viernes, 1 de mayo de 2015

Filtraciones

Perplejidad. Esa es la sensación que está dejando el debate a costa de las filtraciones sumariales a los medios de comunicación entre quienes, como empleados públicos, conocen los entresijos del funcionamiento de la administración de justicia, así como de otros aparatos del Estado que manejan información sensible. El escándalo, francamente teñido de fariseísmo, ha brotado desde los propios medios de comunicación ante la insinuación nada velada del ministro de justicia de que podría hipotéticamente optarse por la sanción económica a los medios que filtraran sumarios declarados secretos por el juez instructor, o documentos clasificados como confidenciales al amparo de diversas disposiciones legales o reglamentarias.
 La reacción inmediata y casi unánime ha sido considerar semejante propuesta como un atentado a la libertad de expresión. Lo que se me antoja una salida facilona y extraordinariamente demagógica por parte de quienes, presuntamente, deben velar por exponer las noticias de forma ecuánime, reflexiva y desde todos los ángulos posibles. Lo cierto es que en el debate caben diversas interpretaciones válidas en defensa de una y otra postura, pero lo extrañamente ausente ha sido el necesario apunte de la responsabilidad de los medios en semejantes hazañas informativas. Porque a veces –demasiadas-  la libertad de expresión encubre intereses ocultos muy alejados de los puramente informativos. Y casi siempre se trata de intereses de contenido económico.
 No me refiero a la necesaria difusión de noticias exclusivas por parte de los medios que les permita alcanzar tiradas sensacionales y un mayor incremento de su facturación y beneficios. Al fin y al cabo, los medios de comunicación, en su mayoría, son empresas privadas sometidas a las leyes del mercado, y  necesitan generar beneficios para seguir satisfaciendo a los accionistas y a los empleados. Pero en el fondo, esa salida por la tangente, acusando al ministro de querer limitar un derecho fundamental como es la libertad de expresión, sólo sirve como cortina de humo de algo mucho más preocupante de lo que sí son responsables los grandes y no tan grandes medios.
 Cierto es que reconocer la imposibilidad gubernamental para controlar los flujos indeseados de información sensible es grave. Y desde luego, ante la impotencia de los mecanismos de control estatales, optar por trasladar el régimen disciplinario a los receptores de esa información debe ser analizada con mucho cuidado e introduciendo muchas distinciones, porque la casuística es muy variada. Sin embargo, en el debate de estos días se aprecia una clamorosa omisión en todo este asunto, hasta el punto de que me sentí obligado a intervenir en la emisión de un conocido programa de televisión para dejar constancia de ello. En honor a la verdad, debo reconocer que mi advertencia salió en pantalla casi inmediatamente, lo que honra la transparencia y pluralidad de ese programa en concreto.
 El eje de la cuestión, y causa de mi inquietud y enojo, está en que las afirmaciones que se están haciendo en este debate parten de una premisa del todo irrazonable. Y es que los empleados públicos de todo rango que filtran secretos sumariales o administrativos lo hacen exclusivamente por amor al arte. O más exactamente, por fidelidad a alguna ideología o formación política. Y eso es del todo incierto, salvo algunas excepciones de gentes muy militantes, que por supuesto, están dispuestas a arriesgar su puesto de trabajo por la causa. Pero en general ese no es el caso: los empleados públicos están sometidos a controles que pueden llegar a ser muy estrictos, especialmente en el caso de los adscritos a áreas económicas. La práctica de auditorías mensuales de los accesos a las bases de datos es moneda corriente hoy en día, y se les advierte de sanción incluso por motivos tan nimios como la autoconsulta, es decir, consultar los propios datos tributarios a laborales sin permiso expreso.
 También es cierto que, desde tiempo inmemorial, en la administración de justicia han existido mordidas bastante generalizadas que permiten que un sumario enterrado en las profundidades de decenas de legajos suba a la superficie como por arte de magia, para acelerar su tramitación. Y viceversa, como saben bien los cientos de despachos de abogados que trabajan en causas mercantiles, por poner un ejemplo. O sea, que ha existido una práctica generalizada de retribuir actos que otorgaban alguna ventaja al interesado. Pequeñas acciones u omisiones sin mayor trascendencia que permitían redondear la nómina a final de mes. Puede que esto actualmente ya no ocurra, pero durante mucho tiempo sucedió y ello allana el camino a actitudes del presente que explicarían la avalancha de filtraciones procedentes de muchísimos ámbitos y que resultan del todo irrazonable atribuir al idealismo político de los empleados que tienen acceso al material sensible.
 Porque lo cierto es que los medios, sometidos a una cruel competencia diaria, están obligados a mantenerse a flote como sea, y si para ello hay que pagar por obtener una información sustanciosa, no lo van a dudar ni un momento. Así como los paparazzi pueden llegar a ganar cantidades asombrosas por fotos comprometedoras de los famosos de turno, no me cabe duda alguna (salvo que ahora resulte que vivimos en el mejor de los mundos posibles) que también se pagan, y jugosamente, las informaciones de alto interés político que pueden mantener las rotativas calientes durante mucho tiempo.  Tal vez no las pague directamente el medio de comunicación, pero sí, por descontado, los numerosos intermediarios  existentes en forma de agencias y gabinetes de comunicación, detectives privados y demás personajes que viven del tráfico de dosieres más o menos secretos, comprometedores o reveladores. Y este tipo de servicios, por muy subterráneos que sean, existen. Haberlos haylos, aunque no los vea el gran público.
 Y en eso resulta la perplejidad teñida de indignación de muchos acerca del debate causado por las polémicas declaraciones del ministro, en el que los propios medios han omitido su más que probable parte de responsabilidad. Ninguno de los habituales columnistas y tertulianos han siquiera insinuado levemente que el tema de las filtraciones podría deberse, si no en todo al menos en gran medida, a la práctica de sobornos a empleados públicos para facilitar el acceso a sumarios secretos y demás documentos confidenciales. Y no está de más recordar que en el soborno el delito es doble, tanto por parte del receptor como del actor. Y en ese sentido, la propuesta del ministro de justicia de sancionar a los medios que hicieran públicos documentos secretos se podría justificar perfectamente bajo esa presunción que todos tratan de ocultar pero que está ahí, flotando en un interesado limbo informativo.

Todos los "garganta profunda" que la historia reciente nos ha dejado lo han sido por ambición, por despecho o por codicia; en todo caso amalgamados por un escaso sentido de la ética profesional y alentados por quienes de verdad iban a sacar un extraordinario provecho (político o económico) de la información que pudieran obtener. Y eso, señores de los medios,  nada tiene que ver con la libertad de expresión.

