jueves, 26 de marzo de 2015

Catalanes de mierda

Los vergonzosos insultos en las redes sociales a los fallecidos en el accidente de German Wings, por ser muchos de ellos catalanes, resultan indudablemente aleccionadores respecto al clima de catalanofobia que existe en España, similar al de la judeofobia del siglo XV, que concluyó con la expulsión de los sefardíes de territorio español.  Esos insultos demuestran que la xenofobia es algo muy característico y persistente de pueblos extraordinariamente endogámicos, como los que habitan allende el río Ebro. El aislamiento geográfico de la península puede tener algo que ver con esa hostilidad hacia lo extraño y diferente (que ya se palpaba en notables intelectuales del siglo XIX y principios del XX), pero más probable me parece el mecanismo de aislamiento político y social inducido por las élites del país desde tiempo inmemorial. Todo ello reforzado con una visión religiosa muy temerosa de todo lo novedoso, moderno y sobre todo, transpirenaico. Una combinación de la caverna política y religiosa que resultó letal para la tolerancia española hacia lo ajeno.
 Al parecer la frontera de la desconfianza inducida se ha trasladado en los últimos cinco siglos (de "gloriosa historia común") hasta las riberas del Ebro, y  tras esa desconfianza (que  actúa como  un elemento potenciador de peores augurios) se ha instaurado un odio bastante cerril hacia todo lo que representa Cataluña, en un grado tan inmoderado que sólo puede explicarse porque a) existe un desconocimiento profundo de la realidad catalana y b) se alimenta de un interés específico en combatir el nacionalismo por la vía de la beligerancia agresiva más intolerante.
 Los contemporizadores (que también son cómplices necesarios) insisten en que eso son cosas de cuatro descerebrados, y que no responde al sentir general del resto de España. Esa táctica, la de minimizar cuantitativamente a los agresores por la vía de compararlos con una mayoría de la población, es totalmente incorrecta, porque omite los efectos cualitativos, que son mucho más poderosos que el mero número –nada despreciable- de quienes se divierten ultrajando a las víctimas, que catalanas o no, merecen todo el respeto que también merecemos los catalanes que aún estamos vivos. Baste significar que el odio xenófobo, racial o religioso no precisa de muchos militantes para causar un grave incendio. Y si no, que les pregunten a las víctimas de Al Qaeda o del Estado Islámico.
 La diferencia es que los de aquí, en vez de empuñar las armas para exterminar a los catalanes, empuñan el teclado de un ordenador, pero la intención es la misma. La rabia que rezuman sus mensajes es tal que, si apretando una tecla de su teléfono o tableta pudieran asesinar impunemente a alguien por el mero hecho de ser catalán, lo harían sin duda alguna. En realidad, el odio feroz y minoritario es mucho más peligroso que la mera reprobación mayoritaria, porque los militantes del primero suelen pasar con demasiada facilidad a la acción si se les permite. Y si además de permitírselo se les alienta desde determinados medios de comunicación  (ante la pasividad de las autoridades), lo más plausible es que el día menos pensado tengamos un problema mucho más serio que el de unos imbéciles publicando barbaridades en las redes sociales. 
 Está claro que el clima social es algo que se crea muchas veces espontáneamente, pero que la mano que mece la cuna es la encargada de abortarlo (por la vía civil, penal o militar, que decía aquél) o de alimentarlo de forma más o menos disimulada. En el caso español, sin ningún disimulo. Porque las ideas políticas se deben combatir en el campo de las ideas, pero nunca desde la descalificación sistemática o el insulto como eslogan, que es lo que media España ha estado haciendo en los últimos años con Cataluña, aprovechando el enorme grado de resentimiento de determinados personajes de origen catalán (Boadella, Tubau, Espada, etc.) contra el establishment político nacionalista de CiU y ERC. Resentimiento que puede estar justificado a nivel personal, pero que debe moderar mucho sus expresiones cuando se utilizan altavoces mediáticos para difundir su discrepancia. Ese feroz rencor que trasuda en cada uno de los comentarios, entrevistas o artículos de gente como Jiménez Losantos y mucho de sus discípulos (que sin embargo,  carecen de la talla intelectual de Federico, de quien parecen haber heredado únicamente su catadura moral) que se quedan tan anchos tachando a los nacionalistas catalanes de nazis. Actitud que abre la vía a la consideración de cualquier cosa es válida para acabar con ellos. Sin juicio de Nuremberg siquiera. Creo que no es estúpido considerar que del mismo modo que a nivel personal yo desearía la muerte de los asesinos de algún ser querido, me opondría radicalmente a ella desde una perspectiva pública (mediática o institucional). Porque ambas deben ser colindantes, pero en compartimentos estancos. Lo demás lleva al odio fratricida que tanto nos gusta exhibir en la península ibérica.
 Los políticos españoles siempre han utilizado la animadversión a Cataluña como arma electoral y como rédito clientelar hacia unas masas escasamente cultivadas y en general totalmente desconocedoras de que por las calles de Barcelona no vamos linchando a españoles, ni los tenemos esclavizados o marginados. Alguien debe advertir que posiblemente la región española con más integración de foráneos sea Cataluña (y utilizo el término integración en un sentido tan literal y amplio que no cabe discusión al respecto). Aquí no se excluye a nadie, lo que sucede es que muchos se autoexcluyen para luego poder generalizar sus protestas y la rabia que deriva de ellas. Lamentablemente por aquí conocemos a gente que se pasa el día berreando contra Cataluña y que jamás han tenido el más mínimo problema viviendo aquí, excepto que les molesta que hay quien hable catalán, aunque ellos jamás han tenido siquiera que intentar aprenderlo porque nadie se lo ha exigido nunca. Lamentablemente también muchos de los intelectuales que han avivado el fuego anticatalanista son antiguos residentes de aquí que afirman sentirse asfixiados por el clima nacionalista que se respira en las calles, cuando jamás han tenido el menor problema en la cola del super, o de compras por el centro, o de copas tras el cine o paseando por la calle Balmes. Su presunta asfixia es la traslación generalizadora de sus cuitas personales profesionales o políticas, pero que no tiene nada que ver con el clima general de la gente de a pie. 
Sin embargo, y como ya apunté anteriormente, cuanto mayores son los agravios, mejor es la autopercepción de la conciencia de quienes se sienten catalanes. Es un efecto bumerán que ya he señalado en otra entrada de este blog. La cohesión de un grupo se refuerza siempre ante los ataques de un grupo ajeno. La distancia emocional también se multiplica, y el sentimiento de alejamiento se traduce finalmente en desafección pura y dura hacia el otro colectivo, por muchos siglos en común que se hayan pasado juntos. En definitiva, es lo que siempre ha pasado con los judíos en todos los lugares donde no han sido directamente exterminados. Incluso en los Estados Unidos, la influyente comunidad judía refuerza su identidad incluso por encima de la norteamericana cuando perciben que Israel está en peligro. Por ese motivo, los mandatarios USA han de estar siempre muy atentos al estado anímico del lobby judío, porque de él depende en gran medida su capacidad de maniobra y de gobierno, y en última instancia, la posibilidad de ser reelegidos. Tras el sello de la Casa Blanca se esconde la marca de agua de la estrella de David.
 Aquí no, aquí ni se cuida el fondo ni se cuidan las formas con Cataluña. En definitiva, apelar al pasado histórico común cuando el presente es una zurra constante, es como mínimo hipócrita. Es como decirle a una esposa o un hijo maltratados que no se vayan de casa porque la familia tiene una gloriosa historia de decenas de años, mientras se les sigue insultando y amenazando en el presente. En ese sentido, la germinación del odio xenófobo y su abono continuado conducen a que los agredidos se identifiquen cada vez más con opciones rupturistas, al verse totalmente rodeados por una espesa maleza de naturaleza catalanofóbica. A muchos independentistas les he oído decir estos días que bienvenidas sean esas atrocidades que anidan en el corazón de muchos españoles. Sobre todo que sea bienvenida su expresión pública y notoria, porque eso refuerza la base socio-política del independentismo catalán. 
Y no está de más anotar que esos brutales ataques en las redes sociales demuestran, por activa y por pasiva, que sí existe el hecho diferencial catalán, porque la misma censura agresiva y excluyente hacia nuestra condición de catalanes -incluso después de fallecidos en un terrible accidente- lleva parejo el reconocimiento de que existe una diferencia no sólo abismal, sino también irreductible entre una gran parte de España y Cataluña. Entre unos españoles que, como los viejos franquistas, de Cataluña sólo quieren el territorio, pero no sus señas de identidad ni a quienes han construido el país durante siglos. De nacimiento o adopción, de pura cepa o de primera generación, pero todos ellos catalanes. De muchos, que como yo, llevan sangre  de muchas procedencias  en sus venas, y se sienten muy catalanes.
Catalanes de mierda, entre los que orgullosamente me incluyo.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Catalanes en Andalucía

