miércoles, 28 de mayo de 2014

Esta Europa no



Decenas, cientos de análisis, casi todos ellos interesados, sobre el significado del resultado de las elecciones europeas del 25 de mayo. Dejando aparte las habituales estupideces  de los sospechosos también habituales, que son de vergüenza y lágrima por lo que tienen de maniqueas, ridículas y sonrojantes viniendo de presuntos profesionales de la cosa política ( o precisamente por eso), unas pocas han puesto el dedo en la llaga del significado real de lo que está aconteciendo en el continente.

El problema general es que las formaciones tradicionales se resisten a entender que el mensaje lanzado al parlamento europeo no es una cuestión de minorías exaltadas, sino de un divorcio generalizado entre la clase política y la ciudadanía. En esencia, por mucho que el Partido Popular europeo y su homólogo español traten de menospreciar el resultado de muchas formaciones y la elevada fragmentación del espectro político, la cuestión es que la diversificación de la estructura parlamentaria en Europa viene a ser algo así como la manifestación de muchas grietas estructurales en el edificio político de la UE. No se trata de simples desperfectos en la fachada, sino de la constatación de la disgregación de los dos bloques tradicionales que dominan, y aún dominarán durante bastante tiempo, la eurocámara.

Sin embargo, hay conclusiones bastante evidentes y fáciles de obtener. En primer lugar, el auge del euroescepticismo y de los partidos “extremos” son dos caras de una misma moneda: la negativa de Europa a convertirse en un “Merkelreich”. La gente se ha hartado, no ya de la locomotora alemana, sino de su ansia de control político-económico sobre Europa. Muchas veces se ha insistido –y no puede obviarse- que el monopolio alemán ha acabado conduciendo a Europa al desastre en demasiadas ocasiones como para pasar por alto semejante lección histórica. 

La alianza entre conservadores y soialdemócratas en Alemania – que se puede traducir en una nueva alianza en el parlamento europeo-  es una traición a los electores de izquierdas, que ven cómo se quiere dibujar en Europa un constructo político muy similar al norteamericano, donde las diferencias entre demócratas y republicanos son más de matiz que de orientación general. Aquí estas componendas resultan inaceptables para el común de los mortales: una democracia neoliberal en la que da casi lo mismo que ganen unos u otros es un trágala que la mayoría de europeos no está dispuesta a aceptar.

El proceso es lento y doloroso, pero una vez iniciado, es muy dudoso que ahí se quede, como una mera anécdota de la historia continental. Ni se va a tolerar que Alemania sea la que dicte nuevamente el paso de Europa, por mucho que el  liderazgo lleve bragas y no luzca bigotito, ni se va a perdonar que quiera construirse un “Congreso” europeo que sea el calco del norteamericano. Aquí hay mucha más contestación social, que se manifiesta mediante la huida del electorado valiente hacia opciones más exigentes. En ese sentido, y sólo en ese, se puede hablar de radicalización. Yo más bien diría que a los dos partidos tradicionales sólo les seguirá votando la tercera edad europea, que no es moco de pavo, pero que en el fondo es una rémora para cualquier avance social y político. Ni los jubilados (miedosos por naturaleza y por necesidad) ni los mandarines de Bruselas escriben la historia a largo plazo. A los partidos tradicionales  les está quedando el voto del miedo –que de ahora en adelante van a utilizar profusamente, como ya hacen las huestes del PP en Cataluña- y el de los que siempre han medrado a la sombra del poder establecido, que deben ser muchos, pues sólo así se explica que el PP español no se haya pegado un batacazo aún más sonado.

El miedo, que es con lo que ha estado jugando el establishment político durante estos años, se transforma con extraordinaria facilidad en rabia. Y esa rabia se traduce en huida de votos hacia los partidos que, muy desacertadamente, los políticos clásicos llaman populistas. Como si hubiera una sola política posible (la de la gran coalición conservadora-socialdemócrata que se ha estado imponiendo en toda Europa hasta hoy), idea que coincide con la del pensamiento único que desde la época Reagan-Thatcher se trata de imponer a las masas, analfabetas o no.

No deja de ser curioso que los portavoces del neoliberalismo feroz, el del mordisco al ciudadano y el recorte al servicio público, tengan el valor de acusar a los partidos que recogen el descontento ciudadano de demagogia y populismo, cuando precisamente, el pueblo llano lo que necesita son medidas sociales reales, una vez salvados  y reflotados los bancos y el sistema financiero con nuestra sangre, sudor y lágrimas. 

También merece un toque de atención el centro izquierda europeo. Los socialdemócratas, (cada vez son menos una cosa y la otra), se han plegado a los dictados del FMI, y pastan tranquilamente del presupuesto de sus  respectivas cámaras legislativas, que diría el bueno de Pérez Galdós hace cosa de cien años. El caso del PSOE en España es paradigmático de la ineptitud para reconocer la realidad ante sus propios ojos. Una ceguera que proviene de la incapacidad de aceptar que hay cambiar la estructura del socialismo en profundidad. Volver a ser de izquierdas de verdad, no una sucursal endulzada del conservadurismo dominante.  El grado de estupidez socialista es tan alto que conduce a situaciones tan esperpénticas como la de España, donde tras la bofetada electoral, lo único que saben hacer es cargarse el proceso de primarias que iban a iniciar para elegir a su secretario general. Freno y marcha atrás para volver al sistema de nomenclatura interna, donde se impondrá el criterio de una aparatchik como Susana Díaz, lo que llevará al hundimiento definitivo del socialismo español y su disgregación entre formaciones menos funcionariales y celosas de mantener sus prebendas. O sea, ante la crisis interna, menos democracia y más liderazgo impuesto y ajeno a las bases. Genial.

La segunda lectura del resultado de las elecciones europeas es más sutil pero no menos evidente. Tanto desde la derecha como desde la izquierda se percibe un toque de atención contra la Europa del mercadeo y de los mercaderes, la Europa vendida a la globalización. Se advierte una regresión hacia lo propio, lo local, lo cercano. Y también se advierte el deseo de construir muros, no tanto para contener a los emigrantes –que no son más que un recurso anecdótico para tirarse los trastos a la cabeza desde ambos lados del espectro político-  sino para limitar la sangría de capital europeo que va a enriquecer a sátrapas orientales a costa de las conquistas sociales y de la estabilidad laboral europeas, sin que nada revierta a cambio ni de los ciudadanos de aquí ni de los de allí, que siguen viviendo en regímenes de los que lo más amable que se puede decir es que son superpotencias de la opresión laboral cuyos réditos engordan las cuentas corrientes de unos señores de perfil difuso pero que en todo caso lo máximo que traen de vuelta a  Europa es una cuenta corriente a Suiza y un yate a Mónaco.

La gente innominada, la masa, el ciudadano anónimo, empieza a convencerse de que el gran engaño del siglo XXI es el de las bondades de la globalización. La globalización es nefasta para todos los que somos víctimas de ella, porque no reparte la riqueza de forma equitativa, sino que la concentra cada vez en menos manos. Ni siquiera queda el consuelo de pensar que la globalización exporta derechos humanos, porque no es así.  Sólo hay que ver cómo funcionan las dos potencias emergentes de más peso en esta centuria, China y la India, que suman un tercio de la población mundial, para percibir claramente que la globalización es sólo un mecanismo económico para producir más beneficios empresariales a costa de producir más barato, mover capitales sin control alguno  y recortar los beneficios sociales de la clase trabajadora occidental, mientras  su homóloga oriental sigue viviendo literalmente en la inmundicia, con jornadas de trabajo impensables incluso en la Inglaterra victoriana y sin derechos laborales de ningún tipo. En resumen, y citando a Chomsky, la globalización es la herramienta mediante la cual una minoría privilegiada extiende su control sobre una mayoría subordinada.

La globalización es la gran mentira del neoliberalismo occidental, y el mantra globalizador ya empieza a derivar en hartazgo popular. Cierre de fronteras, expulsión de extranjeros, fijación de aranceles, sanciones a los países que no respetan los derechos humanos en general y laborales en particular. Cualquier partido que asuma estos principios como parte fundamental de su programa irá ganando adeptos día a día, a no ser que la situación de crisis generalizada revierta. Que no revertirá, porque se parece en demasía a lo que le sucedió a Japón a principios de los noventa del pasado siglo, y que todavía lo tiene renqueante, más de veinte años después. 
 
El euroescepticismo es, en resumen, esto: no a Alemania, no a la globalización. Su auge es mayor en los países con menor deuda germanófila, como el Reino Unido, Francia, y algunos países fronterizos y satélites de la “Gran Alemania” cuyos ciudadanos ven cómo peligra, de nuevo, su independencia, ante el riesgo de ser devorados económicamente por el coloso germano. En este sentido, la idea de Europa parece tocada de muerte, salvo por el anhelo de los antiguos países del bloque soviético, cuya  ansia es equivalente a la del emigrante de la patera: llegar a una tierra prometida que a estas horas ya se está desmenuzando bajo sus pies.

