miércoles, 2 de noviembre de 2016

Salvados


Reveladora la entrevista que le hizo Jordi Évole a Pedro Sánchez el día después de la investidura de Rajoy en el programa Salvados. No por lo que dijo, pues a estas alturas ya tenemos todos muy claro dónde radica el poder real en las democracias occidentales, sino por lo que seguramente aún calló, y que nos podría poner los pelos de punta. Cierto es que Sánchez ha cometido muchos errores inexcusables, pero al menos puede justificar parcialmente algunos de ellos por las presiones que recibió a la hora de postular un gobierno alternativo.

 

Resulta meridianamente claro que  al Sistema le provoca un furioso ardor de estómago la mera mención de Podemos, y que han dedicado durante estos últimos años toda su artillería pesada contra la formación morada, que  es lo mismo que decir que la han usado contra la ciudadanía más jodida y más mentalizada de que la democracia española se había convertido en un coto cerrado de lobistas diversos, cuyos tejemanejes a puerta cerrada se reflejaban después automáticamente en el BOE como decisiones gubernamentales inapelables, amparadas en el rodillo parlamentario del PP.

 

Desde figuras ilustres como González, ahora vendido a un pragmatismo neoliberal rabioso, hasta capitostes del IBEX como Alierta, pasando por las entidades financieras y su brazo armado mediático, todos han conspirado para evitar que hubiera una alianza de izquierdas que diera un vuelco a la situación política del país. Nada que objetar desde el punto de vista práctico, porque seguramente habría pasado lo que a Syriza en Grecia, que una vez superada la barrera interna de los mismos poderes fácticos oponentes pero en versión  helénica, se encontró con una defensa aún más cerrada de los hombres de negro de Bruselas y el FMI que impidió cualquier cambio real en las políticas económicas y sociales griegas.

 

Sin embargo, en el caso español el síntoma es más grave, pues se ha estado torpedeando continuamente una coalición de izquierdas desde el interior. Es decir, la quinta columna de Bruselas en estos diez largos meses han sido los que más o menos silenciosamente han dibujado la hoja de ruta española: ningún giro político social, utilización de la presión financiera y de las grandes empresas en los corrillos de Madrid y un uso descarado de la demagogia mediática para tratar de aplastar a los hijos indignados de la crisis. Y además, con una mala baba increíble, tratando de desmotivar al electorado de izquierdas por la vía de demonizar sistemáticamente a cualquiera que no militara en los dos partidos tradicionales.

 

Lo que más me sorprende de todo este asunto es que no haya periodistas que se hayan quemado públicamente a lo bonzo durante estos años, después de las barbaridades que han escrito por indicación de sus amos. El cuarto poder ya no lo es, por la sencilla razón de que se ha convertido en el  brazo armado del capital y elemento esencial de la lucha antisubversiva en que se ha transformado la política española reciente. Ya no queda prensa independiente en este país, al menos prensa escrita, que es la que sigue marcando el orden del día de la política nacional, la que lee la gente en los bares y oficinas. La que los idiotas creen a pies juntillas,  sin cuestionarse las vomitivas afirmaciones que aparecen en sus columnas, sin ni siquiera contrastar las opiniones con otros medios diferentes.

 

Las gentes cultivadas no se limitan a leer El País exclusivamente, o El Mundo, o el ABC o La Razón o La Vanguardia o El Periódico, por citar a los seis medios de comunicación escrita más influyentes del país. Si uno no es un zote redomado tiene dos opciones: o bien no lee a ninguno de los citados (y se forma una opinión propia por otros medios, como el de mirar lo que pasa de verdad), o bien los lee todos, para poder formarse una visión de conjunto un poco menos miope que la del lector enfervorizado con una sola cabecera. Un tipo de lector que suele acabar siendo un fanático de opiniones que le venden por encargo de unos individuos que son quienes manejan los consejos de administración de la prensa.

 

Sabemos ahora que, por designio de esos dioses menores, España tiene que ser Una, Grande y Libre a la manera en que lo era en el antiguo régimen. Y sabemos también que esta democracia es en sí misma un régimen político (en el sentido más peyorativo del término) dispuesto a lo que sea para mantener el statu quo actual tan conveniente para ellos. Como sucedió en el siglo XIX, lo más apropiado para los poderes fácticos es el de una alternancia bipartidista de formaciones políticas totalmente domesticadas. Así se evitan ciertas incómodas sorpresas y se consolida la estructura neoliberal configurada como el nuevo dogma del siglo XXI. Y ay de quien pretenda apartarse de la doctrina dominante: será “democráticamente” excomulgado, como han tratado de hacer con la gente de Podemos esos buitres de terno gris del IBEX que nos aleccionan discreta pero férreamente como si fueran los depositarios de las esencias democráticas.

 

Así que, de un modo u otro, o tocaba  gobierno del PP o bien terceras elecciones con todos los poderes a favor de los azules y atacando sin piedad cualquier atisbo de  frente popular, con Ciudadanos aceptado como un mal menor ya que, a fin de cuentas, también es un producto genuinamente IBEX pero menos vetusto y más dirigido al público joven, con quien siempre se podrá pactar una política neoliberal continuista con algunos retoques de maquillaje social, para que no se diga que los naranjas son exactamente la misma cosa que el PP pero en versión 2.0.

 

También sabemos que esos mismos poderes que presionaron para impedir una coalición de izquierdas, tienen muy claro que están dispuestos a gobernar el tiempo que haga falta sin contar para nada con Cataluña, esa tierra que cada vez se parece más a la Galia de Astérix resistiendo con mayor o menor acierto al poder imperial romano. Visto lo visto, prefieren dejar que el problema se pudra indefinidamente y, si es preciso, estrangular la economía catalana, ya que de momento no pueden hacer lo que les gustaría: estrangular físicamente a todos los independentistas de por aquí, que son muchos y muy motivados. El problema catalán no se va a resolver por sí sólo, y técnicamente hay dos vías para resolverlo: el aplastamiento hasta sus últimas consecuencias, o la negociación de un marco específico para encajar la esquina noreste de la península, por mucho que les reviente a andaluces, extremeños y castellanos viejos. Y al IBEX.

 

Yo creo que la idea que tienen en mente en Madrid es la del aplastamiento, porque los gestos benevolentes pero carentes de contenido ya no satisfacen a nadie a este lado del Ebro. Sin embargo, esa vía podría resultar mucho más peligrosa de lo que parece, dado el natural temperamento catalán, muy dado a los ataques de rauxa cuando se harta uno de tratar de emplear el seny. Las grandes trifulcas históricas de las Españas de los últimos siglos se han armado a orillas del Mediterráneo, y no precisamente las que bañan las costas valencianas, sino por encima del delta del Ebro. Mejor será no olvidarlo, porque en Cataluña, cundo la mala leche alcanza determinadas cotas, la onda expansiva de la explosión de rabia se suele llevar por delante cualquier talante dialogador y cualquier intento de acercamiento. Aquí  el deporte nacional cuando la sangre hierve es pegarle fuego a todo y de perdidos al río. Y no creo que eso le convenga a España en general, ni al IBEX en particular, por mucho que los que mandan piensen que el neoliberalismo es ignífugo y a prueba de bombas.

 

Pasemos página, pues, pero sin olvidar nunca la lección de estos días: las partitocracias son tremendamente reactivas al cambio y  a la irrupción de nuevos actores en el escenario político. Los partidos tradicionales se engrasan con las directrices y el dinero del poder económico que, como es bien sabido, es alérgico hasta el shock anafiláctico a cualquier amenaza a su bien establecido dominio del entorno político. Y que la mejor manera que tiene para conservar intacta su influencia demoledora es comprar voluntades, y cuando eso no es suficiente, difamar insolentemente a los díscolos al tiempo que trata de provocar hastío en el electorado, que es lo que ha sucedido, punto por punto, en esta ocasión. Cuando dicen que Rajoy es un buen administrador de los tiempos en la vida política española, no están manifestando otra cosa que un eufemismo para decir lo que el presidente del gobierno sabe perfectamente: se trata de calumniar al contrario y resistir impertérrito e inamovible cualquier acusación hasta que el electorado, hastiado, se canse de todo y acepte la derrota sin siquiera subir al ring. El que más aguanta, inmóvil como una esfinge, es el ganador. Es lo mismo que ocurría con el glorioso Movimiento Nacional: se trata en el fondo, de la paradoja de adoptar un nombre que es justo lo contrario de lo que se practica, el quietismo imperturbable.

jueves, 27 de octubre de 2016

El estrabismo del PSOE

El revuelo que está causando en las últimas semanas la defenestración de Pedro Sánchez y el cambio de postura del partido socialista hacia una abstención que permita la formación de gobierno después de diez meses de interinidad me causa una profunda desazón porque los argumentos que los contendientes han estado blandiendo como mazas sobre las cabezas de sus oponentes no destacan precisamente ni por su acierto ni por su profundidad. En cambio, en muchas de las opiniones aireadas en los medios, he advertido una concepción extraordinariamente patrimonialista del partido, como si fuera propiedad de unos cuantos guardianes de las esencias, frente a quienes de un modo mucho más práctico –y de manera mucho más coherente con lo que debería ser un partido político moderno- han apelado a la necesidad de admitir las derrotas, y permitir que gobierne quien esté en mejores condiciones de hacerlo, aunque ello provoque urticaria a los puristas. Y es que uno de los pilares del parlamentarismo es que no puede haber buen gobierno sin una buena oposición. Donde  “lo bueno” no se define por la conveniencia partidista, sino por la necesidad de toda la ciudadanía, con independencia del color de su camiseta.
 
