jueves, 4 de septiembre de 2014

El regreso

Finalizado el paréntesis estival, siento un profundo desagrado hacia el aparato de aspecto más bien venenoso que me observa fijamente con su ciclópeo ojo negro desde el fondo de la habitación. Ciertamente, durante estos días no he visto la televisión y he sido, como cada año, extraordinariamente feliz mientras no he oido a esos bustos vociferantes, mayormente impresentables (aparte de su aspecto relamidamente afectado), desgranar como imbéciles la sarta de barbaridades con que se nos intoxica día a día desde cualquier medio informativo.

Formo parte de ese colectivo, reducido y lamentablememnte muy poco influyente, que cree que menos es más. Un argumento generalmente muy sólido y que en lo que respecta  a la información es de lo más útil. El bombardeo de noticias y opiniones al que nos sometemos voluntariamente cada día tiene mucho de masoquismo y aún más de estupidez. Pues es bien sabido que el exceso de información empacha el cerebro e impide formar opiniones acertadas, y mucho más aún juicios válidos sobre nuestro entorno (si es que la información tal como se nos sirve hoy en día es válida para emitir algún juicio ecuánime).

La saturación de información es nefasta, y cuando se trata de información mediatizada, sesgada y manipulada, es seguramente peor que la ausencia total de información. Y como muestra un ejemplo tomado de la vida real: si usted tiene unos fondos en renta variable y hace el seguimiento de su rendimiento cada treinta minutos, va a disponer de muchísima información totalmente inútil (y seguramente será candidato a una bonita úlcera sangrante). Para el propósito general de la mayoría de los inversores, lo que importa son las tendencias  a medio o largo plazo, así que no sirve de nada consultar las pantallas parpadeantes cada media hora, si lo que nos interesa es tener un visión cabal en el plazo de un año o así, del rendimiento de nuestros fondos.

Por otra parte, cuanta mayor es la información que embutimos en un mismo período de tiempo, también incrementamos el nivel de ruido: la señal no se amplifica, sino que se reitera,  interfiere consigo misma, y se mezcla con todo tipo de señales aleatorias o malintencionadas que multiplican el nivel de ruido de una forma asombrosa, hasta enmascarar la información valiosa. Además, está más que demostrado que la saturación de información no nos ayuda en absoluto a tomar mejores decisiones. Al contrario, el exceso de información nos hace tomar decisiones sesgadas por aspectos colaterales, por minucias que no afectan a las cuestiones esenciales de los problemas a los que nos solemos enfrentar. Nuestro cerebro no puede funcionar en paralelo de ningún modo. Al pensar de manera secuencial, el exceso de información tiende a bloquearnos porque no podemos procesar más que un número limitado de datos en un período de tiempo. 

Ante esta situación, el pensamiento crítico se tambalea y no queda otra opción que desconectar de la saturación sensorial con que nos castigan los medios de comunicación. La gente más lúcida ha renunciado a la televisión y a la prensa escrita. Para estar informados bastan los asépticos teletipos de las agencias de  noticias. Dejar las interpretaciones a unos señores a los que les pagan por predecir el pasado es una solemne estupidez indigna de una persona inteligente.

Por otra parte, escuchar las falacias narrativas de los locutores de los telediarios es otro acto de estupidez, salvo que sea para ponerse voluntariamente piedras en el hígado y escupir bilis hasta por los ojos. Un acto de masoquismo del que muchos nos desprendemos en vacaciones, cuando nuestros horarios se desajustan y las horas de comer y cenar no coinciden con los de la maldita prensa televisiva. Y así pasamos unos días comiendo y cenando sin tele, charlando con los demás comensales. Cotilleando si se quiere, pero al menos son nuestros cotilleos, no unos preparados y refritos un centenar de veces por unos periodistas insulsos y mayormente carentes de otro afán que el de cobrar su sueldo a fin de mes, para mayor gloria y satisfacción del patrón que los emplea.

Y eso cuando el periodista de turno es un simple lameculos que se ajusta al dictado del accionista mayoritario. Al menos en ese caso sabemos a que atenernos (como es el caso de las televisiones públicas españolas). A mi modo de ver es mucho peor cuando nos encontramos ante el presunto periodista independiente al que le falla algo tan esencial como un conocimiento profundo del tema sobre el que pondera. Nada hay más insufrible que un artículo de opinión de esos tan contundentes en los que los supuestos de partida son todos erróneos, mistificaciones o peor aún, falsedades hiladas de forma más o menos sofisticada para engañar a bobos. 

Porque hablando de falsedades, debemos ser conscientes de que los humanos somos muy buenos construyendo historias para explicar el pasado, aunque normalmente somos incapaces de acertar cual de los pasados posibles es el origen de los acontecimientos presentes. En sentido matemático es muy sencillo de exponer: para un suceso dado, suele haber infinidad de secuencias de hechos que lo pueden ocasionar. Encontrar la causa primera de cualquier suceso acontecido es una cuestión de evaluar adecuadamente las probabilidades. Y evaluar probabilidades es algo que a los humanos, incluso a los técnicamente formados, se nos da muy mal.

Así que recurrimos a rellenar los sucesos con narraciones que los justifican y explican, pero que no son especialmente acertadas casi nunca. Y menos cuando los que opinan son presuntos expertos en la materia. El problema del experto, del que han tratado muchos experimentos de psicología social, es que tiene un punto de vista muy estrecho y focalizado en alguna materia concreta, lo que le hace pasar por alto elementos seguramente esenciales del problema que aborda. De hecho, los expertos se equivocan más en sus juicios generales que los simplemente entendidos, pero que tienen una mayor amplitud de miras. Y por tanto, de pensamiento.

Así que, si algún propósito recomiendo para después de las vacaciones, es que deje usted de mirar la tele. Su salud mental saldrá ganando muchos enteros. Y su humor será más tranquilo y relajado, algo que los políticos no desean en absoluto. Le quieren a usted tenso y crispado, deduzca usted por qué.

jueves, 21 de agosto de 2014

Meteorología veraniega

En la entrada anterior mencionaba los sistemas complejos y dinámicos. Hoy, ya cerca del final del verano “vacacional” (que no astronómico), tengo unas enormes ganas de regodearme con las afirmaciones arriesgadísimas que hacen meteorólogos aficionados y profesionales en lo que se refiere a las predicciones estacionales. Y todo eso no para ciscarme en los probos “meteos”, que intentan luchar contra el caos determinista con herramientas imposibles, sino para hacer una traslación de las conclusiones al mundo económico, mucho menos determinista, mucho menos modelizable matemáticamente, mucho más sometido a procesos caóticos. Y por tanto, con mucha más incertidumbre que el clima, aunque nos quieran hacer creer lo contrario.

En el año 2013, la meteorología francesa predijo un verano sin verano, y se equivocó de cabo a rabo. Este 2014, y a las hemerotecas de abril y mayo me remito, todos los medios se hicieron eco de que este año sería más caluroso y seco que el promedio. Y la han pifiado, estrepitosamente, de nuevo. Porque este verano está resultando nuboso, fresco y muy lluvioso en toda la costa mediterránea. Tanto, que los lugareños se remiten al año 2002, que fue el anterior año sin verano de verdad, para efectuar las comparaciones oportunas.

Se preguntará el lector si es que los meteorólogos son unos paletos indocumentados, pero no. La mayoría de ellos son físicos con un profundo conocimiento científico. Lo que sucede es que trabajan en un área donde la incertidumbre es muy elevada, y mucho más a lo largo de la flecha del tiempo. Es decir, que cuanto más alejada en el tiempo es la predicción meteorológica, mucha menos confianza (en el sentido matemático del término) tiene. Hasta el punto de que las predicciones estacionales son tan poco fiables que sería prácticamente lo mismo pronosticar el tiempo a dos o tres meses vista tirando una moneda al aire.
 
El lector poco versado en ciencia podrá pensar que ello se debe a que no existe un modelo matemático preciso que describa el comportamiento atmosférico. Nada más lejos de la verdad. La mecánica y la dinámica de fluidos son bien conocidas desde hace muchos años, y las ecuaciones de un sistema de fluidos en movimiento están perfectamente determinadas desde que los científicos aún andaban con levita.

El problema es que se trata de ecuaciones diferenciales no lineales, que en general no tiene más solución que la aproximativa, y aún así. Y en este contexto, aproximativa quiere decir que hay que omitir decenas y decenas de variables y parámetros para que dichas ecuaciones sean mínimamente manejables. Para entendernos y simplificando mucho, en su versión bruta, las ecuaciones que describen el comportamiento atmosférico necesitarían de la potencia de cálculo de un ordenador inconcebiblemente enorme, del tamaño del sistema solar, y de un tiempo de cálculo seguramente superior a la edad del universo conocido. Sólo para obtener un grado de aproximación predictiva unos cuantos puntos mejor que el actual.

Si alguien cree que entonces es sólo cuestión de tiempo alcanzar un nivel tecnológico que nos facilite tanta potencia de cálculo y nos permita hacer predicciones meteorológicas estacionales más rigurosas, anda del todo punto equivocado. Como todo sistema complejo, el tiempo atmosférico es muy sensible a las condiciones iniciales. Eso quiere decir que una variación mínima, casi inapreciable, en las variables al principio del cálculo, se traduce en que los caminos posibles van divergiendo muchísimo en el tiempo. Los resultados se separan mucho al cabo de unos pocos días, no digamos ya transcurridas semanas o meses.

Para entendernos, dadas unas condiciones iniciales de temperatura, presión, humedad y dirección e intensidad del viento, una variación de la temperatura de una décima de grado, o de un milipascal de presión, o de la décima parte del uno por ciento de la humedad relativa, o de un segundo de arco en la dirección del viento, o todas ellas combinadas, dan lugar a dos modelos que evolucionan separadamente y que dan resultados tremendamente distintos al cabo de un tiempo de evolución de los cálculos matemáticos.

