viernes, 7 de febrero de 2014

Ay, Barcelona

La entrada de hoy la dedico a quienes sufrimos cada día el hecho de vivir en Barcelona, una ciudad en permanente reconstrucción, movida por el afán municipal en convertir esta ciudad en un ejercicio de estilismo urbanístico para atraer la atención foránea, mientras los ciudadanos contemplan, perplejos, como una de las urbes más caras de Europa le da unas vueltas más de tuerca infernal a la paciencia de sus habitantes.

Viene esto a cuento de las obras que está acometiendo, con furor uterino, el consistorio barcelonés en los últimos tiempos. Obras que van desde lo llamativo hasta lo faraónico, pero que resultan insultantes para los, por ejemplo, usuarios del transporte público, que en los momentos de mayor crisis económica han visto como las tarifas del transporte público han subido de manera más que notable, so pretexto de que el gobierno central ha reducido sus aportaciones a la red de transportes urbanos de un modo digamos radical..

Lo cual es cierto, pero no obsta al hecho de que muchos se preguntan si en vez de tanta inversión urbanística, se podrían haber dedicado más recursos a subvencionar el coste de metro y bus, que acumulan una caída más que remarcable en el número de usuarios en los últimos años. Y es que hemos llegado a un punto en el que sale más a cuenta el transporte privado (en moto, principalmente) que coger el metro, lo cual resulta más que significativo.

Algunos estarán tentados de pensar que únicamente el PP se dedica a hacer el gilipollas con nuestros bolsillos, pero es obvio que el despilfarro y el egolatrismo urbanístico, a mayor gloria de los munícipes reinantes, no es una exclusiva de la derechona. Aquí, nuestras gentes de CiU, que disfrazan su parentesco con el PP a base de buenas maneras y catalanismo de estar por casa, también las gastan que da miedo. Y para ello voy a citar unos pocos casos, más que significativos.

Las aceras del Passeig de Sant Joan, por ejemplo. La primera fase ya dio cuenta de un buen recochineo por el gasto, absurdo e inútil, de ampliar unas aceras que ya medían sus buenos doce metros de anchura en una especie de explanadas inmensas, aptas para jugar al golf si no fuera porque su diseño resulta impracticable para la mayoría del calzado que usan los ciudadanos de a pie, nunca mejor dicho. No contentos con ello, ahora acometen, a un coste de unos 8 millones de euros, la segunda fase, entre Diagonal y Gran Vía. Un presupuesto que se doblará a buen seguro, para una obra que causa un escepticismo general, porque del resultado de la primera fase ya se constató que ni sirve para el tráfico, ni para los peatones, ni para los comercios. O sea, que no sirve de nada, salvo para decir, tan ufanos, que tenemos una de las avenidas con las aceras más anchas del mundo, por las que no pasea ni dios. 

Igual que en la Diagonal entre Paseo de Gracia y Francesc Macià, un proyecto de veinte millones (léase cincuenta como mínimo) que la ciudadanía rechazó frontalmente en referéndum con el apoyo de CiU, y que ahora el alcalde Trías ha priorizado porque los comerciantes de la zona se lo demandan. Al resto de ciudadanos que les den y que paguen. Porque estas obras las pagamos nosotros, mientras  nos suben los precios públicos de todos los servicios. O las obras de Mitre, que están presupuestadas en unos seis millones de euros -multipliquemos por dos, o aceptemos que somos unos crédulos incautos- para convertirlo en un bulevar fantástico por donde puedan pasear los vecinos de la parte alta. En plata, raso, y claro: para dejar la ronda como era hace cuarenta años y complicar el tráfico aún más. Paso por ahí a diario y puedo dar fe de que nadie, rigurosamente nadie, necesita un bulevar de esas características y a ese coste, salvo los pocos e influyentes vecinos de la zona.

Creo reflejar le sentir popular cuando digo que no estoy en contra de los reformas embellecedoras de una ciudad, pero hay momentos para todo, y éste no es el adecuado. Cuando de la crisis sólo están saliendo los bancos; cuando nos dicen que los ciudadanos de a pie tardaremos diez o veinte años en notar la recuperación, resulta cuanto menos insultante que se emprendan obras  de este calibre, que nadie necesita salvo para fotografiar la turística postal de la "capital del Mediterráneo", que por mi se la pueden meter por donde les quepa si lo que consiguen con ello es que yo no pueda ni vivirla ni disfrutarla. Que a lo mejor es lo que pretenden.

Pero es que no contentos con esto, están decididos a liarla parda en la Plaça de Les Glòries, una obra faraónica, a la que La Vanguardia dedicaba un artículo en la lejana fecha de julio de 2007, y según el cual, el presupuesto aproximado (muy aproximado) de la época rondaba los 600 millones de euros. Y en ello están, pero viendo el coste final de algunos de los primeros edificios de la zona (100 millones de euros el mueso DHUB, y 55 la nueva sede de los encantes) me juego el resto a que el presupuesto final rondará los 1500 millones de euros. Para regocijo, únicamente, de la combativa asociación de vecinos del Clot, que son los únicos beneficiarios de esta magna obra que no servirá de nada, porque Glòries, como toda plaza inmensa, es un lugar que será inhóspito y sin centralidad urbana hagan lo que hagan, salvo que edifiquen en medio el Kremlin o la Ciudad Prohibida de Pekín, escasos ejemplos donde la enormidad tiene un cierto sentido. Y eso mientras no les salga un bodrio como la plaza Lesseps, que ya podrían haberla dejado como estaba, porque ahora es el lugar más desangelado y agresivo visualmente que uno pueda echarse a la cara en Barcelona, una apoteosis de cemento y metal digna de Blade Runner que costó la friolera de unos treinta millones de euros y cinco años de tortura vecinal y por la que procuro pasear lo menos posible, en invierno para no helarme y en verano para no freirme.

Que es lo que sucederá en Glòries, porque a fin de cuentas, las maquetas y las proyecciones 3D y los hologramas y toda la parafernalia del diseño urbanístico nunca muestran la cruda realidad de lo que se les viene encima a los ciudadanos cuando los alcaldes se embalan en su habitual grandilocuencia. Mientras tanto, el transporte público más caro de Europa en relación al salario medio, sin cortarse un pelo y echándole la culpa al gobierno (al de Rajoy, porque al de Mas ni se les ocurriría, que son del mismo partido).

Soy el primero que deseo que mi ciudad sea bella y agradable, pero con ciertos límites. Agradable para todos los ciudadanos,  no sólo para algunos - como los de Glòries- que cuando se instalaron allí ya sabían lo que se daba, es decir un nudo viario fundamental para la ciudad y que ahora se va a convertir en un atasco monumental para todos los que quieran entrar y salir de ella. Pero es que además, a mi también me gusta tener mi casa arreglada, pero por supuesto que jamás emprenderé la reforma del baño y la cocina si la mitad de los miembros de la familia están en el paro, y para ello les recorto el presupuesto de necesidades básicas. Como el transporte, por un decir.
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miércoles, 29 de enero de 2014

Carta (cerrada) a Alicia Sánchez Camacho



Señora Alicia Sánchez Camacho:

Me permito dirigirme a usted para afearle su ya más que recalcitrante y reprobable actuación respecto a los conciudadanos de su tierra natal, Cataluña. Eso de comparar la situación de aquí con la del País Vasco cuando lo de ETA es una atroz barbaridad y una solemne estupidez, a lo que ya estamos acostumbrados los sufridos catalanes que tenemos que soportar el bochorno de su trasnochado lerrouxismo con sabor “marca España”, que no por idiota deja de merecer una contundente réplica por parte de los movimientos sociales que le están exigiendo una rectificación inmediata de sus palabras.

No voy a reiterar una petición que ya es clamor popular, pero sí quiero incidir en algunos aspectos de su conducta que merecen ser especialmente analizados a la luz de circunstancias que la mayoría  desconoce, pero que son de dominio público.

La veo todas las mañanas salir de su domicilio y subirse a ese cochazo con chofer que yo, como muchos de mis de mis vecinos y conciudadanos, nos preguntamos qué ha hecho usted para merecer, a no ser que el insulto continuado – a Cataluña y a la inteligencia - sea mérito suficiente para tener acceso a semejantes prebendas.  Y también recuerdo cuando usted –y muchas de sus actuales compañeras de esa “ultraderecha moderada” que nos gobierna- desembarcaron en la Administración de la Seguridad Social en Barcelona a partir de mediados y finales  de los ochenta, con el firme propósito de hacer carrera a costa de lo que fuese. Y vive dios que la hicieron, y que mientras estuvieron en la Seguridad Social no creo que pudieran decir que vivieran un clima de repulsa y exclusión, teniendo en cuenta que si afirmasen semejante cosa, somos muchos – antiguos compañeros suyos en las mismas labores públicas- los que tendríamos que desmentir semejante despropósito, pues es de todos sabido que aquí convivimos catalanes y no catalanes en un clima que nadie podría calificar ni de mínimamente tenso, y mucho menos de rechazo o exclusión. 

