miércoles, 20 de abril de 2016

El azar perturbador

Los Talebitas somos pocos, pero afortunadamente algunos son muy influyentes en el entorno científico, aunque sistemáticamente ninguneados por el sector económico oficialista, que de hacer suyos los postulados formulados por Nassim Taleb sobre azar, imprevisibilidad y fragilidad de los sistemas, verían peligrar la inmensa mayoría de sus inútiles pero extraordinariamente bien remunerados puestos de trabajo. De hecho, la boutade más espectacular de Taleb fue su petición pública para suprimir el premio nobel de economía, debido a las nefastas consecuencias reales de la majadería en que se han convertido esos laureles, en los que se premian estudios que en realidad no van ninguna parte, salvo a engordar el bolsillo de sus destinatarios.
 Taleb es un apasionado de la aleatoriedad, y de lo mal que nos manejamos con ella, lo poco que sabemos preverla, y lo mucho que necesitamos buscar patrones de regularidad donde en realidad no los hay. Es decir, nos inventamos regularidades para justificar nuestra necesidad de que el mundo responda a una predictibilidad concreta. Lo cual nos ayuda a sentirnos más seguros, pero no a estarlo de veras. En su libro Fooled by Randomness (desafortunadamente traducido al castellano como “¿Existe la suerte?”, como si hubiera alguna duda sobre el azar que gobierna nuestras vidas), Taleb hace un divertido y significativo estudio sobre las hazañas deportivas, y como (en gran medida) las grandes rachas son más aleatorias que otra cosa, lo cual vale tanto para el básquet como el béisbol y, por descontado, el fútbol; aunque él, como buen norteamericano, ni lo menciona.
 Uno de los grandes errores de la gente común consiste en considerar que una serie aleatoria implica que los datos han de estar repartidos de forma estadísticamente regular a lo largo de toda la serie, lo cual es una falacia de campeonato. Aunque es cierto que en una serie aleatoria de dígitos, si es suficientemente larga, estarán todos ellos representados de forma más o menos equitativa, no es menos verdad que dentro de la serie habrá muchos fragmentos en que determinados resultados se repetirán de forma que podríamos calificar de sorprendente. Cualquier jugador de ruleta sabe que, en promedio, a lo largo de una noche de juego, saldrá igual número de rojos que de negros. Pero también habrá visto como algunos se arruinaban la fiesta tras salir doce veces seguidas el negro mientras apostaban a  doble o nada al rojo.
 En versión barata puede reproducirse esta situación arrojando una moneda al aire cosa de quinientas veces. Muchos se sorprenderán al ver que pueden conseguirse rachas de hasta cuarenta caras seguidas o más, aunque el resultado global sea de casi empate entre caras y cruces. Este fenómeno, junto con el de regresión a la media (que es una constante de toda variable que forme parte de un sistema tendente al equilibro y que pueda medirse estadísticamente) nos da una explicación razonable a cosas aparentemente misteriosas.
 Por ejemplo, que el Futbol Club Barcelona haya cascado en la Champions, y esté a punto de tirar la liga por la borda tras haber encadenado treinta y ocho partidos seguidos sin perder. Y todo por culpa de una mala racha de cuatro partidos consecutivos perdidos. En realidad, lo que demuestra la estadística es que para un equipo determinado (con un presupuesto equis similar a lo largo del tiempo) el número de victorias y derrotas por temporada es bastante similar a lo largo de una serie histórica. Eso sí, puede encadenar cuarenta victorias consecutivas y en un momento determinado proclamarse campeón de toda competición que se le cruce por delante; pero antes o después volverá a perder partidos en número suficiente como para equilibrar la estadística, regresar a su valor medio y -si le ocurre en mal momento- perder toda oportunidad de conseguir títulos. El azar siempre está presente, y más en un sistema multivariable como es el deporte de equipo, aunque lo dicho también es válido para los deportes individuales, en los que el azar y la regresión a la media se han constatado infinidad de veces.
 Es obvio que no sólo el azar gobierna nuestras vidas, pero también lo es que siempre infravaloramos en exceso la suerte (buena o mala) que acompaña a todos nuestros actos. Y esto es así porque hay mucha gente que se gana la vida dibujando mapas del éxito (y sus simétricos mapas del fracaso), como si existieran recetas para triunfar en cualquier actividad. Lo que hace falta para triunfar en un reto difícil son dotes y un montón de azar en forma de buena suerte (o hacer trampas, que es recurso pocas veces mencionado en los libros de autoayuda). Y lo que menos falta hace son mapas o recetas. Porque como dice Taleb, es mucho mejor moverse sin mapa que con un mapa equivocado. Porque sin mapa, al menos seremos prudentes y tantearemos, y aunque existe la probabilidad de extraviarnos, también existe la de conseguir llegar a nuestras metas. Pero con un mapa equivocado, a buen seguro que nos perderemos en el cien por cien de las ocasiones (cosa que, por otra parte, saben bien quienes alguna vez han confiado ciegamente en las indicaciones del GPS para acabar con el coche en medio de un descampado que “no estaba ahí”).
 Así que los analistas futbolísticos pueden dejar de romperse los cascos buscando explicación al desastre del Barça en este mes de abril Sencillamente, el azar y la media histórica ponen las cosas en su sitio. Lo que sucede es que no es lo mismo perder cuatro partidos repartidos equitativamente entre cuarenta jornadas (digamos uno cada diez encuentros) que perderlos todos seguidos, por la sencilla razón de que las expectativas que se crean (y que se pierden) son radicalmente distintas en un caso y en otro, aunque estadísticamente sean idénticos. Y al que no crea en ello, le recomiendo que analice las tablas de triunfos y derrotas de la liga, coteje la serie histórica desde 1990 y se sorprenda de la regularidad que aparece en el trasfondo, con sus subidas y bajadas y sus regresiones a la media.
 Y es que la mente nos juega malas pasadas intentando dibujar un mapa del mundo en el que las cosas tengan una explicación empírica y sistemática, como si el caos y lo aleatorio no tuvieran cabida. Nos aferramos a clavos ardientes y ajustamos nuestras percepciones a ello, aunque objetivamente eso sea del todo ilusorio. Sólo así se explica la satisfacción que produce remontar una mala temporada y la frustración que causa tener un bajón, aunque en la línea de meta estemos igual en un caso que en otro. Por eso, psicológicamente (y sólo psicológicamente, aunque la gestión de las emociones tenga una notable influencia en el desempeño nuestras actividades) es mucho mejor empezar mal una actividad cualquiera (una competición deportiva, un máster en ciencias exactas o la jornada laboral) y acabarla bien, que a la inversa, aunque el resultado final sea el mismo en un caso que en otro. Así se comprende la euforia deportiva de los clubes que han estado bordeando el descenso de categoría durante la temporada para acabar salvándose y quedar –como cada año- en la parte media de la clasificación. Justo al contrario de los que han comenzado a lo grande, ganando lo impensable, para después acabar donde siempre, es decir, en la misma zona media de la tabla.
 Por cierto, en situaciones de fragilidad manifiesta es donde el poder del azar se manifiesta de forma más contundente, por la sencilla razón de que lo aleatorio se manifiesta con mayor intensidad cuantas más variables influyan y menos predecibles sean. Hay un ejemplo fascinante al respecto: una piedra de cinco kilos de peso será difícil que se mueva un metro en un año, salvo si algún fenómeno meteorológico intenso la afecta (una riada, por ejemplo). En cambio, los mismos cinco kilos de material pétreo, pero desmenuzados en arena, acabarán repartidos en un radio de decenas de metros a cabo de poco tiempo. Lo aleatorio se manifiesta de forma notable en situaciones de fragilidad, inestabilidad y con muchas variables en juego. Eso es, precisamente, lo que está sucediendo en España en este momento político. De modo que resulta totalmente estúpido ponerse a hacer predicciones (salvo las interesadas, que no son más que globos sonda o  manipulaciones mediáticas del sentir popular) sobre el resultado y consecuencias de unas posibles elecciones generales en junio.
 Igual de estúpido y azaroso que predecir quién ganará la liga cada año. Y por favor, que nadie crea aquello tan infantil de que gana el mejor. Determinar el mejor sólo puede hacerse con un número significativo de jugadas, cosa que saben muy bien en la NBA, y por eso las finales se juegan a la friolera de siete partidos. Aunque seguramente, si se hiciera al mejor de veintiún encuentros, o de noventa y nueve, el resultado sería sorprendentemente ambiguo. Para nuestra frustración, una repetición suficientemente larga nos daría el habitual cincuenta por ciento de triunfos para cada equipo. Por eso, el deporte (y la política) se apañan para que parezca que existe un resultado seguro: nos dan siete partidos porque parece más objetivo que una final a un solo encuentro y porque con un número impar de opciones no puede haber empate, pero en realidad lo que estamos haciendo es acercarnos a lo puramente estocástico: cuanto más intentemos afinar, más cerca nos encontraremos de la probabilidad del cincuenta por ciento (salvo que uno de los dos equipos sea de escolares imberbes, cosa harto improbable, por otra parte).
 Porque cuando las fuerzas están igualadas y el sistema no contiene grandes asimetrías, el resultado final depende, sobre todo, del azar. Lo cual vale tanto para el fútbol como para la política. De hecho, ambos son espectáculos tan similares como deleznables, en los que unos cuantos aupados sobre los hombros del pueblo explotan las emociones y debilidades de una gran masa en provecho propio. Los unos se enriquecen  fabulosamente en la misma medida en que los otros se cuecen en la miseria intelectual y psicológica de ser sistemáticamente engañados y manipulados para dar rienda suelta y satisfacción al instinto grupal, excluyente y competitivo hasta la agresión que llevamos grabado en nuestros genes.  

