martes, 3 de febrero de 2015

Salir del euro

Las amenazas nada veladas a Grecia sobre una supuesta salida del euro y las dramáticas consecuencias que tendría dicha medida para la economía y la ciudadanía helena suenan un poco a ataque de pánico del eje Bruselas-Berlín ante la posibilidad de que los gobernantes griegos tuvieran un repente de lucidez económica y decidieran reflotar el dracma y dejar al euro con las vergüenzas al aire.

No son pocos los analistas que, situados dentro de la cautela y no especialmente conocidos por su temple aventurero, afirman que la salida de cualquier país del euro es una incógnita en términos generales, y que el actual discurso oficial sumamente aferrado a una supuesta ortodoxia que aventura infinitos males para cualquier oveja descarriada que pretenda salirse del orden económico impuesto en la eurozona no responde más que a especulaciones sumamente interesadas.

La prensa general no suele caracterizarse por su independencia de criterio. La prensa económica aún es mucho más esclava de la voz de su amo. Lo cierto es que no existen precedentes de la ruptura de una unión monetaria, o los que existen son tan antiguos que no son extrapolables al momento histórico  actual. Así pues, las aseveraciones de una catástrofe para el país rebelde que pretenda salir de la moneda única no son más que dogmas tan inventados como el de la Inmaculada Concepción para los católicos.

La única ventaja que tienen los ortodoxos pro-Troika es que en este asunto, el dogma es compartido por la práctica totalidad del espectro político y las instituciones financieras internacionales, y por ósmosis ha atravesado todas las capas del pensamiento social como el agua  un azucarillo, hasta convertirse en una verdad incuestionada, que no es lo mismo que incuestionable.

Ese afán en dibujar un panorama tan siniestro para los que se quieran ir de la moneda única recuerda mucho a la actitud de muchas sectas religiosas que impiden, por todos los medios a su alcance, que sus adeptos se vayan del redil psicológico e intelectual en el que les tienen confinados. Y suele reflejar más bien el temor de los líderes a perder poder e influencia que a un auténtico pesar por los problemas que pueda suponer el regreso del desafecto al mundo real.

Son bastantes los economistas independientes y progresistas, opositores al neoliberalismo imperante, que cuestionan los argumentos que se proponen para justificar la debacle de los países que salgan del euro. No es cuestión de entrar en análisis pormenorizados sobre esta cuestión, que poca luz pueden aportar a un debate que debe alejarse de pseudotecnicismos matemáticos, y que debería ser objeto de otro tipo de análisis más centrado en aspectos los psicológicos del ejercicio del poder.

Una primera aproximación a esta perspectiva psicológica nos la da la práctica de las organizaciones mafiosas. Aunque parezca un tópico, es cierto el aserto de que a la mafia se entra, pero sólo se sale con los pies por delante, salvo casos excepcionales a los que se premia con la jubilación. Se es de la mafia toda la vida, las renuncias son inaceptables porque debilitan los mismos cimientos sobre los que se asienta su poder. Por eso todos los esfuerzos de la lucha contra este tipo de crimen organizado se centran en conseguir el máximo número posible de arrepentidos. Y sólo desde que el arrepentimiento empezó a funcionar, la lucha contra las organizaciones mafiosas se ha ido equilibrando lentamente a favor del estado de derecho.

Los dogmas indemostrables suelen ser útiles herramientas para el control de mentes débiles o propensas a la credulidad frente a la autoridad constituida. El pensamiento dogmático no es tanto una expresión de fuerza o autoridad, sino el encubrimiento de vulnerabilidades que podrían poner en peligro el statu quo, y que resultarían claramente perjudiciales para la élite dominante.

En la actual ausencia de debate y visto el asentimiento general hacia el dogma de que la salida del euro es una catástrofe para el país que tira la toalla, no está de más reflexionar sobre si todo este asunto no es más que un turbio manejo mental para evitar la independencia económica de los países, que se han convertido en meras franquicias de un mercado global que persigue unos intereses que nada tienen que ver con los de cada nación. Al contrario, bajo la bandera de la unidad monetaria y la globalización uno se aventuraría a afirmar que se esconde una voluntad de concentración de poder en muy pocas manos y de regir el destino de centenares de millones de personas sin necesidad de ningún mecanismo democrático de control.

Sobre todo porque hay dos factores fundamentales a tener en cuenta ante una eventual salida del euro. El primero es que permitiría recuperar la política monetaria como mecanismo corrector de las desviaciones, facilitando devaluaciones controladas de la moneda nacional. El segundo factor tiene que ver con la perversa transferencia de deuda privada (bancaria) a deuda pública, que se ha hecho a costa del contribuyente de clases medias y bajas, mientras que una devaluación afectaría a todos los contribuyentes por igual. En ese sentido, los ajustes inducidos por una devaluación de una moneda propia son mucho más equitativos desde el punto de vista social que lo que hemos visto hasta ahora, consistente en unos recortes brutales de prestaciones que sólo han afectado a los segmentos bajos de la población.

Pero en ese segundo factor hay algo más a tener en cuenta. La intencionadísima maniobra de convertir la deuda de los bancos en deuda pública llevada a cabo en estos últimos años tiene su contrapartida en que los mayores tenedores de esa deuda pública siguen siendo los bancos que han comprado masivamente las emisiones de deuda. Los mecanismo son muy complejos, pero el hecho cierto es que si un país se sale de la disciplina del euro, aunque es cierto que una devaluación implicaría elevar los costes de la deuda pública (porque la deuda ya contraída habría que seguir pagándola en euros), no es menos cierto que haría mucho más daño al sector financiero que a los sectores productivos, que se encontrarían con una deuda a la que ya no podrían imponer determinadas condiciones, so pena de no poder cobrar jamás ni un céntimo. Algo así como si en mi casa mi hijo me debe una millonada, me dice que se quiere ir y le amenazo con que si se va, no le ayudaré en nada. Una amenaza que no puede obviar el hecho palmario de que por esa vía tal vez mi vástago no me cueste más dinero, pero también que jamás recuperaré lo que me debe.

Y si lo que me debe es mucho, debería echarme a temblar. Si un país, en el uso de su soberanía, decide salir del euro, a Bruselas no le queda más remedio que flexibilizar al máximo su postura, para que los bancos acreedores puedan seguir cobrando sus intereses. La cuestión es evitar la suspensión internacional de pagos financieros, que podrá ser todo lo dramática que se quiera, pero que ya no vendría de aquí a una población que ya no tiene gran cosa que perder. Quiero decir con ello que existe una hipótesis –discutible como todas- según la cual la salida del euro perjudica mucho más a los entes acreedores que a los países que recuperan su independencia después de muchos años de sacrificios y recortes. Y eso habría que analizarlo con más detenimiento, porque lo que es seguro es que a los amigos de la troika no les interesa el hundimiento total de una economía que les debe un dineral, sino buscar la manera de seguir cobrando, aunque sea menos cantidad y a más largo plazo.

Y resulta que con una moneda propia, el país que sale de la disciplina monetaria europea puede recuperar competitividad mucho más rápido que dentro de los estrechos canales del euro. Y también puede generar empleo mucho más deprisa. Y, en conclusión, puede crear la riqueza necesaria para devolver todo lo que debe de forma más segura (aunque se produzca inflación como efecto colateral).

Sin embargo, la oposición a la salida del euro tiene otros factores implicados, el principal de los cuales es el efecto contagio a otros países de la eurozona. Si un país cualquiera sale de la eurozona y acaba bien parado, no habrá freno alguno para que otros países con más peso cualitativo y cuantitativo hagan lo mismo. Pero si se diera esta circunstancia, con países como Italia o España fuera de la zona euro, la catástrofe para el sistema monetario europeo sería inconmensurable. De hecho significaría la muerte del euro como tal, por la sencilla razón de que cada salida debilita la moneda un poco más, hasta hacerla poco atractiva para el inversor internacional. Precisamente por eso no funcionó aquella descabellada propuesta de la Europa de dos velocidades, porque significaba facilitar la salida del euro de los países más afectados por la crisis y debilitaba tremendamente a la moneda única.

Las unanimidades, sin excepción, deberían hacernos sospechar que hay gato encerrado. Cada afirmación doctrinaria, incuestionable y no abierta a ningún debate, sino expuesta solamente como una serie de mantras martilleados continuamente en nuestros oídos, debería hacernos desconfiar y que nos mostráramos más receptivos a visiones críticas y alternativas. El pensamiento único se ha afianzado de una forma muy agresiva en el asunto del euro, y eso no es bueno, porque se ha perdido toda la diversidad de criterios por el camino. Se han podado interesadamente todas las ramas del árbol de posibilidades de la política monetaria y eso no ayuda precisamente al fortalecimiento del pensamiento crítico.

En economía nada funciona hasta que se pone a prueba en vivo. Ningún modelo predictivo ha sido jamás lo suficientemente bueno como para siquiera aproximarse a la realidad. Y  la salida del euro no tendría por qué ser una excepción a ello. Así que si hay tanto miedo oficialista a la salida del euro es que está fundamentado  bien en unas bases teóricas cuestionables, o bien responde a la convicción de que algunos entes muy poderosos iban a salir perdiendo si se diera esta eventualidad.


