Curioso artículo de Javier Callejo en el Huffington Post del pasado 9 de abril. Se titula “Una felicidad que intriga” y versa sobre la felicidad en España, en uno de esos estudios del CIS llamados eufemísticamente “barómetros de opinión” que se publican mensualmente y que en el pasado mes de marzo incluía una encuesta sobre el grado de felicidad vital que dicen sentir los españoles.
El articulista encuentra misteriosos algunos resultados de la encuesta y deja al parecer del lector la interpretación de los datos que ofrece, que sugieren que los jóvenes son más felices que los viejos, que los incultos y sin estudios son más felices que los cultos y con grado universitario, y que los extremistas socio-políticos lo son más que los moderados y centristas. A mí me sorprende que Callejo se sorprenda y lo encuentre misterioso.
Para cualquier biólogo evolucionista, la condición humana no es ni por asomo el símbolo de una perfección biológica, ni mucho menos la cúspide de la evolución de la vida en la Tierra. Es sólo una rama lateral de las muchas que han compuesto la vida a lo largo de miles de millones de años, y está por ver que su adaptabilidad sea tan buena como la de, por ejemplo, los tiburones, que llevan más de doscientos millones de años pululando por los mares sin prácticamente haber variado ni un ápice desde la época de los dinosaurios.
En ese sentido, la inteligencia que nos ha otorgado nuestro desarrollo cerebral y nuestro potentísimo neocórtex no tiene porqué suponer una ventaja evolutiva de carácter definitivo. Más bien al contrario, puede suponer una limitación muy grave, pues la aparición de la conciencia trae consigo inmediatamente la de la infelicidad. Para una persona tremendamente lúcida aceptar la vida tal como se puede resultar terriblemente insoportable. La lucidez es bastante más tóxica de lo que muchos están dispuestos a aceptar, si no se dispone de un antídoto eficaz contra sus efectos secundarios. Como decía Michi Panero, uno de los grandes poetas malditos de esta tierra : “lo que es un error es vivir, recién nacido deberías suicidarte…” frase que no necesariamente suscribo pero que nos pone en el punto de lo que explica ese barómetro del CIS que tanto intriga a Callejo.
La encuesta concluye que los jóvenes son más felices que los adultos y ancianos. Pues evidentemente sí, pese a todas esas poses existencialistas, de asqueo y de desapego mundano que exhiben durante su postadolescencia. La realidad es que ser joven implica carecer de experiencia vital, no ser consciente de las hostias que te va a dar la vida, no ver con excesiva preocupación el futuro; y en definitiva, tener la peligrosa convicción de que se es más fuerte que la vida. Sólo mucho más tarde la mayoría descubre que la vida es un juego en el que acabas perdiendo casi siempre, lo cual dificulta bastante el trayecto a la felicidad.
Por otra parte la cultura y el nivel de estudios también influyen en la percepción de la felicidad. A mayor cultura y nivel de formación, menor es la sensación de felicidad, lo que también parece resultarle sorprendente al autor del artículo. Otra consecuencia lógica de nuestra evolución cerebral y del desarrollo de nuestra conciencia. Ser inteligente es complicado; ser muy inteligente suele ser devastador por las implicaciones que tiene en cuanto a la agudeza en la percepción de los problemas sociales y personales que nos afectan. La inteligencia es una herramienta muy potente para iluminar los recovecos de la vida, y eso conduce indefectiblemente a analizar cuanto sucede alrededor con mayor perspicacia y profundidad. Si a una mayor inteligencia sumamos una educación superior, tenemos la conjunción perfecta para la infelicidad, derivada de una insatisfacción interna entre lo que “es” la vida y lo que debería ser.
Por eso ya decía Mastroianni que para ser feliz es mejor ser un poco tonto. Yo añadiría que cuanto más tonto, mejor lo tiene uno para ser feliz. Cuanto menor sea la capacidad de pensamiento crítico, cuanto más pobre sea nuestra captación del mundo que nos rodea y cuantas menos herramientas tengamos para efectuar análisis acertados de la realidad, más profundamente viviremos enterrados en un entorno de discapacidad cognitiva: el mundo real se nos aparecerá como tras un velo. No veremos todo el esplendor de su belleza, pero también nos ahorraremos el horror de su crueldad. Y eso nos permitirá ser más felices.
La gente más feliz que conozco es la más idiota. También es la más fácilmente manipulable, porque no sólo no quieren, sino que no pueden salir del engaño permanente en el que suelen vivir. Son cortos de vista mentales y eso los hace presa fácil de los políticos sin escrúpulos, que no tienen interés alguno en personas lúcidas y con ideas bien formadas. Algo que saben bien los ideólogos de la ultraderecha neoliberal, dicho sea de paso.
Pese a quien pese, las clases bajas son conjuntamente consideradas más felices que las acomodadas por los motivos que ya he expuesto y por algunos otros. La ventaja de no tener nada es que cuando se consigue algo se genera un subidón psicológico difícilmente superable. Cuando se es muy rico, conseguir cosas llega a no tener ni gracia ni mérito. Se vive en un gran confort, pero sin la sensación de conseguir algo realmente, sin sentirse recompensado. Cuando se vive abajo en la escala social, cada logro es una inyección de endorfinas, por pequeño que sea. Y eso provoca una felicidad física que luego se traduce en otra de carácter emocional con mucha más facilidad que la que se puede procurar una persona rica. A los pobres se les satisface enormemente con las migajas, lo cual es otra cosa que los políticos de baja estofa conocen perfectamente, esos que nos quitan diez un año y nos devuelven dos al siguiente año de elecciones y encima nos sentimos satisfechos de recuperar una ínfima parte de lo que nos han usurpado.
Tal vez la única sorpresa en ese barómetro de la felicidad sea la de que los extremistas son más felices que los moderados. Pero se trata de una sorpresa engañosa. Quienes se posicionan en un extremo del espectro –político, social, emocional, deportivo- suelen ser fervorosos seguidores de algo que constituye el centro de sus vidas. Son forofos -no necesariamente deportivos- de alguna creencia o idea, a la que siguen con devoción total y sumisión casi absoluta. Sus vidas tienen un eje, que consiste en engrandecer y glorificar la “Idea” a cuyo servicio se han puesto. Eso da sentido a su existencia, y posiblemente persiguen una gratificación futura que sienten como muy real y que les hace ser más felices que las personas moderadas, cuyas aspiraciones son más realistas y de corto alcance pero también más limitadas.
Es por eso que siempre se ha afirmado que los creyentes en cualquier religión son mucho más felices que los ateos. Es muy duro ser ateo en esta vida y vivir con la moderada convicción de que no hay nada más allá de lo que marca nuestro reloj corporal, que no hay recompensas futuras, y mucho menos presentes, por hacer lo que la doctrina nos exija. Un cristiano jodido puede ser un hombre feliz pensando que su reino no es de este mundo, y que se le devolverá felicidad con creces en una vida más allá de la muerte. Que todos los sufrimientos de ahora no son más que el preámbulo de la gozosa contemplación de dios en la vida eterna. Ese ha sido siempre el opio del pueblo, y como bien sabemos, los narcóticos inducen una gran placidez, resignación y felicidad. Pero casi ninguna lucidez.
En resumen Javier Callejo se sorprende de que lo que llamamos felicidad no sea más que el reflejo –en general- de esa falta de lucidez sobre la existencia a la que me refiero en estas líneas; de lo cruel e inhumano que suele ser el mero hecho de vivir para una inmensa mayoría, y sobre todo, de lo que significa llevar la carga de tener una inteligencia que permita vislumbrar tanto las sombras como las luces de la condición humana.
Porque una persona lúcida constatará en seguida que la sustancia de la vida está más hecha de oscuridad que de luz. Y hallar la felicidad en la penumbra es una hazaña reservada a pocos.
jueves, 17 de abril de 2014
miércoles, 9 de abril de 2014
Rosa Díez, de nuevo.
La escenificación de la farsa, patraña o como quiera denominársela del 8 de abril en el Congreso sobre el derecho a decidir de Cataluña, cuyo resultado era más que evidente desde muchas semanas antes de su celebración, nos ha dejado, no obstante, unas cuantas imágenes para el recuerdo y para la consideración sobre la condición de determinadas formaciones políticas. Sobre todo de algunas que buscan desesperadamente su lugar al sol, como UPyD.
