaría sumamente inefectivo si no va acompañado de otras medidas adicionales que den rigor complementario a semejante actuación.

Quiero decir con ello, como siempre se ha dicho, que la aviación prepara el terreno, pero que a la hora de la verdad es un pelotón de soldados el que acaba salvando la civilización,  española y cañí en este caso y por más señas. Deberías haber aprendido algo de la guerra de los Balcanes, y comprender que por muchas bombas que se arrojen sobre Barcelona, el triunfo completo no se consigue sin una buena limpieza étnica, al estilo de Srebrenica. Aquí lo que se necesita no es acogotar a bombazos a los catalanes, sino crear un flujo de desplazados al estilo palestino, pero procurando enviarlos a donde no molesten, lo cual bien mirado puede ser un problema, salvo que decidáis de paso bombardear también al moro Mohamed, recuperar Ifni o el Sahara y desterrar allí a todos los catalanes que no sean cien por cien españoles pata negra, que es de lo que se trata cuando decís respetar tantísimo a los catalanes que también se sienten españoles.

Parece mentira que a estas alturas, Federico, no veas que cuanto más se bombardea Barcelona, con mayor fuerza resurge el nacionalismo catalán al cabo de unos pocos años (pocos en el sentido histórico del término, una eternidad para quienes nos declaramos independentistas). Parece mentira también que no te des cuenta de que bombardear Barcelona podría hacer perder muchos votos tanto al que tú llamas cobarde Mariano por no atreverse, como también pondría en incómoda situación a la que supongo tu adorada Inés Arrimadas, que igual sí se atrevería vista la deriva histérico-nacionalista (sector hiperventilado imperial) que han emprendido Rivera y los suyos, pues todos sabemos que en cuanto haya sangre de verdad, quien más derrame será perjudicado en su imagen de forma directamente proporcional, con las consiguientes consecuencias internacionales, que a ti seguramente te traen sin cuidado porque en el fondo tu discurso no se comprende muy bien si no se es un nostálgico de la autarquía de los años cuarenta del pasado siglo. Es decir y resumiendo, que matar mucha gente está muy bien para Israel y lo que hace con los palestinos, jugando al pim pam pum de fuego real contra individuos e individuas armadas con piedras paleolíticas, porque a fin de cuentas, contra Israel no hay oposición efectiva ya que, además de tener armas nucleares y pretender ser el único que las tenga en Oriente Medio como “garantía de estabilidad” (menudo cinismo, ahora que pienso),  tiene al primo grandote de Zumosol permanentemente al lado diciéndole que sí a todo. Pero ello tiene una explicación más que razonable: las mayores fortunas judías del mundo apoyan la causa sionista en la misma medida que condicionan el apoyo electoral-económico a los presuntos hombres más poderosos de occidente (léase Trump y acólitos), y ante eso hay que rendirse a la evidencia: mientras los judíos no israelís sigan siendo ricos e influyentes, Netanyahu y los suyos podrán seguir acribillando palestinos desarmados sin oposición. Aunque te diré un cosa, Fede, no parece que la estrategia israelí sea la mejor del mundo, pues llevan  setenta años armados hasta los dientes y matando más moros que el Cid y la cosa sigue igual de mal que al principio. Y me refiero a cuando el antiguo testamento y los filisteos, los saduceos y tal, que ya son años.

Y es que ya sabes, chavalote, que existe una cosa que se llama efecto rebote, que viene a ser como la caspa pero en plan sociológico.. Si se hace un tratamiento en exceso agresivo y sólo sintomático, sucede que el mal que se combate se reproduce nuevamente con más vigor incluso que antes. Que es justamente lo que pasa en Oriente Medio y que sólo acabará cuando algún chalado encuentre la forma de poner en marcha el Holocausto 2.0. Sólo es cuestión de tiempo, y por eso resulta risible y exasperante la pretensión sionista de calzarse a Irán con la ayuda de Trump, como si eso fuera a resolver un problema que viene de la eternidad y va a durar unos cuantos eones más, hasta que se den cuenta de cómo han malgastado dinero y vidas, sobre todo vidas, Federico, para llegar al cabo de la calle.

Pero aquí, hombre de dios, es muy diferente. En primer lugar porque España, pese al estilo imperial al uso en Madrid y aledaños, es una potencia de segundo orden, y sus aliados lo son más de conveniencia que por interés real y no permitirían según qué excesos sin alguna contrapartida estratégica que  poner sobre el tablero. El problema es que no tenéis nada que ofrecer a cambio de que os dejen manchar impunemente las manos  con sangre catalana. Una matanza de catalanes sería muy celebrada al otro lado del Ebro, pero con toda certeza tendría consecuencias nefastas  allende vuestras fronteras, chato. Y entonces no creo que sirviera de mucho tratar de bombardear París, Londres, Berlín o incluso Bruselas para dejar claro quien los tiene mejor puestos (nadie duda que dicho honor te corresponde a ti y a unos cuantos de tus secuaces/seguidores).

Aparte de que las bombas, aunque se han ido volviendo inteligentes, no han alcanzado todavía el nivel como para distinguir entre “nacionalistas-supremacistas–xenófobos-catalufos-de-mierda”, y los otros, los que calificáis de buenos, que suelen estar muy entremezclados y son físicamente indistinguibles. Y en la mayoría de las ocasiones son indistinguibles incluso fonéticamente, como es mi caso, que ya ves que hablo y escribo en castellano con no menos corrección y habitualidad que en catalán. Quiero decir que si estamos en esas, ya me explicarás como arrasas el Paseo de Gracia con tus F-18 sin cargarte a la mitad de la gente de C’s y el PP que pasean por allí, además de un montón de turistas japoneses, que a esos sí sabemos distinguirlos.

Pues eso, Federico, hombre, que lo que necesitáis no son bombas precisamente, sino tal vez un poco de ingenio colectivo al estilo de los dictadores chilenos y  argentinos del pasado siglo. Por ejemplo, convertir el Camp Nou en un inmenso campo de concentración donde preseleccionar el destino de los detenidos, y luego hacerlos desaparecer discretamente (o no) por los más variados métodos. De todos es sabido que la legalidad no entiende de zarandajas, y que la democracia siempre se ha defendido a palos en países como España, que buscan la eficacia por  encima de todo, aunque luego vengan algunos con flojera mental e insinúen que esa manera de defender una estado de derecho se parece mucho más a una dictadura que a otra cosa. Y es que la democracia, a fin de cuentas, es vuestra carta de presentación para que podáis poder entrar y salir del club de los civilizados sin llamar demasiado la atención y sin que el portero os eche a patadas por no ir adecuadamente vestidos para la ocasión. La democracia, para vosotros, es como un pase VIP, algo que os dan pero en lo que no necesariamente debéis creer;  un artilugio instrumental que os permite mezclaros con las élites occidentales sin parecer apestados indeseables a los que se les negaría el acceso al selecto club de las democracias avanzadas.

