miércoles, 18 de febrero de 2015

El Sistema

Quienes conocen los entresijos de la Camorra saben perfectamente que sus integrantes y el entorno que los protege  jamás usan esa denominación al referirse a sí mismos, sino la mucho más eufemística -pero también muy acertada-, de “El Sistema”. En toda Nápoles en particular y en la Campania en general, la gente del común entiende perfectamente que la Camorra es mucho más que una organización mafiosa; es todo un sistema social, económico, organizativo y comunitario que abarca todas las esferas de la vida pública y privada, y que constituye una suerte de estado dentro del estado legalmente constituido.

“El Sistema” controla gran parte de la vida pública de la Campania a través de la infiltración mafiosa de muchas de sus instituciones, y su red tentacular y pegajosa hace muy difícil separar la actividad camorrista de la del estado, con la que se ha establecido una especie de nefasta simbiosis en muchos campos, especialmente los relacionados con todo tipo de contratas públicas.

“El Sistema” camorrista no es, pues, un ente que funcione al margen  del estado italiano, sino una especie de virus incrustado en el ADN estatal, y que aprovecha su maquinaria para reproducirse, multiplicarse y perpetuarse, igual que los virus biológicos penetran en las células sanas, las infectan y se integran en su compleja maquinaria bioquímica, desviándola para sus propios fines.

En España no existe una organización privada de las dimensiones de las organizaciones mafiosas italianas, y el aparato estatal no se ha visto –todavía- gravemente infectado por las actividades de las sucursales establecidas en la península que, aunque notorias, no han conseguido llegar nunca al nivel de penetración que se observa en Italia. Sin embargo, existe una gran similitud en la creación de un Sistema específicamente español en el que el paciente es, de nuevo, el estado.

Para comprender a lo que me estoy refiriendo, hay que tener presente la indisoluble unidad de lo que se está denominando “La Casta” con ese nuevo “Sistema” que gestiona de hecho España, con independencia de regiones y colores políticos gobernantes. Y se hace preciso entender que la casta no puede sobrevivir sin un sistema pervertido, una mutación dentro de los genes del estado y que afecta a su expresión pública, es decir, a la Administración.

Los padres constitucionales establecieron el principio de independencia administrativa como algo sagrado, hasta el punto de que el texto constitucional dispone que la Administración Pública sirve con objetividad a los intereses generales y con solo sometimiento a la ley y al derecho, al tiempo que exige que se constituyan garantías para la imparcialidad de los funcionarios públicos en el ejercicio de sus funciones.

De forma coloquial –no del todo acorde con el sentido jurídico del mandato constitucional, pero suficiente para lo que quiero denunciar- la carta magna pretende salvaguardar la independencia de la Administración como motor que es de la actividad estatal,  de modo que no esté sometida a los vaivenes (por otra parte habituales) de las formaciones políticas gobernantes. En resumen, la idea es que los políticos y sus gobiernos pasan, pero la Administración permanece, incluso cuando hay vacío de poder. Y que para garantizar el funcionamiento del estado dentro de los cauces del derecho, se requiere una Administración Pública que goce de la suficiente independencia.

Las élites de este país, azotado hasta época bien moderna por la lacra del funcionario cesante cada vez que había un cambio de gobierno, de modo que el ministro de turno remodelaba completamente el organigrama de la administración estatal a su antojo para así tener funcionarios serviles y acomodaticios a las directrices gubernamentales, siempre han confundido al gobierno con el estado, en una visión patrimonialista en la que la Administración Pública no es más que un conjunto de engranajes para el servicio partidario y partidista de unos pocos.

Nada más lejos de la concepción anglosajona, en la que existe una rigurosa separación entre los miembros del gabinete y los funcionarios públicos, que gozan de una admirable independencia. Hasta el punto de que el equivalente a nuestros secretarios de estado son puestos desempeñados, de forma inamovible, por funcionarios de carrera, mientras que el ministro debe conformarse con tener un reducido equipo de su confianza para garantizar el impulso de las iniciativas políticas y su transformación en realidades administrativas. Esa separación tajante y expresa entre la actividad política y la administración pública es garantía de buen hacer democrático.

Sin embargo, en España,  tras su milagrosa conversión en estado de derecho, los políticos encontraron muy pronto la forma de que la Administración Pública cayera de nuevo en el servilismo más atroz. Año tras año, los mecanismos de cobertura de los puestos de trabajo, teóricamente impecables, han dejado paso a un reguero de nombramientos de cargos de confianza que en ocasiones superan con creces a la dotación de funcionarios de carrera de alto nivel. Aunque eso tampoco es óbice para que España sea el país de Europa occidental con más alto grado de nombramientos de altos funcionarios por el procedimiento de libre designación, un método que alcanza a todos los niveles de grado superior de forma directa o encubierta, muchas veces bajo el paraguas formal de un concurso al que sólo falta poner el nombre y apellidos del designado. Estamos hablando de decenas de miles de puestos de trabajo que dependen, directamente, del grado de afección (o adscripción) del empleado público al político de la cúspide. Aquí no cuentan ni la preparación ni la competencia profesional en el desempeño del trabajo. Cuenta únicamente el servicio que el digitalmente nombrado pueda prestar al político cuya mano le alimenta.

Cuando la maquinaria estatal administrativa se confunde con la política nos encontramos con todos aquellos escenarios en los que la apropiación de la maquinaria estatal ha acabado conduciendo, indefectiblemente, a formas muy autoritarias de gobierno, cuyo clímax fue el estado nazi, en el que no existía separación (al final ni siquiera formal) entre el Partido y el estado alemán. Algo que también vimos por estos lares cuando Franco y su cohorte del glorioso Movimiento.

En la actualidad este fenómeno sucede de nuevo de forma subrepticia pero continuada y capilar, pues va impregnando lentamente todos los rincones del quehacer político local, autonómico o estatal como el agua impregna un terrón de azúcar hasta consumirlo totalmente. Y ese es el terrorífico destino de la administración pública española: el de su disolución imparable dentro del corrosivo disolvente del interés partidista, que la utiliza de forma descarada para batir al contrario.

La ciudadanía tiene la obligación de  reivindicar la independencia de la administración y de los funcionarios públicos, en vez de tolerar gobiernos que utilizan a la Agencia Tributaria, a la Guardia Civil, al CNI o a los diversos servicios de información policiales para crear dosieres con los que atizar al rival político, amedrentarlo, chantajearlo o simplemente desprestigiarlo con fines puramente electoralistas y de acceso al poder. La administración pública no está para cocinar estas bazofias intragables, ni para cubrir la indecencia y corrupción moral (de la otra ya se encargan los órganos judiciales, si les dejan) de La Casta, que ha montado su “Sistema” particular dentro del estado, al más puro estilo de la Camorra, por más que les pese a algunos semejante comparación. Que no es ociosa en absoluta, sino bien fundamentada por evidente: todos los medios de comunicación que hacen las interesadas filtraciones de los diversos tejemanejes no hacen más que poner al descubierto hasta qué punto El Sistema funciona a las mil maravillas.

Algunos estarán tentados de equiparar la politización de la justicia con la politización de la administración pública. Sin embargo son cosas que sólo son análogas superficialmente. La politización de la justicia pretende influir en las decisiones judiciales, pero a fin de cuentas el interés del Sistema en la judicatura se limita a que le dejen seguir haciendo impunemente sus deleznables actividades. Sin embargo, la infiltración del Sistema en la Administración Pública pone directamente a su servicio a toda la maquinaria estatal para usarla directamente en beneficio propio, cuando no personal. Se me antoja mucho más grave: la politización de la justicia es algo así como la debilitación de la inmunidad del cuerpo estatal preparándolo para que no pueda resistir futuros ataques; la infección política de la administración es la apropiación de la maquinaria corporal para desviarla de su legítimo objetivo, que es cuidar del organismo. Es la consumación del ataque al estado de derecho de forma al principio subrepticia, al final descarada, tal como hemos visto en los últimos años.

Y como toda infección de la que no se trata debidamente al enfermo, el paciente puede acabar sucumbiendo, sobre todo si sus defensas están tan debilitadas como en el caso español.

miércoles, 11 de febrero de 2015

A propósito del juez Santiago Vidal

Resulta alarmante la pasividad con que se está recibiendo la posible expulsión de la carrera judicial del juez Santiago Vidal, por haber colaborado en la redacción de un proyecto de Constitución catalana. Y más que alarmante, se me antoja increíble que en un presunto estado de derecho que debe respetar las libertades públicas, tanto el fiscal del caso como el Consejo General del Poder Judicial se enconen con tanta rabia mal disimulada contra un juez que no ha hecho más que usar su tiempo libre y su libertad de pensamiento para colaborar en un proyecto en el que cree sinceramente.

Lo impensable en todo este asunto es que la acusación se fundamente en la muy grave falta de deslealtad a la Constitución Española, ya que sus inquisidores no han podido meterle mano por la vía del bajo rendimiento. De entrada, le endosaron una inspección interna que tuvo que retirarse con el rabo entre piernas cuando se comprobó que el nivel de rendimiento de su juzgado superaba en mucho los objetivos previstos y la media nacional.

No soy juez, pero mis carencias jurídicas las suelo suplir con una buena dosis de sentido común y razonamiento lógico, algo que los rabiosos individuos que se ensañan con el juez Vidal deben desconocer, cegados por su odio anticatalanista y por sus ganas de meter miedo a todo el organigrama judicial. Algo así como aquello de que “el que se mueva no sale en la foto”, pero acrecentado por años de impunidad de la penetración de la política en el aparato judicial.

Realmente, hoy en día hace falta ser muy valiente para ser juez independiente, o siquiera levemente progresista. No digamos ya si un magistrado hace profesión de fe catalanista, porque entonces las horcas son pocas para ajusticiarle. Y sin embargo, aunque las condenas a Garzón y Silva tenían una base jurídica –cogida por los pelos, pero jurídica al fin- la propuesta de expulsión de Santiago Vidal es claramente política. Se le atribuye una falta de lesa majestad a la Constitución, sencillamente por disentir de ella en lo que se refiere a la unidad de España.