El nacionalismo es arma de doble filo, y algunos personajes públicos, demasiado tontos como para comprender los peligros de su aguzado hierro, corren el riesgo añadido de confundir la empuñadura con el filo, y propinarse unas cuchilladas de cuidado sin saber muy bien cómo hasta que acaban empapados en su propia sangre  rojigualda. En fin, que esta semana pasada nos ha regalado un ejemplo diáfano de que el debate del nacionalismo sólo puede entenderse cuando los contendientes son dos nacionalistas opuestos, pero nunca entre un nacionalista y no nacionalista, si es que existe dicho espécimen. Esta disquisición no es gratuita, porque a la vista está que no nacionalistas de verdad prácticamente no existen, y en política no conozco a ninguno que se haya significado lo suficiente como para merecer siquiera una nota al margen de la historia universal.
 Sucede que la adscripción al grupo es una tendencia fundamental de todos los primates, y desde luego del hombre. El ser humano no se concibe fuera de un grupo, ya que el aislamiento lo condenaría con toda certeza a una muerte segura (al igual que sucede con nuestros parientes chimpancés y bonobos). En el caso humano, la exclusión del grupo conduce sistemáticamente a graves desórdenes mentales, y la exclusión social es una especie de muerte en vida que comporta pesares sin cuento. Necesitamos pertenecer a un grupo, y necesitamos identificarnos con ese grupo. El humano solitario por excelencia no existe, y cuando creemos encontrar uno, se trata de un tipo de persona trastornada emocionalmente e incapaz de mantener un contacto sobrio con otros de su misma especie. Muy perjudicada, que diríamos.
 Así que la identificación con el grupo es una clave fundamental de nuestra vida mental y social. La identificación grupal conduce inexorablemente a una distinción – a veces muy sutil, pero no menos palpable- entre “nosotros” y “ellos”. Y en situaciones de tensión o tribulación, cuanto más intensa sea la percepción de la diferencia entre nosotros y ellos, mayor será la cohesión de nuestro grupo (y por un efecto de simetría bastante más trascendente de lo que se piensa, también la de ellos). En resumen, la cohesión de un grupo social se basa en la definición de una identidad propia y distinta de los demás grupos. Una identidad que opera como una impronta bastante indeleble frente a todo tipo de racionalizaciones, porque se trata de un fenómeno claramente emocional.
 O sea que resulta bastante indignante oir (y aún más creerlo a pies juntillas) decir a alguien que es “no -nacionalista”, porque ese “no” se refiere siempre y en todo lugar a una contraposición a otro grupo con una identidad diferenciada. Cuando oímos autoproclamarse a determinados políticos y ciudadanos como no nacionalistas no existe otra opción que entender que su pretendido no-nacionalismo es una confrontación respecto a otro grupo distinto que proclama una identidad diferente. En ese sentido “no” no se corresponde exactamente con “anti”, pero casi, y la excusa básica siempre es la misma: atribuir al vecino de enfrente unos defectos que son esencialmente los mismos que los nuestros reflejados en un espejo sociocultural. 
 Precisamente por eso es de risa observar las soflamas antinacionalistas de muchos políticos, cuya astucia pretende menoscabar la ya menguada inteligencia política de gran parte de la ciudadanía, haciéndoles creer que su no-nacionalismo es como una especie de internacionalismo universal y panhispánico. Como si se tratara de un metanacionalismo cuya frontera es Europa, porque resulta muy barato decirlo y porque ellos son los primeros que saben que la Europa de los pueblos es una entelequia inalcanzable, a excepción de lo que ha sido siempre: un mercado y un mercadeo común de filibusteros económicos.
 Resulta deprimente estudiar en profundidad las declaraciones  de muchos políticos de presunta altura y ver en ellas los mismos tintes hipernacionalistas que pretenden criticar en boca de otros. En ese sentido, no es más nacionalista el Frente Nacional de Le Pen, que los partidos tradicionalmente más centrados, como la UDF o el PS francés. Lo único que les distingue es la semántica,  un mayor acento en cuestiones raciales y de origen, y un cuidadoso disimulo de todo aquello que pueda parecer  chauvinista o endogámico. Llegamos así a una situación en la que el discurso de los partidos tradicionales, especialmente de izquierda, pretende ser integrador y multiétnico porque la corrección política así lo exige (y los medios de comunicación están muy atentos a este tipo de cosas) y les lleva a proclamarse no nacionalistas. Pero es una distinción falaz, porque su no-nacionalismo lo es por oposición a un discurso mucho más nítido y beligerante de los “lepenistas”, pero no por una convicción clara y determinante. Al contrario, las soflamas y banderas francesas excitan por igual a todo el espectro político (igual que ocurre en Gran Bretaña o en EEUU) a las primeras de cambio.
 El uso masivo y martilleante de la bandera es una herramienta de afianzamiento del credo nacional muy potente en todos los países del mundo, sin excepción. La bandera simboliza como pocas cosas la identidad colectiva, por más que sea un trapo lleno de sangre y mierda, como se han cansado de repetir ilustres anarquistas. Y ese poder aglutinante de la bandera existe porque por debajo del puro símbolo, fluye una corriente poderosísima de nacionalismo que arrastra vigorosamente a todos los ciudadanos en una dirección u otra, pero que no les deja inmunes ni mucho menos. Y ese fenómeno, esa corriente fluida y subterránea, está presente en todos nosotros. Sólo hace falta que se pulsen determinados interruptores emocionales para que aflore de forma abrupta y, en ocasiones, violenta.
 Muchas personas no son lo suficientemente perspicaces como para percibir hasta qué punto el nacionalismo genérico y genético (o tal vez sería mejor decir memético) fluye por debajo de sus conciencias por lo demás generalmente tranquilas y desapasionadas hasta que salta la chispa que enciende su nacionalismo más tribal. Son muchos, muchísimos, quienes afirman ser no  nacionalistas, pero que cuando se ven empujados a tener que tomar partido, adoptan una postura claramente (ultra)nacionalista. El nacionalismo no es una ideología, sino un sentimiento (a veces ideologizado), y  cuando se pretende racionalizar resulta en un ejercicio absurdo a más no poder, porque el sentido de identidad nacional, aunque se forja en símbolos externos, es básicamente  visceral y emocional.  Por ello muchos catalanes que no eran especialmente nacionalistas, ante las embestidas absurdas del PP al Estatut y el autogobierno de Cataluña, cambiaron su percepción mental del asunto, y asumieron posturas independentistas inesperadas. Por eso también, cada arreón del PP contra Cataluña fomenta el hervidero independentista, causando un auténtico efecto rebote respecto a sus propósitos iniciales.
 No hace falta estar especialmente dotado intelectualmente para ver que este fenómeno es universal, y que sólo así se explican la mayoría de las trifulcas nacionales de los últimos siglos, desde la guerra de la Independencia española, hasta el conflicto palestino-israelí de nuestro días, pasando por el sempiterno hervidero balcánico. Aludir al populismo temerario  de algunos dirigentes políticos como causa última de los enfrentamientos nacionalistas es lo mismo que culpar a la chispa de un incendio. Porque nada se inflama si no es previamente inflamable. La cualidad identitaria reposa en el individuo, y puede tener un punto de ignición alto o bajo, pero ahí está de forma permanente y consustancial al hecho de que somos animales sociales y necesitamos de una identidad colectiva frente al mundo.
 Rebatir al nacionalismo desde posturas filosóficas (además de utópicas e hipócritas) es un ejercicio ridículo  para esgrimistas mentales, pero no cuadra con el comportamiento de las sociedades en general. En última instancia, baste acudir a cualquier evento deportivo internacional para comprobar lo hasta ahora dicho. Y las élites, por mucho que presuman de su ecuanimidad y universalismo, no están exentas de la conducta nacionalista aunque conveniente y sofisticadamente camuflada. Eso es algo que resulta especialmente cargante, por cuanto una gran parte del debate acerca de la identidad  se centra en una especie de combate asimétrico entre una cierta intelligentsia extraordinariamente cultivada que atribuye a pulsiones casi  reptilianas la conducta nacionalista; y el resto de los ciudadanos, tratados de forma displicente por su  inferioridad intelectual demostrada al ceder a las bajas pasiones nacionalistas. Este argumento, además de ser francamente erróneo, ya que el fenómeno identitario se da solamente en los mamíferos superiores, - especialmente en los primates-, y demuestra una altísima evolución cerebral favorecedora de la cohesión del grupo, resulta además absurdo por mera comparación. Sería como si criticáramos la exuberante sexualidad humana (mucho más allá de la mera función reproductora) como algo a excluir de una mente elevada, por tratarse de un impulso animal, visceral, emocional y, en muchas ocasiones, perjudicial.
 Rebatir las cuestiones identitarias como algo a extirpar de la especie humana -debido a las infames consecuencias que en ocasiones se producen- es tan tonto como pretender extirpar el sexo placentero para evitar el contagio de enfermedades venéreas. Ambas cosas forman parte de la naturaleza humana, y como no somos clones del vulcaniano doctor Spock, tenemos que asumir que, como humanos, hay rasgos que son intrísecos a nuestra especie, aquí y allá, ayer y mañana. Las proclamas antinacionalistas teñidas de un vacuo europeísmo –que no es sino otra forma de nacionalismo ampliado- son frívolas y superficiales (al respecto resulta risible el feroz europeísmo recién descubierto que exhiben ahora varios estados eslavos, desde Letonia hasta Ucrania). Los intelectuales que riñen a la ciudadanía por su nacionalismo se comportan como imbéciles ciegos a la realidad sociobiológica de la especie a la que pertenecen. Y los políticos que usan munición antinacionalista resultan patéticos ante la evidencia de que su artillería es tan nacionalista (o más) que la de sus contrincantes.
 Ejemplo de ello nos ha dado la semana pasada el delegado del gobierno en Andalucía, que ha llevado su pretendido antinacionalismo a un extremo tan tremendamente nacionalista que podríamos calificarlo de emulador de Milosevic. Porque el señor Antonio Sanz, que así se llama el inefable delegado, tuvo la imprudente temeridad de descalificar a Ciudadanos en un mitín porque a) eran catalanes y b) su jefe de filas se llama Albert. Aparte de las matizaciones posteriores del personaje (sobre lo mucho que admira a Cataluña etc. etc.) y que son un vacuo remedo de unas balbuceantes e inaceptables disculpas, el lodo que queda en la charca ideológica en la que chapotea el señor Sanz es totalmente aberrante y una muestra más del nacionalismo españolista extremo y Terminator en el que se desenvuelve el PP. Pues resulta que altos representantes del Partido Popular  consideran que cualquier formación no originaria de Madrid o de Andalucía es indigna de participar en las elecciones andaluzas (se supone que por estar fuera de contexto), y que un señor que se llame Albert, Jordi, Josep o cualquier otro patronímico catalán debe ser excluido de la libre circulación política fuera del ámbito estrictamente catalán.
 Lo cual resulta muy grave, porque pone de manifiesto que  a) parece ser cierto lo que siempre se ha asegurado en algunos círculos catalanes de que  del Ebro hasta el Atlántico no se nos quiere ni ver y no contamos para nada que no sea aflojar la pasta, y b) que por lo visto, ser español y catalán es ser menos español que otros. Algo que debe dolerle mucho al señor Rivera y sus Ciudadanos, siempre tan orgullosos de mostrarse españoles y catalanes fifty – fifty. Y van los epítomes del antinacionalismo y se cuelgan una etiqueta tan catalanofóbica que no queda más remedio que admitir que es discurso ultranacionalista del Cid campeador y Santiago y cierra España. Y conste que en Cataluña jamás de los jamases nadie con dos dedos de frente se ha atrevido a opinar que sólo queremos partidos de origen catalán en nuestras elecciones y que nos resultaría repulsivo que nos gobernara un señor que se llame Pedro, Fernando o Hilario. Cosa que, por cierto ya ha sucedido con Pepe, que es como se llamaba nuestro anterior presidente de la Generalitat, cordobés por más señas. O sea, que será verdad que en Cataluña, por suerte, la mayoría somos diferentes (con permiso de Alicia y algún que otro vándalo pasado de vueltas “esteladas”).
 Cosa que casi todo catalán de palabra, obra u omisión ha sabido siempre y ha padecido en sus carnes a la que ha cruzado el Ebro por necesidad, placer o masoquismo. Igual que hay que desconfiar extremadamente de aquellos que proclaman que no son racistas (porque a buen seguro algún sentimiento ponzoñoso les corroe por dentro), o esos otros que no son nada (pero que nada) machistas, también la historia nos enseña a desconfiar en grado sumo de quienes afirman no ser nacionalistas. Porque nacionalistas, señor Sanz, somos (casi) todos, sólo que unos lo manifiestan y otros lo  llevan como el veneno del escorpión: escondido en la retaguardia, pero presto al aguijonazo.