Como comprenderás, aparecer en los foros internacionales  chorreando sangre y vísceras de compatriotas y quedar tan tranquilos sólo es posible si se se trata de  Israel o bien si el país es en exceso poderoso como para importunarle con minucias como los derechos humanos (pongamos China y la madre Rusia) pero en los demás casos, hay que guardar unas formas democráticas impolutas. Ante todo porque ya se vieron los pocos réditos que daba apoyar a las brutales dictaduras latinoamericanas de los años setenta y ochenta, so pretexto de contener el comunismo internacionalista. Como dice todo buen mafioso, la sangre y la violencia son malas para los negocios, y lamentablemente para ti, Federico, sin negocios no se es nadie actualmente, por mucho que arrastres los testículos por el suelo de tan grandes y pesados que los tengas.

Los testículos, y los tuyos en particular, hace tiempo que sólo excitan a imberbes indocumentados e imbéciles alienados, que no dudo que sean en gran medida tus oyentes radiofónicos, pero así no vas a ningún lado, Federico. Tienes que modernizarte v dejarte de bombas y sangre poniéndolo todo perdido. Ponte al día, hombre, y aprende  de series como “Homeland”: si quieres tener éxito: haz como Brett O’Keefe, que ése si es un auténtico showman y un provocador antiestablishment moderno y manipulador. Sin tantos cojones, pero con mucha más gracia. 

Pues nada, cuando quieras quedamos y nos damos unos navajazos de amigotes, tan hispanos y civilizados como siempre. De nada, Federico, machote.

jueves, 10 de mayo de 2018

Discurso público,comentarios privados

Muy interesante la escasa reacción a los insultantes y vejatorios comentarios que espetó la Secretaria de Estado de Comunicación a propósito de las protestas de un grupo de jubilados contra el presidente Rajoy. Parece ser que, como que pidió disculpas inmediatamente de que se hiciera público su exabrupto, y además optó por cierto grado de autoflagelación nada frecuente en  los políticos pillados en plena metedura de pata, los medios la han perdonado y han dejado el asunto como mera anécdota.

Una anécdota que brota del hecho de efectuar comentarios privados que logran amplia difusión pública por haber algún micrófono abierto en las proximidades del protagonista. Pero más allá de la anécdota más o menos jugosa protagonizada por la señora Carmen Martínez Castro existe un problema de fondo que es claro indicio de la salud democrática de un gobierno y de su respeto por la ciudadanía.

Resulta que esta dama, que aunque no ha estado escogida en las urnas es alto cargo de una administración elegida democráticamente, y que sobre todo, representa a toda la ciudadanía y todos sus intereses, considera que un amplio grupo de ciudadanos, sin ninguna distinción de su adscripción ideológica o  electoral, se merecen un corte de mangas y ser convenientemente jodidos –como si no lo estuvieran ya- por el mero hecho de ser pensionistas. Pensionistas disconformes con las políticas de recorte de las prestaciones, y hartos de que se les ningunee a todas horas menos cuando tocan elecciones, que es cuando les queda la piel resbaladiza de tanto jabón que les dan los diversos candidatos. Obviamente, para volver a joderlos después con el claro aunque abusivo argumento de que el déficit no permite otra alternativa, y santas pascuas.

Teniendo en cuenta que los pensionistas suelen estar jodidos gran parte del tiempo, ese “os jodéis” de la secretaria de estado de comunicación sólo puede ser interpretado como una redundancia y un sarcasmo aberrante, sobre todo por su condición de alto cargo de una administración que, de entrada, debería mostrarse respetuosa con todos los ciudadanos, pero especialmente con los que se han partido los cuernos durante toda su vida para llegar a tener una vejez supuestamente digna, que es lo que ahora las ideas globalizadoras les están arrebatando en todo el mundo, a mayor gloria de los grandes fondos privados de pensiones.

Pero es que además, la tremenda contradicción ya habitual entre el discurso público y los comentarios privados de muchos políticos obliga a cuestionarnos no solo la decencia, sino también la honestidad de toda esa caterva de servidores públicos que no son ni lo primero ni lo segundo, y que sólo están en el escenario para pasar la gorra convenientemente. A la señora Martínez Castro le ha sucedido como a todos los borrachos: que la sinceridad  alcohólica les expone en sus propios paños menores ideológicos y pone de manifiesto que lo que privadamente vomitan sin reflexionar, es en el fondo lo que en realidad piensan, aunque  se guardarán mucho de reproducirlo en su discurso público, por las repercusiones negativas de toda índole en las que se verían inmersos.

O sea, que a la Secretaria de Estado de Comunicación le apetecería un montón hacerles un corte de mangas a los jubilados (que también le pagan el sueldo), pero solo en privado y de forma jocosa. Lo cual resulta poco creíble. Yo, cuando opino en privado que tal o cual político es un hideputa, es porque lo creo de verdad, y eso condiciona, y de qué manera, mi actitud pública hacia él y su partido. De modo que privadamente siempre  me parece detestable Rajoy y compañía, porque opino que son una banda de piratas corruptos, e igualmente detestable se me antoja el führer Rivera y sus perros de guardia vociferantes, porque han optado por ser ultras a falta de otro espacio político libre. Pero lo que no haría jamás será enmendarme públicamente y decir que ha sido mala pata que me pillaran y que, por supuesto, el señor Rajoy y el señor Rivera me parecen estupendas personas y aún mejores políticos, y que he tenido la mala suerte de que un comentario privado se haya difundido públicamente, pero que eso no tiene mayor trascendencia, y rogando disculpas a diestro y siniestro, asunto concluido.

Pero sus comentarios sí tienen trascendencia, señora Martínez Castro, porque sus opiniones privadas condicionan de una manera clara su discurso público en uno u otro sentido. Cuando el discurso público coincide con el sentimiento privado, hablamos de coherencia política y personal, lo cual está muy cerca de  convertir al protagonista en una persona honesta, al menos en ese aspecto. Cuando el discurso público es totalmente opuesto al pensamiento privado, nos encontramos ante un caso de arribismo cínico y desvergonzado, la típica actitud del oportunista que asume como propios principios que detesta, pero que le pueden resultar útiles para medrar personalmente. En su caso, señora Secretaria de Estado, lo que sucede es que a usted, como a muchos de la extrema derecha española, el pueblo se la trae flojísima y los pensionistas aún más, excepto en la medida en que son ocho millones de votos a los que hay que pastorear adecuadamente cada cuatro años, porque sin esa fuerza electoral de los pensionistas, ningún partido, escúcheme bien, ninguno, puede gobernar este país ni cualquier otro con una pirámide demográfica como la nuestra.

Así que ustedes necesitan a esos desagradables ancianos mayoritariamente desarrapados y menesterosos, pero que encuentran repulsivos y cutres, y aún más si encima no se están calladitos y contentos con sus pensiones recortadas y tienen la desfachatez de venir a increparles en público a ustedes,  que tanto hacen por ellos y que no se merecen ese maltrato de las pitadas callejeras, según su parcialísimo parecer, señora.