Hay estúpidos perfectamente uniformados (o togados, que para el caso es lo mismo) que se equivocan de cabo a rabo cuando confunden la disensión con la deslealtad. En este país donde las lealtades han de ser inquebrantables, al viejo estilo franquista, cualquier movimiento fuera de los estrictos cauces de la obediencia al estilo Waffen SS se interpreta como merecedora de un consejo de guerra sumarísimo y fusilamiento al amanecer. Lamentablemente, la deslealtad es un término muy difuso y que se presta a interpretaciones muy sesgadas, pero me parece que en el ámbito estrictamente jurídico, la deslealtad ha de ser de obra, es decir, activa. Porque si incluimos en esa gama de faltas la deslealtad puramente intelectual, entonces es que ya se ha hecho realidad el horror orwelliano del Gran Hermano y su policía del pensamiento.

Porque de eso se trata, de policías del pensamiento en su versión judicial, que están prestos a castigar cualquier desviación del dogma aunque sea en la intimidad de la alcoba o en el vermutito con amigos el fin de semana. Se me antoja un desvarío tremendo y una perversión deleznable perseguir a un juez, por lo demás intachable en su aplicación profesional de la Constitución y la ley, por tener opiniones personales diferentes sobre la forma de articular el estado español, o incluso por tener una ideología claramente secesionista. Una cosa es lo que yo pienso o deseo, y otra totalmente distinta es si conspiro efectivamente en contra de mi lealtad prometida, y actúo en rebeldía contra el ordenamiento vigente, algo que jamás ha hecho el juez Vidal en el ámbito profesional, que es el que aquí cuenta.

Por cierto, son muchos filósofos, ente los que se disitngue Nathanson, que destacan que la lealtad patriótica suele ser más un vicio que una virtud. En muchas ocasiones, la lealtad patriótica es causa de que se apoye devotamente a personas o políticas que son inmorales. Sostiene esa escuela de pensamiento que la lealtad patriótica que esgrimen la fiscalía y el Consejo General del Poder Judicial es más bien una perversión cuando sus consecuencias exceden los límites de lo que es moralmente razonable. En opinión de Nathanson, ese tipo de lealtad, como la propugnada por esos cavernícolas con toga que persiguen al juez Vidal, es definida erróneamente como ilimitada en su alcance, y fracasa en reconocer los límites de la moralidad.

El precedente puede ser mucho más grave aún si finalmente se produce el derribo del juez Vidal, no sólo por la pérdida que supone para la carrera judicial, sino porque se constituiría como una especie de amenaza permanente a todos los funcionarios públicos que, en uso de su libertad de opinión y expresión, utilizaran su tiempo libre para participar en foros en los que se cuestionara de un modo u otro la estructura constitucional española y el resto del ordenamiento jurídico. Sobre esos cimientos, se podría expulsar de forma sumaria a cualquier funcionario que estuviera afiliado a alguna formación política que propugnara un cambio sustancial en la Constitución Española. Se abriría así una caza de brujas mucho más intensa que el peor maccarthysmo de los años cincuenta.

Una idea que estoy seguro que resultaría bastante tentadora para muchos de esos miembros terriblemente reaccionarios que todavía campan en la judicatura española. Esos que se empeñan en hacer buena aquella célebre errata del BOE –para ser precisos, del 22 de septiembre de 1984- que los denominaba “Consejo General del Joder Judicial”.

Tal como yo lo veo, el juramento de fidelidad a la Constitución que se exige a todos los funcionarios públicos no puede ni debe ser utilizado como un amenazadora espada de Damocles sobre las cabezas de aquellos servidores públicos que defiendan una modificación sustancial de la carta fundamental, incluso si tal pretensión afecta a aspectos esenciales del estado. Porque por esa misma regla de tres, el mero hecho de manifestarse a favor de la república por parte de cualquier funcionario y colaborar en la redacción de una modificación –aunque sea parcial- de la Constitución para reformar el estado español al modo de una república federal, también habría de ser tenido por gravemente desleal y de ese modo, convertir a los no monárquicos en reos de expulsión de sus respectivas carreras administrativas, lo cual resulta absolutamente impensable.

Así que, en conclusión, o a los jueces se les exige una lealtad distinta a la de los demás servidores públicos (lo cual resultaría aberrante), o bien alguien está cayendo en la aberración aún peor de considerar que el secesionismo civilizado y conducido dentro de los cauces del debate y del diálogo político es equivalente a una sediciosa proclama condenable con el máximo rigor disciplinario o penal.

Utilizar la lealtad constitucional como una mordaza al libre pensamiento y a la voluntad de cambiar las cosas en un estado de derecho resulta aterrador, y sin embargo, muy pocos parecen reparar en el terrible precedente contra los derechos civiles que puede sentar la expulsión del juez Vidal de la carrera judicial. Algo que el gran Saramago ya advirtió en su tremendo “Ensayo sobre la Lucidez”. Esa lucidez que tanto se echa en falta en las altas instancias de este país.

martes, 3 de febrero de 2015

Salir del euro

Las amenazas nada veladas a Grecia sobre una supuesta salida del euro y las dramáticas consecuencias que tendría dicha medida para la economía y la ciudadanía helena suenan un poco a ataque de pánico del eje Bruselas-Berlín ante la posibilidad de que los gobernantes griegos tuvieran un repente de lucidez económica y decidieran reflotar el dracma y dejar al euro con las vergüenzas al aire.

No son pocos los analistas que, situados dentro de la cautela y no especialmente conocidos por su temple aventurero, afirman que la salida de cualquier país del euro es una incógnita en términos generales, y que el actual discurso oficial sumamente aferrado a una supuesta ortodoxia que aventura infinitos males para cualquier oveja descarriada que pretenda salirse del orden económico impuesto en la eurozona no responde más que a especulaciones sumamente interesadas.

La prensa general no suele caracterizarse por su independencia de criterio. La prensa económica aún es mucho más esclava de la voz de su amo. Lo cierto es que no existen precedentes de la ruptura de una unión monetaria, o los que existen son tan antiguos que no son extrapolables al momento histórico  actual. Así pues, las aseveraciones de una catástrofe para el país rebelde que pretenda salir de la moneda única no son más que dogmas tan inventados como el de la Inmaculada Concepción para los católicos.

La única ventaja que tienen los ortodoxos pro-Troika es que en este asunto, el dogma es compartido por la práctica totalidad del espectro político y las instituciones financieras internacionales, y por ósmosis ha atravesado todas las capas del pensamiento social como el agua  un azucarillo, hasta convertirse en una verdad incuestionada, que no es lo mismo que incuestionable.

Ese afán en dibujar un panorama tan siniestro para los que se quieran ir de la moneda única recuerda mucho a la actitud de muchas sectas religiosas que impiden, por todos los medios a su alcance, que sus adeptos se vayan del redil psicológico e intelectual en el que les tienen confinados. Y suele reflejar más bien el temor de los líderes a perder poder e influencia que a un auténtico pesar por los problemas que pueda suponer el regreso del desafecto al mundo real.

Son bastantes los economistas independientes y progresistas, opositores al neoliberalismo imperante, que cuestionan los argumentos que se proponen para justificar la debacle de los países que salgan del euro. No es cuestión de entrar en análisis pormenorizados sobre esta cuestión, que poca luz pueden aportar a un debate que debe alejarse de pseudotecnicismos matemáticos, y que debería ser objeto de otro tipo de análisis más centrado en aspectos los psicológicos del ejercicio del poder.

Una primera aproximación a esta perspectiva psicológica nos la da la práctica de las organizaciones mafiosas. Aunque parezca un tópico, es cierto el aserto de que a la mafia se entra, pero sólo se sale con los pies por delante, salvo casos excepcionales a los que se premia con la jubilación. Se es de la mafia toda la vida, las renuncias son inaceptables porque debilitan los mismos cimientos sobre los que se asienta su poder. Por eso todos los esfuerzos de la lucha contra este tipo de crimen organizado se centran en conseguir el máximo número posible de arrepentidos. Y sólo desde que el arrepentimiento empezó a funcionar, la lucha contra las organizaciones mafiosas se ha ido equilibrando lentamente a favor del estado de derecho.

Los dogmas indemostrables suelen ser útiles herramientas para el control de mentes débiles o propensas a la credulidad frente a la autoridad constituida. El pensamiento dogmático no es tanto una expresión de fuerza o autoridad, sino el encubrimiento de vulnerabilidades que podrían poner en peligro el statu quo, y que resultarían claramente perjudiciales para la élite dominante.

En la actual ausencia de debate y visto el asentimiento general hacia el dogma de que la salida del euro es una catástrofe para el país que tira la toalla, no está de más reflexionar sobre si todo este asunto no es más que un turbio manejo mental para evitar la independencia económica de los países, que se han convertido en meras franquicias de un mercado global que persigue unos intereses que nada tienen que ver con los de cada nación. Al contrario, bajo la bandera de la unidad monetaria y la globalización uno se aventuraría a afirmar que se esconde una voluntad de concentración de poder en muy pocas manos y de regir el destino de centenares de millones de personas sin necesidad de ningún mecanismo democrático de control.

Sobre todo porque hay dos factores fundamentales a tener en cuenta ante una eventual salida del euro. El primero es que permitiría recuperar la política monetaria como mecanismo corrector de las desviaciones, facilitando devaluaciones controladas de la moneda nacional. El segundo factor tiene que ver con la perversa transferencia de deuda privada (bancaria) a deuda pública, que se ha hecho a costa del contribuyente de clases medias y bajas, mientras que una devaluación afectaría a todos los contribuyentes por igual. En ese sentido, los ajustes inducidos por una devaluación de una moneda propia son mucho más equitativos desde el punto de vista social que lo que hemos visto hasta ahora, consistente en unos recortes brutales de prestaciones que sólo han afectado a los segmentos bajos de la población.