Resulta palmario que ese partido político ocupa un nicho muy específico, que le puede dar buenos resultados a corto plazo, pero que le constriñe a una situación general residual en un perspectiva de futuro. Eso ha conducido a su lideresa, Rosa Díez, a un discurso tremebundo, esperpéntico y desde luego totalmente falso. Como ya es habitual en su proceder de otras ocasiones, el patetismo con el que relató en la tribuna del Congreso la "opresión" que viven los españoles en Cataluña sería motivo de hilaridad sino fuera por la mala baba que encierra contra todo un pueblo, el catalán, que hasta la fecha se ha caracterizado por su tranquila aceptación de todos sus ciudadanos con independencia de su origen, a excepción de los aberrantes pero simétricos a UPyD, de Plataforma per Catalunya. Una formación tan minoritaria que no tiene representación más que a nivel local en algunos ayuntamientos de la Cataluña profunda, que también existe, para qué negarlo.
Rosa Díez ha hecho del papanatismo antinacionalista su bandera y arrastra tras ella a un conglomerado de gentes un tanto heterogéneo, por decirlo de forma suave. La clave está en su manifiesto fundacional y en dos personajes esenciales que han modelado su ideario político (Fernando Savater), y su teatral puesta en escena (Albert Boadella). Conste que me parece comprensible la actitud de ambos, sobre todo la del primero, testigo como ha sido de que la deriva ultranacionalista genera una violencia dramática e innecesaria. Del segundo sólo me cabe decir que su trayectoria se ha guiado exclusivamente por un revanchismo político muy bien trajinado y amparado por su indudable talento histriónico.
Sin embargo, UPyD, y Rosa Díez al frente, omiten sistemáticamente que su antinacionalismo catalán no es más que el fiel reflejo de un ultranacionalismo español que no se palpa en su manifiesto fundacional, pero sí en su militancia, en su discurso y en sus actitudes. Como siempre, al nacionalismo no le oponen su opuesto natural, que sería el internacionalismo, sino otro nacionalismo de igual cuño y signo negativo, como es el nacionalismo español. Rabiosamente centralista por más señas.
Rosa Díez habla de Cataluña sin conocimiento de causa ninguno, lo que me lleva a pensar que únicamente se guía por la opinión de Boadella y no por su propia experiencia Lo cual es muy significativo, a la par que triste, porque Boadella puede ser muchas cosas, pero desde luego jamás será tildado de persona ecuánime y objetiva. El transfiere su experiencia personal de gran demiurgo enfrentado en su momento al rey Ubú y a determinada cúpula de CiU a la totalidad de la ciudadanía catalana, a la que paternalmente trata de imbécil. Y tal vez lo somos, los pobres ciudadanos de a pie, pero no hasta el extremo de vivir en una dictadura catalanocanallesca sin habernos dado cuenta siquiera de lo mal que lo pasa la gente por aquí, por lo visto. Boadella está más cerca de la divinidad que yo, por descontado, pero sólo en sus dalinianos delirios.
Aquí no hay hostias, ni tiros en la nuca, ni secuestros, ni impuestos revolucioanrios, ni se apalea a los castellanos, ni se les excluye de los foros participativos, ni se silencia su voz, ni nada por el estilo. Esto no es Euskadi en los años ochenta (va por el señor Savater), ni escenificamos a diario la noche de los cristales rotos del Reich alemán en 1938 (va por el señor Boadella). Aquí no hablamos de imperio, ni de cercenar libertades costosamente adquiridas de nadie. Aquí hablamos de preservar lo nuestro, y de si tal vez -sólo tal vez- cabría preguntarnos si tenemos derecho a decidir si preservar lo específicamente nuestro requiere separarnos de España. Hay que vivir la vida en vivo y en directo, y luego opinar con conocimiento de causa habiendo tomado testimonio de cientos, miles de personas de toda condición, señora Díez. No tiene usted ni idea de lo que habla.
De lo que si sabe nuestra Rosita 10 es de estratagemas políticas. Un partido que se define como progresista pero totalmente centralista y furibundamente antinacionalista ocupa un nicho electoral muy específico, encajonado entre el PP y el PSOE, y nunca podrá aspirar a gobernar como partido mayoritario, sobre todo si no tiene una base electoral fuerte en la segunda comunidad autónoma del país, es decir en Cataluña. Por supuesto que la estrategia de UPyD no es la de gobernar, pues ellos saben que con un discurso tan radical jamás ganarán unas elecciones, sino que asprian a convertirse a lo sumo en el eje de una bisagra. En árbitro de determinados resultados electorales, que pasan por imponer parte de su criterio al partido que deba encabezar gobierno.
La ecuación es muy sencilla: bajo la bandera de un presunto progresismo, UPyD encabeza la reacción antinacionalista española, para lo cual sólo debe tener más peso específico en el Congreso de los Diputados que el conjunto de las fuerzas nacionalistas vascas, catalanas y gallegas. El PP y el PSOE están atados de manos en ese sentido, porque exhibir el furor anticatalán que manifiesta UPyD en cada proclama es demasiado arriesgado, ya que hay buena parte de su votantes por estos lares que podrían llegar a sentirse ofendidos si adoptaran esta línea de actuación, como bien sabe el señor Vidal Quadras, cuyo excesiva fogosidad anticatalanista le costó el exilio -dorado- de entre las huestes populares.
Para UPyD es fácil: su presencia en Cataluña es testimonial, y así puede atizarnos de lo lindo sin menoscabar lo más mínimo su base electoral. Aquí UPyD tiene un problema llamado Ciutadans. Un partido que es lo que es por la brillantez de su líder indiscutible, Albert Rivera, pero que en ausencia de éste pierde muchos enteros y casi toda su credibilidad. Un partido que aspira en Cataluña a jugar el papel que juega UPyD en el resto de España, y que por eso se ha convertido en el principal obstáculo para el discurso de Rosa Díez por estos pagos. Ambos partidos desconfían el uno del otro y por eso no comparten plataforma electoral conjunta. Y ambos partidos saben que Rosa y Albert no caben juntos en el mismo escenario.
Sin embargo, Ciutadans, dentro de un mismo discurso antinacionalista, tiene una visión mucho menos sesgada de la realidad catalana. Hasta el neofacha Cañas sabe positivamente que puede pasear por Barcelona tranquilamente renegando por cada rótulo que vea en catalán y que nadie le hará un reproche si no pronuncia ni una sola palabra en nuestro idioma materno desde el Tibidabo hasta el Port Vell. Y eso se nota en la medida templanza del discurso de "todos juntos es mejor" que posiciona a Ciutadans como una alternativa mucho menos histérica y paranoide que UPyD.
En resumen, no digo nada que cualquiera medianamente observador y con cierto espíritu crítico no haya visto ya en nuestro nuevo portento de la política española. Siguiendo la tradición de un perfecto lerrouxismo puesto al día, Rosa Díez consigue exaltar los ánimos de sus votantes, pero también los de que quienes, como yo, nos indignamos por el trato que dispensa a Cataluña y a los catalanes, bajo el infame pretexto de que los políticos de aquí son una banda de engañabobos "dueños cuasi-feudales de cada región que hacen y deshacen en su territorio halagando el narcisismo localista" (intuyo aquí la mano de Fernando Savater) como dice el manifiesto fundacional de UPyD, rebajando a los ciudadanos al papel de perfectos idiotas que no saben lo que son ni lo que quieren.
UPyD es un cáncer pequeño pero muy agresivo que aspira a crecer a costa de su tejido político circundante (el conglomerado central PPSOE) y luego metastatizar en toda la península. Espero que los oncólogos hagan su trabajo porque en caso contrario, iremos a peor. Sin duda alguna.
Sin embargo, UPyD, y Rosa Díez al frente, omiten sistemáticamente que su antinacionalismo catalán no es más que el fiel reflejo de un ultranacionalismo español que no se palpa en su manifiesto fundacional, pero sí en su militancia, en su discurso y en sus actitudes. Como siempre, al nacionalismo no le oponen su opuesto natural, que sería el internacionalismo, sino otro nacionalismo de igual cuño y signo negativo, como es el nacionalismo español. Rabiosamente centralista por más señas.
Rosa Díez habla de Cataluña sin conocimiento de causa ninguno, lo que me lleva a pensar que únicamente se guía por la opinión de Boadella y no por su propia experiencia Lo cual es muy significativo, a la par que triste, porque Boadella puede ser muchas cosas, pero desde luego jamás será tildado de persona ecuánime y objetiva. El transfiere su experiencia personal de gran demiurgo enfrentado en su momento al rey Ubú y a determinada cúpula de CiU a la totalidad de la ciudadanía catalana, a la que paternalmente trata de imbécil. Y tal vez lo somos, los pobres ciudadanos de a pie, pero no hasta el extremo de vivir en una dictadura catalanocanallesca sin habernos dado cuenta siquiera de lo mal que lo pasa la gente por aquí, por lo visto. Boadella está más cerca de la divinidad que yo, por descontado, pero sólo en sus dalinianos delirios.