Usted, señora Martinez Castro, es una vergüenza para el país, como casi toda la clase política, y específicamente la que se encuentra en la zona azul del espectro. No tiene decoro, ni dignidad, ni honestidad suficiente para vivir acorde con sus sentimientos hacia amplios sectores de la sociedad española, y sólo por ello debería usted dimitir, porque la han pillado quitándose esa piel de cordero bajo la que asoma el lobo feroz del infinito desprecio que siempre han sentido ustedes por las clases menos pudientes, aunque fácilmente manipulables con un par de capotazos (en el castellano de Sudamérica: “acción burlesca que consiste en evadir a una persona demostrándole un falso interés”).

Conclusión sempiterna:  la mayoría de nuestros cargos políticos viven en sus torres de marfil desde las que otean a la chusma  ciudadana con sumo enojo y desprecio, porque ellos son los que sí saben, los tocados por la divinidad, los elegidos para la gloria. Y los demás somos los tontos útiles en su ascenso en la escalera al cielo. O sea, ya sabe el lector: corte de mangas y a joderse. Eso sí, con ilusión, alegría y confianza en el futuro.

jueves, 3 de mayo de 2018

El dosier


Lo que más llama la atención del caso Cifuentes no es, ni mucho menos, que la dimisión venga por dos cremas hurtadas en un supermercado hace siete años, en vez de por falsear un máster, que es cosa mucho más grave. Ni siquiera recurriendo al humor castizo que recomienda que, puestos a robar, se haga a lo grande, porque las consecuencias van a ser las mismas o menores que cuando se cometen pequeñas faltas, resulta fácilmente comprensible que una crisis política se precipite por una cosa tan nimia. Y es que, en realidad, dos son los factores que pueden contribuir a la caída de un político en ejercicio, y ninguno de ellos tiene que ver con la dimensión del delito cometido.
 
El primer factor que hay que tener en cuenta es el de que le pillen a uno in fraganti. Desde tiempo inmemorial, cometer un latrocinio escandaloso pero que no se haya podido demostrar en los primeros días o semanas permite articular toda una estrategia defensiva que protege al delincuente pues le da tiempo a emborronar su responsabilidad. Como por ejemplo sucede con el célebre caso de “M.Rajoy”. Un segundo aspecto que puede influir  en que un tropiezo se convierta en caída libre es el grado de vergüenza que provoque el asunto. Que las cámaras te cacen cometiendo una fechoría es causa de mucha vergüenza, por nimia que sea la falta. Que además la falta cometida sea cutre, innecesaria y totalmente irresponsable, son factores que contribuyen a crear un escarnio sin parangón frente a otras figuras delictivas mucho más graves.
 
Por eso, en Estados Unidos, brillantes y prometedoras carreras políticas se han ido a pique por unos cuernos mal puestos, por una inoportuna visita a una prostituta o por haber fumado un porro en época juvenil. Sin embargo, notorios sinvergüenzas que han traspasado todos los límites en más de una ocasión, se han librado de la misma suerte porque sus delitos no eran vergonzosos, sino incluso ”heroicos” (y perdonen  el uso imperdonable de este adjetivo) para un determinado sector de la población, que ven en el enriquecimiento a toda costa como la cosa más normal del mundo, aunque ello lleve a la ruina de miles de personas (como ha sido el caso, reiterado, del señor Trump), mientras por otro lado aplauden que se cese a un cargo por llevarse a casa unos lápices de la Casa Blanca, por poner un ejemplo.
 
Cuanto menos cultura democrática tiene un país, más se suelen justificar los grandes expolios y corrupciones, y de forma paradójica, más crítico e intolerante se es con los pequeños detalles que pueden arruinar una carrera política. Y eso es porque los corruptos se cubren entre sí como regla general, mientras que ellos mismos encuentran intolerable que se cometan estupideces singulares de pequeño calibre pero amplia difusión,  y que nunca están a un nivel criminal equivalente al de la corrupción. Cosas de la incongruencia humana, dirán algunos. Yo diría que es una mera cuestión estadística. Corruptos en España hay miles, y eso genera una sensación de escasa vulnerabilidad directamente proporcional al número de sinvergüenzas y al grado de tolerancia social hacia la corrupción (como es el caso). En cambio, chorizos de supermercado en cargos políticos hay muy pocos, y cuando los pillan es como exponerlos desnudos al escrutinio público, sin resquicio alguno para poder siquiera dar largas al asunto hasta que se olvide. De ahí que se considere mucho más vergonzoso un pequeño delito aislado que la comisión sistemática de graves delitos que todos toleran porque gran parte de  la clase política está involucrada, por acción o por omisión. Y por eso, un hurto de cuarenta euros en un súper es  más motivo de caída que el falseamiento de un título oficial de mucho más valor, económico y curricular.
 
Sin embargo, y aunque lo cierto es que la señora Cifuentes se habría ahorrado mucha vergüenza y escarnio si hubiera dimitido por lo que debía dimitir en primer lugar, resulta mucho más preocupante la nula disponibilidad a dimitir que tienen nuestros dirigentes políticos, lo cual cuestiona de forma nítida la salud democrática de este país, por mucho que el gobierno del PP, los comparsas del PSOE y los airados vociferantes de C’s se empeñen en proclamar que este es un estado de derecho indiscutible. Bien, a mi modo de ver lo indiscutible es que este estado está más bien torcido; e incluso terriblemente retorcido de tanto intentar encontrar alguna luz democrática a su inexplicable tropismo hacia el autoritarismo y la manipulación mentirosa de las masas como herramienta fundamental de trabajo.
 
Este país es una indecencia colectiva, y el asunto de las cremas de la señora Cifuentes resulta muy buen ejemplo de ello, pero por motivos que no se han analizado a fondo desde la perspectiva del peligro que supone para la democracia esa red infame de cloacas que actúan como sumidero de toda la mierda que se evacúa  en España desde hace décadas. Y es que la existencia de cientos, miles de dosieres sobre todos los cargos públicos de este país es una afirmación tal vez aventurada pero  meridianamente plausible, teniendo en cuenta lo que sucedió en el caso de la señora Cifuentes. Es decir, primero: una cuestión menor (por muy reprobable que fuera); segundo: una cinta de video que debía ser destruida forzosamente según la normativa vigente ahora y entonces (salvo que se abrieran diligencias penales, que no fue el caso); y tercero: transcurridos siete años desde la fecha del hurto.
 
No ver las connotaciones de esto sería muy estúpido por mi parte y por la del lector. En primer lugar, es peor delito apoderarse de las cintas que su contenido (algo que ya probó en sus propias carnes el ínclito Pedro J. cuando fue sometido a una campaña degradante por vídeos de contenido sexual que nada tenían que ver con su actividad profesional). Además, es mucho más grave que alguien con poder, llamémosle señor X para seguir la tradición, tenga dicho video cerrado en un cajón durante siete años (o los que hubiera hecho falta), esperando el momento propicio para usarlo, que podría ser de conocimiento público (como ha sido en esta ocasión) o no, lo cual podría resultar en una situación gravísima de chantaje a un cargo público.
 