lunes, 27 de abril de 2015

Los secretos de De la Rosa

Sorprendente pacto de silencio el que toda la clase política española mantiene sobre la grabación  de la iconoclástica conversación entre Javier de la Rosa y  Nicolás Gómez. Y resulta especialmente sorprendente no tanto por su contenido –que de todos modos resulta un  bombazo- sino por la actitud de ninguneo y menosprecio  que todo el espectro político ha coincidido  en otorgar a tales revelaciones,lo cual resulta muy significativo. Y sospechoso,  porque la clase política no se pone de acuerdo nunca, y cuando lo hace es para echarse a temblar, pues probablemente sea para encubrir uno de esos pactos de estado en las tinieblas con la que se la suelen meter doblada al personal.
 De cualquier modo, la cuestión es que se ha relegado la conversación entre Nicolás Gómez y Javier de la Rosa a un ámbito más propio de las revistas del corazón que de los editoriales de la prensa seria, si es que semejante cosa todavía existe. Y resulta también muy sospechoso que no hayan movido pieza ni la famosísima UDEF, ni la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, ni los jueces estrella de la Audiencia Nacional, ni el Fiscal General del Estado ni el Fiscal Anticorrupción ni ninguno de eso siniestros personajes que pululan a diario por los medios de comunicación, y que siempre aparecen prestos a liar algún fenomenal jaleo a cuentas de cualquier rumor infinitamente menos confirmado que las tajantes aseveraciones de De la Rosa en la grabación de marras, y que en cualquier país serio –éste definitivamente no lo es- pondrían patas arriba el sistema político, tal como le ocurrió a Nixon con el Watergate en su momento.
 Así que tenemos un pacto de silencio y de  descalificación implícita, como si las afirmaciones de De la Rosa fueran ciencia ficción o la retorcida vuelta de tuerca de la mente de un conspirador paranoico pero carente de toda credibilidad. Sin embargo, una atenta escucha de la grabación demuestra a los ojos de cualquier lego en la materia (pero también a diversos expertos en  expresión verbal) que  el tono de De la Rosa en la grabación es completamente informal y espontáneo, que se va por las ramas de un tema a otro de un modo que ni siquiera el glorioso Lawrence Olivier habría conseguido fingir en su época de mejor esplendor, y que, en suma, es virtualmente imposible que la media hora de conversación sea un montaje, una puesta en escena de un fabuloso actor al servicio de alguna oscura revancha. Por mucho que toda la canallesca (esta vez sí) se haya puesto al unísono a desacreditar a De la Rosa de una forma que resulta francamente sospechosa. Y es que el dinero consagra a extraños compañeros de viaje y tontos útiles, que decía aquél.
 Revancha que nadie duda que algún día llegará porque De la Rosa es un tipo con muchísima información, pero como buen financiero, no precisamente presto a facilitarla gratuitamente. Al contrario, se la cobrará de un modo u otro, y justo cuando él considere oportuno. Seguramente tiene nombres, tiene cifras, tiene datos y los tiene a buen recaudo. También se puede certificar que  en alguna ocasión se ha ofrecido a facilitar algún dosier clave a un conocido empresario catalán con muchas cuitas judiciales a cambio de una retribución justa, oferta que no llegó a  fraguar porque el empresario encausado no quiso entrar en esa vereda por motivos que desconozco. Pero que la oferta existió, y que incluso hubo una entrevista, es más que sabido. Y todo eso cuadra con la oferta que De la Rosa hace al CNI –a través de Nicolás Gómez- a cambio de una cantidad sustancial para darles información con la que apretar los tornillos a diversos personajes clave en la corrupción política de la transición.
 Pero es que, en definitiva, lo que hace De la Rosa es poner sobre el tapete los nombres y apellidos que fomentan la sospecha que se viene gestando en gran parte de la ciudadanía desde hace tiempo. Y es que la corrupción política de la transición española es un gran círculo cerrado con muy pocos elementos claves que canalizaban la desviación de los fondos y su salida de España. Dicho de otro modo: casi todo el espectro político ha estado implicado, pero a través  de unos –muy pocos- abogados y financieros que eran quienes manejaban el cotarro  -o sea el dinero-desde el rey hasta Pujol, pasando por la cúpula del PP y del PSOE. Lo de menos son los nombres, sino el calado de toda esta trama, compuesta de personajes oficialmente  contrincantes en el estrado del Congreso, pero hermanados por un interés común y muy específico de carácter marcadamente económico. Unos hermanos de sangre financiera que no iban a dudar ni un momento en hacer lo que fuere para preservar oculta su historia, al estilo de las infamias del malvado Francis Underwood en la genial serie House of Cards (una demostración más de que la realidad suele superar de largo a la ficción). Y así fue como, al parecer, tuvieron que cargarse al juez Garzón, que había llegado demasiado lejos gracias a sus escuchas de los abogados de los detenidos por la trama de corrupción Gürtel.
 Al final, lo que queda claro es que la trama de desvío de dinero para intereses particulares afectaba a todos los partidos políticos relevantes de este país, y que gran parte de la élite política de la transición usaba los mismos mecanismos para la financiación irregular de los partidos y para el cobro de abultadas  comisiones de carácter personal, que luego eran convenientemente derivadas al extranjero a través de operaciones llevadas a cabo por financieros y bufetes de abogados de presunta confianza. Pero lo que queda en el aire después de tanta porquería aireándose es el porqué de todo este asunto. Qué es lo que hizo que políticos que habían llevado a cabo la “ejemplar” transición española se dejaran llevar por la codicia de un modo tan infame y que, además, se encubrieran unos a otros, como se está demostrando hoy en día, hasta que una guerra que muchos entienden desatada por la “traición” de CiU al pasarse a las líneas independentistas -cuando durante mucho tiempo fue esa formación el aval de la tranquilidad española de que el catalanismo político estaba controlado y no se saldría de cauce- y que ha acabado en un pim pam pum en el que todos disparan contra todos porque han perdido el control de sus huestes. Como en un tiroteo de saloon del  Oeste americano en el que al final sólo queda uno en pie. Y no es necesariamente el bueno.
 Y al fin, la convicción personal de que una mancha de corrupción tan extendida y desde tanto tiempo atrás, sólo puede tener una explicación lógica. Y es que todos esos próceres de la transición, y quienes estaban con ellos de forma directa o a título de herederos, siempre han considerado su trabajo como algo excelso, sin parangón en la historia de España, y que de ningún modo había sido bien pagado y reconocido. Ni las pensiones vitalicias, ni los sillones en altas instituciones y empresas, ni siquiera los múltiples reconocimientos honoríficos fueron suficientes para calmar el ansia de recompensas de quienes forjaron la transición  española.  Como si ellos hubieran sido imprescindibles –que no era el caso porque la democracia hubiera llegado con o sin ellos, y por imperativos externos que ya han sido harto mencionados en otras ocasiones- y el país entero estuviera en deuda por sus “impagables” servicios.
 Y así tejieron una confusa ideación mental por la cual la historia les absolvía de todo pecado si  de algún modo poco ortodoxo ellos mismos se cobraban la deuda histórica que el pueblo español tenía contraída con la clase política de la transición en la forma bastante prosaica de turbios negocios tejidos en el tráfico de influencias.  Se convencieron de que tenían derecho a  ello, y se autoorganizaron en un sistema paralelo, casi simbiótico, de desviación de fondos del estado para intereses particulares. Un sistema que de simbiótico pasó en pocos años a decididamente parasitario, pero que continuó sin problema alguno funcionado a toda máquina hasta que alguien rompió las reglas del juego, y puso en marcha el ventilador en la letrina por algún turbio interés que nada tiene que ver con la verdad y la decencia, sino con el uso del dosier emponzoñado como arma política para defenestrar a un contrario que está igualmente armado.
 Como hace muchos años expusiera la doctrina militar de la guerra fría, la escalada de armamento nuclear entre las superpotencias, que se sustentaba en la política de “destrucción mutua asegurada”, sólo tenía sentido mientras que ninguno de los contendientes utilizara ni uno sólo de los miles de cabezas nucleares de su arsenal. El equilibrio de poder se sustentaba más sobre el miedo a la represalia masiva que sobre la propia capacidad ofensiva. En España no ha sido así, y se han enzarzado en una guerra que, evidentemente, tiene un desenlace similar al de un apocalipsis nuclear, pero en versión política, donde los únicos beneficiarios serán los “mutantes” de Podemos y Ciudadanos, gestados al amparo de los residuos extremadamente radiactivos de la implosión de la clase política de la transición.
 Queda en el aire la terrorífica cuestión de qué hubiera sucedido si alguien no  hubiera abierto la caja de Pandora sin pensar demasiado en las consecuencias de tan temeraria acción. Como bien expusieron los analistas de la guerra nuclear, la destrucción mutua asegurada sólo se sostenía bajo el principio de la disuasión, ya que el argumento fundamental sobre la que se basa es que empezar la guerra consiste en un juego absurdo en el que sólo puede haber perdedores, pues no hay ningún posible vencedor. Y efectivamente, eso parece que va a ocurrir en la política española. Sin embargo, queda una sombra en este campo de juego arrasado: si no se hubieran iniciado las hostilidades entre los diversos actores de este juego brutal, lo más seguro es que España seguiría  siendo expoliada como retribución a unos servicios prestados cuya factura, a la postre, está resultando astronómica, tanto en términos puramente monetarios como en los de credibilidad del sistema político  democrático.