Para evitar estas situaciones, deberíamos conocer, con total y absoluta precisión, todas las variables involucradas y sus parámetros en el momento de inicio del cálculo. Pero se da la triste circunstancia de que dicho conocimiento exacto, infinitamente preciso, no sólo es inviable técnicamente, sino totalmente imposible, por una razón bastante parecida a la del principio de incertidumbre que opera en mecánica cuántica y que nos obliga a trabajar solamente en condiciones probabilistas. El problema que se suscita en meteorología es que la probabilidad de cualquier predicción estacional es tan baja que entra dentro del margen de error. Dicho de otra manera, el margen de error es tan grande, que la confianza matemática en la predicción estacional es casi nula, irrelevante.

Esto es lo que en matemáticas y física sucede en los sistemas caóticos deterministas, donde el concepto de caótico no tiene nada que ver con el concepto vulgar y mundano del caos. Caos, en terminología científica, no se refiere a desorden sino a sistemas deterministas (es decir, que pueden ser modelizados matemáticamente y cuyas soluciones podrían ser en principio obtenidas) pero muy sensibles a las condiciones iniciales. Tanto, que una variación de una milésima en uno de los datos que introducimos en las ecuaciones, puede dar resultados anormalmente distintos al cabo de unas cuantas iteraciones del sistema. (iterar no es más que introducir el resultado de un cálculo en la misma ecuación para obtener un nuevo resultado. Esa es la base de las predicciones meteorológicas).

Los sistemas caóticos son fascinantes y da la casualidad de que muchas de las cosas que vemos en la naturaleza (si no la mayoría) se rigen por un caos determinista. Caos que en ocasiones confluye en lo que técnicamente es lo más parecido a un punto de convergencia pero sin llegar a serlo nunca, denominado “atractor extraño”. Algo parecido a un punto de equilibrio pero sin que sea eso realmente, sino una especie de zona a cuyo alrededor pululan los resultados de las iteraciones que efectuamos. Por eso es virtualmente imposible llegar a “dominar” el clima, ni siquiera a predecirlo exactamente. Como tampoco se puede predecir exactamente la dinámica de poblaciones, ni la evolución de las especies. Ni siquiera el tan cacareado cambio climático.

Esa imposibilidad predictiva propia del modelo es mucho más acusada en la presunta ciencia económica, que como toda persona medianamente cultivada sabe, ni es ciencia, ni es capaz de predecir nada por exactamente los mismos motivos que la meteorología, pero mucho más graves. Por la sencilla razón de que mientras la “meteo” es una disciplina científica rigurosa, una rama consolidada de la física, pero afectada por un grado de complejidad extraordinario, la economía no es más que un conjunto de modelos matemáticos creados “ad hoc”, sin ninguna conexión con el mundo real. Son simplemente teorizaciones sin ningún contraste experimental (porque no pueden ser puestas a prueba previamente) ni ningún rigor científico, en el sentido en el que las ciencias “duras” aplican al concepto de rigor. Con un problema añadido, que afecta por igual a todas las autodenominadas “ciencias sociales”. Y es que el comportamiento humano sólo podría ser mínimamente modelizable si la conducta de los individuos, las sociedades y los estados fuera estrictamente racional, que no lo es nunca. Y ese plus de irracionalidad colectiva impide total y absolutamente cualquier modelización matemática del comportamiento de las sociedades. Y por supuesto, de los mercados.

En resumen, los económicos son modelos hipersimplificados ideados por señores con corbata que ocupan cátedra en alguna universidad prestigiosa y que, a lo sumo, acaban causando una catástrofe financiera cada pocos años, como es bien sabido. No deja de ser curioso que la mayoría de los premios Nobel de economía están implicados en los más sonados hundimientos de instituciones financieras norteamericanas de los últimos treinta años. Por algo será.

Sin embargo, esta sociedad moderna, cada vez más tecnológica pero menos crítica, ha encumbrado a los economistas a las posiciones clave de universidades, gobiernos, instituciones financieras y grandes empresas, sin siquiera ser conscientes de que convendría cuestionarse, a la vista de los resultados a largo plazo, si su “ciencia” no es como la del mal médico que acaba matando al paciente.

La economía ha venido al fin a ser como a homeopatía. Una disciplina carente de toda base científica, no verificable mediante ningún experimento, y que cuando se somete a tests adecuadamente asépticos, muestra que todo su potencial se basa en el efecto placebo, que no debe minusvalorarse nunca, porque sí que funciona. Sin embargo, que funcione el placebo no quiere decir, ni de lejos, que funcione la homeopatía. Funcionaría igual cualquier procedimiento sugestivo lo suficientemente potente y duradero como para influir de forma positiva y prolongada en el paciente.

No obstante, pese a que toda la comunidad científica y médica conviene en que la homeopatía es totalmente inviable como disciplina científica y que por tanto es un fraude pseudocientífico (igual que la astrología, el psicoanálisis y otras artes similares); lo cierto es que la sociedad ha sucumbido totalmente a sus seductoras promesas, de modo que las autoridades sanitarias permiten su venta en las farmacias. Para un autoestopista galáctico sería cuando menos chocante encontrar que el mismo comercio que dispensa medicamentos con recetas controladísimas despache pesudofármacos con la bendición del ministerio de sanidad. Para morirse de risa, viendo como se forran unos cuantos a base de agua aromatizada en bonitos envases que los crédulos pacientes pagan a precio de oro. Porque una cosa es absolutamente necesaria para que el negocio funcione: el efecto placebo sólo funciona mientras el paciente está convencido. Mientras es un creyente, porque cuando deja de serlo, la misma homeopatía que tan bien le iba deja de hacerle efecto instantáneamente.

Si alguien duda de mis palabras, que pruebe a hacer lo que hizo un buen amigo mío con su esposa, fanática de los procedimientos “naturales”. Una buena noche asaltó el botiquín donde atesoraba los innumerables recipientes de homeopatía y sustituyó su contenido por agüita mineral con un lejanísimo aroma a coñac. Para su regocijo, la homeopatía siguió funcionando a las mil maravillas con ella, con sus hijas y sus amigas. Ansiedad, depresión, estrés, dolor premenstrual. Todo lo seguía curando aquella agua que por no ser no era ni bendita.

Pues lo mismo sucede con la economía. Elevada, como la homeopatía, al altar de lo canónico pese a ser una pseudociencia no falsable (como estableció el filósofo de la ciencia Popper en sus criterios para distinguir la ciencia de lo que no lo es), domina nuestras vidas desde los más altos púlpitos, empezando por Harvard, Yale y la London School of Economics. Y sin embargo, su conocimiento real está tan atrasado y es tan irrelevante como lo era el de la medicina medieval, mucho antes de los tiempos de la higiene, las vacunas y los antibióticos. Con la diferencia de que estos individuos ganan sumas astronómicas por sus erróneos modelos y predicciones sin penalización alguna por sus floridos fracasos.

En estos días, tras tantos años  de “este es el modelo a seguir para salir de la crisis” que se revelan peligrosamente inexactos, y en los que las economías motrices de la URE se están estancando de nuevo pese a tanto dogma neoliberal, no está de más recordar aquella frase tan celtibérica y casposa, pero tan acertada en el contexto: los experimentos en casa y con gaseosa.


No sea que nos explote el invento.

viernes, 15 de agosto de 2014

Verano frío, otoño caliente

Que el otoño va a ser caliente  es un tópico que se repite año tras año desde que se instauró la crisis entre nosotros. Como esos parientes gorrones que llegan un buen día y no encontramos el momento para lograr que se marchen, y cuando nos damos cuenta se han convertido en un miembro (indeseado) más de la familia. Mi consejo, que repite el de mucha gente sabia, es el de aprovechar estos días de descanso para desconectar del diario y la televisión, agudizar nuestro sentido crítico y escéptico ante todas las noticias -especialmente las de carácter político- y sostener el firme propósito de hacer oídos sordos a la enorme cantidad de estupideces que se dirán a partir del primero de septiembre. Estupideces que se podrán repartir de forma bastante equitativa entre todos los miembros de la casta política, pero con un protagonismo acentuado de esas lumbreras del PP, los que no quieren que se celebre la consulta catalana; y los maquiavélicos de CiU que sí la quieren pero a condición de no ganarla bajo ningún concepto.

Por cierto, maledicentes hay que dicen que el suicidio político de Pujol es una de las maneras con las que CiU intenta desactivar el proceso soberanista desde sus propias entrañas. A mí me suena a argumento de novela de John Le Carré, pero hay que reconocer que cosas más audaces se han visto en los últimos años como para mantener simultáneamente tanto un sano escepticismo ante este tipo de rumores, y al mismo tiempo tener la mente suficientemente abierta a la amplitud de las perversas posibilidades –siquiera remotas- que se dan en el devenir político de un país. Como dije en otra entrada, sólo la perspectiva histórica nos dará el marco de referencia adecuado para juzgar lo que sucede en estos días.

Ahora bien, antes de bajar la persiana temporalmente voy a cerciorarme de dejar bien clara no ya mi postura a favor de la independencia de Cataluña, que es de sobras patente, sino las razones, todas ellas racionales, sólidas y fáciles de poner a prueba, que me impulsan a adoptar esa posición. Lejos de mi las estupideces viscerales de uno y otro bando, que apelan a las gónadas más que a la mente; o que procuran estimular únicamente la amígdala cerebral (ese lugar donde anidan nuestras pulsiones y emociones más primarias) en vez de alimentar los circuitos del neocórtex, ese prodigio evolutivo con el que la naturaleza dotó a los seres humanos, incluso a los políticos y los economistas, aunque también es harto sabido que ambas categorías de humanos no lo usan prácticamente para nada.

