miércoles, 12 de octubre de 2016

Envejecer

Envejecer no es solamente un proceso biológico, sino también mental. Imagino que con esta afirmación estará de acuerdo la inmensa mayoría de las personas. También suele ser un lugar común casi universalmente aceptado que el envejecimiento saludable no consiste solamente en cuidar de los aspectos físicos y de tratar de limitar el daño biológico celular, sino en encarar el envejecimiento como un proceso inexorable que conviene afrontar con una vida personal activa y un abierto espíritu juvenil. De lo que muy pocos hablan, sin embargo, es en qué consiste ese envejecimiento mental no ligado exclusivamente a la degeneración de los procesos corporales.

Sospecho fundadamente que el envejecimiento es ese proceso –para el que no hay una fecha específica de inicio- por el cual cada vez percibimos más la hostilidad del mundo en el que vivimos, mientras al mismo tiempo somos conscientes de una mayor vulnerabilidad a las agresiones de todo tipo que constituyen el hecho de vivir. Cuando llegamos al punto en que prácticamente toda nuestra percepción es de indefensión y vulnerabilidad ante un entorno francamente hostil, entramos en la senectud de forma irreversible. Por eso dudo que los meros avances tecnológicos y sanitarios puedan derrotar de forma significativa a la vejez.

La cuestión de fondo que se plantea es esa lucha entre los científicos (minoritarios) que creen optimistamente que la vida humana se puede prolongar de forma indefinida mientras sigamos avanzando por los caminos de la biotecnología y de la salubridad personal y social, y aquellos que de forma mayoritaria consideran que la vida humana tiene un límite que estamos muy cerca de alcanzar por mucho que avancemos en la curación de las patologías fundamentales de la humanidad, debido a algo tan sencillo como que las células de cualquier organismo tienen un número fijo de duplicaciones posibles, tras lo cual es imposible volver a producir una célula estable y funcional. En ese sentido puramente biológico, envejecer es un proceso por el cual el organismo es incapaz de reponer las pérdidas que se acumulan en los diversos tejidos, hasta que el sostenimiento de la vida se hace inviable.  

Sin embargo, muy pocos científicos tienen en cuenta los aspectos mentales del proceso de envejecimiento, que a mi modo de ver resultan tan trascendentales como los biológicos. Somos muchos los que nos preguntamos qué sentido tiene ese afán de ciertos sectores por alcanzar, no ya la inmortalidad, pero sí un alargamiento de la vida más allá de todo límite razonable, como doscientos años, sin que dicha longevidad pueda verse necesariamente acompañada de una mente ágil, despierta, inquieta y osada. Sin una mente que ayude al perfeccionamiento personal y global de la sociedad.

Y es que no tener en cuenta los dos factores que antes he mencionado (percepción de hostilidad y vulnerabilidad crecientes ante el entorno) en nada puede ayudar a que una mayor esperanza de vida se traduzca en una vida más plena. Mucho me temo que los avances médicos podrán interrumpir muchas de las patologías fatales que se dan al acercarnos a la vejez, pero nada podrán hacer para detener esa implosión mental que acompaña a la senectud en general.

Y no se trata de afirmar gratuitamente que en la vejez se chochea, porque se trata de algo mucho más complejo. En realidad, el mundo es hostil por definición. No sólo el mundo, sino el universo es hostil en la medida en que es indiferente a nuestro sufrimiento y a nuestros anhelos. Como han remarcado muchos intelectuales y filósofos, en todo el universo físico no hay un solo átomo de bondad, justicia o igualdad. Eso son ficciones utópicas que ha creado la humanidad en cuanto un destino que alcanzar, pero que no se encuentran en el camino que recorremos. La naturaleza viva, y su causa última –la evolución- son indiferentes a los conceptos morales y suele pasar por encima del todas las vidas como una apisonadora insensible.

Precisamente de la percepción de este hecho (la indiferencia del universo hacia nuestro destino) es de donde probablemente surgen muchos sentimientos espirituales y, de forma más elaborada, la mayoría de las religiones, para tratar de dar un sentido a algo tan complejo como la vida, y específicamente la vida humana, en la que somos tan plenamente conscientes de la injusticia, la brutalidad y la crueldad con que se maneja no sólo la madre Tierra, sino sus habitantes dotados de intelecto.

Cuanto antes percibimos la hostilidad del entorno, antes envejecemos mentalmente. Por eso, hay niños de todas las épocas que antes de cumplir los doce años son como viejos cuya senectud se aprecia en esa abertura al mundo  que es la mirada. Esa mirada terrible de niños que han perdido no sólo la inocencia, sino toda la infancia, y con ella toda esperanza de una vida plena y no traumatizada. También hay, pero en mucho menor grado, ancianos cuya mirada tiene todavía el brillo ingenuo y explorador de la infancia, y seguramente se debe a que no han estado expuestos a la hostilidad general del entorno del mismo modo que la mayoría.

En cuanto empezamos a envejecer comprendemos que muchas de las ilusiones juveniles son ficticias, que no podrán llevarse a cabo jamás. Y no me refiero a las ilusiones de triunfo personal o profesional, sino a las de un mundo más sereno, más justo, más feliz en su conjunto. El amargo descubrimiento de que la hostilidad (que muchas veces catalogamos como injusticia) no sólo no disminuye, sino que nos rodea de forma cada vez más envolvente nos hace viejos, y cuanta más hostilidad percibimos, más deprisa envejecemos.

Tampoco importa lo fuertes que hayamos sido de jóvenes. La fortaleza se diluye con la edad, porque al multiplicarse las amenazas, el sentimiento de vulnerabilidad se incrementa de modo proporcional. Y la vulnerabilidad, o mejor dicho, la conciencia de vulnerabilidad, es algo que desgasta tremendamente y causa sufrimiento. Y que nos hace envejecer muy deprisa. Si algo tienen los jóvenes (y criticamos los viejos) es esa sensación de invulnerabilidad que les hace ser osados, cuando no decididamente temerarios  e imprudentes. De joven se carece de experiencia, el miedo es un concepto bastante abstracto y uno se siente lleno de fuerza y con toda una vida por delante, es decir, con muchísimas expectativas todavía no defraudadas o cercenadas.

A los niños procuramos educarlos y que crezcan en un ambiente lo menos hostil que sea posible, para no traumatizarlos con experiencias más propias de la edad adulta. Ciertamente, no sé si es una buena idea, pero desde luego debo reconocer que cuanto más aislada esté una persona de la hostilidad, más lentamente envejecerá, siempre que pueda mantenerse discretamente alejada de la brutalidad y crueldad del mundo el tiempo suficiente. Los seres humanos que nacen con ciertas discapacidades cognitivas, como el síndrome de Down, son personas razonablemente felices e impermeables a la hostilidad ambiental, así como al concepto de vulnerabilidad personal. Mueren bastante jóvenes por causas biológicas, pero de hecho nunca parecen viejos ni en su aspecto ni en sus actitudes.

El tránsito a la edad adulta, desde este punto de vista, se configura como una mayor apreciación de los elementos hostiles del entorno, y sobre todo, por una preocupación cada vez más intensa sobre la vulnerabilidad propia y de los seres queridos frente a los avatares de la vida. Por eso, uno de los motivos de mayor confrontación intergeneracional suele darse en aquellas materias susceptibles de algún tipo de riesgo. Los viejos hacemos mucho hincapié en la prudencia y en los peligros de las cosas; los jóvenes nos recriminan nuestra falta de valor y nuestra visión de la vida, casi siempre pesimista y negativa. En cambio, los mayores recriminamos a los jóvenes su temeridad y su falta de previsión ante los reveses de la vida. Y los muy viejos y experimentados, suelen instalarse en un temor casi reverencial ante cualquier cambio, que siempre se percibe como perjudicial, si no directamente hostil a un modo de vida que ha cristalizado hasta la rigidez absoluta con el paso de las décadas.

Y es que esclerotizarnos, anquilosarnos en nuestras posiciones, es uno de los mayores rasgos de senectud. No es malo en sí, es simplemente un reflejo defensivo después de años de experiencias que demuestran que las cosas cambian superficialmente, pero en el fondo, los pecados capitales siguen siendo  los mismos que hace mil años. Y cuyos practicantes campan a su anchas sin que ninguna justicia, divina o humana, los ponga en su sitio.  La vejez es el refugio del escepticismo y del afán de protección, y todo ello tiene su justificación en un pasado que suele repetirse cíclicamente. Otros actores, otras indumentarias, otras tecnologías, pero siempre el mismo guión de fondo: la ambición de poder, que conduce a la opresión del más débil, cuando no a su exterminio.

