jueves, 11 de septiembre de 2014
jueves, 4 de septiembre de 2014
El regreso
Finalizado el paréntesis estival, siento un profundo desagrado hacia el aparato de aspecto más bien venenoso que me observa fijamente con su ciclópeo ojo negro desde el fondo de la habitación. Ciertamente, durante estos días no he visto la televisión y he sido, como cada año, extraordinariamente feliz mientras no he oido a esos bustos vociferantes, mayormente impresentables (aparte de su aspecto relamidamente afectado), desgranar como imbéciles la sarta de barbaridades con que se nos intoxica día a día desde cualquier medio informativo.
Formo parte de ese colectivo, reducido y lamentablememnte muy poco influyente, que cree que menos es más. Un argumento generalmente muy sólido y que en lo que respecta a la información es de lo más útil. El bombardeo de noticias y opiniones al que nos sometemos voluntariamente cada día tiene mucho de masoquismo y aún más de estupidez. Pues es bien sabido que el exceso de información empacha el cerebro e impide formar opiniones acertadas, y mucho más aún juicios válidos sobre nuestro entorno (si es que la información tal como se nos sirve hoy en día es válida para emitir algún juicio ecuánime).
La saturación de información es nefasta, y cuando se trata de información mediatizada, sesgada y manipulada, es seguramente peor que la ausencia total de información. Y como muestra un ejemplo tomado de la vida real: si usted tiene unos fondos en renta variable y hace el seguimiento de su rendimiento cada treinta minutos, va a disponer de muchísima información totalmente inútil (y seguramente será candidato a una bonita úlcera sangrante). Para el propósito general de la mayoría de los inversores, lo que importa son las tendencias a medio o largo plazo, así que no sirve de nada consultar las pantallas parpadeantes cada media hora, si lo que nos interesa es tener un visión cabal en el plazo de un año o así, del rendimiento de nuestros fondos.
Por otra parte, cuanta mayor es la información que embutimos en un mismo período de tiempo, también incrementamos el nivel de ruido: la señal no se amplifica, sino que se reitera, interfiere consigo misma, y se mezcla con todo tipo de señales aleatorias o malintencionadas que multiplican el nivel de ruido de una forma asombrosa, hasta enmascarar la información valiosa. Además, está más que demostrado que la saturación de información no nos ayuda en absoluto a tomar mejores decisiones. Al contrario, el exceso de información nos hace tomar decisiones sesgadas por aspectos colaterales, por minucias que no afectan a las cuestiones esenciales de los problemas a los que nos solemos enfrentar. Nuestro cerebro no puede funcionar en paralelo de ningún modo. Al pensar de manera secuencial, el exceso de información tiende a bloquearnos porque no podemos procesar más que un número limitado de datos en un período de tiempo.
Ante esta situación, el pensamiento crítico se tambalea y no queda otra opción que desconectar de la saturación sensorial con que nos castigan los medios de comunicación. La gente más lúcida ha renunciado a la televisión y a la prensa escrita. Para estar informados bastan los asépticos teletipos de las agencias de noticias. Dejar las interpretaciones a unos señores a los que les pagan por predecir el pasado es una solemne estupidez indigna de una persona inteligente.
Por otra parte, escuchar las falacias narrativas de los locutores de los telediarios es otro acto de estupidez, salvo que sea para ponerse voluntariamente piedras en el hígado y escupir bilis hasta por los ojos. Un acto de masoquismo del que muchos nos desprendemos en vacaciones, cuando nuestros horarios se desajustan y las horas de comer y cenar no coinciden con los de la maldita prensa televisiva. Y así pasamos unos días comiendo y cenando sin tele, charlando con los demás comensales. Cotilleando si se quiere, pero al menos son nuestros cotilleos, no unos preparados y refritos un centenar de veces por unos periodistas insulsos y mayormente carentes de otro afán que el de cobrar su sueldo a fin de mes, para mayor gloria y satisfacción del patrón que los emplea.
Y eso cuando el periodista de turno es un simple lameculos que se ajusta al dictado del accionista mayoritario. Al menos en ese caso sabemos a que atenernos (como es el caso de las televisiones públicas españolas). A mi modo de ver es mucho peor cuando nos encontramos ante el presunto periodista independiente al que le falla algo tan esencial como un conocimiento profundo del tema sobre el que pondera. Nada hay más insufrible que un artículo de opinión de esos tan contundentes en los que los supuestos de partida son todos erróneos, mistificaciones o peor aún, falsedades hiladas de forma más o menos sofisticada para engañar a bobos.
Porque hablando de falsedades, debemos ser conscientes de que los humanos somos muy buenos construyendo historias para explicar el pasado, aunque normalmente somos incapaces de acertar cual de los pasados posibles es el origen de los acontecimientos presentes. En sentido matemático es muy sencillo de exponer: para un suceso dado, suele haber infinidad de secuencias de hechos que lo pueden ocasionar. Encontrar la causa primera de cualquier suceso acontecido es una cuestión de evaluar adecuadamente las probabilidades. Y evaluar probabilidades es algo que a los humanos, incluso a los técnicamente formados, se nos da muy mal.
Así que recurrimos a rellenar los sucesos con narraciones que los justifican y explican, pero que no son especialmente acertadas casi nunca. Y menos cuando los que opinan son presuntos expertos en la materia. El problema del experto, del que han tratado muchos experimentos de psicología social, es que tiene un punto de vista muy estrecho y focalizado en alguna materia concreta, lo que le hace pasar por alto elementos seguramente esenciales del problema que aborda. De hecho, los expertos se equivocan más en sus juicios generales que los simplemente entendidos, pero que tienen una mayor amplitud de miras. Y por tanto, de pensamiento.
Así que, si algún propósito recomiendo para después de las vacaciones, es que deje usted de mirar la tele. Su salud mental saldrá ganando muchos enteros. Y su humor será más tranquilo y relajado, algo que los políticos no desean en absoluto. Le quieren a usted tenso y crispado, deduzca usted por qué.
jueves, 21 de agosto de 2014
Meteorología veraniega
En la entrada anterior mencionaba
los sistemas complejos y dinámicos. Hoy, ya cerca del final del verano
“vacacional” (que no astronómico), tengo unas enormes ganas de regodearme con
las afirmaciones arriesgadísimas que hacen meteorólogos aficionados y
profesionales en lo que se refiere a las predicciones estacionales. Y todo eso
no para ciscarme en los probos “meteos”, que intentan luchar contra el caos
determinista con herramientas imposibles, sino para hacer una traslación de las
conclusiones al mundo económico, mucho menos determinista, mucho menos
modelizable matemáticamente, mucho más sometido a procesos caóticos. Y por
tanto, con mucha más incertidumbre que el clima, aunque nos quieran hacer creer
lo contrario.
En el año 2013, la meteorología
francesa predijo un verano sin verano, y se equivocó de cabo a rabo. Este 2014,
y a las hemerotecas de abril y mayo me remito, todos los medios se hicieron eco
de que este año sería más caluroso y seco que el promedio. Y la han pifiado,
estrepitosamente, de nuevo. Porque este verano está resultando nuboso, fresco y
muy lluvioso en toda la costa mediterránea. Tanto, que los lugareños se remiten
al año 2002, que fue el anterior año sin verano de verdad, para efectuar las
comparaciones oportunas.
Se preguntará el lector si es que
los meteorólogos son unos paletos indocumentados, pero no. La mayoría de ellos
son físicos con un profundo conocimiento científico. Lo que sucede es que
trabajan en un área donde la incertidumbre es muy elevada, y mucho más a lo
largo de la flecha del tiempo. Es decir, que cuanto más alejada en el tiempo es
la predicción meteorológica, mucha menos confianza (en el sentido matemático
del término) tiene. Hasta el punto de que las predicciones estacionales son tan
poco fiables que sería prácticamente lo mismo pronosticar el tiempo a dos o
tres meses vista tirando una moneda al aire.
El lector poco versado en ciencia
podrá pensar que ello se debe a que no existe un modelo matemático preciso que
describa el comportamiento atmosférico. Nada más lejos de la verdad. La
mecánica y la dinámica de fluidos son bien conocidas desde hace muchos años, y
las ecuaciones de un sistema de fluidos en movimiento están perfectamente
determinadas desde que los científicos aún andaban con levita.
El problema es que se trata de
ecuaciones diferenciales no lineales, que en general no tiene más solución que
la aproximativa, y aún así. Y en este contexto, aproximativa quiere decir que
hay que omitir decenas y decenas de variables y parámetros para que dichas
ecuaciones sean mínimamente manejables. Para entendernos y simplificando mucho,
en su versión bruta, las ecuaciones que describen el comportamiento atmosférico
necesitarían de la potencia de cálculo de un ordenador inconcebiblemente
enorme, del tamaño del sistema solar, y de un tiempo de cálculo seguramente
superior a la edad del universo conocido. Sólo para obtener un grado de
aproximación predictiva unos cuantos puntos mejor que el actual.
Si alguien cree que entonces es
sólo cuestión de tiempo alcanzar un nivel tecnológico que nos facilite tanta
potencia de cálculo y nos permita hacer predicciones meteorológicas
estacionales más rigurosas, anda del todo punto equivocado. Como todo sistema
complejo, el tiempo atmosférico es muy sensible a las condiciones iniciales.
Eso quiere decir que una variación mínima, casi inapreciable, en las variables
al principio del cálculo, se traduce en que los caminos posibles van
divergiendo muchísimo en el tiempo. Los resultados se separan mucho al cabo de
unos pocos días, no digamos ya transcurridas semanas o meses.
Para entendernos, dadas unas
condiciones iniciales de temperatura, presión, humedad y dirección e intensidad
del viento, una variación de la temperatura de una décima de grado, o de un milipascal
de presión, o de la décima parte del uno por ciento de la humedad relativa, o
de un segundo de arco en la dirección del viento, o todas ellas combinadas, dan
lugar a dos modelos que evolucionan separadamente y que dan resultados
tremendamente distintos al cabo de un tiempo de evolución de los cálculos
matemáticos.