Yo no soy, en absoluto, un independentista emocional. Lo he dicho en infinidad de ocasiones. Mi independentismo se ha forjado tras muchos años de analizar el desempeño de muchas naciones, y llegar a la conclusión de que los estados grandes sólo se pueden gobernar desde la sistematización del cinismo, la demagogia, la mentira y la explotación. Y que son muy vulnerables a todo tipo de eventos inesperados. Sorprendentemente, me descubrí como inadvertido seguidor de la escuela antifragilista, esa corriente que empieza por enseñarnos que somos estúpidos porque pensamos casi siempre de forma irracional, que nos guiamos casi sistemáticamente por nuestras emociones incluso sin saberlo (o sabiéndolo y racionalizando en exceso) y que nos enseña dónde encontrar los puntos de apalancamiento que no sólo nos impiden ser frágiles, sino que nos hacen mucho más que solamente robustos. Un sistema antifrágil es aquel que no sólo no resulta perjudicado ante agentes de estrés externo (como agresiones de cualquier tipo), sino que la repetición de esas agresiones acaban por reforzarlo. Antifrágil es todo aquello que sale reforzado de situaciones de crisis, de incertidumbre, de volatilidad, de adversidad. Lo que se rompe ante la adversidad es frágil; lo que no se inmuta es robusto. Lo que se fortalece gracias a la adversidad es mucho más que robusto, es antifrágil.

Y lo primero que uno aprende sobre los sistemas frágiles es que sus paradigmas son tanto determinados estados nacionales como muchas estructuras económicas.  La fragilidad tiene una serie de características que se repiten de forma sistemática. Y algunas de sus características son bastante contraintuitivas. La menos comprendida de estas características negativas tiene que ver con el tamaño, y muchas de las demás se derivan de unas ineficaces dimensiones de los sistemas a los que fragilizan.

El tamaño grande da mucha fuerza, mucho poderío, pero sólo a un nivel teórico, lineal. Pero las estructuras vivas –y las sociales forman parte de esa categoría- no son lineales. Sometidos a ciertos niveles de estrés, los grandes sistemas se demuestran muy frágiles ante los fenómenos extremos, los conocidos cisnes negros. Tenemos una gran tendencia a pensar en términos de simetría y linealidad, pero la realidad no es así, ni mucho menos. El mundo es asimétrico, y las cosas que suceden son no lineales, desde el clima hasta la dinámica de poblaciones. Por ello una de las ramas más importantes de la física y de las matemáticas contemporáneas se centra en el estudio de los sistemas dinámicos complejos. Por cierto, no está de más señalar que la medalla Fields, que es el equivalente al premio Nobel de la ciencia matemática (pero mucho más serio y selectivo: sólo se otorga cada cuatro años), ha ido este año, entre otros galardonados, a un investigador de los sistemas dinámicos complejos.

Los sistemas de gran tamaño provocan una gran atracción a los humanos por la sensación de fuerza y de invencibilidad que transmiten. Pero es una sensación muy engañosa. Casi todos los sistemas colosales (y sobre todo los artificiales) son extraordinariamente vulnerables. A un nivel puramente biológico, no está de más recordar que si hoy en día estamos aquí peleándonos por un referéndum sobre la independencia, se debe sobre todo a que los sistemas biológicos más grandes y poderosos de la historia natural de la Tierra, los dinosaurios, se extinguieron masivamente por un acontecimiento singular (un cisne negro) que sucedió hace 65 millones de años. Acontecimiento que dejó vía libre a la expansión de unos animales pequeñísimos por aquel entonces, y que debido a su escaso tamaño, a su adaptabilidad y flexibilidad, se hicieron con todos los nichos disponibles.  Eran los mamíferos, y así hasta hoy en día.

Tampoco está de más recordar, que de las seis o siete grandes extinciones de especies que ha padecido la Tierra, la característica común a  todas ellas fue la escasa afectación que sufrieron los organismos que en términos de biomasa, son los más numerosos de todos: los microbios. Small is powerful, que diríamos. Llevado al plano del desarrollo social, deberíamos recordar que ninguno de las grandes imperios de la antigüedad ha sobrevivido a su propio éxito, y no precisamente por ser derrotado por otro imperio mayor. Más bien el contrario. Fueron hordas de bárbaros desorganizados los que hicieron caer a Roma. Y fueron hordas de vietnamitas desarrapados los que pusieron en jaque al imperio yanqui, demostrando una vez más que lo grande y potente no es garantía de victoria, ni mucho menos.

Vivimos ridículamente atenazados por el símil deportivo, donde la fuerza, la potencia y el número (de practicantes) hace a un país victorioso. Pero obviamos que el deporte es una actividad sumamente reglada, jerarquizada y, en resumen, domada. En el deporte todo es simétrico y lineal, previsible. Pero el desempeño histórico de las sociedades no está determinado previamente por unas reglas como las deportivas. Justamente a la inversa. Y no está de más señalar que cuando se intenta ajustar  una sociedad a unas reglas estrictas y arbitrarias (sea por la vía de una dictadura, sea por la de la presunta invariabilidad de las leyes fundamentales), en realidad se está intentando domar lo indomable, que es el discurrir de la vida en cualquiera de sus manifestaciones. Algo condenado al fracaso más pronto que tarde.

Lo grande es frágil, lo pequeño suele ser antifrágil. Lo grande tiende a la rigidez, lo pequeño es flexible. La grande tiene mucha inercia, lo pequeño es capaz de cambios súbitos.  Lo grande se esclerotiza en extremo; lo pequeño se adapta a los entornos cambiantes. Lo grande crece hasta dimensiones inmanejables y luego estalla en pedazos menores o se extingue. Lo pequeño no crece, se diversifica. Lo grande es pesado y lento; lo pequeño es ligero y rápido.

Grandes compañías como IBM o ITT en su momento álgido en los años setenta vieron como su excesivo tamaño las perjudicaba y las hacía ser mucho menos competitivas que la multitud de compañías pequeñas y dinámicas que surgieron al calor del primer boom tecnológico. La solución al inminente colapso fue en ambos casos el troceamiento en entidades más pequeñas y  la diversificación y especialización en nichos concretos. Parece que treinta años después, el ejemplo no sirvió de mucho y se vuelve al gigantismo empresarial que tan malos resultados ha dado en el pasado. Y en todo caso, frente  al enorme aparato burocrático de los sistemas de grandes dimensiones, que los hace ineficientes, existen sistemas en red, modularizados, que son mucho más efectivos en sus tareas. De hecho, el concepto de internet sólo puede funcionar así. Como una red enorme de  muchísimos pequeños nodos interconectados. Internet no es grande por si misma, como si fuera una organización jerárquica. Internet es grande por la suma de muchos elementos pequeños independientes.

Con los países sucede lo mismo. Existen ya muchos estudios que demuestran que los países más eficientes –en absolutamente todos los sentidos- dentro del entorno OCDE son los más pequeños: Suiza, Holanda, Noruega, Dinamarca, etc. Los países grandes aportan mucho PIB, mucha potencia en bruto, pero su gestión es infinitamente peor y en el fondo requieren de sistemas tremendamente jerarquizados y reglamentados en extremo. Los grandes países de la OCDE se llevan mal con la diversidad en su interior, abrumados por la necesidad de crear un marco uniforme para todos sus grupos sociales que a la postre generan insatisfacción generalizada. O bien requieren de un concepto absolutamente jacobino y centralista de la sociedad muy al estilo francés, que casa bien con una idea bastante trasnochada de la grandeza, pero además muy necesitada de una cohesión interna forzada por la vía del extremismo chauvinista (como el frente Nacional de Le Pen). Y por tanto muy expuesta a la fragilidad a largo plazo.

Nassim Taleb pone como ejemplo de fragilidad a los grandes estados-nación, frente a la antifragilidad, harto demostrada históricamente, de las ciudades-estado. Si nuestra cultura occidental se derrumba, la caída y la fragmentación afectará en primer lugar (y mucho más dura), a los grandes estados cuasi imperiales, como USA y los demás del G-7. Algo que resulta casi una obviedad, salvo que se sea tan estúpido como para creer en la perdurabilidad de las construcciones humanas. En la España “eterna”, por poner un ejemplo.

Un ejemplo, España, de un estado históricamente ineficiente, frágil pese a su dureza y a su aparente unidad e indisolubilidad. Un estado basado en la inexplicable premisa de “mejor juntos”, que no se justifica histórica ni socialmente y que apela sólo al tamaño y al PIB como indicadores de salud y bienestar sociales (!!!), a costa del enfrentamiento entre sus componentes regionales. Por eso soy independentista: “Small is powerful”

jueves, 7 de agosto de 2014

El ocaso de Pujol

Mucho se ha escrito estas últimas semanas sobre el caso Pujol y sus consecuencias. Cuanto más leo, más me reafirmo en mi nada original convicción –pues me han precedido en ella muchos ilustres pensadores- de que todo lo que se publica en la prensa contiene grandes dosis de estupidez,  de mentira, de especulación o de incompletitud. O de todas esas cosas a la vez. Vivimos en una época en la que el exceso de información es pernicioso, porque cada vez hay más ruido mediático, pero menos señal. Algo que los ingenieros conocen muy bien y que puede echar al traste cualquier intento de obtener una información veraz y útil.

El problema de la señal y el ruido es un problema aparentemente reservado a las ciencias aplicadas, pero que es de plena aplicación al periodismo, hasta el punto de que muchos intelectuales críticos (y bastante disidentes) opinan que lo mejor es no leer la prensa (que contiene mucho ruido enmascarando la señal), y limitarse a los teletipos de las agencias, que simplemente facilitan datos informativos de forma aséptica (que contienen sólo señal). Aún más en los tiempos que corren, en los que los medios de comunicación, especialmente los escritos, nunca sirven a la verdad, sino a los intereses de los grupos dominantes que controlan sus consejos de administración. Por lo que en la mayoría de los casos son mero vehículo de bulos interesados o de revisiones torticeras de los hechos, acordes con la finalidad no de informar, sino de deformar la mente y la opinión del lector.

Me refiero al lector fiel, al que está predispuesto a creerse a pies juntillas el último editorial de su diario favorito y sus titulares de primera página, por más inverosímiles o carentes de pruebas sean; y no al crítico que trata de contrastar los datos entre varias fuentes –preferiblemente contrarias-  antes de formarse una opinión, y aún así se mantiene sanamente escéptico, que es una forma de mantener la cordura, especialmente en asuntos políticos. El lector crítico debe ser consciente de que el periodismo ilumina con una linterna de haz estrecho, y apunta su foco sólo a los puntos que le conviene, dejando en una interesada penumbra todo lo demás. En ese sentido les pasa como al borracho que ha perdido las llaves y las busca bajo el cono de luz de la farola a la que se aferra, incapaz de asumir que posiblemente se encuentren más allá, en la zona oscura. Sólo que los periodistas no están borrachos. Son muy conscientes de la farola a la que se agarran.