Tomen nota, porque en todo caso, muchos  socios ya han empezado a  decir que esta Europa, no.

jueves, 22 de mayo de 2014

Coca Cola y justicia universal

O de cómo los intereses estratégicos de las grandes multinacionales y de los gobiernos pasan por encima de cualquier consideración ética, e incluso de la más elemental lógica. Dos situaciones, en principio totalmente divergentes, pero que nos llevan a una misma conclusión. Totalmente pesimista y, aún peor, ni siquiera considerada por la mayoría de los medios de comunicación, salvo para dar carnaza insustancial a la audiencia.

Hace escasos días, Coca Cola ha retirado un spot publicitario ante las quejas de una asociación. Hasta aquí normal, si no fuera porque Dignidad y Justicia es una asociación de víctimas del terrorismo, que muy poco tiene que ver con la Coca Cola en particular y con la publicidad en general. Sin embargo, dicha asociación parece estar con el ojo avizor en todo, incluso en temas en los que no debería meter el hocico, puesto que su injerencia es claramente inconstitucional. Todo a cuenta de que han denunciado ante Coca Cola su último anuncio, en el cual uno de los actores que aparece ha apoyado a presos etarras en el proceso para que se los reagrupe en el País Vasco. El interfecto no tiene antecedentes de ningún tipo, y solamente se ha significado políticamente por ese motivo.

Este país -de mierda, todo hay que decir y perdonen el exabrupto pero es que se  me sube la sangre al ático- se ha vuelto toscamente policial e inquisitorial con las opciones privadas de cada cual, hasta el punto de convertir en asfixiante el mero hecho de tener gustos que disientan de los que los autoatribuidos comisarios de la mente y del espíritu definen como correctos. Porque, francamente, en ningún lugar civilizado se exigen credenciales políticas para ser actor, salvo en los Estados Unidos del senador McCarthy y de eso hace ya más de sesenta años, y es episodio que aún sigue avergonzando a la mayoría de norteamericanos pese al tiempo transcurrido.

Y el caso es que a los actores, sean cinematográficos, teatrales o publicitarios, no se les exige ninguna acreditación de pureza ideológica para participar en los proyectos para los que son contratados. Pero aquí, en España, por lo visto sí. Como ha señalado la productora del anuncio, McCann,  indagar sobre cuestiones de afinidad política "podría" ser inconstitucional. Yo les aseguro que no sólo podría, sino que directamente es inconstitucional: los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, según reza taxativamente el artículo 14.

Así que Indignidad e Injusticia se ha regido en juez, parte, árbitro y verdugo de una cuestión en la que no podría ni debería siquiera entrar, por mucho que les disguste ver en la tele la jeta de un señor que ha pedido públicamente que se reagrupe a los presos vascos, lo cual no es ni ha sido nunca un delito, aunque al paso que vamos, pronto lo será. Como lo será cualquier opinión que disienta del credo neofascista que impregna a mucha de la derecha hispana.

La bajada de pantalones de la multinacional Coca Cola es de las que daría risa, si no fuera auténtica y genuinamente penosa. El emblema de la libertad yanqui cede a las presiones de un grupo de personas que tienen todo el derecho del mundo a reclamar protección en cuanto víctimas del terrorismo, pero que carecen de ninguna legitimidad para hacer de carceleros de las opiniones privadas de las personas. Y mucho menos para imponer sus criterios de selección de los trabajadores a una compañía ajena a todo el demencial ajetreo del País Vasco. Se nota que los intereses geopolíticos de Coca Cola han prevalecido sobre la decencia y la dignidad empresarial, y se han plegado al chantaje de un colectivo que no anda muy lejos de actuar según prácticas no ya discriminatorias, sino directamente mafiosas.

También sería de risa el asunto en el que nuestro gobierno del PP se ha enfrascado con la prohibición de la justicia universal, si no fuera porque esconde también un interés geoestratégico fundamental, acompañado de la pertinente bajada de pantalones y mirando a Cuenca sin pudor alguno. Pública y notoria, como la de la compañia Coca Cola, aunque los voceros de la prensa progubernamental han procurado escurrir el bulto de forma tan descarada como vergonzosa.

La cuestión es que, por fin, una figura pública como el juez Andreu ha dicho lo que todo el mundo decente esperaba: que cargarse la justicia universal por intereses geopolíticos es una auténtica vergüenza. El asunto huele a podrido a kilómetros de distancia. El juez Moreno quería imputar al expresidente chino Hu Jintao por el genocidio del Tíbet, y la reacción de Rajoy y compañía ha sido inmediata. Por vía de urgencia se han cargado la posibilidad de que ese hombre sea juzgado en tierra hispana. Los intereses de China en España, económicos, of course; así como las inversiones de empresas españolas en China, estaban en serio peligro si se llevaba a cabo la imputación y eso no podía consentirse, faltaría más.

Da lo mismo si con esa medida hay que liberar, a diez, cien o mil narcotraficantes, responsables de miles de muertes en este y otros muchos países, o si delincuentes internacionales pueden campar a sus anchas por España sin siquiera ser molestados. Como ha señalado el juez Garzón, hasta el líder de Boko Haram podría venir a veranear por aquí y la justicia española no podría hacer nada por impedirlo. A fin de cuentas poco importan unos miles de muertos si con ello se benefician las arcas públicas o las privadas de las grandes corporaciones patrias.Y que no nos vengan ahora con el sonsonete de crear empleo y puestos de trabajo: los intereses de los que se trata son puramente macroeconómicos. Del dinero chino en España no veremos nunca un duro los ciudadanos de a pie. Tampoco los beneficios de las inversiones españolas en china revertirán en la mayoritariamente sufrida población hispana, sino en las cuentas corrientes de los accionistas de las empresas del Ibex 35.

Este país, triste, sucio, rastrero y fratricida se somete al dictado de los intereses de unos pocos, muy pocos, que revestidos de piel de cordero son auténticos lobos para sus conciudadanos. Y que además pretenden darnos lecciones de moral y de dignidad. Los mismos siniestros personajes que hace tiempo vendieron su patrimonio ético por un plato de lentejas. O por unas Coca Colas, que la ronda la pagamos entre todos.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Sobre la violencia

Parafraseando la tópica y clásica expresión de las sensacionalistas páginas del viejo "El Caso", el luctuoso suceso acontecido en León esta semana nos da pie para una reflexión que pudiera parecer a un mismo tiempo escandalosa y banal acerca de la violencia.

Con independencia de cualquier consideración personal sobre las causas del asesinato de la presidenta de la Diputación de León, lo cierto es que el discurso general sobre su muerte está tan cargado de tópicos y panegíricos que causa vergüenza propia y ajena leer semejante repertorio de lugares comunes. Sin ánimo de ponerme pejiguero, definir el homicidio de la señora Carrasco como un acto "cruel, inútil y absurdo"  -como ha hecho nuestro presidente de gobierno- es sólo una muestra de cómo la retórica institucional resulta totalmente vacía y consistente en el encadenamiento de términos deplorativos pero sin contenido veraz. 

Porque el asesinato de un ser humano puede ser cruel, pero éste no ha sido el caso; absurdo, que tampoco es plausible que lo sea, ya que la homicida parece que tenía sus motivos mejor o pero fundamentados para cometerlo, e "inútil" seguramente sea el menos acertado de los calificativos empleados por Rajoy, porque la eliminación física de una persona siempre tiene una utilidad clara para quien la lleva a cabo, salvo en los casos de enajenación mental, que son los menos. Y en muchas ocasiones, esa utilidad se amplía a un colectivo mucho más extenso.

Participo plenamente de la reprobación de la violencia como forma genérica de resolver asuntos entre humanos, pero sólo me refiero a la violencia en abstracto. Porque si descendemos al terreno de lo concreto, hay que hilar más fino. Los grandes maestros de la violencia literaria moderna, como Chandler o Hammet, sabían muy bien que el asesinato es una vía de escape, y que como tal, siempre tiene una causa preformada en la mente del asesino, que encuentra de ese modo la solución más drástica a los problemas que le acucian, sean reales o figurados. Desde esa perspectiva, no me sorprende en absoluto lo que ha sucedido en León. Si  acaso me sorprende que no haya sucedido hasta ahora y en muchas más ocasiones, porque seguro que agraviados con sed de revancha los debe haber a miles en este triste país.

El poder siempre procura institucionalizar y monopolizar la violencia, apoderarse de ella y ser su único administrador, no sólo por el bien de los ciudadanos sino también desde una planificación sumamente egoísta del ejercicio de la autoridad misma. La violencia popular puede ser muy contraproducente para las clases dominantes, que lo saben bien desde la época, que ahora muchos añoran, de cuando las guillotinas trabajaban a destajo en las calles de París para dar alas a una revolución que dio al traste con las expectativas de perduración de la aristocracia francesa, y de paso fue preparando la transición hacia el estado moderno.

