martes, 3 de marzo de 2015

La nostalgia no es un error

Las explicaciones psico-sociológicas al incontestable y universal sentimiento de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” se explayan en el error en que nuestra mente incurre al valorar sucesos pasados. Según esta extendida escuela de pensamiento, de los hechos pasados relativizamos los aspectos más dolorosos y resaltamos los que, de algún modo, nos resultan agradables y placenteros, que quedan fijados en la memoria con mayor intensidad que los sucesos negativos. Esto es algo que contradice todas las teorías sobre el trauma y el estrés postraumático, según las cuales en muchos sujetos, lo realmente imborrable -hasta el punto de que jamás vuelven a  tener una vida serena- son los acontecimientos brutales que han experimentado en el pasado, como guerras, internamientos en campos de concentración y matanzas de toda índole. Ciertamente, las teorías psicoanalíticas al uso intentan minimizar este hándicap por la vía de relativizar la cuestión: sencillamente afirman que lo que se suaviza son sólo los pequeños golpes de la vida en contraste con los vívidos recuerdos positivos del pasado, que se mantienen en todo su esplendor. Mi entrada de hoy tiene por objeto refutar esta aseveración, al menos parcialmente, y plantear la tesis de que, en efecto, cualquier tiempo pasado sí fue mejor, al menos en la esfera más íntima y personal.
La naturaleza es brutal y aséptica por definición. Frente al feroz darwinismo ecológico no caben argumentaciones de carácter moral ni apelaciones a la justicia. Todo ser vivo lo está en la medida en que se involucra en una competencia feroz por la supervivencia en su ecosistema; la alternativa es la muerte inmediata. Esa competencia, que a los ojos de un moralista ingenuo tiene mucho de cruel e injusta, no tiene ningún otro propósito que la supervivencia de los más aptos, y esa aptitud se demuestra no sólo en la competencia entre especies (comer y evitar ser comido), sino dentro de las propias especies, estableciendo por lo general  rígidas jerarquías  entre los miembros de cada comunidad. Jerarquías en muchas ocasiones ritualizadas, y en otras realmente sangrientas, pero que tienen siempre las mismas consecuencias para los derrotados: formar parte de una masa de bajo rango a la que siempre le tocan las sobras de todo.
 La humanidad (me niego a escribir el término en mayúsculas, empapado como estoy de una perspectiva naturalista que no nos permite considerarnos superiores a cualquier otra especie del planeta) no es inmune a esa competencia, pero tiene la desdicha de ser consciente de ella, lo que la encamina por el camino de la utopía, que no es otro que tratar de alejarnos del darwinismo biológico y sustituirlo por la aspiración a una comunidad igualitaria y fraternal, donde fragüe el principio de solidaridad entre todos sus miembros. Y en el que aparece, ahora sí, todo un conjunto de criterios éticos más o menos universales. Esos criterios, esa moralidad personal y social, son algo que nadie lleva en los genes: se tienen que aprender, y así se hace desde la más tierna infancia (Nota: si alguien se pregunta porqué las virtudes morales no están de algún modo inscritas en nuestro acervo genético, la respuesta es doble: por un lado la especie humana no ha evolucionado durante el tiempo suficiente como para que ese tipo de características se incorporen al genoma humano; pero lo más importante es que ese conjunto de virtudes, desde el punto de vista darwinista, no sólo no sirven de gran cosa para mejorar la supervivencia del individuo, sino más bien al contrario: la utopía puede ser letal en un mundo que en realidad sigue siendo tan depredador como hace millones de años).
Claro está que los niños de todo eso no saben nada. Sencillamente son vulnerables porque se les inculcan preceptos bondadosos que luego una gran parte de la comunidad en la que viven no es capaz de mantener, y esa contradicción entre lo que debería ser y lo que es en realidad, filtrada por nuestra conciencia y nuestra experiencia, forma parte del proceso –en verdad doloroso- de hacerse adulto. Así que la desilusión y el desencanto forman parte del proceso de convertirse en un humano adulto, y no son muchos precisamente quienes consiguen atravesar ese laberinto de contradicciones vitales y salir indemnes (Nota: quien conozca a personas con síndrome de Down sabrán que son distintas en un sentido muy radical: siempre son razonablemente felices y no sufren ese patético cambio de rumbo moral en el que solemos caer los humanos “normales” cuando nos hacemos adultos).
 En definitiva, hacerse adulto consiste, en la mayoría de los casos, en un proceso de corrupción – o cuando menos relativización- de todos los preceptos morales inculcados en la tierna infancia, y su sustitución por la justificación del medio para obtener un fin, y por atender en primer lugar al egolatrismo primigenio en detrimento de cualquier otra consideración. Sucumbir, en definitiva, al darwinismo esencial del que procedemos, aunque nos horrorice siquiera la mención a la posibilidad de que así seamos en verdad (Nota: para lavar debidamente nuestras conciencias, suplantamos las virtudes auténticas con sucedáneos muy convenientes: la caridad, la compasión, el altruismo más o menos forzado, los telemaratones y porqué no, la seguridad social, entre otros).
 Así que, yendo un poco más allá, puedo estar en parte de acuerdo con los freudianos que rechazan que cualquier tiempo pasado fue mejor desde un punto de vista objetivo, porque el mundo entonces era igual de brutal, injusto y sádico que hoy en día. Y porque el bien tampoco solía tener recompensa, ni inmediata ni diferida; y normalmente el mal solía triunfar igual que actualmente, a la manera en que siempre suele triunfar el mal: de forma solapada y aparentemente incruenta, incluso disfrazado de virtud. Pero también estoy convencido de que como individuos, cualquier pasado fue mejor porque nosotros éramos mejores. Todavía vivíamos en la inocencia del idealismo, todavía nos creíamos inmunes a las bofetadas de la vida comunitaria, aún creíamos posible modelar la humanidad a través de la ética y las virtudes morales. Con la convicción de que el mundo podía ir a mejor y que las posibilidades eran infinitas para la sociedad en general y para nosotros en particular. Esa perspectiva, un poco como la de los jóvenes de mayo del 68, tiene un solo defecto: en una estructura tan jerarquizada como la de los homínidos, proponerse aplicar las virtudes morales universales es poner en cuestión la misma existencia de los roles de poder y dominación y no tener en cuenta que la cúspide de la pirámide la suelen ostentar individuos viejos, experimentados y embrutecidos, y por tanto desprovistos –o despojados- de sus atributos éticos iniciales, esos que tanto les inculcaron de niños.
 Porque la verdad es que vivir, para una gran mayoría, consiste en ir haciendo un lamentable strip tease en el que el paso de los años nos va desnudando de la decencia con que tan primorosamente nos quisieron vestir desde pequeños. Al final del recorrido llegamos en paños menores o, peor aún, disfrazados como cocottes con colores chillones y ropas estridentes que sólo tratan de disimular nuestra perfidia y perversidad moral. Un engaño que es tanto proyectado al exterior como un autoengaño trenzado con muchas justificaciones, casi siempre tomadas de prestado de otros que nos precedieron y dedicaron gran parte de su vida adulta a justificar la infamia, que es universal (Borges dixit). Pero en definitiva, desde esa perspectiva, cualquier tiempo pasado sí fue mejor, porque nuestro pasado no estaba corrompido por nuestro egoísmo y nuestra ansia de poder, es decir, por nuestra angustia por escalar posiciones en la jerarquía social.
 En ese sentido nuestro ayer es límpido y se parece mucho a un río, aunque la analogía sea un tanto frívola, y desde luego cursi. El agua que brota del manantial es clara y transparente, y así sigue durante un tiempo mientras desciende cantarina al valle. Pero con el tiempo los sedimentos que arrastra la van enturbiando y al final de su curso, las más de la veces, no es más que un limo espeso y sucio cargado de detritos. Lo normal es  que cuando miremos el pasado -no sólo el nuestro, sino el colectivo- sepamos a ciencia cierta que siempre fue mejor, más puro y menos asfixiante, aunque viviéramos en la pobreza y la dificultad. Sólo así puedo imaginar a personas como muchos de los políticos actuales, que no eran entonces representantes tan genuinos de la ignominia con que nos castigamos en el transcurso de los años. Tal vez algunos fueran patitos feos educados en la endogamia cuartelera guardiacivilesca en un país extraño antes de transmutarse en belicosos patrioteros, o graciosos jovencitos dicharacheros y astutos sin ser aún manipuladores retóricos y un tanto mafiosos –al estilo en que un Andreotti puede ser considerado mafioso, entendámonos-   en su edad adulta. Incluso algunos puede que fueran adolescentes una pizca demasiado chuletas y dominadores, pero todavía no energúmenos megalómanos adictos al poder. O muchachos introvertidos y huidizos, antes de travestirse en chirriantes azotes de desviacionismos e inquisidores generales de la cosa política. Incluso habría afanosos hijos  de la pequeña burguesía necesitados de triunfo social a falta de otras virtudes, pero sin siquiera vislumbrar la deslumbrante y demoledora codicia a la que llegarían bastantes años más tarde. Igual no es así y me equivoco y todos ellos eran completamente diferentes a los jovencitos que intento evocar, pero una cosa es segura: eran diferentes a como son de viejos. Porque eran mejores: menos rabiosos, menos anquilosados, menos manipuladores, menos frustrados (y frustrantes). Más ilusionados, más idealistas, más inocentes, más utópicos. Y sobre todo, más limpios de alma.
 Lo mismo que nos sucede a (casi) todos y cada uno de nosotros. Por eso cualquier tiempo pasado fue mejor. Por eso, la nostalgia no es un error, sino un recordatorio de lo que perdimos en el camino.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Triunfalismo y matemáticas

Ser español es una desgracia como cualquier otra, pero con el matiz de que ésta dura toda la vida. Y con el tinte depresivo de que si, además, tenemos los presidentes de gobierno que tenemos que aguantar, a la desgracia se suma la vergüenza y la humillación. Y me permitiré el lujo de afirmar que un país no tiene el gobierno que se merece, sino sólo el que desean y merecen parte de sus ciudadanos; especialmente esa parte de ciudadanía humilda, mayormente inculta, meapilas y porqué no decirlo, de inteligencia dudosa, que pese a lo muy zarandeada que ha sido por la crisis, aún es capaz de votar, no ya al PP, sino a los engendros que lo dirigen.