Pero en ese segundo factor hay algo más a tener en cuenta. La intencionadísima maniobra de convertir la deuda de los bancos en deuda pública llevada a cabo en estos últimos años tiene su contrapartida en que los mayores tenedores de esa deuda pública siguen siendo los bancos que han comprado masivamente las emisiones de deuda. Los mecanismo son muy complejos, pero el hecho cierto es que si un país se sale de la disciplina del euro, aunque es cierto que una devaluación implicaría elevar los costes de la deuda pública (porque la deuda ya contraída habría que seguir pagándola en euros), no es menos cierto que haría mucho más daño al sector financiero que a los sectores productivos, que se encontrarían con una deuda a la que ya no podrían imponer determinadas condiciones, so pena de no poder cobrar jamás ni un céntimo. Algo así como si en mi casa mi hijo me debe una millonada, me dice que se quiere ir y le amenazo con que si se va, no le ayudaré en nada. Una amenaza que no puede obviar el hecho palmario de que por esa vía tal vez mi vástago no me cueste más dinero, pero también que jamás recuperaré lo que me debe.

Y si lo que me debe es mucho, debería echarme a temblar. Si un país, en el uso de su soberanía, decide salir del euro, a Bruselas no le queda más remedio que flexibilizar al máximo su postura, para que los bancos acreedores puedan seguir cobrando sus intereses. La cuestión es evitar la suspensión internacional de pagos financieros, que podrá ser todo lo dramática que se quiera, pero que ya no vendría de aquí a una población que ya no tiene gran cosa que perder. Quiero decir con ello que existe una hipótesis –discutible como todas- según la cual la salida del euro perjudica mucho más a los entes acreedores que a los países que recuperan su independencia después de muchos años de sacrificios y recortes. Y eso habría que analizarlo con más detenimiento, porque lo que es seguro es que a los amigos de la troika no les interesa el hundimiento total de una economía que les debe un dineral, sino buscar la manera de seguir cobrando, aunque sea menos cantidad y a más largo plazo.

Y resulta que con una moneda propia, el país que sale de la disciplina monetaria europea puede recuperar competitividad mucho más rápido que dentro de los estrechos canales del euro. Y también puede generar empleo mucho más deprisa. Y, en conclusión, puede crear la riqueza necesaria para devolver todo lo que debe de forma más segura (aunque se produzca inflación como efecto colateral).

Sin embargo, la oposición a la salida del euro tiene otros factores implicados, el principal de los cuales es el efecto contagio a otros países de la eurozona. Si un país cualquiera sale de la eurozona y acaba bien parado, no habrá freno alguno para que otros países con más peso cualitativo y cuantitativo hagan lo mismo. Pero si se diera esta circunstancia, con países como Italia o España fuera de la zona euro, la catástrofe para el sistema monetario europeo sería inconmensurable. De hecho significaría la muerte del euro como tal, por la sencilla razón de que cada salida debilita la moneda un poco más, hasta hacerla poco atractiva para el inversor internacional. Precisamente por eso no funcionó aquella descabellada propuesta de la Europa de dos velocidades, porque significaba facilitar la salida del euro de los países más afectados por la crisis y debilitaba tremendamente a la moneda única.

Las unanimidades, sin excepción, deberían hacernos sospechar que hay gato encerrado. Cada afirmación doctrinaria, incuestionable y no abierta a ningún debate, sino expuesta solamente como una serie de mantras martilleados continuamente en nuestros oídos, debería hacernos desconfiar y que nos mostráramos más receptivos a visiones críticas y alternativas. El pensamiento único se ha afianzado de una forma muy agresiva en el asunto del euro, y eso no es bueno, porque se ha perdido toda la diversidad de criterios por el camino. Se han podado interesadamente todas las ramas del árbol de posibilidades de la política monetaria y eso no ayuda precisamente al fortalecimiento del pensamiento crítico.

En economía nada funciona hasta que se pone a prueba en vivo. Ningún modelo predictivo ha sido jamás lo suficientemente bueno como para siquiera aproximarse a la realidad. Y  la salida del euro no tendría por qué ser una excepción a ello. Así que si hay tanto miedo oficialista a la salida del euro es que está fundamentado  bien en unas bases teóricas cuestionables, o bien responde a la convicción de que algunos entes muy poderosos iban a salir perdiendo si se diera esta eventualidad.


No olvidemos que los siempre pragmáticos británicos han sostenido desde el principio que el euro era una arma cuyo filo apuntaba al corazón de la independencia económica de su país, y también, “soto voce”, que la creación del euro significaba entregarle todo el poder económico a Alemania, siempre ansiosa de hegemonía continental. Hasta ahora, razón no les ha faltado, y por ello se han mantenido firmes al margen de la eurozona. Pero el corolario de la actitud británica era que el euro era una idea horrible que acabaría mal, arrastrando a sus integrantes a una guerra cuyas primeras escaramuzas estamos viviendo estos últimos años. Un proyecto terriblemente erróneo que, como todos los que favorecen situaciones de gran desequilibrio, acabará fracasando. Y no está de más señalar que, como todo Titanic que se va a pique,  los primeros en saltar por la borda suelen ser los que se salvan del naufragio. 

martes, 27 de enero de 2015

Agonía socialista

Algunos auguraban hace años el fin de la historia, amparados en el derrumbamiento del comunismo soviético y en el declive de las ideologías de izquierdas, que habían sucumbido a los cantos de sirena del neoliberalismo económico, y en ello han seguido, por mucho que lo intenten desmentir. El socialismo europeo (es decir, el socialismo mundial) está a punto de asistir a su propio entierro porque la gente ya no se fía de la extraña alianza que hizo con el capitalismo globalizador para hacernos creer que ellos redistribuirían la riqueza generada por el gran capital en una especie de cuento de la lechera en la que el cántaro tenía doble fondo y además se rajó a las primeras de cambio.
 Por mucho que se atribuya su agonía a la crisis sistémica que nos afecta, el declive  del socialismo se inició ya mucho antes, cuando abandonó las auténticas políticas de izquierda para flirtear con un electorado autodenominado de centro, pero que en realidad era derecha disfrazada de moderna, aupada por un gran número de ciudadanos procedentes de las clases trabajadoras repentinamente reconvertidos en nuevos ricos (esos que se bajaban del andamio para subirse al deportivo de último modelo).  En esa competición para apoderarse del centro, los socialistas entraron en un doble juego que al final les está resultando mortífero. Una pinza sobre su mismo ideario que los estrangula. Por un lado, al presentarse como partidos de izquierdas únicamente en el ámbito social, marcando el paso de iniciativas que resultaban muy decorativas pero que afectaban poco al sustrato esencial de la cuestión, que no es otro que la economía. Hacer políticas sociales progresistas en clave económica neoliberal resultó muy fácil mientras la economía era pujante y la globalización todavía no enseñaba sus dientes de escualo a la clase media. Por otro lado, también fue un craso error hacer el juego a la globalización empobrecedora fomentando políticas de inmigración masiva irracionales y de crecimiento económico descontrolado y especulativo, sin tener en cuenta que el raudal de inmigrantes  y de dinero fácil eran la quinta columna del capital que desencadenarían, a corto plazo, una brutal reducción de los salarios y las prestaciones tan arduamente conseguidas en lustros de lucha. 
 El socialismo europeo cayó en la trampa tendida por el neoliberalismo y no sólo aceptó la herencia neocon, sino que impulsó su legado economicista ferozmente liberal, creyendo que de este modo se favorecía la ampliación y el enriquecimiento de las clases medias. Pero todo eso resultó un espejismo, porque a la hora de la verdad, cuando la crisis llamó a las puertas de Europa, todo aquel discurso quedó en agua de borrajas, afectado por los brutales recortes que se emprendieron contra las mismas clases medias que los habían elevado al poder. Socialistas vergonzantes, sin atreverse a tocar un ápice del patrimonio de las clases extractivas, que amenazaban con hundir a los respectivos gobiernos por la vía de la sangría de la huida de capitales y la evasión de impuestos.
Nunca mejor dicho, el socialismo europeo había vendido su primogenitura por un plato de lentejas, que a la postre resultaron demasiado indigestas. En cuanto se inició la crisis, se hizo patente quien mandaba en todo el continente. El pensamiento económico único se había impuesto e infiltrado en todas las instancias democráticas, y sólo había una doctrina, que pasaba, evidentemente, por hacer sufrir a las clases medias el peor retroceso de toda su breve existencia, para volver a una especie de statu quo similar al de finales del siglo XIX, pero en versión tecnológica. Como si tener un smartphone marcara la diferencia entre aquellos desgraciados de entonces y los de ahora. Los gobiernos socialistas en el poder no hicieron más que seguir las recetas prescritas por la derecha económica. En los países en los que estaban en la oposición, sus protestas fueron en el fondo muy débiles, casi como forzadas por sus antecedentes históricos, pero no por una voluntad real de impedir el cariz que estaban tomando las cosas.
 Los socialistas europeos habían cambiado en muy pocos años la internacionalización social (que es de izquierdas), por la globalización económica (que es obviamente de derechas). Olvidaron que la lucha de clases había sido el motor del ascensor social, y que concebir a las clases obreras y medias como un todo común con independencia de las fronteras había sido la clave de las exitosas políticas sociales de los años de la posguerra mundial. Y se pasaron a lado oscuro casi sin darse cuenta. Tanto han pasado al lado oscuro que ahora tildan de populismo demagógico a los nuevos partidos y movimientos que brotan como setas en toda Europa y que a fin de cuentas propugnan lo que hasta hace un par de decenios estaba en el programa de cualquier partido socialista europeo. Están tan idiotizados que asienten borreguilmente cuando la derecha tilda a los programas de izquierda de populistas, inasumibles e incapaces de sacarnos del lío en el que estamos mentidos. Hipnotizados por el discurso merkeliano han reaccionado demasiado tarde a unas políticas de austeridad brutal que sólo han dado satisfacción a los lacayos de la troika y a sus jefes, es decir, a esa nebulosa delincuencia internacional conocida eufemísticamente como “los mercados”.
 Lo que la derecha vendía por su propio interés egolátrico, el socialismo lo adoptó casi sin rechistar. Una idea de una Europa social que era sólo el camuflaje de un mercado global y que  fracasó estrepitosamente en la presentación en sociedad de aquel engendro abortado antes de nacer llamado pomposamente Constitución Europea. Una política monetaria centrada en una moneda única que sólo favorecía los intereses de las multinacionales y restaba eficacia y capacidad de maniobra a los respectivos países. Un sistema político centrado en Bruselas que tiene que ver mucho más con la manera de gobernar el imperio romano que con una democracia moderna. Una cesión de soberanía nacional para que pisoteen nuestros derechos fundamentales unos señores a quienes ni siquiera hemos votado. Una apertura de la UE al este llevada a cabo sólo para ampliar el mercado, y sobre todo para favorecer a Alemania, dándole obreros baratísimos con los que ciscar a su propio pueblo, que aceptó el brutal retroceso de salarios y de condiciones laborales como un gratificante y masoquista peaje a pagar por la reunificación alemana (este es un ejemplo que, por sí mismo, sirve para entender cómo pudo alzarse el nazismo con el poder en la Alemania de entreguerras: lo irrisoriamente fácil que resulta que los alemanes pasen por el tubo de una personalidad fuerte, como el canciller Kohl o la señora Merkel).
 En fin, que la socialdemocracia fue seducida primero, secuestrada después, y finalmente maniatada y casi asesinada por su novio neoliberal. Y ahora se atreven, para desdicha de las clases populares, a denunciar histéricamente y al unísono con el ultraliberalismo más feroz las alternativas que les adelantan por la izquierda, en vez de abjurar de su amancebamiento derechista de los últimos lustros. El flirteo socialista con el neoliberalismo les ha contaminado hasta tal punto que los electorados empiezan a percibir que “socialismo” es una palabra tabú, manchada de mierda y dinero, y que hay que sustituir a los antiguos partidos socialistas por algo bastante más radical y menos pusilánime, al menos a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Y sobre todo, algo que mantenga viva la lucha de clases como único motor capaz de frenar las ambiciones desmedidas de la derecha tradicional, darwinista hasta el extremo, y que en los últimos lustros se había disfrazado de caperucita, pero que nunca ha dejado de ser lobo. Porque sólo un rearme ideológico basado en la lucha de clases puede hacer frente al vendaval derechista que asola el mundo desde hace demasiado tiempo.
 Para tener a la derecha contenida hay que conseguir que le tema a algo. La derecha sólo hace concesiones reales cuando percibe una amenaza clara a sus intereses, económicos en su mayor parte. Muerto el oso soviético y agonizante la socialdemocracia tradicional, la derecha sólo puede refrenar su impulso depredador si una nueva izquierda radical se hace fuerte en el baluarte continental y le da la estocada definitiva a esta socialdemocracia mendigante y ahora enquistada en el sistema y aliada de sus antiguos adversarios. Por eso hay que denunciar con el máximo vigor  los posibles “pactos nacionales” como los que propugnan algunas voces del PP y del PSOE para formar gobiernos de concentración que sólo darán al pueblo más de lo mismo que ya tenemos ahora.  Miseria económica y moral.