Así pues, al poder no le conviene la violencia de los sometidos, y trata de reprimirla por todos los medios so pretexto de proteger a los ciudadanos de ellos mismos, que también; pero sobre todo para garantizar la impunidad de la acción de gobierno de las masas. De ahí que tanto hace un siglo como hoy en día, se denomine terroristas a quienes se oponen de forma violenta a un poder ilegítimo (véase Ucrania), o a quienes pretenden conseguir lo  mismo que Israel en su momento y utilizando los mismos medios que alguno de sus héroes nacionales (como el Menahem Begin que voló por los aires el hotel Rey David con toda la clientela dentro). Por eso me resulta irritante el discurso generalizado de gobernantes y medios ante hechos como el sucedido esta semana, porque parecen ir dirigidos más bien a un entumecimiento del músculo ciudadano; a un apaciguamiento de la ira popular por el mal gobierno, a una contención de la mala leche social, no sea que se desborde y tengamos una noche de los cuchillos largos, con nuestra clase política de plato principal.

En relación con el patético discurso que oímos estos días, que suena tan corporativista y mendaz (como si el asesinato de la señora Carrasco tuviera una categoría especial frente al asesinato de cualquier otro ciudadano), conviene recordar la gramática parda que usan sistemáticamente  los políticos de todo pelaje. Curiosamente en clave política  "terrorista" o "asesino"  sólo son adjetivos que aplica el poder establecido a quienes se oponen a él por medio de las armas. Cuando las sublevaciones triunfan, los terroristas pasan a ser soldados de la causa; y los asesinos, héroes. He aquí el tremendo relativismo con el se juzga la violencia según el lado de la cancha que se ocupe. Y así ha sido desde hace milenios, por lo que expreso mi más sincera duda de que esa característica no esté imbuida de tal modo en el genoma cultural humano que sea imposible eliminarla por los siglos de los siglos.

Porque, seamos sensatos, la violencia política tienen siempre unas causas y unos fines muy claros. Y como bien sabía Chandler, que tanto escribió sobre la connivencia entre poder, política y violencia, el asesinato de un político nunca es un asunto estrictamente personal. A los políticos se les puede  matar a título personal pero el trasfondo siempre tiene que ver con asuntos derivados casi siempre de su quehacer político. En ese sentido, el asesinato de la presidenta de la Diputación es distinto de los demás y no puede resolverse con la tibia argumentación de que la homicida le tenía inquina personal. Porque no dudo que la tuviera, pero ciertamente era por su condición de política y por algo que había hecho o dejado de hacer por razón de su trayectoria como política en activo. Vamos, que no se la cargaron precisamente porque se colase en la caja del supermercado.

Tampoco voy a ser yo quien, a consecuencia del "luctuoso suceso", condene todo tipo de violencia política, como parece ahora sugerir unánimemente toda la clase dirigente, que ha visto las barbas del vecino pelar y teme poner las suyas a remojar. En el asfixiante ambiente de corrupción y nepotismo en el que se ha sumido España desde hace ya demasiados años, si yo fuera político temería que este acto hubiera sido el pistoletazo de salida para más ajustes de cuentas de los que muchos no escaparían. Si se abriera la veda, pocos dormirían tranquilos. El comentario de sacar a pasear las guillotinas de nuevo se lo oído decir a más de un sesudo caballero, por lo demás objetivo y centrado en su vida de profesional relacionado con la administración pública, así que no vamos a rasgarnos las vestiduras por lo que la gente del común dice en voz más o menos alta, a contracorriente de la doctrina y propaganda oficial.

La violencia política  tiene una larga tradición, especialmente en las riberas mediterráneas, donde los súbditos romanos ya sabían que pese al imperio de la ley que cimentó las estructuras legales de los estados modernos, la vía rápida de resolución de los problemas de estado siempre fue el asesinato más o menos sofisticado de opositores y rivales, por mucho "senatus et populusque romanus"  que cincelasen en las piedras de la gloriosa Roma. Desde entonces ha llovido mucho y los métodos se han refinado, pero en última instancia, el recurso a la violencia sigue siendo de la misma eficacia que hace dos milenios.

Hay quien opina que si la violencia política se ha reducido mucho por estos lares en los últimos decenios no es por un mayor grado de civilización, sino por el creciente aborregamiento doctrinario de las masas, a fin de que sean incapaces de sublevarse contra las atrocidades del poder. Recurso éste que parece ser que funciona, porque con la que ha estado cayendo en España, Roma hubiera ardido hasta los cimientos, por un decir. Por cierto, la doctrina de la no violencia, nacida en el subcontinente indio después de la segunda guerra mundial, ha acabado demostrando su futilidad en su propia patria original, donde los magnicidios y escabechinas variadas se han sucedido de forma imperturbable desde que Gandhi pretendiera encomiablemente circular por el mundo con la flor en la mano.

Será lamentable (o no), pero la violencia ha sido, es y seguirá siendo tremendamente efectiva para la resolución de muchos problemas políticos, mal que les pese a nuestros dirigentes. Por poner ejemplos contemporáneos, que no quede. Si el pueblo de Vietnam no se hubiera alzado violentamente contra la ocupación francesa primero, y contra la yanqui después, aún estarían sometidos a las potencias coloniales. Si los palestinos no hubieran acometido intifada tras intifada, Gaza y Cisjordania seguirían sin ningún resquicio de autonomía política. Si el viejo IRA no hubiera existido, Irlanda seguiría siendo una provincia más del Reino Unido. Más recientemente, si en el hervidero balcánico no hubiera existido una rebelión contra las ansias de poder centralizador de Milosevic  hoy en día Yugoslavia seguiría existiendo, pero sería más "yugo" que nunca, serbio para más señas. Por poner un ejemplo final, en la Nicaragua convulsa de los años setenta y ochenta, si no hubiera sido por la violencia sandinista, los bárbaros dictadores al estilo  Somoza seguirían campando a sus anchas.

Todos esos, y muchos otros más, son casos de violencia política que la historia ha acabado bendiciendo como "legítima", por más que hubieran por medio decenas de miles de asesinatos que no fueran consecuencia directa de enfrentamientos entre tropas regulares. Los gobiernos actuales tienen especial cuidado en promover la imagen de que toda violencia ciudadana es ilegítima por el mero hecho de no estar amparada constitucionalmente. Pero la violencia política surge precisamente por eso, para rebasar las estructuras legales y de poder anquilosadas y que se convierten en una rémora para cualquier cambio. O peor aún, en una losa para los derechos ciudadanos. En resumen, la violencia política surge para legitimar lo que el poder vigente se niega a legalizar.

En ese sentido, los políticos en activo tratan de adormecer la inquietud social al precio que sea. A fin de cuentas, cuanto más corrupto es un sistema, más le interesa reprimir cualquier conato de protesta que vaya más allá de los meros comentarios particulares. Un claro ejemplo es la actual demonización de las expresiones airadas de  disgusto que se dan en la calle y en las redes sociales, a las que se pretende tipificar penalmente con delitos "inventados", como el enaltecimiento del terrorismo o la apología de la violencia. Hay que andarse con mucho cuidado, porque ya llevamos mucho tiempo con la persecución penal de la opinión política manifestada de forma contundente. Opinión que en muchos casos merece ser repudiada socialmente pero nunca perseguida penalmente, porque pone en riesgo un derecho fundamental como es la libertad de expresión, y así lo han señalado numerosos juristas. En ese sentido hay que recordar que existe al menos un país (que algunos paradójicamente consideran especialmente represivo o coercitivo) que carece de regulación penal alguna sobre los delitos de opinión que en España se persiguen tan duramente.Me refiero a los Estados Unidos de América, que en esta categoría deja a nuestra clase política a la altura del betún antidemocrático. Y que pone de manifiesto como en España hasta la violencia verbal quiere ser monopolizada por la clase política dominante, no sea que se le suelten las riendas al asno popular. 

Los demás, a la cárcel si rechistan. Porque la violencia del ciudadano común es intolerable para el poder establecido y pone en cuestión su perpetuación. Da lo mismo que se usen lenguas o pistolas. Ese es el subliminal mensaje que subyace en las declaraciones que estamos leyendo estos días.






miércoles, 7 de mayo de 2014

El Barça, la liga y la ética

Lo que va a suceder las dos próximas semanas en la liga de fútbol española da para muchas cábalas, pero especialmente para una reflexión dedicada a todos aquellos que muchas veces son incapaces de entender las razones de estado. Unas razones que, al parecer, son perfectamente asumibles cuando se trata de fútbol. O de cualquier otra cosa por la que nos sintamos directamente afectados, por banal que resulte.

Estamos asistiendo estos días a una tormenta de opiniones entre quienes apelan a la ética deportiva y los que, por el contrario, argumentan que la razón “política” está por encima de cualquier otra consideración. Lo que causa cierta perplejidad es que muchos de quienes defienden la llamémosla “razón de estado fubolística” son aquéllos que para todo lo demás, especialmente en lo que se refiere a política internacional, acusan gravemente a los aparatos de poder estatales –y muy especialmente a los Estados Unidos y a sus servicios de inteligencia- de operar bajo el escasamente ético principio de que todos los medios son válidos en lo que a la seguridad nacional se refiere.