Las recuerdo también a usted y su buena amiga, hoy Delegada del Gobierno, conspirando regularmente al fondo de una céntrica cafetería del Paseo de Gracia, tan ricamente entre cafetitos, papeles y sonrisas, sin que percibiera en su semblante la menor tirantez debida a la atroz persecución a la que al parecer se veían sometidas por su condición de militantes del PP (sector ultra), que es lo que son, por mucho que se les llene la boca de  democracias, y por mucho que pretendan fingir una implicación en la sociedad catalana que es una soberana mentira. Baste decir que jamás nadie las oyó pronunciar una palabra en catalán hasta que sus cargos políticos mediáticos  las obligaron, y sin embargo jamás recibieron censuras laborales o sociales por ello. Y eso es algo que no pueden desmentir porque hay cientos de testigos de su anterior vida laboral.

Así que no me venga con chorradas, Alicia, que ya no estamos para tonterías sobre todo por culpa suya y de los suyos, con el asunto éste de comparar a los independentistas catalanes con ETA. Sobre todo cuando son cada vez más los que piensan que lo ocurrido en Euskadi – es decir, la violencia etarra- les permitió ganar a los vascos un montón de concesiones, reflejadas en la mismísima Constitución y su casi divino respaldo a los sistemas forales vasco y navarro. Y que ya les hubiera estado bien a ustedes y todos los de su calaña que en Cataluña el talante hubiera sido similar al que se vivía en el País Vasco. Y que aquí se hubieran cargado a unos cuantos “de los suyos”, para que entonces pudieran hablar, con conocimiento de causa, rigor y ecuanimidad, de lo que es el rechazo y la exclusión políticas. Y también para que entonces, tal vez, pudieran acusarnos de nazis con cierta justificación.

Pero no, en Cataluña somos del natural pactistas y negociadores, y muy poco proclives al recurso a la violencia como parte del arsenal político nacional. Algo que en el fondo ustedes desprecian, porque la verdad es que su lenguaje, sumamente agresivo, cuando no violento y provocador, no es más que el reflejo de la admiración que sienten por el músculo y la pistola como sustitutos de la palabra y el diálogo sincero. Como una vez dijo el presidente Pujol, con toda la razón, habría que preguntarles a ustedes a cuanta gente tendríamos que haber matado en Catalunya para que al menos nos respetaran como al País Vasco.

Vivo rodeado no sólo de no catalanohablantes, sino de gentes que no son ni se sienten catalanas, y no conozco a nadie medianamente razonable que pueda alegar que se siente excluido por no ser independentista. Para ustedes, recurrir a la equiparación entre independentistas y peligrosos terroristas es fácil y les garantiza una clientela entre desinformada y sectaria,  pero no les otorga la más mínima credibilidad cuando se les confronta a todos ustedes con la realidad de las calles de una urbe como Barcelona, por un decir. Esa Barcelona que usted pisa a diario sin que nadie le rompa la cara en la primera esquina, Alicia. 

En cambio usted nos rompe el alma cada vez que abre su enorme bocaza para vomitar sus insultos y falsedades contra aquellos que nos sentimos ante todo catalanes, como si eso –el sentimiento- fuera una especie de gravísimo delito que hubiera de ser tipificado en el código penal. Bajo todo ese discurso suyo lo que subyace es un rechazo, sí, pero el del PP y su sector más ultra contra todos aquellos que pretendan diferenciarse de lo que para ustedes debe ser el “españolito marca España” con sello y denominación de origen otorgada desde la calle Génova. 

Alicia, no nos engañemos, son ustedes los excluyentes y no nosotros. Lo que sucede es que reiteradamente recurren a ese subterfugio que los psicólogos describieron hace ya un montón de años: la proyección de los defectos propios sobre quienes les rodean, en una especie de autoexorcismo de los males que les aquejan. Es mucho más fácil responsabilizar al otro de defectos que le atribuimos, que reconocer que lo que en realidad sucede es que ese otro al que repudiamos es el espejo en el que se refleja nuestra imagen, muchas veces desagradable.

No quiero reprenderla a usted, Alicia, por ser cómo es. Todos somos herederos de un bagaje familiar, cultural y social que resulta fundamental admitir como propio. Usted es heredera de los que ganaron la guerra, de los del tricornio y la garrota, de los que nos obligaban a hablar en el idioma del imperio, de los que estaban en Cataluña como en un país ocupado, de quienes tenían la visión limitada  por las paredes de la casa cuartel, que era una de las perversas formas que tuvo el franquismo de impedirles que pudieran integrarse realmente en la sociedad que los acogía.

En ese sentido usted es catalana por nacimiento y vecindad, pero nunca lo ha sido, ni lo será, por sentimiento.  Lo suyo es un camuflaje para aparentar lo que no es ni siente ser. Y eso sí que se lo repruebo, por la maléfica falsedad que conlleva. Jamás le pediré que se sienta catalana, pero lo que me parece inadmisible es que me diga –en catalán- que es usted tan catalana como yo. Porque ciertamente lo es, pero sólo en términos jurídicos, y aquí no se trata de legalidades y cuestiones jurídicas, sino de sentimientos. Sentimientos, Alicia, sentimientos.

Yo no voy a censurar sus sentimientos ni rechazarlos, que son muy legítimos. Pero también le exijo que usted respete los míos y los de millones de catalanes que somos independentistas. Que usted no desee que Cataluña sea un estado independiente es tan legítimo como la opción opuesta, que es la que suscribo. Lo que ya no es legítimo es que utilice usted la agresión sistemática contra mí y lo que represento sencillamente porque a usted no le gusto.

Porque así como usted es heredera de la cultura del tricornio, yo lo soy de quienes sus predecesores maltrataban por ser hijos de esta tierra y sentirse orgullosos de ello, de quienes perdieron patrimonio, derechos y hasta su vida por defender una idea distinta, de quienes les importaba más lo que les decía el corazón que lo que proclamaba el DNI que llevaban en la cartera. Como siempre he dicho, soy español por imperativo legal, y catalán porque lo siento en lo más profundo de mi alma. Intente convencerme de lo contrario si quiere y puede, pero no se le ocurra decirme que soy un terrorista por no comulgar con su ideario rojigualda.

Por otra parte, como política avezada y jefa de filas del PP en Cataluña (lo que a mi modo de ver demuestra hasta qué punto la meritocracia ha sido sustituida por la mediocricracia en este país), debería saber que el rechazo a su partido es cosa normal y forma parte del juego político. Eso se llama democracia, es decir, la expresión popular de la aceptación de ciertas ideologías y programas políticos, o bien su rechazo en las urnas. Lo que no deja de sorprenderme es que no aprecie usted que el rechazo de la mayoría de la sociedad catalana a su partido en las urnas se refleje también en la vida social. Parece como si usted esperara que en la calle las masas aplaudieran lo que en sede parlamentaria le rechazan.

Señora mía, cuando el discurso que arropa el ideario de un partido como el suyo es furibundamente agresivo contra una mayoría por lo demás pacífica, el rechazo social está implícito en el rechazo político. El PP nunca será un partido mayoritario en Cataluña, salvo que consigan ustedes imponer el partido único, otrora llamado Movimiento Nacional. Por tal motivo, serán ustedes siempre el partido de una importante minoría, cuyo programa político será generalmente rechazado por el resto de la ciudadanía. Se lo vuelvo a repetir: eso se llama democracia, aunque a sus correligionarios en general y a usted en particular mal que les pese que la democracia sea así

Lo de la exclusión es otra cosa. Censurable, si usted me apura. Pero con atenuantes más que notables, si me permite hacer honor a la objetividad. Cuando sus afines, amigos, cachorros y demás fauna que pulula entorno a las siglas del PP se permiten ir por la vida haciendo el saludo fascista, retratándose con la bandera del régimen franquista, e insultando a los catalanes colectivamente como nazionalistas y otras lindezas por el estilo; mientras muchos de los líderes populares proclaman atrocidad tras atrocidad, como la necesidad de ocupar Cataluña con un tricornio al frente y disolver el parlamento catalán, o peor aún, acabar con el régimen autonómico y volver al estado centralista y jacobino al que tan afines son en el PPSOE; y sobre todo cuando usted miente como una bellaca sobre la situación en Cataluña y la persecución que sufre el PP, lo menos que puedo decir es que ustedes practican la autoexclusión social por la vía de identificarse con lo peor del ultraderechismo imperialista español, algo que en Cataluña provoca verdadera grima incluso a los más moderados. Y  cuando ustedes además aprovechan el rodillo que les prestó el resto de España para apisonar cualquier iniciativa democrática, por razonable que sea, ¿cómo tienen la desfachatez de quejarse de lo poco que les queremos aquí?