Todo esto viene a cuento del caso Pujol y de las tonterías que han dicho –a montones- todos los medios que esta vez, por extraño que parezca, han rebasado a toda máquina a sus patrones políticos, que guardan un comedido silencio en general, que igual se debe al acojone general que ha provocado el harakiri del Molt Honorable, sabedores como son de que en este país hay dosieres de todas y cada una de las figuras públicas relevantes. Dosieres con los que se chantajean y extorsionan de forma habitual personajes de uno y otro signo, en un precario equilibrio de poder semejante al de la época de la guerra fría, eso que llamaron la “disuasión mutua”. Una disuasión que de tanto en tanto se cobra alguna pieza cuando las costuras del sistema están a punto de reventar. En resumen, que los políticos guardan una sospechosa cautela en este tema, mientras que los periodistas la están liando parda.

Porque está claro que si el caso Pujol  está supurando de mala manera no es por el avance de las investigaciones judiciales ni mucho menos, sino por filtraciones de informes policiales (y parapoliciales también) que a buen seguro llegaron a  ojos del patriarca del clan antes de que se hicieran públicas. Uno desearía pensar que eso se hizo con el buen fin de salvaguardar el honor y la virginidad de la democracia española, pero lamentablemente, y visto como se han desarrollado los acontecimientos, más bien creo que se trata de una operación de corte mucho más político que moral, y que si no se vislumbrara en el horizonte la consulta popular sobre la independencia de Cataluña, todo este asunto seguiría enterrado bajo montones de otros dosieres durante muchos años, hasta que fuera preciso utilizarlo. O no.

Ahora bien, entre todas las sandeces que se han dicho, hay que destacar dos que merecen una respuesta detallada. Y contundente. La primera de ellas relativa a la afectación del proceso soberanista, que me temo que era el objetivo primordial de todo este estallido. La segunda en cuanto a la descalificación total de la figura de Jordi Pujol como presidente de la Generalitat durante sus años de mandato. Y consecuentemente con las dos anteriores, la pretensión de anular los argumentos de las fuerzas catalanistas relativos al déficit fiscal catalán y la necesidad de un mejor trato financiero por parte del Estado.

Se puede decir más alto, pero no más claro: el señor Pujol, como la mayoría de la militancia de CiU, no ha sido nunca independentista. Ni lo es ahora, pese a todas las inflamadas soflamas que proclaman algunos de sus más conspicuos dirigentes. CiU se apuntó al carro del soberanismo arrastrada por el tirón de ERC y para evitar mayores males electorales, pero como dicen muchos, el señor Mas tienen un marrón de cuidado, porque encabeza un proyecto que seguramente desea que fracase, pero no tanto como para que le hunda a él y a su formación en un abismo electoral y representativo. La equivalencia que hacen muchos medios madrileños entre el proceso soberanista y CiU es tan interesada como falsa. Es confundir al agente (muchas veces involuntario) con el dirigente, es decir, con la auténtica fuente de un movimiento.

En 1932 fue reelegido el presidente de Alemania, Hindenburg. Eso fue el principio del fin de la república de Weimar, porque la fuerza emergente la constituía el NSDAP de Adolf Hitler. Hindenburg nombró canciller del Reich a Hitler y poco después, firmó la ley que concedía todos los poderes del estado a Hitler. Ahora bien, no podemos pasar por alto que Hindenburg (el agente) nunca fue nazi, sino un patriota conservador alemán. El dirigente de todo era Hitler, que actuó siempre a la sombra hasta que llegó su momento. En ese sentido, las similitudes son obvias y obedecen a un patrón repetido hasta el hartazgo en la historia de la humanidad: una fuerza dominante pero debilitada (CiU) que adopta los principios de otra fuerza emergente y cada vez más poderosa (ERC y su equivalente social ANC), para no perder el tren del poder, pero que acaba sucumbiendo y barrida del escenario.

Así que atacar el proceso soberanista en la figura de Jordi Pujol porque actualmente lo encabeza el presidente Mas, y por tanto CiU (muy a su pesar), es la demostración palpable de que el nacionalismo español (aún) no ha encontrado un punto lo suficientemente débil y comprometedor en ERC como para atacarla directamente. Seguramente con este  movimiento en el que Pujol se suicida, la gran triunfadora sea ERC, y lo único palpable en Madrid sea a la postre una pequeña demora en un proceso que se intensificará si ERC alcanza la presidencia de la Generalitat. Porque una cosa es tratar con el señor Mas, que en el fondo desea que le saboteen la independencia de Cataluña; y otra tener que debatir con ERC, que no está para hostias y tiene las manos libres por el momento. O sea que habrá que ver si el nacionalismo catalán aún se refuerza tras ese episodio. Quienes conocen a Rajoy insinúan que su actual silencio es tanto una manifestación más de su conocido hermetismo como una escenificación de que el presidente español no ve claros los réditos de un posible hundimiento de CiU en Cataluña. En resumen, al gobierno central le conviene que siga CiU, no que quede desbancada por una formación con propuestas mucho más radicales.

La segunda cuestión de enjundia es la descalificación de toda la obra de Pujol como consecuencia de su confesión. Argumento al que se ha sumado todo el mundo como si de una carrera por ver quien mostraba más desafección a su figura. Todo el trasunto es deleznable, pero del mismo modo que se debe censurar sin ambages la evasión fiscal cometida por miembros de su clan, con el consentimiento tácito –por acción u omisión- del patriarca; debe señalarse que gran parte de su obra política sigue siendo válida y tiene plena vigencia. No se puede menospreciar tampoco la contribución de CiU a la tan exigida estabilidad política de España en diversas legislaturas. La historia de la construcción democrática de Cataluña y de España no puede obviar ni borrar de un plumazo el aporte que ha hecho Pujol y su formación durante muchos años, y especialmente durante los de la primera transición.

Por más que al final se demuestre que Pujol haya sido un evasor fiscal, eso no empequeñece su figura como estadista, a lo sumo enturbia el conjunto de su figura pública. Del mismo modo que Messi, por un decir, no será peor futbolista ni su aportación a la historia del fenómeno futbolístico será menor si finalmente le meten un paquete por evasión de impuestos. Las cosas hay que ponerlas en perspectiva. Muchos grandes hombres han sido pésimos estadistas. En contrapunto, muchos grandes estadistas han sido figuras como mínimo controvertidas en otros planos. De no ser por un tipejo como Stalin, Rusia jamás hubiera sobrevivido al empuje nazi, por poner un ejemplo. China hubiera seguido siendo un imperio feudal de no haber existido Mao, que también fue el último responsable (como Pujol) de la existencia de la corrupta y vil “Banda de los Cuatro” encabezada por su mujer.

Más cercano es el caso de Giulio Andreotti, a quien nadie ha negado nunca  sus dotes de estadista de nivel mundial y su habilísima capacidad para hacer de Italia una potencia moderna tras la derrota del fascismo. Un personaje que sobrevoló la escena política italiana durante  cincuenta años y sobre el que hay más que sombras relativas a su ética personal. En Italia se ha dado siempre por descontado el vínculo de “Il Divo” con la mafia y con sonados casos de corrupción, e incluso con asesinatos políticos como el de Aldo Moro. Los italianos, mucho más pragmáticos que los “románticos” españoles, siempre han pasado de puntillas por estas embarazosas relaciones de Andreotti, nunca probadas pero que eran de dominio público.

Y esa necesaria desvinculación de la figura pública de la privada, por más censurable que sea esta última, es la tónica que el juicio de la historia reserva a todos los estadistas desde la época de Hammurabi, por un decir. Y en íntima conexión con esta cuestión está el mejunje mental que muchos medios han empezado a cocinar mezclando la actividad delictiva de los Pujol con el déficit fiscal de Cataluña, como si la inmundicia de una contaminara y desmintiera al otro. O sea, y en plata, como si al ser los Pujol unos defraudadores, el déficit fiscal catalán fuera un fraude. Y eso, que es una majadería de gran calibre, está siento usado de forma absolutamente indigna por quienes buscan créditos con los que desacreditar, no ya al proceso soberanista, sino al conjunto de las instituciones catalanas, que no son, ni de lejos, solamente los Pujol y su partido. Y eso resulta especialmente insultante porque catalanes somos muchos, y no todos militamos en las filas de CiU ni somos afines al señor Pujol, aunque algunos, como yo mismo, no desmerecemos algunos de sus logros políticos por más que a título personal repudiemos la delictiva forma de enriquecimiento familiar que ha facilitado el expresidente. Pues, en definitiva, la falta de honorabilidad de una persona en relación con determinados negocios nunca puede presuponer que todos los ámbitos de su vida sean deshonrosos y deban ser borrados de los anales.

A veces parece imperativo recurrir a símiles más sencillos, como el familiar, para desmentir las testarudas afirmaciones de determinados articulistas y tertulianos que demuestran tan poca templanza y reflexión que dan miedo. Si a mi familia, durante años y años, alguien le debe dinero y mi padre ha estado mucho tiempo reclamándolo, la deuda no desaparecerá por el mero hecho de que él meta mano al bolsillo familiar para sus propios intereses. La deuda existe o no como entidad propia con independencia de quien la reclame. Y sobre todo con independencia de los atributos éticos, morales o incluso penales de quien lleve la voz cantante.

Argüir, como hacen algunos descerebrados, que el déficit de Cataluña no existe porque el hecho de que los Pujol desviasen dinero incapacita al gobierno de CiU para reclamar nada; o peor aún, que si el déficit de Cataluña existe es precisamente debido a que los Pujol se enriquecían a costa nuestra, es una solemne estupidez. Primero porque el déficit es muy superior a todos los millones de euros que el clan se haya podido agenciar. Segundo porque el  enriquecimiento de los Pujol no ha sido mayoritariamente a cargo del erario público, sino principalmente como compensaciones y contraprestaciones de turbios negocios llevados a cabo tanto en Cataluña como fuera de sus fronteras.  