Para evitar estas situaciones,
deberíamos conocer, con total y absoluta precisión, todas las variables
involucradas y sus parámetros en el momento de inicio del cálculo. Pero se da
la triste circunstancia de que dicho conocimiento exacto, infinitamente
preciso, no sólo es inviable técnicamente, sino totalmente imposible, por una
razón bastante parecida a la del principio de incertidumbre que opera en
mecánica cuántica y que nos obliga a trabajar solamente en condiciones
probabilistas. El problema que se suscita en meteorología es que la
probabilidad de cualquier predicción estacional es tan baja que entra dentro
del margen de error. Dicho de otra manera, el margen de error es tan grande, que
la confianza matemática en la predicción estacional es casi nula, irrelevante.
Esto es lo que en matemáticas y
física sucede en los sistemas caóticos deterministas, donde el concepto de
caótico no tiene nada que ver con el concepto vulgar y mundano del caos. Caos,
en terminología científica, no se refiere a desorden sino a sistemas
deterministas (es decir, que pueden ser modelizados matemáticamente y cuyas
soluciones podrían ser en principio obtenidas) pero muy sensibles a las
condiciones iniciales. Tanto, que una variación de una milésima en uno de los
datos que introducimos en las ecuaciones, puede dar resultados anormalmente
distintos al cabo de unas cuantas iteraciones del sistema. (iterar no es más
que introducir el resultado de un cálculo en la misma ecuación para obtener un
nuevo resultado. Esa es la base de las predicciones meteorológicas).
Los sistemas caóticos son
fascinantes y da la casualidad de que muchas de las cosas que vemos en la
naturaleza (si no la mayoría) se rigen por un caos determinista. Caos que en
ocasiones confluye en lo que técnicamente es lo más parecido a un punto de
convergencia pero sin llegar a serlo nunca, denominado “atractor extraño”. Algo
parecido a un punto de equilibrio pero sin que sea eso realmente, sino una
especie de zona a cuyo alrededor pululan los resultados de las iteraciones que
efectuamos. Por eso es virtualmente imposible llegar a “dominar” el clima, ni
siquiera a predecirlo exactamente. Como tampoco se puede predecir exactamente
la dinámica de poblaciones, ni la evolución de las especies. Ni siquiera el tan
cacareado cambio climático.
Esa imposibilidad predictiva
propia del modelo es mucho más acusada en la presunta ciencia económica, que
como toda persona medianamente cultivada sabe, ni es ciencia, ni es capaz de
predecir nada por exactamente los mismos motivos que la meteorología, pero
mucho más graves. Por la sencilla razón de que mientras la “meteo” es una
disciplina científica rigurosa, una rama consolidada de la física, pero
afectada por un grado de complejidad extraordinario, la economía no es más que
un conjunto de modelos matemáticos creados “ad hoc”, sin ninguna conexión con
el mundo real. Son simplemente teorizaciones sin ningún contraste experimental
(porque no pueden ser puestas a prueba previamente) ni ningún rigor científico,
en el sentido en el que las ciencias “duras” aplican al concepto de rigor. Con
un problema añadido, que afecta por igual a todas las autodenominadas “ciencias
sociales”. Y es que el comportamiento humano sólo podría ser mínimamente
modelizable si la conducta de los individuos, las sociedades y los estados
fuera estrictamente racional, que no lo es nunca. Y ese plus de irracionalidad
colectiva impide total y absolutamente cualquier modelización matemática del
comportamiento de las sociedades. Y por supuesto, de los mercados.
En resumen, los económicos son
modelos hipersimplificados ideados por señores con corbata que ocupan cátedra
en alguna universidad prestigiosa y que, a lo sumo, acaban causando una
catástrofe financiera cada pocos años, como es bien sabido. No deja de ser
curioso que la mayoría de los premios Nobel de economía están implicados en los
más sonados hundimientos de instituciones financieras norteamericanas de los
últimos treinta años. Por algo será.
Sin embargo, esta sociedad
moderna, cada vez más tecnológica pero menos crítica, ha encumbrado a los
economistas a las posiciones clave de universidades, gobiernos, instituciones
financieras y grandes empresas, sin siquiera ser conscientes de que convendría
cuestionarse, a la vista de los resultados a largo plazo, si su “ciencia” no es
como la del mal médico que acaba matando al paciente.
La economía ha venido al fin a
ser como a homeopatía. Una disciplina carente de toda base científica, no
verificable mediante ningún experimento, y que cuando se somete a tests
adecuadamente asépticos, muestra que todo su potencial se basa en el efecto
placebo, que no debe minusvalorarse nunca, porque sí que funciona. Sin embargo,
que funcione el placebo no quiere decir, ni de lejos, que funcione la
homeopatía. Funcionaría igual cualquier procedimiento sugestivo lo
suficientemente potente y duradero como para influir de forma positiva y
prolongada en el paciente.
No obstante, pese a que toda la
comunidad científica y médica conviene en que la homeopatía es totalmente
inviable como disciplina científica y que por tanto es un fraude
pseudocientífico (igual que la astrología, el psicoanálisis y otras artes
similares); lo cierto es que la sociedad ha sucumbido totalmente a sus
seductoras promesas, de modo que las autoridades sanitarias permiten su venta
en las farmacias. Para un autoestopista galáctico sería cuando menos chocante
encontrar que el mismo comercio que dispensa medicamentos con recetas
controladísimas despache pesudofármacos con la bendición del ministerio de
sanidad. Para morirse de risa, viendo como se forran unos cuantos a base de
agua aromatizada en bonitos envases que los crédulos pacientes pagan a precio
de oro. Porque una cosa es absolutamente necesaria para que el negocio
funcione: el efecto placebo sólo funciona mientras el paciente está convencido.
Mientras es un creyente, porque cuando deja de serlo, la misma homeopatía que
tan bien le iba deja de hacerle efecto instantáneamente.
Si alguien duda de mis palabras,
que pruebe a hacer lo que hizo un buen amigo mío con su esposa, fanática de los
procedimientos “naturales”. Una buena noche asaltó el botiquín donde atesoraba
los innumerables recipientes de homeopatía y sustituyó su contenido por agüita
mineral con un lejanísimo aroma a coñac. Para su regocijo, la homeopatía siguió
funcionando a las mil maravillas con ella, con sus hijas y sus amigas.
Ansiedad, depresión, estrés, dolor premenstrual. Todo lo seguía curando aquella
agua que por no ser no era ni bendita.
Pues lo mismo sucede con la
economía. Elevada, como la homeopatía, al altar de lo canónico pese a ser una
pseudociencia no falsable (como estableció el filósofo de la ciencia Popper en
sus criterios para distinguir la ciencia de lo que no lo es), domina nuestras vidas
desde los más altos púlpitos, empezando por Harvard, Yale y la London School of
Economics. Y sin embargo, su conocimiento real está tan atrasado y es tan
irrelevante como lo era el de la medicina medieval, mucho antes de los tiempos
de la higiene, las vacunas y los antibióticos. Con la diferencia de que estos
individuos ganan sumas astronómicas por sus erróneos modelos y predicciones sin
penalización alguna por sus floridos fracasos.
En estos días, tras tantos
años de “este es el modelo a seguir para
salir de la crisis” que se revelan peligrosamente inexactos, y en los que las
economías motrices de la URE se están estancando de nuevo pese a tanto dogma
neoliberal, no está de más recordar aquella frase tan celtibérica y casposa,
pero tan acertada en el contexto: los experimentos en casa y con gaseosa.
No sea que nos explote el
invento.
viernes, 15 de agosto de 2014
Verano frío, otoño caliente
Que el otoño va a ser caliente es un tópico que se repite año tras año desde
que se instauró la crisis entre nosotros. Como esos parientes gorrones que
llegan un buen día y no encontramos el momento para lograr que se marchen, y cuando
nos damos cuenta se han convertido en un miembro (indeseado) más de la familia.
Mi consejo, que repite el de mucha gente sabia, es el de aprovechar estos días
de descanso para desconectar del diario y la televisión, agudizar nuestro
sentido crítico y escéptico ante todas las noticias -especialmente las de
carácter político- y sostener el firme propósito de hacer oídos sordos a la
enorme cantidad de estupideces que se dirán a partir del primero de septiembre.
Estupideces que se podrán repartir de forma bastante equitativa entre todos los
miembros de la casta política, pero con un protagonismo acentuado de esas
lumbreras del PP, los que no quieren que se celebre la consulta catalana; y los
maquiavélicos de CiU que sí la quieren pero a condición de no ganarla bajo
ningún concepto.
Por cierto, maledicentes hay que
dicen que el suicidio político de Pujol es una de las maneras con las que CiU
intenta desactivar el proceso soberanista desde sus propias entrañas. A mí me
suena a argumento de novela de John Le Carré, pero hay que reconocer que cosas
más audaces se han visto en los últimos años como para mantener simultáneamente
tanto un sano escepticismo ante este tipo de rumores, y al mismo tiempo tener la
mente suficientemente abierta a la amplitud de las perversas posibilidades
–siquiera remotas- que se dan en el devenir político de un país. Como dije en
otra entrada, sólo la perspectiva histórica nos dará el marco de referencia
adecuado para juzgar lo que sucede en estos días.
Ahora bien, antes de bajar la persiana
temporalmente voy a cerciorarme de dejar bien clara no ya mi postura a favor de
la independencia de Cataluña, que es de sobras patente, sino las razones, todas
ellas racionales, sólidas y fáciles de poner a prueba, que me impulsan a
adoptar esa posición. Lejos de mi las estupideces viscerales de uno y otro
bando, que apelan a las gónadas más que a la mente; o que procuran estimular
únicamente la amígdala cerebral (ese lugar donde anidan nuestras pulsiones y
emociones más primarias) en vez de alimentar los circuitos del neocórtex, ese
prodigio evolutivo con el que la naturaleza dotó a los seres humanos, incluso a
los políticos y los economistas, aunque también es harto sabido que ambas
categorías de humanos no lo usan prácticamente para nada.
Yo no soy, en absoluto, un
independentista emocional. Lo he dicho en infinidad de ocasiones. Mi
independentismo se ha forjado tras muchos años de analizar el desempeño de
muchas naciones, y llegar a la conclusión de que los estados grandes sólo se
pueden gobernar desde la sistematización del cinismo, la demagogia, la mentira y la explotación.
Y que son muy vulnerables a todo tipo de eventos inesperados.