miércoles, 15 de abril de 2015

Günther Grass. In memoriam

Tildado de pensador polémico, Günther Grass es una de las figuras literarias impresionantes e imprescindibles del siglo XX.  Sin embargo su presunta polemicidad y lo controvertido de su figura lo son sólo porque Grass siempre se manifestó desde la más descarnada sinceridad respecto a lo que opinaba. Opiniones a las que el tiempo ha acabado dando casi siempre la razón. Especialmente las tres últimas, y que motivaron una seria repulsa diplomática nacional e internacional. Y sin embargo, resulta asombroso que los críticos de su figura –críticos hasta el insulto personal y el uso de su pasado como combatiente de las waffen SS a los 17 años para descalificarle- sean los mismos que miden sus palabras con sumo tiento mientras que en sus acciones no dudan en masacrar a poblaciones enteras. Son los portaestandartes de que el fin justifica los medios, siempre que su expresión pública no se manifieste de forma transparente. Son los mismos políticos y sus voceros mediáticos que invocan la diplomacia de papel pero enarbolan el garrote sobre el terreno, sea garrote militar o económico. Son los mismos que se estrechan sonrientes las manos en las cumbres y apelan a la negociación y a la diplomacia, mientras que con la otra mano pulsan el botón de la destrucción y el aniquilamiento.
 Los escritos del Grass de los últimos años eran ásperos como el papel de lija, e hirientes como miles de alfileres sobre la piel extremadamente sensible de algunos líderes mundiales que se creen imbuidos de la gracia divina para hacer y deshacer a su antojo, pero muy a su pesar (de los líderes) muchísima gente de bien opinaba y sigue opinando lo mismo que el escritor alemán, por más campañas difamatorias que la prensa germana y mundial iniciara en su contra, o por mucho que el gobierno de Israel lo señalara como persona non grata. Y, colmo de los colmos, por mucho que señalados escritores y pensadores solicitaran, incluso, que le retiraran el premio Nobel de Literatura, como si determinadas ideas conformaran a un buen o mal escritor. Y él fue indiscutiblemente uno de los grandes genios de la literatura universal, guste o no guste.
 Los tres problemas que atormentaron a Grass durante los últimos años, han sido –y  siguen siendo hoy en día- capitales para la estabilidad mundial. Y las tres cosas que dijo deberían resonar en la mente de cualquier humano inteligente y no comprometido por peajes políticos hasta el fin de sus días, porque acertó de lleno, y las consecuencias las estamos viendo actualmente. Grass cuestionó lo políticamente correcto como pocos pensadores lo han hecho hasta ahora, sin importarle demasiado las consecuencias personales de sus opiniones (en ese sentido, tal vez deberíamos señalar un único paralelismo -que no ideológico- con el gran valiente francés Jean François Revel, que siempre puso el dedo en el ojo de todo aquél que lo merecía, fuera de derechas o izquierdas).
 El primer encontronazo serio con el establishment políticamente correcto lo tuvo Grass justo después de la reunificación alemana, que calificó de insensata con profética lucidez. Argüía que la reunificación por absorción de la vieja RDA era injusta, minimizaba el papel de la ciudadanía de la Alemania del Este en la consecución de la democracia, y relegaba a los del este al papel de ciudadanos segundones en una sociedad de dos niveles, en la que los alemanes federales quedaban como los grandes vencedores del proceso mientras que los de la RDA pasaban a la categoría de tercermundistas subsidiados. Por otra parte, y ahí es donde Grass dio en el clavo ardiente que ahora corroe Europa, la creación de una Alemania confederal no hubiera tenido los tintes pangermanistas que tuvo, y tiene, la reunificación por absorción. Y es que el bueno de Günther siempre opinó que el peor de los males de Alemania fue el prusianismo expansivo y con voluntad hegemónica, que a cuentas de la reunificación se vería de nuevo potenciado y provocaría, como otras veces en  el pasado, un grave conflicto intraeuropeo.
 Y así fue, sólo que en esta ocasión en lugar de tanques y cañones, la artillería pangermánica se ha manifestado en forma de draconianas medidas económicas de austeridad para poner a media Europa bajo pabellón alemán (aunque sea bajo la aparente mediación de la troika) y a la otra media a punto de sucumbir bajo las rígidas reglas de juego de la kaiser Merkel. No es de extrañar que Grass predijera el renacimiento de gran hostilidad contra todo lo alemán a medio plazo, hostilidad que se manifiesta de forma subrepticia pero evidente en el surgimiento de fuerzas políticas marcadamente antieuropeas en las dos potencias que tendrían que equilibrar la balanza (UKIP en el Reino Unido y Frente Nacional en Francia), pero que parece que están derivando lenta y firmemente hacia un euroescepticismo rampante tendente a salirse del marco de convivencia de la UE, y que a lo peor acabará de forma sucinta y previsible: con la Gran Bretaña haciendo un gran corte de mangas al continente y Francia resucitando la vieja Resistance de los años de la ocupación nazi.
 La segunda bofetada internacional de Grass la propinó, de forma particularmente tensa, cuando aludió al presidente Bush como el progenitor de una nueva espiral de terrorismo yihadista como consecuencia de la hiperreacción norteamericana a los atentados del 11S. Consideraba Grass –y no le ha faltado la razón- que la política norteamericana en relación con el mundo musulmán propiciaría a medio plazo el surgimiento de más movimientos terroristas de raíz islámica.  Acusaba a Bush de rescatar el leguaje de las cruzadas y responder al fundamentalismo islámico con un fundamentalismo cristiano que lo único que podía conseguir era una mayor radicalización yihadista. Doce años después, y con grupos como el ISIS o Boko Haram perpetrando las atrocidades que vemos a diario, sus palabras resultaron ser proféticas. Aunque en aquel momento se le tachó de herético como mínimo, digno de ser quemado en una hoguera inquisitorial.
 El tercer aldabonazo de Grass –y el más sonado de los últimos años, pero porque se atrevió a tocar lo intocable en el lenguaje diplomático- fue el célebre poema “Lo que hay que decir” en el que censuraba a Israel por su postura extremadamente beligerante contra Irán, y que motivó su declaración de non grato por el gobierno judío y muchas críticas feroces desde todos los ángulos, en una campaña que uno no podría menos que sugerir que orquestada por el sionismo internacional, si no fuera porque ese tipo de afirmaciones pueden conseguir que se persona en la puerta de casa un comando del Mossad y te secuestre sin contemplaciones. En definitiva, Grass acusaba a Israel de poner en peligro la estabilidad mundial. Una afirmación que cuesta rebatir viendo lo que sucede día a día en el Medio Oriente, donde el protagonista principal, siempre activo y la mayor de las veces semioculto tras el velo de impenetrabilidad de los secretos de estado, es Israel.
 El gran problema de Israel, o más exactamente del gobierno de Israel, como puntualizó en su momento Grass, es que por ser una democracia, cree estar legitimado para hacer a su antojo en la región. Simétricamente, otros países menos democráticos de la zona no estarían legitimados para operar de la misma forma que Israel. Este argumento es tan falaz que resulta deplorable. En primer lugar, porque Irán es una  teocracia, sí, pero de formas democráticas. En muchos sentidos Israel es, paradójicamente, una democracia con formas teocráticas. Y esa visión teocrática del estado judío es la que les hace merecedores, a sus propios ojos, de la utilización de cualquier medio para la consecución de sus fines, mientras que para gran parte de la ciudadanía internacional esa visión lleva directamente a un apocalipsis en el cercano oriente. Por lo tanto, la bíblica intransigencia israelí, todavía enredada en su belicoso y vengativo Yahveh, es más que censurable por cualquier persona de bien (al margen del reconocimiento unánime al derecho a la existencia del estado israelí y a la defensa de su territorio e intereses).
 Pues lo que Grass denunciaba no era a Israel como estado ni como ciudadanía, sino al uso del escudo democrático como justificación intensiva para cualquier atrocidad de las muchas que ha cometido en los últimos decenios en aras de la siempre cacareada seguridad nacional. Una seguridad nacional que se usa como comodín contra los más débiles y que se expresa en la necesidad de mantenerlos siempre  sojuzgados y/o amenazados por la impresionante potencia militar israelí. Y lo que hacía Grass era preguntarse si una potencia por lo demás democrática, pero extraordinariamente militarizada y políticamente fundamentalista  puede constituir una amenaza grave para la seguridad y estabilidad de Medio Oriente. Y si no puede esa mosaica intransigencia cerrar todas las puertas a un reequilibrio de fuerzas que dignifique a la demonizada Irán y permita su lenta pero progresiva incorporación a la comunidad internacional, alejándola de aquel estúpido “Eje del Mal” que definió Bush (y que se ha demostrado a tal nivel de  estulticia que ahora resulta que Irán es aliado de los interés yanquis en Oriente Medio). Cosa que por otra parte demuestra que el "mal" al que aluden muchos políticos no es más que una trasposición de la confluencia de sus intereses geoestratégicos.
Günther Grass es autor de unas cuantas obras maestras de la literatura, y un puñado frases lapidarias que deberían ser de cabecera para toda persona honrada. Grass fue también,y ante todo, un honrado ciudadano, con sus luces y sus sombras como todo el mundo. Y llevó hasta el final su concepción de la honestidad cívica. Suya es esta frase memorables: "El deber de todo ciudadano es tener la boca bien abierta".
Y actuó siempre en consecuencia. 

jueves, 9 de abril de 2015

España va bien (para dummies)