Y al PSOE le toca, mal que le pese, hacer de oposición. Y la mejor manera de ser una buena oposición  es no empeñarse en el mantenimiento de posiciones  indefendibles. Cualquier estratega de primer curso sabe que en una posición desesperada, lo mejor es retroceder y buscar  una zona de apoyos más sólidos y confortables. El equivalente político de lanzarse como un loco a la conquista de la cota 593 de Montecassino sólo puede tener un resultado: el que les sucedió a los ingleses, que perdieron en el envite la mitad de sus fuerzas. La inteligencia, pura y dura, sugiere (más bien exige) una retirada estratégica que permita reorganizar las tropas, recuperar fuerzas y recomponer el frente para estabilizarlo. El heroísmo es algo muy bonito cuando se sobrevive a él, pero no suele servir de gran cosa salvo para conseguir unos titulares abultados y unas cuantas menciones tan honoríficas como inútlies. La política es el arte de lo posible, tal vez conviene no olvidarlo.
 
En varios de esos acalorados debates entre los partidarios del no y los de la abstención, uno de los “noístas” más prominentes, con una clarividencia propia de una lombriz de tierra, afirmó que la militancia estaba mayoritariamente en contra de la abstención, sin que hasta el momento se sepa de dónde sacaba ese dato. Ese argumento ha sido repetido hasta la saciedad por los noistas encabezados por un Iceta absolutamente desmadrado, que si no fuera por ser quien es, daría lugar a especulaciones sobre qué tipo de estupefacientes ha estado consumiendo últimamente (imborrable su arenga a grito pelado clamando a Pedro Sánchez que los salvara de Rajoy). Las gentes del No apelan continuamente a que no se ha tenido en cuenta a la militancia a la hora de tomar la decisión que se ha tomado, y que eso es una traición al espíritu del partido y al legado de los padres fundadores.
 
Por partes: el asamblearismo se ha puesto otra vez de moda porque Podemos y otras formaciones lo usan con profusión, con los efectos que todos estamos viendo: cisma tras cisma. Porque asamblearia puede ser una junta de estudiantes universitarios, pero no parece muy conveniente para un partido con voluntad de gobernar a cuarenta y pico millones de personas. De ahí el empecinamiento de algunos dirigentes socialistas en la consulta a las bases, para aparentar más frescura, democracia y legitimidad que los podemitas; pero la realidad es que el PSOE jamás ha sido un partido asambleario ni que haya consultado a las bases. En primer lugar, porque el PSOE proviene de una tradición mixta sindical (esa sí, bastante asamblearia) pero también intelectual, que es la que le ha dado el contexto ideológico en el que se ha movido durante gran parte de su historia. Y esa intelectualidad ideológica siempre fue totalmente jerarquizante, centralizadora y especialmente retratada en la célebre frase de Alfonso Guerra: “El que se mueva, no sale en la foto”, claro espejo de lo que fue, es y será el PSOE (o cualquier otro partido que pretenda llegar a gobernar sin convertirse en un corral indomeñable). El PSOE es un partido jacobino en su concepción y desarrollo, y lo demás son cuentos para justificar una puesta al día estética que recupere votos por la izquierda, pero no más. Hace falta mucho más que unas primarias para elegir al secretario general para modernizar un partido cuyo cuerpo está más rígido que la momia de Ramsés II con un ataque de tétanos.
 
Por otra parte, habría que definir qué es la militancia, y cuál es su verdadero papel en la toma de decisiones de alto calado nacional, como es la abstención en la investidura de Rajoy. De entrada, el PSOE no llega a los doscientos mil militantes, una cifra irrisoria en relación con su base electoral, que ha oscilado entre los cinco y los once millones de votantes desde la restauración de la democracia. De esos doscientos mil militantes escasos, sólo votaron en el conjunto de las primarias algo más de la mitad; y de esa mitad, otro cincuenta por ciento dio su apoyo a Sánchez. O sea, que el argumento de los noistas es que menos de sesenta mil personas deben decidir la postura general del PSOE en la investidura del presidente del gobierno. Lo cual estaría estupendamente bien si estuviéramos hablando de un club de fútbol, pero no veo la posibilidad de extrapolarlo al gobierno de todo un estado sin hacerlo de forma totalmente torticera y sesgada. Y en eso estoy totalmente de acuerdo –creo que por primera vez en mi vida- con el rey del exabrupto, Rodríguez Ibarra.
 
Quien lleva a un partido al gobierno no es la militancia, sino el electorado. Y de ahí que los noístas hipercríticos estén sufriendo un desvarío peligroso, al equiparar militancia con electorado. La militancia dirá misa en latín ortodoxo, pero en la calle -que es lo que cuenta para gobernar- la mayor parte de la ciudadanía  más o menos de izquierdas está ya harta de los célebres trescientos días mareando la perdiz, y lo que todo el mundo quiere es, por este orden a) que no haya terceras elecciones,  b) que no le den a Rajoy la oportunidad de revalidar una mayoría absoluta por sí mismo o con ayuda de Ciudadanos y c) que el próximo gobierno no sea una apisonadora democrática y tenga que pactar y negociar, que ésa es la esencia real de la democracia. Y eso, que es lo que la calle reclama, es totalmente incompatible con a) mantener al figurín de Sánchez en el candelero y b) enrocarse en que “el PSOE no puede favorecer un gobierno de derechas”, como si la única opción democrática viable fuera la de un gobierno con mayoría absoluta, del PSOE preferiblemente.
 
Las soflamas del tipo “No es No”  que hemos oído estas semanas son calcaditas al célebre “OTAN de entrada NO” que ya sabemos cómo acabó, en ese caso por inexperiencia internacional del gobierno del PSOE . Porque si no entrábamos en la OTAN tampoco entrábamos en la que más tarde sería la Unión Europea. Y como todo en la vida, los dilemas son como los pantalones del tiempo: hay que coger una u otra pernera, porque no cabemos por las dos a la vez. Al PSOE le convendría recordar bien esto, y que lo que han escenificado ha sido más bien un duelo por el poder interno disimulado con un muy conveniente (y poco convincente) disfraz de la legitimidad democrática y el manido recurso a la militancia, sin tener en cuenta que la historia sigue su camino, y que a veces no hay más remedio que aceptar lo que hay. Y lo que hay es un PSOE débil, dislocado y carente de proyecto. La socialdemocracia europea se vendió hace ya unos años al neoliberalismo por un plato de lentejas, y ahora está pagando las consecuencias en forma de severas flatulencias, cuando las legumbres del poder se les han indigestado.
 
Así que toca travesía del desierto, aceptar que gobierne la derecha, procurar hacer una oposición sólida y congruente, y sobre todo no preocuparse tanto de la gente de Podemos y más de los problemas nacionales. Y sobre todo asimilar que posiblemente el PSOE no sea ya más la fuerza hegemónica indiscutible de la izquierda española, asumiendo que su vocación centrista le tenía que pasar factura en cuanto llegara una crisis trascendental como la que ha sufrido toda Europa en los últimos años. Como dice el refrán, El PSOE de los últimos años ha pretendido andar repicando con la economía neoliberal  y al mismo tiempo desfilando en la procesión de los indignados por la catástrofe socioeconómica en la que hemos caído. Dicho de otro modo: el PSOE está aquejado de un gravísimo problema de estrabismo político de tanto vigilar a un lado y al otro simultáneamente, lo que le ha conducido a darse de bruces con la farola del descrédito que tenía justo en frente.
 

jueves, 20 de octubre de 2016

Autenticidad

Esta semana se han cumplido treinta años de la designación de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos. Con motivo de esa efeméride, se ha preguntado a diversas personalidades de la vida pública barcelonesa su opinión respecto al  efecto que los Juegos de 1992 tuvieron sobre la ciudad. Entre las variadas opiniones, me ha sorprendido una bastante extendida sobre la supuesta pérdida de autenticidad de la ciudad como consecuencia de su apertura al mundo y su conversión en una referencia turística de todo el Mediterráneo. Y este aspecto, supuestamente negativo, me ha causado no poca perplejidad, como barcelonés de nacimiento con más de medio siglo disfrutando y padeciendo a Barcelona a partes iguales.
 
Y es que tal vez eso de la autenticidad, tan de moda hoy en día, no es precisamente el calificativo más correcto para una ciudad contemporánea y cosmopolita. Quiero decir que a mí me parece que muchos confunden, pese a su innegable talento intelectual, lo auténtico con lo vetusto. Me pregunto si vivir en una ciudad medieval sería considerado “auténtico” por esa élite socio-político-cultural barcelonesa tan crítica con la transformación urbana experimentada en los últimos tres decenios. Y también me pregunto dónde estaban esas personas en 1986, si en la Barcelona real o en esa idealización que hacemos todos de un pasado que siempre fue mejor. O eso parece.
 