Son ustedes los que se excluyen de todo: del auténtico juego democrático, del diálogo y la negociación, del debate sosegado, de la convivencia pacífica….Son ustedes los que (como siempre) se apropian de algo en lo que no creen –la democracia- para violarla, pervertirla y dejarla llena de mierda cada vez que la nombran y utilizan como si fuera un arma. La pistola que a muchos de los suyos les gustaría seguir empuñando como hace setenta y tantos años, Alicia.

En Catalunya no nos gustan los fascismos. Ninguno. Jamás. Y su partido, sus actitudes, sus declaraciones y sus estrategias propagandísticas dignas de Goebbels atufan a una demagógica intolerancia predemocrática, Alicia, de la cual es usted la máxima responsable.

Y si efectivamente se siente rechazada, piense que por aquí  algún millón que otro de catalanes ya no tenemos el cáliz para más hostias.

viernes, 24 de enero de 2014

Estos chicos

Semana cargadita de idioteces en la política nacional. Estos chicos del gobierno se nos están descontrolando con afirmaciones que es mejor tomarse a risa, por aquello de no perder el sentido del humor. Un humor muy necesario porque todavía no es delito tipificado en el código penal y porque soy de quines creen que en el fondo el PP lo que quiere es ponernos a todos de mala leche para hacer luego unas cuantas concesiones preelectorales con la poco disimulada finalidad de arrancarnos una sonrisa de satisfacción por lo bien que lo hacen Mariano y sus chicos y chicas del coro, y de paso y si es posible, que seamos tan burros de volverles a votar.

Personalmente desconozco si el señor Floriano es imbécil, pero lo cierto es que resulta innegable, desde una perspectiva totalmente objetiva, definir la mayoría de sus apariciones públicas como la escenificación de la estupidez más palmaria. O tal vez se dedica simplemente a la provocación abyecta, para atraer sobre sí el aluvión de las más que merecidas críticas y distraer al personal del foco de los verdaderos responsables de todo este galimatías político, que no son otros que los ministros que llevan as riendas del país. Como dice un buen conocido mío conocido y compañero de trabajo, sólo podrían interpretarse sus apariciones como las de los maletillas que están al quite para que las cornadas no vayan al diestro.

Y es que el señor Floriano ha tenido la ocurrencia de afirmar que estamos saliendo de la crisis gracias al esfuerzo de todos, pero especialmente de las rentas altas, afirmación que después se ha matizado con aquello de que se refería exclusivamente a los que tributan por IRPF. Digo yo que primero habría que definir que entiende el señor Floriano por rentas altas, porque  la aclaración no ha llegado a tanto y me temo que el dato se presta a una demagógica floritura, según se sitúe el límite de la riqueza. Por mi parte, quiero decirle al señor Floriano que al paso que vamos, las rentas altas en este país serán las correspondientes a los antiguos mileuristas, porque los demás o están cobrando salarios de miseria, o directamente no tributan al IRPF porque están en el paro.

En un país con 1,8 millones de familias con todos sus miembros en el desempleo, es un prodigioso sarcasmo decir que salimos de la crisis gracias a las rentas altas, cuando todo el mundo sabe, hasta en el FMI, que si salimos es por la más que archisabida proletarización de la clase media, cosa que ya advirtieron muchos entendidos y que yo reflejé en anteriores entradas de este blog, sobre la sinificación de los trabajadores españoles. Por si la filigrana fuera poca, Floriano ha redondeado la faena diciendo que todo esto se ha hecho sin cargarse la sanidad ni la educación pública. Hombre, pues sí, cargársela del todo, que es lo que les hubiera gustado a estos del "TDT Party", no lo han hecho; pero hay que ver cómo la han dejado, o sea, banderilleada, estoqueada y con rodilla en tierra.

Espero que al señor Floriano le cueste lo suyo tragarse esos sapos que ha de ingerir previamente a todas y cada una de sus comparecencias, porque de lo contrario, estamos ante un caso flagrante de psicopatología política digno de mayor estudio, y sobre todo de encierro en institución sanitaria. Pública, por supuesto, para que el señor vicesecretario del PP se entere de si ha habido recortes o no.

Otro que también desvaría es nuestro ministro de justicia, señor Gallardón. Debe ser porque hasta la ultraderecha europea le abandona en su proyecto de ley  del aborto, cuando personaje tan significativo como Marine Le Pen, pese a todo lo facha que es (y a quien al menos cabe la honradez de reconcoerse en el extremo derecho del espectro político), resulta conmovedoramente moderna y progre al afirmar que ella no apoyaría en Francia una ley del aborto como la que se propone infligirnos el ínclito ministro.

Y va pues el ministro de justicia y se explaya en el Congreso con un alegato pasmoso, reclamando a la izquierda que actúe en defensa del débil, como siempre ha hecho la izquierda, intentando equiparar el aborto a una especie de pugna entre los débiles fetos y las fuertes mujeres. Me pregunto si el señor Gallardón se escribió él mismo el discurso, o bien se lo pergeñó algún infiltrado guionista de "El Intermedio", porque acto seguido casi me atraganto con las croquetas de la cena, entre atónito, convulsivo y descojonado. Porque si la arenga del ministro dirigida a los escaños del PSOE les reclamaba que estuvieran donde siempre habían estado, es decir, a favor de los pobres y los débiles, quiere decirse, a sensu contrario, que Gallardón afirma que el PP ha estado siempre vinculado al interés de los fuertes y poderosos. Y claro, eso sólo puede ser producto de una infamante traición interna de su propio subconsciente, o externa de algún miembro de su equipo vendido al enemigo. Porque si remotamente cree en lo que dijo, lo que resulta procedente es la dimisión irrevocable y la adscripción, como milintante de base, a algún partido del otro lado de la calle,

En todo caso, recomiendo a Gallardón la misma terapia que a Floriano: un ingreso urgente en algún centro sanitario público para que se lo haga mirar. Porque esto, pese a lo acostumbrados que nos tiene el gobierno con sus destempladas salidas de tono y sus extravagancias justificatorias, ya resulta claramente demencial.. Para eso es mejor hacer la esfinge, como su barbado jefe de filas. Aunque bien pensado, como Rajoy practica el mutismo y tal, ellos deben compensar la absoluta e insustancial sosería de su discurso con una verborrea en exceso sazonada de incongruencias.

Y es que estos chicos no tienen remedio.


sábado, 18 de enero de 2014

Exorcismos

Según informan los medios, en España se ha disparado el número de sacerdotes autorizados por determinadas jerarquías católicas para practicar exorcismos. El asunto parece de broma pero tiene mas enjundia de la que aparenta a primera vista. Según la Iglesia católica -merece la pena recordar que admite incuestionablemente la existencia de Satán y demás agentes demoníacos- el mal se ha extendido por el mundo de forma prácticamente incontrolable y universal, y ello se traduce en el aumento exponencial de posesiones demoníacas, particularmente en  nuestras mediterráneas tierras.

No voy a discutir sobre la existencia de los espíritus malignos, pues allá cada uno con sus creencias, que pertenecen al ámbito estrictamente religioso y personal. Sin embargo, la creencia en el diablo y en las consecuencias de su existencia para la humanidad tiene consecuencias políticas y sociales que no se pueden desdeñar.

Elevar la figura del diablo desde el ámbito religioso al social, y de ahí al político, que es lo que están haciendo determinadas jerarquías católicas, reviste una gravedad que me parece que pocos han sabido señalar. Animados por las huestes del ultracatolicismo más estrambótico (o sea, el venido de tierras hispanoamericanas), que en gran medida no es más que la traslación de las religones animistas y mágicas de las culturas nativas a la estructura del catolicismo, gran parte de la jerarquia católica no ha dudado en explotar al máximo la ingenuidad de muchos fieles y su creencia a pies juntillas en la perversa acción del diablo. 

No resulta difícil ver hasta que punto la superstición se superpone a la fe en esas capas populares caracterizadas, sobre todo, por una culturización más que deficiente y una carencia casi absoluta de pensamiento crítico. De este modo, millones de personas cruzaron el Rubicón de los espíritus naturales y los dioses precolombinos hasta asentarse en el dios uno y trino cristiano, llevando consigo gran parte de las tradiciones originales, que se incorporaron al catolicismo misionero, y que han desembocado en este extraño fundamentalismo cristiano de nuevo cuño que galopa por toda Iberoamérica y que en pocos años ha tomado plaza en España.