miércoles, 21 de enero de 2015

Lo imposible

Los recovecos de la historia son difíciles de inspeccionar, sobre todo si la corriente dominante se empeña en ocultar una parte sustancial de los hechos. Y también si existe un empeño denodado en mitificar determinados procesos históricos, atribuyéndolos exclusiva o mayoritariamente a situaciones que se prestan a cierto onanismo político. La épica siempre sienta muy bien a cualquier reforma sociopolítica, y autoproclamarse como fundador de un nuevo orden es algo excesivamente  tentador como para dejarlo pasar sin aprovecharlo al máximo. Algo que de forma muy elocuente sucedió con la transición democrática española, y que sirve de buen telón de fondo para lo que se pretende que está sucediendo hoy en día, como si fuera a haber una segunda transición hacia un sistema más justo e igualitario.
 Nada más lejos de la realidad. Los cambios desde dentro de un sistema sólo tienen lugar en muy contadas ocasiones, y casi siempre tienen como protagonista al ejército o a una revolución sangrienta que implica a milicias, convencionales o no. O bien son cambios condicionados desde el exterior por fuerzas ajenas pero interesadas en desmoronar el statu quo vigente por algún motivo, generalmente económico. Lo cierto es que para poder entender lo que no va a pasar en el futuro próximo, por muchas formaciones políticas alternativas que surjan en el espectro español, hay que analizar qué es lo que realmente pasó en España tras la muerte del general Franco.
 Es cierto que existía un cierto descontento popular, más bien centrado en las consecuencias de la crisis del petróleo y sus efectos sobre la economía española, que en un auténtico movimiento de base social amplia. La sociedad española, si descontamos las movilizaciones de determinados sectores que podríamos calificar de intelectuales (como los universitarios), nacionalistas (que eran el coco del régimen franquista) o sindicales (que usaban la idea de democracia para obtener mejores condiciones laborales), estaba bastante anestesiada políticamente. La gran clase media nacida en el tardofranquismo no estaba para hostias que pusieran en peligro el reciente bienestar adquirido en forma de coche a plazos y apartamento en la playa. En resumen, con el único empuje de universitarios, nacionalistas de la vieja guardia, sindicalistas e intelectuales, la transición no se habría llevado a cabo, al menos en aquel momento.
 Pocos son los que ponen énfasis en el contexto internacional de la época. Tras la revolución de los claveles de Portugal (protagonizada nada menos que por el ejército), y la caída del régimen militar griego (que también tuvo como protagonista al ejército, que cometió la estupidez de someter al movimiento estudiantil a una represión brutal, y de meterse en una crisis militar gravísima con Turquía por la cuestión de la partición de Chipre), el año 1974 marcó un camino irreversible desde el punto de vista internacional. España quedó, durante tres años, como el único régimen autoritario de toda Europa occidental, y eso era algo que los poderes internacionales no podían consentir. Europa no se podía seguir construyendo mientras el quinto país del continente por población y PIB siguiera siendo una dictadura.  Por ese motivo, la presión diplomática y económica internacional no sólo permitió, sino que alentó intensamente, una transformación no revolucionaria del régimen político español.
Obviamente, había muchos más factores sobre el tablero de ajedrez hispano, pero quiero resaltar esa connivencia internacional como un elemento decisivo en la transición española. Sin el decidido apoyo de las democracias europeas (y del coloso norteamericano) , el harakiri político de las Cortes franquistas no hubiera tenido lugar. De hecho, puede afirmarse que existió una especie de coacción para que el régimen se suicidara, a cambio de que no hubiera sangre, no se investigaran hechos pasados y se amnistiara políticamente a todo hijo de vecino. Así, de paso, se evitaba una posible confrontación sangrienta o el auge de fuerzas excesivamente revolucionarias que llevaran a España  al otro extremo del espectro político.
La tesis oculta en toda esta argumentación  es que lo realmente determinante de la transición española no fue un impulso interno de la sociedad española, sino la instigación de la comunidad internacional, lo que resta mucha épica a los políticos que hicieron la transición, que fueron meramente instrumentos de una voluntad que estaba fuera de nuestras fronteras. Ahora volvamos al presente.
Viendo lo que está sucediendo en Grecia (y lo que también está sucediendo en el patio trasero de Europa, léase Ucrania), si las urnas dan en el futuro es un vuelco político que no sea bendecido por los poderes fácticos actualmente consagrados en “La Troika”, lo que sucederá es que nada del impulso renovador podrá progresar. Las amenazas actuales no son nada veladas, y se intensificarán si Syriza gana las elecciones y pretende imponer su programa político, económico y social. Está muy claro, desde la era Reagan–Thatcher, que todo el empeño de los poderes fácticos occidentales ha estado en desmontar cualquier alternativa de izquierda auténtica durante los últimos lustros. Proclamar el fin de la historia (occidental) y asegurar que el neoliberalismo es el único pensamiento político-económico viable ha sido tarea ardua pero fructífera, sobre todo entre las clases dirigentes.
En resumen, que ni Syriza ni Podemos podrán, por sí mismas, llevar a cabo una revolución interna mientras el resto del mundo occidental vaya a jugar sus propias cartas haciendo trampas y con el revólver desenfundado encima de la mesa de juego. La coacción, la mentira, la desacreditación y la asfixia económica se irán incrementando hasta impedir que cualquier proyecto alternativo salga adelante. Hasta los niños saben que la mejor manera de matar una planta es privarle de riego de forma continuada. En política  sucede exactamente lo mismo, con el agravante de que en esta era de globalización el riego viene por unas tuberías cuyas llaves de paso  están muy lejos de Atenas o de Madrid, por un decir.
 Si Occidente (expresado en el más policial y oscuro de los términos) no quiere, no va a haber ningún cambio político sustancial en el sur de Europa. Los sistemas no cambian desde dentro voluntariamente y sin grandes pérdidas, normalmente  de vidas humanas. Quien piense que esto es un llamamiento a las armas, se equivoca completamente. Es simplemente la constatación de que la historia es tozuda, y todas las revoluciones que se precien de serlo han sido y serán sangrientas. Pues hay que deponer a los detentadores del poder antiguo, y éstos, que suelen tener todos los resortes del estado a su disposición, son siempre renuentes a hacerlo por las buenas (que es lo que nos quisieron hacer creer a los pobres e ingenuos españoles de la transición).
Ninguna élite, clase extractiva o "casta" abjura de hecho y de derecho de sus privilegios si no es porque obtiene otros distintos que puedan resultarles más rentables a medio plazo, como fue en el caso español. Las diversas familias del antiguo régimen gozaron de una impunidad e inmunidad  que vinieron de la mano de la democracia, prolongadas hoy en día en sus vástagos dirigentes, especialmente de las formaciones de derechas. Mucho menos cabe esperar que esos herederos del franquismo político y sociológico, que han medrado a sus anchas en la democracia, estén dispuestos a autosacrificar su bienestar presente y futuro en aras de una regeneración que, tal como se plantea desde la sociedad civil, significaría una pérdida más que importante del estatuto de élite política, profesional y económica al que se han aupado en estos casi cuarenta años de estado democrático.
Como el viejo aforismo dice: algo tiene que cambiar para que todo siga igual y, en efecto, así será. Lo imposible es, pues, que la regeneración comience a partir de los mismos de siempre, o de cualesquiera otros que los sustituyan. A los primeros porque no les conviene más que un mero maquillaje; a los segundos porque no les van a dejar cambiar nada sustancial. A menos que la revolución lo sea de verdad y con todas sus dramáticas consecuencias.


martes, 13 de enero de 2015

Seguridad y libertad

Justo al comienzo de las navidades avisé que la yihad iniciada por determinados grupos islamistas radicales era una guerra con un objetivo bien definido: acabar con las democracias occidentales desde dentro, devorando su esencia de forma progresiva en forma de limitaciones de las libertades civiles, que son los auténticos cimientos sobre los que se asienta la sociedad occidental. Y que esta guerra estaría perdida si caíamos en una doble trampa que afectaría a la ciudadanía. Dos frentes bien delimitados, uno económico y otro político.