Un gobernante debería, ante todo, leerse de cabo a rabo El Principe de Maquiavelo, y aprendérselo de memoria. Y a continuación doctorarse con Baltasar Gracián y El Arte de la Prudencia. Así tal vez podríamos empezar a hablar de gobernantes de cierta envergadura moral y talla política, porque lo que tenemos hasta ahora en Moncloa y aledaños son verdaderos fantasmas de medio pelo.

El triunfalismo agresivo con el que Rajoy ha afrontado el debate del estado de la nación podrá parecer comprensible a los analistas políticos que viven del momio mediático, pero es absolutamente bochornoso en un adulto racional y registrador de la propiedad por más señas, de quien se espera todo el aburrimiento que un registrador puede ofrecer, pero al menos tamizado por una serena ecuanimidad. Nada más lejos de la realidad, el Rajoy que tenemos actualmente es el típico individuo que confunde el vigor con la histeria, la contundencia con la descalificación y la tesis con el dogma, que ya es grave. Algo muy frecuente en individuos de por sí vacilantes y más bien débiles -en el sentido global del término- que suplen su manifiesta inferioridad con elevadas dosis de obstinación y agresividad, pero que carecen de aquello que no se impone, sino que los demás han de percibir; la vieja auctoritas romana.

Claro que Rajoy queda muy lejos de ser Augusto, pero al menos podría tener la dignidad de no pretender asumir las chirriantes formas de Podemos en su defensa del poder derechista que le ha otorgado la crisis y la imbecilidad colectiva. Viéndolo en sus últimos actos públicos se diría que resulta de una histrionismo hiperbólico; es decir, como una especie de imitador de Jack Nicholson ciego de cocaína y en horas muy bajas. Confiemos en que se trate realmente de un papel autoimpuesto por la proximidad de muchos encuentros electorales, porque si la transformación es real, deberíamos empezar a creer que padece algún grave transtorno de la personalidad, algo que no estaría tampoco fuera de lugar en este país durante tanto tiempo regido por Habsburgos dementes y por Borbones que no les andaban a la zaga, que culminaron en el ya democrático pero no menos egomaníaco y megalómano José Mª Aznar, el amigo de idiotas internacionalmente famosos.

En fin, que el agresivo triunfalismo de Mariano en el debate de la nación quedaría como anécdota si no fuera porque una multitud de babosos expectantes, también españoles por desgracia, le jalean y le animan y le van a dar su voto para que siga jorobando al resto, que es la manera como en España los políticos entienden que se ha de  gobernar. No se trata de ser el presidente de todos, sino únicamente de todos los que le siguen como al flautista de Hamelín, directos a la cloaca económica y a la abyección social. Y claro, se le erizan a uno los pelos del cogote al pensar que individuos como ése conforman la élite política de la nación.

Asumamos una cosa: de matemáticas y física elemental Rajoy no entiende una shit, por motivos que en tercero de ESO resultan evidentes (se me ocurre ahora que  a lo peor la mayoría de sus votantes pobres -que son muchos- no lograron acabar los estudios secundarios). A saber: el país ha empezado a crecer porque no podía caer más abajo sin implosionar sobre sí mismo, tanto económica como socialmente. Es decir, el rumbo de España estaba determinado por una serie convergente en un determinado límite, que hubiera resultado imposible de traspasar sin que antes tanto la Unión Europea como el propio gobierno hubieran reaccionado. De hecho, la evolución de la economía española en el 2014 se debe más a una serie de conceptos ampliamente conocidos en estadística de poblaciones, como por ejemplo, la regresión a la media, que es un factor reequilibrador constatado en cientos de variables sociales y económicas, y que impide que las desviaciones se vayan amplificando más y más indefinidamente. Es como una especie de goma elástica que se estira hasta cierto punto, pero luego vuelve gradualmente a su punto de equilibrio (por cierto, y aunque no tenga nada que ver con el tema de hoy, la regresión a la media tiene su campo base en la biología. Por ejemplo, esa es la causa de que la estatura de las poblaciones tradicionalmente bien alimentadas no siga creciendo indefinidamente hasta los límites permitidos por la biomecánica, sino que tras años de crecimiento, las generaciones posteriores vuelven a encoger hasta un punto central estable).

Ciertamente, si el estiramiento de la goma supera su elasticidad, acabará rompiéndola, pero para eso están los mercados internacionales, que del mismo modo que nos han exprimido lo que han querido y más, correrían prestos a evitar tamaño desastre, porque significaría una hecatombe de dimensiones incalculables. España, aunque sólo sea por población y PIB, no es Grecia, Portugal o Irlanda. De hecho es más que los otros tres sumados, así que Rajoy podrá sacar todo el pecho que quiera, pero lo que hemos tenido en el 2014, en gran parte, no se debe a la acción de gobierno, sino a los mecanismos de regresión a la media y a la acción coordinada de agentes externos a nuestra hispánica voluntad. Con Rajoy o sin él, al mundo mundial no le interesaba que España se fuera al garete.

O sea, de lo que acaso pueda presumir Rajoy es de haber llevado la serie a su límite de resistencia justo antes de que se fuera todo a hacer puñetas, lo cual no es que sea muy de agradecer, precisamente. Como si al adolescente matón y acosador gamberro, que además de partirle la crisma al vecinito, hubiera que darle las gracias por no haberlo matado de una paliza. Y encima luego nos dijera: "lo veis, no está muerto, y ha sido gracias a mi". 

Por otra parte, y siguiendo con matemática de bajo nivel, no es lo mismo bajar que subir. Los efectos rebote - y esto lo sabe el economista más lerdo de la facultad más apestosa del rincón más alejado del tercer mundo- suelen ser espectaculares al principio, pero su amortiguación es igualmente muy rápida, hasta quedar muchas veces en nada. Los vertiginosos altibajos de la bolsa son un ejemplo que hasta un profano entiende, a fuerza de verlos constantemente en la televisión. Tienen bastante que ver con la elasticidad del sistema: una goma estirada a su máxima tensión y repentinamente soltada en uno de sus extremos, saldrá disparada en dirección contraria pero al instante se detendrá en el punto medio de equilibrio. No seguirá creciendo llevada por el impulso inicial. Por eso se les llama efecto rebote, y son muy pocos los casos (y casi todos los que se me ocurren son perniciosos) en los que el rebote implica una aceleración sostenida del proceso. 

Pero además, y aquí siento mucha vergüenza nacional al tener que explicar esta obviedad, jugar con porcentajes es muy peligroso si uno no sabe manipularlos adecuadamente. Son explosivos y le pueden amputar a uno la poca credibilidad que le quede. Desgraciadamente, no es lo mismo subir un diez por ciento que bajarlo, y ponerlo de manifiesto es muy sencillo. Perder un diez por ciento de mil euros es quedarse con novecientos; recuperar un diez por ciento de esa cantidad es llegar justo a los novecientos noventa. Diez euros se han quedado por el camino. Y además, en una serie, este efecto es llamativamente acumulativo. Y totalmente válido, por supuesto, en la serie anual del PIB nacional, de modo que si el PIB cae un año un dos por ciento, y al siguiente año sube en dos por ciento también, estamos peor que antes de la caída, guste o no guste, por muy presidente del gobierno que sea uno. Y por mucho que chille histéricamente que la senda de la recuperación ya está ahí, como si él fuera Moisés llevando a su pueblo a  través del desierto. Hay que joderse, sobre todo si la serie descendente es de unos cuantos años y sus efectos porcentuales se acumulan. Cojan una calculadora y hagan la correspondiente iteración, que de eso se trata.

Así que si tenemos en cuenta que el efecto rebote es más intenso cuando se ha llegado al límite inferior o superior de elasticidad de un sistema, y que esa intensidad está directamente relacionada con la lejanía al punto de equilibrio medio; y si además tenemos en cuenta que subir una pendiente es mucho más trabajoso que bajarla, el crecimiento español del 2014, aunque es de agradecer, no es que sea para tirar cohetes. Y mucho menos para hacer las proyecciones de crecimiento económico que perfilan los medios para los próximos años, como si esto fuera Singapur en los buenos tiempos. Hay que ser idiota para escribir semejantes imbecilidades, pero lamento decirlo, hay que serlo más aún para tragárselas sin masticar, y encima pagando.

Sobre todo porque esta crisis se está ¿superando? gracias a los millones de personas que han perdido sus empleos, sus casas, sus ahorros, su salud y su autoestima. Eso son matemáticas y no los tejemanejes gubernamentales con el PIB. Para que venga el cantamañanas ese y sus secuaces encorbatados a darnos lecciones de cómo hacer bien las cosas y decirnos lo majos que son y etcétera.