Y me refiero con ello a que un solo individuo puede coartar y redirigir la política de toda una nación si posee un dosier con la suficiente información para destruir a un oponente, actual o futuro. La gracia está en no tener que usarlo nunca, sino en poder efectuar una presión directa sobre el interesado sin siquiera tener que apretarle las clavijas. Con tal que el político de turno sepa que su futuro está en manos de terceros es suficiente para que toda su actividad como dirigente de un país quede en cuestión en la medida de que ha perdido toda independencia de actuación y ha de someterse, si quiere conservar sus prebendas, a los dictados de quienes están en la sombra, mucho más allá de cualquier escrutinio democrático.
 
Si eso no es poner en peligro la democracia y el estado de derecho, que alguien me lo explique. Porque además, tengo la convicción de que eso es lo que precisamente viene ocurriendo en este país desde que se desataron las hostilidades más o menos a mediados de la primera década del siglo XXI, aunque ya se había producido algunas sonadas escaramuzas en los últimos años del felipismo. Sin necesidad de ponernos especialmente paranoicos, se empiezan a vislumbrar las razones de que un tipo tan discreto como peligroso llamado Florentino Pérez haya conseguido de cualquier gobierno español lo que le ha venido en gana casi siempre, como por ejemplo que el estropicio  de la plataforma Castor lo paguemos entre todos los consumidores y que todos los actores del monumental desaguisado se hayan ido legalmente de rositas.
 
De modo que considero que lo realmente preocupante de este asunto no sean los delitos y faltas de la señora Cifuentes, sino cómo el poder de la información secreta, el poder de los dosieres que están ahí, celosamente guardados, en espera de asestar golpes de conveniencia según el interés de sus propietarios, pervierte la esencia misma del estado de derecho. Ya lo intuíamos a lo largo de estos años, cuando los sucesivos escándalos de corrupción han aflorado, en gran medida, por chivatazos y filtraciones a los medios notoriamente interesados en desestabilizar a determinadas personas u opciones políticas. Algo que tiene muy poco que ver con el deber de informar de los medios, sino más bien con las luchas por controlar los mecanismos del poder estatal en beneficio de intereses personales.
 
Eso-y de ello tendrían que tomar debida nota el señor Rivera y compañía-  es lo que tendrían que considerar los presuntos salvapatrias como un golpe al estado de derecho y no las cosas que se hacen con luz y taquigrafos a la vista de todos, por muy “ilegales” que las proclamen los medios. La salud de cualquier democracia, pero especialmente de la española, está en peligro por culpa de los dosieres durmientes y de quienes tienen el poder de tirar de la manta a su antojo y conveniencia, controlando el cuándo y el cómo, pero sin contar para nada con el interés nacional.

miércoles, 25 de abril de 2018

Los errores no existen

Se atribuye al autor de textos motivacionales Robin S. Sharma la frase “no existen los errores, sólo las lecciones”, con el que pretende poner sobre el tapete un hecho luminoso: “error” es siempre un juicio sobre un acontecimiento pasado, a  la luz de la revisión de los antecedentes que llevaron a  su realización. Se entiende así la facilidad con la que los críticos de todo pelo clavan sus puyas sobre tantos  autores o actores, porque la crítica no es tanto un fenómeno  subjetivo y mayormente sesgado –que también- sino una reacción póstuma a una serie de hechos relacionados por causas y efectos. Unas causas y efectos que la mayor parte de las veces no eran tan obvios y evidentes como muchos críticos sabihondos quieren dar a entender.

Porque es mucho más fácil evaluar y explicar a posteriori los acontecimientos  vitales o históricos cuando se tiene toda una serie de elementos de juicio que los protagonistas no podían conocer en el momento en que tomaron sus decisiones. En este aspecto, los mediterráneos solemos carecer de la necesaria objetividad para darnos cuenta de que nuestro papel de críticos (porque todos lo somos, de una manera u otra, y en diferentes momentos de nuestras vidas) está completamente condicionado por los factores que sabemos (o en el peor de los casos, sólo por los que queremos saber, despreciando los demás) y que los protagonistas tal vez no podían conocer. Por regla general, los destinatarios de nuestras feroces críticas podían  a lo sumo especular con diversos escenarios y jugar a las probabilidades de un modo muy humano, es decir, poco matemático.

Y esa carencia de objetividad mediterránea suele venir determinada por un exceso de emocionalidad en los asuntos en los que nos implicamos, y una inmersión completa en los argumentos que nos resultan más próximos social, política y culturalmente, lo que nos incapacita para distanciarnos convenientemente de ellos. Si no podemos dejar de ser actores y abandonar el escenario, es muy difícil que nuestro juicio sea ecuánime. Así que el crítico juega con doble ventaja: conoce la secuencia completa de acontecimientos, escoge sólo los hechos que más convienen a su propio relato y omite todo aquello que le separa emocionalmente de él. En los últimos tiempos, además, cuando el hilo de acontecimientos  colisiona con los sentimientos del crítico, se genera lo que de forma muy esnob se viene llamando posverdad, mediante la que se tejen verdades parciales junto con fabulaciones totalmente falsas, generando un relato paralelo que puede alcanzar un notable éxito si se usa una campaña de mercadeo lo suficientemente potente, como bien sabe  Steve Bannon, el artífice de la victoria de Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas.

Esto es algo que aquí en Cataluña conocemos bien, por haberlo padecido de forma ignominiosa a cuenta de la inexistente violencia independentista y el aún más inexistente experimento de crear una ETA catalana fundamentada en los Comités de Defensa de la República que los medios españoles han vendido sin ninguna vergüenza al resto de España, lo cual explica muy bien porqué los dos tercios de la población más allá del Ebro está de acuerdo con mantener en prisión preventiva indefinida y a seiscientos kilómetros de sus casas a los procesados por los hechos del 1 de octubre, como si fueran terroristas asesinos.