Sorprendentemente, me descubrí como inadvertido seguidor de la escuela
antifragilista, esa corriente que empieza por enseñarnos que somos estúpidos
porque pensamos casi siempre de forma irracional, que nos guiamos casi
sistemáticamente por nuestras emociones incluso sin saberlo (o sabiéndolo y
racionalizando en exceso) y que nos enseña dónde encontrar los puntos de
apalancamiento que no sólo nos impiden ser frágiles, sino que nos hacen mucho más
que solamente robustos. Un sistema antifrágil es aquel que no sólo no resulta
perjudicado ante agentes de estrés externo (como agresiones de cualquier tipo),
sino que la repetición de esas agresiones acaban por reforzarlo. Antifrágil es
todo aquello que sale reforzado de situaciones de crisis, de incertidumbre, de
volatilidad, de adversidad. Lo que se rompe ante la adversidad es frágil; lo
que no se inmuta es robusto. Lo que se fortalece gracias a la adversidad es mucho
más que robusto, es antifrágil.
Y lo primero que uno aprende
sobre los sistemas frágiles es que sus paradigmas son tanto determinados
estados nacionales como muchas estructuras económicas. La fragilidad tiene una serie de
características que se repiten de forma sistemática. Y algunas de sus
características son bastante contraintuitivas. La menos comprendida de estas
características negativas tiene que ver con el tamaño, y muchas de las demás se
derivan de unas ineficaces dimensiones de los sistemas a los que fragilizan.
El tamaño grande da mucha fuerza,
mucho poderío, pero sólo a un nivel teórico, lineal. Pero las estructuras vivas
–y las sociales forman parte de esa categoría- no son lineales. Sometidos a
ciertos niveles de estrés, los grandes sistemas se demuestran muy frágiles ante
los fenómenos extremos, los conocidos cisnes negros. Tenemos una gran tendencia
a pensar en términos de simetría y linealidad, pero la realidad no es así, ni
mucho menos. El mundo es asimétrico, y las cosas que suceden son no lineales,
desde el clima hasta la dinámica de poblaciones. Por ello una de las ramas más
importantes de la física y de las matemáticas contemporáneas se centra en el
estudio de los sistemas dinámicos complejos. Por cierto, no está de más señalar
que la medalla Fields, que es el equivalente al premio Nobel de la ciencia matemática (pero mucho más serio y selectivo: sólo se otorga cada cuatro años), ha ido este año, entre otros galardonados, a
un investigador de los sistemas dinámicos complejos.
Los sistemas de gran tamaño
provocan una gran atracción a los humanos por la sensación de fuerza y de
invencibilidad que transmiten. Pero es una sensación muy engañosa. Casi todos
los sistemas colosales (y sobre todo los artificiales) son extraordinariamente
vulnerables. A un nivel puramente biológico, no está de más recordar que si hoy
en día estamos aquí peleándonos por un referéndum sobre la independencia, se
debe sobre todo a que los sistemas biológicos más grandes y poderosos de la
historia natural de la Tierra, los dinosaurios, se extinguieron masivamente por
un acontecimiento singular (un cisne negro) que sucedió hace 65 millones de
años. Acontecimiento que dejó vía libre a la expansión de unos animales
pequeñísimos por aquel entonces, y que debido a su escaso tamaño, a su adaptabilidad
y flexibilidad, se hicieron con todos los nichos disponibles. Eran los mamíferos, y así hasta hoy en día.
Tampoco está de más recordar, que
de las seis o siete grandes extinciones de especies que ha padecido la Tierra,
la característica común a todas ellas
fue la escasa afectación que sufrieron los organismos que en términos de biomasa,
son los más numerosos de todos: los microbios. Small is powerful, que diríamos. Llevado al plano del desarrollo
social, deberíamos recordar que ninguno de las grandes imperios de la antigüedad
ha sobrevivido a su propio éxito, y no precisamente por ser derrotado por otro
imperio mayor. Más bien el contrario. Fueron hordas de bárbaros desorganizados
los que hicieron caer a Roma. Y fueron hordas de vietnamitas desarrapados los
que pusieron en jaque al imperio yanqui, demostrando una vez más que lo grande
y potente no es garantía de victoria, ni mucho menos.
Vivimos ridículamente atenazados
por el símil deportivo, donde la fuerza, la potencia y el número (de
practicantes) hace a un país victorioso. Pero obviamos que el deporte es una
actividad sumamente reglada, jerarquizada y, en resumen, domada. En el deporte
todo es simétrico y lineal, previsible. Pero el desempeño histórico de las
sociedades no está determinado previamente por unas reglas como las deportivas.
Justamente a la inversa. Y no está de más señalar que cuando se intenta ajustar
una sociedad a unas reglas estrictas y
arbitrarias (sea por la vía de una dictadura, sea por la de la presunta
invariabilidad de las leyes fundamentales), en realidad se está intentando
domar lo indomable, que es el discurrir de la vida en cualquiera de sus
manifestaciones. Algo condenado al fracaso más pronto que tarde.
Lo grande es frágil, lo pequeño
suele ser antifrágil. Lo grande tiende a la rigidez, lo pequeño es flexible. La
grande tiene mucha inercia, lo pequeño es capaz de cambios súbitos. Lo grande se esclerotiza en extremo; lo
pequeño se adapta a los entornos cambiantes. Lo grande crece hasta dimensiones
inmanejables y luego estalla en pedazos menores o se extingue. Lo pequeño no
crece, se diversifica. Lo grande es pesado y lento; lo pequeño es ligero y
rápido.
Grandes compañías como IBM o ITT
en su momento álgido en los años setenta vieron como su excesivo tamaño las
perjudicaba y las hacía ser mucho menos competitivas que la multitud de
compañías pequeñas y dinámicas que surgieron al calor del primer boom
tecnológico. La solución al inminente colapso fue en ambos casos el
troceamiento en entidades más pequeñas y
la diversificación y especialización en nichos concretos. Parece que
treinta años después, el ejemplo no sirvió de mucho y se vuelve al gigantismo
empresarial que tan malos resultados ha dado en el pasado. Y en todo caso,
frente al enorme aparato burocrático de
los sistemas de grandes dimensiones, que los hace ineficientes, existen
sistemas en red, modularizados, que son mucho más efectivos en sus tareas. De
hecho, el concepto de internet sólo puede funcionar así. Como una red enorme
de muchísimos pequeños nodos
interconectados. Internet no es grande por si misma, como si fuera una
organización jerárquica. Internet es grande por la suma de muchos elementos
pequeños independientes.
Con los países sucede lo mismo.
Existen ya muchos estudios que demuestran que los países más eficientes –en
absolutamente todos los sentidos- dentro del entorno OCDE son los más pequeños:
Suiza, Holanda, Noruega, Dinamarca, etc. Los países grandes aportan mucho PIB,
mucha potencia en bruto, pero su gestión es infinitamente peor y en el fondo
requieren de sistemas tremendamente jerarquizados y reglamentados en extremo.
Los grandes países de la OCDE se llevan mal con la diversidad en su interior,
abrumados por la necesidad de crear un marco uniforme para todos sus grupos
sociales que a la postre generan insatisfacción generalizada. O bien requieren
de un concepto absolutamente jacobino y centralista de la sociedad muy al
estilo francés, que casa bien con una idea bastante trasnochada de la grandeza,
pero además muy necesitada de una cohesión interna forzada por la vía del
extremismo chauvinista (como el frente Nacional de Le Pen). Y por tanto muy
expuesta a la fragilidad a largo plazo.
Nassim Taleb pone como ejemplo de
fragilidad a los grandes estados-nación, frente a la antifragilidad, harto
demostrada históricamente, de las ciudades-estado. Si nuestra cultura
occidental se derrumba, la caída y la fragmentación afectará en primer lugar (y
mucho más dura), a los grandes estados cuasi imperiales, como USA y los demás
del G-7. Algo que resulta casi una obviedad, salvo que se sea tan estúpido como
para creer en la perdurabilidad de las construcciones humanas. En la España
“eterna”, por poner un ejemplo.
jueves, 7 de agosto de 2014
El ocaso de Pujol
Mucho se ha escrito estas últimas
semanas sobre el caso Pujol y sus consecuencias. Cuanto más leo, más me
reafirmo en mi nada original convicción –pues me han precedido en ella muchos
ilustres pensadores- de que todo lo que se publica en la prensa contiene
grandes dosis de estupidez, de mentira, de
especulación o de incompletitud. O de todas esas cosas a la vez. Vivimos en una
época en la que el exceso de información es pernicioso, porque cada vez hay más
ruido mediático, pero menos señal. Algo que los ingenieros conocen muy bien y
que puede echar al traste cualquier intento de obtener una información veraz y
útil.
El problema de la señal y el
ruido es un problema aparentemente reservado a las ciencias aplicadas, pero que
es de plena aplicación al periodismo, hasta el punto de que muchos
intelectuales críticos (y bastante disidentes) opinan que lo mejor es no leer
la prensa (que contiene mucho ruido enmascarando la señal), y limitarse a los
teletipos de las agencias, que simplemente facilitan datos informativos de
forma aséptica (que contienen sólo señal). Aún más en los tiempos que corren,
en los que los medios de comunicación, especialmente los escritos, nunca sirven
a la verdad, sino a los intereses de los grupos dominantes que controlan sus
consejos de administración. Por lo que en la mayoría de los casos son mero
vehículo de bulos interesados o de revisiones torticeras de los hechos, acordes
con la finalidad no de informar, sino de deformar la mente y la opinión del
lector.
Me refiero al lector fiel, al que
está predispuesto a creerse a pies juntillas el último editorial de su diario
favorito y sus titulares de primera página, por más inverosímiles o carentes de
pruebas sean; y no al crítico que trata de contrastar los datos entre varias fuentes
–preferiblemente contrarias- antes de
formarse una opinión, y aún así se mantiene sanamente escéptico, que es una
forma de mantener la cordura, especialmente en asuntos políticos. El lector
crítico debe ser consciente de que el periodismo ilumina con una linterna de
haz estrecho, y apunta su foco sólo a los puntos que le conviene, dejando en
una interesada penumbra todo lo demás. En ese sentido les pasa como al borracho
que ha perdido las llaves y las busca bajo el cono de luz de la farola a la que
se aferra, incapaz de asumir que posiblemente se encuentren más allá, en la
zona oscura. Sólo que los periodistas no están borrachos. Son muy conscientes
de la farola a la que se agarran.