Con razón la Villalobos, presidenta en funciones del Congreso durante el debate, se limitaba a jugar al Candy Crush en su tablet mientras el capo engranaba una tras otra su sarta de falacias grandilocuentes. Para desconectar de tanta soberbia triunfalista, tanta mentira indecorosa y tanta chorrada incalificable de su jefe de filas.

miércoles, 18 de febrero de 2015

El Sistema

Quienes conocen los entresijos de la Camorra saben perfectamente que sus integrantes y el entorno que los protege  jamás usan esa denominación al referirse a sí mismos, sino la mucho más eufemística -pero también muy acertada-, de “El Sistema”. En toda Nápoles en particular y en la Campania en general, la gente del común entiende perfectamente que la Camorra es mucho más que una organización mafiosa; es todo un sistema social, económico, organizativo y comunitario que abarca todas las esferas de la vida pública y privada, y que constituye una suerte de estado dentro del estado legalmente constituido.

“El Sistema” controla gran parte de la vida pública de la Campania a través de la infiltración mafiosa de muchas de sus instituciones, y su red tentacular y pegajosa hace muy difícil separar la actividad camorrista de la del estado, con la que se ha establecido una especie de nefasta simbiosis en muchos campos, especialmente los relacionados con todo tipo de contratas públicas.

“El Sistema” camorrista no es, pues, un ente que funcione al margen  del estado italiano, sino una especie de virus incrustado en el ADN estatal, y que aprovecha su maquinaria para reproducirse, multiplicarse y perpetuarse, igual que los virus biológicos penetran en las células sanas, las infectan y se integran en su compleja maquinaria bioquímica, desviándola para sus propios fines.

En España no existe una organización privada de las dimensiones de las organizaciones mafiosas italianas, y el aparato estatal no se ha visto –todavía- gravemente infectado por las actividades de las sucursales establecidas en la península que, aunque notorias, no han conseguido llegar nunca al nivel de penetración que se observa en Italia. Sin embargo, existe una gran similitud en la creación de un Sistema específicamente español en el que el paciente es, de nuevo, el estado.

Para comprender a lo que me estoy refiriendo, hay que tener presente la indisoluble unidad de lo que se está denominando “La Casta” con ese nuevo “Sistema” que gestiona de hecho España, con independencia de regiones y colores políticos gobernantes. Y se hace preciso entender que la casta no puede sobrevivir sin un sistema pervertido, una mutación dentro de los genes del estado y que afecta a su expresión pública, es decir, a la Administración.

Los padres constitucionales establecieron el principio de independencia administrativa como algo sagrado, hasta el punto de que el texto constitucional dispone que la Administración Pública sirve con objetividad a los intereses generales y con solo sometimiento a la ley y al derecho, al tiempo que exige que se constituyan garantías para la imparcialidad de los funcionarios públicos en el ejercicio de sus funciones.

De forma coloquial –no del todo acorde con el sentido jurídico del mandato constitucional, pero suficiente para lo que quiero denunciar- la carta magna pretende salvaguardar la independencia de la Administración como motor que es de la actividad estatal,  de modo que no esté sometida a los vaivenes (por otra parte habituales) de las formaciones políticas gobernantes. En resumen, la idea es que los políticos y sus gobiernos pasan, pero la Administración permanece, incluso cuando hay vacío de poder. Y que para garantizar el funcionamiento del estado dentro de los cauces del derecho, se requiere una Administración Pública que goce de la suficiente independencia.

Las élites de este país, azotado hasta época bien moderna por la lacra del funcionario cesante cada vez que había un cambio de gobierno, de modo que el ministro de turno remodelaba completamente el organigrama de la administración estatal a su antojo para así tener funcionarios serviles y acomodaticios a las directrices gubernamentales, siempre han confundido al gobierno con el estado, en una visión patrimonialista en la que la Administración Pública no es más que un conjunto de engranajes para el servicio partidario y partidista de unos pocos.

Nada más lejos de la concepción anglosajona, en la que existe una rigurosa separación entre los miembros del gabinete y los funcionarios públicos, que gozan de una admirable independencia. Hasta el punto de que el equivalente a nuestros secretarios de estado son puestos desempeñados, de forma inamovible, por funcionarios de carrera, mientras que el ministro debe conformarse con tener un reducido equipo de su confianza para garantizar el impulso de las iniciativas políticas y su transformación en realidades administrativas. Esa separación tajante y expresa entre la actividad política y la administración pública es garantía de buen hacer democrático.

Sin embargo, en España,  tras su milagrosa conversión en estado de derecho, los políticos encontraron muy pronto la forma de que la Administración Pública cayera de nuevo en el servilismo más atroz. Año tras año, los mecanismos de cobertura de los puestos de trabajo, teóricamente impecables, han dejado paso a un reguero de nombramientos de cargos de confianza que en ocasiones superan con creces a la dotación de funcionarios de carrera de alto nivel. Aunque eso tampoco es óbice para que España sea el país de Europa occidental con más alto grado de nombramientos de altos funcionarios por el procedimiento de libre designación, un método que alcanza a todos los niveles de grado superior de forma directa o encubierta, muchas veces bajo el paraguas formal de un concurso al que sólo falta poner el nombre y apellidos del designado. Estamos hablando de decenas de miles de puestos de trabajo que dependen, directamente, del grado de afección (o adscripción) del empleado público al político de la cúspide. Aquí no cuentan ni la preparación ni la competencia profesional en el desempeño del trabajo. Cuenta únicamente el servicio que el digitalmente nombrado pueda prestar al político cuya mano le alimenta.

Cuando la maquinaria estatal administrativa se confunde con la política nos encontramos con todos aquellos escenarios en los que la apropiación de la maquinaria estatal ha acabado conduciendo, indefectiblemente, a formas muy autoritarias de gobierno, cuyo clímax fue el estado nazi, en el que no existía separación (al final ni siquiera formal) entre el Partido y el estado alemán. Algo que también vimos por estos lares cuando Franco y su cohorte del glorioso Movimiento.

En la actualidad este fenómeno sucede de nuevo de forma subrepticia pero continuada y capilar, pues va impregnando lentamente todos los rincones del quehacer político local, autonómico o estatal como el agua impregna un terrón de azúcar hasta consumirlo totalmente. Y ese es el terrorífico destino de la administración pública española: el de su disolución imparable dentro del corrosivo disolvente del interés partidista, que la utiliza de forma descarada para batir al contrario.

La ciudadanía tiene la obligación de  reivindicar la independencia de la administración y de los funcionarios públicos, en vez de tolerar gobiernos que utilizan a la Agencia Tributaria, a la Guardia Civil, al CNI o a los diversos servicios de información policiales para crear dosieres con los que atizar al rival político, amedrentarlo, chantajearlo o simplemente desprestigiarlo con fines puramente electoralistas y de acceso al poder. La administración pública no está para cocinar estas bazofias intragables, ni para cubrir la indecencia y corrupción moral (de la otra ya se encargan los órganos judiciales, si les dejan) de La Casta, que ha montado su “Sistema” particular dentro del estado, al más puro estilo de la Camorra, por más que les pese a algunos semejante comparación. Que no es ociosa en absoluta, sino bien fundamentada por evidente: todos los medios de comunicación que hacen las interesadas filtraciones de los diversos tejemanejes no hacen más que poner al descubierto hasta qué punto El Sistema funciona a las mil maravillas.

Algunos estarán tentados de equiparar la politización de la justicia con la politización de la administración pública. Sin embargo son cosas que sólo son análogas superficialmente. La politización de la justicia pretende influir en las decisiones judiciales, pero a fin de cuentas el interés del Sistema en la judicatura se limita a que le dejen seguir haciendo impunemente sus deleznables actividades. Sin embargo, la infiltración del Sistema en la Administración Pública pone directamente a su servicio a toda la maquinaria estatal para usarla directamente en beneficio propio, cuando no personal. Se me antoja mucho más grave: la politización de la justicia es algo así como la debilitación de la inmunidad del cuerpo estatal preparándolo para que no pueda resistir futuros ataques; la infección política de la administración es la apropiación de la maquinaria corporal para desviarla de su legítimo objetivo, que es cuidar del organismo. Es la consumación del ataque al estado de derecho de forma al principio subrepticia, al final descarada, tal como hemos visto en los últimos años.

Y como toda infección de la que no se trata debidamente al enfermo, el paciente puede acabar sucumbiendo, sobre todo si sus defensas están tan debilitadas como en el caso español.

miércoles, 11 de febrero de 2015

A propósito del juez Santiago Vidal

Resulta alarmante la pasividad con que se está recibiendo la posible expulsión de la carrera judicial del juez Santiago Vidal, por haber colaborado en la redacción de un proyecto de Constitución catalana. Y más que alarmante, se me antoja increíble que en un presunto estado de derecho que debe respetar las libertades públicas, tanto el fiscal del caso como el Consejo General del Poder Judicial se enconen con tanta rabia mal disimulada contra un juez que no ha hecho más que usar su tiempo libre y su libertad de pensamiento para colaborar en un proyecto en el que cree sinceramente.

Lo impensable en todo este asunto es que la acusación se fundamente en la muy grave falta de deslealtad a la Constitución Española, ya que sus inquisidores no han podido meterle mano por la vía del bajo rendimiento. De entrada, le endosaron una inspección interna que tuvo que retirarse con el rabo entre piernas cuando se comprobó que el nivel de rendimiento de su juzgado superaba en mucho los objetivos previstos y la media nacional.

No soy juez, pero mis carencias jurídicas las suelo suplir con una buena dosis de sentido común y razonamiento lógico, algo que los rabiosos individuos que se ensañan con el juez Vidal deben desconocer, cegados por su odio anticatalanista y por sus ganas de meter miedo a todo el organigrama judicial. Algo así como aquello de que “el que se mueva no sale en la foto”, pero acrecentado por años de impunidad de la penetración de la política en el aparato judicial.