Porque yo sí recuerdo la Barcelona de entonces; recuerdo la iluminación escasa, las aceras estrechas, y todos los edificios de un uniforme color gris sucio (la hoy luminosa Pedrera incluida), que hacían del centro de la ciudad un lugar del que huir, y del que hecho huían las generaciones más jóvenes. Por no hablar de la situación de los barrios hoy buque insignia del casco antiguo, sucios a más no poder, tristes y francamente sometidos a una marginalidad que tal vez sería muy auténtica como telón de fondo de una novela negra de Vázquez Montalbán, pero que eran muy poco recomendables, salvo para acercarse a cumplimentar actividades poco lícitas. El hoy multiétnico y cosmopolita Poble Sec era un nido de traficantes y consumidores de drogas duras.  Lo mismo sucedía en el Raval, adonde el pijerío de la ciudad sólo bajaba a comprar hachís por los aledaños de la calle San Jerónimo, a ser posible sin bajarse del coche. El Gòtic languidecía en su propia salsa de oscura insalubridad y la Barceloneta, bueno, la Barceloneta ciertamente tenía unos chiringuitos a pie de playa que eran el colmo del tipismo, si por ello se entiende una cocina que escandalizaría al Chicote más bregado, servida sobre manteles de hule grasiento bajo entoldados de posguerra y un concepto de la gastronomía rayano en lo cutre, cuya máxima cota se alcanzaba con el vino peleón que se servía regularmente a las hordas estrictamente barcelonesas que se acercaban por allí, como si aquello fuera el colmo de la sublimidad de la cocina mediterránea.
 
Porque la autenticidad que añoran muchos de los críticos de la Barcelona postolímpica tal vez se refiere a un cierto provincianismo y ensimismamiento congelados en el tiempo, y a una atonía espectacular de una ciudad que agonizaba tras la sentencia de muerte que supuso la reconversión industrial. Una ciudad guapa pero sucia y ajada que no tenía más opción que acabar muriendo de hastío y fealdad o resurgir desde otra perspectiva radicalmente distinta, centrada en el sector servicios y en la apertura al resto del mundo. Es cierto que los barceloneses eran  muy europeístas y bastante cosmopolitas, pero sus élites ni miraban al mar ni osaban cruzar la Diagonal más que en contadas ocasiones. Precisamente, esa mirada hacia el mar y sus barrios próximos, hacia la Barcelona vieja, se revitalizó justo con la designación de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos, fruto del impulso de una serie de visionarios que captaron a la perfección el dilema: o resucitábamos la belleza de la Barcelona mediterránea y la hacíamos interesante para todos, o la alternativa era la degradación gradual pero imparable de un centro histórico cuya belleza estaba siendo borrada por la desafección ciudadana general.
 
El debate sobre lo auténtico puede ser todo lo complejo que uno quiera, porque hay múltiples variables que influyen en ese evasivo concepto, pero me imagino que cuando se acometió el célebre Plan Cerdà, a mediados del siglo XIX, también habría voces que clamarían sobre la falta de autenticidad de un modelo que desde luego, nada tenía que ver con la antigua Barcelona de las murallas medievales.  Sin embargo, el Eixample de Cerdà se ha convertido en una de las señas de identidad barcelonesa con mayor proyección mundial, y desde luego es el símbolo por definición de una Barcelona sumamente auténtica, al menos en su trazado urbano.  Por otra parte, imagino que también resultaba muy auténtico –pero negativo- que uno  de los principales puertos del Mediterráneo viviera completamente de espaldas al mar, y que sus habitantes se desplazaran al menos veinte kilómetros del centro urbano para poder darse un baño, cuando teníamos frente a nuestras narices una espléndida playa de unos seis kilómetros de largo. Eso sí, obstruida por sitios tan “auténticos” como el Somorrostro y el sector industrial del Poble Nou, que eso sí era una atrocidad innombrable incrustada entre la ciudad y el mar al que debe su existencia.
 
Todos padecemos una cierta melancolía de nuestra infancia y juventud. Idealizamos lugares y circunstancias, y los poblamos con una belleza que tal vez no fuera tan evidente a los ojos de un espectador desapasionado. Lo que llamamos auténtico no es más que un recurso nostálgico de algo que fuimos o experimentamos antes de ir envejeciendo. Pero eso no es la autenticidad, si con dicho término nos queremos referir al carácter que hace a una ciudad distinta de las demás, pero en un sentido positivo. Quiero decir que Detroit es (o era) el colmo de la autenticidad industrial automovilística, pero eso no la hizo nunca una ciudad más encantadora. Y también la fetidez y neblinosidad del Londres de Jack el Destripador era el súmmum de la autenticidad, pero no creo que a los londinenses les apetezca lo más mínimo regresar a aquella época.
 
Lo auténtico de las ciudades lo ponen sus habitantes, y no las meras transformaciones urbanísticas. En este sentido, la autenticidad de Barcelona residía entonces en que ya era una ciudad polifacética y multicultural, y muy abierta a la influencia europea. Y precisamente la transformación olímpica y la apertura de Barcelona posibilitaron y ampliaron geométricamente el impacto de la multiculturalidad de una forma hasta entonces impensable. Barcelona es en el Mediterráneo el equivalente al melting pot  norteamericano en general y neoyorquino en particular que han hecho a esa ciudad tan dinámica, tan abierta y con tanta iniciativa. Y en eso, Barcelona ha seguido con su tradición de inclusión de gentes muy diversas y de fusión de culturas tan característica de esta ciudad. Hoy en día, Barcelona es una ciudad de una riqueza incalculable desde la perspectiva humana, y eso es lo que debería primar en cualquier valoración postolímpica.
 
Que la transformación de la ciudad tiene también su impacto negativo es incuestionable, pero no creo que la pérdida de autenticidad sea uno de sus fundamentos. No era más auténtica la Barcelona de Carmen Amaya que la del festival Sonar, porque para una ciudad en constante transformación (al fin y al cabo qué es la vida, sino transformación y adaptación permanentes) lo auténtico es lo que pasa a engrosar el espíritu colectivo, sea antiguo o nuevo. Lo único en lo que puedo estar de acuerdo con los nostálgicos de esa falsa autenticidad es que todas las ciudades occidentales se parecen cada vez más en sus usos y costumbres, pero eso es fruto de la globalización y del intercambio acelerado de culturas entre diversas regiones del mundo, debido en gran parte a los movimientos migratorios masivos y al abaratamiento de los costes del transporte internacional, que permiten, por ejemplo, a decenas de miles de universitarios de todo el globo venir aquí largas temporadas y empaparse de nosotros al tiempo que nosotros nos empapamos de ellos, claro está, porque este proceso sólo tiene sentido cuando es recíproco.
 
Me parece que muchas personas de cierta edad añoran con mucho romanticismo una Barcelona que hoy en día sería imposible, con o sin Juegos Olímpicos. Confunden lo auténtico con lo viejo, con lo anacrónico, con lo obsoleto. Por suerte, los jóvenes no lo ven así. Quienes son postolímpicos, como la generación de mi hijo, ni siquiera pueden concebir otra Barcelona más auténtica que la que ellos han vivido, igual que nos sucedía a nosotros con nuestros padres y abuelos. Y es que lo importante, lo auténtico, lo que mantiene con vida y carácter a cualquier ciudad es su esencia intangible, y ésa depende ante todo de quienes la habitan, no del escenario en el que se desarrollan sus vidas.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Envejecer

Envejecer no es solamente un proceso biológico, sino también mental. Imagino que con esta afirmación estará de acuerdo la inmensa mayoría de las personas. También suele ser un lugar común casi universalmente aceptado que el envejecimiento saludable no consiste solamente en cuidar de los aspectos físicos y de tratar de limitar el daño biológico celular, sino en encarar el envejecimiento como un proceso inexorable que conviene afrontar con una vida personal activa y un abierto espíritu juvenil. De lo que muy pocos hablan, sin embargo, es en qué consiste ese envejecimiento mental no ligado exclusivamente a la degeneración de los procesos corporales.

Sospecho fundadamente que el envejecimiento es ese proceso –para el que no hay una fecha específica de inicio- por el cual cada vez percibimos más la hostilidad del mundo en el que vivimos, mientras al mismo tiempo somos conscientes de una mayor vulnerabilidad a las agresiones de todo tipo que constituyen el hecho de vivir. Cuando llegamos al punto en que prácticamente toda nuestra percepción es de indefensión y vulnerabilidad ante un entorno francamente hostil, entramos en la senectud de forma irreversible. Por eso dudo que los meros avances tecnológicos y sanitarios puedan derrotar de forma significativa a la vejez.