Va España bien? Más concretamente ¿la economía española va bien? Aun concretando más ¿las economías familiares españolas van bien? Tres preguntas íntimamente relacionadas y sin embargo con respuestas muy dispares. Las dos primeras tienen respuesta gubernamental, afirmativa e interesada: sí. Un sí exagerado, mayúsculo y falsario que se demuestra con algunos –pero sólo algunos- de los indicadores macroeconómicos generales. Como por ejemplo, en la confianza internacional puesta de manifiesto en que por vez primera en mucho tiempo el Tesoro ha logrado colocar deuda pública al cero por ciento. O en que el índice de producción industrial ha subido en el primer trimestre de este año.
Otros indicadores no son tan halagüeños pero a fin de cuentas no tienen mayor trascendencia –ni los positivos ni los negativos- para las economías familiares, cuyo rumbo únicamente se percibe a través de la renta disponible y el ahorro familiar. Y ni la una ni el otro navegan con viento favorable, ni mucho menos.
Es obvio que cualquier gobierno, y especialmente en un período electoral como el de este 2015, intenta maximizar sus logros para lograr un rédito electoral, o como mínimo para tener atada a su base de votantes. Para fidelizar al cliente, que diríamos, y no perder cuota de mercado. Pero el discurso oficialista siempre omite muchos de los datos realmente interesantes. En realidad omite todos los datos importantes, porque esos ni son halagüeños ni llenan editoriales admirativos como los que desvergonzadamente se ven actualmente en la prensa oficialista.
Una de las primeras cosas serias a acometer cuando existe crecimiento económico consiste en analizar cómo se distribuye ese mayor flujo de riqueza entre todos  los individuos que teóricamente habrían de disponer del incremento monetario. Y esa distribución siempre se esconde, no solo a los profanos, sino incluso a los expertos en la materia, que han de sudar lo indecible para intentar averiguar cómo fluye el dinero fresco a través de las diversas capas sociales. O más bien cómo es que no fluye del modo esperado. Que es justo lo que está sucediendo en España, no por tratarse de España específicamente, sino porque el modelo parte de una presunción errónea y perversa. De esas que se explican mal a sabiendas.
La doctrina ultraliberal al uso parte de la premisa de que el flujo de riqueza es descendente mediante un proceso que se ha denominado de diversas maneras pero que en definitiva supone la temeraria hipótesis de que el exceso de riqueza  se desborda, rezuma o gotea desde las capas altas de la sociedad hacia las bajas mediante un fenómeno de capilaridad descendente que hace que al final todos se vean beneficiados. Esa tesis, que se podría calificar inocentemente de buenista si proviniera de mentes menos lúcidas y maquiavélicas, adolece de un defecto fundamental consistente en que la sociedad no es un sistema físico permeable e isotrópico (es decir, en el que todas las propiedades se manifiestan y difunden igual en todas las direcciones), sino un sistema heterogéneo, no isotrópico y con tendencia a mantener (o incrementar) las desigualdades. La maléfica -que no utópica- idea que subyace a esa doctrina (es decir, que cuando ya se es suficientemente rico se dedica el excedente a generar riqueza en otras capas sociales inferiores) es tan manifiestamente falsa y cínica que no merecería mayor atención sino fuera porque forma parte de la doctrina oficial neocapitalista que gobierna este y otros países occidentales. Y que pretenden con ella un trágala a las clases populares que resulta, cuando menos, insultante.
Volviendo a las analogías familiares de las que tanto gusto, si en casa empieza a entrar un mayor flujo de dinero, no cabe duda de que la familia será más rica, pero si todo el incremento se lo apropia el pater familias y lo dedica  a sus cosas y no a la manutención de la economía doméstica, la realidad es que los miembros de la unidad familiar no sólo no serán más ricos, sino que serán comparativamente más pobres en relación con el cabeza de familia y con el conjunto familiar global. Es decir, se incrementarán las desigualdades entre los miembros más ricos y más pobres de la familia. Pero a los ojos del banco que lleva las cuentas de la casa, no cabrá duda de que la familia en su conjunto dispone de más dinero y es más rica. Y por lo tanto, los pobres de la familia serán relativamente más pobres. Que es justo lo que está ocurriendo en estos momentos en todo el bloque occidental, y de forma mucho más acusada en los países que han vivido de forma más intensa la crisis sistémica de este modelo de capitalismo.
El error fundamental del modelo del desbordamiento de la riqueza se puede ilustrar muy bien con la conocida imagen de la pirámide de copas de champán. Según la doctrina oficialista, cuando la riqueza fluye lo hace en primer lugar en las capas altas de la pirámide: las copas del vértice  son las primeras en llenarse. Cuando se llena la primera fila de copas, se desborda y empieza a llenarse la segunda fila, más amplia. Y cuando ésta rebosa, empieza a llenarse la tercera, aún más amplia. Y así sucesivamente hasta que la riqueza llega hasta la base de la pirámide, amplísima y que incluye al grueso de la población.
Sin embargo, este argumento contiene dos crueles e interesadas falacias. La primera es que cuando la riqueza fluye de forma inconstante y lenta, las únicas que se llenan en un tiempo razonable son las copas del vértice. Las que quedan por debajo reciben un goteo casi inapreciable y sobre todo, no acumulativo, porque ese ligerísimo exceso de dinero debe usarse inmediatamente para saldar deudas y para adoptar medidas de consumo largamente pospuestas, como cambiar el coche que se cae a pedazos de lo viejo que es. De modo que cada capa receptora de riqueza agota los recursos que gotean mucho más rápidamente que el flujo que reciben. En definitiva, se depende de nuevo del crédito y el ahorro cae bajo mínimos (en España, en este momento la renta familiar disponible en forma de ahorro es del orden del 6%, una tasa el doble o triple de baja que antes de la crisis).
Algo así como el célebre delta del Okavango, el caudaloso río africano que se diluye en medio del desierto de Kalahari formando un delta que jamás llega al mar. De modo que las capas inferiores de la población jamás ven ni un ápice de esa supuesta nueva riqueza general, o tardan tanto tiempo en percibirla (un plazo mucho mayor que uno o dos ciclos electorales) que su disgusto va in crescendo de forma pareja al incremento de las desigualdades sociales. Y esa es la razón por la que sociólogos y economistas de raigambre humanista alertan de la nada despreciable posibilidad de graves disturbios sociales a largo plazo, a medida que nos internamos cada vez más en un modelo de sociedad nacida del ultraliberalismo económico y que consagra la desigualdad brutal entre las clases sociales como motor del sistema.
Pero aún resulta mucho más grave otro error del modelo de la pirámide de copas de champán y que tiene mucho que ver con que los sistemas sociales son no lineales y están sujetos a formas de conducta individual no previstas en las (así llamadas) leyes económicas. En concreto, no se tiene en cuenta el egoísmo, la codicia y el acaparamiento que deriva de ellos. Como si fuera un dogma evidente que cuando uno ya es suficientemente rico se ha de dedicar por las buenas a generar más riqueza para los demás, en vez de hacer lo que vemos día a día: especular financieramente con su riqueza, para generar más riqueza individual y ahondar en las desigualdades de clase, aunque el dinero le salga por todos los orificios del cuerpo y ya no sepa qué hacer con él. Y es que el modelo económico ultraliberal es sumamente asimétrico y los (anti)valores ultraliberales favorecen el incremento de esas asimetrías.
En ese sentido, el ejemplo de la pirámide de copas de champán deviene grotesco, porque lo que sucede en realidad es que a medida que se llenan las copas del vértice, no gotea nada (o casi nada) hacia los niveles inferiores, sino que se cambian las copas superiores por otros recipientes de mayor capacidad. Al final tenemos una pirámide extrañamente deforme y monstruosa, con unos niveles superiores formados por enormes jarras cerveceras tipo oktoberfest  que se apoyan sobre niveles inferiores  de copas progresivamente más pequeñas, hasta llegar a una base enorme de pequeños vasos de chupito que deben resistir todo el peso de la estructura que tienen encima, sin recibir casi nada más que las salpicaduras de riqueza procedentes del jolgorio de arriba.
Con un defecto añadido: así como la pirámide de copas tradicional es estable por sí misma y distribuye el champán (la riqueza) de forma homogénea, el engendro real es sumamente inestable y tiende a colapsar porque el peso de la riqueza se concentra en los niveles superiores, de modo que al final los inferiores no pueden resistir la carga impuesta sobre sus hombros. Algo que cualquier mediocre arquitecto sabe de primeras: un edificio cabezón tendrá tendencia a venirse abajo con suma facilidad. Es entonces cuando los gobiernos aparecen con las temibles medidas estructurales, que nunca consisten en abrir nuevas vías de desagüe desde los niveles superiores a los inferiores (es decir, en redistribuir la riqueza), sino en apuntalar todo el conjunto con medidas que refuerzan a las capas superiores, pero benefician escasamente a las inferiores, del mismo modo que un tirante sirve para evitar que los pisos altos de un edificio se derrumben, pero no resulta de ningún apoyo para los de la planta baja. Eso sí, los gastos se pagan entre todos los propietarios con independencia del piso en que habiten.
Se conforman así las llamadas “medidas estructurales” como meros soportes de refuerzo del statu quo vigente, pero no como auténticas medidas de remodelación del sistema económico, que persigue ante todo su perpetuación mientras la estructura original aguante. Para cuando reviente, los dueños de los áticos ya habrán emigrado a otro sitio mejor. Las ruinas las repartiremos entre la mayoría empobrecida.
Eso es lo que no nos dicen ni De Guindos ni su jefe Rajoy. Cegados por su datos macroecónomicos y confundidos por la visión de una riqueza que sólo a ellos les concierne, siguen impertérritos pidiendo cínicamente el voto para proseguir con el desmantelamiento del Estado del Bienestar tal como lo conocimos hasta ayer mismo, arguyendo una mejora de la economía que sólo lo es para unos pocos. En concreto, para el veinte por ciento de la población que concentra el ochenta por ciento del PIB. Para ellos, la economía va bien, porque ellos y sus amigos están en la parte superior de la pirámide, la que con andamiajes y refuerzos está acumulando más riqueza, si cabe, que antes de la crisis. Sólo para ellos, España va bien.