Realmente, hoy en día hace falta ser muy valiente para ser juez independiente, o siquiera levemente progresista. No digamos ya si un magistrado hace profesión de fe catalanista, porque entonces las horcas son pocas para ajusticiarle. Y sin embargo, aunque las condenas a Garzón y Silva tenían una base jurídica –cogida por los pelos, pero jurídica al fin- la propuesta de expulsión de Santiago Vidal es claramente política. Se le atribuye una falta de lesa majestad a la Constitución, sencillamente por disentir de ella en lo que se refiere a la unidad de España.

Hay estúpidos perfectamente uniformados (o togados, que para el caso es lo mismo) que se equivocan de cabo a rabo cuando confunden la disensión con la deslealtad. En este país donde las lealtades han de ser inquebrantables, al viejo estilo franquista, cualquier movimiento fuera de los estrictos cauces de la obediencia al estilo Waffen SS se interpreta como merecedora de un consejo de guerra sumarísimo y fusilamiento al amanecer. Lamentablemente, la deslealtad es un término muy difuso y que se presta a interpretaciones muy sesgadas, pero me parece que en el ámbito estrictamente jurídico, la deslealtad ha de ser de obra, es decir, activa. Porque si incluimos en esa gama de faltas la deslealtad puramente intelectual, entonces es que ya se ha hecho realidad el horror orwelliano del Gran Hermano y su policía del pensamiento.

Porque de eso se trata, de policías del pensamiento en su versión judicial, que están prestos a castigar cualquier desviación del dogma aunque sea en la intimidad de la alcoba o en el vermutito con amigos el fin de semana. Se me antoja un desvarío tremendo y una perversión deleznable perseguir a un juez, por lo demás intachable en su aplicación profesional de la Constitución y la ley, por tener opiniones personales diferentes sobre la forma de articular el estado español, o incluso por tener una ideología claramente secesionista. Una cosa es lo que yo pienso o deseo, y otra totalmente distinta es si conspiro efectivamente en contra de mi lealtad prometida, y actúo en rebeldía contra el ordenamiento vigente, algo que jamás ha hecho el juez Vidal en el ámbito profesional, que es el que aquí cuenta.

Por cierto, son muchos filósofos, ente los que se disitngue Nathanson, que destacan que la lealtad patriótica suele ser más un vicio que una virtud. En muchas ocasiones, la lealtad patriótica es causa de que se apoye devotamente a personas o políticas que son inmorales. Sostiene esa escuela de pensamiento que la lealtad patriótica que esgrimen la fiscalía y el Consejo General del Poder Judicial es más bien una perversión cuando sus consecuencias exceden los límites de lo que es moralmente razonable. En opinión de Nathanson, ese tipo de lealtad, como la propugnada por esos cavernícolas con toga que persiguen al juez Vidal, es definida erróneamente como ilimitada en su alcance, y fracasa en reconocer los límites de la moralidad.

El precedente puede ser mucho más grave aún si finalmente se produce el derribo del juez Vidal, no sólo por la pérdida que supone para la carrera judicial, sino porque se constituiría como una especie de amenaza permanente a todos los funcionarios públicos que, en uso de su libertad de opinión y expresión, utilizaran su tiempo libre para participar en foros en los que se cuestionara de un modo u otro la estructura constitucional española y el resto del ordenamiento jurídico. Sobre esos cimientos, se podría expulsar de forma sumaria a cualquier funcionario que estuviera afiliado a alguna formación política que propugnara un cambio sustancial en la Constitución Española. Se abriría así una caza de brujas mucho más intensa que el peor maccarthysmo de los años cincuenta.

Una idea que estoy seguro que resultaría bastante tentadora para muchos de esos miembros terriblemente reaccionarios que todavía campan en la judicatura española. Esos que se empeñan en hacer buena aquella célebre errata del BOE –para ser precisos, del 22 de septiembre de 1984- que los denominaba “Consejo General del Joder Judicial”.

Tal como yo lo veo, el juramento de fidelidad a la Constitución que se exige a todos los funcionarios públicos no puede ni debe ser utilizado como un amenazadora espada de Damocles sobre las cabezas de aquellos servidores públicos que defiendan una modificación sustancial de la carta fundamental, incluso si tal pretensión afecta a aspectos esenciales del estado. Porque por esa misma regla de tres, el mero hecho de manifestarse a favor de la república por parte de cualquier funcionario y colaborar en la redacción de una modificación –aunque sea parcial- de la Constitución para reformar el estado español al modo de una república federal, también habría de ser tenido por gravemente desleal y de ese modo, convertir a los no monárquicos en reos de expulsión de sus respectivas carreras administrativas, lo cual resulta absolutamente impensable.

Así que, en conclusión, o a los jueces se les exige una lealtad distinta a la de los demás servidores públicos (lo cual resultaría aberrante), o bien alguien está cayendo en la aberración aún peor de considerar que el secesionismo civilizado y conducido dentro de los cauces del debate y del diálogo político es equivalente a una sediciosa proclama condenable con el máximo rigor disciplinario o penal.

Utilizar la lealtad constitucional como una mordaza al libre pensamiento y a la voluntad de cambiar las cosas en un estado de derecho resulta aterrador, y sin embargo, muy pocos parecen reparar en el terrible precedente contra los derechos civiles que puede sentar la expulsión del juez Vidal de la carrera judicial. Algo que el gran Saramago ya advirtió en su tremendo “Ensayo sobre la Lucidez”. Esa lucidez que tanto se echa en falta en las altas instancias de este país.

martes, 3 de febrero de 2015

Salir del euro

Las amenazas nada veladas a Grecia sobre una supuesta salida del euro y las dramáticas consecuencias que tendría dicha medida para la economía y la ciudadanía helena suenan un poco a ataque de pánico del eje Bruselas-Berlín ante la posibilidad de que los gobernantes griegos tuvieran un repente de lucidez económica y decidieran reflotar el dracma y dejar al euro con las vergüenzas al aire.

No son pocos los analistas que, situados dentro de la cautela y no especialmente conocidos por su temple aventurero, afirman que la salida de cualquier país del euro es una incógnita en términos generales, y que el actual discurso oficial sumamente aferrado a una supuesta ortodoxia que aventura infinitos males para cualquier oveja descarriada que pretenda salirse del orden económico impuesto en la eurozona no responde más que a especulaciones sumamente interesadas.

La prensa general no suele caracterizarse por su independencia de criterio. La prensa económica aún es mucho más esclava de la voz de su amo. Lo cierto es que no existen precedentes de la ruptura de una unión monetaria, o los que existen son tan antiguos que no son extrapolables al momento histórico  actual. Así pues, las aseveraciones de una catástrofe para el país rebelde que pretenda salir de la moneda única no son más que dogmas tan inventados como el de la Inmaculada Concepción para los católicos.

La única ventaja que tienen los ortodoxos pro-Troika es que en este asunto, el dogma es compartido por la práctica totalidad del espectro político y las instituciones financieras internacionales, y por ósmosis ha atravesado todas las capas del pensamiento social como el agua  un azucarillo, hasta convertirse en una verdad incuestionada, que no es lo mismo que incuestionable.

Ese afán en dibujar un panorama tan siniestro para los que se quieran ir de la moneda única recuerda mucho a la actitud de muchas sectas religiosas que impiden, por todos los medios a su alcance, que sus adeptos se vayan del redil psicológico e intelectual en el que les tienen confinados. Y suele reflejar más bien el temor de los líderes a perder poder e influencia que a un auténtico pesar por los problemas que pueda suponer el regreso del desafecto al mundo real.

Son bastantes los economistas independientes y progresistas, opositores al neoliberalismo imperante, que cuestionan los argumentos que se proponen para justificar la debacle de los países que salgan del euro. No es cuestión de entrar en análisis pormenorizados sobre esta cuestión, que poca luz pueden aportar a un debate que debe alejarse de pseudotecnicismos matemáticos, y que debería ser objeto de otro tipo de análisis más centrado en aspectos los psicológicos del ejercicio del poder.

Una primera aproximación a esta perspectiva psicológica nos la da la práctica de las organizaciones mafiosas. Aunque parezca un tópico, es cierto el aserto de que a la mafia se entra, pero sólo se sale con los pies por delante, salvo casos excepcionales a los que se premia con la jubilación. Se es de la mafia toda la vida, las renuncias son inaceptables porque debilitan los mismos cimientos sobre los que se asienta su poder. Por eso todos los esfuerzos de la lucha contra este tipo de crimen organizado se centran en conseguir el máximo número posible de arrepentidos. Y sólo desde que el arrepentimiento empezó a funcionar, la lucha contra las organizaciones mafiosas se ha ido equilibrando lentamente a favor del estado de derecho.

Los dogmas indemostrables suelen ser útiles herramientas para el control de mentes débiles o propensas a la credulidad frente a la autoridad constituida. El pensamiento dogmático no es tanto una expresión de fuerza o autoridad, sino el encubrimiento de vulnerabilidades que podrían poner en peligro el statu quo, y que resultarían claramente perjudiciales para la élite dominante.

En la actual ausencia de debate y visto el asentimiento general hacia el dogma de que la salida del euro es una catástrofe para el país que tira la toalla, no está de más reflexionar sobre si todo este asunto no es más que un turbio manejo mental para evitar la independencia económica de los países, que se han convertido en meras franquicias de un mercado global que persigue unos intereses que nada tienen que ver con los de cada nación. Al contrario, bajo la bandera de la unidad monetaria y la globalización uno se aventuraría a afirmar que se esconde una voluntad de concentración de poder en muy pocas manos y de regir el destino de centenares de millones de personas sin necesidad de ningún mecanismo democrático de control.