jueves, 12 de marzo de 2015

Inestabilidad

Este año convulso está resultando de lo más interesante desde una perspectiva electoral. Los grandes partidos, muy amedrentados por la eclosión de diversas formaciones alternativas, que le están dando bocados –de momento todavía hipotéticos- a su electorado por derecha e izquierda (especialmente por la izquierda), han iniciado una épica confrontación para mantener su estatus de liderazgo nacional. Lo que ya no se sabe muy bien es si la confrontación es con los otros partidos o con la ciudadanía, a la que tratan de convencer de las bondades del bipartidismo como garante de la estabilidad democrática.
 
En primer lugar, hay que recordar a los mediáticos asesores de PP y PSOE que la estabilidad democrática no depende del número de formaciones con representación parlamentaria. La democracia es estable cuando sus principios están profundamente asentados en la sociedad (que tampoco es el caso, como trataré de demostrar más adelante), y desde luego cabría considerar que cuanta más diversidad política, mejor se sedimentan dichos principios en una democracia joven (y en el caso español, más que joven, adolescente). La interesada tergiversación de este principio, que de entrada podría parecer astuta, es la que llevan a cabo los jefes de filas de los partidos mayoritarios, que hasta la fecha se han repartido el pastel sin demasiadas incomodidades, asumiendo que estabilidad democrática es exactamente lo mismo que estabilidad gubernamental.
 
Lo cual no es sólo tomar la parte por el todo, sino tomar directamente el pelo personal. La estabilidad democrática significa inmunidad del sistema a los vaivenes de los diversos gobiernos y legislativos que vienen y van. La estabilidad gubernamental consiste, nada más y  nada menos, en conceder un cheque en blanco al poder ejecutivo para gobernar al margen de los habituales sistemas de control democrático que obligan, las más de las veces, a un complejo sistema de arreglos y pactos en el que todas las partes ceden un poco para conseguir alguna cosa. Ese difícil arte que se llama negociación. Para quienes no se hayan enterado todavía, consulten en  las hemerotecas  los delicados equilibrios de Obama y el partido demócrata frente a la mayoría republicana del Congreso.
 
Así que nos encontramos con que PP y PSOE piden mayorías fuertes, que garanticen la estabilidad del país durante la legislatura. El único y fundamental problema de dicha petición consiste en que, en este triste ruedo ibérico, las mayorías fuertes están para lo que están: para gobernar como si la otra mitad de España no existiera. O peor aún, como si fuera una casta de intocables hindúes a la que hay que tratar con el mayor desprecio posible. Se gobierna para los amigos –los electores propios-  y contra los enemigos, donde “enemigos” es término que suele referirse aproximadamente a la mitad de la población, millón arriba, millón abajo.
 
En definitiva, se pretende gobernar pasando el rodillo parlamentario y ejecutivo por encima de los demás partidos, lo cual es doblemente pernicioso. Primero porque significa cargarse el principio de separación de poderes de tal manera que resulta imposible recomponerlo, por mucha ingeniería política que quiera aplicarse al asunto. Y segundo, porque está feo que mi Presidente del gobierno me dé morcilla sencillamente porque, en su al parecer acreditada opinión, no tuve el arrojo y la sensatez de votarle a él. Desde aquel célebre “que se jodan” proferido desde los escaños del PP por una pitufina pija y neofascista, nos ha quedado muy claro que gobernar consiste en eso, literalmente: joder a los que no llevan el emblema adecuado en la solapa. Y tener la desfachatez de pedirnos después el voto a todos, como garantía de estabilidad y buen hacer, etc. etc.
 
La gente sensata de este país, que aún la hay, suele tener la convicción de que es muy conveniente evitar las mayorías absolutas, porque nuestra tradición fratricida nos lleva a la soterrada certeza de que la mejor manera de gobernar sería el exterminio del adversario. Por las buenas, exterminio político, que es a lo más que hemos conseguido evolucionar desde la proclamación de la democracia en 1977. Por las malas, exterminio de paredón al amanecer. Lo de la tolerancia, el diálogo constructivo, el respeto a las demás opciones políticas  y todas esas zarandajas las ven mayormente como mariconadas de cuidado, sólo aptas para pusilánimes y blandorros. Gobernar es empuñar la garrota, en resumen.
 
Por supuesto, si la garrota la tienen que compartir, a lo sumo que sea alternativamente por períodos legislativos, pero ni soñar en empuñarla a varias manos. Y mucho menos, dejar de blandirla y sustituirla por la batuta, que es también instrumento de madera, pero de connotaciones mucho más melódicas y ciertamente democráticas. Pues si el garrotazo es el epítome de los medios empleados por los partidos mayoritarios españoles durante las últimas centurias como significación del poder casi absoluto al que aspiran nuestros gobernantes, la batuta es el símbolo de la bien organizada dirección de una sociedad muy diversa pero que podría resultar armónica si se tuviera una buena orquesta (que ya es otro cantar).
 
Sin embargo, la tradición absolutista española sigue presente bien entrado el siglo XXI. No sólo entre nuestros gobernantes, sino también entre la ciudadanía, que también parece preferir el ordeno y mando al diálogo sereno y las concesiones de la negociación. Nuestra tradición cívica es totalmente militarizante, guerrera y follonera. Irrespetuosa hasta el extremo con el contrincante, carente de toda empatía hacia diferentes perspectivas y, sobre todo, necesitada de imponer más que de convencer. Argumentar para convencer parece ser un ejercicio demasiado denso y cansino, sobre todo cuando se pueden conseguir muchos mejores resultados por la vía de la imposición. Manu militari, o casi.
 