miércoles, 1 de abril de 2015

Albert Rivera: operación ESADE

Resulta indudable el carisma mediático,  la sólida formación retórica y el profundo conocimiento de la política que manifiesta el señor Albert Rivera en todas sus apariciones públicas. Aunque lejos de mis afinidades ideológicas debo convenir – y conmigo también cualquiera que tenga un mínimo de ecuanimidad en su razonamiento analítico- que el jefe de filas de Ciutadans es un animal político como hacía años que no se veía un ejemplar en este país, tan adocenado por pijoapartes de la cosa pública, tremendas mediocridades cultivadas en un protocolario lameculos y besamano del jerarca  de turno, mientras mangonean lo que pueden y guardan silencio en los escaños (porque si abren la boca, la cagan) que ocupan, sistemáticamente, para apretar el botón ordenado desde las más altas instancias, que tampoco son nominables para un premio nobel, precisamente.  
 En ese ámbito de terrible vulgaridad, escasa preparación y aún menor grado de vocación política, donde el retrato robot del político en ejercicio es lo más parecido a un suboficial chusquero de los de toda la vida, el señor Rivera destaca por méritos propios. Unos méritos que le valdrían lo mismo aunque sentara sus posaderas en cualquier cámara política de algún país transpirenaico de los que saben de verdad lo que es la política y la democracia. Porque el señor Rivera, todo hay que decirlo (y reconocerlo con honestidad) tiene forro y hechuras de estadista. De los de antes. De los que merece la pena oir , aunque se habite en las antípodas políticas de su discurso.
 Y vistas desde esa perspectiva, se iluminan de forma bastante clara unas cuantas cosas. La primera de ellas es la escasa química con la dirección de UPyD, en la que Rosa Díez representa –en su vertiente feminoide- al típico sapo político rezumando ponzoña y mala baba,  con un estilo muy militar, vociferante y ninguneante de entender la política. Muy de una vieja guardia que premia a las personas más que a sus méritos, y que descalifica al adversario más que discutir con él, argumentando las ideas.
Rosa Díez, surgida de las trincheras del socialismo guerrero nacido del sector del metal vasco y cuya escuela política fue la calle, la barricada, el piquete y el sindicato, no puede compararse (ni competir) con un personaje que parece hecho a medida para ocupar un espacio de centro con un discurso templado, lógico y muy en una línea que aparenta una superioridad intelectual terrorífica sobre los viejos políticos surgidos de las entrañas de la lucha obrera, por mucho que hayan aprendido a vestirse de seda. Es la confrontación del estilo arrabalero del boxeador zafio contra la elegancia del maestro de artes marciales.
 Porque, a fin de cuentas, Albert Rivera tiene toda la pinta de ser un prototipo de lujo de una nueva clase de político extrañísima por estos lares. Civilizado y nada sectario, pero tremendamente convencido y convincente, se comería con patatas a cualquier candidato oficialista de los que pueden pretender la sucesión al trono del viejo bipartidismo español. Porque el señor Rivera tiene un bagaje extraordinario que le permite postularse como recambio de la vieja derecha heredera del franquismo sociológico. Un recambio impoluto e incontaminado ni por el pasado caudillista ni por este presente teñido de corrupción y mangoneo.
 Así que el señor Albert Rivera, hijo de comerciante catalán de la Barceloneta y de andaluza residente en Cataluña, es el tipo llamado a regenerar el centro derecha español (aunque en verdad, el programa de su partido está muy teñido de variantes de centro izquierda, lo cual ya nos debería alertar sobre las fuerzas o mecanismos impulsores  ocultos de Rivera y su partido hacia el estrellato político).
Las biografías –las de verdad, no esas que muchos políticos adornan con falsos títulos y reconocimientos para darse un empaque del que carecen- suelen ser muy reveladoras. Y el caso de Albert Rivera resulta paradigmático. Rivera es un alumni de ESADE y un antiguo miembro de los Servicios Jurídicos de Caixabank. Por si fuera poco, fue apadrinado por Francesc de Carreras, un peso pesado de la política universitaria catalana e impulsor de una plataforma catalana no nacionalista. Con lo ya expuesto, casi no cabría añadir nada más para entender quien tiene un interés específico en potenciar  a Ciutadans/Ciudadanos en toda España. Y sobre todo, en potenciar a Albert Rivera.
Frente al opusdeista IESE, ortodoxo hasta la rigidez momificadora y de espíritu extraordinariamente conservador, se ha alzado desde siempre ESADE, una organización de los jesuitas, que siempre se han mostrado mucho más pragmáticos, modernos, liberales y digamos “de izquierdas” que sus abiertamente reaccionarios homólogos de IESE. El Opus entronca con la derecha nacional católica más rancia. Los jesuitas están abiertos a una concepción más amplia del mundo. De ahí que un ateo como Rivera sea uno de los hijos predilectos de ESADE, algo impensable si fuera miembro de IESE. De ahí que Rivera sea la respuesta fresca y moderna de ESADE a la convencional derechona mesetaria tan alejada de la derecha liberal internacional.
Lo mismo cabe decir de la influencia de La Caixa en los años iniciales de Rivera. Entrar en los servicios jurídicos de Caixabank no es nada fácil, y requiere de unas cualidades notables y un padrinazgo más que remarcable.  Caixabank siempre ha destacado por su seny específicamente catalán y alejado de locuras y saltos mortales financieros. Al menos, siempre más alejada de la temeridad que el resto del sistema bancario español. Una solidez y robustez que entroncan con cierto carácter netamente catalán y extraordinariamente práctico muy mal comprendido en el resto de la península, por lo general. La pela es la pela y no comparte viaje con aventureros, de modo que el profundo y genuino catalanismo de La Caixa no es nada nacionalista, y mucho menos independentista. Más bien es una plasmación de cierta voluntad de catalanizar España, más que de independizarse de ella. Y Rivera es el epítome de esa forma de pensar y actuar.
 De hecho, Rivera parece surgido de una operación conjunta de ESADE y La Caixa, que son su alma mater y padre y madre putativos. Lejos de haber concebido un engendro, les ha salido un producto perfectamente acabado, finísimo y casi perfecto para lo que suele ser el estándar político español, que en general, y a poca sensibilidad que se tenga, produce pavorosos escalofríos por un motivo u otro. O por todos a la vez.
 Dependerá en gran medida del olfato político del señor Rivera, de su inteligencia negociadora, se su capacidad de encajar bien los reaccionarios ataques de la derecha más inmovilista y de su capacidad adaptativa al complejo entorno sociopolítico español, que Ciutadans/Ciudadanos se postule y se promueva como una auténtica alternativa regeneracionista liberal española, que suponga el carpetazo al modelo nacional católico y mesetario del PP y su sustitución por un partido centrista al uso en otras democracias europeas mucho más consolidadas sin el lastre del legado de una transición política en la que el centro derecha español  acogió muchos de los perversos elementos del anterior régimen autoritario.
 La operación reformista de Miguel Roca, allá a mediados de los ochenta, resultó en un sonoro fracaso. Confiemos en que casi treinta años después, esta nueva acción para ocupar el centro político, esta operación ESADE, sea el revulsivo que necesita la democracia española para ponerse a la altura que merece el país. Los demócratas de verdad, incluso los de ideología opuesta a la que predica el señor Rivera, lo necesitamos.