No olvidemos que los siempre pragmáticos británicos han sostenido desde el principio que el euro era una arma cuyo filo apuntaba al corazón de la independencia económica de su país, y también, “soto voce”, que la creación del euro significaba entregarle todo el poder económico a Alemania, siempre ansiosa de hegemonía continental. Hasta ahora, razón no les ha faltado, y por ello se han mantenido firmes al margen de la eurozona. Pero el corolario de la actitud británica era que el euro era una idea horrible que acabaría mal, arrastrando a sus integrantes a una guerra cuyas primeras escaramuzas estamos viviendo estos últimos años. Un proyecto terriblemente erróneo que, como todos los que favorecen situaciones de gran desequilibrio, acabará fracasando. Y no está de más señalar que, como todo Titanic que se va a pique,  los primeros en saltar por la borda suelen ser los que se salvan del naufragio. 

martes, 27 de enero de 2015

Agonía socialista

Algunos auguraban hace años el fin de la historia, amparados en el derrumbamiento del comunismo soviético y en el declive de las ideologías de izquierdas, que habían sucumbido a los cantos de sirena del neoliberalismo económico, y en ello han seguido, por mucho que lo intenten desmentir. El socialismo europeo (es decir, el socialismo mundial) está a punto de asistir a su propio entierro porque la gente ya no se fía de la extraña alianza que hizo con el capitalismo globalizador para hacernos creer que ellos redistribuirían la riqueza generada por el gran capital en una especie de cuento de la lechera en la que el cántaro tenía doble fondo y además se rajó a las primeras de cambio.
 Por mucho que se atribuya su agonía a la crisis sistémica que nos afecta, el declive  del socialismo se inició ya mucho antes, cuando abandonó las auténticas políticas de izquierda para flirtear con un electorado autodenominado de centro, pero que en realidad era derecha disfrazada de moderna, aupada por un gran número de ciudadanos procedentes de las clases trabajadoras repentinamente reconvertidos en nuevos ricos (esos que se bajaban del andamio para subirse al deportivo de último modelo).  En esa competición para apoderarse del centro, los socialistas entraron en un doble juego que al final les está resultando mortífero. Una pinza sobre su mismo ideario que los estrangula. Por un lado, al presentarse como partidos de izquierdas únicamente en el ámbito social, marcando el paso de iniciativas que resultaban muy decorativas pero que afectaban poco al sustrato esencial de la cuestión, que no es otro que la economía. Hacer políticas sociales progresistas en clave económica neoliberal resultó muy fácil mientras la economía era pujante y la globalización todavía no enseñaba sus dientes de escualo a la clase media. Por otro lado, también fue un craso error hacer el juego a la globalización empobrecedora fomentando políticas de inmigración masiva irracionales y de crecimiento económico descontrolado y especulativo, sin tener en cuenta que el raudal de inmigrantes  y de dinero fácil eran la quinta columna del capital que desencadenarían, a corto plazo, una brutal reducción de los salarios y las prestaciones tan arduamente conseguidas en lustros de lucha. 
 El socialismo europeo cayó en la trampa tendida por el neoliberalismo y no sólo aceptó la herencia neocon, sino que impulsó su legado economicista ferozmente liberal, creyendo que de este modo se favorecía la ampliación y el enriquecimiento de las clases medias. Pero todo eso resultó un espejismo, porque a la hora de la verdad, cuando la crisis llamó a las puertas de Europa, todo aquel discurso quedó en agua de borrajas, afectado por los brutales recortes que se emprendieron contra las mismas clases medias que los habían elevado al poder. Socialistas vergonzantes, sin atreverse a tocar un ápice del patrimonio de las clases extractivas, que amenazaban con hundir a los respectivos gobiernos por la vía de la sangría de la huida de capitales y la evasión de impuestos.
Nunca mejor dicho, el socialismo europeo había vendido su primogenitura por un plato de lentejas, que a la postre resultaron demasiado indigestas. En cuanto se inició la crisis, se hizo patente quien mandaba en todo el continente. El pensamiento económico único se había impuesto e infiltrado en todas las instancias democráticas, y sólo había una doctrina, que pasaba, evidentemente, por hacer sufrir a las clases medias el peor retroceso de toda su breve existencia, para volver a una especie de statu quo similar al de finales del siglo XIX, pero en versión tecnológica. Como si tener un smartphone marcara la diferencia entre aquellos desgraciados de entonces y los de ahora. Los gobiernos socialistas en el poder no hicieron más que seguir las recetas prescritas por la derecha económica. En los países en los que estaban en la oposición, sus protestas fueron en el fondo muy débiles, casi como forzadas por sus antecedentes históricos, pero no por una voluntad real de impedir el cariz que estaban tomando las cosas.
 Los socialistas europeos habían cambiado en muy pocos años la internacionalización social (que es de izquierdas), por la globalización económica (que es obviamente de derechas). Olvidaron que la lucha de clases había sido el motor del ascensor social, y que concebir a las clases obreras y medias como un todo común con independencia de las fronteras había sido la clave de las exitosas políticas sociales de los años de la posguerra mundial. Y se pasaron a lado oscuro casi sin darse cuenta. Tanto han pasado al lado oscuro que ahora tildan de populismo demagógico a los nuevos partidos y movimientos que brotan como setas en toda Europa y que a fin de cuentas propugnan lo que hasta hace un par de decenios estaba en el programa de cualquier partido socialista europeo. Están tan idiotizados que asienten borreguilmente cuando la derecha tilda a los programas de izquierda de populistas, inasumibles e incapaces de sacarnos del lío en el que estamos mentidos. Hipnotizados por el discurso merkeliano han reaccionado demasiado tarde a unas políticas de austeridad brutal que sólo han dado satisfacción a los lacayos de la troika y a sus jefes, es decir, a esa nebulosa delincuencia internacional conocida eufemísticamente como “los mercados”.
 Lo que la derecha vendía por su propio interés egolátrico, el socialismo lo adoptó casi sin rechistar. Una idea de una Europa social que era sólo el camuflaje de un mercado global y que  fracasó estrepitosamente en la presentación en sociedad de aquel engendro abortado antes de nacer llamado pomposamente Constitución Europea. Una política monetaria centrada en una moneda única que sólo favorecía los intereses de las multinacionales y restaba eficacia y capacidad de maniobra a los respectivos países. Un sistema político centrado en Bruselas que tiene que ver mucho más con la manera de gobernar el imperio romano que con una democracia moderna. Una cesión de soberanía nacional para que pisoteen nuestros derechos fundamentales unos señores a quienes ni siquiera hemos votado. Una apertura de la UE al este llevada a cabo sólo para ampliar el mercado, y sobre todo para favorecer a Alemania, dándole obreros baratísimos con los que ciscar a su propio pueblo, que aceptó el brutal retroceso de salarios y de condiciones laborales como un gratificante y masoquista peaje a pagar por la reunificación alemana (este es un ejemplo que, por sí mismo, sirve para entender cómo pudo alzarse el nazismo con el poder en la Alemania de entreguerras: lo irrisoriamente fácil que resulta que los alemanes pasen por el tubo de una personalidad fuerte, como el canciller Kohl o la señora Merkel).
 En fin, que la socialdemocracia fue seducida primero, secuestrada después, y finalmente maniatada y casi asesinada por su novio neoliberal. Y ahora se atreven, para desdicha de las clases populares, a denunciar histéricamente y al unísono con el ultraliberalismo más feroz las alternativas que les adelantan por la izquierda, en vez de abjurar de su amancebamiento derechista de los últimos lustros. El flirteo socialista con el neoliberalismo les ha contaminado hasta tal punto que los electorados empiezan a percibir que “socialismo” es una palabra tabú, manchada de mierda y dinero, y que hay que sustituir a los antiguos partidos socialistas por algo bastante más radical y menos pusilánime, al menos a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Y sobre todo, algo que mantenga viva la lucha de clases como único motor capaz de frenar las ambiciones desmedidas de la derecha tradicional, darwinista hasta el extremo, y que en los últimos lustros se había disfrazado de caperucita, pero que nunca ha dejado de ser lobo. Porque sólo un rearme ideológico basado en la lucha de clases puede hacer frente al vendaval derechista que asola el mundo desde hace demasiado tiempo.
 Para tener a la derecha contenida hay que conseguir que le tema a algo. La derecha sólo hace concesiones reales cuando percibe una amenaza clara a sus intereses, económicos en su mayor parte. Muerto el oso soviético y agonizante la socialdemocracia tradicional, la derecha sólo puede refrenar su impulso depredador si una nueva izquierda radical se hace fuerte en el baluarte continental y le da la estocada definitiva a esta socialdemocracia mendigante y ahora enquistada en el sistema y aliada de sus antiguos adversarios. Por eso hay que denunciar con el máximo vigor  los posibles “pactos nacionales” como los que propugnan algunas voces del PP y del PSOE para formar gobiernos de concentración que sólo darán al pueblo más de lo mismo que ya tenemos ahora.  Miseria económica y moral.