En el futuro los historiadores, ya lejos del apasionamiento que tanto nos ciega en este país, pondrán la obra política de Pujol (y de otros tantos contemporáneos suyos) en su justa dimensión. Y evidentemente, aunque ahora sea un apestado y posiblemente muera como tal, su figura ocupará un lugar destacado en la historia de la construcción de la democracia en Cataluña y en España.

miércoles, 30 de julio de 2014

Ébola

Para esta semana tenía dos posibles entradas: el turbio asunto de la familia Pujol o el –esta vez sí- incontenible brote de virus Ébola que está propagándose por el África ecuatorial. Como soy partidario de analizar las cosas en perspectiva y con desapasionamiento exento de especulaciones, he decidido abstenerme de hablar de Jordi Pujol porque en este momento, lo más fácil es hacer el imbécil  y pasar por alto cosas fundamentales como me temo que están haciendo la mayoría de los sesudos analistas a cargo de este asunto. Entre ellas que hay que andarse con cuidado con el harakiri del Molt Honorable, porque es más que posible que su cadáver político oculte una bomba de explosión retardada, al más puro estilo iraquí.

Así que hoy prefiero escribir sobre el Ébola, un tema que me apasiona desde los primeros casos de infección con este virus desconocido hasta 1976 y que parece ser que corresponde a un salto entre especies, aunque su origen todavía es dudoso. Algunas hipótesis sostienen que el reservorio natural son murciélagos frugívoros, aunque está más que documentado que afecta a diversos primates, y que una mortandad enorme de gorilas en el área de distribución del virus fue debida a Ébola.

Lo realmente noticiable ahora es que en esta ocasión tenemos el peor brote de todos los detectados hasta el momento en los casi cuarenta años de historia epidémica de este virus. Más de mil doscientos afectados, casi setecientos muertos hasta el momento y, lo que es todavía peor, casos de contagio entre el personal sanitario dedicado a controlar la expansión de la infección. Entre ellos, el mayor especialista en Ébola de toda África, que falleció el martes 29 de julio, desconociéndose cómo se contagió.

En los años noventa, Richard Preston publicó un libro, titulado “La zona caliente”, que era un prodigio de narrativa divulgativa sobre el Ébola y sus demás parientes de la familia filovirus. Lo realmente aterrador –aparte de que no existía ni existe aún tratamiento alguno, ni vacuna preventiva- era que se trataba de un virus altísimamente contagioso y con una tasa de mortalidad tan alta que podía poner en peligro la especie humana con sólo unos pequeños cambios en su estructura genética.

Los brotes que se han ido detectando en estos cuarenta años han sido autocontenidos por el hecho de que el virus mata tan rápido que casi no da tiempo a que el portador pueda infectar a mucha gente.  La capacidad de un virus para matar masivamente depende de dos factores. La primera de ellas, su letalidad, es decir, la proporción de casos que fallecen sobre el total de infectados. La segunda de ellas, su capacidad de propagación entre poblaciones relativamente distantes.

Si tomamos como ejemplo el SIDA, tenemos el caso de un patógeno letal en una proporción enorme, y con una difusión garantizada gracias a que su huésped no es consciente de la enfermedad durante meses o años durante los cuales puede infectar a decenas o cientos de personas. Por suerte, con el SIDA tenemos medidas higiénicas que pueden impedir su transmisión, así como una medicación carísima que ha permitido a la sociedad occidental levantar un muro de contención altamente eficaz contra la pandemia.

Sin embargo, el caso del Ébola es diferente, mucho más parecido al de la célebre gripe de 1918 que mató entre cincuenta y cien millones de personas en pocos meses. Esa cepa de gripe (hoy conocida como H1N1) era tremendamente mortífera y con una capacidad de diseminación insospechada, debido a que su período latente de incubación era suficientemente amplio como para que el portador infectara a mucha gente antes de caer enfermo. El episodio se agravó por el hecho de que el final de la primera guerra mundial coincidió con movimientos masivos de población y de soldados que iban y venían de las zonas en conflicto y de los frentes de combate. La pandemia se extendió por el globo como un reguero de pólvora, y eso que sólo existían transportes lentos, como el barco y el tren. Causa pavor pensar que hubiera sucedido hoy en día, en el que miles de millones de personas se desplazan diariamente en coche mientras unos cuantos millones lo hacen en avión hacia todos los rincones del globo.

Con el Ébola tenemos todavía la suerte de que mata tan rápido que no da tiempo a crear un gran foco infeccioso que se disemine en progresión geométrica. Antes de que los enfermos puedan contagiar a mucha gente, ya están muertos. Por eso los brotes de la enfermedad en África se han ido saldando con a lo sumo un par de centenares de víctimas mortales. Hasta la fecha, porque este brote es el más extenso detectado actualmente, y además con un problema agravado: es transfronterizo y ya afecta a tres países de la zona (cuatro si contamos un caso detectado en Nigeria).

Indudablemente, incluso África no es inmune a la modernidad y a la mayor cantidad y velocidad de las interacciones entre las personas. Más desplazamientos, a más lugares y más lejanos que hace unos años. Los vectores de la transmisión humana se desplazan por tierra, mar y aire de forma mucho más rápida que antes, y esa es una baza a favor del Ébola. Pero hay otro factor mucho más preocupante aún, y que ya apuntó Richard Preston en “La Zona Caliente”.

Los virus, como los demás patógenos microbianos, tienen la capacidad de mutar mucho más rápido que las especies animales. Es tan sencillo de entender como de explicar. Una bacteria típica tiene una tasa de crecimiento exponencial. Vertiginosa. Se duplica cada pocos minutos en condiciones favorables, de modo que en pocas horas una sola bacteria puede haber generado millones y millones de descendientes. La capacidad de experimentar mutaciones depende de dos factores, el número de generaciones y el número total de individuos. Una especie que en pocos días llegue a generar muchos descendientes equivale a todas las generaciones de la especie humana desde el principio de los tiempos. Una especie que se duplica deprisa puede, en muy poco tiempo, superar el número total de individuos de la especie humana. Como las mutaciones son un proceso aleatorio pero que prima a los individuos mejor adaptados, sucede que las especies con la posibilidad de mutar rápidamente tiene una ventaja selectiva sobre las demás, sobre todo si son patógenas.

Ese es uno de los motivos de que en la carrera entre bacterias y antibióticos algunas de las primeras estén ganando, pues su capacidad de mutar y resistir a los fármacos es superior a la de la industria farmacéutica para sintetizar nuevos antibióticos eficaces. En el caso del Ébola, eso no es problema para el virus, porque no hay tratamiento ni vacuna en el horizonte próximo, pero puede mutar igualmente.

Puede mutar a una forma más benigna, menos infecciosa o con menor letalidad. Cierto, pero también puede mutar a una forma que sin ser más letal, sea capaz de sustentar a su huésped infectado durante más tiempo. Un vector que viva más es un vector más infeccioso y con capacidad de diseminar el virus más lejos y a más personas. Lo que vaticinó Preston en su libro es que el Ébola, como otros filovirus, ya había mutado en ocasiones anteriores, y que por eso existen varias cepas distintas. Y que seguiría mutando en el futuro, unas veces a formas más inofensivas, otras a formas mucho más agresivas. Y otras, a  formas muy expansivas que podrían dar lugar a brotes cada vez más extensos e incontrolables.

El día que el Ébola sea capaz de dar el salto entre continentes e infectar de forma masiva a unos cuantos centenares de personas allende los océanos que rodean África, vamos a tener un problema sanitario muy serio que puede matar en muy poco tiempo a muchas más personas que la gripe de 1918. Impermeabilizar las fronteras hoy en día es dificilísimo pese a toda nuestra tecnología, y si no que les pregunten a los responsables de inmigración de los países del sur de Europa, o a los rangers que patrullan con un éxito menos que moderado, la frontera de Estados Unidos con México. El siglo XXI es el de los movimientos masivos de población por todo el globo terráqueo, tanto controlados como incontrolados. Aplicar una cuarentena mundial sería tarea imposible, salvo que estuviéramos dispuestos a provocar un colapso de la economía global sobre la que se sustenta nuestro modo de vida.

Pues el cierre de fronteras no podría afectar sólo a las personas –lo cual ya sería gravísimo de por sí- sino a todo tipo de productos procedentes de las zonas calientes. Materias primas totalmente necesarias para mantener el motor de la economía en marcha. También ocasionaría la paralización del turismo y de los viajes de negocios. Parece de ciencia ficción, pero la mayoría de los expertos coinciden en que el escenario que describo no sólo es un guión de película catastrofista. El algo que en el CDC se toman muy en serio. Y el CDC (Center for Disease Control) de Atlanta, es la organización más importante del mundo en esta materia.

Este brote de Ébola es distinto, eso es todo lo que podemos afirmar hasta el momento. Pero si no remite en las próximas semanas, podremos afirmar que nos encontramos ante una emergencia mundial, que dejará el asunto de Jordi Pujol en mera anécdota localista. Lo más probable es que desaparezca de la misma forma misteriosa en que aparecen, espaciados por años, los diversos brotes. Si no es así, la hipótesis de la mutación maligna se habrá visto confirmada mucho antes de lo que los virólogos esperaban.


Preston acababa su libro con una admonición: “El Ébola había surgido en aquellas salas, había desplegado sus colores, se había alimentado y se había retirado al interior de la selva. Pero volverá.”. No era catastrofismo, era pura lógica evolutiva. El brote de este 2014 podría ser el anuncio de la proximidad de un nuevo apocalipsis biológico.

miércoles, 23 de julio de 2014

Las canas de Obama

Cuesta un enorme trabajo no sucumbir  a la indignación que estos días le embarga a uno al comparar –si es que existe comparación posible- el trato que están dispensando los Estados Unidos y las potencias europeas a la masacre de civiles en Gaza frente a la situación en Ucrania y el acoso a Rusia y los rusoucranianos. Especial vergüenza se siente cuando uno de los principales protagonistas de este desatino de alta política internacional es el otrora bien considerado Obama, cuya catadura moral actual yace cual rastrojo en el desierto gracias a sus salidas de tono y su esperpéntica animadversión contra el enemigo imaginario en que han convertido a Rusia, a falta de nadie mejor contra quien dirigir la artillería de las sanciones económicas, ya que con China no se atreven ni de lejos. (no deja de ser significativo que reciba a un trato exquisito un estado bastante más autoritario que el ruso y que lleva ocupando el Tibet desde nada menos que 1959, sin que a Obama y demás adláteres les tiemble la mano que estrechan con los mandarines del partido comunista chino con quienes América está en deuda por us compra masiva de deuda pública).