En el ámbito económico los yihadistas pretenden forzar un incremento brutal de los costes asociados a la seguridad  de Occidente que obligue a los gobiernos de EEUU y de la UE a replegarse en el ámbito interior y dejando libre paso a los movimientos fundamentalistas en el resto del mundo; en el político, fomentando severos recortes de la libertad individual y grupal que conviertan Occidente en una jaula para todos sus ciudadanos. Tal vez dorada, pero jaula al fin y al cabo.

Los acontecimientos que se precipitan tras el atentado a Charlie Hebdo obligan a una reflexión mucho más serena que las reacciones histéricas de todos los gobiernos de la UE. Efectivamente, los tres yihadistas muertos han conseguido, de entrada, un objetivo fundamental de la yihad, como es poner atas arriba todo el sistema de seguridad europeo en lo que respecta a la lucha antiterrorista. Lo que seguirá a continuación es más que previsible, en forma de un incremento sensacional de las dotaciones policiales destinadas a la lucha antiterrorista y, paralelamente, en un paquete de medidas que ponen los pelos de punta sólo con pensar en ellas.

Blindar Occidente es totalmente imposible sin una drástica limitación de la libertad individual y colectiva, y eso lo saben los gobiernos de todo pelaje que conforman el patchwork de la UE. No es una cuestión de izquierdas o derechas, es que actualmente ya estábamos en el límite de lo constitucional en tiempos de paz en lo que respecta a la vigilancia de la ciudadanía. Ante lo que se ha convertido en el embrión de un enemigo interior que se nutre de descontentos y desesperados que caen bajo el hechizo de la épica yihadista, la imaginación gubernamental parece limitarse a las medidas de corte policial, o mejor dicho, de corte militar.

Porque lo que está proponiendo desde muchas altas instancias es un estado de excepción permanente como respuesta a lo que se percibe, pero no se menciona, como una guerra contra el Islam. Una nueva cruzada en pleno siglo XXI, pero cuyo objetivo es la defensa del bastión occidental. Muchos siglos después, las tornas se invierten y es Europa la que se siente asediada por una forma de guerra sin frentes ni trincheras y que tendrá lugar en nuestras calles, ahora y en el futuro.

Quiero remarcar que el repliegue norteamericano de Irak primero y de Afganistán después podría tener causas estratégicas, aunque más bien somos muchos los que tenemos la sensación de que son económicas, sobre todo después de ver que la administración Obama se niega reiteradamente a acceder a la petición de diversos analistas de volver a enviar ciento cincuenta mil soldados a Irak nuevamente para poner fin a la escalada del Califato Islámico. Asumo que los costes políticos de tamaña decisión serían graves, pero teniendo en cuenta que el presidente no se juega una nueva reelección, es razonable argüir que algunas cabezas pensantes han asumido -correctamente- que al cercenar la cabeza de la hidra en el medio oriente lo único que han conseguido es que se reproduzca de nuevo con más fuerza que antes. Y en consecuencia, que Irak y Afganistán son causas perdidas y que lo mejor es replegarse. Pero eso significa que el caldo de cultivo del yihadismo estará en ebullición perpetua y que podrá seguir exportando comandos o lobos solitarios hacia Occidente para cometer sus atrocidades de guerra. Y también significa que al hacer las cuentas les sale que resulta más económico aumentar la seguridad interna a costa de las libertades civiles (una medida relativamente barata), que enviar de nuevo a centeneras de miles de efectivos a Oriente durante un tiempo indeterminado.

El yihadismo es multiforme y como la hidra, resurge allá y aquí de forma inopinada, aprovechando los resquicios que cualquier sistema democrático ha de tener necesariamente si se debe seguir considerando auténticamente democrático. No hay forma de blindar Occidente sin convertirlo en una pseudodemocracia puramente formal, pero donde la libertad individual y asociativa estaría tan mermada que en poco se diferenciaría de un régimen autoritario. Nada más que mirar las propuestas que están surgiendo estos días para tener un sombrío panorama de lo que nos espera.

Registro de pasajeros de vuelos, interceptación de comunicaciones sin autorización judicial, intervención o supresión de los servicios de mensajería instantánea, acceso ilimitado al contenido de las comunicaciones privadas por internet, limitación de los acuerdos de libre circulación de Schengen, sanción a la consulta de páginas web islamistas; ampliación de los delitos de opinión a quienes manifiesten simpatías próximas al fundamentalismo islámico (delitos cuya deriva doctrinaria es totalmente predecible y angustiosa), penas de cárcel o prohibición de viajar a quienes sean simplemente sospechosos de poder integrarse en grupos yihadistas, detenciones preventivas al estilo Guantánamo. Y un largo etcétera de propuestas europeas que ya vimos plasmadas en EEUU tras el atentado de las torres gemelas y que culminó con la Patriot Act y la creación de la Homeland Security, dos medidas terribles que confirman la paradoja de que la mayor democracia del mundo se haya convertido en un estado policial que vive en estado de excepción permanente. 

Los estados de excepción son comprensibles y están recogidos en casi todas las constituciones del mundo libre, pero tiene carácter estrictamente temporal y no pueden convertirse en la norma. Sobre todo porque si estas excepciones se llegan a poner en práctica, lo serán con carácter indefinido, ya que la yihad ha venido para quedarse durante muchos años. Bajo el peso de tanta seguridad nacional, se diluirán los valores democráticos y el efecto  secundario de ello será que cada vez más personas se cuestionen de qué lado estar. Un bonito aliño para la ensalada del yihadismo interno.

El mayor estado policial del siglo XX, la Alemania nazi, no pudo contener a la Resistencia francesa durante los años de ocupación. La republicana Francia del general de Gaulle no tuvo más remedio que acabar cediendo en Argelia, pese a la dureza empleada contra el FLN y la población argelina en general y a que tenía de su lado los brutales comandos de la paraestatal OAS. El mayor ejército del mundo, la US Army, no pudo contener a los "terroristas" internos del Vietcong durante la guerra del Vietnam. Nada, pues, hace pensar que el incremento de la presión policial dentro de nuestras fronteras vaya a significar que el yihadismo se haya de replantear sus postulados y su forma de actuar. Y mucho menos retroceder. Si somos libres, somos vulnerables ante la yihad. Si no somos libres, somos igualmente vulnerables ante la yihad, pero sobre todo somos vulnerables a una deriva autoritaria que otorgará cada vez más poderes excepcionales a nuestros miopes gobernantes a medida que los atentados se sigan sucediendo.Y acabarán usando esos poderes de forma indiscriminada contra la ciudadanía.

Así pues, la cuestión final no es si queremos más seguridad a cambio de un poquito de nuestra libertad. Tal como están las cosas la disyuntiva es mucho más contundente. ¿Queremos la seguridad o queremos la libertad?. Porque la seguridad que está por venir es totalmente incompatible con la libertad.

Y un corolario: tal vez ha llegado el momento de asumir riesgos para mantener la libertad que tantos años ha costado conquistar. 