Aquí no hay hostias, ni tiros en la nuca, ni secuestros, ni impuestos revolucioanrios, ni se apalea a los castellanos, ni se les excluye de los foros participativos, ni se silencia su voz, ni nada por el estilo. Esto no es Euskadi en los años ochenta (va por el señor Savater), ni escenificamos a diario la noche de los cristales rotos del Reich alemán en 1938 (va por el señor Boadella). Aquí no hablamos de imperio, ni de cercenar libertades costosamente adquiridas de nadie. Aquí hablamos de preservar lo nuestro, y de si tal vez -sólo tal vez- cabría preguntarnos si tenemos derecho a decidir si preservar lo específicamente nuestro requiere separarnos de España. Hay que vivir la vida en vivo y en directo, y luego opinar con conocimiento de causa habiendo tomado testimonio de cientos, miles de personas de toda condición, señora Díez. No tiene usted ni idea de lo que habla.
De lo que si sabe nuestra Rosita 10 es de estratagemas políticas. Un partido que se define como progresista pero totalmente centralista y furibundamente antinacionalista ocupa un nicho electoral muy específico, encajonado entre el PP y el PSOE, y nunca podrá aspirar a gobernar como partido mayoritario, sobre todo si no tiene una base electoral fuerte en la segunda comunidad autónoma del país, es decir en Cataluña. Por supuesto que la estrategia de UPyD no es la de gobernar, pues ellos saben que con un discurso tan radical jamás ganarán unas elecciones, sino que asprian a convertirse a lo sumo en el eje de una bisagra. En árbitro de determinados resultados electorales, que pasan por imponer parte de su criterio al partido que deba encabezar gobierno.
La ecuación es muy sencilla: bajo la bandera de un presunto progresismo, UPyD encabeza la reacción antinacionalista española, para lo cual sólo debe tener más peso específico en el Congreso de los Diputados que el conjunto de las fuerzas nacionalistas vascas, catalanas y gallegas. El PP y el PSOE están atados de manos en ese sentido, porque exhibir el furor anticatalán que manifiesta UPyD en cada proclama es demasiado arriesgado, ya que hay buena parte de su votantes por estos lares que podrían llegar a sentirse ofendidos si adoptaran esta línea de actuación, como bien sabe el señor Vidal Quadras, cuyo excesiva fogosidad anticatalanista le costó el exilio -dorado- de entre las huestes populares.
Para UPyD es fácil: su presencia en Cataluña es testimonial, y así puede atizarnos de lo lindo sin menoscabar lo más mínimo su base electoral. Aquí UPyD tiene un problema llamado Ciutadans. Un partido que es lo que es por la brillantez de su líder indiscutible, Albert Rivera, pero que en ausencia de éste pierde muchos enteros y casi toda su credibilidad. Un partido que aspira en Cataluña a jugar el papel que juega UPyD en el resto de España, y que por eso se ha convertido en el principal obstáculo para el discurso de Rosa Díez por estos pagos. Ambos partidos desconfían el uno del otro y por eso no comparten plataforma electoral conjunta. Y ambos partidos saben que Rosa y Albert no caben juntos en el mismo escenario.
Sin embargo, Ciutadans, dentro de un mismo discurso antinacionalista, tiene una visión mucho menos sesgada de la realidad catalana. Hasta el neofacha Cañas sabe positivamente que puede pasear por Barcelona tranquilamente renegando por cada rótulo que vea en catalán y que nadie le hará un reproche si no pronuncia ni una sola palabra en nuestro idioma materno desde el Tibidabo hasta el Port Vell. Y eso se nota en la medida templanza del discurso de "todos juntos es mejor" que posiciona a Ciutadans como una alternativa mucho menos histérica y paranoide que UPyD.
En resumen, no digo nada que cualquiera medianamente observador y con cierto espíritu crítico no haya visto ya en nuestro nuevo portento de la política española. Siguiendo la tradición de un perfecto lerrouxismo puesto al día, Rosa Díez consigue exaltar los ánimos de sus votantes, pero también los de que quienes, como yo, nos indignamos por el trato que dispensa a Cataluña y a los catalanes, bajo el infame pretexto de que los políticos de aquí son una banda de engañabobos "dueños cuasi-feudales de cada región que hacen y deshacen en su territorio halagando el narcisismo localista" (intuyo aquí la mano de Fernando Savater) como dice el manifiesto fundacional de UPyD, rebajando a los ciudadanos al papel de perfectos idiotas que no saben lo que son ni lo que quieren.
UPyD es un cáncer pequeño pero muy agresivo que aspira a crecer a costa de su tejido político circundante (el conglomerado central PPSOE) y luego metastatizar en toda la península. Espero que los oncólogos hagan su trabajo porque en caso contrario, iremos a peor. Sin duda alguna.
miércoles, 2 de abril de 2014
Urbanismo de salón
Si alguna cosa caracteriza la democracia a nivel local, es la participación y el debate ciudadano sobre los proyectos urbanísticos que afectan a la ciudad. Sin embargo, las aspiraciones vecinales suelen ser tildadas de amateurs por los expertos, tanto de los despachos que participan en los concursos para la adjudicación de los proyectos como por los responsables políticos, que suelen mirar más hacia el provecho de su modelo de ciudad que a las necesidades reales de la población afectada.
Unos por lo que yo llamo esnobismo profesional -guiados por modas y por el cuerpo dogmático vigente en arquitectura- y otros por la necesidad de perpetuarse en el futuro - contribuyendo a eso tan incómodo de padecer que es la ciudad decorativa- suelen desautorizar de forma subrepticia las pretensiones populares sobre los espacios públicos. Cierto es que algunas veces determinadas aspiraciones ciudadanas son inviables, pero lo más frecuente es que sean directamente falseadas por cierta grandilocuencia arquitectónica, hoy día teñida de un evidentemente discurso ambientalista que resulta muy "fashion" pero del todo inoperante a la postre.
En Barcelona, tenemos el enésimo ejemplo con el proyecto ganador del concurso para urbanizar ese espacio incierto que constituye el entorno de la plaza de las Glòries. Son muchos los que perciben tras la decisión municipal un nuevo desastre urbanístico que sumar a algunos de los ya existentes en esta ciudad. Del mismo modo que la plaza dels Països Catalans constituye una especie de aberración vacía, un espacio agorafóbico intransitable en verano y en invierno, y que sólo da cabida a una amplia panorámica de la principal estación ferroviaria de la ciudad, o que la plaza del Fòrum no es tal, sino una inmensa explanada desierta salvo cuando se celebran macroconciertos, nos encontramos ahora con otro problema similar al tratar de la urbanización de la plaza de les Glòries y que va a concluir con otro patinazo urbanístico.
La estructura urbana de los grandes espacios abiertos se ve afectada en gran medida por sus dimensiones y por su vertebración en la ciudad. La mayoría de las grandes plazas se caracterizan por su escasa o nula vertebración ciudadana: son plazas monumentales por su enormidad, como sería Tiananmen, o por citar una del tamaño de Glòries, Moskovskaya en San Petersburgo. Son espacios vacíos que únicamente sirven para encuadrar la majestuosidad de los edificios que las rodean. Y así los han dejado como símbolos de las ciudades a las que en cierto modo representan.
Otras plazas lo son debido a que históricamente se corresponden con nudos de comunicaciones, que es lo que sucede con una de mucho menor tamaño pero igual de mal resuelta, como es la plaza Lesseps, que se caracteriza por ser un horror con un enorme agujero en medio -convenientemente vallado- que ocupa casi un tercio del espacio útil y que nos conduce, imagino yo, al averno de urbanistas pecadores. La plaza Lesseps es un ejemplo de lo incapaces que son nuestros arquitectos y políticos de rediseñar un espacio que sea realmente útil para la ciudadanía por más que lo intenten, obcecados en su visión estrecha de los problemas urbanos. Aunque, a veces, una plaza tiene que ser esencialmente inútil, salvo que aceptemos el hecho de que a veces es mejor trocearla y redimensionarla.
Visto de una perspectiva amplia, una plaza ha de ser, bien un espacio ceremonial que impresione por su grandeza y donde el visitante se encuentre empequeñecido por las dimensiones de lo que pisa; bien un espacio de participación ciudadana esencialmente útil, aunque su utilidad sea también la de servir de nudo viario. Viene esto a cuento del interesante debate que se ha sucedido en diversos foros de urbanismo sobre la adjudicación del concurso de Glòries, que se antoja un nuevo desastre futuro que resultará mucho más caro que los 29 millones de euros proyectados y que concluirá sus obres, indefectiblemente, bastante más allá del horizonte de 2018 fijado por el consistorio. Si es que se acaban alguna vez después de la excesiva provisionalidad impuesta por el diseño del proyecto.