Viene esto al caso de que a falta de dos partidos, y salvo que se repita algún evento como el del último fin de semana, que puso de manifiesto que los futbolistas no han oído siquiera hablar del célebre “cisne negro”  de Nassim Taleb (que no es otra cosa que hablar del poder inconmensurable de los sucesos altamente improbables), el Futbol Club Barcelona se va a erigir en árbitro del campeonato de liga 2013 – 2014. Y tendrá que elegir entre la ética -luchar hasta el fin para ganar, aunque sea a costa de darle la liga al Real Madrid- o actuar conforme a la lógica política, que dicta que el Barça jamás debe regalarle una liga al eterno rival, y más si eso implica que haría doblete este año.

Habrá que blindarse bien los oídos porque estas semanas vamos a escuchar imbecilidades sin cuento ni límite, donde por supuesto, los seguidores madridistas apelarán (sin mucho convencimiento pero con mucha vehemencia) a la ética barcelonista para no dejarse ganar el partido y los del Barça apelarán a la “realpolitik” para aducir todo lo contrario. Y no les faltará razón a ninguno de los bandos. Por un lado, las argumentaciones éticas no sirven de nada si, con la mano en el corazón, los seguidores madridistas no son capaces de jurar que en situación inversa  exigirían la misma actitud a su equipo. Pero no es el caso; la inmensa mayoría del madridismo preferiría morir antes que entregarle una liga al Barcelona, valga la hipérbole.

Tampoco es de recibo la contemporización de algunos barcelonistas que dicen  guiar habitualmente su pensamiento según una ética estricta, pero que son conscientes de que el Real Madrid, llegado el caso, se dejaría ganar para torpedear un campeonato azulgrana, y que justamente por ese motivo dejan la ética bien aparcada a un lado y van a asegurar el tiro según una anticipada ley del Talión. Pocos son  los que desean con toda su alma que el Barcelona pierda el último partido pero que lo pierda con sentido épico y estético. Que sea un canto del cisne que entrega su vida por el fair play aún a riesgo de  salvar al eterno enemigo.

La cuestión de fondo no es tanto el fútbol, que es pasatiempo cercano a la futilidad, sino cómo enfocamos las cosas cuando nos afectan  emocionalmente. Es decir, en aquél terreno donde la moral  y la virtud dejan de tener importancia porque lo que nos jugamos es algo de mucho más  valor práctico y tangible. Y sobre todo porque dejamos de ser jueces de los demás para convertirnos en parte activa de un dilema en el que las connotaciones van mucho más allá de lo meramente opinable.

Como bien ha retratado la admirable serie Homeland, la seguridad nacional y los servicios de inteligencia muchas veces deben moverse en un juego de luces y sombras en el que pocos pueden llegar a ver el panorama de fondo con detalle. En ese sentido, es muy sencillo criticar sistemáticamente a los operativos de seguridad bajo el pretexto de que su actuación es carente de ética respecto al adversario. Y ciertamente, en muchas ocasiones lo es, pero debe ser analizada a la luz del mal mayor que podría causar seguir unas convenciones éticas y morales que el adversario no está dispuesto a  respetar.

Desde esa perspectiva, habría que darle peso a ese argumento inverso de que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Y como toda guerra, las acciones en clave política deben responder a unos objetivos: causar el máximo daño al adversario minimizando el propio. Y aquí las consideraciones éticas deben imponer determinadas restricciones, pero con un  límite obvio: no perder las batallas decisivas.

Como me dijo una vez una persona cercana a operaciones de inteligencia, resulta  muy fácil criticar las cosas que se hacen en las cloacas del estado mientras que los ciudadanos están tan ricamente tumbados en las playas tomando el sol o  mientras van de compras por los bulevares, totalmente inconscientes de la fragilidad de sus vidas, que están casi siempre en manos de un puñado de soldados, vistan uniforme o no.

Uno, que es pragmático por naturaleza y las ha visto ya de variada gama de colores, es escéptico respecto a las arengas a la ética  formuladas en clave generalista y a  distancia más que razonable de los hechos que las motivan. En ese sentido, hasta el tradicional quijotismo español se resquebraja y desmorona, porque aquello de la honra sin barcos años ha que se fue al garete, junto con toda una legión de románticos que hoy vemos como trasnochados. Y que en todo caso resultan los tontos útiles de un patriotismo carente de toda ética, pardójicamente.

Por este motivo está claro que, del mismo modo que la afición barcelonista jamás perdonará a sus jugadores que le entreguen la liga al Real Madrid (porque sólo hay una cosa peor que perder la liga, y es perderla para que la gane el RM), hay que ser realistas y contemplar la política exterior bajo el mismo prisma. Dejar de criticar a los aparatos estatales por sus actuaciones en el exterior sin conocer las razones de fondo sería un buen paso. A fin de cuentas, las sostiene la misma argumentación que impide a un ferviente barcelonista pedirle a su equipo que gane el último partido de liga. El hecho de que en un caso haya vidas en juego y en el otro no es irrelevante. No hay un ética de primera clase y una que viaje en tercera.

Tal vez ante nuestra incapacidad de ser perfectamente racionales y lógicos todo el tiempo, y sobre todo ante nuestra impotencia para seguir los dictados éticos fundamentales durante toda nuestra vida, sería razonable empezar a aceptar que las cosas son siempre mucho más imperfectas de lo que nos gustaría; que vivimos constantemente ante dilemas que nos obligan a escoger entre lo ético y el beneficio práctico; y sobre todo, que es muy fácil ser juez distante de las acciones de los demás, pero totalmente imposible mantener la objetividad cuando somos parte afectada. Porque cuando las cosas nos tocan de cerca, siempre solemos optar por el beneficio práctico más allá de cualquier otra consideración. Si hay algo peor que el relativismo social es el relativismo moral, ese en el que caemos demasiado frecuentemente y que consiste en usar distitntas varas de medir según los hechos nos beneficien o perjudiquen.

Por eso harían bien muchos de esos pretendidos progresistas de salón que claman derechos a diestro y siniestro para cualquier colectivo habido y por haber, que tengan presente que la acción política es más el arte de lo socialmente posible que una lucha a brazo partido por imponer una rigidez ética que es traje que sienta muy bien a los demás, pero que nos revienta  las costuras cuando lo vestimos nosotros.  

Por eso es mejor dejarnos de zarandajas y admitir que el colectivo azulgrana desea ante todo que el Barça pierda el último partido de la liga, si con ello impide que los merengues la paseen por la Cibeles. Y que se entere bien pronto el cuerpo técnico y la directiva, no sea que con ello consigan divorciarse aún más de una masa social que se distancia de sus dirigentes con extraordinaria facilidad cuando se siente frustrada. En los tiempos que corren, la ética es un arma para agredir al contrario con ella, no una herramienta para la perfección de nuestro espíritu. Lástima de realidad..

miércoles, 30 de abril de 2014

Islam, la guerra perdida

Volvemos a Egipto, a una nueva condena a muerte masiva de militantes islamistas en un acto más de represión que de justicia. Una sentencia vengativa y vergonzosa que no aporta nada a la causa digámosle pro-occidental, sino que genera enemigos a millares y futuros soldados de Alá que seguirán segando vidas y predicando el fundamentalismo religioso como vía de purificación y regeneración social y nacional.

Y razón no les faltará. Porque está visto, desde hace demasiado tiempo, que las potencias occidentales no saben gestionar la complejidad de las sociedades musulmanas. No saben porque no comprenden, pese a la multitud de analistas que las agencias de seguridad dedican a la incierta misión de controlar la expansión del islamismo radical y beligerante. Y porque conocer es algo que es muy diferente a comprender las raíces profundas de un mal que sólo nosotros percibimos como tal, porque desde Kabul, Teherán o Bagdad las cosas se ven desde una óptica muy distinta.

Está harto demostrado que los países de raíz musulmana se han plegado a una cierta occidentalización sólo bajo el dominio de castas educadas en el gusto europeo y que han adoptado históricamente la forma de regímenes autoritarios (como el de Sha en Irán); o bien por la intervención de jóvenes oficiales del ejército con convicciones más nacionalistas que religiosas (como fue el caso de Nasser en Egipto) o políticos aupados al poder a la sombra del ejército que ejercen dictaduras seculares mediante un férreo control de los movimientos de raíz religiosa, como Sadam Husein en Irak o Al Assad en Siria.

Algo semejante ocurría en Egipto hasta hace bien poco. Mubarak era un miembro destacado más de la poderosa casta militar egipcia, que ha controlado de facto la vida política de aquel país durante decenios, del mismo modo que lo sigue haciendo la otra potencia no declaradamente antioccidental de la zona, Pakistán. Sin embargo el ansia democratizadora pero mal meditada y aún peor ejecutada propugnada por una élite intelectual local y fomentada por los países del bloque atlántico promovió la llamada “Primavera Árabe”, que no es más que una denominación eufemística para lo que no es otra cosa que la vieja acción de pegarse un tiro en el pie.