lunes, 5 de enero de 2015

Retirada en Afganistán

Con bastante discreción se ha puesto fin el pasado 31 de diciembre a la presencia occidental en Afganistán. En resumen: trece años de guerra, cuatrocientos mil soldados desplegados, casi  veinte mil bajas aliadas, de las cuales tres mil quinientas son soldados de la alianza internacional;  veinte mil bajas civiles por lo menos y un coste de seiscientos mil millones de euros. Y un resultado: una guerra perdida. Como ocurriera con las fuerzas de ocupación rusas, que durante catorce años intentaron doblegar sin éxito a los rebeldes afganos, la guerra más larga (hasta el momento) del siglo XXI, acaba con una estrepitosa derrota, pese a los alardes de pacificación y democratización que los sucesivos presidentes USA han pretendido colar a la opinión pública nacional e internacional.
 Pero lo cierto es que excepto la muerte de Osama Bin Laden –que no tuvo lugar en Afganistan, sino en Pakistán y ante las mismas narices del gobierno de Islamabad- muy pocos son los tantos que se puede apuntar la ISAF (la fuerza internacional de pacificación USA-OTAN) y muchos menos los que pueda anotarse en su casillero la diplomacia occidental. Como ya ocurriera con Vietnam, y menospreciando la premonitoria debacle rusa en Afganistán durante los años ochenta, los errores de cálculo han sido constantes y sus efectos terribles. La realidad es que por mucho maquillaje que quiera darse al asunto, Afganistán sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo, donde los derechos civiles son papel mojado y la democracia un esperpento, y donde el gobierno y el parlamento electos viven asediados en Kabul, que es el único sitio de todo el país en el que puede decirse que existe un asomo de “occidentalización” de la vida política.
 El fracaso es más que estrepitoso si ponemos los números en su justa dimensión. Acostumbrados como estamos a que las matanzas de guerra se cuenten por centenares de miles, el hecho de que Occidente haya tenido"sólo"  tres mil quinientas bajas puede parecer poco relevante, pero se mire como se mire, son muchos muertos para tratarse un empeño personal del presidente Bush y su sucesor. Son más muertos que los que causó el ataque a las Torres Gemelas en 2001. Pero si sumamos todas las bajas aliadas y civiles nos vamos a una cifra de cuarenta mil muertos, que son muchísimos más que todos los muertos causados por atentados yihadistas en el mismo período. Es decir, que en términos de vidas humanas, la intervención en Afganistán ha reportado más bajas propias que las que quería vengar Bush, así como de las que deseaba prevenir después de la venganza inicial.  Se mire por donde se mire, un descalabro fenomenal.
 La promesa del presidente Bush, es decir, hacer del mundo un lugar más seguro, se quedó en eso, en una vacua promesa efectuada ante el clima de desesperación causado por los atentados del 11S. El mundo hoy en día es bastante más inseguro que en 2001, la contabilidad de los muertos como consecuencia de los combates en Afganistán resulta escalofriante, y además hemos de sumar el coste económico acumulado, que sólo puede calificarse de brutal. Los seiscientos mil millones de euros invertidos en perder la guerra afgana podrían ser la causa primera del big bang bancario mundial que terminó con la gran crisis del 2008, que aún padecemos. Según algunos analistas, no puede obviarse que los costes directos e indirectos de una operación militar de esta envergadura siempre se trasladan de una forma u otra a la sociedad civil, que acaba pagando su peaje no sólo en forma de vidas humanas, sino también de pérdidas económicas y laborales. Esa cantidad astronómica de millones podría haberse invertido de formas mucho más razonables, y sobre todo, que no tuvieran un impacto tan directo y perdurable en las vidas de millones de familias occidentales, que siempre vieron la intervención en Afganistán como una excusa –de las muchas que empleó el inepto presidente Bush- para favorecer a unos determinados intereses del complejo militar-industrial estadounidense.
 Es a eso (enlazando con mis últimas entradas sobre la yihad) a lo que me refiero cuando afirmo que el fundamentalismo islámico está ganando la guerra de una forma mucho más sutil, pero no menos evidente, que la de los conflictos armados convencionales. El enorme despilfarro de vidas y recursos que han significado los trece años de guerra no son baladíes; son el precio más caro que ha pagado jamás occidente por una farsa que no puede calificarse siquiera  de victoria pírrica. En realidad, hay que retroceder a 1978 y revisar los catorce años de ocupación soviética para ver hasta qué punto los costes añadidos de la primera guerra de Afganistán tuvieron mucho que ver con la caída del régimen comunista de Moscú, azuzados por la estrategia  del presidente Reagan de forzar el hundimiento de la antigua URSS por la vía de hacer inasumibles los costes de su presupuesto militar. Sin embargo, y parafraseando una frase memorable de una conocida serie de televisión “no puedes criar serpientes en tu jardín y esperar que sólo muerdan al vecino”.  
 Y así ha sido, en efecto. El remedio militar no ha servido de nada, porque las serpientes están bien atrincheradas allá, en las montañas lejos de la capital; respaldadas por comunidades musulmanas no sólo en Pakistán, sino en todas las exrepúblicas soviéticas musulmanas de Asia central, y porque la fuerza del movimiento talibán, como todos los fundamentalismos, reside en su enorme capacidad de convicción y de movilización frente a un enemigo que es fácilmente identificable: es extranjero, es infiel y es contrario a las costumbres del país y a los usos del Islam. En Afganistán sólo puedes vestir a la occidental en Kabul, y eso mientras ha durado la protección de la ISAF. En otros lugares vestirse así es como ponerse una diana en el pecho. Por ese motivo, y bajo el eufemístico argumento de “colaborar en las tareas de formación de las fuerzas de seguridad afganas”, quedará un contingente de unos once mil hombres de la US Army, cuya misión, en realidad, es impedir que Kabul caiga de nuevo en manos yihadistas. En resumen, su misión es mantener viva una democracia títere y totalmente dependiente de la ayuda occidental, en la que no creen ni sus propios representantes.
 El nuevo ejército afgano se percibe de una endeblez aplastante, si no es que ya está contaminado por quintacolumnistas talibanes que a las primeras de cambio se pasarán al otro bando con armas y bagajes. El régimen político proocidental es tremendamente débil, y ni siquiera puede garantizar el apoyo popular real en la mismísima Kabul. Ni que decir tiene que, fuera de la capital, nadie considera al gobierno democrático como legítimo. Y los señores de la guerra siguen siendo auténticos señores feudales en todas sus zonas de influencia, que son casi todas. Un ejemplo más de que la democracia ni se exporta ni se importa, y mucho menos  se impone, sino que se debe percibir como legítima por el pueblo. La democracia debe permear el tejido social antes de pasar a formar parte de la estructura política estable de una nación. Ningún régimen político puede mantenerse indefinidamente sin el apoyo de una base popular amplia, que lo comprenda, lo asimile, lo respete y lo integre en su modo de vida.
 Parece mentira que sesudos analistas occidentales sentencien que ninguna dictadura puede mantenerse indefinidamente sin un considerable apoyo popular, y no perciban que esa afirmación es totalmente simétrica y compatible con la democracia. Ninguna democracia puede triunfar si no es con el respaldo popular mayoritario; y olvidar esta premisa es algo muy estúpido, porque pretende equiparar la democracia liberal como la cúspide del buen hacer político, como el punto final de la evolución política, cuando en realidad  la historia de la humanidad no respalda esa creencia, mucho más banal de lo que parece a primera vista. Como ya se ha dicho en otros foros, hay que recordar que la democracia liberal de partidos es un invento muy reciente, que nada tiene que ver con la democracia griega del período clásico, y que por tanto, su preeminencia futura no puede ser afirmada sin ciertas precauciones. Ése es el tipo de error en el que caen algunos desconocedores del auténtico significado de la evolución, puesto que creen que el hombre es la cúspide de la evolución animal sobre la tierra, cuando nada está más alejado de la verdad, ya que el ser humano es una de muchísimas ramas evolutivas diferenciadas en las que ninguna tiene especial preeminencia sobre las demás. No somos el vértice de nada, y aún está por demostrar que no seamos un camino sin salida evolutivo, por muy homocéntricos que seamos en nuestra interpretación del mundo. Lo mismo sucede con la democracia liberal moderna: es una más de tantas ramas del pensamiento y de la acción política, sin que pueda ponérsela en la cúspide de los regímenes políticos sin tener en cuenta los aspectos evolutivos, tanto sociales como culturales, económicos y temporales, que influyen en su desarrollo.
Por el momento, la frágil democracia afgana se sostiene con imperdibles made in USA, pero debemos recordar que ese sostén se basa sobre mucha sangre derramada inútilmente y sobre muchos recursos económicos sustraídos a la ciudadanía de las democracias occidentales. Churchill prometió a los británicos sangre, sudor y lágrimas, pero a cambio de vencer en la contienda contra la Alemania nazi. A nosotros nos han dado sangre, sudor y lágrimas a sabiendas de que era una causa perdida. Deberíamos tenerlo en cuenta la próxima vez que visionarios estúpidos (o no tanto) pretendan embarcarnos en una nueva y colosal tragedia internacional.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Yihad, la guerra que no podremos ganar (II)

En los prolegómenos de esta Navidad cristiana tan desnaturalizada que ya ni recuerda su origen pagano de celebración de la vida y del nacimiento del sol, del que con tanta picardía y no poca desvergüenza se apoderó la primitiva Iglesia romana, resulta esclarecedor ver cómo la perversión de los valores de la sociedad occidental y su sustitución por un sucedáneo de falsa y ñoña espiritualidad, que dura lo mismo que duran los horarios comerciales navideños, ha podido influir en este distanciamiento cada vez mayor que sienten las sociedades no prooccidentales respecto a nosotros. Con el Islam a la cabeza.

Pese a que algunas de las familias más atrozmente ricas y consumistas del planeta son musulmanas, la mayoría del Islam la forma un conjunto de comunidades que en su diversidad encuentran un punto de encuentro en una espiritualidad y una conciencia de la trascendencia de lo humano hacia lo divino infinitamente superior a la de la sociedad cristiana. Sus valores no materiales son mucho más sólidos y están mucho más anclados en la esencia misma de sus sociedades. Y no es de extrañar que ése sea uno de los motivos por los que ven en nosotros la encarnación del mal. Porque tal vez nosotros empezamos también a vislumbrar que tal vez es cierto que somos la encarnación de un mal moral corrosivo y profundo. Pese a las numerosas voces que claman en el desierto, somos una sociedad decadente, centrada en el bienestar material y en el consumo. Y eso hubiera sido repugnante no sólo para un musulmán, sino para un cristiano de raíces humanistas, de los que ya cada vez quedan menos y con menos voz.

Por otra parte, incluso nuestros analistas yerran el tiro respecto al Islam en su conjunto. Hace poco un especialista afirmaba que los fundamentalistas islámicos son pocos, tal vez sólo el uno por ciento de la población musulmana, pero que tenían la fuerza de un tsunami nuclear. Estoy de acuerdo en la segunda parte de su afirmación, pero escasamente en la primera. Me temo que el porcentaje de fundamentalistas, tanto los que lo son por convicción como los que engrosan el número por mera oposición al estilo de vida occidental (y lo que representa de amenaza a la concepción espiritual de su mundo) es mucho más elevado. Pero aunque así fuera, el uno por ciento de más de mil cien millones de personas es un ejército de once millones de individuos dispuestos a casi todo para defender su causa.

Tanto dan once como ciento once millones, pues Occidente no tienen nada comparable que oponer, ni en número ni en intensidad de su fe. Sobre todo porque la historia reciente de la relación con el mundo islámico es la de un continuo desprecio occidental por sus usos y costumbres. Y cualquiera que sea miembro de una nación vilipendiada  sabe positivamente que ese desprecio lo único que consigue es reforzar los lazos internos de su comunidad, reafirmar los principios sobre los que se asienta una sociedad, y más que todo eso, aglutinar sentimientos diversos para hacer frente común contra el que se percibe como enemigo amenazante. Eso vale para todo, como bien sabemos los catalanes, y deberían saber todos los españoles. Algo que también saben muy bien los judíos del mundo entero.

Una causa, la judía, sobre la que se cimentó en gran parte el odio antioccidental de los países musulmanes. El gravísimo error que cometió Occidente fue primar a unos pocos millones frente a una masa humana que les centuplicaba a nivel mundial y que desde el punto de vista demográfico, no ha hecho más que crecer de forma exponencial en las última décadas. El primer agravio se vió luego aumentado decenio tras decenio por unas políticas occidentales de apoyo exclusivo a Israel y a aquellos socios musulmanes que lo eran por meras cuestiones estratégicas, como el caso de la atlantista Turquía (pero no por vocación social mayoritaria, como lo demuestra actualmente el predominio de no uno, sino dos partidos de corte islamista) o el Irán de la época del sha. Cuidar de Israel como oro en paño y menospreciar y explotar a las jóvenes naciones musulmanas que nacieron tras finalizar la segunda guerra mundial fue un error garrafal que abonó el campo del odio de las generaciones posteriores.