Así que estamos en el punto en el que, con todos ellos, ha desembarcado también el diablo, y que ese personaje es el responsable de la expansión del mal por las tierras cristianas.Y la Iglesia Católica, atenta al quite, parece haber encontrado un nuevo filón para arrimar el ascua del miedo a su sardina de la fe, y encuentra casos de exorcismo por doquier, hasta el punto de que el overbooking actual de posesiones demoníacas la ha obligado a incrementar más que notablemente el número de curas exorcistas en determinadas diócesis, con no poco regocijo de algunos sectores que podríamos denominar sin miedo a equivocarnos como ultrareaccionarios.

Bien, cada empresa busca su expansión como mejor les conviene, pensarán algunos, y a fin de cuentas la publicidad  casi siempre es engañosa, así que tampoco importaría demasiado que el catolicismo engrose y refuerce sus filas con supercherías de alto voltaje, si no fuera porque  se está jugando con la fe de personas de ingenuidad casi infantil y llevándolas a prácticas exorcistas que en algunas ocasiones sonadas han concluido en condenas penales a padres y sacerdotes por no tratar desórdenes que no eran tales posesiones infernales, sino meros casos de esquizofrenia no diagnosticados.

Sin embargo el asunto de los exorcismos tiene otra cara mucho más oscura y perniciosa desde el punto de vista social. Con el visto bueno de algunas jerarquías católicas, esta repentina omnipresencia del Maligno permite a muchos esconder la cabeza bajo el ala: el Mal existe, y está triunfando, pero los Hombres no somos responsables de nada de lo que sucede. Todo es obra de Satanás, y por lo tanto, nada podemos hacer con nuestro propio esfuerzo humano para vencerlo. Debemos encomendarnos a la Santa Madre Iglesia y seguir sus dictados y recomendaciones. Y rezar, rezar mucho. Y por supuesto regresar al seno del catolicismo, que es lo único que nos puede preservar del mal.

No está de más subrayar que muchas culturas primitivas (no primitivas en un sentido peyorativo, sino en el más exacto en cuanto a la evolución del rigor científico y del pensamiento crítico) tienden a atribuir todos los males que las afligen a entidades externas, que invariablemente son espíritus malignos. Esa actitud tiene una doble función, que cumple con mucho éxito. En primer lugar, exime de responsabilidad alguna a los dirigentes de la sociedad, poniendo de manifiesto que si algo malo sucede, no es por su incompetencia o maldad, sino porque fuerzas intangibles de orden superior se han aliado para perturbar la armonía social. En segundo lugar, actúa como un aglutinante social que permite a todos los individuos reagruparse bajo la protección de algún tipo de salvador que les conduzca al triunfo final sobre los espíritus del mal.

De este modo, ante los reveses socio-políticos, las clases dirigenes encuentran un arma formidable que les salva el pellejo frente a todo tipo de desastres y al mismo tiempo les permite reforzar su papel director de una sociedad sumisa y que está dispuesta a seguir ciegamente los dictados del ritual exorcizante necesario para no sucumbir ante las fuerzas demoníacas. No resulta extraño que, siguiendo el mismo esquema, determinados ámbitos del clero católico, caracterizados por sus posturas ultras y por atender a una clientela muy sugestionable, hayan encontrado el filón del siglo XXI en el Diablo que, según ellos, permea todas las capas de la sociedad.

Se me antoja una grave irresponsabilidad en estos tiempos de zozobra social y política, que no son más que el reflejo de una crisis del paradigma social vigente, que personas cultas y formadas atribuyan a un supuesto Maligno la causa de los males que nos aquejan, pues ello no es más que desviar el foco de atención respecto de quienes son los verdaderos responsables del punto al que hemos llegado. El abyecto trayecto que ha recorrido la sociedad occidental en los últimos años no es obra del demonio, sino de una serie de factores entre los que, desde luego, no está de más el poder omnímodo que las democracias occidentales han concedido al neoliberalismo salvaje de corte ultracapitalista. La responsabilidad es de todos quienes han alentado el beneficio a ultranza como principio fundamental del movimiento hacia la nada en el que estamos sumidos y no de un espíritu malvado y revanchista ajeno a nosotros y que está en pugna eterna con un Dios benevolente.

El mal está en nosotros, no en un ente externo que nos perturba y nos posee. Eso es una inicua excusa para no hacer nada y dejar que los de siempre, que curiosamente suelen ser los que van a misa todos los domingos, sigan gobernando el mundo a su antojo, protegidos por la cruz, la espada y la billetera. El sector más rancio de la jerarquía religiosa dominante, siempre necesitada de un enemigo exterior global frente al que unir fuerzas y ahogar críticas no deseadas, ha optado por la vía que podría parecer risible, pero que no lo es tanto: un enemigo inmaterial, invisible y omnipresente. Y contra él azuza a las masas, en el más puro estilo del chamán de la tribu. Y al mismo tiempo las mantiene mansas, reducidas a la oración y al exorcismo.

Frente a una más que deseable asunción de nuestra responsabilidad individual y colectiva por los males que aquejan a la sociedad occidental, se alza de nuevo el remedo burdo de una obediente espiritualidad para combatir, a las ordenes de los autoproclamados generales de Cristo, a los ejércitos del Maligno. 

Y luego los hay que me discuten si la religión es el opio del pueblo.


viernes, 10 de enero de 2014

El aborto de Gallardón

Lo malo de los partidos políticos no es que pretendan que sus militantes suscriban la totalidad de su programa, sino que pretenden hacernos creer que sus votantes -muchos de los cuales son puramente circunstanciales- también lo ven así. Es uno de los peores defectos de los sistemas electorales de listas cerradas, que imponen no sólo una cerrazón electoral sino también mental, por lo que se ve.

En las democracias anglosajonas (siento constatarlo, pero son las únicas que lo son de verdad) los sistemas mayoritarios y/o de listas abiertas permiten una mayor libertad de actuación tanto al electorado como al diputado electo. La disciplina de voto se encuentra naturalmente modulada por el principio de que el diputado se debe ante todo a su circunscripción, y por tanto a sus votantes, incluso antes que a su partido. Por eso son archiconocidas las constantes negociaciones que se dan en la Cámara de Representantes norteamericana, donde no es infrecuente que congresistas demócratas voten contra la línea oficial de su partido, mientras que lo mismo ocurre entre las huestes republicanas.

Aquí no, en este país de abortos que no fueron pero que mejor hubieran sido, se pretende no sólo una adhesión inquebrantable a la línea oficial del partido, muy del estilo ultramontano de los fachas que se enquistaron, repodujeron y perpetuaron en el poder a la luz de la Transición, sino que además se nos quiere hacer creer el cuento de que el electorado es un mazacote hermético, homogéneo y sin fisura alguna. Dejando  a un lado lo penoso del argumento de la disciplina de voto, que deja al diputado en el lugar de un mero robot pulsador de botones en el hemiciclo (me pregunto si no sería más cómodo, sencillo y desde luego mucho más barato sustituir a toda esa canallada trajeada por meros relés controlados a distancia, pues para nada más parecen servir); estos del PP, que a estas alturas de la legislatura se me antojan totalmente repugnantes en casi cada una de sus manifestaciones, pretenden decirnos que la ley del aborto increíblemente retrógrada que propuganan es un deseo de todo el electorado que les aupó -para desdicha de la libertad- al poder que hoy ejercen como si fuera suyo para siempre.

Vamos, imbéciles, a ver si nos enteramos: el deslizamiento del voto masivo a favor del PP que se produjo en 2011 fue fruto de la desesperación popular frente a una situación económica que creían que sólo podía enderezar un cambio de timonel político. El resto del programa le importaba un bledo a la mayoría de los millones de electores que cambiaron de bando. Cuando el paro está llamando a tu puerta y el agobio por pagar la factura de la hipoeca no te deja dormir, lo prioritario es la economía. Y en consecuencia, votas a quien te promete que le dará un giro radical al país y lo pondrá de nuevo sobre los raíles del bienestar. Lo demás te parece secundario, salvo que seas militante de pro y te hayas leído, siquiera superficialmente, el programa electoral.

Cosa que no hicieron la mayoría de españolitos (que por otra parte no suelen ir nunca más allá de los titulares) y así nos va. Cierto es también que muchos votantes realmente centristas e incluso de izquierda decidieron ceder el paso al PP por una cuestión que muchos consideraban de higiene política ante la debacle interna del PSOE y su tremendo desgaste en el gobierno. Para evitar una fragmentación de voto hacia formaciones pequeñas que hubiera traído consigo un grado de inestabilidad poco deseable, optaron por votar a la otra única formación nacional potente para permitirle formar un gobierno fuerte. Y tan fuerte, con una mayoría absoluta que jamás podría siquiera soñar de no haber mediado una crisis tan atroz, aunque ahora sabemos que hubiera dado lo mismo que hubiéramos votado masivamente a los payasos de la tele, pues el rumbo en el área económica lo hubiera impuesto igualmente Merkel y compañía.