miércoles, 21 de enero de 2015

Lo imposible

Los recovecos de la historia son difíciles de inspeccionar, sobre todo si la corriente dominante se empeña en ocultar una parte sustancial de los hechos. Y también si existe un empeño denodado en mitificar determinados procesos históricos, atribuyéndolos exclusiva o mayoritariamente a situaciones que se prestan a cierto onanismo político. La épica siempre sienta muy bien a cualquier reforma sociopolítica, y autoproclamarse como fundador de un nuevo orden es algo excesivamente  tentador como para dejarlo pasar sin aprovecharlo al máximo. Algo que de forma muy elocuente sucedió con la transición democrática española, y que sirve de buen telón de fondo para lo que se pretende que está sucediendo hoy en día, como si fuera a haber una segunda transición hacia un sistema más justo e igualitario.
 Nada más lejos de la realidad. Los cambios desde dentro de un sistema sólo tienen lugar en muy contadas ocasiones, y casi siempre tienen como protagonista al ejército o a una revolución sangrienta que implica a milicias, convencionales o no. O bien son cambios condicionados desde el exterior por fuerzas ajenas pero interesadas en desmoronar el statu quo vigente por algún motivo, generalmente económico. Lo cierto es que para poder entender lo que no va a pasar en el futuro próximo, por muchas formaciones políticas alternativas que surjan en el espectro español, hay que analizar qué es lo que realmente pasó en España tras la muerte del general Franco.
 Es cierto que existía un cierto descontento popular, más bien centrado en las consecuencias de la crisis del petróleo y sus efectos sobre la economía española, que en un auténtico movimiento de base social amplia. La sociedad española, si descontamos las movilizaciones de determinados sectores que podríamos calificar de intelectuales (como los universitarios), nacionalistas (que eran el coco del régimen franquista) o sindicales (que usaban la idea de democracia para obtener mejores condiciones laborales), estaba bastante anestesiada políticamente. La gran clase media nacida en el tardofranquismo no estaba para hostias que pusieran en peligro el reciente bienestar adquirido en forma de coche a plazos y apartamento en la playa. En resumen, con el único empuje de universitarios, nacionalistas de la vieja guardia, sindicalistas e intelectuales, la transición no se habría llevado a cabo, al menos en aquel momento.
 Pocos son los que ponen énfasis en el contexto internacional de la época. Tras la revolución de los claveles de Portugal (protagonizada nada menos que por el ejército), y la caída del régimen militar griego (que también tuvo como protagonista al ejército, que cometió la estupidez de someter al movimiento estudiantil a una represión brutal, y de meterse en una crisis militar gravísima con Turquía por la cuestión de la partición de Chipre), el año 1974 marcó un camino irreversible desde el punto de vista internacional. España quedó, durante tres años, como el único régimen autoritario de toda Europa occidental, y eso era algo que los poderes internacionales no podían consentir. Europa no se podía seguir construyendo mientras el quinto país del continente por población y PIB siguiera siendo una dictadura.  Por ese motivo, la presión diplomática y económica internacional no sólo permitió, sino que alentó intensamente, una transformación no revolucionaria del régimen político español.
Obviamente, había muchos más factores sobre el tablero de ajedrez hispano, pero quiero resaltar esa connivencia internacional como un elemento decisivo en la transición española. Sin el decidido apoyo de las democracias europeas (y del coloso norteamericano) , el harakiri político de las Cortes franquistas no hubiera tenido lugar. De hecho, puede afirmarse que existió una especie de coacción para que el régimen se suicidara, a cambio de que no hubiera sangre, no se investigaran hechos pasados y se amnistiara políticamente a todo hijo de vecino. Así, de paso, se evitaba una posible confrontación sangrienta o el auge de fuerzas excesivamente revolucionarias que llevaran a España  al otro extremo del espectro político.
La tesis oculta en toda esta argumentación  es que lo realmente determinante de la transición española no fue un impulso interno de la sociedad española, sino la instigación de la comunidad internacional, lo que resta mucha épica a los políticos que hicieron la transición, que fueron meramente instrumentos de una voluntad que estaba fuera de nuestras fronteras. Ahora volvamos al presente.
Viendo lo que está sucediendo en Grecia (y lo que también está sucediendo en el patio trasero de Europa, léase Ucrania), si las urnas dan en el futuro es un vuelco político que no sea bendecido por los poderes fácticos actualmente consagrados en “La Troika”, lo que sucederá es que nada del impulso renovador podrá progresar. Las amenazas actuales no son nada veladas, y se intensificarán si Syriza gana las elecciones y pretende imponer su programa político, económico y social. Está muy claro, desde la era Reagan–Thatcher, que todo el empeño de los poderes fácticos occidentales ha estado en desmontar cualquier alternativa de izquierda auténtica durante los últimos lustros. Proclamar el fin de la historia (occidental) y asegurar que el neoliberalismo es el único pensamiento político-económico viable ha sido tarea ardua pero fructífera, sobre todo entre las clases dirigentes.
En resumen, que ni Syriza ni Podemos podrán, por sí mismas, llevar a cabo una revolución interna mientras el resto del mundo occidental vaya a jugar sus propias cartas haciendo trampas y con el revólver desenfundado encima de la mesa de juego. La coacción, la mentira, la desacreditación y la asfixia económica se irán incrementando hasta impedir que cualquier proyecto alternativo salga adelante. Hasta los niños saben que la mejor manera de matar una planta es privarle de riego de forma continuada. En política  sucede exactamente lo mismo, con el agravante de que en esta era de globalización el riego viene por unas tuberías cuyas llaves de paso  están muy lejos de Atenas o de Madrid, por un decir.
 Si Occidente (expresado en el más policial y oscuro de los términos) no quiere, no va a haber ningún cambio político sustancial en el sur de Europa. Los sistemas no cambian desde dentro voluntariamente y sin grandes pérdidas, normalmente  de vidas humanas. Quien piense que esto es un llamamiento a las armas, se equivoca completamente. Es simplemente la constatación de que la historia es tozuda, y todas las revoluciones que se precien de serlo han sido y serán sangrientas. Pues hay que deponer a los detentadores del poder antiguo, y éstos, que suelen tener todos los resortes del estado a su disposición, son siempre renuentes a hacerlo por las buenas (que es lo que nos quisieron hacer creer a los pobres e ingenuos españoles de la transición).
Ninguna élite, clase extractiva o "casta" abjura de hecho y de derecho de sus privilegios si no es porque obtiene otros distintos que puedan resultarles más rentables a medio plazo, como fue en el caso español. Las diversas familias del antiguo régimen gozaron de una impunidad e inmunidad  que vinieron de la mano de la democracia, prolongadas hoy en día en sus vástagos dirigentes, especialmente de las formaciones de derechas. Mucho menos cabe esperar que esos herederos del franquismo político y sociológico, que han medrado a sus anchas en la democracia, estén dispuestos a autosacrificar su bienestar presente y futuro en aras de una regeneración que, tal como se plantea desde la sociedad civil, significaría una pérdida más que importante del estatuto de élite política, profesional y económica al que se han aupado en estos casi cuarenta años de estado democrático.
Como el viejo aforismo dice: algo tiene que cambiar para que todo siga igual y, en efecto, así será. Lo imposible es, pues, que la regeneración comience a partir de los mismos de siempre, o de cualesquiera otros que los sustituyan. A los primeros porque no les conviene más que un mero maquillaje; a los segundos porque no les van a dejar cambiar nada sustancial. A menos que la revolución lo sea de verdad y con todas sus dramáticas consecuencias.


martes, 13 de enero de 2015

Seguridad y libertad

Justo al comienzo de las navidades avisé que la yihad iniciada por determinados grupos islamistas radicales era una guerra con un objetivo bien definido: acabar con las democracias occidentales desde dentro, devorando su esencia de forma progresiva en forma de limitaciones de las libertades civiles, que son los auténticos cimientos sobre los que se asienta la sociedad occidental. Y que esta guerra estaría perdida si caíamos en una doble trampa que afectaría a la ciudadanía. Dos frentes bien delimitados, uno económico y otro político.

En el ámbito económico los yihadistas pretenden forzar un incremento brutal de los costes asociados a la seguridad  de Occidente que obligue a los gobiernos de EEUU y de la UE a replegarse en el ámbito interior y dejando libre paso a los movimientos fundamentalistas en el resto del mundo; en el político, fomentando severos recortes de la libertad individual y grupal que conviertan Occidente en una jaula para todos sus ciudadanos. Tal vez dorada, pero jaula al fin y al cabo.

Los acontecimientos que se precipitan tras el atentado a Charlie Hebdo obligan a una reflexión mucho más serena que las reacciones histéricas de todos los gobiernos de la UE. Efectivamente, los tres yihadistas muertos han conseguido, de entrada, un objetivo fundamental de la yihad, como es poner atas arriba todo el sistema de seguridad europeo en lo que respecta a la lucha antiterrorista. Lo que seguirá a continuación es más que previsible, en forma de un incremento sensacional de las dotaciones policiales destinadas a la lucha antiterrorista y, paralelamente, en un paquete de medidas que ponen los pelos de punta sólo con pensar en ellas.

Blindar Occidente es totalmente imposible sin una drástica limitación de la libertad individual y colectiva, y eso lo saben los gobiernos de todo pelaje que conforman el patchwork de la UE. No es una cuestión de izquierdas o derechas, es que actualmente ya estábamos en el límite de lo constitucional en tiempos de paz en lo que respecta a la vigilancia de la ciudadanía. Ante lo que se ha convertido en el embrión de un enemigo interior que se nutre de descontentos y desesperados que caen bajo el hechizo de la épica yihadista, la imaginación gubernamental parece limitarse a las medidas de corte policial, o mejor dicho, de corte militar.

Porque lo que está proponiendo desde muchas altas instancias es un estado de excepción permanente como respuesta a lo que se percibe, pero no se menciona, como una guerra contra el Islam. Una nueva cruzada en pleno siglo XXI, pero cuyo objetivo es la defensa del bastión occidental. Muchos siglos después, las tornas se invierten y es Europa la que se siente asediada por una forma de guerra sin frentes ni trincheras y que tendrá lugar en nuestras calles, ahora y en el futuro.

Quiero remarcar que el repliegue norteamericano de Irak primero y de Afganistán después podría tener causas estratégicas, aunque más bien somos muchos los que tenemos la sensación de que son económicas, sobre todo después de ver que la administración Obama se niega reiteradamente a acceder a la petición de diversos analistas de volver a enviar ciento cincuenta mil soldados a Irak nuevamente para poner fin a la escalada del Califato Islámico. Asumo que los costes políticos de tamaña decisión serían graves, pero teniendo en cuenta que el presidente no se juega una nueva reelección, es razonable argüir que algunas cabezas pensantes han asumido -correctamente- que al cercenar la cabeza de la hidra en el medio oriente lo único que han conseguido es que se reproduzca de nuevo con más fuerza que antes. Y en consecuencia, que Irak y Afganistán son causas perdidas y que lo mejor es replegarse. Pero eso significa que el caldo de cultivo del yihadismo estará en ebullición perpetua y que podrá seguir exportando comandos o lobos solitarios hacia Occidente para cometer sus atrocidades de guerra. Y también significa que al hacer las cuentas les sale que resulta más económico aumentar la seguridad interna a costa de las libertades civiles (una medida relativamente barata), que enviar de nuevo a centeneras de miles de efectivos a Oriente durante un tiempo indeterminado.

El yihadismo es multiforme y como la hidra, resurge allá y aquí de forma inopinada, aprovechando los resquicios que cualquier sistema democrático ha de tener necesariamente si se debe seguir considerando auténticamente democrático. No hay forma de blindar Occidente sin convertirlo en una pseudodemocracia puramente formal, pero donde la libertad individual y asociativa estaría tan mermada que en poco se diferenciaría de un régimen autoritario. Nada más que mirar las propuestas que están surgiendo estos días para tener un sombrío panorama de lo que nos espera.