Sobre todo porque hay dos factores fundamentales a tener en cuenta ante una eventual salida del euro. El primero es que permitiría recuperar la política monetaria como mecanismo corrector de las desviaciones, facilitando devaluaciones controladas de la moneda nacional. El segundo factor tiene que ver con la perversa transferencia de deuda privada (bancaria) a deuda pública, que se ha hecho a costa del contribuyente de clases medias y bajas, mientras que una devaluación afectaría a todos los contribuyentes por igual. En ese sentido, los ajustes inducidos por una devaluación de una moneda propia son mucho más equitativos desde el punto de vista social que lo que hemos visto hasta ahora, consistente en unos recortes brutales de prestaciones que sólo han afectado a los segmentos bajos de la población.

Pero en ese segundo factor hay algo más a tener en cuenta. La intencionadísima maniobra de convertir la deuda de los bancos en deuda pública llevada a cabo en estos últimos años tiene su contrapartida en que los mayores tenedores de esa deuda pública siguen siendo los bancos que han comprado masivamente las emisiones de deuda. Los mecanismo son muy complejos, pero el hecho cierto es que si un país se sale de la disciplina del euro, aunque es cierto que una devaluación implicaría elevar los costes de la deuda pública (porque la deuda ya contraída habría que seguir pagándola en euros), no es menos cierto que haría mucho más daño al sector financiero que a los sectores productivos, que se encontrarían con una deuda a la que ya no podrían imponer determinadas condiciones, so pena de no poder cobrar jamás ni un céntimo. Algo así como si en mi casa mi hijo me debe una millonada, me dice que se quiere ir y le amenazo con que si se va, no le ayudaré en nada. Una amenaza que no puede obviar el hecho palmario de que por esa vía tal vez mi vástago no me cueste más dinero, pero también que jamás recuperaré lo que me debe.

Y si lo que me debe es mucho, debería echarme a temblar. Si un país, en el uso de su soberanía, decide salir del euro, a Bruselas no le queda más remedio que flexibilizar al máximo su postura, para que los bancos acreedores puedan seguir cobrando sus intereses. La cuestión es evitar la suspensión internacional de pagos financieros, que podrá ser todo lo dramática que se quiera, pero que ya no vendría de aquí a una población que ya no tiene gran cosa que perder. Quiero decir con ello que existe una hipótesis –discutible como todas- según la cual la salida del euro perjudica mucho más a los entes acreedores que a los países que recuperan su independencia después de muchos años de sacrificios y recortes. Y eso habría que analizarlo con más detenimiento, porque lo que es seguro es que a los amigos de la troika no les interesa el hundimiento total de una economía que les debe un dineral, sino buscar la manera de seguir cobrando, aunque sea menos cantidad y a más largo plazo.

Y resulta que con una moneda propia, el país que sale de la disciplina monetaria europea puede recuperar competitividad mucho más rápido que dentro de los estrechos canales del euro. Y también puede generar empleo mucho más deprisa. Y, en conclusión, puede crear la riqueza necesaria para devolver todo lo que debe de forma más segura (aunque se produzca inflación como efecto colateral).

Sin embargo, la oposición a la salida del euro tiene otros factores implicados, el principal de los cuales es el efecto contagio a otros países de la eurozona. Si un país cualquiera sale de la eurozona y acaba bien parado, no habrá freno alguno para que otros países con más peso cualitativo y cuantitativo hagan lo mismo. Pero si se diera esta circunstancia, con países como Italia o España fuera de la zona euro, la catástrofe para el sistema monetario europeo sería inconmensurable. De hecho significaría la muerte del euro como tal, por la sencilla razón de que cada salida debilita la moneda un poco más, hasta hacerla poco atractiva para el inversor internacional. Precisamente por eso no funcionó aquella descabellada propuesta de la Europa de dos velocidades, porque significaba facilitar la salida del euro de los países más afectados por la crisis y debilitaba tremendamente a la moneda única.

Las unanimidades, sin excepción, deberían hacernos sospechar que hay gato encerrado. Cada afirmación doctrinaria, incuestionable y no abierta a ningún debate, sino expuesta solamente como una serie de mantras martilleados continuamente en nuestros oídos, debería hacernos desconfiar y que nos mostráramos más receptivos a visiones críticas y alternativas. El pensamiento único se ha afianzado de una forma muy agresiva en el asunto del euro, y eso no es bueno, porque se ha perdido toda la diversidad de criterios por el camino. Se han podado interesadamente todas las ramas del árbol de posibilidades de la política monetaria y eso no ayuda precisamente al fortalecimiento del pensamiento crítico.

En economía nada funciona hasta que se pone a prueba en vivo. Ningún modelo predictivo ha sido jamás lo suficientemente bueno como para siquiera aproximarse a la realidad. Y  la salida del euro no tendría por qué ser una excepción a ello. Así que si hay tanto miedo oficialista a la salida del euro es que está fundamentado  bien en unas bases teóricas cuestionables, o bien responde a la convicción de que algunos entes muy poderosos iban a salir perdiendo si se diera esta eventualidad.


No olvidemos que los siempre pragmáticos británicos han sostenido desde el principio que el euro era una arma cuyo filo apuntaba al corazón de la independencia económica de su país, y también, “soto voce”, que la creación del euro significaba entregarle todo el poder económico a Alemania, siempre ansiosa de hegemonía continental. Hasta ahora, razón no les ha faltado, y por ello se han mantenido firmes al margen de la eurozona. Pero el corolario de la actitud británica era que el euro era una idea horrible que acabaría mal, arrastrando a sus integrantes a una guerra cuyas primeras escaramuzas estamos viviendo estos últimos años. Un proyecto terriblemente erróneo que, como todos los que favorecen situaciones de gran desequilibrio, acabará fracasando. Y no está de más señalar que, como todo Titanic que se va a pique,  los primeros en saltar por la borda suelen ser los que se salvan del naufragio. 