Así que siguiendo su habitual estilo chuloputesco, provocador, ultramontano, montaraz y decididamente fascista, estos nietos de Franco nos dicen con toda naturalidad que creamos que sus casi once millones de votantes están todos ellos en contra de una ley de aborto de plazos. De entrada, sus votos, aún siendo muchos, no llegaron a ser ni la mitad de todos los votantes, y mucho menos si se tiene en cuenta al electorado que se abstuvo. Por otra parte, vista la trifulca interna que hay entre sus diputados, podemos suponer que los ciudadanos que votaron al PP se encontrarán al menos tan divididos como aquéllos. Lógico, por otra parte, teniendo en cuenta lo que siempre se ha dicho respecto al PP: que aglutina, para desgracia de casi todo el país, a todo el espectro político desde el centro liberal hasta el extremo de la camisa azul y la sotana con garrota..

Quiero ser generoso con la estadística y, ante la falta de datos, aceptaré incluso el peor de los escenarios: que la mitad del electorado del PP es ultraderechista y meapilas a partes iguales e igualmente antiabortista. Eso me da cosa de unos cinco millones y medio de votos. Entonces, digo yo, esa cuarta parte del electorado que responde al sector del "hijoputa" (que decía la Aguirre, no yo), va a conseguir que nos impongan, por sus cojones y olé, una ley de aborto de supuestos que no tienen en forma tan regresiva países con gobiernos conservadores de nuestro entorno. Ninguno de ellos.

Además, quiero señalar que este país se declara aconfesional según esa tan intocable Constitución que invocan continuamente esos ministros que padecemos, y resulta intolerable que un asunto que es claramente de orden religioso, atizado por la secta de monseñor Rouco y sus secuaces, se convierta de nuevo en el eje de la política social de un país que ya vivió demasiados años pendiente de lo que pretendidamente decidía Dios en las alturas. Recortar libertades tan difícilmente ganadas en atención a unos pretendidos e indemostrables valores absolutos es de lo más despreciable que puede hacer un político. Y por descontado, le excluye de autoproclamarse demócrata por los siglos de los siglos. Amén.

Finalmente me pregunto si este empecinamiento de los Wert, los Fernández Díaz y los Gallardón que tanto nos afligen en tirar adelante leyes que saben positivamente que serán tumbadas en cuanto gire la tortilla responde en el fondo a un tic autoritario del que no pueden desprenderse porque lo llevan en los genes (lo cual sería tremendamente preocupante y mostraría a las claras hasta que punto el sector ultra disfrazado de moderno gobierna este país) o si acaso es que son directamente cortos de entendederas y no se dan cabal cuenta de que los temas controvertidos necesitan un consenso nacional amplio, y que eso significa negociar y hacer concesiones por todas las partes implicadas. Lo demás es trabajo en vano durante una legislatura, para ser deshecho en la siguiente. Porque eso es lo que sucederá con la ley de seguridad ciudadana, la ley de educación y con esa maldita ley del aborto que pone la guinda al pastel de la represión de la libertad en este desgraciado lugar llamado España.

Y luego hay quien se pregunta porqué los catalanes queremos marcharnos. ¿Acaso  les puede extrañar?.


domingo, 22 de diciembre de 2013

Todos son iguales

Estas últimas semanas, a medida que se han ido desgranando los entresijos de casos y más casos de corrupción político-económica  y se ha extendido la devastadora sensación de que este país ha sido gobernado como un cortijo durante los últimos diez o doce años (sí, señor Blesa, sí: no es que Caja Madrid fuera un cortijo y usted su señorito, sino que el suyo era uno más -especialmente sangrante- entre otros tantos cientos de cortijos en los que la clase gobernante convirtió el solar ibérico), también han sido las semanas de las amargas quejas de los políticos autodenominados honestos -que los hay y muchos, según dicen ellos mismos en una especie de ejercicio autoexculpatorio que tiene más de exorcismo que de auténtica convicción- y que no quieren ver su nombre ni su actividad revolcados por el lodo de la inmundicia choricera a la que han condenado a los representantes de la soberanía popular sus colegas más apañados de antaño.

En primer lugar, está por ver si la política en general y los políticos en particular pueden ser exonerados de culpa sólo por el hecho de que exista una especie de "mayoría silenciosa" política que no se haya forrado con comisiones, sobornos, tráfico de influencias y todo el resto del catálogo de corruptelas varias con las que puede adornarse el currículum de un político de fuste. A mi me da que no, y en las próximas líneas voy a explicar el porqué, un ejercicio que espero que sirva de purgante y emético de toda la mala leche que llevo acumulando durante demasiados días de este año agonizante.

Me pregunto, en primer lugar, si tiene sentido todo ese calvario mediático al que día sí y día también nos someten con revelaciones que no es que sean terriblemente escandalosas, sino que constituyen una clara invitación  a una revolución social -y no pacífica precisamente- para poner a todo esa caterva de ladrones desvergonzados justo donde se merecen (que no es en prisión, sino dos metros bajo tierra, que es lo que hubiera sucedido si viviéramos en 1917 o sí, alternativa y milagrosamente, el pueblo de este país desgraciado tuviera las agallas que se han de tener para echarlos a todos a patadas). Y me lo pregunto porque parece que la conclusión clara es que todo el mundo está decidido a salvar el Sistema por encima de todo, es decir, como los confesores de nuestra infancia, que todo lo solventaban con diez padrenuestros y diez avemarías, semana tas semana, pecado tras pecado, convirtiendo en venialidades y banalidades unos hechos cuyo diagnóstico es muy grave. Gravísimo.

Y que todo el mundo político tenga interés en salvar el Sistema, con todo lo que tiene de ineficaz, corrupto e incapaz de prevenir primero, y castigar debidamente después, actividades que han puesto en entredicho el nombre y el prestigio de la democracia entre amplísimas capas de la población española me hace reflexionar sobre si no será que toda esa "mayoría silenciosa" de políticos presuntamente honestos tiene mucho que perder si realmente se le da un revolcón al sistema político, empezando por la Constitución, y se rediseñan las bases mismas de nuestra convivencia democrática. 

Porque ver a políticos veteranos aduciendo que ellos no han participado del entramado de corrupción, y mostrando sus declaraciones de renta y patrimonio (como si eso sirviera de algo) me causa cierta perplejidad que resumiré de forma breve: no cuela. Del mismo modo que no cuela la señora con marido oficinista, pero con abrigo de pieles y deportivo en la puerta del chalet que afirma no saber nada de las actividades del presunto; como tampoco cuela el concejal de pueblo que asiste orgulloso a la inauguración de un lustroso polideportivo que nadie necesita, y ni se cuestiona qué coño significa semejante dispendio; ni mucho menos convence en absoluto el diputadillo autonómico que asiste regularmente a la bombonera en que han convertido la sede del partido sin cuestionarse siquiera cómo se han pagado los mármoles de la fachada.

A todos esos que dicen desconocer las actividades de sus compañeros de partido y de escaño no me los creo, como haría bien en no creérselos nadie con un mínimo de higiene mental, porque hay evidencias que no pueden pasarse por alto, salvo que a uno le convenga hacerlo. O peor aún, que aunque no quiera hacerlo, no pueda impedirlo porque si se mueve, no sale en la siguiente foto, como decía el ínclito Alfonso Guerra, en aquellos tiempos en los que la democracia parecía otra cosa, y no se le veían continuamente las bragas manchadas de mierda.

Pues creo yo que no ser corruptos, pero tolerar la corrupción de nuestros compañeros porque nos jugamos nuestro medio de vida -nuestro escaño- si nos mostramos rebeldes o críticos; o si  no tenemos la valentía y el coraje de denunciar  a nuestros propios compañeros de formación por un erradísimo concepto de la lealtad partidista; o mucho peor aún, si estamos donde estamos porque somos simplemente una nulidad parlamentaria y un cero a la izquierda políticos y sólo servimos para darle al botón previsto por la dirección del partido en cada votación y fuera de ese supuesto ni siquiera existimos (y dicho sea de paso, ya nos está bien así); eso, afirmo, es ponernos en la misma posición que el corrupto. Pues como el pecador, se puede ser corrupto por acción y por omisión, y de esos últimos está nuestra democracia plagada.