jueves, 14 de abril de 2016

Conde

Mario Conde otra vez. Parece que la historia está condenada a repetirse en cada ciclo político, poniendo de manifiesto que los escenarios pueden variar, pero los guiones siguen siendo los mismos. Y algunos de los actores, empeñados en repetir cartel. Lo cierto es que, con independencia de los circunstancias puntuales del momento, los roles asumidos por los distintos estamentos político-económicos no se modifican sustancialmente por muchos años que pasen y por más escándalos que se aireen.
 La conclusión, desalentadora, es que la fenomenología de la inmoralidad pública y privada es invariable y consustancial a la democracia. La única ventaja de que gozamos hoy en día es que las cosas se ventilan públicamente en los medios de comunicación, y que podemos opinar sobre ellas libremente sin temor a que la policía política se persone en nuestro domicilio a altas horas de la madrugada. Pero esa mayor transparencia informativa no se traduce en un cambio profundo de la manera de entender la política y sus implicaciones en la economía. Y no tiene visos de variar significativamente en el futuro, próximo o lejano.
 Cualquier interesado en la historia de las democracias occidentales puede constatar que la corrupción es casi un paradigma inherente a la democracia, y que las herramientas para luchar contra ella nunca han sido suficientemente efectivas como para hacer desistir de las prácticas ilícitas a los avispados que siempre meten cuchara en el cazo común. Y es que también parece un paradigma de cualquier sociedad –con independencia del régimen político que la corone- que el ansia de poder crea fuertes alianzas entre los gestores de lo público y el mundo económico, no sólo para favorecer los intereses globales de unos y de otros, sino para el enriquecimiento personal  a cualquier precio.
 Donde el precio lo fijan los muchos bufetes especializados en la evasión de capitales y de impuestos (tanto da que se trate de evasiones legales como que no, pues lo fundamental –ya aludido en la anterior entrada de este blog- es la moralidad de las actuaciones en relación con el resto de la ciudadanía). En este sentido, las andanzas del señor Conde no son más censurables que las de cualquier otro. Lo que sucede es que a Conde lo tienen enfilado, y a otros no (por el momento). Y es que la búsqueda de responsables de delitos económicos tiene un clarísimo componente político, en el que la agenda del gobernante se rige por criterios de dosificación extraordinariamente calculados y complejos. No hace falta ser un conspiranoico convencido para suponer que el recientísimo castigo al expresidente Aznar por unas irregularidades en la gestión impositiva, aireadas por el propio ministro Montoro, son una manera de ejemplificar que el interés electoral del momento aconsejaba poner patas arriba las finanzas del presidente de honor del PP a fin de dar una imagen de imparcialidad y transparencia de la Agencia Tributaria (que nadie ha discutido nunca) y de los políticos que la dirigen y manipulan (cosa mucho más cuestionable).
 Quiero decir que ahora le venía bien a Montoro y sus mayorales dar a entender que la Agencia Tributaria no hace distingos, aunque todos sabemos que no es así, como bien puso sobre el tapete la bochornosa conducta de los mismos implicados en el caso de la Infanta Cristina, a quien se ha querido exonerar de toda culpa fiscal al precio que fuera. Y eso fue así no por culpa de la Agencia Tributaria, como ya protestaron enérgicamente los órganos representativos de los inspectores de hacienda en su momento, sino porque en el caso de la infanta estaba en juego la estabilidad de la monarquía (es decir, todo el tinglado constitucional sobre el que se vertebra el estado), y en el caso de Aznar lo que está en juego es la credibilidad del PP en su lucha contra las irregularidades tributarias.
 Ejemplo nítido de doble moral (como casi cualquier asunto que pasa por las manos del ministro de hacienda en funciones) y de que, en realidad, el control del poder tiene muy poco de democrático, y aún menos de moralmente aceptable. Y es que el problema no es que aquí delinca mucha gente, sino que está profundamente enraizado en lo más hondo del sistema el principio de que cualquier medio vale para conseguir los objetivos de las élites gobernantes. Y que esos objetivos no tienen porqué atender a nobles finalidades de interés general, sino antes al contrario, a la conservación partidista e incremento de las cuotas de poder político y económico, en una guerra brutal y francamente sucia para el reparto de las porciones correspondientes al más puro estilo mafioso. La única diferencia es que con la mafia sabe uno a qué atenerse (a fin de cuentas son hombres de honor,  aunque su concepto del honor se desvíe bastante del comúnmente aceptado) mientras que con éstos que nos gobiernan nunca se sabe ni cuándo, ni dónde ni como nos van a dar la siguiente puñalada. Porque para ellos el honor y la moral son auténticos estorbos, minucias a las que merece la pena eludir (o al menos intentarlo) porque si lo consiguen el premio es demasiado sabroso como para dejarlo escapar.
 Así que cuando merece la pena arriesgarse para hacerse fabulosamente rico o increíblemente poderoso, la solución no pasa por endurecer el código penal, que ya tiene 616 artículos y es más largo e increíblemente más farragoso que el Antiguo Testamento (que ya es decir), sino por un cambio genuino en las percepciones individuales y colectivas sobre lo que es aceptable y lo que es moralmente reprobable. Y en ese sentido no vamos por buen camino, ni en España ni el resto del mundo occidental. También en ese sentido resulta comprensible el resurgir de una extrema derecha internacional con afán regeneracionista. A fin de cuentas su argumento simplificador pero no menos hiriente es que antes de las democracias podía haber corrupción, pero al menos la controlaba el dictador de turno y sólo beneficiaba a unos pocos (proporcionalmente), mientras que ahora parece como si el pastel económico fuera asaltado desde muchos y muy variados frentes, de forma que el saqueo de lo público se ha institucionalizado y generalizado de un modo inconcebible en el régimen anterior.
 La tarta económica ha crecido en los últimos cuarenta años, pero el número de ratones decididos a rapiñarla se ha incrementado exponencialmente. Y eso no es culpa de unas leyes laxas o de una justicia blanda. Al paso que vamos, en este país, que prohíbe constitucionalmente la cadena perpetua pero la sustituye por el eufemismo de la prisión permanente revisable (a saber cómo, por quien y en qué condiciones de arbitrariedad), me juego los restos a que podríamos institucionalizar la pena de muerte por delitos económicos y el número de casos de corrupción no descendería significativamente (del mismo modo que el progresivo endurecimiento de las leyes penales en USA no ha reducido la delincuencia en las calles). Y es que los problemas sociales no se resuelven con leyes penales (o al menos, no solamente con leyes penales). En un sistema político tan permeable como la democracia de partidos, con tantas fisuras y recovecos, siempre habrá espacio para los sinvergüenzas que, como Conde, no sólo se llevaron dinero a espuertas, sino que después se apresuran a dar lecciones de moral económica a través de todos los altavoces mediáticos de los que han dispuesto (léase Intereconomía, entre otros).
 Es ésta una táctica de todos los corruptos, la de ser quienes más chillan en pro de la moralidad pública (como Il Cavaliere en Italia) que suele rendir buenas rentas a quienes la practican -en el colmo del cinismo- arrojando sobre los demás las toneladas de estiércol que ellos mismos producen a diario sin el menor recato. Dime de qué presumes y te diré lo que te falta: el acervo popular casi siempre acierta en sus refranes, pero sin embargo  el ciudadano de a pie sigue cayendo una y otra vez en las redes de estos encantadores de serpientes que, como Conde, no contentos con el poder económico, pretenden auparse a hombros del electorado montando su propio partido político para tratar de obtener también una buena cuota de poder político que les haga inmunes a cualquier investigación sobre sus turbios negocios. Menos mal que esta jugada no le salió bien al bueno de Mario
 Y a todo esto, hoy, aniversario de la proclamación de la república, nos queda la duda de si otra articulación del estado hubiera servido en el pasado o sería de utilidad en el futuro para impedir  esta degeneración pública de la moral privada. Y ciertamente creo que no, porque el mal está enraizado muy hondo en nuestra concepción de la sociedad, a la que se ve más como un estorbo para el cumplimiento de las aspiraciones individuales que como un esfuerzo común para hacer un país mejor. En general, nos importa muy poco el daño colectivo que podamos causar si un acto en concreto nos reporta beneficios individuales que no es probable que sean castigados de inmediato. El sistema neoliberal será todo lo democrático que se quiera, pero la conjunción de pdoer, dinero e individualismo feroz conforma una tríada maléfica de la cual casi ninguna moralidad escapa indemne.
Por eso Mario Conde es el símbolo de la persistencia de unas actitudes que -soy pesimista- no desaparecerán en el futuro. Y como dice la sabiduría antigua: los pueblos que no aprenden de sus errores, están condenados a repetirlos.  O lo que es lo mismo, Conde tendrá muchos y muy variados herederos en el futuro, que continuarán haciendo de las suyas para nuestra vergüenza, y ustedes saben bien por qué. 