En dos pies, para ser exactos: el de las sociedades musulmanas que la han padecido y que han quedado convulsas, desorientadas y más inestables que nunca tras la euforia inicial; y el del hemisferio occidental, que ha visto como la democracia no puede imponerse sin más en países con una tradición tan específica como la derivada del Corán, y donde la teocracia sólo puede ser sustituida por regímenes laicos a condición de que sean tremendamente autoritarios y represivos.

La otra opción, que es la denominada vía pakistaní, no es más que la sustitución de la democracia real por una democracia formal tutelada militarmente y coronada por una corrupción generalizada en la que el dinero a espuertas impide el triunfo de movimientos regeneracionistas de carácter islámico a costa de que toda la casta dirigente se enriquezca descaradamente a costa del pueblo, con la venia del gendarme mundial, que ve con malos ojos los chanchullos de los políticos al mando, pero que considera que puestos a tener a un hijoputa al mando en estos países, mejor que sea nuestro hijoputa que no el de los otros. Sobre todo en el caso de Pakistán, potencia regional militar y con arsenal nuclear. Miedo da de sólo pensar qué sucedería si ese país cayera en manos de los islámicos radicales.

Sin embargo, la contención basada en regímenes fuertes pero corruptos no es sostenible a largo plazo. El islamismo radical ha demostrado con creces su capacidad de convicción entre los sectores más desfavorecidos de las sociedades musulmanas. Su mensaje regeneracionista cala con mucha más eficacia a largo plazo que los montones de dólares con los que Occidente apuntala a los dirigentes de Islamabad o Kabul, que cada vez aparecen como más distantes de su propio pueblo, y que además, deben doblegarse al poder de las mafias regionales o tribales dedicadas a diversos tráficos ilegales con los que los radicales financian, de forma muy efectiva, sus actividades antioccidentales.

Resulta evidente que la política actual de Estados Unidos y sus aliados sale carísima, tanto para mantener en el poder a políticos afines a los intereses occidentales como en crear cortafuegos eficaces alrededor de Al Qaeda y demás movimientos afines. La sangría para Occidente es doble: al coste desmesurado de mantener las estructuras políticas actuales hay que añadir el creciente coste en seguridad interna. Sin olvidar el gasto que las hedonistas sociedades europeas dedican al consumo de las drogas con que se trafica en todos estos países, y que en gran medida financian las estructuras paramilitares de muchos grupos islamistas.

A todo lo cual hay que añadir que la justificada paranoia que desencadenaron los atentados del 11 de septiembre y que condujeron a la creación del DHS (Department of Homeland Security) representan un sobrecoste brutal incluso para un país tan poderoso como USA, que para mantener el paraguas de protección antiterrorista presupuestó la asombrosa cantidad de 60 mil millones de dólares en el año 2013 y tiene algo así como doscientos cuarenta mil funcionarios en nómina, un verdadero ejército.

Así que, de momento, el triunfo es el de los fundamentalistas islámicos, que nos obligan a consumir recursos de una manera brutal detrayéndolos de programas sociales; es decir, a costa de un progresivo empobrecimiento y de peores prestaciones para las clases medias y bajas de Occidente. En términos de ganancias y pérdidas, el coste del terrorismo islámico es nimio comparado con el gasto económico y humano que representa para Occidente. Nos tienen cogidos por las pelotas económicas y ni siquiera tienen necesidad de atentar contra nosotros. Sólo la amenaza plausible (a coste prácticamente cero) ya es suficiente para obligarnos a estar en guardia permanente. Por el contrario, nuestro sistema de protección es carísimo, y está altamente condicionado por los límites que un país democrático ha de poner al gasto en defensa sin llegar a poner en peligro los mismos cimientos de la sociedad.

Como bien saben los islamistas, el reforzamiento progresivo de las medidas de seguridad conduce en último término a un estado policial de facto, como padecen los habitantes de casi todo el Oriente Medio, contra el cual es más fácil combatir, según la estrategia que han adoptado de forma sumamente efectiva tanto en Afganistán como en Irak. La retirada de las tropas estadounidenses en ambos países, tras asumir que una ocupación permanente sería contraria a los intereses aliados, tanto desde el punto de vista económico como desde la perspectiva neocolonialista con la que las fuerzas rebeldes podrían argumentar su lucha y reclutar cada vez más combatientes, es la demostración palpable de que en el mundo musulmán la democracia es tan frágil como inviable, y que eso es un caldo de cultivo permanente para la gestación de los futuros soldados de Alá. Las nuevas generaciones que seguirán inmolándose en nuestras calles.

El Vietnam del siglo XXI se llama Islamismo radical. La salida norteamericana por la puerta de atrás de Irak, donde en el primer cuatrimestre del año han fallecido cuatro mil personas de forma violenta, es la demostración de la ciénaga creada por la invasión y derrocamiento de Sadam. El nuevo Vietnam islámico es mucho más difuso y extenso, ideológicamente más potente y perdurable y cuesta mucho más dinero en términos reales que aquella guerra que concluyó en 1975 con una derrota estrepitosa. Y de seguir así las cosas, Occidente va a perder esta otra guerra de nuevo, porque los adversarios tienen mucha más convicción y disponen de todo el tiempo del mundo para concluir su misión. Y bastante menos que perder.

jueves, 24 de abril de 2014

Aguirre, la cólera taurina

Esperanza Aguirre sigue empeñada en ser nuestra particular enfant terrible neoliberal, para lo cual no duda en meter con calzador determinadas ideas muy traídas por los pelos. Recientemente ha atribuido a los toros el carácter de “fiesta española por antonomasia”, y no ha dudado un ápice en calificar a los antitaurinos como antiespañoles en su gran mayoría. Malandrines, los califica, tal vez después de haberse tomado unos finos de más y tener la lengua especialmente desatada. Para matizar afirma que hay personas de buena voluntad que son antitaurinas, pero que carecen de la talla intelectual de reconocidos opositores a “la fiesta nacional” del siglo pasado. Imposible un mayor cúmulo de barbaridades en menor espacio de tiempo. Claro que se trataba del pregón taurino de la feria de Abril y había que cargar las tintas en la acérrima defensa de una actividad que mayormente ignoran olímpicamente todos los nacidos en democracia y muchos de los que padecieron lo de antes de ella.

En definitiva, que los toros están de capa caída pese a los repetidos intentos de salvaguardar la fiesta, que se han quedado en una descafeinada protección que se limita a lo meramente ideológico pero sin contenido práctico ninguno. Y con la más que probable decisión de la UNESCO de no mojarse en este asunto declarando los toros como patrimonio inmaterial de la Humanidad, lo cual encendería los ánimos de medio globo terráqueo y abriría las puertas a la consideración de patrimonio de unas cuantas aberraciones “culturales” que se practican con animales vivos allende nuestras fronteras.

Ahora bien, de lo que se trata es de refutar a figura tan relevante de la política española metiendo el dedo en el ojo de la imprecisión de sus comentarios fuera de tono. En primer lugar, señora Aguirre, la talla intelectual no tiene nada que ver con la defensa de la tauromaquia, precisamente porque muchos de sus más encendidos forofos son unos ignorantes de tomo y lomo, y se aferran a conceptos que de tan trasnochados resultan ferozmente patéticos. Los toros –y eso se ha dicho ya desde múltiple púlpitos- pueden ser un espectáculo estéticamente apasionante, pero también lo debían ser las luchas de gladiadores y no por eso se las elevaría a la categoría de patrimonio inmaterial de la humanidad, ni siquiera a fiesta nacional de la península Itálica, si aún se siguieran practicando, por razones que todo el mundo comprende. Así que no es precisa mucha talla intelectual para ser un razonable detractor de la “fiesta”. Y me gustaría remarcar que el hecho de que a Hemingway le encantaran los toros no significa que ese señor fuera un pedazo de humanísima desgracia en muchos otros aspectos, por mucha envergadura intelectual que tuviera como escritor.

La sensibilidad respecto de los animales ha ido variando mucho a lo largo de estos últimos decenios. Puede estarse de acuerdo o no, pero lo cierto es que la mayoría de las legislaciones sancionan duramente el maltrato a los animales, sobre todo si implica derramamiento de sangre. Resulta un tanto mortificante aplaudir la vía punitiva para aquel que le da de correazos a su perro, o cose a perdigonazos al gato del barrio, o al que organiza peleas de gallos y, sin embargo, esperar protección para los toreros porque previamente a la liquidación del bicho –convenientemente banderilleado a modo de hemoglobínico aperitivo- lo han mareado con unas cuantas verónicas y pases de pecho estéticamente impecables sólo algunas veces. En fin, todo es opinable, pero me parece que el sentir mayoritario de las generaciones que nos sustituirán en el futuro es que es una vergüenza que a un toro se lo lleven a rastras de la plaza entre mares de sangre y mierda. Y me parece que si se quiere preservar la tauromaquia en los años venideros, habrá de ser a costa de eliminar el derramamiento de sangre de principio a fin.