Registro de pasajeros de vuelos, interceptación de comunicaciones sin autorización judicial, intervención o supresión de los servicios de mensajería instantánea, acceso ilimitado al contenido de las comunicaciones privadas por internet, limitación de los acuerdos de libre circulación de Schengen, sanción a la consulta de páginas web islamistas; ampliación de los delitos de opinión a quienes manifiesten simpatías próximas al fundamentalismo islámico (delitos cuya deriva doctrinaria es totalmente predecible y angustiosa), penas de cárcel o prohibición de viajar a quienes sean simplemente sospechosos de poder integrarse en grupos yihadistas, detenciones preventivas al estilo Guantánamo. Y un largo etcétera de propuestas europeas que ya vimos plasmadas en EEUU tras el atentado de las torres gemelas y que culminó con la Patriot Act y la creación de la Homeland Security, dos medidas terribles que confirman la paradoja de que la mayor democracia del mundo se haya convertido en un estado policial que vive en estado de excepción permanente. 

Los estados de excepción son comprensibles y están recogidos en casi todas las constituciones del mundo libre, pero tiene carácter estrictamente temporal y no pueden convertirse en la norma. Sobre todo porque si estas excepciones se llegan a poner en práctica, lo serán con carácter indefinido, ya que la yihad ha venido para quedarse durante muchos años. Bajo el peso de tanta seguridad nacional, se diluirán los valores democráticos y el efecto  secundario de ello será que cada vez más personas se cuestionen de qué lado estar. Un bonito aliño para la ensalada del yihadismo interno.

El mayor estado policial del siglo XX, la Alemania nazi, no pudo contener a la Resistencia francesa durante los años de ocupación. La republicana Francia del general de Gaulle no tuvo más remedio que acabar cediendo en Argelia, pese a la dureza empleada contra el FLN y la población argelina en general y a que tenía de su lado los brutales comandos de la paraestatal OAS. El mayor ejército del mundo, la US Army, no pudo contener a los "terroristas" internos del Vietcong durante la guerra del Vietnam. Nada, pues, hace pensar que el incremento de la presión policial dentro de nuestras fronteras vaya a significar que el yihadismo se haya de replantear sus postulados y su forma de actuar. Y mucho menos retroceder. Si somos libres, somos vulnerables ante la yihad. Si no somos libres, somos igualmente vulnerables ante la yihad, pero sobre todo somos vulnerables a una deriva autoritaria que otorgará cada vez más poderes excepcionales a nuestros miopes gobernantes a medida que los atentados se sigan sucediendo.Y acabarán usando esos poderes de forma indiscriminada contra la ciudadanía.

Así pues, la cuestión final no es si queremos más seguridad a cambio de un poquito de nuestra libertad. Tal como están las cosas la disyuntiva es mucho más contundente. ¿Queremos la seguridad o queremos la libertad?. Porque la seguridad que está por venir es totalmente incompatible con la libertad.

Y un corolario: tal vez ha llegado el momento de asumir riesgos para mantener la libertad que tantos años ha costado conquistar. 

lunes, 5 de enero de 2015

Retirada en Afganistán

Con bastante discreción se ha puesto fin el pasado 31 de diciembre a la presencia occidental en Afganistán. En resumen: trece años de guerra, cuatrocientos mil soldados desplegados, casi  veinte mil bajas aliadas, de las cuales tres mil quinientas son soldados de la alianza internacional;  veinte mil bajas civiles por lo menos y un coste de seiscientos mil millones de euros. Y un resultado: una guerra perdida. Como ocurriera con las fuerzas de ocupación rusas, que durante catorce años intentaron doblegar sin éxito a los rebeldes afganos, la guerra más larga (hasta el momento) del siglo XXI, acaba con una estrepitosa derrota, pese a los alardes de pacificación y democratización que los sucesivos presidentes USA han pretendido colar a la opinión pública nacional e internacional.
 Pero lo cierto es que excepto la muerte de Osama Bin Laden –que no tuvo lugar en Afganistan, sino en Pakistán y ante las mismas narices del gobierno de Islamabad- muy pocos son los tantos que se puede apuntar la ISAF (la fuerza internacional de pacificación USA-OTAN) y muchos menos los que pueda anotarse en su casillero la diplomacia occidental. Como ya ocurriera con Vietnam, y menospreciando la premonitoria debacle rusa en Afganistán durante los años ochenta, los errores de cálculo han sido constantes y sus efectos terribles. La realidad es que por mucho maquillaje que quiera darse al asunto, Afganistán sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo, donde los derechos civiles son papel mojado y la democracia un esperpento, y donde el gobierno y el parlamento electos viven asediados en Kabul, que es el único sitio de todo el país en el que puede decirse que existe un asomo de “occidentalización” de la vida política.
 El fracaso es más que estrepitoso si ponemos los números en su justa dimensión. Acostumbrados como estamos a que las matanzas de guerra se cuenten por centenares de miles, el hecho de que Occidente haya tenido"sólo"  tres mil quinientas bajas puede parecer poco relevante, pero se mire como se mire, son muchos muertos para tratarse un empeño personal del presidente Bush y su sucesor. Son más muertos que los que causó el ataque a las Torres Gemelas en 2001. Pero si sumamos todas las bajas aliadas y civiles nos vamos a una cifra de cuarenta mil muertos, que son muchísimos más que todos los muertos causados por atentados yihadistas en el mismo período. Es decir, que en términos de vidas humanas, la intervención en Afganistán ha reportado más bajas propias que las que quería vengar Bush, así como de las que deseaba prevenir después de la venganza inicial.  Se mire por donde se mire, un descalabro fenomenal.
 La promesa del presidente Bush, es decir, hacer del mundo un lugar más seguro, se quedó en eso, en una vacua promesa efectuada ante el clima de desesperación causado por los atentados del 11S. El mundo hoy en día es bastante más inseguro que en 2001, la contabilidad de los muertos como consecuencia de los combates en Afganistán resulta escalofriante, y además hemos de sumar el coste económico acumulado, que sólo puede calificarse de brutal. Los seiscientos mil millones de euros invertidos en perder la guerra afgana podrían ser la causa primera del big bang bancario mundial que terminó con la gran crisis del 2008, que aún padecemos. Según algunos analistas, no puede obviarse que los costes directos e indirectos de una operación militar de esta envergadura siempre se trasladan de una forma u otra a la sociedad civil, que acaba pagando su peaje no sólo en forma de vidas humanas, sino también de pérdidas económicas y laborales. Esa cantidad astronómica de millones podría haberse invertido de formas mucho más razonables, y sobre todo, que no tuvieran un impacto tan directo y perdurable en las vidas de millones de familias occidentales, que siempre vieron la intervención en Afganistán como una excusa –de las muchas que empleó el inepto presidente Bush- para favorecer a unos determinados intereses del complejo militar-industrial estadounidense.
 Es a eso (enlazando con mis últimas entradas sobre la yihad) a lo que me refiero cuando afirmo que el fundamentalismo islámico está ganando la guerra de una forma mucho más sutil, pero no menos evidente, que la de los conflictos armados convencionales. El enorme despilfarro de vidas y recursos que han significado los trece años de guerra no son baladíes; son el precio más caro que ha pagado jamás occidente por una farsa que no puede calificarse siquiera  de victoria pírrica. En realidad, hay que retroceder a 1978 y revisar los catorce años de ocupación soviética para ver hasta qué punto los costes añadidos de la primera guerra de Afganistán tuvieron mucho que ver con la caída del régimen comunista de Moscú, azuzados por la estrategia  del presidente Reagan de forzar el hundimiento de la antigua URSS por la vía de hacer inasumibles los costes de su presupuesto militar. Sin embargo, y parafraseando una frase memorable de una conocida serie de televisión “no puedes criar serpientes en tu jardín y esperar que sólo muerdan al vecino”.  
 Y así ha sido, en efecto. El remedio militar no ha servido de nada, porque las serpientes están bien atrincheradas allá, en las montañas lejos de la capital; respaldadas por comunidades musulmanas no sólo en Pakistán, sino en todas las exrepúblicas soviéticas musulmanas de Asia central, y porque la fuerza del movimiento talibán, como todos los fundamentalismos, reside en su enorme capacidad de convicción y de movilización frente a un enemigo que es fácilmente identificable: es extranjero, es infiel y es contrario a las costumbres del país y a los usos del Islam. En Afganistán sólo puedes vestir a la occidental en Kabul, y eso mientras ha durado la protección de la ISAF. En otros lugares vestirse así es como ponerse una diana en el pecho. Por ese motivo, y bajo el eufemístico argumento de “colaborar en las tareas de formación de las fuerzas de seguridad afganas”, quedará un contingente de unos once mil hombres de la US Army, cuya misión, en realidad, es impedir que Kabul caiga de nuevo en manos yihadistas. En resumen, su misión es mantener viva una democracia títere y totalmente dependiente de la ayuda occidental, en la que no creen ni sus propios representantes.
 El nuevo ejército afgano se percibe de una endeblez aplastante, si no es que ya está contaminado por quintacolumnistas talibanes que a las primeras de cambio se pasarán al otro bando con armas y bagajes. El régimen político proocidental es tremendamente débil, y ni siquiera puede garantizar el apoyo popular real en la mismísima Kabul. Ni que decir tiene que, fuera de la capital, nadie considera al gobierno democrático como legítimo. Y los señores de la guerra siguen siendo auténticos señores feudales en todas sus zonas de influencia, que son casi todas. Un ejemplo más de que la democracia ni se exporta ni se importa, y mucho menos  se impone, sino que se debe percibir como legítima por el pueblo. La democracia debe permear el tejido social antes de pasar a formar parte de la estructura política estable de una nación. Ningún régimen político puede mantenerse indefinidamente sin el apoyo de una base popular amplia, que lo comprenda, lo asimile, lo respete y lo integre en su modo de vida.
 Parece mentira que sesudos analistas occidentales sentencien que ninguna dictadura puede mantenerse indefinidamente sin un considerable apoyo popular, y no perciban que esa afirmación es totalmente simétrica y compatible con la democracia. Ninguna democracia puede triunfar si no es con el respaldo popular mayoritario; y olvidar esta premisa es algo muy estúpido, porque pretende equiparar la democracia liberal como la cúspide del buen hacer político, como el punto final de la evolución política, cuando en realidad  la historia de la humanidad no respalda esa creencia, mucho más banal de lo que parece a primera vista. Como ya se ha dicho en otros foros, hay que recordar que la democracia liberal de partidos es un invento muy reciente, que nada tiene que ver con la democracia griega del período clásico, y que por tanto, su preeminencia futura no puede ser afirmada sin ciertas precauciones. Ése es el tipo de error en el que caen algunos desconocedores del auténtico significado de la evolución, puesto que creen que el hombre es la cúspide de la evolución animal sobre la tierra, cuando nada está más alejado de la verdad, ya que el ser humano es una de muchísimas ramas evolutivas diferenciadas en las que ninguna tiene especial preeminencia sobre las demás. No somos el vértice de nada, y aún está por demostrar que no seamos un camino sin salida evolutivo, por muy homocéntricos que seamos en nuestra interpretación del mundo. Lo mismo sucede con la democracia liberal moderna: es una más de tantas ramas del pensamiento y de la acción política, sin que pueda ponérsela en la cúspide de los regímenes políticos sin tener en cuenta los aspectos evolutivos, tanto sociales como culturales, económicos y temporales, que influyen en su desarrollo.
Por el momento, la frágil democracia afgana se sostiene con imperdibles made in USA, pero debemos recordar que ese sostén se basa sobre mucha sangre derramada inútilmente y sobre muchos recursos económicos sustraídos a la ciudadanía de las democracias occidentales. Churchill prometió a los británicos sangre, sudor y lágrimas, pero a cambio de vencer en la contienda contra la Alemania nazi. A nosotros nos han dado sangre, sudor y lágrimas a sabiendas de que era una causa perdida. Deberíamos tenerlo en cuenta la próxima vez que visionarios estúpidos (o no tanto) pretendan embarcarnos en una nueva y colosal tragedia internacional.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Yihad, la guerra que no podremos ganar (II)