Por eso, para envejecer bien,tal vez sea el momento de recapacitar para quienes estamos en tránsito hacia ese destino final: procurar ser -y sentirnos- menos vulnerables; mantener intacta la fuerza de nuestro intelecto y sostener una lucha activa contra la crueldad en este mundo hipertecnificado, pero también cada vez más deshumanizado, en el que vivimos. Sólo así valdrá la pena llegar a centenarios.

jueves, 6 de octubre de 2016

Lord Vetinari

El único político que encuentro verdaderamente interesante es un personaje de ficción, y encarna un ejemplo prototípico de príncipe  de Maquiavelo plasmado en forma novelada. Se trata de Lord Vetinari, el patricio dirigente de Ankh-Morpork, la ciudad estado más importante de Mundodisco, una saga de Terry Pratchett que retrata con ácida ironía a la humanidad en su conjunto mientras explora los recovecos de las miserias humanas con una sagacidad no igualada en muchas novelas llamadas “serias” pero que no llegan a la altura del lomo de cualquiera de las cuarenta y pico entregas que componen Mundodisco en lo que se refiere a fina exploración y retrato de la psicología humana, y de sus puntos fuertes y debilidades.
 Lord Vetinari –personaje claramente inspirado en los príncipes renacentistas de la familia Medici- es un político maquiavélico en el sentido más estricto del término: inteligente, taimado, sagaz, astuto, siempre maniobrando en interés de su ciudad, cruel en ocasiones, siempre tranquilo pero con determinación, inequívocamente implacable cuando se trata de conseguir sus objetivos y hábil manipulador de las situaciones, incluso cuando parece tenerlo todo en contra. Es decir, exactamente lo contrario de la figura de Pedro Sánchez, al que podemos calificar sin temor a equivocarnos como el político más patético de lo que llevamos de siglo XXI en España.
 Lo de Sánchez es de manual, aunque sus partidarios (que no se sabe muy bien si son partidarios auténticos, o es que sucede que se arrimaron al árbol equivocado sobre el que iban a caer todos los rayos de la tempestuosa catarsis del PSOE) casi lo encumbren a las cimas de la honestidad y la coherencia políticas, olvidando que la honestidad y la coherencia están muy bien en el currículo, pero que un político en ejercicio no puede poner la coherencia por delante del interés público bajo ningún concepto. Y de la honestidad mejor no hablar, porque es uno de esos términos que, como la virginidad, se prestan a ser cogidos con papel de fumar y examinados cuidadosamente pero con cierto distanciamiento, no sea que le exploten a uno bajo las narices.
 La honestidad sólo se demuestra muy a largo plazo, cuando los protagonistas ya no tienen nada que ganar o perder, o sea que aquí y ahora no voy a especular sobre esa escurridiza virtud. Pero lo que sí es cierto es que el coherentísimo empecinamiento del señor Sánchez en su mantra particular de que “no es no” ha llevado al país al borde de la desesperación, y a su partido al borde del abismo de la ruptura, creando unas heridas que ya no cicatrizarán en lustros. El PSOE se ha caído por el terraplén, atado a y arrastrado por la obcecación del señor Sánchez en el mantenimiento a un presunto dictamen de la militancia del partido.  De férrea oposición al PP, dicen sus acólitos. Claro que, como Lord Vetinari diría, no sé de qué férrea oposición hablan los sanchistas, cuando se han negado a hacer lo que realmente les corresponde en esta legislatura, es decir, de oposición firme y dura, y en cambio se han encastillado en un “no” rotundo que conducía al país a unas terceras elecciones con un resultado cantado, ante la imposibilidad manifiesta de que el PSOE pudiera formar un gobierno estable sin el apoyo de los nacionalistas, a quienes también había espetado en multitud de ocasiones su “no es no” particular, condenándose de paso, igual que el PP, al problema de gobernar España sin contar con más de un millón cien mil votos efectivos y diecisiete diputados. Es decir, apretando aún más el nudo gordiano de la cuestión catalana.
 Y es que, siguiendo a Lord Vetinari, la cabezonería del “no es no” no conduce a nada en política. La inmolación por unos sagrados principios es cosa de santorales y martirilogios y de jovencitos idealistas que igual se calientan la crisma con ideales de justicia y amor universal que suelen estar en el polo opuesto de la realidad. Y no, la realidad no se cambia a base de fracturarse el cráneo a base de impactarlo contra persistentes utopías irrealizables, sino acomodando el día a día a pequeños -casi imperceptibles- cambios que permitan evolucionar en el sentido deseado. En política no se giran las esquinas en ángulos de noventa grados, sino que se trazan amplios arcos que conducen al mismo sitio más lentamente pero con menor quebrantamiento de cuerpos y almas.
 Y es por eso que Sánchez y su seguidores son unos ilusos o unos incompetentes políticos. Me inclino más bien por lo segundo, porque a mis años tengo una clara tendencia a desconfiar profundamente de los tipos altos y guapos que hablan con voz engolada y que discursean de forma tan artificiosa que se nota que se han pasado la noche practicando ante el espejo mientras se guiñaban el ojo y se decían lo guapos y apuestos que resultan. Sánchez, en definitiva, es un político resultón pero no resultadista, que es lo peor que le puede suceder a un partido como el PSOE, que ya venía bastante quebrado antes de su aterrizaje en Ferraz. Lo único de auténticamente político que tiene Sánchez es su querencia por el poder, que le ha permitido perder seis elecciones consecutivas en diversos estamentos y no dimitir ni por accidente, como si la cosa no fuera con él. En ese aspecto, tanto criticar a Rajoy y resulta que es calcadito a él, aunque el líder del PP  sea callado como un avestruz, y el del PSOE cacaree como un gallo de corral.
 Si uno tiene un proyecto de país, ha de ser consecuente con ello, y saber cuándo se puede poner en marcha y cuando no. Y si no se puede, lo suyo es dejar que otros lo intenten, aunque sean los adversarios políticos que tienen una mayoría abrumadora. Lo otro, lo de quemar las naves (que es lo que ha hecho Sánchez) resulta tan patéticamente español y quijotesco que dan ganas de vomitar, porque a estas alturas, pasarnos el día haciendo el ridículo como si todavía estuviéramos en el siglo de oro, vistiendo calzones, haciendo florituras con la espada, tratando a la gente de vuesa merced y proclamando a los cuatro vientos la importancia del honor y la palabra dada es lo menos práctico que puede poner en práctica un político que pretenda trabajar con seriedad. La política es un mar proceloso donde las declaraciones maximalistas son torpedos en la propia línea de flotación, donde el posibilismo lo es todo, donde dos más dos nunca son cuatro, y donde lo importante es –ciertamente- el país antes que el partido y las ambiciones particulares. Y si lo importante es el país, lo primero de todo que hay que aprender es a hacer la digestión de sapos bastante indigestos y de ruedas de molino considerablemente voluminosas.
Y es que los políticos de ahora hacen añorar a los de la vieja guardia, que ésos sí sabían. La democracia será muchas cosas, pero así como la democracia orgánica era una falacia imposible -o sea un engendro franquista para dar aires de modernidad a un país considerablemente rezagado en todos los sentidos- la democracia popular que pretendía Sánchez en el PSOE -una democracia de reunión de comunidad de propietarios- también es totalmente inviable. El buen gobierno exige liderazgo real, no un simulacro guaperas y postizo; el buen gobierno precisa de mucha mano izquierda, pues siempre puede suceder que el amigo de hoy sea el adversario de mañana y viceversa; y el buen gobierno exige saber dar un golpe de timón cuando se demuestra que la nave va en rumbo de colisión a un arrecife, aunque eso demore la llegada a puerto, y aunque requiera un cambio de estrategias a veces radical. Y como a todo buen capitán se le exige, el buen gobierno requiere no tener que andar sofocando el motín de la Bounty cada dos por tres.
 Nada de eso ha caracterizado a Sánchez, un mal político, un mal dirigente y un pésimo actor de la vida política española del siglo XXI. Si yo fuera Lord Vetinari, lo desterraría por siempre al remoto continente de XXXX. Más le valdría a Sánchez haber aprendido del personaje reciente más parecido a un príncipe renacentista contemporáneo, un tal Giulio Andreotti, que ése sí supo danzar con todas las doncellas del baile satisfaciendo a  todas por igual, desde el célebre Compromiso Histórico que le permitió gobernar con el apoyo de los comunistas, hasta el no menos célebre Pentapartito de finales de su carrera activa. Andreotti, cual Lord Vetinari puesto al día, fue el político hábil que tal vez sacrificó algo de honestidad y mucho de coherencia pero que se constituyó como la piedra angular  sobre la que durante más de cincuenta años se constituyó la Italia postfascista y democrática, con todas sus luces y sus sombras, por supuesto.
 Pero es que con Sánchez, la única luz que ha habido es la de los focos que iluminaban ese perfil guaperas y vacío de talla política. Todo lo demás han sido sombras y oscuridad de un personaje que olía a chamusquina e incapacidad desde que fue aupado al puesto con el que ha enfilado la nave del PSOE directamente a  Escila y Caribdis. Sánchez podrá justificarse ante la historia esgrimiendo que necesitaba distanciarse de Podemos casi tanto como del PP para mantener la identidad socialista. Sin embargo, lo único que ha logrado es sumir a su formación en un aislamiento que les va a llevar probablemente a la fractura, y mientras tanto, al descrédito. A Andreotti eso no le hubiera sucedido. A Lord Vetinari tampoco.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

La CUP y el monumento a Colón


Los chicos y chicas de la CUP del ayuntamiento de Barcelona, que por otra parte gozan de todas mis simpatías, se han descolgado con una petición que parece muy progre a primera vista, pero que carece del más mínimo fundamento histórico, sociológico y, ya puestos, racional. Es decir, consiste en una insensatez digna de aparecer retratada en las más ácidas novelas satíricas contemporáneas. Y, además, es un tema que no por reiterado, está menos necesitado de respuestas contundentes cada vez que resurge como la cabeza de una hidra.