Porque hay que tener desfachatez para acusar y acosar sistemáticamente a Rusia con el tema de Ucrania –un asunto que las gentes con dos dedos de frente ya zanjaron tiempo ha, y muy claramente, en el sentido de que ese jaleo lo comenzaron los revoltosos ucranianos que depusieron a un gobierno legítimo aunque desagradable, para poner en su lugar  a una panda de mafiosos y neonazis al servicio del capitalismo amigo de occidente- mientras que por otro lado, el eterno aliado israelí se dedica a exterminar palestinos civiles en el campo de concentración más o menos desdibujado que es la franja de Gaza, en la que periódicamente irrumpen a tiro limpio como el que va a cazar venados al coto de caza para darse un gusto a cuenta de mujeres, niños y ancianos.

Y es que además, la indignación sube de tono cuando uno se aferra siquiera a los datos puramente cuantitativos. Es entonces cuando el europeíto de a pie se percata de que pese  a que las víctimas en Gaza duplican o triplican a las del avión de las líneas aéreas malasias (y subiendo), resulta más que obvio que para nuestros gendarmes de occidente que  las vidas de un par de cientos de holandeses son mucho más valiosas que las de mil palestinos, y que el tono que emplean en su discurso, establece de forma determinante que en este occidente tan democrático, lo fundamental siguen siendo las castas, la sangre y los lugares de nacimiento, además del dinero, of course.

Y lo más triste es que esa política asimétrica, la de cerrar los ojos ante las atrocidades de Israel y machacar día sí y día también a Rusia por apoyar a gente de origen ruso en Ucrania la practique con total desenfado un “fucking nigger” de aquellos que hace un par de siglos se pasarían el día recibiendo latigazos en la plantación de algodón de algún magnate de Louisiana. Debe ser que el salón oval se la ha subido al terrado y el espejo en el que se mira le debe devolver una imagen de rostro pálido que le impide recordar sus orígenes y los de su raza afroamericana, durante tanto  tiempo despreciada, vilipendiada, y machacada por otros que, como Israel con los palestinos de hoy en día, se creían con todo el derecho natural y divino para erradicar cualquier ansia de libertad de aquellos malditos (en su opinión) esclavos negros.

En resumen, que es el colmo del oprobio pertenecer a una cultura occidental, que con total cinismo rinde pleitesía a los asesinos de civiles del próximo oriente, sin ni siquiera la más mínima sombra de crítica; y en cambio pretende someter a los eslavos del este de Europa al diktat de la conveniencia de las superpotencias económicas que consideran la Europa del Este(y muy especialmente Ucrania) el nuevo patio trasero del imperio donde llevar a cabo sus sucios negocios de toda la vida, como en su momento los Estados Unidos jugaron la sucia baza del terrorismo de estado en Centroamérica para servir a los intereses de sus multinacionales, importándoles bien poco los miles  de asesinatos de paisanos hondureños, guatemaltecos, salvadoreños  o nicaragüenses y menospreciando sus derechos elementales, como menosprecian hoy en día a los rusos de Ucrania y a quienes, como Putin, velan no sólo por sus intereses, sino por los interese estratégicos de Rusia en la región, exactamente igual que han hecho desde tiempo inmemorial, los Esbirros Unidos de América.

Y no se confunda el personal, Putin es un personaje de mucho cuidado, pero no menos que el finísimo Obama. Al menos al primero se le ha visto venir siempre y siempre ha dejado claro que desea recomponer la influencia de Rusia en el este de Europa, mientras que el discurso pseudoprogre del segundo encierra, como siempre suele suceder, demasiadas zonas de penumbra. Y que se resume en un peligroso barrer para los intereses de los lobbies que tienen cercados a Washington y Bruselas por igual. O sea, que en última instancia, el negro inquilino de la Casa Blanca es como todos los anteriores: su prioridad no son las vidas humanas, sino las bazas económicas y geoestratégicas de esta partida mundial de cartas en la que los ciudadanos nos vemos obligados a participar con unos tahúres desaprensivos.

Por ese motivo, jamás censurarán, siquiera con un mohín de reproche, las barbaridades que Netanyahu pueda cometer en sus territorios de caza y distracción. Como los “Predators” de la saga cinematográfica, los militares israelíes van a jugar a la caza de cabezas palestinas en el cortijo que tienen montado en Gaza ante la indiferencia atroz de las cancillerías europeas y americanas, que encima apelan al derecho judío a una autodefensa que resulta insultante, por lo desproporcionada, pero sobre todo porque  los rusos de Donetsk, martiilleados por la artillería ucraniana, no parecen gozar del mismo derecho. Y no digamos de la misma simpatía.  Y es que, por supuesto, éstos rusos son unos mindundis de mierda, que nada aportan a la faltriquera neoliberal; mientras que los judíos son los controladores de gran parte del juego financiero mundial. Una vergüenza con nombres y apellidos. Una vergüenza de la que además, nos hacen partícipes y cómplices cada mediodía en los noticiarios, sin que tengamos el valor de salir a la calle a proclamar que ya basta de manipulaciones y de mentiras.

Porque este Obama en su segundo mandato está resultando como esos ciclistas a los que el Tour  de Francia les resulta demasiado largo. EL semblante largo, las ojeras prominentes, la sonrisa casi ausente, la frescura desaparecida. El “Yes, we can” ha demostrado ser sólo un eslogan que con el tiempo en el poder se ha diluido. A cambio de un segundo mandato, el presidente Obama se ha rendido a los poderes ocultos de Washington y emplea el mismo tono beligerante, faltón  e hipócrita que empleaba el anterior inquilino de la Casa Blanca. Como si la disgregación de su programa pudiera cimentarse con un discurso belicista dirigido hacia un viejo enemigo que ya no lo es, pero que conviene aupar a esa categoría para aglutinar de nuevo el viejo imperialismo americano.  Y  satisfacer de paso a los sectores más retrógrados de la sociedad estadounidense, que son amplios, variados y poderosos.


Las canas que ahora muestra Obama en público no son las canas de la sabiduría, la reflexión y la ecuanimidad, sino un signo de amargo envejecimiento, de consunción de un  proyecto fracasado. Las canas de Obama son las del fracaso de la apuesta por una auténtica democracia mundial. Y con ellas y con nuestra resignación se acaba otra esperanza de hacer un mundo mejor, más igualitario. Donde rusos e israelíes reciban el mismo trato, para empezar. Donde todas las vidas tengan el mismo valor, sean palestinas u holandesas.

miércoles, 16 de julio de 2014

Palestina y la desproporción

Es delicado hacer la comparación que sigue, ante todo porque le pueden acusar a uno de antisemita, pero no veo otra manera de ejemplificar lo que está sucediendo estos días en Gaza con la actuación del todopoderoso ejército israelí y de los políticos que lo dirigen. Porque a fin de cuentas, su modus operandi es tan extraordinariamente similar al de las Waffen SS por tierras de Polonia y de Rusia durante los años cuarenta, que diríase que es totalmente calcado.

Las tácticas que está empleando estos días el gobierno judío también son copia fidedigna de las que Goebbels impulsó al frente de la propaganda del Reich. Mentir descaradamente ante la opinión mundial, tergiversar la realidad manipulando los hechos, presentar a un adversario débil y debilitado como un peligroso monstruo que pone en peligro a la patria, magnificar las atrocidades ajenas –si acaso existen- para justificar las  propias, utilizar los medios de comunicación de masas como meros aparatos publicitarios sin posible crítica, jalear sibilinamente el linchamiento de civiles aduciendo que tras ellos se esconden miembros armados de Hamás, y suma y sigue. Todas esas tácticas fueron usadas con profusión por las fuerzas ocupantes nazis durante la segunda guerra mundial, para mayor desgracia de judíos de todas las nacionalidades y condiciones.

Resulta estremecedor ver el uso de las redes sociales que hacen el gobierno y el ejército israelíes para atraer la atención a su favor, lo que hubiera hecho las delicias de cualquier jerifalte hitleriano durante los años dorados del fascismo europeo. Se diría que las víctimas de aquella barbarie encontraron hace tiempo su perfecta sintonía y su lugar en el mundo junto a los verdugos que los persiguieron hasta el exterminio durante una década. En vez de alejarse del modelo del exterminio indiscriminado y del terror generalizado, lo adoptaron como método que administrar a las comunidades vecinas en el cercano oriente.

Esa manera de actuar deviene del odio reconcentrado a fuego lento por las vicisitudes sufridas durante siglos de persecución y de la convicción de que solo el terror, y la respuesta ultramagnificada a cualquier amenaza, por leve que sea,  permitirán la subsistencia de Israel. Tendrán sus razones , pero estas cosas sólo funcionan a corto plazo. En un entorno cada vez más hostil, y donde la variable del crecimiento demográfico juega sensiblemente en contra de Israel, jugar a esa carta de forma permanente exige asumir que Israel habrá de acabar cometiendo un genocidio mucho peor, por extensión y duración, al que les propinaron Hitler y sus secuaces en los gloriosos días del Reich.

Casi habría que decir que o progresan por la escalera de la barbarie hasta el exterminio absoluto de sus vecinos antes de que se hagan más fuertes y mucho más numerosos, o de lo que pueden estar seguros es que en el próximo oriente se vivirá un segundo holocausto en unas decenas de años, donde todos serán víctimas, cuando todo el mundo civilizado les tenga que dar la espalda forzosamente ante su incapacidad de controlar su brutalidad y su crueldad en el trato a los civiles.