La cuestión de fondo que se plantea es esa lucha entre los científicos (minoritarios) que creen optimistamente que la vida humana se puede prolongar de forma indefinida mientras sigamos avanzando por los caminos de la biotecnología y de la salubridad personal y social, y aquellos que de forma mayoritaria consideran que la vida humana tiene un límite que estamos muy cerca de alcanzar por mucho que avancemos en la curación de las patologías fundamentales de la humanidad, debido a algo tan sencillo como que las células de cualquier organismo tienen un número fijo de duplicaciones posibles, tras lo cual es imposible volver a producir una célula estable y funcional. En ese sentido puramente biológico, envejecer es un proceso por el cual el organismo es incapaz de reponer las pérdidas que se acumulan en los diversos tejidos, hasta que el sostenimiento de la vida se hace inviable.  

Sin embargo, muy pocos científicos tienen en cuenta los aspectos mentales del proceso de envejecimiento, que a mi modo de ver resultan tan trascendentales como los biológicos. Somos muchos los que nos preguntamos qué sentido tiene ese afán de ciertos sectores por alcanzar, no ya la inmortalidad, pero sí un alargamiento de la vida más allá de todo límite razonable, como doscientos años, sin que dicha longevidad pueda verse necesariamente acompañada de una mente ágil, despierta, inquieta y osada. Sin una mente que ayude al perfeccionamiento personal y global de la sociedad.

Y es que no tener en cuenta los dos factores que antes he mencionado (percepción de hostilidad y vulnerabilidad crecientes ante el entorno) en nada puede ayudar a que una mayor esperanza de vida se traduzca en una vida más plena. Mucho me temo que los avances médicos podrán interrumpir muchas de las patologías fatales que se dan al acercarnos a la vejez, pero nada podrán hacer para detener esa implosión mental que acompaña a la senectud en general.

Y no se trata de afirmar gratuitamente que en la vejez se chochea, porque se trata de algo mucho más complejo. En realidad, el mundo es hostil por definición. No sólo el mundo, sino el universo es hostil en la medida en que es indiferente a nuestro sufrimiento y a nuestros anhelos. Como han remarcado muchos intelectuales y filósofos, en todo el universo físico no hay un solo átomo de bondad, justicia o igualdad. Eso son ficciones utópicas que ha creado la humanidad en cuanto un destino que alcanzar, pero que no se encuentran en el camino que recorremos. La naturaleza viva, y su causa última –la evolución- son indiferentes a los conceptos morales y suele pasar por encima del todas las vidas como una apisonadora insensible.

Precisamente de la percepción de este hecho (la indiferencia del universo hacia nuestro destino) es de donde probablemente surgen muchos sentimientos espirituales y, de forma más elaborada, la mayoría de las religiones, para tratar de dar un sentido a algo tan complejo como la vida, y específicamente la vida humana, en la que somos tan plenamente conscientes de la injusticia, la brutalidad y la crueldad con que se maneja no sólo la madre Tierra, sino sus habitantes dotados de intelecto.

Cuanto antes percibimos la hostilidad del entorno, antes envejecemos mentalmente. Por eso, hay niños de todas las épocas que antes de cumplir los doce años son como viejos cuya senectud se aprecia en esa abertura al mundo  que es la mirada. Esa mirada terrible de niños que han perdido no sólo la inocencia, sino toda la infancia, y con ella toda esperanza de una vida plena y no traumatizada. También hay, pero en mucho menor grado, ancianos cuya mirada tiene todavía el brillo ingenuo y explorador de la infancia, y seguramente se debe a que no han estado expuestos a la hostilidad general del entorno del mismo modo que la mayoría.

En cuanto empezamos a envejecer comprendemos que muchas de las ilusiones juveniles son ficticias, que no podrán llevarse a cabo jamás. Y no me refiero a las ilusiones de triunfo personal o profesional, sino a las de un mundo más sereno, más justo, más feliz en su conjunto. El amargo descubrimiento de que la hostilidad (que muchas veces catalogamos como injusticia) no sólo no disminuye, sino que nos rodea de forma cada vez más envolvente nos hace viejos, y cuanta más hostilidad percibimos, más deprisa envejecemos.

Tampoco importa lo fuertes que hayamos sido de jóvenes. La fortaleza se diluye con la edad, porque al multiplicarse las amenazas, el sentimiento de vulnerabilidad se incrementa de modo proporcional. Y la vulnerabilidad, o mejor dicho, la conciencia de vulnerabilidad, es algo que desgasta tremendamente y causa sufrimiento. Y que nos hace envejecer muy deprisa. Si algo tienen los jóvenes (y criticamos los viejos) es esa sensación de invulnerabilidad que les hace ser osados, cuando no decididamente temerarios  e imprudentes. De joven se carece de experiencia, el miedo es un concepto bastante abstracto y uno se siente lleno de fuerza y con toda una vida por delante, es decir, con muchísimas expectativas todavía no defraudadas o cercenadas.

A los niños procuramos educarlos y que crezcan en un ambiente lo menos hostil que sea posible, para no traumatizarlos con experiencias más propias de la edad adulta. Ciertamente, no sé si es una buena idea, pero desde luego debo reconocer que cuanto más aislada esté una persona de la hostilidad, más lentamente envejecerá, siempre que pueda mantenerse discretamente alejada de la brutalidad y crueldad del mundo el tiempo suficiente. Los seres humanos que nacen con ciertas discapacidades cognitivas, como el síndrome de Down, son personas razonablemente felices e impermeables a la hostilidad ambiental, así como al concepto de vulnerabilidad personal. Mueren bastante jóvenes por causas biológicas, pero de hecho nunca parecen viejos ni en su aspecto ni en sus actitudes.

El tránsito a la edad adulta, desde este punto de vista, se configura como una mayor apreciación de los elementos hostiles del entorno, y sobre todo, por una preocupación cada vez más intensa sobre la vulnerabilidad propia y de los seres queridos frente a los avatares de la vida. Por eso, uno de los motivos de mayor confrontación intergeneracional suele darse en aquellas materias susceptibles de algún tipo de riesgo. Los viejos hacemos mucho hincapié en la prudencia y en los peligros de las cosas; los jóvenes nos recriminan nuestra falta de valor y nuestra visión de la vida, casi siempre pesimista y negativa. En cambio, los mayores recriminamos a los jóvenes su temeridad y su falta de previsión ante los reveses de la vida. Y los muy viejos y experimentados, suelen instalarse en un temor casi reverencial ante cualquier cambio, que siempre se percibe como perjudicial, si no directamente hostil a un modo de vida que ha cristalizado hasta la rigidez absoluta con el paso de las décadas.

Y es que esclerotizarnos, anquilosarnos en nuestras posiciones, es uno de los mayores rasgos de senectud. No es malo en sí, es simplemente un reflejo defensivo después de años de experiencias que demuestran que las cosas cambian superficialmente, pero en el fondo, los pecados capitales siguen siendo  los mismos que hace mil años. Y cuyos practicantes campan a su anchas sin que ninguna justicia, divina o humana, los ponga en su sitio.  La vejez es el refugio del escepticismo y del afán de protección, y todo ello tiene su justificación en un pasado que suele repetirse cíclicamente. Otros actores, otras indumentarias, otras tecnologías, pero siempre el mismo guión de fondo: la ambición de poder, que conduce a la opresión del más débil, cuando no a su exterminio.

Por eso, para envejecer bien,tal vez sea el momento de recapacitar para quienes estamos en tránsito hacia ese destino final: procurar ser -y sentirnos- menos vulnerables; mantener intacta la fuerza de nuestro intelecto y sostener una lucha activa contra la crueldad en este mundo hipertecnificado, pero también cada vez más deshumanizado, en el que vivimos. Sólo así valdrá la pena llegar a centenarios.