Ahora bien, afirmar que ese espectáculo sangriento define “la esencia misma del ser español” ya es para arremangarse los puños y liarse a bofetadas, aunque sea con la señora Aguirre de por medio. Si de la violencia hecha arte hay que extraer alguna conclusión, no creo que sea muy buena idea proclamar a los cuatro vientos que la danza alrededor de un toro seguida de su peculiar escabechina sea una muestra fehaciente de lo que los españoles sienten como su manera de ser hoy en día y como su aspiración a definirse colectivamente. Dejemos eso para los bestias que se degollaron por última vez hace tres cuartos de siglo a lo largo de la geografía hispana.

Además, la señora Aguirre debería constatar que congraciarse con unos cuantos criadores terratenientes de reses bravas, y con ese especial círculo que vive del chollo taurino, no ajeno a cierto culto machista muy desfasado (tan desfasado como ir a misa con peineta, por un decir) resulta absolutamente impropio de un líder político europeo. Y tan propio del mismo estilo de mujer, españolísima por más señas, que el país debería desterrar si de verdad lo que pretenden nuestras autodenominadas huestes liberales es congraciarse con el resto del mundo civilizado y sentarse a su misma mesa en calidad de iguales.

Pero lo que resulta fascinante de la noticia es la desenvuelta equiparación de antitaurinismo y antiespañolidad que efectúa la insigne dama. En primer lugar porque la señora Aguirre consigue demostrar lo que todo el mundo sospecha de la mayoría de los políticos: que si pasaron de octavo de educación básica fue por puro accidente. El conjunto de los antitaurinos es bastante extenso y comprende gentes de toda procedencia e ideología. Dudo yo que ser militante del PP conlleve tener un abono en Las Ventas o la Maestranza, y eso que se presume que todos los peperos son españolísimos y olé. Hay mucha gente con un encedido sentimiento de españolidad que sin embargo también se declara antitaurina, sobre todo si tiene inclinaciones izquierdosas o ecologistas. Por cierto, la mayoría del colectivo femenino se declara antitaurino en la misma medida que defensor de los derechos de los animales, con independencia de su afinidad política.

Se equivoca la señora Aguirre con el señalamiento de los antiespañoles. Muchos antitaurinos están en contra de un concepto muy rancio de una España profunda e inamovible, y sólo en ese sentido son antiespañoles. Son aquellos que desde la época de Jovellanos luchan por un país ilustrado, avanzado y laico, algo que lamentablemente la fiesta de los toros no representa. Al contrario, la tauromaquia, su escenografía, su entorno y sus figurantes son fieles retratos de esa España triste, sucia y brutal de la que queremos irnos apartando la mayoría.

Pretender reducir la españolidad a la silueta del toro de Osborne, con los cojones bien silueteados y presto a furiosa embestida, aparte de ser un topicazo ridículo, es una imagen exasperante por marginal, grotesca, anacrónica y aberrante. Si esa es la España que quiere la señora Aguirre para sus hijos, puede quedársela, que muchos no la necesitamos. Y nos declaramos totalmente antiespañoles, si es que de eso se trata.

jueves, 17 de abril de 2014

La infelicidad al descubierto

Curioso artículo de Javier Callejo en el Huffington Post del pasado 9 de abril. Se titula “Una felicidad que intriga” y versa sobre la felicidad en España, en uno de esos estudios del CIS llamados eufemísticamente “barómetros de opinión” que se publican mensualmente y que en el pasado mes de marzo incluía una encuesta sobre el grado de felicidad vital que dicen sentir los españoles.

El articulista encuentra misteriosos algunos resultados de la encuesta y deja al parecer del lector la interpretación de los datos que ofrece, que sugieren que los jóvenes son más felices que los viejos, que los incultos y sin estudios son más felices que los cultos y con grado universitario, y que los extremistas socio-políticos lo son más que los moderados y centristas. A mí me sorprende que Callejo se sorprenda y lo encuentre misterioso.

Para cualquier biólogo evolucionista, la condición humana no es ni por asomo el símbolo de una perfección biológica, ni mucho menos la cúspide de la evolución de la vida en la Tierra. Es sólo una rama lateral de las muchas que han compuesto la vida a lo largo de miles de millones de años, y está por ver que su adaptabilidad sea tan buena como la de, por ejemplo, los tiburones, que llevan más de doscientos millones de años pululando por los mares sin prácticamente haber variado ni un ápice desde la época de los dinosaurios.

En ese sentido, la inteligencia que nos ha otorgado nuestro desarrollo cerebral y nuestro potentísimo neocórtex no tiene porqué suponer una ventaja evolutiva de carácter definitivo. Más bien al contrario, puede suponer una limitación muy grave, pues la aparición de la conciencia trae consigo inmediatamente la de la infelicidad. Para una persona tremendamente lúcida aceptar la vida tal como se puede resultar terriblemente insoportable. La lucidez es bastante más tóxica de lo que muchos están dispuestos a aceptar, si no se dispone de un antídoto eficaz contra sus efectos secundarios. Como decía Michi Panero, uno de los grandes poetas malditos de esta tierra : “lo que es un error es vivir, recién nacido deberías suicidarte…” frase que no necesariamente suscribo pero que nos pone en el punto de lo que explica ese barómetro del CIS que tanto intriga a Callejo.

La encuesta concluye que los jóvenes son más felices que los adultos y ancianos. Pues evidentemente sí, pese a todas esas poses existencialistas, de asqueo y de desapego mundano que exhiben durante su postadolescencia. La realidad es que ser joven implica carecer de experiencia vital, no ser consciente de las hostias que te va a dar la vida, no ver con excesiva preocupación el futuro; y en definitiva, tener la peligrosa convicción de que se es más fuerte que la vida. Sólo mucho más tarde la mayoría descubre que la vida es un juego en el que acabas perdiendo casi siempre, lo cual dificulta bastante el trayecto a la felicidad.

Por otra parte la cultura y el nivel de estudios también influyen en la percepción de la felicidad. A mayor cultura y nivel de formación, menor es la sensación de felicidad, lo que también parece resultarle sorprendente al autor del artículo. Otra consecuencia lógica de nuestra evolución cerebral y del desarrollo de nuestra conciencia. Ser inteligente es complicado; ser muy inteligente suele ser devastador por las implicaciones que tiene en cuanto a la agudeza en la percepción de los problemas sociales y personales que nos afectan. La inteligencia es una herramienta muy potente para iluminar los recovecos de la vida, y eso conduce indefectiblemente a analizar cuanto sucede alrededor con mayor perspicacia y profundidad. Si a una mayor inteligencia sumamos una educación superior, tenemos la conjunción perfecta para la infelicidad, derivada de una insatisfacción interna entre lo que “es” la vida y lo que debería ser.

Por eso ya decía Mastroianni que para ser feliz es mejor ser un poco tonto. Yo añadiría que cuanto más tonto, mejor lo tiene uno para ser feliz. Cuanto menor sea la capacidad de pensamiento crítico, cuanto más pobre sea nuestra captación del mundo que nos rodea y cuantas menos herramientas tengamos para efectuar análisis acertados de la realidad, más profundamente viviremos enterrados en un entorno de discapacidad cognitiva: el mundo real se nos aparecerá como tras un velo. No veremos todo el esplendor de su belleza, pero también nos ahorraremos el horror de su crueldad. Y eso nos permitirá ser más felices.

La gente más feliz que conozco es la más idiota. También es la más fácilmente manipulable, porque no sólo no quieren, sino que no pueden salir del engaño permanente en el que suelen vivir. Son cortos de vista mentales y eso los hace presa fácil de los políticos sin escrúpulos, que no tienen interés alguno en personas lúcidas y con ideas bien formadas. Algo que saben bien los ideólogos de la ultraderecha neoliberal, dicho sea de paso.

Pese a quien pese, las clases bajas son conjuntamente consideradas más felices que las acomodadas por los motivos que ya he expuesto y por algunos otros. La ventaja de no tener nada es que cuando se consigue algo se genera un subidón psicológico difícilmente superable. Cuando se es muy rico, conseguir cosas llega a no tener ni gracia ni mérito. Se vive en un gran confort, pero sin la sensación de conseguir algo realmente, sin sentirse recompensado. Cuando se vive abajo en la escala social, cada logro es una inyección de endorfinas, por pequeño que sea. Y eso provoca una felicidad física que luego se traduce en otra de carácter emocional con mucha más facilidad que la que se puede procurar una persona rica. A los pobres se les satisface enormemente con las migajas, lo cual es otra cosa que los políticos de baja estofa conocen perfectamente, esos que nos quitan diez un año y nos devuelven dos al siguiente año de elecciones y encima nos sentimos satisfechos de recuperar una ínfima parte de lo que nos han usurpado.

Tal vez la única sorpresa en ese barómetro de la felicidad sea la de que los extremistas son más felices que los moderados. Pero se trata de una sorpresa engañosa. Quienes se posicionan en un extremo del espectro –político, social, emocional, deportivo- suelen ser fervorosos seguidores de algo que constituye el centro de sus vidas. Son forofos -no necesariamente deportivos- de alguna creencia o idea, a la que siguen con devoción total y sumisión casi absoluta. Sus vidas tienen un eje, que consiste en engrandecer y glorificar la “Idea” a cuyo servicio se han puesto. Eso da sentido a su existencia, y posiblemente persiguen una gratificación futura que sienten como muy real y que les hace ser más felices que las personas moderadas, cuyas aspiraciones son más realistas y de corto alcance pero también más limitadas.