Y es que los políticos, casi siempre excesivamente dotados de esa imperiosa necesidad de hacerse notar a toda costa que les caracteriza del mismo modo que la mozarella a la pizza, asumen como programáticas las propuestas de algunas de sus bases, cuando lo que realmente necesitan es una urgente asistencia psiquiátrica; y de regreso de la consulta médica, no les vendría mal volver un tiempo a las aulas, donde resulta bastante obvio que no realizaron el aprovechamiento escolar que la ocasión merecía cuando eran mozalbetes. Y es que muchas de las proposiciones de los grupos políticos –que parecen diseñadas expresamente para congeniar con ese sector de sus base electoral siempre presto a dar vueltas de tuerca a la historia hasta que se pasan de rosca- no tiene en cuenta dos factores que resultan fundamentales para toda discusión histórica: el anacronismo y la descontextualización.

Estamos con que las gentes de la CUP  han solicitado que se derribe el monumento a Colón que preside el puerto de Barcelona, y que se sustituya con un (cito literalmente) “símbolo de la resistencia americana contra el imperialismo, la opresión y la segregación indígena”. Deduzco que la satisfacción entre las bases por tamaña iniciativa habrá sido impresionante, teniendo en cuenta que en Barcelona no hay problemas más graves que éste,  que urge resolver de forma inmediata y drástica. Sin embargo, los ideólogos  cuperos, si es que existe semejante figura en la formación, han meado literalmente fuera del tiesto por variados motivos, entre los cuales no puedo dejar de hurgar en el hecho de que el monumento a Colón, signifique lo que signifique, es una de las señas de identidad barcelonesa, y sería tan absurda su demolición como pedir al ayuntamiento romano que derribara el Coliseo y que lo sustituyera por un símbolo de la resistencia cristiana contra el imperialismo, la opresión y la segregación religiosa. O que en París se clamara por la (segunda) destrucción de la Columna Vendôme, por conmemorar ésta el triunfo  de Napoleón en Austerlitz, que como todo el mundo sabe, significó el triunfo del imperialismo y la opresión francesas contra los pueblos de Europa  a principios del siglo XIX.

En primer lugar, señorías de la CUP, las señas de identidad urbana no se tocan, porque aunque en un momento dado significaran lo que fuera que significaran, la pátina de los años les ha eliminado todo referente puramente político, y las gentes de aquí y ahora las ven como un bello monumento identificativo de la ciudad. Se han interiorizado en el sentir popular, y carece  del más mínimo sentido examinarlas en el contexto de las ideas políticas actuales. En primer lugar, porque los contextos son volubles y variables, y lo que hoy es sagrado e intocable, mañana deja de serlo con la misma naturalidad con la que hoy lo aceptamos como dogma. En segundo lugar, porque si nos pusiéramos a analizar con detenimiento el significado real de todo monumento erigido a lo largo de milenios de civilización, nos encontraríamos con que casi todos deberían ser escrupulosamente demolidos porque no se ajustan a los criterios y convenciones actuales sobre derechos humanos, colonialismo e imperialismo. Algo que los talibanes afganos tuvieron muy en cuenta  a la hora de arrearle una sarta de bombazos a toda una serie de joyas arquitectónico-religiosas de incalculable valor artístico, como los budas  gigantes de Bamiyán, que tan concienzudamente se cepillaron a la logiquísima luz de sus actuales interpretaciones de los venerables preceptos coránicos. Por cierto, y ya que hablamos de fundamentalismo, se me revuelven las tripas recordando como variados monumentos de Barcelona fueron aniquilados sólo por ser franquistas en un alarde de histeria presuntamente democrática, sin consideración alguna sobre su valor artístico o histórico.

Y  es que medir una obra de arte por sus valores políticos es una imbecilidad sólo al alcance de fundamentalistas rabiosos o snobs indocumentados  que no comprenden el valor del contexto histórico en la interpretación de los fenómenos sociales. En ese sentido, el contexto al que apela la CUP para pedir la demolición es absurdo hasta el punto de ser graciosamente ridículo. De entrada, porque dudo que el monumento a Colón quisiera conmemorar otra cosa que el descubrimiento de América (y no la gozosa opresión y exterminio de sus nativos). Esa especial habilidad que tienen los políticos para coger el rábano por las hojas les conduce, inexorablemente, a confundir causas y efectos para congraciarse con algunas bases que no rebuznan porque no son cuadrúpedos, pero poco les falta.

Pero es que, si intentamos salir del túnel oscurantista en el que presuntos progres nos quieren meter, resulta que el valor artístico de una obra nunca puede ser mermado por el contexto político de quienes quieran interpretarla. Pues entonces, pese a su descomunal belleza y valor histórico, las grandes pirámides o la esfinge de Gizeh deberían ser urgentemente dinamitadas, ya que fueron construidas para mayor gloria de autócratas que (descontextualizando de nuevo) dejarían a nuestros famosos dictadores del siglo XX a la altura de simples aprendices. Y es que el transcurso del tiempo alza el valor histórico-artístico de cualquier monumento muy por encima de su simbolismo político, y precisamente por eso, lo convierte en un bien a proteger en tanto que forma parte indisoluble de la historia de la humanidad. Y si además es bello, más protección precisa.

Y es que, así como la ética no es un algo inmutable, sino que se modifica prodigiosamente a lo largo de los siglos (y es un iluso quien piense como el berzas de Francis Fukuyama que hemos llegado al fin de la historia y todos los principios morales han cristalizado de forma indeleble e inmutable por los siglos de los siglos), no es menos cierto que la estética es mucho más perdurable, aunque deba ponerse siempre en el contexto del arte de su tiempo. Y por eso nos seguimos maravillando tanto ante una Venus de Boticelli como ante una bañista de Renoir o  un descarnado desnudo de Lucian Freud. Y apreciamos igualmente el Apolo de Belvedere como las esculturas orgánicamente abstractas de Henry Moore. Porque para el ciudadano medio, en la expresión artística el significante es obvio y poderoso, pero el significado está oculto y en la mayoría de los casos resulta totalmente prescindible para el gozo estético. En resumen, quien admira el jardín de las Delicias de El Bosco no suele comerse el tarro preguntándose sobre que diantres quería decir el pavo aquél con semejante escena. Y aunque se lo acabe preguntando y llegando a alguna conclusión más o menos afortunada sobre la interpretación de la obra, jamás se le ocurrirá pedir que la tapen con unos brochazos de esmalte Titán si no coincide con su ideario político o con los valores comúnmente aceptados del momento histórico actual. Cosa que, ahora que pienso, siempre han hecho los censores de todas las dictaduras habidas y por haber.

Y es que contexto y anacronismo son factores a valorar de manera muy significativa antes de empezar a berrear estupideces, por muy progresistas que parezcan a  primera vista. Aun suponiendo que el dichoso monumento a Colón glorificara el imperialismo y la opresión de los pueblos nativos americanos, el señor Colón se quedaría tremendamente sorprendido si lo acusaran de ser causante de un genocidio, circunstancia ésta altamente improbable a finales del siglo XV, cuando ni siquiera existía el término “genocidio”, y mucho menos el concepto de colonialismo, explotación y todas esas cosas tan idealizadas sobre la libertad que surgieron a partir de la mitad del siglo XIX , pero que dejarían boquiabiertos a quienes fueron sus protagonistas. Si existía la esclavitud hace quinientos años, era porque ni siquiera se podía cuestionar si era moralmente deleznable. Es más, todos los pueblos y naciones eran esclavistas. No vayamos a ser tan ingenuos de pensar que llegamos los hispanos por el sur y los anglosajones por el norte con un invento nuevo. Los aztecas, los mayas y los incas practicaban el esclavismo y la aniquilación  como el que más. Más aún que en Occidente, y en formas que resultan bastante horripilantes incluso para el más endurecido de los corazones de aquel entonces.

Y es que durante milenios, las cuestiones territoriales se han resuelto siempre a base de invasión, saqueo, exterminio y esclavitud. Y está muy bien que ahora opinemos que no es esa la forma más simpática de tratar a los vecinos, pero también tenemos el deber de situarnos en cada época con los principios morales de esa misma época, porque si no lo único que tenemos es un guirigay y un rompecabezas irresoluble. El más bondadoso de los tiranos atenienses, de los emperadores romanos, de los reyes medievales o de los príncipes renacentistas sería tenido hoy en día por un facha recalcitrante y homicida, que a las primeras de cambio se pudriría en una prisión de máxima seguridad condenado por la comisión de la mitad de los delitos descritos en el código penal vigente. Y también podemos tener la certeza de que, en lo que respecta a la moral actual, cualquier indígena americano, una vez desprovisto del falaz barniz de virginal pureza que suelen atribuirle los pacatos izquierdosos tan doctrinarios como mal informados, resulta en un hideputa de mucho cuidado, capaz de rebanarte el cuello por unas minucias de tres al cuarto. Así que hagamos todos el favor de ponernos en nuestro sitio, y dejar de iluminar el pasado con las linternas del presente, que eso no conduce a nada más que la estulticia.