jueves, 6 de octubre de 2016

Lord Vetinari

El único político que encuentro verdaderamente interesante es un personaje de ficción, y encarna un ejemplo prototípico de príncipe  de Maquiavelo plasmado en forma novelada. Se trata de Lord Vetinari, el patricio dirigente de Ankh-Morpork, la ciudad estado más importante de Mundodisco, una saga de Terry Pratchett que retrata con ácida ironía a la humanidad en su conjunto mientras explora los recovecos de las miserias humanas con una sagacidad no igualada en muchas novelas llamadas “serias” pero que no llegan a la altura del lomo de cualquiera de las cuarenta y pico entregas que componen Mundodisco en lo que se refiere a fina exploración y retrato de la psicología humana, y de sus puntos fuertes y debilidades.
 Lord Vetinari –personaje claramente inspirado en los príncipes renacentistas de la familia Medici- es un político maquiavélico en el sentido más estricto del término: inteligente, taimado, sagaz, astuto, siempre maniobrando en interés de su ciudad, cruel en ocasiones, siempre tranquilo pero con determinación, inequívocamente implacable cuando se trata de conseguir sus objetivos y hábil manipulador de las situaciones, incluso cuando parece tenerlo todo en contra. Es decir, exactamente lo contrario de la figura de Pedro Sánchez, al que podemos calificar sin temor a equivocarnos como el político más patético de lo que llevamos de siglo XXI en España.
 Lo de Sánchez es de manual, aunque sus partidarios (que no se sabe muy bien si son partidarios auténticos, o es que sucede que se arrimaron al árbol equivocado sobre el que iban a caer todos los rayos de la tempestuosa catarsis del PSOE) casi lo encumbren a las cimas de la honestidad y la coherencia políticas, olvidando que la honestidad y la coherencia están muy bien en el currículo, pero que un político en ejercicio no puede poner la coherencia por delante del interés público bajo ningún concepto. Y de la honestidad mejor no hablar, porque es uno de esos términos que, como la virginidad, se prestan a ser cogidos con papel de fumar y examinados cuidadosamente pero con cierto distanciamiento, no sea que le exploten a uno bajo las narices.
 La honestidad sólo se demuestra muy a largo plazo, cuando los protagonistas ya no tienen nada que ganar o perder, o sea que aquí y ahora no voy a especular sobre esa escurridiza virtud. Pero lo que sí es cierto es que el coherentísimo empecinamiento del señor Sánchez en su mantra particular de que “no es no” ha llevado al país al borde de la desesperación, y a su partido al borde del abismo de la ruptura, creando unas heridas que ya no cicatrizarán en lustros. El PSOE se ha caído por el terraplén, atado a y arrastrado por la obcecación del señor Sánchez en el mantenimiento a un presunto dictamen de la militancia del partido.  De férrea oposición al PP, dicen sus acólitos. Claro que, como Lord Vetinari diría, no sé de qué férrea oposición hablan los sanchistas, cuando se han negado a hacer lo que realmente les corresponde en esta legislatura, es decir, de oposición firme y dura, y en cambio se han encastillado en un “no” rotundo que conducía al país a unas terceras elecciones con un resultado cantado, ante la imposibilidad manifiesta de que el PSOE pudiera formar un gobierno estable sin el apoyo de los nacionalistas, a quienes también había espetado en multitud de ocasiones su “no es no” particular, condenándose de paso, igual que el PP, al problema de gobernar España sin contar con más de un millón cien mil votos efectivos y diecisiete diputados. Es decir, apretando aún más el nudo gordiano de la cuestión catalana.
 Y es que, siguiendo a Lord Vetinari, la cabezonería del “no es no” no conduce a nada en política. La inmolación por unos sagrados principios es cosa de santorales y martirilogios y de jovencitos idealistas que igual se calientan la crisma con ideales de justicia y amor universal que suelen estar en el polo opuesto de la realidad. Y no, la realidad no se cambia a base de fracturarse el cráneo a base de impactarlo contra persistentes utopías irrealizables, sino acomodando el día a día a pequeños -casi imperceptibles- cambios que permitan evolucionar en el sentido deseado. En política no se giran las esquinas en ángulos de noventa grados, sino que se trazan amplios arcos que conducen al mismo sitio más lentamente pero con menor quebrantamiento de cuerpos y almas.
 Y es por eso que Sánchez y su seguidores son unos ilusos o unos incompetentes políticos. Me inclino más bien por lo segundo, porque a mis años tengo una clara tendencia a desconfiar profundamente de los tipos altos y guapos que hablan con voz engolada y que discursean de forma tan artificiosa que se nota que se han pasado la noche practicando ante el espejo mientras se guiñaban el ojo y se decían lo guapos y apuestos que resultan. Sánchez, en definitiva, es un político resultón pero no resultadista, que es lo peor que le puede suceder a un partido como el PSOE, que ya venía bastante quebrado antes de su aterrizaje en Ferraz. Lo único de auténticamente político que tiene Sánchez es su querencia por el poder, que le ha permitido perder seis elecciones consecutivas en diversos estamentos y no dimitir ni por accidente, como si la cosa no fuera con él. En ese aspecto, tanto criticar a Rajoy y resulta que es calcadito a él, aunque el líder del PP  sea callado como un avestruz, y el del PSOE cacaree como un gallo de corral.
 Si uno tiene un proyecto de país, ha de ser consecuente con ello, y saber cuándo se puede poner en marcha y cuando no. Y si no se puede, lo suyo es dejar que otros lo intenten, aunque sean los adversarios políticos que tienen una mayoría abrumadora. Lo otro, lo de quemar las naves (que es lo que ha hecho Sánchez) resulta tan patéticamente español y quijotesco que dan ganas de vomitar, porque a estas alturas, pasarnos el día haciendo el ridículo como si todavía estuviéramos en el siglo de oro, vistiendo calzones, haciendo florituras con la espada, tratando a la gente de vuesa merced y proclamando a los cuatro vientos la importancia del honor y la palabra dada es lo menos práctico que puede poner en práctica un político que pretenda trabajar con seriedad. La política es un mar proceloso donde las declaraciones maximalistas son torpedos en la propia línea de flotación, donde el posibilismo lo es todo, donde dos más dos nunca son cuatro, y donde lo importante es –ciertamente- el país antes que el partido y las ambiciones particulares. Y si lo importante es el país, lo primero de todo que hay que aprender es a hacer la digestión de sapos bastante indigestos y de ruedas de molino considerablemente voluminosas.
Y es que los políticos de ahora hacen añorar a los de la vieja guardia, que ésos sí sabían. La democracia será muchas cosas, pero así como la democracia orgánica era una falacia imposible -o sea un engendro franquista para dar aires de modernidad a un país considerablemente rezagado en todos los sentidos- la democracia popular que pretendía Sánchez en el PSOE -una democracia de reunión de comunidad de propietarios- también es totalmente inviable. El buen gobierno exige liderazgo real, no un simulacro guaperas y postizo; el buen gobierno precisa de mucha mano izquierda, pues siempre puede suceder que el amigo de hoy sea el adversario de mañana y viceversa; y el buen gobierno exige saber dar un golpe de timón cuando se demuestra que la nave va en rumbo de colisión a un arrecife, aunque eso demore la llegada a puerto, y aunque requiera un cambio de estrategias a veces radical. Y como a todo buen capitán se le exige, el buen gobierno requiere no tener que andar sofocando el motín de la Bounty cada dos por tres.
 Nada de eso ha caracterizado a Sánchez, un mal político, un mal dirigente y un pésimo actor de la vida política española del siglo XXI. Si yo fuera Lord Vetinari, lo desterraría por siempre al remoto continente de XXXX. Más le valdría a Sánchez haber aprendido del personaje reciente más parecido a un príncipe renacentista contemporáneo, un tal Giulio Andreotti, que ése sí supo danzar con todas las doncellas del baile satisfaciendo a  todas por igual, desde el célebre Compromiso Histórico que le permitió gobernar con el apoyo de los comunistas, hasta el no menos célebre Pentapartito de finales de su carrera activa. Andreotti, cual Lord Vetinari puesto al día, fue el político hábil que tal vez sacrificó algo de honestidad y mucho de coherencia pero que se constituyó como la piedra angular  sobre la que durante más de cincuenta años se constituyó la Italia postfascista y democrática, con todas sus luces y sus sombras, por supuesto.
 Pero es que con Sánchez, la única luz que ha habido es la de los focos que iluminaban ese perfil guaperas y vacío de talla política. Todo lo demás han sido sombras y oscuridad de un personaje que olía a chamusquina e incapacidad desde que fue aupado al puesto con el que ha enfilado la nave del PSOE directamente a  Escila y Caribdis. Sánchez podrá justificarse ante la historia esgrimiendo que necesitaba distanciarse de Podemos casi tanto como del PP para mantener la identidad socialista. Sin embargo, lo único que ha logrado es sumir a su formación en un aislamiento que les va a llevar probablemente a la fractura, y mientras tanto, al descrédito. A Andreotti eso no le hubiera sucedido. A Lord Vetinari tampoco.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

La CUP y el monumento a Colón


Los chicos y chicas de la CUP del ayuntamiento de Barcelona, que por otra parte gozan de todas mis simpatías, se han descolgado con una petición que parece muy progre a primera vista, pero que carece del más mínimo fundamento histórico, sociológico y, ya puestos, racional. Es decir, consiste en una insensatez digna de aparecer retratada en las más ácidas novelas satíricas contemporáneas. Y, además, es un tema que no por reiterado, está menos necesitado de respuestas contundentes cada vez que resurge como la cabeza de una hidra.

Y es que los políticos, casi siempre excesivamente dotados de esa imperiosa necesidad de hacerse notar a toda costa que les caracteriza del mismo modo que la mozarella a la pizza, asumen como programáticas las propuestas de algunas de sus bases, cuando lo que realmente necesitan es una urgente asistencia psiquiátrica; y de regreso de la consulta médica, no les vendría mal volver un tiempo a las aulas, donde resulta bastante obvio que no realizaron el aprovechamiento escolar que la ocasión merecía cuando eran mozalbetes. Y es que muchas de las proposiciones de los grupos políticos –que parecen diseñadas expresamente para congeniar con ese sector de sus base electoral siempre presto a dar vueltas de tuerca a la historia hasta que se pasan de rosca- no tiene en cuenta dos factores que resultan fundamentales para toda discusión histórica: el anacronismo y la descontextualización.