Porque, a fin de cuentas, tratar a todos los civiles como si fueran enemigos ya lo ha intentado el ejército norteamericano tanto en Iraq como en Afganistán, cosechando unos resultados tan pobres que han concluido con la forzosa retirada de ambos frentes tras invertir muchas vidas y muchísimo dinero en una empresa abocada al fracaso. Con esas actitudes, lo único que se consigue es que la población civil, incluso la no beligerante, acabe pasándose al bando de los terroristas vengativos. Se consuma así la persistencia de un caldo de cultivo que se propaga de generación en generación, con odios cada vez más intensos, y gentes que menos tienen que perder si ponen sus vidas en juego.

Algo que Israel no puede decir de sus ciudadanos, que sí tienen cada vez más que perder en esta apuesta siempre al mismo número de la ruleta. Esta sociedad de corte occidental y sumamente acomodada no puede permitirse el lujo de acabar dependiendo exclusivamente de la ayuda de los judíos del exterior para mantener un dispositivo militar terrorífico con el que no sólo disuadir a sus vecinos árabes, sino también machacarlos ciento por uno a las primeras de cambio.

Que el sionismo mundial es fuerte es bien conocido, pero que por esta vía es difícil que puedan conseguir estabilidad en la zona a medio plazo es también muy evidente. Porque a fin de cuentas, el genocidio nazi sí podría haber llegado a buen término en toda Europa si  las cosas hubieran sido sólo un poco diferentes, pero exterminar a toda la población pro palestina de la zona es cosa de un nivel muy diferente, tanto por cantidad de habitantes de la que hablamos, como de las repercusiones que tendría a nivel internacional semejante atrocidad. Porque a fin de cuentas, Israel es muy consciente de que no podría causar un genocidio palestino sin identificarse plenamente con sus verdugos nazis de setenta años atrás.

La ley del talión es dura y cruel, pero en su propia definición establece un principio de proporcionalidad que sólo los dictadores más sanguinarios de todas las épocas se han atrevido a vulnerar. Desde la época de la matanza de Sabra y Chatila, allá por los ya lejanos años ochenta, somos conscientes de que Israel se mueve en la finísima línea que divide la autodefensa del exterminio, sin que nada haya mejorado desde entonces. En realidad, todo ha empeorado, porque el discurso es más beligerante y autojustificativo que entonces. Si por la muerte de tres muchachos judíos el gobierno de Netanyahu es capaz de asesinar impunemente y sin el menor rastro de humanidad a cientos de civiles so pretexto de que los terroristas se camuflan entre ellos, es que Israel ha perdido el derecho a ser considerada una nación civilizada, les guste o no, y por mucho que sus socios norteamericanos hagan la vista gorda o miren para otro lado mientras el Tsahal masacra la zona de Gaza.

La acción política es algo que los ciudadanos libres no podemos controlar una vez que hemos otorgado nuestro voto a las formaciones que dirigen nuestras débiles democracias formales, pero la conciencia individual sigue existiendo indemne para condenar con toda firmeza las violaciones de los derechos elementales de las personas, aunque sean efectuadas por nuestros presuntos aliados. La opinión pública norteamericana manifestó clarísimamente su repulsa sobre el proceder del US Army y de los presidentes Johnson y Nixon durante la guerra de Vietnam y puso en muy serios aprietos tanto a administraciones demócratas como republicanas que tuvieron que lidiar con el conflicto abierto en Indochina. En cierta medida, fue un gran triunfo de la ética ciudadana sobre la “realpolitik”, un sucio eufemismo para describir las atrocidades que en nombre del “mundo libre” estaban dispuestos a cometer los gobiernos occidentales.

Debido a la manipulación de masas derivada del shock del 11 de septiembre, esa conciencia ciudadana, ésa ética social de repulsa del ”todo vale”, se ha visto considerablemente mermada, y muchas personas de buena fe se creyeron las indecentes mentiras (más bien soflamas) que justificaron la invasión de Iraq por parte de los aliados de occidente. En este clima de paranoia en el que llevamos ya más de una docena de años, parece debilitarse el juicio crítico contra las aberraciones militares, y eso abre la puerta a la indiferencia con que en gran parte del mundo se están recibiendo las imágenes del genocidio de Gaza.

Pero no olvidemos que, una vez destruido el principio de proporcionalidad en la respuesta a las agresiones, nada nos libra del peor de los futuros. Un futuro teñido de negro, en el que los gobiernos podrán ejercer la violencia indiscriminada y desproporcionadamente contra todo hijo de vecino al que puedan acusar de haberlos agredido. Incluidos sus propios ciudadanos.

Un mundo en el que a una bofetada se pueda responder impunemente con una paliza de muerte no es un mundo civilizado. El matonismo es una actitud despreciable que sólo genera más violencia y una sed de venganza incontenible. De niños a adultos, desde el patio de la escuela hasta el de la cárcel, la conclusión es siempre la misma: la violencia desproporcionada es muy propia de psicópatas y fanáticos. Como los que llevan la voz cantante en Israel desde hace demasiados años.

miércoles, 9 de julio de 2014

Gowex y la alquimia

Semana muy movida por el desastre de Gowex, uno más de los que vienen asolando la economía y del que ya se han escrito tantas justificaciones que no merece la pena entrar en más explicaciones, todas ellas parciales, sesgadas y, en mi opinión, muy alejadas de acertar en la diana de las causas profundas de este tipo de cataclismos. 

La cuestión es que tenemos por un lado, una empresa estrella del parquet bursátil secundario, con una capitalización que se acercaba a los setecientos millones de euros, y que en realidad resulta ser un farol de principio a fin. Tras la constatación de la debacle, unos acusan a la frivolidad de los inversores, otros a la falta de mecanismos de control, y otros más a la desvergüenza de algunos empresarios dispuestos a todo con tal de conseguir dinero.

A todos se los puede dar la razón, pero sólo parcialmente, porque la cuestión de fondo no radica que Jenaro García engañase a todo el mundo, ni que la empresa auditora se quedara fuera de juego, ni siquiera que los inversores,  llevados por su codicia, pusieran su dinero en riesgo sin verificar la situación real de la empresa. La cuestión de fondo es mucho más sutil y mucho más profunda. También infinitamente más grave.

Tras los panegíricos laudatorios de la prensa generalista y especializada (sólo hay que ver las páginas centrales de los suplementos de economía de ABC o de Expansión del 2013 para enrojecer de vergüenza); tras los premios nacionales e internacionales otorgados a Gowex recientemente (recuerden a nuestro presidente Rajoy entregando el premio Sart-Ex a Gowex este mismo año, o a la Unión Europea otorgándole el galardón a la mejor nueva empresa); tras el sinfín de subvenciones y créditos públicos recibidos en detrimento de otras iniciativas menos osadas, y desde luego, menos fraudulentas, se esconde un síntoma de una enfermedad mucho más grave.

Una patología que arranca de muchos años atrás,  y que ha conseguido encandilar a casi todo el mundo, pero especialmente a inversores, financieros y políticos. Una enfermedad que muy pocos han tenido la valentía de denunciar, porque el mundo oficial niega su existencia. Peor que eso, el mundo oficial afirma que esa terrible plaga no sólo no existe, sino que es un gran beneficio para la humanidad y constituye la cúspide las ciencias sociales.

Soy un ferviente seguidor de Nassim Taleb y otros execonomistas que llevan años denunciando las mentiras sobre las que se asienta la presunta ciencia económica. Personas que se han forjado en el mundo de las finanzas y que se han hartado de demostrar que lo impredecible sucede con mucha mayor frecuencia de la esperada en el mundo económico, y que por tanto, cualquier reduccionismo a formulismos matemáticos es algo que queda muy bonito de ver, pero que tiene muy poca sustancia.

Sin embargo, millones de personas por lo demás con una cultura notable, se empeñan en seguir los dictados de los economistas de moda del mismo modo en que las marujas domésticas siguen el horóscopo de las revistas de vanidades. Y con la misma fe chusca pero reconsagrada en que se asientan la mayoría de los dogmatismos, y especialmente los referentes a la economía.

Uno está tentado de afirmar directamente que los economistas no tienen ni puta idea de lo que hablan, y revisten este desconocimiento con montones de ecuaciones y gráficos que sólo sirven para predecir el pasado,pero que jamás aciertan el futuro.Charlatanes de traje y corbata y muy buen sueldo. Como si no hubiéramos tenido suficiente con la Gran Recesión en la que vivimos, los hay que se empeñan en mantener su fe incólume en los sabios de la tribu, que como ya dije en otra ocasión, tienen de sabios lo que el chamán tiene de médico.

El problema en la economía es que hay unos cuantos gurús y unas cuantas escuelas de negocios cuya palabra vale para que todo el mundo asuma sus especulaciones como verdades inquebrantables. Algo así como oráculos de Delfos, pero en versión tablet y smartphone. Y otros muchos que a la que abren las páginas salmón de la prensa económica, sufren una especie de daltonismo en su juicio crítico, que queda teñido de un indeleble sepia monocolor, por más tonterías que diga el columnista de turno.

Esta falta de sentido crítico que se aprecia simplemente hojeando la prensa económica especializada, que actúa de forma sincrónica aupando o hundiendo expectativas empresariales, elogiando o desautorizando iniciativas sin más fundamento que la siempre escasa información auténticamente contrastada que se facilita a los inversores, es uno de los mayores puntos de contacto de la economía con las todas las falsas ciencias, desde la astrología hasta las pseudociencias "new age" cuyos cimientos se hunden en la credulidad de las masas.

Pensar que un señor con dinero es un señor culto y con juicio crítico es no haber visto jamás a Jesús Gil y sus secuaces en acción. La equiparación entre poder económico e inteligencia es tan frívola como incorrecta. Yendo un paso más allá, pensar, a pies juntillas, que un doctor en economía (solo la asociación de "doctor" con "economía" es para  poner los pelos de punta) es un individuo con una omnisciencia económica global y con unas dotes casi mágicas para darnos lecciones sobe cómo invertir nuestro dinero, y más si se trata de invertir en la bolsa, es para morirse de risa.