Sin embargo , no quiero hablar hoy de ese tema, tan analizado que ya no hay argumentos que no se hayan repetido cientos de veces, sino de la segunda parte de la frase con la que he iniciado este artículo. No existen los errores, sólo las lecciones. Y lecciones son las que ambos bandos deben aprender para el futuro. Porque una vez conocida la lección, seguir la misma línea de actuación a sabiendas de cuál fue el resultado anterior sí es un error gravísimo e imperdonable, sobre todo en la escena política. O sea, que resumiendo, “no existen los errores la primera vez, pero la segunda ya es tarde para aprender la lección”

Como que los errores del gobierno español no me interesan lo más mínimo, quiero centrarme en los presuntos errores cometidos por el independentismo catalán durante los meses que está durando esta situación de confrontación total de intereses entre una región y el resto del estado. Mucho se ha escrito y de forma muy amarga sobre cómo los políticos catalanes lo hicieron tan mal durante aquellas fechas de septiembre y octubre. Yo no lo tengo tan claro, por decirlo suavemente. En un país donde en cada partido de fútbol perdido todo aficionado sabe perfectamente qué habría hecho para ganarlo, y encima jamás se cuestiona si las derrotas de su equipo puedan deberse a un mejor planteamiento del contrincante, sino a lo mal que han jugado lo suyos, resulta muy difícil, por no decir imposible, tratar de encuadrar las situaciones desde una perspectiva externa y ajena a las emociones en juego. Esto es especialmente cierto en Cataluña, donde es tradición (muy hebraica, por cierto, aunque eso es harina de otro costal) la del autoflagelamiento colectivo cuando las cosas no salen como se deseaba en principio, para acto seguido empezar a repartir más culpas que la santa inquisición en su apogeo.

Yo, como todo outsider, me abstengo de participar en este juego, tal vez debido a una considerable dosis de pensamiento nórdico en mi educación. Y también porque esas actitudes favorecen la desunión colectiva y el enfrentamiento entre gentes del mismo bando. Por tanto, soy mucho más partidario de considerar que en los hechos de octubre no se cometió ningún error, porque no se tenían todos los antecedentes. Ahora, el independentismo los tiene, y sí sería francamente estúpido volver a repetir la secuencia original sabiendo cómo concluyó la primera vez.

Así pues, vamos a las lecciones. La fundamental que trataré en estas líneas es que, contrariamente al pensamiento único madrileño, la fuerza del independentismo no radica en sus dirigentes, sino en la masa crítica de población que prefiere lucir amarillo en sus ropajes. Por eso está claro que se equivocó la vicepresidenta Soraya cuando hablaba de “decapitación” del independentismo. Ahora bien, los independentistas vienen exigiendo “unidad” desde el principio, y aquí los dirigentes políticos, encarcelados o no, han de prestar oídos a quienes les sostienen en lo alto. Está claro que si lo que se pretende de verdad (otra cosa es que muchos sectores del PdCat sean honestos o no en este punto) es conseguir la independencia de aquí a un número indeterminado de años, todo pasa por lo que ya muchos hemos apuntado desde hace tiempo, es decir, la creación de un frente independentista cuyo objetivo sea únicamente conseguir la independencia y proclamar la república, dejando de lado cuestiones programáticas que carecen de sentido en el ámbito de una lucha por la autodeterminación.

Pretender posicionarse de forma ventajosa frente a otras formaciones políticas para cuando se dé la gozosa circunstancia de la independencia es reformular una nueva versión del cuento de la lechera. Las prioridades nacionales son lo primero, y las partidistas van muy atrás en la clasificación de las necesidades políticas de Cataluña como nación (y aún más como estado independiente). Dicho de otro modo, si las siglas de los partidos que forman el bloque independentista cuentan más que el proyecto nacional, y si las luchas por el poder personal dentro de ese bloque tienen incluso más importancia que  todo lo demás, entonces tienen razón quienes afirman que ni estamos listos para la independencia ni nos la merecemos. Y que todavía habría mucho camino por recorrer, empezando por hacer limpieza total de cuadros en los partidos independentistas, para aupar a puestos dirigentes a aquellos que estén dispuestos, más allá de cualquier aspiración personal tacticista, a formar un conglomerado prorepublicano, aún a costa de su propio programa partidista o su ambición personal.

Se trata de renunciar a partes para reforzar el todo. Eliminar ingredientes que impidan que la masa crítica independentista fragüe en un bloque indisoluble totalmente endurecido y que pueda resistir los embates del nacionalismo españolista. Consiste en sacrificar aspiraciones legítimas pero particulares en aras de un proyecto que supera con creces nuestras vidas como individuos, como grupos e incluso como sociedad actual (pues partimos del presupuesto de que estamos trabajando para las futuras generaciones). En defintiva, se trata de convertir a esa mayoría independentista en un solo CDR que abarque toda Cataluña, un CDR global donde no se pregunte a la gente cuál es su militancia o sus simpatías partidistas.

Utópico? Me temo que sí. Pero al menos el independentismo ahora sí sabe algunas cosas. Si son lecciones o se convertirán en errores que repetirá lo dirá la historia, pero lo cierto es que conoce los hechos  justos y necesarios para tener éxito si los aplica con inteligencia y tesón. Y si no, a esperar a la siguiente generación. Donec Perficiam.

jueves, 19 de abril de 2018

Lo que la posverdad esconde

Que lo de menos es la amplia gama de delitos que podrían haber cometido los presos-políticos-presos independentistas es algo que a estas alturas ya todo el mundo da por descontado, menos Jiménez Losantos, los fascistas estratosféricos de Vox y unos miles de tuiteros hiperintoxicados de españolidad patriotera. La cuestión es, en resumen, que ser inocentes o culpables de los delitos que se les imputan no tiene la menor relevancia política, aunque luego los Jordis y compañía se pasen diez años en la cárcel hasta que el Tribunal de Estrasburgo los excarcele, le imponga una indemnización de campeonato al estado español y Rajoy se descojone en su butaca de jubilado, porque a él, a aquéllas alturas, nadie  irá a reclamarle nada.

Porque aquí la cuestión no es judicial, aunque todo el tinglado esté disfrazado de esa guisa, y el atrezzo por el que los personajes deambulan en esta tragicomedia sea notoriamente jurídico. Es un aditivo para que los acríticos comulguen con ruedas de molino sin atragantarse con el nauseabundo aroma de la putrefacción a la que la clase política ha condenado a los jueces en España, cargándose de paso y al trote largo la separación de poderes, cosa que en este momento casi nadie -excepto los antes mencionados- cree que exista en el estado español. Yo apuntaría que tal vez sí existe un esbozo de independencia judicial, pero que está sometida a tensiones políticas tan inmoderadas en determinados asuntos, que pasan por encima de cualquier otra consideración sin que ningún juez se atreva a decir esta boca es mía, visto lo ocurrido anteriormente con Garzón, Silva, Vidal y alguno otro. Sólo así se explica que M. Rajoy sea desconocido para toda la judicatura, mientras que en cambio, la Guardia Civil se saque de la manga unos dineros malversados que hasta el ministro Montoro niega, y acudan los togados del tribunal supremo en tropel a pedir extradiciones sin cuento. Es decir, los jueces son humanos y, ideologías aparte, también tienen miedos y ambiciones personales. Y desde luego, una tendencia innata a no morder la mano que les da de comer, es decir, la de quien les puede servir un menú de tres estrellas Michelin, o dejarlos en un tascucio de barrio con un menú de seis euros.