Como acertadamente señalan bastantes críticos del proyecto, ahora que ya ha empezado la demolición del anillo viario que recorre la plaza se aprecian dos cosas claramente. La primera es que la plaza de les Glòries es una enormidad de más de doce hectáreas, una especie de círculo de más de cuatrocientos metros de diámetro. La segunda es que pese a su enormidad, es demasiado pequeña para convertirla en un Central Park medioambiental - el nuevo pulmón de Barcelona, dicen- lo cual resulta risible, teniendo en cuenta que el célebre parque neoyorquino se mide en kilómetros cuadrados y no en humildes hectáreas.
Uno de los comentaristas al proyecto lo califica como el síndrome del piso sin amueblar. Cito textualmente el blog sobre arquitectura y urbanismo Hic et Nunc y a uno de sus participantes, Marc: "Glòries es...la imagen desoladora y agorafóbica para muchos arquitectos que tienen los pisos sin amueblar. Un espacio más pequeño de lo que parecía cuando había muebles y que, contradictoriamente, se nos hace infinito en la tarea de ocuparlo". La pregunta que se hacen muchos es si realmente era necesario invertir tanto para simplemente barrer el problema bajo la alfombra. La alfombra verde en la que pretenden convertir Glòries, pero que no tendrá ningún uso definido, salvo ocultar los coches que pasarán por debajo. Como viene sucediendo desde hace años, el tráfico rodado, que es el usuario principal de Glòries desde lo noche de los tiempos, será barrido bajo la alfombra y quedará una plaza del tamaño de veinte campos de fútbol para solaz ciudadano y de los pajaritos que aniden en su verde fronda.
Esas cosas tan bonitas de escuchar pero imposibles de llevar dignamente a la práctica, si de lo que hablamos es de una plaza de dimensiones humanas, una plaza no para contemplarla sino para vivirla. Porque resulta que de la propuesta inicial - la conexión de las dos partes del barrio- no quedará nada. Es más, proyectada como está, es una plaza jardín que tendrá que cerrar por las noches o tener una dotación permanente de policías vigilándola. Hay que tener presente que todos los jardines barceloneses cierran por la noche. El Turó Park, con sólo tres hectáreas y en una zona residencial bien establecida, cierra al anochecer, que es mucho más barato que tener agentes del orden patrullando hasta la madrugada.
Si Glòries se convierte en un jardín abierto, la degradación será inminente e implacable a poco de su inauguración. Lo acabarán vallando, como estaba hasta ahora (qué ironía), y la función inicial de ser lugar de paso y vertebración del barrio habrá quedado finiquitada: los vecinos a rodear la plaza como siempre han hecho.Como dice otro de los participantes en el debate, parece que nadie se atreve a diseñar una plaza y todo asemeja más bien un parque. Parece que hay miedo a ocupar el espacio vacío de Glòries salvo con alfombras verdes.
Opino que ha faltado valor para acometer una auténtica reforma de esas doce malditas hectáreas, troceándolas, reduciendo su escala hasta una escala vecinal real, aunque fuera a costa de que la plaza desapareciera como tal, y fuera sustituida por un entramado de edificios y pequeños parques públicos, retomando el espíritu del plan Cerdà original. Esa hubiera sido la apuesta atrevida: urbanizar de verdad, vertebrar ese enorme ombligo y permitir de una vez que los ciudadanos puedan cruzar los cuatrocientos metros sin morir de aburrimiento en el intento. Y utilizarlos no sólo para sentarse en un banco a oir los pajaritos durante las horas de apertura del parque.
Y todo ese revuelo, que ha sido bastante, para presumiblemente nada. La previsión de finalización de las obras -condicionada a la construcción del túnel bajo la alfombra- es el 2018, y podemos apostar a que como mínimo será 2019 o más. Casi cinco años de provisionalidad que acentuarán la degradación y los usos alternativos no previstos inicialmente, y desde luego bastante mal vistos por el ayuntamiento. Eso si el proyecto no acaba embarrancando de nuevo por cuestiones presupuestarias (los 29 millones no incluyen el túnel de la Gran Via) y se acabe con que lo provisional se convierta en perdurable.
En fin, que para lo que van a hacer, yo prefiero algo mucho más barato, infinitamente más seguro y mucho más rápido de llevar a cabo. Me quedo con el cemento monumental de Moskovskaya.
miércoles, 26 de marzo de 2014
Suárez y los Hermanos Musulmanes
El título de esta entrada puede parecer paradójico, pero no lo es tanto. Tiene que ver con la figura de Adolfo Suárez y su lejana y extraña conexión con lo que sucede con los Hermanos Musulmanes en Egipto. Una conexión antitética pero que pone de manifiesto lo que significa instaurar una democracia y que germine o se marchite antes de fortalecerse.
Con el debido respeto que merecen todas las opiniones de exégetas y apologetas, así como las de los detractores de la figura de Suárez, entiendo que nadie ha dado en el clavo de cual fue realmente la razón de la importancia del fallecido presidente durante la transición del franquismo. Se ha puesto mucho el acento en su capacidad de diálogo y de consenso y en su habilidad para conducir el harakiri político del régimen franquista diseñado por otros personajes que se movían más a gusto en la penumbra, como Fernández Miranda. Otras voces han señalado también las sombras que proyectaba la figura del duque de Suárez, especialmente en lo concerniente a su pasado no democrático. Le faltaban credenciales, es cierto, pero precisamente por eso pudo llevar a cabo esa tarea de puente entre dos orillas políticas de un modo que un demócrata de toda la vida seguramente no habría sido capaz de gestionar.
Sin embargo, hay una cuestión que no he visto a nadie mencionar durante estos días de luto nacional. Eso me conduce en primer lugar a Egipto y a la reciente sentencia contra los Hermanos Musulmanes, que no son santos de mi devoción, pero a los que como demócrata convencido debo mentar en este caso. La reciente condena a muerte de más de quinientos de sus militantes por el asesinato de un comisario de policía, efectuada con muchos de ellos en rebeldía, en un juicio de dos días y sin ninguna garantía, aparte de ser una aberración jurídica y política, es una muestra -una más- de que en Egipto estaban mejor con Mubarak que con la actual democracia (en estos momentos tutelada militarmente, pero democracia formal a la postre).
Para llegar a este extremo no cabe hablar de debilidad de las instituciones democráticas, con la judicatura al frente. Aunque resulta obvio que la justicia o es democrática o no es, y a lo sumo se convierte en un instrumento de venganza del poder político, el problema de fondo no es ése. La justicia vengativa, que tanto desearían muchos en este país, y especialmente los miembros de algunas de las asociaciones de víctimas del terrorismo que se han puesto en evidencia a si mismos con ocasión de la excarcelación de presos etarras, no es más que un síntoma. Un síntoma de una sociedad aquejada de un grave déficit democrático.
Una democracia no se construye únicamente con un estatuto legal y unas formalidades parlamentarias, porque a esa receta le faltará siempre el ingrediente básico. Y no, no es el deseo popular de llegar a ser una democracia, sino que ese deseo no surja de forma disruptiva y efervescente de una ebullición social precipitadamente inducida y mal canalizada, sino de la consolidación de una serie de principios y de creencias que cristalicen en todos los estratos sociales. Una convicción modelada no por la desesperación y la rabia, sino por la necesidad de encontrar un espacio común en el que desarrollar el ejercicio de las libertades civiles.
La democracia no se impone de arriba a abajo. No es la política la que transforma a la sociedad, sino la sociedad la que transforma los regímenes políticos. Ese es el problema del que Egipto, como tantos otros países de tradición islámica, no es más que el paradigma. Una sociedad profundamente anclada en unas maneras no democrátcias, conducida con urgencia por unas élites mayormente exiliadas y cultivadas en Occidente hacia una democracia que no ha tenido tiempo de sedimentar en la mente social y colectiva.
Lo mismo que sucede en muchos países del bloque del este, que no son preciasmante poco democráticos por el mero hecho de haber vivido bajo el yugo soviético, sino porque desde muchos años antes sus estructuras sociales y políticas no habían evolucionado como las occidentales. Sencillamente proque el "alma" nacional no había sido -ni lo es todavía- democrática. En esos países, la democracia es solamente un cambio de escenario para seguir zanjando las disputas al viejo estilo, lo que cuestiona su legitimidad esencial. Lo cual debería hacer reflexionar a los líderes occidentales sobre el penoso papel que están haciendo refrendando a Ucrania y sus líderes ultradrechistas como si fueran demócratas de toda la vida. Salvo que crean que el molde da sentido al contenido.
Y no, una espectacular botella no prejuzga la calidad del coñac que contiene. Desde hace demasiados años, las potencias occidentales están empeñadas en convertir el mundo en un bonito anaquel de espléndida botellería democrática, con contenidos agrios, rancios, adulterados y apestosos. Y en este punto es donde la figura de Adolfo Suárez se engrandece notablemente, porque fue de los pocos que previó que la botella de Vega Sicilia rellenada con vino peleón no habría ido a ninguna parte.