jueves, 7 de abril de 2016

Panamá, entre lo legal y lo inmoral

Legalidad y moralidad no suelen ir de la mano, por mucho que los legisladores pretendan que los actos legales son siempre ajustados a la moralidad. Esto es así porque en muchos casos se legisla de un modo francamente sesgado, bien por omisión de determinados conceptos, bien por desproporción entre el concepto jurídico y la realidad social, o bien, en definitiva, por una falta de adecuación jurídica a las necesidades cambiantes de la sociedad civil. De ahí que muchos aspectos de las leyes se perciban como injustos o favorecedores de actuaciones poco éticas o francamente inmorales, como sucede habitualmente en las prácticas de los expertos mercantiles y tributarios tendentes a encontrar fisuras o agujeros en la legislación que les permitan hacer cosas que en general no están al alcance del común de los mortales. Es ese viejo estereotipo (pero no por ello menos cierto) de que quien tienes dinero suficiente para pagar un buen abogado especialista, siempre podrá encontrar un resquicio legal para satisfacer sus intereses; pero si se es un pelagatos que no tiene donde caerse muerto, lo más probable es que la justicia  le aplaste con todo el formidable peso de la ley, en seco y sin anestesia.
 Que la legalidad resulta tremendamente opresiva e injusta resulta bien patente cuando examinamos el código penal y atendemos a las diferentes penas según la calificación de los delitos. Que por robar un par de yogures en un supermercado te puedan caer un par de años a la sombra, mientras que al defraudador de un par también, pero de millones de euros, se salde la cuestión  con una multa y una condena menor es algo que todos hemos visto hasta la saciedad en los medios de comunicación. En el ámbito penal, las barbaridades en la aplicación estricta de la ley suelen resultar conmovedoras, pues es fácil apreciar cómo las percepciones cambiantes de la sociedad se traducen, muchas veces a destiempo, en un endurecimiento o relajación de las penas de una forma  carente de congruencia con el resto de delitos tipificados en el código, según el legislador quiera congraciarse con su electorado sin atender a un principio general de proporcionalidad criminal.
 Al tratar de objetivar toda conducta ilícita, la tozuda realidad nos demuestra que los tipos penales dependen en gran medida de supuestos de partida puramente ideológicos, sin relación ninguna con el daño real que esas conductas ilícitas puedan causar en sí mismas, y sobre todo sin tener en cuenta que una sociedad tan compleja como la actual no está preparada para el reduccionismo (a veces hasta el absurdo) con el que las leyes contemplan los castigos por conductas ilegales. De este modo llegamos a conclusiones tan aberrantes como que determinados delitos de sangre tengan penas inferiores a según qué delitos puramente ideológicos (como el de apología del terrorismo, que exige una apreciación tan extraordinariamente subjetiva que en última instancia depende del dolor de muelas que padezca esa mañana el magistrado de turno).
 Pero lo que más llama la atención de los sistemas legales represivos no es su asimetría interna (que ha llegado a algunos a apreciar que tal como están las cosas sería mejor volver al Código de Hammurabi, que institucionalizó el sistema de reciprocidad en las penas, es decir, la ley del talión, antes que seguir con este desbarajuste en que se ha convertido la legislación penal en casi todas partes, de tanto atender intereses contradictorios y surgidos de la urgencia o la presión mediática del momento), sino su asimetría externa. Es decir, su diferente grado de aplicación en función del estamento al que pertenezca cada individuo. Es aquí donde se manifiesta en todo su esplendor el alejamiento entre legalidad y moralidad; de hecho, la moralidad llega a quedar totalmente desfigurada  frente a lo previsto por la ley.
 Este caso  está teniendo reconocimiento mundial estos días a raíz de los Papeles de Panamá. Como se han apresurado a vomitar los interesados en todos los medios y de todos los modos posibles, la tenencia de cuentas y sociedades en paraísos fiscales no es necesariamente ilegal. Tampoco hacía falta que nos lo dijeran, pues casi todos somos conscientes de ello. Y somos conscientes en un sentido muy concreto, que nos lleva a considerar que existen dos clases de reglas de conducta lícitas; una para las élites ricas, y otra para todos los demás. Donde los demás tenemos que pasar por el ojo de la aguja administrativa o judicial por un quítame allá esas pajas y soportar que Hacienda nos dé un revolcón por una diferencia de cincuenta euros en la declaración de renta, mientras que los ricos pueden escaquear –legalmente, eso sí- una porción más que sustancial de su patrimonio al escrutinio de las autoridades fiscales, gracias a la constitución de las célebres SICAV u otros artilugios de ingeniería fiscal.
 Es aquí donde el concepto de la moralidad de los actos lícitos trastabillea y cae finalmente de bruces. Porque gracias a esta época de redes sociales y difusión global e instantánea de la información, todo el planeta es consciente de que el problema de los paraísos fiscales es que están diseñados desde una perspectiva totalmente inmoral, y que  por mucho que se amparen en la legalidad de las actuaciones, crean una distorsión tremenda en el trato fiscal de los ricos y de los pobres. Y  eso es así en todo el planeta, sin excepción alguna.
 Resulta obvio concluir que esto está sucediendo porque el legislador suele estar a sueldo (o directamente bajo la bota) de quienes detentan el poder económico, y por tanto, se legisla bajo la directriz principal de no perjudicar al poderoso. En cuestiones fiscales, ya es de sobra conocido el viejo dicho de que “es mejor cobrar un poco de muchos, que recaudar mucho de unos pocos”, como si dicho argumento validara todo el cinismo e hipocresía con los que Montoro y sus secuaces tratan a los ciudadanos corrientes y molientes. Por supuesto, ese es el típico sofisma pragmático y utilitarista que tiñe gran parte de las legislaciones fiscales occidentales dejando totalmente de lado a cualquier consideración de índole moral. De modo que, con el paso de los años, la brecha entre legalidad y moralidad se convertido en un abismo insalvable.
 Los medios han reproducido en grandes titulares la existencia de estas sociedades instrumentales creadas por el bufete panameño como si fuera una gran novedad (lo cual resulta muy sospechoso), pero muy pocos han incidido en que el problema no debe debatirse en el ámbito de lo que es legal, sino de lo que es moralmente aceptable. Y del mismo modo que yo, trabajador por cuenta ajena, no puedo percibir mi sueldo en una sociedad offshore y disfrutar de la evasión legal de impuestos que ello significa, habría que cuestionarse por qué los ricos están autorizados a ausentarse de cualquier conducta moral en lo relativo a su tributación y contribución al sostenimiento del estado en cuya bandera suelen envolverse cuando les interesa (que es justamente cuando tienen algo a ganar, ya todos somos conscientes de que el patriotismo de los millonarios sólo se exacerba cuando se trata de engordar su cuenta corriente).
 Porque mucho perorar sobre la unidad e indivisibilidad de la patria, pero ni hablar de poner del propio bolsillo para sostenerla, y mucho menos de la unidad e indivisibilidad del esfuerzo tributario. Lo de contribuir cada uno según su riqueza relativa sólo es válido para los pobretones asalariados y los autónomos de medio pelo. Y ahora, que esa tremenda discrepancia entre el discurso oficial y la realidad fiscal se ha hecho por fin patente con luz y taquígrafos, que nadie espere cambios sustanciales. Si los mismos que legislan son propietarios de múltiples sociedades offshore resulta difícilmente creíble que tengan el menor interés en luchar de forma efectiva contra los paraísos fiscales y la evasión legal de impuestos (por cierto, el término "evasión" se usa mucho en USA, pues por muy legal que sea, se trata de evadir el pago de los tributos que corresponderían en función del nivel de riqueza).
Como ya se ha visto en otras ocasiones, la lucha oficial  contra la opacidad fiscal y financiera solo sale a la palestra cuando se trata  de aflorar el dinero procedente de actividades francamente ilegales, como el tráfico de estupefacientes. Que nadie se llame a engaño: cuando los estados diseñan ofensivas de este tipo (como la que acabó con la banca Privada de Andorra a instancias de los todopoderosos Estados Unidos de América) no se atiende a cuestiones morales, sino sencillamente a todo un enorme sumidero de dinero negro que escapa al control del establishment económico, que a su vez controla a los poderes públicos. Es decir, sólo se persigue a los outsiders, no por delincuentes ni por inmorales, sino por no seguir las reglas del juego de los ricos de siempre.
 Así que la consecuencia principal de todo lo que ha salido a la luz estos días es que no va a suceder absolutamente nada. Tras la crisis financiera del 2008 que hizo tambalear el orden económico mundial todos los dirigentes occidentales clamaron a voz en grito que “nunca más”  y que se tomarían medidas para castigar a los responsables y para que no volviera a suceder cataclismo semejante, sin que hasta la fecha se haya movido un dedo en dicho sentido. Ahora sucederá exactamente lo mismo: habrá mucha palabrería hueca y mucha declaración altisonante y –salvo cuatro cabezas de turco cuidadosamente escogidas para mayor gloria electoral del gobierno de turno- los demás seguirán haciendo exactamente lo mismo que ahora sin inmutarse lo más mínimo. Porque saben perfectamente que la moralidad es cosa de imbéciles e idealistas. Y que lo que cuenta es el dinero, preferiblemente oculto y a salvo de cualquier intervención estatal.
 Por eso, cuando veamos esos conmovedores anuncios en los que hacienda nos instiga  a declarar hasta el último céntimo y ser intolerantes con la economía sumergida, más vale que todos y cada uno de los ciudadanos se cuestione, al menos, la dudosa moralidad de semejante mensaje. Yo, por mi parte y aún a riesgo de ser acusado de sedicioso y castigado de forma ejemplarizante, seguiré tratando de que mi fontanero me cobre las reparaciones de casa sin el IVA. El IVA que lo paguen Mossack & Fonseca y sus clientes y amigos.