Centrémonos y reflexionemos. Por más vil que nos resulte el antisemitismo de Céline, su Viaje al Fin de la Noche será siempre una obra maestra de la literatura universal. Por más colaboracionista  del régimen de Stalin que fuera Shostakóvich, sus obras sinfónicas siempre figurarán en el olimpo de la música. Por mucho que Heidegger simpatizara con los ideales nazis, su filosofía es una cumbre del pensamiento occidental contemporáneo. Y por muy facha que fuera Ezra Pound, su poesía es de lo mejor del siglo XX. Y desde luego, yo jamás preconizaría una quema de sus obras y una prohibición de sus efigies de ninguno de estos y otros muchos intelectuales y artistas sin los cuales no puede describirse con coherencia la belleza de las creaciones humanas, pese  a que podamos censurarles la monstruosidad de su conducta como ciudadanos. La estúpida idea de que el arte y el intelecto sólo pueden ser democráticos y sociales es un error tan grave como común, pero en cualquier caso es inadmisible. Y menos en quienes lideran movimientos políticos presuntamente vanguardistas. La otra idea estúpida, la de que las expresiones artísticas del pasado tienen connotaciones políticas en el presente que las convierte en reprobables o directamente destruibles, es propia de un pseudoprogresismo yihadista severamente incapacitado para liderar una sociedad abierta.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Las redes de la maldad

Cualquier innovación tecnológica con repercusión social tiene dos caras perfectamente delimitadas. La luminosa y positiva es (o suele ser) aquella para la que se ha diseñado en principio cualquier innovación, es decir, mejorar la experiencia personal y social de las personas destinatarias. La segunda, la tenebrosa y negativa, se corresponde perfectamente con el mal uso que de todo artefacto o aplicación aprende cualquier humano cuyos principios morales sean escurridizos, por no decir inexistentes. Hasta ahora, que yo sepa, nadie se ha dedicado a cuantificar de modo riguroso si cada innovación que, demasiado a la ligera, se afirma rotundamente como progreso, incrementa o disminuye la maldad neta del universo humano.

Como este debate entre optimistas recalcitrantes y pesimistas depresivos no suele conducir a ningún lado, porque cada grupo se blinda en sus argumentos sin aportar ni un solo elemento clarificador, tal vez sería un notable ejercicio intentar una aproximación cualitativa a las supuestas ventajas y desventajas de las innovaciones tecnológico-sociales, partiendo de la base de que sus apologetas suelen ser los más interesados en su difusión, porque sus bolsillos se llenan gracias a su consumo desaforado por parte de esa legión de tecnovíctimas (tecnoborregos más bien) que no se cuestionan nada al adquirir el último grito de lo que sea, con tal que sea fashion and cool.

El tema tiene su enjundia, porque en general, cualquier novedad  se acoge con un alborozo bastante exasperante que denota una falta de rigor discursivo equiparable a la falta de riego neuronal de la (siento decirlo, pero así es)  mayoría de los usuarios que no se cuestionan ni un milisegundo la verdadera utilidad de lo que adquieren, y mucho menos aún, los riesgos implícitos o explícitos de su uso. Poderoso caballero es don dinero, por supuesto, y las empresas fabricantes de tanto colorín tecnológico son las primeras en adiestrar no sólo a publicistas y comerciales, sino a políticos de toda índole, sobre la extraordinaria bondad de sus inventos y sobre la inmensa capacidad de revolucionar el tejido social, dando así un gran salto hacia un futuro de progreso, y bla, bla, bla.

Todo mentira, porque nadie en absoluto hace una evaluación previa de lo que podríamos denominar efectos secundarios y daños colaterales de la implementación de cualquier revolución. Se da por descontado que la tecnología es neutra (en general) y que su buen o mal uso depende en exclusiva de la actitud individual de cada usuario. Un poco como la vieja historia del cuchillo: no es bueno ni malo en si mismo, sino en función de si lo empuña un carnicero o un asesino. Lo cual es cierto, pero con matices de mucha relevancia.

El problema no resuelto de los avances tecnosociales es que su difusión es cada vez más rápida y masiva, una cuestión que no es irrelevante, porque significa que mucha más gente tiene mucho más acceso mucho más rápidamente a esas tecnologías que hace cincuenta años. La difusión masiva, que más bien es un ejemplo claro de permeabilidad acelerada en todos los estratos sociales, introduce un factor multiplicador en los buenos y malos efectos de cada innovación. Un factor multiplicador que puede convertir cualquier acontecimiento en explosivo a efectos sociales, por tratarse de una sociedad cada vez más interconectada.

No existe un acuerdo generalizado sobre si la bondad predomina sobre la maldad en este mundo moderno, pero no hace falta ser muy astuto para percatarse de que hay muchas variables en alza que favorecen el ascenso de la maldad.  Porque a fin de cuentas, una sociedad es tan buena o mala como lo son sus dirigentes, y en muchos de ellos se advierten rasgos psicopáticos alarmantes (según diversos estudios de alcance mundial), sin contar con que prácticamente en todos los políticos lo que se advierte es una grave escoliosis vertebral debido a las profundas reverencias y genuflexiones con las que se pasan la vida ante el capital, puesto que según ellos, el capital es fundamental para el bienestar de los pueblos y más bla, bla, bla. Y de todos es  sabido que el capital ni tiene patria ni tiene corazón. Ni por supuesto, la intención de poner el menor coto a su codicia desenfrenada. Por tanto, es conclusión bastante razonable que la maldad va ganado por resultado abultado a la bondad, al menos en lo que concierne a las élites dominantes. Unas élites que no quieren oir hablar de restricciones, limitaciones o cualquier tipo de freno a la expansión absoluta de su riqueza a lomos de la expansión irresponsable (por irreflexiva) de tecnologías que se difunden sin ningún control.

No hay que ser muy ducho en matemáticas para percibir que entre dos variables enfrentadas (como bondad/maldad), una ligera ventaja de una de ellas sobre la otra puede tener efectos desastrosos si hay factores multiplicadores de sus efectos, sobre todo si esos factores se dan entre agentes capaces de incrementar una u otra de forma exponencial, que es lo que sucede con las redes sociales. Hemos sido testigos en los últimos años de como mentiras vergonzosas, historias inverosímiles y noticias absolutamente falsas se expandían de forma arborescente y explosiva que nos recordaba a un brote epidémico, sin que nadie haya nada, no por refutarlas, sino por impedir su repetición inadmisible.

La viralidad, ese nuevo concepto tan moderno y tan peligroso, es un elemento esencial de todas las nuevas sociotecnologías, y es esa misma viralidad, esa capacidad de contagio, lo que las hace tan peligrosas si no se adopta una regulación estricta, y lamento decirlo, punitiva. Porque en una situación de brote vírico, cualquier agente maligno que sobrepase las defensas del sistema se expandirá con mucha más fuerza y velocidad que cualquier vacuna “bondadosa” que se quiera inocular en el ya de por sí enfermo cuerpo de la sociedad occidental.

Se ha sabido recientemente que los casos de acoso en las redes se han disparado de forma vertiginosa, y se estima que uno de cada cuatro usuarios de redes sociales es víctima de chanzas, difamaciones, amenazas y todo ese vistoso conjunto de barbaridades que hemos dado en llamar bullying. Eso sin contar con los insultos xenófobos, racistas y apologetas de cualquier tipo de exterminio del vecino, que no es que proliferen, es que inundan las redes.

El problema de esta presunta democracia en red es que cualquier descerebrado puede publicar sus malévolas e infundadas opiniones sin ningún código deontológico y mucho menos sancionador de carácter internacional que impida que internet se esté convirtiendo en una jungla realmente peligrosa. No es que yo proponga el restablecimiento de la censura, ni una internet para élites, pero sí creo necesario un sistema regulador que expulse de la red a quien no sepa morderse la lengua (o mejor aún, pinzarse sus neuronas descarriadas) antes de publicar según qué contenidos.

Si no llegamos a un consenso mundial sobre los límites de la libertad, al final tendremos uno de dos escenarios: unas redes intransitables por el cúmulo de salvajadas y despropósitos  de sus contenidos (que, consecuentmente, llevarán a la creación de redes paralelas mucho más selectivas y elitistas), o bien el restablecimiento de la censura en toda su magnitud, a fin de evitar que internet se convierta en el exhuberante jardín de toda la malevolencia universal.  

Y sería muy fácil comenzar por todos aquellos sistemas que, como whatsapp, exigen la conexión de un teléfono móvil para su uso. Es más, podría extenderse  a todas las aplicaciones la vinculación obligatoria a un número de móvil registrado en alguna compañía. El siguiente paso sería constituir una autoridad administrativa con potestad de dar de baja dicho número de teléfono y prohibir a su titular la adquisición de cualquier nuevo número durante un período de tiempo determinado, como forma de medida punitiva. De este modo se cortaría en seco la barbarie adolescente en las redes, pues no creo que muchos padres o madres, que son los titulares reales de las líneas telefónicas, estuvieran precisamente encantados al verse privados de telefonía móvil durante seis meses o un año.

Teniendo en cuenta los sofisticados sistemas de rastreo de comunicaciones de que disponen actualmente los gobiernos, de los que hacen uso con profusión de medios, esta propuesta no es en absoluto descabellada, si se dejan a un lado las consideraciones de tipo económico para las grandes compañías implicadas (que a medio plazo serían poco relevantes). Castigar de forma directa impidiendo el acceso a la red a los culpables sería una buena manera de ir limitando a quienes, carentes del menor sentido cívico, se dedican a amargarle al vida a quienes simplemente desean usar la red como instrumento de comunicación e información.