Es por eso que siempre se ha afirmado que los creyentes en cualquier religión son mucho más felices que los ateos. Es muy duro ser ateo en esta vida y vivir con la moderada convicción de que no hay nada más allá de lo que marca nuestro reloj corporal, que no hay recompensas futuras, y mucho menos presentes, por hacer lo que la doctrina nos exija. Un cristiano jodido puede ser un hombre feliz pensando que su reino no es de este mundo, y que se le devolverá felicidad con creces en una vida más allá de la muerte. Que todos los sufrimientos de ahora no son más que el preámbulo de la gozosa contemplación de dios en la vida eterna. Ese ha sido siempre el opio del pueblo, y como bien sabemos, los narcóticos inducen una gran placidez, resignación y felicidad. Pero casi ninguna lucidez.

En resumen Javier Callejo se sorprende de que lo que llamamos felicidad no sea más que el reflejo –en general- de esa falta de lucidez sobre la existencia a la que me refiero en estas líneas; de lo cruel e inhumano que suele ser el mero hecho de vivir para una inmensa mayoría, y sobre todo, de lo que significa llevar la carga de tener una inteligencia que permita vislumbrar tanto las sombras como las luces de la condición humana.

Porque una persona lúcida constatará en seguida que la sustancia de la vida está más hecha de oscuridad que de luz. Y hallar la felicidad en la penumbra es una hazaña reservada a pocos.

miércoles, 9 de abril de 2014

Rosa Díez, de nuevo.

La escenificación de la farsa, patraña o como quiera denominársela del 8 de abril en el Congreso sobre el derecho a decidir de Cataluña, cuyo resultado era más que evidente desde muchas semanas antes de su celebración, nos ha dejado, no obstante, unas cuantas imágenes para el recuerdo y para la consideración sobre la condición de determinadas formaciones políticas. Sobre todo de algunas que buscan desesperadamente su lugar al sol, como UPyD.

Resulta palmario que ese partido político ocupa un nicho muy específico, que le puede dar buenos resultados a corto plazo, pero que le constriñe a una situación general residual en un perspectiva de futuro. Eso ha conducido a su lideresa, Rosa Díez, a un discurso tremebundo, esperpéntico y desde luego totalmente falso. Como ya es habitual en su proceder de otras ocasiones, el patetismo con el que relató en la tribuna del Congreso la "opresión" que viven los españoles en Cataluña sería motivo de hilaridad sino fuera por la mala baba que encierra contra todo un pueblo, el catalán, que hasta la fecha se ha caracterizado por su tranquila aceptación de todos sus ciudadanos con independencia de su origen, a excepción de los aberrantes pero simétricos a UPyD, de Plataforma per Catalunya. Una formación tan minoritaria que no tiene representación más que a nivel local en algunos ayuntamientos de la Cataluña profunda, que también existe, para qué negarlo.

Rosa Díez ha hecho del papanatismo antinacionalista su bandera y arrastra tras ella a un conglomerado de gentes un tanto heterogéneo, por decirlo de forma suave. La clave está en su manifiesto fundacional y en dos personajes esenciales que han modelado su ideario político (Fernando Savater), y su teatral puesta en escena (Albert Boadella). Conste que me parece comprensible la actitud de ambos, sobre todo la del primero, testigo como ha sido de que la deriva ultranacionalista genera una violencia dramática e innecesaria. Del segundo sólo me cabe decir que su trayectoria se ha guiado exclusivamente por un revanchismo político muy bien trajinado y amparado por su indudable talento histriónico.

Sin embargo, UPyD, y Rosa Díez al frente, omiten sistemáticamente que su antinacionalismo catalán no es más que el fiel reflejo de un ultranacionalismo español que no se palpa en su manifiesto fundacional, pero sí en su militancia, en su discurso y en sus actitudes. Como siempre, al nacionalismo no  le oponen su opuesto natural, que sería el internacionalismo, sino otro nacionalismo de igual cuño y signo negativo, como es el nacionalismo español. Rabiosamente centralista por más señas.

Rosa Díez habla de Cataluña sin conocimiento de causa ninguno, lo que me lleva a pensar que únicamente se guía por la opinión de Boadella y no por su propia experiencia Lo cual es muy significativo, a la par que triste, porque Boadella puede ser muchas cosas, pero desde luego jamás será tildado de persona ecuánime y objetiva. El transfiere su experiencia personal de gran demiurgo enfrentado en su momento al rey Ubú y a determinada cúpula de CiU a la totalidad de la ciudadanía catalana, a la que paternalmente trata de imbécil. Y tal vez lo somos, los pobres ciudadanos de a pie, pero no hasta el extremo de vivir en una dictadura catalanocanallesca sin habernos dado cuenta siquiera de lo mal que lo pasa la gente por aquí, por lo visto. Boadella está más cerca de la divinidad que yo, por descontado, pero sólo en sus dalinianos delirios.

Aquí no hay hostias, ni tiros en la nuca, ni secuestros, ni impuestos revolucioanrios, ni se apalea a los castellanos, ni se les excluye de los foros participativos, ni se silencia su voz, ni nada por el estilo. Esto no es Euskadi en los años ochenta (va por el señor Savater), ni escenificamos a diario la noche de los cristales rotos del Reich alemán en 1938 (va por el señor Boadella). Aquí no hablamos de imperio, ni de cercenar libertades costosamente adquiridas de nadie. Aquí hablamos de preservar lo nuestro, y de si tal vez -sólo tal vez- cabría preguntarnos si tenemos derecho a decidir si preservar lo específicamente nuestro requiere separarnos de España. Hay que vivir la vida en vivo y en directo, y luego opinar con conocimiento de causa habiendo tomado testimonio de cientos, miles de personas de toda condición, señora Díez. No tiene usted ni idea de lo que habla.

De lo que si sabe nuestra Rosita 10 es de estratagemas políticas. Un partido que se define como progresista pero totalmente centralista y furibundamente antinacionalista ocupa un nicho electoral muy específico, encajonado entre el PP y el PSOE, y nunca podrá aspirar a gobernar como partido mayoritario, sobre todo  si no tiene una base electoral fuerte en la segunda comunidad autónoma del país, es decir en Cataluña. Por supuesto que la estrategia de UPyD no es la de gobernar, pues ellos saben que con un discurso tan radical jamás ganarán unas elecciones, sino que asprian a convertirse a lo sumo en el eje de una bisagra. En árbitro de determinados resultados electorales, que pasan por imponer parte de su criterio al partido que deba encabezar gobierno.

La ecuación es muy sencilla: bajo la bandera de un presunto progresismo, UPyD encabeza la reacción antinacionalista española, para lo cual sólo debe tener más peso específico en el Congreso de los Diputados que el conjunto de las fuerzas nacionalistas vascas, catalanas y gallegas. El PP y el PSOE están atados de manos en ese sentido, porque exhibir el furor anticatalán que manifiesta UPyD en cada proclama es demasiado arriesgado, ya que hay buena parte de su votantes por estos lares que podrían llegar a sentirse ofendidos si adoptaran esta línea de actuación, como bien sabe el señor Vidal Quadras, cuyo excesiva fogosidad anticatalanista le costó el exilio -dorado- de entre las huestes populares.

Para UPyD es fácil: su presencia en Cataluña es testimonial, y así puede atizarnos de lo lindo sin menoscabar lo más mínimo su base electoral. Aquí UPyD tiene un problema llamado Ciutadans. Un partido que es lo que es por la brillantez de su líder indiscutible, Albert Rivera, pero que en ausencia de éste pierde muchos enteros y casi toda su credibilidad. Un partido que aspira en Cataluña a jugar el papel que juega UPyD en el resto de España, y que por eso se ha convertido en el principal obstáculo para el discurso de Rosa Díez por estos pagos. Ambos partidos desconfían el uno del otro y por eso no comparten plataforma electoral conjunta. Y ambos partidos saben que Rosa y Albert no caben juntos en el mismo escenario.

Sin embargo, Ciutadans, dentro de un mismo discurso antinacionalista, tiene una visión mucho menos sesgada de la realidad catalana. Hasta el neofacha Cañas sabe positivamente que puede pasear por Barcelona tranquilamente renegando por cada rótulo que vea en catalán y que nadie le hará un reproche si no pronuncia ni una sola palabra en nuestro idioma materno desde el Tibidabo hasta el Port Vell. Y eso se nota en la medida templanza del discurso de "todos juntos es mejor" que posiciona a Ciutadans como una alternativa mucho menos histérica y paranoide que UPyD.