miércoles, 30 de marzo de 2016

La huella medioambiental

Ser respetuoso con el medio ambiente parece una tarea relativamente sencilla, pero en realidad es mucho más complicada de lo que suponemos a primera vista. Ante todo, requiere de un grado de implicación que va mucho más allá de los gestos a los que nos hemos ido acostumbrando estos últimos años, como ahorrar agua, reciclar desechos o usar menos el vehículo privado en nuestros desplazamientos. Resulta descorazonador profundizar en las causas reales de los problemas medioambientales actuales y constatar que en el ideario del perfecto ecologista al uso, el que sigue atentamente las causas que abanderan Greenpeace o WWF,  es una aportación esforzada que  en realidad no sirve de gran cosa. Ni siquiera multiplicando cada esfuerzo individual hasta convertir a toda la población mundial al catecismo ecologista vigente se conseguiría una mejora notable en cuanto a emisiones de gases, deforestación o agotamiento de recursos hídricos.
 Así pues, estamos con que el ecologismo político –que poco tiene que ver con el medioambientalismo científico- nos imparte una serie de “obligaciones” para con la madre Tierra que son muy loables, por supuesto, pero cuyo impacto en el freno de la destrucción del entorno es muy poco apreciable, incluso si se aplican masivamente. De este modo, el ecologismo militante se ha convertido en una especie de lavadero de conciencias, donde incluso los más puristas y radicales no hacen más que gestos voluntariosos pero poco efectivos. Si alguien pretende apagar el incendio de un edificio con cubos de agua, puede llegar a sudar muchísimo por el esfuerzo y a estar sumamente convencido de su contribución a la extinción del fuego, pero su impacto sobre las llamas será mínimo. Y aunque pongamos a miles de personas a arrojar cubos de agua en el edificio en llamas, si se trata de algo así como el Empire State resulta más que evidente que tanto esfuerzo, aunque sea el de toda la población, no servirá de nada. Si acaso para retrasar algo –no mucho- la destrucción total del edificio.
 Aunque parezca increíble, casi todas las organizaciones ecologistas están preconizando este tipo de ecologismo, consistente en tirar cubos de agua a un fuego de dimensiones colosales. Algunos argumentan que para seguir a una fase posterior, de mayor envergadura y alcance, se precisa que primero pasemos por los pequeños pasos del reciclado diario, de poner ladrillos en la cisterna del váter y de salir a hacer la compra en bicicleta. El problema de ese tipo de programas es que requiere de mucho tiempo, pues la pedagogía social es lenta, incluso cuando se trata de actuaciones que no requieran un gran esfuerzo o sacrificio por parte del ciudadano común. Y sucede que de lo que carecemos es de tiempo real para evitar una catástrofe que afectará a las generaciones inmediatas, y que sólo puede resolverse atajando los males de raíz.
 Eso implica enfrentarnos a costumbres que van mucho más allá de nuestra inveterada querencia por la comodidad. Significa afrontar cambios radicales en las pautas de consumo en occidente. Tan radicales que a muchos les parecerá inaceptable lo que está por venir. Tan radicales que los sectores económicos afectados harán todo lo posible por impedir que se lleven a cabo, aunque ello sea a costa de un desastre masivo en un futuro no muy lejano. Y esto es así ya hoy en día, donde a los activistas contra la deforestación brasileños se les mata casi impunemente desde hace décadas, por oponerse a las industrias que explotan salvajemente los recursos naturales de la Amazonia.
 Pero no hace falta ir tan lejos, porque esas industrias, las agroalimentarias, operan en todos los demás países y a todos los niveles. Y resulta sorprendente constatar (como ha dictaminado la ONU y también la no gubernamental WorldWatch Institute) como la industria agroalimentaria, y en concreto, la que se dedica a la cabaña ganadera, son infinitamente más responsables de la contaminación atmosférica, de la deforestación masiva y del agotamiento hídrico que toda la humanidad junta. Y además por un factor que puede llegar a duplicar, triplicar o cuadruplicar los consumos humanos. Y todo por tener un bistec en la mesa.
 De hecho, la cabaña bovina mundial supera los mil quinientos millones de cabezas; la porcina está sobre los mil millones, y la ovina algo más retrasada. Si a ello sumamos la producción aviar, nos encontramos con un panorama poco prometedor respecto al impacto real de estas especies sobre la biosfera.  Son muchos millones de individuos,  consumen muchos recursos, y generan muchos residuos inaprovechables, cuando no directamente perjudiciales para el medio ambiente. Las emisiones de metano animal son casi la mitad de todas las emisiones de este gas de origen antropogénico, y el metano es un gas de efecto invernadero sumamente más potente que el dióxido de carbono. Para que una vaca se alimente, se necesita el equivalente a más de una hectárea de terreno agrícola, y consume hasta ciento cincuenta litros de agua al día. Multiplíquese esto por el número de cabezas de ganado mundiales y obtendremos unas cifras estratosféricas de deforestación y generación de productos agropecuarios sólo para alimentación de la cabaña, así como de desechos directamente tóxicos para el medioambiente (como los purines y el metano). Y, por cierto, las tres cuartas partes del consumo mundial de agua no son por el consumo doméstico, sino para la industria agroalimentaria.
 Obtener un litro de leche precisa que una vaca consuma tres litros de agua. El pienso con que se alimentan las vacas (básicamente derivados de soja, colza y maíz) requiere un nivel de riego constante e imponente en términos globales. Así que cuando no tiramos de la cadena del váter para ahorrar cinco o seis litros de agua, pero nos comemos una hamburguesa a continuación y la acompañamos de un gran vaso de leche, estamos consumiendo, indirectamente pero de forma real, mucha más agua de la que resultaría conveniente para la salud del planeta. Y frente a esos volúmenes monstruosos, ya podemos ir ahorrando en el consumo doméstico, que sólo representará (literalmente) una gota en el océano.
 Esto es así no sólo porque subestimamos la importancia numérica de la cabaña de ganado mundial, que es en términos de biomasa muy superior a la de toda la especie humana (pensemos en lo que pesa una vaca o un cerdo y hagamos cuentas), sino porque también subestimamos lo poco eficiente que es un animal convirtiendo energía en relación con la eficiencia energética de los vegetales. Y eso, con siete mil millones de almas hambrientas de carne en el mundo, es un problema de magnitud colosal. Porque si bien es cierto que con una adecuada gestión de los recursos es posible alimentar sobradamente a toda la humanidad con alimentos de origen vegetal, no es menos cierto que no hay terreno cultivable suficiente en todo el planeta para una alimentación con base cárnica de todos los humanos. La cantidad de terreno y de agua necesarios para alimentar al modo occidental  a gran parte de la humanidad requeriría un planeta  con mucha más superficie cultivable, y lo que es peor, con más agua dulce de la que somos y seremos capaces de suministrar en un futuro próximo.
 No es  mi pretensión convertir esta entrada en un alegato a favor del veganismo (para los interesados en profundizar en la materia, recomiendo el mundialmente reconocido documental Cowspiracy, de Kip Andersen), sino la de ilustrar como nuestras deficiencias a la hora de evaluar nuestras pautas de consumo nos hacen ser ingenuamente optimistas en cuanto a la cuestión de la sostenibilidad ambiental. Nada de lo que los humanos como sociedad hagamos tendrá un impacto real sobre la sostenibilidad del planeta mientras se mantengan las políticas actuales, basadas en voluntaristas cubos de agua para apagar el incendio. Esto es así porque no estamos acostumbrados a rastrear la huella hídrica o energética de nuestros consumos, y nos limitamos a hacer el ahorro en el último paso (es decir, en nosotros como consumidores), cuando en realidad, la mayor parte del consumo de recursos se ha producido en los pasos anteriores. A nosotros nos dejan sentirnos culpables y aportar un granito de arena, ridículo e ineficaz, con lo cual todas las conciencias quedan a salvo. Pero la Tierra no.
 Los biólogos hace mucho tiempo que saben que obtener un kilo de carne requiere de diez a cincuenta kilos de pasto (según la calidad nutritiva del alimento utilizado), con lo que la eficiencia de la conversión energética de un bovino es, en términos vulgares,  una birria. Cuando compramos nuestros bistecs en el supermercado, no sería mala idea que en el tíquet de compra se expusiera cuánta agua y cuanto pienso se ha necesitado para conseguir ese hermoso y sanguinolento pedazo de carne. Como experimento mental, tampoco sería mala idea que con cada bistec nos dieran unos cuantos garrafones de agua y unos monumentales sacos de pienso para que nos hiciéramos la idea de lo que le cuesta, a nuestro planeta, producir esos alimentos que tan despreocupadamente consumimos. Y todo ello debido a dos cosas: a nuestro desconocimiento de la huella real de nuestros consumos sobre los ecosistemas y a los sucios  intereses agropolíticos que pretenden ocultar, a toda costa (incluso con amenazas, agresiones  y asesinatos), los verdaderos problemas medioambientales que hoy en día afectan al planeta.
 La sostenibilidad se ha convertido en un cuento chino con el que se azota a los pobres ciudadanos de a pie, como si la responsabilidad exclusiva de lo que sucede fuera nuestra, pero sin permitirnos profundizar en las verdaderas alternativas sostenibles, que pasan por un radical cambio de costumbres alimenticias. Igual sucede con el tema de la locomoción, en la que al parecer todos los responsable políticos han decidido que el problema es el uso del vehículo particular, cuando es sobradamente conocido que el consumo de combustibles de aviación supera, a nivel mundial, al de gasolina para transporte privado (no se incluye el gasóleo, utilizado sobre todo para transporte de mercancías). En un increíble alarde de hipocresía política, se nos recrimina el uso del vehículo particular pero se nos alienta a practicar un turismo de masas que de sostenible tiene bien poco en términos de conservacionismo energético y de control de emisiones de gases. Por cierto, los motores de aviación no están catalizados, y arrojan sus gases directamente a las capas altas de la atmósfera, con lo que agudizan el problema de forma significativa. Pero todos los responsables políticos callan y miran a otro lado.
 No hay mal que cien años dure, y los días de los apoteósicos Big Macs a un euro darán paso a un futuro en el que el humilde bistec  de supermercado costará lo que la ternera de Kobe criada entre algodones y música, pero esa es la típica solución cegata y obtusa que hace que la gente se sienta estafada por los poderosos. Por otra parte, la conversión de un occidente fundamentalmente carnívoro a un sistema nutricional sostenible parece cosa utópica, porque quienes tienen en sus manos el poder político para transformar la sociedad no van a hacer nada que moleste a los grandes imperios agropecuarios internacionales.  Pero  no estaría de más iniciar campañas serias de educación, ya en la infancia, para limitar el consumo de proteínas de origen animal y favorecer, de verdad y no con migajas, la sostenibilidad del medioambiente.
 Un atisbo de solución podría pasar por instaurar en las escuelas una materia obligatoria sobre consumo responsable, para que los jóvenes aprendieran que cada producto que usamos en nuestra vida diaria tiene un coste adicional que no se paga con dinero inmediato, sino en forma de costes sociales y ecológicos, a primera vista difusos, pero fácilmente cuantificables (sobre todo a largo plazo). En resumen, se trataría de formar a las nuevas generaciones para aprender a seguir el rastro a las huellas del gasto de recursos naturales que va dejando cada paso del proceso de elaboración de las cosas que compramos tan desenfadadamente. Tal vez así, también nosotros nos plantearíamos valorar los costes reales –casi siempre ocultos- de nuestros hábitos de consumo.