martes, 27 de enero de 2015

Agonía socialista

Algunos auguraban hace años el fin de la historia, amparados en el derrumbamiento del comunismo soviético y en el declive de las ideologías de izquierdas, que habían sucumbido a los cantos de sirena del neoliberalismo económico, y en ello han seguido, por mucho que lo intenten desmentir. El socialismo europeo (es decir, el socialismo mundial) está a punto de asistir a su propio entierro porque la gente ya no se fía de la extraña alianza que hizo con el capitalismo globalizador para hacernos creer que ellos redistribuirían la riqueza generada por el gran capital en una especie de cuento de la lechera en la que el cántaro tenía doble fondo y además se rajó a las primeras de cambio.
 Por mucho que se atribuya su agonía a la crisis sistémica que nos afecta, el declive  del socialismo se inició ya mucho antes, cuando abandonó las auténticas políticas de izquierda para flirtear con un electorado autodenominado de centro, pero que en realidad era derecha disfrazada de moderna, aupada por un gran número de ciudadanos procedentes de las clases trabajadoras repentinamente reconvertidos en nuevos ricos (esos que se bajaban del andamio para subirse al deportivo de último modelo).  En esa competición para apoderarse del centro, los socialistas entraron en un doble juego que al final les está resultando mortífero. Una pinza sobre su mismo ideario que los estrangula. Por un lado, al presentarse como partidos de izquierdas únicamente en el ámbito social, marcando el paso de iniciativas que resultaban muy decorativas pero que afectaban poco al sustrato esencial de la cuestión, que no es otro que la economía. Hacer políticas sociales progresistas en clave económica neoliberal resultó muy fácil mientras la economía era pujante y la globalización todavía no enseñaba sus dientes de escualo a la clase media. Por otro lado, también fue un craso error hacer el juego a la globalización empobrecedora fomentando políticas de inmigración masiva irracionales y de crecimiento económico descontrolado y especulativo, sin tener en cuenta que el raudal de inmigrantes  y de dinero fácil eran la quinta columna del capital que desencadenarían, a corto plazo, una brutal reducción de los salarios y las prestaciones tan arduamente conseguidas en lustros de lucha. 
 El socialismo europeo cayó en la trampa tendida por el neoliberalismo y no sólo aceptó la herencia neocon, sino que impulsó su legado economicista ferozmente liberal, creyendo que de este modo se favorecía la ampliación y el enriquecimiento de las clases medias. Pero todo eso resultó un espejismo, porque a la hora de la verdad, cuando la crisis llamó a las puertas de Europa, todo aquel discurso quedó en agua de borrajas, afectado por los brutales recortes que se emprendieron contra las mismas clases medias que los habían elevado al poder. Socialistas vergonzantes, sin atreverse a tocar un ápice del patrimonio de las clases extractivas, que amenazaban con hundir a los respectivos gobiernos por la vía de la sangría de la huida de capitales y la evasión de impuestos.
Nunca mejor dicho, el socialismo europeo había vendido su primogenitura por un plato de lentejas, que a la postre resultaron demasiado indigestas. En cuanto se inició la crisis, se hizo patente quien mandaba en todo el continente. El pensamiento económico único se había impuesto e infiltrado en todas las instancias democráticas, y sólo había una doctrina, que pasaba, evidentemente, por hacer sufrir a las clases medias el peor retroceso de toda su breve existencia, para volver a una especie de statu quo similar al de finales del siglo XIX, pero en versión tecnológica. Como si tener un smartphone marcara la diferencia entre aquellos desgraciados de entonces y los de ahora. Los gobiernos socialistas en el poder no hicieron más que seguir las recetas prescritas por la derecha económica. En los países en los que estaban en la oposición, sus protestas fueron en el fondo muy débiles, casi como forzadas por sus antecedentes históricos, pero no por una voluntad real de impedir el cariz que estaban tomando las cosas.
 Los socialistas europeos habían cambiado en muy pocos años la internacionalización social (que es de izquierdas), por la globalización económica (que es obviamente de derechas). Olvidaron que la lucha de clases había sido el motor del ascensor social, y que concebir a las clases obreras y medias como un todo común con independencia de las fronteras había sido la clave de las exitosas políticas sociales de los años de la posguerra mundial. Y se pasaron a lado oscuro casi sin darse cuenta. Tanto han pasado al lado oscuro que ahora tildan de populismo demagógico a los nuevos partidos y movimientos que brotan como setas en toda Europa y que a fin de cuentas propugnan lo que hasta hace un par de decenios estaba en el programa de cualquier partido socialista europeo. Están tan idiotizados que asienten borreguilmente cuando la derecha tilda a los programas de izquierda de populistas, inasumibles e incapaces de sacarnos del lío en el que estamos mentidos. Hipnotizados por el discurso merkeliano han reaccionado demasiado tarde a unas políticas de austeridad brutal que sólo han dado satisfacción a los lacayos de la troika y a sus jefes, es decir, a esa nebulosa delincuencia internacional conocida eufemísticamente como “los mercados”.
 Lo que la derecha vendía por su propio interés egolátrico, el socialismo lo adoptó casi sin rechistar. Una idea de una Europa social que era sólo el camuflaje de un mercado global y que  fracasó estrepitosamente en la presentación en sociedad de aquel engendro abortado antes de nacer llamado pomposamente Constitución Europea. Una política monetaria centrada en una moneda única que sólo favorecía los intereses de las multinacionales y restaba eficacia y capacidad de maniobra a los respectivos países. Un sistema político centrado en Bruselas que tiene que ver mucho más con la manera de gobernar el imperio romano que con una democracia moderna. Una cesión de soberanía nacional para que pisoteen nuestros derechos fundamentales unos señores a quienes ni siquiera hemos votado. Una apertura de la UE al este llevada a cabo sólo para ampliar el mercado, y sobre todo para favorecer a Alemania, dándole obreros baratísimos con los que ciscar a su propio pueblo, que aceptó el brutal retroceso de salarios y de condiciones laborales como un gratificante y masoquista peaje a pagar por la reunificación alemana (este es un ejemplo que, por sí mismo, sirve para entender cómo pudo alzarse el nazismo con el poder en la Alemania de entreguerras: lo irrisoriamente fácil que resulta que los alemanes pasen por el tubo de una personalidad fuerte, como el canciller Kohl o la señora Merkel).
 En fin, que la socialdemocracia fue seducida primero, secuestrada después, y finalmente maniatada y casi asesinada por su novio neoliberal. Y ahora se atreven, para desdicha de las clases populares, a denunciar histéricamente y al unísono con el ultraliberalismo más feroz las alternativas que les adelantan por la izquierda, en vez de abjurar de su amancebamiento derechista de los últimos lustros. El flirteo socialista con el neoliberalismo les ha contaminado hasta tal punto que los electorados empiezan a percibir que “socialismo” es una palabra tabú, manchada de mierda y dinero, y que hay que sustituir a los antiguos partidos socialistas por algo bastante más radical y menos pusilánime, al menos a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Y sobre todo, algo que mantenga viva la lucha de clases como único motor capaz de frenar las ambiciones desmedidas de la derecha tradicional, darwinista hasta el extremo, y que en los últimos lustros se había disfrazado de caperucita, pero que nunca ha dejado de ser lobo. Porque sólo un rearme ideológico basado en la lucha de clases puede hacer frente al vendaval derechista que asola el mundo desde hace demasiado tiempo.
 Para tener a la derecha contenida hay que conseguir que le tema a algo. La derecha sólo hace concesiones reales cuando percibe una amenaza clara a sus intereses, económicos en su mayor parte. Muerto el oso soviético y agonizante la socialdemocracia tradicional, la derecha sólo puede refrenar su impulso depredador si una nueva izquierda radical se hace fuerte en el baluarte continental y le da la estocada definitiva a esta socialdemocracia mendigante y ahora enquistada en el sistema y aliada de sus antiguos adversarios. Por eso hay que denunciar con el máximo vigor  los posibles “pactos nacionales” como los que propugnan algunas voces del PP y del PSOE para formar gobiernos de concentración que sólo darán al pueblo más de lo mismo que ya tenemos ahora.  Miseria económica y moral.

miércoles, 21 de enero de 2015

Lo imposible

Los recovecos de la historia son difíciles de inspeccionar, sobre todo si la corriente dominante se empeña en ocultar una parte sustancial de los hechos. Y también si existe un empeño denodado en mitificar determinados procesos históricos, atribuyéndolos exclusiva o mayoritariamente a situaciones que se prestan a cierto onanismo político. La épica siempre sienta muy bien a cualquier reforma sociopolítica, y autoproclamarse como fundador de un nuevo orden es algo excesivamente  tentador como para dejarlo pasar sin aprovecharlo al máximo. Algo que de forma muy elocuente sucedió con la transición democrática española, y que sirve de buen telón de fondo para lo que se pretende que está sucediendo hoy en día, como si fuera a haber una segunda transición hacia un sistema más justo e igualitario.
 Nada más lejos de la realidad. Los cambios desde dentro de un sistema sólo tienen lugar en muy contadas ocasiones, y casi siempre tienen como protagonista al ejército o a una revolución sangrienta que implica a milicias, convencionales o no. O bien son cambios condicionados desde el exterior por fuerzas ajenas pero interesadas en desmoronar el statu quo vigente por algún motivo, generalmente económico. Lo cierto es que para poder entender lo que no va a pasar en el futuro próximo, por muchas formaciones políticas alternativas que surjan en el espectro español, hay que analizar qué es lo que realmente pasó en España tras la muerte del general Franco.
 Es cierto que existía un cierto descontento popular, más bien centrado en las consecuencias de la crisis del petróleo y sus efectos sobre la economía española, que en un auténtico movimiento de base social amplia. La sociedad española, si descontamos las movilizaciones de determinados sectores que podríamos calificar de intelectuales (como los universitarios), nacionalistas (que eran el coco del régimen franquista) o sindicales (que usaban la idea de democracia para obtener mejores condiciones laborales), estaba bastante anestesiada políticamente. La gran clase media nacida en el tardofranquismo no estaba para hostias que pusieran en peligro el reciente bienestar adquirido en forma de coche a plazos y apartamento en la playa. En resumen, con el único empuje de universitarios, nacionalistas de la vieja guardia, sindicalistas e intelectuales, la transición no se habría llevado a cabo, al menos en aquel momento.
 Pocos son los que ponen énfasis en el contexto internacional de la época. Tras la revolución de los claveles de Portugal (protagonizada nada menos que por el ejército), y la caída del régimen militar griego (que también tuvo como protagonista al ejército, que cometió la estupidez de someter al movimiento estudiantil a una represión brutal, y de meterse en una crisis militar gravísima con Turquía por la cuestión de la partición de Chipre), el año 1974 marcó un camino irreversible desde el punto de vista internacional. España quedó, durante tres años, como el único régimen autoritario de toda Europa occidental, y eso era algo que los poderes internacionales no podían consentir. Europa no se podía seguir construyendo mientras el quinto país del continente por población y PIB siguiera siendo una dictadura.  Por ese motivo, la presión diplomática y económica internacional no sólo permitió, sino que alentó intensamente, una transformación no revolucionaria del régimen político español.
Obviamente, había muchos más factores sobre el tablero de ajedrez hispano, pero quiero resaltar esa connivencia internacional como un elemento decisivo en la transición española. Sin el decidido apoyo de las democracias europeas (y del coloso norteamericano) , el harakiri político de las Cortes franquistas no hubiera tenido lugar. De hecho, puede afirmarse que existió una especie de coacción para que el régimen se suicidara, a cambio de que no hubiera sangre, no se investigaran hechos pasados y se amnistiara políticamente a todo hijo de vecino. Así, de paso, se evitaba una posible confrontación sangrienta o el auge de fuerzas excesivamente revolucionarias que llevaran a España  al otro extremo del espectro político.
La tesis oculta en toda esta argumentación  es que lo realmente determinante de la transición española no fue un impulso interno de la sociedad española, sino la instigación de la comunidad internacional, lo que resta mucha épica a los políticos que hicieron la transición, que fueron meramente instrumentos de una voluntad que estaba fuera de nuestras fronteras. Ahora volvamos al presente.
Viendo lo que está sucediendo en Grecia (y lo que también está sucediendo en el patio trasero de Europa, léase Ucrania), si las urnas dan en el futuro es un vuelco político que no sea bendecido por los poderes fácticos actualmente consagrados en “La Troika”, lo que sucederá es que nada del impulso renovador podrá progresar. Las amenazas actuales no son nada veladas, y se intensificarán si Syriza gana las elecciones y pretende imponer su programa político, económico y social. Está muy claro, desde la era Reagan–Thatcher, que todo el empeño de los poderes fácticos occidentales ha estado en desmontar cualquier alternativa de izquierda auténtica durante los últimos lustros. Proclamar el fin de la historia (occidental) y asegurar que el neoliberalismo es el único pensamiento político-económico viable ha sido tarea ardua pero fructífera, sobre todo entre las clases dirigentes.
En resumen, que ni Syriza ni Podemos podrán, por sí mismas, llevar a cabo una revolución interna mientras el resto del mundo occidental vaya a jugar sus propias cartas haciendo trampas y con el revólver desenfundado encima de la mesa de juego. La coacción, la mentira, la desacreditación y la asfixia económica se irán incrementando hasta impedir que cualquier proyecto alternativo salga adelante. Hasta los niños saben que la mejor manera de matar una planta es privarle de riego de forma continuada. En política  sucede exactamente lo mismo, con el agravante de que en esta era de globalización el riego viene por unas tuberías cuyas llaves de paso  están muy lejos de Atenas o de Madrid, por un decir.
 Si Occidente (expresado en el más policial y oscuro de los términos) no quiere, no va a haber ningún cambio político sustancial en el sur de Europa. Los sistemas no cambian desde dentro voluntariamente y sin grandes pérdidas, normalmente  de vidas humanas. Quien piense que esto es un llamamiento a las armas, se equivoca completamente. Es simplemente la constatación de que la historia es tozuda, y todas las revoluciones que se precien de serlo han sido y serán sangrientas. Pues hay que deponer a los detentadores del poder antiguo, y éstos, que suelen tener todos los resortes del estado a su disposición, son siempre renuentes a hacerlo por las buenas (que es lo que nos quisieron hacer creer a los pobres e ingenuos españoles de la transición).
Ninguna élite, clase extractiva o "casta" abjura de hecho y de derecho de sus privilegios si no es porque obtiene otros distintos que puedan resultarles más rentables a medio plazo, como fue en el caso español. Las diversas familias del antiguo régimen gozaron de una impunidad e inmunidad  que vinieron de la mano de la democracia, prolongadas hoy en día en sus vástagos dirigentes, especialmente de las formaciones de derechas. Mucho menos cabe esperar que esos herederos del franquismo político y sociológico, que han medrado a sus anchas en la democracia, estén dispuestos a autosacrificar su bienestar presente y futuro en aras de una regeneración que, tal como se plantea desde la sociedad civil, significaría una pérdida más que importante del estatuto de élite política, profesional y económica al que se han aupado en estos casi cuarenta años de estado democrático.
Como el viejo aforismo dice: algo tiene que cambiar para que todo siga igual y, en efecto, así será. Lo imposible es, pues, que la regeneración comience a partir de los mismos de siempre, o de cualesquiera otros que los sustituyan. A los primeros porque no les conviene más que un mero maquillaje; a los segundos porque no les van a dejar cambiar nada sustancial. A menos que la revolución lo sea de verdad y con todas sus dramáticas consecuencias.