En los prolegómenos de esta Navidad cristiana tan desnaturalizada que ya ni recuerda su origen pagano de celebración de la vida y del nacimiento del sol, del que con tanta picardía y no poca desvergüenza se apoderó la primitiva Iglesia romana, resulta esclarecedor ver cómo la perversión de los valores de la sociedad occidental y su sustitución por un sucedáneo de falsa y ñoña espiritualidad, que dura lo mismo que duran los horarios comerciales navideños, ha podido influir en este distanciamiento cada vez mayor que sienten las sociedades no prooccidentales respecto a nosotros. Con el Islam a la cabeza.

Pese a que algunas de las familias más atrozmente ricas y consumistas del planeta son musulmanas, la mayoría del Islam la forma un conjunto de comunidades que en su diversidad encuentran un punto de encuentro en una espiritualidad y una conciencia de la trascendencia de lo humano hacia lo divino infinitamente superior a la de la sociedad cristiana. Sus valores no materiales son mucho más sólidos y están mucho más anclados en la esencia misma de sus sociedades. Y no es de extrañar que ése sea uno de los motivos por los que ven en nosotros la encarnación del mal. Porque tal vez nosotros empezamos también a vislumbrar que tal vez es cierto que somos la encarnación de un mal moral corrosivo y profundo. Pese a las numerosas voces que claman en el desierto, somos una sociedad decadente, centrada en el bienestar material y en el consumo. Y eso hubiera sido repugnante no sólo para un musulmán, sino para un cristiano de raíces humanistas, de los que ya cada vez quedan menos y con menos voz.

Por otra parte, incluso nuestros analistas yerran el tiro respecto al Islam en su conjunto. Hace poco un especialista afirmaba que los fundamentalistas islámicos son pocos, tal vez sólo el uno por ciento de la población musulmana, pero que tenían la fuerza de un tsunami nuclear. Estoy de acuerdo en la segunda parte de su afirmación, pero escasamente en la primera. Me temo que el porcentaje de fundamentalistas, tanto los que lo son por convicción como los que engrosan el número por mera oposición al estilo de vida occidental (y lo que representa de amenaza a la concepción espiritual de su mundo) es mucho más elevado. Pero aunque así fuera, el uno por ciento de más de mil cien millones de personas es un ejército de once millones de individuos dispuestos a casi todo para defender su causa.

Tanto dan once como ciento once millones, pues Occidente no tienen nada comparable que oponer, ni en número ni en intensidad de su fe. Sobre todo porque la historia reciente de la relación con el mundo islámico es la de un continuo desprecio occidental por sus usos y costumbres. Y cualquiera que sea miembro de una nación vilipendiada  sabe positivamente que ese desprecio lo único que consigue es reforzar los lazos internos de su comunidad, reafirmar los principios sobre los que se asienta una sociedad, y más que todo eso, aglutinar sentimientos diversos para hacer frente común contra el que se percibe como enemigo amenazante. Eso vale para todo, como bien sabemos los catalanes, y deberían saber todos los españoles. Algo que también saben muy bien los judíos del mundo entero.

Una causa, la judía, sobre la que se cimentó en gran parte el odio antioccidental de los países musulmanes. El gravísimo error que cometió Occidente fue primar a unos pocos millones frente a una masa humana que les centuplicaba a nivel mundial y que desde el punto de vista demográfico, no ha hecho más que crecer de forma exponencial en las última décadas. El primer agravio se vió luego aumentado decenio tras decenio por unas políticas occidentales de apoyo exclusivo a Israel y a aquellos socios musulmanes que lo eran por meras cuestiones estratégicas, como el caso de la atlantista Turquía (pero no por vocación social mayoritaria, como lo demuestra actualmente el predominio de no uno, sino dos partidos de corte islamista) o el Irán de la época del sha. Cuidar de Israel como oro en paño y menospreciar y explotar a las jóvenes naciones musulmanas que nacieron tras finalizar la segunda guerra mundial fue un error garrafal que abonó el campo del odio de las generaciones posteriores.

Lo cierto es que el estilo de vida occidental, por el que parecen suspirar muchos jóvenes del mundo islámico (pero ni mucho menos la mayoría, si prescindimos de ese enfoque eurocéntrico del que padecen muchos documentales al uso) no es la panacea, y dudo mucho de que en caso de imponerse llegara a calar más allá de un par de generaciones, porque es un modo de vida que bajo el pretexto de la libertad individual, aniquila toda aspiración espiritual. Es una vida vacua y que conduce a muchos de nuestros jóvenes a un nihilismo existencial que está desembocando, vaya una paradoja, en que se alisten voluntariamente con los yihadistas que luchan contra nosotros.

Es de una nitidez aplastante sobre  el erróneo concepto que tenemos de lo que está sucediendo que la respuesta de los gobiernos occidentales a ese reclutamiento yihadista de nuestros jóvenes sea la respuesta penal, porque añade uno más a la ya larga lista de agravios que acrecienta el odio del Islam radical contra nosotros. Es irónico que yo pueda alistarme por dinero como mercenario para combatir en cualquier país y asesinar a cientos de personas sin ningún otro motivo que un salario elevadísimo y no ser castigado por ello; mientras que un joven idealista contrario a nuestros intereses no pueda alistarse en la yihad contra occidente y se le acuse de terrorismo. Doble error, porque la yihad no es terrorismo, es una guerra en toda regla, que se libra en múltiples frentes y con múltiples apariencias. Es una guerra multiforme y caleidoscópica, y reducirla a la simplificación de mero terrorismo resulta de una banalidad facilona que no ayuda en nada a la causa occidental.

Como siempre han dicho los historiadores con dos dedos de frente y valor suficiente para liberarse del yugo del pensamiento único, tampoco eran terroristas los guerrilleros españoles de la guerra del francés; ni los vietcong que derrotaron al hasta entonces invicto ejército yanqui en Indochina. Terrorista es un concepto que aplica el poder dominante al subyugado, y que por tanto, es claramente reversible. Mejor no olvidarlo para futuras ocasiones. Y si algún pusilánime pretende diferenciar al terrorista porque ataca objetivos civiles, y tal como muchos musulmanes nos recuerdan, el bombardeo de Dresde, la bomba de Hiroshima y las barbaridades del ejército estadounidense en Vietnam, Camboya y Laos se dirigieron casi exclusivamente contra la población civil. Y no digamos ya las matanzas de Sabra y Shatila cometidas por el ejército israelí en campos de refugiados palestinos. Al parecer de algunos pensadores occidentales aquello no era terrorismo porque las ordenaba cínicamente un poder legítimo, pero resulta que también es legítimo el poder islámico que ordena las ataques contra Occidente, por muy que nosotros nos identifiquemos con la defensa de un estado de derecho que sólo lo es cuando nos interesa. 

Porque las últimas encuestas demuestran que en muchos países de Occidente, la ciudadanía empieza a aprobar el uso de la tortura contra los yihadistas como medio de obtención de pruebas e información relevante para los servicios de inteligencia. Como ya advertía en mi anterior entrada, eso demuestra un debilitamiento generalizado del estado de derecho y de las libertades civiles. Se empieza por aprobar la tortura contra los fundamentalistas islámicos, y se acaba aceptando que al vecino del segundo le arranquen las uñas con unas tenazas porque su pensamiento político difiere del oficial. En ese sentido, no sólo es que esta guerra no la podremos ganar, sino que ya la estamos perdiendo hoy.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Yihad, la guerra que no podremos ganar

Cuando Ronald Reagan inició en los primeros años ochenta una carrera armamentística sin precedentes que había de culminar con el proyecto de la "guerra de las galaxias", muchos no entendieron el objetivo principal de aquella iniciativa hasta que sus frutos no se vieron al cabo de unos pocos años. El objetivo era acabar con la Unión Soviética, pero no del modo que la mayoría imaginaba, sino obligándola a arruinarse siguiendo una espiral de costes de defensa que finalmente no pudiera soportar. El fin era acabar con un ya tambaleante coloso comunista y tras él hundir a todo el bloque soviético sin necesidad de disparar ni un sólo tiro.

La estratagema funcionó y pocos años después la URSS inició su camino hacia la democratización, pero sobre todo hacia la liberalización de una economía que ya no daba más de sí. Reagan ganó así la guerra fría, transformándola en una soterrada guerra económica en la que su contrincante no pudo subir las apuestas porque se quedó sin fondos para envidar.

Los yihadistas de todo pelo que actualmente operan en todo el mundo también siguen una estrategia similar, en la que no sólo persiguen el hostigamiento económico de occidente, sino el debilitamiento del sistema democrático desde dentro. Al Qaeda, el Estado Islámico y otros grupos fundamentalistas son totalmente conscientes de que no pueden provocar un levantamiento mundial contra Occidente ni infligirle una derrota militar definitiva al estilo de las guerras tradicionales. Por eso, sus acciones van dirigidas a causar terror, inestabilidad y reducción de los derechos civiles. Y todo ello con un coste astronómico desde el punto de vista presupuestario.