jueves, 24 de marzo de 2016

Sandeces

Los atentados de Bruselas están aflorando lo mejor de los europeos, pero también lo peor, lo absolutamente deleznable. De hecho, ése es el objetivo de esta guerra que nos ha declarado Estado Islámico que, como ya he escrito varias veces, pretende socavar los cimientos de la democracia europea como paso previo a la restricción de los derechos civiles tan difícilmente conquistados y a la posterior instauración de estados policiales que conduzcan al colapso de la cultura democrática occidental.
 
Lo peor de todo no son determinadas arengas de políticos extremistas al estilo del “Pato” Donald Trump (aunque resulten repulsivas en su mismísima gestación), sino la avalancha de sandeces con que están trufados los medios de comunicación que permiten a sus lectores la libre expresión de lo que piensan al momento, en caliente. Lo cual está muy bien como principio democrático, pero pone de manifiesto –y los pelos de punta- la penosa cultura democrática del lector medio, que por desgracia, también es votante (de esos que acaban votando al Pato Donald).
 
Y es que leer y oir afirmaciones de ciudadanos europeos cuyos mayores las pasaron canutas bajo regímenes fascistas, según las cuales lo que hay que hacer es expulsar a todos los musulmanes de Europa, encerrarlos en campos de concentración u obligarles a una especie de “conversión” forzosa para poder seguir instalados por estos lares (desconociendo de  paso que muchísimos de ellos son europeos de nacimiento, y que todas las constituciones establecen el respeto absoluto por todos los credos religiosos y el principio fundamental de no discriminación por razón de religión) resulta tremendamente doloroso y es la constatación de que esta guerra la vamos a perder, porque vamos a preferir la seguridad (al precio que sea) a la libertad.
 
Y eso resulta doblemente triste, porque muchos de los que nos precedieron dieron sus vidas por la libertad, para que ahora una nutrida pandilla de zánganos acomodaticios nos diga que prefieren renunciar a ella (por la que se ha vertido mucha más sangre inocente que toda la que haya vertido Estado Islámico) a cambio de estar seguros en sus casas. Que tampoco lo estarían, porque contener las amenazas de esta manera suele volverse en contra de los inquisidores que las ponen en funcionamiento. Una vez descorchada la botella, el gas ya no vuelve dentro. Si nosotros restringimos las libertades de colectivos por otra parte inocentes, alguien encontrará la manera de acabar restringiendo nuestras libertades por ser ateos, o comunistas o por tener aspecto mediterráneo. O aquí, en la fértil e imaginativa Iberia, por ser catalán, que es  lo más parecido a un miembro de ISIS que la caverna mediática central puede considerar en sus estúpidas e insufribles analogías.
 
Muchos desconocerán que el concepto de campo de concentración es, como muchas de las barbaridades de la política moderna, un invento genuinamente español. De hecho se denominaban “reconcentraciones” y las aplicó a mansalva el general Weyler en la Cuba de la última década del siglo XIX para separar a la población de los rebeldes sediciosos que pretendían independizarse de la metrópoli. Pocos años después, los ingleses -siempre tan gentiles- copiaron la idea en su guerra de los Boers, para tener bien controlada a la población sudafricana de origen holandés; en realidad la copiaron y la ampliaron notablemente mejorada, diseñando ya el moderno concepto de campo de concentración.
 
Pero el mejor ejemplo reciente del cretinismo político llevado al límite en defensa de los presuntos valores de un país nos lo dio (cómo no) Estados Unidos durante la guerra del Pacífico.  Tras el ataque a Pearl Harbor, comenzó una campaña política y mediática contra los estadounidenses de origen japonés. Lo que vino a continuación a buen seguro que cualquier lector con un mínimo grado de discernimiento y las funciones cerebrales intactas podrá establecer las analogías pertinentes con cierto discurso que se está oyendo por aquí últimamente.  En diciembre de 1941 se esparció el rumor de que veinte mil japoneses de San Francisco iban a iniciar un levantamiento armado. A punto estuvieron de ser detenidos todos los japoneses étnicos del área de San Francisco.
 
En Hawai se recomendó la “evacuación” de todas las personas con sangre japonesa por el mismísimo Secretario de la Armada; mientras que organizaciones americanas extremistas clamaban por el internamiento de todos los japoneses étnicos. Algunos congresistas recomendaron que todos los japoneses fueran colocados en campos de concentración en el interior del territorio americano, mientras la prensa añadía su granito de arena. Los Angeles Times publicaba sin el menor rubor: “una víbora es una víbora, sin importar donde se abra el huevo. De la misma manera, un japonés-estadounidense, nacido de padres japoneses, se convierte en un japonés, no en un americano”.
 