jueves, 26 de marzo de 2015

Catalanes de mierda

Los vergonzosos insultos en las redes sociales a los fallecidos en el accidente de German Wings, por ser muchos de ellos catalanes, resultan indudablemente aleccionadores respecto al clima de catalanofobia que existe en España, similar al de la judeofobia del siglo XV, que concluyó con la expulsión de los sefardíes de territorio español.  Esos insultos demuestran que la xenofobia es algo muy característico y persistente de pueblos extraordinariamente endogámicos, como los que habitan allende el río Ebro. El aislamiento geográfico de la península puede tener algo que ver con esa hostilidad hacia lo extraño y diferente (que ya se palpaba en notables intelectuales del siglo XIX y principios del XX), pero más probable me parece el mecanismo de aislamiento político y social inducido por las élites del país desde tiempo inmemorial. Todo ello reforzado con una visión religiosa muy temerosa de todo lo novedoso, moderno y sobre todo, transpirenaico. Una combinación de la caverna política y religiosa que resultó letal para la tolerancia española hacia lo ajeno.
 Al parecer la frontera de la desconfianza inducida se ha trasladado en los últimos cinco siglos (de "gloriosa historia común") hasta las riberas del Ebro, y  tras esa desconfianza (que  actúa como  un elemento potenciador de peores augurios) se ha instaurado un odio bastante cerril hacia todo lo que representa Cataluña, en un grado tan inmoderado que sólo puede explicarse porque a) existe un desconocimiento profundo de la realidad catalana y b) se alimenta de un interés específico en combatir el nacionalismo por la vía de la beligerancia agresiva más intolerante.
 Los contemporizadores (que también son cómplices necesarios) insisten en que eso son cosas de cuatro descerebrados, y que no responde al sentir general del resto de España. Esa táctica, la de minimizar cuantitativamente a los agresores por la vía de compararlos con una mayoría de la población, es totalmente incorrecta, porque omite los efectos cualitativos, que son mucho más poderosos que el mero número –nada despreciable- de quienes se divierten ultrajando a las víctimas, que catalanas o no, merecen todo el respeto que también merecemos los catalanes que aún estamos vivos. Baste significar que el odio xenófobo, racial o religioso no precisa de muchos militantes para causar un grave incendio. Y si no, que les pregunten a las víctimas de Al Qaeda o del Estado Islámico.
 La diferencia es que los de aquí, en vez de empuñar las armas para exterminar a los catalanes, empuñan el teclado de un ordenador, pero la intención es la misma. La rabia que rezuman sus mensajes es tal que, si apretando una tecla de su teléfono o tableta pudieran asesinar impunemente a alguien por el mero hecho de ser catalán, lo harían sin duda alguna. En realidad, el odio feroz y minoritario es mucho más peligroso que la mera reprobación mayoritaria, porque los militantes del primero suelen pasar con demasiada facilidad a la acción si se les permite. Y si además de permitírselo se les alienta desde determinados medios de comunicación  (ante la pasividad de las autoridades), lo más plausible es que el día menos pensado tengamos un problema mucho más serio que el de unos imbéciles publicando barbaridades en las redes sociales. 
 Está claro que el clima social es algo que se crea muchas veces espontáneamente, pero que la mano que mece la cuna es la encargada de abortarlo (por la vía civil, penal o militar, que decía aquél) o de alimentarlo de forma más o menos disimulada. En el caso español, sin ningún disimulo. Porque las ideas políticas se deben combatir en el campo de las ideas, pero nunca desde la descalificación sistemática o el insulto como eslogan, que es lo que media España ha estado haciendo en los últimos años con Cataluña, aprovechando el enorme grado de resentimiento de determinados personajes de origen catalán (Boadella, Tubau, Espada, etc.) contra el establishment político nacionalista de CiU y ERC. Resentimiento que puede estar justificado a nivel personal, pero que debe moderar mucho sus expresiones cuando se utilizan altavoces mediáticos para difundir su discrepancia. Ese feroz rencor que trasuda en cada uno de los comentarios, entrevistas o artículos de gente como Jiménez Losantos y mucho de sus discípulos (que sin embargo,  carecen de la talla intelectual de Federico, de quien parecen haber heredado únicamente su catadura moral) que se quedan tan anchos tachando a los nacionalistas catalanes de nazis. Actitud que abre la vía a la consideración de cualquier cosa es válida para acabar con ellos. Sin juicio de Nuremberg siquiera. Creo que no es estúpido considerar que del mismo modo que a nivel personal yo desearía la muerte de los asesinos de algún ser querido, me opondría radicalmente a ella desde una perspectiva pública (mediática o institucional). Porque ambas deben ser colindantes, pero en compartimentos estancos. Lo demás lleva al odio fratricida que tanto nos gusta exhibir en la península ibérica.
 Los políticos españoles siempre han utilizado la animadversión a Cataluña como arma electoral y como rédito clientelar hacia unas masas escasamente cultivadas y en general totalmente desconocedoras de que por las calles de Barcelona no vamos linchando a españoles, ni los tenemos esclavizados o marginados. Alguien debe advertir que posiblemente la región española con más integración de foráneos sea Cataluña (y utilizo el término integración en un sentido tan literal y amplio que no cabe discusión al respecto). Aquí no se excluye a nadie, lo que sucede es que muchos se autoexcluyen para luego poder generalizar sus protestas y la rabia que deriva de ellas. Lamentablemente por aquí conocemos a gente que se pasa el día berreando contra Cataluña y que jamás han tenido el más mínimo problema viviendo aquí, excepto que les molesta que hay quien hable catalán, aunque ellos jamás han tenido siquiera que intentar aprenderlo porque nadie se lo ha exigido nunca. Lamentablemente también muchos de los intelectuales que han avivado el fuego anticatalanista son antiguos residentes de aquí que afirman sentirse asfixiados por el clima nacionalista que se respira en las calles, cuando jamás han tenido el menor problema en la cola del super, o de compras por el centro, o de copas tras el cine o paseando por la calle Balmes. Su presunta asfixia es la traslación generalizadora de sus cuitas personales profesionales o políticas, pero que no tiene nada que ver con el clima general de la gente de a pie. 
Sin embargo, y como ya apunté anteriormente, cuanto mayores son los agravios, mejor es la autopercepción de la conciencia de quienes se sienten catalanes. Es un efecto bumerán que ya he señalado en otra entrada de este blog. La cohesión de un grupo se refuerza siempre ante los ataques de un grupo ajeno. La distancia emocional también se multiplica, y el sentimiento de alejamiento se traduce finalmente en desafección pura y dura hacia el otro colectivo, por muchos siglos en común que se hayan pasado juntos. En definitiva, es lo que siempre ha pasado con los judíos en todos los lugares donde no han sido directamente exterminados. Incluso en los Estados Unidos, la influyente comunidad judía refuerza su identidad incluso por encima de la norteamericana cuando perciben que Israel está en peligro. Por ese motivo, los mandatarios USA han de estar siempre muy atentos al estado anímico del lobby judío, porque de él depende en gran medida su capacidad de maniobra y de gobierno, y en última instancia, la posibilidad de ser reelegidos. Tras el sello de la Casa Blanca se esconde la marca de agua de la estrella de David.
 Aquí no, aquí ni se cuida el fondo ni se cuidan las formas con Cataluña. En definitiva, apelar al pasado histórico común cuando el presente es una zurra constante, es como mínimo hipócrita. Es como decirle a una esposa o un hijo maltratados que no se vayan de casa porque la familia tiene una gloriosa historia de decenas de años, mientras se les sigue insultando y amenazando en el presente. En ese sentido, la germinación del odio xenófobo y su abono continuado conducen a que los agredidos se identifiquen cada vez más con opciones rupturistas, al verse totalmente rodeados por una espesa maleza de naturaleza catalanofóbica. A muchos independentistas les he oído decir estos días que bienvenidas sean esas atrocidades que anidan en el corazón de muchos españoles. Sobre todo que sea bienvenida su expresión pública y notoria, porque eso refuerza la base socio-política del independentismo catalán. 
Y no está de más anotar que esos brutales ataques en las redes sociales demuestran, por activa y por pasiva, que sí existe el hecho diferencial catalán, porque la misma censura agresiva y excluyente hacia nuestra condición de catalanes -incluso después de fallecidos en un terrible accidente- lleva parejo el reconocimiento de que existe una diferencia no sólo abismal, sino también irreductible entre una gran parte de España y Cataluña. Entre unos españoles que, como los viejos franquistas, de Cataluña sólo quieren el territorio, pero no sus señas de identidad ni a quienes han construido el país durante siglos. De nacimiento o adopción, de pura cepa o de primera generación, pero todos ellos catalanes. De muchos, que como yo, llevan sangre  de muchas procedencias  en sus venas, y se sienten muy catalanes.
Catalanes de mierda, entre los que orgullosamente me incluyo.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Catalanes en Andalucía