Todos los que durante años han mirado para otro lado y ni siquiera han interpelado a sus jefes de filas sobre las extrañas cosas que estaban sucediendo a su alrededor son tan culpables como el que más, y que no me vengan con panes, que no está el horno para más hostias. Todos los que secretamente censuraban las actividades ilícitas de compañeros de partido pero no se atrevían a denunciarlas públicamente porque se la jugaban en solitario y se les hubiera acabado el chollo, que callen ahora, al menos por un mínimo de pudor cívico. Y todos aquellos que realmente no se enteraron de nada de lo que ocurría porque simplemente eran comparsas sin ningún valor más que el del disciplinado voto que otorgaban a sus jefes cuando eran requeridos, que al menos se avergüencen de su condición de inútiles prescindibles, que les incapacita para toda representatividad política.

O sea que, queridos "políticos honestos": o no eran ustedes tan honestos como proclaman a los cuatro vientos, pues sus omisiones fueron como un abono en un campo plagado de malas hierbas; o no eran tan "políticos" como suponían, porque no valían más que como sicarios de los gangsters que se apoderaron del poder político y económico de España en los últimos años. Y eso les equipara, como no, a todos esos nombres que acaparan los titulares desde hace ya demasiado tiempo. Y les inhabilita para representar al pueblo soberano. 

A todos esos políticos honestos sólo les redimiría hacerle un gran servicio al país: hacerse el harakiri impulsando una reforma política en profundidad, empezando por la Constitución y las leyes electorales, y acabando con las viejas estructuras. Rebelándose contra sus propios jefes desde el interior de los partidos políticos, y exigiendo la dimisión y desaparición de la escena pública de todos los actores que llevan en escena demasiados años. Negando el pan y el agua a toda una clase que ha engordado a la sombra del sistema representativo. Un Sistema que es imposible regenerar con toda esa caterva de la vieja guardia pululando por los intersticios de la democracia.

O sea que sí, la respuesta es categórica y afirmativa. son todos ustedes iguales. Demostrarle lo contrario al pueblo español queda en sus manos, señorías. 


miércoles, 11 de diciembre de 2013

El odio

Esta semana se me ha presentado dubitativa. Podría haberme despachado contra el ministro Montoro, individuo peligroso y recalcitrante que cada vez que habla deja ver las costuras de un temible autoritarismo encubierto con unos modos suaves, una pose aparentemente tranquila y una voz aflautada que no permiten suponer, de entrada, su rabioso sectarismo. Y que ha conseguido poner en pie de guerra a media Agencia Tributaria por considerar que en ella hay demasiados socialistas (podía haber dicho "rojos" y la cosa no hubiera quedado fuera de contexto). Lo cual pone de manifiesto que los gobiernos quieren una Administración Pública sumisa y dependiente, y que, a poco que les dejásemos, volvería la época de las purgas generalizadas. Lo cual no significa que ahora no existan, sino que se hacen con cierto disimulo.

También podría haberla emprendido contra el presidente Rajoy, que parece ser que tiene la necesidad imperiosa de hacer el papanatas de forma pública y notoria, al manifestar su profunda emoción porque las exequias de Mandela se celebraban en el mismo estadio en el que España se proclamó campeona del mundo de fútbol. Como si una cosa tuviera que ver con la otra y ambas emociones fueran análogas. Desde la época de los hilillos del Prestige no se había visto semejante majadería que, caramba, tuvo el mismo protagonista. Y estos luego presumen de reponer a España en el lugar que se merece en el concierto de las naciones y bla, bla. 

Pero no, finalmente, la noticia que me ha llamado poderosamente la atención es la acción semiconjunta de PP, Ciutadans y UPyD para solicitar la actuación de la fiscalía contra los organizadores del simposio "España contra Cataluña", por posible comisión del delito de incitación al odio. Y es que estas cosas me abren las carnes y le piden guerra al cuerpo.

Porque, en definitiva, de siempre es sabido que las cuestiones historiográficas son motivo de encendidos debates, acusaciones, réplicas y contrarréplicas, pero hasta ahora, la interpretación de hechos históricos nunca había dado con sus huesos en la fiscalía. Resulta obvio que el devenir de los hechos históricos se presta a interpretaciones a veces muy sesgadas, y para muestra vale el botón reciente de Nelson Mandela, que hasta hace pocos años estaba en la lista de terroristas del FBI, para acto seguido ser galardonado con el premio Nobel de la Paz. Se ha dicho hasta la saciedad que la historia la escriben los vencedores. Yo añadiría que los escribidores de la historia son en muchas ocasiones mediadores oportunistas de intereses estratégicos que sobrevuelan por encima de nuestras cabezas. Pero de ahí a considerar que un simposio historiográfico es una muestra de incitación al odio hay un trecho de estupidez, mala baba y anticatalanismo rampante. 

Las cuestiones históricas se debaten en el foro correspondiente, que es el del simposio abierto a todos, y del cual podrían obtenerse conclusiones interesantes si todas las partes en conflicto contribuyeran desde una perspectiva civilizada. Pero nunca deben ser objeto de controversia penal. Cuando llegamos a este punto es que estamos en una franca regresión de las libertades cívicas, que es algo que todos los ciudadanos progresistas estamos viendo ceñirse sobre España a pasos agigantados. Y como muestra un botón: cuando en 1978 se público el tocho de Josep Benet "Catalunya sota el règim franquista" (editorial Blume), con un sinfín de datos sobre la persecución política de la lengua y la cultura catalanas durante la dictadura, nadie osó interponer acciones penales contra el célebre historiador por tal motivo. Y mira que el libro contiene afirmaciones de una dureza extraordinaria.

Pero es que yendo más allá del papanatismo del bloque españolista con su petición de tipificación penal, me pregunto si es que a esos garantes de la convivencia cívica entre España y Cataluña se les ha pasado alguna vez por la cabeza pedir la apertura de diligencias penales contra los responsables de medios de comunicación como Intereconomia, que día sí y día también se despachan contra Cataluña y los catalanes en términos mucho más agresivos, insultantes e incitadores al odio que las propuestas de los organizadores del simposio. O contra los milicos que, exaltados, calman por una intervención armada en Cataluña, y de paso y si conviene, el exterminio de todo ápice de catalanismo político.

Estas asimetrías causan sonrojo y rabia, porque de forma implícita respaldan los ataques diarios, masivos y de amplia difusión de determinados medios de comunicación contra Cataluña. Y por el momento no he visto a Rosa Díez, a Albert Rivera o a la Camacho salir al paso de semejantes atrocidades, ni mucho menos solicitar al fiscal que las investigue por si hubiera -que la hay- incitación al odio.

Así que casi todos los catalanes (así como aquellos que no lo son pero que tienen dos dedos de dignidad democrática y de sentido crítico) sabemos perfectamente qué es la incitación al odio porque la padecemos a diario. Y sabemos también quienes la respaldan aunque se camuflen bajo formalismos de convivencia democrática. Y la seguirán respaldando siempre, más por omisión que por acción, porque les reporta beneficios electorales a costa de Cataluña y de sus ciudadanos. Nosotros, los catalanes, seguiremos esperando que un día algún capitoste del PP, de UPyD o de Ciutadans salga a defendernos frente a las barbaridades que se dicen pública e impunemente por ahí.

Mientras tanto, lo único que podemos concluir es que todas esas siglas son únicamente las de los quintacolumnistas de quienes pretenden romperle el espinazo a Cataluña. Y actuar en consecuencia en las urnas.


lunes, 2 de diciembre de 2013

El ministro

A los ministros de interior se les suele demudar el semblante a medida que pasa el tiempo en el ejercicio de sus cargos. Adoptan esa expresión permanentemente ceñuda que casa perfectamente con una mezcla de amargura, mala leche y reprobación perpetuas de la ciudadanía.

A nuestro ministro de interior, señor Fernández Díaz, le pasa exactamente lo que a todos los demás antecesores en el cargo en este y cualquier otro país, y que se resume perfectamente en esa expresión que ya no es de severidad, sino de manifiesta enemistad con eso que tienden a llamar despectivamente “la calle”, excepto cuando afirman -como hacía Fraga- que “la calle es mía”, excluyendo de su uso público a cualquiera que no comulgue con sus ruedas de molino.

Ese sentido de apropiación del espacio público al que ningún ministro de interior es inmune, se va desarrollando con los años de ejercicio policial con la misma inexorable exactitud y precisión de un reloj suizo, y se convierte, a la postre, en una concepción del espacio público como lugar para asueto exclusivo de ciudadanos mansos y silenciosos, nada proclives a demostraciones contrarias a la doctrina oficial. La tentación de convertir la calle en lugar de acomodo exclusivo de quienes simpatizan con sus represivas ideas es enorme, bajo la cobertura, un tanto cogida por los pelos, de cierta doctrina que asume que la oposición al gobierno y las demostraciones contrarias al  mismo son perniciosas para la democracia, como si una cosa y la otra fueran la misma.