Todo esto viene a cuento del caso
Pujol y de las tonterías que han dicho –a montones- todos los medios que esta
vez, por extraño que parezca, han rebasado a toda máquina a sus patrones
políticos, que guardan un comedido silencio en general, que igual se debe al
acojone general que ha provocado el harakiri del Molt Honorable, sabedores como son de que en este país hay dosieres
de todas y cada una de las figuras públicas relevantes. Dosieres con los que se
chantajean y extorsionan de forma habitual personajes de uno y otro signo, en
un precario equilibrio de poder semejante al de la época de la guerra fría, eso
que llamaron la “disuasión mutua”. Una disuasión que de tanto en tanto se cobra
alguna pieza cuando las costuras del sistema están a punto de reventar. En
resumen, que los políticos guardan una sospechosa cautela en este tema,
mientras que los periodistas la están liando parda.
Porque está claro que si el caso
Pujol está supurando de mala manera no
es por el avance de las investigaciones judiciales ni mucho menos, sino por
filtraciones de informes policiales (y parapoliciales también) que a buen
seguro llegaron a ojos del patriarca del
clan antes de que se hicieran públicas. Uno desearía pensar que eso se hizo con
el buen fin de salvaguardar el honor y la virginidad de la democracia española,
pero lamentablemente, y visto como se han desarrollado los acontecimientos, más
bien creo que se trata de una operación de corte mucho más político que moral,
y que si no se vislumbrara en el horizonte la consulta popular sobre la
independencia de Cataluña, todo este asunto seguiría enterrado bajo montones de
otros dosieres durante muchos años, hasta que fuera preciso utilizarlo. O no.
Ahora bien, entre todas las
sandeces que se han dicho, hay que destacar dos que merecen una respuesta
detallada. Y contundente. La primera de ellas relativa a la afectación del
proceso soberanista, que me temo que era el objetivo primordial de todo este
estallido. La segunda en cuanto a la descalificación total de la figura de
Jordi Pujol como presidente de la Generalitat durante sus años de mandato. Y
consecuentemente con las dos anteriores, la pretensión de anular los argumentos
de las fuerzas catalanistas relativos al déficit fiscal catalán y la necesidad de
un mejor trato financiero por parte del Estado.
Se puede decir más alto, pero no
más claro: el señor Pujol, como la mayoría de la militancia de CiU, no ha sido
nunca independentista. Ni lo es ahora, pese a todas las inflamadas soflamas
que proclaman algunos de sus más conspicuos dirigentes. CiU se apuntó al carro
del soberanismo arrastrada por el tirón de ERC y para evitar mayores males
electorales, pero como dicen muchos, el señor Mas tienen un marrón de cuidado,
porque encabeza un proyecto que seguramente desea que fracase, pero no tanto
como para que le hunda a él y a su formación en un abismo electoral y
representativo. La equivalencia que hacen muchos medios madrileños entre el
proceso soberanista y CiU es tan interesada como falsa. Es confundir al agente
(muchas veces involuntario) con el dirigente, es decir, con la auténtica fuente
de un movimiento.
En 1932 fue reelegido el
presidente de Alemania, Hindenburg. Eso fue el principio del fin de la
república de Weimar, porque la fuerza emergente la constituía el NSDAP de Adolf
Hitler. Hindenburg nombró canciller del Reich a Hitler y poco después, firmó la
ley que concedía todos los poderes del estado a Hitler. Ahora bien, no podemos
pasar por alto que Hindenburg (el agente) nunca fue nazi, sino un patriota
conservador alemán. El dirigente de todo era Hitler, que actuó siempre a la
sombra hasta que llegó su momento. En ese sentido, las similitudes son obvias y
obedecen a un patrón repetido hasta el hartazgo en la historia de la humanidad:
una fuerza dominante pero debilitada (CiU) que adopta los principios de otra
fuerza emergente y cada vez más poderosa (ERC y su equivalente social ANC),
para no perder el tren del poder, pero que acaba sucumbiendo y barrida del
escenario.
Así que atacar el proceso
soberanista en la figura de Jordi Pujol porque actualmente lo encabeza el
presidente Mas, y por tanto CiU (muy a su pesar), es la demostración palpable
de que el nacionalismo español (aún) no ha encontrado un punto lo
suficientemente débil y comprometedor en ERC como para atacarla directamente.
Seguramente con este movimiento en el
que Pujol se suicida, la gran triunfadora sea ERC, y lo único palpable en
Madrid sea a la postre una pequeña demora en un proceso que se intensificará si
ERC alcanza la presidencia de la Generalitat. Porque una cosa es tratar con el
señor Mas, que en el fondo desea que le saboteen la independencia de Cataluña;
y otra tener que debatir con ERC, que no está para hostias y tiene las manos
libres por el momento. O sea que habrá que ver si el nacionalismo catalán aún
se refuerza tras ese episodio. Quienes conocen a Rajoy insinúan que su actual
silencio es tanto una manifestación más de su conocido hermetismo como una
escenificación de que el presidente español no ve claros los réditos de un
posible hundimiento de CiU en Cataluña. En resumen, al gobierno central le
conviene que siga CiU, no que quede desbancada por una formación con propuestas mucho más radicales.
La segunda cuestión de enjundia
es la descalificación de toda la obra de Pujol como consecuencia de su
confesión. Argumento al que se ha sumado todo el mundo como si de una carrera
por ver quien mostraba más desafección a su figura. Todo el trasunto es
deleznable, pero del mismo modo que se debe censurar sin ambages la evasión
fiscal cometida por miembros de su clan, con el consentimiento tácito –por acción
u omisión- del patriarca; debe señalarse que gran parte de su obra política
sigue siendo válida y tiene plena vigencia. No se puede menospreciar tampoco la
contribución de CiU a la tan exigida estabilidad política de España en diversas
legislaturas. La historia de la construcción democrática de Cataluña y de España
no puede obviar ni borrar de un plumazo el aporte que ha hecho Pujol y su
formación durante muchos años, y especialmente durante los de la primera
transición.
Por más que al final se demuestre
que Pujol haya sido un evasor fiscal, eso no empequeñece su figura como
estadista, a lo sumo enturbia el conjunto de su figura pública. Del mismo modo
que Messi, por un decir, no será peor futbolista ni su aportación a la historia
del fenómeno futbolístico será menor si finalmente le meten un paquete por
evasión de impuestos. Las cosas hay que ponerlas en perspectiva. Muchos grandes
hombres han sido pésimos estadistas. En contrapunto, muchos grandes estadistas
han sido figuras como mínimo controvertidas en otros planos. De no ser por un
tipejo como Stalin, Rusia jamás hubiera sobrevivido al empuje nazi, por poner un
ejemplo. China hubiera seguido siendo un imperio feudal de no haber existido
Mao, que también fue el último responsable (como Pujol) de la existencia de la
corrupta y vil “Banda de los Cuatro” encabezada por su mujer.
Más cercano es el
caso de Giulio Andreotti, a quien nadie ha negado nunca sus dotes de estadista de nivel mundial y su
habilísima capacidad para hacer de Italia una potencia moderna tras la derrota
del fascismo. Un personaje que sobrevoló la escena política italiana
durante cincuenta años y sobre el
que hay más que sombras relativas a su ética personal. En Italia se ha dado
siempre por descontado el vínculo de “Il Divo” con la mafia y con sonados casos
de corrupción, e incluso con asesinatos políticos como el de Aldo Moro. Los
italianos, mucho más pragmáticos que los “románticos” españoles, siempre han
pasado de puntillas por estas embarazosas relaciones de Andreotti, nunca
probadas pero que eran de dominio público.
Y esa necesaria desvinculación de
la figura pública de la privada, por más censurable que sea esta última, es la
tónica que el juicio de la historia reserva a todos los estadistas desde la época de Hammurabi,
por un decir. Y en íntima conexión con esta cuestión está el mejunje mental que
muchos medios han empezado a cocinar mezclando la actividad delictiva de los Pujol con el
déficit fiscal de Cataluña, como si la inmundicia de una contaminara y
desmintiera al otro. O sea, y en plata, como si al ser los Pujol unos
defraudadores, el déficit fiscal catalán fuera un fraude. Y eso, que es una
majadería de gran calibre, está siento usado de forma absolutamente indigna por
quienes buscan créditos con los que desacreditar, no ya al proceso soberanista,
sino al conjunto de las instituciones catalanas, que no son, ni de lejos,
solamente los Pujol y su partido. Y eso resulta especialmente insultante porque
catalanes somos muchos, y no todos militamos en las filas de CiU ni somos
afines al señor Pujol, aunque algunos, como yo mismo, no desmerecemos algunos
de sus logros políticos por más que a título personal repudiemos la delictiva
forma de enriquecimiento familiar que ha facilitado el expresidente. Pues, en definitiva, la falta de honorabilidad de una persona en relación con determinados negocios nunca puede presuponer que todos los ámbitos de su vida sean deshonrosos y deban ser borrados de los anales.
A veces parece imperativo
recurrir a símiles más sencillos, como el familiar, para desmentir las
testarudas afirmaciones de determinados articulistas y tertulianos que
demuestran tan poca templanza y reflexión que dan miedo. Si a mi familia,
durante años y años, alguien le debe dinero y mi padre ha estado mucho tiempo
reclamándolo, la deuda no desaparecerá por el mero hecho de que él meta mano al
bolsillo familiar para sus propios intereses. La deuda existe o no como entidad
propia con independencia de quien la reclame. Y sobre todo con independencia de
los atributos éticos, morales o incluso penales de quien lleve la voz cantante.
Argüir, como hacen algunos
descerebrados, que el déficit de Cataluña no existe porque el hecho de que los
Pujol desviasen dinero incapacita al gobierno de CiU para reclamar nada; o peor
aún, que si el déficit de Cataluña existe es precisamente debido a que los Pujol se enriquecían
a costa nuestra, es una solemne estupidez. Primero porque el déficit es muy
superior a todos los millones de euros que el clan se haya podido agenciar.