El nacionalismo es arma de doble filo, y algunos personajes públicos, demasiado tontos como para comprender los peligros de su aguzado hierro, corren el riesgo añadido de confundir la empuñadura con el filo, y propinarse unas cuchilladas de cuidado sin saber muy bien cómo hasta que acaban empapados en su propia sangre  rojigualda. En fin, que esta semana pasada nos ha regalado un ejemplo diáfano de que el debate del nacionalismo sólo puede entenderse cuando los contendientes son dos nacionalistas opuestos, pero nunca entre un nacionalista y no nacionalista, si es que existe dicho espécimen. Esta disquisición no es gratuita, porque a la vista está que no nacionalistas de verdad prácticamente no existen, y en política no conozco a ninguno que se haya significado lo suficiente como para merecer siquiera una nota al margen de la historia universal.
 Sucede que la adscripción al grupo es una tendencia fundamental de todos los primates, y desde luego del hombre. El ser humano no se concibe fuera de un grupo, ya que el aislamiento lo condenaría con toda certeza a una muerte segura (al igual que sucede con nuestros parientes chimpancés y bonobos). En el caso humano, la exclusión del grupo conduce sistemáticamente a graves desórdenes mentales, y la exclusión social es una especie de muerte en vida que comporta pesares sin cuento. Necesitamos pertenecer a un grupo, y necesitamos identificarnos con ese grupo. El humano solitario por excelencia no existe, y cuando creemos encontrar uno, se trata de un tipo de persona trastornada emocionalmente e incapaz de mantener un contacto sobrio con otros de su misma especie. Muy perjudicada, que diríamos.
 Así que la identificación con el grupo es una clave fundamental de nuestra vida mental y social. La identificación grupal conduce inexorablemente a una distinción – a veces muy sutil, pero no menos palpable- entre “nosotros” y “ellos”. Y en situaciones de tensión o tribulación, cuanto más intensa sea la percepción de la diferencia entre nosotros y ellos, mayor será la cohesión de nuestro grupo (y por un efecto de simetría bastante más trascendente de lo que se piensa, también la de ellos). En resumen, la cohesión de un grupo social se basa en la definición de una identidad propia y distinta de los demás grupos. Una identidad que opera como una impronta bastante indeleble frente a todo tipo de racionalizaciones, porque se trata de un fenómeno claramente emocional.
 O sea que resulta bastante indignante oir (y aún más creerlo a pies juntillas) decir a alguien que es “no -nacionalista”, porque ese “no” se refiere siempre y en todo lugar a una contraposición a otro grupo con una identidad diferenciada. Cuando oímos autoproclamarse a determinados políticos y ciudadanos como no nacionalistas no existe otra opción que entender que su pretendido no-nacionalismo es una confrontación respecto a otro grupo distinto que proclama una identidad diferente. En ese sentido “no” no se corresponde exactamente con “anti”, pero casi, y la excusa básica siempre es la misma: atribuir al vecino de enfrente unos defectos que son esencialmente los mismos que los nuestros reflejados en un espejo sociocultural. 
 Precisamente por eso es de risa observar las soflamas antinacionalistas de muchos políticos, cuya astucia pretende menoscabar la ya menguada inteligencia política de gran parte de la ciudadanía, haciéndoles creer que su no-nacionalismo es como una especie de internacionalismo universal y panhispánico. Como si se tratara de un metanacionalismo cuya frontera es Europa, porque resulta muy barato decirlo y porque ellos son los primeros que saben que la Europa de los pueblos es una entelequia inalcanzable, a excepción de lo que ha sido siempre: un mercado y un mercadeo común de filibusteros económicos.
 Resulta deprimente estudiar en profundidad las declaraciones  de muchos políticos de presunta altura y ver en ellas los mismos tintes hipernacionalistas que pretenden criticar en boca de otros. En ese sentido, no es más nacionalista el Frente Nacional de Le Pen, que los partidos tradicionalmente más centrados, como la UDF o el PS francés. Lo único que les distingue es la semántica,  un mayor acento en cuestiones raciales y de origen, y un cuidadoso disimulo de todo aquello que pueda parecer  chauvinista o endogámico. Llegamos así a una situación en la que el discurso de los partidos tradicionales, especialmente de izquierda, pretende ser integrador y multiétnico porque la corrección política así lo exige (y los medios de comunicación están muy atentos a este tipo de cosas) y les lleva a proclamarse no nacionalistas. Pero es una distinción falaz, porque su no-nacionalismo lo es por oposición a un discurso mucho más nítido y beligerante de los “lepenistas”, pero no por una convicción clara y determinante. Al contrario, las soflamas y banderas francesas excitan por igual a todo el espectro político (igual que ocurre en Gran Bretaña o en EEUU) a las primeras de cambio.
 El uso masivo y martilleante de la bandera es una herramienta de afianzamiento del credo nacional muy potente en todos los países del mundo, sin excepción. La bandera simboliza como pocas cosas la identidad colectiva, por más que sea un trapo lleno de sangre y mierda, como se han cansado de repetir ilustres anarquistas. Y ese poder aglutinante de la bandera existe porque por debajo del puro símbolo, fluye una corriente poderosísima de nacionalismo que arrastra vigorosamente a todos los ciudadanos en una dirección u otra, pero que no les deja inmunes ni mucho menos. Y ese fenómeno, esa corriente fluida y subterránea, está presente en todos nosotros. Sólo hace falta que se pulsen determinados interruptores emocionales para que aflore de forma abrupta y, en ocasiones, violenta.
 Muchas personas no son lo suficientemente perspicaces como para percibir hasta qué punto el nacionalismo genérico y genético (o tal vez sería mejor decir memético) fluye por debajo de sus conciencias por lo demás generalmente tranquilas y desapasionadas hasta que salta la chispa que enciende su nacionalismo más tribal. Son muchos, muchísimos, quienes afirman ser no  nacionalistas, pero que cuando se ven empujados a tener que tomar partido, adoptan una postura claramente (ultra)nacionalista. El nacionalismo no es una ideología, sino un sentimiento (a veces ideologizado), y  cuando se pretende racionalizar resulta en un ejercicio absurdo a más no poder, porque el sentido de identidad nacional, aunque se forja en símbolos externos, es básicamente  visceral y emocional.  Por ello muchos catalanes que no eran especialmente nacionalistas, ante las embestidas absurdas del PP al Estatut y el autogobierno de Cataluña, cambiaron su percepción mental del asunto, y asumieron posturas independentistas inesperadas. Por eso también, cada arreón del PP contra Cataluña fomenta el hervidero independentista, causando un auténtico efecto rebote respecto a sus propósitos iniciales.
 No hace falta estar especialmente dotado intelectualmente para ver que este fenómeno es universal, y que sólo así se explican la mayoría de las trifulcas nacionales de los últimos siglos, desde la guerra de la Independencia española, hasta el conflicto palestino-israelí de nuestro días, pasando por el sempiterno hervidero balcánico. Aludir al populismo temerario  de algunos dirigentes políticos como causa última de los enfrentamientos nacionalistas es lo mismo que culpar a la chispa de un incendio. Porque nada se inflama si no es previamente inflamable. La cualidad identitaria reposa en el individuo, y puede tener un punto de ignición alto o bajo, pero ahí está de forma permanente y consustancial al hecho de que somos animales sociales y necesitamos de una identidad colectiva frente al mundo.
 Rebatir al nacionalismo desde posturas filosóficas (además de utópicas e hipócritas) es un ejercicio ridículo  para esgrimistas mentales, pero no cuadra con el comportamiento de las sociedades en general. En última instancia, baste acudir a cualquier evento deportivo internacional para comprobar lo hasta ahora dicho. Y las élites, por mucho que presuman de su ecuanimidad y universalismo, no están exentas de la conducta nacionalista aunque conveniente y sofisticadamente camuflada. Eso es algo que resulta especialmente cargante, por cuanto una gran parte del debate acerca de la identidad  se centra en una especie de combate asimétrico entre una cierta intelligentsia extraordinariamente cultivada que atribuye a pulsiones casi  reptilianas la conducta nacionalista; y el resto de los ciudadanos, tratados de forma displicente por su  inferioridad intelectual demostrada al ceder a las bajas pasiones nacionalistas. Este argumento, además de ser francamente erróneo, ya que el fenómeno identitario se da solamente en los mamíferos superiores, - especialmente en los primates-, y demuestra una altísima evolución cerebral favorecedora de la cohesión del grupo, resulta además absurdo por mera comparación. Sería como si criticáramos la exuberante sexualidad humana (mucho más allá de la mera función reproductora) como algo a excluir de una mente elevada, por tratarse de un impulso animal, visceral, emocional y, en muchas ocasiones, perjudicial.
 Rebatir las cuestiones identitarias como algo a extirpar de la especie humana -debido a las infames consecuencias que en ocasiones se producen- es tan tonto como pretender extirpar el sexo placentero para evitar el contagio de enfermedades venéreas. Ambas cosas forman parte de la naturaleza humana, y como no somos clones del vulcaniano doctor Spock, tenemos que asumir que, como humanos, hay rasgos que son intrísecos a nuestra especie, aquí y allá, ayer y mañana. Las proclamas antinacionalistas teñidas de un vacuo europeísmo –que no es sino otra forma de nacionalismo ampliado- son frívolas y superficiales (al respecto resulta risible el feroz europeísmo recién descubierto que exhiben ahora varios estados eslavos, desde Letonia hasta Ucrania). Los intelectuales que riñen a la ciudadanía por su nacionalismo se comportan como imbéciles ciegos a la realidad sociobiológica de la especie a la que pertenecen. Y los políticos que usan munición antinacionalista resultan patéticos ante la evidencia de que su artillería es tan nacionalista (o más) que la de sus contrincantes.
 Ejemplo de ello nos ha dado la semana pasada el delegado del gobierno en Andalucía, que ha llevado su pretendido antinacionalismo a un extremo tan tremendamente nacionalista que podríamos calificarlo de emulador de Milosevic. Porque el señor Antonio Sanz, que así se llama el inefable delegado, tuvo la imprudente temeridad de descalificar a Ciudadanos en un mitín porque a) eran catalanes y b) su jefe de filas se llama Albert. Aparte de las matizaciones posteriores del personaje (sobre lo mucho que admira a Cataluña etc. etc.) y que son un vacuo remedo de unas balbuceantes e inaceptables disculpas, el lodo que queda en la charca ideológica en la que chapotea el señor Sanz es totalmente aberrante y una muestra más del nacionalismo españolista extremo y Terminator en el que se desenvuelve el PP. Pues resulta que altos representantes del Partido Popular  consideran que cualquier formación no originaria de Madrid o de Andalucía es indigna de participar en las elecciones andaluzas (se supone que por estar fuera de contexto), y que un señor que se llame Albert, Jordi, Josep o cualquier otro patronímico catalán debe ser excluido de la libre circulación política fuera del ámbito estrictamente catalán.
 Lo cual resulta muy grave, porque pone de manifiesto que  a) parece ser cierto lo que siempre se ha asegurado en algunos círculos catalanes de que  del Ebro hasta el Atlántico no se nos quiere ni ver y no contamos para nada que no sea aflojar la pasta, y b) que por lo visto, ser español y catalán es ser menos español que otros. Algo que debe dolerle mucho al señor Rivera y sus Ciudadanos, siempre tan orgullosos de mostrarse españoles y catalanes fifty – fifty. Y van los epítomes del antinacionalismo y se cuelgan una etiqueta tan catalanofóbica que no queda más remedio que admitir que es discurso ultranacionalista del Cid campeador y Santiago y cierra España. Y conste que en Cataluña jamás de los jamases nadie con dos dedos de frente se ha atrevido a opinar que sólo queremos partidos de origen catalán en nuestras elecciones y que nos resultaría repulsivo que nos gobernara un señor que se llame Pedro, Fernando o Hilario. Cosa que, por cierto ya ha sucedido con Pepe, que es como se llamaba nuestro anterior presidente de la Generalitat, cordobés por más señas. O sea, que será verdad que en Cataluña, por suerte, la mayoría somos diferentes (con permiso de Alicia y algún que otro vándalo pasado de vueltas “esteladas”).
 Cosa que casi todo catalán de palabra, obra u omisión ha sabido siempre y ha padecido en sus carnes a la que ha cruzado el Ebro por necesidad, placer o masoquismo. Igual que hay que desconfiar extremadamente de aquellos que proclaman que no son racistas (porque a buen seguro algún sentimiento ponzoñoso les corroe por dentro), o esos otros que no son nada (pero que nada) machistas, también la historia nos enseña a desconfiar en grado sumo de quienes afirman no ser nacionalistas. Porque nacionalistas, señor Sanz, somos (casi) todos, sólo que unos lo manifiestan y otros lo  llevan como el veneno del escorpión: escondido en la retaguardia, pero presto al aguijonazo.