Equiparar gobierno de turno con democracia, y su ideología con los principios del estado de derecho es una confusión interesada y totalmente errónea, a la que sin embargo el señor Fernández Díaz es incapaz de sustraerse, de tan imbuido que tiene el concepto según el cual él representa el  único orden público y la convivencia cívica posibles, lo cual le lleva a excomulgar de entrada a todos cuantos se oponen a sus regresivos conceptos sobre lo que significa la paz ciudadana.

Porque a fin de cuentas, los ministros de interior en ejercicio se tornan unos extremistas del imperio de la ley hasta el punto de pretender sancionar cualquier desviación de su oficialísimo dogma, al más puro estilo de los ayatollahs iraníes. La paz social a cualquier precio es sinónimo de amordazamiento del pueblo y contiene una peligrosísima deriva autoritaria, más notable aún cuando quien la ejerce es un gobierno de derechas, que por definición gobierna –al menos teóricamente- para el pueblo pero sin el pueblo, en el más puro estilo del despotismo ilustrado.

Porque a fin de cuentas, despótica es la nueva ley de seguridad ciudadana que pretende colarnos el PP con el aplauso nada disimulado de su ministro de interior; así como despóticas, inadmisibles y realmente bárbaras son las palabras que dirigió hace pocos días a la policía autonómica vasca, afirmando públicamente que los recibimientos a los expresos etarras liberados por la sentencia Parot no se hubieran producido jamás de tener competencia en las calles del País Vasco la Policía Nacional o la Guardia Civil. Deduzco de ello a que como tanto una como la otra dependen de su severísima persona, hubiera ordenado moler a palos a quienes se acercaron a recibir a quienes, cumplidas sus condenas, salieron a la calle por más que le pesara al PP y sus mandamases.

Sucede que la misión de los cuerpos policiales no consiste en ir reprimiendo a guantazos por ahí a todo el que disgusta al gobierno, sino mantener el orden público y la paz ciudadana dentro de los más estrictos límites de la legalidad constitucional y siempre con la menor violencia posible. Por eso cualquier estado de derecho se reconoce en admitir la libre expresión de los ciudadanos en la calle mediante los derechos de reunión y de manifestación, y que la función del gobierno es garantizarlos siempre, con independencia de las simpatías que les despierte el colectivo que pretenda ejercerlos, sobre todo si es por la vía pacífica, como fue el caso.

En última instancia, no es al ministro del interior al que corresponde reprimir por la vía directa los vítores –si es que los hubo- a los expresos etarras, pues si el derecho de reunión ejercido vulnera la ley, es la fiscalía la que debe adoptar las medidas necesarias a través de los procedimientos judiciales correspondientes.  Pero presuponer que las reuniones callejeras son delito para aplicar la porra de antemano según un juicio de valor sesgado (cuando no directamente sectario y oportunista)  delata una concepción de la acción de gobierno más cercana al fascismo puro y duro que a la democracia en la que se supone que vivimos.


La policía no está para impedir reuniones pacíficas de ciudadanos, por mucho que el señor ministro repudie sus ideas y el pasado delictivo de los etarras liberados. Así pues, el gobierno vasco hizo muy bien de no enviar a sus fuerzas de orden público a lanzar gases y pelotas de goma al tuntún para disolver a los allí reunidos. Pero lo más grave del asunto, es que el señor Fernández Díaz puso en la picota de forma injusta y totalmente a la ligera a un  cuerpo de seguridad del Estado que ha pagado su compromiso con la sociedad con sonadas bajas en su lucha contra el terrorismo, y del que nadie puede dudar de su competencia y lealtad institucional. El señor ministro ha usado a los policías autonómicos para hacer su personal y ruín campaña mediática de tintes claramente electoralistas y haciendo un guiño descaradamente revanchista a los sectores más ultras de la ciudadanía. Y eso, si es un error, es imperdonable. Y si no lo es, es de juzgado de guardia, señor ministro.

jueves, 21 de noviembre de 2013

La sociedad cerrada

Henri Bergson acuñó el concepto de sociedad abierta para referirse a todas las democracias fundadas en estados de derecho. Con el tiempo, Russell y sobre todo Popper, le dieron un significado más profundo, especialmente el segundo de ellos, a través de su influyente obra La Sociedad Abierta y sus Enemigos, que pese a los años transcurridos desde su publicación, resulta una lectura sumamente recomendable hoy en día, sobre todo por la deriva que están tomando las sociedades del mundo occidental.

Las sociedades abiertas se caracterizan por tener su fundamento íntimo en los derechos y libertades civiles, en que sus sistemas políticos y de gobierno son transparentes, tolerantes y flexibles. Y en que sus leyes, más que centrarse en las restricciones, son normas de carácter positivo y alentador.

La sociedad abierta tuvo durante muchos años dos enemigos externos muy definidos: el comunismo y el fascismo, encarnados en gobiernos autoritarios, típicos representantes de la aspiración a una sociedad cerrada. Una sociedad que se fundamenta en el anatema del libre pensamiento, en la restricción de la libertad de acción y en la negación de la libertad individual (incluso en la esfera íntima). Los regímenes autoritarios son regímenes prohibicionistas e intolerantes, y de ahí la innegable superioridad que otorgaba Popper a las democracias occidentales, cuyo máximo exponente de progreso, creatividad y libertad era la sociedad norteamericana de posguerra.

Con la decadencia de los regímenes fascistoides del hemisferio occidental y la caída del muro de Berlín, la sociedad abierta se quedó sin enemigos exteriores. Es entonces, cuando a la luz del pensamiento neoconservador, especialmente alimentado por el atentado de las Torres Gemelas y la pujanza del terrorismo internacional, así como por el devastador impacto sobre la libertad individual de las medidas adoptadas por los gobiernos para controlar la guerra desatada por Al Qaeda y sus colaboradores, cunado el enemigo de la sociedad abierta pasa a ser un enemigo interior: el propio ciudadano puede ser ese agente destructor del orden y la paz social.

Un cambio de paradigma terrible que desata la suspicacia y la paranoia social hasta extremos nunca antes vistos –con la posible excepción de la caza de brujas del senador McCarthy- y que sienta las bases de una creciente política regresiva en el ámbito penal y de las libertades individuales. Restricciones cada vez más considerables, que se amparan en la paranoia de seguridad desatada en todo occidente de forma más o menos interesada, por un lado; y en una manipulación cuidadosamente llevada a cabo de la opinión pública sobre las cuestiones de seguridad ciudadana, fomentando  el terror a toda vulneración del statu quo y ampliando el espectro de las acciones presuntamente delictivas de una forma aberrante. Como con no poco sarcasmo comentan algunos, estamos llegando al punto en que, en principio, está prohibido todo, y lo que no lo está es porque constituye una excepción a la regla.

De este modo, nos encontramos que los adalides del “gobierno fuerte” han conseguido hacer calar en la ciudadanía un sentimiento de indefensión que les permite legislar cada vez más restrictivamente, y alumbrar un sistema  ultrarregulado, donde todas las actividades públicas, y casi todas las privadas pueden ser objeto de sanción si se percibe la más mínima desviación de la norma. Esta sociedad reglada y reglamentada, donde los gobiernos de turno alimentan el miedo cerval de los ciudadanos a todo cuanto tenga el más leve tinte de heterodoxia ante el pensamiento único imperante, ha conseguido demonizar todo aquello que  tiene la vida de natural, comenzando por la por la incertidumbre del mero hecho de vivir.

La vida, en sí misma, es un hecho incierto, cargado de peligros, sobre todo si decidimos usar  nuestro derecho natural a pensar libremente y a actuar en consecuencia. La vida social, debido a la extraordinaria complejidad de las sociedades modernas y al casi incontable número de interacciones distintas que puede haber entre sus miembros, es aún si cabe más incierta que la privada. Sin embargo, la ciudadanía, sumida a posta en un estado de perpetuo infantilismo, reclama cada vez con mayor intensidad respuestas legislativas que lo abarquen todo, hasta el más mínimo de los detalles, con una minuciosidad nunca vista.

Pretendemos estar cubiertos de todas las eventualidades. Tratamos de reconducir un sistema caótico y complejo a una situación de simplicidad artificial e inexistente y que únicamente se puede lograr a base de regulaciones extensísimas tanto en el ámbito penal como en el civil, pero pagando un precio altísimo, del cual muchos no parecen estar dándose cuenta. Si hacemos que un poder superior regule nuestras vidas hasta en los menores detalles, estamos renunciando a ser individuos libres, por más que nos quieran hacer creer lo contrario. Una sociedad libre no es una sociedad hiperreglada, sino todo lo contrario.