Segundo porque el enriquecimiento de los
Pujol no ha sido mayoritariamente a cargo del erario público, sino
principalmente como compensaciones y contraprestaciones de turbios negocios llevados
a cabo tanto en Cataluña como fuera de sus fronteras.
En el futuro los historiadores,
ya lejos del apasionamiento que tanto nos ciega en este país, pondrán la obra
política de Pujol (y de otros tantos contemporáneos suyos) en su justa
dimensión. Y evidentemente, aunque ahora sea un apestado y posiblemente muera
como tal, su figura ocupará un lugar destacado en la historia de la construcción
de la democracia en Cataluña y en España.
miércoles, 30 de julio de 2014
Ébola
Para esta semana tenía dos
posibles entradas: el turbio asunto de la familia Pujol o el –esta vez sí-
incontenible brote de virus Ébola que está propagándose por el África
ecuatorial. Como soy partidario de analizar las cosas en perspectiva y con
desapasionamiento exento de especulaciones, he decidido abstenerme de hablar de
Jordi Pujol porque en este momento, lo más fácil es hacer el imbécil y pasar por alto cosas fundamentales como me
temo que están haciendo la mayoría de los sesudos analistas a cargo de este
asunto. Entre ellas que hay que andarse con cuidado con el harakiri del Molt Honorable, porque es más que
posible que su cadáver político oculte una bomba de explosión retardada, al más
puro estilo iraquí.
Así que hoy prefiero escribir
sobre el Ébola, un tema que me apasiona desde los primeros casos de infección
con este virus desconocido hasta 1976 y que parece ser que corresponde a un
salto entre especies, aunque su origen todavía es dudoso. Algunas hipótesis
sostienen que el reservorio natural son murciélagos frugívoros, aunque está más
que documentado que afecta a diversos primates, y que una mortandad enorme de
gorilas en el área de distribución del virus fue debida a Ébola.
Lo realmente noticiable ahora es
que en esta ocasión tenemos el peor brote de todos los detectados hasta el
momento en los casi cuarenta años de historia epidémica de este virus. Más de
mil doscientos afectados, casi setecientos muertos hasta el momento y, lo que
es todavía peor, casos de contagio entre el personal sanitario dedicado a
controlar la expansión de la infección. Entre ellos, el mayor especialista en
Ébola de toda África, que falleció el martes 29 de julio, desconociéndose cómo
se contagió.
En los años noventa, Richard
Preston publicó un libro, titulado “La zona caliente”, que era un prodigio de
narrativa divulgativa sobre el Ébola y sus demás parientes de la familia
filovirus. Lo realmente aterrador –aparte de que no existía ni existe aún
tratamiento alguno, ni vacuna preventiva- era que se trataba de un virus
altísimamente contagioso y con una tasa de mortalidad tan alta que podía poner
en peligro la especie humana con sólo unos pequeños cambios en su estructura
genética.
Los brotes que se han ido
detectando en estos cuarenta años han sido autocontenidos por el hecho de que
el virus mata tan rápido que casi no da tiempo a que el portador pueda infectar
a mucha gente. La capacidad de un virus
para matar masivamente depende de dos factores. La primera de ellas, su
letalidad, es decir, la proporción de casos que fallecen sobre el total de
infectados. La segunda de ellas, su capacidad de propagación entre poblaciones
relativamente distantes.
Si tomamos como ejemplo el SIDA,
tenemos el caso de un patógeno letal en una proporción enorme, y con una
difusión garantizada gracias a que su huésped no es consciente de la enfermedad
durante meses o años durante los cuales puede infectar a decenas o cientos de
personas. Por suerte, con el SIDA tenemos medidas higiénicas que pueden impedir
su transmisión, así como una medicación carísima que ha permitido a la sociedad
occidental levantar un muro de contención altamente eficaz contra la pandemia.
Sin embargo, el caso del Ébola es
diferente, mucho más parecido al de la célebre gripe de 1918 que mató entre
cincuenta y cien millones de personas en pocos meses. Esa cepa de gripe (hoy
conocida como H1N1) era tremendamente mortífera y con una capacidad de
diseminación insospechada, debido a que su período latente de incubación era
suficientemente amplio como para que el portador infectara a mucha gente antes
de caer enfermo. El episodio se agravó por el hecho de que el final de la
primera guerra mundial coincidió con movimientos masivos de población y de
soldados que iban y venían de las zonas en conflicto y de los frentes de
combate. La pandemia se extendió por el globo como un reguero de pólvora, y eso
que sólo existían transportes lentos, como el barco y el tren. Causa pavor
pensar que hubiera sucedido hoy en día, en el que miles de millones de personas
se desplazan diariamente en coche mientras unos cuantos millones lo hacen en
avión hacia todos los rincones del globo.
Con el Ébola tenemos todavía la suerte de que mata tan rápido que no da tiempo a crear un gran foco infeccioso que se
disemine en progresión geométrica. Antes de que los enfermos puedan contagiar a
mucha gente, ya están muertos. Por eso los brotes de la enfermedad en África se
han ido saldando con a lo sumo un par de centenares de víctimas mortales. Hasta
la fecha, porque este brote es el más extenso detectado actualmente, y además
con un problema agravado: es transfronterizo y ya afecta a tres países de la
zona (cuatro si contamos un caso detectado en Nigeria).
Indudablemente, incluso África no
es inmune a la modernidad y a la mayor cantidad y velocidad de las
interacciones entre las personas. Más desplazamientos, a más lugares y más
lejanos que hace unos años. Los vectores de la transmisión humana se desplazan
por tierra, mar y aire de forma mucho más rápida que antes, y esa es una baza a
favor del Ébola. Pero hay otro factor mucho más preocupante aún, y que ya
apuntó Richard Preston en “La Zona Caliente”.
Los virus, como los demás
patógenos microbianos, tienen la capacidad de mutar mucho más rápido que las
especies animales. Es tan sencillo de entender como de explicar. Una bacteria
típica tiene una tasa de crecimiento exponencial. Vertiginosa. Se duplica cada
pocos minutos en condiciones favorables, de modo que en pocas horas una sola
bacteria puede haber generado millones y millones de descendientes. La
capacidad de experimentar mutaciones depende de dos factores, el número de
generaciones y el número total de individuos. Una especie que en pocos días
llegue a generar muchos descendientes equivale a todas las generaciones de la
especie humana desde el principio de los tiempos. Una especie que se duplica
deprisa puede, en muy poco tiempo, superar el número total de individuos de la
especie humana. Como las mutaciones son un proceso aleatorio pero que prima a
los individuos mejor adaptados, sucede que las especies con la posibilidad de
mutar rápidamente tiene una ventaja selectiva sobre las demás, sobre todo si
son patógenas.
Ese es uno de los motivos de que
en la carrera entre bacterias y antibióticos algunas de las primeras estén
ganando, pues su capacidad de mutar y resistir a los fármacos es superior a la
de la industria farmacéutica para sintetizar nuevos antibióticos eficaces. En
el caso del Ébola, eso no es problema para el virus, porque no hay tratamiento
ni vacuna en el horizonte próximo, pero puede mutar igualmente.
Puede mutar a una forma más
benigna, menos infecciosa o con menor letalidad. Cierto, pero también puede
mutar a una forma que sin ser más letal, sea capaz de sustentar a su huésped
infectado durante más tiempo. Un vector que viva más es un vector más
infeccioso y con capacidad de diseminar el virus más lejos y a más personas. Lo
que vaticinó Preston en su libro es que el Ébola, como otros filovirus, ya
había mutado en ocasiones anteriores, y que por eso existen varias cepas
distintas. Y que seguiría mutando en el futuro, unas veces a formas más
inofensivas, otras a formas mucho más agresivas. Y otras, a formas muy expansivas que podrían dar lugar a
brotes cada vez más extensos e incontrolables.
El día que el Ébola sea capaz de
dar el salto entre continentes e infectar de forma masiva a unos cuantos
centenares de personas allende los océanos que rodean África, vamos a tener un
problema sanitario muy serio que puede matar en muy poco tiempo a muchas más
personas que la gripe de 1918. Impermeabilizar las fronteras hoy en día es
dificilísimo pese a toda nuestra tecnología, y si no que les pregunten a los
responsables de inmigración de los países del sur de Europa, o a los rangers que patrullan con un éxito menos
que moderado, la frontera de Estados Unidos con México. El siglo XXI es el de
los movimientos masivos de población por todo el globo terráqueo, tanto
controlados como incontrolados. Aplicar una cuarentena mundial sería tarea
imposible, salvo que estuviéramos dispuestos a provocar un colapso de la
economía global sobre la que se sustenta nuestro modo de vida.
Pues el cierre de fronteras no
podría afectar sólo a las personas –lo cual ya sería gravísimo de por sí- sino
a todo tipo de productos procedentes de las zonas calientes. Materias primas
totalmente necesarias para mantener el motor de la economía en marcha. También
ocasionaría la paralización del turismo y de los viajes de negocios. Parece de ciencia
ficción, pero la mayoría de los expertos coinciden en que el escenario que
describo no sólo es un guión de película catastrofista. El algo que en el CDC
se toman muy en serio. Y el CDC (Center for Disease Control) de Atlanta, es la
organización más importante del mundo en esta materia.
Este brote de Ébola es distinto,
eso es todo lo que podemos afirmar hasta el momento. Pero si no remite en las
próximas semanas, podremos afirmar que nos encontramos ante una emergencia
mundial, que dejará el asunto de Jordi Pujol en mera anécdota localista. Lo más
probable es que desaparezca de la misma forma misteriosa en que aparecen,
espaciados por años, los diversos brotes. Si no es así, la hipótesis de la
mutación maligna se habrá visto confirmada mucho antes de lo que los virólogos
esperaban.