Porque, no nos engañemos, la sociedad española no tenía ninguna tradición democrática. Los escasos períodos con regímenes democráticos de los siglos XIX y XX no manifestaron nunca esa voluntad de diálogo y de consenso sociales, que después se transfieren a la arena política, y que son el símbolo y la raíz de una auténtica sociedad de derechos civiles, respetuosa con todos sus integrantes incluso en la discrepancia. Aquí quien más quien menos tiene raíces profundamente autoritarias y cainitas enterradas en lo más hondo de su genoma hispano, como bien ha señalado reiteradas veces Arturo Pérez-Reverte en sus columnas.
La gesta de Suárez consistió en hacernos creer a todos los españoles que éramos una sociedad madura para la democracia y en engañarnos hábilmente con su entusiasmo y con su permanente voluntad de dialogo para que asumiéramos que éramos un país moderno y plenamente occidental. Y ese engaño perduró el tiempo suficiente para consolidar una democracia que nació amenazada en muchos frentes. Ese engaño duró exactamente lo necesario para que las nuevas generaciones de españoles nacidos en los últimos años de la dictadura, y adolescentes o jóvenes adultos cuando falleció Franco, creyésemos a pies juntillas que la democracia no solo era posible y que era nuestro destino final, sino que era lo que siempre habíamos querido ser.
Luego vino el desengaño y el desencanto, pero eso es harina de otro costal, y no fue culpa precisamente de Suárez, sino de quienes le sucedieron. Suárez fue el flautista de Hamelin que consiguió arrastrar a todo un pueblo hacia la convicción de que había que poner punto final no sólo a la dictadura, sino a casi doscientos años de autoritarismo social y político. Y lo hizo tan bien que hoy en día la sociedad española es capaz de movilizarse al margen de la corrupción política y del desencanto que genera para defender la esencia de la democracia como si toda nuestra historia hubiera sido así.
Suárez convenció a la sociedad española del camino que había que tomar con engaños y artimañas dirigidos al subconsciente colectivo (si es que tal cosa puede existir, pero ustedes ya me entienden) y ese es su gran mérito. A mi modo de ver, mayor que el elogio de la concordia que figura en su epitafio.
Sin embargo, hay una cuestión que no he visto a nadie mencionar durante estos días de luto nacional. Eso me conduce en primer lugar a Egipto y a la reciente sentencia contra los Hermanos Musulmanes, que no son santos de mi devoción, pero a los que como demócrata convencido debo mentar en este caso. La reciente condena a muerte de más de quinientos de sus militantes por el asesinato de un comisario de policía, efectuada con muchos de ellos en rebeldía, en un juicio de dos días y sin ninguna garantía, aparte de ser una aberración jurídica y política, es una muestra -una más- de que en Egipto estaban mejor con Mubarak que con la actual democracia (en estos momentos tutelada militarmente, pero democracia formal a la postre).
Para llegar a este extremo no cabe hablar de debilidad de las instituciones democráticas, con la judicatura al frente. Aunque resulta obvio que la justicia o es democrática o no es, y a lo sumo se convierte en un instrumento de venganza del poder político, el problema de fondo no es ése. La justicia vengativa, que tanto desearían muchos en este país, y especialmente los miembros de algunas de las asociaciones de víctimas del terrorismo que se han puesto en evidencia a si mismos con ocasión de la excarcelación de presos etarras, no es más que un síntoma. Un síntoma de una sociedad aquejada de un grave déficit democrático.
Una democracia no se construye únicamente con un estatuto legal y unas formalidades parlamentarias, porque a esa receta le faltará siempre el ingrediente básico. Y no, no es el deseo popular de llegar a ser una democracia, sino que ese deseo no surja de forma disruptiva y efervescente de una ebullición social precipitadamente inducida y mal canalizada, sino de la consolidación de una serie de principios y de creencias que cristalicen en todos los estratos sociales. Una convicción modelada no por la desesperación y la rabia, sino por la necesidad de encontrar un espacio común en el que desarrollar el ejercicio de las libertades civiles.
La democracia no se impone de arriba a abajo. No es la política la que transforma a la sociedad, sino la sociedad la que transforma los regímenes políticos. Ese es el problema del que Egipto, como tantos otros países de tradición islámica, no es más que el paradigma. Una sociedad profundamente anclada en unas maneras no democrátcias, conducida con urgencia por unas élites mayormente exiliadas y cultivadas en Occidente hacia una democracia que no ha tenido tiempo de sedimentar en la mente social y colectiva.
Lo mismo que sucede en muchos países del bloque del este, que no son preciasmante poco democráticos por el mero hecho de haber vivido bajo el yugo soviético, sino porque desde muchos años antes sus estructuras sociales y políticas no habían evolucionado como las occidentales. Sencillamente proque el "alma" nacional no había sido -ni lo es todavía- democrática. En esos países, la democracia es solamente un cambio de escenario para seguir zanjando las disputas al viejo estilo, lo que cuestiona su legitimidad esencial. Lo cual debería hacer reflexionar a los líderes occidentales sobre el penoso papel que están haciendo refrendando a Ucrania y sus líderes ultradrechistas como si fueran demócratas de toda la vida. Salvo que crean que el molde da sentido al contenido.
Y no, una espectacular botella no prejuzga la calidad del coñac que contiene. Desde hace demasiados años, las potencias occidentales están empeñadas en convertir el mundo en un bonito anaquel de espléndida botellería democrática, con contenidos agrios, rancios, adulterados y apestosos. Y en este punto es donde la figura de Adolfo Suárez se engrandece notablemente, porque fue de los pocos que previó que la botella de Vega Sicilia rellenada con vino peleón no habría ido a ninguna parte.
Porque, no nos engañemos, la sociedad española no tenía ninguna tradición democrática. Los escasos períodos con regímenes democráticos de los siglos XIX y XX no manifestaron nunca esa voluntad de diálogo y de consenso sociales, que después se transfieren a la arena política, y que son el símbolo y la raíz de una auténtica sociedad de derechos civiles, respetuosa con todos sus integrantes incluso en la discrepancia. Aquí quien más quien menos tiene raíces profundamente autoritarias y cainitas enterradas en lo más hondo de su genoma hispano, como bien ha señalado reiteradas veces Arturo Pérez-Reverte en sus columnas.
La gesta de Suárez consistió en hacernos creer a todos los españoles que éramos una sociedad madura para la democracia y en engañarnos hábilmente con su entusiasmo y con su permanente voluntad de dialogo para que asumiéramos que éramos un país moderno y plenamente occidental. Y ese engaño perduró el tiempo suficiente para consolidar una democracia que nació amenazada en muchos frentes. Ese engaño duró exactamente lo necesario para que las nuevas generaciones de españoles nacidos en los últimos años de la dictadura, y adolescentes o jóvenes adultos cuando falleció Franco, creyésemos a pies juntillas que la democracia no solo era posible y que era nuestro destino final, sino que era lo que siempre habíamos querido ser.
Luego vino el desengaño y el desencanto, pero eso es harina de otro costal, y no fue culpa precisamente de Suárez, sino de quienes le sucedieron. Suárez fue el flautista de Hamelin que consiguió arrastrar a todo un pueblo hacia la convicción de que había que poner punto final no sólo a la dictadura, sino a casi doscientos años de autoritarismo social y político. Y lo hizo tan bien que hoy en día la sociedad española es capaz de movilizarse al margen de la corrupción política y del desencanto que genera para defender la esencia de la democracia como si toda nuestra historia hubiera sido así.
Suárez convenció a la sociedad española del camino que había que tomar con engaños y artimañas dirigidos al subconsciente colectivo (si es que tal cosa puede existir, pero ustedes ya me entienden) y ese es su gran mérito. A mi modo de ver, mayor que el elogio de la concordia que figura en su epitafio.
jueves, 20 de marzo de 2014
La gran mentira sobre Ucrania
Iba a escribir sobre Ucrania, ampliando con nuevos datos lo que ya expuse en una entrada anterior sobre lo que constituye el episodio más vergonzoso de manipulación política y mediática de este siglo.Pero se me ha adelantado Vicenç Navarro en un excelente artículo que reproduzco a continuación.
Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Pensamiento Crítico” en el diario PÚBLICO, 18 de marzo de 2014
Este artículo presenta
información que, salvo contadas excepciones, no ha aparecido en la
mayoría de medios de comunicación en España, referente a la enorme
influencia que un partido nazi tiene hoy en el nuevo gobierno de
Ucrania.