Tal vez sea hora de dejar de decir estupideces y zalamerías  acerca del  “elevado grado de madurez democrática de la sociedad española”, y asumir que aún estamos muy lejos de haber metabolizado las esencias democráticas. A lo sumo, las tenemos atravesadas en el duodeno ciudadano y nos mostramos incapaces de digerirlas (y también de regurgitarlas, con todo lo que eso comportaría). Así pues, vivimos una parálisis de asimilación democrática, en la que como casi siempre en nuestra historia, nos hemos quedado con las formas pero no con el trasunto de la cuestión. Por eso parecemos un pueblo moderno, pese a que lo único que hemos hecho ha sido vestir al troglodita interior con camiseta y tejanos.  Por eso no nos convienen las mayorías absolutas, ni siquiera las de los nuestros afines, porque de inmediato saltan los relés antidemocráticos y empezamos a pensar en el que se jodan inverso. Y así no vamos a ninguna parte.
 
Tentado estoy de considerar que las mayorías absolutas deberían estar prohibidas constitucionalmente, al menos hasta que aprendamos a respetarnos mutuamente como colectivo nacional, y a entender que gobernar es un arte de colaboración y consenso, más que de imposición y griterío. Asumir que preservar la separación de poderes sí es la garantía de la estabilidad del estado de derecho, y que esas cosas no se aprenden en un libro de texto teórico como es la constitución, sino poniéndolas en práctica una y otra vez en todos los niveles y escalas: personales, familiares, sociales y políticos. Si nos limitamos a reclamar mayorías fuertes para gobernar de forma como mínimo paternalista (aunque en general deberíamos calificarla más bien de autoritaria/acosadora), nunca conseguiremos el grado de lucidez necesario para poder aprender no sólo a pensar de forma crítica, sino a respetar el pensamiento crítico de los demás. La madurez democrática es eso y mucho más: es huir del dogmatismo  autoritario como alma que lleva el diablo, y aprender a recapacitarnegociar y consensuar, habilidades de las que carece todavía la ciudadanía española en general, y sus representantes políticos en particular.

martes, 3 de marzo de 2015

La nostalgia no es un error

Las explicaciones psico-sociológicas al incontestable y universal sentimiento de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” se explayan en el error en que nuestra mente incurre al valorar sucesos pasados. Según esta extendida escuela de pensamiento, de los hechos pasados relativizamos los aspectos más dolorosos y resaltamos los que, de algún modo, nos resultan agradables y placenteros, que quedan fijados en la memoria con mayor intensidad que los sucesos negativos. Esto es algo que contradice todas las teorías sobre el trauma y el estrés postraumático, según las cuales en muchos sujetos, lo realmente imborrable -hasta el punto de que jamás vuelven a  tener una vida serena- son los acontecimientos brutales que han experimentado en el pasado, como guerras, internamientos en campos de concentración y matanzas de toda índole. Ciertamente, las teorías psicoanalíticas al uso intentan minimizar este hándicap por la vía de relativizar la cuestión: sencillamente afirman que lo que se suaviza son sólo los pequeños golpes de la vida en contraste con los vívidos recuerdos positivos del pasado, que se mantienen en todo su esplendor. Mi entrada de hoy tiene por objeto refutar esta aseveración, al menos parcialmente, y plantear la tesis de que, en efecto, cualquier tiempo pasado sí fue mejor, al menos en la esfera más íntima y personal.
La naturaleza es brutal y aséptica por definición. Frente al feroz darwinismo ecológico no caben argumentaciones de carácter moral ni apelaciones a la justicia. Todo ser vivo lo está en la medida en que se involucra en una competencia feroz por la supervivencia en su ecosistema; la alternativa es la muerte inmediata. Esa competencia, que a los ojos de un moralista ingenuo tiene mucho de cruel e injusta, no tiene ningún otro propósito que la supervivencia de los más aptos, y esa aptitud se demuestra no sólo en la competencia entre especies (comer y evitar ser comido), sino dentro de las propias especies, estableciendo por lo general  rígidas jerarquías  entre los miembros de cada comunidad. Jerarquías en muchas ocasiones ritualizadas, y en otras realmente sangrientas, pero que tienen siempre las mismas consecuencias para los derrotados: formar parte de una masa de bajo rango a la que siempre le tocan las sobras de todo.
 La humanidad (me niego a escribir el término en mayúsculas, empapado como estoy de una perspectiva naturalista que no nos permite considerarnos superiores a cualquier otra especie del planeta) no es inmune a esa competencia, pero tiene la desdicha de ser consciente de ella, lo que la encamina por el camino de la utopía, que no es otro que tratar de alejarnos del darwinismo biológico y sustituirlo por la aspiración a una comunidad igualitaria y fraternal, donde fragüe el principio de solidaridad entre todos sus miembros. Y en el que aparece, ahora sí, todo un conjunto de criterios éticos más o menos universales. Esos criterios, esa moralidad personal y social, son algo que nadie lleva en los genes: se tienen que aprender, y así se hace desde la más tierna infancia (Nota: si alguien se pregunta porqué las virtudes morales no están de algún modo inscritas en nuestro acervo genético, la respuesta es doble: por un lado la especie humana no ha evolucionado durante el tiempo suficiente como para que ese tipo de características se incorporen al genoma humano; pero lo más importante es que ese conjunto de virtudes, desde el punto de vista darwinista, no sólo no sirven de gran cosa para mejorar la supervivencia del individuo, sino más bien al contrario: la utopía puede ser letal en un mundo que en realidad sigue siendo tan depredador como hace millones de años).
Claro está que los niños de todo eso no saben nada. Sencillamente son vulnerables porque se les inculcan preceptos bondadosos que luego una gran parte de la comunidad en la que viven no es capaz de mantener, y esa contradicción entre lo que debería ser y lo que es en realidad, filtrada por nuestra conciencia y nuestra experiencia, forma parte del proceso –en verdad doloroso- de hacerse adulto. Así que la desilusión y el desencanto forman parte del proceso de convertirse en un humano adulto, y no son muchos precisamente quienes consiguen atravesar ese laberinto de contradicciones vitales y salir indemnes (Nota: quien conozca a personas con síndrome de Down sabrán que son distintas en un sentido muy radical: siempre son razonablemente felices y no sufren ese patético cambio de rumbo moral en el que solemos caer los humanos “normales” cuando nos hacemos adultos).
 En definitiva, hacerse adulto consiste, en la mayoría de los casos, en un proceso de corrupción – o cuando menos relativización- de todos los preceptos morales inculcados en la tierna infancia, y su sustitución por la justificación del medio para obtener un fin, y por atender en primer lugar al egolatrismo primigenio en detrimento de cualquier otra consideración. Sucumbir, en definitiva, al darwinismo esencial del que procedemos, aunque nos horrorice siquiera la mención a la posibilidad de que así seamos en verdad (Nota: para lavar debidamente nuestras conciencias, suplantamos las virtudes auténticas con sucedáneos muy convenientes: la caridad, la compasión, el altruismo más o menos forzado, los telemaratones y porqué no, la seguridad social, entre otros).
 Así que, yendo un poco más allá, puedo estar en parte de acuerdo con los freudianos que rechazan que cualquier tiempo pasado fue mejor desde un punto de vista objetivo, porque el mundo entonces era igual de brutal, injusto y sádico que hoy en día. Y porque el bien tampoco solía tener recompensa, ni inmediata ni diferida; y normalmente el mal solía triunfar igual que actualmente, a la manera en que siempre suele triunfar el mal: de forma solapada y aparentemente incruenta, incluso disfrazado de virtud. Pero también estoy convencido de que como individuos, cualquier pasado fue mejor porque nosotros éramos mejores. Todavía vivíamos en la inocencia del idealismo, todavía nos creíamos inmunes a las bofetadas de la vida comunitaria, aún creíamos posible modelar la humanidad a través de la ética y las virtudes morales. Con la convicción de que el mundo podía ir a mejor y que las posibilidades eran infinitas para la sociedad en general y para nosotros en particular. Esa perspectiva, un poco como la de los jóvenes de mayo del 68, tiene un solo defecto: en una estructura tan jerarquizada como la de los homínidos, proponerse aplicar las virtudes morales universales es poner en cuestión la misma existencia de los roles de poder y dominación y no tener en cuenta que la cúspide de la pirámide la suelen ostentar individuos viejos, experimentados y embrutecidos, y por tanto desprovistos –o despojados- de sus atributos éticos iniciales, esos que tanto les inculcaron de niños.
 Porque la verdad es que vivir, para una gran mayoría, consiste en ir haciendo un lamentable strip tease en el que el paso de los años nos va desnudando de la decencia con que tan primorosamente nos quisieron vestir desde pequeños. Al final del recorrido llegamos en paños menores o, peor aún, disfrazados como cocottes con colores chillones y ropas estridentes que sólo tratan de disimular nuestra perfidia y perversidad moral. Un engaño que es tanto proyectado al exterior como un autoengaño trenzado con muchas justificaciones, casi siempre tomadas de prestado de otros que nos precedieron y dedicaron gran parte de su vida adulta a justificar la infamia, que es universal (Borges dixit). Pero en definitiva, desde esa perspectiva, cualquier tiempo pasado sí fue mejor, porque nuestro pasado no estaba corrompido por nuestro egoísmo y nuestra ansia de poder, es decir, por nuestra angustia por escalar posiciones en la jerarquía social.
 En ese sentido nuestro ayer es límpido y se parece mucho a un río, aunque la analogía sea un tanto frívola, y desde luego cursi. El agua que brota del manantial es clara y transparente, y así sigue durante un tiempo mientras desciende cantarina al valle. Pero con el tiempo los sedimentos que arrastra la van enturbiando y al final de su curso, las más de la veces, no es más que un limo espeso y sucio cargado de detritos. Lo normal es  que cuando miremos el pasado -no sólo el nuestro, sino el colectivo- sepamos a ciencia cierta que siempre fue mejor, más puro y menos asfixiante, aunque viviéramos en la pobreza y la dificultad. Sólo así puedo imaginar a personas como muchos de los políticos actuales, que no eran entonces representantes tan genuinos de la ignominia con que nos castigamos en el transcurso de los años. Tal vez algunos fueran patitos feos educados en la endogamia cuartelera guardiacivilesca en un país extraño antes de transmutarse en belicosos patrioteros, o graciosos jovencitos dicharacheros y astutos sin ser aún manipuladores retóricos y un tanto mafiosos –al estilo en que un Andreotti puede ser considerado mafioso, entendámonos-   en su edad adulta. Incluso algunos puede que fueran adolescentes una pizca demasiado chuletas y dominadores, pero todavía no energúmenos megalómanos adictos al poder. O muchachos introvertidos y huidizos, antes de travestirse en chirriantes azotes de desviacionismos e inquisidores generales de la cosa política. Incluso habría afanosos hijos  de la pequeña burguesía necesitados de triunfo social a falta de otras virtudes, pero sin siquiera vislumbrar la deslumbrante y demoledora codicia a la que llegarían bastantes años más tarde. Igual no es así y me equivoco y todos ellos eran completamente diferentes a los jovencitos que intento evocar, pero una cosa es segura: eran diferentes a como son de viejos. Porque eran mejores: menos rabiosos, menos anquilosados, menos manipuladores, menos frustrados (y frustrantes). Más ilusionados, más idealistas, más inocentes, más utópicos. Y sobre todo, más limpios de alma.
 Lo mismo que nos sucede a (casi) todos y cada uno de nosotros. Por eso cualquier tiempo pasado fue mejor. Por eso, la nostalgia no es un error, sino un recordatorio de lo que perdimos en el camino.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Triunfalismo y matemáticas