Sin embargo, no es de risa, si no de llanto, que nuestros dirigentes político-económicos sigan la doctrina económica  como el que sigue el horóscopo del día. Y es por esa razón que otorgan premios, menciones y condecoraciones a destajo, a individuos y empresas que poco después estafan a un montón de inversores, caen en la quiebra y de paso se van, literalmente, a hacer puñetas con todos sus empleados, sin que nadie, absolutamente nadie, les hubiera advertido del más mínimo peligro.

Así pues, lo que falla no son los mecanismos reguladores y de control, sino la propia percepción de que la economía es algo infalible (una creencia que, al parecer, sólo comparten las clases dirigentes). Y que lo que falla no son sus recetas y predicciones, sus métodos y sistemas, sino las personas que la usan. Algo tan atrozmente falso como suponer que la alquimia es una ciencia exacta y sólo falla porque los  alquimistas no son buenos en su profesión.

Porque en definitiva, la cuestión de fondo con los desastres económicos como el de Gowex y muchos más que están por venir, es que la economía es como la alquimia, una especie de derivación aproximativa a una ciencia, que se encarama por las ramas de la especulación y de la falsedad. Pero a diferencia de la alquimia, que el glorioso estallido del Renacimiento relegó por fin al olvido en beneficio de la química, la economía rige nuestros destinos de hombres del siglo XXI con mano férrea, aunque igual de falible, basándose en unos dogmas que nadie en absoluto ha conseguido demostrar hasta la fecha, pero que sellan nuestros destinos indefectiblemente.

Los economistas son los alquimistas del mundo moderno. Y toda nuestra vida gira en torno a ellos. Resulta aterrador.

miércoles, 2 de julio de 2014

Gremialismo medieval

No deja de ser curiosa la actitud de los poderes públicos frente a determinados colectivos con una gran fuerza corporativa, y el doble rasero que utilizan para justificar las restricciones que imponen a ciertas formas de economía que han surgido al calor del desarrollo de las redes sociales. En concreto, me refiero a esa nueva  e ingeniosa alternativa a la economía tradicional que se ha dado en llamar consumo colaborativo.

Que la economía es algo tan dinámico como las propias sociedades es una afirmación que no debería sorprender a nadie. En cambio, que los poderes fácticos se opongan con todas sus fuerzas a formas no tradicionales de gestionar la economía  ya resulta más curioso, especialmente porque dicha oposición se manifiesta muy claramente cuando se trata de alternativas que quedan al margen de los circuitos clásicos y sobre las que las grandes corporaciones no han podido echar aún la zarpa.

Aún más relevante resulta el hecho de que los gobiernos animen a todo hijo de vecino a participar en esa gran estafa global que es el emprendimiento, y cuando alguna de esas ideas novedosas y realmente emprendedoras comienza a funcionar, le hagan la zancadilla legal so pretexto de regular un mercado antes inexistente. Porque una cosa es regular, y otra muy distinta torpedear directamente la actividad de los emprendedores atendiendo a intereses corporativos las más de las veces oscuros, y casi siempre sintomáticos de un total inmovilismo respecto a cualquier modificación de cualquier  “sistema” económico que no hayan propugnado ellos en primer lugar.

Una de las primeras consecuencias de la gran crisis económica que vivimos es la del surgimiento de transacciones económicas “peer to peer”, bien de tipo directo (yo te presto este servicio y tú me prestas otro servicio que necesito), o bien intermediadas por una plataforma que conecta a los interesados y bien les cobra un precio o lo hace gratuitamente a cambio de publicidad o de esa otra mina de oro que consiste en el “big data” que se obtiene comerciando con los datos personales y de navegación de los usuarios.

Esas transacciones P2P constituyen una fuerza económica emergente de una importancia cada vez más significativa, y casi todas ellas se pueden englobar en el concepto de consumo colaborativo o economía colaborativa. El problema es que a las fuerzas económicas tradicionales, así como a los poderes públicos, esa economía “entre pares” no les gusta en absoluto, porque les quita clientela, les recorta beneficios y permite mucha más flexibilidad al usuario, que no está sometido a las rigideces de los modelos económicos tradicionales.

La contradicción es evidente, no sólo porque tenemos una sociedad desgarrada verticalmente  (hasta el punto de que ya no podemos hablar de enfrentamiento entre derechas e izquierdas, que se ha sustituido por concepciones sociales u políticas radicalmente diferenciadas entre una sociedad de  arriba y otra de  abajo) que está divergiendo cada vez más en sus modelos sociopolíticos y económicos; sino porque tenemos a la sociedad “up” exigiéndonos que nos adaptemos a los nuevos tiempos de movilidad laboral extrema, precariedad y continua reconversión de la fuerza laboral; mientras que por otra parte, cuando la sociedad “down” inventa nuevas formas de susbsistencia, se ponen todas las trabas posibles aludiendo a que son formas de economía no reguladas, si noi fraudulentas, y que perjudican a los sectores tradicionales. Donde tradicional lleva parejo el adjetivo de inmovilista.

Para recurrir a un ejemplo, tenemos cómo la ofimatización supuso ya hace años una gran revolución en los servicios administrativos que impulsó una reconversión brutal de la fuerza laboral administrativa y la pérdida de muchísimos puestos de trabajo gracias a la gran eficiencia y velocidad que supone el uso intensivo de la informática en la oficina. A ese tipo de modificaciones los poderes económicos tradicionales no se han opuesto nunca, por más que envíen al desempleo a millones de trabajadores, sencillamente porque su uso beneficia a sus cuentas y permiten repartír más dividendo entre los accionistas.

Sin embargo, cualquier competencia que surja de la creatividad de grupos no tradicionales es percibida sistemáticamente no como una oportunidad, sino como una amenaza. Entonces las fuerzas vivas del sistema  ponen en marcha toda su maquinaria para tratar de detener a los osados que se aventuran a disputarles parte del pastel por medios alternativos. Ese doble lenguaje, el “adáptate a los nuevos tiempos” que exigen a los asalariados, pero también el “retírate de mi territorio” a los advenedizos que llegan con ideas frescas, es una muestra más de esa esquizofrenia social y política en la que se mueve el mundo actualmente, y que cada vez nos acerca más a un escenario de ciencia ficción en el que una gran masa de la sociedad “down” empezará a operar al margen  de los cauces reglados y dirigidos por los dirigentes de la sociedad “up”. Lo cual favorecerá, gracias a la ceguera e inmovilismo de los dirigentes económicos, que la economía sumergida crezca en las próximas décadas, en vez de ir disminuyendo.

Las transacciones  de contenido económico P2P, que han conocido su auge gracias a internet y la explosión de las redes sociales, serán incontrolables por muchos esfuerzos que se dediquen a erradicarlas. Como ejemplo, basta recordar que la lucha por evitar la descarga de contenidos musicales o cinematográficos en internet está tan plagada de presuntos éxitos mediáticos como de obvios fracasos diarios.  El control de la red es lo más parecido a tratar de pescar sardinas con redes para atunes. Y lo peor de todo es que los reguladores económicos saben perfectamente que construir una red mundial para pescar sardinitas es no sólo antieconómico, sino imposible, salvo que se implante un estado policial en internet.

Así que el error de los grandes grupos hoteleros está en tratar de hundir Airbnb, la plataforma más exitosa de alquiler de alojamiento turístico P2P. Y lo mismo ocurre con los taxistas respecto a Uber o Blablacar. Colectivos vociferantes exigiendo la amputación de las cabezas de una hidra, en vez de intentar adaptarse a los tiempos que corren, ser más competitivos y ofrecer servicios diferenciados que atraigan más a los clientes potenciales.

De hecho, la tan cacareada competitividad se basa en eso, no en tener mercados cautivos, que es lo que pretenden los taxistas, un colectivo que no despierta ninguna simpatía entre el ciudadano común y que además se está retratando como lo que ya muchos intuían: retrógrado, corporativista y sobre todo, agarrado a la ubre de un modelo de negocio protegido por los políticos municipales de todo pelo.  Algo que en Europa resulta especialmente patético y que pone de manifiesto que la economía norteamericana, pese a todos sus defectos, es infinitamente más dinámica y tolerante con las nuevas formas de explotar nichos económicos tradicionales, permitiendo que la creatividad sea mucho mayor allende el Atlántico que en las tranquilas orillas de esta Europa burocrática y gremial.

Las estructuras gremiales son tremendamente dañinas para la dinamización de la economía, porque los principios de adaptación y competitividad quedan diluidos en la salsa de una regulación proteccionista que carece de sentido las más de las veces. Sencillamente, el servicio de taxi tradicional tendrá que irse modificando, especializando y ofreciendo mayor valor añadido, en lugar de limitarse a ofrecernos el tópico de un impertinente conductor mascando un mondadientes y con la radio a todo volumen. Igual vale para el gremio de hoteleros, mucho más poderoso pero igual de rancio y retrógrado, que debería tomar nota de empresas como Airbnb para tratar de adaptarse a los tiempos que corren y facilitar las cosas a los clientes, en lugar de guerrear por mantener un mercado turístico cautivo como si eso fuera la cosa más natural del  mundo.

Si así fuera, por poner un último ejemplo, los comerciantes de servicios fotográficos se hubieran rebelado hace años ante la aparición de las tecnologías digitales y hubieran exigido su prohibición so pretexto de que el usuario podía prescindir de sus servicios y gestionar sus fotos directamente en casa. Semejante idea se antoja ridícula a cualquier persona con un mínimo de entendimiento y racionalidad, y precisamente por eso, el sector fotográfico tradicional acometió una reconversión drástica hacia servicios paralelos de mayor valor añadido. Es cierto que trajo consigo el cierre de muchos establecimientos, pero no podía hacerse otra cosa. En eso consiste la evolución de las sociedades, muchas veces convulsa.


Porque una cosa es la protección de los trabajadores, y otra distinta es blindar el sistema económico de tal modo que Europa parezca un inmenso feudo medieval.