Lo cierto es que el estilo de vida occidental, por el que parecen suspirar muchos jóvenes del mundo islámico (pero ni mucho menos la mayoría, si prescindimos de ese enfoque eurocéntrico del que padecen muchos documentales al uso) no es la panacea, y dudo mucho de que en caso de imponerse llegara a calar más allá de un par de generaciones, porque es un modo de vida que bajo el pretexto de la libertad individual, aniquila toda aspiración espiritual. Es una vida vacua y que conduce a muchos de nuestros jóvenes a un nihilismo existencial que está desembocando, vaya una paradoja, en que se alisten voluntariamente con los yihadistas que luchan contra nosotros.

Es de una nitidez aplastante sobre  el erróneo concepto que tenemos de lo que está sucediendo que la respuesta de los gobiernos occidentales a ese reclutamiento yihadista de nuestros jóvenes sea la respuesta penal, porque añade uno más a la ya larga lista de agravios que acrecienta el odio del Islam radical contra nosotros. Es irónico que yo pueda alistarme por dinero como mercenario para combatir en cualquier país y asesinar a cientos de personas sin ningún otro motivo que un salario elevadísimo y no ser castigado por ello; mientras que un joven idealista contrario a nuestros intereses no pueda alistarse en la yihad contra occidente y se le acuse de terrorismo. Doble error, porque la yihad no es terrorismo, es una guerra en toda regla, que se libra en múltiples frentes y con múltiples apariencias. Es una guerra multiforme y caleidoscópica, y reducirla a la simplificación de mero terrorismo resulta de una banalidad facilona que no ayuda en nada a la causa occidental.

Como siempre han dicho los historiadores con dos dedos de frente y valor suficiente para liberarse del yugo del pensamiento único, tampoco eran terroristas los guerrilleros españoles de la guerra del francés; ni los vietcong que derrotaron al hasta entonces invicto ejército yanqui en Indochina. Terrorista es un concepto que aplica el poder dominante al subyugado, y que por tanto, es claramente reversible. Mejor no olvidarlo para futuras ocasiones. Y si algún pusilánime pretende diferenciar al terrorista porque ataca objetivos civiles, y tal como muchos musulmanes nos recuerdan, el bombardeo de Dresde, la bomba de Hiroshima y las barbaridades del ejército estadounidense en Vietnam, Camboya y Laos se dirigieron casi exclusivamente contra la población civil. Y no digamos ya las matanzas de Sabra y Shatila cometidas por el ejército israelí en campos de refugiados palestinos. Al parecer de algunos pensadores occidentales aquello no era terrorismo porque las ordenaba cínicamente un poder legítimo, pero resulta que también es legítimo el poder islámico que ordena las ataques contra Occidente, por muy que nosotros nos identifiquemos con la defensa de un estado de derecho que sólo lo es cuando nos interesa. 

Porque las últimas encuestas demuestran que en muchos países de Occidente, la ciudadanía empieza a aprobar el uso de la tortura contra los yihadistas como medio de obtención de pruebas e información relevante para los servicios de inteligencia. Como ya advertía en mi anterior entrada, eso demuestra un debilitamiento generalizado del estado de derecho y de las libertades civiles. Se empieza por aprobar la tortura contra los fundamentalistas islámicos, y se acaba aceptando que al vecino del segundo le arranquen las uñas con unas tenazas porque su pensamiento político difiere del oficial. En ese sentido, no sólo es que esta guerra no la podremos ganar, sino que ya la estamos perdiendo hoy.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Yihad, la guerra que no podremos ganar

Cuando Ronald Reagan inició en los primeros años ochenta una carrera armamentística sin precedentes que había de culminar con el proyecto de la "guerra de las galaxias", muchos no entendieron el objetivo principal de aquella iniciativa hasta que sus frutos no se vieron al cabo de unos pocos años. El objetivo era acabar con la Unión Soviética, pero no del modo que la mayoría imaginaba, sino obligándola a arruinarse siguiendo una espiral de costes de defensa que finalmente no pudiera soportar. El fin era acabar con un ya tambaleante coloso comunista y tras él hundir a todo el bloque soviético sin necesidad de disparar ni un sólo tiro.

La estratagema funcionó y pocos años después la URSS inició su camino hacia la democratización, pero sobre todo hacia la liberalización de una economía que ya no daba más de sí. Reagan ganó así la guerra fría, transformándola en una soterrada guerra económica en la que su contrincante no pudo subir las apuestas porque se quedó sin fondos para envidar.

Los yihadistas de todo pelo que actualmente operan en todo el mundo también siguen una estrategia similar, en la que no sólo persiguen el hostigamiento económico de occidente, sino el debilitamiento del sistema democrático desde dentro. Al Qaeda, el Estado Islámico y otros grupos fundamentalistas son totalmente conscientes de que no pueden provocar un levantamiento mundial contra Occidente ni infligirle una derrota militar definitiva al estilo de las guerras tradicionales. Por eso, sus acciones van dirigidas a causar terror, inestabilidad y reducción de los derechos civiles. Y todo ello con un coste astronómico desde el punto de vista presupuestario.

El islamismo radical tiene muy poco que perder en este envite. A lo sumo, vidas humanas fácilmente reponibles en un entorno que es un semillero de odio hacia occidente y todo lo que representa. El vientre del fundamentalismo es fecundo y lo seguirá siendo mientras las sociedades musulmanas no acepten la senda occidental del liberalismo consumista y laico. Es decir, nunca. Porque la esencia de la sociedad musulmana es la que marca su religión, y en cambio Occidente hace mucho tiempo que dejó de ser cristiano, por mucho que nominalmente la mayoría de su miembros lo sean, y algunas minorías sean tan fundamentalistas como sus oponentes musulmanes.

La ausencia de un ideal aglutinante común tan poderoso como la religión tiene al bloque occidental en una posición sumamente desventajosa. El frenesí religioso de las Cruzadas de la Edad Media que permitió que Europa se lanzara a la conquista de Tierra Santa como un solo hombre es algo impensable hoy en día, no tanto por el esfuerzo económico y colectivo que significaría como por la imposibilidad de sumar fuerzas suficientes entre la sociedad civil. Una sociedad civil anestesiada por el desfallecer político general, que esencialmente se centra en los aspectos  económicos de unas democracias totalmente invertebradas y en crisis sistémica.

Una falta de vertebración colectiva frente al boque musulmán que hace imposible cualquier tipo de confrontación directa con los yihadistas. Como máximo permite enfrentamientos a escala regional, con los escasos resultados que todos hemos visto en Afganistán, Iraq y Siria. Y además con un coste económico brutal, que ha obligado incluso a los poderosos Estados Unidos a replegarse paulatinamente, dejando allí gobiernos títere cuya influencia real es más que relativa fuera de los principales núcleos de población, como sucede en Afganistán.

Los afganos siempre han presumido de que su tierra es el cementerio de grandes imperios. Tanto su estructura social como sus modos de vida han permitido organizar resistencias invencibles a poderosísimos ejércitos, tanto rusos como americanos.Los ejércitos modernos tienen unos costes operativos abrumadores y ni siquiera una gran superpotencia puede enfrentarse adecuadamente a las guerrillas islamistas de forma indefinida sobre un territorio amplísimo en la que los habitantes son siempre más condescendientes con los talibanes, por poner un ejemplo, que con los extranjeros, por muy liberadores que se presenten a sí mismos.

Los territorios musulmanes son un polvorín yihadista en el que la cultura imperante no se rige por los valores occidentales de individualismo, laicismo y liberalismo. La cultura musulmana es comunitaria, religiosa y antiliberal. Y es así apoyada por un gran grueso de la población, a despecho de los sectores minoritarios más occidentalizados de las grandes zonas urbanas, muy influidos por siglos de ocupación occidental, por la educación de sus élies en Europa y Estados Unidos y por lazos económicos derivados de la globalización pero cuyos tentáculos apenas se alejan unos pocos kilómetros del epicentro urbano en el cual ejercen su escasa influencia sociopolítica. Basta salir de algunas de las grandes capitales del mundo musulmán para ser conscientes de que el control real de la sociedad está en manos de los imanes y no de los políticos.

El único freno a que la situación se desborde completamente se debe a que dos de los principales países del mundo musulmán se apoyan sobre el puntal de ejércitos todopoderosos, bien armados y pertrechados por Occidente. Es una relación de mutua necesidad que ha creado una élite militar aliada de conveniencia de Occidente por los inagotables recursos militares y económicos que les aporta el bloque atlántico. Pero lo que  no se puede obviar es que tanto Egipto como Pakistán realmente odian a Estados Unidos y todo lo que representa, y la contención militar puede haber dado resultado hasta ahora, pero sólo es eso: un muro de contención de un islamismo que se sigue extendiendo por las trincheras de la sociedad civil de esos dos países y sus áreas de influencia.

Para el yihadismo, el coste de las operaciones militares y terroristas es muy bajo en relación con el equivalente asumido por los ejércitos occidentales. Un yihadista no se hace, sino que casi nace. No hay costes de adoctrinamiento, y con un entrenamiento militar básico sus líderes disponen de hombres tal vez mal pertrechados militarmente, pero absolutamente equipados ideológicamente con una carga de convicción que supera con creces a la de cualquier arsenal que pueda portar un soldado yanqui en su mochila.

Por otra parte, el coste de las bajas militares es totalmente desigual en ambos bandos. Mientras que un soldado occidental perfectamente entrenado tarda muchos meses sen ser operativo y el coste de su formación es altísimo, sobre todo si se trata de un miembro de fuerzas de élite, el yihadista islámico ya esta "preformado" antes de ingresar en la milicia, y su entrenamiento es mucho más básico y sencillo. Por lo tanto, es mucho más fácil para los líderes de la yihad reponer sus bajas que para los mandos occidentales. Todo ello sin contar con las distintas repercusiones sociales de los muertos de uno y otro bando. Los yihadistas crean escuela, son mártires heroicos cuyas muertes sirven para alistar a más miembros para la causa. En cambio, los ataúdes envueltos en banderas que aterrizan regularmente en Occidente suponen un coste emocional insoportable a la sociedad civil, que no acaba de comprender qué hacen sus jóvenes muriendo inútilmente lejos de casa.