Ser español es una desgracia como cualquier otra, pero con el matiz de que ésta dura toda la vida. Y con el tinte depresivo de que si, además, tenemos los presidentes de gobierno que tenemos que aguantar, a la desgracia se suma la vergüenza y la humillación. Y me permitiré el lujo de afirmar que un país no tiene el gobierno que se merece, sino sólo el que desean y merecen parte de sus ciudadanos; especialmente esa parte de ciudadanía humilda, mayormente inculta, meapilas y porqué no decirlo, de inteligencia dudosa, que pese a lo muy zarandeada que ha sido por la crisis, aún es capaz de votar, no ya al PP, sino a los engendros que lo dirigen.

Un gobernante debería, ante todo, leerse de cabo a rabo El Principe de Maquiavelo, y aprendérselo de memoria. Y a continuación doctorarse con Baltasar Gracián y El Arte de la Prudencia. Así tal vez podríamos empezar a hablar de gobernantes de cierta envergadura moral y talla política, porque lo que tenemos hasta ahora en Moncloa y aledaños son verdaderos fantasmas de medio pelo.

El triunfalismo agresivo con el que Rajoy ha afrontado el debate del estado de la nación podrá parecer comprensible a los analistas políticos que viven del momio mediático, pero es absolutamente bochornoso en un adulto racional y registrador de la propiedad por más señas, de quien se espera todo el aburrimiento que un registrador puede ofrecer, pero al menos tamizado por una serena ecuanimidad. Nada más lejos de la realidad, el Rajoy que tenemos actualmente es el típico individuo que confunde el vigor con la histeria, la contundencia con la descalificación y la tesis con el dogma, que ya es grave. Algo muy frecuente en individuos de por sí vacilantes y más bien débiles -en el sentido global del término- que suplen su manifiesta inferioridad con elevadas dosis de obstinación y agresividad, pero que carecen de aquello que no se impone, sino que los demás han de percibir; la vieja auctoritas romana.

Claro que Rajoy queda muy lejos de ser Augusto, pero al menos podría tener la dignidad de no pretender asumir las chirriantes formas de Podemos en su defensa del poder derechista que le ha otorgado la crisis y la imbecilidad colectiva. Viéndolo en sus últimos actos públicos se diría que resulta de una histrionismo hiperbólico; es decir, como una especie de imitador de Jack Nicholson ciego de cocaína y en horas muy bajas. Confiemos en que se trate realmente de un papel autoimpuesto por la proximidad de muchos encuentros electorales, porque si la transformación es real, deberíamos empezar a creer que padece algún grave transtorno de la personalidad, algo que no estaría tampoco fuera de lugar en este país durante tanto tiempo regido por Habsburgos dementes y por Borbones que no les andaban a la zaga, que culminaron en el ya democrático pero no menos egomaníaco y megalómano José Mª Aznar, el amigo de idiotas internacionalmente famosos.

En fin, que el agresivo triunfalismo de Mariano en el debate de la nación quedaría como anécdota si no fuera porque una multitud de babosos expectantes, también españoles por desgracia, le jalean y le animan y le van a dar su voto para que siga jorobando al resto, que es la manera como en España los políticos entienden que se ha de  gobernar. No se trata de ser el presidente de todos, sino únicamente de todos los que le siguen como al flautista de Hamelín, directos a la cloaca económica y a la abyección social. Y claro, se le erizan a uno los pelos del cogote al pensar que individuos como ése conforman la élite política de la nación.

Asumamos una cosa: de matemáticas y física elemental Rajoy no entiende una shit, por motivos que en tercero de ESO resultan evidentes (se me ocurre ahora que  a lo peor la mayoría de sus votantes pobres -que son muchos- no lograron acabar los estudios secundarios). A saber: el país ha empezado a crecer porque no podía caer más abajo sin implosionar sobre sí mismo, tanto económica como socialmente. Es decir, el rumbo de España estaba determinado por una serie convergente en un determinado límite, que hubiera resultado imposible de traspasar sin que antes tanto la Unión Europea como el propio gobierno hubieran reaccionado. De hecho, la evolución de la economía española en el 2014 se debe más a una serie de conceptos ampliamente conocidos en estadística de poblaciones, como por ejemplo, la regresión a la media, que es un factor reequilibrador constatado en cientos de variables sociales y económicas, y que impide que las desviaciones se vayan amplificando más y más indefinidamente. Es como una especie de goma elástica que se estira hasta cierto punto, pero luego vuelve gradualmente a su punto de equilibrio (por cierto, y aunque no tenga nada que ver con el tema de hoy, la regresión a la media tiene su campo base en la biología. Por ejemplo, esa es la causa de que la estatura de las poblaciones tradicionalmente bien alimentadas no siga creciendo indefinidamente hasta los límites permitidos por la biomecánica, sino que tras años de crecimiento, las generaciones posteriores vuelven a encoger hasta un punto central estable).

Ciertamente, si el estiramiento de la goma supera su elasticidad, acabará rompiéndola, pero para eso están los mercados internacionales, que del mismo modo que nos han exprimido lo que han querido y más, correrían prestos a evitar tamaño desastre, porque significaría una hecatombe de dimensiones incalculables. España, aunque sólo sea por población y PIB, no es Grecia, Portugal o Irlanda. De hecho es más que los otros tres sumados, así que Rajoy podrá sacar todo el pecho que quiera, pero lo que hemos tenido en el 2014, en gran parte, no se debe a la acción de gobierno, sino a los mecanismos de regresión a la media y a la acción coordinada de agentes externos a nuestra hispánica voluntad. Con Rajoy o sin él, al mundo mundial no le interesaba que España se fuera al garete.

O sea, de lo que acaso pueda presumir Rajoy es de haber llevado la serie a su límite de resistencia justo antes de que se fuera todo a hacer puñetas, lo cual no es que sea muy de agradecer, precisamente. Como si al adolescente matón y acosador gamberro, que además de partirle la crisma al vecinito, hubiera que darle las gracias por no haberlo matado de una paliza. Y encima luego nos dijera: "lo veis, no está muerto, y ha sido gracias a mi". 

Por otra parte, y siguiendo con matemática de bajo nivel, no es lo mismo bajar que subir. Los efectos rebote - y esto lo sabe el economista más lerdo de la facultad más apestosa del rincón más alejado del tercer mundo- suelen ser espectaculares al principio, pero su amortiguación es igualmente muy rápida, hasta quedar muchas veces en nada. Los vertiginosos altibajos de la bolsa son un ejemplo que hasta un profano entiende, a fuerza de verlos constantemente en la televisión. Tienen bastante que ver con la elasticidad del sistema: una goma estirada a su máxima tensión y repentinamente soltada en uno de sus extremos, saldrá disparada en dirección contraria pero al instante se detendrá en el punto medio de equilibrio. No seguirá creciendo llevada por el impulso inicial. Por eso se les llama efecto rebote, y son muy pocos los casos (y casi todos los que se me ocurren son perniciosos) en los que el rebote implica una aceleración sostenida del proceso. 