Preston acababa su libro con una
admonición: “El Ébola había surgido en
aquellas salas, había desplegado sus colores, se había alimentado y se había
retirado al interior de la selva. Pero volverá.”. No era
catastrofismo, era pura lógica evolutiva. El brote de este 2014 podría ser el
anuncio de la proximidad de un nuevo apocalipsis biológico.
miércoles, 23 de julio de 2014
Las canas de Obama
Cuesta un enorme trabajo no
sucumbir a la indignación que estos días
le embarga a uno al comparar –si es que existe comparación posible- el trato
que están dispensando los Estados Unidos y las potencias europeas a la masacre
de civiles en Gaza frente a la situación en Ucrania y el acoso a Rusia y los
rusoucranianos. Especial vergüenza se siente cuando uno de los principales
protagonistas de este desatino de alta política internacional es el otrora bien
considerado Obama, cuya catadura moral actual yace cual rastrojo en el desierto
gracias a sus salidas de tono y su esperpéntica animadversión contra el enemigo
imaginario en que han convertido a Rusia, a falta de nadie mejor contra quien
dirigir la artillería de las sanciones económicas, ya que con China no se
atreven ni de lejos. (no deja de ser significativo que reciba a un trato
exquisito un estado bastante más autoritario que el ruso y que lleva ocupando
el Tibet desde nada menos que 1959, sin que a Obama y demás adláteres les
tiemble la mano que estrechan con los mandarines del partido comunista chino
con quienes América está en deuda por us compra masiva de deuda pública).
Porque hay que tener desfachatez
para acusar y acosar sistemáticamente a Rusia con el tema de Ucrania –un asunto
que las gentes con dos dedos de frente ya zanjaron tiempo ha, y muy claramente,
en el sentido de que ese jaleo lo comenzaron los revoltosos ucranianos que depusieron
a un gobierno legítimo aunque desagradable, para poner en su lugar a una panda de mafiosos y neonazis al
servicio del capitalismo amigo de occidente- mientras que por otro lado, el
eterno aliado israelí se dedica a exterminar palestinos civiles en el campo de
concentración más o menos desdibujado que es la franja de Gaza, en la que
periódicamente irrumpen a tiro limpio como el que va a cazar venados al coto de
caza para darse un gusto a cuenta de mujeres, niños y ancianos.
Y es que además, la indignación
sube de tono cuando uno se aferra siquiera a los datos puramente cuantitativos.
Es entonces cuando el europeíto de a pie se percata de que pese a que las víctimas en Gaza duplican o
triplican a las del avión de las líneas aéreas malasias (y subiendo), resulta
más que obvio que para nuestros gendarmes de occidente que las vidas de un par de cientos de holandeses
son mucho más valiosas que las de mil palestinos, y que el tono que emplean en
su discurso, establece de forma determinante que en este occidente tan
democrático, lo fundamental siguen siendo las castas, la sangre y los lugares
de nacimiento, además del dinero, of course.
Y lo más triste es que esa
política asimétrica, la de cerrar los ojos ante las atrocidades de Israel y
machacar día sí y día también a Rusia por apoyar a gente de origen ruso en
Ucrania la practique con total desenfado un “fucking
nigger” de aquellos que hace un par de siglos se pasarían el día recibiendo
latigazos en la plantación de algodón de algún magnate de Louisiana. Debe ser
que el salón oval se la ha subido al terrado y el espejo en el que se mira le
debe devolver una imagen de rostro pálido que le impide recordar sus orígenes y
los de su raza afroamericana, durante tanto tiempo despreciada, vilipendiada, y machacada
por otros que, como Israel con los palestinos de hoy en día, se creían con todo
el derecho natural y divino para erradicar cualquier ansia de libertad de
aquellos malditos (en su opinión) esclavos negros.
En resumen, que es el colmo del
oprobio pertenecer a una cultura occidental, que con total cinismo rinde
pleitesía a los asesinos de civiles del próximo oriente, sin ni siquiera la más
mínima sombra de crítica; y en cambio pretende someter a los eslavos del este
de Europa al diktat de la
conveniencia de las superpotencias económicas que consideran la Europa del
Este(y muy especialmente Ucrania) el nuevo patio trasero del imperio donde
llevar a cabo sus sucios negocios de toda la vida, como en su momento los
Estados Unidos jugaron la sucia baza del terrorismo de estado en Centroamérica para
servir a los intereses de sus multinacionales, importándoles bien poco los
miles de asesinatos de paisanos
hondureños, guatemaltecos, salvadoreños
o nicaragüenses y menospreciando sus derechos elementales, como
menosprecian hoy en día a los rusos de Ucrania y a quienes, como Putin, velan
no sólo por sus intereses, sino por los interese estratégicos de Rusia en la
región, exactamente igual que han hecho desde tiempo inmemorial, los Esbirros Unidos de América.
Y no se confunda el personal,
Putin es un personaje de mucho cuidado, pero no menos que el finísimo Obama. Al
menos al primero se le ha visto venir siempre y siempre ha dejado claro que
desea recomponer la influencia de Rusia en el este de Europa, mientras que el
discurso pseudoprogre del segundo encierra, como siempre suele suceder,
demasiadas zonas de penumbra. Y que se resume en un peligroso barrer para los
intereses de los lobbies que tienen cercados a Washington y Bruselas por igual.
O sea, que en última instancia, el negro inquilino de la Casa Blanca es como
todos los anteriores: su prioridad no son las vidas humanas, sino las bazas
económicas y geoestratégicas de esta partida mundial de cartas en la que los
ciudadanos nos vemos obligados a participar con unos tahúres desaprensivos.
Por ese motivo, jamás censurarán,
siquiera con un mohín de reproche, las barbaridades que Netanyahu pueda cometer
en sus territorios de caza y distracción. Como los “Predators” de la saga
cinematográfica, los militares israelíes van a jugar a la caza de cabezas
palestinas en el cortijo que tienen montado en Gaza ante la indiferencia atroz
de las cancillerías europeas y americanas, que encima apelan al derecho judío a
una autodefensa que resulta insultante, por lo desproporcionada, pero sobre
todo porque los rusos de Donetsk,
martiilleados por la artillería ucraniana, no parecen gozar del mismo derecho. Y
no digamos de la misma simpatía. Y es
que, por supuesto, éstos rusos son unos mindundis de mierda, que nada aportan a
la faltriquera neoliberal; mientras que los judíos son los controladores de
gran parte del juego financiero mundial. Una vergüenza con nombres y apellidos.
Una vergüenza de la que además, nos hacen partícipes y cómplices cada mediodía
en los noticiarios, sin que tengamos el valor de salir a la calle a proclamar
que ya basta de manipulaciones y de mentiras.
Porque este Obama en su segundo
mandato está resultando como esos ciclistas a los que el Tour de Francia les resulta demasiado largo. EL
semblante largo, las ojeras prominentes, la sonrisa casi ausente, la frescura
desaparecida. El “Yes, we can” ha demostrado ser sólo un eslogan que con el
tiempo en el poder se ha diluido. A cambio de un segundo mandato, el presidente
Obama se ha rendido a los poderes ocultos de Washington y emplea el mismo tono
beligerante, faltón e hipócrita que
empleaba el anterior inquilino de la Casa Blanca. Como si la disgregación de su
programa pudiera cimentarse con un discurso belicista dirigido hacia un viejo
enemigo que ya no lo es, pero que conviene aupar a esa categoría para aglutinar
de nuevo el viejo imperialismo americano. Y satisfacer de paso a los sectores más retrógrados
de la sociedad estadounidense, que son amplios, variados y poderosos.
Las canas que ahora muestra Obama
en público no son las canas de la sabiduría, la reflexión y la ecuanimidad,
sino un signo de amargo envejecimiento, de consunción de un proyecto fracasado. Las canas de Obama son
las del fracaso de la apuesta por una auténtica democracia mundial. Y con ellas
y con nuestra resignación se acaba otra esperanza de hacer un mundo mejor, más
igualitario. Donde rusos e israelíes reciban el mismo trato, para empezar.
Donde todas las vidas tengan el mismo valor, sean palestinas u holandesas.
miércoles, 16 de julio de 2014
Palestina y la desproporción
Es delicado hacer la comparación
que sigue, ante todo porque le pueden acusar a uno de antisemita, pero no veo
otra manera de ejemplificar lo que está sucediendo estos días en Gaza con la actuación del todopoderoso ejército israelí y de los políticos que lo dirigen. Porque a
fin de cuentas, su modus operandi es tan extraordinariamente similar al de las
Waffen SS por tierras de Polonia y de Rusia durante los años cuarenta, que
diríase que es totalmente calcado.
Las tácticas que está empleando
estos días el gobierno judío también son copia fidedigna de las que Goebbels
impulsó al frente de la propaganda del Reich. Mentir descaradamente ante la
opinión mundial, tergiversar la realidad manipulando los hechos, presentar a un
adversario débil y debilitado como un peligroso monstruo que pone en peligro a
la patria, magnificar las atrocidades ajenas –si acaso existen- para justificar
las propias, utilizar los medios de
comunicación de masas como meros aparatos publicitarios sin posible crítica,
jalear sibilinamente el linchamiento de civiles aduciendo que tras ellos se
esconden miembros armados de Hamás, y suma y sigue. Todas esas tácticas fueron
usadas con profusión por las fuerzas ocupantes nazis durante la segunda guerra
mundial, para mayor desgracia de judíos de todas las nacionalidades y
condiciones.
Resulta estremecedor ver el uso
de las redes sociales que hacen el gobierno y el ejército israelíes para atraer
la atención a su favor, lo que hubiera hecho las delicias de cualquier
jerifalte hitleriano durante los años dorados del fascismo europeo. Se diría
que las víctimas de aquella barbarie encontraron hace tiempo su perfecta
sintonía y su lugar en el mundo junto a los verdugos que los persiguieron hasta
el exterminio durante una década. En vez de alejarse del modelo del exterminio
indiscriminado y del terror generalizado, lo adoptaron como método que
administrar a las comunidades vecinas en el cercano oriente.
Esa manera de actuar deviene del
odio reconcentrado a fuego lento por las vicisitudes sufridas durante siglos de
persecución y de la convicción de que solo el terror, y la respuesta
ultramagnificada a cualquier amenaza, por leve que sea, permitirán la subsistencia de Israel. Tendrán sus razones , pero estas cosas sólo funcionan a corto plazo. En un entorno cada
vez más hostil, y donde la variable del crecimiento demográfico juega sensiblemente en contra de Israel, jugar a esa carta de forma permanente exige
asumir que Israel habrá de acabar cometiendo un genocidio mucho peor, por
extensión y duración, al que les propinaron Hitler y sus secuaces en los
gloriosos días del Reich.