La gran mayoría de medios españoles
están presentando la situación que ocurre en Ucrania como un alzamiento
popular en contra de un gobierno corrupto y sumamente impopular. De ahí
que esté generando una simpatía generalizada, favorecida por unos medios
que, todavía estancados en la ideología de la Guerra Fría, ven a Rusia
como el enemigo. Y puesto que Rusia había apoyado a ese gobierno,
mientras que los que se le opusieron favorecían más su conexión con la
Unión Europea, se explica la lectura tan favorable de la revuelta
popular contra el gobierno, la cual ha acabado deponiéndolo, aun cuando
dicho gobierno había sido elegido democráticamente.
Ni que decir tiene que la revuelta
contra el gobierno depuesto ha sido una revuelta popular. Pero la
realidad es más complicada que la que los medios anuncian. En realidad,
no se ha señalado (con la excepción de Rafael Poch, corresponsal de La
Vanguardia en Alemania) que hoy Ucrania es el único país de Europa donde
existen miembros de un partido nazi en posiciones de gran poder. El
partido nazi se llama paradójicamente Libertad (Svoboda) y sus miembros
en el gobierno son el ministro de Defensa (Igor Tenyukh), el viceprimer
ministro para Asuntos Económicos (Aleksandr Sych, que es el ideólogo
del partido que ha presionado, entre otras medidas, para que se prohíba
el aborto), el ministro de Agricultura Igor Shvaika (uno de los mayores
terratenientes de Ucrania), el ministro de Ecología (Andriy Moknyk, que
había sido la persona de contacto con grupos nazis europeos), el
director del Consejo Nacional de Seguridad Andry Parubiy (y director de
la milicia militar del partido), el Fiscal General del Estado (Oleh
Makhnitsky), y el ministro de Educación Serhiy Kvit, entre muchos otros.
El poder de este partido condiciona claramente al nuevo gobierno de
Ucrania.
Dicho partido fue fundado en 1991,
presentándose como el sucesor de la Organización de Nacionalistas
Ucranianos (ONU) fundada por un personaje, Stepan Bandera, clave en la
historia reciente de Ucrania. El partido Svoboda lo presenta como su
máxima inspiración. Fue definido como un héroe nacional en el año 2010
por el Presidente Victor Yushchenko, más tarde sustituido por el
democráticamente elegido Yanukovich, el Presidente del gobierno depuesto
como resultado de la revuelta popular. Este último gobierno retiró el
honor que se había concedido a Bandera, aunque es más que probable que
el nuevo gobierno lo restituya.
Bandera, cuyo homenaje conllevó la
protesta de la Tribunal Europeo de Justicia (European Court of Justice),
fue el mayor aliado del régimen nazi de Hitler en Ucrania, habiendo
dirigido dos batallones que se integraron en las SS nazis alemanas en su
lucha contra la Unión Soviética durante la II Guerra Mundial (según el
Centro Simon Wiesenthal, esos batallones detuvieron a 4.000 judíos
ucranianos, enviándolos a campos de concentración nazis en Lviv en julio
de 1941). En los escritos de la organización fundada y dirigida por
Bandera (ONU) se habla explícitamente de la necesidad de limpiar la
raza, eliminando a los judíos. El Profesor de Historia de la Tufts
University Gary Leupp, en su detallado artículo “Ukraine: The
Sovereignty Argument, and the Real Problem of Fascism” (CounterPunch,
10.03.2014), del cual extraigo todos los datos que presento en esta
primera parte del artículo, cita textos enteros mostrando el carácter
nazi de dicha organización. Cuando la Alemania nazi invadió Ucrania,
Bandera declaró su independencia, cuyo gobierno trabajó “muy próximo y
hermanado con el nacionalsocialismo de la Gran Alemania, bajo el
liderazgo de Adolf Hitler, que está formando una nueva Europa”.
El partido dominante en el nuevo
gobierno de Ucrania, Svoboda, se considera orgulloso heredero del ONU, y
quiere purificar la sociedad ucraniana, persiguiendo violentamente a
homosexuales, prohibiendo el aborto, estableciendo un orden jerárquico y
disciplinado, enfatizando la masculinidad y la parafernalia militar,
llamando a la expulsión de la mafia judía moscovita y eliminando el
comunismo, comenzando por la prohibición del Partido Comunista y la
persecución de sus miembros o intelectuales afines. Piensa también
eliminar más tarde a todos los partidos. En realidad, el programa no
puede ser más claro. En el año 2010, la web del partido indicaba “Para
crear una Ucrania libre… tendremos que cancelar el Parlamento y el
parlamentarismo, prohibir todos los partidos políticos, estatalizar
todos los medios, purgar a todo el funcionariado y ejecutar (término que
utilizan) a todos los miembros de los partidos políticos
antiucranianos”. El Congreso Mundial Judío (World Jewish Congress)
declaró a este partido como partido neonazi el mayo del año pasado.
¿Cómo es que un partido nazi está gobernando hoy Ucrania?
Las movilizaciones populares que
terminaron con el gobierno eran en su mayoría movilizaciones
espontaneas, con escasa estructura organizativa. De ahí que un grupo,
incluso armado, con apoyo político internacional, pudiera adueñarse
fácilmente de aquellas movilizaciones, jugando un papel importante en
las etapas finales del movimiento popular. Y, por paradójico que
parezca, tanto EEUU como la UE jugaron un papel clave en esta promoción.
En realidad, EEUU más que la UE. Fue precisamente Victoria Nuland,
responsable del Departamento de Estado para Asuntos Europeos y
Euroasiáticos (una funcionaria de la ultraderecha dura nombrada por el
Vicepresidente Cheney durante la Administración Bush, y que
sorprendentemente fue mantenida en este cargo por la Administración
Obama) la que apoyó más fuertemente y abiertamente al partido Svoboda,
pues era el más antiruso de los grupos que existían en esas
manifestaciones. Fue este personaje la que utilizó la famosa expresión
“¡Que se joda la UE!” (“Fuck the EU!”), insistiendo en que el gobierno
tenía que tener en cuenta a Svoboda, por muy mala imagen que ello
creara. En realidad, dicho partido, en las últimas elecciones, solo ha
recibido un 10% del voto. Pero su enorme influencia no deriva de su
apoyo popular, sino de las maquinaciones que han tenido lugar, en las
que el gobierno estadounidense y el alemán han jugado un papel central.
Ambos desean expandir el área de influencia de la OTAN hacia el este de
Europa, y ven la situación de Ucrania como favorable a ello. El miembro
de Svoboda que es ministro de Defensa es favorable a la OTAN y ha
estudiado en el Pentágono en EEUU.
¿Cuál es el futuro de Ucrania?
Hoy las élites gobernantes a los dos
lados del Atlántico norte se encuentran en una situación conflictiva.
Por un lado, está el complejo militar industrial de EEUU, que está muy a
la defensiva (debido a los recortes tan notables del gasto militar del
gobierno federal, resultado del hartazgo de la población estadounidense
hacia las campañas bélicas que caracterizan la política exterior de
EEUU) y que desea reavivar por todos los medios la Guerra Fría para
justificar la recuperación de su papel central en el sistema
político-económico estadounidense.
Pero esta estrategia choca claramente
con los intereses financieros y económicos de la UE y también de EEUU.
Rusia es el tercer socio comercial de la UE después de EEUU y China, con
un intercambio comercial de más de 500.000 millones de dólares en 2012
(Bob Dreyfuss “Capitalism Will Prevent a Cold War Over Ukraine”, The
Nation, 10.03.2014). Alrededor del 75% de todas las inversiones
extranjeras en Rusia proceden de la UE, siendo Rusia la mayor proveedora
de gas de la UE. Y el capital de los grandes oligarcas rusos está en
bancos europeos, en su mayor parte en la City de Londres. Hoy, el gran
capital financiero e industrial no desea una Guerra Fría. En realidad,
gran parte del armamento de Rusia es construido hoy en Suecia y Francia
(la última compra es de helicópteros, 1.700 millones de dólares). De ahí
que por mucho que se hable de penalizar a Rusia, poca acción militar es
probable que ocurra. No estamos en la primera página de la III Guerra
Mundial, pero ello no implica que no estemos viendo el resurgimiento del
nazismo, apoyado paradójicamente por élites gobernantes a los dos lados
del Atlántico norte, que representa la mano dura necesaria para llevar a
cabo las políticas de corte neoliberal que el gobierno ucraniano
realizará para facilitar su integración en la UE.
martes, 11 de marzo de 2014
El hastío
Las noticias son iguales,
repetitivas, semana tras semana. Los actores son distintos, los escenarios
diferentes, pero los contenidos, con ligeras variaciones, idénticos. Se
generaliza una sensación de aburrimiento, de dejà vu en todas las informaciones con que los medios nos
atiborran. Y por encima de todo, va sedimentando la convicción de que nada de
lo que hagamos o digamos servirá en absoluto para cambiar el rumbo que ha
tomado la sociedad moderna. Un rumbo marcado por el cinismo, la brutalidad y la
mentira oficializada. Por la descarada manipulación de las evidencias, incluso
cuando éstas son abrumadoras. Por la decidida proletarización en que los
líderes políticos están sumiendo a las clases medias, que se traduce en el aumento
exponencial de las desigualdades sociales y económicas en el primer mundo. Que a su vez se manifiesta en la
proliferación de gestos xenófobos y excluyentes.