jueves, 12 de marzo de 2015

Inestabilidad

Este año convulso está resultando de lo más interesante desde una perspectiva electoral. Los grandes partidos, muy amedrentados por la eclosión de diversas formaciones alternativas, que le están dando bocados –de momento todavía hipotéticos- a su electorado por derecha e izquierda (especialmente por la izquierda), han iniciado una épica confrontación para mantener su estatus de liderazgo nacional. Lo que ya no se sabe muy bien es si la confrontación es con los otros partidos o con la ciudadanía, a la que tratan de convencer de las bondades del bipartidismo como garante de la estabilidad democrática.
 
En primer lugar, hay que recordar a los mediáticos asesores de PP y PSOE que la estabilidad democrática no depende del número de formaciones con representación parlamentaria. La democracia es estable cuando sus principios están profundamente asentados en la sociedad (que tampoco es el caso, como trataré de demostrar más adelante), y desde luego cabría considerar que cuanta más diversidad política, mejor se sedimentan dichos principios en una democracia joven (y en el caso español, más que joven, adolescente). La interesada tergiversación de este principio, que de entrada podría parecer astuta, es la que llevan a cabo los jefes de filas de los partidos mayoritarios, que hasta la fecha se han repartido el pastel sin demasiadas incomodidades, asumiendo que estabilidad democrática es exactamente lo mismo que estabilidad gubernamental.
 
Lo cual no es sólo tomar la parte por el todo, sino tomar directamente el pelo personal. La estabilidad democrática significa inmunidad del sistema a los vaivenes de los diversos gobiernos y legislativos que vienen y van. La estabilidad gubernamental consiste, nada más y  nada menos, en conceder un cheque en blanco al poder ejecutivo para gobernar al margen de los habituales sistemas de control democrático que obligan, las más de las veces, a un complejo sistema de arreglos y pactos en el que todas las partes ceden un poco para conseguir alguna cosa. Ese difícil arte que se llama negociación. Para quienes no se hayan enterado todavía, consulten en  las hemerotecas  los delicados equilibrios de Obama y el partido demócrata frente a la mayoría republicana del Congreso.
 
Así que nos encontramos con que PP y PSOE piden mayorías fuertes, que garanticen la estabilidad del país durante la legislatura. El único y fundamental problema de dicha petición consiste en que, en este triste ruedo ibérico, las mayorías fuertes están para lo que están: para gobernar como si la otra mitad de España no existiera. O peor aún, como si fuera una casta de intocables hindúes a la que hay que tratar con el mayor desprecio posible. Se gobierna para los amigos –los electores propios-  y contra los enemigos, donde “enemigos” es término que suele referirse aproximadamente a la mitad de la población, millón arriba, millón abajo.
 
En definitiva, se pretende gobernar pasando el rodillo parlamentario y ejecutivo por encima de los demás partidos, lo cual es doblemente pernicioso. Primero porque significa cargarse el principio de separación de poderes de tal manera que resulta imposible recomponerlo, por mucha ingeniería política que quiera aplicarse al asunto. Y segundo, porque está feo que mi Presidente del gobierno me dé morcilla sencillamente porque, en su al parecer acreditada opinión, no tuve el arrojo y la sensatez de votarle a él. Desde aquel célebre “que se jodan” proferido desde los escaños del PP por una pitufina pija y neofascista, nos ha quedado muy claro que gobernar consiste en eso, literalmente: joder a los que no llevan el emblema adecuado en la solapa. Y tener la desfachatez de pedirnos después el voto a todos, como garantía de estabilidad y buen hacer, etc. etc.
 
La gente sensata de este país, que aún la hay, suele tener la convicción de que es muy conveniente evitar las mayorías absolutas, porque nuestra tradición fratricida nos lleva a la soterrada certeza de que la mejor manera de gobernar sería el exterminio del adversario. Por las buenas, exterminio político, que es a lo más que hemos conseguido evolucionar desde la proclamación de la democracia en 1977. Por las malas, exterminio de paredón al amanecer. Lo de la tolerancia, el diálogo constructivo, el respeto a las demás opciones políticas  y todas esas zarandajas las ven mayormente como mariconadas de cuidado, sólo aptas para pusilánimes y blandorros. Gobernar es empuñar la garrota, en resumen.
 
Por supuesto, si la garrota la tienen que compartir, a lo sumo que sea alternativamente por períodos legislativos, pero ni soñar en empuñarla a varias manos. Y mucho menos, dejar de blandirla y sustituirla por la batuta, que es también instrumento de madera, pero de connotaciones mucho más melódicas y ciertamente democráticas. Pues si el garrotazo es el epítome de los medios empleados por los partidos mayoritarios españoles durante las últimas centurias como significación del poder casi absoluto al que aspiran nuestros gobernantes, la batuta es el símbolo de la bien organizada dirección de una sociedad muy diversa pero que podría resultar armónica si se tuviera una buena orquesta (que ya es otro cantar).
 
Sin embargo, la tradición absolutista española sigue presente bien entrado el siglo XXI. No sólo entre nuestros gobernantes, sino también entre la ciudadanía, que también parece preferir el ordeno y mando al diálogo sereno y las concesiones de la negociación. Nuestra tradición cívica es totalmente militarizante, guerrera y follonera. Irrespetuosa hasta el extremo con el contrincante, carente de toda empatía hacia diferentes perspectivas y, sobre todo, necesitada de imponer más que de convencer. Argumentar para convencer parece ser un ejercicio demasiado denso y cansino, sobre todo cuando se pueden conseguir muchos mejores resultados por la vía de la imposición. Manu militari, o casi.
 
Tal vez sea hora de dejar de decir estupideces y zalamerías  acerca del  “elevado grado de madurez democrática de la sociedad española”, y asumir que aún estamos muy lejos de haber metabolizado las esencias democráticas. A lo sumo, las tenemos atravesadas en el duodeno ciudadano y nos mostramos incapaces de digerirlas (y también de regurgitarlas, con todo lo que eso comportaría). Así pues, vivimos una parálisis de asimilación democrática, en la que como casi siempre en nuestra historia, nos hemos quedado con las formas pero no con el trasunto de la cuestión. Por eso parecemos un pueblo moderno, pese a que lo único que hemos hecho ha sido vestir al troglodita interior con camiseta y tejanos.  Por eso no nos convienen las mayorías absolutas, ni siquiera las de los nuestros afines, porque de inmediato saltan los relés antidemocráticos y empezamos a pensar en el que se jodan inverso. Y así no vamos a ninguna parte.
 
Tentado estoy de considerar que las mayorías absolutas deberían estar prohibidas constitucionalmente, al menos hasta que aprendamos a respetarnos mutuamente como colectivo nacional, y a entender que gobernar es un arte de colaboración y consenso, más que de imposición y griterío. Asumir que preservar la separación de poderes sí es la garantía de la estabilidad del estado de derecho, y que esas cosas no se aprenden en un libro de texto teórico como es la constitución, sino poniéndolas en práctica una y otra vez en todos los niveles y escalas: personales, familiares, sociales y políticos. Si nos limitamos a reclamar mayorías fuertes para gobernar de forma como mínimo paternalista (aunque en general deberíamos calificarla más bien de autoritaria/acosadora), nunca conseguiremos el grado de lucidez necesario para poder aprender no sólo a pensar de forma crítica, sino a respetar el pensamiento crítico de los demás. La madurez democrática es eso y mucho más: es huir del dogmatismo  autoritario como alma que lleva el diablo, y aprender a recapacitar, negociar y consensuar, habilidades de las que carece todavía la ciudadanía española en general, y sus representantes políticos en particular.