Casi habría que decir que o progresan por la
escalera de la barbarie hasta el exterminio absoluto de sus vecinos antes de
que se hagan más fuertes y mucho más numerosos, o de lo que pueden estar
seguros es que en el próximo oriente se vivirá un segundo holocausto en unas
decenas de años, donde todos serán víctimas, cuando todo el mundo civilizado
les tenga que dar la espalda forzosamente ante su incapacidad de controlar su
brutalidad y su crueldad en el trato a los civiles.
Porque, a fin de cuentas, tratar
a todos los civiles como si fueran enemigos ya lo ha intentado el ejército
norteamericano tanto en Iraq como en Afganistán, cosechando unos resultados tan
pobres que han concluido con la forzosa retirada de ambos frentes tras invertir
muchas vidas y muchísimo dinero en una empresa abocada al fracaso. Con esas
actitudes, lo único que se consigue es que la población civil, incluso la no
beligerante, acabe pasándose al bando de los terroristas vengativos. Se consuma
así la persistencia de un caldo de cultivo que se propaga de generación en
generación, con odios cada vez más intensos, y gentes que menos tienen que
perder si ponen sus vidas en juego.
Algo que Israel no puede decir de
sus ciudadanos, que sí tienen cada vez más que perder en esta apuesta siempre
al mismo número de la ruleta. Esta sociedad de corte occidental y sumamente
acomodada no puede permitirse el lujo de acabar dependiendo exclusivamente de
la ayuda de los judíos del exterior para mantener un dispositivo militar terrorífico
con el que no sólo disuadir a sus vecinos árabes, sino también machacarlos
ciento por uno a las primeras de cambio.
Que el sionismo mundial es fuerte
es bien conocido, pero que por esta vía es difícil que puedan conseguir
estabilidad en la zona a medio plazo es también muy evidente. Porque a fin de
cuentas, el genocidio nazi sí podría haber llegado a buen término en toda
Europa si las cosas hubieran sido sólo
un poco diferentes, pero exterminar a toda la población pro palestina de la
zona es cosa de un nivel muy diferente, tanto por cantidad de habitantes de la
que hablamos, como de las repercusiones que tendría a nivel internacional
semejante atrocidad. Porque a fin de cuentas, Israel es muy consciente de que
no podría causar un genocidio palestino sin identificarse plenamente con sus
verdugos nazis de setenta años atrás.
La ley del talión es dura y
cruel, pero en su propia definición establece un principio de proporcionalidad
que sólo los dictadores más sanguinarios de todas las épocas se han atrevido a
vulnerar. Desde la época de la matanza de Sabra y Chatila, allá por los ya
lejanos años ochenta, somos conscientes de que Israel se mueve en la finísima
línea que divide la autodefensa del exterminio, sin que nada haya mejorado
desde entonces. En realidad, todo ha empeorado, porque el discurso es más
beligerante y autojustificativo que entonces. Si por la muerte de tres
muchachos judíos el gobierno de Netanyahu es capaz de asesinar impunemente y
sin el menor rastro de humanidad a cientos de civiles so pretexto de que los
terroristas se camuflan entre ellos, es que Israel ha perdido el derecho a ser
considerada una nación civilizada, les guste o no, y por mucho que sus socios
norteamericanos hagan la vista gorda o miren para otro lado mientras el Tsahal masacra la zona de Gaza.
La acción política es algo que
los ciudadanos libres no podemos controlar una vez que hemos otorgado nuestro
voto a las formaciones que dirigen nuestras débiles democracias formales, pero
la conciencia individual sigue existiendo indemne para condenar con toda
firmeza las violaciones de los derechos elementales de las personas, aunque
sean efectuadas por nuestros presuntos aliados. La opinión pública
norteamericana manifestó clarísimamente su repulsa sobre el proceder del US Army
y de los presidentes Johnson y Nixon durante la guerra de Vietnam y puso en muy
serios aprietos tanto a administraciones demócratas como republicanas que
tuvieron que lidiar con el conflicto abierto en Indochina. En cierta medida,
fue un gran triunfo de la ética ciudadana sobre la “realpolitik”, un sucio eufemismo para describir las atrocidades
que en nombre del “mundo libre” estaban dispuestos a cometer los gobiernos
occidentales.
Debido a la manipulación de masas
derivada del shock del 11 de septiembre, esa conciencia ciudadana, ésa ética
social de repulsa del ”todo vale”, se ha visto considerablemente mermada, y
muchas personas de buena fe se creyeron las indecentes mentiras (más bien
soflamas) que justificaron la invasión de Iraq por parte de los aliados de
occidente. En este clima de paranoia en el que llevamos ya más de una docena de
años, parece debilitarse el juicio crítico contra las aberraciones militares, y
eso abre la puerta a la indiferencia con que en gran parte del mundo se están
recibiendo las imágenes del genocidio de Gaza.
Pero no olvidemos que, una vez
destruido el principio de proporcionalidad en la respuesta a las agresiones,
nada nos libra del peor de los futuros. Un futuro teñido de negro, en el que
los gobiernos podrán ejercer la violencia indiscriminada y
desproporcionadamente contra todo hijo de vecino al que puedan acusar de
haberlos agredido. Incluidos sus propios ciudadanos.
miércoles, 9 de julio de 2014
Gowex y la alquimia
Semana muy movida por el desastre de Gowex, uno más de los que vienen asolando la economía y del que ya se han escrito tantas justificaciones que no merece la pena entrar en más explicaciones, todas ellas parciales, sesgadas y, en mi opinión, muy alejadas de acertar en la diana de las causas profundas de este tipo de cataclismos.
La cuestión es que tenemos por un lado, una empresa estrella del parquet bursátil secundario, con una capitalización que se acercaba a los setecientos millones de euros, y que en realidad resulta ser un farol de principio a fin. Tras la constatación de la debacle, unos acusan a la frivolidad de los inversores, otros a la falta de mecanismos de control, y otros más a la desvergüenza de algunos empresarios dispuestos a todo con tal de conseguir dinero.
A todos se los puede dar la razón, pero sólo parcialmente, porque la cuestión de fondo no radica que Jenaro García engañase a todo el mundo, ni que la empresa auditora se quedara fuera de juego, ni siquiera que los inversores, llevados por su codicia, pusieran su dinero en riesgo sin verificar la situación real de la empresa. La cuestión de fondo es mucho más sutil y mucho más profunda. También infinitamente más grave.
Tras los panegíricos laudatorios de la prensa generalista y especializada (sólo hay que ver las páginas centrales de los suplementos de economía de ABC o de Expansión del 2013 para enrojecer de vergüenza); tras los premios nacionales e internacionales otorgados a Gowex recientemente (recuerden a nuestro presidente Rajoy entregando el premio Sart-Ex a Gowex este mismo año, o a la Unión Europea otorgándole el galardón a la mejor nueva empresa); tras el sinfín de subvenciones y créditos públicos recibidos en detrimento de otras iniciativas menos osadas, y desde luego, menos fraudulentas, se esconde un síntoma de una enfermedad mucho más grave.
Una patología que arranca de muchos años atrás, y que ha conseguido encandilar a casi todo el mundo, pero especialmente a inversores, financieros y políticos. Una enfermedad que muy pocos han tenido la valentía de denunciar, porque el mundo oficial niega su existencia. Peor que eso, el mundo oficial afirma que esa terrible plaga no sólo no existe, sino que es un gran beneficio para la humanidad y constituye la cúspide las ciencias sociales.
Soy un ferviente seguidor de Nassim Taleb y otros execonomistas que llevan años denunciando las mentiras sobre las que se asienta la presunta ciencia económica. Personas que se han forjado en el mundo de las finanzas y que se han hartado de demostrar que lo impredecible sucede con mucha mayor frecuencia de la esperada en el mundo económico, y que por tanto, cualquier reduccionismo a formulismos matemáticos es algo que queda muy bonito de ver, pero que tiene muy poca sustancia.
Sin embargo, millones de personas por lo demás con una cultura notable, se empeñan en seguir los dictados de los economistas de moda del mismo modo en que las marujas domésticas siguen el horóscopo de las revistas de vanidades. Y con la misma fe chusca pero reconsagrada en que se asientan la mayoría de los dogmatismos, y especialmente los referentes a la economía.
Uno está tentado de afirmar directamente que los economistas no tienen ni puta idea de lo que hablan, y revisten este desconocimiento con montones de ecuaciones y gráficos que sólo sirven para predecir el pasado,pero que jamás aciertan el futuro.Charlatanes de traje y corbata y muy buen sueldo. Como si no hubiéramos tenido suficiente con la Gran Recesión en la que vivimos, los hay que se empeñan en mantener su fe incólume en los sabios de la tribu, que como ya dije en otra ocasión, tienen de sabios lo que el chamán tiene de médico.
El problema en la economía es que hay unos cuantos gurús y unas cuantas escuelas de negocios cuya palabra vale para que todo el mundo asuma sus especulaciones como verdades inquebrantables. Algo así como oráculos de Delfos, pero en versión tablet y smartphone. Y otros muchos que a la que abren las páginas salmón de la prensa económica, sufren una especie de daltonismo en su juicio crítico, que queda teñido de un indeleble sepia monocolor, por más tonterías que diga el columnista de turno.
Esta falta de sentido crítico que se aprecia simplemente hojeando la prensa económica especializada, que actúa de forma sincrónica aupando o hundiendo expectativas empresariales, elogiando o desautorizando iniciativas sin más fundamento que la siempre escasa información auténticamente contrastada que se facilita a los inversores, es uno de los mayores puntos de contacto de la economía con las todas las falsas ciencias, desde la astrología hasta las pseudociencias "new age" cuyos cimientos se hunden en la credulidad de las masas.
Pensar que un señor con dinero es un señor culto y con juicio crítico es no haber visto jamás a Jesús Gil y sus secuaces en acción. La equiparación entre poder económico e inteligencia es tan frívola como incorrecta. Yendo un paso más allá, pensar, a pies juntillas, que un doctor en economía (solo la asociación de "doctor" con "economía" es para poner los pelos de punta) es un individuo con una omnisciencia económica global y con unas dotes casi mágicas para darnos lecciones sobe cómo invertir nuestro dinero, y más si se trata de invertir en la bolsa, es para morirse de risa.