A primeros de 1942 se habían establecido zonas de exclusión para los japoneses, y en marzo ya se autorizó su internamiento en campos de concentración en el interior del territorio americano. Los bienes de los japoneses  fueron confiscados, robados, expropiados o vandalizados. Tras años de internamiento, prácticamente en 1945, se los liberó de los campos con un billete de tren y 25 dólares como todo equipaje. El gobierno norteamericano tardó muchos años en ofrecer compensaciones económicas a las víctimas, y sus disculpas sólo en 1988, en una afirmación sin precedentes en la que se decía textualmente que “la concentración de prisioneros de origen japonés se debió a los prejuicios raciales, la histeria bélica y la deficiencia de liderazgo político”.
 
La historia siempre se repite; hace setenta años con los japoneses en América, y ahora con los musulmanes en Europa (en este caso reviviendo políticas más propias de la época de los fundamentalistas Reyes Católicos, que tuvieron el dudoso privilegio de ser quienes primero martirizaron de todas las maneras posibles a los hispanomusulmanes que habitaban, desde hacía siglos, la península ibérica). Meterlos a todos en el mismo saco es una agresión terrible a los derechos humanos y a todas las constituciones democráticas europeas, y es el principio del fin del estado de derecho, pues consagraría que no todos somos iguales por razón de origen, raza, sexo, credo o religión.
 
Me siento muy lejos del buenismo ultraizquierdista consistente en pregonar una política inaplicable de puertas abiertas a todo inmigrante que quiera venir a Europa, por ser una idea ya no utópica, sino completamente irrealizable incluso en el mejor de los futuros. Sobrecargar un barco sólo puede conducir al naufragio. Exceder el aforo de un edificio sólo puede acabar en tragedia. Dejar las puertas abiertas a todo inmigrante concluye siempre en otra tragedia, para ellos y para nosotros, los europeos que empezamos a mirar con desconfianza a cualquiera que no sea blanco y cristiano. Pero todo eso tiene unos responsables clarísimos: nuestros gobernantes incompetentes, que con su cortoplacismo y sus intereses de escaso vuelo han contribuido al desastre internacional en que se ha convertido la guerra de Siria, por no mencionar el cinismo y la hipocresía de alentar la situación de emergencia permitiendo al mismo tiempo el contrabando masivo de petróleo y de armas (occidentales, por más señas) que atizan el fuego de la guerra en medio oriente.
 
A nuestros líderes mundiales no les ha dado la gana de intervenir de buen principio para evitar la tragedia que se veía venir. Con la masa de inmigrantes forzosos llegados a costas europeas era obvio que ISIS aprovecharía para hacer su jugada maestra, colocando agentes durmientes en diversas ciudades europeas.  Eso quiere decir que habrá más atentados; muchos más y durante mucho más tiempo. Pero ello no nos autoriza a demonizar a toda la comunidad musulmana. Y mucho menos a fomentar esquemas de pensamiento reduccionistas que favorezcan ideas políticas fascistas como las que se están proponiendo desde diversos ámbitos. Si somos verdaderos herederos de unas grandes ideas democráticas por las que lucharon denodadamente nuestros padres y abuelos, debemos preferir  asumir el riesgo de morir por ellas en libertad, que vivir sin ellas tan seguros como canarios enjaulados.
 
Yo escojo el riesgo de ser libre, no sólo por mi, sino por las generaciones futuras. Pues la libertad es el único legado realmente valioso que podemos dejarle a la humanidad.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Personajes y personalismos

En realidad, lo que está sucediendo en el Congreso estos días es un fiel reflejo de lo que sucede en la política occidental continuamente. Pero de forma más señalada, resulta evidente que los defectos hispanos acrecientan los males de la democracia de manera amplificada. Y uno de los males que la aquejan –yo diría que peor que la corrupción- es el personalismo. Y me parece peor porque contra la corrupción se puede luchar desde varios frentes: el político, el policial, el judicial y el social, pero contra el personalismo hay poco que hacer, salvo una reeducación (yo diría que forzosa) de todo el estamento político, a fin de que al final tengan claro que la identificación entre España (o Cataluña o Madrid) y el individuo llamado a altas tareas representativas es, más que un error, un pecado.
 Y es que esa identificación personal lleva a considerar los intereses propios equivalentes a los del país o a los de los electores, o (ya en un ámbito más restringido pero no menos frecuente) a los del partido que se lidera. Ese agarrarse al sillón tan genuino pero que en muy pocas ocasiones no es más que una mera querencia por el poder en sí mismo. La peor de las adicciones la tenemos en política, y eso habría de ser motivo de reflexión, pues así como se lucha (denodada y estúpidamente) contra las adicciones a los estupefacientes, no se procura facilitar las herramientas para combatir la terrible adicción al poder de nuestros políticos.
 Unas herramientas que habrían de ser esencialmente pedagógicas, pero también matizadas por unos mecanismos externos a los partidos que impidieran situaciones de impasse como la que estamos viviendo hoy en día a cuenta de la formación de un gobierno que, por ahora, se ve más como una utopía que como una posibilidad. Me refiero a que si un individuo como Rajoy no es capaz de apartarse a un lado para facilitar la investidura de otro presidente –de su propio partido, nada menos- que pudiera resultar aceptable para las demás fuerzas políticas, deberían existir mecanismos, constitucionales o internos del propio PP, que permitieran obligarle a apartarse, pues al parecer, el impedimento máximo para formar gobierno es, en este momento, el mismísimo señor Rajoy.
 Y así como el criticadísimo (pero que en este aspecto ha sido más astuto que nuestros politicastros centrales) señor Mas supo percibir que él era el obstáculo en Cataluña, al parecer esta música no va con el ilustre gallego aspirante a las riendas de España. Y eso resulta incomprensible, porque me parece que todo lo que sea tener que convocar unas nuevas elecciones no va a servir para aclarar el panorama mucho más. Sobre todo teniendo en cuenta que si Rajoy es un problema, se debe a que la corrupción atenaza en varios frentes a su partido, y por más que él no tenga una responsabilidad directa en el asunto, no es menos cierto que él ha estado en la cúspide durante todos esos años. Y como mínimo, puede afirmarse sin rubor que, efectivamente, el señor Rajoy es un problema, si no por acción, al menos por desconocimiento de lo que se cocía en los sótanos de su partido. Y eso, como han apuntado diversos líderes de la oposición, es muy serio.
 Ya en el caso Watergate, allá por los años setenta, se vio que los esfuerzos por dejar a salvo al presidente de la nación más poderosa del mundo resultaron finalmente infructuosos y motivaron su caída. Nixon, que era un lince para ciertas cosas pero que tenía menos escrúpulos que un narco colombiano, cometió el gravísimo error de pensar que la figura del presidente se podía blindar frente a todos, pero no cayó en la cuenta de que el prestigio muchas veces no corre paralelo a la presunción de inocencia, sobre todo cuando todo tu equipo está de  mierda hasta las ingles para intentar protegerte. Llega un punto en el cual la calle ya no cree nada de lo que le dicen, y que mantenerse contra viento y marea sólo sirve para cuestionar aún más las verdaderas intenciones del candidato. Y de Rajoy nadie cree, a estas alturas, que no supiera lo que estaba ocurriendo. Y si no lo sabía, peor que peor, porque una persona con ese nivel de desinformación no puede ser presidente del gobierno.
 Será una cuestión de liderazgo interno o de afecto a vivir en un palacio como Moncloa, pero la realidad es que lo de Rajoy en estos momentos roza lo esperpéntico, porque ya me dirán que és eso de no presentarse a la investidura para luego criticar a los que sí se presentan, e intentar erosionarlos sabiéndose incapaz de conciliar más adhesiones que las propias (y a cada minuto con mayor contestación interna, que ve peligrar la formación de gobierno por el PP y que no ve nada claro que unas nuevas elecciones fueran a facilitarles nada mejor en los próximos meses). Salvo que existan variables ocultas y totalmente desconocidas, en este momento la mejor opción para el PP sería una coalición sin Rajoy de presidente del gobierno. Lo saben ellos, lo saben sus adversarios, y lo sabemos nosotros, comunes mortales. La cuestión clave es saber a qué esperan para defenestrarlo.
 En este sentido, mi admiración (nuevamente) por una figura a la que detesto políticamente, pero que es astuta como pocas. La señora Aguirre ha sabido apartarse del poder con elegancia y asumiendo responsabilidades políticas en nombre de algunos de sus subordinados, ahora imputados en diversas causas judiciales, y eso le ha granjeado la simpatía de muchos, pese a que es una genuina representante de los halcones ultraliberales del PP. Un saber hacer, el de la señora Aguirre, que parece que no se contagia ni por casualidad a sus colegas de la cúspide del PP.  Como vemos estos días con el caso IMELSA, en el que el PP valenciano en pleno está en la picota, mientras que con toda desfachatez sus jerifaltes anuncian que seguirán en el cargo porque no hay pruebas de nada, justo el mismo día en que se hacen públicas grabaciones de la Guardia Civil en la que una concejala pone de vuelta y media a sus jefes en una conversación privada con su hijo en la que expone con todo lujo de detalles como se lavaba dinero negro a cuenta de las donaciones de los militantes y cargos del partido.
 Y es que aquí la estrategia de los idiotas continúa siendo negar la mayor, y eso, en la época de las tecnologías sofisticadas que nos tienen controlados a todas horas, es sinónimo de estupidez, porque casi todo queda registrado. Ya lo sabía el bueno de Pablo Escobar  en los primeros años noventa, que empezó a usar palomas mensajeras para evitar que se interceptaran sus comunicaciones. Y aquí estos desgraciados han ido sembrando su trayectoria de correos electrónicos, chats y sms en los que el rastro de sus fechorías ha dejado señales que relucen como pintura fosforescente en noche oscura.  Y eso se puede atribuir, sin gran margen de error, a esa combinación tan típicamente española de desfachatez e ignorancia, que permite a los políticos imprudentes traspasar el límite de la osadía, para entrar de lleno en la temeridad suicida.
 Y a todo esto Rajoy como el que oye llover en la lejanía. Como si nada de todo esto fuera con él. Pero lamentablemente, le afecta y mucho, porque muchísimos cuadros regionales y locales del partido están con las manos llenas de mugre y así no se puede administrar (no digamos ya gobernar) un país como España. Sólo por eso no merece ser presidente del gobierno una segunda vez.