Como decía, la cuestión no es judicial, sino puramente política. Y es cosa sabida que en este país, que es el que más políticos en activo tiene del hemisferio occidental, nuestros gobernantes no saben hacer política, sino que sólo saben politiquear, que es cosa bien distinta y peyorativa. Ante la escasa talla de estadistas de nuestros políticos y su nula capacidad negociadora (que es la base sobre la que se asienta cualquier actividad política medianamente aceptable en un estado de derecho), los jefazos de Madrid han optado por la vía más sencilla, como ha sido tirar encima de los independentistas a sus irredentas tropas del Supremo y del antiguo Tribunal de Orden Público (ahora ya sabemos por qué nunca lo disolvieron, sino que lo transformaron en ese engendro denominado Audiencia Nacional, que podía volver a serles muy útil cuando hubiera que girar la tortilla) en persecución manifiesta y salvaje de cualquier independentista que se ponga inocentemente a tiro, aunque sea por llevar una nariz de payaso.

La cuestión, repito, es dar un escarmiento tan sensacional a los independentistas, que aunque diez años después las instancias europeas les den la razón, ya no queden ni ganas, ni fuerzas, ni gente con ánimos para volver a intentar independizarse de España. Así que a los fascisto-demócratas que nos gobiernan les da lo mismo la justicia, la equidad, la seguridad jurídica, la proporcionalidad y todas esas martingalas que sirven, sí, pero sólo para el ejercicio cabal del derecho y el respeto de los procedimientos, pero no valen para nada cuando se trata de conseguir objetivos políticos. O mejor, dicho, cuando incapaces de hacer política de la buena, tratan de reconvertirlo todo a una pamema judicial que le dé a todo el asunto una pátina de legalidad bajo la que esconder el núcleo duro de las heces con que se está alimentando el presunto estado de derecho español, como si nada.

O sea, que ya les está bien que todo se alargue y alargue de forma indeterminada, mientras puedan tener a buen recaudo a los rehenes de  Estremera y aledaños, con toda la intención de quebrarles a ellos y en consecuencia, quebrar el ánimo del colectivo  independentista a cualquier precio, por exagerado y estrafalario que resulte a ojos de cualquier observador imparcial. Por eso mismo, les da igual la opinión que tenga de ellos la comunidad internacional, porque saben que fronteras adentro de España, nadie puede obligarles a nada, pese a cierto horror con el que se empiezan a contemplar internacionalmente los frutos de la transición española de 1977, hasta ahora alabados y halagados sin cuento, lo cual ya era muy preocupante años antes de todo el estallido catalán, cuando la trama del 23 F quedó sin que se descabezara la auténtica cúpula ideológica y fáctica. Una constante  que se repitió durante los años de plomo del PSOE y su guerra sucia con el GAL y la policía (ex)franquista usada para torturar y asesinar abertzales y etarras sin tener que pasar por el molesto trámite de un juicio con luz y taquígrafos.

Porque todos parecen haber olvidado que la guerra sucia y la corrupción viene de mucho antes del PP. Viene de cuando Felipe y Alfonso, esa pareja de personajes que con sus modos de poli bueno y poli malo inauguraron la época de un postfranquismo mafioso que se alimentaba de los mismos brebajes que el caudillo y sus socios. A cambio de poner a España en  el mapa y que Europa dejara de mirarla como una apestada, sentaron las bases de un nuevo autoritarismo corrompido que ha llegado, amplificado, hasta nuestros días, cerrando el círculo iniciado cuarenta años atrás. Y es que, como siempre ha dicho la sabiduría popular, las manzanas podridas en el cesto sólo hacen que acelerar la putrefacción de las sanas . En el cesto español se dejaron todas las manzanas franquistas, que han ido enmoheciendo todas las virtudes de aquella joven democracia que parecía tan prometedora en 1977.

Y encima la única solución que se le ocurre a este país es lanzar al estrellato a Rivera, el nuevo Alejandro Lerroux del siglo XXI. Francamente esperpéntico.

jueves, 12 de abril de 2018

The Post

Quienes hayan visto la película The Post seguramente se habrán hecho la misma reflexión que yo al finalizar su proyección, porque pese a la dificultad de seguir algunos de sus diálogos, debido a la proliferación de personajes históricos específicamente norteamericanos, y por tanto  en su mayoría desconocidos o apenas esbozados en la memoria del público europeo, la película es en sí un canto a la libertad de prensa y a la valentía de editores, redactores y periodistas para defenderla. Y no precisamente se trata de la libertad de prensa tal como se entiende aquí en España, sino a la libertad de prensa como un bien precioso e imprescindible para el desarrollo y mantenimiento de la democracia.

Tanto es así, que la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de América, dice en su traducción literal: “El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa; ni el derecho a la asamblea pacífica de las personas, ni de solicitar al gobierno una compensación de agravios”.  Precisamente la lucha por la libertad e independencia de la prensa motivó la durísima batalla legal que en 1971 mantuvieron el gobierno de la administración Nixon y los diarios The New York Times y The Washington Post por el derecho de estos últimos a publicar filtraciones que demostraban cómo el gobierno americano había mentido a la opinión pública y manipulado sistemáticamente la información relativa a la guerra del Viertnam, un hecho que precipitó en gran medida la aceptación de la derrota americana en Indochina y el posterior cese de las hostilidades, unos años más tarde.

La resolución de la Corte Suprema de los EEUU contiene una reflexión especial de uno de sus miembros, el juez Black, que tajantemente afirmó que “la prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernantes”. (literalmente: In the First Amendment the Founding Fathers gave the free press the protection it must have to fulfill its essential role in our democracy. The press was to serve the governed, not the governors. The Government's power to censor the press was abolished so that the press would remain forever free to censure the Government. The press was protected so that it could bare the secrets of government and inform the people. Only a free and unrestrained press can effectively expose deception in government). Esta defensa tan rotunda de la libertad de prensa, entendida como independencia real de los medios respecto a intereses de terceros,  debería hacer reflexionar a cualquier periodista en activo, y aún más a los estudiantes de periodismo, sobre la situación en España.

Por suerte para el pueblo norteamericano, en Estados Unidos la prensa suele formar parte de conglomerados privados muy potentes donde los editores son los propietarios, sometidos a muy pocas restricciones debido a que la capitalización de las cabeceras es suficiente para no depender ni de las subvenciones gubernamentales más o menos encubiertas –en forma de publicidad institucional y otras artimañas muy conocidas por aquí- ni de los designios de un consejo de administración dominado por los bancos de Wall Street. Eso ha permitido que la prensa norteamericana se haya configurado como un auténtico contrapoder a las acciones del gobierno, de modo que incluso un hombre tan poderoso como el Presidente de los Estados Unidos debe andarse con mucho cuidado con lo que dice, hace o tiene planeado hacer, porque puede ser atacado sin piedad ninguna –caso de Donald Trump- e incluso ser descabalgado del cargo, como bien sufrió en sus carnes el propio Nixon en 1974.