En resumen, no digo nada que cualquiera medianamente observador y con cierto espíritu crítico no haya visto ya en nuestro nuevo portento de la política española. Siguiendo la tradición de un perfecto lerrouxismo puesto al día, Rosa Díez consigue exaltar los ánimos de sus votantes, pero también los de que quienes, como yo, nos indignamos por el trato que dispensa a Cataluña y a los catalanes, bajo el infame pretexto de que los políticos de aquí son una banda de engañabobos "dueños cuasi-feudales de cada región que hacen y deshacen en su territorio halagando el narcisismo localista" (intuyo aquí la mano de Fernando Savater) como dice el manifiesto fundacional de UPyD, rebajando a los ciudadanos al papel de perfectos idiotas que no saben lo que son ni lo que quieren.

UPyD es un cáncer pequeño pero muy agresivo que aspira a crecer a costa de su tejido político circundante (el conglomerado central PPSOE) y luego metastatizar en toda la península. Espero que los oncólogos hagan su trabajo porque en caso contrario, iremos a peor. Sin duda alguna.



miércoles, 2 de abril de 2014

Urbanismo de salón

Si alguna cosa caracteriza la democracia a nivel local, es la participación y el debate ciudadano sobre los proyectos urbanísticos que afectan a la ciudad. Sin embargo, las aspiraciones vecinales suelen ser tildadas de amateurs por los expertos, tanto de los despachos que participan en los concursos para la adjudicación de los proyectos como por los responsables políticos, que suelen mirar más hacia el provecho de su modelo de ciudad que a las necesidades reales de la población afectada.

Unos por lo que yo llamo esnobismo profesional -guiados por modas y por el cuerpo dogmático vigente en arquitectura- y otros por la necesidad de perpetuarse en el futuro - contribuyendo a eso tan incómodo de padecer que es la ciudad decorativa- suelen desautorizar de forma subrepticia las pretensiones populares sobre los espacios públicos. Cierto es que algunas veces determinadas aspiraciones ciudadanas son inviables, pero lo más frecuente es que sean directamente falseadas por cierta grandilocuencia arquitectónica, hoy día teñida de un evidentemente discurso ambientalista que resulta muy "fashion" pero del todo inoperante a la postre.

En Barcelona, tenemos el enésimo ejemplo con el proyecto ganador del concurso para urbanizar ese espacio incierto que constituye el entorno de la plaza de las Glòries. Son muchos los que perciben tras la decisión municipal un nuevo desastre urbanístico que sumar a algunos de los ya existentes en esta ciudad. Del mismo modo que la plaza dels Països Catalans constituye una especie de aberración vacía, un espacio agorafóbico intransitable en verano y en invierno, y que sólo da cabida a una amplia panorámica de la principal estación ferroviaria de la ciudad, o que la plaza del Fòrum no es tal, sino una inmensa explanada desierta salvo cuando se celebran macroconciertos,  nos encontramos ahora con otro problema similar al tratar de la urbanización de la plaza de les Glòries y que va a concluir con otro patinazo urbanístico.

La estructura urbana de los grandes espacios abiertos se ve afectada en gran medida por sus dimensiones y por su vertebración en la ciudad. La mayoría de las grandes plazas se caracterizan por su escasa o nula vertebración ciudadana: son plazas monumentales por su enormidad, como sería Tiananmen, o por citar una del tamaño de Glòries, Moskovskaya en San Petersburgo. Son espacios vacíos que únicamente sirven para encuadrar la majestuosidad de los edificios que las rodean. Y así los han dejado como símbolos de las ciudades a las que en cierto modo representan. 

Otras plazas lo son debido a que históricamente se corresponden con nudos de comunicaciones, que es lo que sucede con una de mucho menor tamaño pero igual de  mal resuelta, como es la plaza Lesseps, que se caracteriza por ser un horror con un enorme agujero en medio -convenientemente vallado-  que ocupa casi un tercio del espacio útil y que nos conduce, imagino yo, al  averno de urbanistas pecadores. La plaza Lesseps es un ejemplo de lo incapaces que son nuestros arquitectos y políticos de rediseñar un espacio que sea realmente útil para la ciudadanía por más que lo intenten, obcecados en su visión estrecha de los problemas urbanos. Aunque, a veces, una plaza tiene que ser esencialmente inútil, salvo que aceptemos el hecho de que a veces es mejor trocearla y redimensionarla. 

Visto de una perspectiva amplia, una plaza ha de ser, bien un espacio ceremonial que impresione por su grandeza y donde el visitante se encuentre empequeñecido por las dimensiones de lo que pisa; bien un espacio de participación ciudadana esencialmente útil, aunque su utilidad sea también la de servir de nudo viario. Viene esto a cuento del interesante debate que se ha sucedido en diversos foros de urbanismo sobre la adjudicación del concurso de Glòries, que se antoja un nuevo desastre futuro que resultará mucho más caro que los 29 millones de euros proyectados y que concluirá sus obres, indefectiblemente, bastante más allá del horizonte de 2018 fijado por el consistorio. Si es que se acaban alguna vez después de la excesiva provisionalidad impuesta por el diseño del proyecto.

Como acertadamente señalan bastantes críticos del proyecto, ahora que ya ha empezado la demolición del anillo viario que recorre la plaza se aprecian dos cosas claramente. La primera es que la plaza de les Glòries es una enormidad de más de doce hectáreas, una especie de círculo de más de cuatrocientos metros de diámetro. La segunda es que pese a su enormidad, es demasiado pequeña para convertirla en un Central Park medioambiental - el nuevo pulmón de Barcelona, dicen- lo cual resulta risible, teniendo en cuenta que el célebre parque neoyorquino se mide en kilómetros cuadrados y no en humildes hectáreas.

Uno de los comentaristas al proyecto lo califica como el síndrome del piso sin amueblar. Cito textualmente el blog sobre arquitectura y urbanismo Hic et Nunc y a uno de sus participantes, Marc: "Glòries es...la imagen desoladora y agorafóbica para muchos arquitectos que tienen los pisos sin amueblar. Un espacio más pequeño de lo que parecía cuando había muebles y que, contradictoriamente, se nos hace infinito en la tarea de ocuparlo". La pregunta que se hacen muchos es si realmente era necesario invertir tanto para simplemente barrer el problema bajo la alfombra. La alfombra verde en la que pretenden convertir Glòries, pero que no tendrá ningún uso definido, salvo ocultar los coches que pasarán por debajo. Como viene sucediendo desde hace años, el tráfico rodado, que es el usuario principal de Glòries desde lo noche de los tiempos, será barrido bajo la alfombra y quedará una plaza del tamaño de veinte campos de fútbol para solaz ciudadano y de los pajaritos que aniden en su verde fronda.

Esas cosas tan bonitas de escuchar pero imposibles de llevar dignamente a la práctica, si de lo que hablamos es de una plaza de dimensiones humanas, una plaza no para contemplarla sino para vivirla. Porque resulta que de la propuesta inicial - la conexión de las dos partes del barrio- no quedará nada. Es más, proyectada como está, es una plaza jardín que tendrá que cerrar por las noches o tener una dotación permanente de policías vigilándola. Hay que tener presente que todos los jardines barceloneses cierran por la noche. El Turó Park, con sólo tres hectáreas y en una zona residencial bien establecida, cierra al anochecer, que es mucho más barato que tener agentes del orden patrullando hasta la madrugada. 

Si Glòries se convierte en un jardín abierto, la degradación será inminente e implacable a poco de su inauguración. Lo acabarán vallando, como estaba hasta ahora (qué ironía), y la función inicial de ser lugar de paso y vertebración del barrio habrá quedado finiquitada: los vecinos a rodear la plaza como siempre han hecho.Como dice otro de los participantes en el debate, parece que nadie se atreve a diseñar una plaza y todo asemeja más bien un parque. Parece que hay miedo a ocupar el espacio vacío de Glòries salvo con alfombras verdes.

Opino que ha faltado valor para acometer una auténtica reforma de esas doce malditas hectáreas, troceándolas, reduciendo su escala hasta una escala vecinal real, aunque fuera a costa de que la plaza desapareciera como tal, y fuera sustituida por un entramado de edificios y pequeños parques públicos, retomando el espíritu del plan Cerdà original. Esa hubiera sido la apuesta atrevida: urbanizar de verdad, vertebrar ese enorme ombligo y permitir de una vez que los ciudadanos puedan cruzar los cuatrocientos metros sin morir de aburrimiento en el intento. Y utilizarlos no sólo para sentarse en un banco a oir los pajaritos durante las horas de apertura del parque.

Y todo ese revuelo, que ha sido bastante, para presumiblemente nada. La previsión de finalización de las obras -condicionada a la construcción del túnel bajo la alfombra- es el 2018, y podemos apostar a que como mínimo será 2019 o más. Casi cinco años de provisionalidad que acentuarán la degradación y los usos alternativos no previstos inicialmente, y desde luego bastante mal vistos por el ayuntamiento. Eso si el proyecto no acaba embarrancando de nuevo por cuestiones presupuestarias (los 29 millones no incluyen el túnel de la Gran Via) y se acabe con que lo provisional se convierta en perdurable.

En fin, que para lo que van a hacer, yo prefiero algo mucho más barato, infinitamente más seguro y mucho más rápido de llevar a cabo. Me quedo con el cemento monumental de Moskovskaya.