El pastel es más pequeño y somos
más a repartir. Toca menos ración por cabeza y eso afecta directamente a
nuestro concepto de la solidaridad. Se mire como si mire, los ricos nunca han
sido solidarios, a lo sumo han sido caritativos. La solidaridad es una virtud
reservada a las clases medias, conscientes hasta hace bien poco de dónde vienen
y adónde van y de que la pobreza repentina es algo que siempre está presente en
las familias como una espada de Damocles. Es mucho más fácil descender por la
escala social que subir por ella hasta el Olimpo de los millonarios. Pero la
solidaridad sufre una dura prueba cuando los recortes afectan más y más a las
economías familiares. Dejándolas con el hueso al descubierto, llegando al mismo
núcleo de la mera supervivencia. Es ahí, en ese doloroso punto, donde nuestra
solidaridad zozobra junto con las toneladas de carnaza justificativa que nos
lanzan nuestros zafios gobernantes.
La angustia por el propio futuro
nos vuelve insensibles frente al presente, en muchas ocasiones infinitamente
más acuciante y doloroso, de miles de familias que están en una situación mucho
peor que la nuestra. Resurge así el egoísmo en todas sus escalas: vecinal,
local, estatal y supranacional. La xenofobia campa a sus anchas y el populismo
facilón se abre un hueco, junto con las ideologías extremistas, en el ámbito
político.
La gente se refugia en lo más
próximo y tangible, de ahí el resurgir de las formas más localistas y extremas
de nacionalismo. El desencanto frente al concepto de Europa es generalizado: ya
se les ha visto demasiado el plumero a los mandatarios de Bruselas. Para ellos
la unión política sólo sería una excusa para facilitar los intercambios
económicos y generar más riqueza para los ricos, y sólo para ellos. Hace
escasos días un viejo conocido me preguntaba, como si no fuera evidente, para qué
tenía tanto interés la Unión Europea en Ucrania.
A despecho de lo que puede
parecer obvio, resulta que Ucrania es un país con tendencia a una
hiperinflación estructural, con un sector productivo diezmado, unas infraestructuras pobres, una total
dependencia energética y de recursos minerales y unos salarios bajísimos
comparados incluso con los países de su entorno inmediato. Así que ¿para qué
puede querer Europa (léase Alemania) un estado de cuarenta y muchos millones de
ciudadanos permanentemente empobrecidos, salvo para conseguir diezmar aún más
las economías de los demás estados miembros de la UE a base de otra nueva
oleada de deslocalizaciones en masa?¿Acaso no resulta evidente que poner a
Ucrania en la órbita de la UE sólo tiene sentido si se considera la mano de
obra baratísima que aportará a las multinacionales mayoritariamente germanas?¿Y
que eso se traducirá indefectiblemente en otra vuelta de tuerca más a los
recortes del estado del bienestar? Todo eso nos lleva a otra conclusión
palmaria: sin freno a la ambición del capital, vamos directos al caos o a una
versión actualizada de la esclavitud. Parecemos resignados a ello, por mero
cansancio. Nuestros gobernantes juegan muy bien la carta del agotamiento. Pero,
¿por qué?
El estudio de los sistemas
complejos es una ciencia relativamente moderna. La irresolubilidad matemática
de los sistemas no lineales condujo durante siglos a que los físicos bordearan
de puntillas ese campo, por lo demás fascinante y mucho más realista que el de
los sistemas lineales. Sólo en las dos o tres últimas décadas, la enorme
potencia de cálculo de los ordenadores ha permitido sondear los misterios
matemáticos del caos y la complejidad, y han surgido decenas, sino cientos, de
focos de estudios avanzados por todo el globo.
Una de las consecuencias en los
avances relativos a los sistemas complejos ha sido la constatación de que cualquier
sistema dinámico se encuentra siempre en un delicadísimo equilibrio que se
alcanza sólo en las cercanías del comportamiento caótico. Es decir, que los
sistemas dinámicos, entre los que se incluyen los ecosistemas o las sociedades,
se encuentran en equilibrio en lo que los expertos denominan el límite del caos. Cualquier pequeña variación del sistema en
ese punto tiene consecuencias normalmente desestabilizadoras a gran escala,
como cuando se suprime un depredador en
la cadena alimenticia de un ecosistema.
Algunos de los más prestigiosos
científicos que estudian la complejidad y el caos (para quien esté interesado,
recomiendo la obra Complejidad, de
Roger Lewin) ya aventuraron hace años que el equilibrio entre los países es muy
similar al que se da entre los miembros de un ecosistema biológico. Algunos
incluso llegaron a sugerir que la descomposición del bloque soviético
proporcionaría la energía necesaria para sobrepasar el límite del caos y
promover a medio plazo una situación como la que estamos viviendo, de incertidumbre,
enfrentamientos y brutal reestructuración, con un coste social muy alto. Caos, en
resumen.
Un mundo donde sólo el capital
campa a sus anchas, sin sujeción ni freno alguno, es decir, sin un contrapoder
que lo obligue a mantenerse en el punto de equilibrio, es un mundo en rumbo hacia
la deriva caótica, donde todos los elementos tienden a la disgregación respecto
de la delicada estructura que existía antes. En ese sentido, la desaparición
del bloque soviético, por irónico que parezca, se ha traducido dos décadas
después en el triunfo del peor enemigo de la democracia de las personas, sometida a la tiranía de la dictadura de los mercados.
Cierro el círculo y vuelvo al
principio. Nos hemos cargado el exquisito equilibrio, casi ecológico, que
existía hace unos años, y no lo hemos sustituido por nada que contenga la
deriva hacia la liquidación de la sociedad democrática que promueve el capitalismo rampante. Y como solución nos
propondrán más reglamentaciones, más firmeza, más autoritarismo, más
sacrificios. Estamos atrapados en una dinámica que nos va a empobrecer económica,
social y moralmente de forma progresiva hasta que el mundo orwelliano se
convierta en una realidad inapelable. Y esa soterrada convicción nos está
conduciendo a un desaliento, a un cansancio, a una aceptación de una derrota
que nos inflige no sólo el capital, sino también los políticos que hemos elegido
democráticamente para intentar contener sus desvaríos, lo cual resulta aún más
penoso. Ahora elegimos a nuestros verdugos, nada más.
A ellos les conviene nuestro
individualismo, nuestra falta de solidaridad, nuestra postración ante un mundo
globalizado y deslocalizado que no nos devolverá al paraíso perdido, ni mucho
menos. Ellos explotan nuestro miedo a perder lo que tenemos para que sigamos
siendo egoístas y estúpidos, y para que les sigamos votando para que puedan seguir favoreciendo los planes de expansión y
dominio mundial de un capital que no conoce límites a su ambición. Ellos
también explotan un concepto de una Europa transnacional que no tiene nada que
ver con sus quinientos millones de (presuntos) ciudadanos. Una Europa más bien concebida
como trituradora de personas para ofrendarlas en el altar de la economía
global.
En nuestras manos está la
posibilidad de devolver cierto equilibrio al mundo. De mantener fuerzas
vigorosas que contraponer a los que quieren hacerse con todo el poder económico
y político. Así pues, frente al cansancio y al hastío, tenemos la obligación de
seguir luchando para que el futuro no siga por el camino en el que nos metimos
cuando cayó el muro de Berlín.
lunes, 3 de marzo de 2014
Fantasmas
Lamentable espectáculo el que
están dando, al unísono, la Unión Europea y los Estados Unidos de América a
cuenta de la revolución ucraniana. Y no voy a ser yo quien les exija mayor
contundencia contra las maniobras del zar Putin, que a fin de cuentas hace lo
que tiene que hacer, es decir, lo que durante decenios vienen haciendo las
potencias occidentales cuando les conviene geoestratégicamente. Al contrario,
me voy a permitir afear al autoproclamado mundo libre su incoherencia absoluta y el
tremendo ridículo en que están incurriendo con esta cuestión, en un evento del
que parece que la memoria histórica se les ha ido por el desagüe de ese inodoro
que tienen por cabeza la mayoría de los gobernantes europeos. Y Obama sumándose
a la fiesta del despropósito para resucitar al viejo enemigo comunista y
aglutinar así sus mermadas y desgastadas fuerzas en el interior de la nación.