Si buscamos paralelismos en España nos encontramos ante un panorama desolador, en el que la prensa nacional tiende a  alinearse sistemáticamente del lado de las tesis gubernamentales sin asomo del menor criticismo, o peor aún, cuando acata de forma servil y abyecta las órdenes de La Moncloa sin cuestionarse siquiera un ápice no ya de la verdad, sino tan solo la versoimilitud de algunas de las inconcebibles declaraciones y actuaciones del gobierno español, especialmente de los ministros Zoido y Catalá. Sólo así se comprende su alineamiento incuestionable del lado de la tesis gubernamental de la rebelión violenta en Cataluña, negando así la evidencia abrumadora de que tal violencia ni existió en su momento ni existe en la actualidad, motivo de escándalo internacional y retroceso impoarable del prestigio español en el extranjero. Sólo así se comprende también que la prensa nacional jalee las detenciones  de miembros de los CDR bajo la impropia y espeluzananta acusación genérica de “terrorismo”, por haber levantado barreras de peajes y haber cortado carreteras (cosa que la mayoría de los dirigentes más jóvenes del PP se hartaron de hacer cuando el último gobierno del PSOE para tratar de desestabilizarlo, como bien le han recordado al indecente Pablo Casado –cuando era dirigente de las Nuevas generaciones del PP- desde diversos medios digitales). Claro que entonces no habían modificado el Código Penal  a medias entre el PP y el PSOE para que todo lo que le diera la gana al gobierno de turno se pudiera etiquetar de “terrorismo”. Una vergüenza nacional inadmisible, pero que coló precisamente porque la prensa no ejerció como debía su papel crítico y analítico, sino todo lo contrario.

De este modo España se está configurando como el único país presuntamente democrático del mundo donde manifestarse en la vía pública y practicar la desobediencia civil pacífica puede ser constitutivo de un delito de terrorismo, lo que me parece –a falta de mayor información para contrastar- que es incluso más de lo que se ha atrevido Erdogan a hacer en Turquía, que es cualquier cosa menos un país donde las libertades civiles estén garantizadas. Y es que la Guardia Civil española se está configurando como una especie de guardaespaldas del verdadero terrorismo, que es el de Estado, auspiciado por los fiscales y jueces que tienen una visión de España que dista mucho de lo que es una democracia comprometida con las libertades civiles. Como por ejemplo, y ante una Europa que ha dado la espalda a las acusaciones de rebelión, el relato español está asociando ahora el delito de rebelión con una presunta violencia puramente intencional o verbal, de modo que -como ya anticipé hace algunos años- el delito ya no está en una acción inexistente, sino que se convierte en delito de pensamiento, más grave aún si se expresa públicamente. Erdogan desencadenado y más aún.

Pero el problema de fondo no es la Guardia Civil ni la judicatura, ni siquiera un gobierno manipulador y mentiroso como el de Rajoy, sino el triste e infame papel que está cumpliendo la prensa nacional al servicio de los intereses gubernamentales y del IBEX35. De un plumazo se han cargado todo lo que los estudiantes de periodismo estudian con ahínco durante sus años de formación univesitaria: la información veraz, la crítica objetiva basada en hechos y no en presunciones, el aparcamiento de prejucios personales e ideológicos y, ante todo, la independencia del periodista a la hora de informar. Todo eso se ha ido al carajo en los últimos años, al margen de la orientación ideológica de cualquier diario, la cual no sólo es legítima, sino necesaria. Pero una cosa es la orientación ideológica, y otra muy distinta convertirse en el Pravda de turno que no sólo se dedica a actuar de portavoz del oficialismo gubernamental, sino además se atreve a purgar sin contemplaciones  a todos los periodistas y redactores de columnas de opinión que no sean totalmente acríticos con la línea editorial, por más barbaridades que propugne, como es el caso de El País, El Mundo, ABC o La Razón, por citar a los cuatro diarios de mayor difusión en la capital del reino. Todos ellos han practicado en los últimos meses, pero especialmente El País, el acoso sistemático a los empleados o colaboradores díscolos e independientes, para acabar despidiéndolos sin contemplaciones pese a que en algunos casos se trataba de profesionales cualificados con una larga trayectoria en el diario y un más que justificado prestigio en sus respectivas áreas.

Pero por lo visto, cuando está en juego la unidad  estatal todo eso son minucias sin valor, pues  de lo que se trata es de cerrar filas en torno al relato oficial por inverosímil y bochornoso que resulte. Y si para ello hay que omitir datos, presentar imágenes falsas, fabricar argumentos espúreos, poner en primera línea a los periodistas más difamatorios y falaces y prestar las páginas de opinión a bárbaros mamarrachos que sólo saben escupir odio y rencor contra los catalanes, pues se hace y santas pascuas, que eso tendrá doble premio: el beneplácito paternalista del gobierno y la fidelidad del lector más indocumentado, crédulo y acrítico.

Precisamente por eso, aunque sólo sirva para remover algunas conciencias adormecidas, recomiendo vivamente a la audiencia que vea serenamente The Post de principio a fin, para constatar que periodismo es eso que nos muestran Hanks, Streep y el resto del elenco en la pantalla grande, y no ese penoso sucedáneo de la prensa española que nos vemos obligados a ingerir día sí y otro también.

jueves, 5 de abril de 2018

Novichok españolista

Estos últimos días circulan por la red diversos comentarios a propósito del uso de las técnicas goebbelsianas de propaganda por parte del gobierno español y sus divisiones panzer mediáticas en relación con el problema catalán. Se han hecho famosos los mal denominados once principios de Goebbels, aunque en ningún momento los formuló de forma tan sistemática el famoso ministro de  propaganda del Tercer Reich.  A fin de cuentas, las técnicas de Goebbels son tan antiguas como la política, y consisten básicamente en construir un relato en el que es necesario un enemigo común, a ser posible epítome de la maldad, sobre el que hay que difundir todo tipo de falsedades repetidas machaconamente una y otra vez, con el fin de crear un estado de ánimo en las masas muy proclive a la adopción de medidas drásticas (en los casos más civilizados) o de detonar auténticos pogromos, en el supuesto de hordas indocumentadas y proclives a la violencia. Finalmente, toda la rabia contenida se proyecta sobre el enemigo común, al cual hay que aplastar a toda costa  para preservar unos valores indeterminados que pueden ir desde la pureza de la raza hasta la unidad de la patria, pasando por la fe religiosa verdadera. En definitiva, todo el montaje se hace para que unos fines presumiblemente nobles justifiquen el uso de medios inmorales o directamente atroces, como es el caso de la España perseguidora de políticos catalanes por rebelión. En fin, nada que no supiera William Randolph Hearst y los redactores de sus diarios a finales del siglo XIX, que allanaron el camino para  que los yanquis le propinaran la penúltima soberana paliza a la España imperial  en su triste ocaso (la última fue la de Filipinas).