Sin embargo, no es de risa, si no de llanto, que nuestros dirigentes político-económicos sigan la doctrina económica como el que sigue el horóscopo del día. Y es por esa razón que otorgan premios, menciones y condecoraciones a destajo, a individuos y empresas que poco después estafan a un montón de inversores, caen en la quiebra y de paso se van, literalmente, a hacer puñetas con todos sus empleados, sin que nadie, absolutamente nadie, les hubiera advertido del más mínimo peligro.
Así pues, lo que falla no son los mecanismos reguladores y de control, sino la propia percepción de que la economía es algo infalible (una creencia que, al parecer, sólo comparten las clases dirigentes). Y que lo que falla no son sus recetas y predicciones, sus métodos y sistemas, sino las personas que la usan. Algo tan atrozmente falso como suponer que la alquimia es una ciencia exacta y sólo falla porque los alquimistas no son buenos en su profesión.
Porque en definitiva, la cuestión de fondo con los desastres económicos como el de Gowex y muchos más que están por venir, es que la economía es como la alquimia, una especie de derivación aproximativa a una ciencia, que se encarama por las ramas de la especulación y de la falsedad. Pero a diferencia de la alquimia, que el glorioso estallido del Renacimiento relegó por fin al olvido en beneficio de la química, la economía rige nuestros destinos de hombres del siglo XXI con mano férrea, aunque igual de falible, basándose en unos dogmas que nadie en absoluto ha conseguido demostrar hasta la fecha, pero que sellan nuestros destinos indefectiblemente.
Los economistas son los alquimistas del mundo moderno. Y toda nuestra vida gira en torno a ellos. Resulta aterrador.
miércoles, 2 de julio de 2014
Gremialismo medieval
No deja de ser curiosa la actitud
de los poderes públicos frente a determinados colectivos con una gran fuerza
corporativa, y el doble rasero que utilizan para justificar las restricciones
que imponen a ciertas formas de economía que han surgido al calor del
desarrollo de las redes sociales. En concreto, me refiero a esa nueva e ingeniosa alternativa a la economía
tradicional que se ha dado en llamar consumo colaborativo.
Que la economía es algo tan
dinámico como las propias sociedades es una afirmación que no debería
sorprender a nadie. En cambio, que los poderes fácticos se opongan con todas
sus fuerzas a formas no tradicionales de gestionar la economía ya resulta más curioso, especialmente porque
dicha oposición se manifiesta muy claramente cuando se trata de alternativas
que quedan al margen de los circuitos clásicos y sobre las que las grandes corporaciones
no han podido echar aún la zarpa.
Aún más relevante resulta el
hecho de que los gobiernos animen a todo hijo de vecino a participar en esa
gran estafa global que es el emprendimiento, y cuando alguna de esas ideas
novedosas y realmente emprendedoras comienza a funcionar, le hagan la
zancadilla legal so pretexto de regular un mercado antes inexistente. Porque
una cosa es regular, y otra muy distinta torpedear directamente la actividad de
los emprendedores atendiendo a intereses corporativos las más de las veces
oscuros, y casi siempre sintomáticos de un total inmovilismo respecto a
cualquier modificación de cualquier “sistema” económico que no hayan propugnado
ellos en primer lugar.
Una de las primeras consecuencias
de la gran crisis económica que vivimos es la del surgimiento de transacciones
económicas “peer to peer”, bien de tipo directo (yo te presto este servicio y
tú me prestas otro servicio que necesito), o bien intermediadas por una
plataforma que conecta a los interesados y bien les cobra un precio o lo hace
gratuitamente a cambio de publicidad o de esa otra mina de oro que consiste en
el “big data” que se obtiene comerciando con los datos personales y de
navegación de los usuarios.
Esas transacciones P2P
constituyen una fuerza económica emergente de una importancia cada vez más
significativa, y casi todas ellas se pueden englobar en el concepto de consumo
colaborativo o economía colaborativa. El problema es que a las fuerzas
económicas tradicionales, así como a los poderes públicos, esa economía “entre
pares” no les gusta en absoluto, porque les quita clientela, les recorta
beneficios y permite mucha más flexibilidad al usuario, que no está sometido a
las rigideces de los modelos económicos tradicionales.
La contradicción es evidente, no
sólo porque tenemos una sociedad desgarrada verticalmente (hasta el punto de que ya no podemos hablar
de enfrentamiento entre derechas e izquierdas, que se ha sustituido por
concepciones sociales u políticas radicalmente diferenciadas entre una sociedad
de arriba y otra de abajo) que está divergiendo cada vez más en
sus modelos sociopolíticos y económicos; sino porque tenemos a la sociedad “up”
exigiéndonos que nos adaptemos a los nuevos tiempos de movilidad laboral
extrema, precariedad y continua reconversión de la fuerza laboral; mientras que
por otra parte, cuando la sociedad “down” inventa nuevas formas de
susbsistencia, se ponen todas las trabas posibles aludiendo a que son formas de
economía no reguladas, si noi fraudulentas, y que perjudican a los sectores
tradicionales. Donde tradicional lleva parejo el adjetivo de inmovilista.
Para recurrir a un ejemplo,
tenemos cómo la ofimatización supuso ya hace años una gran revolución en los
servicios administrativos que impulsó una reconversión brutal de la fuerza
laboral administrativa y la pérdida de muchísimos puestos de trabajo gracias a
la gran eficiencia y velocidad que supone el uso intensivo de la informática en
la oficina. A ese tipo de modificaciones los poderes económicos tradicionales
no se han opuesto nunca, por más que envíen al desempleo a millones de
trabajadores, sencillamente porque su uso beneficia a sus cuentas y permiten
repartír más dividendo entre los accionistas.
Sin embargo, cualquier
competencia que surja de la creatividad de grupos no tradicionales es percibida
sistemáticamente no como una oportunidad, sino como una amenaza. Entonces las
fuerzas vivas del sistema ponen en
marcha toda su maquinaria para tratar de detener a los osados que se aventuran
a disputarles parte del pastel por medios alternativos. Ese doble
lenguaje, el “adáptate a los nuevos tiempos” que exigen a los asalariados, pero
también el “retírate de mi territorio” a los advenedizos que llegan con ideas
frescas, es una muestra más de esa esquizofrenia social y política en la que se
mueve el mundo actualmente, y que cada vez nos acerca más a un escenario de
ciencia ficción en el que una gran masa de la sociedad “down” empezará a operar
al margen de los cauces reglados y
dirigidos por los dirigentes de la sociedad “up”. Lo cual favorecerá, gracias a
la ceguera e inmovilismo de los dirigentes económicos, que la economía
sumergida crezca en las próximas décadas, en vez de ir disminuyendo.
Las transacciones de contenido económico P2P, que han conocido
su auge gracias a internet y la explosión de las redes sociales, serán
incontrolables por muchos esfuerzos que se dediquen a erradicarlas. Como
ejemplo, basta recordar que la lucha por evitar la descarga de contenidos
musicales o cinematográficos en internet está tan plagada de presuntos éxitos mediáticos
como de obvios fracasos diarios. El control de
la red es lo más parecido a tratar de pescar sardinas con redes para atunes. Y
lo peor de todo es que los reguladores económicos saben perfectamente que
construir una red mundial para pescar sardinitas es no sólo antieconómico, sino
imposible, salvo que se implante un estado policial en internet.
Así que el error de los grandes
grupos hoteleros está en tratar de hundir Airbnb, la plataforma más exitosa de
alquiler de alojamiento turístico P2P. Y lo mismo ocurre con los taxistas respecto a Uber o
Blablacar. Colectivos vociferantes exigiendo la amputación de las cabezas de una
hidra, en vez de intentar adaptarse a los tiempos que corren, ser más
competitivos y ofrecer servicios diferenciados que atraigan más a los clientes
potenciales.
De hecho, la tan cacareada
competitividad se basa en eso, no en tener mercados cautivos, que es lo que
pretenden los taxistas, un colectivo que no despierta ninguna simpatía entre el
ciudadano común y que además se está retratando como lo que ya muchos intuían:
retrógrado, corporativista y sobre todo, agarrado a la ubre de un modelo de
negocio protegido por los políticos municipales de todo pelo. Algo que en Europa resulta especialmente
patético y que pone de manifiesto que la economía norteamericana, pese a todos
sus defectos, es infinitamente más dinámica y tolerante con las nuevas formas
de explotar nichos económicos tradicionales, permitiendo que la creatividad sea
mucho mayor allende el Atlántico que en las tranquilas orillas de esta Europa
burocrática y gremial.
Las estructuras gremiales son
tremendamente dañinas para la dinamización de la economía, porque los
principios de adaptación y competitividad quedan diluidos en la salsa de una
regulación proteccionista que carece de sentido las más de las veces.
Sencillamente, el servicio de taxi tradicional tendrá que irse modificando,
especializando y ofreciendo mayor valor añadido, en lugar de limitarse a ofrecernos el tópico de un
impertinente conductor mascando un mondadientes y con la radio a todo volumen.
Igual vale para el gremio de hoteleros, mucho más poderoso pero igual de rancio y
retrógrado, que debería tomar nota de empresas como Airbnb para tratar de
adaptarse a los tiempos que corren y facilitar las cosas a los clientes, en
lugar de guerrear por mantener un mercado turístico cautivo como si eso fuera la
cosa más natural del mundo.
Si así fuera, por poner un último
ejemplo, los comerciantes de servicios fotográficos se hubieran rebelado hace
años ante la aparición de las tecnologías digitales y hubieran exigido su
prohibición so pretexto de que el usuario podía prescindir de sus servicios y
gestionar sus fotos directamente en casa. Semejante idea se antoja ridícula a
cualquier persona con un mínimo de entendimiento y racionalidad, y precisamente
por eso, el sector fotográfico tradicional acometió una reconversión drástica
hacia servicios paralelos de mayor valor añadido. Es cierto que trajo consigo
el cierre de muchos establecimientos, pero no podía hacerse otra cosa. En eso
consiste la evolución de las sociedades, muchas veces convulsa.
Porque una cosa es la protección
de los trabajadores, y otra distinta es blindar el sistema económico de tal
modo que Europa parezca un inmenso feudo medieval.
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