De la sociedad reglada al estado policial hay muy poca distancia, como muchos europeos residentes en los Estados Unidos han podido constatar en propia carne. Del estado policial a la sociedad cerrada a la que se referían Bergson, Russell y Popper, aún hay menos distancia. Es la propia ciudadanía la que está poniendo en manos de los gobiernos su destino, renunciando a su libertad publica colectiva e individual a cambio del plato de lentejas de una presunta seguridad que no es tal y que beneficia a unos pocos, los de siempre. La engañosa seguridad a la que nos dirigimos genera monstruos, que no son otros que los que ya advirtió Brecht con su admonición de que el vientre de la bestia aún es fecundo, cuando se refería a los regímenes totalitarios derrotados tras la guerra mundial.

El proyecto de Ley de Seguridad Ciudadana que impulsa el gobierno del PP es, se mire como se mire, un clavo más remachando la tapa del ataúd de la libertad en este país, siguiendo la directriz dominante en otras partes del “imperio occidental”. La sensación de asfixia ante tanta disposición legal y reglamentaria que se extiende entre la minoría de quienes se resisten al pensamiento único imperante es acongojante, pero no suficiente para revertir el proceso de secuestro de las libertades a que estamos siendo sometidos y al que nos resignamos como mansos corderitos. Es preciso un cambio de paradigma que se centre en la pedagogía masiva en todos los estamentos de la sociedad, y que haga entender a los ciudadanos que la incertidumbre es consustancial a la vida misma. Que no podemos tenerlo todo controlado ni dar respuestas estatales y reglamentarias a todos los avatares que nos afligen, ni podemos sancionar todas las conductas que no son de nuestro agrado bajo el capítulo de “infracciones administrativas”. Que libertad implica responsabilidad, sobre todo para asumir que las cosas no salen siempre bien, que la delincuencia no se combate exclusivamente con medidas penales, que el estado no debe tener una respuesta para absolutamente todas nuestras carencias y que no toda desviación a la norma imperante debe ser castigada.

Y sobre todo, que la gran mentira del pensamiento neoconservador consiste en hacernos creer que ellos están en contra del  estado tradicional para favorecer la libertad individual, mientras que con la otra mano van redactando normas cada vez más numerosas y restrictivas que nos encierran en un cerco estrecho, que en el futuro limitará nuestra libertad  a nuestro ámbito exclusivamente doméstico.


O incluso ni eso, cuando el Padre y Gran Hermano Todopoderoso pueda escudriñar bajo nuestras sábanas y decidir si nuestra conducta íntima también es sancionable. Cuando nos hayamos ganado a pulso no ser ciudadanos, sino súbditos de la sociedad cerrada.

lunes, 18 de noviembre de 2013

El fin de "la conllevancia"

Muy recomendable libro de Germà Bel sobre las relaciones entre Cataluña y España. “Anatomía de un desencuentro” es un análisis muy lúcido sobre las causas –que se arrastran de lejos- que han motivado el creciente distanciamiento, ya casi irreversible, entre Cataluña y España. Me parece tan importante, que a continuación de este post pondré el enlace que, a modo de extracto, ha publicado recientemente Eldiario.es en su siempre loable “Zona Crítica”.

De todo cuanto expone Bel en su libro y en diversas entrevistas que ha concedido, me quedo con dos detalles que me parecen fundamentales, y una conclusión que debe tenerse en cuenta, por muy dolorosa que resulte.

Ante todo, la tremenda campaña de desinformación que se está lLevando a cabo en España respecto a las causas del auge del independentismo en Cataluña. Baste decir que no se trata de la ideologización de las aulas a la que tan bárbaramente se prestó el ministro Wert como excusa para intentar acabar con la autonomía catalana en materia de educación. Al contrario, todos los datos demuestran que el mayor auge del independentismo se da entre los que –como yo- crecieron en la educación tardofranquista y de la primera democracia. Gente a la que no se puede calificar de otro modo que de desilusionada con la transición democrática en España. Y gente que no siendo especialmente soberanista en sus inicios, se ha visto continuamente estafada por el hecho de habitar en la esquina noreste de la península, e impelida por ello a una actitud rupturista.

Desilusión, desconfianza y una alta dosis de hastío respecto de las decisiones políticas de nuestros lejanísimos gobernantes de Madrid han conseguido que incluso los catalanes no especialmente adoctrinados se encuentren ahora en la disyuntiva de someterse o rebelarse, porque ya no hay más salidas. Como menciona Bel en su libro, citando a  Albert Hirschmann,  "En algunas situaciones, la salida es una reacción de último recurso, después de que la voz ha fracasado". Y ciertamente, la voz ha fracasado de forma estrepitosa y definitiva. Que los adalides del centralismo español quieran achacar las culpas al sistema educativo catalán o a un presunto cerco, acoso y derribo de lo español en Cataluña en plan “noche de los cristales rotos”, al más puro estilo nazi, con quien la ultraderecha fieramente hispánica suele compararnos en el colmo del sarcasmo y del cinismo más desvergonzado, no es más que una hipócrita autoexculpación carpetovetónica sobre sus propios  errores cometidos con Cataluña.

En segundo lugar, es del todo punto imprescindible enfatizar en la percepción de la sociedad española de que “Cataluña es España, pero los catalanes no son españoles”, algo que pone muy de manifiesto que el problema catalán, que ya Ortega y Gasset adivinó irresoluble por los métodos tradicionales  hace cosa de ochenta años, no es un unilateral, sino que es recíproco y de alta simetría: se rechaza todo lo catalán por extraño, ajeno, diferente. Igual que en media Europa se ha rechazado históricamente a todo lo judío, por mucho que fueran nuestros vecinos  y hablaran nuestro propio idioma. Eso sí, el rechazo a los ciudadanos no se ve acompañado de un rechazo territorial, sino al contrario, conduce a una mayor apología de la unidad territorial, recurriendo incluso a  amenazas de carácter militarista para mantener la integridad nacional.

O sea que en España se fomenta el odio al catalán como hace cinco siglos se fomentó el odio al judío hasta que se consiguió expulsarlos de la península, en la gran diáspora sefardí que tanto daño hizo a la cultura, la ciencia y la economía hispanas. Muchos furibundos nacionalistas españoles sueñan con la expulsión o el exterminio de los catalanes y apoderarse de una Cataluña inerme para españolizarla, para hacer una limpieza étnica al estilo balcánico. Sueño utópico y reprimido por el momento, porque resultaría inadmisible desde la perspectiva de la Unión Europea, pero que puede intentar aflorar en cualquier momento. La pulsión anticatalana es más por una cuestión territorial que por cualquier otra. Si existiera la posibilidad de que los catalanes zarparan abandonando el territorio peninsular para fundar una Nueva Catalonia, al estilo del estado de Israel surgido tras la segundo guerra mundial, me juego los restos a que a buen seguro nos dejarían partir la mar de contentos y satisfechos.  Con tal de perdernos de vista y quedarse con la tierra, cualquier cosa.
Sin embargo la cuestión es qué sería de una España íntegra, con su Cataluña y todo, pero sin los catalanes. Y la respuesta la sabemos todos, incluso los más feroces voceros que se pasan el día escupiendo su odio en los medios de comunicación. Sería un desastre para España, sin paliativos.  Cierto que las primeras generaciones de catalanes exiliados pagarían un precio muy alto, pero al menos la recompensa llegaría poco más tarde, cuando bajo una bandera propia y reconocidos a nivel mundial, pudieran hacer uso real de su soberanía para gestionar una economía que no fuera vasalla de un mal llamado principio de solidaridad interterritorial que ha devenido un engendro monstruoso.

Y uso la analogía del pueblo judío  porque además de venir a colación de forma más que pertinente, nos permite sacar conclusiones de cómo tendrá que plantearse el futuro de Cataluña si no quiere resignarse al sometimiento y al asimilación a las que se refiere Germà Bel en su ensayo. Porque Israel no obtuvo el reconocimiento real hasta que no empezó a ser temido por su poderío militar y económico. El sionismo fue la fuerza capaz de aglutinar a millones de personas de muy variados orígenes e ideologías para dotar de consistencia al cuerpo del estado de Israel. Y el sionismo siempre tuvo un componente altamente agresivo y militarista, como no podía ser de otra manera.

Cuando la voz ha fracasado, la salida es el último recurso. Tomen nota unos y otros, pero especialmente los catalanes: nunca se dejará salir a Cataluña por las buenas, con buenos modales y con gestos únicamente democráticos y conciliadores. Hará falta saber si la sociedad catalana estará en breve dispuesta a seguir el camino de Israel. O bien si optará por la alternativa cobarde y resignada de someterse, una triste posibilidad que muchos catalanes vemos como más que factible. No va más, porque hemos llegado a un punto en el que “la conllevancia” del problema catalán, como decía Ortega y Gasset, se ha vuelto imposible para ambas partes.