El islamismo radical tiene muy poco que perder en este envite. A lo sumo, vidas humanas fácilmente reponibles en un entorno que es un semillero de odio hacia occidente y todo lo que representa. El vientre del fundamentalismo es fecundo y lo seguirá siendo mientras las sociedades musulmanas no acepten la senda occidental del liberalismo consumista y laico. Es decir, nunca. Porque la esencia de la sociedad musulmana es la que marca su religión, y en cambio Occidente hace mucho tiempo que dejó de ser cristiano, por mucho que nominalmente la mayoría de su miembros lo sean, y algunas minorías sean tan fundamentalistas como sus oponentes musulmanes.

La ausencia de un ideal aglutinante común tan poderoso como la religión tiene al bloque occidental en una posición sumamente desventajosa. El frenesí religioso de las Cruzadas de la Edad Media que permitió que Europa se lanzara a la conquista de Tierra Santa como un solo hombre es algo impensable hoy en día, no tanto por el esfuerzo económico y colectivo que significaría como por la imposibilidad de sumar fuerzas suficientes entre la sociedad civil. Una sociedad civil anestesiada por el desfallecer político general, que esencialmente se centra en los aspectos  económicos de unas democracias totalmente invertebradas y en crisis sistémica.

Una falta de vertebración colectiva frente al boque musulmán que hace imposible cualquier tipo de confrontación directa con los yihadistas. Como máximo permite enfrentamientos a escala regional, con los escasos resultados que todos hemos visto en Afganistán, Iraq y Siria. Y además con un coste económico brutal, que ha obligado incluso a los poderosos Estados Unidos a replegarse paulatinamente, dejando allí gobiernos títere cuya influencia real es más que relativa fuera de los principales núcleos de población, como sucede en Afganistán.

Los afganos siempre han presumido de que su tierra es el cementerio de grandes imperios. Tanto su estructura social como sus modos de vida han permitido organizar resistencias invencibles a poderosísimos ejércitos, tanto rusos como americanos.Los ejércitos modernos tienen unos costes operativos abrumadores y ni siquiera una gran superpotencia puede enfrentarse adecuadamente a las guerrillas islamistas de forma indefinida sobre un territorio amplísimo en la que los habitantes son siempre más condescendientes con los talibanes, por poner un ejemplo, que con los extranjeros, por muy liberadores que se presenten a sí mismos.

Los territorios musulmanes son un polvorín yihadista en el que la cultura imperante no se rige por los valores occidentales de individualismo, laicismo y liberalismo. La cultura musulmana es comunitaria, religiosa y antiliberal. Y es así apoyada por un gran grueso de la población, a despecho de los sectores minoritarios más occidentalizados de las grandes zonas urbanas, muy influidos por siglos de ocupación occidental, por la educación de sus élies en Europa y Estados Unidos y por lazos económicos derivados de la globalización pero cuyos tentáculos apenas se alejan unos pocos kilómetros del epicentro urbano en el cual ejercen su escasa influencia sociopolítica. Basta salir de algunas de las grandes capitales del mundo musulmán para ser conscientes de que el control real de la sociedad está en manos de los imanes y no de los políticos.

El único freno a que la situación se desborde completamente se debe a que dos de los principales países del mundo musulmán se apoyan sobre el puntal de ejércitos todopoderosos, bien armados y pertrechados por Occidente. Es una relación de mutua necesidad que ha creado una élite militar aliada de conveniencia de Occidente por los inagotables recursos militares y económicos que les aporta el bloque atlántico. Pero lo que  no se puede obviar es que tanto Egipto como Pakistán realmente odian a Estados Unidos y todo lo que representa, y la contención militar puede haber dado resultado hasta ahora, pero sólo es eso: un muro de contención de un islamismo que se sigue extendiendo por las trincheras de la sociedad civil de esos dos países y sus áreas de influencia.

Para el yihadismo, el coste de las operaciones militares y terroristas es muy bajo en relación con el equivalente asumido por los ejércitos occidentales. Un yihadista no se hace, sino que casi nace. No hay costes de adoctrinamiento, y con un entrenamiento militar básico sus líderes disponen de hombres tal vez mal pertrechados militarmente, pero absolutamente equipados ideológicamente con una carga de convicción que supera con creces a la de cualquier arsenal que pueda portar un soldado yanqui en su mochila.

Por otra parte, el coste de las bajas militares es totalmente desigual en ambos bandos. Mientras que un soldado occidental perfectamente entrenado tarda muchos meses sen ser operativo y el coste de su formación es altísimo, sobre todo si se trata de un miembro de fuerzas de élite, el yihadista islámico ya esta "preformado" antes de ingresar en la milicia, y su entrenamiento es mucho más básico y sencillo. Por lo tanto, es mucho más fácil para los líderes de la yihad reponer sus bajas que para los mandos occidentales. Todo ello sin contar con las distintas repercusiones sociales de los muertos de uno y otro bando. Los yihadistas crean escuela, son mártires heroicos cuyas muertes sirven para alistar a más miembros para la causa. En cambio, los ataúdes envueltos en banderas que aterrizan regularmente en Occidente suponen un coste emocional insoportable a la sociedad civil, que no acaba de comprender qué hacen sus jóvenes muriendo inútilmente lejos de casa.

A todo ello hay que sumar la progresiva deriva autoritaria de las leyes occidentales para la represión del yihadismo. Todas las legislaciones occidentales llevan recortando los derechos civiles desde el 11-S. Hace poco todo el mundo pudo ser testigo de las afirmaciones de un antiguo alto directivo de la NSA norteamericana afirmando que la defensa de nuestro estilo de vida tiene unos costes que no podemos omitir, en relación con las acusaciones de espionaje masivo efectuado por la NSA y revelados por el "traidor" Edward Snowden. Lo que vino a decir la NSA, y con ella todos los servicios de inteligencia occidentales, es que si queremos conservar nuestro estilo de vida liberal y consumista, algún precio hay que pagar en forma de recortes a la libertad personal.

Sin embargo, la libertad personal individual es el fundamento básico de las democracias occidentales. Si perdemos eso y no ganamos nada a cambio, sino solamente seguir siendo el escaparate consumista mundial, lo que hacemos es devaluar totalmente el concepto de democracia. Y un Occidente desideologizado, laico y con libertades devaluadas constituirá un bloque sin ningún arma no estrictamente militar que oponer al yihadismo internacional.

La consecuencia lógica de todo ello es que esta guerra la vamos a perder. Las tasas de natalidad de las sociedades musulmanas son mucho más elevadas que las occidentales: tienen más futuros soldados de Alá. Las sociedades musulmanas son menos permeables a los cantos de sirena del consumismo occidental: son pocos los que se sienten atraídos por nuestro modo de vida. Las sociedades musulmanes son fundamentalmente teocráticas: prima mucho más la religión que cualquier otra consideración de orden social o político. Las sociedades musulmanes anteponen lo colectivo a lo individual: son capaces de muchos más sacrificios que las occidentales. Los sociedades musulmanas tienen unos costes de funcionamiento muy inferiores a las occidentales: tienen mucho menos que perder. Las sociedades musulmanas son, en resumen, el caldo de cultivo perfecto para el yihadismo antioccidental. Bin Laden lo sabía, y es significativo que predomine  su figura de instigador del 11-S, cuando es mucho más relevante el legado que dejó tras su muerte: un proyecto a largo plazo; una partida de ajedrez en que el tablero es mucho más complejo y contrario a los intereses occidentales de lo que cualquiera de nosotros puede llegar a imaginar.

Y no hay contramedida alguna de tipo diplomático o económico que pueda ser suficiente para frenar el empuje yihadista. Mientras exista caldo de cultivo suficiente, el yihadismo prosperará igual que han prosperado otros movimientos radicales en otros lugares y contextos. En esos otros contextos, o bien esas opciones radicales triunfaron de un modo u otro, o bien fueron exterminadas por ser minoritarias, o se consiguió su extinción por medios políticos y policiales tras conseguir el repudio de la sociedad civil (como ha sucedido en la caso de ETA en España  o el IRA en Irlanda del Norte). Pero el yihadismo no es susceptible de ese tipo de remedios: un territorio demasiado extenso y una base  humana enorme y firmemente convencida hacen imposible tanto el exterminio como la extinción, ni siquiera provocando la tercera guerra mundial.

Y no hay que ser ilusos respecto a la posibilidad de que con el tiempo el yihadismo se debilite social y políticamente, porque la única alternativa que les podemos ofrecer es nuestro modo de vida. Y eso es inviable durante los próximos decenios. O siglos; y para entonces el desgaste político y social que habremos sufrido será tan grande que no nos quedará más remedio que  encerrarnos tras nuestros muros para defendernos, cada vez más acorralados y empobrecidos por unos gastos de defensa antiterrorista monstruosos. Bin Laden sabía esto, y también sabía que su partida contra Occidente era de largo recorrido, y que el núcleo de nuestro modo de vida era muy vulnerable. Y que la cuestión era darnos jaque tras jaque. A lo máximo que podemos aspirar es a unas tablas, pero el precio que pagaremos por alcanzarlas será terrible.Y sólo por eso, la yihad habrá ganado la guerra.

viernes, 5 de diciembre de 2014

La Vida de Bryan a la catalana

En una memorable secuencia de "La Vida de Bryan" se escenifica como todos los judíos odian a los romanos, pero están divididos en múltiples facciones cuya enemistad mutua es más fuerte que su oposición a Roma. Una transposición hilarante al principio de la era cristiana de un fenómeno recurrente y tan antiguo -me temo- como la humanidad misma y que nos muestra cuán difícil resulta poner de acuerdo a grupos que tienen un objetivo común pero que difieren en las formas de lograrlo.