Estamos con que las gentes de la CUP  han solicitado que se derribe el monumento a Colón que preside el puerto de Barcelona, y que se sustituya con un (cito literalmente) “símbolo de la resistencia americana contra el imperialismo, la opresión y la segregación indígena”. Deduzco que la satisfacción entre las bases por tamaña iniciativa habrá sido impresionante, teniendo en cuenta que en Barcelona no hay problemas más graves que éste,  que urge resolver de forma inmediata y drástica. Sin embargo, los ideólogos  cuperos, si es que existe semejante figura en la formación, han meado literalmente fuera del tiesto por variados motivos, entre los cuales no puedo dejar de hurgar en el hecho de que el monumento a Colón, signifique lo que signifique, es una de las señas de identidad barcelonesa, y sería tan absurda su demolición como pedir al ayuntamiento romano que derribara el Coliseo y que lo sustituyera por un símbolo de la resistencia cristiana contra el imperialismo, la opresión y la segregación religiosa. O que en París se clamara por la (segunda) destrucción de la Columna Vendôme, por conmemorar ésta el triunfo  de Napoleón en Austerlitz, que como todo el mundo sabe, significó el triunfo del imperialismo y la opresión francesas contra los pueblos de Europa  a principios del siglo XIX.

En primer lugar, señorías de la CUP, las señas de identidad urbana no se tocan, porque aunque en un momento dado significaran lo que fuera que significaran, la pátina de los años les ha eliminado todo referente puramente político, y las gentes de aquí y ahora las ven como un bello monumento identificativo de la ciudad. Se han interiorizado en el sentir popular, y carece  del más mínimo sentido examinarlas en el contexto de las ideas políticas actuales. En primer lugar, porque los contextos son volubles y variables, y lo que hoy es sagrado e intocable, mañana deja de serlo con la misma naturalidad con la que hoy lo aceptamos como dogma. En segundo lugar, porque si nos pusiéramos a analizar con detenimiento el significado real de todo monumento erigido a lo largo de milenios de civilización, nos encontraríamos con que casi todos deberían ser escrupulosamente demolidos porque no se ajustan a los criterios y convenciones actuales sobre derechos humanos, colonialismo e imperialismo. Algo que los talibanes afganos tuvieron muy en cuenta  a la hora de arrearle una sarta de bombazos a toda una serie de joyas arquitectónico-religiosas de incalculable valor artístico, como los budas  gigantes de Bamiyán, que tan concienzudamente se cepillaron a la logiquísima luz de sus actuales interpretaciones de los venerables preceptos coránicos. Por cierto, y ya que hablamos de fundamentalismo, se me revuelven las tripas recordando como variados monumentos de Barcelona fueron aniquilados sólo por ser franquistas en un alarde de histeria presuntamente democrática, sin consideración alguna sobre su valor artístico o histórico.

Y  es que medir una obra de arte por sus valores políticos es una imbecilidad sólo al alcance de fundamentalistas rabiosos o snobs indocumentados  que no comprenden el valor del contexto histórico en la interpretación de los fenómenos sociales. En ese sentido, el contexto al que apela la CUP para pedir la demolición es absurdo hasta el punto de ser graciosamente ridículo. De entrada, porque dudo que el monumento a Colón quisiera conmemorar otra cosa que el descubrimiento de América (y no la gozosa opresión y exterminio de sus nativos). Esa especial habilidad que tienen los políticos para coger el rábano por las hojas les conduce, inexorablemente, a confundir causas y efectos para congraciarse con algunas bases que no rebuznan porque no son cuadrúpedos, pero poco les falta.

Pero es que, si intentamos salir del túnel oscurantista en el que presuntos progres nos quieren meter, resulta que el valor artístico de una obra nunca puede ser mermado por el contexto político de quienes quieran interpretarla. Pues entonces, pese a su descomunal belleza y valor histórico, las grandes pirámides o la esfinge de Gizeh deberían ser urgentemente dinamitadas, ya que fueron construidas para mayor gloria de autócratas que (descontextualizando de nuevo) dejarían a nuestros famosos dictadores del siglo XX a la altura de simples aprendices. Y es que el transcurso del tiempo alza el valor histórico-artístico de cualquier monumento muy por encima de su simbolismo político, y precisamente por eso, lo convierte en un bien a proteger en tanto que forma parte indisoluble de la historia de la humanidad. Y si además es bello, más protección precisa.

Y es que, así como la ética no es un algo inmutable, sino que se modifica prodigiosamente a lo largo de los siglos (y es un iluso quien piense como el berzas de Francis Fukuyama que hemos llegado al fin de la historia y todos los principios morales han cristalizado de forma indeleble e inmutable por los siglos de los siglos), no es menos cierto que la estética es mucho más perdurable, aunque deba ponerse siempre en el contexto del arte de su tiempo. Y por eso nos seguimos maravillando tanto ante una Venus de Boticelli como ante una bañista de Renoir o  un descarnado desnudo de Lucian Freud. Y apreciamos igualmente el Apolo de Belvedere como las esculturas orgánicamente abstractas de Henry Moore. Porque para el ciudadano medio, en la expresión artística el significante es obvio y poderoso, pero el significado está oculto y en la mayoría de los casos resulta totalmente prescindible para el gozo estético. En resumen, quien admira el jardín de las Delicias de El Bosco no suele comerse el tarro preguntándose sobre que diantres quería decir el pavo aquél con semejante escena. Y aunque se lo acabe preguntando y llegando a alguna conclusión más o menos afortunada sobre la interpretación de la obra, jamás se le ocurrirá pedir que la tapen con unos brochazos de esmalte Titán si no coincide con su ideario político o con los valores comúnmente aceptados del momento histórico actual. Cosa que, ahora que pienso, siempre han hecho los censores de todas las dictaduras habidas y por haber.

Y es que contexto y anacronismo son factores a valorar de manera muy significativa antes de empezar a berrear estupideces, por muy progresistas que parezcan a  primera vista. Aun suponiendo que el dichoso monumento a Colón glorificara el imperialismo y la opresión de los pueblos nativos americanos, el señor Colón se quedaría tremendamente sorprendido si lo acusaran de ser causante de un genocidio, circunstancia ésta altamente improbable a finales del siglo XV, cuando ni siquiera existía el término “genocidio”, y mucho menos el concepto de colonialismo, explotación y todas esas cosas tan idealizadas sobre la libertad que surgieron a partir de la mitad del siglo XIX , pero que dejarían boquiabiertos a quienes fueron sus protagonistas. Si existía la esclavitud hace quinientos años, era porque ni siquiera se podía cuestionar si era moralmente deleznable. Es más, todos los pueblos y naciones eran esclavistas. No vayamos a ser tan ingenuos de pensar que llegamos los hispanos por el sur y los anglosajones por el norte con un invento nuevo. Los aztecas, los mayas y los incas practicaban el esclavismo y la aniquilación  como el que más. Más aún que en Occidente, y en formas que resultan bastante horripilantes incluso para el más endurecido de los corazones de aquel entonces.

Y es que durante milenios, las cuestiones territoriales se han resuelto siempre a base de invasión, saqueo, exterminio y esclavitud. Y está muy bien que ahora opinemos que no es esa la forma más simpática de tratar a los vecinos, pero también tenemos el deber de situarnos en cada época con los principios morales de esa misma época, porque si no lo único que tenemos es un guirigay y un rompecabezas irresoluble. El más bondadoso de los tiranos atenienses, de los emperadores romanos, de los reyes medievales o de los príncipes renacentistas sería tenido hoy en día por un facha recalcitrante y homicida, que a las primeras de cambio se pudriría en una prisión de máxima seguridad condenado por la comisión de la mitad de los delitos descritos en el código penal vigente. Y también podemos tener la certeza de que, en lo que respecta a la moral actual, cualquier indígena americano, una vez desprovisto del falaz barniz de virginal pureza que suelen atribuirle los pacatos izquierdosos tan doctrinarios como mal informados, resulta en un hideputa de mucho cuidado, capaz de rebanarte el cuello por unas minucias de tres al cuarto. Así que hagamos todos el favor de ponernos en nuestro sitio, y dejar de iluminar el pasado con las linternas del presente, que eso no conduce a nada más que la estulticia.