Lo único que ha cambiado desde los tiempos de Hearst es que el volumen de información circulante se ha  multiplicado de forma no ya geométrica, sino exponencial, casi acorde con el nivel de estulticia de los lectores, que, en vez de cuestionarse lo que sucede realmente y tratar de documentarse mediante diversas fuentes -necesariamente de distinto pelaje-, se limitan a dejarse saturar por el mismo mensaje repetido una y otra vez por sus acólitos  afines, de un modo tan histriónico e histérico que confluye en una posverdad inventada y generada a base de repetir mentiras. Como cuando para indicar la violencia catalana en las calles, prestigiosos diarios de Madrid, a falta de información gráfica veraz, utilizan las hostias que se repartieron en cualquier otro punto de la península. O sea, que lo que La Razón mostro en primera página ni era Cataluña ni eran independentistas, sino que era Valencia i ultras fascistas. Lo que cuenta es el titular y una gran foto, lo demás –es decir, la verdad- es un accesorio incómodo. Sobre todo si se cumple lo que decía Lluís Solà en su libro "Llibertat i Sentit": "La forma más cínica, más perversa i también, tal vez, más efectiva de descalificar a un enemigo es acusarlo de lo mismo que practica el poder descalificador....Calificar al otro de racista, nacionalista o ladrón,si se practica el racismo, el nacionalismo o el pillaje sistemático"

O cuando, en el clímax del delirio patriótico, tanto el ministro del interior como la fiscalía del estado se atreven a lo que ni el Ku Klux Klan intentó hace décadas, como es acusar a un movimiento de desobediencia civil  pacífico (allí fue el encabezado por Luther King, aquí son los CDR) de violencia por levantar barreras de peajes y cortar carreteras. Si Mandela levantara la cabeza, alucinaría en colores y estéreo al comprobar que un pequeño colectivo de un país presuntamente europeo, presuntamente civilizado y presuntamente moderno, además de presuntamente democrático, es atacado con la fiereza propia de quienes tratan de impedir la toma de la Bastilla o la Revolución de Octubre, que en esas si hubo sangre. Vamos, que lo de Soweto en su época se queda corto para lo que pretenden hacernos a los independentistas.

Y es que la distorsión de la información a la que hemos llegado es mucho peor que la que existía en tiempos de Hitler. En los años dorados de la Alemania nazi, el problema era de monopolio informativo. Ahora, además del monopolio (en forma de unas pocas cabeceras de prensa serviles a la subvención y la ayuda pública del gobierno de turno y lacayas del poder económico del IBEX) hay que sumar unas tácticas de saturación que hubieran hecho las delicias de Goebbels. Por eso hace muchísima gracia que los medios madrileños acusen a los catalanes, en franca inferioridad, de ser hitlerianos en la aplicación de sus técnicas de propaganda, teniendo en cuenta que los superan en número de forma tan abrumadora, que aún parece mentira -como dice Pérez Reverte- (ser buen escritor no se traduce necesariamente en ser inteligente, como bien sabe la señora de Vargas Llosa) que en el extranjero hagan más caso mediático a las pequeños catalanes que a la todopoderosa España.

Y es que, como le respondió Sala I Martín al ínclito Pérez Reverte, a la vista de eso, tal vez el sublime académico tendría que cuestionarse dónde está la verdad en este asunto de la violencia, la rebelión y los malísimos supremacistas que somos los independentistas. Y es que el problema de la guerra de  la posverdad es que es una especie de novichok informativo, inodoro, incoloro e insípido pero tremendamente tóxico y prácticamente letal para las neuronas encargadas del pensamiento crítico independiente.

La única vacuna ante tanta barbarie informativa es ceñirse a los medios internacionales, por un lado; y prescindir totalmente de las redes sociales, por el otro. De esa manera he llegado a leer sólo The Guardian, las BBC News y Russia Today para contrastar los datos que me faciltia la prensa española y catalana. Y, por supuesto, me he prohibido seguir en Twitter a ni uno sólo de las facinerosos que, como Girauta, publican un intento de robo en un concesionario de automóviles como si fuera un acto vandálico de un CDR inexistente y se quedan tan anchos. Tanto, que se van a bailar sevillanas por ahí sin retirar ni una coma de lo puesto. Miente, que algo queda, pero claro, si esas barbaridades las hace un político profesional de la talla (o enanismo) de Girauta, qué no se le ocurrirá decir al mastuerzo de turno con el cerebro apolillado y las neuronas pintadas de rojo y gualda, en cuanto le dejen un teclado con el que insultar a los catalanes que no piensen como él.

Es cierto que este problema es bidireccional y desemboca en un cruce de acusaciones muchas veces sin fundamento en un sentido o en otro, pero como ya escribí en su momento eso carece de simetría, pues no es lo mismo el uso defensivo de las mismas armas que utiliza el enemigo con una finalidad claramente agresiva y destructora.  En esta, como en todas las contiendas de un David contra un Goliat, de lo que se trata es de fanatizar a un grupo de población enorme contra alguna minoría, sean judíos en el Tercer Reich, católicos en el Ulster, palestinos en Israel, inmigrantes en las costas europeas o infieles en el Islam. Y por supuesto, catalanes en España, de quienes se busca un sometimiento humillante a cualquier precio, con el inequívoco fin de que no se nos vuelva a ocurrir la idea de repetir el 1 de octubre en los próximos cien años.

Claro que, visto el ejemplo de casos anteriores que acabo de mencionar, lo único que así se consigue es cronificar la situación y enconarla aún más si cabe. Hace unas décadas, con que la prensa dejara de hablar del tema era suficiente para ir rebajando las tensiones paulatinamente, pero en la actualidad, con la infección informativa bullendo en las redes sociales, las heridas infligidas son personales e intransferibles y además se transmiten a una velocidad increíblemente más alta y con mucha más intensidad. Queda muy poco margen para la autovacunación o para otra defensa que no sea un contraataque virulento. Ahora las redes funcionan como un sustrato epidémico, en el que cualquier noticia falsa o malintencionada genera muchísimo daño en muy poco tiempo y sin remedio posible, por más desmentidos y correcciones que se hagan  después. Aunque no mate, deja marcas permanentes en la honorabilidad y sentimientos de muchas personas, no ya como colectivo, sino también individualmente, y eso es muy difícil de superar por años que pasen.

Al igual que el agente novichok con que se acusa a los rusos de envenenar a los Skripal (por cierto, otro caso de intoxicación informativa masiva en la que se lanzan acusaciones pero no se presentan pruebas contundentes), la falsedad en los medios sociales es extremadamente tóxica, aparentemente indetectable, de fácil difusión y  nulo control de sus efectos a largo plazo. Y la inexistencia de antídotos hace que el daño sea permanente e irreversible. En el caso de Cataluña, las consecuencias de la analogía son obvias: para salvar la unidad de España, se está matando la democracia. Para tratar de frenar la infección independentista, se está diseminado como nunca el germen del antiespañolismo en Cataluña. Al final, ¿que nos quedará?