Esta propuesta, nada novedosa, es la que hace ya algunos años se aplica de forma similar en muchos campos de fútbol europeos, mediante un registro internacional de "fichados"que impide el acceso de seguidores ultras peligrosos, por lo que sería aún mucho más fácil de llevar a cabo con las redes sociales, al ser obligatorio en toda Europa tener registrado al titular de cada línea telefónica, una medida que se adoptó a instancias de los Estados Unidos para controlar las comunicaciones de grupos de delincuencia organizada o terroristas. Pues delincuencia y terrorismo, pero de carácter social, es lo que practican muchos de quienes navegan por las redes sociales con total impunidad. Y es que ya resulta urgente ahora mismo atajar esto antes de que sea demasiado tarde.

jueves, 15 de septiembre de 2016

La rentrée


Lo mejor de las vacaciones –me refiero a unas vacaciones bien diseñadas- es el aislamiento mediático. Dejar de oir durante unas pocas semanas tantas estupideces, perogrulladas, opiniones sesgadas, innumerables falsedades y chorradas sin cuento, entre otras lindezas, que los profesionales de los medios nos endilgan sin vergüenza ni contención alguna, es causa de un gozo teresiano que ya hubiera querido para sí la devota santa, sobre todo si al aislamiento mediático se une la complicidad de un entorno bucólico, solitario y lo más alejado posible de las masas turísticas que chancleta en ristre y calzón por la entrepierna se pasean, más bien confusos y aturdidos, por las calles de nuestras ciudades, bajo una solana demencial y con el único fin de cubrir la etapa asignada cada día por el turoperador de turno.
 
Fiel a esa actitud higiénica de aislamiento, y pese a que soy un celoso amante  del mar, este verano no he pisado playa alguna (salvo una que otra muy secreta y de difícil acceso cuya misteriosa ubicación me niego a revelar) por no tener que enfrentarme al dilema de pisotear toallas dispuestas cual bazar oriental o repartir cachiporrazos para hacerme un sitio entre las walkirias que, varadas como morsas en pleno mediterráneo, yacían semiincosncientes, rodeadas de aromas a coco artificial y a refritura de calamares en esas playas tan cachondas que serían motivo de un programa especial de humor amarillo, por el embotellamiento de miles de cuerpos sudorosos camino de unas orillas en las que hay que poner una instancia para disponer de un miserable metro cuadrado donde enfriar las posaderas.
 
En conclusión, el verano es una horterez inconmensurable salvo para aquellos que huyen, literalmente, del mundanal ruido, y se encuentran – a veces por sorpresa- consigo mismos y con una sensación de paz interior que la histérica sociedad occidental nos arrebata en cuanto pisamos cemento. Y es a la vuelta de ese éxtasis que representa cualquier viaje introspectivo cuando uno (re)descubre la frivolidad, banalidad y estulticia suprema de quienes tienen la batuta en este occidente (de oriente no puedo juzgar, pero me temo que  vendrá a ser por el estilo).
 
Así que tres semanas después, regreso a mi hogar barcelonés y me encuentro con más de lo mismo de lo de antes, de lo de siempre. Lo cual me lleva a dos conclusiones, tal vez precipitadas pero inevitables. Primera, que el mundo sigue rodando impertérrito pese al empeño que ponen muchos mandamases en que sólo se obedezcan sus órdenes y pese a sus apocalípticas admoniciones sobre lo importantes que son (todos ellos) para la buena marcha del universo en general. Segunda, que los medios han convertido en un circo repetitivo, redundante y mareantemente circular todo lo que se refiere a la política, sin que la reiteración de titulares anodinos, declaraciones superfluas, posicionamientos gratuitos y más de lo mismo en general parezca causarles el más mínimo bochorno. Y es que habría para enviarlos al gulag sólo por lo aburridos que resultan.
 
Es en vacaciones (las de verdad, no ese sucedáneo con que la gente se autoinflige penalidades sin cuento con tal de salir de casa) cuando se  puede saborear que lo esencial de la vida, lo realmente importante, es de una sencillez aplastante. Embelesarse mirando las evoluciones de una libélula con la mente totalmente en blanco es una experiencia que debería ser obligatoria para todo adulto con un coeficiente intelectual superior al de una babosa. Pasmarse ante la explosión de vida animal y vegetal que nos regala el verano sería una forma apropiada de aproximarnos a tantas preguntas sobre la vida. Y pasar noches en blanco mirando un cielo tachonado de estrellas convierte a cualquier humano en un filósofo sorprendiéndose a sí mismo (no sin razón) sobre la pequeñez e insignificancia de nuestra existencia en un cosmos enorme.
 
Durante esos momentos de clímax, uno percibe claramente que Mariano, la Merkel, Trump, sus simétricos presuntamente izquierdistas y todos los mandatarios del G20 son seres perfectamente prescindibles. No los necesitamos para nada, salvo para vivir angustiados, oprimidos, y con un miedo cerval a perder las cuatro porquerías que la modernez nos ha traído, y que son malos sustitutos de una presunta calidad de vida que nada tiene que ver ni con la Vida ni con la calidad. También aprende uno a apreciar la socarronería con la que los pueblerinos nos tratan displicentemente, mucho más fundada que nuestro equivalente desprecio por esas personas tan poco sofisticadas (pero con una sabiduría infinitamente superior a la que nos puede facilitar nuestro modernísimo iPad de bolsillo). Pues a fin de cuentas, nosotros tenemos toda la información del mundo, pero ellos disponen de la sabiduría que da una vida vivida a sorbos.
 
Y es que cada verano, a la vuelta de vacaciones, me reafirmo más y más el lema de este blog: “todo es mentira”. Al menos todo lo que nos hacen engullir a toda prisa, como en una especie de fast food mediático en el que todo se uniformiza para todos y en el que todo sabe igual, día tras día, año tras año, absolutamente espectacular pero indescriptiblemente insípido. Un sistema perfectamente engrasado para tenernos entre acojonados y adormecidos, pero nunca lúcidos. Del mismo modo que una luz demasiado intensa deslumbra y desconcierta (y por eso es un arma psicológica genial en los interrogatorios), la saturación informativa centrada siempre en los mismos personajes y en los mismos decorados nos paraliza y bloquea nuestra mente contra toda tentación de distanciamiento crítico.
 
La conclusión lógica es que todo el montaje está dispuesto para convertirnos en zombis, en no-vivos convenientemente adiestrados para tragar con todos los despojos informativos con que nos rocían veinticuatro horas al día. Por eso resulta gozoso estar unos días sin televisión, ni radio siquiera, y descubrir alborozados que hemos disfrutado de nuestras vidas sin impedimentos, sin mochilas, sin angustias y sin miedos irracionales. Y que no ha pasado nada. Es más, llegamos a la conclusión de que si pasara algo, mejor sería encontrarlo por el camino y trampearlo como viniera, en vez de estar todo el rato recibiendo admoniciones sobre lo tremendo que puede ser el futuro  si no seguimos diligentemente a nuestros líderes hacia el cercado en el que nos pretenden (y casi siempre consiguen) tenernos recogidos y mansos como ovejas, no sea que les causemos problemas imprevistos.
 
Y es que, sin duda, la sociedad occidental moderna, a la que denomino sin asomo de ironía sociedad imperativa, se basa en un sinsentido de obligaciones impuestas desde una jerarquía más vertical que los monolíticos sindicatos franquistas de antaño: usted ha de estar enganchado mediáticamente, usted ha de posicionarse obligatoriamente, usted ha de creer lo que machaconamente le repiten, usted ha de consumir lo que le proponen, usted ha de viajar (“turistizar”, más bien) a donde vaya todo el mundo,  usted ha de encajar perfectamente en el engranaje socioeconómico predefinido. En caso contrario, usted es un ser disfuncional e inadaptado, un outsider suicida cuya actitud no puede proliferar ni prosperar, porque entonces usted será un enemigo del sistema al que habrá que castigar y excluir de la manada.
 
He aquí que, de vuelta de vacaciones, no sólo todo sigue igual de estúpidamente atroz, sino que además se sigue el corolario de que todo es atrozmente obligatorio. Eso sí, desde el supremo respeto a la libertad (ja) y a los derechos individuales (jaja), oficialmente consagrados en la legalidad vigente. En realidad nuestras élites consideran que somos demasiados como para dejarnos a nuestro aire: hay que guiarnos como reses en el salvaje oeste. Y ellos, los cowboys que nos rejonean a gusto si nos salimos de la cañada, nos están esperando a la vuelta de vacaciones para seguir machacando nuestras mentes y torturando nuestras almas con los mantras y las mentiras de siempre.
 
No es el regreso a casa lo deprimente de las vacaciones. Es la sensación de que podríamos vivir perfectamente sin yugos ni orejeras, pero la inercia (y una considerable dosis de conformismo) nos lleva a volver a ponérnoslos justo cruzar el umbral de casa. Somos incapaces de romper esa dinámica, y a los diez minutos de finalizadas nuestras vacaciones ya estamos de nuevo totalmente inmersos en la vorágine de engaño y tergiversación mediática que ha seguido funcionado a plena marcha en nuestra ausencia. Y, claro, así es imposible no estar de un humor de perros el resto del año.

Así que si usted quiere unas vacaciones de verdad, la próxima vez desconecte del todo. Y a la vuelta no caiga en la maldita rueda mediática aplastadora de conciencias críticas. Turn off and enjoy, que tampoco  podrá hacer gran cosa si se desencadena el apocalipsis.
 

jueves, 18 de agosto de 2016

¿Tourist go home?