Pero además, y aquí siento mucha vergüenza nacional al tener que explicar esta obviedad, jugar con porcentajes es muy peligroso si uno no sabe manipularlos adecuadamente. Son explosivos y le pueden amputar a uno la poca credibilidad que le quede. Desgraciadamente, no es lo mismo subir un diez por ciento que bajarlo, y ponerlo de manifiesto es muy sencillo. Perder un diez por ciento de mil euros es quedarse con novecientos; recuperar un diez por ciento de esa cantidad es llegar justo a los novecientos noventa. Diez euros se han quedado por el camino. Y además, en una serie, este efecto es llamativamente acumulativo. Y totalmente válido, por supuesto, en la serie anual del PIB nacional, de modo que si el PIB cae un año un dos por ciento, y al siguiente año sube en dos por ciento también, estamos peor que antes de la caída, guste o no guste, por muy presidente del gobierno que sea uno. Y por mucho que chille histéricamente que la senda de la recuperación ya está ahí, como si él fuera Moisés llevando a su pueblo a  través del desierto. Hay que joderse, sobre todo si la serie descendente es de unos cuantos años y sus efectos porcentuales se acumulan. Cojan una calculadora y hagan la correspondiente iteración, que de eso se trata.

Así que si tenemos en cuenta que el efecto rebote es más intenso cuando se ha llegado al límite inferior o superior de elasticidad de un sistema, y que esa intensidad está directamente relacionada con la lejanía al punto de equilibrio medio; y si además tenemos en cuenta que subir una pendiente es mucho más trabajoso que bajarla, el crecimiento español del 2014, aunque es de agradecer, no es que sea para tirar cohetes. Y mucho menos para hacer las proyecciones de crecimiento económico que perfilan los medios para los próximos años, como si esto fuera Singapur en los buenos tiempos. Hay que ser idiota para escribir semejantes imbecilidades, pero lamento decirlo, hay que serlo más aún para tragárselas sin masticar, y encima pagando.

Sobre todo porque esta crisis se está ¿superando? gracias a los millones de personas que han perdido sus empleos, sus casas, sus ahorros, su salud y su autoestima. Eso son matemáticas y no los tejemanejes gubernamentales con el PIB. Para que venga el cantamañanas ese y sus secuaces encorbatados a darnos lecciones de cómo hacer bien las cosas y decirnos lo majos que son y etcétera.

Con razón la Villalobos, presidenta en funciones del Congreso durante el debate, se limitaba a jugar al Candy Crush en su tablet mientras el capo engranaba una tras otra su sarta de falacias grandilocuentes. Para desconectar de tanta soberbia triunfalista, tanta mentira indecorosa y tanta chorrada incalificable de su jefe de filas.

miércoles, 18 de febrero de 2015

El Sistema

Quienes conocen los entresijos de la Camorra saben perfectamente que sus integrantes y el entorno que los protege  jamás usan esa denominación al referirse a sí mismos, sino la mucho más eufemística -pero también muy acertada-, de “El Sistema”. En toda Nápoles en particular y en la Campania en general, la gente del común entiende perfectamente que la Camorra es mucho más que una organización mafiosa; es todo un sistema social, económico, organizativo y comunitario que abarca todas las esferas de la vida pública y privada, y que constituye una suerte de estado dentro del estado legalmente constituido.

“El Sistema” controla gran parte de la vida pública de la Campania a través de la infiltración mafiosa de muchas de sus instituciones, y su red tentacular y pegajosa hace muy difícil separar la actividad camorrista de la del estado, con la que se ha establecido una especie de nefasta simbiosis en muchos campos, especialmente los relacionados con todo tipo de contratas públicas.

“El Sistema” camorrista no es, pues, un ente que funcione al margen  del estado italiano, sino una especie de virus incrustado en el ADN estatal, y que aprovecha su maquinaria para reproducirse, multiplicarse y perpetuarse, igual que los virus biológicos penetran en las células sanas, las infectan y se integran en su compleja maquinaria bioquímica, desviándola para sus propios fines.

En España no existe una organización privada de las dimensiones de las organizaciones mafiosas italianas, y el aparato estatal no se ha visto –todavía- gravemente infectado por las actividades de las sucursales establecidas en la península que, aunque notorias, no han conseguido llegar nunca al nivel de penetración que se observa en Italia. Sin embargo, existe una gran similitud en la creación de un Sistema específicamente español en el que el paciente es, de nuevo, el estado.

Para comprender a lo que me estoy refiriendo, hay que tener presente la indisoluble unidad de lo que se está denominando “La Casta” con ese nuevo “Sistema” que gestiona de hecho España, con independencia de regiones y colores políticos gobernantes. Y se hace preciso entender que la casta no puede sobrevivir sin un sistema pervertido, una mutación dentro de los genes del estado y que afecta a su expresión pública, es decir, a la Administración.

Los padres constitucionales establecieron el principio de independencia administrativa como algo sagrado, hasta el punto de que el texto constitucional dispone que la Administración Pública sirve con objetividad a los intereses generales y con solo sometimiento a la ley y al derecho, al tiempo que exige que se constituyan garantías para la imparcialidad de los funcionarios públicos en el ejercicio de sus funciones.

De forma coloquial –no del todo acorde con el sentido jurídico del mandato constitucional, pero suficiente para lo que quiero denunciar- la carta magna pretende salvaguardar la independencia de la Administración como motor que es de la actividad estatal,  de modo que no esté sometida a los vaivenes (por otra parte habituales) de las formaciones políticas gobernantes. En resumen, la idea es que los políticos y sus gobiernos pasan, pero la Administración permanece, incluso cuando hay vacío de poder. Y que para garantizar el funcionamiento del estado dentro de los cauces del derecho, se requiere una Administración Pública que goce de la suficiente independencia.

Las élites de este país, azotado hasta época bien moderna por la lacra del funcionario cesante cada vez que había un cambio de gobierno, de modo que el ministro de turno remodelaba completamente el organigrama de la administración estatal a su antojo para así tener funcionarios serviles y acomodaticios a las directrices gubernamentales, siempre han confundido al gobierno con el estado, en una visión patrimonialista en la que la Administración Pública no es más que un conjunto de engranajes para el servicio partidario y partidista de unos pocos.

Nada más lejos de la concepción anglosajona, en la que existe una rigurosa separación entre los miembros del gabinete y los funcionarios públicos, que gozan de una admirable independencia. Hasta el punto de que el equivalente a nuestros secretarios de estado son puestos desempeñados, de forma inamovible, por funcionarios de carrera, mientras que el ministro debe conformarse con tener un reducido equipo de su confianza para garantizar el impulso de las iniciativas políticas y su transformación en realidades administrativas. Esa separación tajante y expresa entre la actividad política y la administración pública es garantía de buen hacer democrático.

Sin embargo, en España,  tras su milagrosa conversión en estado de derecho, los políticos encontraron muy pronto la forma de que la Administración Pública cayera de nuevo en el servilismo más atroz. Año tras año, los mecanismos de cobertura de los puestos de trabajo, teóricamente impecables, han dejado paso a un reguero de nombramientos de cargos de confianza que en ocasiones superan con creces a la dotación de funcionarios de carrera de alto nivel. Aunque eso tampoco es óbice para que España sea el país de Europa occidental con más alto grado de nombramientos de altos funcionarios por el procedimiento de libre designación, un método que alcanza a todos los niveles de grado superior de forma directa o encubierta, muchas veces bajo el paraguas formal de un concurso al que sólo falta poner el nombre y apellidos del designado. Estamos hablando de decenas de miles de puestos de trabajo que dependen, directamente, del grado de afección (o adscripción) del empleado público al político de la cúspide. Aquí no cuentan ni la preparación ni la competencia profesional en el desempeño del trabajo. Cuenta únicamente el servicio que el digitalmente nombrado pueda prestar al político cuya mano le alimenta.

Cuando la maquinaria estatal administrativa se confunde con la política nos encontramos con todos aquellos escenarios en los que la apropiación de la maquinaria estatal ha acabado conduciendo, indefectiblemente, a formas muy autoritarias de gobierno, cuyo clímax fue el estado nazi, en el que no existía separación (al final ni siquiera formal) entre el Partido y el estado alemán. Algo que también vimos por estos lares cuando Franco y su cohorte del glorioso Movimiento.

En la actualidad este fenómeno sucede de nuevo de forma subrepticia pero continuada y capilar, pues va impregnando lentamente todos los rincones del quehacer político local, autonómico o estatal como el agua impregna un terrón de azúcar hasta consumirlo totalmente. Y ese es el terrorífico destino de la administración pública española: el de su disolución imparable dentro del corrosivo disolvente del interés partidista, que la utiliza de forma descarada para batir al contrario.

La ciudadanía tiene la obligación de  reivindicar la independencia de la administración y de los funcionarios públicos, en vez de tolerar gobiernos que utilizan a la Agencia Tributaria, a la Guardia Civil, al CNI o a los diversos servicios de información policiales para crear dosieres con los que atizar al rival político, amedrentarlo, chantajearlo o simplemente desprestigiarlo con fines puramente electoralistas y de acceso al poder. La administración pública no está para cocinar estas bazofias intragables, ni para cubrir la indecencia y corrupción moral (de la otra ya se encargan los órganos judiciales, si les dejan) de La Casta, que ha montado su “Sistema” particular dentro del estado, al más puro estilo de la Camorra, por más que les pese a algunos semejante comparación. Que no es ociosa en absoluta, sino bien fundamentada por evidente: todos los medios de comunicación que hacen las interesadas filtraciones de los diversos tejemanejes no hacen más que poner al descubierto hasta qué punto El Sistema funciona a las mil maravillas.