Centrémonos y reflexionemos. Por más vil que nos resulte el antisemitismo de Céline, su Viaje al Fin de la Noche será siempre una obra maestra de la literatura universal. Por más colaboracionista  del régimen de Stalin que fuera Shostakóvich, sus obras sinfónicas siempre figurarán en el olimpo de la música. Por mucho que Heidegger simpatizara con los ideales nazis, su filosofía es una cumbre del pensamiento occidental contemporáneo. Y por muy facha que fuera Ezra Pound, su poesía es de lo mejor del siglo XX. Y desde luego, yo jamás preconizaría una quema de sus obras y una prohibición de sus efigies de ninguno de estos y otros muchos intelectuales y artistas sin los cuales no puede describirse con coherencia la belleza de las creaciones humanas, pese  a que podamos censurarles la monstruosidad de su conducta como ciudadanos. La estúpida idea de que el arte y el intelecto sólo pueden ser democráticos y sociales es un error tan grave como común, pero en cualquier caso es inadmisible. Y menos en quienes lideran movimientos políticos presuntamente vanguardistas. La otra idea estúpida, la de que las expresiones artísticas del pasado tienen connotaciones políticas en el presente que las convierte en reprobables o directamente destruibles, es propia de un pseudoprogresismo yihadista severamente incapacitado para liderar una sociedad abierta.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Las redes de la maldad

Cualquier innovación tecnológica con repercusión social tiene dos caras perfectamente delimitadas. La luminosa y positiva es (o suele ser) aquella para la que se ha diseñado en principio cualquier innovación, es decir, mejorar la experiencia personal y social de las personas destinatarias. La segunda, la tenebrosa y negativa, se corresponde perfectamente con el mal uso que de todo artefacto o aplicación aprende cualquier humano cuyos principios morales sean escurridizos, por no decir inexistentes. Hasta ahora, que yo sepa, nadie se ha dedicado a cuantificar de modo riguroso si cada innovación que, demasiado a la ligera, se afirma rotundamente como progreso, incrementa o disminuye la maldad neta del universo humano.

Como este debate entre optimistas recalcitrantes y pesimistas depresivos no suele conducir a ningún lado, porque cada grupo se blinda en sus argumentos sin aportar ni un solo elemento clarificador, tal vez sería un notable ejercicio intentar una aproximación cualitativa a las supuestas ventajas y desventajas de las innovaciones tecnológico-sociales, partiendo de la base de que sus apologetas suelen ser los más interesados en su difusión, porque sus bolsillos se llenan gracias a su consumo desaforado por parte de esa legión de tecnovíctimas (tecnoborregos más bien) que no se cuestionan nada al adquirir el último grito de lo que sea, con tal que sea fashion and cool.

El tema tiene su enjundia, porque en general, cualquier novedad  se acoge con un alborozo bastante exasperante que denota una falta de rigor discursivo equiparable a la falta de riego neuronal de la (siento decirlo, pero así es)  mayoría de los usuarios que no se cuestionan ni un milisegundo la verdadera utilidad de lo que adquieren, y mucho menos aún, los riesgos implícitos o explícitos de su uso. Poderoso caballero es don dinero, por supuesto, y las empresas fabricantes de tanto colorín tecnológico son las primeras en adiestrar no sólo a publicistas y comerciales, sino a políticos de toda índole, sobre la extraordinaria bondad de sus inventos y sobre la inmensa capacidad de revolucionar el tejido social, dando así un gran salto hacia un futuro de progreso, y bla, bla, bla.

Todo mentira, porque nadie en absoluto hace una evaluación previa de lo que podríamos denominar efectos secundarios y daños colaterales de la implementación de cualquier revolución. Se da por descontado que la tecnología es neutra (en general) y que su buen o mal uso depende en exclusiva de la actitud individual de cada usuario. Un poco como la vieja historia del cuchillo: no es bueno ni malo en si mismo, sino en función de si lo empuña un carnicero o un asesino. Lo cual es cierto, pero con matices de mucha relevancia.

El problema no resuelto de los avances tecnosociales es que su difusión es cada vez más rápida y masiva, una cuestión que no es irrelevante, porque significa que mucha más gente tiene mucho más acceso mucho más rápidamente a esas tecnologías que hace cincuenta años. La difusión masiva, que más bien es un ejemplo claro de permeabilidad acelerada en todos los estratos sociales, introduce un factor multiplicador en los buenos y malos efectos de cada innovación. Un factor multiplicador que puede convertir cualquier acontecimiento en explosivo a efectos sociales, por tratarse de una sociedad cada vez más interconectada.

No existe un acuerdo generalizado sobre si la bondad predomina sobre la maldad en este mundo moderno, pero no hace falta ser muy astuto para percatarse de que hay muchas variables en alza que favorecen el ascenso de la maldad.  Porque a fin de cuentas, una sociedad es tan buena o mala como lo son sus dirigentes, y en muchos de ellos se advierten rasgos psicopáticos alarmantes (según diversos estudios de alcance mundial), sin contar con que prácticamente en todos los políticos lo que se advierte es una grave escoliosis vertebral debido a las profundas reverencias y genuflexiones con las que se pasan la vida ante el capital, puesto que según ellos, el capital es fundamental para el bienestar de los pueblos y más bla, bla, bla. Y de todos es  sabido que el capital ni tiene patria ni tiene corazón. Ni por supuesto, la intención de poner el menor coto a su codicia desenfrenada. Por tanto, es conclusión bastante razonable que la maldad va ganado por resultado abultado a la bondad, al menos en lo que concierne a las élites dominantes. Unas élites que no quieren oir hablar de restricciones, limitaciones o cualquier tipo de freno a la expansión absoluta de su riqueza a lomos de la expansión irresponsable (por irreflexiva) de tecnologías que se difunden sin ningún control.

No hay que ser muy ducho en matemáticas para percibir que entre dos variables enfrentadas (como bondad/maldad), una ligera ventaja de una de ellas sobre la otra puede tener efectos desastrosos si hay factores multiplicadores de sus efectos, sobre todo si esos factores se dan entre agentes capaces de incrementar una u otra de forma exponencial, que es lo que sucede con las redes sociales. Hemos sido testigos en los últimos años de como mentiras vergonzosas, historias inverosímiles y noticias absolutamente falsas se expandían de forma arborescente y explosiva que nos recordaba a un brote epidémico, sin que nadie haya nada, no por refutarlas, sino por impedir su repetición inadmisible.

La viralidad, ese nuevo concepto tan moderno y tan peligroso, es un elemento esencial de todas las nuevas sociotecnologías, y es esa misma viralidad, esa capacidad de contagio, lo que las hace tan peligrosas si no se adopta una regulación estricta, y lamento decirlo, punitiva. Porque en una situación de brote vírico, cualquier agente maligno que sobrepase las defensas del sistema se expandirá con mucha más fuerza y velocidad que cualquier vacuna “bondadosa” que se quiera inocular en el ya de por sí enfermo cuerpo de la sociedad occidental.

Se ha sabido recientemente que los casos de acoso en las redes se han disparado de forma vertiginosa, y se estima que uno de cada cuatro usuarios de redes sociales es víctima de chanzas, difamaciones, amenazas y todo ese vistoso conjunto de barbaridades que hemos dado en llamar bullying. Eso sin contar con los insultos xenófobos, racistas y apologetas de cualquier tipo de exterminio del vecino, que no es que proliferen, es que inundan las redes.

El problema de esta presunta democracia en red es que cualquier descerebrado puede publicar sus malévolas e infundadas opiniones sin ningún código deontológico y mucho menos sancionador de carácter internacional que impida que internet se esté convirtiendo en una jungla realmente peligrosa. No es que yo proponga el restablecimiento de la censura, ni una internet para élites, pero sí creo necesario un sistema regulador que expulse de la red a quien no sepa morderse la lengua (o mejor aún, pinzarse sus neuronas descarriadas) antes de publicar según qué contenidos.

Si no llegamos a un consenso mundial sobre los límites de la libertad, al final tendremos uno de dos escenarios: unas redes intransitables por el cúmulo de salvajadas y despropósitos  de sus contenidos (que, consecuentmente, llevarán a la creación de redes paralelas mucho más selectivas y elitistas), o bien el restablecimiento de la censura en toda su magnitud, a fin de evitar que internet se convierta en el exhuberante jardín de toda la malevolencia universal.  

Y sería muy fácil comenzar por todos aquellos sistemas que, como whatsapp, exigen la conexión de un teléfono móvil para su uso. Es más, podría extenderse  a todas las aplicaciones la vinculación obligatoria a un número de móvil registrado en alguna compañía. El siguiente paso sería constituir una autoridad administrativa con potestad de dar de baja dicho número de teléfono y prohibir a su titular la adquisición de cualquier nuevo número durante un período de tiempo determinado, como forma de medida punitiva. De este modo se cortaría en seco la barbarie adolescente en las redes, pues no creo que muchos padres o madres, que son los titulares reales de las líneas telefónicas, estuvieran precisamente encantados al verse privados de telefonía móvil durante seis meses o un año.

Teniendo en cuenta los sofisticados sistemas de rastreo de comunicaciones de que disponen actualmente los gobiernos, de los que hacen uso con profusión de medios, esta propuesta no es en absoluto descabellada, si se dejan a un lado las consideraciones de tipo económico para las grandes compañías implicadas (que a medio plazo serían poco relevantes). Castigar de forma directa impidiendo el acceso a la red a los culpables sería una buena manera de ir limitando a quienes, carentes del menor sentido cívico, se dedican a amargarle al vida a quienes simplemente desean usar la red como instrumento de comunicación e información.