Unas diferencias que casi siempre tienen mucho más que ver con el egoísmo colectivo que con una auténtica cuestión ideológica. Y en el peor de los casos, con las ganas de chinchar al posible aliado, o de perjudicarlo, aún a costa de no poder lograr el objetivo principal. La historia reciente de Europa rebosa de ejemplos, desde la revolución francesa hasta la rusa, donde las prioridades partidistas estuvieron a punto de echar al traste el impulso revolucionario. Hasta que, claro, una de las facciones exterminó a las otras y se impuso como única vencedora e impulsora del cambio político. El precio que se pagó fue el de mucha sangre vertida de forma absurda, cosa por otra parte  habitual en el género humano.

Sin ejemplos tan tremebundos, pero igualmente ilustrativos, los libros de historia están salpicados de decenas de confrontaciones políticas, algunas de ellas muy enconadas, entre formaciones que aunque pretendían un mismo fin, priorizaron la victoria sobre el compañero de viaje a la unión de fuerzas para conseguir un triunfo que en muchos casos estaba a la vista. Se perdieron años y energías preciosas, y en más de una ocasión, se acabó perdiendo la consecución del anhelado objetivo.

Los romanos, pueblo práctico e inteligente como pocos, fundamentaron su imperio en la aplicación de la máxima divide et impera, que sacaba partido de esta competencia entre posibles enemigos para mantenerlos sojuzgados y fieles a Roma. Un divide y vencerás que los ingleses también utilizaron profusamente para construir y mantener el imperio británico hasta bien entrado el siglo pasado. Teniendo enfrentados a los posibles pueblos levantiscos, romanos e ingleses consiguieron durante siglos mantener la primacía de sus respectivas metrópolis sin apenas más esfuerzo que el de sembrar la discordia entre aquéllos e impedir alianzas peligrosas que pudieran apuntalar un frente común contra los designios imperiales.

Que de la historia no aprende nadie (y menos los políticos) es algo que de tan evidente resulta obvio, pero es deprimente que tan entrado el siglo XXI y con tanta presunción de civilización avanzada, todavía estemos en las mismas y en nuestra misma casa. Porque el sainete que están representando las formaciones políticas catalanas es la enésima reproducción de la escena de La Vida de Bryan, sólo que ahora la cosa va en serio y no da ni pizca de risa. Sobre todo porque hay un enorme movimiento ciudadano transversal que pide la unión de las fuerzas soberanistas para conseguir poder votar la independencia y salir de este impasse en el que llevamos ya algunos años.

Y encima le hacen el caldo gordo al gobierno español, que debe frotarse las manos con fruición al ver escenificado el pleito entre los partidos del Sí sin tener que mover ni un dedo para hacer campaña en contra. Ese trabajo de zapa gratuito que están haciendo los partidos catalanes bajo sus propios cimientos es sorprendente, como mínimo, porque traiciona una de las máximas sobre las que reposa el arquetipo catalán del seny. 

Que ERC, por ejemplo, pretenda salvaguardar su potencial electoral y no quedar diluida a costa de un resurgimiento de CiU podría parecer legítimo si lo que estuviera en juego no fuese el futuro de todo un país, que no pertenece a unos ni a otros. En los siglos venideros tanto CiU como ERC, como el PSC o Iniciativa ciertamente desaparecerán, pero Cataluña seguirá existiendo, y su futura articulación con España y Europa será fruto exclusivo de lo que hagan hoy sus dirigentes políticos.

Dirigentes que están más ocupados en hacer números con los votos y los escaños que en alentar la tan traída y llevada consulta sobre el derecho a decidir. Y que, visto lo visto, están dispuestos a ignorar lo que una parte sustancial de la sociedad catalana les reclama. Porque un sector muy importante de sus votantes potenciales clama por la unidad de acción que, guste o no, pasa por formar un frente común aún a costa de que después se ponga en riesgo el éxito electoral de cada partido. 

Desde Madrid nunca han entendido que el tema del derecho a decidir y el potencial independentista brotan de la ciudadanía y permean a los partidos políticos, y no a la inversa. Ha sido así desde el principio, y la confrontación en Cataluña de estos días lo pone tristemente de manifiesto. Los partidos políticos nunca han visto con agrado a los movimientos transversales y siempre han tratado de capitalizarlos, engullirlos, disolverlos, o en el peor de los casos, ningunearlos. La ANC debería tomar nota de lo que hicieron los militantes del 15M cuando comprendieron, muy al principio de todo, que ningún partido asumiría la regeneración política por la que clamaban los Indignados. Y acto seguido fundaron Podemos, como plataforma política para llevar a cabo la petición transversal de un sector transversal de la sociedad, cuya aspiración es la de cambiar primero el sistema, para después centrarse en las cuestiones de segundo nivel, es decir, todas las demás. 

En Cataluña estamos en las mismas. En este momento, y a estas alturas del debate, resulta ilusorio pretender que los problemas más acuciantes a este lado del Ebro sean la economía, el desempleo, la corrupción y la madre que los parió a todos. Eso son problemas sociales, que serían de primer orden si el modelo de estado no estuviera en cuestión. En este momento, el problema político fundamental es la articulación del estado, y hasta que no se resuelva ese tema, el run run independentista seguirá caldeando el ambiente y aumentando la presión. Pero si se pretende cerrar en falso el debate, en unas elecciones con los partidos del Sí acudiendo por separado, el asunto durará unos cuantos años más. Y las incertidumbres y la desafección a España seguirán creciendo en las nuevas generaciones.

Los judíos sólo pusieron fin a su milenaria diáspora cuando dejaron de lado las disputas internas y cualquier otro asunto que no fuera el de crear un estado propio. Ésa y no otra fue la base del sionismo, y gracias a él, consiguieron por fin establecerse como nación independiente. Concluyo: los únicos que realmente ganarán si los partidos del Sí se presentan por separado son los romanos. Como en La Vida de Bryan.










jueves, 27 de noviembre de 2014

Mundos distópicos

El conflicto entre los defensores de la legalidad, esos talibanes del orden establecido, y los partidarios de la ética, esos sospechosos habituales de minar el orden establecido, no es exclusivo de este país. Por desgracia para el género humano y regocijo de ese Dios que, de existir, debe divertirse de lo lindo con los delirios de sus criaturas, suelen ganar los primeros por goleada año tras año, era tras era, desde el inicio de los tiempos.

Mucho puede aportarnos nuestro entorno, presuntamente avanzado, de estados que presumen de derecho (ya ni me atrevo a usar el término “democráticos”) y que por la vía del imperativo legal están consiguiendo destrozar el tejido social al que pretenden amparar, so pretexto de que la legalidad que conciben sus dirigentes es tan sagrada e intocable como las tablas de la ley que libró Yavéh a Moisés en un arrebato legislativo digno de mayor encomio.

En fin, que en todas partes cuecen habas, y en todas se les pasa el cocido y les queda un mejunje pastoso que sus cocineros, aún así, nos muestran como una alta creación culinaria y exégesis de todos los beneficios salutíferos para el alma de este vapuleado cuerpo social. Manda cojones para que a estas alturas, y con tanta insistencia en la democracia, la constitución, la madurez democrática, el estado de derecho y unas cuantas zarandangas más, pretendan hacernos un alisado japonés de las circunvoluciones cerebrales a fin y efecto de que nuestro pensamiento sea más acrítico que el de una morsa. O una Soraya, que es la que da la cara en España por las majaderías de su gobierno, y encima se las cree, con esa pinta de alumna aplicada de primera fila de pupitres.

Las cosas como son, y los judíos a la suya. Con un considerable sesgo interpretativo de lo que debe ser un estado de derecho, pretenden constituirse en “estado judío”, con todas las connotaciones que tiene semejante imbecilidad desde el punto de vista histórico, social y ético. Porque ahora nos saldrán con que tal definición es una respuesta al clamor social y etcétera, pero la realidad es que de seguir adelante, tendremos el primer estado “demoteocrático” del mundo, donde la frontera entre la primacía del demos y la del teos va a quedar más diluida que las aguas del Llobregat en el Mare Nostrum. Engendro teocrático-racial, éste, que dará mucho que hablar, pero que será rigurosamente legal y sacrosantamente intocable hasta que alguien en su sano juicio y con el debido apoderamiento, derogue semejante bestialidad. Y así la Soraya hebrea de turno podrá decir, entre cariacontecida y amenazante, que eso no se toca, y que los israelíes que no sean judíos en cambio serán jodíos hasta el juicio final. Amén.

En el otro extremo del globo, pero no menos esquizofrénico por mucho que sea el policía del mundo mundial, tenemos a unos EEUU en los que el empeño en una cierta perspectiva de la legalidad wasp les conduce sistemáticamente a brotes de violencia racial que les dejan las calles y la imagen hechas unos zorros. El caso norteamericano es curioso porque ha sistematizado en la bochornosa figura del jurado el prejuicio racial como base sobre la que sustentar el sistema judicial penal (algo que da grima a cualquier espíritu medianamente crítico e independiente) y por otra parte se acoge a la sagradísima Constitución de nuevo (se ve que es un leit motiv del democratíquisimo poder establecido a este lado de los Urales) para seguir manteniendo, contra viento y marea, que todos los yankis puedan portar armas como si cualquier cosa, aunque por el camino se hayan convertido en la sociedad más gratuitamente
violenta de Occidente si descontamos a las repúblicas bananeras centroamericanas que tan deudas son del sistema norteamericano para resolver las disputas.O sea, a tiros.

En resumen, que la legalidad americana es de tal magnitud que un si un policía acribilla a un niño de doce años porque es negro y lleva una pistola de juguete hay que absolver al policía porque el gatillo fácil lo tiene cualquiera, ya se sabe; y sobre todo con esos negratas urbanos, que cuanto más jóvenes, más peligrosos son. Así que pelillos a la mar y el poli a su casa. Como el inocente y eficiente policía judío que le asestó dos tiros bien dados por la espalda al palestino que huía y luego alegó defensa propia aunque las cámaras lo habían grabado y lo ha visto medio mundo (el otro medio ha preferido no verlo para no tener que reconsiderar según qué apoyos prestan a Israel). Y es que claro, un palestino huyendo es mucho más peligroso que un palestino muerto, válganos Yavéh.