Algunos estarán tentados de equiparar la politización de la justicia con la politización de la administración pública. Sin embargo son cosas que sólo son análogas superficialmente. La politización de la justicia pretende influir en las decisiones judiciales, pero a fin de cuentas el interés del Sistema en la judicatura se limita a que le dejen seguir haciendo impunemente sus deleznables actividades. Sin embargo, la infiltración del Sistema en la Administración Pública pone directamente a su servicio a toda la maquinaria estatal para usarla directamente en beneficio propio, cuando no personal. Se me antoja mucho más grave: la politización de la justicia es algo así como la debilitación de la inmunidad del cuerpo estatal preparándolo para que no pueda resistir futuros ataques; la infección política de la administración es la apropiación de la maquinaria corporal para desviarla de su legítimo objetivo, que es cuidar del organismo. Es la consumación del ataque al estado de derecho de forma al principio subrepticia, al final descarada, tal como hemos visto en los últimos años.

Y como toda infección de la que no se trata debidamente al enfermo, el paciente puede acabar sucumbiendo, sobre todo si sus defensas están tan debilitadas como en el caso español.

miércoles, 11 de febrero de 2015

A propósito del juez Santiago Vidal

Resulta alarmante la pasividad con que se está recibiendo la posible expulsión de la carrera judicial del juez Santiago Vidal, por haber colaborado en la redacción de un proyecto de Constitución catalana. Y más que alarmante, se me antoja increíble que en un presunto estado de derecho que debe respetar las libertades públicas, tanto el fiscal del caso como el Consejo General del Poder Judicial se enconen con tanta rabia mal disimulada contra un juez que no ha hecho más que usar su tiempo libre y su libertad de pensamiento para colaborar en un proyecto en el que cree sinceramente.

Lo impensable en todo este asunto es que la acusación se fundamente en la muy grave falta de deslealtad a la Constitución Española, ya que sus inquisidores no han podido meterle mano por la vía del bajo rendimiento. De entrada, le endosaron una inspección interna que tuvo que retirarse con el rabo entre piernas cuando se comprobó que el nivel de rendimiento de su juzgado superaba en mucho los objetivos previstos y la media nacional.

No soy juez, pero mis carencias jurídicas las suelo suplir con una buena dosis de sentido común y razonamiento lógico, algo que los rabiosos individuos que se ensañan con el juez Vidal deben desconocer, cegados por su odio anticatalanista y por sus ganas de meter miedo a todo el organigrama judicial. Algo así como aquello de que “el que se mueva no sale en la foto”, pero acrecentado por años de impunidad de la penetración de la política en el aparato judicial.

Realmente, hoy en día hace falta ser muy valiente para ser juez independiente, o siquiera levemente progresista. No digamos ya si un magistrado hace profesión de fe catalanista, porque entonces las horcas son pocas para ajusticiarle. Y sin embargo, aunque las condenas a Garzón y Silva tenían una base jurídica –cogida por los pelos, pero jurídica al fin- la propuesta de expulsión de Santiago Vidal es claramente política. Se le atribuye una falta de lesa majestad a la Constitución, sencillamente por disentir de ella en lo que se refiere a la unidad de España.

Hay estúpidos perfectamente uniformados (o togados, que para el caso es lo mismo) que se equivocan de cabo a rabo cuando confunden la disensión con la deslealtad. En este país donde las lealtades han de ser inquebrantables, al viejo estilo franquista, cualquier movimiento fuera de los estrictos cauces de la obediencia al estilo Waffen SS se interpreta como merecedora de un consejo de guerra sumarísimo y fusilamiento al amanecer. Lamentablemente, la deslealtad es un término muy difuso y que se presta a interpretaciones muy sesgadas, pero me parece que en el ámbito estrictamente jurídico, la deslealtad ha de ser de obra, es decir, activa. Porque si incluimos en esa gama de faltas la deslealtad puramente intelectual, entonces es que ya se ha hecho realidad el horror orwelliano del Gran Hermano y su policía del pensamiento.

Porque de eso se trata, de policías del pensamiento en su versión judicial, que están prestos a castigar cualquier desviación del dogma aunque sea en la intimidad de la alcoba o en el vermutito con amigos el fin de semana. Se me antoja un desvarío tremendo y una perversión deleznable perseguir a un juez, por lo demás intachable en su aplicación profesional de la Constitución y la ley, por tener opiniones personales diferentes sobre la forma de articular el estado español, o incluso por tener una ideología claramente secesionista. Una cosa es lo que yo pienso o deseo, y otra totalmente distinta es si conspiro efectivamente en contra de mi lealtad prometida, y actúo en rebeldía contra el ordenamiento vigente, algo que jamás ha hecho el juez Vidal en el ámbito profesional, que es el que aquí cuenta.

Por cierto, son muchos filósofos, ente los que se disitngue Nathanson, que destacan que la lealtad patriótica suele ser más un vicio que una virtud. En muchas ocasiones, la lealtad patriótica es causa de que se apoye devotamente a personas o políticas que son inmorales. Sostiene esa escuela de pensamiento que la lealtad patriótica que esgrimen la fiscalía y el Consejo General del Poder Judicial es más bien una perversión cuando sus consecuencias exceden los límites de lo que es moralmente razonable. En opinión de Nathanson, ese tipo de lealtad, como la propugnada por esos cavernícolas con toga que persiguen al juez Vidal, es definida erróneamente como ilimitada en su alcance, y fracasa en reconocer los límites de la moralidad.

El precedente puede ser mucho más grave aún si finalmente se produce el derribo del juez Vidal, no sólo por la pérdida que supone para la carrera judicial, sino porque se constituiría como una especie de amenaza permanente a todos los funcionarios públicos que, en uso de su libertad de opinión y expresión, utilizaran su tiempo libre para participar en foros en los que se cuestionara de un modo u otro la estructura constitucional española y el resto del ordenamiento jurídico. Sobre esos cimientos, se podría expulsar de forma sumaria a cualquier funcionario que estuviera afiliado a alguna formación política que propugnara un cambio sustancial en la Constitución Española. Se abriría así una caza de brujas mucho más intensa que el peor maccarthysmo de los años cincuenta.

Una idea que estoy seguro que resultaría bastante tentadora para muchos de esos miembros terriblemente reaccionarios que todavía campan en la judicatura española. Esos que se empeñan en hacer buena aquella célebre errata del BOE –para ser precisos, del 22 de septiembre de 1984- que los denominaba “Consejo General del Joder Judicial”.

Tal como yo lo veo, el juramento de fidelidad a la Constitución que se exige a todos los funcionarios públicos no puede ni debe ser utilizado como un amenazadora espada de Damocles sobre las cabezas de aquellos servidores públicos que defiendan una modificación sustancial de la carta fundamental, incluso si tal pretensión afecta a aspectos esenciales del estado. Porque por esa misma regla de tres, el mero hecho de manifestarse a favor de la república por parte de cualquier funcionario y colaborar en la redacción de una modificación –aunque sea parcial- de la Constitución para reformar el estado español al modo de una república federal, también habría de ser tenido por gravemente desleal y de ese modo, convertir a los no monárquicos en reos de expulsión de sus respectivas carreras administrativas, lo cual resulta absolutamente impensable.

Así que, en conclusión, o a los jueces se les exige una lealtad distinta a la de los demás servidores públicos (lo cual resultaría aberrante), o bien alguien está cayendo en la aberración aún peor de considerar que el secesionismo civilizado y conducido dentro de los cauces del debate y del diálogo político es equivalente a una sediciosa proclama condenable con el máximo rigor disciplinario o penal.

Utilizar la lealtad constitucional como una mordaza al libre pensamiento y a la voluntad de cambiar las cosas en un estado de derecho resulta aterrador, y sin embargo, muy pocos parecen reparar en el terrible precedente contra los derechos civiles que puede sentar la expulsión del juez Vidal de la carrera judicial. Algo que el gran Saramago ya advirtió en su tremendo “Ensayo sobre la Lucidez”. Esa lucidez que tanto se echa en falta en las altas instancias de este país.

martes, 3 de febrero de 2015

Salir del euro

Las amenazas nada veladas a Grecia sobre una supuesta salida del euro y las dramáticas consecuencias que tendría dicha medida para la economía y la ciudadanía helena suenan un poco a ataque de pánico del eje Bruselas-Berlín ante la posibilidad de que los gobernantes griegos tuvieran un repente de lucidez económica y decidieran reflotar el dracma y dejar al euro con las vergüenzas al aire.

No son pocos los analistas que, situados dentro de la cautela y no especialmente conocidos por su temple aventurero, afirman que la salida de cualquier país del euro es una incógnita en términos generales, y que el actual discurso oficial sumamente aferrado a una supuesta ortodoxia que aventura infinitos males para cualquier oveja descarriada que pretenda salirse del orden económico impuesto en la eurozona no responde más que a especulaciones sumamente interesadas.