Uno de los fenómenos que demuestran hasta qué punto la sociedad actual está desquiciada y falta de rumbo es la actitud de un extenso sector de la población hacia el turismo. Un colectivo muy proclive a dar tan poco trabajo a sus circuitos mentales como a dejarse arrastrar por propuestas que parecen muy de izquierdas, pero que a lo sumo, resultan de la misma eficacia que pretender volar como Ícaro con unas alas de cera. Quiero decir que si se llevan a cabo, el trompazo con la realidad puede ser  cataclísmico.

Una de las excentricidades que en demasiadas ocasiones propugna  la izquierda digamos radical consiste en la pretensión, tan bucólica como conducente a una miseria punzante, de cargarse el modelo económico de una ciudad por las incomodidades que causa a sus habitantes. La idea es el retorno a un edén pastoril en el que, al parecer, las cabras habrían de volver a pastar por el ensanche barcelonés, a falta de otra cosa mejor a la que dedicar a los cuatro gatos que sobreviviesen a semejante despropósito.

Tal vez se debe a que le gente tiene una tendencia bastante estúpida (cuando no directamente malévola) a sobrevalorar cualquier tiempo remoto y a omitir que los cambios de modelo son innatos a cualquier sociedad con tendencias evolutivas.  O sea, que está muy bien admirar a los indios yanomamis por su formidable encaje en la naturaleza amazónica; o a los hotentotes de Namibia por si espléndida integración en el ecosistema por el que nomadean continuamente, siempre que se asuma que su esperanza de vida es inferior a los cuarenta años, que su afán de conocimiento es mínimo y que está cegado por mitos y supersticiones, y cuya mayor diversión es despiojarse unos a otros día sí, día también.

No quiero con ello menospreciar a los nativos de diversas partes del globo, sino poner de manifiesto que determinados cambios radicales en nuestro modo de vida nos conducirían inexorablemente a un retroceso brutal en tantos aspectos que la sociedad resultante sería irreconocible y, desde luego, mucho más parecida a esos colectivos de ocupas harapientos que salpican cualquier gran urbe, que a una sociedad estructurada en el marco de un estado de derecho. Deduzco también que muchos de los simpatizantes de determinadas medidas radicales no muy bien pergeñadas y peor digeridas se sentirían extraordinariamente a disgusto teniendo que vivir de un modo bastante similar al cavernícola, por muy puesto al día que se presentase.

Soy ciudadano nativo de una urbe que en dos décadas ha hecho una transformación ciertamente brutal, desde el sector industrial (en el que tradicionalmente se había fundamentado su pujanza) hacia el sector servicios, especialmente el turístico. Surgen ahora voces airadas que reclaman que Barcelona sea para los ciudadanos, y no pocas pintadas con el lema “tourist go home” en los barrios más acreditadamente turísticos de la ciudad. Concluyo que muchos de estos imbéciles que apuestan por la retirada masiva del turismo de Barcelona no son conscientes de que tendrían una probabilidad muy alta de tener que emigrar  si realmente nuestros visitantes hicieran las maletas a toda prisa y dejaran Barcelona convertida en lo que era justo antes de 1992: una ciudad en despoblamiento progresivo, con una economía cada vez más mermada y con muy pocas opciones de salir del agujero.

En los años ochenta, el temor generalizado de los urbanistas era el pasmoso despoblamiento del centro de la ciudad. El Eixample se moría por falta de vecinos, y los barrios ahora más típicamente turísticos vivían en una espiral de degradación continuada, tal vez con la excepción de la Vila de Gràcia. Barcelona era una ciudad muy enferma, después de la brutal reconversión del cinturón industrial que le daba vida y que motivó que hoy en día, el número de habitantes sea similar al que había en 1960 después de la estampida general causada por el incremento de los precios de la vivienda y las sucesivas crisis económicas acaecidas desde 1980.

El boom turístico que se inició pocos años después del detonante de los Juegos Olímpicos de 1992 ha traído consigo, ciertamente, muchas incomodidades para los residentes de la ciudad, pero también ha generado mucha riqueza y puestos de trabajo. Como ya indiqué en otra entrada, casi noventa mil personas viven directamente del turismo en Barcelona, a las que hay que añadir las decenas de miles que “sufren” indirectamente el tirón económico del turismo de masas. Y, efectivamente, muchos de los que pintarrajean “tourist go home” no son conscientes de que si el turismo leva anclas, ellos incrementarán las colas del desempleo, poruqe hoy en día en Barcelona todo está interconectado, de modo que un parón en los quince millones de pernoctaciones anuales no lo notarían sólo los hoteleros, sino también el tendero de la esquina de la Guineueta, cuyos clientes de toda la vida ya no podrían comprarle las viandas habituales. Más de un veinte por ciento del PIB de la ciudad se genera por el turismo.

Esto de quejarse de que todo es una mierda es cosa muy habitual por estos pagos, sin pararse a reflexionar que hay muchos tipos de mierda, y que la que pisamos ahora es de las mejorcitas con las que nos podían haber alfombrado la vida. La Barcelona industrial de los años sesenta y setenta era una ciudad tremendamente lúgubre en muchos aspectos, con unos niveles de contaminación industrial elevadísimos, y una gestión medioambiental que dependía en gran medida de las necesidades de la industria química, metalúrgica y textil que no solo la rodeaba, sino que en muchos casos la ahogaba  dentro de los mismos límites de la ciudad. Barcelona tenía cloacas, pero no playas, y sus casas y sus calles eran tan negruzcas de día como de noche, por la acumulación de partículas contaminantes muy superior a la de hoy en día, que eso sí era mierda por todas partes.

Mi infancia y primera juventud son de una Barcelona en blanco y negro. Mejor dicho, en gris y negro, porque todo el tejido urbano de la ciudad era del mismo color plomizo hasta que llegó Maragall e impulsó su vendaval de ideas.  Y sí, hoy en día el centro de Barcelona (trabajo en pleno Paseo de Gracia) es incómodo, y en ocasiones muy incómodo, pero me alegro de que mi ciudad esté viva, tenga color y pueda dar de comer a mucha gente gracias a que alguien tuvo la genial idea de recuperar su ajada belleza mediterránea.  También es cierto que las prioridades, en una ciudad turística como ésta, se centran en zonas muy concretas en detrimento de algunas actuaciones en los barrios, pero no es cierto (es más, es radicalmente falso) que los barrios no turísticos vivan en situación de abandono.

Soy un paseante nato, lo he hecho desde mi primera juventud. Ha pateado Barcelona durante casi cincuenta años. Sé cómo eran los barrios (empezando por el mío, el de Les Corts) y lo único que recuerdo en positivo es cierto bucolismo rural que impregnaba a todas esas villas periféricas que Barcelona se había ido anexionando: Les Corts, Sarrià, Sant Gervasi, Horta y todos los demás, pero la realidad es que los barrios de hoy en día nada tienen que ver con los de los años sesenta y setenta. Ni siquiera a los de los años noventa: no existe tal abandono. Lo que sí existe es cada vez mayor exigencia popular respecto a los servicios que solicitan al ayuntamiento. Sin pensar ni por un momento que, muchos de los vecinos, cuando se instalaron allí, se daban con un canto en los dientes por tener cerca tan solo una farmacia y un colmado. Y es que el bienestar nos vuelve gilipollas hasta el punto de que pretendemos vivir como en Pedralbes, aunque seamos de  La Mina. Y eso no ha sido así jamás, ni aquí ni en Tombuctú. Y además, no tiene porqué serlo. Una cosa es la dignidad de las áreas residenciales, y otra muy distinta es que pretendamos vivir en barrios de lujo por el mero hecho de ser residentes.

Donde, en este caso, el lujo sería gozar de calles desiertas con las infraestructuras que se han organizado para atender a todo el turismo que nos visita. Lo cual sería del todo imposible (pues precisamente se necesita una fuente de ingresos para acometer todas esas infraestructuras), o directamente una locura, como esos aeródromos vacíos que salpican la geografía española, o esas líneas de alta velocidad cerradas por falta de pasajeros.

Lo más penoso de todo este asunto es que los mismos que quieren echar a todos los turistas serían los primeros en quejarse de lo triste y pobretona que se quedaría la ciudad sin esos millones  de paseantes anónimos que vienen a gozar unos días de este enclave que, ahora sí, es realmente un lugar que ha vuelto a resurgir de sus cenizas (literalmente). Y sí, es cierto que hay que saber gestionar una reconversión tan drástica como la que ha sufrido Barcelona en los últimos años; pero gestionar no significa hacer tabla rasa ni expulsar a los turistas. Gestionar quiere decir diversificar, apostar por la calidad turística, especialmente por lo aún desconocido que pueda ofrecer Barcelona, y promover la descongestión de determinadas zonas, favoreciendo la expansión del turismo hacia otros puntos de un modo racional y equilibrado.

¿Difícil? Por supuesto, pero más difícil –imposible, diría yo- es dejar de lado el modelo de ciudad de postal y de servicios que es el único por el que hoy en día puede apostar Barcelona, además de convertirse en un gran centro logístico internacional de distribución de mercancías (que ya lo es). No hay más alternativa, salvo regresar al neolítico. Más vale que los energúmenos que abuchean turistas detengan un momento la locomotora descontrolada en que se ha convertido su cerebro y reflexionen algo, lo justo, antes de bramar estupideces que solo generan mal ambiente y no aportan ninguna solución efectiva.