viernes, 11 de marzo de 2016

Militares y enseñanza

No me gusta la violencia, y cualquier sociedad ideal la habría erradicado. Sin embargo está ahí, y por supuesto seguirá estando muchos años, porque la llevamos grabada en los genes, de modo que tendremos que convivir con ella. Y a veces, incluso ejercerla de forma legítima, por mucho que nos disguste.

Me disgustan profundamente las injusticias y los pleitos, y cualquier sociedad ideal los habría erradicado. No obstante, también están ahí, y seguirán por siempre jamás, porque la conciencia de la propia individualidad siempre traerá conflictos con nuestros semejantes. Conflictos que habrán de ser resueltos por especialistas en la materia, esos individuos que no siempre son honrados ni justos, por más que sean jueces y abogados. Y en quienes en un momento u otro habremos de confiar para defender nuestros derechos.

Me contrarían la enfermedad y la decadencia del cuerpo, y cualquier sociedad idea las habría erradicado. Sin embargo, están ahí, y siempre estarán, porque son consustanciales a la vida tal como la entendemos en este planeta. Y tendremos que bregar con ellas gracias a la dedicación de los profesionales de la medicina, aunque mcuhas veces se trate de personas para las que el enfermo es más un objeto de estudio que otro ser humano que está sufriendo.

En definitiva, todos aspiramos a una sociedad perfecta, pero sabiendo que es absolutamente imposible llegar a ella. En términos matemáticos, las sociedades tienden a mejorar con el tiempo, pero el límite donde convergen todas las mejoras está en el infinito, inalcanzable. O sea, que hemos de ser pragmáticos y realistas y asumir que hay cosas que tal vez deberían ser de otra manera, pero que ni en millones de años conseguiremos superar (en el supuesto cada vez más improbable de que la humanidad se perpetúe durante algunos millones de años).

Precisamente por eso las utopías son interesantes, porqeu nos señalan un objetivo total y absolutamente imposible, del mismo modo que sería imposible erradicar la agresión, el conflicto y la enfermedad sin modificar de una manera tan sustancial nuestro sustrato natural que dejaríamos de ser humanos. Así pues, nuestra inteligencia debe orientarse a moderar los efectos más negativos de la violencia, de las disputas y de los transtornos de la salud. Y así lo han hecoh todas las sociedades modernas, institucionalizando el ejercicio de la violencia de forma reglada, así como el de la sanidad y el derecho en sus diversas modalidades.

Para estos tres campos existen sistemas docentes muy elaborados y complejos que capacitan a determinadas personas para su ejercicio con un grado de confianza aceptable para el conjunto de la sociedad.  Son muchísmos los jóvenes que aspiran a ser policías, profesionales sanitarios o del derecho, y una sociedad avanzada procura dotarse de las mejoras instituciones formativas para este tipo de vocaciones.

Hasta aquí todo parece una obviedad, pero cuanto topamos con la milicia parece existir en un amplio sector de la sociedad que manifiesta una intolerancia bastante más desagradable que la propia constatación de la necesidad de los ejércitos. Pues a fin de cuentas, las agresiones existen y seguirán existiendo. En el ámbito social, su prevención y represión corresponde a los cuerpos policiales, que nadie con dos dedos de cerebro cuestiona. A lo sumo, podrán darse versiones ingenuas del concepto de fuerza policial, como aquella ocurrencia del primer consistorio socialista barcelonés, consisitente en despojar a los guardias urbanos de su arma, para que su mera presencia impusiera orden y respeto al estilo de los desarmados bobbies ingleses. Lo cual concluyó trágicamente cuando se hizo evidente que un policía desarmado, en los tiempos que empezaron a correr a mediados de los ochenta, era un poli muerto con mucha más facilidad que provisto de su arma reglamentaria. 

Así que el "desarme" policial fue un sonoro fracaso que rápidamente se barrió bajo la alfombra de las ideas ridículas, no sólo por utópicas, sino también contraproducentes. Pues bien, respecto a los ejércitos estamos en las mismas, por más que todos proclamemos que no deseamos vivir en situaciones de violencia internacional. Sobre todo porque cierta izquierda papanatista se empeña en proclamar la desmilitarización como una  necesidad imperiosa, al tiempo que se contradice alabando la legítima violencia de sociedades oprimidas, atacadas o saqueadas por naciones claramente agresivas y agresoras. 

Siempre he sostenido que uno de los males de la izquierda -española, por más señas- ha sido su histórica pusilanimidad e hipocresía, y la falta de un criterio sostenido y sostenible en todas las circunstancias, algo que se empieza a entrever de manera bastante clara en las filas de Podemos y sus aliados regionales. No hace falta ser un militarista redomado para ser cosnciente de que el ejército, hoy por hoy, sigue siendo necesario. Por supuesto, no hace falta ser un agresivo milico para entender que hay muchas, muchísimas personas, a quienes la profesión militar les agrada sin que quepa considerarlos unos asesinos en potencia. Y ya, como guinda para coronar la argumentación, no hace falta ser militarista para ser tolerante con la existencia de una institución que, aunque en España tenga tintes oscuros por su pasado reciente, hay que entender que ha sido en muchísmas ocasiones una fuerza liberadora y defensora de la democracia. A Hitler no le hubieran parado las buenas palabras y argumentaciones, por poner un ejemplo palmario.

Cosa distinta es que el poder ejecutivo haga buen o mal uso del ejército, pero eso no desvirtúa en absoluto tanto su necesidad teórica como práctica, ni el hecho de que amplias capas de la sociedad encuentran que el ejército cumple una misión importante de puertas afuera y en el interior. Por tanto, no se puede desdeñar, como ha hecho el consistorio barcelonés, la importancia de una institución cuyo presencia en la sociedad actual es de la máxima relevancia y que tiene  muchos más apoyos de los que se pueda creer en primera instancia. El tema (y la controversia) del ejército no es como el de los toros, que se despacha con un pronunciamiento municipal y vale. El ejército está reconocido en todas las constituciones occidentales y hasta en la neutralísima Suiza todo el mundo respeta y sirve armas durante algún período de su vida, pues se considera al ejército como el garante definitivo de la soberanía e independencia de la sociedad civil.

Que no nos guste el pasado reciente de nuestro ejército no invalida en absoluto el argumento principal ya expuesto. Y que obviemos que da empleo a un gran número de personas resulta vergonzoso, así como también que la formación que procura el ejército a sus aspirantes y profesionales va mucho más allá de un simple aprender a empuñar las armas. Y les dota de un nivel profesional que muchos aprovechan posteriormente, uan vez han cumplido con su contrato militar y pasan a la sociedad civil.

En todo caso, vaya por delante que no participo del gusto de algunos por lo militar, pero desde luego reconozco su aportación a la sociedad. Y desde luego, me parece importante practicar un ejercicio de tolerancia (algo que la izquierda más radical parece haber olvidado) respecto a esa institución a quienes se sienten intersados profesionalment por ella. Personalemente, considera mucho más odiosos a los peligrosos ultraneoliberales  surgidos del IESE que a los cadetes de nuestros ejércitos, y sin embargo jamás me opondría a que en ningún salón de la educación (donde lo que se pretende es divulgar las diversas opciones formativas y de futuro profesional entre los estudiantes adolescentes), se exigiera que no participara el IESE con la misma contundencia con la que aquí se han puesto a berrear algunos contra la instalación del ejército en el Saló de l'Ensenyament de Barcelona.

Si  hay jóvenes interesados en algunas de las múltiples ramas formativas que el ejército les puede proporcionar me parece una tremenda arbitrariedad pretender que no se les pueda informar públicamente de las opciones que tienen de futuro porque el consistorio ha decidido que la profesión militar es non grata en Barcelona. Lo cual es una tremenda gilipollez sin paliativos, pues del mismo modo podríamos (con mayor motivo) decidir que los señores del IESE son también no gratos a nuestro izquierdista modo de concebir la sociedad.  