Esta propuesta, nada novedosa, es la que hace ya algunos años se aplica de forma similar en muchos campos de fútbol europeos, mediante un registro internacional de "fichados"que impide el acceso de seguidores ultras peligrosos, por lo que sería aún mucho más fácil de llevar a cabo con las redes sociales, al ser obligatorio en toda Europa tener registrado al titular de cada línea telefónica, una medida que se adoptó a instancias de los Estados Unidos para controlar las comunicaciones de grupos de delincuencia organizada o terroristas. Pues delincuencia y terrorismo, pero de carácter social, es lo que practican muchos de quienes navegan por las redes sociales con total impunidad. Y es que ya resulta urgente ahora mismo atajar esto antes de que sea demasiado tarde.

jueves, 15 de septiembre de 2016

La rentrée


Lo mejor de las vacaciones –me refiero a unas vacaciones bien diseñadas- es el aislamiento mediático. Dejar de oir durante unas pocas semanas tantas estupideces, perogrulladas, opiniones sesgadas, innumerables falsedades y chorradas sin cuento, entre otras lindezas, que los profesionales de los medios nos endilgan sin vergüenza ni contención alguna, es causa de un gozo teresiano que ya hubiera querido para sí la devota santa, sobre todo si al aislamiento mediático se une la complicidad de un entorno bucólico, solitario y lo más alejado posible de las masas turísticas que chancleta en ristre y calzón por la entrepierna se pasean, más bien confusos y aturdidos, por las calles de nuestras ciudades, bajo una solana demencial y con el único fin de cubrir la etapa asignada cada día por el turoperador de turno.
 
Fiel a esa actitud higiénica de aislamiento, y pese a que soy un celoso amante  del mar, este verano no he pisado playa alguna (salvo una que otra muy secreta y de difícil acceso cuya misteriosa ubicación me niego a revelar) por no tener que enfrentarme al dilema de pisotear toallas dispuestas cual bazar oriental o repartir cachiporrazos para hacerme un sitio entre las walkirias que, varadas como morsas en pleno mediterráneo, yacían semiincosncientes, rodeadas de aromas a coco artificial y a refritura de calamares en esas playas tan cachondas que serían motivo de un programa especial de humor amarillo, por el embotellamiento de miles de cuerpos sudorosos camino de unas orillas en las que hay que poner una instancia para disponer de un miserable metro cuadrado donde enfriar las posaderas.
 
En conclusión, el verano es una horterez inconmensurable salvo para aquellos que huyen, literalmente, del mundanal ruido, y se encuentran – a veces por sorpresa- consigo mismos y con una sensación de paz interior que la histérica sociedad occidental nos arrebata en cuanto pisamos cemento. Y es a la vuelta de ese éxtasis que representa cualquier viaje introspectivo cuando uno (re)descubre la frivolidad, banalidad y estulticia suprema de quienes tienen la batuta en este occidente (de oriente no puedo juzgar, pero me temo que  vendrá a ser por el estilo).
 
Así que tres semanas después, regreso a mi hogar barcelonés y me encuentro con más de lo mismo de lo de antes, de lo de siempre. Lo cual me lleva a dos conclusiones, tal vez precipitadas pero inevitables. Primera, que el mundo sigue rodando impertérrito pese al empeño que ponen muchos mandamases en que sólo se obedezcan sus órdenes y pese a sus apocalípticas admoniciones sobre lo importantes que son (todos ellos) para la buena marcha del universo en general. Segunda, que los medios han convertido en un circo repetitivo, redundante y mareantemente circular todo lo que se refiere a la política, sin que la reiteración de titulares anodinos, declaraciones superfluas, posicionamientos gratuitos y más de lo mismo en general parezca causarles el más mínimo bochorno. Y es que habría para enviarlos al gulag sólo por lo aburridos que resultan.
 
Es en vacaciones (las de verdad, no ese sucedáneo con que la gente se autoinflige penalidades sin cuento con tal de salir de casa) cuando se  puede saborear que lo esencial de la vida, lo realmente importante, es de una sencillez aplastante. Embelesarse mirando las evoluciones de una libélula con la mente totalmente en blanco es una experiencia que debería ser obligatoria para todo adulto con un coeficiente intelectual superior al de una babosa. Pasmarse ante la explosión de vida animal y vegetal que nos regala el verano sería una forma apropiada de aproximarnos a tantas preguntas sobre la vida. Y pasar noches en blanco mirando un cielo tachonado de estrellas convierte a cualquier humano en un filósofo sorprendiéndose a sí mismo (no sin razón) sobre la pequeñez e insignificancia de nuestra existencia en un cosmos enorme.
 
Durante esos momentos de clímax, uno percibe claramente que Mariano, la Merkel, Trump, sus simétricos presuntamente izquierdistas y todos los mandatarios del G20 son seres perfectamente prescindibles. No los necesitamos para nada, salvo para vivir angustiados, oprimidos, y con un miedo cerval a perder las cuatro porquerías que la modernez nos ha traído, y que son malos sustitutos de una presunta calidad de vida que nada tiene que ver ni con la Vida ni con la calidad. También aprende uno a apreciar la socarronería con la que los pueblerinos nos tratan displicentemente, mucho más fundada que nuestro equivalente desprecio por esas personas tan poco sofisticadas (pero con una sabiduría infinitamente superior a la que nos puede facilitar nuestro modernísimo iPad de bolsillo). Pues a fin de cuentas, nosotros tenemos toda la información del mundo, pero ellos disponen de la sabiduría que da una vida vivida a sorbos.
 
Y es que cada verano, a la vuelta de vacaciones, me reafirmo más y más el lema de este blog: “todo es mentira”. Al menos todo lo que nos hacen engullir a toda prisa, como en una especie de fast food mediático en el que todo se uniformiza para todos y en el que todo sabe igual, día tras día, año tras año, absolutamente espectacular pero indescriptiblemente insípido. Un sistema perfectamente engrasado para tenernos entre acojonados y adormecidos, pero nunca lúcidos. Del mismo modo que una luz demasiado intensa deslumbra y desconcierta (y por eso es un arma psicológica genial en los interrogatorios), la saturación informativa centrada siempre en los mismos personajes y en los mismos decorados nos paraliza y bloquea nuestra mente contra toda tentación de distanciamiento crítico.
 
La conclusión lógica es que todo el montaje está dispuesto para convertirnos en zombis, en no-vivos convenientemente adiestrados para tragar con todos los despojos informativos con que nos rocían veinticuatro horas al día. Por eso resulta gozoso estar unos días sin televisión, ni radio siquiera, y descubrir alborozados que hemos disfrutado de nuestras vidas sin impedimentos, sin mochilas, sin angustias y sin miedos irracionales. Y que no ha pasado nada. Es más, llegamos a la conclusión de que si pasara algo, mejor sería encontrarlo por el camino y trampearlo como viniera, en vez de estar todo el rato recibiendo admoniciones sobre lo tremendo que puede ser el futuro  si no seguimos diligentemente a nuestros líderes hacia el cercado en el que nos pretenden (y casi siempre consiguen) tenernos recogidos y mansos como ovejas, no sea que les causemos problemas imprevistos.
 
Y es que, sin duda, la sociedad occidental moderna, a la que denomino sin asomo de ironía sociedad imperativa, se basa en un sinsentido de obligaciones impuestas desde una jerarquía más vertical que los monolíticos sindicatos franquistas de antaño: usted ha de estar enganchado mediáticamente, usted ha de posicionarse obligatoriamente, usted ha de creer lo que machaconamente le repiten, usted ha de consumir lo que le proponen, usted ha de viajar (“turistizar”, más bien) a donde vaya todo el mundo,  usted ha de encajar perfectamente en el engranaje socioeconómico predefinido. En caso contrario, usted es un ser disfuncional e inadaptado, un outsider suicida cuya actitud no puede proliferar ni prosperar, porque entonces usted será un enemigo del sistema al que habrá que castigar y excluir de la manada.
 
He aquí que, de vuelta de vacaciones, no sólo todo sigue igual de estúpidamente atroz, sino que además se sigue el corolario de que todo es atrozmente obligatorio. Eso sí, desde el supremo respeto a la libertad (ja) y a los derechos individuales (jaja), oficialmente consagrados en la legalidad vigente. En realidad nuestras élites consideran que somos demasiados como para dejarnos a nuestro aire: hay que guiarnos como reses en el salvaje oeste. Y ellos, los cowboys que nos rejonean a gusto si nos salimos de la cañada, nos están esperando a la vuelta de vacaciones para seguir machacando nuestras mentes y torturando nuestras almas con los mantras y las mentiras de siempre.
 
No es el regreso a casa lo deprimente de las vacaciones. Es la sensación de que podríamos vivir perfectamente sin yugos ni orejeras, pero la inercia (y una considerable dosis de conformismo) nos lleva a volver a ponérnoslos justo cruzar el umbral de casa. Somos incapaces de romper esa dinámica, y a los diez minutos de finalizadas nuestras vacaciones ya estamos de nuevo totalmente inmersos en la vorágine de engaño y tergiversación mediática que ha seguido funcionado a plena marcha en nuestra ausencia. Y, claro, así es imposible no estar de un humor de perros el resto del año.

Así que si usted quiere unas vacaciones de verdad, la próxima vez desconecte del todo. Y a la vuelta no caiga en la maldita rueda mediática aplastadora de conciencias críticas. Turn off and enjoy, que tampoco  podrá hacer gran cosa si se desencadena el apocalipsis.