Así que si nuestra Soraya fuera yanqui, me gustaría viéndola justificarse con ese posado suyo tan serio, trascendental y estudiado, y con ese tono de perfil aparentemente sosegado pero retador y aguerrido, afirmando con contundencia que la legalidad es así, y porque unos cuantos cientos de miles de negros de mierda se subleven en las principales ciudades norteamericanas, el gobierno no tiene que reconsiderar su política sobre el uso y tenencia de armas porque la Constitución, ante la que todos nos arrodillamos y persignamos, no permite semejante cosa.

O bien imaginarla como ministra de parafernalia sionista, rezongando en hebreo que la constitución del estado judío es sólo para los judíos, y que el resto es casta de segundo orden al estilo hindú, y que por lo tanto los palestinos pueden ser tratados como untermensch que carecen de la categoría humana suficiente como para no ser tiroteados alevosamente por la espalda, porque así lo impone la inmutable legalidad mosaica.

En definitiva, que el divorcio entre la legalidad democrática, a la que ya hace mucho tiempo se le cayeron las bragas y va por la historia enseñando las vergüenzas, y la decencia ética y el mínimo respeto por la condición humana, es tan palpable; y tan enorme el distanciamiento entre lo que es de justicia y lo que recibimos de las leyes que nos promulgan para hacernos luego comulgar con sus ruedas de molino, que permítanme ustedes que reitere, a gritos si es preciso, que el estado de derecho no es esto, ni se le parece.

Gobernar sin oir el clamor ciudadano, sin responder más quea  intereses partidistas y sectarios, y sin atender a la importancia del respeto a la vida humana ante todo y en todo momento, es un insulto a la condición de seres evolucionados que se nos supone. Si además de eso quienes rigen nuestro destino se empeñan en mantener una farisaica rigidez e inamovilidad legal, practicando la ceguera voluntaria ante los palpables cambios sociales y la constatada evolución de las necesidades ciudadanas, y omitiendo que las minorías también merecen ser escuchadas, atendidas y tratadas con respeto, concluiremos que con esas premisas no podemos permitirnos el lujo de calificarnos de demócratas ni de partícipes de un estado de derecho. En todo caso, será  un estado de los derechos de unos cuantos.

Éste sí que es un mundo distópico, y no el de "Los Juegos del Hambre".

jueves, 20 de noviembre de 2014

Podemos, vaya si podemos

Hugo Chávez no es personaje político de mi gusto, pero debo reconocer que su figura se ha desfigurado en exceso debido a intereses no precisamente democráticos. A los políticos hay que ponerlos en el contexto de su época y de su país, pues no hacerlo así nos llevaría a conclusiones aberrantes sobre el papel que desempeñan en sus respectivas historias nacionales. A los ojos actuales, políticos como los padres de la patria norteamericanos quedarían como unos miserables racistas limitadores de los derechos humanos; los políticos victorianos como unos rancios machistas y opresores de la clase obrera, y ya en clave mucho más actual pero pertenecientes a entornos sociológicos completamente ajenos al neoimperialismo ideológico que practicamos en Occidente, figuras como Ho Chi Minh y Mao en Asia, o  Nyerere, Nkrumah o Kenyatta en África, tampoco saldrían bien parados si los examinamos con una óptica eurocéntrica del siglo XXI.

Muchas de esas figuras centrales de la política del siglo XX brotaron, precisamente, como una reacción a una manera de ejercer el poder político que podía autocalificarse de muy democrática de puertas adentro, pero que no lo era en absoluto allende los confines geográficos, pero sobre todo ideológicos, de lo que entendemos por Occidente. Y a quien no entienda, le remitiré a uno de los ejemplos más explícitos que  podemos citar hoy en día: el asesinato de Salvador Allende y la liquidación del socialismo chileno por parte de los “guardianes de la democracia” estadounidenses.

Así que la figura de Chávez debe ponerse en su contexto geográfico, social e histórico. Y entonces, si queremos rendir tributo a la objetividad, habremos de convenir que su figura se engrandece y que, incluso, se torna absolutamente necesaria en el clima convulso que ha agitado Venezuela durante los últimos años. En realidad Venezuela era un país riquísimo, pero con una de las distribuciones de renta más desiguales del mundo. Lo que está sucediendo a pasos agigantados en España es de risa comparado con lo que padecía la gran masa de población venezolana. En ese estado de cosas, es normal que el conflicto acabase por reventar de un modo u otro. Una de las posibilidades era la de la revolución sangrienta; otra, la de alzarse con el poder por métodos poco convencionales pero democráticos, y refrendados por la mayoría de la población (incluso tras el golpe de estado de 2002 contra el chavismo). Por suerte, en Venezuela se optó por la segunda vía.

Pese al desagrado con el que la gente de este lado del Atlántico contempla el discurso bolivariano, con su grandilocuencia y sus excesos verbales y gestuales, no está de más razonar que, nuevamente en el contexto sociológico de masas deprimidas, aculturizadas y escasamente alfabetizadas, ese lenguaje y esa actitud son del todo comprensibles, pues son esos modos los que aglutinan y movilizan a los pobres para rebelarse contra la desigualdad creciente, y para revelarse como una fuerza capaz de cohesionarse alrededor de una figura que alcance proporciones míticas, como es el caso de Chávez.

Ante las acusaciones de populismo demagógico, el entorno chavista siempre ha sostenido, no sin razón, que la acusación de populismo siempre la hacen los ricos contra los pobres, para perpetuar el statu quo vigente y para perpetrar, de paso, la villanía de descalificar a los opositores con el pretexto de que sus políticas son utópicas e irrealizables. En definitiva, se tacha de populismo a toda acción política que desagrada a los ricos, porque amenaza su estatuto de poder incontrolado y de riqueza desmesurada. Las que denominamos con buen tino como “clases extractivas” son, efectivamente, incapaces de reconocer que la desigualdad económica y social es el caldo seminal del que se nutre el descontento popular y la revolución, que sólo necesita del fuego populista para entrar en ebullición. Y tal vez olvidan que el darwinismo social que propugnan y practican puede volverse en su contra: la masa enfurecida –como las crecidas de los ríos- siempre acaba siendo más fuerte que cualquier muro de contención que pretenda interponerse en su camino.

Sostengo que la figura de Chávez era totalmente necesaria en un país (en el que España debería mirarse como espejo)  atenazado por la corrupción, con una clase dirigente totalmente oligárquica y concentradora de la riqueza, y unas formaciones políticas absolutamente secuestradas por el poder económico y de un servilismo deudor del fenómeno de las puertas giratorias que ahora criticamos en tierra hispana. Es cierto que las clases acomodadas han sufrido un duro golpe desde que en 1998 el chavismo se alzara con el poder y que la consecuencia de ello fue, de inmediato, una enorme campaña de desprestigio y desfiguración del significado profundo de la revolución bolivariana.

Un chavismo que estuvo acosado desde el primer momento por la gran potencia hegemónica norteamericana y por los medios de comunicación que estaban en manos privadas. Con algunas razones válidas, pero también sin ellas y con motivos ocultos claramente espurios, la campaña de desprestigio internacional alcanzó cotas universales y de una magnitud pocas veces vista en los últimos tiempos. Y ahí ha quedado en nuestro subconsciente colectivo de ególatras eurócéntricos la perversa idea de que el chavismo era la maldad política por antonomasia. Estamos mediatizados por las opiniones de grupos de presión contrarios al sistema, lo cual nos impide razonar con objetividad respecto a la trascendencia histórica del chavismo en particular, y del bolivarianismo como fenómeno global en Suramérica.

Y de eso tenemos que aprender aquí, en España, y ahora, las clases trabajadoras (parafraseando a Homer Simpson hoy en día muchos formamos parte de la “alta clase media baja” por más ínfulas que queramos darnos). Porque el fenómeno político de Podemos se va a enfrentar a una creciente campaña de desprestigio previa a las elecciones generales de 2015. He oído a gente joven resaltar con preocupación la proximidad ideológica de Podemos al comunismo, alarmados por el runrún mediático que ya se nos viene encima. Comunistas, demagogos, populistas. Pronto se les tachará de criminales y antidemocráticos, mucho antes de que tengan lugar las elecciones. Sin ninguna prueba, sin ningún referente mejor que algunas vaguedades sobre su supuesta proximidad al chavismo.

Es nuestra obligación, de todos los ciudadanos, la de tratar de ejercer el más importante derecho que tenemos (tanto en democracia como fuera de ella). Un derecho que es inalienable porque forma parte de nuestra esfera más íntima: el derecho al pensamiento crítico, individual y no mediatizado por intereses ajenos a los nuestros. Esto no es un debate futbolístico ni un reality intrascendente con tertulianos a sueldo. Estamos hablando de nuestro futuro y, sobre todo, del de nuestros hijos, y no nos podemos dejar engatusar por quienes quieren perpetuar el statu quo actual.

A nivel nacional sólo Podemos representa una alternativa al esquema de poder político vigente hasta hoy en día. Sólo ellos pueden forzar el cambio constitucional que cierre de una vez por todas las cacareada transición y abra un período nuevo más fértil, y sobre todo, que entierre a muchos de los miembros de la clase política actual, incapaz de regenerarse por si misma, esclava como es de sus propias dependencias, ajenas al libre ejercicio de la democracia.

Y sólo por eso, mientras las Cospedales, los Florianos y demás ralea nos alertan del peligro del populismo de Podemos, es nuestro deber contestarles que ese populismo que denostan es tan necesario en este momento como el aire que respiramos para que las cosas cambien, si es que de verdad queremos que cambie algo en este triste país. Porque todo tiene un precio, y la regeneración democrática nunca será gratis. Sobre todo para las clases trabajadoras: cambiar nos exigirá más sacrificios, más descalificaciones, más presiones del capital.


Por eso Podemos, o cualquier formación análoga, con mentalidad regeneradora, ideas un punto utópicas y cierto aire radical será un ingrediente esencial del cambio político que necesita España. Sin necesidad de que lleguen a gobernar, los herederos del 15M no sólo nos recuerdan que las cosas pueden cambiar, sino que deben cambiar, y que ello exige valentía. Mucha más que la que nos permitió acometer la Transición de 1977, porque ahora el poder económico y financiero está en contra. 

Aunque a lo peor preferimos ser prácticos, es decir, acomodaticios y  cada vez más esclavizados por una parte menor del pastel.