La prensa general no suele caracterizarse por su independencia de criterio. La prensa económica aún es mucho más esclava de la voz de su amo. Lo cierto es que no existen precedentes de la ruptura de una unión monetaria, o los que existen son tan antiguos que no son extrapolables al momento histórico  actual. Así pues, las aseveraciones de una catástrofe para el país rebelde que pretenda salir de la moneda única no son más que dogmas tan inventados como el de la Inmaculada Concepción para los católicos.

La única ventaja que tienen los ortodoxos pro-Troika es que en este asunto, el dogma es compartido por la práctica totalidad del espectro político y las instituciones financieras internacionales, y por ósmosis ha atravesado todas las capas del pensamiento social como el agua  un azucarillo, hasta convertirse en una verdad incuestionada, que no es lo mismo que incuestionable.

Ese afán en dibujar un panorama tan siniestro para los que se quieran ir de la moneda única recuerda mucho a la actitud de muchas sectas religiosas que impiden, por todos los medios a su alcance, que sus adeptos se vayan del redil psicológico e intelectual en el que les tienen confinados. Y suele reflejar más bien el temor de los líderes a perder poder e influencia que a un auténtico pesar por los problemas que pueda suponer el regreso del desafecto al mundo real.

Son bastantes los economistas independientes y progresistas, opositores al neoliberalismo imperante, que cuestionan los argumentos que se proponen para justificar la debacle de los países que salgan del euro. No es cuestión de entrar en análisis pormenorizados sobre esta cuestión, que poca luz pueden aportar a un debate que debe alejarse de pseudotecnicismos matemáticos, y que debería ser objeto de otro tipo de análisis más centrado en aspectos los psicológicos del ejercicio del poder.

Una primera aproximación a esta perspectiva psicológica nos la da la práctica de las organizaciones mafiosas. Aunque parezca un tópico, es cierto el aserto de que a la mafia se entra, pero sólo se sale con los pies por delante, salvo casos excepcionales a los que se premia con la jubilación. Se es de la mafia toda la vida, las renuncias son inaceptables porque debilitan los mismos cimientos sobre los que se asienta su poder. Por eso todos los esfuerzos de la lucha contra este tipo de crimen organizado se centran en conseguir el máximo número posible de arrepentidos. Y sólo desde que el arrepentimiento empezó a funcionar, la lucha contra las organizaciones mafiosas se ha ido equilibrando lentamente a favor del estado de derecho.

Los dogmas indemostrables suelen ser útiles herramientas para el control de mentes débiles o propensas a la credulidad frente a la autoridad constituida. El pensamiento dogmático no es tanto una expresión de fuerza o autoridad, sino el encubrimiento de vulnerabilidades que podrían poner en peligro el statu quo, y que resultarían claramente perjudiciales para la élite dominante.

En la actual ausencia de debate y visto el asentimiento general hacia el dogma de que la salida del euro es una catástrofe para el país que tira la toalla, no está de más reflexionar sobre si todo este asunto no es más que un turbio manejo mental para evitar la independencia económica de los países, que se han convertido en meras franquicias de un mercado global que persigue unos intereses que nada tienen que ver con los de cada nación. Al contrario, bajo la bandera de la unidad monetaria y la globalización uno se aventuraría a afirmar que se esconde una voluntad de concentración de poder en muy pocas manos y de regir el destino de centenares de millones de personas sin necesidad de ningún mecanismo democrático de control.

Sobre todo porque hay dos factores fundamentales a tener en cuenta ante una eventual salida del euro. El primero es que permitiría recuperar la política monetaria como mecanismo corrector de las desviaciones, facilitando devaluaciones controladas de la moneda nacional. El segundo factor tiene que ver con la perversa transferencia de deuda privada (bancaria) a deuda pública, que se ha hecho a costa del contribuyente de clases medias y bajas, mientras que una devaluación afectaría a todos los contribuyentes por igual. En ese sentido, los ajustes inducidos por una devaluación de una moneda propia son mucho más equitativos desde el punto de vista social que lo que hemos visto hasta ahora, consistente en unos recortes brutales de prestaciones que sólo han afectado a los segmentos bajos de la población.

Pero en ese segundo factor hay algo más a tener en cuenta. La intencionadísima maniobra de convertir la deuda de los bancos en deuda pública llevada a cabo en estos últimos años tiene su contrapartida en que los mayores tenedores de esa deuda pública siguen siendo los bancos que han comprado masivamente las emisiones de deuda. Los mecanismo son muy complejos, pero el hecho cierto es que si un país se sale de la disciplina del euro, aunque es cierto que una devaluación implicaría elevar los costes de la deuda pública (porque la deuda ya contraída habría que seguir pagándola en euros), no es menos cierto que haría mucho más daño al sector financiero que a los sectores productivos, que se encontrarían con una deuda a la que ya no podrían imponer determinadas condiciones, so pena de no poder cobrar jamás ni un céntimo. Algo así como si en mi casa mi hijo me debe una millonada, me dice que se quiere ir y le amenazo con que si se va, no le ayudaré en nada. Una amenaza que no puede obviar el hecho palmario de que por esa vía tal vez mi vástago no me cueste más dinero, pero también que jamás recuperaré lo que me debe.

Y si lo que me debe es mucho, debería echarme a temblar. Si un país, en el uso de su soberanía, decide salir del euro, a Bruselas no le queda más remedio que flexibilizar al máximo su postura, para que los bancos acreedores puedan seguir cobrando sus intereses. La cuestión es evitar la suspensión internacional de pagos financieros, que podrá ser todo lo dramática que se quiera, pero que ya no vendría de aquí a una población que ya no tiene gran cosa que perder. Quiero decir con ello que existe una hipótesis –discutible como todas- según la cual la salida del euro perjudica mucho más a los entes acreedores que a los países que recuperan su independencia después de muchos años de sacrificios y recortes. Y eso habría que analizarlo con más detenimiento, porque lo que es seguro es que a los amigos de la troika no les interesa el hundimiento total de una economía que les debe un dineral, sino buscar la manera de seguir cobrando, aunque sea menos cantidad y a más largo plazo.

Y resulta que con una moneda propia, el país que sale de la disciplina monetaria europea puede recuperar competitividad mucho más rápido que dentro de los estrechos canales del euro. Y también puede generar empleo mucho más deprisa. Y, en conclusión, puede crear la riqueza necesaria para devolver todo lo que debe de forma más segura (aunque se produzca inflación como efecto colateral).

Sin embargo, la oposición a la salida del euro tiene otros factores implicados, el principal de los cuales es el efecto contagio a otros países de la eurozona. Si un país cualquiera sale de la eurozona y acaba bien parado, no habrá freno alguno para que otros países con más peso cualitativo y cuantitativo hagan lo mismo. Pero si se diera esta circunstancia, con países como Italia o España fuera de la zona euro, la catástrofe para el sistema monetario europeo sería inconmensurable. De hecho significaría la muerte del euro como tal, por la sencilla razón de que cada salida debilita la moneda un poco más, hasta hacerla poco atractiva para el inversor internacional. Precisamente por eso no funcionó aquella descabellada propuesta de la Europa de dos velocidades, porque significaba facilitar la salida del euro de los países más afectados por la crisis y debilitaba tremendamente a la moneda única.

Las unanimidades, sin excepción, deberían hacernos sospechar que hay gato encerrado. Cada afirmación doctrinaria, incuestionable y no abierta a ningún debate, sino expuesta solamente como una serie de mantras martilleados continuamente en nuestros oídos, debería hacernos desconfiar y que nos mostráramos más receptivos a visiones críticas y alternativas. El pensamiento único se ha afianzado de una forma muy agresiva en el asunto del euro, y eso no es bueno, porque se ha perdido toda la diversidad de criterios por el camino. Se han podado interesadamente todas las ramas del árbol de posibilidades de la política monetaria y eso no ayuda precisamente al fortalecimiento del pensamiento crítico.

En economía nada funciona hasta que se pone a prueba en vivo. Ningún modelo predictivo ha sido jamás lo suficientemente bueno como para siquiera aproximarse a la realidad. Y  la salida del euro no tendría por qué ser una excepción a ello. Así que si hay tanto miedo oficialista a la salida del euro es que está fundamentado  bien en unas bases teóricas cuestionables, o bien responde a la convicción de que algunos entes muy poderosos iban a salir perdiendo si se diera esta eventualidad.


No olvidemos que los siempre pragmáticos británicos han sostenido desde el principio que el euro era una arma cuyo filo apuntaba al corazón de la independencia económica de su país, y también, “soto voce”, que la creación del euro significaba entregarle todo el poder económico a Alemania, siempre ansiosa de hegemonía continental. Hasta ahora, razón no les ha faltado, y por ello se han mantenido firmes al margen de la eurozona. Pero el corolario de la actitud británica era que el euro era una idea horrible que acabaría mal, arrastrando a sus integrantes a una guerra cuyas primeras escaramuzas estamos viviendo estos últimos años. Un proyecto terriblemente erróneo que, como todos los que favorecen situaciones de gran desequilibrio, acabará fracasando. Y no está de más señalar que, como todo Titanic que se va a pique,  los primeros en saltar por la borda suelen ser los que se salvan del naufragio.