Hay que recordar que todas las urbes son dinámicas, casi orgánicas. Lo que se pretende desde determinados ámbitos radicales es crear una foto fija de una ciudad que no evolucione lo más mínimo. Los barrios no han sido nunca estáticos: a lo largo delos años ha cambiado el perfil de sus pobladores de forma perceptible y continuada, y los usos y costumbres del vecindario han ido cambiando con ellos. Sólo hay que haber vivido aquí suficiente tiempo como para ver que en veinte o treinta años, cada barrio se convierte en algo casi irreconocible respecto a cómo era antes 8un argumento que válido para todas las ciudades del mundo). La Barceloneta languidecía en los años ochenta, y de qué manera, y si no llega a ser por los Juegos Olímpicos y la apertura del frente marítimo, hoy sería un barrio totalmente degradado, candidato a la demolición. El Poble Sec era un nido de drogadictos y delincuentes, y si no hubiera sido por la penetración turística y la remodelación de su espectro demográfico, seguiríamos viendo trapichear heroína en sus calles a plena luz del día.

La memoria es selectiva y sesgada, y muchos de los que hoy protestan no recuerdan hasta qué punto sus barrios eran un auténtico desastre, por mucho romanticismo que quieran ponerle al recuerdo. En muchos sentidos, la Barcelona que añoran se parece demasiado a la Nápoles o la Marsella que todavía hoy son. Yo, barcelonés de nacimiento, les digo que puestos a escoger, prefiero que sean ellos quienes se vayan con su música a otra parte.

jueves, 11 de agosto de 2016

Trump

El equivalente norteamericano a los indignados europeos de diverso pelaje y nacionalidad es, ni más ni menos, que Donald Trump. Lo cual no resulta nada extraño en un país cuya idiosincrasia política es tan radicalmente diferente a la del resto del mundo occidental. Estados Unidos se parece  a la antigua Roma imperial en algunas cosas tremendamente significativas, entre las que destaca un pragmatismo feroz  unido a una no menos despiadada valoración del individualismo como esencia de lo genuinamente americano: el self-made man.

El pragmatismo como corriente filosófica surge, precisamente, en Estados Unidos de la mano de William James a finales del siglo XIX, y se traslada a la política de un modo sesgado, que se resume en que sólo es verdadero aquello que funciona, con independencia de consideraciones de tipo moral. Dicho de otro modo, el pragmatismo político se cimenta sobre el principio de que sólo es válido lo que es útil. Como han señalado muchos politólogos, el pragmatismo político desvirtúa el concepto original, porque se presta a ser un nido de prejuicios sobre los que se asienta la acción política, apartando de un manotazo todas las consecuencias que no se ajusten a los prejuicios iniciales.

Si tomamos en consideración la veneración casi enfermiza de los norteamericanos por el triunfador individualista hecho a su aire y sin cortapisas éticas de ningún tipo, se comprende que el malestar del ciudadano norteamericano de la vapuleada clase media encuentre en el discurso de personajes como Trump la vía de redención anhelada desde el comienzo de la gran crisis del siglo XXI.  Donde en Europa el discurso antisistema  tiene tintes claramente ideológicos de derecha o de izquierda, en USA la animadversión hacia Washington y todo lo que representa se traduce en un discurso basado en unos presuntos valores esenciales norteamericanos ajenos a los provenientes de la vieja Europa. Y desde luego, en la vieja expresión heredera de la doctrina Monroe: “América para los americanos”, donde el concepto de americano se basa, cómo no, en un prejuicio inicial centrado en los descendientes WASP y asimilados.

Claro que hoy los WASP son minoría, y no deja de tener su gracia que montones de gentes con apellidos centroeuropeos, eslavos, italianos o hispanos reclamen para sí una la exclusiva de una americanidad que hace menos de cien años les estaba vetada. Sin embargo, el discurso radical norteamericano que Trump utiliza sigue siendo el mismo de siempre en tiempos de crisis. Donald no necesita de ideología alguna (aparte de que carece de ella): su sola imagen de triunfador fabricado a sí mismo al genuino estilo yanqui es más que suficiente para enardecer a las masas enfurecidas por el empobrecimiento y la desilusión.

El problema con magnates como Trump es que ninguno de sus seguidores analiza fríamente su currículo para comprender hasta qué punto pretenden hacer presidente del país más poderoso -y por tanto, más peligroso si cae en malas manos- del mundo a un individuo cuyos referentes morales son inexistentes. Siempre le ha bastado con su osadía, sus tejemanejes y, por descontado, una falta total de empatía y compasión hacia sus adversarios. Especialista como pocos en la utilización del tonto útil como vehículo de su escalada personal, y en dejar  regueros de deudas que arruinaron la vida de miles de personas a lo largo de su trayectoria empresarial, es un prominente ejemplo de la escuela de empresarios depredadores y sin escrúpulos que según el autobombo yanqui al uso, hicieron grande a Estados Unidos.

En realidad, lo que hizo grande a los Estados Unidos fue que el país era enorme, sin explotar y  con una riqueza incalculable en materias primas. Una vez superadas las tensiones de la guerra civil, resultaba bastante obvio que en un territorio unificado de más de nueve millones de kilómetros cuadrados, de los cuales gran parte aún estaban sin explorar, era necesaria gente audaz dispuesta a todo para conquistar el país por su cuenta y riesgo. En Norteamérica todo era desmedido y las magnitudes normalmente usadas no servían. En los negocios sucedió lo mismo, y surgió así la saga de los “tycoons”, esos grandes magnates de los negocios que se enriquecieron (y de paso enriquecieron al país) de un modo explosivo, similar a un big bang.  Había muchos nichos por ocupar y explotar. Muchísimas oportunidades, que se resumen en el hecho de que en el censo de 1870 , había unos cuarenta millones de habitantes para un territorio inmenso, sólo superado por Rusia y Canadá, ambos mucho más inhóspitos y poco proclives a grandes colonizaciones internas.

Ése es el motivo del legendario self-made man norteamericano: poca población, mucho espacio para colonizar y muchas cosas por hacer. Infinidad de nichos en lo que enriquecerse con ninguna o muy poca intervención de los poderes públicos, que bastante tenían con controlar la costa este de la nación.  Y de la necesidad se derivó a la leyenda: América como tierra de oportunidades. Fue cierto en su momento, pero ahora el tercer país más poblado del mundo ya no tiene tanto que ofrecer a los desposeídos, salvo aprovechar la inercia creada por la enorme generación de riqueza desde mediados del siglo XIX. Sin embargo, la idiosincrasia norteamericana sigue vigente, con su alabanza perpetua del individualismo y del enriquecimiento personal como meta fundamental por encima de cualquier otra consideración.

Sucede ahora que hay bastante menos que repartir entre mucha más gente, y sin un cambio de óptica política eso se traduce en que el discurso programático de los conservadores, en vez de optar por ser regenerador, pasa a ser directamente reaccionario y se convierte en excluyente y agresivo frente a los supuestos enemigos de la nación. Y para sustentar un discurso así, nadie hay mejor que un magnate al estilo Trump. Un viejo tramposo y sin escrúpulos que además ha edulcorado su biografía hasta límites insospechados. Así lo ha reconocido recientemente Tony Schwartz, coautor del éxito de ventas de los ochenta “The Art of Deal”, que era un panegírico de autobombo a la figura de Trump y su estilo de hacer negocios que contribuyó de forma decisiva a hacer de ese individuo un mito que al fin lo ha llevado al umbral de la Casa Blanca. El bueno de Schwartz dijo literalmente: “le puse lápiz de labios a un cerdo” según confiesa, entre compungido y arrepentido, en una entrevista en The New Yorker.

Lo cual nos lleva, como siempre de forma circular, a esa nefasta alianza entre los medios de comunicación y los todopoderosos señores de las negocios, que les permite modelar su figura pública como si de cirugía estética del alma se tratara. Una técnica, la del márqueting político desvergonzado y lleno de prejuicios, en la que los padres fundadores fueron los propios norteamericanos, necesitados de luminarias que vender adecuadamente. Y a falta de contenidos respetables, se limitaron a cuidar mucho los envoltorios y la publicidad, disciplina de la que innegablemente Trump es un maestro avanzado.

Así que resulta comprensible que personas como Trump aparezcan en tiempos de tribulación arremetiendo contra el sistema. La diferencia con sus equivalentes europeos es que Trump y compañía son quienes son gracias al sistema que tanto atacan. Trump se presenta a si mismo como un redentor para volver a los principios fundacionales de la patria, que él considera desvirtuados por Washington. En realidad, Trump es deudor y tributario de ese mismo sistema que con tanta saña vitupera. Ese sistema que le ha permitido enriquecerse no una, sino varias veces después de sendos descalabros. Y resulta contradictorio en grado sumo que sea uno de los hombres más ricos del país quien pretenda iniciar una revolución política cuyo horizonte se basa sólo en improperios contra todo lo ajeno al american way of life, y en amenazas contra las etnias, religiones y convicciones que parecen bíblicamente tachadas de impuras en un yanqui genuino.