martes, 13 de enero de 2015

Seguridad y libertad

Justo al comienzo de las navidades avisé que la yihad iniciada por determinados grupos islamistas radicales era una guerra con un objetivo bien definido: acabar con las democracias occidentales desde dentro, devorando su esencia de forma progresiva en forma de limitaciones de las libertades civiles, que son los auténticos cimientos sobre los que se asienta la sociedad occidental. Y que esta guerra estaría perdida si caíamos en una doble trampa que afectaría a la ciudadanía. Dos frentes bien delimitados, uno económico y otro político.

En el ámbito económico los yihadistas pretenden forzar un incremento brutal de los costes asociados a la seguridad  de Occidente que obligue a los gobiernos de EEUU y de la UE a replegarse en el ámbito interior y dejando libre paso a los movimientos fundamentalistas en el resto del mundo; en el político, fomentando severos recortes de la libertad individual y grupal que conviertan Occidente en una jaula para todos sus ciudadanos. Tal vez dorada, pero jaula al fin y al cabo.

Los acontecimientos que se precipitan tras el atentado a Charlie Hebdo obligan a una reflexión mucho más serena que las reacciones histéricas de todos los gobiernos de la UE. Efectivamente, los tres yihadistas muertos han conseguido, de entrada, un objetivo fundamental de la yihad, como es poner atas arriba todo el sistema de seguridad europeo en lo que respecta a la lucha antiterrorista. Lo que seguirá a continuación es más que previsible, en forma de un incremento sensacional de las dotaciones policiales destinadas a la lucha antiterrorista y, paralelamente, en un paquete de medidas que ponen los pelos de punta sólo con pensar en ellas.

Blindar Occidente es totalmente imposible sin una drástica limitación de la libertad individual y colectiva, y eso lo saben los gobiernos de todo pelaje que conforman el patchwork de la UE. No es una cuestión de izquierdas o derechas, es que actualmente ya estábamos en el límite de lo constitucional en tiempos de paz en lo que respecta a la vigilancia de la ciudadanía. Ante lo que se ha convertido en el embrión de un enemigo interior que se nutre de descontentos y desesperados que caen bajo el hechizo de la épica yihadista, la imaginación gubernamental parece limitarse a las medidas de corte policial, o mejor dicho, de corte militar.

Porque lo que está proponiendo desde muchas altas instancias es un estado de excepción permanente como respuesta a lo que se percibe, pero no se menciona, como una guerra contra el Islam. Una nueva cruzada en pleno siglo XXI, pero cuyo objetivo es la defensa del bastión occidental. Muchos siglos después, las tornas se invierten y es Europa la que se siente asediada por una forma de guerra sin frentes ni trincheras y que tendrá lugar en nuestras calles, ahora y en el futuro.

Quiero remarcar que el repliegue norteamericano de Irak primero y de Afganistán después podría tener causas estratégicas, aunque más bien somos muchos los que tenemos la sensación de que son económicas, sobre todo después de ver que la administración Obama se niega reiteradamente a acceder a la petición de diversos analistas de volver a enviar ciento cincuenta mil soldados a Irak nuevamente para poner fin a la escalada del Califato Islámico. Asumo que los costes políticos de tamaña decisión serían graves, pero teniendo en cuenta que el presidente no se juega una nueva reelección, es razonable argüir que algunas cabezas pensantes han asumido -correctamente- que al cercenar la cabeza de la hidra en el medio oriente lo único que han conseguido es que se reproduzca de nuevo con más fuerza que antes. Y en consecuencia, que Irak y Afganistán son causas perdidas y que lo mejor es replegarse. Pero eso significa que el caldo de cultivo del yihadismo estará en ebullición perpetua y que podrá seguir exportando comandos o lobos solitarios hacia Occidente para cometer sus atrocidades de guerra. Y también significa que al hacer las cuentas les sale que resulta más económico aumentar la seguridad interna a costa de las libertades civiles (una medida relativamente barata), que enviar de nuevo a centeneras de miles de efectivos a Oriente durante un tiempo indeterminado.

El yihadismo es multiforme y como la hidra, resurge allá y aquí de forma inopinada, aprovechando los resquicios que cualquier sistema democrático ha de tener necesariamente si se debe seguir considerando auténticamente democrático. No hay forma de blindar Occidente sin convertirlo en una pseudodemocracia puramente formal, pero donde la libertad individual y asociativa estaría tan mermada que en poco se diferenciaría de un régimen autoritario. Nada más que mirar las propuestas que están surgiendo estos días para tener un sombrío panorama de lo que nos espera.

Registro de pasajeros de vuelos, interceptación de comunicaciones sin autorización judicial, intervención o supresión de los servicios de mensajería instantánea, acceso ilimitado al contenido de las comunicaciones privadas por internet, limitación de los acuerdos de libre circulación de Schengen, sanción a la consulta de páginas web islamistas; ampliación de los delitos de opinión a quienes manifiesten simpatías próximas al fundamentalismo islámico (delitos cuya deriva doctrinaria es totalmente predecible y angustiosa), penas de cárcel o prohibición de viajar a quienes sean simplemente sospechosos de poder integrarse en grupos yihadistas, detenciones preventivas al estilo Guantánamo. Y un largo etcétera de propuestas europeas que ya vimos plasmadas en EEUU tras el atentado de las torres gemelas y que culminó con la Patriot Act y la creación de la Homeland Security, dos medidas terribles que confirman la paradoja de que la mayor democracia del mundo se haya convertido en un estado policial que vive en estado de excepción permanente. 

Los estados de excepción son comprensibles y están recogidos en casi todas las constituciones del mundo libre, pero tiene carácter estrictamente temporal y no pueden convertirse en la norma. Sobre todo porque si estas excepciones se llegan a poner en práctica, lo serán con carácter indefinido, ya que la yihad ha venido para quedarse durante muchos años. Bajo el peso de tanta seguridad nacional, se diluirán los valores democráticos y el efecto  secundario de ello será que cada vez más personas se cuestionen de qué lado estar. Un bonito aliño para la ensalada del yihadismo interno.

El mayor estado policial del siglo XX, la Alemania nazi, no pudo contener a la Resistencia francesa durante los años de ocupación. La republicana Francia del general de Gaulle no tuvo más remedio que acabar cediendo en Argelia, pese a la dureza empleada contra el FLN y la población argelina en general y a que tenía de su lado los brutales comandos de la paraestatal OAS. El mayor ejército del mundo, la US Army, no pudo contener a los "terroristas" internos del Vietcong durante la guerra del Vietnam. Nada, pues, hace pensar que el incremento de la presión policial dentro de nuestras fronteras vaya a significar que el yihadismo se haya de replantear sus postulados y su forma de actuar. Y mucho menos retroceder. Si somos libres, somos vulnerables ante la yihad. Si no somos libres, somos igualmente vulnerables ante la yihad, pero sobre todo somos vulnerables a una deriva autoritaria que otorgará cada vez más poderes excepcionales a nuestros miopes gobernantes a medida que los atentados se sigan sucediendo.Y acabarán usando esos poderes de forma indiscriminada contra la ciudadanía.