A todo ello hay que sumar la progresiva deriva autoritaria de las leyes occidentales para la represión del yihadismo. Todas las legislaciones occidentales llevan recortando los derechos civiles desde el 11-S. Hace poco todo el mundo pudo ser testigo de las afirmaciones de un antiguo alto directivo de la NSA norteamericana afirmando que la defensa de nuestro estilo de vida tiene unos costes que no podemos omitir, en relación con las acusaciones de espionaje masivo efectuado por la NSA y revelados por el "traidor" Edward Snowden. Lo que vino a decir la NSA, y con ella todos los servicios de inteligencia occidentales, es que si queremos conservar nuestro estilo de vida liberal y consumista, algún precio hay que pagar en forma de recortes a la libertad personal.

Sin embargo, la libertad personal individual es el fundamento básico de las democracias occidentales. Si perdemos eso y no ganamos nada a cambio, sino solamente seguir siendo el escaparate consumista mundial, lo que hacemos es devaluar totalmente el concepto de democracia. Y un Occidente desideologizado, laico y con libertades devaluadas constituirá un bloque sin ningún arma no estrictamente militar que oponer al yihadismo internacional.

La consecuencia lógica de todo ello es que esta guerra la vamos a perder. Las tasas de natalidad de las sociedades musulmanas son mucho más elevadas que las occidentales: tienen más futuros soldados de Alá. Las sociedades musulmanas son menos permeables a los cantos de sirena del consumismo occidental: son pocos los que se sienten atraídos por nuestro modo de vida. Las sociedades musulmanes son fundamentalmente teocráticas: prima mucho más la religión que cualquier otra consideración de orden social o político. Las sociedades musulmanes anteponen lo colectivo a lo individual: son capaces de muchos más sacrificios que las occidentales. Los sociedades musulmanas tienen unos costes de funcionamiento muy inferiores a las occidentales: tienen mucho menos que perder. Las sociedades musulmanas son, en resumen, el caldo de cultivo perfecto para el yihadismo antioccidental. Bin Laden lo sabía, y es significativo que predomine  su figura de instigador del 11-S, cuando es mucho más relevante el legado que dejó tras su muerte: un proyecto a largo plazo; una partida de ajedrez en que el tablero es mucho más complejo y contrario a los intereses occidentales de lo que cualquiera de nosotros puede llegar a imaginar.

Y no hay contramedida alguna de tipo diplomático o económico que pueda ser suficiente para frenar el empuje yihadista. Mientras exista caldo de cultivo suficiente, el yihadismo prosperará igual que han prosperado otros movimientos radicales en otros lugares y contextos. En esos otros contextos, o bien esas opciones radicales triunfaron de un modo u otro, o bien fueron exterminadas por ser minoritarias, o se consiguió su extinción por medios políticos y policiales tras conseguir el repudio de la sociedad civil (como ha sucedido en la caso de ETA en España  o el IRA en Irlanda del Norte). Pero el yihadismo no es susceptible de ese tipo de remedios: un territorio demasiado extenso y una base  humana enorme y firmemente convencida hacen imposible tanto el exterminio como la extinción, ni siquiera provocando la tercera guerra mundial.

Y no hay que ser ilusos respecto a la posibilidad de que con el tiempo el yihadismo se debilite social y políticamente, porque la única alternativa que les podemos ofrecer es nuestro modo de vida. Y eso es inviable durante los próximos decenios. O siglos; y para entonces el desgaste político y social que habremos sufrido será tan grande que no nos quedará más remedio que  encerrarnos tras nuestros muros para defendernos, cada vez más acorralados y empobrecidos por unos gastos de defensa antiterrorista monstruosos. Bin Laden sabía esto, y también sabía que su partida contra Occidente era de largo recorrido, y que el núcleo de nuestro modo de vida era muy vulnerable. Y que la cuestión era darnos jaque tras jaque. A lo máximo que podemos aspirar es a unas tablas, pero el precio que pagaremos por alcanzarlas será terrible.Y sólo por eso, la yihad habrá ganado la guerra.

viernes, 5 de diciembre de 2014

La Vida de Bryan a la catalana

En una memorable secuencia de "La Vida de Bryan" se escenifica como todos los judíos odian a los romanos, pero están divididos en múltiples facciones cuya enemistad mutua es más fuerte que su oposición a Roma. Una transposición hilarante al principio de la era cristiana de un fenómeno recurrente y tan antiguo -me temo- como la humanidad misma y que nos muestra cuán difícil resulta poner de acuerdo a grupos que tienen un objetivo común pero que difieren en las formas de lograrlo.

Unas diferencias que casi siempre tienen mucho más que ver con el egoísmo colectivo que con una auténtica cuestión ideológica. Y en el peor de los casos, con las ganas de chinchar al posible aliado, o de perjudicarlo, aún a costa de no poder lograr el objetivo principal. La historia reciente de Europa rebosa de ejemplos, desde la revolución francesa hasta la rusa, donde las prioridades partidistas estuvieron a punto de echar al traste el impulso revolucionario. Hasta que, claro, una de las facciones exterminó a las otras y se impuso como única vencedora e impulsora del cambio político. El precio que se pagó fue el de mucha sangre vertida de forma absurda, cosa por otra parte  habitual en el género humano.

Sin ejemplos tan tremebundos, pero igualmente ilustrativos, los libros de historia están salpicados de decenas de confrontaciones políticas, algunas de ellas muy enconadas, entre formaciones que aunque pretendían un mismo fin, priorizaron la victoria sobre el compañero de viaje a la unión de fuerzas para conseguir un triunfo que en muchos casos estaba a la vista. Se perdieron años y energías preciosas, y en más de una ocasión, se acabó perdiendo la consecución del anhelado objetivo.

Los romanos, pueblo práctico e inteligente como pocos, fundamentaron su imperio en la aplicación de la máxima divide et impera, que sacaba partido de esta competencia entre posibles enemigos para mantenerlos sojuzgados y fieles a Roma. Un divide y vencerás que los ingleses también utilizaron profusamente para construir y mantener el imperio británico hasta bien entrado el siglo pasado. Teniendo enfrentados a los posibles pueblos levantiscos, romanos e ingleses consiguieron durante siglos mantener la primacía de sus respectivas metrópolis sin apenas más esfuerzo que el de sembrar la discordia entre aquéllos e impedir alianzas peligrosas que pudieran apuntalar un frente común contra los designios imperiales.

Que de la historia no aprende nadie (y menos los políticos) es algo que de tan evidente resulta obvio, pero es deprimente que tan entrado el siglo XXI y con tanta presunción de civilización avanzada, todavía estemos en las mismas y en nuestra misma casa. Porque el sainete que están representando las formaciones políticas catalanas es la enésima reproducción de la escena de La Vida de Bryan, sólo que ahora la cosa va en serio y no da ni pizca de risa. Sobre todo porque hay un enorme movimiento ciudadano transversal que pide la unión de las fuerzas soberanistas para conseguir poder votar la independencia y salir de este impasse en el que llevamos ya algunos años.

Y encima le hacen el caldo gordo al gobierno español, que debe frotarse las manos con fruición al ver escenificado el pleito entre los partidos del Sí sin tener que mover ni un dedo para hacer campaña en contra. Ese trabajo de zapa gratuito que están haciendo los partidos catalanes bajo sus propios cimientos es sorprendente, como mínimo, porque traiciona una de las máximas sobre las que reposa el arquetipo catalán del seny. 

Que ERC, por ejemplo, pretenda salvaguardar su potencial electoral y no quedar diluida a costa de un resurgimiento de CiU podría parecer legítimo si lo que estuviera en juego no fuese el futuro de todo un país, que no pertenece a unos ni a otros. En los siglos venideros tanto CiU como ERC, como el PSC o Iniciativa ciertamente desaparecerán, pero Cataluña seguirá existiendo, y su futura articulación con España y Europa será fruto exclusivo de lo que hagan hoy sus dirigentes políticos.

Dirigentes que están más ocupados en hacer números con los votos y los escaños que en alentar la tan traída y llevada consulta sobre el derecho a decidir. Y que, visto lo visto, están dispuestos a ignorar lo que una parte sustancial de la sociedad catalana les reclama. Porque un sector muy importante de sus votantes potenciales clama por la unidad de acción que, guste o no, pasa por formar un frente común aún a costa de que después se ponga en riesgo el éxito electoral de cada partido. 

Desde Madrid nunca han entendido que el tema del derecho a decidir y el potencial independentista brotan de la ciudadanía y permean a los partidos políticos, y no a la inversa. Ha sido así desde el principio, y la confrontación en Cataluña de estos días lo pone tristemente de manifiesto. Los partidos políticos nunca han visto con agrado a los movimientos transversales y siempre han tratado de capitalizarlos, engullirlos, disolverlos, o en el peor de los casos, ningunearlos. La ANC debería tomar nota de lo que hicieron los militantes del 15M cuando comprendieron, muy al principio de todo, que ningún partido asumiría la regeneración política por la que clamaban los Indignados. Y acto seguido fundaron Podemos, como plataforma política para llevar a cabo la petición transversal de un sector transversal de la sociedad, cuya aspiración es la de cambiar primero el sistema, para después centrarse en las cuestiones de segundo nivel, es decir, todas las demás. 

En Cataluña estamos en las mismas. En este momento, y a estas alturas del debate, resulta ilusorio pretender que los problemas más acuciantes a este lado del Ebro sean la economía, el desempleo, la corrupción y la madre que los parió a todos. Eso son problemas sociales, que serían de primer orden si el modelo de estado no estuviera en cuestión. En este momento, el problema político fundamental es la articulación del estado, y hasta que no se resuelva ese tema, el run run independentista seguirá caldeando el ambiente y aumentando la presión. Pero si se pretende cerrar en falso el debate, en unas elecciones con los partidos del Sí acudiendo por separado, el asunto durará unos cuantos años más. Y las incertidumbres y la desafección a España seguirán creciendo en las nuevas generaciones.

Los judíos sólo pusieron fin a su milenaria diáspora cuando dejaron de lado las disputas internas y cualquier otro asunto que no fuera el de crear un estado propio. Ésa y no otra fue la base del sionismo, y gracias a él, consiguieron por fin establecerse como nación independiente. Concluyo: los únicos que realmente ganarán si los partidos del Sí se presentan por separado son los romanos. Como en La Vida de Bryan.