Debemos señalar, de primeras, que
Obama tendría que medir mucho más sus palabras, pues somos millones los que
recordamos nítidamente la doctrina norteamericana de no permitir injerencias
foráneas en su patio trasero, doctrina que no ha sido jamás derogada, ni
siquiera tácitamente. Los hilos de la política en El Salvador, Nicaragua,
Honduras, Guatemala o incluso Colombia, han sido manejados siempre desde Washington y chitón al que
levantara la voz. No contentos con eso, invadieron Granada y Panamá; sentando
claramente el principio, que sólo les salió mal con Cuba, de que el gendarme de
occidente estaba autorizado a utilizar todos los mecanismos, incluso los
militares, para poner orden en su backyard.
Un patio trasero ampliamente extendido sin rubor alguno al resto del mundo
según las conveniencias, como demuestra la historia reciente y especialmente esa
vergüenza universal llamada Guantánamo. La
extinta Unión Soviética tomó debida nota, y no es de extrañar que no tolere
injerencias occidentales en su patio delantero.
Me imagino como Putin y los suyos
se deben estar desternillando de las bravuconadas del presidente USA, que tiene
las manos atadas en este asunto y que sólo puede hacer que llenarse la boca de
demagogia a favor de un gobierno golpista ucraniano del que aún quedan por decir unas
cuantas cosas. Y casi todas malas, pero a su debido tiempo.
Por otra parte, el papel europeo en
este negocio es aún más penoso. Primero afirman categóricamente que jamás
entrarán a debatir la cuestión de la soberanía catalana o escocesa, pues esos
son asuntos internos de los estados
miembros en los que Bruselas nada tiene que decir, salvo que si se produce la
secesión caerá sobre nosotros el divino castigo de la expulsión del paraíso.
Acto seguido van esos sátrapas indecentes y se descuelgan con un frenesí
incomprensible por mantener la unidad de Ucrania, con declaraciones bien
subidas de tono y prestos a desembolsar cosa de veinte mil millones de euros
para ayudar a los revoltados de la plaza Maidán. Como catalán sólo me queda decir que
estoy atónito por semejante asimetría en el trato dispensado a unos, que somos
ciudadanos de pleno derecho de la UE y a los otros, que no lo son ni se les
espera.
Porque la otra cuestión de fondo
en este asunto es doblemente mortificante para quienes aún creen en la “Europa de las democracias”.
Hay que jorobarse, por enésima vez, con el cuento de que a nuestros democratísimos
dignatarios les parezca la mar de bien un golpe de estado cuando se trata de sacudir
a quien no les gusta, aunque haya sido elegido democráticamente, que es el
caso. Pues aunque es cierto que en Ucrania tienen una larga tradición de manipulaciones electorales desde su
independencia de la URSS, no es menos cierto que
las últimas elecciones fueron recibidas por la comunidad internacional con notoria
satisfacción porque fueron razonablemente limpias. La cuestión es que
Yanukovich no gusta porque es rusófilo, y entonces vale todo en defensa de no
se sabe muy bien que principios. Usar el nombre de la democracia en este
notorio derrocamiento y golpe de estado ucraniano es vergonzoso. Me pregunto que
si algo así sucediera en Italia, que es otro hervidero de descontento contra
los políticos, si en Bruselas también aplaudirían con las orejas un golpe de
estado callejero a base de adoquinazos y trincheras frente al Quirinal. Digo yo
que, en caso afirmativo, podemos todos los súbditos del hartazgo tomar debida
nota.
Pero además, es de todos
conocidos que el movimiento de resistencia “proeuropeísta” ucraniano está
liderado descaradamente por Svoboda, un partido ultranacionalsita y
ultraderechista que se caracteriza mucho más por su odio a Rusia que por su
aprecio por Europa. Sucede que les viene bien que nuestros cancilleres, burriciegos como siempre, se presten a dar su apoyo a una revolución comandada por los
únicos que, pese a ser minoritarios (no llegan al 10% de los escaños de la Rada), son capaces del despliegue
organizativo que hemos visto en Kiev estas semanas. Son las fuerzas
de choque de Svoboda, cuyo emblema
hasta hace bien poco era tan parecido a la esvástica nazi que tuvieron que
cambiarlo para moderar su imagen pública. O sea, unos angelitos de cuidado,
estos revolucionarios.
Por otra parte, en esta Europa
del eufemismo burdo y de la pusilanimidad renqueante que está consiguiendo poner por las
nubes a los partidos euroescépticos, parecen olvidar la historia de Ucrania,
que resulta muy reveladora de la falta de cultura política y sociológica que
imperan en Bruselas y Estrasburgo. Y no hace falta remontarse diez siglos y
hablar del Rus de Kiev como patria de
la madre Rusia para poner las cosas en su sitio, porque eso resultaría de un
anacronismo exasperante a estas alturas, pero sí convendría reconocer que Crimea ha sido siempre rusa
hasta las cachas, con permiso de los tártaros que fueron deportados en masa por
Stalin por su presunto colaboracionismo con los nazis durante la segunda guerra
mundial. Que el señor Jruschov, en un arranque de no se sabe qué, le diera por
regalar Crimea a Ucrania al principio de su mandato no quita un ápice de verdad
al hecho de que Crimea es totalmente rusa.
Para entendernos, es como si al
señor Aznar, que es lo más parecido a un zar que se me ocurre en la historia
reciente de España, le hubiera dado por regalar las islas Canarias a Marruecos,
en un rapto de generosidad intercultural, que incluso tendría más sentido
que lo de Crimea, por aquello de que a fin de cuentas las Canarias son un
archipiélago netamente africano. Sin embargo, dudo mucho que los canarios
recibieran semejante destino de buen grado, y si los rusos de Crimea ni chistaron
en su momento, cabe entenderlo en el contexto histórico. Corría el año 1954, la
sombra de Stalin aún era alargada, y a fin de cuentas, ser rusos o ucranianos les
traía al pairo: mandaba el Kremlin tanto en un sitio como en el otro.
Pero lo que no puede negarse es que
Crimea tiene un noventa por ciento de población rusa. Subrayo lo de rusa, y no
rusófona, como si la diferencia fuera meramente lingüística. Aquí debería
apelar a la seriedad y el rigor de los medios de comunicación, pero me
abstendré de ello por inútil. En su lugar sólo puntualizaré que un canadiense puede ser anglófono o francófono y proclamarse
igualmente canadiense (aunque una gran parte de los segundos tampoco lo sienten
así). Pero en Crimea no hay rusos que se sientan ucranianos, ni viceversa. Aquí
el idioma no tiene nada que ver, es sólo un síntoma más de una división étnica
latente desde hace mucho tiempo.
El señor Putin, que será muchas
cosas pero que no tiene un pelo de tonto, lo sabe perfectamente y va a actuar
en consecuencia. Porque es el garante de la inmensa mayoría de la población
rusa de Crimea, porque así se consolida sin peajes futuros la salida de su
flota al Mar Negro y al Mediterráneo; porque además refuerza su papel de líder nacional
y unificador de todos los rusos bajo la bandera de la madre Rusia, y sobre todo
porque sabe que el presidente Obama abre la boca porque es lo único que puede
hacer, salvo algún gesto grandilocuente. Porque en esta mano los Estados Unidos no tienen ningún as
contra una Rusia que está actuando en su territorio histórico, que es mucho
decir.
Mientras tanto, Europa más vale
que se esté quietecita, porque como Putin cierre la espita del gas siberiano
que cruzando Ucrania calienta los hogares de medio continente, les puede hacer
pasar un muy mal final del invierno a los incontinentes mandamases de Bruselas
y compañía. Hoy por hoy, tanto Rusia
como China son criticables pero intocables, pues Europa se juega demasiado
oponiéndose a los dos colosos euroasiáticos. La economía, estúpidos, la
economía.
Aquí la democracia no pinta nada.
En Ucrania no hay una cultura democrática de ningún tipo. Sus sucesivos presidentes
han sido unos villanos (y villanas, no nos dejemos engañar por las trencitas
Timoshenko) al lado de los cuales nuestros más patibularios miembros de la
trama Gürtel son ángeles de la guarda. Así que aclaremos que Europa no defiende
la democracia en Ucrania, sino se pone del lado de los revolucionarios sólo por
fastidiar a Rusia, lo cual es poner munición de alto calibre en las recámaras
euroescépticas en forma de muchos millones de euros que son radicalmente más necesarios
para otras cosas.
Así que el título de esta entrada
no es por si de nuevo merodean los espíritus de una rediviva guerra de Crimea
como aquella con la que occidente quiso poner coto a la expansión rusa a mediados
del siglo XIX, sino por Obama y sus socios de la UE, que han quedado retratados
como unos fantasmas de cuidado.
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