Mucho cuidado con esa intolerancia cada vez más manifiesta y antidemocrática. O no, señora Colau?


miércoles, 2 de marzo de 2016

Sin gobierno y tan contentos

Cuando después de 541 días sin gobierno, desde junio de 2010 hasta diciembre de 2011, Bélgica consiguió formar ejecutivo, la ciudadanía hizo muchos chascarrillos al respecto, porque resultó que el tremendo alarmismo de los autodenominados mercados por la inestabilidad que presuntamente generaba la ausencia de un “gobierno fuerte” estuvo totalmente injustificado. En realidad, Bélgica estuvo en paz y tranquila, creciendo por encima de la media europea, y con sus habitantes más relajados que nunca.  Lo cual puso de manifiesto muchas cosas, la principal de ellas que el interés por gobiernos fuertes lo tienen sólo aquéllos que tienen mucho a ganar, es decir, los lobistas y los diversos grupos de presión de las multinacionales, cuyos pelotazos requieren de aprobación gubernamental, y que no pueden hacer sus turbulentos negocios con un gobierno en funciones incapacitado para adoptar ninguna iniciativa, salvo mantener la continuidad de lo ya existente hasta el momento.
 Eso, que para los tiburones económicos es muy mal asunto, resulta ser buenísimo para la población en general, porque los ciudadanos se encuentran con un gobierno accidental que sólo puede gestionar lo existente y administrar el país con las herramientas ya aprobadas, por lo que no puede tomar iniciativas legislativas ni acometer grandes planes de obras públicas, ni siquiera redactar nuevos presupuestos generales. Sin gobierno, lo único que se puede hacer es prorrogar las líneas de actuación vigentes y encomendar a la Administración que siga gestionando la cosa pública con la mayor normalidad.
 Así que, de entrada, nos encontramos con la refutación directa de que un gobierno fuerte sea bueno para la sociedad. En una sociedad abierta y estructurada (como es o debería ser cualquier democracia occidental) no se precisa ningún gobierno fuerte (en el sentido de poder abusar de su rodillo parlamentario) para que las cosas sigan funcionando perfectamente engrasadas. Quienes aúllan por la inestabilidad se están refiriendo en el fondo a otra cosa; es decir, al reparto de los recursos públicos, que siempre es fruto de los resultados electorales y de los respectivos cambios de gobierno que conllevan. O dicho en plata, de lo que se quejan es de no poder meter la cuchara en la marmita.
 La ristra de mentiras que los políticos y sus aliados del sector mediático proclaman a los cuatro vientos contrasta con la socarronería habitual del pueblo llano, que sistemáticamente afirma estar mejor que nunca cuando no hay gobierno. Y eso es así porque no hay sobresaltos, ni cambios abruptos, ni titulares escandalosos, ni debates airados mientras dicha situación se prolonga. Se genera un clima  pacífico en las calles, casi sereno. Una serenidad que queda inmediatamente trastocada en cuanto hay un gobierno que, sistemáticamente, empieza a tocarle las narices a un sector u otro de la población, so pretexto de actuar en beneficio del interés común. Lo cual es radicalmente falso.
 Y tamaña falsedad proviene de una cuestión que casi podría calificarse de paradigmática en política. Y es que, nefasta y lamentablemente, la política nunca sirve al interés común más que de forma accesoria y tangencial. La política se dirime como un combate para repartir las parcelas de poder; un combate en el que todo vale, y en el que desde luego, los daños colaterales siempre se producen entre los ciudadanos de a pie. Y una vez repartido el poder, los siguientes cuatro o cinco años se dedican a pagar las deudas contraídas con los grupos de presión que, de facto, controlan todos los resortes del poder efectivo. En resumen, se suele gobernar contra alguien; y en última instancia, se gobierna no pensando en el interés general (que por su propia definición se refiere al conjunto de la población), sino en el interés específico de los apoyos electorales respectivos, lo cual suele diferir radicalmente de lo que objetivamente se entiende por “bien común”.
 Que en un país de cuarenta y ocho millones de habitantes se gobierne sistemáticamente ninguneando a la mitad de la población por el mero hecho de que han votado a formaciones rivales da que pensar, aunque es cierto que este mal de la democracia está presente en todos y cada uno de los países occidentales. Pero ello se debe a una perversión que el sistema ha adquirido con el paso de los siglos. Los padres fundadores creían en una democracia por y para el pueblo. El devenir histórico ha confirmado que actualmente se gobierna a favor de los intereses del propio partido, en primer lugar; y de sus aliados -permanentes o circunstanciales- a continuación. Si ello implica obviar los derechos de diez, veinte o cien millones de ciudadanos que están al otro lado de la barrera, no hay ningún problema. En definitiva, la conclusión es de un cinismo espectacular: la  culpa es del elector por haberse equivocado con su voto.
 Así se comprende que, en la democracia moderna más antigua, la norteamericana, gran parte de la población centre su odio en Washington y lo que representa, y atienda a las proclamas sumamente populistas de personajes que afirman detestar el establishment existente y que prometen acabar con la merienda de negros política que se cuece desde hace lustros en los despachos oficiales del Capitolio. También se comprende que la abstención alcance cifras récord en las democracias más antiguas, seguramente por el hastío de un electorado que ya lleva décadas siendo consciente de que quien gobierna nos necesita solamente para alzarse con el poder, pero luego responde de sus actos sólo ante quienes han financiado sus campañas (que son los mismos que se van a lucrar con todo el tinglado).
 Por eso, también, es bastante creíble el dicho de que casi no hay políticos decentes en ejercicio, porque si uno tiene en estima la alta responsabilidad y función ética del político, no le queda más que apartarse asqueado en cuanto constata de qué va la cosa en realidad. La vida del político de largo recorrido consiste en una acumulación de contubernios, chanchullos, genuflexiones y comuniones diversas con ruedas de molino, hasta adormecer todo sentido crítico, objetivo y ético de la función encomendada por las urnas; todo ello convenientemente aderezado con justificaciones banales -cuando no directamente frívolas- y siempre hipócritas.
 La falta de respeto al ciudadano común, y el olímpico desprecio por el significado profundo de la política como servicio a toda la ciudadanía (y hay que subrayar continuamente que ha de ser  absolutamente a toda la ciudadanía y no a unos sectores premiados por proximidad política, económica o social) pone en cuestión la asimetría entre el autobombo que los poderes públicos dan a la “imprescindible” fortaleza gubernamental, y el justificado temor de la población a esa misma fortaleza, que se interpreta justamente como un atrincheramiento de los políticos en defensa de intereses meramente partidistas.
 Por eso, que aquí llevemos más de dos meses sin gobierno no debería ser motivo de preocupación para nosotros, los comunes mortales, sino de regocijo por vernos libres, siquiera provisionalmente, del yugo con el que los (malos) políticos nos tienen unidos al carro de una democracia renqueante y falsaria. Y otra conclusión, que podría parecer paradójica pero que  es muy plausible, es que muchas de las iniciativas legislativas que se adoptan y casi todo el quehacer político-mediático que nos envuelve habitualmente, ni son imprescindibles, ni tan siquiera necesarios. Y que sólo responden a las presiones de grupos concretos que intentan arrimar el ascua a su sardina, sin consideraciones de mayor calado.
 No quiero caer en un maniqueísmo de tintes anarcoides, porque es evidente que toda sociedad necesita un gobierno. Pero gobernar no consiste en un bombardeo continuo de iniciativas legislativas inútiles, que simplemente favorecen a los financiadores del partido de turno, o que encabritan a media población por el simple gusto  de cambiar cosas que van contra la dinámica de las sociedades complejas y abiertas. Esto último parece ser muy del gusto de los gobernantes actuales, que se dedican a meter el dedo en el ojo de los electores adversarios promulgando decenas de leyes que acabarán siendo derogadas por el siguiente gobierno opositor, y así sucesivamente, en un carrusel alternativo de despropósitos en el que se pasan la mayoría de cada legislatura, sin pensar que a una sociedad no se la cambia a golpe de leyes, por muy constitucionales que sean en su promulgación y severas en su aplicación.
 Si a ello sumamos el vedetismo habitual de centenares de políticos, que con tal de pasar a la posteridad son capaces de cualquier cosa, y que precisamente por eso tiran de lo que tienen más a mano para su peculiar famoseo, promulgando leyes, reglamentos y ordenanzas de lo más abstruso y absurdo (cuando no francamente ridículo), se nos dibuja una panorama ciertamente desolador de la eficacia real de los gobiernos, con independencia de su cromatismo ideológico particular. De ahí que los que llevamos boina (real o metafórica) nos sintamos en el jardín de las delicias mientras Rajoy, Sánchez, Rivera e Iglesias se despellejan como buitres incapaces de repartirse la carroña en la que han convertido el parlamentarismo español.