Así pues, la cuestión final no es si queremos más seguridad a cambio de un poquito de nuestra libertad. Tal como están las cosas la disyuntiva es mucho más contundente. ¿Queremos la seguridad o queremos la libertad?. Porque la seguridad que está por venir es totalmente incompatible con la libertad.

Y un corolario: tal vez ha llegado el momento de asumir riesgos para mantener la libertad que tantos años ha costado conquistar. 

lunes, 5 de enero de 2015

Retirada en Afganistán

Con bastante discreción se ha puesto fin el pasado 31 de diciembre a la presencia occidental en Afganistán. En resumen: trece años de guerra, cuatrocientos mil soldados desplegados, casi  veinte mil bajas aliadas, de las cuales tres mil quinientas son soldados de la alianza internacional;  veinte mil bajas civiles por lo menos y un coste de seiscientos mil millones de euros. Y un resultado: una guerra perdida. Como ocurriera con las fuerzas de ocupación rusas, que durante catorce años intentaron doblegar sin éxito a los rebeldes afganos, la guerra más larga (hasta el momento) del siglo XXI, acaba con una estrepitosa derrota, pese a los alardes de pacificación y democratización que los sucesivos presidentes USA han pretendido colar a la opinión pública nacional e internacional.
 Pero lo cierto es que excepto la muerte de Osama Bin Laden –que no tuvo lugar en Afganistan, sino en Pakistán y ante las mismas narices del gobierno de Islamabad- muy pocos son los tantos que se puede apuntar la ISAF (la fuerza internacional de pacificación USA-OTAN) y muchos menos los que pueda anotarse en su casillero la diplomacia occidental. Como ya ocurriera con Vietnam, y menospreciando la premonitoria debacle rusa en Afganistán durante los años ochenta, los errores de cálculo han sido constantes y sus efectos terribles. La realidad es que por mucho maquillaje que quiera darse al asunto, Afganistán sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo, donde los derechos civiles son papel mojado y la democracia un esperpento, y donde el gobierno y el parlamento electos viven asediados en Kabul, que es el único sitio de todo el país en el que puede decirse que existe un asomo de “occidentalización” de la vida política.
 El fracaso es más que estrepitoso si ponemos los números en su justa dimensión. Acostumbrados como estamos a que las matanzas de guerra se cuenten por centenares de miles, el hecho de que Occidente haya tenido"sólo"  tres mil quinientas bajas puede parecer poco relevante, pero se mire como se mire, son muchos muertos para tratarse un empeño personal del presidente Bush y su sucesor. Son más muertos que los que causó el ataque a las Torres Gemelas en 2001. Pero si sumamos todas las bajas aliadas y civiles nos vamos a una cifra de cuarenta mil muertos, que son muchísimos más que todos los muertos causados por atentados yihadistas en el mismo período. Es decir, que en términos de vidas humanas, la intervención en Afganistán ha reportado más bajas propias que las que quería vengar Bush, así como de las que deseaba prevenir después de la venganza inicial.  Se mire por donde se mire, un descalabro fenomenal.
 La promesa del presidente Bush, es decir, hacer del mundo un lugar más seguro, se quedó en eso, en una vacua promesa efectuada ante el clima de desesperación causado por los atentados del 11S. El mundo hoy en día es bastante más inseguro que en 2001, la contabilidad de los muertos como consecuencia de los combates en Afganistán resulta escalofriante, y además hemos de sumar el coste económico acumulado, que sólo puede calificarse de brutal. Los seiscientos mil millones de euros invertidos en perder la guerra afgana podrían ser la causa primera del big bang bancario mundial que terminó con la gran crisis del 2008, que aún padecemos. Según algunos analistas, no puede obviarse que los costes directos e indirectos de una operación militar de esta envergadura siempre se trasladan de una forma u otra a la sociedad civil, que acaba pagando su peaje no sólo en forma de vidas humanas, sino también de pérdidas económicas y laborales. Esa cantidad astronómica de millones podría haberse invertido de formas mucho más razonables, y sobre todo, que no tuvieran un impacto tan directo y perdurable en las vidas de millones de familias occidentales, que siempre vieron la intervención en Afganistán como una excusa –de las muchas que empleó el inepto presidente Bush- para favorecer a unos determinados intereses del complejo militar-industrial estadounidense.
 Es a eso (enlazando con mis últimas entradas sobre la yihad) a lo que me refiero cuando afirmo que el fundamentalismo islámico está ganando la guerra de una forma mucho más sutil, pero no menos evidente, que la de los conflictos armados convencionales. El enorme despilfarro de vidas y recursos que han significado los trece años de guerra no son baladíes; son el precio más caro que ha pagado jamás occidente por una farsa que no puede calificarse siquiera  de victoria pírrica. En realidad, hay que retroceder a 1978 y revisar los catorce años de ocupación soviética para ver hasta qué punto los costes añadidos de la primera guerra de Afganistán tuvieron mucho que ver con la caída del régimen comunista de Moscú, azuzados por la estrategia  del presidente Reagan de forzar el hundimiento de la antigua URSS por la vía de hacer inasumibles los costes de su presupuesto militar. Sin embargo, y parafraseando una frase memorable de una conocida serie de televisión “no puedes criar serpientes en tu jardín y esperar que sólo muerdan al vecino”.  
 Y así ha sido, en efecto. El remedio militar no ha servido de nada, porque las serpientes están bien atrincheradas allá, en las montañas lejos de la capital; respaldadas por comunidades musulmanas no sólo en Pakistán, sino en todas las exrepúblicas soviéticas musulmanas de Asia central, y porque la fuerza del movimiento talibán, como todos los fundamentalismos, reside en su enorme capacidad de convicción y de movilización frente a un enemigo que es fácilmente identificable: es extranjero, es infiel y es contrario a las costumbres del país y a los usos del Islam. En Afganistán sólo puedes vestir a la occidental en Kabul, y eso mientras ha durado la protección de la ISAF. En otros lugares vestirse así es como ponerse una diana en el pecho. Por ese motivo, y bajo el eufemístico argumento de “colaborar en las tareas de formación de las fuerzas de seguridad afganas”, quedará un contingente de unos once mil hombres de la US Army, cuya misión, en realidad, es impedir que Kabul caiga de nuevo en manos yihadistas. En resumen, su misión es mantener viva una democracia títere y totalmente dependiente de la ayuda occidental, en la que no creen ni sus propios representantes.
 El nuevo ejército afgano se percibe de una endeblez aplastante, si no es que ya está contaminado por quintacolumnistas talibanes que a las primeras de cambio se pasarán al otro bando con armas y bagajes. El régimen político proocidental es tremendamente débil, y ni siquiera puede garantizar el apoyo popular real en la mismísima Kabul. Ni que decir tiene que, fuera de la capital, nadie considera al gobierno democrático como legítimo. Y los señores de la guerra siguen siendo auténticos señores feudales en todas sus zonas de influencia, que son casi todas. Un ejemplo más de que la democracia ni se exporta ni se importa, y mucho menos  se impone, sino que se debe percibir como legítima por el pueblo. La democracia debe permear el tejido social antes de pasar a formar parte de la estructura política estable de una nación. Ningún régimen político puede mantenerse indefinidamente sin el apoyo de una base popular amplia, que lo comprenda, lo asimile, lo respete y lo integre en su modo de vida.
 Parece mentira que sesudos analistas occidentales sentencien que ninguna dictadura puede mantenerse indefinidamente sin un considerable apoyo popular, y no perciban que esa afirmación es totalmente simétrica y compatible con la democracia. Ninguna democracia puede triunfar si no es con el respaldo popular mayoritario; y olvidar esta premisa es algo muy estúpido, porque pretende equiparar la democracia liberal como la cúspide del buen hacer político, como el punto final de la evolución política, cuando en realidad  la historia de la humanidad no respalda esa creencia, mucho más banal de lo que parece a primera vista. Como ya se ha dicho en otros foros, hay que recordar que la democracia liberal de partidos es un invento muy reciente, que nada tiene que ver con la democracia griega del período clásico, y que por tanto, su preeminencia futura no puede ser afirmada sin ciertas precauciones. Ése es el tipo de error en el que caen algunos desconocedores del auténtico significado de la evolución, puesto que creen que el hombre es la cúspide de la evolución animal sobre la tierra, cuando nada está más alejado de la verdad, ya que el ser humano es una de muchísimas ramas evolutivas diferenciadas en las que ninguna tiene especial preeminencia sobre las demás. No somos el vértice de nada, y aún está por demostrar que no seamos un camino sin salida evolutivo, por muy homocéntricos que seamos en nuestra interpretación del mundo. Lo mismo sucede con la democracia liberal moderna: es una más de tantas ramas del pensamiento y de la acción política, sin que pueda ponérsela en la cúspide de los regímenes políticos sin tener en cuenta los aspectos evolutivos, tanto sociales como culturales, económicos y temporales, que influyen en su desarrollo.
Por el momento, la frágil democracia afgana se sostiene con imperdibles made in USA, pero debemos recordar que ese sostén se basa sobre mucha sangre derramada inútilmente y sobre muchos recursos económicos sustraídos a la ciudadanía de las democracias occidentales. Churchill prometió a los británicos sangre, sudor y lágrimas, pero a cambio de vencer en la contienda contra la Alemania nazi. A nosotros nos han dado sangre, sudor y lágrimas a sabiendas de que era una causa perdida. Deberíamos tenerlo en cuenta la próxima vez que visionarios estúpidos (o no tanto) pretendan embarcarnos en una nueva y colosal tragedia internacional.