Trump no es más que un follonero con dinero y soberbia suficiente para presentarse a ocupar la Casa Blanca. Es cierto que dice públicamente lo que muchos piensan en privado, pero eso  no justifica nada. Mis pensamientos son muchas veces totalmente vergonzosos, como los de cualquier lector. En demasiadas ocasiones mi actitud política es sesgada, teñida de prejuicios y sostenida por un egoísmo tan rampante como injusto. Pero son opiniones privadas, no un programa político para sacar adelante a la nación más poderosa del mundo. Un estadista debe abstenerse de soflamas en las que lo único que pretende es incendiar el corazón de los ciudadanos en beneficio de sus intereses personales y de su ambición desmedida. El discurso ultra y excluyente de Trump recuerda mucho al de los bárbaros seguidores de Milosevic (y de Tudjman) en los Balcanes de hace una veintena de años, con la diferencia de que en manos de Trump, el destino del mundo puede ser terriblemente más atroz. Así que recemos porque su singladura acabe en un buen trumpazo a los pies de la escalinata presidencial.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Me Río de Janeiro

A un par de días del inicio de los  Juegos Olímpicos, lo auténticamente olímpico es lo hilarante, incongruente y sumamente insatisfactoria que resulta la exclusión de los atletas rusos de la competición. No sólo porque se liquida de un plumazo un principio jurídico válido en todos los ámbitos administrativos y jurídicos, como es el de la presunción de inocencia –lo cual ya es gravísimo de por sí y pone sobre el tapete que existen razones ocultas para semejante castigo- sino también porque sienta el enésimo precedente de una decisión política en un campo, como el deporte, que presume de ser absolutamente apolítico. Lo cual es una mentira de tomo y lomo, aunque los dirigentes del deporte mundial se ensañen con los seguidores barcelonistas que pretenden ondear banderas independentistas en los estadios, con la consiguiente sanción de la UEFA por exhibir “enseñas de carácter político”. Los hay que llevan las gónadas arrastrando por el suelo, parejas a la enormidad de las contradicciones que asumen sin pestañear siquiera.

Y es que, para qué negarlo, la decisión de impedir la participación de atletas rusos en Río es puramente política, que es lo mismo que decir que contaminada por intereses totalmente ajenos al deporte. Forma parte de la larga secuela de castigos occidentales a Rusia por la guerra de Ucrania y, sobre todo, por la anexión de Crimea. De ahí, que Putin, que tiene de tonto lo que yo de astronauta, se lo haya tomado con la habitual gelidez soviética de la que es heredero. Seguramente habrá exclamado un castizo “ahí me las den todas” pero en versión moscovita, porque no se le ha visto muy apesadumbrado que digamos. Como si ya lo hubiera dado por descontado con suficiente antelación. Y a fin de cuentas, las bajas colaterales de la política exterior rusa se dan también siempre por descontadas, ya desde los tiempos del padrecito Stalin. Y si son atletas, pues  se les pone una dacha, se les eleva a la categoría de héroes nacionales y santas pascuas.

Y  es que si yo estuviera en el lugar de Putin me haría mucha gracia la actitud del movimiento olímpico, sobre todo teniendo en cuenta que el último documental de la cadena alemana ARD sobre dopaje en el mundo del atletismo (Dopaje-Alto Secreto: la Cara Oculta del Atletismo) saca a  la luz que el problema no es del atletismo ruso, sino de todo el montaje, y de la Federación Internacional (IAAF) en primer lugar. Porque sonroja ver como la cadena germana nos enseña con pelos y señales como el dopaje es sistemático en Kenia, una de las grandes potencias mundiales del atletismo. Y como, tras una filtración de una base de datos con miles de análisis de atletas de élite de todo el mundo, dos expertos coinciden en que presentan tasas sumamente anormales de sus valores sanguíneos en un porcentaje de muestras muy superior a ese raquítico uno por ciento que da positivo en los controles rutinarios. Si acaso más bien nos encontraríamos con el diez o el uince por ciento. Lo más escandaloso del asunto es que, obviamente, si el análisis se centra en la cima de la élite mundial, el porcentaje podría llegar a ser de más de una tercera parte de análisis sospechosos.

Eso sin tomar en consideración el caso de otra potencia olímpica sensacional, como es la opaca China, cuyos deportistas en general están adquiriendo un estatus de superestrellas a una velocidad poco compatible con el desarrollo general del deporte en su país. Lo cierto es que la IAAF dedica muy pocos recursos al control del dopaje en relación con su presupuesto anual. Aún más cierta es la tremenda influencia de las grandes marcas comerciales en los eventos deportivos, de los que se han convertido en los principales patrocinadores. Y esos multimillonarios patrocinios requieren de un espectáculo fenomenal que genere muchos derechos televisivos y muchas compras de zapatillas y camisetas.

Y un espectáculo sin récords mundiales y sin hazañas portentosas, se viene abajo rápidamente. Hay multitud de récords atléticos que no han sido superados veinte o  treinta años después, y ya se da por hecho que fueron obtenidos bajo la influencia de sistemas de dopaje sofisticados, o bien por la negligencia más o menos interesada de la IAAF. Hay muchos casos clamorosos, pero el que todos recordarán es el de la tramposísima Florence Griffith, cuyos récords de 100 y 200 metros  siguen vigentes. La susodicha falleció de forma fulminante a los 38 años de edad, seguramente por los excesos dopantes de su vida atlética. Lo más curioso de todo es que se retiró del atletismo en la cúspide de su carrera, muy poco después de sus aparatosos triunfos olímpicos y justo antes de que se modificara el sistema de controles antidopaje. Sin embargo, convertida en un ídolo norteamericano y mundial, la IAAF jamás se atrevió a cuestionar sus éxitos, ni siquiera cuando hubiera podido hacerlo años después de su retirada.

Y es que la IAAF y el mundo del deporte en general practican un doble juego muy interesado en este asunto del dopaje.  Por un lado, ejercen una gran presión mediática que realce su lucha contra el fraude deportivo, y de cuando en cuando, se cargan a unos cuantos deportistas de élite cuyos positivos son demasiado escandalosos. Pero por otra parte, son sabedores de que si meten mano de pleno en el asunto del dopaje les va a pasar como con el ciclismo profesional a finales de los años 90, que entró en un declive de espectadores horroroso tras las sucesivas revelaciones de dopaje de grandes campeones, que tuvieron como colofón la desposesión de todos sus títulos a Lance Armstrong. Al ciclismo le ha costado mucho recuperarse de aquel mazazo, y en parte lo ha hecho desde la instauración, en 2009, del pasaporte biológico, mediante el que se efectúa un seguimiento permanente de los valores sanguíneos de los ciclistas (por eso, el fraude en el ciclismo se ha desplazado al aspecto tecnológico: los motores eléctricos escondidos en el cuadro y las ruedas electromagnéticas son una realidad constatada). Pero al parecer, la IAAF no sabe ni contesta respecto a porqué en el atletismo no se ha instaurado todavía el pasaporte biológico, un motivo por el que se la acusa, no sin razón, de notable pasividad en este asunto.

Y es que si se instaurasen las medidas que proponen expertos en la materia, en los Juegos de Río no podría participar gran número de la cúspide atlética mundial, y no sólo los rusos. En los últimos veinticinco años, el atletismo profesional ha dado tal salto cualitativo en lo que a popularidad y remuneraciones se refiere, que se ha convertido en un negocio más que jugoso para todas las partes implicadas. Y a ver quién es el guapo que desmonta el tinglado. Así que ante las revelaciones del primer documental de la ARD, que sólo ponía en tela de juicio el dopaje sistemático en Rusia, se ha optado por una conveniente ceguera frente a las afirmaciones del segundo documental, que ya extendía  la sospecha a más países, y se ha optado por darle el palo a Rusia, no por ejemplarizante, sino porque era una cosa plenamente decidida de mucho antes. De cuando Occidente decidió ponerse al lado de los facinerosos de Ucrania para hacer frente al poderío ruso y su exhibición de músculo politico-militar.

Porque la alternativa habría sido suspender toda la competición atlética de los próximos Juegos Olímpicos hasta que se aclarase la cuestión del dopaje sistemático de las élites. Lo cual comprendo que hubiera sido un desastre en todos los sentidos, y especialmente en el económico, que no hubieran tolerado ni las todopoderosas marcas comerciales deportivas ni las grandes cadenas de televisión que han abonado los derechos de retransmisión. Así que lo mejor es darle el guantazo al que ya estaba previsto hacerlo, pasarle un paño por la cara al movimiento olímpico y dejar que las cosas vuelvan lentamente a su cauce.

La cosa irá así: tras los Juegos, se aprobarán medidas draconianas de seguimiento de los deportistas, instaurando –cómo no- el pasaporte biológico. Justo entonces, empezará a comentarse en pequeños corrillos que eso ya estará superado y que, por unos cuanto millones de dólares, se podrá usar un nuevo sistema indetectable de dopaje. Pongamos por caso el dopaje genético, del que ya hablé en una entrada anterior. Y todo volverá a empezar. Porque lo único sagrado en el deporte profesional es el dinero, y todo lo demás es accesorio, manipulable y convenientemente ocultable bajo una mullida alfombra de despacho en Mónaco, que no por nada es donde asienta sus reales la IAAF. Así que siéntense y disfruten del espectáculo olímpico pensando en que es como una de esas exhibiciones de pressing catch donde todo es muy aparatoso a la par que falso. Y, como ocurrió (y sigue ocurriendo) con el ciclismo, limítense a celebrar con sano escepticismo los podios y clasificaciones. Yo iré un poco más allá. Yo, directamente Me Río de Janeiro